6 de enero de 1997
«Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60, 3).
Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la EpifanÃa, «manifestación» de Cristo a todas las gentes, representadas por los Magos venidos de Oriente.
Esta fiesta nos ayuda a penetrar en el sentido profundo de la misión universal de la Iglesia, que se puede entender como un movimiento de irradiación: la irradiación de la luz de Cristo, reflejada en el rostro de su Cuerpo mÃstico. Y puesto que esta luz es luz de amor, de verdad y de belleza, no se impone con la fuerza, sino que ilumina las mentes y atrae los corazones.
La Iglesia, al irradiar esta luz, obedece al mandato de Cristo resucitado: «Id pues, y haced discÃpulos a todas las gentes...» (Mt 28, 19).
Se trata de un movimiento que desde el centro, desde la EucaristÃa, se difunde en todas las direcciones a través del testimonio y el anuncio del Evangelio. Este «ir» está animado por un impulso interior de caridad, sin la cual no producirÃa ningún fruto.
La experiencia de los Magos es muy elocuente al respecto: avanzan guiados por la luz de una estrella, que los atrae a Cristo. La Iglesia debe ser como aquella estrella, es decir, capaz de reflejar la luz de Cristo, para que los hombres y los pueblos que buscan la verdad, la justicia y la paz, se pongan en camino hacia Jesús, único Salvador del mundo.
Este deber misionero está encomendado a todo el pueblo de Dios, pero de modo particular compete a cuantos están llamados al ministerio apostólico, es decir, a los obispos y a los sacerdotes. Hoy, fiesta de la EpifanÃa, según una costumbre ya consolidada, he tenido la alegrÃa de consagrar doce nuevos obispos.
Oremos juntos por estos nuevos pastores y por todos los obispos del mundo, a fin de que su servicio al Evangelio sea cada vez más generoso y fiel.
En este dÃa dirijo un pensamiento especial a los hermanos del Oriente cristiano, muchos de los cuales celebran precisamente hoy la santa Navidad. Ante la imagen del Niño Jesús, cuidado amorosamente por MarÃa y san José, invocamos la gracia de una mayor profundización de las relaciones de entendimiento y de comunión entre los cristianos de Oriente y Occidente. Las diversidades en las tradiciones litúrgicas no sólo no deben constituir un obstáculo a la unidad, sino que deben ser un estÃmulo para el conocimiento y el enriquecimiento recÃprocos.
Confiamos a la Virgen santÃsima este deseo, a la vez que le pedimos, de modo particular, que acompañe en su ministerio pastoral a los obispos ordenados esta mañana.
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