3. "Primero Simón, llamado Pedro". Con este significativo acento de la primacÃa de Simón Pedro, San Mateo introduce en su Evangelio la lista de los Doce Apóstoles que también en los otros dos Evangelios sinópticos y en los Hechos se inicia con el nombre de Simón. Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos muestran con claridad y simplicidad que el canon neotestamentario ha recibido las palabras de Cristo relativas a Pedro y a su rol en el grupo de los Doce. Por ello, ya en las primeras comunidades cristianas, y cómo más tarde en la toda la Iglesia, la imagen de Pedro ha permanecido fijada como aquella del Apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desarrollar en la Iglesia una propia y especÃfica función. Él es la roca sobre la cual Cristo edificará su Iglesia; es aquel que, una vez convertido, permanecerá firme en la fe y confirmará a los hermanos; es, en fin, el Pastor que guiará a la entera comunidad de los discÃpulos del Señor.
En la figura, en la misión y en el ministerio de Pedro, en su presencia y en su muerte en Roma - testimoniada por la más antigua tradición literaria y arqueológica – la Iglesia contempla una profunda realidad, que está en relación esencial con su mismo misterio de comunión y salvación: «Ubi Petrus, ibi ergo Ecclesia». La Iglesia, desde los inicios y con creciente claridad, ha entendido que como existe la sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los Obispos del mismo modo también el ministerio de la unidad, confiado a Pedro, pertenece a la perenne estructura de la Iglesia de Cristo y que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio.
4. Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia Católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es el Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma, enriquecida también por la predicación y por el martirio de San Pablo.
En el plan divino sobre el Primado como "oficio concedido por el Señor a Pedro de modo singular, el primero de los Apóstoles y para transmitirse a sus sucesores", se manifiesta ya la finalidad del carisma petrino, o bien «unidad de fe y de comunión» de todos los creyentes. El Romano PontÃfice de hecho como Sucesor de Pedro, es «perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad tanto de los Obispos como de la multitud de los fieles», y por ello él tiene una gracia ministerial especÃfica para servir esa unidad de fe y de comunión que es necesaria para el cumplimiento de la misión salvÃfica de la Iglesia.
5. La Constitución Pastor aeternus del Concilio Vaticano I indicó en el prólogo la finalidad del Primado, dedicando luego el núcleo del texto a exponer el contenido o ámbito de su potestad propia. El Concilio Vaticano II, por su parte, reafirmando y completando las enseñanzas del Vaticano I ha tratado principalmente el tema de la finalidad, dando particular atención al misterio de la Iglesia como Corpus Ecclesiarum. Tal consideración permitió acentuar en modo relevante y con mayor claridad que la función primacial del Obispo de Roma y la función de los otros Obispos no se encuentran enfrentadas sino en una originaria y esencial armonÃa.
Por ello, «cuando la Iglesia Católica afirma que la función del Obispo de Roma responde al la voluntad de Cristo, ella no separa esta función de la misión confiada al conjunto de los Obispos, también ellos "vicarios y legados de Cristo" (Lumen gentium, n. 27). El Obispo de Roma pertenece a su colegio y ellos son sus hermanos en el ministerio. Se debe también afirmar, recÃprocamente, que la colegialidad episcopal no se contrapone al ejercicio personal del Primado ni lo debe relativizar.
6. Todos los Obispos son sujetos de la sollicitudo omnium Ecclesiarum en cuanto miembros del Colegio episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles del cual a formado parte también la extraordinaria figura de San Pablo. Esta dimensión universal de su episkopè (vigilancia) es inseparable de la dimensión particular relativa a los oficios que les han sido confiados . En el caso del Obispo de Roma —Vicario de Cristo según el modo propio de Pedro como Cabeza del Colegio de los Obispos— la sollicitudo omniuni Ecclesiarum adquiere una fuerza particular por que es acompañada de la plena y suprema potestad en la Iglesia: una potestad realmente episcopal, no solo suprema, plena y universal, sino también inmediata, sobre todos, tanto sobre los pastores como los otros fieles.. El ministerio del Sucesor de Pedro, por lo tanto, no es un servicio que alcance solamente a toda Iglesia particular desde fuera, sino que está inscrito en el corazón de cada Iglesia particular, en la cual "está realmente presente y actúa la Iglesia de Cristo", y por esto lleva en sà la apertura al ministerio de la unidad. Esta interioridad del ministerio del Obispo de Roma en relación con cada Iglesia particular es también expresión de la mutua interioridad entre Iglesia universal e Iglesia particular.
El Episcopado y el Primado, recÃprocamente enlazados e inseparables son de institución divina. Históricamente han surgido, instituidas por la Iglesia, formas de organización eclesiástica en las cuales se ejercita también un principio de primacÃa. En particular, la Iglesia Católica es bien consciente de la función de las sedes apostólicas en la Iglesia antigua, especialmente de aquellas consideradas –AntioquÃa y AlejandrÃa- como puntos de referencia de la Tradición Apostólica, alrededor de las cuales se ha desarrollado el sistema patriarcal; este sistema pertenece a la guÃa de la Providencia ordinaria de Dios sobre la Iglesia, y lleva en sÃ, desde los inicios, el nexo con la tradición petrina.
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