Soporte
S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II durante la misa de Navidad proclamada el 24 de diciembre de 1996
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

La navidad, fuente de alegría

Homilía de S.S. Juan Pablo II durante la Misa de Navidad

24 de diciembre de 1996

1. «En la noche profunda resuena una voz» (Canto navideño polaco). Dice el profeta Isaías en la primera lectura: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9, 1). Brilló la luz «porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9, 5).

El canto navideño citado identifica aquella voz en la noche: «¡Ánimo, pastores, Dios nace por vosotros, corred a Belén para ver al Señor!». Es la misma voz que resuena en el pasaje evangélico de san Lucas que acabamos de proclamar: «En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: "No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre"» (Lc 2, 8-12).

El canto navideño prosigue: «Fueron (los pastores) y en el pesebre encontraron al Niño con todas las señales que lo habían anunciado. Lo adoraron como a Dios...».

2. Lo que san Lucas escribió en el evangelio sobre el nacimiento del Señor ha sido recogido en innumerables cantos y obras literarias, que constituyen la rica tradición inspirada en la Navidad. Continuamos esta tradición acudiendo a la santa Misa de medianoche, llamada también «Misa de los pastores», que a estas horas, al igual que yo, Obispo de Roma, están celebrando tantos obispos y sacerdotes en todo el mundo.

En todos los lugares los cantos litúrgicos y extralitúrgicos anuncian la alegría del nacimiento del Señor. El ángel dice: ¡No temáis, alegraos! El nacimiento de un ser humano es siempre motivo de gran regocijo (cf. Jn 16, 21). ¡Cuánto más aún debe serlo el nacimiento de Dios-hombre! Dice Isaías: «Se gozan en tu presencia, como gozan al segar» (Is 9, 2) ¡Singular cosecha! La humanidad alcanza su madurez en este momento en que el Creador nace «de mujer». El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), crece y camina hacia este Dios-hombre, en quien recibe como don su propia perfección y en el cual, al mismo tiempo, todo lo creado alcanza su plenitud.

El Salmo responsorial de esta liturgia anuncia: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria» (Sal 96, 1-2). Y un canto navideño repite: «Que toda la creación cante a su Señor». Esta invitación a la alabanza resuena con particular elocuencia. Así pues, toda la creación, de la que el apóstol Pablo escribe que «está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19), es testigo de la revelación del Hijo de Dios en carne humana. Al mismo tiempo, es inicio y fundamento de la revelación de cuantos han sido hechos hijos e hijas de Dios en virtud de la adopción divina, a la que todos son llamados.

¡Cuántos motivos de profunda alegría nos ofrece la Navidad del Señor!

3. De estos motivos habla también san Pablo en la segunda lectura: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11). El Hijo de Dios no viene al mundo con las manos vacías. Es verdad que en la cueva de Belén recibe los regalos de los pastores, pero antes de nada él mismo trae consigo grandes dones. Es una dádiva indescriptible: «Inefables dones nos ofrece hoy del cielo el Padre amoroso, cuando el Verbo eterno se hace carne, en virtud de su admirable poder» (Canto navideño).

Precisamente aquel don inestimable que el Apóstol llama «gracia» —don de la participación en la vida divina, don universal, como apertura del camino de la salvación eterna— es la fuente más profunda de la alegría de la Navidad.

Con este gozo en el corazón, celebramos la solemne y sugestiva liturgia de la noche. Queremos unirnos a los coros de los ángeles que sobre la cueva de Belén glorifican al Señor: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14). Oramos hoy por todos los hombres, cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. En efecto, queremos ser fieles al don que Dios nos ha traído en la noche de Belén: la gracia de nuestro Señor Jesucristo, manifestada a todos los hombres.

Desde esta basílica de San Pedro dirijo a todos un cordial saludo, deseando que esta fuente de alegría, que ha surgido en la historia del hombre con el nacimiento del Hijo de Dios, sea abundante para todos, de modo que cada uno beba de ella y sacie su sed. Está abierto el manantial de la salvación que Dios desea ofrecer a todos los hombres. Precisamente por esto él se ha hecho nuestro prójimo, llegando a ser en su Hijo semejante a los hombres: verdadero Dios y verdadero hombre.

«¡Nace Dios, el poder del hombre queda anonadado, el Señor de los cielos se despoja! El fuego se amortigua, el fulgor se vela, el Infinito se pone límites» (F. Karpinski, Canto navideño). Al mismo tiempo, en esta noche se dilatan los confines de la existencia humana. El Hijo de Dios, asumiendo las limitaciones del hombre, abre ante nosotros la perspectiva de la infinitud de Dios.

«Natus est hodie Salvator mundi».

Hoy ha nacido el Salvador del mundo.

¡Venid, adorémosle!

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico