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S.S. Gregorio XVI, Mirari vos
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Mirari vos

Carta Encíclica de S.S. Gregorio XVI sobre los errores modernos

Admirados tal vez est√°is, Venerables Hermanos, porque desde que sobre Nuestra peque√Īez pesa la carga de toda la Iglesia, todav√≠a no os hemos dirigido Nuestras Cartas seg√ļn Nos reclamaban as√≠ el amor que os tenemos como una costumbre que viene ya de los primeros siglos. Ardiente era, en verdad, el deseo de abriros inmediatamente Nuestro coraz√≥n, y, al comunicaros Nuestro mismo esp√≠ritu, haceros o√≠r aquella misma voz con la que, en la persona del beato Pedro, se Nos mand√≥ confirmar a nuestros hermanos1.

Pero bien conocida os es la tempestad de tantos desastres y dolores que, desde el primer tiempo de nuestro Pontificado, Nos lanz√≥ de repente a alta mar; en la cual, de no haber hecho prodigios la diestra del Se√Īor, Nos hubiereis visto sumergidos a causa de la m√°s negra conspiraci√≥n de los malvados. Nuestro √°nimo rehuye el renovar nuestros justos dolores aun s√≥lo por el recuerdo de tantos peligros; preferimos, pues, bendecir al Padre de toda consolaci√≥n que, humillando a los perversos, Nos libr√≥ de un inminente peligro y, calmando una tan horrenda tormenta, Nos permiti√≥ respirar. Al momento Nos propusimos daros consejos para sanar las llagas de Israel, pero el gran n√ļmero de cuidados que pes√≥ sobre Nos para lograr el restablecimiento del orden p√ļblico, fue causa de nueva tardanza para nuestro prop√≥sito.

La insolencia de los facciosos, que intentaron levantar otra vez bandera de rebeli√≥n, fue nueva causa de silencio. Y Nos, aunque con grand√≠sima tristeza, nos vimos obligados a reprimir con mano dura2 la obstinaci√≥n de aquellos hombres cuyo furor, lejos de mitigarse por una impunidad prolongada y por nuestra benigna indulgencia, se exalt√≥ mucho m√°s a√ļn; y desde entonces, como bien pod√©is colegir, Nuestra preocupaci√≥n cotidiana fue cada vez m√°s laboriosa.

Mas habiendo tomado ya posesi√≥n del Pontificado en la Bas√≠lica de Letr√°n, seg√ļn la costumbre establecida por Nuestros mayores, lo que hab√≠amos retrasado por las causas predichas, sin dar lugar a m√°s dilaciones, Nos apresuramos a dirigiros la presente Carta, testimonio de Nuestro afecto para con vosotros, en este grat√≠simo d√≠a en que celebramos la solemne fiesta de la gloriosa Asunci√≥n de la Sant√≠sima Virgen, para que Aquella misma, que Nos fue patrona y salvadora en las mayores calamidades, Nos sea propicia al escribiros, iluminando Nuestra mente con celestial inspiraci√≥n para daros los consejos que m√°s saludables puedan ser para la grey cristiana.

Los males actuales

2. Tristes, en verdad, y con muy apenado √°nimo Nos dirigimos a vosotros, a quienes vemos llenos de angustia al considerar los peligros de los tiempos que corren para la religi√≥n que tanto am√°is. Verdaderamente, pudi√©ramos decir que √©sta es la hora del poder de las tinieblas para cribar, como trigo, a los hijos de elecci√≥n3. S√≠; la tierra est√° en duelo y perece, inficionada por la corrupci√≥n de sus habitantes, porque han violado las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza eterna4. Nos referimos, Venerables Hermanos, a las cosas que veis con vuestros mismos ojos y que todos lloramos con las mismas l√°grimas. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una ciencia sin pudor, de una disoluci√≥n sin l√≠mite. Se desprecia la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino culto, que es tan poderosa como necesaria, es censurada, profanada y escarnecida: De ah√≠ que se corrompa la santa doctrina y que se diseminen con audacia errores de todo g√©nero. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las santas ense√Īanzas est√°n a salvo de los ataques de las lenguas malvadas.

Se combate tenazmente a la Sede de Pedro, en la que puso Cristo el fundamento de la Iglesia, y se quebrantan y se rompen por momentos los v√≠nculos de la unidad. Se impugna la autoridad divina de la Iglesia y, conculcados sus derechos, se la somete a razones terrenas, y, con suma injusticia, la hacen objeto del odio de los pueblos reduci√©ndola a torpe servidumbre. Se niega la obediencia debida a los Obispos, se les desconocen sus derechos. Universidades y escuelas resuenan con el clamoroso estruendo de nuevas opiniones, que no ya ocultamente y con subterfugios, sino con cruda y nefaria guerra impugnan abiertamente la fe cat√≥lica. Corrompidos los corazones de los j√≥venes por la doctrina y ejemplos de los maestros, crecieron sin medida el da√Īo de la religi√≥n y la perversidad de costumbres. De aqu√≠ que roto el freno de la religi√≥n sant√≠sima, por la que solamente subsisten los reinos y se confirm el vigor de toda potestad, vemos avanzar progresivamente la ruina del orden p√ļblico, la ca√≠da de los pr√≠ncipes, y la destrucci√≥n de todo poder leg√≠timo. Debemos buscar el origen de tantas calamidades en la conspiraci√≥n de aquellas sociedades a las que, como a una inmensa sentina, ha venido a parar cuanto de sacr√≠lego, subversivo y blasfemo hab√≠an acumulado la herej√≠a y las m√°s perversas sectas de todos los tiempos.

Los Obispos y la C√°tedra de Pedro

3. Estos males, Venerables Hermanos, y muchos otros más, quizá más graves, enumerar los cuales ahora sería muy largo, pero que perfectamente conocéis vosotros, Nos obligan a sentir un dolor amargo y constante, ya que, constituidos en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, preciso es que el celo de la casa de Dios Nos consuma como a nadie. Y, al reconocer que se ha llegado a tal punto que ya no Nos basta el deplorar tantos males, sino que hemos de esforzarnos por remediarlos con todas nuestras fuerzas, acudimos a la ayuda de vuestra fe e invocamos vuestra solicitud por la salvación de la grey católica, Venerables Hermanos, porque vuestra bien conocida virtud y religiosidad, así como vuestra singular prudencia y constante vigilancia, Nos dan nuevo ánimo, Nos consuelan y aun Nos recrean en medio de estos tiempos tan tristen como desgarradores.

Deber Nuestro es alzar la voz y poner todos los medios para que ni el selv√°tico jabal√≠ destruya la vi√Īa, ni los rapaces lobos sacrifiquen el reba√Īo. A Nos pertenece el conducir las ovejas tan s√≥lo a pastos saludables, sin mancha de peligro alguno. No permita Dios, car√≠simos Hermanos, que en medio de males tan grandes y entre tama√Īos peligros, falten los pastores a su deber y que, llenos de miedo, abandonen a sus ovejas, o que, despreocupados del cuidado de su grey, se entreguen a un perezoso descanso. Defendamos, pues, con plena unidad del mismo esp√≠ritu, la causa que nos es com√ļn, o mejor dicho, la causa de Dios, y mancomunemos vigilancia y esfuerzos en la lucha contra el enemigo com√ļn, en beneficio del pueblo cristiano.

4. Bien cumplir√©is vuestro deber si, como lo exige vuestro oficio, vigil√°is tanto sobre vosotros como sobre vuestra doctrina, teniendo presente siempre, que toda la Iglesia sufre con cualquier novedad5, y que, seg√ļn consejo del pont√≠fice San Agat√≥n, nada debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada a√Īadirse, sino que debe conservarse puro tanto en la palabra como en el sentido6. Firme e inconmovible se mantendr√° as√≠ la unidad, arraigada como en su fundamento en la C√°tedra de Pedro para que todos encuentren baluarte, seguridad, puerto tranquilo y tesoro de innumerables bienes all√≠ mismo donde las Iglesias todas tienen la fuente de todos sus derechos7. Para reprimir, pues, la audacia de aquellos que, ora intenten infringir los derechos de esta Sede, ora romper la uni√≥n de las Iglesias con la misma, en la que solamente se apoyan y vigorizan, es preciso inculcar un profundo sentimiento de sincera confianza y veneraci√≥n hacia ella, clamando con San Cipriano, que en vano alardea de estar en la Iglesia el que abandona la C√°tedra de Pedro, sobre la cual est√° fundada la Iglesia8.

5. Deb√©is, pues, trabajar y vigilar asiduamente para guardar el dep√≥sito de la fe, precisamente en medio de esa conspiraci√≥n de imp√≠os, cuyos esfuerzos para saquearlo y arruinarlo contemplamos con dolor. Tengan todos presente que el juzgar de la sana doctrina, que los pueblos han de creer, y el regimen y administraci√≥n de la Iglesia universal toca al Romano Pont√≠fice, a quien Cristo le dio plena potestad de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, seg√ļn ense√Īaron los Padres del Concilio de Florencia9. Por lo tanto, cada Obispo debe adherirse fielmente a la C√°tedra de Pedro, guardar santa y religiosamente el dep√≥sito de la santa fe y gobernar el reba√Īo de Dios que le haya sido encomendado. Los presb√≠teros est√©n sujetos a los Obispos, consider√°ndolos, seg√ļn aconseja San Jer√≥nimo, como padre de sus almas10; y jam√°s olviden que aun la legislaci√≥n m√°s antigua les prohibe desempe√Īar ministerio alguno, ense√Īar y predicar sin licencia del Obispo, a cuyo cuidado se ha encomendado el pueblo, y a quien se pedir√° raz√≥n de las almas11. Finalmente t√©ngase como cierto e inmutable que todos cuantos intenten algo contra este orden establecido perturban, bajo su responsabilidad, el estado de la Iglesia.

Disciplina de la Iglesia, inmutable

6. Reprobable, sería, en verdad, y muy ajeno a la veneración con que deben recibirse las leyes de la Iglesia, condenar por un afan caprichoso de opiniones cualesquiera, la disciplina por ella sancionada y que abarca la administración de las cosas sagradas, la regla de las costumbres, y los derechos de la Iglesia y de sus ministros, o censurarla como opuesta a determinados principios del derecho natural o presentarla como defectuosa o imperfecta, y sometida al poder civil.

En efecto, constando, seg√ļn el testimonio de los Padres de Trento12, que la Iglesia recibi√≥ su doctrina de Cristo Jes√ļs y de sus Ap√≥stoles, que es ense√Īada por el Esp√≠ritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauraci√≥n y regeneraci√≥n para volverla a su incolumidad primitiva, d√°ndola nueva vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia est√° sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores echar los fundamentos de una instituci√≥n humana moderna, para as√≠ lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, se haga cosa humana13. Piensen pues, los que tal pretenden que s√≥lo al Romano Pont√≠fice, como atestigua San Le√≥n, ha sido confiada la constituci√≥n de los c√°nones; y que a √©l solo compete, y no a otro, juzgar acerca de los antiguos decretos, o como dice San Gelasio: Pesar los decretos de los c√°nones, medir los preceptos de sus antecesores para atemperar, despu√©s de un maduro examen, los que hubieran de ser modificados, atendiendo a los tiempos y al inter√©s de las Iglesias14.

Celibato clerical

7. Queremos ahora Nos excitar vuestro gran celo por la religi√≥n contra la vergonzosa liga que, en da√Īo del celibato clerical, sab√©is c√≥mo crece por momentos, porque hacen coro a los falsos fil√≥sofos de nuestro siglo algunos eclesi√°sticos que, olvidando su dignidad y estado y arrastrados por ansia de placer, a tal licencia han llegado que en algunos lugares se atreven a pedir, tan p√ļblica como repetidamente, a los Pr√≠ncipes que supriman semejante imposici√≥n disciplinaria. Rubor causa el hablar tan largamente de intentos tan torpes; y fiados en vuestra piedad, os recomendamos que pong√°is todo vuestro empe√Īo en guardar, reivindicar y defender √≠ntegra e inquebrantable, seg√ļn est√° mandado en los c√°nones, esa ley tan importante, contra la que se dirigen de todas partes los dardos de los libertinos.

Matrimonio cristiano

8. Aquella santa uni√≥n de los cristianos, llamada por el Ap√≥stol sacramento grande en Cristo y en la Iglesia,15 , reclama tambi√©n toda nuestra solicitud, por parte de todos, para impedir que, por ideas poco exactas, se diga o se intente algo contra la santidad, o contra la indisolubilidad del v√≠nculo conyugal. Esto mismo ya os lo record√≥ Nuestro predecesor P√≠o VIII, de s. m., con no poca insistencia, en sus Cartas. Pero aun contin√ļan aumentando los ataques adversarios. Se debe, pues, ense√Īar a los pueblos que el matrimonio, una vez constituido leg√≠timamente, no puede ya disolverse, y que los unidos por el matrimonio forman, por voluntad de Dios, una perpetua sociedad con v√≠nculos tan estrechos que s√≥lo la muerte los puede disolver. Tengan presente los fieles que el matrimonio es cosa sagrada, y que por ello est√° sujeto a la Iglesia; tengan ante sus ojos las leyes que sobre √©l ha dictado la Iglesia; obed√©zcanlas santa y escrupulosamente, pues de cumplirlas depende la eficacia, fuerza y justicia de la uni√≥n. No admitan en modo alguno lo que se oponga a los sagrados c√°nones o a los decretos de los Concilios y conozcan bien el mal resultado que necesariamente han de tener las uniones hechas contra la disciplina de la Iglesia, sin implorar la protecci√≥n divina o por sola liviandad, cuando los esposos no piensan en el sacramento y en los misterios por √©l significados.

Indiferentismo religioso

9. Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teor√≠a extendida por doquier, merced a los enga√Īos de los imp√≠os, y que ense√Īa que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religi√≥n, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. F√°cilmente en materia tan clara como evidente, pod√©is extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Ap√≥stol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo16, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvaci√≥n, que, seg√ļn la sentencia del Salvador, est√°n ellos contra Cristo, pues no est√°n con Cristo17 y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecer√°n eternamente los que no tengan fe cat√≥lica y no la guardan √≠ntegra y sin mancha18; oigan a San Jer√≥nimo que nos cuenta c√≥mo, estando la Iglesia dividida en tres partes por el cisma, cuando alguno intentaba atraerle a su causa, dec√≠a siempre con entereza: Si alguno est√° unido con la C√°tedra de Pedro, yo estoy con √©l19. No se hagan ilusiones porque est√°n bautizados; a esto les responde San Agust√≠n que no pierde su forma el sarmiento cuando est√° separado de la vid; pero, ¬Ņde qu√© le sirve tal forma, si ya no vive de la ra√≠z?20.

Libertad de conciencia

10. De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y err√≥nea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada d√≠a m√°s por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religi√≥. ¬°Y qu√© peor muerte para el alma que la libertad del error! dec√≠a San Agust√≠n21. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclin√°ndose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo22 del que, seg√ļn vio San Juan, sub√≠a un humo que oscurec√≠a el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aqu√≠ la inconstancia en los √°nimos, la corrupci√≥n de la juventud, el desprecio -por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones m√°s respetables; en una palabra, la mayor y m√°s mort√≠fera peste para la sociedad, porque, aun la m√°s antigua experiencia ense√Īa c√≥mo los Estados, que m√°s florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades.

Libertad de imprenta

11. Debemos tambi√©n tratar en este lugar de la libertad de imprenta, nunca suficientemente condenada, si por tal se entiende el derecho de dar a la luz p√ļblica toda clase de escritos; libertad, por muchos deseada y promovida. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos, al considerar qu√© monstruos de doctrina, o mejor dicho, qu√© sinn√ļmero de errores nos rodea, disemin√°ndose por todas partes, en innumerables libros, folletos y art√≠culos que, si son insignificantes por su extensi√≥n, no lo son ciertamente por la malicia que encierran; y de todos ellos sale la maldici√≥n que vemos con honda pena esparcirse sobre la tierra. Hay, sin embargo, ¬°oh dolor!, quienes llevan su osad√≠a a tal grado que aseguran, con insistencia, que este aluvi√≥n de errores esparcido por todas partes est√° compensado por alg√ļn que otro libro, que en medio de tantos errores se publica para defender la causa de la religi√≥n. Es de todo punto il√≠cito, condenado adem√°s por todo derecho, hacer un mal cierto y mayor a sabiendas, porque haya esperanza de un peque√Īo bien que de aquel resulte. ¬ŅPor ventura dir√° alguno que se pueden y deben esparcir libremente activos venenos, venderlos p√ļblicamente y darlos a beber, porque alguna vez ocurre que el que los usa haya sido arrebatado a la muerte?

12. Enteramente distinta fue siempre la disciplina de la Iglesia en perseguir la publicaci√≥n de los malos libros, ya desde el tiempo de los Ap√≥stoles: ellos mismos quemaron p√ļblicamente un gran n√ļmero de libros23. Basta leer las leyes que sobre este punto dio el Concilio V de Letr√°n y la Constituci√≥n que fue publicada despu√©s por Le√≥n X, de f. r., a fin de impedir que lo inventado para el aumento de la fe y propagaci√≥n de las buenas artes, se emplee con una finalidad contraria, ocasionando da√Īo a los fieles24. A esto atendieron los Padres de Trento, que, para poner remedio a tanto mal, publicaron el salub√©rrimo decreto para hacer un Indice de todos aquellos libros, que, por su mala doctrina, deben ser prohibidos25. Hay que luchar valientemente, dice Nuestro predecesor Clemente XIII, de p. m., hay que luchar con todas nuestras fuerzas, seg√ļn lo exige asunto tan grave, para exterminar la mort√≠fera plaga de tales libros; pues existir√° materia para el error, mientras no perezcan en el fuego esos instrumentos de maldad26. Colijan, por tanto, de la constante solicitud que mostr√≥ siempre esta Sede Apost√≥lica en condenar los libros sospechosos y da√Īinos, arranc√°ndolos de sus manos, cu√°n enteramente falsa, temeraria, injuriosa a la Santa Sede y fecunda en grav√≠simos males para el pueblo cristiano es la doctrina de quienes, no contentos con rechazar tal censura de libros como demasiado grave y onerosa, llegan al extremo de afirmar que se opone a los principios de la recta justicia, y niegan a la Iglesia el derecho de decretarla y ejercitarla.

Rebeldía contra el poder

13. Sabiendod Nos que se han divulgado, en escritos que corren por todas partes, ciertas doctrinas que niegan la fidelidad y sumisi√≥n debidas a los pr√≠ncipes, que por doquier encienden la antorcha de la rebeli√≥n, se ha de trabajar para que los pueblos no se aparten, enga√Īados, del camino del bien. Sepan todos que, como dice el Ap√≥stol, toda potestad viene de Dios y todas las cosas son ordenadas por el mismo Dios. As√≠, pues, el que resiste a la potestad, resiste a la ordenaci√≥n de Dios, y los que resisten se condenan a s√≠ mismos27. Por ello, tanto las leyes divinas como las humanas se levantan contra quienes se empe√Īan, con vergonzosas conspiraciones tan traidoras como sediciosas, en negar la fidelidad a los pr√≠ncipes y aun en destronarles.

14. Por aquella raz√≥n, y por no mancharse con crimen tan grande, consta c√≥mo los primitivos cristianos, aun en medio de las terribles persecuciones contra ellos levantadas, se distinguieron por su celo en obedecer a los emperadores y en luchar por la integridad del imperio, como lo probaron ya en el fiel y pronto cumplimiento de todo cuanto se les mandaba (no oponi√©ndose a su fe de cristianos), ya en el derramar su sangre en las batallas peleando contra los enemigos del imperio. Los soldados cristianos, dice San Agust√≠n, sirvieron fielmente a los emperadores infieles; mas cuando se trataba de la causa de Cristo, no reconocieron otro emperador que al de los cielos. Distingu√≠an al Se√Īor eterno del se√Īor temporal; y, no obstante, por el primero obedec√≠an al segundo28. As√≠ ciertamente lo entend√≠a el glorioso m√°rtir San Mauricio, invicto jefe de la legi√≥n Tebea, cuando, seg√ļn refiere Euquerio, dijo a su emperador: Somos, oh emperador, soldados tuyos, pero tambi√©n siervos que con libertad confesamos a Dios; vamos a morir y no nos rebelamos; en las manos tenemos nuestras armas y no resistimos porque preferimos morir mucho mejor que ser asesinos29. Y esta fidelidad de los primeros cristianos hacia los pr√≠ncipes brilla a√ļn con mayor fulgor, cuando se piensa que, adem√°s de la raz√≥n, seg√ļn ya hizo observar Tertuliano, no faltaban a los cristianos ni la fuerza del n√ļmero ni el esfuerzo de la valent√≠a, si hubiesen querido mostrarse como enemigos: Somos de ayer, y ocupamos ya todas vuestras casas, ciudades, islas, castros, municipios, asambleas, hasta los mismos campamentos, las tribus y las decurias, los palacios, el senado, el foro... ¬ŅDe qu√© guerra y de qu√© lucha no ser√≠amos capaces, y dispuestos a ello aun con menores fuerzas, los que tan gozosamente morimos, a no ser porque seg√ļn nuestra doctrina es m√°s l√≠cito morir que matar? Si tan gran masa de hombres nos retir√°semos, abandon√°ndoos, a alg√ļn rinc√≥n remoto del orbe, vuestro imperio se llenar√≠a de verg√ľenza ante la p√©rdida de tantos y tan buenos ciudadanos, y os veriais castigados hasta con la destituci√≥n. No hay duda de que os espantariais de vuestra propia soledad...; no encontrar√≠ais a quien mandar, tendr√≠ais m√°s enemigos que ciudadanos; mas ahora, por lo contrario, deb√©is a la multitud de los cristianos el tener menos enemigos30.

15. Estos hermosos ejemplos de inquebrantable sumisi√≥n a los pr√≠ncipes, consecuencia de los sant√≠simos preceptos de la religi√≥n cristiana, condenan la insolencia y gravedad de los que, agitados por torpe deseo de desenfrenada libertad, no se proponen otra cosa sino quebrar y aun aniquilar todos los derechos de los pr√≠ncipes, mientras en realidad no tratan sino de esclavizar al pueblo con el mismo se√Īuelo de la libertad. No otros eran los criminales delirios e intentos de los valdenses, beguardos, wiclefitas y otros hijos de Belial, que fueron plaga y deshonor del g√©nero humano, que, con tanta raz√≥n y tantas veces fueron anatematizados por la Sede Apost√≥lica. Y todos esos malvados concentran todas sus fuerzas no por otra raz√≥n que para poder creerse triunfantes felicit√°ndose con Lutero por considerarse libres de todo v√≠nculo; y, para conseguirlo mejor y con mayor rapidez, se lanzan a las m√°s criminales y audaces empresas.

16. Las mayores desgracias vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil. Consta, en efecto, que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable así para la religión como para los pueblos.

17. A otras muchas causas de no escasa gravedad que Nos preocupan y Nos llenan de dolor, deben a√Īadirse ciertas asociaciones o reuniones, las cuales, confeder√°ndose con los sectarios de cualquier falsa religi√≥n o culto, simulando cierta piedad religiosa pero llenos, a la verdad, del deseo de novedades y de promover sediciones en todas partes, predican toda clase de libertades, promueven perturbaciones contra la Iglesia y el Estado; y tratan de destruir toda autoridad, por muy santa que sea.

Remedio, la palabra de Dios

18. Con el √°nimo, pues, lleno de tristeza, pero enteramente confiados en Aquel que manda a los vientos y calma las tempestades, os escribimos Nos estas cosas, Venerables Hermanos, para que, armados con el escudo de la fe, pele√©is valerosamente las batallas del Se√Īor. A vosotros os toca el mostraros como fuertes murallas, contra toda opini√≥n altanera que se levante contra la ciencia del Se√Īor. Desenvainad la espada espiritual, la palabra de Dios; reciban de vosotros el pan, los que han hambre de justicia. Elegidos para ser cultivadores diligentes en la vi√Īa del Se√Īor, trabajad con empe√Īo, todos juntos, en arrnacar las malas ra√≠ces del campo que os ha sido encomendado, para que, sofocado todo germen de vicio, florezca all√≠ mismo abundante la mies de las virtudes. Abrazad especialmente con paternal afecto a los que se dedican a la ciencia sagrada y a la filosof√≠a, exhortadles y guiadles, no sea que, fi√°ndose imprudentemente de sus fuerzas, se aparten del camino de la verdad y sigan la senda de los imp√≠os. Entiendan que Dios es gu√≠a de la sabidur√≠a y reformador de los sabios31, y que es imposible que conozcamos a Dios sino por Dios, que por medio del Verbo ense√Īa a los hombres a conocer a Dios32. S√≥lo los soberbios, o m√°s bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la raz√≥n, que, por condici√≥n propia de la humana naturaleza, es d√©bil y enfermiza.

Los gobernantes y la Iglesia

19. Que tambi√©n los Pr√≠ncipes, Nuestros muy amados hijos en Cristo, cooperen con su concurso y actividad para que se tornen realidad Nuestros deseos en pro de la Iglesia y del Estado. Piensen que se les ha dado la autoridad no s√≥lo para el gobierno temporal, sino sobre todo para defender la Iglesia; y que todo cuanto por la Iglesia hagan, redundar√° en beneficio de su poder y de su tranquilidad; lleguen a persuadirse que han de estimar m√°s la religi√≥n que su propio imperio, y que su mayor gloria ser√°, digamos con San Le√≥n, cuando a su propia corona la mano del Se√Īor venga a a√Īadirles la corona de la fe. Han sido constituidos como padres y tutores de los pueblos; y dar√°n a √©stos una paz y una tranquilidad tan verdadera y constante como rica en beneficios, si ponen especial cuidado en conservar la religi√≥n de aquel Se√Īor, que tiene escrito en la orla de su vestido: Rey de los reyes y Se√Īor de los que dominan.

20. Y para que todo ello se realice pr√≥spera y felizmente, elevemos suplicantes nuestros ojos y manos hacia la Sant√≠simo Virgen Mar√≠a, √ļnica que destruy√≥ todas las herej√≠as, que es Nuestra mayor confianza, y hasta toda la raz√≥n de Nuestra esperanza33. Que ella misma con su poderosa intercesi√≥n pida el √©xito m√°s feliz para Nuestros deseos, consejos y actuaci√≥n en este peligro tan grave para el pueblo cristiano. Y con humildad supliquemos al Pr√≠ncipe de los ap√≥stoles Pedro y a su compa√Īero de apostolado Pablo que todos est√©is delante de la muralla, a fin de que no se ponga otro fundamento que el que ya se puso. Apoyados en tan dulce esperanza, confiamos que el autor y consumador de la fe, Cristo Jes√ļs, a todos nos ha de consolar en estas tribulaciones tan grandes que han ca√≠do sobre nosotros; y en prenda del auxilio divino a vosotros, Venerables Hermanos, y a las ovejas que os est√°n confiadas, de todo coraz√≥n, os damos la Bendici√≥n Apost√≥lica.

Dado en Roma, en Santa Mar√≠a la Mayor, en el d√≠a de la Asunci√≥n de la bienaventurada Virgen Mar√≠a, 15 de agosto de 1832, a√Īo segundo de Nuestro Pontificado.


1

Luc. 22, 32.

2

1 Cor. 4, 21.

3

Luc. 22, 53.

4

Is. 24, 5.

5

S. Caelest. pp., ep. 21 ad epp. Galliarum.

6

Ep. ad Imp., ap. Labb. t. 2 p. 235 ed. Mansi.

7

S. Innocent. pp., ep. 2: ap. Constat.

8

S. Cypr. De unit. Eccl.

9

Sess. 25 in definit.: ap. Labb. t. 18 col. 527 ed. Venet.

10

Ep. 2 ad Nepot. a. 1, 24.

11

Ex can. ap. 38; ap. Labb. t. 1 p. 38 ed. Mansi.

12

Sess. 13 dec. de Euchar. in prooem.

13

Ep. 52 ed. Baluz.

14

Ep. ad epp. Lucaniae.

15

Hebr. 13, 4 y Eph. 5, 32.

16

Eph. 4, 5.

17

Luc. 11, 23.

18

Symb. S. Athanas.

19

S. Hier. ep. 57.

20

In ps. contra part. Donat.

21

Ep. 166.

22

Apoc. 9, 3.

23

Act. 19.

24

Act. Conc. Later. V. sess. 10; y Const. Alexand. VI Inter multiplices.

25

Conc. Trid. sess. 18 y 25.

26

Enc. Christianae 25 nov. 1766, sobre libros prohibidos.

27

Rom. 13, 2.

28

In ps. 124 n. 7.

29

S. Eucher.: ap. Ruinart, Act. ss. mm., de ss. Maurit. et ss. n. 4.

30

Apolog. c. 37.

31

Sap. 7, 15.

32

S. Irenaeus, 14, 10.

33

S. Bernardus Serm. de nat. B.M.V.§ 7.
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