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Armando Nieto V√©lez, Homil√≠a del p. Armando Nieto V√©lez, S.J., en la Misa Solemne celebrada en el L aniversario de la muerte de Jos√© de la Riva-Ag√ľero en la Catedral de Lima proclamada el 25 de octubre de 1994
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Homil√≠a del p. Armando Nieto V√©lez, S.J., en la Misa Solemne celebrada en el L aniversario de la muerte de Jos√© de la Riva-Ag√ľero en la Catedral de Lima

25 de octubre de 1994

El 27 de octubre de 1944, dos días después de su fallecimiento, eran traídos a esta Basílica Catedral, en hombros de alumnos de la Universidad Católica, los restos mortales de un peruano ilustre, por cuya desaparición el Estado había decretado duelo nacional. Quería así el Gobierno honrar la memoria de una personalidad extraordinaria, que había prestigiado la cultura peruana con su insigne saber, con su notable obra histórica y literaria y con el ejemplo patriótico y austero de su vida ciudadana.

Aqu√≠, en el templo mayor de la Arquidi√≥cesis, dentro del severo marco lit√ļrgico de los solemnes funerales, deb√≠a la Iglesia decir su pesar, pero tambi√©n su reconocimiento al cat√≥lico de firme convicci√≥n y valeroso empe√Īo, al defensor pugnaz de las buenas causas, al bienhechor generoso de nuestra Universidad Cat√≥lica.

Hoy, cincuenta a√Īos despu√©s, nuevas generaciones de la Patria, de la Iglesia y de la Universidad vienen a la Catedral primada a renovar su recuerdo y gratitud y a orar por Jos√© de la Riva-Ag√ľero y Osma. Ha transcurrido medio siglo de su partida. El paso del tiempo, que desvanece tantas celebridades y desdibuja con la ley del olvido tantos brillantes relieves, no ha logrado borrar la huella de la fecunda existencia ni borrar la memoria del maestro, del consejero, del benefactor. Ha enaltecido m√°s bien los perfiles de su acendrado catolicismo y la reciedumbre con que supo ajustar su vida y conducta a sus convicciones.

Sabemos por su propio testimonio que despu√©s de los a√Īos juveniles de alejamiento de la Iglesia y de la pr√°ctica religiosa, la gracia de Dios toc√≥ las puertas de su coraz√≥n. No fu√© camino f√°cil el regreso al hogar de la Iglesia. √Čl mismo nos lo ha relatado en el discurso del Colegio de la Recoleta (el 24 de setiembre de 1932). Luego de un largo peregrinaje entre diversas y encontradas ideolog√≠as, "ya no me restaba -dijo Riva-Ag√ľero- sino acatar el Catolicismo, como a √ļnica explicaci√≥n total y satisfactoria del Universo. Y a ello vine al fin, no sin renitencias instintivas y convulsiones del orgullo contra el impulso de la Gracia. Mas la diestra invisible y omnipotente no me dej√≥. Hizo acallar las argucias exeg√©ticas que yo hab√≠a aprendido en la lectura de Ren√°n y los modernistas.

Comprendí que los Libros Santos se nos habían dado para edificación moral y no para curiosidad histórica y científica.

En el silencio del alma, sonó el momento de la definitiva rendición, que es el de la victoria suprema... Así he reconquistado la armonía y la paz: la vida tiene un fin por encima de la mezquina utilidad; el esfuerzo y el dolor se esclarecen y santifican, la libertad moral se reafirma, y la inteligencia recobra su ley primordial y su objeto perenne".

El retorno de Riva-Ag√ľero al catolicismo marc√≥ decisiva e irrevocablemente los catorce √ļltimos a√Īos de su vida. Como pol√≠tico, como ciudadano en ejercicio, como acad√©mico y en su vida privada, la fe cristiana y la √≠ntima adhesi√≥n a la Iglesia dirigieron sus pasos, orientaron sus actitudes, su palabra y sus escritos. Lejos de considerar la fe como algo extr√≠nseco y secundario, Riva-Ag√ľero la estim√≥ como el tesoro invalorable y la perla preciosa que nos revela Jes√ļs en el Evangelio. Y en verdad que no podr√≠amos entender al Riva-Ag√ľero real si prescindimos de su vigoroso y profundo arraigo en la fe. Fue el suyo no un catolicismo formal y decorativo, irrelevante o de listas pasivas, sino urgencia vital y eje diamantino, que lo llev√≥ a tomar actitudes claras, en√©rgicas, de comprometida defensa de los valores que √©l cre√≠a esenciales. B√°stenos recordar su publica renuncia al Ministerio de Justicia y Culto, en mayo de 1934, para no autorizar con su firma la ley del divorcio; o su vibrante impugnaci√≥n al proyecto de ley de nacionalizaci√≥n del clero en 1941, o sus constantes y reiteradas afirmaciones en favor de la libertad de ense√Īanza.

Es √©ste el momento de renovar el homenaje agradecido de nuestra Pontificia Universidad Cat√≥lica del Per√ļ a quien fue miembro de su Consejo Superior, catedr√°tico insigne y magn√°nimo bienhechor. Desde que regres√≥ al pa√≠s en 1930, la intuici√≥n de su fe, as√≠ como el sentido de lo que deb√≠a ser para √©l la cultura peruana lo atrajeron a nuestra Universidad. Con aproximaci√≥n semejante a la de su amigo V√≠ctor Andr√©s Belaunde, vio Riva-Ag√ľero en la Universidad Cat√≥lica, regida entonces por el P. Jorge Dintilhac, SS.CC., una instituci√≥n con la que se sent√≠a "en comunidad perfecta de ideas y sentimientos". Y no perdi√≥ ocasi√≥n de exteriorizar tal coincidencia de ideales. "Estoy ligado -dijo en 1942- de indisoluble manera a la Universidad Cat√≥lica por mis creencias religiosas y por cuantos principios generales profeso... Veo realizados en esta nuestra Universidad mis mejores anhelos y mis m√°s arraigados idearios". Y a√Īade con sinceridad, reconociendo sus a√Īos de alejamiento: "no lo pens√°bamos por cierto as√≠ nosotros mismos, muchos de los que nos contamos como mayores entre los laicos". Alude a que, tanto √©l como la mayor parte de sus compa√Īeros de generaci√≥n, hab√≠an compartido en su juventud "los jacobinos y opresores prejuicios" del monopolio estatal en todos los grados de la ense√Īanza. La fundaci√≥n y cuasi milagrosa subsistencia de la Universidad Cat√≥lica, y la tenacidad y fe en Dios del P. Jorge y sus colaboradores de la primera hora, vino a recordarle que la libertad m√°s preciosa es la del alma. "Ellos (se refiere a los iniciadores) persistieron, cuando nosotros nos dej√°bamos seducir por el monstruo del estatismo y su idolatr√≠a niveladora, o enervar por la inseguridad en las tan intermitentes y escasas cualidades criollas de autonom√≠a y perseverancia".

Al recordar el quincuag√©simo aniversario de su muerte, nuestra memoria evoca en esta Eucarist√≠a no tanto al erudito de vast√≠sima informaci√≥n o al historiador magistral, cuanto al maestro de conducta y al hombre de fe, al Riva-Ag√ľero definitivo, que uni√≥ admirablemente credo y vida, pensamiento y acci√≥n, y que dese√≥ para nuestra Patria el celoso mantenimiento del patrimonio espiritual cuyo sustento es la fe cristiana. Le preocupaba no solamente la guarda del tesoro de creencias que constituyen el legado de la tradici√≥n, sino tambi√©n algo que con frecuencia descuidamos en la vida privada y p√ļblica: la coherencia y firmeza de las actitudes amenazadas de continuo por defectos y propensiones colectivas.

En la conmovedora imploraci√≥n con la que concluy√≥ su discurso en el Primer Congreso Eucar√≠stico Nacional (24 de octubre de 1935), Riva-Ag√ľero, lejos de toda ret√≥rica p√≠a y halagadora, destac√≥ -por contraste con sendos defectos- los ideales de comportamiento social que derivan de una aut√©ntica √©tica evang√©lica. He aqu√≠ su oraci√≥n, que bien podemos hacer nuestra hoy, en este lugar y en estos momentos de recogimiento:

"T√ļ sabes, ¬°Oh Cristo Rey!, que este pueblo peruano ha sido y es tuyo, desde su evangelizaci√≥n hace cuatrocientos a√Īos. En prenda de tu alianza, suscitaste en medio de √©l m√≠sticos y santos, y se los asignaste como protectores. Junto a tu solio celeste, interceden por nosotros Rosa y Toribio, Francisco Solano, el humilde Mart√≠n y el ext√°tico Mac√≠as. Por los m√©ritos de ellos y de todos los dem√°s justos, y por los de tu Virgen Madre, perdona, Se√Īor, a esta ciudad y a este pa√≠s sus pueriles veleidades, sus fragilidades y culpas, cegueras y descarr√≠os. T√ļ conoces, Se√Īor, muy bien que en los peruanos ha habido siempre m√°s debilidad que malicia y m√°s flaqueza que pertinacia. La novedad los alucina; la facilidad los alborota, los seduce y los pierde. S√°lvanos, ¬°Oh Dios!, d√°ndonos, con tu Gracia, la robustez del animo y la mente. Confirma estas vacilantes voluntades, haz duradero el fervor que hoy te demuestran, vivifica y perpetua nuestras buenas intenciones.

En las difíciles pruebas de que a nadie eximes, en los futuros e inevitables combates por tu fe, tu causa y tu nombre, concédenos el denuedo y la constancia, el gozoso espíritu de resolución y de firmeza. Cura estos fluctuantes corazones. Destierra de ellos la vanidad y el egoísmo, las rencillas y los odios. Vigoriza a esta nación dócil, infundiéndonos a todos austeridad, abnegación y perseverancia, hábito de sacrificio, prudencia y perspicacia, para descubrir los sofismas de la impiedad y los embustes del mal; y para así cumplir sin desmayo los deberes que nos incumben como individuos religiosos y como Estado católico. Así sea".

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