Cardenal Camillo Ruini, Homilía en la Santa Misa por la inauguración de la oración diaria por Italia

Homilía en la Santa Misa por la inauguración de la oración diaria por Italia

8 de setiembre de 1998,
Fiesta de la Natividad de la Virgen María

El mensaje del Santo Padre nos proporciona el sentido auténtico de esta Oración cotidiana por Italia, que se inicia hoy, y no es sino el aval más preciado y confiable. No es una oración nueva, es más bien la Gran Oración por Italia, nacida del especial afecto y solicitud del Papa por nuestra nación, que se viene llevando a cabo aquí en Loreto de forma providente desde hace cuatro años, y que hoy nuevamente, se retoma aquí en Loreto, por feliz iniciativa del Arzobispo y delegado Pontificio, Mons. Angelo Comastri.

Oramos por Italia, es decir por nosotros mismos como comunidad nacional, por nuestro país, por nuestra patria, por nuestro pueblo. En la oración nos acercamos a Dios, reconocemos e invocamos su presencia, agente de salvación, en nuestra vida y en nuestra historia, esa misma presencia que el apóstol Pablo nos ha descrito con singular eficacia en la segunda lectura de esta celebración eucarística.

Sí, Dios no es lejano ni ausente, Dios está en medio de la vida de nuestras familias y de nuestras comunidades, en medio de la vida de los pueblos. Todos pueden y deben volverse a Él -no por obligación sino por sabia y libre elección- no sólo cada individuo, sino también las familias, las comunidades y los pueblos. Por ello, esta gran campaña de oración que se inicia hoy, no quiere ser solamente una oración por Italia, sino una oración de Italia, una oración del pueblo italiano que vive sabiamente en unión con Dios, haciendo propias las palabras del Salmo (127,1) "Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores. Si el Señor no custodia la ciudad, en vano vigila el centinela".

No es casualidad que esta oración se celebre aquí, en el Santuario de la Santa Casa de Loreto. Este lugar, tiene de hecho, un vínculo único y muy especial con la Encarnación de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación en el vientre de la Virgen María y criado por ella y su esposo José como nos lo ha recordado San Mateo en el Evangelio que hemos escuchado. La oración que se inicia hoy, nos prepara y nos conduce sobre todo al Gran Jubileo, es decir al dos mil aniversario de esta encarnación y de este nacimiento, que ha cambiado el curso de la historia y ha renovado el destino del Universo.

Pero Loreto es además el principal santuario mariano de Italia, aquél donde se reúnen cada año, millones de peregrinos de varias de nuestras regiones y de nuestras tierras. Aquí se expresa de especial manera el vínculo del pueblo Italiano con la Madre de Jesús y, así, con Cristo y con Dios. A través de Loreto han pasado a lo largo de siete siglos, y sigue pasando a cada momento, esa trama de fe, de cultura y de historia que ha plasmado y plasma la fisonomía y la identidad de nuestro pueblo. Aquí por lo tanto, es particularmente justo y significativo elevar una oración diaria por Italia.

Los motivos que impulsaron al Santo Padre, el 6 de enero de 1994, a convocarnos a una oración especial por Italia, son por lo demás totalmente actuales; sin embargo, por ciertos aspectos se han tornado en estos cuatro años aun más fuertes y urgentes.

La larga transición que Italia está viviendo no permite entrever puntos de llegada sólidos y confiables. Se han aclarado, es cierto, las ilusiones y las mistificaciones, que tendían a dar una imagen demasiado unilateral y sustancialmente falsa, de nuestra reciente historia. Pero no han sido menos los impulsos para alejar a nuestro pueblo de su gran herencia de fe y de cultura, de los fundamentos morales de su existencia. De esta manera, por el respeto de la vida humana, a lo largo de toda su existencia en este mundo, por el reconocimiento del valor y de los derechos de la familia fundada en el matrimonio, por la educación de los niños y de los jóvenes, por la promoción de las posibilidades de trabajo, por los bienes primarios de las personas y de las comunidades, por el equilibrio que se debe de volver a encontrar entre los poderes del Estado que el Papa señalaba, recientemente, como necesario, desde el inicio de 1994.

Esa energía moral que proviene de Dios y la oración que la invoca y prepara los ánimos para recibirla, no son necesarias únicamente para resistir a los males y a las insidias que nos amenazan. Lo son, de igual manera y a pleno título, para contribuir a esa gran misión que el Papa, haciendo referencia a la Gran Oración, le ha señalado a Italia: la misión de defender, de mantener vivo, de hacer fructificar en la situación actual y según las exigencias de nuestro tiempo, no sólo para Italia sino para Europa y para el mundo, ese patrimonio religioso, moral y cultural, esa savia de verdad, de amor y de paz que ha sido insertada en Roma y en Italia desde la época de la predicación y el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo. Los pasos de avance hacia la unidad de Europa que se han llevado a cabo recientemente, con plena participación de los italianos nos llaman y nos mueven a entrar cada vez más en una dinámica de evangelización y de misión, de renovación cristiana de las personas, de las sociedades y de las culturas, que tenga como terreno para su desarrollo no sólo a Italia sino a Europa, y a una Europa abierta al mundo.

Hermanos y hermanas, la lámpara de Italia, la lámpara de nuestra fe que estamos a punto de encender, sea símbolo de la perpetua confianza de Italia en la Virgen María. Sea un símbolo verídico al cual corresponda, la realidad cotidiana de nuestra oración, confiada y perseverante, y la fidelidad concreta al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para iluminar con su luz y forjar con el fuego del Espíritu Santo nuestra existencia personal y social, nuestras familias y nuestra cultura, el presente y el futuro de Italia.

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