71. La dimensi贸n soteriol贸gica de la liberaci贸n no puede reducirse a la dimensi贸n socio-茅tica, que es una consecuencia de ella. Al restituir al hombre la verdadera libertad, la liberaci贸n radical obrada por Cristo le asigna una tarea: la praxis cristiana, que es el cumplimiento del gran mandamiento del amor.
71.1. 脡ste es el principio supremo de la moral social cristiana, fundada sobre el Evangelio y toda la tradici贸n desde los tiempos apost贸licos y la 茅poca de los Padres de la Iglesia, hasta las recientes intervenciones del Magisterio.
71.2. Los grandes retos de nuestra 茅poca constituyen una llamada urgente a practicar esta doctrina de la acci贸n.
72. La ense帽anza social de la Iglesia naci贸 del encuentro del mensaje evang茅lico y de sus exigencias 鈥攃omprendidas en el mandamiento supremo del amor a Dios y al pr贸jimo y en la justicia 106 鈥 con los problemas que surgen en la vida de la sociedad. Se ha constituido en una doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias humanas; se proyecta sobre los aspectos 茅ticos de la vida y toma en cuenta los aspectos t茅cnicos de los problemas, pero siempre para juzgarlos desde el punto de vista moral.
72.1. Esta ense帽anza, orientada esencialmente a la acci贸n, se desarrolla en funci贸n de las circunstancias cambiantes de la historia. Por ello, aunque bas谩ndose en principios siempre v谩lidos, comporta tambi茅n juicios contingentes. Lejos de constituir un sistema cerrado, queda abierto permanentemente a las cuestiones nuevas que no cesan de presentarse; requiere, adem谩s, la contribuci贸n de todos los carismas, experiencias y competencias.
72.2. La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social un conjunto de principios de reflexi贸n, de criterios de juicio 107 y de directrices de acci贸n 108 para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres.
73. El mandamiento supremo del amor conduce al pleno reconocimiento de la dignidad de todo hombre, creado a imagen de Dios. De esta dignidad derivan unos derechos, y unos deberes naturales. A la luz de la imagen de Dios, la libertad, prerrogativa esencial de la persona humana, se manifiesta en toda su profundidad. Las personas son los sujetos activos y responsables de la vida social 109 .
73.1. A dicho fundamento, que es la dignidad del hombre, est谩n 铆ntimamente ligados el principio de solidaridad y el principio de subsidiariedad.
73.2. En virtud del primero, el hombre debe contribuir con su semejantes al bien com煤n de la sociedad, a todos los niveles 110 . Con ello, la doctrina social de la Iglesia se opone a todas las formas de individualismo social o pol铆tico.
73.3. En virtud del segundo, ni el Estado ni sociedad alguna deber谩n jam谩s substituir la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de los grupos sociales intermedios en los niveles en los que 茅stos pueden actuar, ni destruir el espacio necesario para su libertad 111 . De este modo, la doctrina social de la Iglesia se opone a todas las formas de colectivismo.
74. Estos principios fundamentan los criterios para emitir un juicio sobre las situaciones, las estructuras y los sistemas sociales.
74.1. As铆, la Iglesia no duda en denunciar las condiciones de vida que atentan a la dignidad y a la libertad del hombre.
74.2. Estos criterios permiten tambi茅n juzgar el valor de las estructuras, las cuales son el conjunto de instituciones y de realizaciones pr谩cticas que los hombres encuentran ya existentes o que crean, en el plano nacional o internacional, y que orientan u organizan la vida econ贸mica, social y pol铆tica.
74.3. Aunque son necesarias, tienden con frecuencia a estabilizarse y cristalizar como mecanismos relativamente independientes de la voluntad humana, paralizando con ello o alterando el desarrollo social y generando la injusticia. Sin embargo, dependen siempre de la responsabilidad del hombre, que puede modificarlas, y no de un pretendido determinismo de la historia.
74.4. Las instituciones y las leyes, cuando son conformes a la ley natural y est谩n ordenadas al bien com煤n, resultan garantes de la libertad de las personas y de su promoci贸n. No han de condenarse todos los aspectos coercitivos de la ley, ni la estabilidad de una Estado de derecho digno de este nombre. Se puede hablar entonces de estructura marcada por el pecado, pero no se pueden condenar las estructuras en cuanto tales.
74.5. Los criterios de juicio conciernen tambi茅n a los sistemas econ贸micos, sociales y pol铆ticos. La doctrina social de la Iglesia no propone ning煤n sistema particular, pero, a la luz de sus principios fundamentales, hace posible, ante todo, ver en qu茅 medida los sistemas existentes resultan conformes o no a las exigencias de la dignidad humana.
75. Ciertamente, la Iglesia es consciente de la complejidad de los problemas que han de afrontar las sociedades y tambi茅n de las dificultades para encontrarles soluciones adecuadas. Sin embargo, piensa que, ante todo, hay que apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de conversi贸n interior, si se quiere obtener cambios econ贸micos y sociales que est茅n verdaderamente al servicio del hombre.
75.1. La primac铆a dada a las estructuras y la organizaci贸n t茅cnica sobre la persona y sobre la exigencia de su dignidad, es la expresi贸n de una antropolog铆a materialista que resulta contraria a la edificaci贸n de un orden social justo 112 .
75.2. No obstante, la prioridad reconocida a la libertad y a la conversi贸n del coraz贸n en modo alguno elimina la necesidad de un cambio de las estructuras injustas. Es, por tanto, plenamente leg铆timo que quienes sufren la opresi贸n por parte de los detentores de la riqueza o del poder pol铆tico act煤en, con medios moralmente l铆citos, para conseguir estructuras e instituciones en las que sean verdaderamente respetados sus derechos.
75.3. De todos modos, es verdad que las estructuras instauradas para el bien de las personas son por s铆 mismas incapaces de lograrlo y de garantizarlo. Prueba de ello es la corrupci贸n que, en ciertos pa铆ses, alcanza a los dirigentes y a la burocracia del Estado, y que destruye toda vida social honesta.
75.4. Es necesario, por consiguiente, actuar tanto para la conversi贸n de los corazones como para el mejoramiento de las estructuras, pues el pecado que se encuentra en la ra铆z de las situaciones injustas es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de la persona. S贸lo en sentido derivado y secundario se aplica a las estructuras y se puede hablar de 鈥減ecado social鈥 113 .
75.5. Por los dem谩s, en el proceso de liberaci贸n, no se puede hacer abstracci贸n de la situaci贸n hist贸rica de la naci贸n, ni atentar contra la identidad cultural del pueblo. En consecuencia, no se puede aceptar pasivamente, y menos a煤n apoyar activamente, a grupos que, por la fuerza o la manipulaci贸n de la opini贸n, se adue帽an del aparato del Estado e imponen abusivamente a la colectividad una ideolog铆a importada, opuesta a los verdaderos valores culturales del pueblo 114 . A este respecto, conviene recordar la grave responsabilidad moral y pol铆tica de los intelectuales.
76. Los principios fundamentales y los criterios de juicio inspiran directrices para la acci贸n. Puesto que bien com煤n de la sociedad humana est谩 al servicio de las personas, los medios de acci贸n deben estar en conformidad con la dignidad del hombre y favorecer la educaci贸n de la libertad. Existe un criterio seguro de juicio y de acci贸n: no hay aut茅ntica liberaci贸n cuando los derechos de la libertad no son respetados desde el principio.
76.1. En el recurso sistem谩tico a la violencia presentado como v铆a necesaria para la liberaci贸n, hay que denunciar una ilusi贸n destructora que abre el camino a nuevas servidumbres. Habr谩 que condenar con el mismo vigor la violencia ejercida por los hacendados contra los pobres, las arbitrariedades policiales as铆 como toda forma de violencia constituida en sistema de gobierno.
76.2. En este terreno, hay que saber aprender de las tr谩gicas experiencias que ha contemplado y contempla a煤n la historia de nuestro siglo. No se puede admitir la pasividad culpable de los poderes p煤blicos en unas democracias donde la situaci贸n social de muchos hombres y mujeres est谩 lejos de corresponder a lo que exigen los derechos individuales y sociales constitucionalmente garantizados.
77. Cuando la Iglesia alienta la creaci贸n y la actividad de asociaciones 鈥攃omo sindicatos鈥 que luchan por la defensa de los derechos e intereses leg铆timos de los trabajadores y por la justicia social, no admite en absoluto la teor铆a que ve en la lucha de clases el dinamismo estructural de la vida social.
77.1. La acci贸n que preconiza no es la lucha de una clase contra otra para obtener la eliminaci贸n del adversario: dicha acci贸n no proviene de su sumisi贸n aberrante a una pretendida ley de la historia. Se trata de una lucha noble y razonada en favor de la justicia y de la solidaridad social 115 . El cristiano preferir谩 siempre la v铆a del di谩logo y del acuerdo.
77.2. Cristo nos ha dado el mandamiento del amor a los enemigos 116 . La liberaci贸n seg煤n el esp铆ritu del Evangelio es, por tanto, incompatible con el odio al otro, tomado individual o colectivamente, incluido el enemigo.
78. Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresi贸n de unos privilegios injustificables. Pero quienes desacreditan la v铆a de las reformas en provecho del mito de la revoluci贸n, no solamente alimentan la ilusi贸n de que la abolici贸n de una situaci贸n inicua es suficiente por s铆 misma para crear una sociedad m谩s humana, sino que incluso favorecen la llegada al poder de reg铆menes totalitarios 117 . La lucha contra las injusticias solamente tiene sentido si est谩 encaminada a la instauraci贸n de un nuevo orden social y pol铆tico conforme a las exigencias de la justicia. 脡sta debe ya marcar las etapas de su instauraci贸n. Existe una moralidad de los medios 118 .
79. Estos principios deben ser especialmente aplicados en el caso extremo de recurrir a la lucha armada, indicada por el Magisterio como el 煤ltimo recurso para poner fin a una 鈥渢iran铆a evidente y prolongada que atentara gravemente a los derechos fundamentales de la persona y perjudicara peligrosamente al bien com煤n de un pa铆s鈥 119 . Sin embargo, la aplicaci贸n concreta de este medio s贸lo puede ser tenido en cuenta despu茅s de un an谩lisis muy riguroso de la situaci贸n. En efecto, a causa del desarrollo continuo de las t茅cnicas empleadas y de la creciente gravedad de los peligros implicados en el recurso a la violencia, lo que se llama hoy 鈥渞esistencia pasiva鈥 abre un camino m谩s conforme con los principios morales y no menos prometedor de 茅xito.
79.1. Jam谩s podr谩 admitirse, ni por parte del poder constituido, ni por parte de los grupos insurgentes, el recurso a medios criminales como las represalias efectuadas sobre poblaciones, la tortura, los m茅todos del terrorismo y de la provocaci贸n calculada, que ocasionan la muerte de personas durante manifestaciones populares. Son igualmente inadmisibles las odiosas campa帽as de calumnias capaces de destruir a la persona ps铆quica y moralmente.
80. No toca a los Pastores de la Iglesia intervenir directamente en la construcci贸n pol铆tica y en la organizaci贸n de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocaci贸n de los laicos que act煤an por propia iniciativa con sus conciudadanos 120 . Deben llevarla a cabo, conscientes de que la finalidad de la Iglesia es extender el reino de Cristo para que todos los hombres se salven y por su medio el mundo est茅 efectivamente orientado a Cristo 121 .
80.2. La obra de salvaci贸n aparece, de esta manera, indisolublemente ligada a la labor de mejorar y elevar las condiciones de la vida humana en este mundo.
80.3. La distinci贸n entre el orden sobrenatural de salvaci贸n y el orden temporal de la vida humana, debe ser visto en la perspectiva del 煤nico designio de Dios de recapitular todas las cosas en Cristo. Por ello, tanto en uno como en otro campo, el laico 鈥攆iel y ciudadano a la vez鈥 debe dejarse guiar constantemente por su conciencia cristiana 122 .
80.4. La acci贸n social, que puede implicar una pluralidad de v铆as concretas, estar谩 siempre orientada al bien com煤n y ser谩 conforme al mensaje evang茅lico y a las ense帽anzas de la Iglesia. Se evitar谩 que la diferencia de opciones da帽e el sentido de colaboraci贸n, conduzca a la paralizaci贸n de los esfuerzos o produzca confusi贸n en el pueblo cristiano.
80.5. La orientaci贸n recibida de la doctrinal social de la Iglesia debe estimular la adquisici贸n de competencias t茅cnicas y cient铆ficas indispensables. Estimular谩 tambi茅n la b煤squeda de la formaci贸n moral del car谩cter y la profundizaci贸n de la vida espiritual. Esta doctrina, al ofrecer principios y sabios consejos, no dispensa de la educaci贸n en la prudencia pol铆tica, requerida para el gobierno y la gesti贸n de las realidades humanas.
81. Un reto sin precedentes es lanzado hoy a los cristianos que trabajan en la realizaci贸n de esta civilizaci贸n del amor, que condensa toda la herencia 茅tico-cultural del Evangelio. Esta tarea requiere una nueva reflexi贸n sobre lo que constituye la relaci贸n del mandamiento supremo del amor y el orden social considerado en toda su complejidad.
81.1. El fin directo de esta reflexi贸n en profundidad es la elaboraci贸n y la puesta en marcha de programas de acci贸n audaces con miras a la liberaci贸n socio-econ贸mica de millones de hombres y mujeres cuya situaci贸n de opresi贸n econ贸mica, social y pol铆tica es intolerable.
81.2. Esta acci贸n debe comenzar por un gran esfuerzo de educaci贸n: educaci贸n para la civilizaci贸n del trabajo, educaci贸n para la solidaridad, acceso de todos a la cultura.
82. La existencia de Jes煤s de Nazaret 鈥攙erdadero 鈥淓vangelio del trabajo鈥濃 nos ofrece el ejemplo vivo y el principio de la radical transformaci贸n cultural indispensable para resolver los graves problemas que nuestra 茅poca debe afrontar. 脡l, que siendo Dios se hizo en todo semejante a nosotros, se dedic贸 durante la mayor parte de su vida terrestre a un trabajo manual 123 . La cultura que nuestra 茅poca espera estar谩 caracterizada por el pleno reconocimiento de la dignidad del trabajo humano, el cual se presenta en toda su nobleza y fecundidad a la luz de los misterios de la creaci贸n y de la redenci贸n 124 . El trabajo, reconocido como expresi贸n de la persona, se vuelve fuente de sentido y esfuerzo creador.
83. De este modo, la soluci贸n para la mayor parte de los grav铆simos problemas de la miseria se encuentra en la promoci贸n de una verdadera civilizaci贸n del trabajo. En cierta manera, el trabajo es la clave de toda la cuesti贸n social 125 .
83.1. As铆, pues, en el terreno del trabajo es donde ha de emprenderse de manera prioritaria una acci贸n liberadora en la libertad. Dado que la relaci贸n entre la persona humana y el trabajo es radical y vital, las formas y modalidades, seg煤n las cuales esta relaci贸n sea regulada, ejercer谩n una influencia positiva para la soluci贸n de un conjunto de problemas sociales y pol铆ticos que se plantean a cada pueblo. Unas relaciones de trabajo justas prefigurar谩n un sistema de comunidad pol铆tica apto a favorecer el desarrollo integral de toda la persona humana.
83.2. Si el sistema de relaciones de trabajo, llevado a la pr谩ctica por los protagonistas directos 鈥攖rabajadores y empleados, con el apoyo indispensable de los poderes p煤blicos鈥 logra instaurar una civilizaci贸n del trabajo, se producir谩 entonces en la manera de ver de los pueblos e incluso en las bases institucionales y pol铆ticas, una revoluci贸n pac铆fica en profundidad.
84. Esta cultura del trabajo deber谩 suponer y poner en pr谩ctica un cierto n煤mero de valores esenciales. Ha de reconocer que la persona del trabajador es principio, sujeto y fin de la actividad laboral. Afirmar谩 la prioridad del trabajo sobre el capital y el destino universal de los bienes materiales.
84.1. Estar谩 animada por el sentido de una solidaridad que no comporta solamente reivindicaci贸n de derechos, sino tambi茅n cumplimiento de deberes. Implicar谩 la participaci贸n orientada a promover el bien com煤n nacional e internacional, y no solamente a defender intereses individuales o corporativos. Asimilar谩 el m茅todo de la confrontaci贸n y del di谩logo eficaz.
84.2. Por su parte, las autoridades pol铆ticas deber谩n ser a煤n m谩s capaces de obrar en el respeto de las leg铆timas libertades de los individuos, de las familias y de los grupos subsidiarios, creando de este modo las condiciones requeridas para que el hombre pueda conseguir su bien aut茅ntico e integral, incluido su fin espiritual 126 .
85. Una cultura que reconozca la dignidad eminente del trabajador pondr谩 en evidencia la dimensi贸n subjetiva del trabajo 127 . El valor de todo trabajo humano no est谩 primordialmente en funci贸n de la clase de trabajo realizado; tiene su fundamento en el hecho de que quien lo ejecuta es una persona 128 . Existe un criterio 茅tico cuyas exigencias no se deben rehuir.
85.1. Por consiguiente, todo hombre tiene derecho a un trabajo, que debe ser reconocido en la pr谩ctica por un esfuerzo efectivo que mire a resolver el dram谩tico problema del desempleo. El hecho de que 茅ste mantenga en una situaci贸n de marginaci贸n a amplios sectores de la poblaci贸n, y principalmente de la juventud, es algo intolerable.
85.2. Por ello, la creaci贸n de puestos de trabajo es una tarea social primordial que han de afrontar los individuos y la iniciativa privada, e igualmente el Estado. Por lo general 鈥攅n este terreno como en otros鈥 el Estado tiene una funci贸n subsidiaria; pero con frecuencia puede ser llamado a intervenir directamente, como en el caso de acuerdos internacionales entre los diversos Estados. Tales acuerdos deben respetar el derecho de los inmigrantes y de sus familias 129 .
86. El salario, que no puede ser concebido como una simple mercanc铆a, debe permitir al trabajador y a su familia tener acceso a un nivel de vida verdaderamente humano en el orden material, social, cultural y espiritual. La dignidad de la persona es lo que constituye el criterio para juzgar el trabajo, y no a la inversa. Sea cual fuere el tipo de trabajo, el trabajador debe poder vivirlo como expresi贸n de su personalidad. De aqu铆 se desprende la exigencia de una participaci贸n que, por encima de la repartici贸n de los frutos del trabajo, deber谩 comportar una verdadera dimensi贸n comunitaria a nivel de proyectos, de iniciativas y de responsabilidades 130 .
87. La prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia para los empresarios anteponer el bien de los trabajadores al aumento de las ganancias. Tienen la obligaci贸n moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo al bien com煤n. Esto exige que se busque prioritariamente la consolidaci贸n o la creaci贸n de nuevos puestos de trabajo para la producci贸n de bienes realmente 煤tiles.
87.1. El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien com煤n. Est谩 subordinado al principio superior del destino universal de los bienes 131 .
88. Esta doctrina debe inspirar reformas antes de que sea demasiado tarde. El acceso de todos a los bienes necesarios para una vida humana 鈥攑ersonal y familiar鈥 digna de este nombre, es una primera exigencia de la justicia social. 脡sta requiere su aplicaci贸n en el terreno del trabajo industrial y de una manera m谩s particular en el del trabajo agr铆cola 132 . Efectivamente, los campesinos, sobre todo en el tercer mundo, forman la masa preponderante de los pobres 133 .
89. La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural. Los graves problemas socio-econ贸micos que hoy se plantean, no pueden ser resueltos si no se crean nuevos frentes de solidaridad: solidaridad de los pobres entre ellos, solidaridad con los pobres, a la que los ricos son llamados, y solidaridad de los trabajadores entre s铆.
89.1. Las instituciones y las organizaciones sociales, a diversos niveles, as铆 como el Estado, deben participar en un movimiento general de solidaridad. Cuando la Iglesia hace esa llamada, es consciente de que esto le concierne de una manera muy particular.
90. El principio del destino universal de los bienes, unido al de la fraternidad humana y sobrenatural, indica sus deberes a los pa铆ses m谩s ricos con respecto a los pa铆ses m谩s pobres.
90.1. Estos deberes son de solidaridad en la ayuda a los pa铆ses en v铆as de desarrollo; de justicia social, mediante una revisi贸n en t茅rminos correctos de las relaciones comerciales entre Norte y Sur y la promoci贸n de un mundo m谩s humano para todos, donde cada uno pueda dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea obst谩culo para el desarrollo de los otros, ni un pretexto para su servidumbre 134 .
91. La solidaridad internacional es una exigencia de orden moral que no se impone 煤nicamente en el caso de urgencia extrema, sino tambi茅n para ayudar al verdadero desarrollo. Se da en ello una acci贸n com煤n que requiere un esfuerzo concertado y constante para encontrar soluciones t茅cnicas concretas, pero tambi茅n para crear una nueva mentalidad entre los hombres de hoy. De ello depende en gran parte la paz del mundo 135 .
92. Las desigualdades contrarias a la justicia en la posesi贸n y el uso de los bienes materiales est谩n acompa帽adas y agravadas por desigualdades tambi茅n injustas en el acceso a la cultura. Cada hombre tiene un derecho a la cultura, que es caracter铆stica espec铆fica de una existencia verdaderamente humana a la que tiene acceso por el desarrollo de sus facultades de conocimiento, de sus virtudes morales, de su capacidad de relaci贸n con sus semejantes, de su aptitud para crear obras 煤tiles y bellas. De aqu铆 se deriva la exigencia de la promoci贸n y difusi贸n de la educaci贸n, a la que cada uno tiene un derecho inalienable. Su primera condici贸n es la eliminaci贸n del analfabetismo 136 .
93. El derecho de cada hombre a la cultura no est谩 asegurado si no se respeta la libertad cultural. Con demasiada frecuencia la cultura degenera en ideolog铆a y la educaci贸n se transforma en instrumento al servicio del poder pol铆tico y econ贸mico. No compete a la autoridad p煤blica determinar el tipo de cultura. Su funci贸n es promover y proteger la vida cultural de todos, incluso la de las minor铆as 137 .
94. La tarea educativa pertenece fundamental y prioritariamente a la familia. La funci贸n del Estado es subsidiaria; su papel es el de garantizar, proteger, promover y suplir. Cuando el Estado reivindica el monopolio escolar, va m谩s all谩 de sus derechos y conculca la justicia. Compete a los padres el derecho de elegir la escuela a la cual enviar a sus propios hijos y crear y sostener centros educativos de acuerdo con sus propias convicciones. El Estado no puede, sin cometer injusticia, limitarse a tolerar las escuelas llamadas privadas. 脡stas prestan un servicio p煤blico y tienen, por consiguiente, el derecho a ser ayudadas econ贸micamente 138 .
95. La educaci贸n que da acceso a la cultura es tambi茅n educaci贸n en el ejercicio responsable de la libertad. Por esta raz贸n, no existe aut茅ntico desarrollo si no es en un sistema social y pol铆tico que respete las libertades y las favorezca con la participaci贸n de todos. Tal participaci贸n puede revestir formas diversas; es necesaria para garantizar un justo pluralismo en las instituciones y en las iniciativas sociales. Asegura 鈥攕obre todo con la separaci贸n real entre los poderes del Estado鈥 el ejercicio de los derechos del hombre, protegi茅ndoles igualmente contra los posibles abusos por parte de los poderes p煤blicos. De esta participaci贸n en la vida social y pol铆tica nadie puede ser excluido por motivos de sexo, raza, color, condici贸n social, lengua o religi贸n 139 . Una de las injusticias mayores de nuestro tiempo en muchas naciones es la de mantener al pueblo al margen de la vida cultural, social y pol铆tica.
95.1. Cuando las autoridades pol铆ticas regulan el ejercicio de las libertades, no han de poner como pretexto exigencias de orden p煤blico y de seguridad para limitar sistem谩ticamente estas libertades. Ni el pretendido principio de la 鈥渟eguridad nacional鈥, ni una visi贸n econ贸mica restrictiva, ni una concepci贸n totalitaria de la vida social, deber谩n prevalecer sobre el valor de la libertad y de sus derechos 140 .
96. La fe es inspiradora de criterios de juicio, de valores determinantes, de l铆neas de pensamiento y de modelos de vida, v谩lidos para la comunidad humana en cuanto tal 141 . Por ello, la Iglesia, atenta a las angustias de nuestro tiempo, indica las v铆as de una cultura en la que el trabajo se pueda reconocer seg煤n su plena dimensi贸n humana y donde cada ser humano pueda encontrar las posibilidades de realizarse como persona. La Iglesia lo hace en virtud de su apertura misionera para la salvaci贸n integral del mundo, en el respeto de la identidad de cada pueblo y naci贸n.
96.1. La Iglesia 鈥攃omuni贸n que une diversidad y unidad鈥 por su presencia en el mundo entero, asume lo que encuentra de positivo en cada cultura. Sin embargo, la inculturaci贸n no es simple adaptaci贸n exterior, sino que es una transformaci贸n interior de los aut茅nticos valores culturales por su integraci贸n en el cristianismo y por el enraizamiento del cristianismo en las diversas culturas humanas 142 . La separaci贸n entre Evangelio y cultura es un drama, del que los problemas evocados son la triste prueba. Se impone, por tanto, un esfuerzo generoso de evangelizaci贸n de las culturas, las cuales se ver谩n regeneradas en su reencuentro con el Evangelio. Mas, dicho encuentro supone que el Evangelio sea verdaderamente proclamado 143 . La Iglesia, iluminada por el Concilio Vaticano II, quiere consagrarse a ello con todas sus energ铆as con el fin de generar un potente impulso liberador.
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