S.S. Pío XII, II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Radiomensaje a la Conferencia Católica Mundial de la Salud

27 de julio de 1958

Os dirigimos Nuestro más cordial saludo, queridos hijos e hijas reunidos en Bruselas para celebrar la "Primera Conferencia Mundial Católica de la Salud". La misa solemne, a la que acabáis de asistir en la Basílica del Sagrado Corazón, ha recogido vuestros propósitos y vuestras plegarias en una sola súplica, invocando del cielo la gracia que transforma y vivifica, a fin de que los trabajos en los que vais a participar manifiesten con claridad a vuestros ojos y a los de todos la audacia y la grandeza del ideal que os guía.

En verdd, esta "Primera Conferencia Mundial Católica de la Salud" se presenta como un acontecimiento muy expresivo del papel que os corresponde en la sociedad de hoy. Ya su marco maravilloso, ese despliegue de recursos materiales y culturales de las Naciones en una emulación en que cada uno se esfuerza por realzar lo mejor y más original que tiene, sugiere y simboliza en cierto modo las líneas dominantes de vuestras reflexiones. En el curso de estos últimos años, la profesión médica y todas las que con ella asumen la protección de la salud han obtenido ventajas de los rápidos progresos de la ciencia y de sus aplicaciones y han participado en la evolución de las instituciones sociales. La fundación y el desarrollo de vuestras diversas Federaciones responden a la necesidad de unir los esfuerzos de los católicos en un campo tan importante. No es de extrañar si en el tema general de la Conferencia, "Cristianismo y salud", se inserta el estudio de la colaboración, dentro del equipo sanitario y dentro de la comunidad, de los responsables de la salud. Nos deseamos el mejor éxito al VIII Congreso de Médicos Católicos, al V Congreso de la Federación Internacional de Farmacéuticos Católicos, al VI Congreso del Comité Internacional Católico de Enfermeras y Asistentas Médico-Sociales, al I Congreso de la Federación Internacional de las Instituciones Hospitalarias, así como al IV Congreso Internacional de los Capellanes de Hospitales.

2. Aunque vuestros trabajos no abarquen sino una parte de la materia tan vasta que os proponéis examinar, el solo hecho de haber intentado esa confrontación señalará una etapa importante en la acción sanitaria de los católicos. Ahora, en efecto, os dais cuenta de las dimensiones reales de vuestra comunidad y de la amplitud de sus responsabilidades tanto en el plano humano como en el religioso.

Antes se podía emprender el estudio de la moral médica, dedicando solamente una rápida ojeada a todo aquello que sobrepasa las relaciones individuales del enfermo con el médico o con el enfermero. El desarrollo considerable de los servicios hospitalarios, la especialización creciente de las técnicas de las curas, la existencia de poderosas instituciones de asistencia social, el llamamiento de los países infradesarrollados, son otros tantos factores que han ampliado considerablemente las viejas perspectivas y requieren una modernización y una profundización del sentido de las "relaciones humanas" entre el enfermo y su familia de una parte, y los responsables de la salud y los organismos sociales de otra.

Nos quisiéramos, a modo de introducción a vuestros trabajos, evocar brevemente los obstáculos a la colaboración; después, las condiciones de una colaboración eficaz, y por último, los objetivos que ésta debe proponer, en particular entre los católicos.

3. Los defectos que impiden una colaboración armoniosa en el equipo sanitario pueden provenir ya de sus propios miembros, ya del enfermo y de la familia, ya de las instituciones de que dependen unos y otros. No tenemos la intención de analizar en detalle las situaciones concretas en que se manifiestan estos inconvenientes; vuestros congresos fueron precedidos por "encuestas" destinadas precisamente a ponerlas de manifiesto. Pero ciñéndonos a las causas que dificultan la colaboración entre el personal sanitario mismo, quisiéramos señalar dos principales: una de orden intelectual, otra de orden moral. Muy frecuentemente, una cierta estrechez de juicio que, voluntariamente o no, rehusa ensanchar sus horizontes, tener en cuenta todos los elementos de una situación, impide al interesado percibir las insuficiencias de su acción personal y la necesidad de aceptar la intervención de otro. Es difícil, en general, aceptar el punto de vista de los demás, mirar los acontecimientos como ellos lo ven, comprender como ellos los inconvenientes de tal procedimiento, de tal actitud, el peso de ciertas prestaciones; tampoco es fácil admitir que uno más joven, a pesar de su menor experiencia, pueda tener ideas más fecundas. Además, los hábitos de trabajo y la rutina hacen penosa toda tentativa de cambio, toda revisión de métodos. Vosotros señaláis, por ejemplo, que una enfermera se sentirá tentada de mostrar reparos, cuando ve aplicar en un hospital un tratamiento diferente al que ella ha visto practicar a lo largo de sus estudios por un famoso especialista. Al lado de los obstáculos intelectuales, los obstáculos morales tienen también un amplio puesto. El espíritu de entrega y de sacrificio en el equipo sanitario constituye uno de sus más bellos títulos para el reconocimiento y la admiración de todos. Pero nadie osaría pretender que en el detalle de las idas y venidas de cada día no intervienen nunca móviles que revelan las comunes debilidades de la humanidad: susceptibilidad, impaciencia, deseo de prevalecer, intolerancia de la disciplina; en una palabra: la afirmación exagerada del individuo y de sus comodidades, en detrimento de las exigencias que plantea la cohesión de grupo y los intereses de la comunidad.

4. Hemos llegado así a la consideración de las condiciones positivas de una eficaz colaboración. Puesto que ciertos defectos de apreciación, quizá inadvertidos, provienen de la ignorancia, al menos práctica, de los principios esenciales de la colaboración, importa ponerlos de relieve y hacer de ellos un estudio más profundo. Es el objeto de vuestros diversos Congresos. La complejidad creciente de la organización sanitaria, precio de un progreso incesante, entraña la necesidad pura de cada uno de sus miembros de decidir mejor su posición dentro del grupo del que forma parte. Así, Nos encontramos entre los trabajos preliminares de la comisión técnica del Congreso de Enfermeras y Asistentas Médico-Sociales una colaboración detallada de la noción de "equipo sanitario", según cuatro planos: el de los cuidados a los enfermos en el establecimiento hospitalario o a domicilio, el de los servicios médico-sociales locales o centrales, el de la nación y administración de la salud pública y, por último, el sector especializado en la lucha contra ciertas plagas propias de un país o de una región. Para cada uno de estos casos es preciso determinar cuáles son las formas de equipos sanitarios existentes de hecho, su objetivo, sus medios de acción, su autoridad, su composición. Este cuadro, así delimitado, permite precisar mejor el puesto que en él tendrá la enfermera y las condiciones que habrá de reunir para llenar debidamente su papel. Los médicos, por su parte, se aplicarán a los problemas de colaboración planteados en la práctica diaria y en las instituciones de asistencia, donde entran en contacto no sólo con los enfermos y con las enfermeras, sino también con los capellanes, los servicios administrativos, el personal subalterno, las familias de los enfermos, los organismos de seguridad social y los poderes públicos. Tendréis la preocupación constante de resolver cada una de estas cuestiones, sin olvidar jamás la perspectiva de conjunto, a la que se supeditan las soluciones particulares, es decir, el fin terapéutico tanto individual como social, inseparable a su vez de los imperativos morales y religiosos, cuyo intérprete es la Iglesia.

5. El trabajo de reflexión y de examen de los problemas dará pocos frutos si no conduce, sobre el plan práctico, a una mejor organización del equipo sanitario, creando entre sus miembros una verdadera unidad, así en los principios que han de seguirse como en los medios concretos de aplicarlos. Para ello no basta encontrarse a la cabecera del enfermo; es necesario también saber encontrarse entre sí, preparar intercambios de ideas frecuentes y cordiales, mancomunar sus dificultades técnicas o psicológicas. Es preciso también que una jerarquía de funciones determine la autoridad y la responsabilidad de cada uno. Parece indispensable una disciplina de grupo -cualquiera que sea la manera en que se la entienda-, pero no será aceptada y no dará frutos sino en la medida en que se sostenga dentro de un fervor común, y guíe las energías de cada uno hacia la realización de un ideal que en vano intentaría conseguirse con esfuerzos aislados.

He ahí por qué Nos queremos evocar también los objetivos esenciales que se proponen alcanzar los responsables de la salud mediante su colaboración. El fin que unifica su actividad es evidentemente la preservación o el restablecimiento de la salud de los individuos y de los grupos sociales. Sin embargo, no es raro que otros fines secundarios, más próximos, más atrayentes, más útiles inmediatamente, soliciten tal vez su interés y hagan desdibujarse durante algún tiempo la preponderancia del fin principal. No ignoráis la posibilidad de ver al enfermo tratado no como una persona, sino como un caso que se estudia o sobre el que se experimenta. Sucede que se emprenden peligrosas investigaciones para perfeccionar el diagnóstico, cuando aquéllas no tendrán utilidad real para la aplicación del tratamiento, o cuando el enfermo sufre las consecuencias molestas de medidas administrativas dirigidas a asegurar, ante todo, la comodidad de los servicios. En estos casos, el elemento humano, personal, es relegado a segundo plano a pesar de su importancia determinante.

Estos escollos os son suficientemente conocidos, y Nos los hemos recordado otras veces. No insistimos, pues; pero quisiéramos subrayar aún la característica más alta, más noble de vuestra acción terapéutica, la que expresa vuestra Conferencia actual con su título de católica. No veáis en ello una simple denominación extrínseca, sin influencia sobre el objeto propio de vuestros trabajos, como si el catolicismo no tuviese que proponer a sus adheridos más que un código perfeccionado de deontología, una lista minuciosa de acciones prohibidas o permitidas. Se trata, en realidad, de algo muy distinto. Los cristianos, en efecto, son portadores de un mensaje y de una vida, que confieren a cada uno de sus actos un sentido particular. Su carácter bautismal les hace discípulos de Cristo e hijos de la Iglesia, en cuya obra se han comprometido. Por ello, vuestro trabajo diario, el más rutinario en apariencia, toma su sentido de la perspectiva abierta por el Señor en los días de su existencia terrenal: llegada la tarde -cuenta San Marcos-, después de la caída del sol, se le presentaban todos los enfermos y los posesos, y la ciudad entera estaba congregada a la puerta. Y curó a muchos enfermos afligidos de diversos males y expulsó a muchos demonios47.

A imitación de Cristo, que alivió tantas miserias físicas y morales para invitar a los hombres a que en El vieran la restauración y la vida48, que a través de vuestros actos se adivine la inspiración de que proceden, vuestra adhesión a la Iglesia visible y al Espíritu Santo, que los anima como una fuente de agua que salta hasta la vida eterna49.

Vuestra actividad, penetrada de espíritu evangélico, alcanzará también una más amplia extensión y se hará realmente universal. Es necesario subrayarlo, puesto que vuestro Congreso se sitúa en el marco de una Exposición que quiere expresar las más nobles aspiraciones del mundo actual y que invita a estimuladoras aproximaciones. Nadie puede poseer el espíritu de Cristo sin condividir las preocupaciones de todos sus hermanos, dondequiera que habiten, de cualquier raza que sean, ni sin desear ardientemente prodigarles al máximo los beneficios todavía reservados a ciertos países privilegiados. Al lado de necesidades económicas agudas, los países infradesarrollados presentan muy a menudo crueles deficiencias desde el punto de vista sanitario. Vosotros sabéis con qué celo se emplean los católicos en cuidar a los enfermos en los hospitales, clínicas, dispensarios, maternidades, doquiera están presentes y principalmente en los territorios menos dotados; pero como aún queda mucho por hacer antes de que sean completamente dominados los problemas de la salud pública, vuestras organizaciones internacionales encuentran aquí un campo extensamente abierto a sus esfuerzos; ellas han de suscitar, entre otras, la colaboración de los miembros del personal médico, de los particulares, de los organismos privados, del Estado, para detener cuanto antes las enfermedades epidémicas y endémicas, que cada año se ceban sobre tantas víctimas impotentes.

Nos os deseamos, queridos hijos e hijas, que se suscite en vosotros, durante estas jornadas de estudio, de reflexión, de amigables intercambios, el sentimiento de no formar en el seno de la Iglesia católica sino una misma familia unida por el interés común hacia los problemas sanitarios y principalmente por la conciencia de estar llamados a cumplir una misión importante al servicio de la Iglesia: la de llevar a cabo, por completo, la edificación del Cuerpo de Cristo50, protegiendo la salud de sus miembros para que ellos puedan acometer plenamente las tareas que el Señor les confíe y descubrir por medio de vosotros uno de los aspectos más consoladores de la Redención.

Como testimonio de Nuestra estima y de Nuestro afecto, y como prenda de los favores divinos que Nos invocamos sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros enfermos, a los que prodigáis vuestros cuidados y vuestra entrega, os otorgamos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso sobre la transfusón de sangre

5 de setiembre de 1958

El Congreso Internacional para la Transfusión de Sangre, organizado por la Asociación internacional del mismo nombre, Nos proporciona el placer, Señores, de poder recibiros e informarnos de vuestras actividades.

A continuación de vuestras reuniones se celebrará el VII Congreso Internacional de Hematología. No ignoramos la importancia creciente que en la sociedad contemporánea toman los problemas de la sangre, ni la trascendencia práctica de las conclusiones y las soluciones que adoptaréis. También Nos complacemos en manifestaros Nuestra estima y desearos una cordial bienvenida. Por otra parte, la gravedad de las cuestiones que se van a tratar llama particularmente Nuestra atención: la Iglesia no es de ninguna manera indiferente, vosotros lo sabéis, siempre que están en juego problemas que comprometen el destino humano individual y social, temporal y eterno; siempre que ella puede, con su presencia o por una intervención oportuna, hacer mucho bien o evitar mucho mal.

La hematología -ciencia de la sangre y de sus enfermedades- interesa en el más alto grado a la biología, la psicología, la medicina. La sangre, en efecto, es, de alguna manera, el medio donde se operan los cambios de la vida orgánica; ella lleva a todas las células el oxígeno y los elementos que aseguran su nutrición, al mismo tiempo que permite la eliminación de los desechos. Durante mucho tiempo se la ha considerado como íntimamente unida a la vida misma, que parece escapar con ella por las heridas abiertas. Hoy, aún, la expresión "verter su sangre" designa el sacrificio que un hombre hace de su vida por una causa que cree digna de esta ofrenda suprema y que se identifica en algunas ocasiones con los ideales más elevados que la humanidad puede proponerse.

Puesto que los participantes del próximo Congreso de Hematología Nos han pedido que tratemos ciertas cuestiones de moral, que se sitúan en el dominio de la genética de la sangre, tenemos la intención de abordar ahora los aspectos generales de estos problemas y de preparar así la respuesta que les hemos de dar. Expondremos, pues, aquí algunos aspectos biológicos de la genética de la sangre y los problemas que ella plantea.

2. Nos tuvimos ya ocasión de hablar del mecanismo de la herencia en Nuestra Alocución del 7 de septiembre de 1953 al I Congreso Internacional de Genética Médica51, y de enunciar entonces los importantes principios que se aplicaban a los datos científicos de la genética en su interferencia con las cuestiones morales y religiosas. Sin embargo, para esclarecer Nuestros ulteriores desarrollos, debemos mencionar ahora algunas adquisiciones recientes, de las que Nos habéis informado.

Es un conocimiento bastante generalizado de la hora actual que los glóbulos rojos de la sangre poseen caracteres propios y que la humanidad se divide en cuatro grupos sanguíneos: A-B-O-AB. Si se llama "antigene" a la capacidad de provocar en un organismo la formación de sustancias llamadas "anticuerpos", susceptibles de unirse al antigene y de determinar primeramente la aglutinación y después la destrucción de los glóbulos rojos, se puede explicar la existencia de los cuatro grupos de la manera siguiente: los grupos A y B poseen cada uno un antigene propio, pero no el anticuerpo que a ellos corresponde, mientras que poseen el anticuerpo del antigene, que no tienen; el grupo AB posee los dos antigenes, pero ningún anticuerpo del sistema; el grupo O no posee ningún antigene, pero sí los dos anticuerpos. Durante estas últimas décadas, el descubrimiento de otros sistemas ha introducido una complejidad considerable en la determinación exacta de los tipos de sangre humana. Pero lo que nos interesa de modo principal es el descubrimiento del factor "Rhesus", que permite esclarecer la patogénesis de la enfermedad hemolítica del recién nacido, cuyo origen hasta ahora era desconocido. Una madre que posea el "Rh negativo" producirá anticuerpos para los glóbulos "Rh positivos", y si el niño que lleva en su seno es "Rh positivo", le causará daño. Puesto que los grupos sanguíneos se heredan siguiendo el mecanismo de la herencia, en lo esencial, conforme a las leyes de Mendel, es evidente que para tener un hijo "Rh positivo" la madre deberá tener un esposo "Rh positivo"; si este es hijo de padres uno de ellos "Rh positivo" y el otro "Rh negativo", tendrá un 50 por 100 de probabilidades de tener hijos "Rh positivos"; pero si los padres son los dos "Rh positivos", todos sus hijos lo serán también. Cuando una mujer "Rh negativo" se desposa con un hombre "Rh positivo", ella se encuentra en lo que suele llamarse la "situación Rh" y padece el peligro potencial de tener hijos enfermos.

Al lado de la herencia mórbida se puede igualmente considerar la herencia de resultados positivos. Pero como la medicina se ocupa principalmente de las consecuencias nocivas, se comprende que se haya podido creer y afirmar el predominio de éstas. En realidad, no faltan los ejemplos de familias ricamente dotadas donde se transmiten de una generación a otra notables cualidades físicas y psíquicas.

3. Se Nos permitirá señalar aún un caso particular, a causa de la importancia que reviste en las regiones mediterráneas. Se trata de dos enfermedades que se presentan bajo aspectos clínicos profundamente diferentes, pero que están caracterizadas por alteraciones semejantes del sistema sanguíneo. La primera azota a ciertas zonas de la población italiana, toda la población griega y todas las zonas de la orilla mediterránea donde la colonización fenicia ha dejado sus huellas. Un niño nace aparentemente normal, pero el médico distingue ya en él los estigmas del mal, que le conducirán a la muerte de modo más o menos rápido, y, por lo general, antes de los diez años. Su desarrollo estará notablemente retardado; su tez será pálida; el abdomen, cada vez más prominente, denota un desarrollo enorme del bazo, que le ocupa casi por entero. La terapéutica más atenta no podrá hacer otra cosa que prolongar una vida de enfermedades y de sufrimientos; a pesar de numerosas transfusiones de sangre, que representan para la familia una carga muy costosa, el desenlace fatal será inevitable.

En el momento en que Cooley y Lee acertaban a diagnosticar exactamente esta enfermedad en los descendientes de italianos emigrados a América, Rietti, Greppi y Micheli, en Italia, descubrían una enfermedad diferente en apariencia. En adultos con una vida relativamente normal se presentan síntomas que se interpretan como una disminución de la duración en la vida de los glóbulos rojos. Estos glóbulos tienen también alteraciones morfológicas de carácter congenital que afectan a su forma y estructura íntima, así como también a la hemoglobina que contienen. Estas formas clínicas de la enfermedad están hoy consideradas como variedades de un grupo que se denomina "desorden hematológico mediterráneo". Investigadores americanos, italianos y griegos han demostrado que las alteraciones de la enfermedad, grave y mortal, de los niños, tal como Cooley la había descrito, se semeja a las alteraciones de la enfermedad de Tietti, Greppi y Micheli y a formas que se le aproximan. Se ha llegado entonces a la conclusión de que los niños enfermos habían sido engendrados por portadores del mal hematológico mediterráneo. Lo que interesa señalar aquí es que individuos que se creen perfectamente sanos pueden, mediante su unión, provocar la tragedia familiar que se adivina.

4. Las situaciones dolorosas que hemos descrito y otras análogas que se encuentran en el dominio de la genética de la sangre merecen un esfuerzo particular para resolver problemas de orden físico y moral particularmente graves. Nos expondremos algunos, según las informaciones que Nos habéis suministrado, así como los remedios que se han intentado aportar considerando las implicaciones morales que ello supone. De una manera general, es necesario señalar primeramente la necesidad de suministrar al público las informaciones indispensables sobre la sangre y su herencia, a fin de permitir a los individuos y a las familias ponerse en guardia contra terribles accidentes. Con este fin se pueden realizar, a la manera del Dight Institute americano, servicios de información y de consulta, que los novios y los esposos puedan interrogar con toda confianza sobre las cuestiones de la herencia, a fin de mejor asegurar la felicidad y la seguridad de su unión. Estos servicios no solamente darán informaciones, sino que ayudarán a los interesados a aplicar los remedios eficaces. En una obra que se Nos ha asegurado constituye una verdadera autoridad en la materia (Sheldon C. Reed, Counseling in Medical Genetics), hemos podido leer que la función principal de la consulta es hacer comprender a los interesados los problemas de genética que se presentan en sus familias52. En casi todos los hogares parece que se encuentran situaciones difíciles concernientes a la herencia de uno o varios de sus miembros. Puede llegarse incluso a que el marido y la mujer se acusen recíprocamente de una anomalía que se manifiesta en su hijo. Con frecuencia, el especialista consultado puede intervenir con éxito para atenuar la dificultad. Advertidos del peligro y de su alcance, los padres tomarán entonces una decisión, que será "eugénica" o "disgénica", según el carácter hereditario considerado. Si ellos deciden no tener hijos, su decisión es eugénica, es decir, ellos no propagarán más el gene defectuoso al engendrar hijos enfermos o portadores normales. Si, como ocurre frecuentemente, las probabilidades de engendrar un hijo portador de este defecto son menos de las que suele creerse, puede que ellos decidan aceptar más descendencia. Esta decisión es disgénica, porque ellos propagan el gene defectuoso en lugar de impedir su difusión. En definitiva, el efecto de la consulta genética es animar a los padres a tener más hijos, hijos que ellos no hubieran tenido sin la misma, puesto que las probabilidades de tener un caso desgraciado son inferiores a lo que habían pensado. Si la consulta puede parecer "disgénica" frente al gene anormal, es necesario considerar que las personas, suficientemente preocupadas de lo futuro para pedir consejo, tienen un alto concepto de sus deberes de padres. Desde el punto de vista moral, sería deseable que estos casos se multiplicaran.

Se pregunta frecuentemente al Dight Institute si existen relaciones entre la consulta y los deberes religiosos del consultante53. En realidad, la consulta genética hace abstracción de los principios religiosos. Ella no responde a los padres que preguntan si aún deben tener hijos, y les abandona la responsabilidad de la decisión. El Instituto Dight no es, pues, una clínica destinada a reprimir la fecundidad; no suministra informaciones sobre el modo de "planificar" las familias, porque esta cuestión no entra en sus objetivos.

5. La obra de la que hemos tomado estas indicaciones señala con fuerza y claridad la importancia del trabajo que resta por hacer en esta materia: "La muerte -dice- es el precio de la ignorancia de la genética de los grupos sanguíneos". Felizmente, el médico dispone en la actualidad de conocimientos suficientes para ayudar a los hombres a realizar con más seguridad el deseo -tan íntimo y tan poderoso en buen número de ellos- de tener una familia feliz de hijos bien dotados. Si la pareja es estéril, el médico tratará de asegurar la fecundidad; les pondrá en guardia contra peligros que no suponen; les ayudará a engendrar hijos normales, bien constituidos.

Mejor advertidos de los problemas planteados por la genética y de la gravedad de ciertas enfermedades hereditarias, los hombres de hoy tienen, más que en lo pasado, el deber de tener en cuenta estas adquisiciones para evitarse y evitar a los demás numerosas dificultades físicas y morales. Deben estar muy atentos a todo lo que pudiera causar a su descendencia daños permanentes, arrojándola en una sucesión interminable de miserias. Recordamos a este propósito que la comunidad de sangre entre personas, sea en las familias, sea en las colectividades, impone ciertos deberes. Aunque los elementos formales de toda comunidad humna sean de orden psicológico y moral, la descendencia forma la base material, que es necesario respetar y que no puede dañarse de ningún modo.

Esto que decimos de la herencia puede aplicarse en un sentido amplio a las comunidades que constituyen las razas humanas. Pero el peligro se presenta aquí por una insistencia exagerada sobre el sentido y el valor racial. Se sabe demasiado a qué excesos puede conducir el orgullo de la raza y los odios raciales. La Iglesia siempre se ha opuesto con energía cuando se trata de tentativas de genocidio o de prácticas inspiradas en lo que suele llamarse el "colour-bar". Ella desaprueba también toda experiencia de genética que desprecie la naturaleza espiritual del hombre y le trate al igual que no importa qué representante de una especie animal.

Nos deseamos, Señores, que prosigáis con éxito trabajos tan útiles a la comunidad humana. A las enseñanzas prácticas de este Congreso se unirá una conciencia más viva de la ayuda eficaz que aportáis a tantos enfermos. Encontraréis con esta convicción más ardor para vuestras tareas cotidianas y la certeza de merecer la estima y el reconocimiento de quienes os deban la conservación de la vida y de la salud.

En prenda de los favores divinos que Nos imploramos sobre vosotros, os concedemos, a vosotros, a vuestros familiares y a todos los que os son queridos, Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso al Collegium Neuro - Psycho - Pharmacologicum

9 de setiembre de 1958

No habéis querido, Señores, que el "Collegium Internationale Neuro-Psycho-Pharmacologicum" fundado el año último en Zürich, inaugure sus sesiones en lugar distinto de Roma, donde sabios de todas las especialidades, atraídos por el prestigio incomparable de la Ciudad Eterna, desean celebrar sus congresos. Esta primera reunión internacional de neuropsicofarmacología está dirigida, siguiendo los fines que se propone vuestro Congreso, a promover las investigaciones y los intercambios de información, así como las colaboraciones de las ciencias psicofarmacológicas clínicas y experimentales. Dedica también -Nos lo señalamos con placer- una atención particular a los problemas médicosociales, suscitados por la utilización de la medicación psicótropa en terapéutica psiquiátrica. Sed, pues, bien venidos aquí y ojalá podáis, durantes estas jornadas, donde se cambiarán y se discutirán amistosamente las experiencias emprendidas y los resultados obtenidos, conocer la alegría de ver progresar los trabajos que os preocupan, y encontrar una ardiente excitación para proseguirlos.

2. Hace ya mucho tiempo que la humanidad se interesa por los productos capaces de actuar sobre el sistema nervioso y de ejercer así una influencia sobre las funciones psíquicas. El alcohol y las opiáceas, por ejemplo, son universalmente conocidos por la euforia pasajera y el descanso que procuran, alejando al individuo de la realidad cotidiana dolorosa o muy exigente. El descubrimiento de los barbitúricos ha venido a añadir, aun muy recientemente, un arma nueva en el arsenal médico de los productos capaces de ejercer una acción deprimente sobre el sistema nervioso central, y la cirugía, en particular, no deja de sacar de ellos un largo partido. Pero desde hace algunos años se ha visto introducir en los laboratorios y en las clínicas psiquiátricas agentes de un tipo totalmente nuevo, que han adquirido rápidamente una larga notoriedad y suscitan ahora un interés considerable, a juzgar por el número de publicaciones, de reuniones y de congresos que a ellos se han consagrado en Europa y en América.

Puede caracterizárseles por su aptitud para influir en el comportamiento del individuo, tranquilizándole sin provocar en él la tendencia al sueño. La psicofarmacología, que estudia estas nuevas drogas, las distingue en "psicomiméticas", utilizadas con finalidad experimental, a fin de provocar perturbaciones de conducta que imitan las de los enfermos mentales, y en "sedantes", que ejercen un efecto tranquilizador. Estos productos interesan no solamente al laboratorio, sino también a los clínicos, a los que ofrecen una ayuda preciosa para el tratamiento de las psicosis graves y, sobre todo, de los estados de excitación.

El primero de entre ellos, la clorpromacina, fue empleado primeramente en la terapéutica psiquiátrica para reforzar la acción de los barbitúricos en las curas de sueño, permitiendo reducir a la vez las dosis y los peligros. Pero cuando se ensayan sus propiedades psicótropas se revela su eficacia insospechada para provocar rápidamente una depresión profunda del sistema nervioso central. Su aplicación proporcionó éxitos notables hasta llegar a la cura, en el ochenta por ciento de los casos, en las psicosis agudas acompañadas de excitación psicomotriz y, en un grado menor, en las psicosis confusionales agudas.

Los resultados más sorprendentes, cuando se la emplea sola, han sido obtenidos en las psicosis consideradas como las más rebeldes a los tratamientos: las esquizofrenias paranoides, las crisis esquizofrénicas confusionales y delirantes y los delirios alucinatorios crónicos. Los resultados son menos claros en las psicosis depresivas endógenas, y se mantienen modestos en las psiconeurosas salvo cuando los fenómenos angustiosos están especialmente acentuados. Ha encontrado igualmente un campo de acción extenso en las enfermedades neurológicas, así como en la terapéutica del dolor, para reforzar la acción de los analgésicos y de los hipnóticos, o para reducir el componente emotivo de los dolores psíquicos. Manifiesta también propiedades antieméticas eficaces.

Si la clorpromacina es el fruto de investigaciones de laboratorio llevadas a cabo sobre estructuras químicas, cuya acción, por lo demás, no era psicótropa, sino antihistamínica, la "Rauwolfia serpentina", de donde se extrajo en 1952 su principio activo, la reserpina, era conocida desde tiempos antiguos en el Extremo Oriente, donde se utilizaba su raíz para el tratamiento de ciertas psicopatías. Fue en 1582 cuando el médico y naturalista Leonardo Rauwolf, volviendo de un viaje de la India, trajo ejemplares de esta planta. Pero hasta la época contemporánea, a partir de 1931, sus propiedades no fueron objeto, por parte de los sabios indios, de un estudio sistemático. Fue necesario esperar hasta estos últimos años para ver la reserpina entrar en la práctica psiquiátrica corriente. Frecuentemente utilizada para combatir la hipertensión a causa de su relativa seguridad y de su acción prolongada, rinde servicios notables en el tratamiento de enfermedades mentales, y sobre todo de las esquizofrenias, cuando los desórdenes de la conducta obligan a la hospitalización. Su acción terapéutica se manifiesta con más energía en las crisis agudas, las fases de confusión mental, las efervescencias emotivas repentinas, siempre que es necesario remediar fuertes tensiones emocionales, la ansiedad, las excitaciones psicomotrices. Se ha comprobado que el efecto bienhechor se manifiesta inmediatamente en la mayor parte de los casos y provoca una calma profunda muy particular; los fenómenos malsanos pierden inmediatamente su importancia en la vida emotiva del sujeto, las alucinaciones desaparecen, las dificultades disminuyen. Cuando la psicosis se halla instalada desde hace cierto tiempo en el sujeto, deformando su personalidad de una manera permanente, la terapéutica ordinaria no obtiene resultados definitivos; pero, prolongando el uso del medicamento en dosis reducidas, se obtiene, sin embargo, en la mayor parte de los casos una mejoría sensible.

Junto a estos dos medicamentos principales, señalamos también el meprobamato, utilizado originariamente para remediar los espasmos y la tensión muscular, y que sirve, sobre todo en psiquiatría, para calmar la angustia bajo todas sus formas ambulatorias.

La utilidad de estos medicamentos y de muchos otros del mismo tipo, que les hacen cortejo y que son debidos a la ingeniosidad y a la labor incesante de los investigadores, se ha manifestado de una manera espectacular en clínicas y hospitales psiquiátricos, donde corrientemente no se envían otros pacientes que los que presentan, para quienes les rodean, inconvenientes serios, y en ocasiones un verdadero peligro. En consecuencia, quienes sufren de hiperactividad y de excitación afectiva ven, en virtud de estas drogas, su exagerada movilidad reducida a una medida normal; cesan de ser una amenaza para sí mismos y para los demás, sobre todo para el personal hospitalario, al que imponían una vigilancia agotadora. El empleo de los medios de fuerza, del electrochoque y de los barbitúricos se hace menos necesario. La atmósfera de la institución toda entera se transforma por completo, procurando así a los enfermos un "cuadro" infinitamente más propicio, permitiéndoles el ejercicio de actividades terapéuticas bienhechoras y el establecimiento de relaciones más fáciles con su medio ambiente.

Si estos medicamentos han renovado los métodos de los tratamientos de las psicosis, los nuevos calmantes no están desprovistos de efecto en el tratamiento de las neurosis, sobre todo en relación con los sujetos que, para escapar a su angustia, se evaden mediante la acción. Aun en la misma vida normal no son raros los casos donde una tensión excesiva, provocada por dificultades profesionales o familiares, o por el temor de peligros inminentes, encuentra en los medicamentos psicótropos un auxiliar precioso, que permite hacer frente a la situación de modo más firme y sereno. Los efectos secundarios de esos calmantes carecen en general de gravedad y pueden ser combatidos por otros medicamentos. Señaláis, sin embargo, el peligro que representa para el público un recurso sin control a estas drogas, con la sola finalidad de evitar sistemáticamente las dificultades afectivas, los temores y las tensiones que son inseparables de una vida activa y consagrada a las tareas humanas corrientes.

Es difícil en la hora actual prever el porvenir de los medicamentos psicótropos. Los primeros resultados registrados parecen indicar que se ha dado un paso serio en el tratamiento de las enfermedades mentales, de la esquizofrenia en particular, cuyo pronóstico era considerado como muy sombrío. Pero se levantan voces autorizadas, que invitan a la circunspección y ponen en guardia contra los entusiasmos irreflexivos. Muchas cuestiones, en efecto, y cuestiones fundamentales, aún esperan una solución precisa, en particular las que tocan al modo de acción de las drogas psicótropas sobre el sistema nervioso central. Recorriendo los numerosos trabajos que ya han abordado diversos aspectos de este problema, hay que admirar la incansable perseverancia de los investigadores para arrancar los secretos del funcionamiento de estos delicados mecanismos bioquímicos, para precisar el punto de aplicación efectivo de cada una de las drogas, sus afinidades y antagonismos. En este dominio infinitamente complejo estáis muy decididos a que se haga la luz poco a poco, a fin de poseer bases farmacológicas seguras en aplicaciones prácticas, de donde la terapéutica logrará todas sus ventajas.

Más difícil aún es la cuestión de las relaciones de la psiquiatría y de la neuropsicofarmacología. La medicación psicoterapéutica, ¿actúa realmente sobre la causa de la enfermedad o se contenta con modificar, de manera más o menos transitoria, ciertos síntomas, dejando intactas las causas profundas que se hallan en el origen del mal? ¿En qué medida ciertas alteraciones del sistema nervioso central son origen o consecuencia de los desórdenes emotivos que las acompañan? Ciertos autores señalan que la experiencia tan ampliamente avanzada durante estos últimos años ha puesto de relieve causas físicas ignoradas en otro tiempo. Los psiquiatras, por su parte, señalan la naturaleza psicogénica de las enfermedades mentales. Se alegran de que el uso de sedantes facilite el diálogo entre el enfermo y su médico, pero llaman la atención sobre el hecho de que la mejora del comportamiento social obtenido gracias a ellos no significa en modo alguno la solución de las dificultades profundas. Es toda la personalidad la que hay que enderezar y a la que hay que devolver el equilibrio instintivo indispensable al ejercicio normal de su libertad. Existe, sobre todo, el peligro de ocultar al paciente sus problemas personales, procurándole un alivio enteramente exterior y una adaptación superficial a la realidad social.

3. Después de haber expuesto brevemente los éxitos registrados recientemente por la neuropsicofarmacología, abordamos en esta segunda parte el examen de los principios morales que tienen aplicación en las situaciones con que os encontráis. Mientras vosotros consideráis al hombre como objeto de ciencia y tratáis de actuar sobre él por todos los medios de que disponéis, a fin de modificar su comportamiento y de curar sus enfermedades físicas o mentales, Nos le consideramos aquí como una persona, sujeto responsable de sus actos, comprometido en un destino que debe cumplir, permaneciendo fiel a su conciencia y a Dios. Habremos, pues, de examinar las normas que determinan la responsabilidad del especialista en neuropsicofarmacología y de cualquiera que utilice sus inventos.

El médico consciente experimenta, instintivamente, la necesidad de apoyarse en una deontología médica y de no contentarse con reglas empíricas. En Nuestra alocución del 10 de abril de 1958 al XIII Congreso de la Asociación Internacional de Psicología Aplicada señalamos cómo en América se había publicado un código de deontología médica -Ethical Standards for Psichologists-, que se basa sobre las respuestas de siete mil quinientos miembros de la American Psichological Association54. Este código manifiesta la convicción de los médicos de que existe para psicólogos, investigadores y médicos un conjunto de normas que no solamente dan orientaciones, sino indicaciones imperativas. Estamos convencidos de que vosotros participáis de este punto de vista y admitís la existencia de normas que responden a un orden moral objetivo. Por otra parte, la observación de este orden moral no constituye de ninguna manera un freno u obstáculo al ejercicio de vuestra profesión; volveremos luego sobre esto.

Podría parecer superfluo, después de lo dicho en la primera parte, hablaros aún de la dignidad de la naturaleza humana. Lo que Nos vemos aquí no se refiere al interés sincero, sacrificado, generoso que sentís por los enfermos, sino a algo más profundo aún. Se trata de la actitud de vuestro "yo" profundo frente a la persona de los demás hombres. ¿Qué es lo que fundamenta la dignidad del hombre en su valor existencial? ¿Qué posición adoptar frente a ella? ¿Se la debe respetar? ¿No tenerla en cuenta? ¿Despreciarla? Cualquiera que en el ejercicio de su profesión entre en contacto con la personalidad de otro, necesariamente tendrá que adoptar una de estas tres actitudes.

Ahora bien; el orden moral exige que, frente a otro, se adopte una actitud de estima, consideración y respeto. La persona humana, en efecto, es la más noble de todas las criaturas visibles; hecha a "imagen y semejanza del Creador", hacia El camina para conocerle y para amarle. Además de que, mediante la Redención, se halla unida a Cristo como miembro de su Cuerpo místico. Todos estos títulos fundan la dignidad del hombre, cualquiera que sean su edad y condición, su profesión o su cultura. Hasta cuando está tan enfermo en su psiquismo, que aparezca esclavizado por el instinto y aun caído por debajo del nivel de la vida animal, continúa, sin embargo, siendo una persona creada por Dios y destinada a entrar un día en su inmediata posesión, siendo infinitamente superior, en consecuencia, al animal más próximo al hombre.

4. Este hecho dictará la actitud que debéis tomar frente a la persona. Considerad primeramente que el hombre ha recibido inmediatamente de su Creador derechos que las autoridades públicas mismas tienen la obligación de respetar. Muchas veces hemos tenido ocasión de recordarlo, en particular en Nuestra alocución del 14 de septiembre de 1952 al I Congreso Internacional de Histopatología del Sistema Nervioso55. Expusimos y discutimos entonces los tres motivos en que se apoya la justificación de los métodos de investigación y tratamiento de la medicina moderna: interés de la ciencia, interés del individuo, interés de la comunidad. Advertimos que, si en general los esfuerzos generales de la investigación científica en este terreno merecen aprobación, es necesario aún examinar, en cada caso particular, si los actos realizados violan normas morales superiores. El interés de la ciencia, del individuo y de la comunidad no son, en efecto, valores absolutos y no garantizan necesariamente el respeto de todos los derechos. Repetimos estos mismos puntos a los miembros del Congreso de Psicología aplicada el 10 de abril de 1958: también allí se trataba de saber si ciertos métodos de investigación y tratamiento eran compatibles con los derechos de la persona que juega, en aquéllos, el papel de objeto. Nos contestamos diciendo que era necesario ver si el procedimiento en cuestión respetaba los derechos del interesado y si éste podía dar su consentimiento. En caso de respuesta afirmativa, es necesario volver a preguntar si el consentimiento ha sido dado realmente y conforme al derecho natural; si en él no hay error, ignorancia o dolo; si la persona poseía competencia para otorgarlo y, finalmente, si no conculca los derechos de un tercero. Netamente señalamos que este consentimiento no garantiza siempre la licitud moral de una intervención, a pesar de la regla de derecho Volenti non fit iniuria56. No podemos sino repetiros la misma cosa, señalando aún que la eficacia médica de un procedimiento no significa forzosamente que sea permitido por la moral.

Para resolver las cuestiones de hecho, en las que el teólogo no posee competencia directa, puesto que dependen de casos particulares y de circunstancias que os pertenec apreciar, podéis recordar que el hombre tiene el derecho de servirse de su cuerpo y de sus facultades superiores, pero no de disponer de ellas como amo y señor, puesto que la ha recibido de Dios, su Creador, de quien continúa dependiendo. Cabe, ejercitando este derecho de usufructo, la mutilación o destrucción de una parte de sí mismo, cuando es necesario para el bien de todo el organismo. En esto no contradice a los derechos divinos, pusto que no actúa sino para salvaguardar un bien superior, para conservar la vida, por ejemplo. El bien del todo justifica entonces el sacrificio de la parte.

Pero a la subordinación de los órganos particulares en relación con el organismo total y su finalidad propia se añade aún la subordinación del organismo a la finalidad espiritual de la persona misma. Experiencias médicas, físicas o psíquicas pueden, por una parte, entrañar algunos daños para ciertos órganos y funciones y ser, por otra parte, perfectamente lícitos, al ser conformes con el bien de la persona y no conculcar los límites puestos por el Creador al derecho del hombre para disponer de sí mismo. Estos principios se aplican evidentemente a las experiencias de psicofarmacología. Así hemos podido leer en los documentos que Nos han sido transmitidos el relato de una experiencia de delirio artificial a la que treinta personas sanas y veinticuatro enfermos mentales fueron sometidos. Estas cincuenta y cuatro personas, ¿otorgaron su consentimiento para esta experiencia y lo hicieron de manera suficiente y válida según el derecho natural? Aquí, como en otros casos, la cuestión de hecho debe ser sometida a un examen serio.

5. Es la observancia del orden moral la que confiere valor y dignidad a la acción humana, la que conserva a la persona su rectitud profunda y la mantiene en el lugar que le corresponde en el conjunto de la creación, es decir, en relación con los seres materiales, las otras personas y Dios. Cada uno, pues, tiene el deber de reconocer y respetar este orden moral en sí mismo y en los demás, a fin de salvaguardar esta rectitud en sí y en los otros. Tal es la obligación que ahora consideramos en el dominio de la utilización de los medicamentos psicótropos, actualmente tan extendidos.

En Nuestra alocución del 24 de febrero de 1957 a la Sociedad Italiana de Anestesiología57 descartamos ya una objeción que podría levantarse, basándose en la doctrina católica del sufrimiento. Algunos invocan, en efecto, el ejemplo de Cristo, rechazando el vino mezclado con mirra que se le ofreció, para pretender que el uso de narcóticos o calmantes no es conforme con la perfección y el heroísmo cristiano. Respondimos entonces que, en principio, nada se opone al empleo de remedios destinados a calmar o a suprimir el dolor, pero que renunciar a su uso pudiera ser, y era con frecuencia, un signo de heroísmo cristiano. Añadíamos, sin embargo, que sería erróneo pretender que el dolor era una condición indispensable de tal heroísmo. En lo que a los narcóticos concierne, se pueden aplicar los mismos principios en cuanto a su acción calmante; en cuanto a su efecto de suprimir la conciencia, es necesario examinar los motivos y las consecuencias, intencionadas o no. Si ninguna obligación religiosa o moral se opone, si existen serias razones para utilizarlos, pueden incluso darse a los moribundos, si ellos lo consienten. La eutanasia, es decir, la voluntad de provocar la muerte, está evidentemente condenada por la moral. Pero si el moribundo consiente en ello, está permitido utilizar con moderación narcóticos que dulcifiquen su sufrimiento, aunque también entrañen una muerte más rápida. En este caso, en efecto, la muerte no ha sido querida directamente. Ella es inevitable, y motivos proporcionados autorizan medidas que acelerarán su llegada.

No hay razón para temer que el respeto de las leyes de la conciencia o, si se quiere, de la fe y de la moral pueda impedir o hacer imposible el ejercicio de vuestra profesión. En la alocución ya citada del 20 de abril de 1958 enumeramos algunas normas que facilitan la solución de cuestiones de hecho en ciertos casos que interesan a los psicólogos y semejantes a los que a vosostros os conciernen (así, por ejemplo, el empleo del lie-detector, de las drogas psicótropas con fines de narcoanálisis, de la hipnosis, etc.). Entonces repartíamos en tres grupos las acciones intrínsecamente inmorales: acciones cuyos elementos constitutivos se oponen directamente al orden moral, acciones cuyo autor carece del derecho de actuar, acciones que provocan daños injustificados. Los psicólogos serios, cuya conciencia moral está bien formada, deben poder discernir con bastante facilidad si las medidas que se proponen entran dentro de las categorías citadas.

6. Sabéis también que la utilización sin discernimiento de los medicamentos psicótropos o somatótropos puede conducir a situaciones deplorables y moralmente inadmisibles. En varias regiones un gran número de estos medicamentos están a disposición del público sin ningún control médico, además de que este control no es suficiente, como la experiencia lo prueba, para evitar los excesos. Por otra parte, ciertos Estados manifiestan una tolerancia difícilmente comprensible en relación con ciertas experiencias de laboratorio o ciertos procedimientos clínicos. No queremos hacer aquí un llamamiento a la autoridad pública, sino a los médicos mismos, y sobre todo a aquellos que gozan de una autoridad particular en su profesión. Estamos persuadids, en efecto, de que existe una ética médica natural fundada en el juicio recto y en el sentimiento de responsabilidad de los médicos mismos, y deseamos que su influencia se imponga siempre más y más.

Nos sentimos, Señores, por vuestros trabajos, por los fines que perseguís y por los resultados ya logrados, una estima sincera. Examinando los artículos y las obras publicadas sobre las materias que os interesan, es fácil ver los preciosos servicios que rendís a la ciencia y a la humanidad. Habéis podido -ya lo hemos puesto de relieve- socorrer eficazmente sufrimientos frente a los cuales la medicina se declaraba impotente tan sólo hace tres o cuatro años. Tenéis ahora la posibilidad de devolver la salud mental a enfermos que se consideraban ayer como perdidos, y Nos compartimos sinceramente la alegría que esta seguridad os procura.

En el estado actual de la investigación científica los progresos rápidos sólo pueden ser obtenidos gracias a una colaboración en el plano internacional, de la cual, por otra parte, este Congreso es una prueba irrefutable. Es deseable que esta colaboración se extienda no sólo a todos los especialistas de la psicofarmacología, sino también a los psicólogos, psiquiatras y psicoterapeutas, a todos aquellos, en una palabra, que se ocupan de las enfermedades mentales.

Si adoptáis frente a los valores morales que hemos evocado una actitud positiva fundada sobre la reflexión y la convicción personal, ejerceréis vuestra profesión con la seriedad, firmeza y tranquila seguridad que exige la gravedad de vuestras responsabilidades. Seréis entonces así para vuestros enfermos como para vuestros colegas, el guía, el consejero, el sostén que ha sabido merecer la confianza y la estima.

Deseamos, Señores, que la primera reunión del Collegium Internationale Neuro-Psycho-Pharmacologicum dé un impulso creciente a los magníficos esfuerzos de investigadores y clínicos y les ayude a conseguir nuevas victorias frente a esos temibles azotes de la humanidad, que son las perturbaciones mentales. ¡Que el Señor acompañe vuestros trabajos con sus gracias! Se lo suplicamos ardientemente, y como prenda de ellos os concedemos, a vosotros mismos, a vuestras familias y colaboradores, Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso al VII Congreso Internacional de Hematología

12 de setiembre de 1958

El VII Congreso Internacional de Hematología, que reúne en Roma a más de mil especialistas de diferentes países, os ha sugerido, Señores, el pensamiento de hacernos una visita. Estamos muy agradecidos por ello y os damos cordialmente la bienvenida. Vuestra asamblea ha sido precedida por el Congreso Internacional para la Transfusión de la Sangre, al que también tuvimos el placer de dirigir la palabra.

Una simple mirada sobre los temas enumerados en vuestro programa es suficiente para mostrar la variedad y la abundancia de los problemas que surgen hoy en la hematología. Encontramos en él, entre los temas tratados en las sesiones plenarias, cuestiones concernientes a la inmunohematología, a trastornos hemorrágicos, la leucemia, el bazo y el sistema retículoendotelial, la anemia, la utilización de los isótopos radiactivos en hematología. A estas materias se añaden las conferencias y discusiones que son el objeto de los coloquios. Tenéis así la posibilidad de enriquecer vuestro saber científico y de mejor aplicarlo a la vida cotidiana, a los individuos y a las familias, a quienes finalmente estos progresos están destinados. Se puede decir que los problemas de la sangre, heredados de las generaciones anteriores, y de los que se dan cuenta los hombres de hoy, no sin admiración ni temor muchas veces, revisten un carácter de universalidad, que justifica ampliamente vuestros esfuerzos, universalidad señalada, entre otros indicios, por la representación ampliamente internacional de vuestro Congreso.

2. La obra que ya citamos en Nuestra Alocución precedente en relación con la consulta genética (Sheldon C. Reed, Counseling in Medical Genetics) expone las diferentes maneras según las cuales corrientemente se presenta hoy la solución del problema de la herencia defectuosa.

Según esta obra, desde que se ha descubierto la técnica de la fecundación artificial, la semiadopción ha sido utilizada en gran medida para tener hijos, cuando el marido es estéril o cuando la pareja ha descubierto que era portadora de un gene recesivo grave. Si el padre adoptivo tiene dudas sobre la legalidad del niño que su mujer ha engendrado por este método, se puede ello remediar simplemente por la adopción. Una relación científica publicada en 1954 señala que las parejas, que sospechan mutuamente de su esterilidad, tienen tendencia a querer determinar cuál de los dos es causa de la misma, recurriendo al adulterio voluntario. Para prevenir experiencias trágicas de este género, una clínica de la fecundidad puede servir mucho.

Otro caso muy típico es el de la mujer que se dirige a la consulta genética, porque se sabe portadora de una enfermedad hereditaria; y, no pudiendo aceptar los medios anticoncepcionales, tiene la intención de someterse a la esterilización.

El primer caso mencionado considera como solución al problema de la esterilidad del marido la inseminación artificial, que supone, evidentemente, un "donante" extraño a la pareja. Ya tuvimos ocasión de tomar posición contra esta práctica en la alocución dirigida al IV Congreso Internacional de Médicos Católicos el 29 de septiembre de 1949. Reprobamos entonces absolutamente la inseminación entre personas no casadas y aun entre esposos58. Volvimos sobre esta cuestión en Nuestra alocución al Congreso Mundial de la Fertilidad el 19 de mayo de 195659, para reprobar de nuevo toda especie de inseminación artificial, puesto que esta práctica no se halla comprendida entre los derechos de los esposos y es contraria a la ley natural y a la moral católica. En cuanto a la inseminación artificial entre célibes, ya en 1949 declaramos que viola el principio del derecho natural, de que toda vida nueva no puede ser procreada sino en un matrimonio válido.

La solución por el adulterio voluntario se condena a sí misma, cualesquiera sean los motivos biológicos, eugenésicos y jurídicos por los cuales se la intente justificar. Ningún esposo puede poner sus derechos conyugales a disposición de una tercera persona, y toda tentativa de renunciar a ellos queda sin efecto; ni tampoco apoyarse en el axioma jurídico: Volenti non fit iniuria.

Se considera también como solución la esterilización, sea de la persona, sea de sólo el acto. Por motivos biológicos y eugenésicos, estos dos métodos adquieren actualmente un creciente favor y se difunden progresivamente al amparo de drogas nuevas cada vez más eficaces y de empleo más cómodo. La reacción de ciertos grupos de teólogos ante este estado de cosas es sintomática y muy alarmante. Revela una desviación del juicio moral, que va paralela con una prontitud exagerada para revisar, en favor de las nuevas técnicas, las posiciones comúnmente recibidas. Esta actitud procede de una intención loable que, para ayudar a quienes están en dificultad, rehusa excluir demasiado pronto nuevas posibilidades de solución. Pero este esfuerzo de adaptación es aplicado aquí de una manera desgraciada, puesto que se comprenden mal ciertos principios o se les da un sentido o una trascendencia que no pueden tener. La Santa Sede se encuentra entonces en una situación semejante a la del Beato Inocencio XI, que se vio más de una vez obligado a condenar tesis de moral propuestas por teólogos animados de un celo indiscreto y de un atrevimiento poco clarividente60.

3. Muchas veces ya Nos hemos ocupado de la esterilización. En sustancia, hemos manifestado que la esterilización directa no estaba autorizada por el derecho del hombre a disponer de su propio cuerpo, y no puede, en consecuencia, ser considerada como una solución válida para impedir la transmisión de una herencia enferma. "La esterilización directa, dijimos el 29 de octubre de 1951, es decir, la que intenta, como medio o como fin, hacer imposible la procreación, es una violación grave de la ley moral y, en consecuencia, es ilícita. Ni la misma autoridad pública tiene derecho, bajo pretexto de una cualquiera indicación, a permitir, y muchos menos aún a prescribirla o a hacerla ejecutar contra inocentes. Este principio está ya enunciado en la encíclica Casti connubii, de Pío XI, sobre el matrimonio. También, cuando, hace una decena de años, la esterilización comenzó a ser cada vez más aplicada, la Santa Sede se vio en la necesidad de declarar expresa y públicamente que la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer, es ilícita en virtud de la ley natural, en la que ni la Iglesia misma, como sabéis, puede dispensar"61.

Por esterilización directa queríamos designar la acción de quien se propone como fin o como medio, hacer imposible la procreación; pero no aplicamos este término a toda acción que convierta de hecho en imposible la procreación. El hombre, en efecto, no tiene siempre la intención de hacer lo que resulta de sus actos, aunque lo haya previsto. Así, por ejemplo, la extirpación de ovarios enfermos tendrá como consecuencia necesaria hacer imposible la procreación; pero esta imposibilidad acaso no haya sido querida, ni como fin ni como medio. Repetimos con detalles las mismas explicaciones en Nuestra alocución del 8 de octubre de 1953 al Congreso de Urólogos62. Los mismos principios se aplican al caso presente y prohiben considerar como lícita la extirpación de glándulas y órganos sexuales, con el fin de impedir la transmisión de caracteres hereditarios defectuosos.

4. Estos mismos principios permiten también resolver una cuestión muy discutida hoy entre los médicos y los moralistas. ¿Es lícito impedir la ovulación por medio de píldoras utilizadas como remedios en las reacciones exageradas del útero y del organismo, aunque estos medicamentos, al impedir la ovulación, hagan también imposible la fecundación? ¿Está permitido su uso a la mujer casada que, a pesar de esta esterilidad temporal, desee tener relaciones con su marido? La respuesta depende de la intención de la persona. Si la mujer toma este medicamento, no con intención de impedir la concepción, sino únicamente por indicación médica, como un remedio necesario a causa de una enfermedad del útero o del organismo, ella provoca una esterilización indirecta, que queda permitida según el principio general de las acciones de doble efecto. Pero se provoca una esterilización directa y, por lo tanto, ilícita, cuando se impide la ovulación a fin de preservar el útero y el organismo de las consecuencias de un embarazo que no es capaz de soportar. Ciertos moralistas pretenden que está permitido tomar medicamentos con este fin, pero es una opinión equivocada. Es necesario igualmente rechazar la opinión de muchos médicos y moralistas que permiten su uso, cuando una indicación médica hace indeseable una concepción muy próxima, o en otros casos semejantes, que no es posible mencionar aquí. En esto casos, el empleo de medicamentos tiene como fin impedir la concepción, impidiendo la ovulación; luego se trata de esterilización directa.

Para justificarla, se cita con frecuencia un principio de moral justo en sí mismo, pero que se interpreta mal: licet corrigere defectus naturae, se dice, y puesto que en la práctica es suficiente para usar de este principio tener una probabilidad razonable, se pretende que se trata aquí de corregir un defecto natural. Si este principio tuviera un valor absoluto, la eugenesia podría sin titubeo utilizar el método de las drogas para impedir la transmisión de una herencia defectuosa. Pero es necesario aún ver de qué manera se corrige el defecto natural y cuidar bien de no violar en modo alguno otros principios de la moralidad.

4. Se propone también, como medio capaz de impedir la transmisión de una herencia defectuosa, la utilización de preservativos y el método Ogino-Knaus. -Los especialistas de eugenesia, que condenan absolutamente su uso cuando se trata simplemente de dar curso a la pasión, aprueban estos dos sistemas cuando existen indicaciones higiénicas serias; los consideran como un mal menor que la procreación de niños tarados. Aunque algunos aprueban esta posición, el cristianismo ha seguido siempre y continúa siguiendo una tradición diferente. Nuestro predecesor, Pío XI, lo expuso de una manera solemne en su encíclica Casti connubii, del 31 de diciembre de 1930. El califica el uso de preservativos como una violación de la ley natural; un acto, al que la naturaleza ha dado el poder de suscitar una vida nueva, es privado de él por la voluntad humana: quemlibet matrimonii usum -escribía-, in quo exercendo, actus de industria hominum, naturali sua vitae procreandae vi destitituatur, Des et naturae legem infringere, et eos qui tale quid commiserint gravis noxae labe commaculari63.

Por lo contrario, el uso de la esterilidad temporal natural, según el médico Ogino-Knaus, no viola el orden natural, como la práctica más arriba descrita, puesto que las relaciones conyugales responden a la voluntad del Creador. Cuando este método es utilizado por motivos seriamente proporcionados (y las indicaciones de tipo eugenésico pueden tener un carácter grave), se justifica moralmente. Nos ya hablamos en Nuestra alocución del 29 de octubre de 1951, no para exponer el punto de vista biológico o médico, sino para poner fin a las inquietudes de conciencia de muchos cristianos que lo utilizaban en su vida conyugal. Por otra parte, en su Encíclica del 31 de diciembre de 1930, Pío XI había ya formulado la posición de principio: Neque contra naturae ordinem agere ii dicendi sunt coniuges, qui iure suo recte et naturali ratione utuntur, etsi ob naturalis sive temporis sive quorundam defectuum causas nova inde vita oriri non possit64.

Nos precisamos en Nuestra alocución de 1951 que los esposos, que hacen uso de sus derechos matrimoniales, tienen la obligación positiva, en virtud de la ley natural propia de su estado, de no excluir la procreación. El Creador, en efecto, ha queido que el género humano se propague precisamente mediante el ejercicio natural de la función sexual. Pero a esta ley positiva aplicábamos Nos el principio que vale para todas las demás leyes: no obligan en la medida en que su cumplimiento lleva consigo inconvenientes notables, que no son inseparables de la ley misma, ni inherentes a su cumplimiento, sino que vienen de otra parte, y que el legislador no ha tenido la intención de imponer a los hombres cuando ha promulgado la ley.

El último medio mencionado más arriba, y sobre el que Nos queremos expresar Nuestra opinión, era el de la adopción. Cuando es necesario desaconsejar la procreación natural, a causa del peligro de una herencia tarada, a esposos que querrían a lo menos tener un niño, se les sugiere el sistema de la adopción. Y consta, además, que este consejo es, en general, seguido de resultados felices, y da a los padres la felicidad, la paz, la serenidad. Desde el punto de vista religioso y moral, la adopción no suscita objeción alguna; es una institución reconocida en casi todos los Estados civilizados. Si ciertas leyes contienen disposiciones inaceptables en moral, esto no sucede con la institución de la adopción, como tal. Desde el punto de vista religioso, es necesario pedir que los hijos de católicos sean tomados, en adopción, por padres adoptivos católicos; en la mayor parte de los casos, en efecto, los padres impondrán a su hijo adoptivo su propia religión.

5. Después de haber discutido las soluciones propuestas corrientemente al problema de la herencia defectuosa, aún Nos queda dar respuesta a algunas cuestiones que Nos habéis propuesto. Todas se inspiran en el deseo de precisar la obligación moral derivada de resultados de la eugenesia, que se pueden considerar como adquiridos.

Se trata, en los diferentes casos presentados, de la obligación general de evitar todo daño o peligro más o menos grave, tanto para el interesado como para su cónyuge y descendientes. Esta obligación es proporcional a la gravedad del posible daño, a su probabilidad más o menos grande, a la intensidad y a la proximidad de la influencia perniciosa ejercida, a la gravedad de los motivos que obligan a realizar actos dañosos y a permitir las consecuencias nefastas. Ahora bien, estas cuestiones son, en su mayor parte, cuestiones de hecho, a las cuales sólo el interesado, el médico y los especialistas consultados pueden dar respuesta. Desde el punto de vista moral, se puede decir, en general, que no hay derecho a no tener en cuenta los riesgos reales que se conocen.

Según este principio básico, se puede responder afirmativamente a la primera cuestión que proponéis: ¿Es necesario aconsejar, en general, la visita prenupcial, y, en particular, el examen de la sangre, en Italia y en la cuenca del Mediterráneo? Esta visita debe aconsejarse, y más aún, si el peligro es verdaderamente grave, podría imponerse en ciertas provincias o localidades. En Italia, en todo el litoral mediterráneo y en los países que acogen a grupos emigrados de estos países, es necesario tener en cuenta especialmente el desorden hematológico mediterráneo. El moralista evitará pronunciarse, en los casos particulares, mediante un sí o un no apodíctico: sólo la observación de todos los datos de hecho permite determinar si uno se encuentra frente a una obligación grave.

Preguntáis a continuación: ¿Está permitido desaconsejar el matrimonio a dos novios en los cuales el examen de la sangre ha revelado la presencia del mal mediterráneo? Cuando un sujeto es portador del mal hematológico mediterráneo, se le puede desaconsejar el matrimonio, pero no prohibírselo. El matrimonio es uno de los derechos fundamentales de la persona humana contra el cual no se puede atentar. Si a veces resulta difícil comprender el punto de vista generoso de la Iglesia, es porque fácilmente se olvida el principio expresado por Pío XI en la encíclica Casti connubii sobre el matrimonio: los hombres son engendrados no precisamente y sobre todo para esta tierra y para la vida temporal, sino para el cielo y la eternidad. Este principio esencial parece extraño a las preocupaciones de la eugenesia. Y, sin embargo, es justo; más aún, es el solo principio plenamente válido. Pío XI afirmaba también en la misma Encíclica, que no se tiene el derecho de impedir a nadie el matrimonio o de usar de un matrimonio legítimamente contraído, ni aun cuando, a pesar de todos los esfuerzos, la pareja es incapaz de tener hijos sanos. De hecho, será frecuentemente difícil hacer coincidir los dos puntos de vista: el de la eugenesia y el de la moral. Mas para garantizar la objetividad de la discusión necesario es que cada una de estas ciencias conozca el punto de vista de la otra y que esté familiarizada con sus razones65.

Nos inspiraremos en las mismas ideas para responder a la tercera cuestión: ¿Si después del matrimonio se comprueba la presencia del mal hematológico mediterráneo en los dos esposos, está permitido desaconsejarles tener hijos? Se les puede desaconsejar tener hijos, pero no se les puede prohibir. Por otra parte, precisa ver el método que el consejero (sea médico, hematólogo o moralista) les sugerirá para este fin. Las obras especializadas evitan aquí la respuesta y dejan a los esposos interesados toda su responsabilidad. Pero la Iglesia no debe contentarse con esta actitud negativa; debe tomar posición. Como hemos explicado, nada se opone a la continencia perfecta, al método Ogino-Knaus, ni a la adopción de un niño.

La cuestión siguiente concierne a la validez del matrimonio contraído por esposos portadores del mal hematológico mediterráneo: ¿Si los esposos ignoran su estado en el momento del matrimonio, puede este hecho ser una razón de nulidad? Fuera del caso en el que se pusiera como condición66 la ausencia de toda herencia tarada, ni la simple ignorancia, ni la disimulación fraudulenta de una tal herencia, ni aun el error positivo que habría impedido el matrimonio si ella hubiera sido descubierta, son suficientes para poner en duda su validez. El objeto del contrato del matrimonio es demasiado simple y demasiado claro para que se pueda alegar su ignorancia. El vínculo contraído con una persona determinada ha de ser considerado como querido, a causa de la santidad del matrimonio, de la dignidad de los esposos y de la seguridad de los hijos engendrados, y lo contrario debe ser probado clara y seguramente. El error grave, cuando es causa del contrato67, no puede negarse; pero no prueba la ausencia de la voluntad real de contraer matrimonio con una persona determinada. Lo que es decisivo en el contrato no es lo que uno hubiera hecho si se hubiera dado tal o cual circunstancia, sino lo que se ha querido y hecho en realidad, puesto que, de hecho, no se sabía.

En la séptima cuestión preguntáis si se puede considerar la "situación Rh" como un motivo de nulidad del matrimonio, cuando lleva consigo la muerte de los hijos desde el primer embarazo. Suponéis que los esposos no han querido comprometerse a tener hijos, que serían víctimas de una muerte precoz a causa de una tara hereditaria. Pero el simple hecho de que las taras hereditarias determinen la muerte de los hijos no prueba la ausencia de voluntad en concluir el matrimonio. Esta situación evidentemente es trágica, pero el razonamiento se apoya sobre una consideración que no es válida. El objeto del contrato matrimonial no es el hijo, sino el cumplimiento del acto matrimonial natural o, más precisamente, el derecho a cumplir este acto; este derecho permanece siempre independiente del patrimonio hereditario del hijo engendrado, y aun de su misma capacidad de vivir.

En el caso de una pareja en "situación Rh", preguntáis también si está permitido desaconsejar siempre la procreación o es necesario esperar el primer incidente.

Los especialistas de la genética y de la eugenesia son más competentes que Nos en esta materia. Se trata, en efecto, de una cuestión de hecho, que depende de factores numerosos en los que vosotros sois los jueces competentes. Desde el punto de vista moral es suficiente aplicar los principios que Nos ya expusimos más arriba, con las necesarias distinciones.

Preguntáis, en fin, si está permitido realizar una propaganda en el plano técnico para señalar los peligros inherentes al matrimonio entre consanguíneos. Sin duda alguna, es útil informar al público de los riesgos serios que entrañan tales matrimonios. Se tendrá en cuenta aquí igualmente la gravedad del daño para juzgar de la obligación moral.

Con sagacidad y perseverancia intentáis explorar todas las soluciones posibles a tantas situaciones difíciles, empleándoos sin descanso en prevenir y curar una infinidad de sufrimientos y de miserias humanas. Aunque en algunos puntos se desean ciertas precisiones o modificaciones, ello no daña al mérito innegable de vuestros trabajos. Nos os animamos a ello de buen grado. Apreciamos altamente la colaboración activa y seria que permite expresarse libremente a las diversas opiniones, pero que jamás se contenta con las críticas negativas. Es el solo camino abierto para el progreso real, tanto para la adquisición de nuevos conocimientos teóricos como para su aplicación clínica.

Que podáis continuar vuestra obra con entusiasmo y con el cuidado constante de salvaguardar los más altos valores espirituales, únicos que pueden coronar dignamente vuestros esfuerzos. En prenda de Nuestra benevolencia y de los favores divinos os concedemos a vosotros mismos y a todos aquellos que os son queridos, Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso al X Congreso de Cirugía Plástica

4 de octubre de 1958

Nos sirve de viva complacencia vuestra visita, señores participantes en el X Congreso de Cirugía Plástica, reunidos en la Ciudad Eterna para el doble fin de profundizar mediante el estudio en los múltiples aspectos de esta nueva rama de la ciencia médica, y para dar relieve, con vuestra presencia, a la inauguración del Departamento destinado a esta especial cirugía, erigido en el Hospital de San Eugenio por iniciativa de los Hospitales Reunidos de Roma.

El hecho de que una administración pública hospitalaria, cual es la de la renombrada y benemérita Institución romana, haya promovido la creación de un Departamento de Cirugía Plástica, hasta ahora realizada en esta o aquella clínica, es una prueba elocuente del serio e importante desarrollo alcanzado por esta parte de la cirugía. En verdad, la cirugía plástica o -como también se la llama, teniendo en cuenta las leves diferencias de significado- estética o reparadora, ya practicada desde la remota antigüedad en proporciones y con medios rudimentarios, ha dado pasos de gigante en el presente siglo, destacándose apenas en el último trentenio de la cirugía general. A tal clase de autonomía han concurrido, de una parte, el progreso universal de las ciencias médicas; de otra, el crecido número de casos que requieren la intervención del cirujano restaurador a causa de la multiplicación de los traumas deformantes por efecto ya de las dos guerras mundiales, ya de los accidentes en el empleo de las máquinas de trabajo o de transporte. Pero como causa principal del desarrollo de esta especial cirugía, ha de señalarse una más viva preocupación en el hombre moderno por el aspecto estético del propio cuerpo, particularmente del rostro, cuyas afecciones deformadoras son, a menudo, por justos motivos, mal toleradas. Fundada sobre el terreno científico, atesorando las conquistas de la moderna cirugía, perfeccionando los propios métodos, la cirugía plástica, como rama de la general, no sólo ha entrado a formar parte de la enseñanza universitaria, dando origen a una copiosa bibliografía, sino que ha conquistado un amplio crédito en la opinión pública, sobre todo por sus resultados casi siempre satisfactorios y a veces excelentes y casi prodigiosos, como, por ejemplo, por citar alguno, en las queilo y rinoplastias. En el indicado amplio crédito quedan, sin embargo, reservas que superar, debidas algunas a la ignorancia de quien, no conociendo sus progresos reales, le niega toda facultad reparadora, además de la excesiva pretensión de obtener de ella cualquier recomposición de órganos y superficies lesionadas o consumidas sin que quede vestigio alguno de intervención quirúrgica.

Tales prejuicios no impiden definir la cirugía plástica como una ciencia y un arte, ordenado en sí mismos al beneficio de la Humanidad, y también, en lo que concierne a la persona del cirujano, una profesión en que se encuentran empeñados importantes valores éticos y psicológicos.

La cirugía plástica ante la Iglesia y la moral

4. Mas el cirujano plástico, como todo médico, no es sólo un científico y técnico, prisionero de su profesión, de modo que su rectitud esté únicamente medida por la fidelidad a los preceptos de su ciencia y arte. Ningún bien y valor del hombre o del mundo está tan cerrado en sí mismo que no tenga alguna relación con todos los otros. Relaciones y responsabilidades reales vinculan al cirujano: como hombre, a Dios y a sus leyes; como profesional, a la sociedad, a cuyos miembros dedica su trabajo. La conciencia de hombre y de profesional debe, por consiguiente, inspirarle en sus resoluciones y actos, aun antes que su mano benéfica se pose sobre los cuerpos para proporcionarles los cambios sugeridos por la ciencia y por la técnica. Los múltiples reflejos derivados de una intervención quirúrgica deben ser, por lo tanto, considerados a la luz de la conciencia cristiana y profesional, a fin de que la obra del cirujano plástico sea perfecta bajo todos los aspectos. Entre los más estrechamente ligados a su profesión, hay algunos importantes de naturaleza moral y psicológica, de los cuales daremos una breve síntesis.

El desarrollo enteramente reciente de la cirugía plástica, y más propiamente estética, ha tenido vivo durante mucho tiempo en la conciencia cristiana el interés en torno a la licitud de sus intervenciones, particularmente de las encaminadas no tanto a la recomposición funcional, caunto a obtener un positivo embellecimiento de la persona, por ejemplo, con la modificación de los rasgos fisonómicos o simplemente con la ablación de las arrugas sobrevenidas por el transcurso natural del tiempo.

La belleza física del hombre, manifestada principalmente en el rostro, es en sí misma un bien, aunque subordinado a otros bienes superiores, y, por lo tanto, apreciable y deseable. Ella es, en efecto, una impronta de la belleza del Creador, perfección del compuesto humano, síntoma normal de la salud física. Casi mudo lenguaje del alma, por todos inteligible, la belleza está ordenada a expresar al exterior los valores internos del espíritu, puesto que, como enseña el Doctor Angélico, el fin próximo del cuerpo es el alma racional; por ello, en tanto puede aquél decirse perfecto en cuanto posee todos los requisitos que lo hacen instrumento apto del alma y de sus operaciones68. Prescindiendo ahora de indagar sobre el proceso psicológico del sujeto, que revela o manifiesta la belleza fuera de sí, mediante el testimonio de complacencia ofrecido por el ojo, según la conocida definición pulchra enim dicuntur quae visa placent69, no hay duda de que existen en la realidad exterior elementos suscitadores de sensaciones gratas a la vista, bien lejanas de poderse reducir todas y siempre, como pretende una especial escuela psicoanalítica, a la esfera del instinto, que preside en la conservación de la especie. Aplicando a nuestro tema el clásico análisis de los tres elementos constitutivos de lo bello70, la belleza física del cuerpo y del rostro humanos exige la perfección de cada uno de los miembros o partes, la armonía entre ellos y, sobre todo, la sinceridad en expresar los valores internos del espíritu, papel éste más propio del rostro. Respecto a los dos primeros elementos, desde la remota antigüedad existen cánones bien conocidos por los artistas y por vosotros, cultivadores de la cirugía plástica, como aquel, por ejemplo, que reparte el perfil del rostro desde el arco superciliar a la barbilla en seis medidas iguales; o bien el otro, que establece la perfección de la línea nasal en su derechura. Sin embargo, éstos y otros cánones semejantes no pretenden fijar un tipo único de belleza, mucho menos para todas las razas humanas, sino los límites fuera de los cuales están la imperfección y la deformidad. Mientras que la perfección y la armonía de las partes son fácilmente recognoscibles y están casi sujetas a medidas, la sinceridad de expresión nace sólo de la intuición de quien observa; y, sin embargo, es elemento más determinante al imprimir en un rostro el sello de la belleza, dando lugar a una variedad casi infinita de tipos.

5. Ahora bien, no hay duda de que el cristianismo y su moral jamás han condenado como ilícita en sí la estimación y el cuidado ordenado de la belleza física; al contrario, los preceptos que prohiben la automutilación, que asignan a solo Dios el pleno dominio del cuerpo, que exigen el cuidado ordenado de la salud física, incluyen implícitamente también la referencia hacia todo lo que sea una perfección del cuerpo. ¿Será necesario recordar cómo el sentido y el cuidado estéticos son una característica de las manifestaciones exteriores de la Iglesia y de su arte? Y aun así la moral cristiana, que mira a su fin último y abraza y regula la totalidad de los valores humanos, no puede menos de asignar a la belleza física el puesto que le compete y que, ciertamente, no está en la cima de la escala de valores, puesto que no es un bien ni espiritual ni esencial. El respeto hacia tal graduación explica esta o aquella desconfianza o, a veces, el menosprecio de la belleza física que puede encontrarse en la literatura de moral y ascética y en las biografías de los santos. Y es que cuando el moderno desarrollo de la cirugía estética pide a la moral cristiana su pensamiento, no hace sino preguntarle en qué gradación de los valores debe colocarse la belleza física. La moral cristiana responde que ésta es un bien, pero corporal, ordenado a todo el hombre y, como los otros bienes del mismo género, susceptible de abusos. Como bien y don de Dios, la belleza es estimada y cuidada sin exigir, por lo demás, como deber el recurso a medios extraordinarios. Supongamos un individuo que pide a la cirugía estética el perfeccionamiento de sus rasgos ya conformes a los cánones de la normal estética, excluyendo toda intención no recta, cualquier peligro para la salud y todo otro reflejo contrario a la virtud, y sólo -porque una razón es bien necesario que se dé- por la estima de la perfección estética y por el goce de su posesión. ¿Cuál será el juicio de la moral cristiana? Tal deseo o acto, como se presenta en la hipótesis, no es en sí moralmente ni bueno ni malo, sino que sólo las circunstancias, a las que en concreto ningún acto puede sustraerse, le darán el valor moral de bien o de mal, de lícito o de ilícito. De ahí se deriva que la moralidad de los actos relativos a la cirugía estética depende de las circunstancias concretas de cada caso. En la valoración moral de éstas, las principales condiciones más pertinentes a la materia y resolutivas de la gran casuística, que se presentan a la cirugía estética, son las siguientes: que la intención sea recta, que la salud general del sujeto esté defendida contra notables riesgos, que los motivos sean razonables y proporcionados al "medio extraordinario" a que se recurre. Es evidente, por ejemplo, la ilicitud de una intervención requerida con el propósito de acrecentar la propia fuerza de seducción o de inducir así más fácilmente a otros al pecado; o, exclusivamente, para sustraer un reo a la justicia; o que cause daño a las funciones regulares de los órganos físicos; o que se quiera por mera vanidad o capricho de la moda. Por lo contrario, numerosos motivos legitiman a veces, y otras aconsejan positivamente, la intervención. Algunas deformidades o también imperfecciones son causa de turbaciones psíquicas en el sujeto o se convierten también en obstáculo para las relaciones sociales y familiares o en impedimento -especialmente en personas consagradas a la vida pública o al arte- para el desarrollo de su actividad. De otra parte, cuando la reparación no fuese posible, las máximas cristianas, en su inagotable riqueza, están en condición de sugerir los motivos e inspirar la fuerza que hacen tolerar con serenidad los defectos físicos permitidos por misteriosos designios divinos. Considerada así la belleza física a la luz cristiana y respetadas las condiciones morales indicadas, la cirugía estética, lejos de oponerse a la voluntad de Dios cuando restituye la perfección a la obra máxima de la creación visible, el hombre, antes parece que la secunda y que le rinde más claro testimonio a su sabiduría y bondad.

6. Igualmente importantes y en cierto sentido más inmediatamente conexos con el ejercicio de la cirugía plástica son los reflejos psicológicos.

La cirugía plástica se encuentra no raramente ante problemas que no dependen sólo de una técnica irreprensible y del virtuosismo del operador que sabe corregir los defectos físicos de la persona, dando de nuevo a ésta su estado y su forma normal. Ya en este oficio la mano del cirujano parece que repite, en cierto modo, el acto de la mano de Dios que modela al hombre.

Hay, sin embargo, circunstancias en las que el operador de cirugía plástica se encuentra frente a condiciones más elevadas, de orden espiritual, de las que es necesario que él tenga pleno conocimiento y, por ello, adecuada preparación para convertirse, también en esos casos, casi en colaborador de Dios.

En efecto, como se Nos ha señalado, a veces fenómenos gravísimos "se originan por el conocimiento que los enfermos tienen de los defectos físicos de que son portadores". Situaciones de esta clase, caracterizadas por repercusiones psicológicas encuentra el cirujano plástico no pocas veces; más aún, son quizá más frecuentes que en otras ramas de la cirugía. Cuando los antiguos, con la mentalidad propia de las civilizaciones no cristianas, repetían la frase cave a signatis [guárdate de los señalados], expresaban sobre base empírica la realidad de algunos fenómenos que la moderna psicología experimental ha examinado atentamente, buscando en ellos las causas y posibilidades de una terapéutica eficaz. Son fenómenos por lo general inadvertidos en su génesis, pero no menos ciertos y dañosos, que nacen de un sentimiento de inferioridad física o estética, en parangón con los coetáneos o los semejantes; sentimiento que, además de hacer triste la vida de quien no tiene la fuerza moral para superarlo, tiende a enraizarse y estabilizarse en complejos que pueden incluso conducir a profundas anomalías del carácter y de la conducta, hasta a la psicosis y, a veces (Dios no lo quiera), al delito y al suicidio.

Si ante estos enfermos el deber de asistirlos puede atañer a muchos, desde el sacerdote al médico psiquiatra y al amigo, cuando la causa consiste en un defecto físico que la cirugía plástica está en condiciones de suprimir, no habrá quien no comprenda que la intervención quirúrgica corresponde no sólo a una indicación médica, ni sólo a una indicación estética, sino también a un motivo espiritual sugerido por aquella caridad de Cristo que se derrama en todo aspecto de la vida humana, conduciendo, a ejemplo del Divino Maestro, a mitigar todo dolor, incluso los escondidos, ignorados o transformados.

Estos peculiares aspectos de la cirugía plástica exigen, evidentemente, una profunda conciencia de las propias posibilidades y responsabilidades, como también una ejercitada pericia, además de la competencia estrictamente técnica de vuestro arte, para emplear motivos y métodos de conducta que se refieren a otros sectores de estudio. Por lo demás, en estos tiempos en que en todo campo se requiere cada vez más la competencia especializada, a la que se condicionan los resultados científicos y técnicos de la civilización moderna, es muy oportuno y meritorio el esfuerzo en alcanzar una más vasta cultura de otras disciplinas o especialidades que miran al hombre, como la psicología y la religión.

La psicología moderna71 se detiene a menudo en estudiar las mutuas relaciones del alma y del cuerpo, poniendo de relieve cómo una operación defectuosa del alma puede acarrear al cuerpo daños notables y, viceversa, una afección física puede ser causa de una perturbación del alma. Se afirma, igualmente, que no es raro el caso de una enfermedad somática que, aun no siendo determinada por causas psíquicas, no produzca complicaciones psicológicas de varia naturaleza que, a su vez, repercuten la afección orgánica. Estas y semejantes afirmaciones de escritores contemporáneos impulsan la acción del médico en todo campo en que él esté en condiciones de procurar la salud del cuerpo e, indirectamente, también la del alma, y exigen ser examinadas debidamente en cada caso. Es necesario, por ejemplo, saber distinguir cuándo se trata de psicopáticos constitucionales, más gravemente sujetos a las complicaciones del subconsciente, o de enfermos que presentan fenómenos psíquicos de naturaleza esencialmente reactiva, sobre todo, los ligados a la minoración física congénita o adquirida que la cirugía plástica se propone corregir. Se presenta así una serie de condiciones diversas que el médico debe estudiar con sus anámnesis, con sus investigaciones objetivas que tiene en cuenta en su método curativo para influir no sólo sobre el cuerpo, sino también sobre el estado psíquico, consciente e inconsciente del enfermo, en orden a sus sentimientos, a sus condiciones externas y a su futuro.

De estas breves reflexiones se puede fácilmente argüir cuánta sea la importancia, delicadeza y mérito de vuestra profesión. Como expresión del admirable progreso realizado en estos últimos años por las ciencias médicas, la cirugía plástica corona, por decirlo así, su obra benéfica restituyendo armonía y decoro a los miembros y, a veces también, al espíritu. ¡Cuántas almas, agobiadas por complejos de inferioridad y casi impedidas en su actividad, encuentran dinamismo y serenidad de vida en vuestras hábiles y fraternales manos! ¡Cuántos rostros de hijos de Dios a quienes la desventura ha negado el don de reflejar su belleza recobran la perdida sonrisa mediante vuestra ciencia y arte! Sed siempre conscientes de que vuestra misión puede y debe sobrepasar los tejidos y las formas, llegar hasta el alma, cuya belleza interior enseñaréis a estimar.

Con estos votos y en la confianza de que vuestros estudios señalen cada vez mayores progresos a esta especial cirugía, invocamos los favores celestiales sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros pacientes.


47

Marc. 1, 32.

48

Io. 11, 25.

49

Io. 4, 14.

50

Eph. 4, 12.

51

Disc. e Rad. 15, 253 ss.

52

Ibid.

53

Ibid. pág. 15. 16.

54

A.A.S. 50 (1958) 271-272.

55

Disc. e Rad. 14, 320-329.

56

A.A.S. 50, 276-277.

57

Disc. e Rad. 18, 793.

58

Disc. e Rad. 11, 223-235.

59

Disc. e Rad. 18, 217.

60

Cf. Denzinger, 1151. 1216. 1221. 1288.

61

Disc. e Rad. 13, 342.

62

Disc. e Rad. 15, 373-379.

63

A.A.S. 22 (1930), 559-560.

64

Ibid. 561.

65

Ibid. 564-565.

66

Can. 1092.

67

0 Can. 1084.

68

Cf. S. Th. 1, 91, 3.

69

Ibid. 1, 5, 4 ad 1.

70

Ibid. 1, 39, 8 in c.

71

Cf. p.e. C. J. Jung Psicología dell'incosciente, Geneve 1952, p. 236

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