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Conferencia Episcopal Mexicana, Mensaje de la Conferencia Episcopal Mexicana antes del viaje de S.S. Juan Pablo II en 1999.
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Juan Pablo II en América

Sabemos que la peregrinación del Papa tiene carácter continental y cristológico. Así lo destacaba el cardenal Etchegaray en su intervención durante el Sínodo de América: "Después de doce días de Sínodo, embarcados en una gran carabela, ahora comprendemos mejor la acertada visión del Papa. Como un nuevo Cristóbal Colón, Juan Pablo II nos ayuda a descubrir que, si hay todavía varias Américas, es más cierto que también hay una América que las engloba a todas y está emergiendo, de forma cada vez más clara y nítida, del oscuro pasado de la historia. De este nuevo mundo, que empieza a envejecer como los demás, estamos llamados a hacer un mundo nuevo de justicia y de paz "con la fuerza del Evangelio", como dice San Pablo, ese otro gran trotamundos de Cristo. ¡Qué responsabilidad apasionante en el doble sentido de la palabra para la Iglesia de este continente! No hay otro continente que se pueda arropar completamente con el manto cristiano. No hay otro continente donde los signos del Evangelio sean tan numerosos en medio del pueblo. No hay otro continente donde la Iglesia esté mejor equipada en documentos pastorales y en brújulas tan preciosas como las de Medellín, Puebla y Santo Domingo. ¿Qué falta a este fascinante continente, convertido a los ojos de la humanidad en la prueba de la capacidad de los cristianos para ser la sal de la tierra? ¿Qué le falta? Al Sínodo toca decirlo con lucidez, serenamente, para reavivar la relación siempre nueva y frágil entre fe e historia. ¿Qué le falta? El encuentro con Jesucristo vivo".

Éste es el continente que peregrina, sinodalmente, hacia el "Encuentro de Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad", y al encuentro con la "Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra" (Nican Mopohua), en el espacio luminoso del Tepeyac.

El Sínodo de América se realizó en el espléndido marco de la preparación al gran jubileo de la Encarnación redentora (cf. Tertio millennio adveniente, 38); se insertó en el proyecto universal de la nueva evangelización; es floración y fruto continental que hunde sus raíces en el concilio Vaticano II (cf. ib., 36).

La Iglesia católica, en Sínodo para el continente americano, contempló, con respeto y amor, a la multitud de pueblos, razas y culturas con múltiples orígenes históricos. La Iglesia, en este Sínodo, se sintió nuevamente llamada a cumplir la misión de promover la integración fraterna, superando los nacionalismos herméticos, los antagonismos étnicos y las situaciones de odios, divisiones, exclusiones y violencias, para ser, como dice el profeta Isaías, "un gran signo elevado delante de las naciones" que atraiga a todos los pueblos a la reconciliación fraterna en Jesucristo; se sintió llamada a promover la globalización de la fraternidad y la globalización de la solidaridad, como necesaria condición de la paz y de una vida armoniosa entre todos los pueblos americanos.

Ante esta realidad, el Sínodo de América habló de los gozos, preocupaciones y desafíos de la Iglesia que está en América y proclamó, acentuando la dimensión trascendente como lo pidió el cardenal Ratzinger, su fe invicta y su gozosa esperanza: "Con la fuerza del Espíritu Santo, les decimos: Jesucristo ha vencido al mundo. Él ha enviado su Espíritu Santo entre nosotros para hacer nuevas todas las cosas. Es más, en palabras de la sagrada Escritura, "para renovar la faz de la tierra". Éste es, pues, nuestro sencillo mensaje: ¡Jesucristo es Señor! (cf. Flp 2, 11). Su resurrección nos llena de esperanza; su presencia en nuestro caminar nos llena de valor. Les decimos, como el Santo Padre nos dice tan a menudo, "no tengan miedo". El Señor está con ustedes en el camino, salgan a su encuentro" (Mensaje, 35).

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