25. La respuesta espont谩nea a la pregunta 鈥溌縬u茅 es ser libre?鈥 es la siguiente: es libre quien puede hacer 煤nicamente lo que quiere sin ser impedido por ninguna coacci贸n exterior, y que goza por tanto de una plena independencia. Lo contrario de la libertad ser铆a as铆 la dependencia de nuestra voluntad ante una voluntad ajena.
25.1. Pero, el hombre, 驴sabe siempre lo que quiere? 驴Puede todo lo que quiere? Limitarse al propio yo y prescindir de la voluntad de otro, 驴es conforme a la naturaleza del hombre? A menudo la voluntad del momento no es la voluntad real. Y en el mismo hombre pueden existir decisiones contradictorias.
25.2. Pero el hombre se topa sobre todo con los l铆mites de su propia naturaleza: quiere m谩s de lo que puede. As铆 el obst谩culo que se opone a su voluntad no siempre viene de fuera, sino de los l铆mites de su ser. Por esto, so pena de destruirse, el hombre debe aprender a que la voluntad concuerde con su naturaleza.
26. M谩s a煤n, cada hombre est谩 orientado hacia los dem谩s hombres y necesita de su compa帽铆a. Aprender谩 el recto uso de su decisi贸n si aprende a concordar su voluntad a la de los dem谩s, en vistas de un verdadero bien. Es pues la armon铆a con las exigencias de la naturaleza humana lo que hace que la voluntad sea aut茅nticamente humana.
26.1. En efecto, esto exige el criterio de la verdad y una justa relaci贸n con la voluntad ajena. Verdad y justicia constituyen as铆 la medida de la verdadera libertad. Apart谩ndose de este fundamento, el hombre, pretendiendo ser como Dios, cae en la mentira y, en lugar de realizarse, se destruye.
26.2. Lejos de perfeccionarse en una total autarqu铆a del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente s贸lo cuando los lazos rec铆procos, regulados por la verdad y la justicia, unen a las personas. Pero para que estos lazos sean posibles, cada uno personalmente debe ser aut茅ntico.
26.3. La libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es libertad para el bien, en el cual solamente reside la felicidad. De este modo el bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto 鈥攑rescindiendo de otras fuerzas鈥 gu铆a su voluntad. La liberaci贸n en vistas de un conocimiento de la verdad, que es la 煤nica que dirige la voluntad, es condici贸n necesaria para una libertad digna de este nombre.
27. En otras palabras, la libertad que es dominio interior de sus propios actos y autodeterminaci贸n comporta una relaci贸n inmediata con el orden 茅tico. Encuentra su verdadero sentido en la elecci贸n del bien moral. Se manifiesta pues como una liberaci贸n ante el mal moral.
27.1. El hombre, por su acci贸n libre, debe tender hacia el Bien supremo a trav茅s de los bienes que est谩n en conformidad con las exigencias de su naturaleza y de su vocaci贸n divina.
27.2. 脡l, ejerciendo su libertad, decide sobre s铆 mismo y se forma a s铆 mismo. En este sentido, el hombre es causa de s铆 mismo. Pero lo es como creatura e imagen de Dios. 脡sta es la verdad de su ser que manifiesta por contraste lo que tienen de profundamente err贸neas las teor铆as que pretenden exaltar la libertad del hombre o su 鈥減raxis hist贸rica鈥, haciendo de ellas el principio absoluto de su ser y de su devenir. Estas teor铆as son expresi贸n del ate铆smo o tienden, por propia l贸gica, hac铆a 茅l. El indiferentismo y el agnosticismo deliberado van en el mismo sentido. La imagen de Dios en el hombre constituye el fundamento de la libertad y dignidad de la persona humana 16 .
28. Dios, al crear libre al hombre, ha impreso en 茅l su imagen y semejanza 17 . El hombre siente la llamada de su Creador mediante la inclinaci贸n y la aspiraci贸n de su naturaleza hacia el Bien, y m谩s a煤n mediante la Palabra de la Revelaci贸n, que ha sido pronunciada de una manera perfecta en Cristo. Le ha revelado as铆 que Dios lo ha creado libre para que pueda, gratuitamente, entrar en amistad con 脡l y en comuni贸n con su vida.
29. El hombre no tiene su origen en su propia acci贸n individual o colectiva, sino en el don de Dios que lo ha creado. 脡sta es la primera confesi贸n de nuestra fe, que viene a confirmar las m谩s altas intuiciones del pensamiento humano.
29.1. La libertad del hombre es una libertad participada. Su capacidad de realizarse no se suprime de ning煤n modo por su dependencia de Dios.
29.2. Justamente, es propio del ate铆smo creer en una oposici贸n irreductible entre la causalidad de una libertad divina y la de la libertad del hombre, como si la afirmaci贸n de Dios significase la negaci贸n del hombre, o como si su intervenci贸n en la historia hiciera vanas las iniciativas de 茅ste. En realidad, la libertad humana toma su sentido y consistencia de Dios y por su relaci贸n con 脡l.
30. La historia del hombre se desarrolla sobre la base de la naturaleza que ha recibido de Dios, con el cumplimiento libre de los fines a los que lo orientan y lo llevan las inclinaciones de esta naturaleza y de la gracia divina.
30.1. Pero la libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un bien aparente; eligiendo un bien falso, falla a la vocaci贸n de su libertad. El hombre, por su libre arbitrio, dispone de s铆; puede hacerlo en sentido positivo o en sentido destructor.
30.2. Al obedecer a la ley divina grabada en su conciencia y recibida como impulso del Esp铆ritu Santo, el hombre ejerce el verdadero dominio de s铆 y realiza de este modo su vocaci贸n real de hijo de Dios. 鈥淩eina, por medio del servicio a Dios鈥 18 . La aut茅ntica libertad es 鈥渟ervicio de la justicia鈥, mientras que, a la inversa, la elecci贸n de la desobediencia y del mal es 鈥渆sclavitud del pecado鈥 19 .
31. A partir de esta noci贸n de libertad se precisa el alcance de la noci贸n de liberaci贸n temporal; se trata del conjunto de procesos que miran a procurar y garantizar las condiciones requeridas para el ejercicio de una aut茅ntica libertad humana.
31.1. No es pues la liberaci贸n la que, por s铆 misma, genera la libertad del hombre. El sentido com煤n, confirmado por el sentido cristiano, sabe que la libertad, aunque sometida a condicionamientos, no queda por ello completamente destruida. Existen hombres, que aun sufriendo terribles coacciones consiguen manifestar su libertad y ponerse en marcha para su liberaci贸n.
31.2. Solamente un proceso acabado de liberaci贸n puede crear condiciones mejores para el ejercicio efectivo de la libertad. Asimismo, una liberaci贸n que no tiene en cuenta la libertad personal de quienes combaten por ella est谩, de antemano, condenada al fracaso.
32. Dios no ha creado al hombre como un 鈥渟er solitario鈥, sino que lo ha querido como un 鈥渟er social鈥 20 . La vida social no es, por tanto, exterior al hombre, el cual no puede crecer y realizar su vocaci贸n si no es en relaci贸n con los otros. El hombre pertenece a diversas comunidades: familiar, profesional, pol铆tica; y en su seno es donde debe ejercer su libertad responsable. Un orden social justo ofrece al hombre una ayuda insustituible para la realizaci贸n de su libre personalidad. Por el contrario, un orden social injusto es una amenaza y un obst谩culo que pueden comprometer su destino.
32.1. En la esfera social, la libertad se manifiesta y se realiza en acciones, estructuras e instituciones, gracias a las cuales los hombres se comunican entre s铆 y organizan su vida en com煤n. La expansi贸n de una personalidad libre, que es un deber y un derecho para todos, debe ser ayudada y no entorpecida por la sociedad.
32.2. Existe una exigencia de orden moral que se ha expresado en la formulaci贸n de los derechos del hombre. Algunos de 茅stos tienen por objeto lo que se ha convenido en llamar 鈥渓as libertades鈥, es decir, las formas de reconocer a cada ser humano su car谩cter de persona responsable de s铆 misma y de su destino transcendente, as铆 como la inviolabilidad de su conciencia 21 .
33. La dimensi贸n social del ser humano tiene adem谩s otro significado: solamente la pluralidad y la rica diversidad de los hombres pueden expresar algo de la riqueza infinita de Dios.
33.1. Esta dimensi贸n est谩 llamada a encontrar su realizaci贸n en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por este motivo, la vida social, en la variedad de sus formas y en la medida en que se conforma a la ley divina, constituye un reflejo de la gloria de Dios en el mundo 22 .
34. El hombre, por su dimensi贸n corporal, tiene necesidad de los recursos del mundo material para su realizaci贸n personal y social. En esta vocaci贸n a dominar la tierra, poni茅ndola a su servicio mediante el trabajo, puede reconocerse un rasgo de la imagen de Dios 23 . Pero la intervenci贸n humana no es 鈥渃readora鈥; encuentra ya una naturaleza material que, como ella, tiene su origen en Dios Creador y de la cual el hombre ha sido constituido 鈥渘oble y sabio guardi谩n鈥 24 .
35. Las transformaciones t茅cnicas y econ贸micas repercuten en la organizaci贸n de la vida social; no dejan de afectar en cierta medida a la vida cultural y a la misma vida religiosa.
35.1. Sin embargo, por su libertad, el hombre contin煤a siendo due帽o de su actividad. Las grandes y r谩pidas transformaciones de nuestra 茅poca le plantean un reto dram谩tico: dominar y controlar, mediante su raz贸n y libertad, las fuerzas que desarrolla al servicio de las verdaderas finalidades humanas.
36. Ata帽e, por consiguiente, a la libertad bien orientada, hacer que las conquistas cient铆ficas y t茅cnicas, la b煤squeda de su eficacia, los frutos del trabajo y las mismas estructuras de la organizaci贸n econ贸mica y social, no sean sometidas a proyectos que las priven de sus finalidades humanas y las pongan en contra del hombre mismo.
36.1. La actividad cient铆fica y la actividad t茅cnica comportan exigencias espec铆ficas. No adquieren, sin embargo, su significado y su valor propiamente humanos sino cuando est谩n subordinadas a los principios morales. Estas exigencias deben ser respetadas; pero querer atribuirles una autonom铆a absoluta y requerida, no conforme a la naturaleza de las cosas, es comprometerse en una v铆a perniciosa para la aut茅ntica libertad del hombre.
37. Dios llama al hombre a la libertad. La voluntad de ser libre est谩 viva en cada persona. Y, a pesar de ello, esta voluntad desemboca casi siempre en la esclavitud y la opresi贸n. Todo compromiso en favor de la liberaci贸n y de la libertad supone, por consiguiente, que se afronte esta dram谩tica paradoja.
37.1. El pecado del hombre, es decir su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. Para comprender esto, muchos de nuestros contempor谩neos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado.
37.2. En el deseo de libertad del hombre se esconder la tentaci贸n de renegar de su propia naturaleza. Pretende ser un dios, cuando quiere codiciarlo todo y poderlo todo y con ello, olvidar que es finito y creado. 鈥淪er茅is como dioses鈥 (G茅n 3,5). Estas palabras de la serpiente manifiestan la esencia de la tentaci贸n del hombre; implican la perversi贸n del sentido de la propia libertad. 脡sta es la naturaleza profunda del pecado: el hombre se desgaja de la verdad poniendo su voluntad por encima de 茅sta. Queri茅ndose liberar de Dios y ser 茅l mismo un dios, se extrav铆a y se destruye. Se autoaliena.
37.3. En esta voluntad de ser un dios y de someterlo todo a su propio placer se esconde una perversi贸n de la idea misma de Dios. Dios es amor y verdad en la plenitud del don rec铆proco; es la verdad en la perfecci贸n del amor de las Personas divinas. Es cierto que el hombre est谩 llamado a ser como Dios. Sin embargo, 茅l llega a ser semejante no en la arbitrariedad de su capricho, sino en la medida en que reconoce que la verdad y el amor son a la vez el principio y el fin de su libertad.
38. Pecando el hombre se enga帽a a s铆 mismo y se separa de la verdad. Niega a Dios y se niega a s铆 mismo cuando busca la total autonom铆a y autarqu铆a. La alienaci贸n, respecto a la verdad de su ser de creatura amada por Dios, es la ra铆z de todas las dem谩s alienaciones.
38.1. El hombre, negando o intentando negar a Dios, su Principio y Fin, altera profundamente su orden y equilibrio interior, el de la sociedad y tambi茅n el de la creaci贸n visible 25 .
38.2. La Escritura considera en conexi贸n con el pecado el conjunto de calamidades que oprimen al hombre en su ser individual y social.
38.3. Muestra que todo el curso de la historia mantiene un lazo misterioso con el obrar del hombre que, desde su origen, ha abusado de su libertad alz谩ndose contra Dios y tratando de conseguir sus fines fuera de 脡l 26 . El G茅nesis indica las consecuencias de este pecado original en el car谩cter penoso del trabajo y de la maternidad, en el dominio del hombre sobre la mujer y en la muerte. Los hombres, privados de la gracia divina, han heredado una naturaleza moral, incapaz de permanecer en el bien e inclinada a la concupiscencia 27 .
39. La idolatr铆a es una forma extrema del desorden engendrado por el pecado. Al sustituir la adoraci贸n del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresi贸n.
39.1. El desconocimiento culpable de Dios desencadena las pasiones, que son causa del desequilibrio y de los conflictos en lo 铆ntimo del hombre.
39.2. De aqu铆 se derivan inevitablemente los des贸rdenes que afectan la esfera familiar y social: permisivismo sexual, injusticia, homicidio. As铆 es como el ap贸stol Pablo describe al mundo pagano, llevado por la idolatr铆a a las peores aberraciones que arruinan al individuo y a la sociedad 28 .
39.3. Ya antes que 茅l, los Profetas y los Sabios de Israel ve铆an en las desgracias del pueblo un castigo por su pecado de idolatr铆a, y en el 鈥渃oraz贸n lleno de maldad鈥 (Eclo 9,3) 29 , la fuente de la esclavitud radical del hombre y de las opresiones a que somete a sus semejantes.
40. La tradici贸n cristiana, en los Padres y Doctores de la Iglesia, ha explicitado esta doctrina de la Escritura sobre el pecado. Para ella, el pecado es desprecio de Dios (contemptus Dei). Conlleva la voluntad de escapar a la relaci贸n de dependencia del servidor respecto a su Se帽or, o, m谩s a煤n, del hijo respecto a su Padre.
40.1. El hombre, al pecar, pretende liberarse de Dios. En realidad, se convierte en esclavo; pues al rechazar a Dios rompe el impulso de su aspiraci贸n al infinito y de su vocaci贸n a compartir la vida divina. Por ello su coraz贸n es v铆ctima de la inquietud.
40.2. El hombre pecador, que reh煤sa adherirse a Dios, es llevado necesariamente a ligarse de una manera falaz y destructora a la creatura. En esta vuelta a la creatura (conversio ad creaturam), concentra sobre ella su anhelo insatisfecho de infinito. Pero los bienes creados son limitados; tambi茅n su coraz贸n corre del uno al otro, siempre en busca de una paz imposible.
40.3. En realidad el hombre, cuando atribuye a las creaturas una carga de infinitud, pierde el sentido de su ser creado. Pretende encontrar su centro y su unidad en s铆 mismo. El amor desordenado de s铆 es la otra cara del desprecio de Dios. El hombre trata entonces de apoyarse solamente sobre s铆, quiere realizarse y ser suficiente en su propia inmanencia 30 .
41. Esto se pone particularmente de manifiesto cuando el pecador cree que no puede afirmar su propia libertad m谩s que negando expl铆citamente a Dios. La dependencia de la creatura con respecto al Creador o la dependencia de la conciencia moral con respecto a la ley divina ser铆an para 茅l servidumbres intolerables.
41.1. El ate铆smo constituye para 茅l la verdadera forma de emancipaci贸n y de liberaci贸n del hombre, mientras que la religi贸n o incluso el reconocimiento de una ley moral constituir铆an alienaciones. El hombre quiere entonces decidir soberanamente sobre el bien y el mal, o sobre los valores, y con un mismo gesto, rechaza a la vez la idea de Dios y de pecado. Mediante la audacia de la transgresi贸n pretende llegar a ser adulto y libre, y reivindica esta emancipaci贸n no s贸lo para 茅l sino para toda la humanidad.
42. El hombre pecador, habiendo hecho de s铆 su propio centro, busca afirmarse y satisfacer su anhelo de infinito sirvi茅ndose de las cosas: riquezas, poder y placeres, despreciando a los dem谩s hombres a los que despoja injustamente y trata como objetos o instrumentos. De este modo contribuye por su parte a la creaci贸n de estas estructuras de explotaci贸n y de servidumbre que, por otra parte, pretende denunciar.
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