Cardenal Camillo Ruini, Qué Sociedad Civil para la Italia de Mañana

Qué sociedad civil para la Italia de mañana

Introducción a los Trabajos de la Semana Social del Cardenal Camillo Ruini, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana

XLIII Semana Social de los católicos Italianos

Nápoles, 16-20 de noviembre de 1999

1. Saludo cordialmente a todos los presentes; S.E. el Cardenal Michele Giordano el cual, también a nombre de la Iglesia de Nápoles, nos ha dirigido calurosas palabras de acogida; el honorable Antonio Bassolino que ha transmitido el saludo hospitalario de la ciudad; el gobernador de la Banca de Italia, Dr. Antonio Fazio, que ha acogido la invitación a ofrecer su contribución competente a los trabajos de esta Semana; el Prof. Sergio Zaninelli, Rector Magnifico de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, que preside esta Ceremonia de apertura; S.E. Mons. Pietro Meloni y el Prof. Franco Garelli, respectivamente Presidente y Secretario del Comité Científico-Organizador de la XLIII Semana Social de los católicos italianos, los otros miembros del mismo comité; todas las Autoridades religiosas, civiles y militares; y todos vosotros, Excelentísimos Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, mujeres y hombres provenientes de todas las partes de Italia, que os habéis reunido aquí para profundizar juntos, por medio del análisis, el estudio, la reflexión y la elaboración, un tema de apremiante actualidad: la sociedad civil.

2. Al dar inicio a los trabajos de la Semana Social les pido que me consientan evocar, aunque en modo necesariamente sumario, algunos acontecimientos pasados, otros que están en curso de desarrollarse, otros todavía inminentes, que constituyen, por así decirlo, el escenario de fondo de esta XLIII Semana Social y que le dan un significado y un valor particulares.

Hace diez años, el 10 de noviembre de 1989, caía el muro de Berlín y con él la ilusión de poder realizar, "científicamente", una sociedad igualitaria por medio del domino de una vanguardia política, en la sistemática exclusión de Dios y en el desprecio de los derechos fundamentales del hombre. Este acontecimiento, que cambió el cuadro mundial y produjo profundo cambios políticos, culturales, sociales y económicos que todavía se están desarrollando, nos ha hecho plenamente conscientes de las terribles daños que puede causar la convicción de los hombres de poseer el secreto de una organización social perfecta. Por el contrario —como afirma Juan Pablo II en la Centesimus annus (n. 25) — las sociedades humanas pertenecen «a la realidad del tiempo con todo lo que conlleva de imperfecto y provisional. El Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para obrar el bien».

El reconocimiento de la dignidad profunda del hombre es de hecho el presupuesto de una auténtica renovación de la sociedad, cuando en el múltiple entramado de las relaciones, la persona vive y la subjetividad de la sociedad crece, impidiendo caer en la masificación y el anonimato.

3. Un acontecimiento muy diverso, pero también él lleno de significados y de propuestas para esta Semana Social, es ciertamente el III Congreso eclesial realizado en Palermo en el mes de noviembre de 1995. En Palermo los católicos italianos confirmaron y profundizaron la voluntad de no ser una realidad aparte, sino de asumir con plena conciencia las propias responsabilidades con respecto a la nación y a la sociedad italiana, a todo nivel, en el contexto de los cambios en curso.

Esta convicción ha encontrado en el proyecto cultural de la Iglesia italiana una significativa expresión y camino de realización. Como he tenido la ocasión de afirmar en otra circunstancia «existe una desproporción entre la raigambre social y la vitalidad de iniciativas que tiene en este país el catolicismo, y sus capacidades de influjo cultural, antes que político. El proyecto cultural quisiera servir para salir de esta condición, no ciertamente para cultivar ambiciones de hegemonía, históricamente improponibles y extrañas a la Iglesia en cuyo "código genético" ha entrado ya desde hace mucho la Declaración del Concilio sobre la libertad religiosa, sino para dar más plenamente al País la contribución que nos ha sido pedido frecuentemente incluso por quien parte de una inspiración diversa, además para no permanecer prisioneros del "síndrome de subalternidad", o de un simple juego de defensa y reacción, que ha caracterizado frecuentemente la presencia cultural de los católicos. Justamente así el proyecto cultural podría ser una ayuda para superar, a un nivel no superficial o, diría, "de cortesía", sino seriamente y en el respeto a las convicciones de cada uno, aquellas "barricadas" de incomunicabilidad que en Italia dividen en parte todavía a los católicos y a los "laicos"».

La XLIII Semana Social se inserta con pleno derecho en este proyecto cultural, con la conciencia de que los católicos italianos tienen algo válido y original que proponer a la sociedad civil en una perspectiva que no puede ser encerrada —como algunos quisieran— en la dimensión puramente confesional, o de parte. La reciente asamblea nacional de la escuela católica —como lo han comprendido bien comentaristas autorizados— da de ello un notable testimonio.

Ha llegado el momento, en efecto, de volver a poner en el centro del debate sobre la sociedad civil las grandes cuestiones de la convivencia humana, en los diversos ámbitos, con la certeza de que esta impostación no puede dejar de contribuir a un mayor responsabilizarse por parte de todos y a un funcionamiento más significativo y participado tanto de las instituciones políticas como de las organizaciones sociales y económicas.

4. La llegada de la Unión Europea y el fenómeno de la mundialización constituyen por su parte elementos imprescindibles del escenario en el cual se desarrolla esta Semana Social, dado el peso más que evidente que tendrán sobre los desarrollos de la sociedad civil en Italia.

Ya en 1991 se dedicó a Europa la Semana Social de los católicos italianos, la primera luego de una larga interrupción. Me es grato agradecer aquí a los miembros del precedente Comité Científico-Organizador que supieron obrar con rigor y con previsión. La unidad europea es un proceso que ha visto como protagonistas, desde el principio, a figuras muy significativas de católicos comprometidos en los diversos ámbitos de la vida política, social y económica y que ha encontrado en el magisterio de Juan Pablo II un continuo apoyo y un estímulo iluminador.

La integración europea, por cuya compleción trabajamos con plena convicción, no debe ser solamente económica e institucional, ni estar limitada a los países del Occidente más desarrollado, sino que es necesario que sea expresión auténtica de toda Europa y del sentir profundo de la gente; que esté en capacidad, por lo tanto, de expresarse de modo pleno también a nivel cultural y espiritual, social y político, en el diálogo y en el enriquecimiento recíproco entre naciones y tradiciones diversas. La Europa unida, por ello, ha de ser consciente de sus propias raíces cristianas, construida por ende en sintonía con los grandes principios de libertad, solidaridad y subsidiaridad y abierta al mundo y a sus veloces cambios.

5. En el marco de una reflexión sobre la relación entre Estado y cultura, Juan Pablo II escribe en la Centesimus annus (n. 49): «El individuo hoy día queda sofocado con frecuencia entre los dos polos del Estado y del mercado. En efecto, da la impresión a veces de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del Estado, mientras se olvida que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado ni el Estado, ya que posee en sí misma un valor singular a cuyo servicio deben estar el Estado y el mercado. El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras».

La sociedad civil a cuya realización los católicos italianos quieren ofrecer su propio aporte, se caracteriza por una profunda redefinición de las relaciones entre persona y ciudadano, entre libertad y responsabilidad, entre igualdades y diferencias, entre identidad nacional y pertenencia a realidades supranacionales, entre la esfera privada y la esfera pública.

En el contexto de semejantes cambios, las dimensiones de la reciprocidad y de la solidaridad aparecen como constitutivas de un modelo de sociedad civil que no busque solamente ser una tercera opción entre el Estado y el mercado, sino que quiera expresar una modalidad de vida colectiva sellada por el reconocimiento de algunos valores fundantes y por el respeto a los derechos irrenunciables de cada persona y familia, así como de todo sujeto social y de todo pueblo.

6. Un acontecimiento ya inminente, el Jubileo del tercer milenio cristiano, arroja una luz particular sobre esta Semana Social, presentándonos el misterio de la encarnación del Verbo de Dios como el evento fundamental que sella la entera humanidad y su destino e salvación. El amor de Dios Padre que en Jesucristo sale en busca de todo hombre para revelarle su dignidad de hijo se convierte para los cristianos en el paradigma de toda relación y en «el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana» .

La misericordia de Dios, verdadera esencia del Jubileo cristiano, invita a los creyentes a una sincera conversión en las relaciones sociales, políticas y económicas, entre las personas y entre los pueblos. La contribución que los católicos italianos desean llevar a la sociedad civil de nuestro país quisiera caracterizarse —como sugiere Juan Pablo II— por «una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos —especialmente los Países ricos y el sector privado— asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de cada persona. No se ha de retardar el tiempo en el que el pobre Lázaro pueda sentarse junto al rico para compartir el mismo banquete, sin verse obligado a alimentarse de lo que cae de la mesa (cf. Lc 16, 19-31). La extrema pobreza es fuente de violencias, rencores y escándalos. Poner remedio a la misma es una obra de justicia y, por tanto, de paz».

7. Dando inicio a la XLIII Semana Social de los católicos italianos confiamos al Señor los trabajos de esta asamblea, con la certeza de que la oración, al reconocer la presencia de la obra salvífica de Dios en la historia, promueve no solo una unidad más estrecha con Él sino también un acercamiento entre los hombres.

«La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn 15,8): esta palabra de Jesús es una invitación urgente a vivir en su seguimiento y por lo tanto a dar fruto, obrando según el proyecto de Dios Padre, que es proyecto de salvación para todo hombre y para toda la humanidad. La Iglesia está llamada a acompañar al hombre en su camino terreno, orientándolo hacia el destino eterno: los católicos italianos buscan vivir y testimoniar esta verdad también en la reflexión y el compromiso social y político, conscientes de que el aporte al mejoramiento de la sociedad es camino de santificación y de búsqueda del reino de Dios.

Nos confiamos por lo tanto a la intercesión de tantos italianos que, antes de nosotros, han vivido en modo ejemplar su fe en Jesucristo en los tormentosos acontecimientos de la historia, en particular a Santa Catalina de Siena, Patrona de Italia y Co-Patrona de Europa, que sigue indicándonos a «Cristo crucificado y María dulce». El Señor, que nos ha dicho «brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16), bendiga estas nuestras jornadas de trabajo, fortifique e ilumine nuestras inteligencias y nuestra voluntad.

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