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S.S. Pío XII, Mystici Corporis Christi
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Mystici Corporis Christi

Carta encíclica
de S.S. Pío XII
sobre el Cuerpo Místico de Cristo

La Doctrina sobre el Cuerpo M√≠stico de Cristo, que es la Iglesia1, recibida primeramente de labios del mismo Redentor, por la que aparece en su propia luz el gran beneficio (nunca suficientemente alabado) de nuestra estrech√≠sima uni√≥n con tan excelsa Cabeza, es, en verdad, de tal √≠ndole que, por su excelencia y dignidad, invita a su contemplaci√≥n a todos y cada uno de los hombres movidos por el Esp√≠ritu divino, e ilustrando sus mentes los mueve en sumo grado a la ejecuci√≥n de aquellas obras saludables que est√°n en armon√≠a con sus mandamientos. Hemos, pues, cre√≠do Nuestro deber hablaros de esta materia en la presente Carta enc√≠clica, desenvolviendo y exponiendo principalmente aquellos puntos que ata√Īen a la Iglesia militante. A hacerlo as√≠ Nos mueve no solamente la sublimidad de esta doctrina, sino tambi√©n las presentes circunstancias en que la humanidad se encuentra.

Nos proponemos, en efecto, hablar de las riquezas encerradas en el seno de la Iglesia, que Cristo gan√≥ con su propia sangre2 y cuyos miembros se glor√≠an de tener una Cabeza ce√Īida de corona de espinas. Lo cual ciertamente es claro testimonio de que todo lo m√°s glorioso y eximio no nace sino de los dolores, y que, por lo tanto, hemos de alegrarnos cuando participamos de la pasi√≥n de Cristo, a fin de que nos gocemos tambi√©n con j√ļbilo cuando se descubra su gloria3.

2. Ante todo, debe advertirse que, as√≠ como el Redentor del g√©nero humano fue vejado, calumniado y atormentado por aquellos mismos cuya salvaci√≥n hab√≠a tomado a su cargo, as√≠ la sociedad por El fundada se parece tambi√©n en esto a su Divino Fundador. Porque, aun cuando no negamos, antes bien lo confesamos con √°nimo agradecido a Dios, que, incluso en esta nuestra turbulenta √©poca, no pocos, aunque separados de la grey de Cristo, miran a la Iglesia como a √ļnico puerto de salvaci√≥n; sin embargo, no ignoramos que la Iglesia de Dios no s√≥lo es despreciada, y soberbia y hostilmente rechazada, por aquellos que, menospreciando la luz de la sabidur√≠a cristiana, vuelven mis√©rrimamente a las doctrinas, costumbres e instituciones de la antig√ľedad pagana, sino que muchas veces es ignorada, despreciada y aun mirada con cierto tedio y enojo, hasta por much√≠simos cristianos, atra√≠dos por la falsa apariencia de los errores, o halagados por los alicientes y corrupte las del siglo. Hay, pues, motivo, Venerables Hermanos, para que Nos, por la obligaci√≥n misma de Nuestra conciencia y asintiendo a los deseos de muchos, celebremos, poni√©ndolas ante los ojos de todos, la hermosura, alabanza y gloria de la Madre Iglesia, a quien despu√©s de Dios debemos todo.

Y abrigamos la esperanza de que estas Nuestras ense√Īanzas y exhortaciones han de producir frutos muy abundantes para los fieles en los momentos actuales, pues sabemos c√≥mo tantas calamidades y dolores de esta borrascosa edad que acerbamente atormentan a una multitud casi innumerable de hombres, si se reciben como de la mano de Dios con √°nimo resignado y tranquilo, levantan con cierto natural impulso sus almas de lo terreno y deleznable a lo celestial y eternamente duradero y excitan en ellas una misteriosa sed de las cosas espirituales y un intenso anhelo que, con el est√≠mulo del Esp√≠ritu divino, las mueve y en cierto modo las impulsa a buscar con m√°s ansia el Reino de Dios. Porque, a la verdad, cuanto m√°s los hombres se apartan de las vanidades de este siglo y del desordenado amor de las cosas presentes, tanto m√°s aptos se hacen ciertamente para penetrar en la luz de los misterios sobrenaturales. En verdad, hoy se echa de ver, quiz√° m√°s claramente que nunca, la futilidad y la vanidad de lo terrenal, cuando se destruyen reinos y naciones, cuando se hunden en los vastos espacios del oc√©ano inmensos tesoros y riquezas de toda clase, cuando ciudades, pueblos y las f√©rtiles tierras quedan arrasados bajo enormes ruinas y manchados con sangre de hermanos.

3. Confiamos, adem√°s, que cuanto a continuaci√≥n hemos de exponer acerca del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo no sea desagradable ni in√ļtil aun a aquellos que est√°n fuera del seno de la Iglesia Cat√≥lica. Y ello no s√≥lo porque cada d√≠a parece crecer su benevolencia para con la Iglesia, sino tambi√©n porque, viendo como ven al presente levantarse una naci√≥n contra otra naci√≥n y un reino contra otro reino y crecer sin medida las discordias, las envidias y las semillas de enemistad; si vuelven sus ojos a la Iglesia, si contemplan su unidad recibida del Cielo ‚ÄĒen virtud de la cual todos los hombres de cualquier estirpe que sean se unen con lazo fraternal a Cristo‚ÄĒ, sin duda se ver√°n obligados a admirar una sociedad donde reina caridad semejante, y con la inspiraci√≥n y ayuda de la gracia divina se ver√°n atra√≠dos a participar de la misma unidad y caridad.

Hay tambi√©n una raz√≥n peculiar, y por cierto grat√≠sima, por la que vino a Nuestra mente la idea de esta doctrina, y en grado sumo la receta. Durante el pasado a√Īo, XXV aniversario de Nuestra Consagraci√≥n Episcopal, hemos visto con gran consuelo algo especial, que ha hecho resplandecer de un modo claro y significativo la imagen del Cuerpo m√≠stico de Cristo en todas las partes de la tierra. Hemos observado, en efecto, c√≥mo, a pesar de que la larga y homicida guerra deshac√≠a miserablemente la fraterna comunidad de las naciones, Nuestros hijos en Cristo, todos y en todas partes, con una sola voluntad y caridad levantaban sus √°nimos hacia el Padre com√ļn que, recogiendo en s√≠ las preocupaciones y ansiedades de todos, gu√≠a en tan calamitosos tiempos la nave de la Iglesia. En lo cual ciertamente echamos de ver un testimonio no s√≥lo de la admirable unidad del pueblo cristiano, sino tambi√©n de c√≥mo mientras Nos abrazamos con paternal coraz√≥n a todos los pueblos de cualquier estirpe, desde todas partes los cat√≥licos, aun de naciones que luchan entre s√≠, alzan los ojos al Vicario de Jesucristo, como a Padre amant√≠simo de todos, que con absoluta imparcialidad para con los bandos contrarios y con juicio insobornable, remont√°ndose por encima de las agitadas borrascas de las perturbaciones humanas, recomienda la verdad, la justicia y la caridad, y las defiende con todas sus fuerzas.

Ni ha sido menor el consuelo que Nos ha producido el saber que espontánea y gustosamente se había reunido la cantidad necesaria para poder levantar en Roma un templo dedicado a Nuestro santísimo Antecesor y Patrono Eugenio I. Así, pues, como con la erección de este templo, debida a la voluntad y ofertas de todos los fieles, se ha de perpetuar la memoria de este faustísimo acontecimiento, así deseamos que se patentice el testimonio de Nuestra gratitud por medio de esta Carta encíclica, en la cual se trata de aquellas piedras vivas que, edificadas sobre la piedra viva angular, que es Cristo, se unen para formar el templo santo, mucho más excelso que todo otro templo hecho a mano, es decir, para morada de Dios por virtud del Espíritu4.

4. Nuestra pastoral solicitud, sin embargo, es la que Nos mueve principalmente a tratar ahora con mayor extensi√≥n de esta excelsa doctrina. Muchas cosas, en verdad, se han publicado sobre este asunto; y no ignoramos que son muchos los que hoy se dedican con mayor inter√©s a estos estudios, con los que tambi√©n se deleita y alimenta la piedad de los cristianos. Y este efecto parece que se ha de atribuir principalmente a que la restauraci√≥n de los estudios lit√ļrgicos, la costumbre introducida de recibir con mayor frecuencia el manjar Eucar√≠stico, y por fin el culto m√°s intenso al Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs, de que hoy gozamos, han encaminado muchas almas a la contemplaci√≥n m√°s profunda de las inescrutables riquezas de Cristo que se guardan en la Iglesia. A√Ī√°dase a esto que los documentos publicados en estos √ļltimos tiempos acerca de la Acci√≥n Cat√≥lica, por lo mismo que han estrechado m√°s y m√°s los lazos de los cristianos entre s√≠ y con la jerarqu√≠a eclesi√°stica, y en primer lugar con el Romano Pont√≠fice, han contribuido sin duda no poco a colocar esta materia en su propia luz. Mas, aunque con justo motivo podemos alegrarnos de las cosas arriba se√Īaladas, no por eso hemos de ocultar que no s√≥lo esparcen graves errores en esta materia los que est√°n fuera de la Iglesia, sino que entre los mismos fieles de Cristo se introducen furtivamente ideas o menos precisas o totalmente falsas, que apartan a las almas del verdadero camino de la verdad.

5. Porque, mientras por una parte perdura el falso racionalismo, que juzga absolutamente absurdo cuanto trasciende y sobrepuja a las fuerzas del entendimiento humano, y mientras se le asocia otro error af√≠n, el llamado naturalismo vulgar, que ni ve ni quiere ver en la Iglesia nada m√°s que v√≠nculos meramente jur√≠dicos y sociales; por otra parte, se insin√ļa fraudulentamente un falso misticismo, que, al esforzarse por suprimir los l√≠mites inmutables que separan a las criaturas de su Creador, adultera las Sagradas Escrituras.

Ahora bien: estos errores, falso y opuestos entre s√≠, hacen que algunos, movidos por cierto vano temor, consideren esta profunda doctrina como algo peligroso y por esto se retraigan de ella como del fruto del Para√≠so, hermoso, pero prohibido. Pero, a la verdad, no rectamente: pues no pueden ser da√Īosos a los hombres los misterios revelados por Dios, ni deben, como tesoro escondido en el campo, permanecer infructuosos; antes bien, han sido dados por Dios, para que contribuyan al aprovechamiento espiritual de quienes piadosamente los contemplan. Porque, como ense√Īa el Concilio Vaticano, la raz√≥n ilustrada por la fe, cuando diligente, p√≠a y sobriamente busca, alcanza con la ayuda de Dios alguna inteligencia, ciertamente fructuos√≠sima, de los misterios, ya por la analog√≠a de aquellas cosas que conoce naturalmente, ya tambi√©n por el enlace de los misterios entre s√≠ con el √ļltimo fin del hombre; por m√°s que la misma raz√≥n, como lo advierte el mismo santo Concilio, nunca llega a ser capaz de penetrarlos a la manera de aquellas verdades, que constituyen su propio objeto5.

Pesadas maduramente delante de Dios todas estas cosas; a fin de que resplandezca con nueva gloria la soberana hermosura de la Iglesia; para que se de a conocer con mayor luz la nobleza eximia y sobrenatural de los fieles, que en el Cuerpo de Cristo se unen con su Cabeza; y, por √ļltimo, para cerrar por completo la entrada a los m√ļltiples errores en esta materia, Nos hemos juzgado ser propio de Nuestro cargo pastoral proponer por medio de esta Carta enc√≠clica a toda la grey cristiana la doctrina del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo y de la uni√≥n de los fieles en el mismo Cuerpo con el Divino Redentor; y al mismo tiempo sacar de esta suav√≠sima doctrina algunas ense√Īanzas, con las cuales el conocimiento m√°s profundo de este misterio produzca siempre m√°s abundantes frutos de perfecci√≥n y santidad.

I. LA IGLESIA ES EL CUERPO M√ćSTICO DE CRISTO

6. Al meditar esta doctrina, Nos vienen, desde luego, a la mente las palabras del Ap√≥stol: Donde abund√≥ el delito, all√≠ sobreabund√≥ la gracia6. Consta, en efecto, que el padre del g√©nero humano fue colocado por Dios en tan excelsa condici√≥n, que habr√≠a de comunicar a sus descendientes, junto con la vida terrena, la vida sobrenatural de la gracia. Pero, despu√©s de la miserable ca√≠da de Ad√°n, todo el g√©nero humano, viciado con la mancha original, perdi√≥ la participaci√≥n de la naturaleza divina7 y quedamos todos convertidos en hijos de ira8. Mas el misericordios√≠simo Dios de tal modo am√≥ al mundo, que le dio su Hijo Unig√©nito9, y el Verbo del Padre Eterno con aquel mismo √ļnico divino amor asumi√≥ de la descendencia de Ad√°n la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Ad√°n se derivase la gracia del Esp√≠ritu Santo a todos los hijos del primer padre; los cuales, habiendo sido por el pecado del primer hombre privados de la adoptiva filiaci√≥n divina, hechos ya por el Verbo Encarnado hermanos, seg√ļn la carne, del Hijo Unig√©nito de Dios, recibieran el poder de llegar a ser hijos de Dios10. Y por esto Cristo Jes√ļs, pendiente de la cruz, no s√≥lo resarci√≥ a la justicia violada del Eterno Padre, sino que nos mereci√≥, adem√°s, como a consangu√≠neos suyos, una abundancia inefable de gracias. Y bien pudiera, en verdad, haberla repartido directamente por s√≠ mismo al g√©nero humano, pero quiso hacerlo por medio de una Iglesia visible en que se reunieran los hombres, para que todos cooperasen, con El y por medio de aqu√©lla, a comunicarse mutuamente los divinos frutos de la Redenci√≥n. Porque as√≠ como el Verbo de Dios, para redimir a los hombres con sus dolores y tormentos, quiso valerse de nuestra naturaleza, de modo parecido en el decurso de los siglos se vale de su Iglesia para perpetuar la obra comenzada11.

Ahora bien: para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo ‚ÄĒque es la Iglesia santa, cat√≥lica, apost√≥lica, Romana12‚ÄĒ nada hay m√°s noble, nada m√°s excelente, nada m√°s divino que aquella frase con que se la llama el Cuerpo m√≠stico de Cristo; expresi√≥n que brota y aun germina de todo lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se ense√Īa.

LA IGLESIA ES UN "CUERPO"

7. Que la Iglesia es un cuerpo lo dice muchas veces el sagrado texto. Cristo ‚ÄĒdice el Ap√≥stol‚ÄĒ es la cabeza del cuerpo de la Iglesia13. Ahora bien; si la Iglesia es un cuerpo, necesariamente ha de ser uno e indiviso, seg√ļn aquello de San Pablo: Muchos formamos en Cristo un solo cuerpo14. Y no solamente debe ser uno e indiviso, sino tambi√©n algo concreto y claramente visible, como en su enc√≠clica Satis cognitum afirma Nuestro predecesor Le√≥n XIII, de f. m.: Por lo mismo que es cuerpo, la Iglesia se ve con los ojos15. Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que se forjan la Iglesia de tal manera, que no pueda ni tocarse ni verse, siendo solamente un ser neum√°tico, como dicen, en el que muchas comunidades de cristianos, aunque separadas mutuamente en la fe, se junten, sin embargo, por un lazo invisible.

Mas el cuerpo necesita tambi√©n multitud de miembros, que de tal manera est√©n trabados entre s√≠, que mutuamente se auxilien. Y as√≠ como en este nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los otros sufren tambi√©n con √©l, y los sanos prestan socorro a los enfermos, as√≠ tambi√©n en la Iglesia los diversos miembros no viven √ļnicamente para s√≠ mismos, sino que ayudan tambi√©n a los dem√°s, y se ayudan unos a otros, ya para mutuo alivio, ya tambi√©n para edificaci√≥n cada vez mayor de todo el cuerpo.

"ORG√ĀNICO" Y "JER√ĀRQUICO"

8. Además de eso, así como en la naturaleza no basta cualquier aglomeración de miembros para constituir el cuerpo, sino que necesariamente ha de estar dotado de los que llaman órganos, esto es, de miembros que no ejercen la misma función, pero están dispuestos en un orden conveniente; así la Iglesia ha de llamarse Cuerpo, principalmente por razón de estar formada por una recta y bien proporcionada armonía y trabazón de sus partes, y provista de diversos miembros que convenientemente se corresponden los unos a los otros. Ni es otra la manera como el Apóstol describe a la Iglesia cuando dice: Así como... en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, mas no todos los miembros tienen una misma función, así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros16.

Mas en manera alguna se ha de pensar que esta estructura ordenada u org√°nica del Cuerpo de la Iglesia, se limita o reduce solamente a los grados de la jerarqu√≠a; o que, como dice la sentencia contraria, consta solamente de los carism√°ticos, los cuales, dotados de dones prodigiosos, nunca han de faltar en la Iglesia. Se ha de tener, eso s√≠, por cosa absolutamente cierta, que los que en este Cuerpo poseen la sagrada potestad, son los miembros primarios y principales, puesto que por medio de ellos, seg√ļn el mandato mismo del Divino Redentor, se perpet√ļan los oficios de Cristo, doctor, rey y sacerdote. Sin embargo, con toda raz√≥n los Padres de la Iglesia, cuando encomian los ministerios, los grados, las profesiones, los estados, los √≥rdenes, los oficios de este Cuerpo, no tienen s√≥lo ante los ojos a los que han sido iniciados en las sagradas √≥rdenes; sino tambi√©n a todos los que, habiendo abrazado los consejos evang√©licos, llevan una vida de trabajo entre los hombres, o escondida en el silencio, o bien se esfuerzan por unir ambas cosas seg√ļn su profesi√≥n; y no menos a los que, aun viviendo en el siglo, se dedican con actividad a las obras de misericordia en favor de las almas, o de los cuerpos, as√≠ como tambi√©n a aquellos que viven unidos en casto matrimonio. M√°s a√ļn, se ha de advertir que, sobre todo en las presentes circunstancias, los padres y madres de familia y los padrinos y madrinas de bautismo, y, especialmente, los seglares que prestan su cooperaci√≥n a la jerarqu√≠a eclesi√°stica para dilatar el reino del Divino Redentor tienen en la sociedad cristiana un puesto honor√≠fico, aunque muchas veces humilde, y que tambi√©n ellos con el favor y ayuda de Dios pueden subir a la cumbre de la santidad, que nunca ha de faltar en la Iglesia, seg√ļn las promesas de Jesucristo.

DOTADO DE MEDIOS VITALES

9. Y as√≠ como el cuerpo humano se ve dotado de sus propios recursos con los que atiende a la vida, a la salud y al desarrollo de s√≠ y de sus miembros, del mismo modo el Salvador del g√©nero humano, por su infinita bondad, provey√≥ maravillosamente a su Cuerpo m√≠stico, enriqueci√©ndole con los sacramentos, por los que los miembros, como gradualmente y sin interrupci√≥n, fueran sustentados desde la cuna hasta el √ļltimo suspiro, y asimismo se atendiera abundant√≠simamente a las necesidades sociales de todo el Cuerpo. En efecto, por medio de las aguas purificadoras del Bautismo, los que nacen a esta vida mortal no solamente renacen de la muerte del pecado y quedan constituidos en miembros de la Iglesia, sino que, adem√°s, sellados con un car√°cter espiritual, se tornan capaces y aptos para recibir todos los otros sacramentos. Por otra parte, con el crisma de la Confirmaci√≥n se da a los creyentes nueva fortaleza, para que valientemente amparen y defiendan a la Madre Iglesia y la fe que de ella recibieron. A su vez, con el Sacramento de la Penitencia se ofrece a los miembros de la Iglesia ca√≠dos en pecado una medicina saludable, no solamente para mirar por la salud de s√≠ mismos, sino aun tambi√©n para apartar de otros miembros del Cuerpo m√≠stico el peligro de contagio, e incluso para proporcionarles un est√≠mulo y ejemplo de virtud. Y no es esto s√≥lo: ya que, por la sagrada Eucarist√≠a, los fieles se nutren y robustecen con un mismo manjar y se unen entre s√≠ y con la Cabeza de todo el Cuerpo por medio de un inefable y divino v√≠nculo. Y, por √ļltimo, por lo que hace a los enfermos en trance de muerte, viene en su ayuda la piadosa Madre Iglesia, la cual por medio de la Sagrada Unci√≥n de los enfermos, si, por disposici√≥n divina, no siempre les concede la salud de este cuerpo mortal, da a lo menos a las almas enfermas la medicina celestial, para trasladar al Cielo nuevos ciudadanos ‚ÄĒnuevos protectores para aqu√©lla‚ÄĒ, que gocen de la bondad divina por todos los siglos.

De un modo especial proveyó, además, Cristo a las necesidades sociales de la Iglesia por medio de dos sacramentos instituidos por El. Pues por el Matrimonio, en el que los cónyuges son mutuamente ministros de la gracia, se atiende al ordenado y exterior aumento de la comunidad cristiana, y, lo que es más, también a la recta y religiosa educación de la prole, sin la cual correría gravísimo riesgo el Cuerpo místico. Y con el Orden sagrado se dedican y consagran a Dios los que han de inmolar la Víctima Eucarística, los que han de nutrir al pueblo fiel con el Pan de los Angeles y con el manjar de la doctrina, los que han de dirigirle con los preceptos y consejos divinos, los que, finalmente, han de confirmarle con los demás dones celestiales.

Respecto a lo cual procede advertir que, así como Dios al principio del tiempo dotó al hombre de riquísimos medios corporales para que sujetara a su dominio todas las cosas creadas, y para que multiplicándose llenara la tierra, así también en el comienzo de la era cristiana proveyó a su Iglesia de todos los recursos necesarios, para que, superados casi innumerables peligros, no sólo llenara todo el orbe, sino también el reino de los cielos.

FORMADO POR DETERMINADOS MIEMBROS

10. Pero entre los miembros de la Iglesia s√≥lo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de √©l por la leg√≠tima autoridad a causa de grav√≠simas culpas. Porque todos nosotros ‚ÄĒdice el Ap√≥stol‚ÄĒ somos bautizados en un mismo Esp√≠ritu para formar un solo Cuerpo, ya seamos jud√≠os, ya gentiles, ya esclavos, ya libres17. As√≠ que, como en la verdadera congregaci√≥n de los fieles existe un solo Cuerpo, un solo Esp√≠ritu, un solo Se√Īor y un solo Bautismo, as√≠ no puede haber sino una sola fe18; y, por lo tanto, quien rehusare o√≠r a la Iglesia, seg√ļn el mandato del Se√Īor, ha de ser tenido por gentil y publicano19. Por lo cual, los que est√°n separados entre s√≠ por la fe o por la autoridad, no pueden vivir en este √ļnico Cuerpo, ni tampoco, por lo tanto, de este su √ļnico Esp√≠ritu.

A√öN PECADORES

Ni puede pensarse que el Cuerpo de la Iglesia, por el hecho de honrarse con el nombre de Cristo, aun en el tiempo de esta peregrinaci√≥n terrenal, conste √ļnicamente de miembros eminentes en santidad, o se forme solamente por la agrupaci√≥n de los que han sido predestinados a la felicidad eterna. Porque la infinita misericordia de nuestro Redentor no niega ahora un lugar en su Cuerpo m√≠stico a quienes en otro tiempo no neg√≥ la participaci√≥n en el convite20. Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herej√≠a o la apostas√≠a. Ni la vida se aleja completamente de aquellos que, aun cuando hayan perdido la caridad y la gracia divina pecando, y, por lo tanto, se hayan hecho incapaces de m√©rito sobrenatural, retienen, sin embargo, la fe y esperanza cristianas, e iluminados por una luz celestial son movidos por las internas inspiraciones e impulsos del Esp√≠ritu Santo a concebir en s√≠ un saludable temor, y excitados por Dios a orar y a arrepentirse de su ca√≠da.

Aborrezcan todos, pues, el pecado, con el cual quedan mancillados los miembros del Redentor; pero, quien miserablemente hubiere pecado, y no se hubiere hecho indigno por la contumacia de la comunión de los fieles, sea recibido con sumo amor, y con una activa caridad véase en él un miembro enfermo de Jesucristo. Pues vale más, como advierte el Obispo de Hipona, que se sanen permaneciendo en el cuerpo de la Iglesia, que no que sean cortados de él como miembros incurables21. Porque no es desesperada la curación de lo que aun está unido al cuerpo, mientras que lo que hubiere sido amputado no puede ser ni curado ni sanado22.

LA IGLESIA ES EL "CUERPO DE CRISTO"

11. Hasta aqu√≠ hemos visto, Venerables Hermanos, que de tal manera est√° constituida la Iglesia, que puede compararse a un cuerpo; resta que expongamos ahora clara y cuidadosamente por qu√© hay que llamarla no un cuerpo cualquiera, sino el Cuerpo de Jesucristo. Lo cual se deduce del hecho de que Nuestro Se√Īor es el Fundador, la Cabeza, el Sustentador y el Salvador de este Cuerpo m√≠stico.

CRISTO, "FUNDADOR" DEL CUERPO

Al querer exponer brevemente c√≥mo Cristo fund√≥ su cuerpo social, Nos viene ante todo a la mente esta frase de Nuestro predecesor Le√≥n XIII, de feliz memoria: La Iglesia, que, ya concebida, naci√≥ del mismo costado del segundo Ad√°n, como dormido en la Cruz, apareci√≥ a la luz del mundo de una manera espl√©ndida por vez primera el d√≠a faust√≠simo de Pentecost√©s23. Porque el Divino Redentor comenz√≥ la edificaci√≥n del m√≠stico templo de la Iglesia cuando con su predicaci√≥n expuso sus ense√Īanzas; la consum√≥ cuando pendi√≥ de la Cruz glorificado; y, finalmente, la manifest√≥ y promulg√≥ cuando de manera visible envi√≥ el Esp√≠ritu Par√°clito sobre sus disc√≠pulos.

a) Al predicar el Evangelio

En efecto, mientras cumpl√≠a su misi√≥n de predicar, eleg√≠a a los Ap√≥stoles, envi√°ndolos, as√≠ como El hab√≠a sido enviado por el Padre24, a saber, como maestros, jefes y santificadores en la comunidad de los creyentes; les nombraba el Pr√≠ncipe de ellos y Vicario suyo [de Cristo] en la tierra25, y les manifestaba todas las cosas que hab√≠a o√≠do al Padre26; establec√≠a, adem√°s, el Bautismo27, con el cual los futuros creyentes se hab√≠an de unir al Cuerpo de la Iglesia; y, finalmente, al llegar el ocaso de su vida, celebrando la √ļltima cena, institu√≠a la Eucarist√≠a, admirable sacrificio y admirable sacramento.

b) Al sufrir sobre la Cruz

12. Los testimonios incesantes de los Santos Padres, al atestiguar que en el pat√≠bulo de la Cruz consum√≥ su obra, ense√Īan que la Iglesia naci√≥ ‚ÄĒen la Cruz‚ÄĒ del costado del Salvador, como una nueva Eva, madre de todos los vivientes28. Dice el gran Ambrosio, tratando del costado abierto de Cristo: Y ahora se edifica, ahora se forma, ahora... se figura, y ahora se crea..., ahora se levanta la casa espiritual para constituir el sacerdocio santo29. Quien devotamente quisiere investigar tan venerable doctrina, podr√° sin dificultad encontrar las razones en que se funda.

Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida sucedi√≥ el Nuevo Testamento; entonces en la sangre de Jesucristo, y para todo el mundo, fue sancionada la Ley de Cristo con sus misterios, leyes, instituciones y ritos sagrados. Porque, mientras nuestro Divino Salvador predicaba en un reducido territorio ‚ÄĒpues no hab√≠a sido enviado sino a las ovejas que hab√≠an perecido de la casa de Israel30‚ÄĒ ten√≠an valor, contempor√°neamente, la Ley y el Evangelio31; pero en el pat√≠bulo de su muerte Jes√ļs aboli√≥ la Ley con sus decretos32, clav√≥ en la Cruz la escritura del Antiguo Testamento33, y constituy√≥ el Nuevo en su sangre, derramada por todo el g√©nero humano34. Pues, como dice San Le√≥n Magno, hablando de la Cruz del Se√Īor, de tal manera en aquel momento se realiz√≥ un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de lo muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su esp√≠ritu el Se√Īor, se rasg√≥ inmediatamente de arriba abajo aquel velo m√≠stico que cubr√≠a a las miradas el secreto sagrado del templo35.

En la Cruz, pues, muri√≥ la Ley Vieja, que en breve hab√≠a de ser enterrada y resultar√≠a mort√≠fera36, para dar paso al Nuevo Testamento, del cual Cristo hab√≠a elegido como id√≥neos ministros a los Ap√≥stoles37; y desde la Cruz nuestro Salvador, aunque constituido, ya desde el seno de la Virgen, Cabeza de toda la familia humana, ejerce plen√≠simamente sobre la Iglesia sus funciones de Cabeza, porque precisamente en virtud de la Cruz ‚ÄĒseg√ļn la sentencia del Ang√©lico y com√ļn Doctor‚ÄĒ, mereci√≥ el poder y dominio sobre las gentes38; por la misma aument√≥ en nosotros aquel inmenso tesoro de gracias que, desde su reino glorioso en el cielo, otorga sin interrupci√≥n alguna a sus miembros mortales; por la sangre derramada desde la Cruz hizo que, apartado el obst√°culo de la ira divina, todos los dones celestiales, y, en particular, las gracias espirituales del Nuevo y Eterno Testamento, pudiesen brotar de las fuentes del Salvador para la salud de los hombres, y principalmente de los fieles; finalmente, en el madero de la Cruz adquiri√≥ para s√≠ a su Iglesia, esto es, a todos los miembros de su Cuerpo m√≠stico, pues no se incorporar√≠an a este Cuerpo m√≠stico por el agua del Bautismo si antes no hubieran pasado al plen√≠simo dominio de Cristo por la virtud salvadora de la Cruz.

13. Y con su muerte nuestro Salvador fue hecho, en el pleno e √≠ntegro sentido de la palabra, Cabeza de la Iglesia, de la misma manera, por su sangre la Iglesia ha sido enriquecida con aquella abundant√≠sima comunicaci√≥n del Esp√≠ritu, por la cual, desde que el Hijo del Hombre fue elevado y glorificado en su pat√≠bulo de dolor, es divinamente ilustrada. Porque entonces, como advierte San Agust√≠n39, rasgado el velo del templo, sucedi√≥ que el roc√≠o de los carismas del Par√°clito ‚ÄĒque hasta entonces solamente hab√≠a descendido sobre el vell√≥n de Gede√≥n, es decir, sobre el pueblo de Israel‚ÄĒ, reg√≥ abundantemente, secado y desechado ya el vell√≥n, toda la tierra, es decir, la Iglesia Cat√≥lica, que no hab√≠a de conocer confines algunos de estirpe o de territorio. Y as√≠ como en el primer momento de la Encarnaci√≥n, el Hijo del Padre Eterno adorn√≥ con la plenitud del Esp√≠ritu Santo la naturaleza humana que hab√≠a unido a s√≠ substancialmente, para que fuese apto instrumento de la divinidad en la obra cruenta de la Redenci√≥n, as√≠ en la hora de su preciosa muerte quiso enriquecer a su Iglesia con los abundantes dones del Par√°clito, para que fuese un medio apto e indefectible del Verbo Encarnado en la distribuci√≥n de los frutos de la Redenci√≥n. Puesto que la llamada misi√≥n jur√≠dica de la Iglesia y la potestad de ense√Īar, gobernar y administrar los sacramentos deben el vigor y fuerza sobrenatural, que para la edificaci√≥n del Cuerpo de Cristo poseen, al hecho de que Jesucristo pendiente de la Cruz abri√≥ a la Iglesia la fuente de sus dones divinos, con los cuales pudiera ense√Īar a los hombres una doctrina infalible y los pudiese gobernar por medio de Pastores ilustrados por virtud divina y rociarlos con la lluvia de las gracias celestiales.

Si consideramos atentamente todos estos misterios de la Cruz, no nos parecer√°n oscuras aquellas palabras del Ap√≥stol, con las que ense√Īa a los Efesios que Cristo, con su sangre, hizo una sola cosa a jud√≠os y gentiles, destruyendo en su carne... la pared intermedia que divid√≠a a ambos pueblos; y tambi√©n que aboli√≥ la Ley Vieja para formar en s√≠ mismo de dos un solo hombre nuevo ‚ÄĒesto es, la Iglesia‚ÄĒ, y para reconciliar a ambos con Dios en un solo Cuerpo por medio de la Cruz40.

c) Al promulgar la Iglesia

14. Y a esta Iglesia, fundada con su sangre, la fortaleci√≥ el d√≠a de Pentecost√©s con una fuerza especial bajada del cielo. Puesto que, constituido solemnemente en su excelso cargo aquel a quien ya antes hab√≠a designado por Vicario suyo, subi√≥ al Cielo, y, sentado a la diestra del Padre, quiso manifestar y promulgar a su Esposa mediante la venida visible del Esp√≠ritu Santo con el sonido de un viento vehemente y con lenguas de fuego41. Porque as√≠ como El mismo, al comenzar el ministerio de su predicaci√≥n, fue manifestado por su Eterno Padre por medio del Esp√≠ritu Santo que descendi√≥ en forma de paloma y se pos√≥ sobre √Čl42, de la misma manera, cuando los Ap√≥stoles hab√≠an de comenzar el sagrado ministerio de la predicaci√≥n, Cristo nuestro Se√Īor envi√≥ del cielo a su Esp√≠ritu, el cual, al tocarlos con lenguas de fuego, como con dedo divino indicase a la Iglesia su misi√≥n sublime.

CRISTO, "CABEZA DEL CUERPO"

15. En segundo lugar, se prueba que este Cuerpo m√≠stico, que es la Iglesia, lleva el nombre de Cristo, por el hecho de que El ha de ser considerado como su Cabeza. El ‚ÄĒdice San Pablo‚ÄĒ es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia43. El es la cabeza, partiendo de la cual todo el Cuerpo, dispuesto con debido orden, crece y se aumenta, para su propia edificaci√≥n44.

Bien conoc√©is, Venerables Hermanos, con cu√°n convincentes argumentos han tratado de este asunto los Maestros de la Teolog√≠a Escol√°stica, y principalmente el Ang√©lico y com√ļn Doctor; y sab√©is perfectamente que los argumentos por √©l aducidos responden fielmente a las razones alegadas por los Santos Padres, los cuales, por lo dem√°s, no hicieron otra cosa que referir y con sus comentarios explicar la doctrina de la Sagrada Escritura.

a) Por razón de excelencia

Nos place, sin embargo, para com√ļn utilidad, tratar aqu√≠ sucintamente de esta materia. Y en primer lugar, es evidente que el Hijo de Dios y de la Bienaventurada Virgen Mar√≠a se debe llamar, por la singular√≠sima raz√≥n de su excelencia, Cabeza de la Iglesia. Porque la Cabeza est√° colocada en lo m√°s alto. Y ¬Ņqui√©n est√° colocado en m√°s alto lugar que Cristo Dios, el cual, como Verbo del Eterno Padre, debe ser considerado como primog√©nito de toda criatura?45 ¬ŅQui√©n se halla en m√°s elevada cumbre que Cristo hombre, que, nacido de una Madre inmune de toda mancha, es Hijo verdadero y natural de Dios, y por su admirable y gloriosa resurrecci√≥n, con la que se levant√≥ triunfador de la muerte, es primog√©nito de entre los muertos?46 ¬ŅQui√©n, finalmente, est√° colocado en cima m√°s sublime que Aquel que como √ļnico... mediador de Dios y de los hombres47 junta de una manera tan admirable la tierra con el cielo; que, elevado en la Cruz como en un solio de misericordia, atrajo todas las cosas a s√≠ mismo48; y que, elegido ‚ÄĒde entre infinitos millares‚ÄĒ Hijo del Hombre, es m√°s amado por Dios que todos los dem√°s hombres, que todos los √°ngeles y que todas las cosas creadas?49.

b) Por razón de gobierno

16. Pues bien: si Cristo ocupa un lugar tan sublime, con toda raz√≥n es el √ļnico que rige y gobierna la Iglesia; y tambi√©n por este t√≠tulo se asemeja a la cabeza. Ya que, para usar las palabras de San Ambrosio, as√≠ como la cabeza es la ciudadela regia del cuerpo50, y desde ella, por estar adornada de mayores dotes, son dirigidos naturalmente todos los miembros a los que est√° sobrepuesta para mirar por ellos51, as√≠ el Divino Redentor rige el tim√≥n de toda la sociedad cristiana y gobierna sus destinos. Y, puesto que regir la sociedad humana no es otra cosa que conducirla al fin que le fue se√Īalado con medios aptos y rectamente52, es f√°cil ver c√≥mo nuestro Salvador, imagen y modelo de buenos Pastores53, ejercita todas estas cosas de manera admirable.

Porque El, mientras moraba en la tierra, nos instruy√≥, por medio de leyes, consejos y avisos, con palabras que jam√°s pasar√°n, y ser√°n para los hombres de todos los tiempos esp√≠ritu y vida54. Y, adem√°s, concedi√≥ a los Ap√≥stoles y a sus sucesores la triple potestad de ense√Īar, regir y llevar a los hombres hacia la santidad; potestad que, determinada con especiales preceptos, derechos y deberes, fue establecida por El como ley fundamental de toda la Iglesia.

Arcano y extraordinario

17. Pero tambi√©n directamente dirige y gobierna por s√≠ mismo el Divino Salvador la sociedad por El fundada. Porque El reina en las mentes y en las almas de los hombres y doblega y arrastra hacia su benepl√°cito aun las voluntades m√°s rebeldes. El coraz√≥n del rey est√° en manos del Se√Īor; lo inclinar√° adonde quisiere55. Y con este gobierno interior, no solamente tiene cuidado de cada uno en particular, como pastor y obispo de nuestras almas56; sino que, adem√°s, mira por toda la Iglesia, ya iluminando y fortaleciendo a sus jerarcas para cumplir fiel y fructuosamente los respectivos cargos, ya tambi√©n suscitando del seno de la Iglesia, especialmente en las m√°s graves circunstancias, hombres y mujeres eminentes en santidad, que sirvan de ejemplo a los dem√°s fieles para el provecho de su Cuerpo m√≠stico. A√Ī√°dase a esto que Cristo desde el Cielo mira siempre con particular afecto a su Esposa inmaculada, desterrada en este mundo; y cuando la ve en peligro, ya por s√≠ mismo, ya por sus √°ngeles57, ya por Aquella que invocamos como Auxilio de los Cristianos, y por otros celestiales abogados, la libra de las oleadas de la tempestad, y, tranquilizado y apaciguado el mar, la consuela con aquella paz que supera a todo sentido58.

Visible y ordinario

Ni se ha de creer que su gobierno se ejerce solamente de un modo invisible59 y extraordinario, siendo as√≠ que tambi√©n de una manera patente y ordinaria gobierna el Divino Redentor, por su Vicario en la tierra, a su Cuerpo m√≠stico. Porque ya sab√©is, Venerables Hermanos, que Cristo Nuestro Se√Īor, despu√©s de haber gobernado por s√≠ mismo durante su mortal peregrinaci√≥n a su peque√Īa grey60, cuando estaba para dejar este mundo y volver a su Padre, encomend√≥ el r√©gimen visible de la sociedad por El fundada al Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles. Ya que, sapient√≠simo como era, de ninguna manera pod√≠a dejar sin una cabeza visible el cuerpo social de la Iglesia que hab√≠a fundado. Ni para debilitar esta afirmaci√≥n puede alegarse que, a causa del Primado de jurisdicci√≥n establecido en la Iglesia, este Cuerpo m√≠stico tiene dos cabezas. Porque Pedro, en fuerza del primado, no es sino el Vicario de Cristo, por cuanto no existe m√°s que una Cabeza primaria de este Cuerpo, es decir, Cristo; el cual, sin dejar de regir secretamente por s√≠ mismo a la Iglesia ‚ÄĒque, despu√©s de su gloriosa Ascensi√≥n a los cielos, se funda no s√≥lo en El, sino tambi√©n en Pedro, como en fundamento visible‚ÄĒ, la gobierna, adem√°s, visiblemente por aquel que en la tierra representa su persona. Que Cristo y su Vicario constituyen una sola Cabeza, lo ense√Ī√≥ solemnemente Nuestro predecesor Bonifacio VIII, de i. m., por las Letras Apost√≥licas Unam sanctam61; y nunca desistieron de inculcar lo mismo sus Sucesores.

Hállanse, pues, en un peligroso error quienes piensan que pueden abrazar a Cristo, Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a su Vicario en la tierra. Porque, al quitar esta Cabeza visible, y romper los vínculos sensibles de la unidad, oscurecen y deforman el Cuerpo místico del Redentor, de tal manera, que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo.

18. Y lo que en este lugar Nos hemos dicho de la Iglesia universal, debe afirmarse tambi√©n de las particulares comunidades cristianas tanto orientales como latinas, de las que se compone la √ļnica Iglesia Cat√≥lica: por cuanto ellas son gobernadas por Jesucristo con la palabra y la potestad del Obispo de cada una. Por lo cual los Obispos no solamente han de ser considerados como los principales miembros de la Iglesia universal, como quienes est√°n ligados por un v√≠nculo especial√≠simo con la Cabeza divina de todo el Cuerpo ‚ÄĒy por ello con raz√≥n son llamados partes principales de los miembros del Se√Īor62‚ÄĒ, sino que, por lo que a su propia di√≥cesis se refiere, apacientan y rigen como verdaderos Pastores, en nombre de Cristo, la grey que a cada uno ha sido confiada63; pero, haciendo esto, no son completamente independientes, sino que est√°n puestos bajo la autoridad del Romano Pont√≠fice, aunque gozan de jurisdicci√≥n ordinaria, que el mismo Sumo Pont√≠fice directamente les ha comunicado. Por lo cual han de ser venerados por los fieles como sucesores de los Ap√≥stoles por instituci√≥n divina64, y m√°s que a los gobernantes de este mundo, aun los m√°s elevados, conviene a los Obispos, adornados como est√°n con el crisma del Esp√≠ritu Santo, aquel dicho: No toqu√©is a mis ungidos65.

Por lo cual Nos sentimos grand√≠sima pena cuando llega a Nuestros o√≠dos que no pocos de Nuestros Hermanos en el Episcopado, s√≥lo porque son verdaderos modelos del reba√Īo66, y por defender fiel y en√©rgicamente, seg√ļn su deber, el sagrado dep√≥sito de la fe67 que les fue encomendado; s√≥lo por mantener celosamente las leyes sant√≠simas, esculpidas en los √°nimos de los hombres, y por defender, siguiendo el ejemplo del supremo Pastor, la grey a ellos confiada, de los lobos rapaces, no s√≥lo tienen que sufrir las persecuciones y vejaciones dirigidas contra ellos mismos, sino tambi√©n ‚ÄĒlo que para ellos suele ser m√°s cruel y doloroso‚ÄĒ las levantadas contra las ovejas puestas bajo sus cuidados, contra sus colaboradores en el apostolado, y aun contra las v√≠rgenes consagradas a Dios. Nos, considerando tales injurias como inferidas a Nos mismo, repetimos las sublimes palabras de Nuestro Predecesor, de i. m., San Gregorio Magno: Nuestro honor es el honor de la Iglesia universal; Nuestro honor es la firme fortaleza de Nuestros hermanos; y entonces Nos sentimos honrados de veras, cuando a cada uno de ellos no se le niega el honor que le es debido68.

c) Por la mutua necesidad

19. Mas no por esto se vaya a pensar que la Cabeza, Cristo, al estar colocada en tan elevado lugar, no necesita de la ayuda del Cuerpo. Porque tambi√©n de este m√≠stico Cuerpo cabe decir lo que San Pablo afirma del organismo humano: No puede decir... la cabeza a los pies: no necesito de vosotros69. Es cosa evidente que los fieles necesitan del auxilio del Divino Redentor, puesto que El mismo dijo: Sin m√≠ nada pod√©is hacer70; y, seg√ļn el dicho del Ap√≥stol, todo el crecimiento de este Cuerpo en orden a su desarrollo proviene de la Cabeza, que es Cristo71. Pero a la par debe afirmarse, aunque parezca completamente extra√Īo, que Cristo tambi√©n necesita de sus miembros. En primer lugar, porque la persona de Cristo es representada por el Sumo Pont√≠fice, el cual, para no sucumbir bajo la carga de su oficio pastoral, tiene que llamar a participar de sus cuidados a otros muchos, y diariamente tiene que ser apoyado por las oraciones de toda la Iglesia. Adem√°s, nuestro Salvador, como no gobierna la Iglesia de un modo visible, quiere ser ayudado por los miembros de su Cuerpo m√≠stico en el desarrollo de su misi√≥n redentora. Lo cual no proviene de necesidad o insuficiencia por parte suya, sino m√°s bien porque El mismo as√≠ lo dispuso para mayor honra de su Esposa inmaculada. Porque, mientras mor√≠a en la Cruz, concedi√≥ a su Iglesia el inmenso tesoro de la redenci√≥n, sin que ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata de la distribuci√≥n de este tesoro, no s√≥lo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificaci√≥n, sino que quiere que en alguna manera provenga de ella. Misterio verdaderamente tremendo y que jam√°s se meditar√° bastante, el que la salvaci√≥n de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperaci√≥n que Pastores y fieles ‚ÄĒsingularmente los padres y madres de familia‚ÄĒ han de ofrecer a nuestro Divino Salvador.

A las razones expuestas para probar que Cristo Nuestro Se√Īor es Cabeza de su Cuerpo social, hemos de a√Īadir ahora otras tres, √≠ntimamente ligadas entre s√≠.

d) Por la semejanza

20. Comencemos por la mutua conformidad que existe entre la Cabeza y el Cuerpo, puesto que son de la misma naturaleza. Para lo cual es de notar que nuestra naturaleza, aunque inferior a la ang√©lica, por la bondad de Dios supera a la de los √°ngeles: Porque Cristo, como dice Santo Tom√°s, es la cabeza de los √°ngeles. Porque Cristo es superior a los √°ngeles, aun en cuanto a la humanidad... Adem√°s, en cuanto hombre, ilumina a los √°ngeles e influye en ellos. Pero, si se trata ya de naturalezas, Cristo no es cabeza de los √°ngeles, porque no asumi√≥ la naturaleza ang√©lica, sino ‚ÄĒseg√ļn dice el Ap√≥stol‚ÄĒ la del linaje de Abraham72. Y no solamente asumi√≥ Cristo nuestra naturaleza, sino que, adem√°s, en un cuerpo fr√°gil, pasible y mortal se ha hecho consangu√≠neo nuestro. Pues si el Verbo se anonad√≥ a s√≠ mismo tomando la forma de esclavo73, lo hizo para hacer participantes de la naturaleza divina a sus hermanos seg√ļn la carne74, tanto en este destierro terreno por medio de la gracia santificante, cuanto en la patria celestial por la eterna bienaventuranza. Por esto el Hijo Unig√©nito del Eterno Padre quiso hacerse hombre, para que nosotros fu√©ramos conformes a la imagen del Hijo de Dios75 y nos renov√°semos seg√ļn la imagen de Aquel que nos cre√≥76. Por lo cual, todos los que se glor√≠an de llevar el nombre de cristianos, no s√≥lo han de contemplar a nuestro Divino Salvador como un excelso y perfect√≠simo modelo de todas las virtudes, sino que, adem√°s, por el sol√≠cito cuidado de evitar los pecados y por el m√°s esmerado empe√Īo en ejercitar la virtud, han de reproducir de tal manera en sus costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo, que cuando apareciere el Se√Īor sean hechos semejantes a El en la gloria, vi√©ndole tal como es77.

Y as√≠ como quiere Jesucristo que todos los miembros sean semejantes a El, as√≠ tambi√©n quiere que lo sea todo el Cuerpo de la Iglesia. Lo cual, en realidad, se consigue cuando ella, siguiendo las huellas de su Fundador, ense√Īa, gobierna e inmola el divino Sacrificio. Ella, adem√°s, cuando abraza los consejos evang√©licos, reproduce en s√≠ misma la pobreza, la obediencia y la virginidad del Redentor. Ella, por las m√ļltiples y variadas instituciones que son como adornos con que se embellece, muestra en alguna manera a Cristo, ya contemplando en el monte, ya predicando a los pueblos, ya sanando a los enfermos y convirtiendo a los pecadores, ya, finalmente, haciendo bien a todos. No es, pues, de maravillar que la Iglesia, mientras se halla en esta tierra, padezca persecuciones, molestias y trabajos, a ejemplo de Cristo.

e) Por la plenitud

21. Es tambi√©n Cristo Cabeza de la Iglesia, porque, al sobresalir El por la plenitud y perfecci√≥n de los dones celestiales, su Cuerpo m√≠stico recibe algo de aquella su plenitud. Porque ‚ÄĒcomo notan muchos Santos Padres‚ÄĒ as√≠ como la cabeza de nuestro cuerpo mortal est√° dotada de todos los sentidos, mientras que las dem√°s partes de nuestro organismo solamente poseen el sentido del tacto, as√≠ de la misma manera todas las virtudes, todos los dones, todos los carismas que adornan a la sociedad cristiana resplandecen perfect√≠simamente en su Cabeza, Cristo. Plugo [al Padre] que habitara en El toda plenitud78. Brillan en El los dones sobrenaturales que acompa√Īan a la uni√≥n hipost√°tica: puesto que en El habita el Esp√≠ritu Santo con tal plenitud de gracia, que no puede imaginarse otra mayor. A El ha sido dada potestad sobre toda carne79; en El est√°n abundant√≠simamente todos los tesoros de la sabidur√≠a y de la ciencia80. Y posee de tal modo la ciencia de la visi√≥n beat√≠fica, que tanto en amplitud como en claridad supera a la que gozan todos los bienaventurados del Cielo. Y, finalmente, est√° tan lleno de gracia y santidad, que de su plenitud inexhausta todos participamos81.

f) Por el influjo

22. Estas palabras del disc√≠pulo predilecto de Jes√ļs, Nos mueven a exponer la √ļltima raz√≥n por la cual se muestra de una manera especial que Cristo Nuestro Se√Īor es la Cabeza de su Cuerpo m√≠stico. Porque as√≠ como los nervios se difunden desde la cabeza a todos nuestros miembros, d√°ndoles la facultad de sentir y de moverse, as√≠ nuestro Salvador derrama en su Iglesia su poder y eficacia, para que con ella los fieles conozcan m√°s claramente y m√°s √°vidamente deseen las cosas divinas. De El se deriva al Cuerpo de la Iglesia toda la luz con que los creyentes son iluminados por Dios, y toda la gracia con que se hacen santos, como El es santo.

Cristo ilumina a toda su Iglesia; lo cual se prueba con casi innumerables textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. A Dios nadie jam√°s le vio; el Hijo Unig√©nito, que est√° en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer82. Viniendo de Dios como maestro83, para dar testimonio de la verdad84, de tal manera ilustr√≥ a la primitiva Iglesia de los Ap√≥stoles, que el Pr√≠ncipe de ellos exclam√≥: ¬ŅSe√Īor, a qui√©n iremos? T√ļ tienes palabras de vida eterna85; de tal manera asisti√≥ a los Evangelistas desde el cielo, que escribieron, como miembros de Cristo, lo que conocieron como dict√°ndoles la Cabeza86. Y aun hoy d√≠a es para nosotros, que moramos en este destierro, autor de nuestra fe, como ser√° un d√≠a su consumador en la patria celestial87. El infunde en los fieles la luz de la fe: El enriquece con los dones sobrenaturales de ciencia, inteligencia y sabidur√≠a a los Pastores y a los Doctores, y principalmente a su Vicario en la tierra, para que conserven fielmente el tesoro de la fe, lo defiendan con valent√≠a, lo expliquen y corroboren piadosa y diligentemente; El, por fin, aunque invisible, preside e ilumina a los Concilios de la Iglesia88.

23. Cristo es autor y causa de santidad. Porque no puede obrarse ning√ļn acto saludable que no proceda de El como de fuente sobrenatural. Sin m√≠, nada pod√©is hacer89. Cuando por los pecados cometidos nos movemos a dolor y penitencia, cuando con temor filial y con esperanza nos convertimos a Dios, siempre procedemos movidos por El. La gracia y la gloria proceden de su inexhausta plenitud. Todos los miembros de su Cuerpo m√≠stico y, sobre todo, los m√°s importantes reciben del Salvador dones constantes de consejo, fortaleza, temor y piedad, a fin de que todo el cuerpo aumente cada d√≠a m√°s en integridad y en santidad de vida. Y cuando los Sacramentos de la Iglesia se administran con rito externo, El es quien produce el efecto interior en las almas90. Y, asimismo, El es quien, alimentando a los redimidos con su propia carne y sangre, apacigua los desordenados y turbulentos movimientos del alma; El es el que aumenta las gracias y prepara la gloria a las almas y a los cuerpos. Y estos tesoros de su divina bondad los distribuye a los miembros de su Cuerpo m√≠stico, no s√≥lo por el hecho de que los implora como hostia eucar√≠stica en la tierra y glorificada en el Cielo, mostrando sus llagas y elevando oraciones al Eterno Padre, sino tambi√©n porque escoge, determina y distribuye para cada uno las gracias peculiares, seg√ļn la medida de la donaci√≥n de Cristo91. De donde se sigue que, recibiendo fuerza del Divino Redentor, como de manantial primario, todo el cuerpo trabajo y concertado entre s√≠ recibe por todos los vasos y conductos de comunicaci√≥n, seg√ļn la medida correspondiente a cada miembro, el aumento propio del cuerpo, para su perfecci√≥n, mediante la caridad92.

CRISTO, "SUSTENTADOR" DEL CUERPO

23. Lo que acabamos de exponer, Venerables Hermanos, explanando breve y concisamente la manera c√≥mo quiere Cristo Nuestro Se√Īor que de su divina plenitud afluyan sus abundantes dones a toda la Iglesia, para que √©sta se le asemeje cuanto es posible, sirve no poco para explicar la tercera raz√≥n que demuestra c√≥mo el Cuerpo social de la Iglesia se honra con el nombre de Cristo: la cual consiste en el hecho de que nuestro Redentor mismo sustenta con divino poder la sociedad por El fundada.

Como sutil y agudamente advierte Belarmino93, tal denominaci√≥n Cuerpo de Cristo no solamente proviene de que Cristo debe ser considerado Cabeza de su Cuerpo m√≠stico, sino tambi√©n de que de tal modo sustenta a su Iglesia, y en cierta manera vive en ella, que √©sta subsiste casi como un segundo Cristo. Y as√≠ lo afirma el Doctor de las Gentes escribiendo a los Corintios, cuando sin m√°s aditamento llama Cristo a la Iglesia94, imitando en ello al Divino Maestro que a √©l mismo, cuando persegu√≠a a la Iglesia, le habl√≥ de esta manera: Saulo, Saulo, ¬Ņpor qu√© me persigues?95. M√°s a√ļn, si creemos al Niseno, el Ap√≥stol con frecuencia llama Cristo a la Iglesia96; y no ignor√°is, Venerables Hermanos, aquella frase de San Agust√≠n: Cristo predica a Cristo97.

a) por su misión jurídica

Sin embargo, tan excelso nombre no se ha de entender como si aquel v√≠nculo inefable, por el que el Hijo de Dios asumi√≥ una concreta naturaleza humana, se hubiera de extender a la Iglesia universal; sino que significa c√≥mo nuestro Salvador de tal manera comunica a su Iglesia los bienes que le son propios, que la Iglesia, en todos los √≥rdenes de su vida, tanto visible como invisible, reproduce en s√≠ lo m√°s perfectamente posible la imagen de Cristo. Porque por la misi√≥n jur√≠dica, con la que el Divino Redentor envi√≥ a los Ap√≥stoles al mundo, como El mismo hab√≠a sido enviado por el Padre98, El es quien por la Iglesia bautiza, ense√Īa, gobierna, desata, liga, ofrece, sacrifica.

b) Por su Espíritu

25. Y por aquel don m√°s elevado, interior y verdaderamente sublime, de que arriba hablamos, describiendo c√≥mo influye la Cabeza en los miembros, Cristo Nuestro Se√Īor hace que la Iglesia viva de su misma vida divina, da vida a todo el Cuerpo con su virtud infinita, y alimenta y sustenta a cada uno de los miembros, seg√ļn el lugar que en el Cuerpo ocupan, como la vid, si a ella est√°n unidos, nutre sus sarmientos y hace que fructifiquen99.

Y si consideramos atentamente este principio de vida y de virtud dado por Cristo, en cuanto constituye la fuente misma de todo don y de toda gracia creada, entenderemos f√°cilmente que no es otro sino el Esp√≠ritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que de una manera peculiar se llama Esp√≠ritu de Cristo o Esp√≠ritu del Hijo100. Por obra de este Esp√≠ritu de gracia y de verdad el Hijo de Dios adorn√≥ su alma en el seno inmaculado de la Virgen; este Esp√≠ritu tiene sus delicias en habitar en el alma bienaventurada del Redentor como en su amad√≠simo templo; este Esp√≠ritu nos lo mereci√≥ Cristo con su sangre derramada en la Cruz; este Esp√≠ritu, finalmente, alentado sobre sus Ap√≥stoles, lo concedi√≥ a la Iglesia para la remisi√≥n de los pecados101; y, mientras s√≥lo Cristo recibi√≥ este Esp√≠ritu sin medida102, a los miembros de su Cuerpo m√≠stico se les da, de la plenitud de Cristo, s√≥lo en la medida de la donaci√≥n del mismo Cristo103. Y despu√©s que Cristo fue glorificado en la Cruz, su Esp√≠ritu se comunica a la Iglesia con una efusi√≥n abundant√≠sima, a fin de que Ella y cada uno de sus miembros se asemejen cada d√≠a m√°s a nuestro Divino Salvador. El Esp√≠ritu de Cristo es el que nos hizo hijos adoptivos de Dios104, para que alg√ļn d√≠a todos nosotros, contemplando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Se√Īor, nos transformemos en la misma imagen de gloria en gloria105.

c) Porque es el alma del Cuerpo místico

26. A este Esp√≠ritu de Cristo, como a principio invisible, ha de atribuirse tambi√©n el que todas las partes est√©n √≠ntimamente unidas, tanto entre s√≠, como con su excelsa Cabeza, estando como est√° todo en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros: en los cuales est√° presente, asisti√©ndoles de muchas maneras y seg√ļn sus diversos cargos y oficios, seg√ļn el mayor o menor grado de perfecci√≥n espiritual de que gozan. El, con su celestial h√°lito de vida, ha de ser considerado como el principio de toda acci√≥n vital y saludable en todas las partes del Cuerpo m√≠stico. El, aunque se halle presente por s√≠ mismo en todos los miembros y en ellos obre con su divino influjo, se sirve del ministerio de los superiores para actuar en los inferiores. El, finalmente, mientras engendra cada d√≠a nuevos miembros a la Iglesia con la acci√≥n de su gracia, rehusa habitar con la gracia santificante en los miembros totalmente separados del Cuerpo. Presencia y operaci√≥n del Esp√≠ritu de Cristo, que signific√≥ breve y concisamente Nuestro sapient√≠simo Predecesor Le√≥n XIII, de i. m., en su enc√≠clica Divinum illud, con estas palabras: Baste saber que mientras Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Esp√≠ritu Santo es su alma106.

Pero si consideramos esta virtud y fuerza vital, con la que toda la comunidad cristiana es sustentada por su Fundador, no ya en sí misma, sino en los efectos creados que de ella nacen, veremos que consiste en los dones celestiales que nuestro Redentor concede a la Iglesia juntamente con su Espíritu y produce a una con este mismo dador de la luz sobrenatural y autor de la santidad. Así que la Iglesia, lo mismo que todos sus santos miembros, pueden hacer suya esta sublime frase del Apóstol: Y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí107.

CRISTO, "SALVADOR" DEL CUERPO

27. Nuestra exposici√≥n en torno a la Cabeza m√≠stica108 quedar√≠a incompleta, si no trat√°ramos, siquiera brevemente, de aquel texto del Ap√≥stol: Cristo es la Cabeza de la Iglesia: El es el Salvador de su Cuerpo109. Porque con estas palabras se indica su √ļltima raz√≥n por la que el Cuerpo de la Iglesia se honra con el nombre de Cristo, a saber: que Cristo es el Salvador divino de este Cuerpo. El, con toda justicia, fue llamado por los samaritanos Salvador del mundo110; m√°s a√ļn, sin ninguna vacilaci√≥n debe ser llamado Salvador de todos, aunque con San Pablo hay que a√Īadir: mayormente de los fieles111. Es decir, que con preferencia sobre los dem√°s adquiri√≥ con su sangre aquellos sus miembros que constituyen la Iglesia112. Pero, habiendo expuesto ya estas cosas cuando anteriormente hemos tratado del nacimiento de la Iglesia en la Cruz, de Cristo dador de la luz y causa de la santidad y de √©l mismo como sustentador de su Cuerpo m√≠stico, no hay por qu√© las explanemos m√°s largamente, sino m√°s bien medit√©moslas con √°nimo humilde y atento, dando gracias incesantes a Dios. Y lo que nuestro Salvador inco√≥ un d√≠a, cuando estaba pendiente de la Cruz, no deja de hacerlo constantemente y sin interrupci√≥n en la patria bienaventurada: Nuestra Cabeza ‚ÄĒdice San Agust√≠n‚ÄĒ intercede por nosotros: a unos miembros los recibe, a otros los azota, a unos los limpia, a otros los consuela, a otros los crea, a otros los llama, a otros los vuelve a llamar, a otros los corrige, a otros los reintegra113. Y a Cristo debemos prestar ayuda en esta obra salvadora todos nosotros, pues de uno mismo y por uno mismo recibimos la salvaci√≥n y la damos114.

LA IGLESIA, CUERPO "M√ćSTICO" DE CRISTO

28. Pasemos ya, Venerables Hermanos, a explicar y poner en su luz c√≥mo ha de ser llamado m√≠stico el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Este calificativo, empleado ya por muchos escritores de la Edad Antigua, se ve confirmado por no pocos documentos de Sumos Pont√≠fices. Y no hay s√≥lo un motivo para usar aquel t√©rmino, pues por una parte √©l hace que el cuerpo social de la Iglesia, cuya Cabeza y rector es Cristo, se pueda distinguir de su Cuerpo f√≠sico, que, nacido de la Virgen Madre de Dios, est√° sentado ahora a la diestra del Padre y se oculta bajo los velos eucar√≠sticos; y por otra parte, hace que se le pueda distinguir ‚ÄĒcosa importante, dados los errores modernos‚ÄĒ de todo cuerpo natural, f√≠sico o moral.

Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que √©stas se ven privadas de la subsistencia propia, en el Cuerpo m√≠stico, por lo contrario, la fuerza que opera la rec√≠proca uni√≥n, aunque √≠ntima, junta entre s√≠ los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad. A√Ī√°dase a esto que, si consideramos las mutuas relaciones entre el todo y los diversos miembros, en todo cuerpo f√≠sico vivo todos los miembros tienen como fin supremo solamente el provecho de todo el conjunto, mientras que todo organismo social de hombres, si se atiende a su fin √ļltimo, est√° ordenado en definitiva al bien de todos y cada uno de los miembros, dada su cualidad de personas. As√≠ que ‚ÄĒvolviendo a nuestro asunto‚ÄĒ como el Hijo del Eterno Padre baj√≥ del Cielo para la salvaci√≥n perdurable de todos nosotros, del mismo modo fund√≥ y enriqueci√≥ con el Esp√≠ritu divino al Cuerpo de la Iglesia para procurar y obtener la felicidad de las almas inmortales, conforme a aquello del Ap√≥stol: Todo es vuestro y vosotros sois de Cristo; y Cristo es de Dios115. Porque la Iglesia, fundada para el bien de los fieles, tiene como destino la gloria de Dios y del que El envi√≥, Jesucristo.

29. Y si comparamos el Cuerpo m√≠stico con el moral, entonces observaremos que la diferencia existente entre ambos no es peque√Īa, sino de suma importancia y trascendencia. Porque en el cuerpo que llamamos moral el principio de unidad no es sino el fin com√ļn y la cooperaci√≥n com√ļn de todos a un mismo fin por medio de la autoridad social; mientras que en el Cuerpo m√≠stico, de que tratamos, a esta cooperaci√≥n se a√Īade otro principio interno que, existiendo de hecho y actuando en toda la contextura y en cada una de sus partes, es de tal excelencia que por s√≠ mismo sobrepuja inmensamente a todos los v√≠nculos de unidad que sirven para la trabaz√≥n del cuerpo f√≠sico o moral. Es √©ste, como dijimos arriba, un principio no de orden natural, sino sobrenatural, m√°s a√ļn, absolutamente infinito e increado en s√≠ mismo, a saber, el Esp√≠ritu divino, quien, como dice el Ang√©lico, siendo uno y el mismo num√©ricamente, llena y une a toda la Iglesia116.

El justo sentido de esta palabra nos recuerda, seg√ļn eso, c√≥mo la Iglesia, que ha de ser tenida por una sociedad perfecta en su g√©nero, no se compone s√≥lo de elementos y constitutivos sociales y jur√≠dicos. Es ella muy superior a todas las dem√°s sociedades humanas117, a las cuales supera como la gracia sobrepasa a la naturaleza y como lo inmortal aventaja a todas las cosas perecederas118. Y no es que se haya de menospreciar ni tener en poco a estas otras comunidades, y, sobre todo, a la sociedad civil; sin embargo, no est√° toda la Iglesia en el orden de estas cosas, como no est√° todo el hombre en la contextura material de nuestro cuerpo mortal119. Pues, aunque las relaciones jur√≠dicas, en las que tambi√©n estriba y se establece la Iglesia, proceden de la constituci√≥n divina dada por Cristo y contribuyen al logro del fin supremo, con todo, lo que eleva a la sociedad cristiana a un grado que est√° por encima de todos los √≥rdenes de la naturaleza es el Esp√≠ritu de nuestro Redentor, que, como manantial de todas las gracias, dones y carismas, llena constante e √≠ntimamente a la Iglesia y obra en ella. Porque, as√≠ como el organismo de nuestro cuerpo mortal, aun siendo obra maravillosa del Creador, dista much√≠simo de la excelsa dignidad de nuestra alma, as√≠ la estructura de la sociedad cristiana, aunque est√° pregonando la sabidur√≠a de su divino Arquitecto, es, sin embargo, una cosa de orden inferior si se la compara ya con los dones espirituales que la engalanan y vivifican, ya con su manantial divino.

LA IGLESIA JUR√ćDICA Y LA IGLESIA DE CARIDAD

30. De cuanto venimos escribiendo y explicando, Venerables Hermanos, se deduce absolutamente el grave error de los que a su arbitrio se forjan una Iglesia latente e invisible, así como el de los que la tienen por una institución humana dotada de una cierta norma de disciplina y de ritos externos, pero sin la comunicación de una vida sobrenatural120. Por lo contrario, a la manera que Cristo, Cabeza y dechado de la Iglesia, no es comprendido íntegramente, si en El se considera sólo la naturaleza humana visible... o sola la divina e invisible naturaleza... sino que es uno solo con ambas y en ambas naturalezas...; así también acontece en su Cuerpo místico121, toda vez que el Verbo de Dios asumió una naturaleza humana pasible para que el hombre, una vez fundada una sociedad visible y consagrada con sangre divina, fuera llevado por un gobierno visible a las cosas invisibles122.

Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sue√Īan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que ‚ÄĒno sin desd√©n‚ÄĒ oponen otra que llaman jur√≠dica. Pero se enga√Īan al introducir semejante distinci√≥n; pues no entienden que el Divino Redentor por este mismo motivo quiso que la comunidad por El fundada fuera una sociedad perfecta en su g√©nero y dotada de todos los elementos jur√≠dicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redenci√≥n123. Y para lograr este mismo fin, procur√≥ que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Esp√≠ritu Par√°clito. El Eterno Padre la quiso, ciertamente, como reino del Hijo de su amor124; pero un verdadero reino, en el que todos sus fieles le rindiesen pleno homenaje de su entendimiento y voluntad125, y con √°nimo humilde y obediente se asemejasen a Aquel que por nosotros se hizo obediente hasta la muerte126. No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposici√≥n o pugna entre la misi√≥n invisible del Esp√≠ritu Santo y el oficio jur√≠dico que los Pastores y Doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades ‚ÄĒcomo en nosotros el cuerpo y el alma‚ÄĒ se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador nuestro, quien no s√≥lo dijo al infundir el soplo divino: Recibid el Esp√≠ritu Santo127, sino tambi√©n imper√≥ con expresi√≥n clara: Como me envi√≥ el Padre, as√≠ os env√≠o yo128; y asimismo: El que a vosotros oye, a M√≠ me oye129.

Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación, que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los Pastores y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana. Porque Cristo, como dijimos arriba, no quiso excluir a los pecadores de la sociedad por El formada; si, por lo tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no por ello hay razón para disminuir nuestro amor a la Iglesia, sino más bien para aumentar nuestra compasión hacia sus miembros.

Y, ciertamente, esta piadosa Madre brilla sin mancha alguna en los sacramentos, con los que engendra y alimenta a sus hijos; en la fe, que en todo tiempo conserva incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos, con que amonesta; y, finalmente, en los celestiales dones y carismas con los que, inagotable en su fecundidad130, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. Y no se le puede imputar a ella si algunos de sus miembros yacen postrados, enfermos o heridos, en cuyo nombre pide ella a Dios todos los días: Perdónanos nuestras deudas, y a cuyo cuidado espiritual se aplica sin descanso con ánimo maternal y esforzado.

De modo que, cuando llamamos místico al Cuerpo de Jesucristo, el mismo significado de la palabra nos amonesta gravemente, amonestación que en cierta manera resuena en aquellas palabras de San León: Conoce, oh cristiano, tu dignidad, y, una vez hecho participante de la naturaleza divina, no quieras volver a la antigua vileza con tu conducta degenerada. Acuérdate de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro131.

II. UNI√ďN DE LOS FIELES CON CRISTO

31. Pl√°cenos ahora, Venerables Hermanos, tratar muy de prop√≥sito de nuestra uni√≥n con Cristo en el Cuerpo de la Iglesia, que si ‚ÄĒcomo con toda raz√≥n afirma San Agust√≠n132‚ÄĒ es cosa grande, misteriosa y divina, por eso mismo sucede con frecuencia que algunos la entienden y explican desacertadamente. Y, ante todo, es evidente que se trata de una misi√≥n estrech√≠sima. Y as√≠ es como, en la Sagrada Escritura, se la coteja con el v√≠nculo del santo matrimonio y se la compara con la unidad vital de los sarmientos y la vida y la del organismo de nuestro cuerpo133; y en los mismos libros inspirados se la presenta tan √≠ntima que antiqu√≠simos documentos, constantemente transmitidos por los Santos Padres y fundados en aquello del Ap√≥stol: El mismo [Cristo] es la cabeza de la Iglesia134, ense√Īan que el Redentor divino constituye con su Cuerpo social una sola persona m√≠stica, o, como dice San Agust√≠n, el Cristo √≠ntegro135. M√°s a√ļn, nuestro mismo Salvador, en su oraci√≥n sacerdotal, no dud√≥ en comparar esta uni√≥n con aquella admirable unidad por la que el Hijo est√° en el Padre y el Padre en el Hijo136.

V√ćNCULOS JUR√ćDICOS Y SOCIALES

Nuestra trabaz√≥n en Cristo y con Cristo consiste, en primer lugar, en que, siendo la muchedumbre cristiana por voluntad de su Fundador un Cuerpo social y perfecto, ha de haber una uni√≥n de todos sus miembros por lo mismo que todos tienden a un mismo fin. Y cuanto m√°s noble es el fin que persigue esta uni√≥n y m√°s divina la fuente de que brota, tanto m√°s excelente ser√° sin duda su unidad. Ahora bien; el fin es alt√≠simo: la continua santificaci√≥n de los miembros del mismo Cuerpo para gloria de Dios y del Cordero que fue sacrificado137. Y la fuente es divin√≠sima, a saber: no s√≥lo el benepl√°cito del Eterno Padre y la sol√≠cita voluntad de nuestro Salvador, sino tambi√©n el interno soplo e impulso del Esp√≠ritu Santo en nuestras mentes y en nuestras almas. Porque si ni siquiera un m√≠nimo acto que lleve a la salvaci√≥n puede ser realizado sino en virtud del Esp√≠ritu Santo, ¬Ņc√≥mo podr√°n tender innumerables muchedumbres de todas las naciones y pueblos de com√ļn acuerdo a la mayor gloria de Dios trino y uno, sino por virtud de Aquel que procede del Padre y del Hijo por un solo y eterno h√°lito de amor?

Por otra parte, debiendo ser este Cuerpo social de Cristo, como dijimos arriba, visible por voluntad de su Fundador, es menester que semejante uni√≥n de todos los miembros se manifieste tambi√©n exteriormente, ya en la profesi√≥n de una misma fe, ya en la comunicaci√≥n de unos mismos sacramentos, as√≠ en la participaci√≥n de un mismo sacrificio como, finalmente, en la activa observancia de unas mismas leyes. Y, adem√°s, es absolutamente necesario que est√© visible a los ojos de todos la Cabeza suprema que gu√≠e eficazmente, para obtener el fin que se pretende, la mutua cooperaci√≥n de todos: Nos referimos al Vicario de Jesucristo en la tierra. Porque as√≠ como el Divino Redentor envi√≥ el Esp√≠ritu Par√°clito de verdad para que, haciendo sus veces138, asumiera el gobierno invisible de la Iglesia, as√≠ tambi√©n encarg√≥ a Pedro y a sus Sucesores que, haciendo sus veces en la tierra, desempe√Īaran tambi√©n el r√©gimen visible de la sociedad cristiana.

VIRTUDES TEOLOGALES

32. A estos v√≠nculos jur√≠dicos, que ya por s√≠ solos bastan para superar a todos los otros v√≠nculos de cualquiera sociedad humana por elevada que sea, es necesario a√Īadir otro motivo de unidad por raz√≥n de aquellas tres virtudes que tan estrechamente nos juntan uno a otro y con Dios, a saber: la fe, la esperanza y la caridad cristiana.

Pues, como ense√Īa el Ap√≥stol, uno es el Se√Īor, una la fe139, es decir, la fe con la que nos adherimos a un solo Dios y al que √©l envi√≥, Jesucristo140. Y cu√°n √≠ntimamente nos une esta fe con Dios, nos lo ense√Īan las palabras del disc√≠pulo predilecto de Jes√ļs: Quienquiera que confesare que Jes√ļs es el Hijo de Dios, Dios est√° en √©l y √©l en Dios141. Y no es menos lo que esta fe cristiana nos une mutuamente y con la divina Cabeza. Porque cuantos somos creyentes, teniendo... el mismo esp√≠ritu de fe142, nos alumbramos con la misma luz de Cristo, nos alimentamos con el mismo manjar de Cristo y somos gobernados por la misma autoridad y magisterio de Cristo. Y si en todos florece el mismo esp√≠ritu de fe, vivimos todos tambi√©n la misma vida en la fe del Hijo de Dios, que nos am√≥ y se entreg√≥ por nosotros143; y Cristo, Cabeza nuestra, acogido por nosotros y morando en nuestros corazones por la fe viva144, as√≠ como es el autor de nuestra fe, as√≠ tambi√©n ser√° su consumador145.

Si por la fe nos adherimos a Dios en esta tierra como a fuente de verdad, por la virtud de la esperanza cristiana lo deseamos como a manantial de felicidad, aguardando la bienaventurada esperanza y la venida gloriosa del gran Dios146. Y por aquel anhelo com√ļn del Reino celestial, que nos hace renunciar aqu√≠ a una ciudadan√≠a permanente para buscar la futura147 y aspirar a la gloria celestial, no dud√≥ el Ap√≥stol de las Gentes en decir: Un Cuerpo y un Esp√≠ritu, como hab√©is sido llamados a una misma esperanza de vuestra vocaci√≥n148; m√°s a√ļn, Cristo reside en nosotros como esperanza de gloria149.

33. Pero si los lazos de la fe y esperanza que nos unen a nuestro Divino Redentor en su Cuerpo m√≠stico son de gran firmeza e importancia, no son de menor valor y eficacia los v√≠nculo de la caridad. Porque si, aun en las cosas naturales, el amor, que engendra la verdadera amistad, es de lo m√°s excelente, ¬Ņqu√© diremos de aquel amor celestial que el mismo Dios infunde en nuestras almas? Dios es caridad: y quien permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en √©l150. En virtud, por decirlo as√≠, de una ley establecida por Dios, esta caridad hace que al amarle nosotros le hagamos descender amoroso, conforme a aquello: Si alguno me ama..., mi Padre le amar√°, y vendremos a √©l y pondremos en √©l nuestra morada151. La caridad, por consiguiente, es la virtud que ‚ÄĒm√°s estrechamente que toda otra virtud‚ÄĒ nos une con Cristo, en cuyo celestial amor abrasados tantos hijos de la Iglesia se alegraron al sufrir injurias por El y soportarlo y superarlo todo, aun lo m√°s arduo, hasta el √ļltimo aliento y hasta derramar su sangre. Por lo cual nuestro Divino Salvador nos exhorta encarecidamente con estas palabras: Permaneced en mi amor. Y como quiera que la caridad es una cosa est√©ril y completamente vana si no se manifiesta y act√ļa en las buenas obras, por eso a√Īadi√≥ en seguida: Si observ√°is mis preceptos, permanecer√©is en mi amor, como yo mismo he observado los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor152.

Pero es menester que a este amor a Dios y a Cristo corresponda la caridad para con el pr√≥jimo. Porque ¬Ņc√≥mo podremos asegurar que amamos a nuestro Divino Redentor, si odiamos a los que √©l redimi√≥ con su preciosa sangre para hacerlos miembros de su Cuerpo m√≠stico? Por eso el Ap√≥stol predilecto de Cristo nos amonesta as√≠: Si alguno dijere que ama a Dios mientras odia a su hermano, es mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien tiene ante los ojos, ¬Ņc√≥mo puede amar a Dios, a quien no ve? Y este mandato hemos recibido de Dios: que quien ame a Dios, ame tambi√©n a su hermano153. M√°s a√ļn: se debe afirmar que estaremos tanto m√°s unidos con Dios y con Cristo, cuanto m√°s seamos miembros uno de otro154 y m√°s sol√≠citos rec√≠procamente155; como, por otra parte, tanto m√°s unidos y estrechados estaremos por la caridad cuanto m√°s encendido sea el amor que nos junte a Dios y a nuestra divina Cabeza.

34. Ya antes del principio del mundo el Unig√©nito Hijo de Dios nos abraz√≥ con su eterno e infinito conocimiento y con su amor perpetuo. Y, para manifestarnos √©ste de un modo visible y admirable, uni√≥ a s√≠ nuestra naturaleza con uni√≥n hipost√°tica, en virtud de la cual ‚ÄĒadvierte San M√°ximo de Tur√≠n con candorosa sencillez‚ÄĒ: en Cristo nos ama nuestra carne156.

Mas aquel amorosísimo conocimiento, que desde el primer momento de su Encarnación tuvo de nosotros el Redentor divino, está por encima de todo el alcance escrutador de la mente humana, porque, en virtud de aquella visión beatífica de que disfrutó, apenas recibido en el seno de la madre divina, tiene siempre y continuamente presentes a todos los miembros del Cuerpo místico y los abraza con su amor salvífico. ¡Oh admirable dignación de la piedad divina para con nosotros! ¡Oh inapreciable orden de la caridad infinita! En el pesebre, en la Cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene a sí unidos a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo, que cualquiera se conoce y ama a sí mismo.

Por lo dicho se ve f√°cilmente, Venerables Hermanos, por qu√© escribe tantas veces San Pablo que Cristo est√° en nosotros y nosotros en Cristo. Ello ciertamente se confirma con una raz√≥n m√°s profunda. Porque, como expusimos antes con suficiente amplitud, Cristo est√° en nosotros por su Esp√≠ritu, el cual nos comunica, y por el que de tal suerte obra en nosotros, que todas las cosas divinas, llevadas a cabo por el Esp√≠ritu Santo en las almas, se han de decir tambi√©n realizadas por Cristo157. Si alguien no tiene el Esp√≠ritu de Cristo ‚ÄĒdice el Ap√≥stol‚ÄĒ, no es de El; pero si Cristo est√° en vosotros..., el esp√≠ritu vive en virtud de la justificaci√≥n158.

Esta misma comunicaci√≥n del Esp√≠ritu de Cristo hace que, al derivarse a todos los miembros de la Iglesia todos los dones, virtudes y carismas que con la m√°xima excelencia, abundancia y eficacia encierra la Cabeza, y al perfeccionarse en ellos d√≠a por d√≠a seg√ļn el sitio que ocupan en el Cuerpo m√≠stico de Jesucristo, la Iglesia viene a ser como la plenitud y el complemento del Redentor; y Cristo viene en cierto modo a completarse del todo en la Iglesia159. Con las cuales palabras hemos tocado la misma raz√≥n por la cual, seg√ļn la ya indicada doctrina de San Agust√≠n, la Cabeza m√≠stica, que es Cristo, y la Iglesia, que en esta tierra hace sus veces, como un segundo Cristo, constituyen un solo hombre nuevo, en el que se juntan cielo y tierra para perpetuar la obra salv√≠fica de la Cruz; este hombre nuevo es Cristo, Cabeza y Cuerpo, el Cristo √≠ntegro.

35. No ignoramos, ciertamente, que para la inteligencia y explicaci√≥n de esta rec√≥ndita doctrina ‚ÄĒque se refiere a nuestra uni√≥n con el Divino Redentor y de modo especial a la inhabitaci√≥n del Esp√≠ritu Santo en nuestras almas‚ÄĒ se interponen muchos velos, en los que la misma doctrina queda como envuelta por cierta oscuridad, supuesta la debilidad de nuestra mente. Pero sabemos que de la recta y asidua investigaci√≥n de esta cuesti√≥n, as√≠ como del contraste de las diversas opiniones y de la coincidencia de pareceres, cuando el amor de la verdad y el rendimiento debido a la Iglesia gu√≠an el estudio, brotan y se desprenden preciosos rayos con los que se logra un adelanto real tambi√©n en estas disciplinas sagradas. No censuramos, por lo tanto, a los que usan diversos m√©todos para penetrar e ilustrar en lo posible tan profundo misterio de nuestra admirable uni√≥n con Cristo. Pero todos tengan por norma general e inconcusa, si no quieren apartarse de la genuina doctrina y del verdadero magisterio de la Iglesia, la siguiente: han de rechazar, trat√°ndose de esta uni√≥n m√≠stica, toda forma que haga a los fieles traspasar de cualquier modo el orden de las cosas creadas e invadir err√≥neamente lo divino, sin que ni un solo atributo, propio del sempiterno Dios, pueda atribu√≠rsele como propio. Y, adem√°s, sostengan firmemente y con toda certeza que en estas cosas todo es com√ļn a la Sant√≠sima Trinidad, puesto que todo se refiere a Dios como a suprema cosa eficiente.

Tambi√©n es necesario que adviertan que aqu√≠ se trata de un misterio oculto, el cual, mientras estemos en este destierro terrenal, de ning√ļn modo se podr√° penetrar con plena claridad ni expresarse con lengua humana. Se dice que las divinas Personas habitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relaci√≥n con ellas por el conocimiento y el amor160, aunque completamente √≠ntimo y singular, absolutamente sobrenatural. Para aproximarnos un tanto a comprender esto hemos de usar el m√©todo que el Concilio Vaticano161 recomienda mucho en estas materias: esto es, que si se procura obtener luz para conocer un tanto los arcanos de Dios, se consigue comparando los mismos entre s√≠ y con el fin √ļltimo al que est√°n enderezados. Oportunamente, seg√ļn eso, al hablar Nuestro sapient√≠simo Antecesor Le√≥n XIII, de f. m., de esta nuestra uni√≥n con Cristo y del divino Par√°clito que en nosotros habita, tiende sus ojos a aquella visi√≥n beat√≠fica por la que esta misma trabaz√≥n m√≠stica obtendr√° alg√ļn d√≠a en los cielos su cumplimiento y perfecci√≥n, y dice: Esta admirable uni√≥n, que propiamente se llama inhabitaci√≥n, y que s√≥lo en la condici√≥n o estado [viadores, en la tierra], mas no en la esencia, se diferencia de aquella con que Dios abraza a los del cielo, beatific√°ndolos162. Con la cual visi√≥n ser√° posible, de una manera absolutamente inefable, contemplar al Padre, al Hijo y al Esp√≠ritu Santo con los ojos de la mente, elevados por luz superior; asistir de cerca por toda la eternidad a las procesiones de las personas divinas y ser feliz con un gozo muy semejante al que hace feliz a la sant√≠sima e indivisa Trinidad.

Lo que llevamos expuesto de esta estrech√≠sima uni√≥n del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo con su Cabeza, Nos parecer√≠a incompleto si no a√Īadi√©ramos aqu√≠ algo cuando menos acerca de la Sant√≠sima Eucarist√≠a, que lleva esta uni√≥n como a su cumbre en esta vida mortal.

36. Cristo nuestro Se√Īor quiso que esta admirable y nunca bastante alabada uni√≥n, por la que nos juntamos entre nosotros y con nuestra divina Cabeza, se manifestara a los fieles de un modo singular por medio del Sacrificio Eucar√≠stico. Porque en √©l los ministros sagrados hacen las veces no s√≥lo de nuestro Salvador, sino tambi√©n del Cuerpo m√≠stico y de cada uno de los fieles; y en √©l tambi√©n los mismos fieles reunidos en comunes deseos y oraciones, ofrecen al Eterno Padre por las manos del sacerdote el Cordero sin mancilla hecho presente en el altar a la sola voz del mismo sacerdote, como hostia agradabil√≠sima de alabanza y propiciaci√≥n por las necesidades de toda la Iglesia. Y as√≠ como el Divino Redentor, al morir en la Cruz, se ofreci√≥, a s√≠ mismo, al Eterno Padre como Cabeza de todo el g√©nero humano, as√≠ tambi√©n en esta oblaci√≥n pura163 no solamente se ofrece al Padre Celestial como Cabeza de la Iglesia, sino que ofrece en s√≠ mismo a sus miembros m√≠sticos, ya que a todos ellos, aun a los m√°s d√©biles y enfermos, los incluye amoros√≠simamente en su Coraz√≥n.

El sacramento de la Eucarist√≠a, adem√°s de ser una imagen viva y admirabil√≠sima de la unidad de la Iglesia ‚ÄĒpuesto que el pan que se consagra se compone de muchos granos que se juntan, para formar una sola cosa164‚ÄĒ nos da al mismo autor de la gracia sobrenatural, para que tomemos de √©l aquel Esp√≠ritu de caridad que nos haga vivir no ya nuestra vida, sino la de Cristo y amar al mismo Redentor en todos los miembros de su Cuerpo social.

Si, pues, en las trist√≠simas circunstancias que hoy nos acongojan son muy numerosos los que tienen tal devoci√≥n a Cristo Nuestro Se√Īor, oculto bajo los velos eucar√≠sticos, que ni la tribulaci√≥n, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecuci√≥n, ni la espada los pueden separar de su caridad165, ciertamente en este caso la sagrada Comuni√≥n, que no sin designio de la divina Providencia ha vuelto a recibirse en estos √ļltimos tiempos con mayor frecuencia, ya desde la ni√Īez, llegar√° a ser fuente de la fortaleza que no rara vez suscita y forja verdaderos h√©roes cristianos.

III. EXHORTACI√ďN PASTORAL

37. Esto es, Venerables Hermanos, lo que piadosa y rectamente entendido y diligentemente mantenido por los fieles, les podrá librar más fácilmente de aquellos errores que provienen de haber emprendido algunos arbitrariamente el estudio de esta difícil cuestión no sin gran riesgo de la fe católica y perturbación de los ánimos.

Porque no faltan quienes ‚ÄĒno advirtiendo bastante que el ap√≥stol Pablo habl√≥ de esta materia s√≥lo metaf√≥ricamente, y no distinguiendo suficientemente, como conviene, los significados propios y peculiares de cuerpo f√≠sico, moral y m√≠stico‚ÄĒ, fingen una unidad falsa y equivocada, juntando y reuniendo en una misma persona f√≠sica al Divino Redentor con los miembros de la Iglesia y, mientras atribuyen a los hombres propiedades divinas, hacen a Cristo nuestro Se√Īor sujeto a los errores y a las debilidades humanas. Esta doctrina falaz, en pugna completa con la fe cat√≥lica y con los preceptos de los Santos Padres, es tambi√©n abiertamente contraria a la mente y al pensamiento del Ap√≥stol, quien aun uniendo entre s√≠ con admirable trabaz√≥n a Cristo y su Cuerpo m√≠stico, los opone uno a otro como el Esposo a la Esposa166.

38. Ni menos alejado de la verdad est√° el peligroso error de los que pretenden deducir de nuestra uni√≥n m√≠stica con Cristo una especie de quietismo disparatado, que atribuye √ļnicamente a la acci√≥n del Esp√≠ritu divino toda la vida espiritual del cristiano y su progreso en la virtud, excluyendo ‚ÄĒpor lo tanto‚ÄĒ y despreciando la cooperaci√≥n y ayuda que nosotros debemos prestarle. Nadie, en verdad, podr√° negar que el Santo Esp√≠ritu de Jesucristo es el √ļnico manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural. Porque, como dice el Salmista, la gracia y la gloria la dar√° el Se√Īor167. Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no s√≥lo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfecci√≥n cristiana sino que estimulen tambi√©n en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Esp√≠ritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. Porque los beneficios divinos ‚ÄĒdice San Ambrosio‚ÄĒ no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan168. Que si en nuestro cuerpo mortal los miembros adquiere fuerza y vigor con el ejercicio constante, con mayor raz√≥n suceder√° eso en el Cuerpo social de Jesucristo, en el que cada uno de los miembros goza de propia libertad, conciencia e iniciativa. Por eso quien dijo: Y yo vivo, o m√°s bien yo no soy el que vivo: sino que Cristo vive en m√≠169, no dud√≥ en afirmar: la gracia suya [es decir, de Dios] no estuvo bald√≠a en m√≠, sino que trabaj√© m√°s que todos aqu√©llos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo170. Es, pues, del todo evidente que con estas enga√Īosas doctrinas el misterio de que tratamos, lejos de ser de provecho espiritual para los fieles, se convierte miserablemente en su rutina.

39. Esto mismo sucede con las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesi√≥n frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquella m√°s aventajada confesi√≥n general que la Esposa de Cristo hace cada d√≠a, con sus hijos unidos a ella en el Se√Īor, por medio de los sacerdotes, cuando est√°n para ascender al altar de Dios. Cierto que, como bien sab√©is, Venerables Hermanos, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y muy loables maneras; mas para progresar cada d√≠a con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesi√≥n frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo: con √©l se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable direcci√≥n de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo. Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio de la confesi√≥n frecuente entre los seminaristas, que acometen empresa extra√Īa al Esp√≠ritu de Cristo y funest√≠sima para el Cuerpo m√≠stico de nuestro Salvador.

40. Hay, adem√°s, algunos que niegan a nuestras oraciones toda eficacia propiamente impetratoria o que se esfuerzan por insinuar entre las gentes que las oraciones dirigidas a Dios en privado son de poca monta, mientras las que valen de hecho son m√°s bien las p√ļblicas, hechas en nombre de la Iglesia, pues brotan del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo. Todo eso es, ciertamente, err√≥neo: porque el Divino Redentor tiene estrechamente unidas a s√≠ no s√≥lo a su Iglesia, como a Esposa que es amad√≠sima, sino en ella tambi√©n a las almas de cada uno de los fieles, con quienes ans√≠a conversar muy √≠ntimamente, sobre todo despu√©s que se acercaren a la Mesa Eucar√≠stica. Y aunque la oraci√≥n com√ļn y p√ļblica, como procedente de la misma Madre Iglesia, aventaja a todas las otras por raz√≥n de la dignidad de la Esposa de Cristo, sin embargo, todas las plegarias, aun las dichas muy en privado, lejos de carecer de dignidad y virtud, contribuyen much√≠simo a la utilidad del mismo Cuerpo m√≠stico en general, ya que en √©l todo lo bueno y justo que obra cada uno de los miembros redunda, por la Comuni√≥n de los Santos, en bien de todos. Y nada impide a cada uno de los hombres, por el hecho de ser miembros de este Cuerpo, el que pidan para s√≠ mismos gracias especiales, aun de orden terrenal, mas guardando la sumisi√≥n a la voluntad divina, pues son personas libres y sujetas a sus propias necesidadees individuales171. Y cu√°n grande aprecio hayan de tener todos de la meditaci√≥n de las cosas celestiales se demuestra no s√≥lo por las ense√Īanzas de la Iglesia, sino tambi√©n por el uso y ejemplo de todos los santos.

Ni faltan, finalmente, quienes dicen que no hemos de dirigir nuestras oraciones a la persona misma de Jesucristo, sino m√°s bien a Dios o al Eterno Padre por medio de Cristo, puesto que se ha de tener a nuestro Salvador, en cuanto Cabeza de su Cuerpo m√≠stico, tan s√≥lo en raz√≥n de "mediador entre Dios y los hombres"172. Sin embargo, esto no s√≥lo se opone a la mente de la Iglesia y a la costumbre de los cristianos, sino que contrar√≠a a√ļn a la verdad. Porque, hablando con propiedad y exactitud, Cristo es a la vez, seg√ļn su doble naturaleza, Cabeza de toda la Iglesia173. Adem√°s, El mismo asegur√≥ solemnemente: Si algo me pidiereis en mi nombre, lo har√©174. Y aunque principalmente en el Sacrificio Eucar√≠stico ‚ÄĒen el cual Cristo es a un tiempo sacerdote y hostia y desempe√Īa de una manera peculiar el oficio de conciliador‚ÄĒ las oraciones se dirigen con frecuencia al Eterno Padre por medio de su Unig√©nito, sin embargo, no es raro que aun en este mismo sacrificio se eleven tambi√©n preces al mismo Divino Redentor; ya que todos los cristianos deben conocer y entender claramente que el hombre Cristo Jes√ļs es el mismo Hijo de Dios, y el mismo Dios. A√ļn m√°s: mientras la Iglesia militante adora y ruega al Cordero sin mancha y a la sagrada Hostia, en cierta manera parece responder a la voz de la Iglesia triunfante que perpetuamente canta: Al que est√° sentado en el trono y al Cordero: bendici√≥n y honor y gloria e imperio por los siglos de los siglos175.

41. Después que, como Maestro de la Iglesia Universal, hemos iluminado las mentes con la luz de la verdad, explicando cuidadosamente este misterio que comprende la arcana unión de todos nosotros con Cristo, juzgamos, Venerables Hermanos, propio de Nuestro oficio pastoral estimular también los ánimos a amar íntimamente este místico Cuerpo con aquella encendida caridad que se manifiesta no sólo en el pensamiento y en las palabras, sino también en las mismas obras.

Porque si los que profesaban la Antigua Ley cantaron de su Ciudad terrenal: Si me olvidare de ti, Jerusal√©n, sea entregada al olvido mi diestra: mi lengua p√©guese a mis fauces, si no me acordare de ti, si no me propusiere a Jerusal√©n como el principio de mi alegr√≠a176, con cu√°nta mayor gloria y m√°s efusivo gozo no nos hemos de regocijar nosotros porque habitamos una Ciudad construida en el monte santo con vivas y escogidas piedras, siendo Cristo Jes√ļs la primera piedra angular177.

Puesto que nada m√°s glorioso, nada m√°s noble, nada, a la verdad, m√°s honroso se puede pensar que formar parte de la Iglesia santa, cat√≥lica, apost√≥lica y Romana, por medio de la cual somos hechos miembros de un solo y tan venerado Cuerpo, somos dirigidos por una sola y excelsa Cabeza, somos penetrados de un solo y divino Esp√≠ritu; somos, por √ļltimo, alimentados en este terrenal destierro con una misma doctrina y un mismo ang√©lico Pan, hasta que, por fin, gocemos en los cielos de una misma felicidad eterna.

42. Mas, para que no seamos enga√Īados pro el √°ngel de las tinieblas que se transfigura en √°ngel de luz178, sea √©sta la suprema ley de nuestro amor: que amemos a la Esposa de Cristo cual Cristo mismo la quiso, al conquistarla con su sangre. Conviene, pues, que tengamos gran afecto no s√≥lo a los Sacramentos con los que la Iglesia, piadosa Madre, nos alimenta; no s√≥lo a las solemnidades con las que nos solaza y alegra, y a los sagrados cantos y a los ritos lit√ļrgicos que elevan nuestras mentes a las cosas celestiales, sino tambi√©n a los sacramentales y a los diversos ejercicios de piedad, mediante los cuales la misma Iglesia suavemente atiende a que las almas de los fieles, con gran consuelo, se sientan suavemente llenas del Esp√≠ritu de Cristo. Ni s√≥lo tenemos el deber de corresponder, como conviene a hijos, a aquella su maternal piedad para con nosotros, sino tambi√©n el de reverenciar su autoridad recibida de Cristo y que cautiva nuestros entendimientos en obsequio del mismo Cristo179; y por esta raz√≥n se nos ordena sujetarnos a sus leyes y a sus preceptos morales, a veces un tanto duros para nuestra naturaleza, ca√≠da de su primera inocencia; y que reprimamos con la mortificaci√≥n voluntaria nuestro cuerpo rebelde; m√°s a√ļn, se nos aconseja abstenernos tambi√©n, de vez en cuando, de las cosas agradables aunque sean l√≠citas. No basta amar este Cuerpo m√≠stico por el esplendor de su divina Cabeza y de sus celestiales dotes, sino que debemos amarlo tambi√©n con amor eficaz, seg√ļn se manifiesta en nuestra carne mortal, es decir, constituido por elementos humanos y d√©biles, aun cuando √©stos a veces no respondan debidamente al lugar que ocupan en aquel venerable Cuerpo.

43. Mas, para que este amor s√≥lido e √≠ntegro more en nuestras almas y aumente de d√≠a en d√≠a, es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella ense√Īa, gobierna y confiere la santidad; Cristo es tambi√©n quien de varios modos se manifiesta en sus diversos miembros sociales. Cuando, seg√ļn eso, los fieles todos se esfuercen realmente por vivir con este esp√≠ritu de fe viva, entonces ciertamente no s√≥lo honrar√°n y rendir√°n el debido acatamiento a los miembros m√°s elevados de este Cuerpo m√≠stico y, sobre todo, a los que, por mandato de la divina Cabeza, habr√°n de dar un d√≠a cuenta de nuestras almas180, sino que tambi√©n tendr√°n su preocupaci√≥n por quienes nuestro Salvador mostr√≥ amor singular√≠simo: es decir, por los d√©biles, por los heridos, por los enfermos, que necesitan la medicina natural o sobrenatural; por los ni√Īos, cuya inocencia corre hoy tantos peligros y cuyas tiernas almas se modelan como la cera; por los pobres, finalmente, a quienes debemos socorrer reconociendo en ellos con suma piedad la misma persona de Jesucristo.

Porque, como justamente advierte el Ap√≥stol: Mucho m√°s necesarios son aquellos miembros del cuerpo que parecen m√°s d√©biles; y a los que juzgamos miembros m√°s viles del cuerpo, a √©stos ce√Īimos con mayor adorno181. Expresi√≥n grav√≠sima, que, por raz√≥n de Nuestro alt√≠simo oficio, juzgamos deber repetir ahora, cuando con √≠ntima aflicci√≥n vemos c√≥mo a veces se priva de la vida a los contrahechos, a los dementes, a los afectados por enfermedades hereditarias, por considerarlos como una carga molesta para la sociedad; y c√≥mo algunos alaban esta manera de proceder como una nueva invenci√≥n del progreso humano, sumamente provechoso a la utilidad com√ļn. Pero ¬Ņqu√© hombre sensato no ve que esto se opone grav√≠simamente no s√≥lo a la ley natural y divina182, grabada en la conciencia de todos, sino tambi√©n a los m√°s nobles sentimientos humanos? La sangre de estos hombres, tanto m√°s amados del Redentor cuanto m√°s dignos de compasi√≥n, clama a Dios desde la tierra183.

IMITEMOS EL AMOR DE CRISTO

44. Mas, para que poco a poco no se vaya enfriando la sincera caridad con que debemos mirar a nuestro Salvador en la Iglesia y en los miembros de ella, es muy conveniente contemplar al mismo Jes√ļs como ejemplar supremo del amor a la Iglesia.

a) Con largueza del amor

Y, en primer lugar, imitemos la amplitud de este amor. Una es, a la verdad, la Esposa de Cristo, la Iglesia; sin embargo, el amor del Divino Esposo es tan vasto que no excluye a nadie, sino que abraza en su Esposa a todo el g√©nero humano. Y as√≠ nuestro Salvador derram√≥ su sangre para reconciliar con Dios en la Cruz a todos los hombres de distintas naciones y pueblos, mandando que formasen un solo Cuerpo. Por lo tanto, el verdadero amor a la Iglesia exige no s√≥lo que en el mismo Cuerpo seamos rec√≠procamente miembros sol√≠citos los unos de los otros184, que se alegran si un miembro es glorificado y se compadecen si otro sufre185, sino que aun en los dem√°s hombres, que todav√≠a no est√°n unidos con nosotros en el Cuerpo de la Iglesia, reconozcamos hermanos de Cristo seg√ļn la carne, llamados juntamente con nosotros a la misma salvaci√≥n eterna. Es verdad, por desgracia, que principalmente en nuestros d√≠as no faltan quienes en su soberbia ensalzan la aversi√≥n, el odio, la envidia, como algo con que se eleva y enaltece la dignidad y el valor humano. Pero nosotros, mientras contemplamos con dolor los funestos frutos de esta doctrina, sigamos a nuestro pac√≠fico Rey, que nos ense√Ī√≥ a amar no s√≥lo a los que no provienen de la misma naci√≥n ni de la misma raza186, sino aun a los mismos enemigos187. Nosotros, penetrados los √°nimos por la suav√≠sima frase del Ap√≥stol de las Gentes, cantemos con √©l mismo cu√°l sea la longitud, la anchura, la altura y la profundidad de la caridad de Cristo188, que, ciertamente, ni la diversidad de pueblos y costumbres puede romper, ni el espacio del inmenso oc√©ano disminuir ni las guerras, emprendidas por causa justa o injusta, destruir.

En esta grav√≠sima hora, Venerables Hermanos, en la que tantos dolores desgarran los cuerpos y tantas aflicciones las almas, conviene que todos se estimulen a esta celestial caridad para que, aunadas las fuerzas de todos los buenos ‚ÄĒy mencionamos principalmente a los que en toda clase de asociaciones se ocupan en socorrer a los dem√°s‚ÄĒ, se venga en auxilio de tan ingentes necesidades de alma y cuerpo con admirable emulaci√≥n de piedad y misericordia: as√≠ llegar√°n a resplandecer en todas partes la sol√≠cita generosidad y la inagotable fecundidad del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo.

b) Con asidua laboriosidad

45. Y puesto que a la amplitud de la caridad con que Cristo am√≥ a su Iglesia corresponde en El una constante eficacia de esa misma caridad, tambi√©n nosotros debemos amar el Cuerpo m√≠stico de Cristo con asidua y fervorosa voluntad. Ciertamente no puede se√Īalarse un momento en el cual nuestro Redentor, desde su Encarnaci√≥n, cuando puso el primer fundamento de su Iglesia, hasta el t√©rmino de su vida mortal, no haya trabajado hasta el cansancio, a pesar de ser Hijo de Dios, ya con los f√ļlgidos ejemplos de su santidad, ya predicando, conversando, reuniendo y estableciendo para formar o confirmar su Iglesia. Deseamos, pues, que todos cuantos reconocen a la Iglesia como a Madre, ponderen atentamente que no s√≥lo los ministros sagrados y los que se han consagrado a Dios en la vida religiosa, sino tambi√©n los dem√°s miembros del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo, tienen obligaci√≥n, cada uno seg√ļn sus fuerzas, de colaborar intensa y diligentemente en la edificaci√≥n e incremento del mismo Cuerpo. Y deseamos que de una manera especial adviertan esto ‚ÄĒaunque por lo dem√°s lo hacen ya loablemente‚ÄĒ los que, militando en las filas de la Acci√≥n Cat√≥lica, cooperan en el ministerio apost√≥lico con los Obispos y los sacerdotes, como tambi√©n los que en asociaciones piadosas prestan como auxiliares su ayuda al mismo fin. Y no hay quien no vea que el celo iluminado de todos √©stos es ciertamente, en las presentes condiciones, de suma importancia y de m√°xima trascendencia.

Y no podemos pasar aquí en silencio a los padres y madres de familia, a quienes nuestro Salvador confió los miembros más delicados de su Cuerpo místico; insistentemente, pues, les conjuramos, por amor a Cristo y a la Iglesia, a que miren con diligentísimo cuidado por la prole que se les ha encomendado, y se esfuercen por preservarla de todo género de insidias con las cuales hoy tan fácilmente se la seduce.

c) Sin descuidar las oraciones

46. De una manera muy particular mostr√≥ nuestro Redentor su ardent√≠simo amor para con la Iglesia en las piadosas s√ļplicas que por ella dirig√≠a al Padre celestial. Puesto que ‚ÄĒb√°stenos recordar s√≥lo esto‚ÄĒ todos conocen, Venerables Hermanos, que El, cuando estaba ya para subir al pat√≠bulo de la cruz, or√≥ fervorosamente por Pedro189, por los dem√°s Ap√≥stoles190, y, finalmente, por todos cuantos, mediante la predicaci√≥n de la palabra divina, hab√≠an de creer en √Čl191.

Imitando, pues, este ejemplo de Cristo, roguemos cada d√≠a al Se√Īor de la mies para que env√≠e operarios a su mies192, y elevemos todos cada d√≠a a los cielos la com√ļn plegaria y encomendemos a todos los miembros del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo. Y ante todo, a los Obispos, a quienes se les ha confiado especialmente el cuidado de sus respectivas di√≥cesis; luego a los sacerdotes y a los religiosos y religiosas, quienes, llamados a la herencia de Dios, ya en la propia patria, ya en lejanas regiones de infieles, defienden, acrecientan y propagan el Reino del Divino Redentor. Esta com√ļn plegaria no olvide, pues, a ning√ļn miembro de este venerable Cuerpo, pero recuerde principalmente a quienes est√°n agobiados por los dolores y las angustias de esta vida terrenal, o a los que, ya fallecidos, se purifican en el fuego del purgatorio. Tampoco olvide a quienes se instruyen en la doctrina cristiana para que cuanto antes puedan ser purificados con las aguas del Bautismo.

Y ardientemente deseamos que, con encendida caridad, estas comunes plegarias comprendan tambi√©n a aquellos que o todav√≠a no han sido iluminados con la verdad del Evangelio ni han entrado en el seguro aprisco de la Iglesia, o, por una lamentable escisi√≥n de fe y de unidad, est√°n separados de Nos, que, aunque inmerecidamente, representamos en este mundo la persona de Jesucristo. Por esta causa repitamos una y otra vez aquella oraci√≥n de nuestro Salvador al Padre celestial: Que todos sean una misma cosa: como t√ļ, Padre, est√°s en m√≠ y yo en ti, as√≠ tambi√©n ellos sean una misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que t√ļ me has enviado193.

Ni a√ļn por los que todav√≠a no son miembros suyos

Tambi√©n a aquellos que no pertenecen al organismo visible de la Iglesia Cat√≥lica, ya desde el comienzo de Nuestro Pontificado, como bien sab√©is, Venerables Hermanos, Nos los hemos confiado a la celestial tutela y providencia, afirmando solemnemente, a ejemplo del Buen Pastor, que nada Nos preocupa m√°s sino que tengan vida y la tengan con mayor abundancia194. Esta Nuestra solemne afirmaci√≥n deseamos repetirla por medio de esta Carta Enc√≠clica, en la cual hemos cantado las alabanzas del grande y glorioso Cuerpo de Cristo195, implorando oraciones de toda la Iglesia para invitar, de lo m√°s √≠ntimo del coraz√≥n, a todos y a cada uno de ellos a que, rindi√©ndose libre y espont√°neamente a los internos impulsos de la gracia divina, se esfuercen por salir de ese estado, en el que no pueden estar seguros de su propia salvaci√≥n eterna196; pues, aunque por cierto inconsciente deseo y aspiraci√≥n est√°n ordenados al Cuerpo m√≠stico del Redentor, carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales, como s√≥lo en la Iglesia Cat√≥lica es posible gozar. Entren, pues, en la unidad cat√≥lica, y, unidos todos con Nos en el √ļnico organismo del Cuerpo de Jesucristo, se acerquen con Nos a la √ļnica cabeza en comuni√≥n de un amor glorios√≠simo197. Sin interrumpir jam√°s las plegarias al Esp√≠ritu de amor y de verdad, Nos les esperamos con los brazos elevados y abiertos, no como a quienes vienen a casa ajena, sino como a hijos que llegan a su propia casa paterna.

47. Pero si deseamos que la incesante plegaria com√ļn de todo este Cuerpo m√≠stico se eleve hasta Dios, para que todos los descarriados entren cuanto antes en el √ļnico redil de Jesucristo, declaramos con todo que es absolutamente necesario que esto se haga libre y espont√°neamente, porque nadie cree sino queriendo198. Por esta raz√≥n, si algunos, sin fe, son de hecho obligados a entrar en el edificio de la Iglesia, a acercarse al altar, a recibir los Sacramentos, no hay duda de que los tales no por ello se convierten en verdaderos fieles de Cristo199; porque la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios200, debe ser un lib√©rrimo homenaje del entendimiento y de la voluntad201. Si alguna vez, pues, aconteciere que contra la constante doctrina de esta Sede Apost√≥lica202, alguien es llevado contra su voluntad a abrazar la fe cat√≥lica, Nos, conscientes de Nuestro oficio, no podemos menos de reprobarlo. Pero, puesto que los hombres gozan de una voluntad libre y pueden tambi√©n, impulsados por las perturbaciones del alma y por las depravadas pasiones, abusar de su libertad, por eso es necesario que sean eficazmente atra√≠dos por el Padre de las luces a la verdad, mediante el Esp√≠ritu de su amado Hijo. Y si muchos, por desgracia, viven a√ļn alejados de la verdad cat√≥lica y no se someten gustosos al impulso de la gracia divina, se debe a que ni ellos203 ni los fieles dirigen a Dios oraciones fervorosas por esta intenci√≥n. Nos, por consiguiente, a todos exhortamos una y otra vez a que, inflamados en amor a la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Divino Redentor, eleven continuamente estas plegarias.

48. Y principalmente en las presentes circunstancias parece ser, más que oportuno, necesario, que se ruegue con fervor por los reyes y príncipes y por todos aquellos que, gobernando a los pueblos, pueden con su tutela externa ayudar a la Iglesia; para que, restablecido el recto orden de las cosas, la paz, que es obra de la justicia204, emerja para el atormentado género humano de entre las aterradoras olas de esta tempestad, mediante el soplo vivificante de la caridad divina y para que nuestra santa Madre la Iglesia pueda llevar una vida quieta y tranquila, en toda piedad y castidad205. Insistentemente se ha de suplicar a Dios que todos cuantos están al frente de los pueblos amen la sabiduría206, de tal suerte que jamás caiga sobre ellos aquella gravísima sentencia del Espíritu Santo:

El Alt√≠simo examinar√° vuestras obras y escudri√Īar√° los pensamientos porque, siendo ministros de su reino, no hab√©is juzgado rectamente ni observado la ley de la justicia, ni hab√©is procedido seg√ļn la voluntad de Dios. De manera espantosa y repentina se os presentar√°, porque se har√° un riguroso juicio de aquellos que ejercen potestad sobre otros. Porque con los peque√Īos se usar√° misericordia, mas los poderosos sufrir√°n grandes tormentos. Porque Dios no exceptuar√° persona alguna ni respetar√° la grandeza de nadie; ya que El ha hecho al peque√Īo y al grande y cuida por igual de todos; si bien a los m√°s grandes amenaza un tormento mayor. A vosotros, por lo tanto, Reyes, se dirigen estas mis palabras, para que aprend√°is la sabidur√≠a y no perezc√°is207.

d) Cumpliendo lo que falta en la pasión de Cristo

49. Cristo nuestro Se√Īor mostr√≥ su amor a la Esposa sin mancilla, no s√≥lo con su intenso trabajo y su constante oraci√≥n, sino tambi√©n con sus dolores y angustias, que sufri√≥ libre y amorosamente, por amor de ella: Habiendo amado a los suyos..., los am√≥ hasta el fin208. M√°s a√ļn, no conquist√≥ la Iglesia sino con su sangre209. Decididos, pues, sigamos estas huellas sangrientas de nuestro Rey, como lo exige nuestra salvaci√≥n, que hemos de poner a buen seguro: Porque si hemos sido injertados con El por medio de la representaci√≥n de su muerte, igualmente lo hemos de ser representando su resurrecci√≥n210, y, si morimos con √©l, tambi√©n con √©l viviremos211. Esto lo exige, tambi√©n, la caridad genuina y eficaz de la Iglesia y de las almas por ella engendradas para Cristo: pues, aunque nuestro Salvador, por medio de crueles sufrimientos y de una acerba muerte, mereci√≥ para su Iglesia un tesoro infinito de gracias, sin embargo, estas gracias, por disposici√≥n de la Divina Providencia, no se nos conceden todas de una vez; y la mayor o menor abundancia de las mismas depende tambi√©n no poco de nuestras buenas obras, con las que se atrae sobre las almas de los hombres esta verdadera lluvia divina de celestiales dones, gratuitamente dados por Dios. Y esta misma lluvia de celestiales gracias ser√° ciertamente superabundante, si no solamente elevamos a Dios ardientes plegarias, sobre todo participando con devoci√≥n, si es posible diariamente, del Sacrificio Eucar√≠stico; si no solamente nos esforzamos en aliviar con obras de caridad los sufrimientos de tantos menesterosos; mas si tambi√©n preferimos a las cosas caducas de este siglo los bienes imperecederos y si domamos con mortificaciones voluntarias este cuerpo mortal, neg√°ndole las cosas il√≠citas e imponi√©ndole las √°speras y arduas; si, en fin, aceptamos con √°nimo resignado, como de la mano de Dios, los trabajos y dolores de esta vida presente. Porque as√≠, seg√ļn el Ap√≥stol, cumpliremos en nuestra carne lo que resta que padecer a Cristo, en pro de su Cuerpo m√≠stico que es la Iglesia212.

50. Al escribir esto, se presenta desgraciadamente ante Nuestros ojos una ingente multitud de infelices desventurados que Nos hace llorar amargamente: Nos referimos a los enfermos, a los pobres, a los mutilados, a las viudas y hu√©rfanos y a muchos otros que por sus propias calamidades o las de los suyos no raras veces desfallecen hasta morir. A todos aquellos, pues, que por cualquier causa yacen en la tristeza y en la congoja, con √°nimo paterno les exhortamos a que, confiados, levanten sus ojos al Cielo y ofrezcan sus aflicciones a Aquel que un d√≠a les ha de recompensar con abundante galard√≥n. Recuerden todos que su dolor no es in√ļtil, sino que para ellos mismos y para la Iglesia ha de ser de gran provecho, si animados con esta intenci√≥n lo toleran pacientemente. A la m√°s perfecta realizaci√≥n de este designio contribuye en gran manera la cotidiana oblaci√≥n de s√≠ mismos a Dios, que suelen hacer los miembros de la piadosa asociaci√≥n llamada Apostolado de la Oraci√≥n; asociaci√≥n que, como grat√≠sima a Dios, deseamos de coraz√≥n recomendar aqu√≠ con el mayor encarecimiento.

Y si en todo tiempo hemos de unir nuestros dolores a los sufrimientos del Divino Redentor, para procurar la salvaci√≥n de las almas, en nuestros d√≠as especial√≠simamente, Venerables Hermanos, tomen todos como un deber el hacerlo as√≠, cuando la espantosa conflagraci√≥n b√©lica incendia casi todo el orbe y es causa de tantas muertes, tantas miserias, tantas calamidades: igualmente hoy d√≠a de un modo particular sea obligaci√≥n de todos el apartarse de los vicios, de los halagos del siglo y de los desenfrenados placeres del cuerpo, y aun de aquella futilidad y vanidad de las cosas terrenas que en nada ayudan a la formaci√≥n cristiana del alma ni a la consecuci√≥n del Cielo. M√°s bien hemos de inculcar en nuestra mente aquellas grav√≠simas palabras de Nuestro inmortal Predecesor San Le√≥n Magno, quien afirma que por el bautismo hemos sido hechos carne del Crucificado213; y aquella hermos√≠sima s√ļplica de San Ambrosio: Ll√©vame, oh Cristo, en la Cruz, que es salud para los que yerran; s√≥lo en ella est√° el descanso de los fatigados; s√≥lo en ella viven cuantos mueren214.

Antes de terminar, no podemos menos de exhortar una y otra vez a todos a que amen a la santa Madre Iglesia con caridad sol√≠cita y eficaz. Ofrezcamos cada d√≠a al Eterno Padre nuestras oraciones, nuestros trabajos, nuestra congojas, por su incolumidad y por su m√°s pr√≥spero y vasto desarrollo, si en realidad deseamos ardientemente la salvaci√≥n de todo el g√©nero humano redimido con la sangre divina. Y mientras el cielo se entenebrece con centelleantes nubarrones y grandes peligros se ciernen sobre toda la Humanidad y sobre la misma Iglesia, confiemos nuestras personas y todas nuestras cosas al Padre de la Misericordia, suplic√°ndole: Vuelve tu mirada, Se√Īor, te lo rogamos, sobre esta tu familia, por la cual nuestro Se√Īor Jesucristo no dud√≥ en entregarse en manos de los malhechores y padecer el tormento de la Cruz215.

LA SANT√ćSIMA VIRGEN MAR√ćA

51. La Virgen Madre de Dios, cuya alma sant√≠sima fue, m√°s que todas las dem√°s creadas por Dios, llena del Esp√≠ritu divino de Jesucristo, haga eficaces, Venerables Hermanos, estos Nuestros deseos, que tambi√©n son los vuestros, y nos alcance a todos un sincero amor a la Iglesia; ella que dio su consentimiento en representaci√≥n de toda la naturaleza humana a la realizaci√≥n de un matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana216. Ella fue la que dio a luz, con admirable parto, a Jesucristo Nuestro Se√Īor, adornado ya en su seno virginal con la dignidad de Cabeza de la Iglesia, pues que era la fuente de toda vida sobrenatural; ella, la que al reci√©n nacido present√≥ como Profeta, Rey y Sacerdote a aquellos que de entre los jud√≠os y de entre los gentiles hab√≠an llegado los primeros a adorarlo. Y adem√°s, su Unig√©nito, accediendo en Can√° de Galilea a sus maternales ruegos, obr√≥ un admirable milagro, por el que creyeron en El sus disc√≠pulos217. Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrech√≠simamente con su Hijo, lo ofreci√≥ como nueva Eva al Eterno Padre en el G√≥lgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor, por todos los hijos de Ad√°n manchados con su deplorable pecado; de tal suerte que la que era Madre corporal de nuestra Cabeza, fuera, por un nuevo t√≠tulo de dolor y de gloria, Madre espiritual de todos sus miembros. Ella, la que por medio de sus eficac√≠simas s√ļplicas consigui√≥ que el Esp√≠ritu del Divino Redentor, otorgado ya en la Cruz, se comunicara en prodigiosos dones a la Iglesia reci√©n nacida, el d√≠a de Pentecost√©s. Ella, en fin, soportando con √°nimo esforzado y confiado sus inmensos dolores, como verdadera Reina de los m√°rtires, m√°s que todos los fieles, cumpli√≥ lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros... en pro de su Cuerpo[de √©l]..., que es la Iglesia218, y prodig√≥ al Cuerpo m√≠stico de Cristo nacido del Coraz√≥n abierto de Nuestro Salvador219 el mismo materno cuidado y la misma intensa caridad con que calent√≥ y amamant√≥ en la cuna al tierno Ni√Īo Jes√ļs.

Ella, pues, Madre sant√≠sima de todos los miembros de Cristo220, a cuyo Coraz√≥n Inmaculado hemos consagrado confiadamente todos los hombres, la que ahora brilla en el Cielo por la gloria de su cuerpo y de su alma, y reina juntamente con su Hijo, obtenga de El con su apremiante intercesi√≥n que de la excelsa Cabeza desciendan sin interrupci√≥n ‚ÄĒsobre todos los miembros del Cuerpo m√≠stico‚ÄĒ copiosos raudales de gracias; y con su eficac√≠simo patrocinio, como en tiempos pasados, proteja tambi√©n ahora a la Iglesia, y que, por fin, para √©sta y para todo el g√©nero humano, alcance tiempos m√°s tranquilos.

Nos, confiados en esta sobrenatural esperanza, como auspicio de celestiales gracias y como testimonio de Nuestra especial benevolencia, a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a la grey que está a cada uno confiada, damos de todo corazón la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, en la fiesta de los Santos Ap√≥stoles Pedro y Pablo, del a√Īo 1943, quinto de Nuestro Pontificado.


1

Cf. Col. 1, 24.

2

Act. 20, 28.

3

Cf. 1Pet. 4, 13.

4

Cf. Eph. 2, 21-22; 1Pet. 2, 5.

5

Sess. 3 Const. de fide cath. c. 4.

6

Rom. 5, 20.

7

Cf. 2Pet. 1, 4.

8

Eph. 2, 3.

9

Io. 3, 16.

10

Cf. Io. 12.

11

Cf. Conc. Vat. Const. de Eccl. prol.

12

Cf. ibid. Const. de fide cath. c. 1.

13

Col. 1, 18.

14

Rom. 12, 5.

15

Cf. A.S.S. 28, 710.

16

Rom. 12, 4.

17

Cor. 12, 13.

18

Cf. Eph. 4, 5.

19

Cf. Mat. 18, 17.

20

Cf. Mat. 9, 11; Marc. 2, 16; Luc. 15, 2.

21

Aug. Ep. 147, 3, 22 PL 33, 686.

22

Aug. Serm. 137, 1 PL 38, 754.

23

Enc. Divinum illud: A.S.S. 29, 649.

24

Io. 17, 18.

25

Cf. Mat. 16, 18-19.

26

Io. 15, 15 coll. 17, 8 et 14.

27

Cf. Io. 3, 5.

28

Cf. Gen. 3, 20.

29

S. Ambros. In Luc. 2, 87 PL 15, 1575.

30

Cf. Mat. 15, 24.

31

Cf. Th. 1. 2. ae., 103, 3 ad 2.

32

Cf. Eph. 2, 15.

33

Cf. Col. 2, 14.

34

Cf. Mat. 26, 28, 1Cor. 11, 25.

35

Leo M. Serm. 68, 3 PL 54, 374.

36

Cf. Hier. et Aug., Ep. 112, 14 et 116, 16 PL 22, 924 et 943; Th. 1. 2. ae., 103, 3 ad 2; 4 ad 1; Conc. Flor. pro Iacob. Mansi, 31, 1738.

37

Cf. 2Cor. 3, 6.

38

Cf. Th. 3, 42, 1.

39

Cf. De pec. orig. 25, 29 PL 44, 400.

40

Cf. Eph. 2, 14-16.

41

Cf. Act. 2, 1-4.

42

Cf. Luc. 3, 22; Marc. 1, 10.

43

Col. 1, 18.

44

Cf. Eph. 4, 16 coll. Col. 2, 19.

45

Col. 1, 15.

46

Col. 1, 18; Apoc. 1, 5.

47

1Tim. 2, 5.

48

Cf. Io. 12, 32.

49

Cf. Cyr. Alex. Comm. in Io. 1, 4 PG 73, 69; Th. 1, 20, 4 ad 1.

50

Hexaem. 6, 55 PL 14, 265.

51

Cf. Aug. De agone christ. 20, 22 PL 40, 301.

52

Cf. Th. 1, 22, 1-4.

53

Cf. Io. 10, 1-18; Pet. 5, 1-5.

54

Cf. Io. 6, 63.

55

Prov. 21, 1.

56

Cf. 1Pet. 2, 25.

57

Cf. Act. 8, 26; 1-19; 10, 1-7; 12, 3-10.

58

Phil. 4, 7.

59

Cf. Leo XIII Satis cognitum: A.S.S. 28, 725.

60

Luc. 12, 32.

61

Cf. Corp. Iur. Can. Extr. comm. 1, 8, 1.

62

Greg. M. Moral. 14, 35, 43 PL 75, 1062.

63

Conc. Vat. Const. de Eccl. c. 3.

64

Cf. C.I.C. can. 329, 1.

65

1Par. 16, 22; Ps. 104, 15.

66

Cf. 1Pet. 5, 3.

67

Cf. 1Tim. 6, 20.

68

Cf. ep. ad Eulogium, 30 PL 77, 933.

69

1Cor. 12, 21.

70

Io. 15, 5.

71

Cf. Eph. 4, 16; Col. 2, 19.

72

Comm. in ep. ad Eph. c. 1, lect. 8; Hebr. 2, 16-17.

73

Phil. 2, 7.

74

Cf. 2Pet. 1, 4.

75

Cf. Rom. 8, 29.

76

Cf. Col. 3, 10.

77

Cf. 1Io. 3, 2.

78

Col. 1, 19.

79

Cf. Io. 17, 2.

80

Col. 2, 3.

81

Cf. Io. 1, 14-16.

82

Cf. Io. 1, 18.

83

Cf. Io. 3, 2.

84

Cf. 18, 37.

85

Cf. Io. 6, 68.

86

Cf. Aug. De cons. evang. 1, 35, 54 PL 34, 1070.

87

Cf. Heb. 12, 2.

88

Cf. Cyr. Alex., ep. 55 de Symb. PG 77, 293.

89

Cf. Io. 15, 5.

90

Cf. Th. 3, 64, a. 3.

91

Eph. 4, 7.

92

Eph. 4, 16; cf. Col. 2, 19.

93

Cf. De Rom. Pont. 1, 9; De conc. 2, 19.

94

Cf. 1Cor. 12, 12.

95

Cf. Act. 9, 4; 22, 7; 26, 14.

96

Greg. Nyss. De vita Moysis PG 44, 385.

97

Cf. Serm. 354, 1 PL 39, 1563.

98

Cf. Io. 17, 18 et 20, 21.

99

Cf. Leo XIII Sapientiae christianae: A.S.S. 22, 392; Satis cognitum ibid. 28, 710.

100

Rom. 8, 9; 2Cor. 3, 17; Gal. 4, 6.

101

Cf. Io. 20, 22.

102

Cf. Io. 3, 34.

103

Cf. Eph. 1, 8; 4, 7.

104

Cf. Rom. 8, 14-17; Gal. 4, 6-7.

105

Cf. 2Cor. 3, 18.

106

A.S.S. 29, 650.

107

Gal. 2, 20.

108

Cf. Ambros. De Elia ei ieiun. 10, 36-37 et In Ps. 118, serm. 20, 2 PL 14, 710 et 15, 1483.

109

Eph. 5, 23.

110

Io. 4, 42.

111

Cf. 1Tim. 4, 10.

112

Act. 20, 28.

113

Enarr. in Ps. 85, 5 PL 37, 1085.

114

Clem. Alex. Strom. 7, 2 PG 9, 415.

115

1Cor. 3, 23; Pius XI Divini Redemptoris: A.A.S. 1937, 80.

116

De veritate 29, 4, c.

117

Cf. Leo XIII Sapientiae christianae: A.S.S. 22, 392.

118

Cf. Leo XIII Satis cognitum: A.S.S. 28, 724.

119

Cf. ibid. 710.

120

Cf. ibid. 710.

121

Cf. ibid. 710.

122

Th. De veritate 29, 4, ad 3.

123

Conc. Vat. sess. 4, Const. dogm. de Eccles. prol.

124

Col. 1, 13.

125

Conc. Vat. sess. 3, Const. de fide cath. c. 3.

126

Phil. 2, 8.

127

Io. 20, 22.

128

Ibid. 20, 21.

129

Luc. 10, 16.

130

Cf. Conc. Vat. sess. 3 Const. de fide cath., c. 3.

131

Serm. 21, 3 PL 54, 192-193.

132

Contra Faust. 21, 8 PL 42, 392.

133

Cf. Eph. 5, 22-23; Io. 15, 1-5; Eph. 4, 16.

134

Col. 1, 18.

135

Cf. Enarr. in Ps. 17, 51 et 90, 2, 1 PL 36, 154; 37, 1159.

136

Io. 17, 21-23.

137

Apoc. 5, 12-13.

138

Cf. Io. 14, 16. 26.

139

Eph. 4, 5.

140

Cf. Io. 17, 3.

141

1Io. 4, 15.

142

2Cor. 4, 13.

143

Cf. Gal. 2, 20.

144

Cf. Eph. 3, 17.

145

Cf. Hebr. 12, 2.

146

Tit. 2, 13.

147

Cf. Hebr. 13, 14.

148

Eph. 4, 4.

149

Cf. Col. 1, 27.

150

1Io. 4, 16.

151

Io. 14, 23.

152

Io. 15, 9-10.

153

1Io. 4, 20-21.

154

Rom. 12, 5.

155

1Cor. 12, 25.

156

Serm. 29, PL 57, 594.

157

Cf. Th. Comm. in Ep. ad Eph. c. 2, 1. 5.

158

Rom. 8, 9-10.

159

Cf. Th. Comm. in Ep. ad Eph. c. 1, 1. 8.

160

Cf. Th. 1, 43, 3.

161

Sess. 3 Const. de fide cath. c. 4.

162

Cf. Divinum illud: A.S.S. 29, 653.

163

Mal. 1, 11.

164

Cf. Didache 9, 4.

165

Cf. Rom. 8, 35.

166

Cf. Eph. 5, 22-23.

167

Ps. 83, 12.

168

Expos. Evang. sec. Luc. 4, 49 PL 15, 1626.

169

Gal. 2, 20.

170

1Cor. 15, 10.

171

Cf. Th. 2. 2.ae, 83, 5 et 6.

172

1Tim. 2, 5.

173

Cf. Th. De veritate, 29, 4, c.

174

Io. 14, 14.

175

Apoc. 5, 13.

176

Ps. 136, 5-6.

177

Eph. 2, 20; 1Pet. 2, 4-5.

178

2Cor. 11, 14.

179

2Cor. 10, 5.

180

Cf. Hebr. 13, 17.

181

1Cor. 12, 22-23.

182

Cf. Decr. S. Officii 2 dec. 1940 A.A.S. 1940, 553.

183

Cf. Gen. 4, 10.

184

Cf. Rom. 12, 5; 1Cor. 12, 25.

185

Cf. 1Cor. 12, 26.

186

Cf. Luc. 10, 33-37.

187

Cf. Luc. 6, 27-35; Mat. 5, 44-48.

188

Cf. Eph. 3, 18.

189

Cf. Luc. 22, 32.

190

Cf. Io. 17, 9-19.

191

Cf. ibid. 17, 20-23.

192

Cf. Mat. 9, 38; Luc. 10, 2.

193

Io. 17, 21.

194

Cf. enc. Summi Pontificatus: A.A.S. 1939, 419.

195

Iren. Adv. haer. 4, 33, 7 PG 7, 1076.

196

Cf. Pius IX Iam vos omnes 13 sept. 1868: Acta Conc. Vat.: C.L. 7, 10.

197

Cf. Gelas. I, Ep. 14 PL 59, 89.

198

Cf. Aug. In Io. Ev. tr. 26, 2 PL 30, 1607.

199

Cf. ibid.

200

Hebr. 11, 6.

201

Conc. Vat. Const. de fide cath. c. 3.

202

Cf. Leo XIII Immortale Dei: A.S.S. 18, 174-175; C.I.C. c. 1351.

203

Cf. Aug. ibid.

204

Is. 32, 17.

205

Cf. 1 Tim. 2, 2.

206

Cf. Sap. 6, 23.

207

Ibid. 6, 4-10.

208

Io. 13, 1.

209

Cf. Act. 20, 28.

210

Rom. 6, 5.

211

2 Tim. 2, 11.

212

Cf. Col. 1, 24.

213

Cf. Serm. 63, 6; 66, 3 PL 54, 357 et 366.

214

In Ps. 118 serm. 22, 30 PL 15, 1521.

215

Off. Maior. Hebd.

216

Th. 3, 80, 1.

217

Io. 2, 11.

218

Col. 1, 24.

219

Cf. Off. Ssmi. Cordis in hymn. ad vesp.

220

Cf. Pius X Ad diem illum: A.S.S. 36, 453.
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