Soporte
S.S. Pío XI, Mit brennender Sorge
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

Mit brennender Sorge

Carta encíclica de S.S. Pío XI sobre la situación de la Iglesia en el Reich Germánico

Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en el actuar; y todo esto en medio de aquella nación y de aquel pueblo, al que San Bonifacio llevó un día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del Reino de Dios.

Esta Nuestra inquietud no se ha visto disminuida por los informes que los reverend√≠simos representantes del Episcopado, seg√ļn su deber, Nos dieron ajustados a la verdad, al visitarnos durante Nuestra enfermedad. Junto a muchas noticias muy consoladoras y edificantes sobre la lucha sostenida por sus fieles por causa de la religi√≥n, no pudieron pasar en silencio, a pesar de su amor al propio pueblo y a su patria y el cuidado de expresar un juicio bien ponderado, otros innumerables sucesos muy tristes y reprobables. Luego que Nos hubimos escuchado sus relatos, con profunda gratitud a Dios pudimos exclamar con el Ap√≥stol del amor: En ninguna cosa tengo mayor contento que cuando oigo que mis hijos van por el camino de la verdad1. Pero la sinceridad que corresponde a la grave responsabilidad de Nuestro ministerio Apost√≥lico, y la decisi√≥n de presentar ante vosotros y ante todo el mundo cristiano la realidad en toda su crudeza, exigen tambi√©n que a√Īadamos: No tenemos preocupaci√≥n mayor, ni m√°s cruel aflicci√≥n pastoral, que cuando o√≠mos: muchos abandonan el camino de la verdad2.

Concordato

2. Cuando Nos, Venerables Hermanos, en el verano de 1933, a instancia del Gobierno del Reich, aceptamos el reanudar las gestiones para un Concordato, tomando por base un proyecto elaborado ya varios a√Īos antes, y llegamos as√≠ a un acuerdo solemne que satisfizo a todos vosotros, tuvimos por m√≥vil la obligada solicitud de tutelar la libertad de la misi√≥n salvadora de la Iglesia en Alemania y de asegurar la salvaci√≥n de las almas a ella confiadas, y al mismo tiempo el sincero deseo de prestar un servicio capital al pac√≠fico desenvolvimiento y al bienestar del pueblo alem√°n.

A pesar de muchas y graves consideraciones, Nos determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar Nuestro consentimiento. Quer√≠amos ahorrar a Nuestros fieles, a Nuestros hijos y a Nuestras hijas de Alemania, en la medida humanamente posible, las situaciones violentas y las tribulaciones que, en caso contrario, se pod√≠an prever con toda seguridad seg√ļn las circunstancias de los tiempos. Y con hechos quer√≠amos demostrar a todos que Nos, buscando √ļnicamente a Cristo y cuanto a Cristo pertenece, no rehus√°bamos tender a nadie, si √©l mismo no la rechazaba, la mano pac√≠fica de la Madre Iglesia.

3. Si el √°rbol de la paz, por Nos plantado en tierra alemana con pura intenci√≥n, no ha producido los frutos por Nos anhelados en inter√©s de vuestro pueblo, no habr√° nadie en el mundo entero, con ojos para ver y o√≠dos para o√≠r, que pueda decir, todav√≠a hoy, que la culpa es de la Iglesia y de su Cabeza Suprema. La experiencia de los a√Īos transcurridos hace patentes las responsabilidades, y descubre las maquinaciones que, ya desde el principio, no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento.

En los surcos donde Nos hab√≠amos esforzado en echar la simiente de la verdadera paz, otros esparcieron -como el inimicus homo de la Sagrada Escritura3- la ciza√Īa de la desconfianza del descontento, de la discordia, del odio, de la difamaci√≥n, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia, desencadenando una lucha que se aliment√≥ en mil fuentes diversas y se sirvi√≥ de todos los medios. Sobre ellos, y solamente sobre ellos y sobre sus protectores, ocultos o manifiestos, recae la responsabilidad de que en el horizonte de Alemania no aparezca el arco iris de la paz, sino el nubarr√≥n que presagia luchas religiosas desgarradoras.

4. Venerables Hermanos: No Nos hemos cansado de hacer ver a los dirigentes, responsables de la suerte de vuestra naci√≥n, las consecuencias que se derivan necesariamente de la tolerancia, o, peor a√ļn, del favor prestado a aquellas corrientes. A todo hemos recurrido para defender la santidad de la palabra solemnemente dada y la inviolabilidad de los compromisos voluntarios contra√≠dos, frente a las teor√≠as y pr√°cticas que -si hubieran llegado a admitirse oficialmente- habr√≠an disipado toda confianza, y dejado intr√≠nsecamente sin valor a toda palabra para lo futuro, si contaban con la aprobaci√≥n oficial. Cuando llegue el momento de exponer a los ojos del mundo estos Nuestros esfuerzos, todos los hombres de recta intenci√≥n sabr√°n d√≥nde han de buscarse los defensores de la paz y d√≥nde sus perturbadores. Todo el que haya conservado en su √°nimo un residuo de amor a la verdad, y en su coraz√≥n una sombra del sentido de justicia, habr√° de admitir que en los a√Īos tan dif√≠ciles y llenos de tan graves acontecimientos que siguieron al Concordato, cada una de Nuestras palabras y de Nuestras acciones tuvo por norma la fidelidad a los acuerdos estipulados. Pero deber√° tambi√©n reconocer con extra√Īeza y con profunda reprobaci√≥n, c√≥mo por la otra parte se ha erigido en norma ordinaria el desfigurar arbitrariamente los pactos, eludirlos, desvirtuarlos y, finalmente, violarlos m√°s o menos abiertamente.

5. La moderaci√≥n mostrada por Nos hasta aqu√≠, a pesar de todo esto, no Nos ha sido sugerida por c√°lculos de intereses terrenos, ni mucho menos por debilidad, sino simplemente por la voluntad de no arrancar, junto con la ciza√Īa, alguna planta buena; por la decisi√≥n de no pronunciar p√ļblicamente un juicio mientras los √°nimos no estuviesen bien dispuestos para comprender su ineludible necesidad; por la resoluci√≥n de no negar definitivamente la fidelidad de otros a la palabra empe√Īada, antes de que el irrefutable lenguaje de la realidad le hubiese arrancado los velos con que se ha sabido y se pretende aun ahora disfrazar, conforme a un plan predeterminado, el ataque contra la Iglesia. Todav√≠a hoy -cuando la lucha abierta contra las escuelas confesionales, tuteladas por el Concordato, y la supresi√≥n de la libertad del voto para aquellos que tienen derecho a la educaci√≥n cat√≥lica, manifiestan, en un campo particularmente vital para la Iglesia, la tr√°gica gravedad de la situaci√≥n y la angustia, sin ejemplo, de las conciencias cristianas-, la solicitud paternal por el bien de las almas Nos aconseja no dejar de considerar las posibilidades, por escasas que sean, que aun puedan subsistir, de una vuelta a la fidelidad de los pactos y una inteligencia que Nuestra conciencia pueda admitir.

6. Secundando los ruegos de los Reverendísimos Miembros del Episcopado, en adelante no Nos cansaremos de ser el defensor -ante los dirigentes de vuestro pueblo- del derecho conculcado; y ello, sin preocuparnos del éxito o del fracaso inmediato, obedeciendo sólo a Nuestra conciencia y a Nuestro ministerio pastoral, y no cesaremos de oponernos a una mentalidad que intenta, con abierta u oculta violencia, sofocar el derecho garantizado por solemnes documentos.

Sin embargo, el fin de la presente carta, Venerables Hermanos, es otro. Como vosotros Nos visitasteis amablemente durante Nuestra enfermedad, as√≠ ahora Nos dirigimos a vosotros y, por vuestro conducto, a los fieles cat√≥licos de Alemania, los cuales, como todos los hijos que sufren y son perseguidos, est√°n muy cerca del coraz√≥n del Padre com√ļn. En esta hora en que su fe est√° siendo probada, como oro de ley, en el fuego de la tribulaci√≥n y de la persecuci√≥n, insidiosa o manifesta, y en que est√°n rodeados por mil formas de negarles met√≥dicamente su libertad religiosa, viviendo angustiados por la imposibilidad de tener noticias fidedignas y de poder defenderse con medios normales, tienen un doble derecho a una palabra de verdad y de est√≠mulo moral por parte de Aqu√©l, a cuyo primer Predecesor dirigi√≥ el Salvador aquella palabra llena de significado: Yo he rogado por ti, para que tu fe no vacile, y t√ļ a tu vez fortalece a tus hermanos4.

Genuina fe en Dios

7. Y ante todo, Venerables Hermanos, cuidad que la fe en Dios, primer e insustituible fundamento de toda religión, permanezca pura e íntegra en las regiones alemanas. No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios.

Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes.

Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia, la cual con fuerza y dulzura domina de un confín al otro del mundo5 y todo lo dirige a buen fin: ese hombre no puede pretender que sea contado entre los verdaderos creyentes.

8. Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto: con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ella.

9. Vigilad, Venerables Hermanos, con cuidado contra el abuso creciente, que se manifiesta en palabras y por escrito, de emplear el nombre tres veces santo de Dios como una etiqueta vac√≠a de sentido para un producto m√°s o menos arbitrario de una especulaci√≥n o aspiraci√≥n humana; y procurad que tal aberraci√≥n halle entre vuestros fieles la vigilante repulsa que merece. Nuestro Dios es el Dios personal, transcendente, omnipotente, infinitamente perfecto, √ļnico en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, se√Īor, rey y √ļltimo fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a S√≠.

Este Dios ha dado sus mandamientos de manera soberana, mandamientos independientes del tiempo y espacio, de regi√≥n y raza. Como el sol de Dios brilla indistintamente sobre el g√©nero humano, as√≠ su ley no reconoce privilegios ni excepciones. Gobernantes y gobernados, coronados y no coronados, grandes y peque√Īos, ricos y pobres, dependen igualmente de su palabra. De la totalidad de sus derechos de Creador dimana esencialmente su exigencia de una obediencia absoluta por parte de los individuos y de toda sociedad. Y tal exigencia de una obediencia absoluta se extiende a todas las esferas de la vida, en las que cuestiones de orden moral reclaman la conformidad con la ley divina y, por esto mismo, la armon√≠a de los mudables ordenamientos humanos con el conjunto de los inmutables ordenamientos divinos.

10. Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son gotitas de agua en un cubo6.

11. Los Obispos de la Iglesia de Cristo encargados de las cosas concernientes a Dios7 deben vigilar para que no arraiguen entre los fieles esos perniciosos errores, a los que suelen seguir pr√°cticas aun m√°s perniciosas. Es de su sagrado ministerio hacer todo lo posible para que los mandamientos de Dios sean considerados y practicados como obligaciones inconcusas de una vida moral y ordenada, tanto privada como p√ļblica; los derechos de la majestad divina, el nombre y la palabra de Dios no sean profanadas8; las blasfemias contra Dios en palabras, escritos e im√°genes, numerosas a veces como la arena del mar, sean reducidas a silencio; y frente al esp√≠ritu tenaz e insidioso de los que niegan, ultrajan y odian a Dios, no languidezca nunca la plegaria reparadora de los fieles, que, como el incienso, suba continuamente al Alt√≠simo, deteniendo su mano vengadora.

12. Nos os damos gracias, Venerables Hermanos, a vosotros, a vuestros sacerdotes y a todos los fieles que, defendiendo los derechos de la Divina Majestad contra un provocador neopaganismo, apoyado, desgraciadamente con frecuencia, por personalidades influyentes, habéis cumplido y cumplís vuestro deber de cristianos. Esta gratitud es particularmente íntima y llena de reconocida admiración para todos los que en el cumplimiento de este su deber se han hecho dignos de sufrir por la causa de Dios sacrificios y dolores.

Genuina fe en Jesucristo

13. La fe en Dios no se mantendr√° por mucho tiempo pura e incontaminada si no se apoya en la fe de Jesucristo. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelar9. Esta es la vida eterna, que ellos te reconozcan a Ti, √ļnico verdadero Dios, y al que enviaste, Jesucristo10. A nadie, por lo tanto, es l√≠cito decir: Yo creo en Dios, y esto es suficiente para mi religi√≥n. La palabra del Salvador no deja lugar a tales escapatorias: El que niega al Hijo no tiene tampoco al Padre; el que confiesa al Hijo tiene tambi√©n al Padre11.

En Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, apareci√≥ la plenitud de la revelaci√≥n divina: En diferentes ocasiones y de muchas maneras habl√≥ Dios en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas. En la plenitud de los tiempos nos ha hablado a nosotros por medio de su Hijo12. Los libros santos del Antiguo Testamento son todos palabra de Dios, parte sustancial de su revelaci√≥n. Conforme al desarrollo gradual de la revelaci√≥n, en ellos parece el crep√ļsculo del tiempo que deb√≠a preparar el pleno mediod√≠a de la Redenci√≥n. En algunas partes se habla de la imperfecci√≥n humana, de su debilidad y del pecado, como no puede suceder de otro modo cuando se trata de libros de historia y legislaci√≥n. Aparte de otros innumerables rasgos de grandeza y de nobleza, hablan de la tendencia superficial y materialista que se manifestaba reiteradamente a intervalos en el pueblo de la Antigua Alianza, depositario de la revelaci√≥n y de las promesas de Dios. Pero no puede menos de notar cualquiera que no est√© cegado por el prejuicio o por la pasi√≥n, que lo que m√°s luminosamente resplandece, a pesar de la debilidad humana de que habla la historia b√≠blica, es la luz divina del camino de la salvaci√≥n, que triunfa al fin sobre todas las debilidades y pecados.

14. Y precisamente sobre este fondo, con frecuencia sombr√≠o, la pedagog√≠a de la salvaci√≥n eterna se ensancha en perspectivas, las cuales a un tiempo dirigen, amonestan, sacuden, consuelan y hacen felices. S√≥lo la ceguera y el orgullo pueden hacer cerrar los ojos ante los tesoros de saludables ense√Īanzas encerradas en el Antiguo Testamento. Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia y de la escuela la historia b√≠blica y las sabias ense√Īanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvaci√≥n dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y mezquino pensar humano. Ese tal niega la fe en Jesucristo, nacido en la realidad de su carne, el cual tom√≥ la naturaleza humana de un pueblo, que m√°s tarde hab√≠a de crucificarle. No comprende nada del drama mundial del Hijo de Dios, que al crimen de quienes le crucificaban opuso, en calidad de Sumo Sacerdote, la acci√≥n divina de la muerte redentora, dando de esta forma al Antiguo Testamento su cumplimiento, su fin y su sublimaci√≥n en el Testamento Nuevo.

15. La revelaci√≥n, que culmin√≥ en el Evangelio de Jesucristo, es definitiva y obligatoria para siempre, no admite complementos de origen humano y, mucho menos, sucesiones o sustituciones por revelaciones arbitrarias, que algunos corifeos modernos querr√≠an hacer derivar del llamado mito de la sangre y de la raza. Desde que Cristo, el Ungido del Se√Īor, consum√≥ la obra de la redenci√≥n, quebrantando el dominio del pecado y mereci√©ndonos la gracia de llegar a ser hijos de Dios, desde aquel momento no se ha dado a los hombres ning√ļn otro nombre bajo el cielo, para conseguir la bienaventuranza, sino el nombre de Jesucristo13. Por m√°s que un hombre encarnara en s√≠ toda la sabidur√≠a, todo el poder y toda la pujanza material de la tierra, no podr√≠a asentar fundamento diverso del que Cristo ha puesto14. En consecuencia, aquel que con sacr√≠lego desconocimiento de la diferencia esencial entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osase poner al nivel de Cristo o, peor a√ļn, sobre El o contra El, a un simple mortal, aunque fuese el m√°s grande de todos los tiempos, sepa que es un profeta de fantas√≠as a quien se aplica espantosamente la palabra de la Escritura: El que habita en el cielo se burla de ellos15.

En la Iglesia

16. La fe en Jesucristo no permanecer√° pura e incontaminada si no est√° sostenida y defendida por la fe en la Iglesia, columna y fundamento de la verdad16. Cristo mismo, Dios eternamente bendito, ha erigido esta columna de la fe; su mandato de escuchar a la Iglesia17 y recibir por las palabras y los mandatos de la Iglesia sus mismas palabras y sus mismos mandatos18, tiene valor para todos los hombres de todos los tiempos y de todas las regiones. La Iglesia, fundada por el Salvador, es √ļnica para todos los pueblos y para todas las naciones: y bajo su b√≥veda, que cobija, como el firmamento, al universo entero, hallan puesto y asilo todos los pueblos y todas las lenguas, y pueden desarrollarse todas las propiedades, cualidades, misiones y cometidos, que han sido se√Īalados por Dios creador y salvador a los individuos y a las sociedades humanas. El coraz√≥n maternal de la Iglesia es tan generoso, que ve en el desarrollo de tales peculiaridades y cometidos particulares, conforme al querer de Dios, la riqueza de la variedad, m√°s bien que el peligro de escisiones: se goza con el elevado nivel espiritual de los individuos y de los pueblos, descubre con alegr√≠a y santo orgullo maternal en sus genuinas actuaciones frutos de educaci√≥n y de progreso, que bendice y promueve, siempre que lo puede hacer en conciencia. Pero sabe tambi√©n que a esta libertad le han sido se√Īalados l√≠mites por disposici√≥n de la Divina Majestad, que ha querido y ha fundado esta Iglesia como unidad inseparable en sus partes esenciales. El que atenta contra esta intangible unidad, quita a la esposa de Cristo una de sus diademas con que Dios mismo la ha coronado; somete el edificio divino, que descansa en cimientos eternos, a la revisi√≥n y a la transformaci√≥n por parte de arquitectos a quienes el Padre celestial no ha concedido poder alguno.

17. La divina misi√≥n que la Iglesia cumple entre los hombres y debe cumplir por medio de hombres, puede ser dolorosamente oscurecida por el elemento humano, quiz√° demasiado humano, que, en determinados tiempos, vuelve a reto√Īar, como la ciza√Īa, en medio del trigo en el reino de Dios. El que conozca la frase del Salvador acerca de los esc√°ndalos y de quienes los dan, sabe c√≥mo la Iglesia y cada individuo deben juzgar sobre lo que fue y es pecado. Pero quien, fund√°ndose en estos lamentables desacuerdos entre la fe y la vida, entre las palabras y los actos, entre la conducta exterior y los pensamientos interiores de algunos -aunque fuesen √©stos muchos-, echa en olvido, o conscientemente pasa en silencio la enorme suma de genuina actividad para llegar a la virtud, al esp√≠ritu de sacrificio, al amor fraternal, al hero√≠smo de santidad, en tantos miembros de la Iglesia, manifiesta una ceguera injusta y reprobable. Y cuando luego se ve que la r√≠gida medida, con que juzga a la odiada Iglesia, se deja al margen cuando se trata de otras sociedades que le son cercanas por sentimiento o inter√©s, entonces se evidencia que, al mostrarse lastimado en su pretencioso sentido de pureza, se revela semejante a aquellos que, seg√ļn la tajante frase del Salvador, ven la paja en ojos ajenos y no perciben la viga en el propio. Tambi√©n es menos pura la intenci√≥n de aquellos que ponen por fin de su vocaci√≥n lo que hay de humano en la Iglesia, hasta quiz√°s hacer de ello un negocio bastardo, y si bien la potestad de quien est√° investido de la dignidad eclesi√°stica, fundada en Dios, no depende de su nivel humano y moral, sin embargo, no hay √©poca alguna, ni individuo, ni sociedad que no deba examinar sinceramente su conciencia, purificarse inexorablemente, renovarse profundamente en el sentir y en el obrar. En Nuestra Enc√≠clica sobre el Sacerdocio y en la de la Acci√≥n Cat√≥lica hemos llamado insistentemente la atenci√≥n de todos los pertenecientes a la Iglesia, y particularmente la de los eclesi√°sticos, religiosos y seglares, que colaboran en el apostolado, sobre el sagrado deber de poner su fe y su conducta en aquella armon√≠a exigida por la ley de Dios y reclamada con incansable insistencia por la Iglesia. Tambi√©n hoy Nos repetimos con gravedad profunda: No basta ser contados en la Iglesia de Cristo, es preciso ser en esp√≠ritu y en verdad miembros vivos de esta Iglesia. Y lo son solamente los que est√°n en gracia de Dios y caminan continuamente en su presencia, o por la inocencia o por la penitencia sincera y eficaz. Si el Ap√≥stol de las Gentes, el vaso de elecci√≥n, sujetaba su cuerpo al l√°tigo de la mortificaci√≥n, no fuera que, despu√©s de haber predicado a los otros, fuese √©l reprobado, ¬Ņhabr√° por ventura, para aquellos en cuyas manos est√° la custodia y el incremento del reino de Dios, otro camino que el de la √≠ntima uni√≥n del apostolado con la santificaci√≥n propia? S√≥lo as√≠ se demostrar√° a los hombres de hoy, y en primer lugar a los detractores de la Iglesia, que la sal de la tierra y la levadura del Cristianismo no se ha vuelto ineficaz, sino que es poderosa y capaz de renovar espiritualmente y rejuvenecer a los que est√°n en la duda y en el error, en la indiferencia y descarriados espiritualmente, flojos en la fe y alejados de Dios, de quien ellos -lo admitan o lo nieguen- est√°n m√°s necesitados que nunca. Una Cristiandad en que todos los miembros vigilen sobre s√≠ mismos, que deseche toda tendencia a lo puramente exterior y mundano, que se atenga seriamente a los preceptos de Dios y de la Iglesia, y se mantenga, por consiguiente, en el amor de Dios y en la sol√≠cita caridad para el pr√≥jimo, podr√° y deber√° ser ejemplo y gu√≠a para el mundo profundamente enfermo, que busca sost√©n y direcci√≥n, si es que no se quiere que sobrevenga una enorme cat√°strofe o una decadencia indescriptible.

18. Toda reforma genuina y duradera ha tenido propiamente su origen en el santuario, en hombres inflamados e impulsados por amor de Dios y del pr√≥jimo; los cuales, gracias a su gran generosidad en corresponder a cualquier inspiraci√≥n de Dios y a ponerla en pr√°ctica ante todo en s√≠ mismos, profundizando en humildad y con la seguridad de quien es llamado por Dios, llegaron a iluminar y renovar su √©poca. Donde el celo de reformas no deriv√≥ de la pura fuente de la sinceridad personal, sino que fue expresi√≥n y explosi√≥n de impulsos pasionales, en vez de iluminar oscureci√≥, en vez de construir destruy√≥, y fue frecuentemente punto de partida para errores todav√≠a m√°s funestos que los da√Īos que s

e quer√≠a o se pretend√≠a remediar. Es cierto que el esp√≠ritu de Dios sopla donde quiere19; de las piedras puede suscitar los cumplidores de sus designios20; y escoge los instrumentos de su voluntad seg√ļn sus planes, no seg√ļn los de los hombres. Pero El, que ha fundado la Iglesia y la llam√≥ a la vida en Pentecost√©s, no quiebra la estructura fundamental de la salvadora instituci√≥n, por El mismo querida. Quien est√° movido por el esp√≠ritu de Dios observa, por esto mismo, una actitud exterior e interior de respeto hacia la Iglesia, noble fruto del √°rbol de la Cruz, don del Esp√≠ritu Santo en Pentecost√©s al undo necesitado de gu√≠a.

19. En vuestras regiones, Venerables Hermanos, se alzan voces, en coro cada vez m√°s fuerte, que incitan a salir de la Iglesia; y entre los voceadores hay algunos que, por su posici√≥n oficial, intentan producir la impresi√≥n de que tal alejamiento de la Iglesia, y consiguientemente la infidelidad a Cristo Rey, es testimonio particularmente convincente y meritorio de su fidelidad al actual r√©gimenl. Con presiones, ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas de ventajas econ√≥micas, profesionales, c√≠vicas o de otro g√©nero, la adhesi√≥n de los cat√≥licos a su fe -y singularmente la de algunas clases de funcionarios cat√≥licos- se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana. Nos, con paternal conmoci√≥n, sentimos y sufrimos profundamente con los que han pagado a tan caro precio su adhesi√≥n a Cristo y a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto, que est√° en juego el √ļltimo fin y el m√°s alto, la salvaci√≥n, o la condenaci√≥n; y en este caso, como √ļnico camino de salvaci√≥n para el creyente, queda la senda de un generoso hero√≠smo. Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia, entonces no puede sino oponerle, aun a precio de muy graves sacrificios terrenales, la palabra del Salvador: Ap√°rtate de m√≠, Satan√°s, porque est√° escrito: al Se√Īor tu Dios adorar√°s y a El s√≥lo servir√°s21. A la Iglesia, por lo contrario, deber√° dirigirle estas palabras: ¬°Oh t√ļ, que eres mi madre desde los d√≠as de mi infancia primera, mi fortaleza en la vida, mi abogada en la muerte! Que la lengua se me pegue al paladar si yo, cediendo a terrenas lisonjas o amenazas, llegase a traicionar las promesas de mi bautismo. Finalmente, aquellos que se hicieron la ilusi√≥n de poder conciliar con el abandono exterior de la Iglesia la fidelidad interior a ella, adviertan la severa palabra del Se√Īor: Al que me niega ante los hombres, le negar√© Yo delante de mi Padre, que est√° en los cielos22.

En el Primado

20. La fe en la Iglesia no se mantendr√° pura e incontaminada si no est√° apoyada por la fe en el Primado del Obispo de Roma. En el mismo momento en que Pedro, adelant√°ndose a los dem√°s ap√≥stoles y disc√≠pulos, profesa su fe en Cristo, Hijo de Dios vivo, la respuesta de Cristo, que le premiaba por su fe y por haberla profesado, fue el anuncio de la fundaci√≥n de su Iglesia, de la √ļnica Iglesia, sobre Pedro, la roca23. Por esto la fe en Cristo, en la Iglesia y en el Primado est√°n en sagrada trabaz√≥n de mutua dependencia. Una autoridad genuina y legal es doquiera un v√≠nculo de unidad y un manantial de fuerza, una defensa contra la divisi√≥n y la ruina, una garant√≠a para el porvenir. Y esto se verifica en un sentido m√°s alto y noble donde, como en el caso de la Iglesia, y s√≥lo en la Iglesia, a tal autoridad se le ha prometido la asistencia sobrenatural del Esp√≠ritu Santo y su apoyo invencible. Si personas, que ni siquiera est√°n unidas por la fe de Cristo, os atraen y lisonjean con la seductora imagen de una iglesia nacional alemana, sabed que esto no es otra cosa que renegar de la √ļnica Iglesia de Cristo, una apostas√≠a manifiesta del mandato de Cristo de evangelizar a todo el mundo, lo que s√≥lo puede llevar a la pr√°ctica una Iglesia universal. El desarrollo hist√≥rico de otras iglesias nacionales, su entumecimiento espiritual, su opresi√≥n y servidumbre por parte de los poderes laicos, muestran la desoladora esterilidad, que denuncia con irremediable certeza ser un sarmiento desgajado de la cepa vital de la Iglesia. Quien, ya desde el principio, opone a estos err√≥neos desarrollos un no, vigilante e inconmovible, presta un servicio no solamente a la pureza de la fe, sino tambi√©n a la salud y fuerza vital de su pueblo.

Nociones y términos sagrados

21. Venerables Hermanos: Ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su contenido genuino y son aplicados a significados profanos.

Revelaci√≥n, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este t√©rmino para indicar las "sugestiones" que provienen de la sangre y de la raza, o la irradiaci√≥n de la historia de un pueblo, es, en todo caso, causar desorientaciones. Tales monedas falsas no merecen pasar al tesoro ling√ľ√≠stico de un fiel cristiano.

La fe consiste en tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que por medio de la Iglesia manda creer: es demostraci√≥n de las cosas que no se ven24. La confianza, risue√Īa y altiva, sobre el porvenir del propio pueblo, cosa grata a todos, significa algo bien distinto de la fe en sentido religioso. El usar una por otra, el querer sustituir la una por la otra y pretender con esto ser considerado "creyente" por un cristiano convencido, es un mero juego de palabras, una confusi√≥n de t√©rminos a sabiendas, o tal vez algo peor.

22. La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre despu√©s de la muerte terrena, como individuo personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar m√°s que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duraci√≥n en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana, y conmueve los cimientos de cualquier concepci√≥n religiosa, la cual requiere un ordenamiento moral universal. Quien no quiera ser cristiano, deber√≠a siquiera renunciar a enriquecer el l√©xico de su incredulidad con el patrimonio ling√ľ√≠stico cristiano.

23. El pecado original es la culpa hereditaria, propia, aunque no personal, de cada uno de los hijos de Adán, que en él pecaron25; es pérdida de la gracia -y, consiguientemente, de la vida eterna- y propensión al mal, que cada cual ha de sofocar y domar por medio de la gracia, de la penitencia, de la lucha y del esfuerzo moral. La pasión y muerte del Hijo de Dios redimió al mundo de la maldita herencia del pecado y de la muerte. La fe en estas verdades, hechas hoy objeto de vil escarnio por parte de los enemigos de Cristo en vuestra patria, pertenece al inalienable depósito de la religión cristiana.

24. La cruz de Cristo, por m√°s que su solo nombre haya llegado a ser para muchos locura y esc√°ndalo26, sigue siendo para el cristiano la se√Īal sacrosanta de la redenci√≥n, la bandera de la grandeza y de la fuerza moral. A su sombra vivimos, bes√°ndola morimos; sobre nuestro sepulcro estar√° como pregonera de nuestra fe, testigo de nuestra esperanza, aspiraci√≥n hacia la vida eterna.

25. La humildad en el esp√≠ritu del Evangelio y la impetraci√≥n del auxilio divino se compaginan bien con la propia dignidad, con la seguridad de s√≠ mismo y con el hero√≠smo. La Iglesia de Cristo, que en todos los tiempos, hasta en los m√°s cercanos a nosotros, cuenta m√°s confesores y heroicos m√°rtires que cualquier otra sociedad moral, no necesita, ciertamente, recibir de algunos "campos" ense√Īanzas sobre el hero√≠smo de los sentimientos y de los actos. En su necio af√°n de ridiculizar la humildad cristiana como una degradaci√≥n de s√≠ mismo y como una actitud cobarde, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue m√°s que hacerse ella misma rid√≠cula.

26. Gracia, en sentido lato, puede llamarse todo lo que el Creador otorga a la criatura. Pero la gracia, en el propio sentido cristiano de la palabra, comprende solamente los dones gratuitos sobrenaturales del amor divino, la dignaci√≥n y la obra por la que Dios eleva al hombre a aquella √≠ntima comunicaci√≥n de su vida, que en el Nuevo Testamento se llama filiaci√≥n de Dios. Mirad qu√© gran amor nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos en realidad27. Rechazar esta elevaci√≥n sobrenatural a la gracia por una pretendida peculiaridad del car√°cter alem√°n, es un error, una abierta declaraci√≥n de guerra a una verdad fundamental del Cristianismo. Equiparar la gracia sobrenatural a los dones de la naturaleza equivale a violentar el lenguaje creado y santificado por la religi√≥n. Los pastores y guardianes del pueblo de Dios har√°n bien en oponerse a este hurto sacr√≠lego y a este empe√Īo por confundir los esp√≠ritus.

Doctrina y orden moral

27. Sobre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del g√©nero humano. Todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base gran√≠tica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. El necio que dice en su coraz√≥n: No hay Dios, se encamina a la corrupci√≥n moral28. Y estos necios, que presumen separar la moral de la religi√≥n, constituyen hoy legi√≥n. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la educaci√≥n la ense√Īanza confesional, o sea, la noci√≥n clara y precisa del cristianismo, impidi√©ndola contribuir a la formaci√≥n de la sociedad y de la vida p√ļblica, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral. Ning√ļn poder coercitivo del Estado, ning√ļn ideal puramente terreno, por grande y noble que en s√≠ sea, podr√° sustituir por mucho tiempo a los est√≠mulos tan profundos y decisivos que provienen de la fe en Dios y en Jesucristo. Si al que es llamado a las empresas m√°s arduas, al sacrificio de su peque√Īo yo en bien de la comunidad, se le quita el apoyo moral que le viene de lo eterno y de lo divino, de la fe ennoblecedora y consoladora en Aquel que premia todo bien y castiga todo mal, el resultado final para innumerables hombres no ser√° ya la adhesi√≥n al deber, sino m√°s bien la deserci√≥n. La observancia concienzuda de los diez mandamientos de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia -estos √ļltimos, en definitiva, no son sino disposiciones derivadas de las normas del Evangelio-, es para todo individuo una incomparable escuela de disciplina org√°nica, de vigorizaci√≥n moral y de formaci√≥n del car√°cter. Es una escuela que exige mucho, pero no m√°s de lo que podemos. Dios misericordioso, cuando ordena como legislador: "T√ļ debes", da con su gracia la posibilidad de ejecutar su mandato. El dejar, por consiguiente, inutilizadas energ√≠as morales de tan poderosa eficacia, o el obstruirles a sabiendas el camino en el campo de la instrucci√≥n popular, es obra de irresponsables, que tiende a producir una depauperaci√≥n religiosa en el pueblo. Solidarizar la doctrina moral con opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formaci√≥n de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos ser√°n muy amargos para las generaciones futuras.

Derecho natural

28. Funest√≠simo rasgo caracter√≠stico de nuestro tiempo es el querer separar cada vez m√°s as√≠ la moral como el fundamento mismo del derecho y de la justicia, de la verdadera fe en Dios y de los mandamientos por El revelados. F√≠jase aqu√≠ Nuestro pensamiento en lo que se suele llamar derecho natural, impreso por el dedo mismo del Creador en las tablas del coraz√≥n humano29, y que la sana raz√≥n humana no obscurecida por pecados y pasiones es capaz de descubrir. A la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo, cualquiera que sea el legislador, en su contenido √©tico y, consiguientemente, en la legitimidad del mandato y en la obligaci√≥n que importa de cumplirlo. Las leyes humanas, que est√°n en oposici√≥n insoluble con el derecho natural, adolecen de un vicio original, que no puede subsanarse ni con las opresiones ni con el aparato de fuerza externa. Seg√ļn este criterio, se ha de juzgar el pr√≠ncipe: "Derecho es lo que es √ļtil a la naci√≥n". Cierto que a este principio se le puede dar un sentido justo, si se entiende que lo moralmente il√≠cito no puede ser jam√°s verdaderamente ventajoso al pueblo. Hasta el antiguo paganismo reconoci√≥ que, para ser justa, esta frase deb√≠a ser traspuesta y decir: Nada hay que sea ventajoso si no es al mismo tiempo moralmente bueno; y no por ser ventajoso es moralmente bueno, sino que por ser moralmente bueno es tambi√©n ventajoso30. Este principio, descuajado de la ley √©tica, equivaldr√≠a, por lo que respecta a la vida internacional, a un eterno estado de guerra entre las naciones; adem√°s, en la vida nacional, pasa por alto, al confundir el inter√©s y el derecho, el hecho fundamental de que el hombre como persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier atentado de la comunidad que pretendiese negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio. Despreciando esta verdad se pierde de vista que, en √ļltimo t√©rmino, el verdadero bien com√ļn se determina y se conoce mediante la naturaleza del hombre con su arm√≥nico equilibrio entre derecho personal y v√≠nculo social, como tambi√©n por el fin de la sociedad, determinado por la misma naturaleza humana. El Creador quiere la sociedad como medio para el pleno desenvolvimiento de las facultades individuales y sociales: y as√≠, de ella tiene que valerse el hombre, ora dando, ora recibiendo, para el bien propio y el de los dem√°s. Hasta aquellos valores m√°s universales y m√°s altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad, no por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin √ļltimo el hombre, as√≠ como su desarrollo y perfecci√≥n natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en peligro la tranquilidad, la seguridad y la existencia de la misma.

29. El creyente tiene un derecho inalienable a profesar su fe y a practicarla en la forma más conveniente a aquélla. Las leyes que suprimen o dificultan la profesión y la práctica de esta fe están en oposición con el derecho natural.

30. Los padres, conscientes y conocedores de su misi√≥n educadora, tienen, antes que nadie, derecho esencial a la educaci√≥n de los hijos, que Dios les ha dado, seg√ļn el esp√≠ritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios y sus prescripciones. Las leyes y dem√°s disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en la cuesti√≥n escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, est√°n en contradicci√≥n con el derecho natural y son √≠ntima y esencialmente inmorales.

31. La Iglesia, que tiene como misión guardar e interpretar el derecho natural, divino en su origen, tiene el deber de declarar que son efecto de la violencia, y, por lo tanto, sin valor jurídico alguno, las "matrículas" escolares hechas recientemente en una atmósfera de notoria carencia de libertad.

A la juventud

32. Representantes de Aquel que en el Evangelio dijo a un joven: Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos31, Nos dirigimos una palabra particularmente paternal a la juventud.

Por mil veces se os repite al o√≠do un Evangelio que no ha sido revelado por el Padre celestial, miles de plumas escriben al servicio de una sombra de cristianismo, que no es el Cristianismo de Cristo. La prensa y la radio os inundan a diario con producciones de contenido opuesto a la fe y a la Iglesia, y sin consideraci√≥n y respeto alguno atacan lo que para vosotros debe ser sagrado y santo. Sabemos que much√≠simos de vosotros, por ser fieles a la fe y a la Iglesia y por pertenecer a asociaciones religiosas, tuteladas por el Concordato, hab√©is tenido y ten√©is que soportar trances duros de desprecio, de sospechas, de vituperios, acusados de antipatriotismo, perjudicados en vuestra vida profesional y social. Y bien sabemos que se cuentan en vuestras filas muchos desconocidos soldados de Cristo, que, con el coraz√≥n dolorido, pero con la frente erguida, sobrellevan su suerte y buscan alivio solamente en la consideraci√≥n de que sufren afrentas por el nombre de Jes√ļs32.

33. Y hoy, cuando amenazan nuevos peligros y nueva tirantez, Nos decimos a esta juventud: "Si alguno os quisiere anunciar un Evangelio distinto del que recibisteis sobre el regazo de una madre piadosa, de los labios de un padre creyente, por las instrucciones de un educador fiel a Dios y a su iglesia, aquel tal sea anatema33. Si el Estado organiza a la juventud en asociación nacional obligatoria para todos, en ese caso, dejando a salvo siempre los derechos de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos sus padres, responsables de ellos ante Dios, de exigir que esta asociación esté libre de toda tendencia hostil a la fe cristiana y a la Iglesia, tendencia que hasta un pasado muy reciente, y aun hasta el presente, angustia a los padres creyentes con un insoluble conflicto de conciencia, por cuanto no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado, sin quitar a Dios lo que a Dios pertenece.

34. Nadie piensa en poner tropiezos a la juventud alemana en el camino que debiera conducirla a la realizaci√≥n de una verdadera unidad nacional y a fomentar un noble amor por la libertad y una inquebrantable devoci√≥n a la patria. A lo que Nos nos oponemos y nos debemos oponer es al antagonismo voluntaria y sistem√°ticamente suscitado entre las preocupaciones de la educaci√≥n nacional y las del deber religioso. Por esto, Nos decimos a esta juventud: "Cantad vuestros himnos de libertad, mas no olvid√©is que la verdadera libertad es la libertad de los hijos de Dios. No permit√°is que la nobleza de esta insustituible libertad desaparezca en los grilletes serviles del pecado y de la concupiscencia. No es l√≠cito a quien canta el himno de la fidelidad a la patria terrenal convertirse en tr√°nsfuga y traidor con la infidelidad a su Dios, a su Iglesia y a su patria eterna. Os hablan mucho de grandeza heroica, contraponi√©ndola osada y falsamente a la humildad y a la paciencia evang√©lica, pero ¬Ņpor qu√© os ocultan que se da tambi√©n un hero√≠smo en la lucha moral, y que la conservaci√≥n de la pureza bautismal representa una acci√≥n heroica, que deber√≠a ser apreciada como merece, tanto en el campo religioso como en el natural? Os hablan de las fragilidades humanas en la historia de la Iglesia, pero ¬Ņpor qu√© os ocultan las grandes gestas que la acompa√Īan a lo largo de los siglos, los sntos que ha producido, los beneficios que la civilizaci√≥n occidental recibi√≥ de la uni√≥n vital entre la Iglesia y vuestro pueblo? Os hablan mucho de ejercicios deportivos, los cuales, si se usan en una bien entendida medida, dan gallard√≠a f√≠sica, que es un beneficio para la juventud. Pero hoy se les se√Īala, con frecuencia, una extensi√≥n que no tiene en cuenta ni la formaci√≥n integral y arm√≥nica del cuerpo y del esp√≠ritu, ni el conveniente cuidado de la vida de familia, ni el mandamiento de santificar el d√≠a del Se√Īor. Con una indiferencia rayana en el desprecio, se despoja al d√≠a del Se√Īor de su car√°cter sagrado y de su recogimiento que corresponde a la mejor tradici√≥n alemana". Esperamos confiados que los j√≥venes alemanes cat√≥licos reivindicar√°n expl√≠citamente, en el dif√≠cil ambiente de las organizaciones obligatorias del Estado, su derecho a santificar cristianamente el d√≠a del Se√Īor; que el cuidado de robustecer el cuerpo no les har√° olvidar su alma inmortal; que no se dejar√°n vencer por el mal, sino que m√°s bien procurar√°n ahogar el mal con el bien"34; que seguir√°n considerando como meta alt√≠sima suya la corona de la victoria en el estadio de la vida eterna35.

Sacerdotes y religiosos

35. Dirigimos una palabra de particular gratitud y de exhortaci√≥n a los sacerdotes de Alemania, a los cuales, con sumisi√≥n a sus Obispos, corresponde mostrar a la grey de Cristo los rectos senderos, en tiempos dif√≠ciles y en circunstancias duras, con la solicitud diaria, con la paciencia apost√≥lica. No os cans√©is, amados Hijos y part√≠cipes de los divinos misterios, de seguir al eterno Sumo Sacerdote Jesucristo en su amor y oficio de buen Samaritano. Caminad de continuo en conducta inmaculada ante Dios, en incesante autodisciplina y perfeccionamiento, en amor misericordioso para todos los que os han sido confiados, especialmente para con los que peligran, los d√©biles y los vacilantes. Sed gu√≠as para los fieles, apoyo para los que titubean, maestros para los que dudan, consoladores para los afligidos, bienhechores desinteresados y consejeros para todos. Las pruebas y los sufrimientos por que ha pasado vuestro pueblo en el periodo de la posguerra, no pasaron sin dejar huellas en su alma. Os han dejado angustias y amarguras, que s√≥lo paulatinamente podr√°n curarse y ser superadas por un esp√≠ritu de amor desinteresado y operante. Este amor, que es la armadura indispensable al ap√≥stol, especialmente en el mundo presente, agitado y trastornado, Nos lo deseamos y lo imploramos de Dios para vosotros en medida copiosa. El amor apost√≥lico, si no logra haceros olvidar, por lo menos os har√° perdonar muchas amarguras inmerecidas que, en vuestro camino de sacerdotes y de pastores de almas, son hoy m√°s numerosas que nunca. Por lo dem√°s, este amor inteligente y misericordioso para con los descarriados y para con los mismos que os ultrajan no significa, ni en manera alguna puede significar renuncia a proclamar, a hacer valer y a defender con valent√≠a la verdad, y a aplicarla a la realidad que os rodea. El primero y m√°s obvio don amoroso del sacerdote al mundo es servirle la verdad, la verdad toda entera, desenmascarar y refutar el error, cualquiera que sea su forma o su disfraz. La renuncia a esto ser√≠a no solamente una traici√≥n a Dios y a vuestra santa vocaci√≥n, sino un delito en lo tocante al verdadero bienestar de vuestro pueblo y de vuestra patria. A todos aquellos, que han conservado para con sus Obispos la fidelidad prometida en la ordenaci√≥n, a aquellos que, en el cumplimiento de su oficio pastoral, han tenido y tienen que soportar dolores y persecuciones -algunos hasta ser encarcelados o mandados a campos de concentraci√≥n-, a todos √©stos llegue la expresi√≥n de la gratitud y el encomio del Padre de la Cristiandad. Y Nuestra gratitud paterna se extiende igualmente a los religiosos de ambos sexos, una gratitud unida a una participaci√≥n √≠ntima por el hecho de que, a consecuencia de medidas contra las Ordenes y Congregaciones religiosas, muchos han sido arrancados del campo de una actividad bendita y para ellos grat√≠sima. Si algunos han sucumbido y se han mostrado indignos de su vocaci√≥n, sus yerros, condenados tambi√©n por la Iglesia, no disminuyen el m√©rito de la grand√≠sima mayor√≠a que con desinter√©s y pobreza voluntaria se han esforzado por servir con plena entrega a su Dios y a su pueblo. El celo, la fidelidad, el esfuerzo en perfeccionarse, la sol√≠cita caridad para con el pr√≥jimo y la prontitud bienhechora de aquellos religiosos, cuya actividad se desenvuelve en los cuidados pastorales, en los hospitales y en la escuela, son y siguen siendo gloriosa aportaci√≥n al bienestar privado y p√ļblico: un futuro tiempo m√°s tranquilo les har√° justicia m√°s que el turbulento que atravesamos. Nos tenemos confianza de que los superiores de las comunidades religiosas tomar√°n pie de las dificultades y pruebas presentes para implorar del Omnipotente nueva lozan√≠a y nueva fertilidad sobre el duro campo de su trabajo, por medio de un redoblado celo, de una vida espiritual profunda, de una santa gravedad conforme a su vocaci√≥n y de una genuina disciplina regular.

Fieles seglares

36. Se ofrecen a Nuestra vista en inmenso desfile Nuestros amados hijos e hijas, a quienes los sufrimientos de la Iglesia en Alemania y los suyos nada han quitado de su entrega a la causa de Dios, nada de su tierno afecto hacia el Padre de la Cristiandad, nada de su obediencia a los Obispos y sacerdotes, nada de su alegre prontitud en permanecer en lo sucesivo, pase lo que pase, fieles a lo que han creído y a lo que han recibido como preciosa herencia de sus antepasados. Con Corazón conmovido les enviamos Nuestro paternal saludo.

37. Y en prime lugar, a los miembros de las asociaciones cat√≥licas, que con valent√≠a y a costa de sacrificios, a menudo dolorosos, se han mantenido fieles a Cristo y no han estado jam√°s dispuestos a ceder en aquellos derechos que un solemne pacto hab√≠a aut√©nticamente garantizado a la Iglesia y a ellos. Va tambi√©n un saludo particularmente cordial a los padres cat√≥licos. Sus derechos y sus deberes en la educaci√≥n de los hijos, que Dios les ha dado, est√°n en el punto agudo de una lucha tal que no se puede imaginar otra mayor. La Iglesia de Cristo no puede comenzar a gemir y a lamentarse solamente cuando se destruyen los altares y manos sacr√≠legas incendian los santuarios. Cuando se intenta profanar, con una educaci√≥n anticristiana, el tabern√°culo del alma del ni√Īo, santificada por el bautismo, cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la fe, que no tiene nada que ver con la fe de la cruz, entonces ya est√° cerca la profanaci√≥n espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria y su conciencia de toda pecaminosa colaboraci√≥n en tan nefasta destrucci√≥n. Y cuanto m√°s se esfuercen los enemigos en negar o disimular sus turbios designios, tanto m√°s necesaria es una avisada desconfianza y una vigilancia precavida, estimulada por una amarga experiencia. La conservaci√≥n meramente formularia de una instrucci√≥n religiosa -vigilada e impedida, adem√°s, por los no llamados a ello- en el ambiente de una escuela que en otros ramos de la instrucci√≥n trabaja sistem√°tica y rencorosamente contra la misma religi√≥n, no puede nunca ser t√≠tulo justificativo para que un cristiano acepte libremente tal clase de escuela, destructora de todo lo religioso. Sabemos, queridos padres cat√≥licos, que no es el caso de hablar, con respecto a vosotros, de un semejante consentimiento, y sabemos que una votaci√≥n libre y secreta entre vosotros equivaldr√≠a a un aplastante plebiscito en favor de la escuela confesional. Y por esto no Nos cansaremos tampoco en lo futuro de echar en cara francamente a las autoridades responsables la ilegalidad de las medidas violentas que hasta ahora se han tomado, y el deber que tienen de permitir la libre manifestaci√≥n de la voluntad. Entretanto, no os olvid√©is de esto: Ning√ļn poder terrenal puede eximiros del v√≠nculo de responsabilidad, impuesto por Dios, que os une con vuestros hijos. Ninguno de los que hoy oprimen vuestro derecho a la educaci√≥n y pretenden sustituiros en vuestros deberes de educadores, podr√° responder por vosotros al Juez eterno, cuando le dirija la pregunta: ¬ŅD√≥nde est√°n los que yo te di? Que cada uno de vosotros pueda responder: No he perdido ninguno de los que me diste36.

La voz de un Padre

38. Venerables Hermanos: Estamos ciertos de que las palabras que Nos os dirigimos, y por vuestro conducto a los cat√≥licos del Reich alem√°n, encontrar√°n, en esta hora decisiva, en el coraz√≥n y en las acciones de Nuestros fieles hijos un eco correspondiente a la solicitud amorosa del Padre com√ļn. Si hay algo que Nos imploramos del Se√Īor con particular fervor, es que Nuestras palabras lleguen tambi√©n a los o√≠dos y al coraz√≥n de aquellos que han empezado a dejarse prender por las lisonjas y por las amenazas de los enemigos de Cristo y de su santo Evangelio, y que les hagan reflexionar.

Hemos pesado cada palabra de esta Enc√≠clica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No quer√≠amos ser culpables, con un silencio inoportuno, por no haber aclarado la situaci√≥n; ni de haber endurecido, con un rigor excesivo, el coraz√≥n de aquellos que, estando confiados a Nuestra responsabilidad pastoral, no Nos son menos amados porque caminen ahora por las v√≠as del error y porque se hayan alejado de la Iglesia. Aunque muchos de √©stos, acostumbrados a los modos del nuevo ambiente, no tienen sino palabras de ingratitud y hasta de injuria para la casa paterna y para el Padre mismo, aunque olvidan cu√°n precioso es lo que ellos han despreciado, vendr√° el d√≠a en que el espanto que sentir√°n por su alejamiento de Dios y por su indigencia espiritual pesar√° sobre estos hijos hoy perdidos, y la a√Īoranza nost√°lgica los conducir√° de nuevo al Dios que alegr√≥ su juventud, y a la Iglesia, cuya mano maternal les ense√Ī√≥ el camino hacia el Padre celestial. Acelerar esta hora es el objeto de Nuestras incesantes plegarias.

39. Como otras épocas de la Iglesia, también ésta será precursora de nuevos progresos y de purificación interior, cuando la fortaleza en la profesión de la fe y la prontitud en afrontar los sacrificios por parte de los fieles de Cristo sean lo bastante grandes para contraponer a la fuerza material de los opresores de la Iglesia la adhesión incondicional a la fe, la inquebrantable esperanza, afirmada en lo eterno, la fuerza arrolladora de una caridad activa.

El sagrado tiempo a la Cuaresma y de Pascua, que invita al recogimiento y a la penitencia y hace al cristiano volver los ojos m√°s que nunca a la Cruz, as√≠ como, al mismo tiempo, al esplendor del Resucitado, sea para todos y para cada uno de vosotros una ocasi√≥n, que acoger√©is con gozo y aprovechar√©is con ardor, para llenar toda el alma con el esp√≠ritu heroico, paciente y victorioso que irradia de la Cruz de Cristo. Entonces los enemigos de Cristo -estamos seguros de ello- que en vano sue√Īan con la desaparici√≥n de la Iglesia, reconocer√°n que se han alegrado demasiado pronto y que han querido sepultarla demasiado deprisa. Entonces vendr√° el d√≠a en que, en vez de prematuros himnos de triunfo de los enemigos de Cristo, se elevar√° al cielo, de los corazones y de los labios de los fieles, el Te Deum de la liberaci√≥n, un Te Deum de acci√≥n de gracias al Alt√≠simo, un Te Deum de j√ļbilo, porque el pueblo alem√°n, hasta en sus mismos miembros descarriados, habr√° encontrado el camino de la vuelta a la religi√≥n; con una fe purificada por el dolor, doblar√° nuevamente su rodilla en presencia del Rey del tiempo y de la eternidad, Jesucristo, y se dispondr√° a luchar -contra los que niegan a Dios y destruyen el Occidente cristiano- en armon√≠a con todos los hombres bien intencionados de las otras naciones, y a cumplir la misi√≥n que le han asignado los planes del Eterno.

40. Aquél, que sondea los corazones y los deseos37, Nos es testigo de que Nos no tenemos aspiración más íntima que la del restablecimiento de una paz verdadera entre la Iglesia y el Estado en Alemania. Pero si la paz, sin culpa Nuestra, no viene, la Iglesia de Dios defenderá sus derechos y sus libertades, en nombre del Omnipotente, cuyo brazo aun hoy no se ha abreviado. Llenos de confianza en El, no cesamos de rogar y de invocar38 por vosotros, hijos de la Iglesia, para que se acorten los días de la tribulación, y para que vosotros seáis encontrados dignos fieles en el día de la prueba, y para que aun a los mismos perseguidores y opresores les conceda el Padre de toda luz y de toda misericordia la hora del arrepentimiento para sí y para muchos que con ellos han errado y yerran.

Con esta plegaria en el coraz√≥n y en los labios, Nos impartimos, como prenda de la ayuda divina, como apoyo en vuestras decisiones dif√≠ciles y llenas de responsabilidad, como lenitivo en el dolor, a vosotros, Obispos, pastores de vuestro pueblo fiel, a los sacerdotes, a los religiosos, a los ap√≥stoles seglares de la Acci√≥n Cat√≥lica y a todos vuestros diocesanos, y en se√Īalado lugar a los enfermos y prisioneros, con amor paternal la Bendici√≥n Apost√≥lica.

Dado en el Vaticano, en la dominica de Pasión, 14 de marzo de 1937.


1

3 Io. 4.

2

Cf. 2 Pet. 2, 2.

3

Mat. 13, 25.

4

Luc. 22, 32.

5

Sap. 8, 1.

6

Is. 40, 15.

7

Hebr. 5, 1.

8

Tit. 2, 5.

9

Mat. 11, 27.

10

Io. 17, 3.

11

1 Io. 2, 28.

12

Hebr. 1, 1 ss.

13

Act. 4, 12.

14

1 Cor. 3, 11.

15

Ps. 2, 4.

16

1 Tim. 3, 15.

17

Mat. 18, 17.

18

Luc. 10, 16.

19

Io. 3, 8.

20

Mat. 3, 9; Luc. 3, 8.

21

Mat. 4, 10; Luc. 4, 8.

22

Luc. 12, 9.

23

Mat. 16, 18.

24

Hebr. 11, 1.

25

Rom. 5, 12.

26

1 Cor. 1, 23.

27

1 Io. 3, 1.

28

Ps. 13, 1 ss.

29

Rom. 2, 14 ss.

30

Cic. De officiis, 3, 30.

31

Mat. 19, 17.

32

Act. 5, 41.

33

Gal. 1, 9.

34

Rom. 12, 21.

35

1 Cor. 9, 24 ss.

36

Io. 18, 9.

37

Ps. 7, 10.

38

Col. 1, 9.
Consultas

¬© Copyright 2001. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada integralmente por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos losderechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Patrimonio cultural com√ļn. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico