HomilÃa del Papa Juan Pablo II en la basÃ1ica de San Pedro durante la Misa de Nochebuena
1. He aquà que ha llegado de nuevo la hora de este maravilloso acontecimiento: «Se cumplieron para MarÃa los dÃas de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2,6-7). Podemos preguntarnos: Es éste un acontecimiento común o más bien insólito? ¡Cuantos niños nacen en toda la tierra, en el curso de veinticuatro horas, mientras en unas partes del mundo es de dÃa y en otras de noche! Ciertamente, cada uno de estos momentos es algo insólito, algo único para un padre y más para una madre, solare todo si se trata del primer niño, del hijo primogénito.
Ese momento es siempre algo grande. No obstante —dado que se realiza continuamente en algún lugar del mundo, en todas las horas del dÃa y de la noche—, el nacimiento del hombre, en su aspecto estadÃstico, es, al mismo tiempo, algo común y normal.
El mismo nacimiento de Jesús parece entrar también en esta dimensión estadÃstica, tanto más cuanto que va acompañado, en la narración de San Lucas, de la mención de un censo hecho en los territorios gobernados por el emperador romano Cesar Augusto; el Evangelista precisa que, en el pueblo donde vivÃan MarÃa y José, la orden de hacer el censo vino del gobernador de Siria, Cirino.
A este acontecimiento nos referimos todos los años, al igual que hoy, reuniéndonos en esta basÃlica a medianoche. Pues bien, si en este acontecimiento hay algo insólito, consiste, quizá, en que no se cumple dentro de las normales condiciones humanas, bajo el techo de una casa, sino en un establo, que ordinariamente da cobijo sólo a los animales. La primera cuna del Divino Infante fue, en efecto, un pesebre.
Esta noche nos hemos reunido en esta espléndida basÃlica del Renacimiento para hacer compañÃa al Niño de una Mujer pobre, nacido en un establo y acostado en un pesebre!
2. Ciertamente, ninguno de los habitantes ni ninguno de los forasteros presentes entonces en Belén podÃa pensar que en aquellos momentos y en aquel establo se estaban cumpliendo las palabras del gran Profeta, tantas veces leÃdas y continuamente meditadas por los hijos de Israel.
IsaÃas, efectivamente, habÃa escrito palabras que constituÃan el contenido de una gran expectación y de una esperanza inquebrantable:
««Multiplicaste la alegrÃa, has hecho grande el jubilo, y se gozan ante ti, como se gozan los que recogen la mies... Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo que tiene sobre los hombros la soberanÃa..., para dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás>> (Is 9,3.6-7).
Ninguno de los presentes en Belén podÃa pensar que precisamente en aquella noche se estaban cumpliendo las palabras del gran Profeta, ni que ello se realizaba en un establo, donde generalmente habitan los animales, «por no haber sitio para ellos en el mesón» (Lc 2,7).
3. No obstante, hay algún elemento, algún detalle en las palabras de IsaÃas, que parecen cumplirse ya esta noche al pie de la letra; IsaÃas habÃa escrito: «El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz» (Is 9,2).
Ahora bien, Belén y toda Palestina en aquel momento es tierra de sombras y sus habitantes yacen en el sueño. Pero fuera de la ciudad—como leÃamos en el Evangelio de Lucas—«habÃa en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre su rebaño» (Lc 2,8). Los pastores son hijos de aquel «pueblo que camina en las tinieblas» y al mismo tiempo son sus representantes; elegidos en aquel momento, elegidos «para ver la gran luz». En efecto, asà escribe San Lucas a propósito de los pastores de Belén: «Se les presentó un Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor» (Lc 2,9). Y de lo hondo de aquella luz que les viene de Dios y de lo profundo de aquel temor que es la respuesta de los corazones sencillos a la Luz divina, llega una voz: «No temáis; os traigo una buena nueva, una gran alegrÃa... Hoy os ha nacido un Salvador, que es el MesÃas Señor» (Lc2, lO-11).
Estas palabras debieron de producir una alearÃa inmensa en los corazones de aquellos hombres sencillos, educados y alimentados, como todo el pueblo de Israel, por una gran Promesa en la tradición de la espera del MesÃas. Con razón dice el Mensajero que esta alegrÃa «es para todo el pueblo» (Lc 2,1O); es decir, precisamente para el pueblo de Dios, que andaba en tinieblas, pero no se cansaba de la Promesa.
4. Con razón era necesario en aquella noche un Mensajero que trajese la «gran luz» de la profecÃa de IsaÃas al establo y al pesebre de Belén. Era necesaria esta luz, era necesaria «la manifestación de la gloria» (Tit 2,13)—como escribe San Pablo—, para que se pudriese leer bien la señal.«Encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre» (Lc 2,12). Los pastores de Belén, hombres sencillos, que no salÃan leer, han leÃdo bien, de veras, la señal. Fueron los primeros entre quienes lo han leÃdo después y lo leen ahora. Fueron los primeros testigos del Misterio Nosotros, que en esta noche llenamos la basÃlica de San Pedro, y cuantos en todas partes estén presentes en la Misa de medianoche, nos hacemos partÃcipes de su "testimonio No en vano esta Misa de medianoche es llamada en algunas regiones «Misa de los pastores»
5. Recordemos que es la noche del Misterio, aunque podrÃa valorarse de diversa manera el acontecimiento en el que apareció la «manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador» (Tit 2,13) con el nacimiento del Niño, cuando Este vino al mundo por la Virgen y cuando en la noche de su nacimiento no pudo disponer de un techo doméstico sobre su cabeza, sino únicamente de un establo y de un pesebre.
Ahora bien, ya que estamos reunidos aquÃ, haciéndonos partÃcipes del primer testimonio dado por los pastores de Belén acerca de este Misterio, tratemos de reflexionar a fondo sobre el.
«Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que el ama» (Lc 2,14). Estas palabras provienen de la misma luz que resplandeció en aquella noche en el corazón de hombres de truena voluntad.
Dios se complace en los hombres!
Esta noche constituye un testimonio singular de la complacencia divina para con el hombre. Acaso no lo creó a su imagen y semejanza? Las imágenes y las semejanzas se crean para ver en ellas el reflejo de uno mismo. Por esto se miran con complacencia.
Acaso no se ha complacido Dios en el hombre, cuando después de haberlo creado «vio que era bueno?» (Gén 1,31).
He aquà que en Belén nos encontramos en el culmen de esta complacencia. Es, quizá, posible expresar de modo diverso lo que sucedió entonces?
Es posible comprender diversamente el Misterio, por el cual el Verbo se hace carne, el Hijo de Dios asume la naturaleza humana y nace como niño del seno de la Virgen? Es posible leer de otra manera esta señal?
6. Por esto precisamente, a medianoche de Navidad, muchos pueblos entonan un gran canto. Este se difunde cada año desde el mismo establo de Belén. Resuena en los labios de los hombres de tantas tierras y razas. Resuena el gran canto del gozo y asume tantas formas. Cantan en Italia, cantan en Polonia, cantan en todas las lenguas y dialectos, en todos los paÃses y continentes. ¡Dios ha manifestado su complacencia en el hombre!
Dios se complace en el hombre!
Los hombres entonces se despiertan; se despierta el hombre, «pastor de su destino» (HEIDEGGER).
¡Cuántas veces el hombre es aplastado por este destino, cuántas veces es prisionero suyo, cuantas veces muere de hambre, está próximo a la desaparición, es amenazado en la conciencia del significado de la propia humanidad! ¡Cuántas veces—no obstante todas las apariencias que se crea—el hombre está lejos de complacerse de sà mismo!
Pero hoy él se despierta y oye el anuncio: ¡Dios nace en la historia humana!
Dios se complace en el hombre.
Dios se ha hecho hombre.
Dios se complace en ti. Amén.
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