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S.S. Pío XII, Menti nostrae
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Menti nostrae

Exhoratación apostólica de S.S. Pío XII sobre la santidad de la vida sacerdotal

En nuestra alma resuena siempre aquella voz del Divino Redentor cuando dijo a Pedro: Sim√≥n, hijo de Juan, ¬ŅMe amas m√°s que √©stos?... Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas1; y tambi√©n aquella otra con que, por su parte, el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles exhortaba a los Obispos y a los fieles de su tiempo, al decirles: Apacentad la grey de Dios, que est√° entre vosotros..., haci√©ndoos modelo de vuestra grey2.

2. Meditando con atenci√≥n, tales palabras, juzgamos que es oficio muy principal de Nuestro ministerio el hacer todo lo posible cada d√≠a para que sea m√°s eficaz la labor de los sagrados Pastores y sacerdotes, que como fin necesario tiene el conducir al pueblo cristiano para que evite el mal, venza los peligros y adquiera la santidad y ello es m√°s necesario a√ļn en nuestros tiempos, cuando pueblos y naciones, a causa de la reciente cruel√≠sima guerra, no s√≥lo experimentan graves dificultades, sino que se hallan sometidos a una profunda perturbaci√≥n espiritual mientras los enemigos del catolicismo, con mayor audacia a causa de las circunstancias de la sociedad, con odio criminal y con disimuladas asechanzas se empe√Īan por apartar de Dios y de su Cristo a los hombres todos.

Restauración cristiana, cuya necesidad todos los buenos admiten actualmente, que Nos incita a dirigir Nuestro pensamiento y Nuestro afecto de modo especial a los sacerdotes de todo el mundo, porque bien sabemos la humilde, vigilante y entusiasta actividad de ellos, pues viven entre el pueblo y, al conocer plenamente sus dificultades, sus penas y sus angustias, así espirituales como materiales, pueden con las normas evángelicas renovar las costumbres de todos y establecer definitivamente, en el mundo, el reinado de Jesucristo, reino de justicia, de amor y de paz3.

Pero de ning√ļn modo ser√° posible que el ministerio sacerdotal logre con plenitud alcanzar aquellos efectos que corresponden adecuadamente a las necesidades de nuestra √©poca, si los sacerdotes no brillan, ante el pueblo, que les rodea, con el brillo de una santidad insigne, y si no son dignos ministros de Cristo, fieles dispensadores de los misterios divinos de Dios4, eficaces colaboradores de Dios5, preparados para toda obra buena6.

3. Y por ello, pensamos que de ning√ļn modo podremos manifestar mejor Nuestra gratitud a los sacerdotes del mundo entero-que, en ocasi√≥n del quincuag√©simo aniversario de Nuestro sacerdocio, con sus oraciones al Se√Īor dieron testimonio de su filial piedad hacia Nos-que dirigiendo a todo el Clero una paternal exhortaci√≥n a la santidad, sin la cual no puede ser fecundo el ministerio que les est√° confiado. El A√Īo Santo, que hemos anunciado con la esperanza de que todos ajusten sus costumbres a las ense√Īanzas del Evangelio, deseamos que, como primer fruto, produzca √©ste: el de que todos cuantos son gu√≠a del pueblo cristiano atiendan con mayor empe√Īo a dirigirse hacia la cima de la santidad, pues s√≥lo con tal esp√≠ritu y con tales armas podr√°n renovarse en el esp√≠ritu de Jesucristo a la grey que les est√° confiada.

Ciertamente que las necesidades actuales, hoy tan crecidas, de la sociedad, exigen cada vez más la perfección de los sacerdotes; pero téngase bien en cuenta que ellos están ya antes obligados -por la misma naturaleza del santísimo ministerio que Dios les ha confiado- a tender hacia la santidad, y ello siempre en todas las circunstancias y por todos los medios.

4. Como han ense√Īado Nuestros Predecesores, y singularmnte P√≠o X7 y P√≠o XI8, as√≥ como Nos mismo tambi√©n lo hemos mostrado en las enc√≠clicas Mysticis Corporis9 y Mediator Dei10 el sacerdocio es, ciertamente, el gran don del Divino redentor: pues √©ste, a fin de perpetuar hasta el final de los siglos, la obra de la redenci√≥n, por √©l consumada en su sacrificio de la Cruz, confi√≥ su potestad a la Iglesia, a la que quiso hacer part√≠cipe de su √ļnico y eterno sacerdocio. El sacerdote es como otro Cristo, porque est√° sellado con un car√°cter indeleble, por el que se convierte casi en imagen viva de nuestro Salvador; el sacerdote representa a Cristo, el cual dijo: Como el Padre me envi√≥, as√≠ yo os env√≠o a vosotros11, el que a vosotros os escucha a mi me escucha12. Consagrado, como por una divina vocaci√≥n, a este august√≠simo misterio, est√° constituido en lugar de los hombres en las cosas que tocan a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados13. Necesario es, por lo tanto, que a √©l recurra todo el que quiera vivir la vida del Divino Redentor y desee recibir fuerza, consuelo y alimento para su alma; en √©l tambi√©n habr√° de buscar la necesaria medicina quienquiera que desee levantarse de sus pecados y tornarse al recto camino. Por ese motivo, todos los sacerdotes con plena raz√≥n podr√°n aplicarse a s√≠ mismos aquellas palabras del Ap√≥stol de las Gentes: Cooperadores somos... de Dios14.

Pero tan excelsa dignidad exige de los sacerdotes que con fidelidad suma correspondan a su altísimo oficio. Destinados a procurar la gloria de Dios en la tierra, a alimentar y aumentar el Cuerpo Místico de Cristo, es necesario absolutamente que sobresalgan de tal modo por la santidad de sus costumbres, que por su medio se difunda por todas partes el buen aroma de Cristo15.

El mismo d√≠a en que vosotros, amados hijos, fuisteis ensalzados a la dignidad sacerdotal, el obispo, en nombre de Dios, os indic√≥ solemnemente, cu√°l era vuestro deber fundamental: Comprended lo que hac√©is, imitad lo que tra√©is entre manso; para que, al celebrar el misterio de la muerte del Se√Īor, procur√©is purificar vuestros miembros de todos los vicios y concupiscencias. Sea vuestra doctrina medicina espiritual para el pueblo de Dios; sea el aroma de vuestra vida el preferido de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicaci√≥n y con el ejemplo, edifiqu√©is la casa que es la familia de Dios16. Totalmente inmune de pecado, vuestra vida- mucho m√°s que la de los simples fieles- est√© escondida con Cristo en Dios17 y as√≠ adornados con la excelsa virtud que exige vuestra dignidad, consagraos a llevar a cabo la obra de la redenci√≥n, pues a ello os ha destinado la consagraci√≥n sacerdotal.

Esta es la decisión que espontánea y libremente os comprometisteis a realizar; sed santos, porque, como sabéis, sagrado es vuestro ministerio.

I. SANTIDAD DE VIDA

6. Seg√ļn las ense√Īanzas del Divino maestro, la perfecci√≥n de la vida cristiana tiene su fundamento en el amor a Dios y al pr√≥jimo18; pero este amor ha de ser f√©rvido, diligente, activo. Y, si as√≠ estuviere conformado, en cierto modo encierra ya en s√≠ todas las virtudes19; y por ello, con toda raz√≥n, puede llamarse v√≠nculo de perfecci√≥n20. Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.

A ello, pues, viene obligado de modo particular el sacerdote. Porque todos sus actos sacerdotales por su misma naturaleza-esto es, en cuanto que el sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocaci√≥n, y para ello ha sido adornado con un divino oficio y con carismas divinos- es necesario que tiendan a ello: pues √©l mismo tiene que asociar su actividad a la de Cristo, √ļnico y eterno Sacerdote: y necesario es que siga e imite a Aquel que, durante su vida terrenal, tuvo como fin supremo el manifestar su ardent√≠simo amor al Padre y hacer Part√≠cipes a los hombres de los infinitos tesoros de su coraz√≥n.

A) IMITACI√ďN DE CRISTO

7. El principal impulso que debe mover al espíritu sacerdotal es el de unirse íntimamente con el Divino Redentor, el aceptar íntegra y dócilmente los mandatos de la doctrina cristiana, y el de llevarlos a la práctica, en todos los momentos de su vida, con tal diligencia que la fe sea la guía de su conducta y ésta, en cierto modo, refleje el esplendor de la fe.

Guiado por el esplendor de esta virtud, siempre tenga fija su mirada en Cristo; siga con toda diligencia sus mandatos, sus actos y sus ejemplos; y h√°llese plenamente convencido de que no le basta cumplir aquellos deberes a que vienen obligados los simples fieles, sino que ha de tender cada vez m√°s y m√°s hacia aquella santidad que la excelsa dignidad sacerdotal exige, seg√ļn manda la Iglesia: El cl√©rigo debe llevar vida m√°s santa que los seglares y servir a √©stos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras21.

8. La vida sacerdotal, del mismo modo que se deriva de Cristo, debe toda y siempre dirigirse a El. Cristo es el Verbo de Dios, que no desde√Ī√≥ tomar la natualeza humana, que vivi√≥ su vida terrenal para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundi√≥ en torno a s√≠ el aroma del lirio, que vivi√≥ en la pobreza, que pas√≥ haciendo el bien y sanando a todos22; que, en fin, se inmol√≥ como hostia por la salvaci√≥n de los hermanos. Ante vuestros ojos ten√©is, amados hijos, el cuadro de aquella tan admirable vida: empe√Īaos con todo esfuerzo por reproducirla en vosotros, acord√°ndoos de aquella exhortaci√≥n: Os he dado ejemplo para que vosotros hag√°is como yo he hecho23.

9. El comienzo de la perfección cristiana está en la humildad. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón24. Pues si bien consideramos la tan excelsa dignidad a la que por el bautismo y por la sagrada ordenación fuimos llamados, y si reconocemos nuestra propia miseria espiritual, necesario es que meditemos aquella divina sentencia de Jesucristo: Sin mí nada podéis hacer25.

El sacerdote no deber√° confiar en sus propias fuerzas, ni complacerse con desorden en sus propias dotes, ni andar buscando el juicio y alabanza de los hombres, ni aspirar ambicioso a las m√°s altas dignidades, sino imitar a Cristo, que no vino para ser servido sino para servir26; ni√©guese, pues, a s√≠ mismo, seg√ļn el mandato del Evangelio27, y no se apegue en su √°nimo a las cosas terrenales con demas√≠a, para as√≠ poder seguir, m√°s f√°cil y m√°s libremente, al Divino Maestro. Todo cuanto √©l tiene, todo cuanto √©l es, se deriva de la bondad y del poder de Dios; por lo tanto, si de algo quisiere gloriarse, recuerde bien las palabras del Ap√≥stol: Mas por lo que toca a m√≠ mismo, no me gloriare sino de mis debilidades28.

Semejante espíritu de humildad, iluminado por la luz de la fe, obliga al hombre a inmolar, en cierto modo, su voluntad mediante la obligada obediencia. Fue el mismo Cristo quien estableció, en la sociedad por él fundada, una legítima autoridad, encargada de perpetuar la de El para siempre; por ello, quien obedece a los superiores, en la Iglesia, obedece al Redentor mismo.

10. En tiempos como los nuestros, cuando el principio de autoridad es quebrantado con audacia y temeridad, es absolutamente necesario que el sacerdote, adem√°s de mantener firmemente en su esp√≠ritu los principios de la fe, reconozca y en conciencia admira tal autoridad no s√≥lo como obligada defensa del orden religioso y social, sino tambi√©n como fundamento de su propia santificaci√≥n personal. Y puesto que los enemigos de Dios, con cierta astucia criminal, ponen todo su empe√Īo en excitar y seducir las desordenadas ambiciones de algunos para que se rebelen contra la Santa Madre Iglesia, deseamos Nos elogiar, como es merecido, y sostener con paternal √°nimo a ese tan gran ej√©rcito de sacerdotes que, precisamente por proclamar abiertamente su obediencia y por guardar inc√≥lume su m√°s √≠ntegra fidelidad hacia Cristo y hacia la autoridad por El constituida, fueron encontrados dignos de sufrir contumelia por el nombre de Cristo29, y no s√≥lo contumelia, sino tambi√©n persecuciones, c√°rceles y hasta la misma muerte.

11. La actividad del sacerdote se ejercita en todo cuanto al orden de la vida sobrenatural se refiere, pues le corresponde fomentar el crecimiento de la misma y comunicarla al Cuerpo Místico de Cristo. Por ello ha de renunciar a todas las ocupaciones que son del mundo, cuidarse tan sólo de las que son de Dios30. Y porque ha de estar libre de las solicitudes del mundo y consagrado por completo al divino servicio, la Iglesia instituyó la ley del celibato, para que cada vez se pusiera más de relieve, ante todos, que el sacerdote es ministro de Dios y padre de las almas. Y gracias a esa ley de celibato, el sacerdote, lejos de perder por completo el deber de la verdadera paternidad, lo realza hasta lo infinito, puesto que engendra hijos no para esta vida terrenal y perecedera, sino para la celestial y eterna.

Cuanto m√°s refulge la castidad sacerdotal, tanto m√°s viene a ser el sacerdote, junto con Cristo, hostia pura, hostia santa, hostia inmaculada31.

Mas para conservar con todo cuidado y en toda su integridad esta castidad sacerdotal, cual tesoro de valor inestimable, necesario es de todo punto atenerse con toda fidelidad a aquella exhortación del Príncipe de los Apóstoles, que todos los días repetimos a la hora de Completas: Sed sobrios y vigilad32.

12. S√≠, mis amados hijos, estad muy vigilantes, porque vuestra castidad ha de enfrentarse con tantos peligros, as√≠ por la plena ruina de la moralidad p√ļblica, como por los atractivos de los vicios, que hoy con tanta facilidad os asedian, ya finalmente por aquella excesiva libertad de relaciones entre personas de distinto sexo, tan corriente en la actualidad, y que a veces llega audaz a querer penetrar aun en el ejercicio del ministerio sagrado. Vigilad y orad33, acord√°ndoos de que vuestras manos tocan las cosas m√°s santas; acordaos asimismo de que est√°is consagrados a Dios, y de que s√≥lo a El hab√©is de servir. Hasta el habito mismo que llev√°is os advierte, que no deb√©is vivir para el mundo, sino para Dios. Empe√Īaos, pues, con ardor y valent√≠a, confiando en la protecci√≥n de la Virgen Madre de Dios, en conservaros cada d√≠a n√≠tidos, limpios, puros, castos, como conviene a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios34.

Y a este propósito juzgamos oportuno exhortaros de modo especial para que, en la dirección de asociaciones y cofradías femeninas, os mostréis tales como corresponde a los sacerdotes: evitad toda familiaridad; y, siempre que fuere necesaria vuestra actuación, sea ésta como de ministro sagrado. Y en la misma dirección de tales asociaciones encerrad vuestra actividad en aquellos límites que vuestro ministerio sacerdotal exige.

13. Pero no juzguéis que sea bastante el que por la castidad hayáis renunciado a todos los placeres de la carne, y que por vuestra obediencia hayáis sometido plenamente vuestra voluntad a vuestros superiores; necesario es, asimismo, que vuestro espíritu se halle cada día más alejado de las riquezas y de las cosas terrenales. Una y otra vez os exhortamos, amados hijos, a que no améis demasiado las cosas caducas y perecederas de este mundo; procurad, más bien -con suma veneración-, tomar como modelos a los grandes santos de tiempos pasados y de los nuestros; pues ellos, uniendo la renuncia necesaria de los bienes temporales a una suma confianza en la divina Providencia y al más ardiente celo sacerdotal, realizaron las obras más admirables confiados tan sólo en Dios que nunca niega los medios que sean necesarios. Aun los mismos sacerdotes "seculares", que no hacen profesión de pobreza por voto especial, deberán conducirse por un amor a la pobreza, que se muestre claro, así en su vida -sencilla y modesta-, como en su habitación -sin suntuosidad- y en su largueza generosa para con los pobres. Y, sobre todo, se abstengan de participar en las empresas económicas, que les apartarán del cumplimiento de sus deberes pastorales, y harán disminuir la consideración de los fieles hacia ellos. Porque el sacerdote, obligado como está a procurar por todos los medios la salvación de las almas, debe considerar como suya aquella sentencia del apóstol San Pablo: No busco vuestras cosas, a vosotros busco35.

14. Si ahora fuera oportuno el tratar detalladamente de todas aquellas virtudes, por las cuales el sacerdote ha de reproducir en s√≠, en la mejor forma posible, el divino ejemplar de Jesucristo, ir√≠amos desarrollando muchas cosas que en Nuestra mente est√°n presentes; hemos querido, sin embargo, inculcar de modo especial a vuestra mente tan s√≥lo todo aquello que singularmente parece necesario en estos nuestros tiempos; cuanto a las dem√°s virtudes, baste recordar esta sentencia del √°ureo libro de la Imitaci√≥n de Cristo: El sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes y dar a los dem√°s ejemplo de recta vida. Su conversaci√≥n no sea seg√ļn las vulgares y comunes maneras de los hombres, sino como de √°ngeles y hombres perfectos36.

B) NECESIDAD DE LA GRACIA

15. Nadie ignora, mis amados hijos, que no es posible a ning√ļn cristiano -y de modo especial, a ning√ļn sacerdote- el imitar, en la pr√°ctica de la vida cotidiana, los admirables ejemplos del Divino Maestro, sin el auxilio de la divina gracia y sin el uso de aquellos instrumentos de la gracia misma, que El nos ha puesto a nuestra disposici√≥n. Y ello es tanto m√°s necesario cuanto mayor es la perfecci√≥n que nosotros hayamos de conseguir, y cuanto mayores son las dificultades derivadas de nuestra naturaleza, inclinada al mal. Movidos por esta raz√≥n, juzgamos Nos oportuno el pasar a la consideraci√≥n de otras verdades, tan sublimes como consoladoras, en las que aparece aun m√°s claramente cu√°n excelsa ha de ser la santidad sacerdotal y cu√°n eficaces son las riquezas que Jesucristo nos ha comunicado para que podamos llevar a la pr√°ctica, en nosotros, los designios de la divina misericordia.

Como toda la vida del Salvador fue ordenada al sacrificio de sí mismo, así también la vida del sacerdote, que debe reproducir en sí la imagen de Cristo, debe ser con El, por El y en El un aceptable sacrificio.

En efecto, la oferta que el Se√Īor hizo en el Calvario no fue s√≥lo la inmolaci√≥n de su propio Cuerpo; pues El se ofreci√≥ a s√≠ mismo, hostia de expiaci√≥n, como Cabeza de la Humanidad, y por eso, al encomendar su esp√≠ritu en las manos del Padre, se encomend√≥ a s√≠ mismo a Dios como hombre, para recomendar todos los hombres a Dios37.

Lo mismo ocurre en el sacrificio eucarístico, que es renovación incruenta del sacrificio de la cruz: pues, en él, Cristo se ofrece a sí mismo al Padre por su gloria y por nuestra salud. Mas, como quiera que El, sacerdote y víctima, obra como Cabeza de la Iglesia, se ofrece e inmola, no solamente a sí mismo, sino también a todos los fieles, y en cierto modo a todos los hombres38.

16. Ahora bien: si esto vale de todos los fieles, con mayor razón vale de los sacerdotes, que son ministros de Cristo principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico. Precisamente en el sacrificio eucarístico, cuando representando a la persona de Cristo consagran el pan y el vino, que se convierten en cuerpo y sangre de Cristo, pueden beber, en la fuente misma de la vida sobrenatural, los tesoros de la salvación y todos aquellos medios que les son necesarios, no sólo para sí mismos individualmente, sino también para cumplir su misión.

Porque el sacerdote, al estar en tan estrecho contacto con estos divinos misterios, no puede menos de tener hambre y sed de justicia39 ni dejar de sentir los estímulos de ajustar su vida a aquella tan excelsa dignidad, con que está adornado, y de encuadrarla en su afán de sacrificarse, pues en cierto modo debe inmolarse a sí mismo junto con Cristo. Por lo tanto, no se contente con celebrar la santa misa: necesario es que la viva íntimamente; y tan sólo así podrá encontrar aquella vida sobrenatural que habrá de transformarle, haciéndole participar -en cierto modo- de la vida sacrifical del mismo Divino Redentor.

San Pablo pone como principio fundamental de la perfecci√≥n cristiana el precepto revest√≠os de nuestro Se√Īor Jesucristo40. Este precepto, si vale para todos los cristianos, vale de modo especial para los sacerdotes. Mas revestirse de Cristo no es s√≥lo inspirar los propios pensamientos en su doctrina, sino entrar en una vida nueva que, para resplandecer con las fulgores del Tabor, debe conformarse a los del Calvario. Pero esto exige un arduo y continuo trabajo, por el que nuestra alma se convierta como en v√≠ctima, a fin de participar √≠ntimamente en el sacrificio mismo de Cristo. Trabajo arduo y constante que no ha de tener como principio una voluntad ineficaz, ni ha de limitarse tan s√≥lo a deseos y promesas, sino que ha de ser un ejercicio incansable y continuo que lleve a una fruct√≠fera renovaci√≥n del esp√≠ritu; debe ser ejercicio de piedad, que lo refierea todo a la gloria de Dios; debe ser ejercicio de penitencia, que refrene y modere los desordenados movimientos del alma; debe ser acto de caridad, que inflame nuestras almas en el amor hacia Dios y hacia el pr√≥jimo y que nos estimule a promover todas las obras de misericordia; debe ser, finalmente, voluntad activa para empe√Īarse y luchar por hacer lo m√°s perfecto.

17. Necesario es, por lo tanto, que el sacerdote procure reproducir en su alma todo cuanto sobre el altar ocurre. Como Jesucristo se inmola a s√≠ mismo, tambi√©n su ministro debe inmolarse con El; como Jes√ļs exp√≠a los pecados de los hombres, as√≠ √©l, siguiendo el arduo camino de la asc√©tica cristiana, debe trabajar por la propia y por la ajena purificaci√≥n. De esta suerte lo amonesta San Pablo Cris√≥logo:

S√© sacrificio y sacerdote de Dios; no pierdas lo que te dio y concedi√≥ la divina autoridad. Rev√≠stete de la estola de la santidad; c√≠√Īete con el c√≠ngulo de la castidad; sea Cristo velo sobre tu cabeza; est√© la cruz como baluarte sobre tu frente; pon sobre tu pecho el sacramento de la ciencia divina; quema siempre el oloroso perfume de la oraci√≥n; empu√Īa la espada del esp√≠ritu; haz de tu coraz√≥n como un altar y ofrece sobre √©l tu cuerpo generosamente como v√≠ctima a Dios... Ofrece la fe de modo que sea castigada la perfidia; inmola el ayuno, para que cese la voracidad; ofrece en sacrificio la castidad, paa que muera la pasi√≥n; pon sobre el altar la piedad, para que sea depuesta la impiedad; invita a la misericordia, para que se destruya la avaricia; y para que desaparezca la necedad, conviene siempre inmolar la santidad; as√≠ tu cuerpo ser√° tu hostia, si no est√° herida por ning√ļn dardo de pecado41.

Cumple bien ahora el repetir, con las mismas palabras, pero de modo particular a los sacerdotes, todo cuanto Nos propusimos como digno de meditarse a todos los fieles en la enc√≠clica Mediator Dei: "Jesucristo, en verdad, es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para S√≠, al ofrecer al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de todo el g√©nero humano: igualmente, El es v√≠ctima, pero para nosotros, al ofrecerse a S√≠ mismo en vez del hombre sujeto a la culpa. Pues bien; aquello del Ap√≥stol, hab√©is de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, exige a todos los cristianos que reproduzcan en s√≠, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que ten√≠a el Divino Redentor cuando se ofrec√≠a en Sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios la adoraci√≥n, el honor, la alabanza y la acci√≥n de gracias. Exige, adem√°s, que de alguna manera adopten la condici√≥n de v√≠ctima, abneg√°ndose a s√≠ mismos seg√ļn los preceptos del Evangelio, entreg√°ndose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, finalmente, que nos ofrezcamos a la muerte m√≠stica en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo42.

18. Sacerdotes y amadísimos hijos, en nuestras propias manos tenemos un tesoro grande, una margarita, la más preciosa: esto es, las riquezas inagotables de la sangre del mismo Jesucristo; usemos de ellas con mayor largueza, para que, por medio del sacrificio total de nosotros mismos, ofrecido junto con Cristo al Eterno Padre, en verdad lleguemos a ser mediadores de justicia en aquellas cosas que tocan a Dios43, y así sean aceptadas benignamente nuestras plegarias, logrando impetrar aquella lluvia de gracias tan abundantes que renueven y enriquezcan a la Iglesia y a las almas todas. Y sólo entonces, cuando hayamos llegado a ser como una sola cosa con Cristo, mediante su inmolación y la nuestra, y cuando hayamos unido nuestra voz a la del coro de los habitantes de la celestial Jerusalén illi canentes iungimur almae Sionis aemuli44, sólo entonces, fortalecidos con la virtud del Salvador será cuando, desde la altura de la santidad, que hayamos conseguido, podremos bajar seguramente y sin peligro, para llevar a todos los hombres la luz sobrenatural de Dios y la vida sobrenatural.

C) NECESIDAD DE LA ORACI√ďN

19. La santidad perfecta requiere tambi√©n una continua comunicaci√≥n con Dios: y para que este √≠ntimo contacto que el alma sacerdotal debe establecer con Dios no fuese jam√°s interrumpido en la sucesi√≥n de los d√≠as y de las horas, la Iglesia impuso al sacerdote la obligaci√≥n de recitar el oficio divino. De ese modo, ella recogi√≥ fielmente el precepto del Se√Īor: Es preciso orar siempre y no descansar45. La Iglesia, del mismo modo que nunca cesa de orar, desea ardientemente que sus hijos hagan lo mismo, repitiendo las palabras del Ap√≥stol: Por medio, pues, de El [Jesucristo] ofrezcamos a Dios perennemente el sacrificio de alabanza; esto es, el fruto de los labios que confiesan su nombre46. Pues a los sacerdotes les confi√≥ ese peculiar oficio, el de que, orando aun en nombre del mismo pueblo, consagren a Dios en cierto modo el correr y las vicisitudes de todo el tiempo.

20. Y el sacerdote, al conformarse con tal deber, no hace sino continuar, a trav√©s de los siglos, aquello mismo que Cristo hizo, pues en los d√≠as de su carne, habiendo ofrecido plegarias y s√ļplicas con grandes gritos..., fue o√≠do por su reverencia47. Esta oraci√≥n, tiene una eficacia, porque est√° hecha en nombre de Cristo, esto es, por medio de Nuestro Se√Īor Jesucristo, el cual es nuestro mediador junto al Padre y presenta a √©l incesantemente su satisfacci√≥n, sus m√©ritos y el precio sumo de su Sangre. Ella es la voz de Cristo, el cual ora por nosotros como nuestro sacerdote, ora en nosotros como nuestra Cabeza48. Es igualmente siempre la voz de la Iglesia, que recoge las ansias y los deseos de todos los fieles que, asociados a la voz y a la fe del sacerdote, alaban a Jesucristo, y por medio de El dan gracias al Eterno Padre del que, cada d√≠a y a cada hora, impetran los auxilios necesarios. As√≠ es como viene a repetirse lo que en otro tiempo hizo Mois√©s, cuando -en lo alto del monte, y con los brazos extendidos hacia el cielo- hablaba con Dios y le suplicaba misericordia para su pueblo que tantas penas sufr√≠a en el valle adyacente. No otra cosa es lo que los sacerdotes reiteran cada d√≠a.

Pero el oficio divino es tambi√©n un medio eficac√≠simo de santificaci√≥n. No es, en efecto, tan s√≥lo una recitaci√≥n de f√≥rmulas ni de c√°nticos que hayan de cantarse seg√ļn c√°nones del arte: no se trata s√≥lo del respeto de ciertas normas, llamadas r√ļbricas, o de ceremonias externas del culto, sino que se trata m√°s bien de la elevaci√≥n de la mente y del alma a Dios para que se unan a la armon√≠a de los esp√≠ritus bienaventurados que cantan sus alabanzas eternamente49. Por ello, el oficio divino se ha de rezar, en todas sus horas, seg√ļn lo que en el principio del mismo se hace notar: Digna, atenta, devotamente.

21. Pero es necesario que el sacerdote ore con la misma intenci√≥n del Redentor. Es casi la misma voz del Se√Īor que, por medio de su sacerdote, contin√ļa implorando de la clemencia del Padre los beneficios de la Redenci√≥n; es la voz del Se√Īor, a la que se asocian los coros de los √°ngeles y de los santos del cielo y de todos los fieles en la tierra, para glorificar debidamente a Dios; es la voz de Cristo, nuestro abogado, por medio de la cual se nos obtienen los inmensos tesoros de sus m√©ritos.

Meditad, por eso, atentos y solícitos, aquellas verdades fecundas que el Espíritu Santo nos propone por las palabras de las Sagradas Escrituras y que los escritos de los Padres y de los Doctores comentan. Mientras vuestros labios repiten las palabras dictadas por el Espíritu Santo, cuidad bien de no perder nada de tesoro tan grande; y, para que vuestra alma sea el eco vivo de la voz de Dios, alejad sin cesar y con cuidado todo cuanto pueda distraeros y recoged vuestra atención y vuestros pensamientos de modo que os consagréis más fácilmente y con mayor fruto a la contemplación de las verdades eternas.

En la enc√≠clica Mediator Dei hemos explicado ampliamente por qu√© fin el ciclo lit√ļrgico anual evoca y representa de modo ordenado los misterios de Nuestro Se√Īor Jesucristo y celebra tambi√©n las fiestas de la Sant√≠sima Virgen y de los Santos. Estas ense√Īanzas, que hemos comunicado a todos los fieles, porque son util√≠simas a todos, deben ser meditadas especialmente por vosotros, los sacerdotes; por vosotros, que por el Sacrificio eucar√≠stico y por el Oficio divino ten√©is parte tan importante en el desarrollo del ciclo lit√ļrgico.

22. Para que avancen cada vez m√°s expeditamente por el camino de la santidad, la Iglesia recomienda con todo empe√Īo a los sacerdotes, adem√°s de la celebraci√≥n del Sacrificio eucar√≠stico y la recitaci√≥n del Oficio divino, tambi√©n otros ejercicios de piedad. Sobre ellos Nos place tocar ahora algunos puntos y proponerlos a vuestra consideraci√≥n.

Ante todo, la Iglesia nos exhorta a la meditaci√≥n que eleva la mente hacia el cielo, la solicita a la contemplaci√≥n de las cosas divinas y que, asimismo, conduce a nuestra alma, inflamada en el amor de Dios, hacia El. Meditaci√≥n de las cosas sagradas, que es la mejor preparaci√≥n para celebrar la Santa Misa y para, luego, dar a Dios las debidas gracias; que nos arrastra tambi√©n a penetrar y gustas las bellezas de la liturgia, y, finalmente, nos hace contemplar las verdades eternas as√≠ como los admirables ejemplos y ense√Īanzas del Evangelio.

Ejemplos del Evangelio y virtudes del Redentor, que por necesidad habrán de reproducir en sí mismos los sacerdotes. Mas, así como el alimento material no alimenta la vida, ni la sustenta y aumenta, sino convenientemente digerido y transformado en sustancia nuestra, así el sacerdote, si no meditare y contemplare los misterios del Redentor divino -que es el modelo supremo y perfecto de la vida sacerdotal y la fuente inagotable de su santidad- y no viviere su vida, no puede adquirir el dominio de sí mismo y de sus sentidos, ni purificar su alma, ni encaminarse a la virtud -como él debe- ni, en fin, cumplir con fidelidad, entusiasmo y fruto sus sagrados deberes.

23. Estimamos, por lo tanto, ser grave obligaci√≥n Nuestra exhortaros a la pr√°ctica de la meditaci√≥n diaria, pr√°ctica recomendada a todo el clero tambi√©n por el C√≥digo de Derecho Can√≥nico50. En efecto, as√≠ como el est√≠mulo a la perfecci√≥n sacerdotal es alimentado y reforzado por la meditaci√≥n diaria, as√≠ el descuido y olvido de esta pr√°ctica es origen de la tibieza del esp√≠ritu, por lo que la piedad disminuye y languidece, y no s√≥lo cesa o se retarda el impulso de la santificaci√≥n personal, sino que todo el ministerio sacerdotal sufre no menos da√Īo. Por ello debe asegurarse fundadamente que por ning√ļn otro medio se puede lograr la eficacia particular de la meditaci√≥n, y que su pr√°ctica cotidiana, por lo tanto, es insustituible.

24. De la oraci√≥n mental no debe separarse la oraci√≥n vocal; ni falten tampoco otras formas de oraci√≥n privada, que, en las condiciones particulares de cada uno, ayudan a realizar la uni√≥n del alma con Dios. Pero t√©ngase muy presente que, m√°s que las m√ļltiples oraciones, valen la piedad y el verdadero y ardiente esp√≠ritu de oraci√≥n. Este ardiente esp√≠ritu de oraci√≥n, necesario en todos los tiempos, lo es muy singularmente hoy, cuando el llamado naturalismo ha invadido las mentes y las almas, y la virtud est√° expuesta a peligros de todo g√©nero, peligros que a veces se encuentran en el ejercicio del mismo ministerio. ¬ŅQu√© cosa podr√° defender mejor de estas insidias, qu√© cosa podr√° elevar el alma a las cosas celestiales y tenerla unida con Dios mejor que la asidua oraci√≥n y la invitaci√≥n de la ayuda divina?

25. Y como los sacerdotes pueden ser llamados por t√≠tulo singular hijos de Mar√≠a, no podr√°n menos de alimentar una ardiente devoci√≥n hacia la Virgen, de invocarla con confianza, de implorar con frecuencia su poderosa protecci√≥n. Todos los d√≠as, como la Iglesia misma recomienda51, rezar√°n el santo rosario, que, al poner ante nuestra meditaci√≥n los misterios del Redentor, nos conduce a Jes√ļs por Mar√≠a.

El sacerdote, antes de cerrar su jornada de trabajo, se dirigir√° al tabern√°culo y all√≠ se detendr√° siquiera alg√ļn tiempo, para adorar a Jes√ļs en su sacramento de amor, para reparar las ingratitudes de tantos hacia sacramento tan grande, para encenderse cada vez m√°s en el amor de Dios y para permanecer de alg√ļn modo, aun durante el tiempo del reposo nocturno, que recuerda a su mente el silencio de la muerte, en la presencia del Coraz√≥n de Cristo.

26. No omita el diario examen de conciencia, que es el medio más eficaz así para darse cuenta de los progresos de la vida espiritual durante el día, como para remover los obstáculos que entorpecen o retardan el progreso en la virtud, como, finalmente, para conocer los medios más idóneos de asegurar al ministerio sacerdotal mayores frutos e implorar del Padre celestial perdón para tantas debilidades.

Esta indulgencia y el perd√≥n de los pecados nos son concedidos de modo especial en el sacramento de la penitencia, obra maestra de la bondad del amor de Dios, para socorrer nuestra fragilidad. Que no ocurra nunca, amados hijos, que precisamente el ministro de este sacramento de reconciliaci√≥n se abstenga de √©l. La Iglesia, como sab√©is, dispone en esta materia: Vigilen los ordinarios para que los cl√©rigos limpien frecuentemente las manchas de su propia conciencia con el sacramento de la penitencia52. Aunque ministros de Cristo, somos, sin embargo, d√©biles y miserables: ¬Ņc√≥mo podremos, pues, subir al altar y tratar los sagrados misterios, si no procuramos purificarnos lo m√°s frecuentemente posible? Y en verdad que con la confesi√≥n frecuente "se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad, se desarraigan las malas costumbres, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable direcci√≥n de conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo"53.

27. Y aqu√≠ es oportuna tambi√©n otra recomendaci√≥n: que, al trabajar y avanzar en la vida espiritual, no os fi√©is de vosotros mismos, sino que con sencillez y docilidad, busqu√©is y acept√©is la ayuda de quien con sabia moderaci√≥n puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios id√≥neos, y en todas las dificultades internas y externas os puede dirigir rectamente y llevaros a perfecci√≥n cada vez mayor, seg√ļn el ejemplo de los santos y las ense√Īanzas de la asc√©tica cristiana. Sin estos prudentes directores de conciencia, de modo ordinario, es muy dif√≠cil secundar convenientemente los impulsos del Esp√≠ritu Santo y de la gracia divina.

Deseamos ardientemente, en fin, recomendar a todos la pr√°ctica de los Ejercicios Espirituales.

Cuando nos retiramos por algunos días de las ocupaciones habituales y del ambiente ordinario y nos apartamos a la soledad y al silencio, prestamos oído más atento a la voz de Dios y ésta penetra más profundamente en nuestra alma. Los Ejercicios, a la vez que nos llaman a un cumplimiento más diligente de los deberes de nuestro ministerio, con la contemplación de los misterios del Redentor, refuerzan nuestra voluntad, para servirle a El en santidad y justicia todos nuestros días54.

II. SANTIDAD DEL MINISTERIO

28. En el Monte Calvario le fue abierto al Redentor el costado, del que fluyó su sagrada sangre, que se derrama en el curso de los siglos como torrente que inunda, para purificar las conciencias de los hombres, expiar sus pecados y repartirles los tesoros de la salvación.

A cumplir ministerio tan sublime est√°n destinados los sacerdotes. En efecto, ellos no s√≥lo concilian y comunican la gracia de Cristo a los miembros de su Cuerpo M√≠stico, sino que son tambi√©n los √≥rganos del desarrollo del mismo Cuerpo M√≠stico, porque deben dar a la Iglesia continuamente nuevos hijos, formarlos, cultivarlos, guiarlos. Ellos son dispensadores de los misterios de Dios55; deben, por ello, servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvaci√≥n de los hermanos. Son los ap√≥stoles de la paz; por eso deben iluminar al mundo con la doctrina del Evangelio y ser tan fuertes en la fe que puedan comunicarla a los dem√°s y seguir los ejemplos y las ense√Īanzas del divino Maestro, para poder conducirlos a todos a El. Son los ap√≥stoles de la gracia y del perd√≥n; deben por eso, consagrarse totalmente a la salvaci√≥n de los hombres y atraerlos al altar de Dios para que se nutran del pan de la vida eterna. Son los ap√≥stoles de la caridad; deben, por ello, promover las obras de caridad, hoy tantos m√°s urgentes cuanto que las necesidades de los pobres han crecido enormemente.

A) FORMAS DE APOSTOLADO

29. El sacerdote debe, adem√°s, cuidar que los fieles comprendan bien la doctrina de la Comuni√≥n de los santos, la sientan, y la vivan; y para promoverla, s√≠rvase de obras como el Apostolado lit√ļrgico y el Apostolado de la oraci√≥n. Debe, adem√°s, promover, todas aquellas otras formas de apostolado que hoy, por las especiales necesidades del pueblo cristiano, son de tanta importancia y de tanta urgencia. Apl√≠quese, por lo tanto, con toda diligencia a la ense√Īanza catequ√≠stica, al desarrollo y a la difusi√≥n de la Acci√≥n cat√≥lica y de la Acci√≥n misional, y asimismo, a que -vali√©ndose de la actividad de seglares seriamente formados y preparados- todo cuanto se refiere a la recta ordenaci√≥n del problema social reciba un incremento cada d√≠a mayor, seg√ļn lo requieren nuestros tiempos.

Recuerde, adem√°s, el sacerdote que su ministerio ser√° tanto m√°s fecundo cuanto m√°s estrechamente est√© √©l unido a Cristo y se gu√≠e en la acci√≥n por el esp√≠ritu de Cristo. Entonces, su actividad sacerdotal no se reducir√° a un movimiento y a una agitaci√≥n, puramente naturales, que fatigan cuerpo y esp√≠ritu y que exponen al mismo sacerdote a desviaciones da√Īosas para s√≠ y para la Iglesia; sino que sus trabajos y sus fatigas ser√°n fecundados y corroborados por aquellos carismas de gracia que Dios niega a los soberbios, pero que concede en abundancia a quienes, trabajando con humildad en la vi√Īa del Se√Īor, no se buscan a s√≠ mismos ni su propia vanagloria56, sino la gloria de Dios y la salvaci√≥n de las almas. Por lo tanto, fiel a las ense√Īanzas del Evangelio, no conf√≠e en s√≠ mismo ni en sus propias fuerzas, ponga m√°s bien su confianza en la ayuda del Se√Īor: Nada es el que planta ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento57. Si el apostolado est√° as√≠ ordenado e inspirado, no podr√° menos de ocurrir que el sacerdote atraiga hacia s√≠, con fuerza como divina, los √°nimos de todos. Reproduciendo √©l en sus costumbres y en su vida la viva imagen de Cristo, todos los que se dirijan a √©l como maestro reconocer√°n, llevados por una interna persuasi√≥n, que √©l no dice palabras suyas, sino palabras de Dios, y que no obra por propia virtud, sino por la virtud de Dios: Si uno habla, sean como palabras de Dios; si uno tiene un ministerio, sea como por una virtud comunicada por Dios58. A√ļn m√°s; mientras se afana por ascender a la santidad y ejercer con la mayor diligencia su ministerio, cuide de representar, en s√≠ mismo, tan perfectamente a Cristo, que pueda con toda humildad repetir las palabras del Ap√≥stol de las Gentes: Sed mis imitadores, como yo [lo soy] de Cristo59.

B) HEREJ√ćA DE LA "ACCI√ďN"

30. Por estas razones, mientras alabamos a cuantos, en el fatigoso trabajo de esta posguerra, guiados por el amor hacia Dios y por la caridad hacia el pr√≥jimo, bajo la gu√≠a y ejemplo de sus Obispos, han consagrado todas sus fuerzas al alivio de tantas miserias, no podemos menos de expresar Nuestra preocupaci√≥n y Nuestra ansiedad por aquello que, por las especiales circunstancias del momento, se han engolfado en el torbellino de la actividad exterior hasta el punto de olvidar el principal deber del sacerdote, que es la santificaci√≥n propia. Hemos ya dicho en un documento p√ļblico60 que deben ser llamados a m√°s recto sentir todos cuantos presumen que se puede salvar al mundo a trav√©s de aquello que justamente se ha llamado la herej√≠a de la acci√≥n, de aquella acci√≥n que no tiene sus fundamentos en la ayuda de la gracia y no se sirve constantemente de los medios necesarios para la consecuci√≥n de la santidad que Cristo nos dio. Del mismo modo juzgamos oportuno excitarles a la actividad propia de su sagrado ministerio a aquellos que, desentendi√©ndose por completo de las cosas exteriores, y como desconfiando de la eficacia del divino auxilio, no ponen todo su empe√Īo, cada uno en la medida de sus posibilidades, para lograr que el esp√≠ritu cristiano vaya penetrando en la vida cotidiana, mediante todos aquellos recursos que nuestros tiempos exigen61.

C) SALVACI√ďN DE LAS ALMAS

31. A todos, pues, os exhortamos con todas veras a que, estrechamente unidos al Redentor, con cuya ayuda lo podemos todo62, os dediqu√©is con toda solicitud a la salvaci√≥n de aquellos que la Providencia ha confiado a vuestros cuidados. ¬°Cu√°n ardientemente deseamos, amados hijos, que emul√©is a aquellos santos que, en los tiempos pasados, con sus grandes obras demostraron a cu√°nto llega en este mundo el poder de la gracia divina! Que todos y cada uno, con humildad y sinceridad, pod√°is siempre atribuiros -siendo testigos vuestros fieles- el dicho del Ap√≥stol: Con mucho gusto gastar√© y me desgastar√© a m√≠ mismo en bien de vuestras almas63. Iluminad las mentes, dirigid las conciencias, confortad y sostened a las almas que se debaten en la duda, y gimen en el dolor. A estas principales formas de apostolado unid todas aquellas otras que las necesidades de los tiempos exigen. Pero que a todos sea bien manifiesto que el sacerdote, en todas sus actividades, ninguna otra cosa busca fuera del bien de las almas; y que su √ļnico ideal es Cristo, al que ha de consagrar sus fuerzas todas y su propia persona.

32. Y, del mismo modo que para alentaros a la santificación personal os hemos exhortado a reproducir en vosotros mismos como una viva imagen de Cristo, así ahora, para lograr la santidad y la santificadora eficacia de vuestro ministerio, os conjuramos una y otra vez a que sigáis siempre las huellas del Divino Redentor; el cual, lleno del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él64. Corroborados por el mismo Espíritu y empujados por su fuerza, vosotros podéis ejercitar un ministerio que, alimentado e inflamado por la caridad cristiana, no sólo será rico con la virtud divina, sino que podrá comunicar la misma virtud a los demás. Que vuestro celo esté vivificado por aquella caridad que todo lo soporta con ánimo sereno, que no se deja vencer por la adversidad y que abraza a todos, pobres y ricos, amigos y enemigos, fieles e infieles. Esta larga fatiga y esta cotidiana paciencia la exigen de vosotros las almas por cuya salvación tantos dolores y angustias sufrió nuestro Salvador, y con tanta paciencia que llegó a los máximos tormentos y aun a la misma muerte, porque así quiso restituirnos a la divina amistad. Es éste, lo sabéis, el mayor de los bienes. Así, pues, no os dejéis llevar de un inmoderado deseo de éxito, ni os desaniméis si, después de un asiduo trabajo, no recogéis los frutos deseados, porque uno siembra y otro recoge65.

Que, adem√°s, todo este vuestro celo apost√≥lico resplandezca con una gran caridad benigna. Porque, si es necesario combatir los errores y oponerse a los vicios -deber, al que todos venimos obligados-, el √°nimo del sacerdote ha de estar, sin embargo, movido siempre a la compasi√≥n: pues preciso es combatir con todas las fuerzas el error, pero amar intensamente al hermano que yerra y mediante una eficaz caridad conducirlo a la salvaci√≥n. ¬ŅCu√°nto bien no han hecho, cu√°ntas admirables obras no han llevado a cabo los santos gracias a la benignidad, y ello aun en ambientes corrompidos por la mentira y degradados por el vicio? Faltar√≠a ciertamente a su deber quien, por complacer a los hombres, no atacase las malsanas inclinaciones, o quien se mostrare idulgente con ideas y obras no rectas de los mismos, y ello en perjuicio de la doctrina cristiana y de las buenas costumbres. Pero, cuando quedan totalmente a salvo las ense√Īanzas del Evangelio, cuando el que yerra se halla movido por un sincero deseo de volverse al buen camino, entonces el sacerdote acu√©rdese de la respuesta dada por el Divino Maestro al Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, cuando √©ste le preguntaba cu√°ntas veces habr√≠a de perdonar a los hermanos: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete66.

Que esta actividad vuestra tenga siempre por objeto no las cosas terrenales y caducas, sino las eternas. Ideal de los sacerdotes, que aspiren a la santidad, debe ser √©ste: el trabajar √ļnicamente por la gloria de Dios y la salvaci√≥n de las almas. Much√≠simos son los sacerdotes que, aun entre las graves dificultades y angustias de nuestro tiempo, han tenido como norma los ejemplos y avisos del Ap√≥stol de las Gentes, cuando, content√°ndose con un m√≠nimum indispensable, y tan s√≥lo buscando lo estrictamente necesario, afirmaba: Teniendo alimentos y con qu√© cubrirnos, content√©monos con ello67.

Gracias a este despego de las cosas terrenales, que va unido a una gran confianza en la Providencia divina, y que Nos parece digno de la mayor alabanza, el ministerio sacerdotal ha dado a la Iglesia frutos ubérrimos de bien espiritual y aun social.

D) CON S√ďLIDA DOCTRINA, Y CELO

33. Esta vuestra solícita actividad debe, en fin, estar iluminada con la luz de la sabiduría y de la ciencia e inflamada por la llama de la caridad. Todo el que se propone eficazmente la santificación propia y de los demás, debe estar adornado con sólida doctrina, que no solamente ha de comprender la teología, sino que también debe extenderse a los conocimientos científicos y literarios de nuestra época; y pertrechado con tales estudios, el sacerdote, como buen padre de familia, podrá sacar de su tesoro cosas nuevas y antiguas68, de tal suerte que su ministerio sea siempre muy estimado por todos, y resulte fructuoso. Ante todo, esta vuestra actividad ministerial debe ajustarse con absoluta fidelidad a las prescripciones de esta Sede Apostólica y a las normas de los Obispos. Y nunca ocurra, amados hijos, que dejen de usarse, o por defectuosa dirección no respondan a las necesidades de los fieles, todas aquellas formas y métodos de apostolado que hoy son de tanta utilidad, especialmente en aquellas regiones donde el clero es extraordinariamente escaso.

Que cada d√≠a, pues, crezca m√°s este vuestro celo activo, que consolide a la Iglesia de Dios, que brille ejemplar para los fieles y que constituya un firme baluarte contra el que se estrellen, in√ļtiles, los ataques de los enemigos de Dios.

34. Y ahora deseamos que esta Nuestra apost√≥lica Exhortaci√≥n tenga un especial recuerdo para aquellos sacerdotes que, con gran humildad, pero con caridad encendida, dedican todo su empe√Īo a procurar y a aumentar la santificaci√≥n de los dem√°s sacerdotes, ya como consejeros suyos, ya como directores espirituales, como confesores. El bien incalculable que ellos hacen a la Iglesia queda la mayor parte de las veces oculto durante toda su vida; pero un d√≠a se manifestar√° con toda claridad en la gloria del Rey celestial.

Nos, que no hace muchos a√Īos, con gran consuelo Nuestro, decretamos el m√°ximo honor de los altares al sacerdote de Tur√≠n, Jos√© Cafasso -que en tiempos muy dif√≠ciles, seg√ļn bien sab√©is, fue gu√≠a espiritual, tan sabio y tan santo, de no pocos sacerdotes, que les hizo avanzar en la virtud y les hizo particularmente fecundo su sagrado ministerio-, alimentamos la plena confianza de que, por su v√°lido patrocinio, el Divino Redentor suscite numerosos sacerdotes de igual santidad, que sepan conducirse a s√≠ mismos y guiar a sus propios hermanos a tan excelsa perfecci√≥n de vida, que todos los fieles, al contemplar sus luminosos ejemplos, se sientan interior y espont√°neamente movidos a imitarlos.

III. NORMAS PR√ĀCTICAS

35. Hemos expuesto hasta ahora, en esta Nuestra Exhortación, las principales verdades y normas fundamentales sobre las que se basa el sacerdocio católico y el ejercicio de su ministerio. A estas verdades y a estas normas se conforman diligentemente en su práctica diaria todos los santos sacerdotes; pero, por lo contrario -y hemos de dolernos de ello- todos cuantos abandonaron o rehuyeron las obligaciones aceptadas en su sagrada ordenación, desgraciadamente se apartaron de aquéllas.

Ahora bien: para que esta Nuestra paternal Exhortación sea más eficaz, estimamos oportuno indicar con mayor detalle algunas cosas que se refieren de modo peculiar a la práctica de la vida diaria. Esto es tanto más necesario cuanto que en la vida moderna se dan algunas situaciones y se presentan de modo nuevo algunas cuestiones que requieren por Nuestra parte un examen más diligente y un más atento cuidado. Queremos, por eso, exhortar a todos los sacerdotes, y de modo particular a los Obispos, a que con toda solicitud promuevan todo cuanto se crea necesario en nuestros tiempos; y que, asimismo, hagan volverse a la verdad, a la rectitud y a la virtud, todo cuanto se hubiere desviado del recto camino o, lo que fuera peor, fuese plenamente depravado.

A) FORMACI√ďN DEL CLERO

36. Bien sab√©is c√≥mo, despu√©s de las largas y variables alternativas de la reciente guerra, el n√ļmero de los sacerdotes -as√≠ en las naciones cat√≥licas como en las tierras de misi√≥n- es plenamente insuficiente para las necesidades crecientes sin cesar. Por lo cual exhortamos a todos los sacerdotes, bien del clero diocesano, bien pertenecientes a √≥rdenes y congregaciones religiosas, a que, apretados por los v√≠nculos de la fraterna caridad, procedan en uni√≥n de fuerza y de voluntades hacia la meta com√ļn, que es el bien de la Iglesia, la santificaci√≥n propia y la de los fieles. Todos, aun aquellos religiosos que pasan su vida escondida en el retiro y en el silencio, deben contribuir a la eficacia del apostolado sacerdotal con la oraci√≥n y con el sacrificio; y, cuantos tambi√©n puedan hacerlo con su actividad, lo hagan con entusiasmo y alegr√≠a.

Pero es tambi√©n necesario reclutar, con la ayuda de la gracia divina, otros colaboradores y compa√Īeros en el apostolado. Llamamos especial√≠simamente la atenci√≥n de los Ordinarios, y de cuantos tienen cura de almas, sobre este important√≠simo problema, que est√° √≠ntimamente unido con el porvenir de la Iglesia. Es cierto que la Iglesia no carecer√° jam√°s de los sacerdotes necesarios a su misi√≥n; pero todos hemos de estar vigilantes, trabajar, acord√°ndonos de aquellas palabras del Se√Īor: La mies es mucha, pero los operarios son pocos69, usar de toda diligencia para dar a la Iglesia numerosos y santos ministros.

Ya nuestro mismo Divino Redentor nos indica el camino m√°s seguro para tener numerosas vocaciones: Pedid al Se√Īor de la mies para que mande operarios a su mies70. Por lo tanto, mediante una oraci√≥n humilde y confiada, hemos de pedirlo as√≠ a Dios.

37. Pero es también necesario que las almas de los que por divina vocación son llamados al estado sacerdotal sean preparadas al impulso y a la acción invisible del Espíritu Santo; y a este fin se precisa la contribución que puedan dar los padres cristianos, los párrocos, los confesores, los superiores de seminario, los sacerdotes y todos los fieles que vivamente se preocupan de las necesidades y el incremento de la Iglesia. Los ministros de Dios procuren, no sólo en la predicación y en la instrucción catequística, sino también en las conversaciones privadas, disipar los prejuicios tan difundidos contra el estado sacerdotal, mostrando su dignidad excelsa, su belleza, su necesidad y su alto mérito. Todos los padres y madres cristianos, a cualquier clase social a que pertenezcan, deben pedir a Dios con todo su fervor que les haga dignos de que, al menos uno de sus hijos, sea llamado a su servicio. Todos los cristianos, en fin, deben sentir el deber de favorecer y ayudar a todos cuantos se sienten llamados al sacerdocio.

La selecci√≥n de los candidatos al sacerdocio, que el C√≥digo de Derecho Can√≥nico71 conf√≠a y tanto les recomienda a los Pastores de almas, ha de constituir tambi√©n en empe√Īo singular de todos los sacerdotes, que no s√≥lo deben dar humildes y generosas gracias a Dios por el don inestimable que ellos recibieron, sino que deben no tener nada por m√°s querido y agradable que encontrar, y ayudarle por todos los medios, un sucesor entre aquellos j√≥venes que sepan hallarse adornados de las dotes necesarias para tan alta dignidad. Para conseguir m√°s eficaz √©xito en ello, todo sacerdote debe esforzarse por ser y mostrarse ejemplo de vida sacerdotal que, para los j√≥venes en cuya proximidad vive y en los cuales halle signos del divino llamamiento, pueda constituir un ideal que imitar.

38. Esta selección vigilante y discreta hágase siempre y en todas partes, no sólo entre jóvenes que están ya en el seminario, sino aun entre quienes en otras escuelas e instituciones realizan sus estudios, y de modo particular entre los que cooperan con su ayuda a las diversas formas y empresas del apostolado. Estos, aunque lleguen al sacerdocio en edad avanzada, están con frecuencia adornados de mayores y más sólidas virtudes, porque ya hubieron de luchar con las más graves dificultades y así reforzaron su espíritu entre las agitaciones de la vida y porque, además, colaboraron ya en obras de apostolado, estrechamente relacionadas con el ministerio sacerdotal.

Pero es preciso examinar siempre con suma diligencia a cada uno de los aspirantes al sacerdocio para ver con qu√© intenciones y por qu√© causas han tomado esta resoluci√≥n. De modo especial, cuando se trate de ni√Īos, es preciso indagar si est√°n adornados de las necesarias dotes morales y f√≠sicas y si aspiran al sacerdocio √ļnicamente por su dignidad y por la utilidad espiritual propia y ajena.

39. Vosotros sabéis, Venerables Hermanos, cuáles son las condiciones de idoneidad moral que la Iglesia requiere en los jóvenes que aspiran al sacerdocio, y creemos superfluo detenernos en exponer esta materia. Llamamos, en cambio, vuestra atención sobre las condiciones de idoneidad física; y esto tanto más cuanto que la reciente guerra ha dejado huellas funestas y ha perturbado en las más variadas formas a las generaciones jóvenes. Examínense, pues, con particular atención las cualidades físicas del candidato, recurriendo, si es necesario, aun al examen de un médico prudente.

Con esta selección de las vocaciones hechas con celo y prudencia, confiamos Nos que por todas partes surgirá una escogida y abundante pléyade de candidatos al sacerdocio.

40. Si muchos sagrados pastores están gravemente preocupados por la disminución de las vocaciones, no menos preocupación les sobrecoge cuando se trata de la formación de los jóvenes que han entrado ya en el Seminario. Reconocemos, Venerables Hermanos, cuán arduo es vuestro trabajo y cuántas dificultades presenta; pero, del cumplimiento obligado de tan grave deber, tendréis grandísimo consuelo en cuanto, como recuerda Nuestro predecesor León XIII, de los cuidados y de las solicitudes puestas en la formación de los sacerdotes, recibiréis frutos sumamente deseables y experimentaréis que vuestro oficio episcopal será más fácil de ejercitar y tanto más fecundo en frutos72.

Estimamos, por lo tanto, oportuno daros algunas normas sugeridas por la necesidad, hoy m√°s que nunca sentida, de educar santos sacerdotes.

Ante todo es preciso recordar que los alumnos de los seminarios menores, que son formados en los primeros estudios, no son sino adolescentes separados del ambiente natural de la familia. Es necesario, por ello, que la vida que esos jóvenes lleven en el seminario corresponda en cuanto sea posible a la vida normal de su edad; se dará, por lo tanto, gran importancia a la vida espiritual, pero en forma adecuada a su capacidad y a su grado de desarrollo; y cuidese de que todo ello se desenvuelva en lugares espaciosos y capaces. Pero, también en ello, obsérvese la justa medida y moderación, no sea que quienes han de ser formados en la abnegación y en las virtudes evangélicas, vivan en casas suntuosas, en refinadas delicadezas y con todas las comodidades73.

41. En general, se ha de procurar la formaci√≥n del car√°cter propio de cada ni√Īo; proc√ļrese, de modo especial, el que se desarrolle cada vez mejor la conciencia de cada uno, examinando c√≥mo se enfrenta con los peligros, c√≥mo juzga de los hombres y de los acontecimientos, c√≥mo, finalmente, se desarrolla en √©l el esp√≠ritu de iniciativa. Por esto, los que dirigen los seminarios deber√°n ser muy moderados en las reprensiones, aligerando, a medida que los j√≥venes crecen en edad, el sistema de la vigilancia rigurosa y de las restricciones, para as√≠ lograr que los j√≥venes lleguen a guiarse por s√≠ mismos, a sentirse responsables de sus propias acciones. No s√≥lo les concedan cierta libertad de acci√≥n en determinadas iniciativas, sino que habit√ļen a los alumnos a la propia reflexi√≥n para que m√°s f√°cilmente lleguen a asimilarse las verdades te√≥ricas y las normas pr√°cticas; no teman tenerlos al corriente de los acontecimientos del d√≠a y, adem√°s de darles elementos necesarios para que puedan formarse y expresar un recto juicio sobre ellos, no rehuyan la discusi√≥n sobre los mismos, para as√≠ ayudarles y habituarles a juzgar y valorar con equilibrio los hechos y sus causas.

Si estas normas se guardaren con prudencia, los jóvenes formados en la honradez y en la lealtad, al estimar -en sí y en todos los demás- la firmeza y rectitud del carácter, llegarán al mismo tiempo a sentir aversión hacia toda forma de doblez y de simulación. Si se lograre esta rectitud y sinceridad, los superiores podrán ayudarles con mayor eficacia, cuando se trate de examinar si verdaderamente están llamados por Dios a la sagrada ordenación.

42. Si los jóvenes -especialmente los que han entrado en el seminario en tierna edad- se han formado en un ambiente demasiado retirado del mundo, cuando después salgan del seminario podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles o que consideren desfavorablemente la formación recibida. Por este motivo, es preciso disminuir gradualmente y con la debida prudencia la separación entre el pueblo y el futuro sacerdote, para que cuando éste, recibidas las sagradas órdenes, inicie su ministerio, no se sienta desorientado; lo cual no sólo perturbaría gravemente su espíritu, sino que también disminuiría mucho la eficacia de sus actividades sacerdotales.

B) CULTURA, HOY NECESARIA

43. Otro grave cuidado de los superiores ha de ser la formación intelectual de los alumnos.

Tenéis presentes, Venerables Hermanos, las órdenes y disposiciones que esta Sede Apostólica ha dado a este propósito y que Nos mismo hemos recomendado a todos desde el primer encuentro que tuvimos con los alumnos de los seminarios y colegios de Roma al comienzo de Nuestro Pontificado74.

Aqu√≠ queremos recomendar, ante todo, que la cultura literaria y cient√≠fica de los futuros sacerdotes sea, por lo menos, no inferior a la de los seglares que asisten a an√°logos cursos de estudios. De este modo no s√≥lo se asegurar√° la seriedad de la formaci√≥n intelectual, sino que se facilitar√° tambi√©n, en cada caso, la elecci√≥n de los candidatos. Y, as√≠ formados, los seminaristas se sentir√°n con la m√°s plena libertad, cuando traten definitivamente de su elecci√≥n de estado; y no habr√° el peligro de que, por falta de una suficiente preparaci√≥n cultural que pueda asegurarles una colocaci√≥n en el mundo, alguno se sienta en cierto modo obligado a proseguir un camino que no es el suyo, haci√©ndose las cuentas del administrador infiel: Para cavar no valgo, de mendigar me averg√ľenzo75. Y si ocurriese que alguno, sobre el que hab√≠a concebido buenas esperanzas la Iglesia, se alejara del seminario, esto no debe preocupar, porque el joven que ha conseguido encontrar su camino, m√°s tarde no podr√° menos de recordar los beneficios recibidos en el seminario, y con sus actividades podr√° proporcionar una notable contribuci√≥n de bien en las obras del laicado cat√≥lico.

44. En la formaci√≥n intelectual de los seminaristas, aun no olvidando los dem√°s estudios, entre los que debemos recordar los pertenecientes a los problemas sociales, hoy tan necesarios, d√©se la m√°xima importancia a la doctrina filos√≥fica y teol√≥gica, seg√ļn la norma del Doctor Ang√©lico76, que deber√° ir unida con un pleno conocimiento de los problemas y errores de nuestros tiempos. El estudio de estas cuestiones y doctrinas es de suma importancia y utilidad, lo mismo para el esp√≠ritu del sacerdote que para el pueblo. Y los maestros de la vida espiritual afirman que tales estudios, con tal de que se ense√Īen del modo debido, son una ayuda eficac√≠sima para conservar y alimentar el esp√≠ritu de fe, refrenar las pasiones, mantener el alma unida a Dios.

A√Ī√°dase que el sacerdote, que es como la sal de la tierra y la luz del mundo77, debe entregarse con todo empe√Īo a la defensa de la fe, predicando el Evangelio y refutando los errores de las doctrinas adversas, diseminados hoy entre el pueblo por todos los medios. Mas no se pueden combatir eficazmente tales errores sino se conocen a fondo los inconmovibles principios de la filosof√≠a y de la teolog√≠a cat√≥lica.

Y en ello no est√° fuera de lugar el recordar que el m√©todo de ense√Īanza que tiene ya tanto abolengo en las escuelas cat√≥licas, tiene particular eficacia as√≠ para dar conceptos claros como para demostrar que las doctrinas confiadas en sagrado dep√≥sito a la Iglesia, maestra de los cristianos, est√°n entre s√≠ org√°nicamente conexas y coherentes. No faltan, sin embargo, quienes actualmente, desentendi√©ndose de las m√°s recientes ense√Īanzas de la Iglesia, y descuidando la claridad y la precisi√≥n de las ideas, no s√≥lo se alejan del sano m√©todo escol√°stico, sino que abren el camino a opiniones falsas o falaces, como una triste experiencia demuestra.

Para impedir, por lo tanto, que en los estudios eclesiásticos hayan de lamentarse vaivenes o incertidumbres, os exhortamos, Venerables Hermanos, a que vigiléis asiduamente para que las normas precisas dadas por esta Sede Apostólica sobre tales estudios sean fielmente acogidas y llevadas a la práctica en toda su integridad.

C) FORMACI√ďN ESPIRITUAL

Si con solicitud tanta, en virtud de Nuestro deber apost√≥lico, hasta aqu√≠ Nos hemos ocupado de la eficaz preparaci√≥n intelectual que al clero ha de darse, no es dif√≠cil entender cu√°nta es Nuestra preocupaci√≥n porque la formaci√≥n espiritual y moral de los j√≥venes cl√©rigos sea lo m√°s recta posible; pues si de otro modo sucediere, su ciencia, por muy eminente que fuere, a causa de la soberbia y de la arrogancia, que f√°cilmente se adue√Īan de los corazones, podr√≠a ocasionar las m√°ximas ruinas. Por ello la Santa Madre Iglesia quiere, sobre todo, que en los seminarios se pongan s√≥lidos fundamentos de santidad a aquellos j√≥venes; santidad, que el ministro de Dios deber√° luego ofrecer y practicar en todo el decurso de su vida.

46. Como ya hemos dicho de los sacerdotes, as√≠ ahora insistimos en que todos los seminaristas deben tener una plena convicci√≥n, sincera y muy profunda, de la necesidad de una exquisita vida espiritual, constituida por todas las virtudes, que con todo empe√Īo han de tratar de conservar luego con fortaleza y aun aumentarlas con entusiasmo durante su vida, una vez que antes las hubiesen adquirido.

Cuando en el decurso de cada d√≠a, casi siempre a las mismas horas, los j√≥venes seminaristas lleven a cabo las diversas pr√°cticas religiosas, puede temerse el que un movimiento interior de su alma no responda plenamente al exterior ejercicio de la piedad; lo cual, en virtud de la costumbre, pudiera resultar habitual y hasta agravarse cuando, ya fuera del seminario, el ministro de Dios se encuentre como arrebatado por la obligada necesidad de acci√≥n en el desempe√Īo total de sus ministerios.

As√≠, pues, p√≥ngase el m√°ximo empe√Īo y cuidado para que los j√≥venes seminaristas se formen plenamente en una vida interior alimentada por un esp√≠ritu sobrenatural y movida por el mismo esp√≠ritu sobrenatural que la gobierna. Que ellos lo hagan todo guiados por la luz de la fe y unidos √≠ntimamente con Cristo Jes√ļs, plenamente convencidos de que √©ste es un grave deber de conciencia que se impone a quienes m√°s tarde habr√°n de ser consagrados sacerdotes y deber√°n, por lo tanto, representar a la misma persona del Divino Maestro en la Iglesia. Ha de ser la vida interior, para los seminaristas, el medio m√°s eficaz para que logren adquirir las condignas virtudes sacerdotales, para vencer totalmente toda clase de dificultades, y para llevar a la pr√°ctica plenamente los m√°s altos prop√≥sitos.

47. Quienes están consagrados a la formación moral de los seminaristas han de tener siempre muy presente el hacerles conquistar todas aquellas virtudes que la Iglesia exige a sus sacerdotes. Ya hemos tratado de ellas en otra parte Nuestra Exhortación; por ello no es necesario volvamos a repetir lo dicho. Pero, entre todas las virtudes que han de adornar a los aspirantes al sacerdocio, no podemos Nos menos de incitarles singularmente a que procuren aquellas sobre las cuales, como sobre firmes fundamentos, se apoya toda la santidad sacerdotal.

Muy necesario es que los jóvenes adquieran de tal modo el espíritu de la obediencia que se acostumbren a someter sinceramente su voluntad a la voluntad de Dios, manifestada siempre por medio de la autoridad de los superiores del seminario. Y así, en su modo de obrar nunca haya nada que no esté conforme a la voluntad divina. Obediencia, que debe siempre inspirarse, para los jóvenes, en el modelo perfecto del Divino Redentor, que en la tierra tan sólo tuvo este programa: que yo haga, Dios mío, tu voluntad78.

Que los j√≥venes seminaristas se dispongan, ya desde los primeros a√Īos a obedecer filial y sinceramente a sus superiores, de suerte que en su d√≠a est√©n dispuestos a obedecer con la m√°xima docilidad a la voluntad de sus Obispos, seg√ļn el mandato del muy invicto atleta de Cristo, Ignacio de Antioqu√≠a: Obedeced todos al Obispo, como Jesucristo a su Padre79. Quien honra al Obispo, honrado es de Dios; quien obra algo a escondidas del Obispo, al demonio sirve80. Nada hag√°is nunca sin el Obispo, guardad vuestro cuerpo cual templo de Dios, amad la uni√≥n, evitad las discordias, sed imitadores de Jesucristo como El lo fue de su Padre81.

48. Suma diligencia y solicitud, adem√°s, ha de emplearse para que los seminaristas estimen, amen y defiendan en su esp√≠ritu la castidad, porque su elecci√≥n del estado sacerdotal y la perseverancia en √©l dependen en gran parte de esta virtud. Y estando ella tan sujeta a peligros tan grandes, dentro de la humana sociedad, ha de ser s√≥lidamente pose√≠da y largamente probada por quienes aspiran al sacerdocio. Por ello, en el momento oportuno, sean bien instruidos los seminaristas sobre la naturaleza del celibato eclesi√°stico y la consiguiente castidad que ellos han de guardar82, as√≠ como sobre los deberes todos que lleva consigo, y no dejen de ser bien avisados acerca de todos los peligros que en esta materia les pueden ocurrir. Asimismo, los seminaristas han de ser muy bien prevenidos, aun desde su edad m√°s tierna, a guardarse bien de los peligros, recurriendo fielmente a todos los medios que la asc√©tica cristiana aconseja para refrenar las pasiones; porque cuanto m√°s firme y eficaz sea el dominio sobre √©stas, tanto m√°s podr√° el alma avanzar en las dem√°s virtudes y tanto m√°s abundantes ser√°n en su d√≠a, los frutos de la actividad sacerdotal. Por todo ello, si en esta materia alg√ļn seminarista mostrare torcidas tendencias, y, dado alg√ļn tiempo para una prueba conveniente, se mostrara incorregible en tan perversa inclinaci√≥n, absolutamente deber√° ser despedido del seminario, antes de ser admitido a las √≥rdenes sagradas.

49. Esta y todas las dem√°s virtudes que dignifican al sacerdote, y de las que hemos hablado, las deber√°n adquirir f√°cilmente los seminaristas, si ya desde j√≥venes se alimentaren con aquella sincera y tierna piedad hacia Jesucristo, presente verdadera, real y sustancialmente, entre nosotros, en el augusto Sacramento de su amor; y si al mismo tiempo fueran movidos por el mismo Cristo y s√≥lo en El vieran el fin de todas sus acciones, as√≠ como de sus aspiraciones y sacrificios. Y muy grande ser√° la alegr√≠a de la santa Iglesia, si ya desde jovencitos, a la piedad hacia el Sant√≠simo Sacramento de la Eucarist√≠a vinieren a unir una singular devoci√≥n filial hacia la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a; devoci√≥n y piedad decimos, en virtud de la cual su alma se abandone totalmente a la Madre de Dios, sinti√©ndose movida a imitar los ejemplos de sus virtudes, porque jam√°s podr√° faltar el fruto de un ministerio ardiente y celoso en un sacerdote, cuya adolecencia se haya nutrido principalmente del amor a Jes√ļs y a Mar√≠a.

50. Y en este momento, Venerables Hermanos, no podemos menos de exhortaros a que tengáis un cuidado muy especial de los jóvenes sacerdotes.

El paso, de la vida sosegada y tranquila del seminario a la actividad apostólica de sus ministerios, puede ser bastante peligrosa para los sacerdotes que entran en el campo abierto de su apostolado, si antes no estuvieran suficientemente preparados para semejante género de nueva vida. Por ello, oportunamente habréis de considerar muy bien que todas las esperanzas puestas en los jóvenes sacerdotes pueden fallar por completo, sino se les introdujere poco a poco y con cuidado en el trabajo, y si alguien prudentemente no les vigilare y moderare paternalmente en su primer acceso a los trabajos en su ministerio.

51. Raz√≥n √©sta por la cual Nos aprobamos de buen grado el que los nuevos sacerdotes, all√≠ donde fuere posible, durante algunos a√Īos, sean acogidos en especiales colegios o institutos, en los cuales, bajo la gu√≠a de hombres de prudencia y experiencia probadas, puedan ejercitarse m√°s profundamente en la piedad y en las sagradas disciplinas, capacit√°ndose, cada uno seg√ļn su ingenio, para los ministerios sacerdotales. Por este motivo quisi√©ramos Nos que semejantes colegios se fundaran en todas y cada una de las di√≥cesis o, si las circunstancias lo exigieren, uni√©ndose varias di√≥cesis para ello en lo que a Nuestra alma Ciudad toca, Nos mismo ya Nos hemos cuidado de ello pues, al cumplirse el quincuag√©simo aniversario de Nuestra ordenaci√≥n sacerdotal, hemos erigido el Instituto de San Eugenio dedicado singularmente a los j√≥venes sacerdotes83. Os exhortamos, pues, Venerables Hermanos, para que evit√©is, cuanto posible sea, el lanzar hacia la plenitud de la actividad sacerdotal a sacerdotes todav√≠a inexpertos o el mandarlos a lugares muy apartados de la capital de su di√≥cesis o de las ciudades m√°s importantes de √©sta; porque si se hallaren en semejante situaci√≥n, aislados, inexpertos, expuestos a los peligros, lejos de prudentes maestros, tan s√≥lo se seguir√°n graves da√Īos as√≠ para ellos como para su actividad ministerial.

52. Tambi√©n aprobamos Nos de buen grado, Venerables Hermanos, el que estos j√≥venes sacerdotes vivan alg√ļn tiempo junto a alg√ļn p√°rroco y sus coadjutores, porque de este modo, con el ejemplo y gu√≠a de personas m√°s avisadas, podr√°n adiestrarse m√°s f√°cilmente para cumplir los deberes de su sagrado ministerio al mismo tiempo que perfeccionarse m√°s a√ļn en el esp√≠ritu de piedad. Por ello recordamos a todos los Pastores de almas que con el futuro √©xito de estos sacerdotes j√≥venes est√°, en gran parte en sus propias manos. Porque el celo ardiente y el generoso entusiasmo de que se encuentran ellos animados, cuando por primera vez inician su ministerio, ciertamente puede disiparse, o al menos debilitarse por el ejemplo mismo de los ya ancianos, si estos no brillan con el esplendor de sus virtudes, o si, so pretexto de no cambiar las viejas costumbres a que se hayan habituados, se muestran muy inclinados a un g√©nero de vida ya acostumbrado.

53. Cuanto ya hace tiempo deseaba la Iglesia84, Nos lo aprobamos y recomendamos vivamente, esto es, que se introduzca y se extienda la vida com√ļn en los sacerdotes de una misma parroquia o de parroquias lim√≠trofes.

Pr√°ctica esta de la vida com√ļn, que ciertamente puede llevar consigo ciertas dificultades, pero que indudablemente tiene grand√≠simas ventajas: ante todo, alimentar cotidianamente, cada vez m√°s y m√°s, entre los sacerdotes el celo y el esp√≠ritu de caridad; adem√°s, el que den admirable ejemplo a los fieles en su separaci√≥n -la de los ministros de Dios- de sus propios intereses y aun de sus propias familias; finalmente, el que den testimonio, ante todos, de su escrupulosa solicitud por salvaguardar la virtud de la castidad sacerdotal.

54. Por lo dem√°s, necesario es que los sacerdotes se consagren plenamente al estudio, seg√ļn manda el C√≥digo de Derecho Can√≥nico: Los cl√©rigos en ning√ļn modo interrumpan sus estudios principalmente los sagrados, despu√©s que hubieren recibido el sacerdocio85.

Y el mismo C√≥digo, adem√°s de exigir que los sacerdotes j√≥venes se sometan a examen todos los a√Īos en el decurso de un trienio completo86, manda que con la mayor frecuencia, cada a√Īo, tengan ellos reuniones encaminadas a promover la ciencia y la piedad87.

55. Y para bien favorecer tales estudios, que a veces son difíciles a los sacerdotes a causa de las precarias condiciones económicas, sería muy oportuno el que los Ordinarios, siguiendo la antigua y luminosa tradición de la Iglesia, se cuidaran de devolver su antigua dignidad a las bibliotecas, catedrales, colegiales y parroquiales.

Bibliotecas estas eclesiásticas que, no obstante las muchas expoliaciones y destrucciones sufridas, poseen con frecuencia una preciosa herencia así de documentos como de códices manuscritos o de libros impresos, testimonio muy preclaro, en verdad, de la gran actividad y autoridad de la Iglesia, así como de la fe y piedad de nuestros mayores, de sus estudios y de su refinada distinción88. Que jamás estas bibliotecas sean consideradas como abandonados almacenes de libros, sino que presenten más bien una organización viva, de suerte que haya en ellas una sala dedicada a la consulta y estudio de libros. Pero, sobre todo, que dichas bibliotecas se hallen puestas al día, cuidando de proveerlas con toda clase de publicaciones, singularmente de las que tocan a las cuestiones religiosas y sociales de nuestro tiempo. Y así, tanto los profesores como los párrocos, y singularmente los jóvenes sacerdotes, podrá buscar en ellas, la doctrina necesaria ya para difundir las verdades del Evangelio, ya para combatir todos los errores.

IV. PROBLEMAS ACTUALES

56. Finalmente, Venerables Hermanos, juzgamos que pertenece a Nuestro oficio el dirigiros una especial advertencia sobre las dificultades propias de nuestros tiempos. Bien habéis advertido, y tenéis muy comprobado, que entre los sacerdotes, singularmente entre los menos dotados de doctrina y de una vida severa, cada día se va difundiendo, más grave y más extenso, cierto afán de novedades.

Novedad, por sí misma, nunca es un criterio cierto de verdad, y tampoco puede ser laudable, sino cuando, al mismo tiempo que confirma la verdad, conduce a la rectitud y a la probidad.

A) "NOVEDADES" PELIGROSAS

Ciertamente que son graves los errores de la √©poca que vivimos: sistemas filos√≥ficos, que nacen y mueren sin haber logrado mejorar en nada las costumbres de los hombres; manifestaciones art√≠sticas verdaderamente monstruosas, que pretenden mostrarse bajo el falso nombre cristiano; sistemas de gobernaci√≥n p√ļblica, que atienden m√°s bien a las ventajas de los individuos que al bien com√ļn, y ello en no pocos lugares; organizaciones econ√≥micas y sociales, que maquinan mayores peligros para los honrados que para los hombres sin escr√ļpulos. De donde necesariamente se sigue que no faltan, en estos nuestros tiempos, sacerdotes inficionados de alguna manera por semejante contagio; que con frecuencia manifiestan tales opiniones y llevan un g√©nero tal de vida, aun en su propio vestir y en el porte de su persona, que ciertamente est√°n muy ajenos as√≠ a su dignidad como a su ministerio; que se dejan llevar por el af√°n de novedad, as√≠ cuando predican a los fieles como cuando combaten los errores de los adversarios; y que, finalmente, al obrar as√≠, no s√≥lo debilitan la fe de su propia alma, sino que, pisoteada su fama personal, aniquilan totalmente la eficacia de su ministerio.

B) "M√ČTODOS" DE APOSTOLADO

57. Sobre todas estas cosas, Venerables Hermanos, llamamos vivamente vuestra atenci√≥n, bien seguros de que vosotros, en medio del desmesurado af√°n -que hoy se ha apoderado de no pocos-, de admirar ora los tiempos pasados ora los futuros, usar√©is aquella prudencia, que, unida con la sabidur√≠a y la vigilancia, sepa encontrar los nuevos m√©todos para la actividad y la lucha por el triunfo de la verdad. Estamos muy lejos de pensar que el apostolado no deba adaptarse a las realidades de la vida moderna y de que las iniciativas actuales no deban corresponder a las exigencias de nuestro tiempo. Pero como quiera que todo apostolado, que en la Iglesia se desarrolla, necesariamente ha de organizarse por los grados de la dignidad leg√≠tima, no se han de introducir nuevos m√©todos sino tan s√≥lo con el benepl√°cito del Ordinario. Que los sagrados Pastores de una misma regi√≥n o naci√≥n procuren en esta materia comunicar entre s√≠ sus criterios, proveyendo de modo conveniente a las necesidades de sus regiones y estudiando seriamente los m√©todos m√°s id√≥neos y ajustados al apostolado religioso. Y si todo esto se hiciera con orden y disciplina, nunca jam√°s podr√° faltar la correspondiente eficacia a la acci√≥n sacerdotal. Pero que todos est√©n bien persuadidos de esto: que es preciso obedecer m√°s bien a la voluntad de Dios que a la de los hombres, y que la actividad del apostolado no deber√° regularse seg√ļn las opiniones personales, sino m√°s bien seg√ļn las leyes y las normas de la Jerarqu√≠a. Vana ilusi√≥n es creer que cualquiera pueda ocultar su pobreza espiritual y dedicarse eficazmente a la difusi√≥n del reinado de Cristo tan s√≥lo porque empleare extravagantes y absurdos m√©todos de actuaci√≥n externa.

C) LA "CUESTI√ďN SOCIAL"

58. Y también juzgamos que se requiere una posición igualmente recta, por parte de los sacerdotes, cuando se trata de las doctrinas sociales, tal como se presentan en la época presente.

Porque no faltan actualmente quienes, frente a las maquinaciones de los comunistas, que, al prometer un perfecto bienestar temporal, intentan arrancar la fe a aquellos mismos a quienes prometen la plena felicidad temporal, no sólo se muestran temerosos sino que se hallan agitados; pero esta Sede Apostólica, en muy recientes documentos, ha indicado con toda claridad el camino que todos han de seguir y del que nadie puede apartarse, si no quiere faltar a la conciencia de su deber.

Pero otros se muestran no menos temerosos e inciertos ante aquel sistema econ√≥mico que se llama capitalismo; cuyas graves consecuencias la Iglesia repetidas veces ha denunciado claramente. La Iglesia, en efecto, ha indicado no s√≥lo los abusos del capital y del exagerado derecho de propiedad que semejante sistema promueve y defiende, sino que ha ense√Īado tambi√©n que el capital y la propiedad han de ser instrumentos adecuados de la producci√≥n en beneficio as√≠ de toda la sociedad como del sostenimiento y defensa de la libertad y dignidad humanas. Los da√Īos consiguientes a ambos sistemas econ√≥micos deben persuadir a todos, pero singularmente a los sacerdotes, a que se mantengan siempre fieles a la doctrina social ense√Īada por la Iglesia, y a que la propaguen entre los dem√°s y la lleven por todos los medios a la pr√°ctica. En efecto; esta doctrina es la √ļnica que puede curar los males que cada d√≠a crecen en mayor extensi√≥n; porque ella sola es la que une y perfecciona conjuntamente las exigencias todas de la justicia junto con los deberes de la caridad y promueve un orden social que ni oprime a los individuos, ni los separa mutuamente por los exagerados afanes de las propias ventajas, antes bien los une en admirable armon√≠a de relaciones y con el v√≠nculo de la caridad fraternal.

59. Los sacerdotes, imitando los ejemplos del Divino Maestro, deber√°n ir por todos los medios al encuentro de las necesidades de los pobres y de los trabajadores, y aun de todos aquellos que gimen en la angustia y la miseria, entre los cuales han de contarse no pocos de la clase media y aun del mismo orden sacerdotal. Pero de ning√ļn modo olviden jam√°s a aquellos que, abundando en las riquezas, son muy pobres en su esp√≠ritu y que, por lo tanto, han de ser llamados a una plena renovaci√≥n de su vida, siguiendo el ejemplo de Zaqueo, que dijo: La mitad de mis bienes... la doy a los pobres; y, si en algo he defraudado a alguno, le restituyo el cu√°druplo89. En el fervor de las disputas sociales, los sacerdotales jam√°s deber√°n olvidar la finalidad de su ministerio: con valor y sin temor alguno, propongan siempre aquellos principios doctrinales que, en las diversas clases sociales, se refieren ya al derecho de propiedad, ya a las riquezas o a la justicia y a la caridad; pero cuiden bien de ense√Īar con su ejemplo, en la forma m√°s perfecta, aquellos mismos principios.

Pero sean seglares quienes se encarguen de que semejantes principios sean llevados a la práctica. Si aquéllos no estuvieran bien capacitados para ello, al sacerdote le corresponde el instruirlos y prepararlos.

D) EL CLERO "POBRE"

60. Creemos ahora oportuno tratar tambi√©n alg√ļn tanto de las dif√≠ciles condiciones econ√≥micas que afligen a la mayor√≠a de los sacerdotes despu√©s de la √ļltima guerra, principalmente en aquellas regiones que, o por causa de ella o por los trastornos pol√≠ticos, m√°s han sufrido. Semejante estado de cosas Nos angustia profundamente, y nada hemos omitido, en cuanto estuviera en Nuestras posibilidades, para aliviar los sufrimientos, tristezas y extrema pobreza de muchos.

Bien sab√©is vosotros, Venerables Hermanos, c√≥mo Nos -en aquellos lugares en donde la necesidad parec√≠a sentirse mayor- por medio de la Sagrada Congregaci√≥n del Concilio, hemos concedido extraordinarias facultades a los Obispos y les hemos dado normas singulares, por las cuales pudieran de alg√ļn modo eliminarse las m√°s grandes diferencias, en la situaci√≥n econ√≥mica, entre sacerdotes pertenecientes a una misma di√≥cesis. Nos consta muy bien que en determinados lugares no pocos sacerdotes, dignos en verdad del mayor encomio, han obedecido a la invitaci√≥n de sus Pastores; pero en otras partes, por raz√≥n de ciertas dificultades, dichas normas no han surtido √≠ntegramente los efectos deseados. Por ello os exhortamos a que, con un esp√≠ritu verdaderamente paternal, prosig√°is el camino empezado, pues de ning√ļn modo es admisible que falte el pan cotidiano a los obreros enviados a la vi√Īa del Se√Īor. Y en esta materia, asimismo, no dej√©is de comunicarnos el √©xito que hayan tenido vuestros intentos.

61. Alabamos, adem√°s, y recomendamos mucho, Venerables Hermanos, las iniciativas que tom√©is de com√ļn acuerdo para que no s√≥lo no falte actualmente lo necesario a los sacerdotes, sino que se provea tambi√©n a lo futuro con aquel sistema de previsi√≥n -que celebramos que se haya aplicado ya en otras clases de la sociedad civil-, y ello principalmente cuando los sacerdotes se hallaren enfermos, o sufran enfermedades, o desfallezcan por vejez. De este modo aliviar√©is por completo a los sacerdotes en todo lo que toca a la incertidumbre de su porvenir.

A este prop√≥sito Nos place el manifestar paternal complacencia hacia todos aquellos sacerdotes que, aun a costa de grandes sacrificios, han auxiliado y auxilian en las necesidades de sus hermanos indigentes, especialmente si √©stos se hallan enfermos o ancianos. Haciendo esto, dan una prueba luminosa de aquella caridad que Cristo se√Īal√≥ como divisa clara de sus disc√≠pulos, para que todos los reconocieran: En ello conocer√°n todos que sois mis disc√≠pulos, si os amareis los unos a los otros90. Y deseamos Nos que los sacerdotes de todas las naciones se unan cada vez m√°s con los v√≠nculos m√°s estrechos de la caridad fraterna, para que cada vez se ponga m√°s de manifiesto que ellos, al ser ministros de Dios, Padre universal, se hallan unidos entre s√≠ por el fuego de la caridad, cualquiera que sea la naci√≥n a que pertenezcan.

62. Pero bien comprend√©is que este problema tan grave no se puede resolver adecuadamente, si los fieles no se convencen de que est√°n √≠ntimamente obligados a auxiliar al clero, cada uno seg√ļn sus propias posibilidades, y si no se adoptan toda las medidas bien conducentes a semejante fin.

Por ello haced comprender bien a los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud la obligaci√≥n que tienen de socorrer a los propios sacerdotes que se hallaren necesitados, porque siempre mantiene su valor aquella palabra del Salvador: El operario es digno de su paga91. ¬ŅC√≥mo, pues, se podr√° esperar una entusiasta actividad de los sacerdotes en su ministerio, si les faltare lo necesario? Por lo dem√°s, los fieles que se olvidan de semejante deber, sepan que preparan, aun sin quererlo, el camino a los enemigos de la Iglesia, que en no pocos pa√≠ses buscan precisamente condenar al clero a la miseria para as√≠ mejor poder separarlo de sus leg√≠timos pastores.

Tambi√©n los poderes p√ļblicos, seg√ļn la diversa condici√≥n de cada naci√≥n, tienen obligaci√≥n de proveer a las necesidades del clero, de cuyo ministerio bien cumplido recibe la misma sociedad muchos beneficios espirituales y morales, as√≠ en los individuos como en s√≠ misma.

EXHORTACI√ďN FINAL

63. Finalmente, antes de terminar Nuestra Exhortaci√≥n, no podemos menos de resumir y reiterar todo cuanto deseamos que continuamente teng√°is ante vuestros ojos, como normas que son muy principales de vuestra vida y de vuestra actividad. Siendo sacerdotes de Cristo, necesario es que con todas nuestras fuerzas trabajemos para que la Redenci√≥n, por El llevada a cabo, tenga la m√°xima eficacia en todas las almas. Al considerar atentamente las grav√≠simas necesidades de nuestra √©poca, hemos de empe√Īarnos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino, o los cegados por las pasiones; para iluminar a los pueblos con la luz de la doctrina cristiana, form√°ndoles en una m√°s perfecta conciencia de sus deberes de cristianos seg√ļn las rectas normas de nuestra religi√≥n y, finalmente, para excitar a todos a que se entreguen con valent√≠a a las batallas por la verdad y por la justicia.

Pero tan sólo alcanzaremos la meta deseada, cuando antes hayamos llegado a tal grado de santidad que podamos comunicar a los demás aquella virtud y vida que de Cristo hayamos derivado hasta nosotros.

A) DESEOS Y RUEGOS DE PADRE

64. Así, pues, a todo sacerdote le repetimos aquellas palabras del Apóstol: No descuides la gracia que está en ti, que te ha sido dada... por la imposición de las manos del presbiterio92. En todas las cosas muéstrate como modelo de buenas obras, en la doctrina, en la integridad, en la gravedad; que el hablar (sea) sano, irreprensible, de tal suerte que los enemigos queden confundidos, al no tener nada que decir contra nosotros93.

Amados hijos: Tened en suma estima la gracia de vuestra vocación, y vividla de tal modo que se mantenga siempre fuerte y produzca los frutos más copiosos así para la edificación espiritual de la Iglesia como para la conversión de sus enemigos.

Y para que esta Nuestra Exhortaci√≥n consiga el fin que persigue, una y otra vez os avisamos con estas palabras, que tan oportunas resultan sobre todo al declinar ya el A√Īo Santo: Renovaos... en el esp√≠ritu de vuestra mente y revest√≠os del nuevo hombre, creado seg√ļn Dios en la justicia y en la santidad de la verdad94; sed... imitadores de Dios, como hijos muy predilectos, y caminad en el amor como Cristo nos am√≥ y se dio a s√≠ mismo a Dios como oblaci√≥n y como hostia95; llenaos del Esp√≠ritu Santo, hablando entre vosotros con salmos e himnos, con c√°nticos espirituales, cantando y diciendo salmos en vuestro coraz√≥n al Se√Īor96, velando con toda perseverancia y orando por todos los santos97.

Al meditar en el esp√≠ritu estas exhortaciones del Ap√≥stol de las Gentes, Nos parece oportuno el aconsejaros que antes de terminar este mismo A√Īo Santo, hag√°is un curso extraordinario de Ejercicios Espirituales, de tal suerte que, movidos por una ferviente piedad, que all√≠ lograr√©is, pod√°is conducir mucho mejor las otras almas a que se gocen en los tesoros de la divina misericordia.

B) MAR√ćA, MADRE

65. Y cuando experimentareis la gran dificultad de seguir por el arduo camino de la santidad y de cumplir los deberes de vuestro ministerio, dirigid entonces confiadamente vuestros ojos y vuestro espíritu a aquella que es Madre del Eterno Sacerdote y que, por ello mismo, es la Madre amantísima de todos los sacerdotes católicos. Bien conocida os es la bondad de esta Madre; y en muchas regiones habéis sido instrumento de la misericordia del Inmaculado Corazón de María en el despertar así la fe como la caridad del pueblo cristiano.

Si Mar√≠a ama a todos con tiern√≠simo amor, de modo singular ama a los sacerdotes, que llevan en s√≠ viva la imagen de Jes√ļs. Y as√≠, luego que con gran consuelo de vuestra alma hubiereis plenamente considerado el singular amor y la especial protecci√≥n de la Bienaventurada Virgen Mar√≠a hacia cada uno de vosotros, sentir√©is entonces c√≥mo son mucho m√°s llevaderas las fatigas as√≠ de vuestra santificaci√≥n como de vuestro ministerio sacerdotal.

Y Nos con todo amor confiamos todos los sacerdotes del mundo entero a la Santa Madre de Dios, medianera de todas las gracias celestiales, de suerte que, por su intercesión, Dios haga descender una muy exuberante efusión de su espíritu, que a todos los ministros del altar empuje hacia la santidad y que renueve espiritualmente a todo el linaje humano.

Confiados en la poderosa intercesi√≥n y en el patrocinio de la Inmaculada Virgen Mar√≠a para la realizaci√≥n de todos estos deseos, imploramos la abundancia de las gracias divinas para todos; pero de modo singular para los Obispos y sacerdotes que en el cumplimiento de su deber, por defender los derechos y la libertad de la Iglesia, padecen persecuci√≥n, c√°rcel y destierro. Singular amor es el que les profesamos; y les exhortamos paternalmente a que contin√ļen dando buen ejemplo de la fortaleza y virtud sacerdotal.

Sea auspicio de estas gracias celestiales y prueba de Nuestra benevolencia la Bendición Apostólica, que con todo amor damos a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y también a todos vuestros sacerdotes.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de septiembre de 1950, a√Īo del gran jubileo y duod√©cimo de Nuestro Pontificado.


1

Cf. Io. 21, 15. 17.

2

1 Pet. 5, 2. 3.

3

Praef. Missae in festo Christi Regis.

4

Cf. 1 Cor. 4, 1.

5

Cf. 1 Cor. 3, 9.

6

Cf. 2 Tim. 3, 17.

7

Exhort. Haerent animo: Acta Pii X, 4, 237 ss.

8

Enc. Ad catholici sacerdotii A.A.S. 28. (1936) 5 ss.

9

A.A.S. 35 (1943) 193 ss.

10

A.A.S. 39 (1947) 521 ss.

11

Io. 20, 21.

12

Luc. 10, 16.

13

Hebr. 5, 1.

14

1 Cor. 3, 9.

15

2 Cor. 2, 15.

16

Pontificale Romanum, De ord. presbyt.

17

Cf. Col. 3, 3.

18

Cf. Mat. 22, 37. 38, 39.

19

Cf. 1 Cor. 13, 4. 5. 6. 7.

20

Col. 3, 14.

21

C.I.C. can. 124.

22

Act. 10, 38.

23

Io. 13, 15.

24

Mat. 11, 29.

25

Io. 15, 5.

26

Mat. 20, 28.

27

Cf. Mat. 16, 24.

28

2 Cor. 12, 5.

29

Act. 4, 41.

30

1 Cor. 7, 32. 33.

31

Missale Rom. Canon.

32

1 Pet. 5, 8.

33

Marc. 14, 38.

34

Pontificale Rom. In ordin. diacon.

35

2 Cor. 12, 14.

36

De imit. Christi, 1, 4, 5, 13. 14.

37

S. Athanas. De Incaruatione n. 12: PG 26, 1003 ss.

38

Cf. S. Aug. De civitate Dei 10, 6; PL 41, 284.

39

Cf. Mat. 5, 6.

40

Rom. 13, 14.

41

Sermo 108: PL 52, 500, 501.

42

A.A.S. 39 (1947) 552, 553.

43

Hebr. 5, 1.

44

Brev. Rom. Hymn. pro off. Dedic. Eccl.

45

Luc. 18, 1.

46

Hebr. 13, 15.

47

Ibid. 5, 7.

48

S. Aug. Enarr. in Ps. 85, 1: PL 37, 1081.

49

Cf. enc. Mediator Dei: A.A.S. 39 (1947), 574.

50

Cf. C.I.C. can. 125, 2.

51

Cf. C.I.C. can. 125, 2.

52

C.I.C. can. 125, 1.

53

Enc. Mystici Corporis: A.A.S. 35 (1943) 235.

54

Luc. 1, 74. 75.

55

1 Cor. 4, 1.

56

Cf. 1 Cor. 10, 33.

57

1 Cor. 3, 7.

58

1 Petr. 4, 11.

59

1 Cor. 4, 16.

60

Cf. A.A.S. 36 (1944) 239: Epist. Cum proxime exeat.

61

Cf. Orat. die 12 sept. 1947.

62

Cf. Phil. 4, 13.

63

2 Cor. 12, 15.

64

Act. 10, 38.

65

Io. 4, 37.

66

Mat. 18, 22.

67

1 Tim. 6, 8.

68

Cf. Mat. 13, 52.

69

Luc. 10, 2.

70

Ibid.

71

Cf. can. 1353.

72

Enc. Quod multum ad Epp. Hungariae, 22 aug. 1886: A.L. 6, 158.

73

Cf. Allocut. 25 nov. 1948: A.A.S. 40, 552.

74

Cf. Orat. 24 iun. 1939: A.A.S. 31, 245-251.

75

Luc. 16, 3.

76

Cf. C.I.C. can. 1366, 2.

77

Cf. Mat. 5, 13. 14.

78

Hebr. 10, 7.

79

Ad Smyrnaeos 8, 1; PG 8, 714.

80

Ibid. 9, 1: 714, 715.

81

Ad Philadelphienses 7, 2; PG 5, 700.

82

Cf. C.I.C. can. 132.

83

Cf. A.A.S. 41 (1949) 165-167.

84

Cf. C.I.C. can. 134.

85

Can. 129.

86

Can. 130, 1.

87

Can. 131, 1.

88

Cf. Epist. Emmi. Card. Patri Gasparri, a publicis negotiis, ad Italiae Epp. d. 15 ap. 1923: in Enchiridion clericorum (Typ. Pol. Vat. 1937) 613.

89

Luc. 19, 8.

90

Io. 13, 35.

91

Luc. 10, 7.

92

1 Tim. 4, 14.

93

Tit. 2, 8. 8.

94

Eph. 4, 23. 24.

95

Ibid. 5, 1. 2.

96

Ibid. 5, 18. 19.

97

Ibid. 6, 18.
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