Venerables Hermanos en el Episcopado,
Carísimos Sacerdotes,
Las jóvenes Iglesias de misión, de las cuales sois celosos pastores, están viviendo un período histórico de desarrollo y de maduración particularmente favorable. En el contexto de reconfortante dinamismo de vida cristiana y misionera, los sacerdotes, en fuerza de su ordenación y de la misión recibida, desarrollan un papel único e insustituible.
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos, coherente con su secular experiencia, ha escogido como prioridad operativa para estos años precisamente la atención del clero autóctono. En efecto, para estar en disposición de dar una respuesta válida al Señor y al desafío siempre nuevo que la historia presenta a la Iglesia misionera, es necesario dar mayor primacía a la identidad de los pastores. Estamos profundamente convencidos de que el porvenir de nuestras futuras comunidades eclesiales y su idoneidad para incidir significativamente sobre el mundo no cristiano que le circunda, son y serán directamente proporcionales a la “calidad” del clero.
No sin razón el Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida a la Asamblea Plenaria de nuestro Dicasterio, después de haber insistido, sobre “la preeminencia de la vida espiritual” para los sacerdotes locales, ha afirmado que en los Territorios de Misiones ël testimonio personal de santidad del sacerdote adquiere un relieve singularísimo, y llega a ser, más que por otros motivos, sello de credibilidad y garantía de eficacia de la actividad apostólica”.
Por mi parte, me siento feliz de poder ofrecer a todos los sacerdotes diocesqnos de las Iglesias de misiones una copia de esta “Guía Pastoral”. En ella están delineados los principios fundamentales del ser y del quehacer sacerdotal, en conformidad con la sabiduría y la experiencia de la Iglesia misionera. La confío con esperanza a María, Madre de Jesucristo Eterno Sacerdote, y Estrella de la Evangelización, a fin de que ayude a cada sacerdote a interiorizarla y a seguirla con fidelidad, alegría y perseverancia.
Imploremos juntos la asistencia del Espíritu Santo para ser siempre, cada vez más, fieles imitadores de Cristo, “Misionero del Padre”.
Roma, 15 de Octubre de 1989
Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús
Patrona de las Misiones
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos, consciente de la
importancia fundamental del sacerdocio ministerial para la vida y el desarrollo de la comunidad cristiana, ha prestado siempre especial atención a los presbíteros locales de las nuevas Iglesias.
Como aportación concreta a la formación de los sagrados ministros, en la sesión plenaria del 1417 de octubre de 1986, se han formulado Algunas Directivas sobre la formación en los Seminarios Mayores, que S.E. el Cardenal Prefecto ha comunicado a los Obispos interesados en una circular del 25 de abril de 1987.
Para dar continuidad a esta primera e importante contribución en beneficio de los seminaristas, y como testimonio de atención a los sacerdotes, durante la plenaria del 11-14 de abril de 1989, después de amplia consulta y examen del abundante material enviado por las Iglesias particulares, se ha preparado una Guía Pastoral para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias que dependen de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
En esta Guía, conforme a la doctrina y a las normas generales de la Iglesia, se tratan en orden todos los temas principales referentes a la identidad, la espiritualidad, la vida y la acción pastoral de los presbíteros, haciendo hincapié, según lo indicado expresamente por el Concilio1, en las notas características que corresponden más bien a las Iglesias jóvenes en pleno desarrollo; en particular: las cualidades espirituales y el estilo de vida del sacerdote, que sean un testimonio evidente también para los no cristianos; la comunión con el Obispo, con el presbiterio y la comunidad cristiana; la disponibilidad y el compromiso para dar el primer anuncio del Evangelio a los no cristianos; la formación y participación de los laicos en la vida y el desarrollo de la Iglesia, y su compromiso en la obra de Evangelización; la atención primordial a los jóvenes; el amor preferencial por los pobres; la sensibilización en favor de la promoción humana y la defensa de la justicia; la inquietud por la inculturación y la aptitud para promoverla; el diálogo ecuménico y el diálogo con las otras religiones.
Estos, y otros puntos importantes, constituyen la trama de toda la materia; hacen que la Guía responda, en la medida de lo posible, a las necesidades de los sacerdotes de las Iglesias que están en los territorios de misiones. Se considerarán, pues, clave de lectura de lo demás.
Los destinatarios de la Guía son, esencialmente, los sacerdotes diocesanos seculares que pertenecen a las Iglesias que dependen de la Congregación; ellos son cada vez más numerosos y asumen siempre mayores responsabilidades. Por consiguiente, requieren especial atención. Además, pertenecen por lo general a la primera o segunda generación de sacerdotes nativos del país, para los cuales el modelo tradicional del sacerdote es el religioso misionero, y no el sacerdote diocesano secular local; en fin, los problemas de los sacerdotes que se encuentran en los territorios de misiones son específicos y concretos, están vinculados a situaciones eclesiales y socioculturales locales, y requieren directrices y soluciones adecuadas.
Se espera que esta Guía constituya un punto de referencia, y un elemento de unidad y de estímulo para todos los sacerdotes seculares; y que, al mismo tiempo, sirva de inspiración para los religiosos y misioneros que trabajan en esas mismas Iglesias jóvenes. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos entrega, por tanto, con gran confianza estas orientaciones a las Conferencias Episcopales y a los Ordinarios como guía pastoral para sus presbíteros, y como documento básico para formular o renovar sus directorios particulares, de manera que toda la familia sacerdotal de la Iglesia misionera viva en el fervor, trabaje en unidad de espíritu e intenciones, y pueda responder a las esperanzas de una Iglesia que se encamina hacia un nuevo adviento misionero, con María.
Cristo Jesús, en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente " (Col 2,9), fue enviado por el Padre para realizar el plan de salvación universal (cf. Jn 3,17; 5,30; 8,16; Gal 4,4; etc.), recibiendo de El todo poder para cumplir su misión (cfr Jn 5,20-21; Mt 28,18); fue ungido con el Espíritu Santo (cf. Lc 4,18 ss; Hch 10,38), y después de haber cumplido la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verddad (cf. 1Tim 2,4), hasta dar su vida como rescate por muchos (cf. Mc 10.45), destruyó la muerte con la resurreción y volvió al Padre, penetrando los cielos, donde reina eternamente e intercede por sus hermanos (cf Jn 16,27-28; 13,1.3; Hb 4,14-16). El sacerdote, cuya tarea es continuar la misión de Cristo, halla la fuente última de su misión en el amor salvífico del Padre (cfr Jn 17,6-9.24; 1Cor 1,1; 2Cor 1,1), y el origen inmediato de su vocación en Cristo que le llama por su nombre como llamó a los apóstoles e infunde en él su Espíritu (cf Jn 20,21) para marchar hacia el Padre con sus hermanos. En esta realidad Trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia2, se arraiga y encuentra plena justificación la vocación y misión del sacerdote ministro.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como ministros de manera que poseyeran, en la sociedad de los creyentes, la sagrada potestad del orden. Por medio de los apóstoles, el Señor hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquellos que son los Obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros a fin de que cooperaran en el fiel cumplimiento de la misión apostólica3. Esta misión participa en la misión universal de la Iglesia para los no cristianos e involucra a los sacerdotes en forma concreta4.
Por intermedio del Obispo, los sacerdotes son llamados por Cristo a una vocación especial (cf Mc 3.13; Lc 6,13); están en el mundo pero no son del mundo (cf Jn 17,14-15); y, en virtud de la consagración, están capacitados para cumplir la misión misma de Cristo de anunciar a todos que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca (cf. Mc 1,15), y de presidir, enseñar y santificar al Pueblo de Dios5.
El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es Cristo-Sacerdote víctima de la nueva y eterna alianza (cf. Hb 9,11-15). El principio eficaz es la elección y misión especial por parte de Dios, que convierte al sacerdote en instrumento de Cristo (cf Mc 3,19; Lc 22,19; Mt 28,18-20). El principio ejemplar es la diaconía de Cristo, cuyas imágenes dan luz a la identidad del sacerdote: Cristo-enviado por el Padre para salvar al mundo (cf Jn 3,17); que indica la universalidad de la misión; Cristo-siervo, que subraya la renuncia de Cristo, quien vino, no a ser servido, sino a servir y a dar su vida (cf Mt 20,28: Filp 2,7-8); Cristo-pastor-maestro, que vela con amor, guía su rebaño, y lo reúne en el único redil (cfr Jn 10.1 ss ). Es la palabra viva del Padre que convoca a las gentes en su Reino (cf Jn 12, 48-50).
El relieve que se da a la función ministerial subraya la relación esencial del sacerdote con la Persona de Cristo. El sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único sacerdote y mediador ante el Padre: Jesucristo, y continuación de El sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de anunciar la Palabra, de renovar el sacrificio de la Cruz en la Eucaristía, perdonar los pecados y guiar al Pueblo de Dios. Es imposible separar el ser del sacerdote del ser de Cristo, la vida del sacerdote de la vida de
Cristo.
Estén, pues, todos los presbíteros, convencidos de que su identidad sacerdotal se realiza únicamente en la conformidad total con la identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y fervor del espíritu. Y recuerden que Cristo, al cumplir su misión de salvador, aceptó el camino de la encarnación, despojándose de sí mismo y tomando todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado (cf Hb 2,17-18; 4,15). Esta encarnación será un signo de la actividad misionera.
El Espíritu Santo da a la Iglesia la unidad íntima y ministerial, proporcionándole diversos dones jerárquicos y carismáticos (cf Ef 4,11-13; 1Cor 12,4)6, y vivificando, como alma, a la instituciones eclesiásticas7, infundiendo en los corazones de los cristianos ese espíritu que había animado a Cristo a cumplir su misión8.
"Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un
carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza"9. La elección, la santificación y la misión proceden siempre del Espíritu santificador (cf Hch 13,3; 19,6). Y es el Espíritu el que dá la capacidad objetiva de ejercer eficazmente el ministerio. También el Espíritu es enviado (cf Jn 14,26; 15,26) y permanece unido al sacerdote-enviado para colaborar en la obra de salvación10.
Gracias al Espíritu, principio de comunión11, los sacerdotes llegan a
ser guías y animadores espirituales de la comunidad, especialmente con la fuerza de la Palabra. Gracias a ese mismo Espíritu, son ministros de los sacramentos, que por El son vivificados, desde el bautismo, "en el Espíritu y el agua" (Jn 3,5; Hch 10.47), hasta la Eucaristía, en la que Cristo "ejerce constantemente, por obra del Espíritu Santo, su oficio sacerdotal en favor nuestro"12.
La consagración inaugura en los sacerdotes un continuo Pentecostés. En
virtud de esta gracia extraordinaria, ellos deben saber reconocer la acción del Espíritu en la Iglesia y cooperar con ella, conscientes de que han recibido una misión sobrenatural y universal en favor de todos los hombres.
La Iglesia, "sacramento universal de salvación"13, actualiza la redención, mediante la Palabra y los sacramentos, principalmente mediante el Sacrificio de la Eucaristía. De este carácter ministerial de la Iglesia participan los sacerdotes llamados
a predicar y difundir el Evangelio, a presidir el culto y a desempeñar la función de guías en el Pueblo de Dios.
La Iglesia es comunión, articulada jerárquicamente en distintos
ministerios, servicios y funciones en el interior de la comunidad. En particular, mediante los tres grados del Orden sagrado (Obispos, sacerdotes, diáconos), se edifica como templo vivo, en una comunión de fe y de amor. Estos tres ministerios que confiere la ordenación, transmitidos por los apóstoles y sus sucesores, son jerárquicos y constituyen la jerarquía eclesiástica.
El Obispo en comunión con el Sumo Pontífice, Jefe el Colegio Episcopal, y
con los miembros del Colegio, es - en la comunidad eclesial - el "gran sacerdote"14, signo vivo de Cristo, supremo pastor; su función reproduce aquella central de servicio humilde y potente de Cristo Jefe15. Para ejercer en forma plena y eficaz su ministerio, el Obispo debe ser coadyuvado por presbíteros y diáconos. Los presbíteros son ayuda e instrumento del Orden episcopal y, en cada comunidad, representan al Obispo: bajo su autoridad, predican el Evangelio16, "santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada"17.
El presbítero, además, en comunión con el Obispo, obra en nombre de Cristo
18. Anuncia, ejerciendo el mismo ministerio de Cristo-Profeta en el servicio de la Palabra, incluso a aquellos que están lejos19; es sacerdote-ministro en cuanto consagra en nombre de ") Cristo-Pontífice ("in persona Christi Pontificis,” )20; es pastor, en cuanto reúne y guía a la comunidad en nombre de Cristo-Buen Pastor (cf Lc 10,16; 1P 5,2).
En la Iglesia-comunión, en fin, hay distinción y complementariedad entre el
sacerdocio de los ministros ordenados y el sacerdocio común de los fieles, pues el uno coopera con el otro para realizar la misión confiada por Cristo a la Iglesia. El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo21. Los presbíteros deben ser conscientes de su identidad particular que los habilita para un ministerio específico y que se ordena a la edificación del único Cuerpo de Cristo que es por
naturaleza: profético, sacerdotal y real. A pesar de la diversidad de las funciones permanece intacta la idéntica dignidad fundamental de los cristianos.
El sacerdote es diocesano en virtud de su incardinación en la diócesis22, donde permanece unido al Obispo bajo un aspecto nuevo y está, de manera especial, al servicio de esa comunidad eclesial particular que es la diócesis23. En su calidad de sacerdote diocesano, está llamado a crear la comunión entre los miembros de la comunidad local y también a ampliarla, evangelizando a aquellos que todavía permanecen fuera de ella.
En esta comunión de la Iglesia, no deberá olvidarse el papel que tienen los
diáconos permanentes que trabajan al lado del sacerdote y deben formarse para que lleven una vida evangélica, de manera que puedan cumplir, en forma adecuada, los deberes propios de su orden. Ellos representan una figura que puede asumir un significado importante en las Iglesias jóvenes que necesitan de todas las energías disponibles para desarrollarse. La función del diácono deberá estudiarse y organizarse a nivel de las Conferencias Episcopales24.
Es necesario subrayar la dimensión eclesial y sacramental que califica a
los sacerdotes. Todo sacerdote representa a la Iglesia y actualiza en ella el proyecto de salvación. Esto supone: conciencia de aquello que tiene relación con la Iglesia, coherencia con el proyecto concreto de salvación, y comunión de espíritu y de acción con todos lo que actúan en la pastoral, en especial con el Romano Pontífice, el Obispo, los demás sacerdotes y los diáconos.
Tengan todos los presbíteros fija su mirada en María, Madre de Cristo y
Madre de la Iglesia: desde el momento de la Encarnación del Hijo de Dios, ella es fundamento ejemplar necesario de su ser y de su vida.
La comunión de las Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su perfección sólo cuando éstas también toman parte en el esfuerzo misional en pro de los no cristianos en su territorio, y también en aquél que se realiza para con otras naciones25.
En el dinamismo apostólico, propio de la esencia misionera de la Iglesia26, los presbíteros ocupan necesariamente un lugar importante. Esto debe ponerse de relieve, especialmente, en los que trabajan en territorios de misiones donde se realiza la evangelización de los no cristianos.
Con la sagrada ordenación, los presbíteros han recibido, en efecto, un don
especial que "no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación 'hasta lo último de la tierra' (Hc 1,8)"27.
Por consiguiente, todo presbítero debe tener una clara conciencia misionera, que le haga apto y listo para comprometerse efectivamente y con generosidad para que el anuncio del Evangelio llegue a los que todavía no profesan la fe en Cristo. El sacerdote es, en verdad, "misionero para el mundo"28.
La evangelización de los no cristianos que viven en el territorio de una diócesis o una parroquia está encomendada, en primer lugar, al respectivo pastor y a la comunidad cristiana local. Este deber apostólico exige que el Obispo sea esencialmente mensajero de fe, y que los presbíteros hagan todo lo posible por predicar el Evangelio a los que se encuentran fuera de la comunidad eclesial, comprometiéndose personalmente, y haciendo participar a los fieles, en colaboración con los misioneros.
En la distribución de las tareas pastorales, a los sacerdotes locales no deben confiarse, prioritariamente, las comunidades ya formadas y organizadas, dejando al cuidado de los misioneros aquellas que comienzan, o la responsabilidad de evangelizar nuevos grupos. Los sacerdotes locales tienen el derecho y el deber de asumir, ellos mismos, la evangelización de sus hermanos que todavía no son cristianos, siendo verdaderos apóstoles de frontera, sin aspirar a las funciones más destacadas y a puestos seguros, centrales o mejor remunerados.
Es conveniente que las Iglesias jóvenes "participen cuanto antes
activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero"29. Que todas las Iglesias particulares sepan dar de su pobreza30. Por tanto, además de los presbíteros que pertenecen a institutos misioneros, propónganse las diócesis enviar sus propios sacerdotes que sienten la llamada de Cristo, como misioneros fidei donum, para que se inserten en la actividad misionera propiamente dicha31. Estos sacerdotes estén felices de poder vivir con toda plenitud la comunión con Cristo enviado por el Padre (cf Jn 17,18; 20,21) y con la Iglesia universal, poniéndose a disposición de su Obispo para ser enviados a predicar el Evangelio a otros pueblos. Esto requiere en ellos no sólo madurez en la vocación, sino también la capacidad de desprenderse de su propia patria, etnia y familia, y una aptitud especial para insertarse en las otras culturas con inteligencia y respecto (cf. Gn 12, 1-4; Hb 11,8).
En ningún otro sector del apostolado eclesial, como en éste, los presbíteros podrán demostrar la intensidad de su amor a Cristo, a la Iglesia y al hombre, pudiendo decir con S.Pablo: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1Cor 9,22)32.
La función pastoral exige de los sacerdotes una conciencia pastoral profunda, que se basa en su identidad de "consagrados para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y celebrar el culto divino"33, participando así en la misión de Cristo Buen Pastor que conoce, alimenta y guía a sus ovejas y va en busca de aquellas que
están perdidas o se encuentran todavía fuera del redil (cf. Jn 10,1 ss; Lc 15, 3-6).
En su expresión completa, la conciencia pastoral se manifiesta en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal, en comunión de amor y de obediencia al Romano Pontífice, principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión (cf. Mt 16,19; Jn 21, 15-17); y también en el sentido de comunión y coparticipación entre las Iglesias particulares, en las cuales y de las cuales se edifica la Iglesia universal34. Una Iglesia particular se vuelve estéril si no se dá a la demás Iglesias hermanas. Esto supone que los presbíteros estén dispuestos a partir, enviados por el Obispo, para colaborar, en la caridad, con las Iglesias más necesitadas, especialmente con aquellas que se encuentran en ambientes solo parcialmente evangelizados35.
En su expresión inmediata, la conciencia pastoral se manifiesta en el sentido de pertenencia a la propia Iglesia particular, en comunión con el Pastor, con los demás presbíteros, los díaconos y toda la comunidad de los fieles.
La comunión con el Obispo debe ser espiritual y jerárquica, y supone algunas actitudes como: reconocer en él la autoridad de Cristo, Supremo Pastor; aceptar con estima y amor su función de padre de la comunidad diocesana; colaborar activamente con él, con espíritu de obediencia apostólica. Los Obispos, por su parte, consideren a los presbíteros como "hermanos y amigos"; conózcanles personalmente; visítenles con frecuencia y preocúpense por su bien material y espiritual36. La relación entre Obispos y sacerdotes se basa en un espíritu de fe, pero se desarrolla y se expresa en un clima de mutua confianza, de verdadera estima y de concreta colaboración, respetando el papel propio de cada cual.
La comunión con los presbíteros se basa en el hecho de que junto al Obispo, y a su alrededor, ellos forman un "solo presbiterio"37. El sentido de pertenencia al presbiterio hace que cada sacerdote se sienta unido a los demás por "especiales lazos de caridad apostólica, ministerio y fraternidad"38, realizando así la unidad mediante la cual Cristo quiso que los suyos fueran "perfectamente uno" (cf. Jn 17,23). La forma institucionalizada, en representación del presbiterio, cuya misión es ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis, es el Consejo presbiteral. En las Iglesias de territorios de misiones, éste desempeña una función pastoral activa; por consiguiente, debe constituirse y valorizarse, lo más ampliamente posible, según las normas canónicas y teniendo en cuenta la situación concreta local39.
La comunión con los fieles requiere que los presbíteros se consideren Pueblo de Dios con ellos, dedicados radicalmente al desarrollo de la comunidad, con auténtica caridad pastoral, pues han sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de las cosas que se refieren a Dios (cf. Hb 5,1)40. Por consiguiente, oren los presbíteros incesantemente por sus propios fieles, recomendádoles al amor del Padre (cf. 2Ts 1,11); comprométanse a conocer bien su situación real, como el pastor conoce sus ovejas (cf Jn 10.14); vivan en medio de ellos como "hermanos entre hermanos"41; recorran con ellos un mismo camino cristiano de fe, dándoles ejemplo (cf. Jn 13,15); eviten con cuidado todo aquello che pueda causar escándalo (cf. 2Cor 6,3); den, con la comunidad, un auténtico testimonio de coherencia cristiana a los que están lejos y todavía no creen en Cristo; tengan cuidado de no alejarse de la gente debido a su condición que, con frecuencia, les coloca a un nivel superior en la escala social.
Dignos de alabanza son aquellos sacerdotes que aceptan y ejercen con empeño
y alegría cualquier servicio que su Obispo les encomiende; que hacen lo posible por acercarse a los no cristianos y no se dejan implicar en actividades ajenas al sentido apostólico de su vocación.
Los presbíteros, reunidos alrededor del Obispo, vivan la fraternidad, conscientes de que se trata de una verdadera "fraternidad sacramental"42, fundamento necesario para una mutua ayuda espiritual, a fin de que desempeñen el ministerio con unidad de intención. Tengan ellos presente el valor evangelizador de esa fraternidad sacerdotal por la cual forman un cuerpo dinámico y creíble, de conformidad con la petición que hizo Jesús al Padre en la oración de la Ultima Cena (cf. Jn17, 20-21). La Evangelización nunca es un acto aislado o individual, sino siempre profundamente eclesial, que se ha de cumplir con el espíritu y con el método de la comunión. Esto se hace urgente en las Iglesias en cuyo territorio se está llevando a cabo la evangelización de los no cristianos43.
Procuren los presbíteros tener una verdadera amistad con sus hermanos; gracias a ésta podrán ayudarse, con mayor facilidad, a crecer en la vida espiritual e intelectual, prestarse asistencia en las necesidades materiales, y tener una vida más plena y serena. Esta amistad entre los sacerdotes, realizada en Cristo como consecuencia de la comunión de cada uno con El, es una gran ayuda para superar el peso y las dificultades de la soledad44.
Los presbíteros encargados de la cura de almas, en especial los párrocos, consideren que les han sido confiados especialmente los sacerdotes jóvenes que el Obispo les envía como colaboradores; ayúdenlos fraternamente de manera que no se sientan abandonados y se integren positivamente en el presbiterio.
Entre los medios que favorecen esa fraternidad, se pueden señalar las asociaciones sacerdotales. Han de estimarse aquellas que, con estatutos reconocidos por la autoridad eclesiástica competente, fomentan la vida espiritual, la convivencia humana, las actividades culturales y pastorales, y favorecen la unidad de los presbíteros entre sí y con su propio Obispo45. Han de evitarse las asociaciones que tiene un espíritu cerrado, una mentalidad exclusivista, sobre todo si están de alguna manera relacionadas con grupos potentes o movimientos políticos, o son favorecidas por ellos46. De todos modos, insístase, en las Iglesias jóvenes, en la unidad de todo el presbiterio.
Se debe dar especial importancia a la fraternidad entre los sacerdotes seculares y los misioneros, especialmente los que han contribuido a fundar la Iglesia y a desarrollar el clero nativo.
La fraternidad sacerdotal, cierto, abarca también a los sacerdotes que pertenecen a Institutos de vida consagrada o a Sociedades de vida apostólica. Y, en cierto sentido, se extiende también a los laicos que siguen a Cristo más de cerca en una vida consagrada. Prepárense los presbíteros, y estén dispuestos a ayudar espiritualmente a los hermanos y hermanas laicos, de acuerdo con las directrices del Obispo, sin intervenir, sin embargo, en asuntos referentes a la disciplina y a la organización interna de la comunidad.
Pertenece al presbítero, como educador del Pueblo de Dios en la fe, partícipe de la misión profética de Cristo y cooperador del Obispo, anunciar la Palabra de salvación y, con su fuerza, congregar a los fieles (cf. Rom 10,17)47. Un deber específico del predicador del Evangelio es comunicar la Palabra de Dios, de la cual es humilde servidor - no la sabiduría humana (cf. 1Cor 2,1 ss)48. El ministerio de la Palabra se realiza de distintas maneras. En las Iglesias jóvenes, se pueden destacar las siguientes: el primer anuncio a los no cristianos; la predicación a los fieles; la catequesis a los catecúmenos y a los bautizados; la evangelización de la enseñanza y de la cultura; el diálogo individual.
Evangelizador incansable. El presbítero dé prioridad a la tarea de anunciar, mediante la palabra, el mensaje del Evangelio a quienes no están todavía bautizados en el territorio que le ha sido encomendado. Ese primer anuncio es una responsabilidad fundamental que la Iglesia, a través de los apóstoles, recibió del Señor mismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15; cf. Mt 28,19). Todo sacerdote, en virtud de su función profética, y en estrecha colaboración con la responsabilidad misionera de su Obispo, tiene el deber imprescindible de anunciar a los hombres "al Dios vivo y a Jesucristo enviado por El para salvar a todos (Cf. 1Ts 1, 9-10; 1Cor 1, 18-21), a fin de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo (cf. Hch 16,14), que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor"49. Como Pedro y Juan, todo presbítero manifieste su deseo de ser mensajero infatigable de la Buena Nueva de Jesucristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4,20); y escuche, come si fueran para él las palabras que el Señor dijo a Pablo: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo" (Hch 18, 9-10).
Al organizar las actividades apostólicas de la diócesis y de la parroquia, deberá darse un lugar destacado a la función específica del anuncio a los no cristianos, involucrando en primer lugar a los sacerdotes y a los diáconos, con la estrecha colaboración de los catequistas y de toda la comunidad de los fieles.
Al servicio de la predicación. Es deber del párroco, con sus colaboradores, programar la predicación, para que llegue a todos los fieles con regularidad y frecuencia, incluso a aquellos grupos que no tiene la posibilidad de celebrar la Eucaristía con ocasión de todas las fiestas de precepto.
La predicación implica, para los sacerdotes, un elevado sentido de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada, sino preparada mediante el estudio, e interiorización en la oración; ha de expresar los valores perennes de la Sagrada Escritura, de la Tradición, de la liturgia, del magisterio y de la vida de la Iglesia50; debe haber coherencia entre la predicación y la conducta del sacerdote, de manera que la Palabra sea corroborada por el testimonio (cf. Mt 5, 16); han de exponerse criterios perennemente actuales para la vida cristiana individualy comunitaria51.
En la predicación, se destaca la homília, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono. Se le da un lugar privilegiado y debe exponer los misterios de la fe y las normas de vida cristiana, basándose en el texto sagrado y siguiendo el año litúrgico52. Debe estar vinculada con la catequesis, aplicando a las formas concretas de vida, en el contexto cultural, los misterios proclamados.
En las zonas de misiones, donde hay escasez de clero, póngase de relieve la posibilidad de admitir a predicar también a los laicos, en conformidad con las normas canónicas53. Elijan los sacerdotes algunos de los fieles más idóneos y prepárenlos a este delicado ministerio. Si éstos últimos han sido oficialmente escogidos por el Obispo, inclúyanles en los programas parroquiales de predicación y asístanles fraternamente.
Comprometido en la catequesis. La formación catequética, entendida como enseñanza sistemática de la doctrina y como iniciación gradual en la vida cristiana, es un deber grave de la comunidad eclesial y en particular de los pastores de alma54. Los párrocos, en virtud de su cargo, deberán garantizar que la catequesis se lleve a cabo en forma ordenada y regular, en favor de todas las categorías de los fieles, y que abarque todos los grupos de edades55.
En las misiones, la catequesis ocupa un lugar de primera necesidad para ayudar a que surjan nuevas comunidades, y fomentando así la formación religiosa de los bautizados en un contexto eclesial joven que requiere una adecuada inculturación y que a menudo se ve sometido a presiones contrarias por el ambiente no evangelizado, y recibe la influencia del materialismo moderno.
En este campo es indispensable la cooperación de todos los miembros de la
comunidad, pero especialmente de algunas categorías.
Los padres tiene, ante todo, más que cualquier otro, la obligación de formar cristianamente a sus hijos con las palabras y con el ejemplo56. Preparen los sacerdotes a aquellos que están por contraer matrimonio, y apoyen a las parejas y a los padres de familla cristianos en esa peculiar responsabilidad, mediante instrucciones apropiadas y con un ayuda práctica.
Nadie puede ignorar la importancia de los maestros para ayudar a crecer en la fe a las nuevas generaciones57. La enseñanza de la religión en las escuelas es, para muchos jóvenes, el primer contacto que tienen con el Evangelio. Por lo tanto, empéñense los sacerdotes en el sector de la pastoral de las escuelas católicas y estatales, pues son un terreno prometedor para una primera evangelización y un medio propicio para la formación religiosa de los jóvenes ya bautizados, ya que se deberá encarnar el mensaje cristiano en los valores de la cultura que la escuela transmite. Las maneras de intervenir deberán ser diferentes, según las instituciones escolares, la preparación religiosa de los maestros y las leyes del Estado. Lo que cuenta es hacerse cargo, con convicción, del sector escolar, en la pastoral diocesana y parroquial58.
En las Iglesias de misiones, los catequistas tienen la tarea de explicar la doctrina evangélica y de organizar, en colaboración con los sacerdotes, los actos litúrgicos y las obras de caridad59. En algunos casos, se les confía el cuidado espiritual de pequeñas comunidades donde el sacerdote solo puede estar raras veces. Con el desarrollo de las Iglesias, el catequista para todo se va configurando más bien como una función específica, con la única tarea de la catequesis. Es necesario que los sacerdotes se entiendan muy bien con los catequistas, dando valor a su trabajo, retribuyéndoles justamente y se preocupen por su formación espiritual e intelectual, de acuerdo con las normas diocesanas, en escuelas destinadas a este fin60.
Instruir, y acompañar a los catecúmenos, es una de las funciones primordiales de los catequistas. La experiencia demuestra que el desarrollo de la primera evangelización se debe a su generosidad, sobre todo en las zonas donde los no cristianos son numerosos. En este contexto, ha de subrayarse la función del catecumenado peculiar de las misiones que, a través de la instrucción y la práctica, inicia a los catecúmenos en el misterio de la salvación y les lleva a vivir la fe, la caridad y el apostolado. Es tarea de las Conferencias Episcopales establecer estatutos para organizar el catecumenado sobre la base del Ord o Initiationis Christianae, especificando los deberes, las prerrogativas y los programas de los catecúmenos61. Se pida a los sacerdotes un empeño generoso para valorizar el catecumenado, con la convicción de que es el mejor medio para que se desarrolle la comunidad, en cuanto a nuevos miembros, y en madurez.
Para facilitar la instrucción catequética y, en general, el anuncio de la Palabra, es importante que los presbíteros crean en la utilidad de los medios de comunicación grupales y sociales, y los empleen, ayudando también a los fieles a formarse criterios eficaces para su correcta utilización. Habrán, pues, de tener una cierta sensibilidad, suficiente preparación, capacidad para suscitar la colaboración de los laicos, y saber emplear los medios apropiados62.
El diálogo entre las personas. Todas las formas de comunicación de la Palabra deben realizarse mediante la transmisión, siempre eficaz, de persona a persona. El Señor mismo la utilizó, como lo demuestran, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo (cf. Jn 3,1 ss), la Samaritana (cf. Jn 4, 1 ss), Simón el fariseo (cf. Lc 7,1 ss) y con otros. Hay que estimular el contacto personal del que comunica la Palabra con el que la recibe. Los sacerdotes, en particular, valoricen el Sacramento de la Penitencia y la dirección espiritual como medios importantes de formación; mediante el contacto y diálogo fraternos, se podrán dar respuestas más adecuadas a los problemas, siempre diferentes, de persona a persona63.
El presbítero, partícipe de manera especial del Sacerdocio de Cristo, actuando como ministro suyo y bajo la autoridad del Obispo, ejerce su función sacerdotal sobre todo en los actos litúrgicos y en la administración de los sacramentos64. Deberá, por tanto, empeñarse en adquirir un profundo sentido litúrgico y ser un animador convencido de la vida litúrgica de los fieles65.
Pastoral sacramental. Por lo que se refiere al ministerio de los sacramentos, la tarea primordial de los presbíteros es procurar que se conozca verdaderamente, en especial mediante la catequesis, su carácter eclesial, su finalidad intrínseca y su unidad con la Eucaristía, la aptitud radical de los fieles para recibirlos y vivir su gracia propia en virtud del sacerdocio común de los fieles66. Lúchese contra la idea equívoca de que los sacramentos han de considerarse como acciones aisladas en si mismas, como un efecto mágico, separados de la vida.
Dado que los fieles bien dispuestos tienen derecho a recibir los sacramentos67, procuren los pastores que tengan una preparación adecuada68. Es necesario precisar, aquí, que la pastoral sacramental no se limita al tiempo que precede la celebración, sino sigue más adelante para acompañar y llevar a la madurez, prestando especial atención a los neófitos69. La comunidad tiene el deber de crear un ambiente fraterno a quienes reciben los sacramentos por primera vez.
Para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de relieve el carácter central de la Eucaristía, en virtud de la cual, y alrededor de la cual la comunidad se forma, vive y llega a la madurez. Al ofrecer el Santo Sacrificio "en la específica identificación sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote"70, los presbíteros habrán de colocar, efectivamente, el misterio eucarístico en el centro de su vida y de su comunidad. No olviden que sólo a partir de ese centro vital podrán anunciar la Palabra con fruto y reunir a la comunidad que les ha sido encomendada. Esfuércense por estimular a los fieles a que tomen parte activa en la Santa Misa, ofreciendo la divina víctima a Dios Padre y uniendo la ofrenda de su propia existencia71, reciban con frecuencia el pan de vida, y veneren con adoración a Cristo vivo en el tabernáculo72. Cuando, por falta de sacerdotes, no es posible celebrar la Sta. Misa todos los domingos en todas las comunidades, los pastores deberán establecer un programa que contemple la celebración por turnos, de manera que los fieles puedan tener una cierta garantía y orden en este campo esencial para su vida cristiana.
En la situación actual, conviene también invitar a los sacerdotes a un "ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado ministerio de la Penitencia"73. Esta pastoral requiere disponibilidad y espíritu de sacrificio, pero es la expresión más elevada de la misericordia de Dios en Cristo a través del ministerio de la Iglesia. Esfuércense los sacerdotes en presentar este sacramento también como una solución para los conflictos del mundo actual, en cuanto que el pecado individual repercute siempre en la vida social, con consecuencias desastrosas para la dignidad integral del hombre74.
En las Iglesias de territorio de misiones, gracias a una catequesis fiel a la doctrina, y a la generosidad de los pastores, la práctica del sacramento de la Penitencia es todavía frecuente. Habrá que superar las dificultades en cuanto a la organización y al número limitado de confesores para conservarla e intensificarla. Una programación ordenada ayudará a coordinar las fuerzas; en especial, con ocasión de las grandes fiestas, de manera que los sacerdotes que son vecinos se ayuden mutuamente. Hay que tener siempre presente que la confesión individual es el único modo ordinario para que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilie con Dios y con la Iglesia. Por lo que se refiere, en cambio, a la absolución a varios penitentes a la vez, sin previa confesión individual, hay que recordar que puede administrarse sólo bajo ciertas condiciones: cuando hay peligro de muerte, o si se presenta una necesidad grave; es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas por la norma canónica; éste, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad75. No habrán de descuidarse, especialmente en los momentos principales del año litúrgico, las celebraciones penitenciales comunitarias; se ayudará a los fieles a comprender el sentido profundamente eclesial de purificación, aunque no sea bajo la forma sacramental.
Principalmente, pero no exclusivamente, en los Territorios donde se realiza la primera evangelización de los no cristianos, los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación requieren especial atención por parte de los sacerdotes.
Por lo que se refiere al Bautismo, subráyense especialmente los efectos, a saber: la liberación del pecado, la filiación divina, la configuración con Cristo y la incorporación a la Iglesia76. En la fase de preparación, la pastoral deberá dirigirse a los padres y a los padrinos cuando se trata del Bautismo de niños, y a los candidatos mismos cuando son adultos77. Se deberá valorizar la natural conexión entre catecumenado y bautismo78. No deberá descuidarse la pastoral postbautismal, ya que los neófitos necesitan una especial ayuda para cumplir fielmente los deberes de la vida cristiana e integrarse en la comunidad eclesial que les ha recibido79.
En cuanto a la Confirmación, también es importante insistir en los efectos. Por ella se progresa en el camino de la iniciación cristiana, y ella enriquece con los dones del Espíritu Santo, vincula más estrechamente a la Iglesia y obliga más estrictamente a comprometerse en el apostolado, dentro y fuera de la comunidad eclesial80. La pastoral deberá cuidar de la preparación de los confirmandos y luego acompañarlos para que su vida cristiana sea más madura y su compromiso apostólico, aún con los no cristianos, sea más generoso. La administración de la Confirmación es una ocasión propicia para establecer un vínculo personal y concreto entre cada uno de los candidatos y el Obispo.
Algunas prioridades en la pastoral litúrgica. En las Iglesias que se van desarrollando hacia una plena madurez, la pastoral litúrgica presenta algunos aspectos prioritarios: ante todo, el sentido comunitario de las celebraciones, como bra de Cristo y de la Iglesia81, en las cuales todo cristiano puede participar según sus aptitudes, de acuerdo con las distintas órdenes y funciones82. Además la necesidad de la participación activa que supone, tanto una previa preparación, como una conciencia del valor de la acción litúrgica83. La pastoral litúrgica exige, además, que se preste atención a la relación entre la celebración y la vida, de manera que los fieles puedan manifestar en sus actividades las múltiples riquezas del misterio de Cristo que han conocido mediante la fe84. Ese tipo de pastoral exige un notable esfuerzo de inculturación, para que se comprendan más fácilmente las celebraciones y correspondan a la sensibilidad de las personas en su contexto cultural, sin desde luego disminuir el imprescindible sentido de misterio85. El estudio y las iniciativas de inculturación de la liturgia deberán emprenderse a nivel de las Conferencias Episcopales, en conformidad y armonía con la tradición y las normas de la Iglesia universal. Los sacerdotes con cura de almas deberán sostenerlas con convicción y realizar las orientaciones según el programa común aprobado en la diócesis86. En fin, tómense bien en cuenta las celebraciones dominicales cuando falta el ministro sagrado. Ratificada la celebración de la Eucaristía como centro y cumbre de la vida cristiana, es indispensable asegurar a las comunidades alejadas del centro una reunión de oración todos los domingos, aún cuando no se puede celebrar la Misa por falta de sacerdotes87. Las Conferencias Episcopales y los Obispos locales tienen el deber de organizar esas celebraciones conforme a las normas de la Iglesia88 por lo que se refiere a su contenido, su relación con el año litúrgico, la persona que las debe presidir, su desarrollo y la necesidad de no confundirlas con la celebración eucarística. Corresponde a los sacerdotes preparar a las comunidades interesadas y a sus animadores, de manera que estas celebraciones en las que se lee la Palabra de Dios y, posiblemente, se distribuye la Eucaristía, sean una verdadera expresión de la oración de la Iglesia que pueda ayudar a los fieles a santificar el domingo y aumentar en ellos el deseo de participar en la Santa Misa.
- La actitud del sacerdote que preside habrá de inspirarse no sólo en una comprensión adecuada89; deberá tener, asimismo, una apropiada dignidad. Esta se logra, en la liturgia, también en la sencillez y pobreza de los edificios y objetos sagrados, siempre que las celebraciones se realicen con devoción interior y exterior, evitando toda prisa o descuido. Esfuércese, pues, el presidente de la acción litúrgica, por animarla activamente, interviniendo personalmente con las exhortaciones apropiadas que aparecen en las rúbricas y dejando lugar a las otras intervenciones: lecturas, cantos, gestos, y a los momentos de silencio. La presidencia de las acciones litúrgicas, y su animación, exigen al sacerdote riqueza interior, buen conocimiento doctrinal, la capacidad de hacer participar a los demás y el esmero en prepararse cada vez.
- Fiel observancia de las normas litúrgicas. Por lo que se refiere a los gestos, palabras, ornamentos y objetos, el sacerdote deberá hacer hincapié en el sentido de lo sagrado que está relacionado con el culto, y mostrar también un interés pedagógico. La Iglesia ha publicado instrucciones precisas al respecto que todos los sacerdotes deben seguir90. Esta fidelidad a las normas de la celebración, y el dinamismo al presidir, servirán de ejemplo para la comunidad. Los fieles deberán comprender la magnitud de los misterios que se celebran por el fervor interior de los sacerdotes y la dignidad de su comportamiento. Sepan los sacerdotes que faltan a su función de guías y pueden desorientar a los fieles cuando modifican, con ligereza, el desarrollo de la acción sagrada agregando o suprimiendo algo indebidamente, o celebran sin ornamentos, con vasos no sagrados, o fuera del lugar y sede prescritos. Reconociendo que existen situaciones de necesidad y hay excepciones justificadas, se invita calurosamente a los sacerdotes a brindar a las jóvenes comunidades de misiones celebraciones litúrgicas lo más dignas y ordenadas posibles. Recuerden, en fin, que las celebraciones realizadas con dignidad son un sublime llamamiento para quienes se interesan por el cristianismo y se están acercando a él.
La promoción del hombre está asociada a la evangelización: se trata, en efecto, de la única misión de la Iglesia que se siente comprometida, por voluntad de Cristo (cf. Mt 25, 41-45; Lc 16, 19-31), en un auténtico desarrollo integral del hombre, como individuo y como sociedad, hasta llegar a denunciar, cuando es necesario, los males y las injusticias sociales que lo aquejan91. Hay que recordar, sin embargo, que la misión propia de la Iglesia no es de orden "político, económico o social", sino "religioso"92, en cuanto que ella "da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre "93.
En este mismo marco, surge la cuestión de la liberación, que se siente con
mayor o menor urgencia en distintas partes de la Iglesia, con todo lo que ella implica en la acción. Todo hombre ha sido llamado, en el eterno designio del Padre, a la comunión con Dios, con el género humano y con todo el mundo; éste se encuentra íntimamente vinculado al hombre y por medio de él alcanza su fin. Esta comunión es quebrantada por el pecado, pero restaurada en Cristo, según la promesa de salvación que Dios anunció desde los orígenes de la humanidad (cf. Gn 3,15; Rom 5, 20-21). Cristo, muerto y resucitado, en efecto, libera al hombre del pecado y de sus consecuencias de opresión, egoísmo e injusticia a nivel individual y social, restaura la comunión y ofrece a todos la salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia proclama esta misma liberación y se empeña en ayudar al hombre para que la conquiste en todos los campos de su existencia. Es necesario que, en los territorios de misiones, los sacerdotes tengan una conciencia clara y precisa de este problema y conozcan exactamente los elementos esenciales de una teología de la liberación conforme al magisterio de la Iglesia94, a fin de dar una contribución eficaz en el pensamiento y la acción, sin caer en ideologías sectarias.
La tarea específica de los laicos es llevar los valores del Evangelio y del Reino al campo económico, social y político95. A los sacerdotes corresponde preocuparse por su preparación y asistirles, así como acompañarlos y estimularlos a asumir sus responsabilidades en el campo específico de las realidades temporales96. Tengan los sacerdotes valor y equilibrio en este sector del apostolado.
Para ejercer, de manera eficaz, la pastoral de la liberación, de la promoción humana y de la justicia, procuren los sacerdotes conocer completamente la doctrina social, las directrices y las opciones pastorales de la Iglesia. Sepan estar cerca de su gente - cuando ésta se halla oprimida por quienes tienen las riquezas y el poder - manteniendo relaciones de solidaridad, acogida y concientización, de manera que no se someta pasivamente a las situaciones de injusticia social. No se detengan los pastores ante las dificultades inevitablemente relacionadas con esta pastoral.
Hay que recordar, asimismo, el grave fenómeno de los refugiados a causa de la guerrilla o de las calamidades naturales. El sufrimiento del exilio, la disgregación de las familias y el aislamiento, además de la extrema miseria, tienen como resultado, a menudo, el derrumbamiento de los ideales, la desconfianza o incluso la desesperación. La fe religiosa constituye un apoyo precioso para reconstruir una vida. A menudo, el sacerdote es el primero que recibe el impacto de estas situaciones, con los problemas inherentes como la concentración de la población, la promiscuidad en los campos de prófugos, y los jóvenes que van a la deriva. En estos casos, se requiere una especial sensibilidad y preparación, por parte de los sacerdotes, para realizar una cura pastoral más específica.
Cuando se trata de llevar a cabo iniciativas de desarrollo, y en los casos en que se denuncian injusticias públicas, actúen los sacerdotes no aisladamente sino unidos, con un programa estudiado a nivel diocesano y aprobado por el Obispo. Debe tenerse presente que algunas intervenciones desproporcionadas y poersonales, en especial en el campo sociopolítico, pueden hacer deslizar al sacerdote fuera de su esfera que es la caridad pastoral, disminuir la credibilidad en su misión, desorientar a los fieles y perjudicar al apostolado.
Las solicitudes de ayuda material para otras Iglesias o instituciones públicas deben hacerse siempre con aprobación del Ordinario y según un plan diocesano, a fin de garantizar una sana precaución entre las distintas comunidades parroquiales.
Entre las exigencias del Evangelio, se destaca la caridad hacia todos, en particular hacia los pobres. La Iglesia reitera su opción, o amor preferencial por los pobres, pidiendo a los sacerdotes que sean coherentes. No se trata de una elección exclusiva, sino de una forma especial del primado de la caridad; un amor a los hermanos por lo que ellos son, y no por lo que poseen o por la situación privilegial en que se encuentran. Hay que tener presente que se consideran pobres no sólo los que no tienen, sino también algunas clases y categorías de personas muy numerosas de oprimidos, marginados, o personas en graves dificultades como los minusválidos, los desocupados, los emigrantes, los refugiados, los drogadictos, etc97. Estén los sacerdotes cerca de estos hermanos, compartiendo sus problemas y sus sufrimientos, y viendo en ellos el rostro doliente de Cristo ( cf. Mt 25,40).
Asimismo en la realización de obras de desarrollo social, estén convencidos los sacerdotes de que la evangelización debe imponerse gracias a los valores sobrenaturales del Evangelio y no por la fuerza de los medios económicos. En la salvaguardia de la misión de la Iglesia, evítese despertar intereses demasiado terrenales en los fieles y en quienes se acercan al Cristianismo.
El apostolado es un acto eclesial, comunitario, ordenado jerárquicamente en distintos niveles de competencia98.
Los sacerdotes tienen el deber de ejercer su servicio pastoral con un espíritu eclesial, permaneciendo profundamente insertados en la comunidad, en unión y obediencia al Obispo y en colaboración con todos los agentes de pastoral, evitando obrar en forma autónoma y personalista y siguiendo la marcha de la comunidad en la realización de planes de acción, con paciencia y flexibilidad.
El compromiso de los presbíteros a nivel diocesano se manifiesta también mediante su inserción en los distintos consejos y organismos. Manifiesten ellos su participación con interés y generosidad, con miras al desarrollo de toda la familia diocesana.
En la parroquia, pertenece en primer lugar al párroco organizar la cooperación entre todos los agentes de pastoral: sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos99. Debe estimularse el esfuerzo por promover la unidad entre aquellos que trabajan con plena dedicación, mediante reuniones regulares y frecuentes de información, planificación y búsqueda de medios de acción.
Con un espíritu de confianza, hay que promover en la parroquia los organismos de participación previstos por el derecho canónico, como el Consejo pastoral100 y el consejo de asuntos económicos101; así como otras iniciativas comunitarias como pequeñas comunidades, asociaciones y movimientos. Hay que tener presente que, en algunas culturas, la pequeña comunidad eclesial es fundamental en la estructura social y puede constituir un marco ideal también para la vida cristiana. Ayúdese a estas comunidades de base a ser verdaderamente eclesiales, es decir, a estar en comunión y cooperación real con la Iglesia y con los Pastores, en la doctrina, la organización y las iniciativas apostólicas102. La sensatez del sacerdote deberá facilitar la cooperación en la acción de los diversos grupos, con un espíritu de unidad, pero respetando las características propias de cada uno y su propia autonomía.
Tanto a nivel diocesano como parroquial, merece destacarse especialmente la
colaboración entre el clero local y los misioneros provenientes de otros países, teniendo presente que muchos de ellos son religiosos. Estos trabajan en virtud de un mandato universal de la Iglesia, confiado por la Autoridad Suprema, y de una convención especial con el Ordinario local. Su presencia es un don precioso de la Iglesia misionera y un intercambio de caridad entre Iglesias particulares. Sepan estos misioneros integrarse en la sociedad e insertarse en la Iglesia local, en cuanto son parte de de ella de pleno derecho: son miembros del presbiterio si son sacerdotes, y adhieren en todo a su Pastor por lo que se refiere a la actividad pastoral sin dejar de vivir y de actuar conforme al carisma específico de las constituciones de su respectiva orden103. Los presbíteros locales, superando todo espíritu de falso nacionalismo, vivan en comunión con ellos y sepan valorar su cooperación apostólica que, sobre todo en lo que respecta a la primera evangelización, no es sólo útil y especializada, sino en muchos casos indispensable. Favorezcan, por su parte, los misioneros, el justo desarrollo de fuerzas locales. Establézcase entre estos Institutos y el clero local una coordinación ordenada de la acción pastoral, bajo la dirección del Obispo, respetando el sentido de unidad entre apóstoles, el carácter y el fin de cada Instituto104.
Para promover la pastoral de conjunto, que es de capital importancia para la actividad misionera, los sacerdotes deberán actuar con arreglo a una acertada planificación, por lo menos a nivel diocesano y parroquial. Esto requiere la utilización de una técnica ya experimentada, a saber: conocer la realidad y establecer los objetivos generales y específicos, los criterios, las estrategias y las formas de actuar. Para que la planificación no sea sólo teórica, háganse programas concretos, estableciendo las metas, las iniciativas, los responsables, los medios, lugares, fechas, etc. Los programas habrán de someterse a revisiones regulares.
El Evangelio trasciende todas las culturas y no se identifica con ninguna de ellas (cf. Jn 18,36). Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio, lo viven hombres profundamente vinculados a una cultura, y la edificación de este Reino no puede prescindir de los elementos culturales. Este importante sector tiene un profundo significado en la evangelización misionera; se sitúa, en efecto, en el marco de la Encarnación del Verbo. Es deber de la Iglesia, nada fácil, evangelizar las culturas, es decir, favorecer y acoger todos los recursos, las riquezas, las costumbres de los pueblos en la medida en que son buenos; además, anunciar la Buena Nueva a todas las capas de la humanidad para transformarlas desde el interior, purificarlas de los elementos negativos viejos y nuevos, de manera que se pueda expresar nuevamente el mensaje evangélico a través de manifestaciones valederas.
La inculturación ha de realizarse, en primer lugar, en las Iglesias particulares, considerándolas como comunidades que viven una experiencia cotidiana de fe y de amor. Los especialistas pueden estimularla y guiarla, pero ellos no son los agentes principales. Por otra parte, la inculturación no es tarea de una sola comunidad, sino de todas las Iglesias que viven en una determinada zona cultural. La inculturación, en fin, no es un acto que se realiza una vez por todas, sino una continua integración de la experiencia cristiana en una cultura, que nunca es estable ni termina.
Es importante recordar que el Evangelio, durante siglos, ha penetrado en diferentes culturas, asumiendo sus valores, que han llegado a ser valores humanos universales, elementos que han podido responder a las exigencias de cualquier cultura. Esto facilita y enriquece la inculturación del mensaje evangélico en cada cultura. Hay que tener en cuenta lo anterior, en el discernimiento de los elementos, para no realizar una obra de demolición que podría privar a un determinado grupo humano de un patrimonio cultural que es patrimonio de toda la Iglesia.
Los sacerdotes deben comprometerse, con alegría y confianza, en este campo del apostolado, aprendiendo a juzgar su propia cultura, es decir, a distinguir en ella los valores, las deficiencias o los errores, y también las consecuencias del pecado, de manera que cualquier manifestación cultural no se considere como valor. Ellos deben tener presente que la inculturación no debe estar en contradicción con la unidad de la Iglesia, sino que debe partir siempre de la Sagrada Escritura, permaneciendo fiel a la Tradición y a las directrices del Magisterio vivo105. Pero para que la inculturación alcance su fin y los fieles no queden desorientados, los sacerdotes deben actuar en unión con el Obispo y los demás presbíteros, siguiendo un programa común, establecido a nivel de la Conferencia Episcopal106.
En este contexto, se presenta la función imprescindible de la religiosidad popular católica presente en el país. Si, esta se considera en cuanto conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones tomadas de la religión católica, es un elemento privilegiado para el diálogo entre el Evangelio y las culturas; constituye la sabiduría de un pueblo. Por tanto, para evangelizar profundamente una cultura, hay que formar en ella esa religiosidad. Procuren los sacerdotes que la religiosidad popular se alimente de un conocimiento del mensaje cristiano auténtico y no caiga en la magia, la superstición, el fatalismo, u otras formas desviadas de religiosidad107.
Los jóvenes son una realidad viva y actuante en la Iglesia; se encuentran en el centro de sus preocupaciones y de su amor; son su esperanza108. La Iglesia, convencida de que la juventud es por sí misma una riqueza109, y de que los jóvenes influyen de manera decisiva en la edificación de la sociedad110, los encomienda a los sacerdotes para que éstos les presten un cuidado particular111 y seformen hombres y mujeres con una recia personalidad humana y cristiana112. En las jóvenes comunidades eclesiales que se encuentran, principalmente en contextos con mayoría de jóvenes, este tipo de pastoral se considera de orden prioritario, sin que se pueda renunciar a él, en bien del presente y del porvenir de la Iglesia113. Den los sacerdotes importancia a los jóvenes para la obra de evangelización. Se puede hablar, con razón, de un apostolado de la esperanza, si los jóvenes son evangelizados y llegan a ser protagonistas de la evangelización de sus compañeros no cristianos114.
La actitud del sacerdote respecto a los jóvenes ha de ser apropiada; deberá caracterizarse por un sincero amor y una gran disponibilidad por su parte; tendrá que aceptar, aunque sea molesto, su vitalidad; habrá de compartir sus ideales, sus puntos de vista consistentes, sus problemas y sus actividades; tendrá que ser capaz de estimularlos a que den un juicio crítico al afrontar situaciones difíciles como pueden ser, por ejemplo, una cierta cultura secularizada, y a menudo atea; las ideologías alienantes; la tensión debida a las injusticias sociales; la difusión de la droga, el permisivismo sexual, el desempleo, etc. Los sacerdotes, por consiguiente, deben permanecer junto a los jóvenes para iluminarlos y guiarlos en medio de estos escollos, ayudándoles así a formarse en un ambiente de confianza, a superar las contradicciones que les son peculiares y a expresar propuestas positivas de vida y emprenderlas en forma coherente. Por tanto, tendrán que hacer lo posible por examinar las cosas desde el punto de vista de los jóvenes, darles mucho tiempo, mostrarles interés, tener con ellos relaciones de amistad y utilizar la práctica de la dirección espiritual que influye de manera tan profunda en los años de la juventud. Los sacerdotes deben tener siempre presente que la Iglesia tiene muchas cosas que decir a los jóvenes, y éstos tienen muchas cosas que decir a la Iglesia115.
Es necesario, asimismo reunir a los jóvenes en grupos masculinos, femeninos o mixtos, valorizando las estructuras escolares, las asociaciones y los movimientos, o también promoviendo la formación de grupos espontáneos. Los jóvenes tienen necesidad de participar y de sostenerse mutuamente, de realizar algo efectivo, para crecer juntos. Por lo tanto, traten los sacerdotes de conocer bien la dinámica de grupo y, sobre todo, preocúpense por formar dirigentes de grupos juveniles.
A nivel diocesano, habrá que establecer un organismo para la promoción de la pastoral juvenil, con sacerdotes preparados, a los que se les encomiende este ministerio y que estén disponibles para intervenir en las parroquias o en los grupos con una aportación cualificada.
Presten especial atención los sacerdotes a un fenómeno actual particular que influye en la difusión del mensaje: un gran número de jóvenes insisten, por una parte, en que se les considere como tales a una edad ya adulta; mientras, que por otro lado, imponen criterios poco maduros, que ellos llaman juveniles, para juzgar la vida. Es un problema de inadaptación que debe tenerse presente allí donde se manifiesta, para evitar condicionamientos.
La pastoral juvenil no se limita a los jóvenes; se refiere a toda la comunidad cristiana. Se trata de formar y de ayudar a la comunidad a comprender y a tener en cuenta los anhelos de los jóvenes, y a dar testimonio de rectitud e integridad y de coherencia en la fé; a integrar a los jóvenes en ella; en una palabra: a considerarse como verdadera comunidad humana sólo si hay una presencia viva y una aportación dinámica de la juventud. Adultos y jóvenes, unidos, estrechamente y capaces de un intercambio mutuo de valores, forman la comunidad cristiana real y completa.
Los sacerdotes desempeñan un papel único e insustituible en la pastoral vocacional. Con la convicción de que el Espíritu sigue distribuyendo con gran liberalidad los carismas de las vocaciones especiales, y que Cristo sigue llamando a los jóvenes porque los ama (cf. Mc 10,2)116, esfuércense los sacerdotes por acompañar a los jóvenes durante el período delicado y decisivo de la búsqueda vocacional.
La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana, con una invitación a la oración y al testimonio. La comunidad, en la variedad de servicios, funciones y carismas, tiene un papel importante de corresponsabilidad en cuanto al origen de las vocaciones. Sigue, luego, involucrando a las familias y a las escuelas, ya que los padres y los maestros son educadores también en la esfera relativa a la elección de la vida117. Pero los principales interlocutores en el diálogo vocacional son los mismos niños y jóvenes; toca a los sacerdotes llamarles y ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones.
Así, cuando un joven demuestra una verdadera madurez cristiana, y manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal, a la vida consagrada o al compromiso misionero, el sacerdote debe acercarse a él con delicadeza y acompañarle individualmente mediante una esmerada dirección espiritual. A ejemplo de Jesús, no temerá interpelarlo, proponiéndole explícitamente la opción de una vida enteramente consagrada a Dios en un servicio apostólico (cf. Mt 4,19-20: 19,21; Jn 1, 39, 42-43). El sacerdote ha de tener presente, sin embargo, que la mejor propuesta debe proceder de su propia vida, coherente y feliz. Evite, además, presentar ante todo la ayuda que se presta a los pobres, descuidando el punto focal y decisivo de toda vocación sagrada, a saber: la persona misma de Jesucristo que se debe amar y seguir para cooperar a la salvación del hombre. No se olvide que las vocaciones a la vida consagrada nacen sólo gracias a una intensa vida cristiana.
Un punto importante de esta pastoral es la ayuda que se brinda al joven para que pueda valorar sus motivaciones vocacionales. Hay que conocer muy bien la calidad de los candidatos, y evitar que las casas de formación se llenen de jóvenes que no han sido suficientemente probados. El Obispo es quien tiene la responsabilidad de indicar los criterios necesarios para realizar un discernimiento de las vocaciones que tenga en cuenta la madurez humana y espiritual, las capacidades intelectuales, el espíritu de servicio y la aptitud para asumir un compromiso social. Ha de incluirse, como condición esencial, entre los criterios de discernimiento de la vocación el presbiterado, la sensibilidad y disposición del candidato para propagar el Evangelio entre los no cristianos. Será útil, asimismo, integrarse en los programas vocacionales a nivel diocesano y nacional, recurriendo a organismos y formas de ayuda adecuadas, y participando en iniciativas comunes.
Parte de la pastoral vocacional, es la acogida y el apoyo que se dan a los seminaristas cuando están de vacaciones con la familia o durante los períodos establecidos de experiencia pastoral. Los sacerdotes, especialmente el párroco, han de estar cerca de ellos y acompañarles en la vida de oración, en las experiencias apostólicas y en el estudio, conforme a las orientaciones del seminario. Demuestren los sacerdotes una especial disponibilidad y atención hacia los diáconos durante el período establecido de pastoral que constituye un momento especial para formarles e iniciarles en el ministerio.
La atención por los laicos es muy importante para la Iglesia. Esta subraya con insistencia su vocación a la santidad y el triple oficio - sacerdotal, profético y real - de los bautizados y confirmados118.
Tengan los sacerdotes una actitud de apertura y atención hacia los laicos, y siéntanse con ellos discípulos del Señor. No olviden, en el ejercicio del ministerio, que, aunque tengan distintas funciones son, con los laicos, "como miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificación ha sido encomendada a todos" (cf Rm 12, 4-10)119.
La pastoral de los laicos tiene en cuenta, ante todo, su índole secular. A ellos corresponde, por propia vocación, buscar el Reino de Dios gestionando las cosas temporales. Viven en el siglo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, pero están llamados por Dios como desde dentro, a modo de fermento, para que contribuyan a la santificación del mundo, guiados por el espíritu evangélico120. En las Iglesia que viven en grupos humanos de minoría cristiana, la presencia de los laicos bautizados adquiere un particular significado, en cuanto ellos pueden dar el testimonio más fácilmente perceptible de la fuerza y de la actualidad del mensaje evangélico121.
La acción de los fieles laicos se revela, hoy, cada vez más necesaria y valiosa, pues la tarea misionera de la Iglesia asume una amplitud siempre nueva y exige un compromiso responsable y solidario por parte de todos los bautizados. Desde esta perspectiva, la formación de un laicado maduro y responsable se presenta como elemento esencial e irrenunciable de la "plantatio Ecclesiae" y de su desarrollo122.
Toca a los sacerdotes mantener vivo, en la conciencia de los fieles, el grave deber que tienen de anunciar el Evangelio y de animar el orden temporal, siendo solidarios con sus conciudadanos, con espíritu de caridad y con la fuerza del Evangelio123.
Sean los sacerdotes promotores convencidos del apostolado de los laicos, formándoles de manera adecuada y animándoles a que se comprometan con entusiasmo, movidos por un impulso verdaderamente cristiano124. Introdúzcanles en los consejos y demás organismos, encomendándoles cargos en la comunidad, conforme a su vocación propia y peculiar125. Los sacerdotes no han de reemplazar nunca a los laicos; más bien deberán animarles en sus actividades, convencidos de que el desarrollo de la Iglesia, especialmente en las misiones, se logra también mediante la presencia dinámica de un laicado cada vez más preparado y verdaderamente responsable.
Debe prestarse especial atención a la presencia de la mujer en la vida de la Iglesia y en las distintas actividades pastorales. En virtud de los valores peculiares de la condición femenina126, la mujer interviene con más fuerza en algunos sectores en los cuales debe darse valor a su presencia; por ejemplo: la vida familiar, la educación de la juventud, la catequesis, la visita a los enfermos, las obras de asistencia y de caridad, etc., o en los campos donde no conviene que intervenga un hombre, sobre todo si es sacerdote. La colaboración pastoral con las mujeres requiere madurez y reserva en los sacerdotes. La dirección inmediata de las actividades confiadas a las mujeres se deberá encomendar, de preferencia, a una de ellas.
La familia cristiana tiene el privilegio de ser la imagen de Dios-Amor. Ese amor, que involucra a la persona como cuerpo y espíritu, une a la pareja y se hace fecundo (cf. Ef 5, 25-32). Así, la familia es la "célula primera y vital de la sociedad" y "santuario doméstico de la Iglesia"127. Jesús la defendió por sus valores originarios e inmutables (cf. Mt 19, 4-8). En todas partes, la familia vive una situación compleja, con luces y sombras; en los países de misiones, tiene que resolver problemas especiales, planteados por las condiciones sociales, las influencias culturales o las convicciones religiosas. La Iglesia es consciente de los grandes desafíos que debe afrontar la familia cristiana hoy128, y reitera su predilección por ella, encomendándola a los pastores como tarea prioritaria129.
El cuidado de las familias es uno de los deberes principales del párroco; con él deben colaborar los demás sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los laicos bien preparados130. La pastoral familiar se realiza, en forma inmediata, en la comunidad parroquial, gracias a su fuerza de comunión; pero, de manera más específica, en la familia cristiana, en virtud de la gracia recibida en el sacramento131.
La pastoral familiar empieza con la preparación de los novios, que es remota, próxima e inmediata. La preparación remota deberá comenzar con la catequesis juvenil; la próxima, es tarea de los pastores, con la colaboración de personas cualificadas: la inmediata, compete directamente a los sacerdotes, en cuanto se refiere de cerca al sacramento. Cuiden los sacerdotes de la preparación al matrimonio mediante contactos personales, tanto individualmente como en grupos132, subrayando, en especial, el significado del sacramento, la santidad y los deberes del nuevo estado. En algunas culturas, que deben apoyarse, las familias mismas se encargan de transmitir a los jóvenes los valores humanos y cristianos relativos a la vida matrimonial y familiar.
En la celebración litúrgica del matrimonio, los cónyuges manifiestan el misterio en el que participan: la unión y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32)133. Es oportuno, en la medida de lo posible, que esta celebración sacramental sea solemne, se realice en días festivos o en aquellos establecidos en el programa diocesano, con la presencia activa y responsable de la comunidad. El empeño pastoral se manifestará, asimismo, dando importancia a la Liturgia de la Palabra y procurando la educación en la fe de los participantes134.
La pastoral postmatrimonial deberá ser tarea de todos los componentes de la comunidad, y ayudará a los esposos a vivir cada vez mejor su vocación y misión. Sigan de cerca los sacerdotes a las nuevas familias, ayudándolas a recibir, con toda lucidez, la gracia peculiar y siempre actual del sacramento, a vivir con espíritu cristiano los momentos felices y a superar las inevitables dificultades; sobre todo, a acoger con amor a los hijos, asumiendo en forma responsable la tarea de servirlos en su desarrollo humano y cristiano135.
Mientras se propagan teorías contrarias a la enseñanza de la Iglesia sobre la transmisión de la vida, a menudo integradas en las legislaciones civiles, los sacerdotes tienen el cometido difícil y digno de elogio, de ayudar a los fieles cristianos a ser plenamente conscientes y coherentes en su deber de "cooperar con el amor del Creador"136. Es preciso realizar un trabajo pastoral unitario, perseverante y organizado, a nivel diocesano137, para que en las jóvenes comunidades cristianas se arraigue la formación responsable de la vida, conforme a la tradicional y sana doctrina de la Iglesia. Con frecuencia, en los territorios de misiones, hay valores culturales que favorecen la obra de la Iglesia en esta pedagogía matrimonial, y se deben poner de relieve.
Los pastores deberán tener especial esmero en lo siguiente: - preparar a los fieles, especialmente a los novios y recién casados, con la ayuda de personas expertas y moralmente íntegras, mediante cursos y contactos personales, con el fin de educarles a una verdadera paternidad responsable, según la fe cristiana, utilizando el método natural138; - indicar exactamente el sentido y el valor de la castidad conyugal139; - luchar enérgicamente contra la plaga del aborto140; - fomentar la máxima prudencia y adhesión a las enseñanzas del Magisterio en todo lo referente a la biomédica, en cuanto a las intervenciones sobre el patrimonio genético, la fecundación artificial, etc.141.
Ayuden los pastores a las familias a ser coherentes con los compromisos cristianos, incluso en contextos indiferentes o contrarios; a sostenerse con amor, con espíritu de sacrificio y con la oración comunitaria; y a dar un testimonio auténtico del Evangelio en la sociedad, en particular con los no cristianos. La visita a las familias es parte importante de la pastoral. Prepárase seriamente el sacerdote para ese apostolado y compórtese, con respecto a las familias, como "padre, hermano, pastor y maestro"142, sin preferencias, y más bien en favor de aquellas más pobres y de los que están viviendo momentos particularmente difíciles.
Las Iglesias jóvenes deben afrontar circunstancias particulares con relación al matrimonio y a la familia, según la cultura o la situación religiosa y social local. Se trata de las uniones aceptadas de hecho por la sociedad, pero que no han sido regularizadas desde el principio ante la Iglesia, bien porque el esposo todavía no ha terminado de pagar toda la dote, o porque se espera verificar si la unión es fecunda, o por otras razones de tipo jurídico y de costumbres. Además, están los casos bastante frecuentes de poligamia, los matrimonios mixtos por disparidad de cultos y, en algunas regiones, la plaga del divorcio. La atención a estas distintas uniones es delicada y difícil. Es tarea de los Obispos, después de haber consultado a los demás miembros de la Conferencia Episcopal, precisar los criterios de comportamiento pastoral para aplicar en las circunstancias concretas las normas universales probadas por el Romano Pontífice143, las cuales, aunque excluyan la admisión a los sacramentos, manifiestan un profundo amor y respeto; ellas son: una sólida formación de los jóvenes en la coherencia de la vida con relación a los deberes del matrimonio cristiano: comprensión, sin rigidez, hacia las personas que se encuentran en tales situaciones por debilidad o por presiones extrínsecas; asistencia a esas parejas para ayudarles a que no pierdan la esperanza y a que vivan, por lo menos en cierta medida, una vida cristiana, así como a educar religiosamente a sus hijos y, si es posible, a regularizar su unión; fiel observancia de las normas canónicas referentes a los casos de matrimonios mixtos144 y a la sanación en la raíz145.
Los enfermos y los ancianos requieren una atención particular en la comunidad, en especial por parte de los pastores (cf. Mt 25, 36.43; Mc 16,18; Lc 9,11). Ellos tienen en común la fragilidad física y síquica, y unos y otros conocen el dolor en su doble dimensión: espiritual y corporal.
Establezcan los sacerdotes una fraterna armonía con los enfermos, considerándolos parte preciosa del rebaño que les ha sido encomendado. Síganles de cerca, continuamente y ayúdenles a comprender el infinito amor del corazón de Cristo (cf. Mt 11,28), la solidaridad cristiana y el significado misterioso y sobrenatural de la Cruz. Anímenles a que encuentren fuerza y esperanza en la oración y en la ofrenda de su sufrimiento para la redención del mundo, en unión con la pasión de Cristo: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24). Gracias al sostén de esta fe, los enfermos pueden llevar consigo el "gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1Ts 1,6) y ser testigos creíbles de la esperanza cristiana ante sus hermanos y antes aquellos que todavía no creen en el Señor. Hágase hincapié en una acción pastoral para los enfermos y los que sufren, y con ellos146.
La Eucaristía frecuente es el don más bello y la mejor ayuda que el sacerdote puede proporcionar a los enfermos y a los ancianos. Mediante la Eucaristía, él les recuerda que, a la luz de la resurrección de Cristo, el dolor y la muerte adquieren un significado victorioso. Es la respuesta de la sabiduría cristiana a un vacío que existe, a menudo, en la sociedad actual, sobre todo con el progreso tecnológico. Así se ayuda a los ancianos a superar la dolorosa experiencia de ver aumentar sus limitaciones y, en algunos casos, de la soledad y el abandono. Preocúpense los sacerdotes por atender a los ancianos para que éstos sepan dar un valor a esa época de la vida que implica una misión específica y original, en razón de la edad. El anciano, en la Iglesia y en la sociedad, puede justamente calificarse como "testigo de la tradición de fe" (cf. Sal 44,2; Ex 12, 26-27), maestro de vida (cf. Si 6,34; 8,11-12), "el que obra con caridad"147. Ayúdese a los ancianos, además, a completar su vida en forma positiva. Hay que estimular las culturas que manifiestan una singular veneración por el anciano, dejándolo profundamente injertado en la familia como "testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro"148.
La administración de los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos es un momento importante de la pastoral de los enfermos y de los ancianos. Sean solícitos los sacerdotes en ejercer este ministerio149, sin esperar los últimos momentos, y procuren, cuando esto sea posible y conforme a las disposiciones del Obispo, que la unción de los enfermos se celebre comunitariamente, para varios enfermos al mismo tiempo, con la participación de los familiares y, posiblemente, de la comunidad.
Para fomentar la pastoral de los enfermos y de los ancianos, elíjanse algunos laicos debidamente preparados y oficialmente encargados, como ministros extraordinarios de la Eucaristía y a otros como encargados de las obras de caridad150. El sacerdote, sin embargo, habrá de mantener el contacto personal, que es irremplazable.
En este contexto, cabe agregar una invitación a que se preste cuidadosa atención a las exequias de los difuntos. En todas partes, pero especialmente en las sociedades donde la veneración de los muertos y de los antepasados es muy importante, acompañen los pastores a las familias en esos momentos dolorosos y procuren dar relieve a la celebración del rito fúnebre, si es posible con la participación de la comunidad cristiana. Hagan ellos de manera que se exprese vivamente el sentido de participación de la Iglesia y el significado pascual de la muerte cristiana (cf. Rm 6, 3-9; 1Cor 15, 20-22; 2Cor 4, 14-15; Ap 14,13), teniendo en cuenta las tradiciones culturales en ciertos símbolos como el color de los ornamentos, los cantos y el lugar y forma de la sepultura151. Es una ocasión privilegiada para hacer vivir a los fieles una profunda experiencia de la comunión de los santos, y también para presentar una catequesis sobre los novísimos y el sufragio para los difuntos. Es, asimismo, una oportunidad para dar testimonio, ante los no cristianos, de la fe de los bautizados en Cristo, vencedor de la muerte, y en la vida eterna.
La división entre los cristianos no sólo "contradice abiertamente a la voluntad de Cristo"; es, incluso, "escándalo para el mundo" y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres"152, retardando la "plena comunión católica"153.
Sean los sacerdotes fautores convencidos del ecumenismo, siempre abiertos a la esperanza de que se realizará la plegaria de Jesús: "que ellos también sean uno" (Jn 17,21), sin dejarse desanimar por los obstáculos e incomprensiones locales que todavía existen.
Expongan los sacerdotes la verdad católica a sus propios fieles, integralmente y en forma clara154, sin caer en el relativismo y evitando toda ambigüedad en la enseñanza de la fe y el comportamiento, aunque sea con buenas intenciones.
Por lo que se refiere a las iniciativas del movimiento ecuménico, los sacerdotes deberán atenerse a las directrices de la Iglesia dadas por la Conferencia Episcopal y el Obispo local155.
En las relaciones con los no católicos, que a veces crean problemas de orden pastoral, eviten los sacerdotes poner de relieve las diferencias y las rivalidades religiosas, sabiendo sin embargo mantener la unidad y la transparencia de la fe en su propia comunidad. Hagan todo lo posible por establecer relaciones de amistad con los responsables religiosos de las demás confesiones, para ayudarse mutuamente cuando esto sea posible y evitar incomprensiones y posturas incorrectas de los unos hacia los otros, que escandalizan a los no cristianos.
En cuanto a las sectas religiosas fundamentalistas e intransigentes, numerosas en los territorios de misiones y que se muestran, por lo general, agresivas con el Catolicismo, es necesario catequizar a los fieles sobre los siguientes puntos: - cuales son las verdaderas notas de la Iglesia que estas sectas contradicen más; - cuáles son sus puntos débiles y errores principales; - la imposibilidad de establecer un diálogo, aunque sea mínimo, con ellas; - el deber de defenderse, y de evangelizar a sus adeptos, que no pueden considerarse cristianos. Los sacerdotes, por consiguiente, procuren saber por lo menos los elementos principales de la doctrina y de los métodos de proselitismo de esas sectas, para poder ayudar en forma adecuada a sus propios fieles.
El diálogo con los seguidores de otras religiones es una tarea delicada e importante del actual apostolado de la Iglesia,. Se trata siempre del diálogo de salvación, que se realiza sólo en Cristo, y que, por lo tanto, no puede llevar al relativismo, ni mucho menos menoscabar la integridad de la fe católica. Este diálogo es necesario para que se pueda conocer con mayor exactitud el Evangelio, y su mensaje sea más fácil de percibir.
Permanezcan los sacerdotes atentos y abiertos a esta realidad, y tengan un conocimiento adecuado de las religiones. no sólo de su historia, límites y errores, sino también de los valores que - "como semillas del Verbo" - pueden ser una "preparación al Evangelio"156.
En un mundo marcado por el pluralismo religioso, es importante establecer y mantener el diálogo y la colaboración con todos para favorecer las grandes causas en pro de la humanidad, como la paz, la justicia, el desarrollo, los derechos humanos, etc.157. Desde este punto de vista, los sacerdotes tienen el deber pastoral de infundir en los fieles un espíritu de diálogo, animándoles a la solidaridad y la colaboración con los adeptos de otras religiones.
En las iniciativas concretas en materia de diálogo interreligioso, actúen los sacerdotes en el marco de un programa diocesano, conforme a las directrices del Obispo, de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia universal, y no lo hagan nunca aisladamente.
Sobre todo, estén convencidos de que los seguidores de las otras religiones tienen el derecho de recibir la plenitud de la verdad cristiana, - que potencialmente, desde luego, es patrimonio de la humanidad - por parte de quienes han recibido el mandato de la Iglesia católica para anunciarla.
La vocación al sacerdocio ministerial comienza con un encuentro con Cristo, quien quiere que su llamamiento se prolongue en una vida misionera: "... llamó a los que él quiso (...) para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). La experiencia de un encuentro amistoso con Cristo (cf. Jn 1, 39.41; 15,9) lleva a seguirle, entregándose a él (cf. Mt 4,19ss; 19,27). La respuesta del sacerdote a este llamamiento se vuelve gozo pascual, porque puede "darse a Cristo el testimonio máximo de amor"158. El sacerdote, como los Apóstoles, en colaboración con su propio Obispo, y estando al servicio de la Iglesia, es el testigo calificado de Cristo muerto y resucitado: "nosotros (...) somos testigos" (Hch 2,32); "lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos" (1Jn 1,3).
Es preciso que los sagrados ministros conozcan exactamente lo específico de la espiritualidad sacerdotal para que puedan renovarse continuamente. Espiritualidad, significa una vida en el Espíritu, que hace del sacerdote un signo personal y específico de Cristo, puesto al servicio de la comunidad de la Iglesia local y universal, en relación con el carisma episcopal.
La espiritualidad sacerdotal brota de la gracia del Espíritu Santo, como participación en la consagración (el ser) y la misión (el actuar) de Cristo Profeta, Sacerdote y Rey. En las palabras del rito de la sagrada ordenación, se encuentra resumida en la exhortación del Obispo a los sacerdotes para toda la vida: "imitad lo que haceis". Por consiguiente, en la espiritualidad sacerdotal está incluída, a nuevo título, la vocación a la santidad, como signo e instrumento personal de Cristo. Si, para los miembros del Pueblo de Dios, existe una vocación universal a la santidad, o sea, a la plenitud de la vida cristiana159, para los sagrados ministros existe una llamada especial a la perfección que ellos alcanzarán de manera adecuada si ejercen sus funciones con ánimo sincero y sin descanso, con el Espíritu de Cristo (cf Lv 11,44.45; 19,2; Mt 5,48; 2Tm 1,9: 1P 2,5).
El sacerdote diocesano encuentra su espiritualidad específica al vivir su ministerio en la caridad pastoral, en comunión con el Obispo como sucesor de los Apóstoles, formando un presbiterio a manera de familia sacerdotal, estando al servicio de la Iglesia local en la cual está incardinado, y permaneciendo disponible para la misión de salvación universal160. La espiritualidad sacerdotal diocesana es, pues, eminentemente eclesial y misionera.
Estén convencidos los presbíteros de que sin una fuerte vida espiritual y un generoso servicio apostólico, en íntima unión con Cristo Sacerdote y Buen Pastor, hasta llegar a la cumbre de la santidad, en la línea de la espiritualidad que les es propia, es imposible realizar la identidad sacerdotal y perseverar con generosidad en el ministerio.
La espiritualidad del clero diocesano secular se funda, sustancialmente, en las siguientes bases: - la adhesión de amor y servicio a Cristo, enviado por el Padre y consagrado por el Espíritu, acogiendo en especial el misterio central de la Eucaristía y la presencia ejemplar de María; - la comunión y obediencia cordial y generosa al Romano Pontífice y al propio Obispo; - una fraternidad profunda con los sacerdotes del presbiterio local; - el servicio apostólico en favor de los fieles de la Iglesia particular y un empeño en ayudar a las Iglesias necesitadas, y en evangelizar a los no cristianos.
La espiritualidad del sacerdote diocesano secular se vivirá, pues, desde una perspectiva trinitaria, mariana, eclesial y misionera. En efecto, el llamamiento, la consagración y la misión hacen participar en la realidad de Cristo, consagrado en el Espíritu y enviado por el Padre (cf. Lc 4,18; Jn 10,36), que se prolonga en la Iglesia (cf. Mt 28,20; Ef 1,23). María Madre de Cristo Sacerdote y fiel a la acción del Espíritu Santo, modelo, y Madre de la Iglesia está siempre junto a la vida y al ministerio sacerdotal. "Nuestro servicio sacerdotal nos une a ella, que es la Madre del Redentor y modelo de la Iglesia"161.
La nota característica de la espiritualidad sacerdotal es la caridad pastoral, que se manifiesta en algunas dimensiones básicas.
Es sagrada. El punto de partida de la espiritualidad es la participación ministerial en la consagración de Cristo Sacerdote, realizada en el momento de la Encarnación del Verbo en el seno de María, bajo la acción del Espíritu Santo, que se manifestará plenamente en el misterio pascual. La vocación del sacerdote a estar con él (cf Mc 3,14), llega a ser participación en el sacerdocio de Cristo, y lo compromete a expresar el carácter sagrado en su propia existencia (cf. Jn 17,10)162.
La espiritualidad es comunión con la Iglesia: con el Romano Pontífice, con el propio Obispo, con los demás sacerdotes y diáconos, los consagrados y la comunidad eclesial163. Esta comunión, en virtud de la sagrada ordenación establece entre los sacerdotes una verdadera fraternidad sacramental. El carisma episcopal, que se acoge en cuanto significa la cercanía de un padre y amigo, es indispensable para realizar esta comunión que quiso el Señor en su oración sacerdotal (cf. Jn 17,23). De todo esto se desprende, que los presbíteros, necesitan un espíritu y una vida comunitarios. El sacerdote vive esta comunión en la dependencia del Obispo y su pertenencia a la Iglesia particular, como elemento indispensable del único presbiterio.
La espiritualidad es también misión. El ser sacerdote, es la raíz de la acción específica del sagrado ministro que actúa in persona Christi, como prolongación de él, en favor de la comunidad local y universal. Esta realidad obliga al sacerdote a manifestar, en su ministerio, la caridad redentora del Señor, como digno representante suyo (cf. Rm 15,5). Los sacerdotes diocesanos, "bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda en la edificación de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12). Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia"164.
En fin, la espiritualidad requiere la imitación de la vida evangélica de los Apóstoles165, que consiste principalmente en seguir a Cristo, dejando todo por él (cf. Mt 19,27); en estar dispuestos a ejercer el apostolado por todas partes (cf. Mc 16,20), con un espíritu de fraternidad y ayudándose mutuamente como miembros de una familia sacerdotal (cf. Jan 17,12ss; Hch 1,13-14). Los sacerdotes diocesanos se comprometen a vivir siguiendo a Cristo, según las exigencias evangélicas de la vida apostólica, y bajo la guía de su Obispo.
La Iglesia, en conformidad con el Evangelio, traza líneas precisas de vida espiritual que son fundamentales para constituir la figura del verdadero sacerdote.
La amistad con Jesús166. El sacerdote, precisamente por ser prolongación de Cristo, está llamado a vivir con una actitud de amistad personal y profunda con él (cf Jn 15, 13-16); en la medida en que viva esta amistad, logrará realizar su propia vocación.
El servicio eclesial167. Como ministro del Señor y de la Iglesia, el sacerdote ha de estar animado por un gran espíritu de servicio (cf Lc 22, 26-27; Mc 10, 42-45) que se manifiesta a través del celo apostólico, la capacidad de sorportar la fatiga del trabajo, la prontitud para asumir los cargos pastorales, aún los más humildes, sin buscar honores o intereses personales, y la disponibilidad misionera hacia todos los que están por fuera del rebaño de Cristo.
La santidad, mediante los ministerios diarios, en el ejercicio de la triple función del sacerdote168. Como ministros de la Palabra, estarán más unidos a Cristo Maestro, que manifiesta la verdad a los que están cerca y a los que están lejos, y gozarán más profundamente de "la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3,8). Como ministros sagrados, señaladamente en el Sacrificio de la Misa en el que desarrollan su oficio principal, ellos ejercerán, de manera ininterrumpida, la obra de la redención para gloria de Dios y santificación de los hombres (cf Cor 11,26). Como guías del Pueblo de Dios, estarán estimulados por la caridad del Buen Pastor para que presten un servicio siempre más generoso en reunir el rebaño, hasta dar la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 15-17). El camino real, para la santificación de los presbíteros, está, pues, en el ejercicio del ministerio. Las actividades del ministerio son los medios normales que santifican al mismo pastor, siempre que viva en profunda unión con Cristo, actúe en la fe y en la caridad y no descuide los medios comunes, que valen para todos los cristianos. Esta unidad de su vida con Cristo será un equilibrio entre la vida interior y la acción apostólica.
Las virtudes propias del Buen Pastor. La caridad pastoral se realiza y se manifiesta a través del celo (cf Rom 12,11; 1P 3,13; 1Tm 4,14-16), en una vida de obediencia, castidad y pobreza169, en una actitud de humildad y en la capacidad de llevar la cruz, a imitación de Cristo (cf. Mt 10.38; 16,24; Mc 8,34; Lc 14,27). Cada una de estas virtudes constituye un aspecto necesario de la caridad pastoral, tal como la propone el Evangelio. Procuren los sacerdotes vivirlas con toda fidelidad, para ser ellos una imagen convincente del Buen Pastor y estar disponibles, con todo el corazón, para el trabajo pastoral de toda la diócesis y de toda la Iglesia.
Los medios comunes de espiritualidad cristiana son también necesarios a los sacerdotes. Además, se les ofrecen medios específicos, que consisten en actividades relacionadas con su ministerio, que se han de vivir según el espíritu y las directrices de la Iglesia.
La espiritualidad sacerdotal diocesana y misionera no se vive aisladamente, sino en el propio presbiterio diocesano, en unión con el Obispo. La presencia central y animadora del Obispo, y la responsabilidad de cada uno de los sacerdotes, harán que el presbiterio estimule su fervor y brinde medios concretos para la vida espiritual, llegando a ser una verdadera familia sacerdotal que cuida y hace progresar a sus propios miembros. En particular, el presbiterio deberá estimular la formación permanente, especialmente espiritual, indicando los objetivos y proporcionando los medios a nivel personal y comunitario.
La Eucaristía es centro y raíz de toda la vida del presbítero cuya alma sacerdotal se esfuerza por reflejar lo que se realiza en el altar170. El sacerdote ha de tener una vida eucarística plena y fervorosa, tomando de ella impulso y fuerza para su vida espiritual. La celebración de la Misa, con la debida preparación y acción de gracias, y la visita diaria a Jesús Sacramentado, no son sólo deberes pastorales, sino momentos importantes e insustituíbles de espiritualidad.
La tradición de la Iglesia y las actuales directrices del Magisterio señalan muchos otros medios de espiritualidad sacerdotal. Cada uno de éstos se debe interpretar según la identidad peculiar del presbitero: la Palabra de Dios, proclamada, rezada y meditada: la Liturgia de las Horas, celebrada en nombre de toda la comunidad y en unión con ella; el sacramento de la reconciliación, que purifica y fortalece; la piedad mariana, que ayuda a vivir generosamente el servicio a Cristo y a la Iglesia; la oración personal y contemplativa, frecuente y regular; los retiros y ejercicios espirituales; el examen de conciencia, la dirección espiritual, el estudio de la teología, la participación activa en asociaciones sacerdotales espirituales y apostólicas.
Son, asimismo, muy útiles, las reuniones regulares, ante todo con el propio Obispo, a quien se le expresarán, como a un padre y amigo, los ideales, proyectos, problemas y dificultades. buscando con él una solución. Son también importantes los encuentros entre presbíteros, para que se establezca un intercambio de vida espiritual y pastoral: retiros, oración, revisión de vida, dirección espiritual, etc. De este modo, los sacerdotes se ayudarán unos a otros a poner de relieve los medios de espiritualidad a nivel personal y comunitario.
La comunión con el Obispo, con los presbíteros y los diáconos, y con la comunidad eclesial es, a la vez, medio y signo eficaz de santificación de evangelización. La ayuda mutua llega a ser "fraternidad sacramental"171. El carisma episcopal, profundamente sentido y reconocido172, es necesario para crear esa comunión querida por el Señor como participación en su misión universal (cf. Jn 17, 18-23).
Los presbíteros han de profundizar el significado de estos medios clásicos e insustuibles de espiritualidad, y deben ser coherentes, ordenados y constantes al practicarlos, para lograr una vida espiritual y misionera rica, conforme al ejemplo dado por Cristo, por los Apóstoles y por todos los santos sacerdotes durante toda la historia de la Iglesia.
Existe una estrecha relación entre la Palabra de Dios y la vida sacerdotal. De la Palabra, en efecto, toma su origen y significado la identidad del sacerdote; el anuncio de la Palabra es uno de sus deberes fundamentales; en la Palabra se encuentra la fuerza de su fe y el alimento para su vida espiritual173. La Iglesia, por lo tanto, recomienda de manera especial, a los sacerdotes, un continuo contacto con la Escritura mediante el estudio, la escucha y la oración174, para que puedan profundizar, cada vez más, en el conocimiento del Señor y en el significado de su mensaje (cf Flp 3,8; Ef 3,19; 4,13).
Con el fin de poder acoger, interiorizar y anunciar la Palabra, reserven los sacerdotes unos momentos al silencio y al recogimiento. Si bien la pastoral apremia con urgencias y requerimientos de todo tipo, son dignos de alabanza aquellos sacerdotes que saben limitar el número de sus actividades en beneficio de su desarrollo espiritual. En la organización de su vida, encuentren los sacerdotes la manera de dejar tiempo para reflexionar sobre la Escritura, leer a los Santos Padres y estudiar las ciencias sagradas. Esta riqueza interior hará de ellos unos apóstoles con mayor fuerza de convencimiento para aquellos que no creen en el Señor.
Entre los medios y expresiones que son más importantes en la vida espiritual del sacerdote están las prácticas de oración. La oración del sacerdote es, ante todo, participación en la fe y la oración de la comunidad, en la cual deberá manifestarse como en un lugar privilegiado (cf. Hch 1,14)175. Es también un ejemplo para los fieles que se ven animados, de este modo, por sus pastores, a vivir la comunión con Dios. Además de la oración en la comunidad cristiana, el sacerdote debe alimentar su propia vida espiritual con una copiosa oración personal. Ha de sentir su responsabilidad como hombre de oración ante los demás hermanos, a imitación de Cristo, el cual "está siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 7,25). Con la oración, antes que con la palabra o con la acción, el sacerdote debe comunicar lo divino a los hombres, y hablar a Dios en su nombre. Del corazón del sacerdote habrá de subir, hacia el Padre, la adoración, la alabanza, la acción de gracias y la petición en nombre de los fieles y también de los no cristianos.
Hay que reconocer, con realismo, que el ritmo de la actividad pastoral en las Iglesias de territorios de misiones no facilita el ejercicio de una oración regular. El sacerdote, como hombre de lo sagrado, no puede aceptar una situación en la que se sacrifique habitualmente la oración a causa del trabajo. Las ocupaciones pastorales pueden a veces modificar el orden, el tiempo y también el modo con que se realizan las prácticas piadosas, pero no deben nunca hacer mella en la oración. Dignos de estima son aquellos sacerdotes que saben ordenar sus ocupaciones, y si es necesario incluso limitarlas, en favor de la oración. La Iglesia propone a los sacerdotes, con confianza, el ideal más elevado de la vida de oración, hasta la contemplación, invitándoles a que tiendan hacia ella sinceramente, a pesar de sus límites, de las dificultades externas y de las ocupaciones apremiantes (cf. Lc 18,1; Ef 6,18; 1Ts 5,17).
La celebración eucarística que los sacerdotes realizan in persona Christi, constituye la cumbre de la vida espiritual. Sean, pues, fieles en la celebración diaria de la Misa, con la debida preparación y acción de gracias176, posiblemente con la participación de los fieles. Es bueno que los sacerdotes que se alojan en un mismo sitio concelebren por lo menos en alguna ocasión importante, con el objeto de reforzar la fraternidad sacramental. La Eucaristía pide también a los sacerdotes que permanezcan en la pr