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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de Pentecostés (2005)
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Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de Pentecostés (2005)

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos ordenandos;
queridos hermanos y hermanas:

La primera lectura y el evangelio del domingo de Pentecost√©s nos presentan dos grandes im√°genes de la misi√≥n del Esp√≠ritu Santo. La lectura de los Hechos de los Ap√≥stoles narra c√≥mo el Esp√≠ritu Santo, el d√≠a de Pentecost√©s, bajo los signos de un viento impetuoso y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los disc√≠pulos de Jes√ļs y as√≠ da origen a la Iglesia.

Para Israel, Pentecost√©s se hab√≠a transformado de fiesta de la cosecha en fiesta conmemorativa de la conclusi√≥n de la alianza en el Sina√≠. Dios hab√≠a mostrado su presencia al pueblo a trav√©s del viento y del fuego, despu√©s le hab√≠a dado su ley, los diez mandamientos. S√≥lo as√≠ la obra de liberaci√≥n, que comenz√≥ con el √©xodo de Egipto, se hab√≠a cumplido plenamente: la libertad humana es siempre una libertad compartida, un conjunto de libertades. S√≥lo en una armon√≠a ordenada de las libertades, que muestra a cada uno el propio √°mbito, puede mantenerse una libertad com√ļn.

Por eso el don de la ley en el Sinaí no fue una restricción o una abolición de la libertad, sino el fundamento de la verdadera libertad. Y, dado que un justo ordenamiento humano sólo puede mantenerse si proviene de Dios y si une a los hombres en la perspectiva de Dios, a una organización ordenada de las libertades humanas no pueden faltarle los mandamientos que Dios mismo da. Así, Israel llegó a ser pueblo de forma plena precisamente a través de la alianza con Dios en el Sinaí. El encuentro con Dios en el Sinaí podría considerarse como el fundamento y la garantía de su existencia como pueblo.

El viento y el fuego, que bajaron sobre la comunidad de los discípulos de Cristo reunida en el Cenáculo, constituyeron un desarrollo ulterior del acontecimiento del Sinaí y le dieron nueva amplitud. En aquel día, como refieren los Hechos de los Apóstoles, se encontraban en Jerusalén, "judíos piadosos (...) de todas las naciones que hay bajo el cielo" (Hch 2, 5). Y entonces se manifestó el don característico del Espíritu Santo: todos ellos comprendían las palabras de los Apóstoles: "La gente (...) les oía hablar cada uno en su propia lengua" (Hch 2, 6).

El Esp√≠ritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel ‚ÄĒla confusi√≥n de los corazones, que nos enfrenta unos a otros‚ÄĒ, y abre las fronteras. El pueblo de Dios, que hab√≠a encontrado en el Sina√≠ su primera configuraci√≥n, ahora se ampl√≠a hasta la desaparici√≥n de todas las fronteras. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es cat√≥lica, esta es su esencia m√°s profunda.

San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres.

El viento y el fuego del Esp√≠ritu Santo deben abrir sin cesar las fronteras que los hombres seguimos levantando entre nosotros; debemos pasar siempre nuevamente de Babel, de encerrarnos en nosotros mismos, a Pentecost√©s. Por tanto, debemos orar siempre para que el Esp√≠ritu Santo nos abra, nos otorgue la gracia de la comprensi√≥n, de modo que nos convirtamos en el pueblo de Dios procedente de todos los pueblos; m√°s a√ļn, San Pablo nos dice: en Cristo, que como √ļnico pan nos alimenta a todos en la Eucarist√≠a y nos atrae a s√≠ en su cuerpo desgarrado en la cruz, debemos llegar a ser un solo cuerpo y un solo esp√≠ritu.

La segunda imagen del env√≠o del Esp√≠ritu Santo, que encontramos en el evangelio, es mucho m√°s discreta. Pero precisamente as√≠ permite percibir toda la grandeza del acontecimiento de Pentecost√©s. El Se√Īor resucitado, a trav√©s de las puertas cerradas, entra en el lugar donde se encontraban los disc√≠pulos y los saluda dos veces diciendo: "La paz con vosotros".

Nosotros cerramos continuamente nuestras puertas; continuamente buscamos la seguridad y no queremos que nos molesten ni los dem√°s ni Dios. Por consiguiente, podemos suplicar continuamente al Se√Īor s√≥lo para que venga a nosotros, superando nuestra cerraz√≥n, y nos traiga su saludo. "La paz con vosotros": este saludo del Se√Īor es un puente, que √©l tiende entre el cielo y la tierra. √Čl desciende por este puente hasta nosotros, y nosotros podemos subir por este puente de paz hasta √©l.

Por este puente, siempre junto a él, debemos llegar también hasta el prójimo, hasta aquel que tiene necesidad de nosotros. Precisamente abajándonos con Cristo, nos elevamos hasta él y hasta Dios: Dios es amor y, por eso, el descenso, el abajamiento que nos pide el amor, es al mismo tiempo la verdadera subida. Precisamente así, al abajarnos, al salir de nosotros mismos, alcanzamos la altura de Jesucristo, la verdadera altura del ser humano.

Al saludo de paz del Se√Īor siguen dos gestos decisivos para Pentecost√©s; el Se√Īor quiere que su misi√≥n contin√ļe en los disc√≠pulos: "Como el Padre me envi√≥, tambi√©n yo os env√≠o" (Jn 20, 21).

Despu√©s de lo cual, sopla sobre ellos y dice: "Recibid el Esp√≠ritu Santo. A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng√°is, les quedan retenidos" (Jn 20, 23). El Se√Īor sopla sobre sus disc√≠pulos, y as√≠ les da el Esp√≠ritu Santo, su Esp√≠ritu. El soplo de Jes√ļs es el Esp√≠ritu Santo.

Aqu√≠ reconocemos, ante todo, una alusi√≥n al relato de la creaci√≥n del hombre en el G√©nesis, donde se dice: "El Se√Īor Dios form√≥ al hombre con polvo del suelo, e insufl√≥ en sus narices aliento de vida" (Gn 2, 7). El hombre es esta criatura misteriosa, que proviene totalmente de la tierra, pero en la que se insufl√≥ el soplo de Dios. Jes√ļs sopla sobre los Ap√≥stoles y les da de modo nuevo, m√°s grande, el soplo de Dios. En los hombres, a pesar de todos sus l√≠mites, hay ahora algo absolutamente nuevo, el soplo de Dios. La vida de Dios habita en nosotros. El soplo de su amor, de su verdad y de su bondad.

As√≠, tambi√©n podemos ver aqu√≠ una alusi√≥n al bautismo y a la confirmaci√≥n, a esta nueva pertenencia a Dios, que el Se√Īor nos da. El texto del evangelio nos invita a vivir siempre en el espacio del soplo de Jesucristo, a recibir la vida de √©l, de modo que √©l inspire en nosotros la vida aut√©ntica, la vida que ya ninguna muerte puede arrebatar.

Al soplo, al don del Esp√≠ritu Santo, el Se√Īor une el poder de perdonar. Hemos escuchado antes que el Esp√≠ritu Santo une, derriba las fronteras, conduce a unos hacia los otros. La fuerza, que abre y permite superar Babel, es la fuerza del perd√≥n. Jes√ļs puede dar el perd√≥n y el poder de perdonar, porque √©l mismo sufri√≥ las consecuencias de la culpa y las disolvi√≥ en las llamas de su amor. El perd√≥n viene de la cruz; √©l transforma el mundo con el amor que se entrega. Su coraz√≥n abierto en la cruz es la puerta a trav√©s de la cual entra en el mundo la gracia del perd√≥n. Y s√≥lo esta gracia puede transformar el mundo y construir la paz.

Si comparamos los dos acontecimientos de Pentecost√©s, el viento impetuoso del quincuag√©simo d√≠a y el soplo leve de Jes√ļs en el atardecer de Pascua, podemos pensar en el contraste entre dos episodios que sucedieron en el Sina√≠, de los que nos habla el Antiguo Testamento. Por una parte, est√° el relato del fuego, del trueno y del viento, que preceden a la promulgaci√≥n de los diez mandamientos y a la conclusi√≥n de la alianza (cf. Ex 19 ss); por otra, el misterioso relato de El√≠as en el Horeb. Despu√©s de los dram√°ticos acontecimientos del monte Carmelo, El√≠as hab√≠a escapado de la ira de Ajab y Jezabel. Luego, cumpliendo el mandato de Dios, hab√≠a peregrinado hasta el monte Horeb.

El don de la alianza divina, de la fe en el Dios √ļnico, parec√≠a haber desaparecido en Israel. El√≠as, en cierto modo, deb√≠a reavivar en el monte de Dios la llama de la fe y llevarla a Israel. En aquel lugar experimenta el hurac√°n, el temblor de tierra y el fuego. Pero Dios no est√° presente en todo ello. Entonces, percibe el susurro de una brisa suave. Y Dios le habla desde esa brisa suave (cf. 1 R 19, 11-18).

¬ŅNo es precisamente lo que sucedi√≥ en la tarde de Pascua, cuando Jes√ļs se apareci√≥ a sus Ap√≥stoles, lo que nos ense√Īa qu√© es lo que se quiere decir aqu√≠? ¬ŅNo podemos ver aqu√≠ una prefiguraci√≥n del siervo de Yahveh, del que Isa√≠as dice: "No vociferar√° ni alzar√° el tono, y no har√° o√≠r en la calle su voz"? (Is 42, 2) ¬ŅNo se presenta as√≠ la humilde figura de Jes√ļs como la verdadera revelaci√≥n en la que Dios se manifiesta a nosotros y nos habla? ¬ŅNo son la humildad y la bondad de Jes√ļs la verdadera epifan√≠a de Dios?

Elías, en el monte Carmelo, había tratado de combatir el alejamiento de Dios con el fuego y con la espada, matando a los profetas de Baal. Pero, de ese modo no había podido restablecer la fe. En el Horeb debe aprender que Dios no está ni en el huracán, ni en el temblor de tierra ni en el fuego; Elías debe aprender a percibir el susurro de Dios y, así, a reconocer anticipadamente a aquel que ha vencido el pecado no con la fuerza, sino con su Pasión; a aquel que, con su sufrimiento, nos ha dado el poder del perdón. Este es el modo como Dios vence.

Queridos ordenandos, de este modo el mensaje de Pentecost√©s se dirige ahora directamente a vosotros. La escena de Pentecost√©s, en el evangelio de San Juan, habla de vosotros y a vosotros. A cada uno de vosotros, de modo muy personal, el Se√Īor le dice: ¬°la paz con vosotros!, ¬°la paz contigo! Cuando el Se√Īor dice esto, no da algo, sino que se da a s√≠ mismo, pues √©l mismo es la paz (cf. Ef 2, 14).

En este saludo del Se√Īor podemos vislumbrar tambi√©n una referencia al gran misterio de la fe, a la Santa Eucarist√≠a, en la que √©l se nos da continuamente a s√≠ mismo y, de este modo, nos da la verdadera paz. As√≠, este saludo se sit√ļa en el centro de vuestra misi√≥n sacerdotal: el Se√Īor os conf√≠a el misterio de este sacramento. En su nombre pod√©is decir: "este es mi cuerpo", "esta es mi sangre". Dejaos atraer siempre de nuevo a la Santa Eucarist√≠a, a la comuni√≥n de vida con Cristo.

Considerad como centro de toda jornada el poder celebrarla de modo digno. Conducid siempre de nuevo a los hombres a este misterio. A partir de ella, ayudadles a llevar la paz de Cristo al mundo.

En el evangelio que acabamos de escuchar resuena también una segunda expresión del Resucitado: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21). Cristo os dice esto, de modo muy personal, a cada uno de vosotros. Con la ordenación sacerdotal, os insertáis en la misión de los Apóstoles. El Espíritu Santo es viento, pero no es amorfo. Es un Espíritu ordenado.

Se manifiesta precisamente ordenando la misi√≥n, en el sacramento del sacerdocio, con la que contin√ļa el ministerio de los Ap√≥stoles. A trav√©s de este ministerio, os insert√°is en la gran multitud de quienes, desde Pentecost√©s, han recibido la misi√≥n apost√≥lica. Os insert√°is en la comuni√≥n del presbiterio, en la comuni√≥n con el obispo y con el Sucesor de San Pedro, que aqu√≠, en Roma, es tambi√©n vuestro obispo.

Todos nosotros estamos insertados en la red de la obediencia a la palabra de Cristo, a la palabra de aquel que nos da la verdadera libertad, porque nos conduce a los espacios libres y a los amplios horizontes de la verdad. Precisamente en este v√≠nculo com√ļn con el Se√Īor podemos y debemos vivir el dinamismo del Esp√≠ritu. Como el Se√Īor sali√≥ del Padre y nos dio luz, vida y amor, as√≠ la misi√≥n debe ponernos continuamente en movimiento, impulsarnos a llevar la alegr√≠a de Cristo a los que sufren, a los que dudan y tambi√©n a los reacios.

Por √ļltimo, est√° el poder del perd√≥n. El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque s√≥lo en el perd√≥n se realiza la verdadera renovaci√≥n del mundo.

Nada puede mejorar en el mundo, si no se supera el mal. Y el mal s√≥lo puede superarse con el perd√≥n. Ciertamente, debe ser un perd√≥n eficaz. Pero este perd√≥n s√≥lo puede d√°rnoslo el Se√Īor. Un perd√≥n que no aleja el mal s√≥lo con palabras, sino que realmente lo destruye. Esto s√≥lo puede suceder con el sufrimiento, y sucedi√≥ realmente con el amor sufriente de Cristo, del que recibimos el poder del perd√≥n.

Finalmente, queridos ordenandos, os recomiendo el amor a la Madre del Se√Īor. Haced como San Juan, que la acogi√≥ en lo m√°s √≠ntimo de su coraz√≥n. Dejaos renovar constantemente por su amor materno. Aprended de ella a amar a Cristo. Que el Se√Īor bendiga vuestro camino sacerdotal. Am√©n.

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