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Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia
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Cap铆tulo III: Liberaci贸n y libertad cristiana

Evangelio, libertad y liberaci贸n

43. La historia humana, marcada por la experiencia del pecado, nos conducir铆a a la desesperaci贸n, si Dios hubiera abandonado a su criatura. Pero las promesas divinas de liberaci贸n y su victorioso cumplimiento en la muerte y en la resurrecci贸n de Cristo, son el fundamento de la 鈥済ozosa esperanza鈥� de la que la comunidad cristiana saca su fuerza para actuar resuelta y eficazmente al servicio del amor, de la justicia y de la paz. El Evangelio es un mensaje de libertad y una fuerza de liberaci贸n 31 que lleva a cumplimiento la esperanza de Israel, fundada en la palabra de los Profetas. Se apoya en la acci贸n de Yav茅 que, antes de intervenir como 鈥済oel鈥� 32 , liberador, redentor, salvador de su pueblo, lo hab铆a elegido gratuitamente en Abrah谩n 33 .

I. La liberaci贸n en el Antiguo Testamento

El 脡xodo y las intervenciones liberadoras de Yav茅

44. En el Antiguo Testamento la acci贸n liberadora de Yav茅, que sirve de modelo y punto de referencia a todas las otras, es el 脡xodo de Egipto, 鈥渃asa de esclavitud鈥�. Si Dios saca a su pueblo de una dura esclavitud econ贸mica, pol铆tica y cultural, es con miras a hacer de 茅l, mediante la Alianza en el Sina铆, 鈥渦n reino de sacerdotes y una naci贸n santa鈥� (脡x 19,6). Dios quiere ser adorado por hombres libres. Todas las liberaciones ulteriores del pueblo de Israel tienden a conducirle a esta libertad en plenitud que no puede encontrar m谩s que en la comuni贸n con su Dios.

44.1. El acontecimiento mayor y fundamento del 脡xodo tiene, por tanto, un significado a la vez religioso y pol铆tico. Dios libera a su pueblo, le da una descendencia, una tierra, una ley, pero dentro de una Alianza y para una Alianza. Por tanto, no se debe aislar en s铆 mismo el aspecto pol铆tico; es necesario considerarlo a la luz del designio de naturaleza religiosa en el cual est谩 integrado 34 .

La Ley de Dios

45. En su designio de salvaci贸n, Dios dio su Ley a Israel. 脡sta conten铆a, junto con los preceptos morales universales del Dec谩logo, normas culturales y civiles que deb铆an regular la vida del pueblo escogido por Dios para ser su testigo entre las naciones.

45.1. En este conjunto de leyes, el amor a Dios sobre todas las cosas 35 y al pr贸jimo como a s铆 mismo 36 constituye ya el centro. Pero la justicia que debe regular las relaciones entre los hombres, y el derecho que es su expresi贸n jur铆dica, pertenecen tambi茅n a la trama m谩s caracter铆stica de la Ley b铆blica. Los C贸digos y la predicaci贸n de los Profetas, as铆 como los Salmos, se refieren constantemente tanto a una como a otra, y muy a menudo a las dos a la vez 37 . En este contexto es donde debe apreciarse el inter茅s de la Ley b铆blica por los pobres, los desheredados, la viuda y el hu茅rfano; a ellos se debe la justicia seg煤n la ordenaci贸n jur铆dica del Pueblo de Dios 38 . El ideal y el bosquejo ya existen entonces en una sociedad centrada en el culto al Se帽or y fundamentada sobre la justicia y el derecho animados por el amor.

La ense帽anza de los Profetas

46. Los Profetas no cesan de recordar a Israel las exigencias de la Ley de la Alianza. Denuncian que en el coraz贸n endurecido del hombre est谩 el origen de las transgresiones repetidas, y anuncian una Alianza Nueva en la que Dios cambiar谩 los corazones grabando en ellos la Ley de su esp铆ritu 39 .

46.1. Al anunciar y preparar esta nueva era, los Profetas denuncian con vigor las injusticias contra los pobres; se hacen portavoces de Dios en favor de ellos. Yav茅 es el recurso supremo de los peque帽os y de los oprimidos, y el Mes铆as tendr谩 la misi贸n de defenderlos 40 .

46.2. La situaci贸n del pobre es una situaci贸n de injusticia contraria a la Alianza. Por esto la Ley de la Alianza lo protege a trav茅s de unos preceptos que reflejan la actitud misma de Dios cuando liber贸 a Israel de la esclavitud de Egipto 41 . La injusticia contra los peque帽os y los pobres es un pecado grave, que rompe la comuni贸n con Yav茅.

Los 鈥減obres de Yav茅鈥�

47. Partiendo de todas las formas de pobreza, de injusticia sufrida, de aflicci贸n, los 鈥渏ustos鈥� y los 鈥減obres de Yav茅鈥� elevan hacia 脡l su s煤plica en los Salmos 42 . Sufren en su coraz贸n la esclavitud a la que el pueblo 鈥渞apado hasta la nuca鈥� ha sido reducido a causa de sus pecados. Soportan la persecuci贸n, el martirio, la muerte, pero viven en la esperanza de la liberaci贸n. Por encima de todo, ponen su confianza en Yav茅 a quien encomiendan su propia causa 43 .

47.1. Los 鈥減obres de Yav茅鈥� saben que la comuni贸n con 脡l 44 es el bien m谩s precioso en el que el hombre encuentra su verdadera libertad 45 . Para ellos, el mal m谩s tr谩gico es la p茅rdida de esta comuni贸n. Por consiguiente el combate contra la injusticia adquiere su sentido m谩s profundo y su eficacia en su deseo de ser liberados de la esclavitud del pecado.

En el umbral del Nuevo Testamento

48. En el umbral del Nuevo Testamento, los 鈥減obres de Yav茅鈥� constituyen las primicias de un 鈥減ueblo humilde y pobre鈥� que vive en la esperanza de la liberaci贸n de Israel 46 .

48.1. Mar铆a, al personificar esta esperanza, traspasa el umbral del Antiguo Testamento. Anuncia con gozo la llegada mesi谩nica y alaba al Se帽or que se prepara a liberar a su pueblo 47 . En su himno de alabanza a la Misericordia divina, la Virgen humilde, a la que mira espont谩neamente y con tanta confianza el pueblo de los pobres, canta el misterio de salvaci贸n y su fuerza de transformaci贸n. El sentido de la fe, tan vivo en los peque帽os, sabe reconocer a simple vista toda la riqueza a la vez soteriol贸gica y 茅tica del Magn铆ficat 48 .

II. Significado cristol贸gico del Antiguo Testamento

A la luz de Cristo

49. El 脡xodo, la Alianza, la Ley, la voz de los Profetas y la espiritualidad de los 鈥減obres de Yav茅鈥� alcanzan su pleno significado solamente en Cristo.

49.1. La Iglesia lee el Antiguo Testamento a la luz de Cristo muerto y resucitado por nosotros. Ella se ve prefigurada en el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, encarnada en el cuerpo concreto de una naci贸n particular, pol铆tica y culturalmente constituida, que estaba inserto en la trama de la historia como testigo de Yav茅 ante las naciones, hasta que llegara a su cumplimiento el tiempo de las preparaciones y de las figuras. Los hijos de Abrah谩n fueron llamados a entrar con todas las naciones en la Iglesia de Cristo, para formar con ellas un solo Pueblo de Dios, espiritual y universal 49 .

III. La liberaci贸n cristiana anunciada a los pobres

La Buena Nueva anunciada a los pobres

50. Jes煤s anuncia la Buena Nueva del reino de Dios y llama a los hombres a la conversi贸n 50 . 鈥淟os pobres son evangelizados鈥� (Mt 2,5): Jes煤s, citando las palabras de Profeta 51 , manifiesta su acci贸n mesi谩nica en favor de quienes esperan la salvaci贸n de Dios.

50.1. M谩s a煤n, el Hijo de Dios, que se ha hecho pobre por amor a nosotros 52 , quiere ser reconocido en los pobres, en los que sufren o son perseguidos 53 : 鈥淐uantas veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a m铆 me lo hicisteis鈥� (Mt 25,40) 54 .

El misterio pascual

51. Pero es, ante todo, por la fuerza de su Misterio Pascual que Cristo nos ha liberado 55 . Mediante su obediencia perfecta en la Cruz y mediante la gloria de su resurrecci贸n, el Cordero de Dios ha quitado el pecado del mundo y nos ha abierto la v铆a de la liberaci贸n definitiva.

51.1. Por nuestro servicio y nuestro amor, as铆 como por el ofrecimiento de nuestras pruebas y sufrimientos, participamos en el 煤nico sacrificio redentor de Cristo, completando en nosotros 鈥渓o que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia鈥� (Col 1,14), mientras esperamos la resurrecci贸n de los muertos.

Gracia, reconciliaci贸n y libertad

52. El centro de la experiencia cristiana de la libertad est谩 en la justificaci贸n por la gracia de la fe y de los sacramentos de la Iglesia. Esta gracia nos libera del pecado y nos introduce en la comuni贸n con Dios. Mediante la muerte y la resurrecci贸n de Cristo se nos ofrece el perd贸n. La experiencia de nuestra reconciliaci贸n con el Padre es fruto del Esp铆ritu Santo. Dios se nos revela como Padre de misericordia, al que podemos presentarnos con total confianza.

52.1. Reconciliados con 脡l 56 y recibiendo la paz de Cristo que el mundo no puede dar 57 , estamos llamados a ser en medio de los hombres art铆fices de paz 58 .

52.2. En Cristo podemos vencer el pecado, y la muerte ya no nos separa de Dios; 茅sta ser谩 destruida finalmente en el momento de nuestra resurrecci贸n, a semejanza de la de Jes煤s 59 . El mismo 鈥渃osmos鈥�, del que el hombre es centro y 谩pice, espera ser liberado 鈥渄e la servidumbre de la corrupci贸n para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios鈥� (Rom 8,21). Ya desde ese momento Satan谩s est谩 en dificultad: 茅l, que tiene el poder de la muerte, ha sido reducido a la impotencia mediante la muerte de Cristo 60 . Aparecen ya unas se帽ales que anticipan la gloria futura.

Lucha contra la esclavitud del pecado

53. La libertad tra铆da por Cristo en el Esp铆ritu Santo, nos ha restituido la capacidad 鈥攄e la que nos hab铆a privado el pecado鈥� de amar a Dios por encima de todo y permanecer en comuni贸n con 脡l.

53.1. Somos liberados del amor desordenado hacia nosotros mismos, que es la causa del desprecio al pr贸jimo y de las relaciones de dominio entre los hombres.

53.2. Sin embargo, hasta la venida gloriosa del Resucitado, el misterio de iniquidad est谩 siempre actuando en el mundo. San Pablo nos lo advierte: 鈥淧ara que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres鈥� (G谩l 5,1). Es necesario, por tanto, perseverar y luchar para no volver a caer bajo el yugo de la esclavitud. Nuestra existencia en un combate espiritual por la vida seg煤n el Evangelio y con las armas de Dios 61 . Pero nosotros hemos recibido la fuerza y la certeza de nuestra victoria sobre el mal, victoria del amor de Cristo a quien nada se puede resistir 62 .

El Esp铆ritu y la Ley

54. San Pablo proclama el don de la Ley nueva del Esp铆ritu en oposici贸n a la ley de la carne o de la concupiscencia que inclina al hombre al mal y lo hace incapaz de escoger el bien 63 . Esta falta de armon铆a y esta debilidad interior no anulan la libertad ni la responsabilidad del hombre, sino que comprometen la pr谩ctica del bien. Ante esto dice el Ap贸stol: 鈥淣o hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero鈥� (Rom 7,19). Habla pues, con raz贸n, de la 鈥渟ervidumbre del pecado鈥� y de la 鈥渆sclavitud de la ley鈥�, ya que para el hombre pecador la ley, que 茅l no puede interiorizar, le resulta opresora.

54.1. Sin embargo, San Pablo reconoce que la ley conserva su valor para el hombre y para el cristiano puesto que 鈥渆s santa, y el precepto santo, justo y bueno鈥� (Rom 7,12) 64 . Reafirma el Dec谩logo poni茅ndolo en relaci贸n con la caridad, que es su verdadera plenitud 65 . Adem谩s, sabe que es necesario un orden jur铆dico para el desarrollo de la vida social 66 . Pero la novedad que 茅l proclama es que Dios nos ha dado a su Hijo 鈥減ara que la justicia exigida por la Ley fuera cumplida en nosotros鈥� (Rom 8,4).

54.2. El mismo Se帽or Jes煤s ha anunciado en el Serm贸n de la monta帽a los preceptos de la Ley nueva; con su sacrificio ofrecido en la Cruz y su resurrecci贸n gloriosa, ha vencido el poder del pecado y nos ha obtenido la gracia del Esp铆ritu Santo que hace posible la perfecta observancia de la Ley de Dios 67 y el acceso al perd贸n, si caemos nuevamente en el pecado. El Esp铆ritu que habita en nuestros corazones es la fuente de la verdadera libertad.

54.3. Por el sacrificio de Cristo las prescripciones culturales del Antiguo Testamento se han vuelto caducas. En cuanto a las normas jur铆dicas de la vida social y pol铆tica de Israel, la Iglesia apost贸lica, como reino de Dios inaugurado sobre la tierra, ha tenido conciencia de que no estaba ya sujeta a ellas.

54.5. Esto hizo comprender a la comunidad cristiana que las leyes y los actos de las autoridades de los diversos pueblos, aunque leg铆timos y dignos de obediencia 68 , no podr谩n sin embargo pretender nunca, en cuanto que proceden de ellas, un car谩cter sagrado. A la luz del Evangelio, un buen n煤mero de leyes y de estructuras parecen que llevan la marca del pecado y prolongan su influencia opresora en la sociedad.

IV. El mandamiento nuevo

El amor, don del Esp铆ritu

55. El amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Esp铆ritu Santo, implica el amor al pr贸jimo. Recordando el primer mandamiento, Jes煤s a帽ade a continuaci贸n: 鈥淓l segundo, semejante a 茅ste, es: Amar谩s al pr贸jimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas鈥� (Mt 22,39-40). Y San Pablo dice que la caridad es el cumplimiento pleno de la Ley 69 .

55.1. El amor al pr贸jimo no tiene l铆mites; se extiende a los enemigos y a los perseguidores. La perfecci贸n, imagen de la del Padre, a la que todo disc铆pulo debe tender, est谩 en la misericordia 70 . La par谩bola del Buen Samaritano muestra que el amor lleno de compasi贸n, cuando se pone al servicio del pr贸jimo, destruye los prejuicios que levantan a los grupos 茅tnicos y sociales unos contra otros 71 . Todos los libros del Nuevo Testamento dan testimonio de esta riqueza inagotable de sentimientos de la que es portador el amor cristiano al pr贸jimo 72 .

El amor al pr贸jimo

56. El amor cristiano, gratuito y universal, se basa en el amor de Cristo que dio su vida por nosotros: 鈥淨ue os am茅is los unos a los otros; como yo os he amado, as铆 tambi茅n amaos mutuamente鈥� (Jn 13,34-35) 73 . 脡ste es el 鈥渕andamiento nuevo鈥� para los disc铆pulos.

56.1. A la luz de este mandamiento, el ap贸stol Santiago recuerda severamente a los ricos sus deberes 74 , y San Juan afirma que quien teniendo bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra su coraz贸n, no puede permanecer en 茅l la caridad de Dios 75 . El amor al hermano es la piedra de toque del amor a Dios: 鈥淓l que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve鈥� (1 Jn 4,20). San Pablo subraya con fuerza la uni贸n existente entre la participaci贸n en el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo y el compartir con el hermano que se encuentra necesitado 76 .

Justicia y caridad

57. El amor evang茅lico y la vocaci贸n de hijos de Dios, a la que todos los hombres est谩n llamados, tienen como consecuencia la exigencia directa e imperativa de respetar a cada ser humano en sus derechos a la vida y a la dignidad.

57.1. No existe distancia entre el amor al pr贸jimo y la voluntad de justicia. Al oponerlos entre s铆, se desnaturaliza el amor y la justicia a la vez. Adem谩s el sentido de la misericordia completa el de la justicia, impidi茅ndole que se encierre en el c铆rculo de la venganza.

57.2. Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres est谩n en abierta contradicci贸n con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ning煤n cristiano.

57.3. La Iglesia, d贸cil al Esp铆ritu, avanza con fidelidad por los caminos de la liberaci贸n aut茅ntica. Sus miembros son conscientes de sus flaquezas y de sus retrasos en esta b煤squeda. Pero una multitud de cristianos, ya desde el tiempo de los Ap贸stoles, han dedicado sus fuerzas y sus vidas a la liberaci贸n de toda forma de opresi贸n y a la promoci贸n de la dignidad humana. La experiencia de los santos y el ejemplo de tantas obras de servicio al pr贸jimo constituyen un est铆mulo y una luz para las iniciativas liberadoras que se imponen hoy.

V. La Iglesia Pueblo de Dios de la Nueva Alianza

Hacia la plenitud de la libertad

58. El Pueblo de Dios de la Nueva Alianza es la Iglesia de Cristo. Su ley es el mandamiento del amor. En el coraz贸n de sus miembros, el Esp铆ritu habita como en un templo. La misma Iglesia es el germen y el comienzo del reino de Dios aqu铆 abajo, que tendr谩 su cumplimiento al final de los tiempos con la resurrecci贸n de los muertos y la renovaci贸n de toda la creaci贸n 77 .

58.1. Poseyendo las arras del Esp铆ritu 78 , el Pueblo de Dios es conducido a la plenitud de la libertad. La Jerusal茅n nueva que esperamos con ansia es llamada justamente ciudad de libertad, en su sentido m谩s pleno 79 . Entonces, Dios 鈥渆njugar谩 las l谩grimas de sus ojos, y la muerte no existir谩 m谩s, ni habr谩 duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado鈥� (Ap 21,4). La esperanza es la espera segura de 鈥渙tros cielos nuevos y otra nueva tierra, en que tiene su morada la justicia鈥� (2 Pe 3,13).

El encuentro final con Cristo

59. La transfiguraci贸n de la Iglesia, obrada por Cristo resucitado, al llegar al final de su peregrinaci贸n, no anula de ning煤n modo el destino personal de cada uno al t茅rmino de su vida. Todo hombre, hallado digno ante el tribunal de Cristo por haber hecho, con la gracia de Dios, buen uso de su libre albedr铆o, obtendr谩 la felicidad 80 . Llegar谩 a ser semejante a Dios porque le ver谩 tal cual es 81 . El don divino de la salvaci贸n eterna es la exaltaci贸n de la mayor libertad que se pueda concebir.

Esperanza escatol贸gica y compromiso para la liberaci贸n temporal

60. Esta esperanza no debilita el compromiso en orden al progreso de la ciudad terrena, sino por el contrario le da sentido y fuerza. Conviene ciertamente distinguir bien entre progreso terreno y crecimiento del reino, ya que no son del mismo orden.

60.1. No obstante, esta distinci贸n no supone una separaci贸n, pues la vocaci贸n del hombre a la vida eterna no suprime sino que confirma su deber de poner en pr谩ctica las energ铆as y los medio recibido del Creador para desarrollar su vida temporal 82 .

60.2. La Iglesia de Cristo, iluminada por el Esp铆ritu del Se帽or, puede discernir en los signos de los tiempos los que son prometedores de liberaci贸n y los que, por el contrario, son enga帽osos e ilusorios. Ella llama al hombre y a las sociedades a vencer las situaciones de pecado y de injusticia, y a establecer las condiciones para una verdadera libertad. Tiene conciencia de que todos estos bienes, como son la dignidad humana, la uni贸n fraterna y la libertad, que constituyen el fruto de esfuerzos conformes a la voluntad de Dios, los encontramos 鈥渓impios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal鈥� 83 , que es un reino de libertad.

60.3. La espera vigilante y activa de la venida del reino es tambi茅n la de una justicia totalmente perfecta para los vivos y los muertos, para los hombres de todos los tiempos y lugares, que Jesucristo, constituido Juez Supremo, instaurar谩 84 . Esta promesa, que supera todas las posibilidades humanas, afecta directamente a nuestra vida en el mundo, porque una verdadera justicia debe alcanzar a todos y debe dar respuesta a los muchos sufrimientos padecidos por todas las generaciones. En realidad, sin la resurrecci贸n de los muertos y el juicio del Se帽or, no hay justicia en el sentido pleno de la palabra. La promesa de la resurrecci贸n satisface gratuitamente el af谩n de justicia verdadera que est谩 en el coraz贸n humano.


31

Cf. Instrucci贸n Libertatis nuntius, Introducci贸n: AAS 76, 1984, 876.

32

Cf. Is 41,14; Jer 50, 34. "Goel": esta palabra se aplica a la idea de un lazo de parentesco entre el que libera y el que es liberado; cf. Lv 25, 25. 47-49; Rt 3, 12; 4, 1. "Padah" significa "adquirir para s铆". Cf. Ex 13, 13; Dt 9, 26; 15, 15; Sal 130, 7-8.

33

Cf. G茅n 12, 1-3.

34

Cf. Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 3: AAS 76, 1984, 882.

35

Cf. Dt 6, 5.

36

Cf. Lev 19, 18.

37

Cf. Dt 1, 16-17; 16, 18-20; Jer 22, 3-15; 23, 5; Sal 33, 5; 72, 1; 99, 4.

38

Cf. Ex 22, 20-23; Dt 24, 10-22.

39

Cf. Jer 31, 31-34; Ez 36, 25-27.

40

Cf. Is 11, 1-5; Sal 72, 4. 12-14; Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 6: AAS 76, 1984, 883.

41

Cf. Ex 29, 9; Dt 24, 17-22.

42

Cf. Sal 25; 31; 35; 55; Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 5: AAS 76, 1984, 883.

43

Cf. Jer 11, 20; 20, 12.

44

Cf. Sal 73, 26-28.

45

Cf. Sal 16; 62; 84.

46

Sof 3, 12-20; cf. Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 5: AAS 76, 1984, 883.

47

Cf. Lc 1, 46-55.

48

Cf. Pablo VI, Exhortaci贸n Apost贸lica Marialis cultus, n. 37: AAS 66, 1974, 148-149.

49

Cf. Act 2, 39; Rom 10, 12; 15, 7-12; Ef 2, 14-18.

50

Cf. Mc 1, 15.

51

Cf. Is 61, 9.

52

Cf. 2 Cor 8, 9.

53

Cf. Mt 25, 31-46; Act 9, 4-5.

54

Cf. Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 9: AAS 76, 1984, 884.

55

Cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural de Puebla, I, 5: AAS 71, 1979, 191.

56

Cf. Rom 5, 10; 2 Cor 5, 18-20.

57

Cf. Jn 14, 27.

58

Cf. Mt 5, 9; Rom 12, 18; Heb 12, 14.

59

Cf. 1 Cor 15, 26.

60

Cf. Jn 12, 31; Heb 2, 14-15.

61

Cf. Ef 6, 11-17.

62

Cf. Rom 8, 37-39.

63

Cf. Rom 8, 2.

64

Cf. 1 Tim 1, 8.

65

Cf. Rom 13, 8-10.

66

Cf. Rom 13, 1-7.

67

Cf. Rom 8, 2-4.

68

Cf. Rom 13, 1.

69

Cf. Rom 13, 8-10; G谩l 5, 13-14.

70

Cf. Mt 5, 43-48; Lc 6, 27-38.

71

Cf. Lc 10, 25-37.

72

Cf. por ejemplo 1 Tes 2, 7-12; Flp 2, 1-4; G谩l 2, 12-20; 1 Cor 13, 4-7; 2 Jn 12; 3 Jn 14; Jn 11, 1-5. 35-36; Mc 6, 34; Mt 9, 36; 18, 21 s.

73

Cf. Jn 15, 12-13; 1 Jn 3, 16.

74

Cf. Sant 5, 1-4.

75

Cf. 1 Jn 3, 17.

76

Cf. 1 Cor 11, 17-34; Instrucci贸n Libertatis nuntius, IV, 11: AAS 76, 1984, 884; San Pablo mismo organiza una colecta en favor de los "pobres entre los santos de Jerusal茅n", Rom 15, 26.

77

Cf. Rom 8, 11-21.

78

Cf. 2 Cor 1, 22.

79

Cf. G谩l 4, 26.

80

Cf. Cor 13, 12; 2 Cor 5, 10.

81

Cf. 1 Jn 3, 2.

82

Cf. Constituci贸n pastoral Gaudium et spes, n. 39, par. 2.

83

Ib., n. 39, par. 3.

84

Cf. Mt 24, 29-44. 46; Act 10, 42; 2 Cor 5, 10.
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