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S.S. Juan Pablo II, Del Padre al Padre
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Del Padre al Padre

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

1. «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16, 28).

Con estas palabras de Jesús comenzamos hoy un nuevo ciclo de catequesis centrado en la figura de Dios Padre, siguiendo así las indicaciones temáticas sugeridas en la carta apostólica Tertio millennio adveniente con vistas a la preparación para el gran jubileo del año 2000.

En el ciclo del primer año reflexionamos sobre Jesucristo, único Salvador. En efecto, el jubileo, en cuanto celebración de la venida del Hijo de Dios a la historia humana, reviste una fuerte connotación cristológica. Meditamos en el significado del tiempo, que alcanzó su cima en el nacimiento del Redentor, hace dos mil años. Este acontecimiento, a la vez que inaugura la era cristiana, abre también una nueva fase de renovación de la humanidad y del universo, a la espera de la última venida de Cristo.

Sucesivamente, en las catequesis del segundo año de preparación para el evento jubilar, nuestra atención se dirigió al Espíritu Santo, que Jesús envío desde el Padre. Lo contemplamos actuando en la creación y en la historia, como Persona-Amor y Persona-Don. Subrayamos su fuerza, que saca del caos un cosmos lleno de orden y belleza. En él se nos comunica la vida divina y con él la historia se convierte en camino que lleva a la salvación.

Ahora queremos vivir el tercer año de preparación para el ya inminente jubileo como una peregrinación hacia la casa del Padre. De esta forma nos introducimos en el itinerario que, partiendo del Padre, lleva a las criaturas hacia el Padre, de acuerdo con el designio de amor revelado plenamente en Cristo. El camino hacia el jubileo debe desembocar en un gran acto de alabanza al Padre (cf. Tertio millennio adveniente, 49), para que toda la Trinidad sea glorificada en él.

2. El punto de partida de nuestra reflexión son las palabras del evangelio que nos señalan a Jesús como Hijo y Revelador del Padre. Todo en él: su enseñanza, su ministerio, e incluso su estilo de vida, remite al Padre (cf. Jn 5 19. 36, 8, 28 14, 10, 17, 6). El Padre es el centro de la vida de Jesús y, a su vez Jesús es el único camino para llegar al Padre. «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Jesús es el punto de encuentro de los seres humanos con el Padre que en él se ha hecho visible: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Como dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre esta en mí?» (Jn 14, 9-10).

La manifestación más expresiva de esa relación de Jesús con el Padre se da en su condición de resucitado, vértice de su misión y fundamento de vida nueva y eterna para cuantos creen en él. Pero la unión entre el Hijo y el Padre, como la que existe entre el Hijo y los creyentes, pasa por el misterio de la «elevación» de Jesús, según una típica expresión del evangelio de san Juan. Con el término «elevación», el evangelista indica tanto la crucifixión como la glorificación de Cristo. Ambas se reflejan en el creyente: «El hijo del hombre tiene que ser elevado, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 14-16).

Esta «vida eterna» no es más que la participación de los creyentes en la vida misma de Jesús resucitado y consiste en ser insertados en la circulación de amor que une al Padre y al Hijo, que son uno (cf. Jn 10, 30 17, 21-22).

3. La comunión profunda en la que se encuentran el Padre, el Hijo y los creyentes incluye al Espíritu Santo. En efecto el Espíritu es el vínculo eterno que une al Padre y al Hijo, e implica a los hombres en este inefable misterio de amor. Dado como «Consolador», el Espíritu «habita» en los discípulos de Cristo (cf. Jn 14, 16-17), haciendo presente a la Trinidad.

Según el evangelista san Juan, precisamente en el contexto de la promesa del Paráclito, Jesús dice a sus discípulos: «Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14, 20).

El Espíritu Santo es quien introduce al hombre en el misterio de la vida trinitaria. Al ser «Espíritu de la verdad» (Jn 15, 26; 16, 13), actúa en lo más íntimo de los creyentes, haciendo resplandecer en su mente la Verdad, que es Cristo.

4. También san Pablo pone de relieve que estamos orientados al Padre en virtud del Espíritu de Cristo que habita en nosotros. Para el Apóstol se trata de una auténtica filiación, que nos permite invocar a Dios Padre con el mismo nombre familiar que usaba Jesús: Abba (cf. Rm 8, 15).

En esta nueva dimensión de nuestra relación con Dios esta involucrada toda la creación, que «espera vivamente la revelación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19). La creación también «gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rm 8, 22), a la espera de la completa redención que restablecerá y perfeccionará la armonía del cosmos en Cristo.

En la descripción de este misterio, que une a los hombres y a la creación entera al Padre, el Apóstol expresa la función de Cristo y la acción del Espíritu. En efecto, mediante Cristo, «imagen del Dios invisible» (Col 1, 15), todas las cosas han sido creadas.

Él es «el principio, el primogénito de entre los muertos» (Col 1, 18). En él «se recapitulan» todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra (cf. Ef 1, 10) y a él corresponde devolverlas al Padre (cf. 1 Co 15, 24), para que Dios sea «todo en todos» (1 Co 15, 28). Este camino del hombre y del mundo hacia el Padre está sostenido por la fuerza del Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra debilidad e «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26).

El Nuevo Testamento nos introduce así con mucha claridad en este movimiento que va del Padre al Padre. Lo queremos considerar con atención específica en este último año de preparación para el gran jubileo.

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