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Padre Orsisio, Libro de nuestro padre Orsisio que entregó a los hermanos como testamento, antes de su muerte
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Libro de nuestro padre Orsisio, que entregó a los hermanos como testamento, antes de su muerte.

Texto Latino: edición crítica de Amand Boon; Pachomiana Latina, Louvain, 1932 pp.109-147.

Traducción de Martín de Elizalde

Introducción. Invitación a escuchar.

Escucha, Israel, los preceptos de vida; atiendan tus o√≠dos y aprende la prudencia. ¬ŅPor qu√© te encuentras, Israel, en tierra enemiga? Envejeciste en tierra extra√Īa, te manchaste con los muertos, te asemejaste a los que est√°n en el infierno. Abandonaste la fuente de la sabidur√≠a. Si hubieras marchado por el camino de Dios, habitar√≠as en paz. Conoce, dice, d√≥nde est√° la ciencia, d√≥nde est√° la fortaleza de la gloria y el poder, d√≥nde est√° la inteligencia, d√≥nde la luz de los ojos y la paz. ¬ŅQui√©n encontr√≥ su lugar? ¬ŅQui√©n penetr√≥ en su tesoro? (Bar. 3,9-15). As√≠ hablaba Baruc a prop√≥sito de los que fueron llevados cautivos a Babilonia, a la tierra de sus enemigos, porque no quisieron recibir las palabras de los profetas y olvidaron la ley de Dios, dada por Mois√©s. Por lo que Dios hizo venir penas y suplicios sobre ellos, y los humill√≥ con el yugo de la cautividad: los ense√Ī√≥ como se ense√Īa a algo propio, como un padre corrige a sus hijos, pues no quiso que perecieran los que correg√≠a, sino que se salvaran por la penitencia (Cf. Ez 18,11).

Por lo tanto, también nosotros debemos recordar las palabras del Apóstol: Si no perdonó a las ramas naturales, tampoco nos perdonar a nosotros (Rom 11,21), que no cumplimos los mandamientos de Dios. Esto les sucedía para que sirviera de ejemplo, y fue escrito para corrección nuestra, en quienes llega el fin de los siglos (1 Cor 10,11). Ellos fueron trasladados desde Judea hasta la ciudad de los caldeos, cambiando de país; y nosotros, si Dios nos encuentra negligentes, perderemos nuestra ciudad en la vida futura y seremos entregados a la esclavitud de los tormentos, dejaremos la alegría, perderemos el gozo eterno que nuestros padres y hermanos obtuvieron con el trabajo incesante.

No sobrevenga, pues, el olvido, ni creamos que la paciencia de Dios es ignorancia, porque nos tolera y demora el juicio, esperando que nos convirtamos a una vida mejor y no debamos ser echados a los suplicios. Si pecamos, no pensemos que Dios consiente a nuestros pecados, porque no se venga de inmediato; pensemos, m√°s bien, que apenas salidos de esta vida, seremos separados para siempre de nuestros padres y hermanos, que poseen el lugar reservado a los vencedores. Nosotros llegaremos igualmente a ese lugar si seguimos sus huellas, y si consideramos que el ap√≥stol Pablo tambi√©n separa a los santos de los pecadores, y entrega a los que faltaron a la muerte de la carne para que se salve el esp√≠ritu (1 Cor 5,5). Feliz el hombre que teme al Se√Īor (Sal 1,1), y aquel a quien √©ste castiga para su correcci√≥n y le ense√Īa la ley (Sal 93,12) para que cumpla sus mandamientos todos los d√≠as de su vida (Cf. Deut 6,2); el cual no murmura por su pecado (Lam 3,39).

Invitación a examinar la conciencia.

Indaguemos tambi√©n nosotros en nuestros caminos, y atendamos a nuestros pasos. Volvamos al Se√Īor, levantemos nuestro coraz√≥n a lo alto, hasta el cielo (Lam 3,40-41), para que El nos ayude en el d√≠a del juicio (1 Jn 4,17) y no seamos confundidos cuando hablamos con nuestros enemigos en las puertas (cf. 126,5), sino que seamos dignos de escuchar aquello: Abrid las puertas para que entre el pueblo que guarda la justicia y la verdad (Is 26,2). El que posee la sinceridad del coraz√≥n y tiene la paz, puede decir: En ti esperamos, Se√Īor, por toda la eternidad (cf. S 51,10). Recordemos al Se√Īor, y pongamos a Jerusal√©n muy alto en nuestro coraz√≥n, y no olvidemos a aqu√©l de quien se halla escrito: Feliz el hombre que conf√≠a en el Se√Īor y que pone en √Čl su esperanza; se asemeja a un √°rbol plantado junto a las aguas y cuyas ra√≠ces tienden hacia las corrientes; no temer la llegada del verano, sus ramas estar√°n cubiertas de verdor, y en el tiempo de sequ√≠a no temer√°, y dar√° sus frutos. El coraz√≥n es malvado e inescrutable, ¬Ņqui√©n puede penetrar en √©l? Yo, el Se√Īor, investigo los corazones y pruebo los ri√Īones, para dar a cada cual seg√ļn sus obras (Jer 17,7-10).

Acord√©monos de nosotros mismos, y no olvidemos los pecados que cometimos. Repasemos con √°nimo sol√≠cito los mandatos de nuestro Padre y de los que nos ense√Īaron 1 ; de manera que no s√≥lo seamos creyentes en Cristo, sino tambi√©n padezcamos por El, conociendo el misterio, seg√ļn est√° escrito: El soplo de nuestra nariz, el Se√Īor, el Ungido (Lam 4,20); y tambi√©n: Tu ley es una l√°mpara para mis pies y luz en mis caminos (Sal 118,105); y nuevamente: La palabra del Se√Īor me dio la vida (Sal 118,50), e Inmaculada es la ley del Se√Īor y convierte las almas; el mandamiento luminoso del Se√Īor ilumina los ojos (Sal 18,8-9). Por su parte, el Ap√≥stol dice: La ley es santa, y el mandato es santo, justo y bueno (Rom 7,12). Si comprendemos esto seremos dignos de escuchar la palabra: Si el justo cae no perecer, pues el Se√Īor lo sostiene con su mano (Sal 36, 24), y otra vez: Siete veces cae el justo, y se levanta (Prov. 24,16).

Ahora pues, hermanos, contando con la paciencia de Dios que nos llama a la penitencia, despertemos de nuestro pesado sue√Īo (Rom 13,11), pues el demonio, nuestro enemigo, busca como le√≥n rugiente a quien devorar, y debemos resistirle con fortaleza, sabiendo que nuestros mayores sufrieron las mismas pruebas (1 Pe 5,8-9). No dejemos de esforzarnos y de sembrar las semillas de las virtudes, para poder cosechar alegr√≠as en el futuro. Escuchemos a Pablo, que nos ense√Īa: T√ļ, que conservaste mi doctrina, mis ense√Īanzas, mi esfuerzo, mi paciencia, mis persecuciones (2 Tim 3,10). Siguiendo los ejemplos de los santos perseveremos en lo que comenzamos, teniendo como principio y fin a Jes√ļs. Comprendamos qu√© cosa es el cabello de nuestra cabeza, para que haya ung√ľento en nuestra barba y llegue al borde del vestido (cf. S 132,2), y podamos cumplir todo lo que est√° escrito.

Recomendaciones a los superiores.

Por eso, oh jefes y prep√≥sitos de los monasterios y casas, a quien est√°n confiados los hombres, y junto a quienes est√°n K e I y E y A 2 , para decirlo as√≠, en general; vosotros, a quienes est√°n confiados los hombres en sus grupos respectivos, esperad la venida del Salvador y preparad ante su presencia al ej√©rcito con sus armas. No deis (a vuestros hombres) el reposo corporal, omitiendo darles los alimentos espirituales; ni les ense√Ī√©is tampoco las cosas espirituales, sin darles igualmente las corporales: los alimentos y el vestido. Dad parejamente lo espiritual y lo material, y no les deis ocasi√≥n de ser negligentes. ¬ŅQu√© clase de justicia es √©sta, que probamos a los hermanos con el trabajo y nosotros nos entregamos al ocio? ¬ŅO que le hacemos llevar un yugo que nosotros no podemos soportar? Leemos en el Evangelio: Como mid√°is, ser√©is medidos (Mt 7,2; Mc 4,24; Lc 6,38). As√≠ pues, tengamos el mismo trabajo y descanso que ellos, y no consideremos a los disc√≠pulos como servidores. No nos alegremos con su tristeza, para que la palabra evang√©lica no tenga que reprendernos como a los fariseos: Pobres de vosotros, maestros de la ley, que hac√©is pesos insoportables y los dais a llevar a los hombres, y vosotros ni siquiera os anim√°is a tocarlos con un dedo (cf. Mt 23,4; Lc 11,46).

Los superiores no deben despreocuparse de los hermanos.

Hay algunos que se esfuerzan por vivir de acuerdo a la ley de Dios, pero se dicen: ¬ŅQu√© tengo que ver con los dem√°s? Me esfuerzo para servir a Dios y cumplir su ley, y no tengo por qu√© inmiscuirme en lo que los dem√°s hacen. A estos tales los increpa Ezequiel, diciendo: ¬°Pastores de Israel! ¬ŅAcaso los pastores se apacientan a s√≠ mismos? ¬ŅNo deben m√°s bien cuidar las ovejas? Beb√©is la leche y os cubr√≠s con la lana; sacrificasteis las ovejas que estaban bien y no confortasteis a las d√©biles, no vendisteis las quebradas ni hicisteis volver a las que se hab√≠an alejado, ni buscasteis a las que se hab√≠an perdido. A las fuertes, las agotasteis con sufrimientos. Desparramasteis mis ovejas, que estaban sin pastor (Ez 34,2-5). Por eso el Se√Īor llamar a juicio a los ancianos y jefes (Is 3,14), y se cumplir en nosotros lo que est√° escrito: Vuestros dirigentes os devastan y os hacen errar (Is 3,12). Y la tierra est√©ril escuchar: Feliz la tierra cuyo rey es hijo de noble, cuyos pr√≠ncipes comen para ganar fuerzas: no ser√°n confundidos (Eclo 10,17).

Por lo tanto, oh hombre, no dejes de aconsejar y de ense√Īar lo que es santo hasta a la m√°s peque√Īa de las almas a ti confiadas. Mu√©strate t√ļ mismo como ejemplo de las buenas obras, y sobre todo cuida de no amar a uno y odiar a otro; muestra a todos el mismo aprecio, no sea que ames al que Dios odia y odies al que Dios ama. No consientas con el que yerra, por la amistad que le tienes, y no oprimas a uno y exaltes a otro, para que tu esfuerzo no sea vano. Si los prep√≥sitos de las casas se sientan en los lugares m√°s humildes, en los cuales nuestro Padre mand√≥ que no se sentaran (cf. Pachom. Praec. et Inst. 18; p. 58), cuiden, no sea que uno de los hermanos falte contra un prep√≥sito, y √©ste, airado, lo condene y le diga: ¬ŅQu√© me importa a m√≠ un hombre que desprecia? Puede hacer lo que quiera, no es cosa m√≠a; no lo aconsejo, no corrijo al que peca; que se salve o que perezca, no es cosa m√≠a. Hombre que as√≠ hablas comprende que te dejaste llevar por la indignaci√≥n, y que el odio ha ocupado tu coraz√≥n, de modo que el hermano perece al fin por tu culpa m√°s que por su propio pecado. Debes perdonarlo y recibirlo a la penitencia, para poder decir aquella palabra evang√©lica: Perd√≥nanos nuestras deudas, as√≠ como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6,12). Si quieres que Dios perdone tus pecados, perdona tambi√©n t√ļ a tu hermano, cualquiera que haya sido la ofensa que te hizo, recordando el precepto: No odies a tu hermano en tu coraz√≥n (Lev 19,17), y la advertencia de Salom√≥n: Levanta a tu hombre, por el cual te comprometiste (Prov. 6,3), y otra vez: No dejes de ense√Īar al ni√Īo; si lo castigas con la vara no morir (Prov. 23,13). Escucha tambi√©n a Mois√©s, quien dice: Corrige a tu pr√≥jimo para no llevar su pecado (Lev 19,17), y para que no suceda lo que advierte Salom√≥n: El que no dice a su hijo que se cuide de la perdici√≥n, perecer pronto (cf. Prov. 24,23).

La venida del Se√Īor y el Tribunal de Cristo.

Todos los que tienen hermanos a su cargo, prep√°rense para la Venida del Salvador, y para presentarse ante su terrible tribunal. Si dar raz√≥n de los propios actos es ya algo dif√≠cil, cuanto peor es sufrir el castigo por el pecado de otro, y caer en las manos del Dios viviente (Heb 10,31). Entonces no podremos aducir ignorancia, pues est√° escrito: Dios traer a su juicio todas las acciones y todas las omisiones, lo bueno y lo malo (Eccl 12,14). En el Ap√≥stol leemos: Todos hemos de presentarnos en el tribunal de Cristo, para recibir seg√ļn lo que obramos, bueno o malo (2 Cor 5,10). Isa√≠as dice que hay se√Īalado un d√≠a, en el cual Dios juzgar a toda la tierra con justicia: Viene el d√≠a del Se√Īor implacable, d√≠a de furor y de ira, para convertir la tierra en desierto y hacer desaparecer de ella a los pecadores (Is 13,9).

Sabemos por lo que se halla escrito en la ley y predijeron los profetas (cf. Rom 15,4), y nos ense√Ī√≥ nuestro Padre, que seremos llamados para dar raz√≥n de todo, por lo que no hicimos o hicimos con negligencia (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p. 57; p. 58). Dice pues aqu√©l que recibi√≥ todo juicio del Padre (cf. Jn 5,22) - y la Verdad es veraz (cf. Jn 16,13) -: No cre√°is que soy yo el que os acusa ante el Padre; el que os acusa es Mois√©s, en quien vosotros esper√°is. Si hubierais cre√≠do a Mois√©s, me creer√≠ais, pues √©l escribi√≥ sobre m√≠ (cf. Jn 5,45-46).

Por todos esos testimonios se nos dice que un d√≠a nos encontraremos ante el tribunal de Cristo, y que seremos juzgados, no solo por los actos, sino tambi√©n por los pensamientos; y que despu√©s de dar raz√≥n de nuestra vida, hemos de dar raz√≥n tambi√©n de los que nos fueron confiados. No cre√°is que esto se aplica a los prep√≥sitos, tan solo, sino que vale para los superiores y para todos los hermanos que son tenidos en algo entre los dem√°s, porque todos deben llevar su peso, para cumplir la ley de Cristo (cf. Gal 6,2). Escuchad lo que el Ap√≥stol escribe a Timoteo: Timoteo, guarda el dep√≥sito de la fe, evitando las novedades profanas y la profesi√≥n de una ciencia falsa (1 Tim 6,20). Nosotros recibimos de Dios un dep√≥sito, la vida de los hermanos; esforz√°ndonos por ellos esperemos alcanzar los premios futuros, para que no se nos diga: Deja a este pueblo, que se marche (Ex 5,1; 7,16; 8, 1,20; 9,1; etc.), y a los que abandonaron las ense√Īanzas de nuestro Padre: Los que tienen mi ley no me conocieron, los pastores obraron imp√≠amente conmigo (Jer 2,8). Por lo que a otros reprocha, diciendo: Puse mi heredad en tu mano, t√ļ no tuviste piedad para con ella e hiciste m√°s pesado el yugo de los ancianos (Is 47,6). No solo debemos escuchar todas estas cosas, sino tambi√©n comprender su significado, pues el que ignora ser ignorado (1 Cor 14,38); y en otro lugar est√° escrito: Porque rechazaste la sabidur√≠a, yo te rechazar√© a ti, para que no seas mi sacerdote (Os 4,6).

Perseverar en la vida mon√°stica.

Hermanos muy amados, que segu√≠s la vida y la disciplina del cenobio, manteneos en el prop√≥sito que abrazasteis y cumplid la obra de Dios 3 . Para que el Padre, que instituy√≥, el primero, los cenobios, pueda decir al Se√Īor, goz√°ndose en nosotros: Como les ense√Ī√©, viven 4 . Lo mismo que el Ap√≥stol, cuando estaba todav√≠a entre los hombres, dec√≠a: Os alabo, porque en todo os acordasteis de m√≠, y guardasteis mis ense√Īanzas, como os dej√© establecido (1 Cor 11,2).

Solicitud de los superiores.

Tambi√©n vosotros, superiores de los monasterios, sed sol√≠citos y poned toda vuestra preocupaci√≥n en los hermanos, con justicia y temor de Dios. No abus√©is del poder con soberbia; dad el ejemplo a todos y al reba√Īo que os est√° sometido, como nuestro Se√Īor se hizo ejemplo en todas las cosas, El, que hizo a las familias como ovejas (S 106,41). Apiadaos del reba√Īo que se os confi√≥, y recordad el dicho del Ap√≥stol: No retroced√≠, para no dejar de anunciaros la voluntad de Dios (Hch 20,20); y tambi√©n: No dej√© de exhortar a cada uno y de ense√Īar p√ļblicamente (cf. Hch 20,31; Hch 20,20). Mirad cu√°nta compasi√≥n y misericordia hab√≠a en el hombre de Dios, que no solo se preocupaba por las iglesias, sino que estaba enfermo con los enfermos y compart√≠a los sufrimientos de todos (cf. 2 Cor 11,28-29). Evitemos que alguno sufra esc√°ndalo por nuestra negligencia, y caiga. No olvidemos las palabras del Se√Īor Salvador, que dice en el Evangelio: Padre, no perd√≠ a ninguno de los que me diste (Jn 18,9). No despreciemos a nadie, no sea que alguno perezca por nuestra dureza. Si alguno muere por nuestra culpa, nuestra alma lleva el crimen de la que muri√≥. Esto nos lo inculcaba sin descanso nuestro Padre (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p.57), y amonestaba a que no realicemos nosotros aquella palabra: Cada cual oprime a su pr√≥jimo (cf. Cele 16,28), y tambi√©n: Si entre vosotros os mord√©is y devor√°is, cuidad de no aniquilaros unos a otros (Gal 5,15). Por lo que se ve claramente que el que cuida del alma ajena, es guardi√°n de la suya propia.

Tambi√©n vosotros, segundos de los monasterios, mostraos los primeros en las virtudes. Que ninguno perezca por culpa vuestra. No caig√°is en el oprobio del que comi√≥ y bebi√≥ con los ebrios, y no dio el alimento a sus consiervos en el momento oportuno; vendr√° el Se√Īor en el d√≠a en que no se lo espera, en la hora que ignora, lo separar y lo pondr√° aparte, con los hip√≥critas, donde habr√° llantos y gemidos (Mt 24, 49-51). Que no caiga sobre nosotros semejante castigo, sino que, cuando llegue el momento del reposo, merezcamos o√≠r: Servidor bueno y fiel, porque fuiste honesto en lo poco, te pondr√© a cargo de mucho; entra en la alegr√≠a de tu Se√Īor (Mt 25, 21, 23).

Vosotros tambi√©n, prep√≥sitos de cada una de las casas, estad preparados para responder a todos los que os piden raz√≥n de vuestra fe (1 Pe 3,15). Amonestad a los indisciplinados, consolad a los t√≠midos, sostened a los d√©biles, sed pacientes con todos (I Tes 5,14). Escuchad al Ap√≥stol que dice: Padres, no provoqu√©is vuestros hijos a la ira, sino educadlos en la disciplina y la ense√Īanza que vienen del Se√Īor (Ef 6,4). Sabed que a quienes se ha dado m√°s, m√°s se les pide; y a quien se le ha confiado m√°s, se le exige m√°s (Lc 12,48). No pens√©is tanto en lo que os conviene a vosotros, sino en lo que conviene a los dem√°s (cf. 1 Cor 10,33). Para que no se realice en vosotros la Escritura que dice: Porque busc√°is cada cual lo √ļtil para su casa, el cielo contendr√° su roc√≠o y la tierra no dar fruto (Ag 1,9-10), porque dirigisteis contra m√≠ vuestras palabras. En otra parte dice: Porque no lo hicisteis para uno de estos peque√Īos, y tampoco lo hicisteis para m√≠ (Mt 25,45).

Lo digo de nuevo, y no dejar√© de repetirlo: Cuidaos de amar a unos y odiar a otros (cf. supra 9). No apoy√©is a √©ste y olvid√©is a aqu√©l, para que vuestro trabajo no sea hallado in√ļtil, y todo vuestro esfuerzo perezca. Cuidad, no suceda que, al salir de este cuerpo, liberados del torbellino del mundo presente, cuando os cre√≠ais llegados al puerto de la tranquilidad, os acontezca el naufragio de la injusticia, y se√°is medidos con la medida que hab√≠ais medido (Mt 7,2; Mc 4,24; Lc 6,38) por aqu√©l que no hace acepci√≥n de personas al dar su juicio (cf. 1 Pe 1,17; Deut 10,17; etc.). Si en las casas se hubiera cometido una falta mortal o un hecho torpe por negligencia de los prep√≥sitos, el prep√≥sito ser considerado reo de ese crimen, adem√°s de los propios. Todo esto nos lo sol√≠a ense√Īar nuestro Padre, de santa memoria (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p.57; 17; p.58).

Los superiores son pastores del reba√Īo.

Por eso, guarde cada uno el reba√Īo que le ha sido confiado con toda cautela y solicitud. Imiten a los pastores de que habla el Evangelio, a los cuales no encontr√≥ dormidos sino despiertos el √°ngel de Dios que les anunci√≥ la venida del Salvador (cf. Lc 2,8). Este, por su parte, dice: El buen pastor da su vida por las ovejas; el que es mercenario, y no es el pastor, el due√Īo de las ovejas, ve venir al lobo y huye, abandonando el reba√Īo. El lobo las ataca y las devora, porque es un mercenario, y no le importan las ovejas (Jn 10,11-13). El Evangelio de Lucas dice de los buenos pastores: Estaban despiertos, velando durante la noche, atendiendo a su reba√Īo. El √°ngel del Se√Īor se les apareci√≥ y los rode√≥ la gloria de Dios, y tuvieron miedo. El √°ngel les dijo: No tem√°is. Os anuncio una gran alegr√≠a, que lo ser para todo el pueblo: hoy ha nacido un Salvador, que es el Se√Īor, el Ungido, en la ciudad de David. Y la se√Īal de que tal cosa ha sucedido ser que ver√©is un ni√Īo, envuelto en pa√Īales y reclinado en un pesebre (Lc 2,8-12). ¬ŅAcaso eran ellos los √ļnicos que estaban apacentando las ovejas en ese momento y segu√≠an a su reba√Īo por los desiertos? Pero eran los √ļnicos sol√≠citos, y no hac√≠an caso del sue√Īo de la noche, que es una necesidad natural, por miedo de los lobos que estaban en asecho. Por ello merecieron o√≠r los primeros lo que hab√≠a sucedido cerca de donde se encontraban, mientras Jerusal√©n dormida lo ignoraba. Es por eso que David dice: No dormir el que custodia a Israel (S 120,4). Del mismo modo, estad vosotros en vela con temor y temblor, obrando vuestra salvaci√≥n (Fil 2,12), y sabiendo que el Se√Īor del Universo, de quien todos los hombres recibir√≥n lo que les corresponde seg√ļn sus obras (2 Cor 5,10), se apareci√≥ despu√©s de la Resurrecci√≥n solamente a los ap√≥stoles, y dijo al primero de ellos, Pedro: Sim√≥n, hijo de Juan, ¬Ņme amas m√°s que √©stos? Respondi√≥: Se√Īor, t√ļ sabes que te amo. Le dijo: "Apacienta mis ovejas". Despu√©s le dijo nuevamente: Sim√≥n, hijo de Juan, ¬Ņme amas? Le respondi√≥: S√≠, Se√Īor, t√ļ sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis ovejas (Jn 21,15-16). Por tercera vez le mand√≥ que apacentara las ovejas, y con ello nos orden√≥ a todos nosotros que ejerci√©ramos este oficio, para que, apacentando con diligencia las ovejas del Se√Īor, recibi√©ramos en el d√≠a de su visita, por nuestro trabajo y vigilancia, lo que nos prometi√≥ en el Evangelio, cuando dijo Padre, deseo que donde yo estoy, ellos est√©n conmigo (Jn 17,24), y otra vez dijo: Donde estoy yo, all√≠ estar mi servidor (Jn 12,26). Pensemos en las promesas y en el premio, realicemos con fe nuestro trabajo, marchando como lo hizo el mismo Se√Īor, que es quien prometi√≥ los premios.

Obediencia de los segundos de los monasterios.

Vosotros que sois los segundos de las casas, practicad la humildad y la modestia, y considerad las √≥rdenes de los mayores como la norma de la vida com√ļn, para que, al conservarlas, salv√©is vuestras almas y se√°is semejantes al que dijo: Mi alma est√° siempre en mis manos (S 118,109). Glorifique el hijo a su padre, y os alegrar√©is en vuestros frutos: porque sin obras (cf. Stgo 2,24) y frutos nadie gozar de la compa√Ī√≠a del Se√Īor. Cuando teng√°is frutos en el Se√Īor, tendr√©is a El como heredero y coheredero (cf. Rom 8,17).

Obediencia de los hermanos.

Tambi√©n vosotros, hermanos todos, que est√°is sometidos en el orden de la espont√°nea servidumbre, llevad ce√Īidas vuestras espaldas y tened l√°mparas encendidas en las manos, como los servidores que esperan a su se√Īor cuando llega de las bodas; para abrirle sin demora cuando llama. Felices aquellos servidores cuyo se√Īor los encuentra despiertos a su llegada (Lc 12,35-37). As√≠ ser para vosotros, si el prolongado esfuerzo no produce en vosotros el cansancio: ser√©is invitados al banquete celestial y os servir√°n los √°ngeles. Estas son las promesas que aguardan a los que cumplen los mandamientos de Dios, estos son los premios futuros. Alegraos en el Se√Īor, nuevamente os digo, alegraos (Fil 4,4). Estad sometidos a los padres con toda obediencia (cf. 1 Pe 2,13), sin murmuraci√≥n ni variedad de pensamientos, alcanzando la simplicidad del alma para obrar bien (Rom 13,5), para que, llenos de las virtudes y del temor de Dios, se√°is dignos de su adopci√≥n (cf. Rom 8,23; Gal 4,5). Tomad el escudo de la fe, para rechazar con √©l las flechas ardientes del diablo, y empu√Īad la espada del esp√≠ritu, que es la palabra de Dios (Ef 6,16-17). Sed prudentes como serpientes y simples como palomas (Mt 10,16). Escuchad a Pablo que dice: Hijos, obedeced a vuestros padres (Col 3,20), y alcanzad la salvaci√≥n de vuestras almas por aquellos que han sido puestos sobre vosotros. En otro lugar est√° escrito: Someteos a vuestros jefes, porque ellos velan por vuestras almas, y dan cuenta de vosotros (Heb 13,17). Temed siempre aquello de que habla el mismo Pablo: Sois el templo de Dios, y el Esp√≠ritu de Dios habita en vosotros. Si alguien viola el templo de Dios, Dios lo perder (1 Cor 3,16-17). En otro lugar dice: No contrist√©is al Esp√≠ritu Santo de Dios, con el que hab√©is sido marcados en el d√≠a de la redenci√≥n por el justo juicio de Dios (Ef 4,30).

La castidad.

Conservad la pureza de vuestro cuerpo, para que se√°is un jard√≠n cerrado, una fuente sellada (Cant 4,12). Pues el que naci√≥ de Dios, no peca: su descendencia permanece con El. El mismo Juan dice: Os escribo a vosotros, j√≥venes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y vencisteis al Maligno (1 Jn 2,14). Cuando vosotros tambi√©n hay√°is vencido al enemigo, contando con la ayuda de Dios, √©l os dir√°: Los sacar√© del infierno y los librar de la muerte. ¬ŅD√≥nde est√°, oh muerte, tu victoria? ¬ŅD√≥nde est√°, oh muerte, tu aguij√≥n? (Os 13,14; 1 Cor 15,55). Si devoramos a la muerte, la vencemos, y nos ser dicho: No los dominar la muerte (Rom 6,9), pues la muerte, con la cual hemos muerto una vez al pecado, ha muerto en nosotros, y viviremos para siempre con la vida, con la que vivimos en Cristo (cf. Rom 5,12; 1 Cor 15,22). Pues el que muere seg√ļn la carne, ser justificado de pecado (Rom 6,7). No vivamos ya para satisfacer los deseos de los hombres, pasemos m√°s bien lo que nos resta de vida realizando la voluntad de Dios (1 Pe 4,2). Los que tem√©is al Se√Īor, armaos con la castidad, para merecer o√≠r aquello: Vosotros no est√°is en la carne, sino en el esp√≠ritu (Rom 8,9). Sabed que a los perfectos se les da lo que es perfecto, y a los in√ļtiles lo que es in√ļtil, seg√ļn la palabra del Evangelio: Al que tiene se le dar√° m√°s, y tendr√° en abundancia; al que no tiene se le quitar√° hasta lo que cre√≠a tener (Mt 25,29; Lc 8,18). Imitemos a las v√≠rgenes prudentes, que merecieron llegar hasta la c√°mara del esposo, porque ten√≠an en sus recipientes y en sus l√°mparas el aceite de las obras buenas. Por ello, las v√≠rgenes necias encontraron cerradas la puerta de la c√°mara nupcial, porque no hab√≠an querido preparar el aceite antes de las bodas (cf. Mt 25,4-12). Estas cosas les suced√≠an a ellos en figura, pues fueron escritas para nuestra ense√Īanza (1 Cor 10,11), para que evitemos las cosas vetustas y guardemos los mandatos del Sabio, quien dice: Hijo, si tu coraz√≥n fuera prudente, me alegrar√≠as; mis labios repetir√≠an tus palabras, si ellas fueran rectas (Prov. 23,15-16). Y tambi√©n: No envidies a los pecadores, esfu√©rzate m√°s bien por permanecer en el temor de Dios (Prov. 23,17), y observa perseverantemente el culto de Dios (cf. Num 3,7).

La renuncia al mundo.

Vigilemos con mayor atenci√≥n y tengamos presente la grande gracia que el Se√Īor nos hizo por medio de nuestro padre Pacomio, cuando renunciamos al mundo (cf. Pachom. Praec. 49; p.25), y (si as√≠ hici√©ramos) considerar√≠amos a las preocupaciones del mundo y el cuidado de las cosas seculares como una nada. ¬ŅAcaso nos queda ocasi√≥n de tener algo propio, una soga o la correa del calzado, cuando tenemos prep√≥sitos que se ocupan de nosotros con temor y temblor, tanto de la comida (cf. Pachom. Praec. 38; p.22; 41; p.23; 43; p.24; 53; p. 28) como del vestido (cf. Pachom. Praec. 42; p.23; 81; p. 37), y en la enfermedad del cuerpo, si aconteciera, (cf. Pachom. Praec. 40; p.23; 105; p.42), para que temamos y perdamos por culpa de la carne la ganancia del alma? Somos libres, hemos sacudido el yugo de la servidumbre del mundo, ¬Ņpor qu√© queremos volver a nuestro v√≥mito (cf. Prov. 26,11) y tener algo de qu√© preocuparnos y que temamos perder? ¬ŅPara qu√© usar capas superfluas (cf. Pachom. Praec. 81; p. 37) o (tener) comidas m√°s finas (cf. Pachom. Praec. et Inst. 18; p. 61), o un lecho mejor (cf. Pachom. Praec. 87; p. 38)? Todo ha sido preparado en com√ļn, y no hay nada m√°s duro que la cruz de Cristo. Viviendo de acuerdo a ella nuestros padres nos edificaron sobre el fundamento de los ap√≥stoles y los profetas, y en la disciplina de los evangelios, que est√° contenida en la piedra angular que es el Se√Īor Jesucristo (cf. Ef 2,20), siguiendo a quien descendimos de la elevaci√≥n que conduce a la muerte hasta la humildad que da la vida, cambiando las riquezas por la pobreza y las delicias por un alimento simple 5 .

Os conjuro que no olvid√©is el prop√≥sito que hab√©is hecho. Consideremos el legado de nuestro Padre como una escala que conduce al reino celestial (cf. Gen 28,12). No dese√©is ahora lo que antes abandonasteis. Nos basta tener lo que es suficiente para un hombre: dos h√°bitos y adem√°s uno usado, una capa de tela, dos capuchas, un cintur√≥n de tela, sandalias, una piel y un bast√≥n (cf. Pachom. Praec. 81; p. 37). Si a alguien se le conf√≠a un ministerio y un servicio en el monasterio, y se aprovecha de ello, consid√©rese como crimen y sacrilegio: por cualquier cosa que separe y se conceda a s√≠ mismo, despreciando a los que no tienen nada y son ricos en una pobreza feliz, porque no s√≥lo perece √©l, sino que provoca a los dem√°s a la muerte (con su ejemplo). Los que doblaron su frente y agradaron a Dios con humildad y compunci√≥n, gimiendo y llorando, cuando salgan de este cuerpo, ser√°n llevados a la compa√Ī√≠a de los santos Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, de los profetas y ap√≥stoles, y gozar√°n de una digna consolaci√≥n, como la que tuvo L√°zaro en el seno de Abraham (cf. Lc 16,23). En cambio, los que vivieron en los cenobios y sacaron algo de los bienes comunes en provecho propio, ¬°pobres de ellos cuando salgan de este cuerpo! Pues se les dir√°: Acordaos que recibisteis los bienes en vida (Lc 16,25), mientras los hermanos se esforzaban en ayunos y en la continencia, y en el trabajo perseverante. Vedlos pues a ellos en el gozo y en la alegr√≠a, como que dejaron la vida presente para adquirir la futura; vosotros, en cambio, os encontr√°is en la estrechez y los tormentos, porque no quisisteis o√≠r las palabras del Evangelio (cf. Mt 19,21; Lc 12,33; 18,22), y despreciasteis lo que dice Isa√≠as: Mis servidores comer√°n, vosotros pasar√©is hambre; mis servidores beber√°n, vosotros tendr√©is sed; mis servidores se alegrar√°n, vosotros gritar√©is a causa del dolor de vuestro coraz√≥n y por las angustias de vuestra alma aullar√©is (Is 65,13-14). O√≠steis las promesas de las Escrituras, y no quisisteis recibir la disciplina (cf. Prov. 19,20).

Igualdad y caridad entre los hermanos.

Por ello, hermanos, seamos todos iguales, desde el menor hasta el mayor, tanto el rico como el pobre. Seamos perfectos en la humildad, para que pueda decirse de nosotros: El rico no tuvo en abundancia ni el pobre pas√≥ necesidad (cf. II Cor 8,15). Ninguno provea a sus propias delicias, si ve a un hermano en la pobreza y la angustia (cf. 1 Jn 3,17; Deut 15,7), para que no se le reproche: ¬ŅAcaso no os cre√≥ el mismo Dios? ¬ŅNo ten√©is acaso el mismo padre? ¬ŅPor qu√© abandonasteis cada cual a su hermano, olvidando la herencia que os dejaron vuestros padres? Jud√° est√° abandonada, pero en Israel se ha cometido la abominaci√≥n (Mal 2,10-11). Por eso, obrad seg√ļn lo que el Se√Īor y Salvador mand√≥ a los ap√≥stoles, cuando dijo: Os doy un nuevo mandamiento: que os am√©is unos a otros como yo os he amado; y en esto se conocer que sois verdaderamente mis disc√≠pulos (Jn 13,34-35). Debemos amarnos unos a otros y mostrar que somos en verdad servidores del Se√Īor Jesucristo e hijos de Pacomio y disc√≠pulos de los cenobios.

La corrección de los hermanos.

Si el prep√≥sito de una casa reprende a uno de los hermanos que le est√°n sujetos, ense√Ī√°ndole con temor de Dios y deseando corregirlo de su error, y otro hermano desea intervenir por √©l y defenderlo (cf. Pachom. Praec. atque Iud. 16; p. 69), revolucionando su esp√≠ritu; el que as√≠ obra, peca contra su alma, pues alborota al que hubiera podido corregirse, y echa por tierra al que estaba por levantarse; enga√Īa con una mala seguridad al que tend√≠a a algo mejor, y al hacer esto, erra √©l y hace errar a los dem√°s. A √©ste se le aplica aquel dicho: Pobre del que hace beber a su pr√≥jimo una bebida turbia y revuelta para embriagarlo (Hab 2,15) ¬°Hay del que hace errar a un ciego en el camino! (Deut 27,18). El que escandalizare a uno de estos que creen en Dios, m√°s le valiera a √©l atarse una piedra de molino al cuello y echarse al mar (Mt 18,6). Todo esto, porque hizo caer al que se estaba levantando, e hizo ensoberbecerse al que estaba por obedecer, y llev√≥ a la amargura al que hubiera podido marchar en la dulzura de la caridad. Porque corrompi√≥ con sus malos consejos al que estaba sometido a las leyes del monasterio; e hizo que odiara y se entristeciera contra el que le ense√Īaba la disciplina del Se√Īor (cf. Pachom. Praec. ac Leges 14; p 74), sembrando luchas entre los hermanos (cf. Pachom. Praec. atque Iud. 10; p. 67) y discordias, sin temer lo que est√° escrito: ¬ŅQui√©n eres t√ļ para juzgar al servidor ajeno? Es para su se√Īor que permanece de pie o cae. Quedar de pie, pues el Se√Īor es poderoso para sostenerlo (Rom 14,4). Ten en cuenta lo que est√° escrito: Es poderoso el Se√Īor para sostenerlo, pero no es poderoso el que olvida las palabras del Se√Īor.

Evitemos con sumo cuidado volver el esp√≠ritu de alguno contra su maestro y doctor. Recordemos la Escritura, que dice: Libra tu coraz√≥n de toda maldad para ser salvo (Jer 4,14); y no sembremos en nuestros corazones la soberbia y la contumacia, en lugar de la obediencia. El que teme al Se√Īor, si ve errar y caer a su hermano, debe mostrarle las cosas santas y el camino recto, para que, progresando con toda pureza y temor de Dios, cumpla la palabra de Salom√≥n: Libra a los que son llevados a la muerte y no ceses de librar de la perdici√≥n (Prov. 24,11). No digas: No lo conozco. Pues debes saber que el Se√Īor conoce los corazones de todos (Lc 16,15; Hch 15,8; etc.) Judas dice en su Carta: Salvad a unos del fuego y alzadlos con respeto, a√ļn la t√ļnica manchada por su carne (Jud 23). Temamos ese vestido y revistamos m√°s bien, la armadura de Dios, para resistir contra las insidias del diablo. No luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los jefes y las fuerzas, contra los esp√≠ritus de las tinieblas y del aire (Ef 6,11-12).

La pobreza.

Especialmente debemos precavernos que nadie mande u ordene algo en otra casa o en la celda de otro, y obre contra la disciplina del monasterio (cf. Pachom. Praec. 98; p. 40; 113; p. 43; Praec. ac Leges 7; p. 72). El que obra as√≠ no es de entre los hermanos, sino un mercenario y advenedizo, y no debe comer la Pascua del Se√Īor entre los santificados, pues se ha convertido en piedra de esc√°ndalo en el monasterio y puede decirse de √©l: Arrojad las piedras de mi camino (Jer 50,26). Porque si no nos es permitido conservar nuestros h√°bitos hasta la tarde, cuando los hemos lavado y aun no se encuentran, secos, sino que los entregamos a nuestro prep√≥sito, a quien hemos sido confiados, o al encargado del dep√≥sito, para que los lleve al lugar donde se guardan las ropas de todos, y la ma√Īana siguiente nos son entregados para que los extendamos otra vez al sol; igualmente, cuando est√°n secas no las guardamos nosotros, sino que las entregamos para ser guardadas en com√ļn, seg√ļn lo mandaron los ancianos (cf. Pachom. Praec. 70; p. 34; Praec. ac Leges 15; p. 74 6 ; (si en eso est√° prohibido ejercer acto alguno de propiedad) cuanto m√°s, si lo que te parece que tienes en propiedad, lo encomiendas a otro o lo consideras tuyo, pecas contra la disciplina del monasterio (cf. Pachom. Praec. 113; p. 43) y no escuchas a Pablo, que te dice: Vosotros fuisteis llamados con libertad; pero no abus√©is de esta libertad para provecho de la carne, sino serv√≠os unos a otros con caridad (Gal 5,13). Y tambi√©n: El Se√Īor est√° cerca. No teng√°is preocupaci√≥n; perseverad m√°s bien en la oraci√≥n y en las s√ļplicas (Fil 4,5-6). Sepa tambi√©n aquel que recibe algo de otro y cree hacer obra buena regal√°ndolo a su hermano, que peca contra su alma y contraviene las reglas del monasterio (cf. Pachom. Praec. 113; p. 43). Necio, tu alma se halla a cargo del prep√≥sito, ¬Ņy el que cuida de tu alma y de tu cuerpo ser√≠a indigno de conservar lo que perece? Amemos la justicia para ser salvos. Leemos en efecto: Reciben la misericordia los que obran la verdad (cf. S 84,11).

Tambi√©n deb√©is observar lo siguiente: que ninguno diga en su interior, enga√Īado por un necio pensamiento o, lo que es peor, apresado por las redes del diablo: Cuando muera, donar√© a los hermanos lo que posea entonces. ¬°Eres el m√°s necio de los hombres! ¬ŅD√≥nde hallaste escrito que pod√≠as obrar as√≠? ¬ŅNo es m√°s bien lo contrario: como que todos los santos y servidores de Dios dejaron de una vez el peso del mundo? ¬ŅNo llevaron, en los Hechos de los Ap√≥stoles, todo lo que pose√≠an a los pies de los Ap√≥stoles (cf. Hch 4,34)? ¬ŅC√≥mo podr√≠as revestir cuando mueras el h√°bito de justicia (cf. Is 61,10) que no mereciste llevar en vida? ¬ŅC√≥mo olvidaste lo que est√° escrito: Lo que el hombre ha sembrado, eso recoger (cf. Gal 6,8) y: Cada uno recibir seg√ļn sus obras (Mt 16,27; Rom 2,6); y otra vez: Yo el Se√Īor, que escudri√Īo los corazones y pruebo el interior, para dar a cada cual seg√ļn su conducta y seg√ļn sus obras (Jer 17,10)? Mientras est√°s en esta vida y en este cuerpo, ¬Ņpor qu√© no escuchas lo que dice David: Atesora, y no sabe para qui√©n lo guarda (S 38,7)? Y tambi√©n la palabra del Evangelio que reprende al rico avaro: Esta noche te pedir√°n, ¬Ņpara qui√©n ser lo que has reunido (Lc 12,20)? Y tambi√©n: En aquel d√≠a perecer n todos sus pensamientos (S 145,4). ¬ŅPor qu√© no quieres o√≠r la exhortaci√≥n del Se√Īor: Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres; toma tu cruz y s√≠gueme (Mt 19,21; cf. 16,24; Mc 10,21; Lc 18,24)? El joven, al escuchar estas palabras, se volvi√≥ atr√°s; no era recto su coraz√≥n y por ello no pudo abandonar las riquezas. Sin embargo, ten√≠a el deseo de la vida perfecta, como lo atestigua la Escritura (cf. Mc 10,21), y el esplendor de sus virtudes merec√≠a la alabanza, pero las riquezas lo deten√≠an en su carrera, y no pod√≠a o√≠r la ense√Īanza del Salvador pues aun pensaba en las delicias del mundo. Por eso dice el Salvador: Es dif√≠cil para los ricos entrar en el reino de los cielos (Mt 19,23; Mc 10,23; Lc 18,24); y tambi√©n: Nadie puede servir a dos se√Īores: o despreciar a uno y amar al otro, u obedecer a uno y desobedecer al otro. No pod√©is servir a Dios y a las riquezas (Mt 6,24; Lc 16,13). Los fariseos, que eran avaros, o√≠an esto y se burlaban (cf. Lc 16,14). Evitemos caer en su incredulidad; no nos burlemos de los que nos provocan. Renunciemos al mundo, para seguir con perfecci√≥n al perfecto Jes√ļs. Aquellos, cuyas almas est√°n pose√≠das por la avaricia, creen que esta pobreza es algo in√ļtil. Es gran ganancia la vida piadosa con los bienes necesarios. No trajimos nada al mundo, no podemos llevar nada de √©l; teniendo con qu√© comer y con qu√© cubrirnos, estamos contentos. Los que quieren enriquecerse caen en la tentaci√≥n y en la trampa, en muchas concupiscencias vanas y nocivas, y los hombres salen de all√≠ para precipitarse en la muerte y la perdici√≥n. La ra√≠z de todos los males es la avaricia (1 Tim 6,6-10).

La comunidad mon√°stica es la vi√Īa del Se√Īor, que no ha de ser profanada.

Hasta hoy increpa El√≠as a Israel diciendo: ¬ŅHasta cu√°ndo estar√©is rengos? Si es Dios, seguidlo (III Re 18,21); y a nosotros dice: Si los que nuestro Padre nos transmiti√≥ son mandamientos de Dios, siguiendo a los cuales podremos llegar al reino celestial, cumplamoslos con todo ardor. En cambio, si seguimos nuestros pensamientos y nuestra alma tiende hacia otra cosa, ¬Ņpor qu√© no confesar simplemente el error, y mostrar que somos tales que nos da verg√ľenza que nos vean? No sea que digan de nosotros: ¬ŅPor qu√© manchasteis mi santuario (Lev 21,12; Ez 22,25; 23,38)? y: Los expulsar√© de mi casa (Os 9,15). Pues las comunidades de monjes son en verdad la casa de Dios y la vi√Īa de los santos, seg√ļn est√° escrito: Salom√≥n se hizo una vi√Īa en el lugar llamado Beelamon, y la encomend√≥ a los guardianes. Cada uno trae mil monedas de plata por sus frutos. Mi vi√Īa est√° ante mis ojos: mil monedas para Salom√≥n y doscientas para los que custodian su fruto (Cant 8,11-12). No sea que nos expulsen por haberla manchado, como leemos en el Evangelio que fueron expulsados los que vend√≠an bueyes y ovejas, cuando el Se√Īor y Salvador, al entrar en el templo, hizo un l√°tigo y expuls√≥ a los cambistas y volte√≥ las mesas y bancos de los vendedores, y a los que vend√≠an palomas, dijo: Quitad estas cosas de aqu√≠, y no hag√°is de la casa de mi Padre una casa de comercio (Jn 2,14-16). Est escrito: Mi casa ser llamada casa de oraci√≥n, para todos los pueblos; pero vosotros hicisteis de ella una cueva de ladrones (Mc 11,15). Y en otro lugar: Por culpa vuestra mi Nombre es blasfemado en las naciones (Is 52,5; Rom 2,24).

No provocar la ira divina con malas obras.

Os ruego, hermanos, que no se pueda decir tambi√©n de nosotros: Uno pasa hambre mientras otro est√° ebrio. ¬ŅAcaso no ten√©is vuestras casas para comer y beber? ¬ŅPor qu√© despreci√°is la asamblea de Dios y confund√≠s a los que no tienen (1 Cor 11,21-22)? A ellos dice: Si alguien tiene hambre, que coma en su casa, para no ser condenado (1 Cor 11,34). No haya en vuestra casa voz extranjera, ni se aplique a ella con verdad aquello: Las obras de Egipto no desecharon (Ez 20,8). Y tambi√©n: No obedecieron mis preceptos y mancharon mis s√°bados; por eso, cuando me invoquen, no los escuchar√© (Ez 20,13). No perseveremos en la dureza de coraz√≥n ni provoquemos a Dios a la ira (Lam 3,42), para que se haga nuestro enemigo y diga: Yo les dar√© preceptos errados y leyes para que no puedan salvarse (Ez 20,25), porque comieron el fruto de la mentira (Os 10,13) y adoraron lo que es obra de sus manos (Is 2,8), y su tierra est√° llena de adivinos como la tierra de los paganos (cf. IV Re 17,17).

Fidelidad a la vocación monástica.

Despu√©s de haber renunciado al mundo e iniciado el seguimiento del estandarte de la cruz, no volvamos a lo anterior ni busquemos el descanso en esta vida, imitando a Efra√≠n, que dijo: Me he enriquecido y encontr√© el reposo; para no recibir la respuesta que √©l mereci√≥ escuchar: todos sus trabajos no ser n tenidos en cuenta, a causa de las iniquidades que cometi√≥ (Os 12,8). Y para que tampoco se cumpla en nosotros aquello: ¬ŅComenzasteis con el esp√≠ritu y termin√°is ahora con la carne? ¬ŅPara qu√© sufristeis tanto, sin motivo? (Gal 3,3-4). Ni se diga entre nosotros aquella palabra: La ley se alej√≥ del sacerdote y el consejo de los ancianos; las manos del pueblo se debilitaron (Ez 7, 26-27). Los ancianos del pueblo callaron, los elegidos dejaron de cantar salmos (Lam 5,14). Ni se agregue: Por culpa vuestra mi nombre es blasfemado entre los pueblos (Is 52,5; Rom 2,24). No llegue el olvido y descuidemos al mediador de Dios y de los santos, por haber despreciado las ense√Īanzas de nuestro Padre.

¬ŅQu√© fruto, o qu√© se√Īal de los mandamientos de Dios encontrar n en nosotros, o c√≥mo cumpliremos con la profesi√≥n que hemos abrazado? ¬ŅAcaso lo hemos dejado todo para estar sometidos a la avaricia? Se dice: ¬ŅDe d√≥nde las guerras y las luchas? (Stgo 4,1). ¬ŅNo vienen acaso de la avaricia? Porque cada cual busca su utilidad y no la del pr√≥jimo. Nos increpa por ello Ezequiel, con palabra prof√©tica: Hab√≠a negociantes entre los tuyos (cf. Ez 27,36). El hijo deshonra al padre (Miq 7,6), y el padre reprocha al hijo. ¬ŅQu√© responderemos en el d√≠a del juicio? ¬ŅQu√© presentaremos en nuestra defensa, cuando llegue el fin de los tiempos? Todo esto ha sucedido porque los sacerdotes aplaudieron con sus manos, y el pueblo gust√≥ de ello (Jer 5,31). Porque el pueblo es como es el sacerdote. Por eso le dar√©, dice, seg√ļn sus caminos, y le devolver√© sus pensamientos (Os 4,9).

No digo estas cosas de todos vosotros, sino de los que desprecian las √≥rdenes de los ancianos; mejor les hubiera sido ignorar el camino de la salvaci√≥n que, habi√©ndolo conocido, apartarse de la santa ley que les fue dada (2 Pe 2,21). De esta clase de hombres escribi√≥ afligido Jerem√≠as: Mis ojos derramaron l√°grimas, mis entra√Īas se conmovieron, cay√≥ mi h√≠gado por tierra, al ver la aflicci√≥n de la hija de mi pueblo; cuando los ni√Īos y los lactantes desfallec√≠an en las plazas de la ciudad. Dec√≠an sus madres: ¬ŅD√≥nde est√° el trigo y el vino? Y desfallec√≠an en las plazas como si estuvieran heridos; derramaban su alma en el pecho de sus madres (Lam 2,11-12). Sabemos que Dios no se complace en la fortaleza del caballo ni en las piernas del hombre (S 146, 10).

Invitación a la conversión.

Volvamos, pues, a nuestro Se√Īor, para que cuando oremos nos escuche, El, que cada d√≠a nos exhorta para que nos dediquemos a El y lo conozcamos (cf. S 45,11). Y en otra parte dice: Volved a m√≠ y yo volver√© a vosotros (Mal 3,7). Y tambi√©n: Volved a m√≠, hijos alejados, y yo os gobernar√© (Jer 3,14). Y tambi√©n Ezequiel protesta, diciendo ¬ŅPor qu√© mueres, casa de Israel (Ez 18,31)? No quiero que muera el pecador, sino que vuelva de su mal camino y viva (Ez 33,11). El Se√Īor, clement√≠simo principio de toda bondad, nos dice y atestigua: Venid a m√≠, todos los afligidos y dolientes, y yo os confortar√©. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de m√≠, que soy manso y humilde de coraz√≥n, y hallar√©is el descanso para vuestras almas (Mt 11,28-29). Consideremos c√≥mo la bondad de Dios nos conduce a la penitencia (Rom 2,4) y los santos nos llaman a la salvaci√≥n. No endurezcamos nuestro coraz√≥n, no atesoremos para nosotros la indignaci√≥n en el d√≠a de la c√≥lera y de la revelaci√≥n del justo juicio de Dios, que dar a cada cual de acuerdo a sus obras (cf. Rom 2,5-6). Volvamos de todo coraz√≥n hacia el Se√Īor, recordando las palabras de Mois√©s: Si te vuelves al Se√Īor de todo coraz√≥n, El purificar tu alma y a tu descendencia (Deut 30,2-6).

Esforc√©monos como buenos soldados de Cristo (cf. 2 Tim 2,3) y observemos lo que est√° escrito: Ninguno que milita para Dios se implica en los asuntos de esta vida, para poder agradar a aqu√©l para quien milita. Si uno lucha en el estadio no es premiado si no luch√≥ como deb√≠a. Al agricultor que trabaja corresponde participar, el primero, de los frutos (2 Tim 2,4-6). Est escrito: Los pueblos iban, cada cual por su camino (Miq 4,5). Pero nosotros seremos engrandecidos en el Nombre del Se√Īor nuestro Dios. Ellos tropezaron y cayeron, nosotros nos levantamos y estamos erguidos (S 19,8-9).

El que camina de d√≠a no tropieza; el que camina de noche tropieza pues no hay luz en √©l (Jn 11,9-10). Nosotros, como dijo el Ap√≥stol, no somos hijos de la perdici√≥n, sino de la fe, para salvar el alma (Heb 10,39). Y en otro lugar dice: Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del d√≠a; no somos hijos de la noche ni de las tinieblas (1 Tes 5,5). Si somos hijos de la luz, debemos saber cu√°les son las (obras) de la luz, y dar frutos de luz con obras buenas: pues lo que se manifiesta es luz. Si volvemos al Se√Īor de todo coraz√≥n, abundaremos en toda obra buena. Si somos vencidos por los deseos de la carne, golpearemos contra la pared en pleno d√≠a, como si fuera de noche (cf. Job 5, 14), y no encontraremos el camino de la ciudad en que habitamos, por lo que se dice: El alma de los hambrientos y sedientos desfalleci√≥ en ellos mismos (cf. S 106,4-5), porque menospreciaron la ley que les dio Dios, y no escucharon a los profetas, y por eso no pudieron llegar al reposo prometido (cf. Heb 3,18-19).

Velemos y estemos atentos; si no perdon√≥ a las ramas naturales, tampoco nos perdonar a nosotros (cf. Rom 11,21). No se dice esto de todos, sino de los negligentes, a quienes con justicia se aplica esta expresi√≥n: Hay de ellos, porque se alejaron de m√≠ (Os 7,13). Es claro que obraron contra m√≠; se alejaron de m√≠, fuente de agua viva, y se hicieron pozos que no retienen el agua (Jer 2,13). Ya que no escucharon a sus jueces, oigan al Se√Īor que dice: Puse guardianes sobre vosotros, escuchad la trompeta. Y dijeron: No escucharemos (Jer 6,17).

¬ŅDe d√≥nde viene esa incredulidad? ¬ŅNo viene acaso de que han conocido a los extranjeros y no los combatieron? El Esp√≠ritu Santo dice en otro lugar, por boca del profeta: Yo soy el Se√Īor, tu Dios; yo hice el cielo y la tierra, mis manos formaron las milicias celestiales, y a √©stas no te las mostr√©, para que no fueras en pos de ellas (Os 13,4 - LXX). Lo mismo mand√≥ por Mois√©s, diciendo: Cuando mires al cielo y veas el sol, la luna y las estrellas, y todo el adorno del cielo, no lo adores enga√Īado por el error (Deut 4,19). Yo soy Dios, el que te sac√≥ de Egipto, y no conoces otro Dios m√°s que a m√≠. Nadie puede salvar, sino yo; yo te aliment√© en la soledad, en el desierto. Y se saturaron y sus corazones se alzaron contra m√≠. Por ello me olvidaron (Os 13,4-6), y los enviar√© dispersos entre los pueblos (Jer 34,17).

Oyendo esto despertemos del pesado sue√Īo, y mostr√©monos dignos del servicio del Se√Īor, para que se apiade y nos diga: Invocadme y yo os escuchar√© (Is 58, 9). El mismo dice: El que dispers√≥ a Israel, lo volver a reunir (Jer 31,10), y en otro lugar dice: No obrar√© seg√ļn mi ira, ni dejar√© que desaparezca Efra√≠n (Os 11,9), y otra vez: No os castigar√© para siempre, ni estar√© perpetuamente enojado. Saldr√° de m√≠ el esp√≠ritu, hice todo lo que √©l me inspira (Is 57,16). En el mismo lugar agrega y dice: Les di una consolaci√≥n verdadera, paz sobre paz, a los que estaban lejos y a los que estaban cerca. Y el Se√Īor dijo: Los sanar√© (Is 57,18-19). Para que conozcamos plenamente su misericordia, Jerem√≠as nos ense√Īa diciendo: Aunque el cielo se elevara a lo alto, y la tierra se humillara hacia abajo, no reprobar√© al pueblo de Israel por sus pecados (Jer 31,37).

Con que si el Se√Īor y Salvador tiene tanta clemencia, para excitarnos a la salvaci√≥n, convirtamos nuestro coraz√≥n a El; porque es hora de despertar del sue√Īo. Pas√≥ la noche y se acerca el d√≠a, dejemos las obras de las tinieblas y revistamos las armas de la luz; marchemos honestamente, como durante el d√≠a, (Rom 13,11-13). Hijitos m√≠os, amemos primeramente a Dios, con todo el coraz√≥n, despu√©s am√©monos unos a otros (cf. Mt 22,37-39; Mc 12,30-31; Lc 10,27); recordando los preceptos del Dios y Salvador, que dice: Os doy mi paz, os dejo mi paz; no como la da el mundo, as√≠ la doy (Jn 14,27). De estos dos mandamientos parten la ley y los profetas (Mt 12,40).

No recibir nada de afuera.

Si uno vive en el monasterio bajo su prep√≥sito, y no le falta nada de lo que est√° permitido tener en el monasterio, y tiene a su padre, a su hermano, a un amigo muy querido, no ha de recibir absolutamente nada de estos: ni t√ļnica, ni capa, ni cualquier otra cosa. Pero si se comprueba que le falta alguna de las cosas que est√°n mandadas, la culpa y el castigo recaigan sobre el prep√≥sito (cf. Pachom. Praec. 81; p. 37).

Los superiores sean solícitos.

Vosotros, que sois cabezas de los monasterios, si veis que hay quienes tienen necesidad de alguna cosa y pasan angustia por ello, no los descuid√©is (cf. Pachom. Praec. 24; p. 19; 41; p. 23; 42; p. 23), sabiendo que habr√©is de dar raz√≥n de todo el reba√Īo sobre el cual el Esp√≠ritu Santo os mand√≥ vigilar, y apacentar a la Iglesia de Dios que Jesucristo adquiri√≥ con su sangre (Hch 20,28). Por eso, nosotros, que somos m√°s fuertes, debemos soportar la debilidad de los m√°s desvalidos, y no complacernos a nosotros mismos, sino al pr√≥jimo, para su bien y su edificaci√≥n. Pues Cristo no se complaci√≥ a s√≠ mismo, sino que, como est√° escrito: Las burlas de los que te insultaban cayeron sobre m√≠ (Rom 15, 1-3; S 68,10), y otra vez: No busco lo que me conviene, sino lo que conviene a todos, para que se salven (1 Cor 10,33).

Soportar la necesidad y la dureza de la vida.

Pero si nuestro Se√Īor y Salvador as√≠ mand√≥, y los santos obraron de este modo, y lo mismo nos ense√Īaron nuestros padres, levant√©monos finalmente del sue√Īo y cumplamos lo que se nos ha mandado. Todo lo que ha sido escrito lo fue para nuestra instrucci√≥n, a fin de que por la paciencia y la consolaci√≥n de las Escrituras tengamos la esperanza (Rom 15,4). Que ninguno de nosotros sea causa de error para otro, ni envidiemos a los que prosperan en sus caminos (cf. S 36,7). Porque cuando hayan conseguido todo lo que precisan seg√ļn la carne, nada podr√°n llevar consigo cuando mueran. Los hijos de este siglo tienen confianza en √©l, porque son del mundo y el mundo ama lo suyo. Pero los que son hijos de Dios recuerdan aquellas palabras del Evangelio: Si el mundo os odia, sabed que primero me odi√≥ a m√≠ (Jn 15,18), y otra vez: El que quiera ser amigo de este mundo, se enemistar con Dios (cf. Stgo 4,4). Y tambi√©n: Sufrir√©is, pero tened confianza, porque yo venc√≠ al mundo (Jn 16,33). Y otra vez dice: Felices los que lloran, porque ser√°n consolados; felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ser√°n llenos (Mt 5,5-6). Felices los que padecen persecuci√≥n por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). ¬ŅQu√© dice en cambio de los hijos de la noche? ¬ŅNo dice acaso: Pobres de vosotros, los ricos, porque ya recibisteis vuestro consuelo; pobres de vosotros, los que ahora est√°is en la abundancia, porque tendr√©is hambre, los que ahora re√≠s, porque entonces llorar√©is y gemir√©is (Lc 6,24-25)?

Evitemos entonces la amistad del mundo, para merecer o√≠r aquello: En la noche hab√≠a llanto, y por la ma√Īana alegr√≠a (S 29,6). Oy√≥ el Se√Īor, y tuvo misericordia de m√≠ (S 29,11). Rompiste mi saco (de penitencia) y me rodeaste de alegr√≠a (S 29,12). Pues, ¬Ņqu√© santo no pas√≥ por este mundo en la pena y la tristeza? Jerem√≠as dice: No me sent√© con los que se burlaban, sino que tem√≠a tu rostro. Estaba sentado solo, porque estaba lleno de amargura (Jer 15,17). David escribe: Me humillaba, como uno que est√° triste y compungido (S 34,14). Nosotros, siguiendo sus huellas, comprendemos que hallaremos nuestra salvaci√≥n en el tiempo de la tribulaci√≥n (cf. Is 33,2), y que se cumplir la promesa del profeta: No ser n abandonados los que est√°n angustiados, sino por un tiempo (Is 8,22). Si la tribulaci√≥n ha de durar un tiempo, y no es eterna, sembremos con l√°grimas para cosechar con alegr√≠a (cf. S 125,5), sin desanimarnos, pues sabemos que el Se√Īor libera a los suyos de la prueba (2 Pe 2,9).

Confianza en Dios.

El Se√Īor es nuestro padre, el Se√Īor es nuestro jefe, nuestra cabeza, nuestro rey. El Se√Īor mismo nos salvar (Is 33,22). Si olvidamos sus mandamientos, permaneceremos en la angustia, pues El dice: Los que me siguen poseer n la tierra y heredar n sobre la santa monta√Īa (Is 57,13). Tambi√©n nosotros lo poseeremos si cumplimos su ley y o√≠mos lo que dice: Purificad vuestros caminos ante m√≠ (Is 57,14). Y otra vez: Quitad los obst√°culos del camino de mi pueblo (Is 57,14). Y en otro lugar: Quitad de en medio al intrigante y se ir con √©l la discusi√≥n (Prov. 22,10). El que llama pecador al justo y el que considera justo al que no lo es, ambos son impuros ante Dios (Prov. 17,15). Estemos en guardia, no sea que se diga tambi√©n de nosotros: Sus hijos se hicieron extra√Īos (cf. 1 Mac 6,24), y las hijas de Si√≥n se enorgullecieron, se pasearon con el cuello erguido y la soberbia en los ojos, con pasos cortos y luciendo alhajas en los pies (Is 3,16). Y se nos aplique otra vez, para castigo nuestro, la palabra del profeta: ¬ŅC√≥mo es que se ha prostituido Si√≥n, la ciudad fiel, llena de justicia, en la cual moraba la justicia y ahora anidan en ella los ladrones (Is 1,21)? y: El pueblo que conoc√≠a la verdad, se un√≠a con una meretriz: y esto se te tendr√° en cuenta, Israel (Os 4,14s). Si meditamos las cosas divinas podremos decir lo mismo que dijo David: Me alegrar√© con tus palabras, como el que halla mucho bot√≠n (S 118,162), y: Qu√© dulces son tus palabras para mi paladar, m√°s que la miel y el panal lo son para mi boca (S 118,103. Tus justicias cantaba yo en el lugar de mi peregrinaci√≥n (S 118, 54), y en otro lugar dice: No puse ante mis ojos prop√≥sitos inicuos, odi√© a los que obraban la maldad. Y: No se uni√≥ a m√≠ ninguno de coraz√≥n malo; a los malos, que se alejaban de m√≠, desconoc√≠a; persegu√≠a al que murmuraba en lo oculto contra su pr√≥jimo; no me sentaba con los soberbios y avaros. Mis ojos se posaban sobre los fieles, para hacerlos sentar conmigo (S 100,3-6).

No imitemos las obras de todos ellos, para que la paz y la justicia reinen en nuestros d√≠as, y no nos suceda lo que leemos en otro lugar: Brotar n espinas y yerbas sobre la tierra de mi pueblo (Is 32,13). Renovemos m√°s bien los brotes, y no sembremos sobre espinas (cf. Mt 13,22; Mc 4,18). Y al custodiar lo que nos fue mandado, haremos manifiesto que amamos a Dios, como atestigua en otro lugar la Escritura: El que oye mis mandamientos y los pone en pr√°ctica, ese me ama; el que me ama, es amado por mi padre, y yo lo amar√©, y yo y mi Padre vendremos y habitaremos en √©l, y me mostrar√© a √©l (Jn 14,21-23). Y: Vosotros ser√©is mis amigos si hac√©is lo que os mando (Jn 15,14). Llevemos con nosotros estas palabras y convirt√°monos al Se√Īor nuestro Dios, y dig√°mosle: Puedes perdonar los pecados para que recibamos los bienes y entreguemos el fruto de nuestros labios (Os 14,3) y se alegre nuestra alma (cf. S 34,9).

Llamado a la penitencia. Promesa de restauración.

Ojal nos dolieran nuestro error y nuestra negligencia, y vueltos a los principios dij√©ramos: Asiria no nos salvar√°, no subiremos a los caballos ni diremos: nuestros dioses son obra de nuestras manos. Dios, que est√° en ti, se apiadar√° del pueblo: sanar√© sus moradas (Os 14,4). Y dice tambi√©n de nosotros: Los amar√© en forma visible, y alejar√© mi ira de ellos. Ser√© como el roc√≠o: Israel florecer√° como el lirio y echar√° ra√≠ces como el cedro. Crecer√°n sus ramas y ser√°n como un olivo f√©rtil, y su olor, como el del incienso. Volver√°n, y permanecer√° cada cual en su tienda, y vivir√°n y ser√°n saciados con el trigo. Florecer√° como la vid su recuerdo, Efra√≠n ser√° como el olor de incienso. ¬ŅQu√© hubo entre √©l y los √≠dolos? Yo lo humill√©, yo lo fortalecer√©. Soy como un enebro frondoso, en m√≠ encontr√≥ su fruto. ¬ŅQui√©n es sabio y comprende estas cosas (Os 14,5-10)? Ojal√° nosotros tambi√©n podamos dar su fruto, sin el cual no se puede hacer ninguna obra buena (cf. Jn 15,5).

Volvamos al Se√Īor, para que pueda decir de nosotros: No recordar√© ya m√°s sus pecados y sus iniquidades (Is 43,25). No abandonemos la ley de Dios, que nuestro Padre recibi√≥ para d√°rnosla a nosotros; no demos poca importancia a sus mandamientos, para que no se entone sobre nosotros esta lamentaci√≥n: ¬ŅC√≥mo se oscureci√≥ el oro y se pervirti√≥ la plata, y est√°n tirados como piedras en donde se dividen los caminos (Lam 4,1)? Ni despu√©s de los muchos esfuerzos que hizo nuestro Padre por nosotros, d√°ndonos ejemplo de virtud y glori√°ndose en nosotros, diciendo entre los santos: Estos son mis hijos y mi pueblo, y no me negar√°n. Despu√©s de este testimonio no perdamos la confianza de la buena conciencia, dejando el h√°bito que nos leg√≥, ni puestos en el estadio para competir seg√ļn lo mandado, seamos vencidos por nuestros enemigos (cf. 2 Tim 2,5). Cuando lleguemos al tiempo en que hemos de salir de este cuerpo, no nos enemistemos con nuestro Padre sirviendo a las riquezas (cf. Mt 6,19-20; Lc 12,33-34), de modo que los que debemos conseguir la libertad del esp√≠ritu con los ayunos y aflicci√≥n del cuerpo, nos entreguemos a la carne y a las delicias, a los trajes preciosos (cf. Pachom. Praec. et Inst. 18; p. 58-61) y a los lechos mullidos (cf. Liber Ors. 21), de manera que no s√≥lo perezcamos nosotros, sino que llevemos a la ruina a los dem√°s que pudieron haber aprovechado de nuestro ejemplo, seg√ļn est√° escrito: No recibisteis el esp√≠ritu de servidumbre en el temor (Rom 8,15), sino de fortaleza, caridad y castidad (2 Tim 1,7). Y: El alimento no nos recomienda ante Dios; si comemos, no por eso estamos en la abundancia, si no comemos, no nos falta (1 Cor 8,8). Pues el reino de Dios no est√° en la comida y la bebida, sino que es justicia, paz y alegr√≠a en el Esp√≠ritu Santo. El que sirve a Cristo en esto, agrada a Dios y es probado entre los hombres (Rom 14,17-18). Isa√≠as dice: Los que esperan al Se√Īor renovar√°n su fuerza, tomar√°n alas como el √°guila, correr√°n y no se cansar√°n, avanzar√°n y no sufrir√°n hambre (Is 40,31). Por ello se alzar√° una se√Īal entre los pueblos, y congregar√° a los pr√≥fugos de Israel. Sabed que llegar√°n velozmente, no pasar√°n hambre ni dormir√°n; no dormir√°n ni desatar√°n la correa de su cintura, ni se romper√°n las correas de su calzado. Sus lanzas son agudas y los arcos est√°n tensos, sus pies son duros como la piedra fort√≠sima, las ruedas de sus carros son como la tempestad; har√°n estruendo como leones, y ser√°n como cachorros de le√≥n (Is 5,26-29).

Ejemplo de Pacomio.

Seamos, pues, imitadores de los santos, y no olvidemos la ense√Īanza que nos inculc√≥ nuestro Padre mientras se encontraba entre los hombres. No apaguemos la l√°mpara encendida que puso sobre nuestras cabezas (cf. Lc 8,16). Marchando seg√ļn esa luz en la vida presente, recordemos que por su esfuerzo Dios nos recibir en su familia (cf. Rom 8,16): dando hospitalidad a los peregrinos (cf. Mt 25,35), mostrando el puerto de la salvaci√≥n a los que se hallan en las tempestades del mar, dando pan en los tiempos de hambre (cf. Mt 25,35), proporcionando sombra en el calor (cf. Is 25,4), vestido en la desnudez (cf. Mt 25,35); (Pacomio) ense√Ī√≥ a los ignorantes los preceptos espirituales, rode√≥ de castidad a los que se hab√≠an entregado a los vicios, uni√≥ a s√≠ a los que estaban alejados. No olvidemos despu√©s de su muerte tanta bondad, y los beneficios inmortales recibidos, haciendo que el juicio se vuelva furor y amargura el fruto de la justicia; y se diga contra nosotros: Juzgad entre yo y mi vi√Īa; esper√© que hiciera fruto e hizo iniquidad; y no obr√≥ la justicia, sino que produjo el clamor (Is 5,3-4 y 7). No caiga sobre nosotros la maldici√≥n que profiere el profeta, la cual debemos evitar con todo nuestro esfuerzo, imitando a los que nos precedieron en el Se√Īor, nuestros padres y hermanos, que dejaron el mundo y progresaron sin ofender a Dios y ahora gozan de su heredad. La cual temo que perdamos por nuestra desidia, y se nos aplique aquella expresi√≥n del profeta que dijo de Efra√≠n: Se compra el aceite en Egipto (Os 12,1). Se mezclaron con los pueblos extranjeros y aprendieron sus costumbres (S 105,35). Fuimos llamados a la libertad (cf. G l 5,13), y congregados en un solo pueblo de Dios desde lugares diversos, seg√ļn est√° escrito: Tomar√© a uno del pueblo y a dos de la familia, y los har√© entrar en Si√≥n, y os dar√© pastores seg√ļn mi deseo, para que os gobiernen con disciplina (Jer 3,14-15). No desatemos los lazos del amor, para que no pueda decirse de nosotros: El hijo glorifica al Padre y el servidor a su amo. Si yo soy el padre ¬Ņd√≥nde est√° mi gloria? ¬ŅSi yo soy el amo d√≥nde est√° el temor (Mal 1,6)?

S√ļplicas al Se√Īor.

Clame por eso al Se√Īor nuestro coraz√≥n: Las murallas de Si√≥n derraman l√°grimas d√≠a y noche. No descanses, ni dejes que callen las pupilas de tus ojos. Lev√°ntate y entona alabanzas durante la noche, al comienzo de la vigilia; derrama tu coraz√≥n como si fuera agua, en la presencia del Se√Īor. Levanta tus manos hasta √Čl por las almas de tus peque√Īos que perecieron (Lam 2,18-19). No se diga contra nosotros aquello: Llor√≥ y se corrompi√≥ la tierra; lloraron las alturas de la tierra, y la tierra obr√≥ mal a causa de los que habitaban en ella, pues abandonaron la ley y modificaron mis mandamientos, que son un testamento eterno. La maldici√≥n devorar a la tierra; sus habitantes pecaron y quedaron pocos hombres (Is 24,4-6). No lloren nuestro vino y la vi√Īa, y giman todos los que antes se alegraban (cf. Is 24,7). No se diga de nosotros: En su casa enloquecieron, se corrompieron como el d√≠a de la monta√Īa (Os 9,8-9); Ni tampoco aquello: Vosotros sois el bot√≠n (Jer 37,17) y: Acordasteis un pacto con el infierno y un contrato con la muerte (Is 28,25). Evitando pues estas palabras, creemos m√°s bien que en el tiempo oportuno nacer una estrella de Jacob y surgir el hombre de Israel, el cual derribar√° a los pr√≠ncipes de Moab y devastar√° a los hijos de Set (Num 24,17). Para que no haya en la casa de Israel el aguij√≥n de la furia y la espina del dolor (Ez 28,24), porque el Se√Īor se eligi√≥ a Jacob para s√≠, como por su parte, Israel le toc√≥ en heredad (Deut 32,9), y en otro lugar Jerem√≠as dice: Si en mi presencia cesare esta ley, tambi√©n dejar√° de ser el pueblo de Israel (Jer 31,36), y otra vez: Dar√© sufrimientos a los justos y har√© una alianza eterna con ellos, y los pueblos conocer√°n a sus descendientes. Todo el que lo viere sabr√° que estos son los benditos de Dios, y que han de gozar de la alegr√≠a del Se√Īor (Is 61,8-10).

Llamado a la vigilancia.

Tambi√©n nosotros escudri√Īemos nuestros caminos y nuestros pasos, y sigamos al olor de la sabidur√≠a, llevando siempre en nuestros corazones sus palabras (cf. S 118,11) para permanecer puros en el camino y marchar en la ley del Se√Īor (cf. S 118,1). No nos asuste la fragilidad del cuerpo y el esfuerzo prolongado. ¬ŅD√≥nde est√°n nuestros padres y los profetas? ¬ŅAcaso no viven eternamente, seg√ļn est√° escrito: Recibid mis palabras y mis leyes, que mand√© con mi esp√≠ritu a mis servidores los profetas, que vivieron con vuestros padres (Zac 1,5-6)? Escuchemos la inefable clemencia de nuestro Dios, quien hasta hoy nos exhorta a la penitencia (cf. Rom 2,4), diciendo: ¬ŅAcaso el que cae no se levantar√°? ¬ŅO no volver el que se aleja? ¬ŅPor qu√© se rebela mi pueblo? Consiguieron lo que quer√≠an en sus delicias y no quisieron volver (Jer 8,4-5). Si volvi√©ramos a El nos fortalecer√≠a con su esp√≠ritu, como est√° escrito: Edifica el Se√Īor a Jerusal√©n, congrega a los dispersos de Israel (S 146,2).

Realizar la comunidad en la caridad.

El Ap√≥stol nos ense√Ī√≥ que nuestra sociedad y comuni√≥n, en la cual estamos unidos, es de Dios, al decirnos: No olvid√©is las buenas obras y la comunidad de bienes; pues tales ofrendas agradan a Dios (Heb 13,16). Y tambi√©n leemos en los Hechos de los Ap√≥stoles: La multitud de los creyentes era un solo coraz√≥n y una sola alma, y nadie dec√≠a propio a nada, sino que todo era com√ļn. Y los ap√≥stoles daban, con gran fortaleza, testimonio de la resurrecci√≥n del Se√Īor Jes√ļs (Hch 4,32-33). El salmista concuerda con estas palabras cuando dice: ¬°Qu√© bueno y agradable es que los hermanos habiten juntos (S 132,1)! Tambi√©n nosotros, que vivimos en los cenobios y estamos unidos en la caridad mutua, esforc√©monos para que, as√≠ como merecimos tener la compa√Ī√≠a de los santos padres en esta vida, seamos tambi√©n en la futura compa√Īeros suyos; sabiendo que la cruz de nuestra vida es el principio de la sabidur√≠a, y que hemos de padecer con Cristo (cf. Rom 8,17), y sepamos que sin tribulaciones y angustias nadie consigue la victoria (cf. Hch 14,22). Feliz el var√≥n que sufre la prueba, pues una vez probado recibir el premio de la vida (Stgo 1,12). Y tambi√©n: Se esforz√≥ en el mundo y vivir eternamente (S 48,9-10). Si padecemos con √Čl, seremos glorificados con √Čl. Y el Ap√≥stol dice: Considero que los sufrimientos de este tiempo no son comparables con la gloria futura, que se revelar√° en nosotros (Rom 8,17-18). Y en otro lugar est√° escrito: Cre√≠ que ya conoc√≠a esto, pero tengo aun el esfuerzo por delante (S 72,16), y otra vez: Yo no sufr√≠ al seguirte, ni tuve en cuenta el parecer de los hombres (Jer 17,16). Y en otro lugar dice: Muchos son los padecimientos de los santos, y de todos ellos los librar√° el Se√Īor (S 33,20). Y nuestro Se√Īor dice en el Evangelio: El que perseverare hasta el fin se salvar√° (Mt 10,22), y en otro lugar: Este es el libro de los mandamientos y ley escrita para siempre. Todos los que la observen, vivir√°n; los que la desechen, morir√°n. Vuelve, Jacob, y abr√°zala; marcha en el esplendor de su luz, y no des tu gloria a otro, ni lo que es tuyo a las gentes extranjeras.

¡Somos felices, Israel, porque lo que agrada a nuestro Dios está en nosotros! Confía, pueblo mío, memorial de Israel (Bar 4,1-5). E Isaías dice otra vez: Alégrate, Israel, festejad este día, todos los que lo amáis. Alegraos los que confiáis en él, para que bebáis y os llenéis de su consolación (Is 66,10-11).

Recordar la Palabra de Dios.

Preocup√©monos por mantener lo le√≠do y aprendido en las Escrituras, y perseveremos en su meditaci√≥n 7 , seg√ļn est√° escrito: El hombre ser√° saciado con el fruto de su boca (Prov. 13,2) y se le dar√° el premio de su trabajo (Sab 10,17). Esto es lo que nos conduce a la vida eterna, lo que nos leg√≥ nuestro Padre, orden√°ndonos que lo medit√°ramos incesantemente (cf. Pachom. Praec. 3; p. 14; 11; p. 16; 28; p. 20; etc.). Para que se cumpla en nosotros lo que est√° escrito: Estas palabras que hoy te mando estar√°n en tu coraz√≥n y en tu alma, las ense√Īar√°s a tus hijos, y las dir√°s cuando est√©s en tu casa, caminando por la calle, al acostarte y al levantarte. Las escribir√°s como una se√Īal en tu mano, y estar√°n perpetuamente ante tus ojos. Las escribir√°s en las vigas de tu casa y sobre las puertas (Deut 11,18s), para que aprendas a temer al Se√Īor todos los d√≠as de tu vida (Deut 4,10). Salom√≥n quiso expresar lo mismo cuando dijo: Escribe estas cosas en tu coraz√≥n (Prov. 3,3).

Aprovechar los a√Īos de la juventud.

Considerad con cu√°ntos testimonios nos exhorta el Se√Īor a la meditaci√≥n de las santas Escrituras, para que lo que repetimos con la boca lo poseamos con la fe. Se sentar√° solo y callar√°, porque llevar√° sobre s√≠ el yugo (Lam 3,27-28); ofrecer√° la mejilla al que lo golpea, estar√° lleno de oprobios, pero el Se√Īor no lo rechazar√° para siempre (Lam 3,30-31). En otro lugar est√° escrito: Record√© la piedad de tu infancia (Jer 2,2), y tambi√©n: Al√©grate, joven, en tu adolescencia, y exulte tu coraz√≥n en los d√≠as de tu juventud; marcha por los caminos de tu coraz√≥n sin mancharte, en mi presencia, y sabr√°s que por todas estas cosas el Se√Īor te lleva al juicio. Aleja el enojo de tu coraz√≥n y la malicia de tu carne, porque la indolencia y la necedad son vanidades (Ecle 11,9-10). Acu√©rdate de tu creador, en los d√≠as de tu adolescencia, antes que vengan los d√≠as malos y lleguen los a√Īos en los cuales dir√°s: No los amo; y se obscurezcan el sol y la luz, la luna y las estrellas; y que vuelvan las nubes despu√©s de la lluvia; en el d√≠a en que tiemblan los guardianes de la casa, se doblan vencidos los hombres vigorosos; cuando las mujeres dejan de moler, porque declina la luz de las ventanas, y est√° cerrada la puerta sobre la calle; cuando cesa el ruido del molino, cuando calla la voz del p√°jaro y cuando terminan las canciones, cuando se teme la subida y hay miedo en el camino. Pero el almendro sigue en flor, y la langosta est√° repleta y el arbusto da su fruto, mientras el hombre se va a su morada eterna. Los que lloran se acercan por la calle; antes que el hilo de plata se corte, que la l√°mpara de oro se quiebre, que la jarra se rompa en la fuente, que la polea sobre el pozo se corte; y que el polvo vuelva a la tierra como vino, y el esp√≠ritu vaya a Dios que lo ha dado (Ecle 12,1-7). Tambi√©n est√° escrito en el Evangelio: Amigos, ¬ŅTen√©is pesca? Echad la red a la derecha de la nave y recoger√©is (Jn 21,5-6), y otra vez: Todos los ni√Īos y los j√≥venes, que desconocen el bien y el mal, entrar√°n en la buena tierra (Deut 1,39). Y otra vez: Todo var√≥n primog√©nito ser√° consagrado al Se√Īor (Lc 2,23), y en el Evangelio: El ni√Īo crec√≠a y adelantaba en la presencia de Dios y de los hombres (Lc 2,52; cf. 1 Sam 2,26). Tambi√©n Josu√©, el segundo de Mois√©s, era joven, y no sal√≠a de la tienda de Dios (Ex 33,11). Sobre David hallamos escrito lo siguiente: Era un joven rubio, de ojos agradables (1 Sam 16,12). Timoteo, todav√≠a ni√Īo y adolescente, conoc√≠a las sagradas Letras, para llegar por su medio a la fe del Se√Īor y Salvador (cf. 2 Tim 3,15), y sabemos de Daniel que hab√≠a sido instruido, por ello se le llama var√≥n de deseos (cf. Dan 9,23; 10,11-19). Jos√© era muy amado por su padre, porque lo obedec√≠a, y a los 17 a√Īos consideraba sus mandatos como la ley de su vida (cf. Gen 37,2-3.14).

Admonición final.

He reproducido todo esto para que, considerando las vidas de los santos, no seamos llevado de aquí para allá por la variedad de doctrinas (cf. Ef 4,14); sino que nos esforcemos y tengamos a su vida como ejemplo y propósito de nuestra vida, para ser el pueblo elegido de Dios (cf. Deut 7,6; 14,2; 26,18). No contristemos al Espíritu Santo, en el que hemos sido marcados en el día de nuestra redención (cf. Ef 4,30). No lo extingamos en nosotros, no despreciemos las profecías (cf. 1 Tes 5,19-20): no sea que impidamos habitar en nosotros al Espíritu Santo que lo desea. No temamos a nadie, sino tan solo a Dios, que es vengador y juez de todas las acciones, y es santo con los santos e inofensivo con los inocentes (cf. S 17,26), y dice: Amo a los que me aman, y los que me buscan encontrarán la alegría (Prov. 8,17). En otro lugar dice: Si vinierais contra mí, los malos, yo iré contra vosotros, malamente (Lev 26,23-24).

Al leer estos argumentos, sembremos en nosotros la justicia, para recoger el fruto de la vida. Ilumin√©monos con la luz de la sabidur√≠a, porque es tiempo ya de conocer a Dios, hasta que llegue a nosotros el fruto de la justicia. Este es el tiempo propicio, el d√≠a de la salvaci√≥n (2 Cor 6,2), y es verdad lo que est√° escrito: La perfecci√≥n de la ley es el amor (Rom 13,10). Juan dice lo mismo: Recibimos del Padre este mandamiento: que nos amemos unos a otros (cf 2 Jn 5), y: El que ama a Dios, ama a su pr√≥jimo (1 Jn 4,21). No como Ca√≠n, que era del Maligno, y mat√≥ a su hermano. ¬ŅPor qu√© lo mat√≥? Porque sus obras eran malas y las de su hermano buenas. No nos admiremos, hermanos, si el mundo nos odia: Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos (1 Jn 3, 12-14). As√≠ que am√©monos mutuamente.

Os hablar√© todav√≠a con m√°s audacia, hijos amad√≠simos, pues el Se√Īor me confi√≥ el reba√Īo que es vuestra profesi√≥n y vuestra comunidad. No ces√© de ense√Īaros con l√°grimas y de exhortaros (cf. Hch 20,21) a cada uno, para que agrad√©is a Dios. No os ocult√© nada de lo que me pareci√≥ √ļtil para vosotros, pues os dije: Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, pues El puede edificaros y daros la herencia con los santos (Hch 20,32). Estad atentos, esforzaos con toda solercia y cuidado para no olvidar vuestro prop√≥sito; sino que cumplid lo que sab√©is que hab√©is prometido. Yo llego a mi fin, se acerca el tiempo de mi partida 8 ; luch√© la buena lucha, finalic√© la carrera, conserv√© la fe. S√≥lo me queda ahora por recibir la corona de justicia, que el Se√Īor, justo juez, me dar en el √ļltimo d√≠a, no solo a m√≠, sino a todos los que amaron su justicia (2 Tim 4,6-8) y cumplieron los mandamientos del Padre. Aqu√≠ concluyo, escuchad todo lo que he dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos. Pues as√≠ es el hombre: La totalidad de sus obras llevar Dios al juicio, en presencia de todos, sean buenas, sean malas (Ecle 12,13-14).


1

Es una caracter√≠stica del "Liber Orsiesii" el reclamarse de las ense√Īanzas de san Pacomio y sus disc√≠pulos inmediatos. Este mismo respeto por el Padre y los ancianos se advierte en los dem√°s textos. Para G1, Teodoro es un aut√©ntico hijo de Pacomio (FESTUGIERE, p. 230; ib. p. 244). La decadencia de la Congregaci√≥n comenz√≥ a medida que fallec√≠an los monjes ancianos y los j√≥venes, que no hab√≠an conocido a Pacomio, ocupaban puestos de responsabilidad (FESTUGIERE, p. 241; ib. p. 227).

2

Estas letras designan a las personas a las que Orsisio quiere referirse, pero sin mencionar sus nombres. Podrían entenderse también como aquel lenguaje secreto que Pacomio había formado con letras, y en el cual se escribía con los superiores de los monasterios (FESTUGIERE, p. 212 y p. 213, nota; ejemplos en BOON; Pachomiana Latina, p. 93: Las cartas de S. Pacomio).

3

"Opus Dei", la obra de Dios, significa aquí la vida monástica en su conjunto.

4

Seg√ļn G1, Orsisio recomendaba a los hermanos que "observaran las reglas que hab√≠a redactado, Abba Pacomio mientras viv√≠a, para la constituci√≥n del cenobio, as√≠ como los preceptos de los superiores, jefes de casas y segundos de los monasterios" (FESTUGIERE, pp. 226-227).

5

Se expresa así la naturaleza de la vida monástica, con sobriedad de definición: la vida monástica está fundada en Jesucristo, piedra angular, y es vivida a la imitación y semejanza de los apóstoles y profetas; consiste en abandonar la elevación mundana y tomar la humildad y la mortificación.

6

Estas reglas se hallan igualmente expresadas en las Vidas; p. ej. G1: FESTIGIERE, p. 190-191; cf. ib. p. 218: "El abad Pacomio estaba, √©l mismo, sometido al jefe de la casa; se mostraba m√°s humilde que todos... Si guardaba sus t√ļnicas de piel en la celda, lo hac√≠a con el permiso del superior". P. 222: Un hermano llev√≥ a Pacomio, que estaba enfermo, una buena manta, liviana. Al advertir Pacomio que la calidad de √©sta era superior a las corrientes que usaban los hermanos, dijo: "Qu√≠tala. No debo distinguirme de los hermanos en nada".

7

Sobre la importancia de la lectura y la meditación, ver la nota 33 de la Introducción.

8

Esta frase permite concluir que el "Liber Orsiesii" fue escrito -o mejor dicho, dictado- en los √ļltimos momentos del anciano sucesor de Pacomio.
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