S.S. Pío XII, II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Discurso sobre el Parto sin Dolor

8 de enero de 1956

Nos han informado acerca de un nuevo adelanto de la ginecología y Nos han suplicado que adoptásemos una posición en relación a aquél desde el punto de vista moral y religioso. Se trata del parto natural, sin dolor, en el cual no se utiliza ningún medio artificial, sino que únicamente se ponen en juego las fuerzas naturales de la madre.

En Nuestra alocución a los miembros del IV Congreso Internacional de Médicos Católicos, del 29 de septiembre de 194911 decíamos que el médico se propone al menos mitigar los males y los sufrimientos que afligen al hombre. Mencionábamos entonces al cirujano, que se esfuerza por evitar lo más posible el dolor en las intervenciones necesarias; al ginecólogo, que procura disminuir los sufrimientos en el nacimiento, sin poner en peligro ni a la madre ni al niño y sin menoscabar los lazos del afecto maternal, que -según se afirma- se anudan ordinariamente en aquel momento. Esta última observación se refería a un procedimiento utilizado por entonces en la Casa de maternidad de una gran ciudad moderna: para evitar los dolores a la madre se le había provocado un estado de hipnosis profunda, pero se comprobó que este procedimiento llevaba consigo una indiferencia afectiva hacia el niño. Algunos, sin embargo, piensan que se puede explicar este hecho de otra manera.

Aleccionados por esta experiencia, en ocasiones sucesivas tuvieron cuidado de despertar a la madre varias veces, durante algunos momentos a lo largo del desenvolvimiento del parto; así se consiguió evitar lo que se temía. Una comprobación análoga se pudo obtener con una narcosis prolongada.

El nuevo método, del cual queremos hablar ahora, no tiene ese peligro; deja a la parturienta su plena conciencia, desde el principio hasta el final, y el pleno uso de sus fuerzas psíquicas (inteligencia, voluntad, afectividad); no quita o, según otros, no disminuye más que el dolor.

¿Qué posición es preciso adoptar con relación a este método desde el punto de vista moral y religioso?

I. Esquema del nuevo método

2. En primer lugar, el parto sin dolor, considerado como un hecho corriente, está en neto contraste con la común experiencia humana, la de hoy y también la del pasado y de los tiempos más remotos.

Las investigaciones más recientes indican que algunas madres dan a luz sin sentir ningún dolor, aunque no se haya utilizado analgésico o anestésino alguno. Demuestran también que el grado de intensidad de los sufrimientos es menor en los pueblos primitivos que en los civilizados; si es de intensidad media en muchos casos, resulta todavía elevado para la mayor parte de las madres, y hasta no es raro que sea insoportable. Tales son las observaciones actuales.

Lo mismo se debe decir de los tiempos pasados, en cuanto las fuentes históricas permiten comprobar el hecho. Los dolores de las mujeres en el parto eran proverbiales; se hacía referencia a ellos para expresar un sufrimiento muy vivo y angustioso, y la literatura, tanto profana como religiosa, nos ofrece las pruebas. Ese modo de hablar es corriente, en efecto, aun en los textos bíblicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, sobre todo en los escritos de los profetas. Nos citaremos aquí algunos ejemplos. Isaías compara a su pueblo con la mujer que, en el instante del alumbramiento, sufre y se queja12. Jeremías, que ve delante al aproximarse del juicio de Dios, dice: Oigo gritos como de mujer en parto; alaridos como los de una mujer que da a luz por vez primera13. En la tarde anterior a su muerte, el Señor compara la situación de sus Apóstoles a la de la madre que espera el momento del alumbramiento: La mujer cuando pare siente tristeza, porque llega su hora. Pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber venido al mundo hombre14.

Todo esto permite afirmar, como un hecho aceptado entre los hombres de ayer y de hoy, que la madre da a luz en el dolor. Y a esto se opone el nuevo método.

a) Consideraciones generales preliminares hechas por los partidarios del nuevo método

3. Dos consideraciones generales, hechas por los partidarios de este método, guían y orientan al que quiere delinear sus rasgos principales: la primera se refiere a la diferencia entre la actividad indolora y la actividad dolorosa de los órganos y de los miembros; la otra, al origen del dolor y a su relación con la función orgánica.

Las funciones del organismo, se dice, cuando son normales y se realizan como deben, no van acompañadas de sensaciones dolorosas; éstas denotan la presencia de alguna complicación; de otra forma, la naturaleza estaría en contradicción consigo misma, dado que asocia el dolor a un proceso determinado, con el fin de provocar una reacción de defensa y de protección contra lo que le sería nocivo. El parto normal es una función natural y, por lo tanto, debería producirse sin dolor. ¿De dónde, pues, viene éste?

La sensación de dolor -se responde- viene de la corteza cerebral, y está regulada por ella, siendo allí donde llegan las excitaciones y señales de todo el organismo. Sobre éstas, el órgano central reacciona de manera muy distinta; algunas de estas reacciones (o reflejos), reciben de la naturaleza un carácter preciso y están asociadas por ella a procesos determinados (reflejos absolutos); para otras, por lo contrario, la naturaleza no ha fijado ni su carácter ni sus conexiones, sino que están determinadas de otra manera (reflejos condicionados).

Las sensaciones de dolor están en el número de los reflejos (absolutos o condicionados), que tienen su origen en la corteza cerebral. La experiencia ha probado que, gracias a las asociaciones establecidas arbitrariamente, es posible provocar sensaciones de dolor aun cuando la excitación que las provoca sea de por sí totalmente incapaz de ello.

En las relaciones humanas, esos reflejos condicionados tienen por agentes más eficaces y más frecuentes el lenguaje, la palabra hablada o escrita o, si se quiere, la opinión que reina en un ambinte y que todos condividen y expresan por medio del lenguaje.

b) Elementos del nuevo método

4. Así se comprende el origen de las vivas sensaciones de dolor sentidas en el alumbramiento: éstas son consideradas por ciertos autores como debidas a reflejos condicionados -opuestos- desencadenados por erróneos complejos ideológicos y afectivos.

Los discípulos del ruso Pavlov (fisiólogos, psicólogos, ginecólogos), sacando partido de las investigaciones de su maestro sobre los reflejos condicionados, presentan en sustancia la cuestión de la manera siguiente:

Fundamento

5. El parto no ha sido siempre doloroso, pero se ha hecho tal en el curso de los tiempos a causa de los "reflejos condicionados". Estos han podido tener su origen en un primer parto doloroso; quizá la herencia tiene allí también su parte, pero éstos no son más que factores secundarios. El motivo principal de ello es el lenguaje y la opinión del ambiente que él manifiesta: el alumbramiento -dicen- es "la hora difícil de la madre", es una tortura impuesta por la naturaleza que entrega a la madre, indefensa, a sufrimientos insoportables. Esta asociación, creada por el ambiente, provoca el temor del alumbramiento y el temor a los dolores terribles que lo acompañan. Así, cuando las contradicciones musculares del útero se hacen sentir, al principio del parto, surge la reacción de defensa del dolor; este dolor provoca una contracción muscular y ésta, a su vez, un acrecentamiento de dolores. Los dolores, pues, son reales, pero se derivan de una causa falsamente interpretada. En el parto, son reales las contracciones normales del útero y las sensaciones orgánicas que lo acompañan; pero estas sensaciones no son interpretadas por los órganos centrales como lo que realmente son: simples funciones naturales; en virtud de los reflejos condicionados, y en particular del enorme temor, se convierten en sensaciones dolorosas.

Finalidad

6. Tal sería la génesis de los dolores puerperales.

De aquí se deduce cuál ha de ser el fin y la tarea de la obstetricia sin dolor. Aplicando los conocimientos científicos adquiridos, debe primero disociar las asociaciones que ya existen entre las sensaciones normales de las contracciones del útero y las reacciones de dolor de la corteza cerebral. De este modo se anulan los reflejos condicionados negativos. Al mismo tiempo hay que crear nuevos reflejos, positivos, que reemplazarán a los reflejos negativos.

Aplicación práctica

7. La aplicación práctica consiste en dar en primer lugar a las madres (mucho antes de la época del alumbramiento) una enseñanza profunda, adaptada a su capacidad intelectual, sobre los procesos naturales que se desarrollan en ellas durante el embarazo, y de un modo particular durante el parto. Ellas conocían ya estos procesos naturales de alguna manera, pero las más de las veces sin percibir claramente su conexión. Así, muchas cosas quedaban todavía envueltas en una oscuridad misteriosa y se prestaban incluso a falsas interpretaciones. Los reflejos condicionados característicos adquirían también una fuerza de acción considerable, mientras la angustia y el temor encontraban en ellos un elemento constante. Todos estos elementos negativos serían eliminados por la enseñanza antedicha.

Al mismo tiempo se hace un insistente llamamiento a la voluntad y al sentimiento de la madre con el fin de que no permita surgir sentimientos de temor infundados o que como tales les han sido presentados; hay también que rechazar una impresión de dolor que quizá tendería a manifestarse, pero que en todo caso no está justificada y no se basa, como se les ha enseñado, más que en una falsa interpretación de las sensaciones orgánicas naturales del útero que se contrae. Sobre todo, se procura llevar a las madres a estimar la grandeza natural y la dignidad de lo que ellas cumplen en el momento de dar a luz. Se les dan también expicaciones técnicas detalladas de lo que es necesario hacer para asegurar el perfecto desarrollo del alumbramiento; se les enseña, por ejemplo, cómo han de poner exactamente en movimiento la musculatura, cómo han de respirar bien. Esa enseñanza se da bajo la forma de ejercicios prácticos para que la técnica haya llegado a serles familiar en el momento del parto. Se trata, pues, de guiar a las madres y de ponerlas en condiciones de que soporten el parto, no de un modo puramente pasivo, como si se tratase de un proceso fatal, sino adoptando una postura activa, influyendo en él con la inteligencia, la voluntad, la afectividad, de suerte que se realice en el sentido querido por la naturaleza y con ella.

Mientras dura el parto, la madre no está abandonada a sí misma; está asistida y con el control permanente de un personal formado según las nuevas técnicas y que le recuerda lo que ella ha aprendido, le indica en el momento oportuno lo que tiene que hacer, evitar o modificar, y que en caso necesario rectifica rápidamente sus errores y la ayuda a corregir las anomalías que se pudieran presentar.

Tal es en lo esencial, según los investigadores rusos, la teoría y la práctica del parto sin dolor. Por su parte, el inglés Grantly Dick Read ha presentado una teoría y una técnica análoga en un cierto número de puntos; sin embargo, en sus principios filosóficos y metafísicos se aleja sustancialmente de la misma, ya que no se apoya como aquéllos en una concepción materialista.

Extensión y éxito

8. Por lo que se refiere a la extensión y al éxito del nuevo método llamado método psico-profiláctico), se afirma que en Rusia y China se ha utilizado ya en centenares de millares de casos. Se ha implantado también en diversos países de Occidente; varias maternidades municipales han puesto a su disposición particulares secciones. Las Casas de maternidad organizadas exclusivamente según estos principios, son poco numerosas hasta el día de hoy en Occidente; Francia, entre otras, tiene una (comunista) en París; también en Francia, dos instituciones católicas, en Jallieu y Cambrai, han adoptado completamente este método en sus salas, sin sacrificar lo que había resultado bueno anteriormente.

En cuanto al éxito, se afirma que es muy importante: de los alumbramientos acaecidos de esta manera, un 85 a un 90 por 100 lo han sido realmente sin dolor.

II. Valoración del nuevo método

1) científica

9. Después de haber trazado el esquema de este método, pasamos a su valoración. En la documentación que se Nos ha enviado se encuentra esta nota característica: "Para el personal, la primera exigencia indispensable es la fe incondicional en el método". ¿Será posible exigir una fe absoluta de este género, sobre la base de resultados científicos seguros?

El método contiene, sin duda, elementos que se deben considerar como científicamente probados; algunos tienen sólo una gran probabilidad; otros no son más (por lo menos en este momento) que de índole problemática. Está científicamente comprobado que existen reflejos condicionados en general; que determinadas representaciones o ciertos estados afectivos pueden asociarse con determinados acontecimientos, y que este caso puede verificarse para las sensaciones de dolor. Pero que esté ya probado (o por lo menos que se pueda probar) que los dolores del alumbramiento son debidos únicamente a esta causa, no es una verdad evidente para todos en la hora actual. También algunos críticos serios formulan reservas respecto al axioma que se afirma casi a priori: "Todos los actos fisiológicamente normales y, por lo tanto, el nacimiento normal, deben realizarse sin dolor, pues, en caso contrario, la naturaleza estaría en contradicción consigo misma". Ellos no admiten que sea universalmente válido sin excepción, ni que la naturaleza estaría en contradicción consigo misma, si hubiera hecho del parto un acto intensamente doloroso. En efecto, dicen, sería perfectamente comprensible fisiológica y psicológicamente que la naturaleza, preocupada por la madre que engendra y por el niño engendrado, logre con ello que se tenga conciencia, de una manera ineluctable, de la importancia de este acto y quiera así obligar a que se tomen las medidas necesarias con relación a la madre y al niño.

Dejemos a los especialistas competentes la comprobación científica de estos dos axiomas, que unos sostienen como ciertos y otros como discutibles; sin embargo, es necesario, para decidir acerca de la verdad o falsedad, atenerse a un criterio objetivo decisivo: "El carácter científico y el valor de un descubrimiento se deben apreciar exclusivamente en relación a su conformidad con la realidad objetiva". Es importante no descuidar aquí la distinción entre "verdad" y "afirmación" ("interpretación", "subsunción", "sistematización") de la verdad. Si la naturaleza ha hecho el parto sin dolor en la realidad de los hechos, si después ha llegado a ser doloroso a causa de los reflejos condicionados, si puede de nuevo llegar a ser sin dolor, si todo esto no es solamente afirmado, interpretado, construido sistemáticamente, sino que puede realmente demostrarse, se deduce que los resultados científicos son verdaderos. Si esto no es así, o no es, al menos por ahora, posible obtener una certeza completa a este respecto, es necesario abstenerse de toda afirmación absoluta y considerar las conclusiones obtenidas como "hipótesis" científicas.

Renunciando a dar un juicio definitivo sobre el grado de certeza científico del método psicoprofiláctico, pasamos a examinar el problema desde el punto de vista moral.

2) ética

Este método ¿es moralmente irreprensible? La contestación, que debe tener en cuenta el objeto, el fin y el motivo, se enuncia brevemente: "En sí mismo, no tiene nada de reprobable desde el punto de vista moral".

La enseñanza dada sobre la obra de la naturaleza en el parto; la corrección de la interpretación falsa de las sensaciones orgánicas y la invitación a corregirla; la influencia ejercida para hacer desaparecer la angustia y el temor infundados; la ayuda concedida para que la parturienta colabore oportunamente con la naturaleza, conserve su calma y el dominio de sí misma; una conciencia acrecentada sobre la grandeza de la maternidad en general y, en particular, sobre la hora en que la madre da a luz al hijo; todos estos son valores positivos a los cuales no hay nada que reprochar; son beneficios para la parturienta y están plenamente conformes con la voluntad del Creador. Visto y entendido de esta manera, el método es una ascesis natural que protege a la madre contra la superficialidad y la ligereza, ejerce un influjo positivo sobre su personalidad, para que en una hora tan importante como es la del alumbramiento, manifieste la firmeza y la solidez de su carácter. Todavía bajo otros aspectos, el método puede dar resultados morales positivos. Si se logra eliminar el dolor y el temor al alumbramiento, se disminuye a menudo, por lo mismo, el incentivo a cometer acciones inmorales en el uso de los derechos del matrimonio.

En lo que se refiere a los motivos y a la finalidad de los auxilios prestados a la parturienta, la acción material, como tal, no lleva consigo ninguna justificación moral, ni positiva ni negativa; es asunto que corresponde a quien preste su ayuda. Puede y debe llevarse a cabo por motivos y fines irreprochables, tales como el interés presentado por un hecho puramente científico; el sentimiento natural y noble que hace estimar y amar en la madre a la persona humana, que quiere hacerle el bien y asistirla; una disposición profundamente religiosa y cristiana, que se inspira en ideales de un cristianismo vivo. Pero puede suceder que la asistencia busque un fin y obedezca a motivos inmorales; en este caso, es la actividad personal del que presta la ayuda la que sufre el perjuicio; el motivo inmoral no transforma la asistencia buena en una cosa mala, al menos en lo que se refiere a su estructura objetiva; e, inversamente, una asistencia buena en sí no puede justificar un motivo malo o dar la prueba de su bondad.

3) teológica

10. Falta decir una palabra acerca de la valoración teológica y religiosa, en cuanto se la distingue del valor moral en sentido estricto. El nuevo método se presenta a menudo como formando parte de una filosofía y de una cultura materialista y en oposición a la Sagrada Escritura y al cristianismo.

La ideología de un investigador y de un sabio no es en sí una prueba de la verdad y del valor de lo que ha descubierto y expuesto. El teorema de Pitágoras o (para no salir del campo de la Medicina) las observaciones de Hipócrates, que se han reconocido exactas, los descubrimientos de Pasteur, las leyes de la herencia de Mendel, no deben la verdad de su contenido a las ideas morales y religiosas de sus autores. No son ni "paganas" porque Pitágoras e Hipócrates eran paganos, ni "cristianas" porque Pasteur y Mendel eran cristianos. Estos adelantos científicos son verdaderos porque -y en la medida en que- responden a la realidad objetiva.

Del mismo modo, un investigador materialista puede hacer un descubrimiento científico real y verdadero; pero esta aportación no constituye de ninguna manera un argumento a favor de sus ideas materialistas.

El mismo razonamiento vale para la cultura a la cual pertenece un sabio. Sus descubrimientos no son verdaderos ni falsos porque hayan salido de tal o cual cultura, de la cual él ha recibido la inspiración y que ha impreso en él un sello profundo.

Las leyes, la teoría y la técnica del parto natural, sin dolor, son válidas, sin duda, pero han sido elaboradas por sabios que en su mayoría profesan una ideología, pertenecen a una cultura materialista; esta ideología y esta cultura no son verdaderas porque los resultados científicos citados anteriormente lo sean. Y aún es mucho menos exacto que los resultados científicos sean verdaderos y hayan sido demostrados tales porque sus autores y las culturas de las que ellos provienen tengan una orientación materialista. Los criterios de la verdad son de otra manera.

El cristiano convencido no encuentra nada en sus ideas filosóficas y en su cultura que le impida ocuparse seriamente, en teoría y en práctica, del método psicoprofiláctico; él sabe, como regla general, que la realidad y la verdad no se identifican con su interpretación, subsunción o sistematización, y que, por consiguiente, puede al mismo tiempo aceptar completamente lo uno y rechazar enteramente lo otro.

4) el nuevo método y la Sagrada Escritura

11. Una crítica del nuevo método, desde el punto de vista teológico, debe particularmente tener en cuenta la Sagrada Escritura, porque la propaganda materialista pretende encontrar una contradicción clarísima entre las verdades de la ciencia y las de la Escritura. En el Génesis15 se lee: In dolore paries filios ("Darás a luz en el dolor"). Para entender bien estas palabras es necesario considerar la condena impuesta por Dios en el conjunto de su contexto. Infligiendo este castigo a los primeros padres y a su descendencia, Dios no quiso impedir, ni ha impedido a los hombres, el investigar y utilizar todas las riquezas de la creación, hacer que la cultura progreso paso a paso; hacer la vida de este mundo más soportable y más hermosa; suavizar el trabajo y la fatiga, el dolor, la enfermedad y la muerte; en una palabra, someter a sí la tierra16.

Del mismo modo, castigando a Eva, Dios no quiso impedirle, y no ha impedido a las madres, el utilizar los medios apropiados para hacer el parto más fácil y menos doloroso. A las palabras de la Escritura no es necesario buscar una escapatoria; permanecen verdaderas en el sentido entendido y expresado por el Creador: la maternidad dará mucho que sufrir a la madre. ¿De qué manera precisa ha concebido Dios este castigo y cómo lo ejecutará? La Escritura no lo dice. Algunos pretenden que el parto fue en sus orígenes completamente sin dolor y que se hizo doloroso más tarde (tal vez a consecuencia de una interpretación errónea del juicio de Dios) merced a la auto y hetero-sugestión de las asociaciones arbitrarias, de los reflejos condicionados y a consecuencia del comportamiento equivocado de las parturientas; hasta aquí, sin embargo, estas afirmaciones, en su conjunto, no han sido probadas. Por otra parte, puede ser verdad que un incorrecto comportamiento psíquido o físico de las parturientas sea susceptible de aumentar mucho las dificultades del parto y las haya aumentado en realidad.

La ciencia y la técnica pueden, pues, servirse de las conclusiones de la psicología experimental, de la fisiología y de la ginecología (como en el método psicoprofiláctico) con el fin de eliminar las fuentes de errores y los reflejos condicionados dolorosos, y de hacer que el alumbramiento sea lo menos doloroso posible; la Escritura no lo prohibe.

12. Como conclusión, añadimos algunas observaciones sobre la obstetricia cristiana.

La caridad cristiana siempre se ha preocupado de las madres en el momento del parto. Se ha esforzado, e incluso hoy se esfuerza, por procurarles una asistencia eficaz psíquica y física, según el estado de progreso de la ciencia y de la técnica. Quizá sea éste el momento de los nuevos adelantos del método psicoprofiláctico, en la medida en que encuentren la aprobación de los estudiosos serios. La obstetricia cristiana puede, aquí, incluir en sus principios y en sus métodos todo lo que es correcto y justificado.

Sin embargo, es de desear que no se contente con esto sólo para las personas capaces de recibir más, y que no deje ninguno de los valores religiosos que ponía en juego hasta ahora. En Nuestra alocución al Congreso de la Asociación Italiana de Comadronas Católicas, del 29 de octubre de 195117, hemos hablado con detalle del apostolado que las comadronas católicas son capaces de prodigar y que están llamadas a realizar en el ejercicio de su profesión; por ejemplo, recordábamos el apostolado personal, es decir, el que ejercer por medio de su ciencia, de su arte, de la solidez de su fe cristiana18; después, el apostolado de la maternidad, procurando recordar a las madres su dignidad, su seriedad y su grandeza. Aquí se aplica lo que hemos dicho hoy, ya que ellas asisten a la madre en la hora del alumbramiento. La madre cristiana recibe de su fe y de su vida de gracia la luz y la fuerza para poner en Dios una plena confianza, para sentirse bajo la protección de la Providencia y también para aceptar con gusto lo que Dios le mande sufrir; sería, pues, un dolor que la obstetricia cristiana se limitara a ofrecerle auxilios de orden puramente natural, psicoprofilácticos.

Dos puntos merecen aquí ser subrayados: el cristianismo no interpreta el sufrimiento o la cruz de un modo puramente negativo. Si la nueva técnica le evita los sufrimientos del parto o los atenúa, la madre puede aceptarla sin ningún escrúpulo de conciencia; pero no está obligada a ello. En caso de éxito parcial o de fracaso, sabe que el sufrimiento puede ser una fuente de bien si lo soporta con Dios y por obedecer a su voluntad. La vida y el sufrimiento del Señor, los dolores que tantos hombres grandes han soportado y hasta han buscado, gracias a los cuales se han perfeccionado y han subido hasta las cumbres del heroísmo cristiano; los ejemplos cotidianos de aceptación resignada de la cruz, que se ofrecen a Nuestra vista, todo esto revela la significación del sufrimiento, de la aceptación paciente del dolor en la economía actual de la salvación, durante el tiempo de esta vida terrenal.

Segunda observación: El pensamiento y la vida cristianas, y consiguientemente la obstetricia cristiana, no atribuyen un valor absoluto a los progresos de la ciencia y a los refinamientos de la técnica. Por lo contrario, un pensamiento y una concepción de la vida, según inspiración materialista, encuentran esta postura natural; les sirve de religión o de sucedáneo de religión. El cristiano, aunque aplauda los nuevos descubrimientos científicos y los utilice, rechaza todo lo que sea apoteosis materialista de la ciencia y de la cultura. Sabe que éstas ocupan un lugar en la escala objetiva de los valores; pero sin que este lugar sea el último, no es tampoco el primero. También, en cuanto a ellas, el cristiano repite hoy como ayer y como siempre: Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia19. El más alto, el último valor del hombre, se encuentra no en su ciencia y en sus capacidades técnicas, sino en el amor de Dios y en la entrega a su servicio. Por estas razones, el cristiano, ante el descubrimiento científico del parto sin dolor, se guarda de admirarlo sin reserva o de utilizarlo con un entusiasmo exagerado; lo juzga de una manera positiva y con reflexión, a la luz de la recta razón natural, y de aquella otra luz más viva de la fe y del amor que emana de Dios y de la cruz de Cristo.

Discurso sobre las "Coronarias"

9 de mayo de 1956

Las circunstancias que motivan vuestra presencia aquí, Señores, son para Nos un motivo de gran gozo y, para muchos de los hombres que sufren, las primicias de una gran esperanza. En efecto, para añadir especial brillantez a la inauguración del hospital de San Giovanni Rotondo, habéis querido tener un "simposio" sobre las enfermedades de las coronarias y señalar así la significación de aquella nueva institución, llamada a introducir, en la cura de los enfermos, una concepción a la vez más profundamente humana y más sobrenatural. Os acogemos, pues, con benevolencia y os expresamos toda Nuestra estima por la noble profesión que ejercéis y por los elevados fines que ella persigue.

El hospital de San Giovanni Rotondo, que ahora abre sus puertas, es el fruto de una intuición de las más profundas, de un ideal madurado largamente y afinado con el contacto de las más diversas y crueles formas del sufrimiento moral y físico de la humanidad. Quien por deber está llamado a cuidar las almas o los cuerpos, no tarda en medir hasta qué punto el dolor corporal, bajo todos sus aspectos, alcanza al hombre entero y hasta las capas más profundas de su ser moral; el dolor le obliga a plantearse de nuevo las cuestiones fundamentales de su destino, de su actitud hacia Dios y hacia los otros hombres, de su responsabilidad individual y colectiva, del sentido de su peregrinación terrenal. También la medicina, si quiere ser verdaderamente humana, ha de abordar la persona en su totalidad, cuerpo y alma. Mas, de otra parte, ella es incapaz por sí misma, puesto que no tiene autoridad alguna ni mandato que la autorice a intervenir en el dominio de la conciencia. Por ello solicita colaboración que prolongarán su obra y la conducirán a su verdadero acabamiento. Situado en las condiciones ideales, desde el punto de vista material y moral, el enfermo tendrá menos dificultad en reconocer, en quienes se afanan por curarle, unos auxiliares de Dios, preocupados por preparar el camino a la intervención de la gracia, y así la misma alma será restablecida en la plena y luminosa inteligencia de sus prerrogativas y de su vocación sobrenatural. Con esta condición solamente, se podrá hablar con toda verdad de un alivio eficaz del sufrimiento; por todo ello, el refugio de caridad, de devoción, de comprensión que se acaba de inaugurar en San Giovanni Rotondo, ha querido llamarse "Casa-Alivio del Sufrimiento".

Conocidas son las fatigas, las preocupaciones, las dificultades que han jalonado el progreso de esta obra, sin frenar el entusiasmo que la ha inspirado. De 1947 a 1956, ha sido edificada pacientemente, tenazmente, y ahora se presenta como una realidad magnífica, uno de los hospitales mejor dotados de Italia, gracias a los perfeccionamientos de la técnica moderna, y uno de los mejores de las regiones meridionales; los servicios de radiología, en particular, han sido provistos de instalaciones las más perfectas posible.

2. El "simposio" que os reúne con motivo de su inauguración aborda una materia importante y difícil, en la cual vosotros, Señores, habéis adquirido una gran maestría, consagrada por el renombre de vuestros trabajos. Materia importante, porque las enfermedades de las arterias coronarias están hoy ampliamente extendidas y son responsables de numerosas defunciones. Materia difícil a causa de su complejidad: en ella quedan aún muchos puntos inciertos; por ejemplo, en la distribución anatómica y en la estructura de las coronarias, y en la regulación de la vasoconstricción o en la vasodilatación coronaria. Vuestro simposio abarca con amplitud el campo de estas enfermedades: la historia de los trabajos que las han hecho conocer, la anatomía patológica de las arterias coronarias, los síndromes de sus insuficiencias, los medios actuales de diagnóstico y de estudio, los remedios previstos por la farmacología y la cirugía.

Se conocen, hace ya mucho tiempo, los síndromes clínicos en relación con los trastornos de la nutrición del miocardio, ya sean debidos a alteraciones anatómicas, ya a vicios funcionales del sistema de la circulación coronaria. Las coronaritis, a las cuales, a fines de siglo, se atribuía la responsabilidad principal de los dolores de angina de pecho, fueron relegadas a segundo término, en provecho de la teoría aórtica; pero recuperaron toda su importancia después de la guerra de 1914, desde la que los progresos de la electrocardiografía permitieron utilizarla para el estudio de las anomalías morfológicas del corazón. Al mismo tiempo, la histopatología intensificaba el examen minucioso de las lesiones arteriales y de los síndromes isquémicos del músculo cardiaco, mientras observaciones y discusiones numerosas enriquecían sin cesar la documentación de esta materia. Desde hace unos veinte años, sobre todo, la técnica de la electrocardiografía, gracias a los trabajos de las escuelas americanas, y de Wilson en particular, ha conquistado una posición de primer plano entre los métodos de investigación cardiológica. Los diagnósticos se hacen más seguros, la terapéutica dispone de orientaciones sólidas. Queda, sin embargo, el hecho de que la síntesis de datos tan complejos encuentra aún muchas resistencias: si la comodidad de la exposición autoriza distinciones precisas, la realidad de los hechos presenta variedades de forma, que se escalonan en una progresión continua. Así, en la etiología de la angina de pecho y del infarto, aunque pueden acusarse generalmente lesiones anatómicas caracterizadas, pueden éstas faltar alguna vez y entonces habrá que recurrir al elemento funcional, más incierto y más desconcertante. La insuficiencia de la circulación coronaria en alimentar el miocardio puede deberse a la esclerosis vascular, pero también a las condiciones dinámicas de la circulación de la sangre, por ejemplo a las variaciones de la presión, que reina en la porción inicial de la aorta, y a la calidad misma de su aportación nutritiva; todos estos elementos dependen, a su vez, de la acción del sistema nervioso vegetativo y se encuentran, en las más variables proporciones, en el origen de un mismo síndrome.

3. En lo que concierne al dolor en los síndromes coronarios, se tiende a conceder cada vez más importancia al papel que juega el sistema de inervación. No siempre es posible encontrar, para justificar el dolor de la angina, una lesión orgánica de las coronarias. En este caso, el paciente es considerado simplemente como un nervioso, y, sin embargo, puede suceder que un grave ataque doloroso determine la muerte. Hay casos en los cuales, como consecuencia de un dolor torácico, se dio un diagnóstico de trombosis coronaria, confirmado luego por el diagrama electrocardiográfico. Para uno u otro de estos pacientes, fallecidos por muerte violenta, la autopsia demostró que las coronarias y el miocardio estaban perfectamente sanos, y el electrocardiograma, examinado de nuevo, fue encontrado normal. Por todo lo cual necesario es proceder con la mayor prudencia cuando se formula un diagnóstico.

No menos importantes, desde el punto de vista clínico, son los síndromes coronarios reflejos. Hace ya algunas decenas de años que se conocen las estrechas relaciones existentes entre los aparatos digestivo y cardiovascular, y la posibilidad de que ciertas afecciones del uno repercutan diferentemente sobre el otro, determinando así un complejo de síntomas que no es fácil interpretar. Así, en casos de pneumatosis gástrica o duodenal, de desviación del esófago, pueden manifestarse crisis de angina típicas. ¿Quién no ve, pues, la importancia del capítulo de la patología refleja de la circulación coronaria? Además de que, en aquellos casos, no se ha de despreciar la intervención de factores predispositivos, que determinan el reflejo vago-coronario.

4. Entre las causas de la esclerosis coronaria, que constituye la base anatómica fundamental de las interpretaciones de la sintomatología, la edad ocupa el primer lugar; la vejez arterial, se manifiesta aquí de una manera particularmente grave, y la frecuencia del infarto manifiesta, acaso, una consecuencia del ritmo trepidante de la vida moderna y del desgaste que ella determina en el organismo. ¿Acaso no es típico que, por lo menos según ciertas estadísticas, las clases acomodadas de la sociedad y las profesiones liberales sufren particularmente esos ataques? El sexo, el tipo morfológico, la herencia, figuran también entre los factores importantes en la etiología de las coronaritis, donde la distonía neurocirculatoria reivindica, como Nos lo recordábamos antes, una buena parte.

Las manifestaciones de la insuficiencia coronaria son bien conocidas; el infarto y la angina de pecho denuncian de manera aguda la angustia de un órgano súbitamente privado de los recursos nutritivos indispensables para su funcionamiento y que lucha dramáticamente por vencer la crisis. La evolución de la enfermedad es al principio lenta y casi silenciosa; después se asiste a un accidente brutal o a una serie de crisis, cortadas alguna vez por treguas imprevistas, que terminan con la muerte súbita o precedida de una larga y penosa enfermedad.

5. Las investigaciones a las que se entrega la ciencia médica para detallar las modalidades de las enfermedades coronarias tienden, naturalmente, a instaurar una terapéutica más precisa y más eficaz. Se han estudiado metódicamente todas las sustancias vasomotrices y se trabaja por determinar su acción sobre el sistema vascular, y en particular sobre las coronarias; se encuentran medicamentos nuevos, que vienen a enriquecer el arsenal del médico; se intentan hasta intervenciones quirúrgicas sobre el simpático y las vías nerviosas, a fin de suprimir el dolor y obtener una vasodilatación temporal o permanente. Se ha ensayado también reforzar el régimen arterial por medio de una revascularización directa, como, entre otros, por injertos musculares o pulmonares.

Por lo tanto, el médico, enfrentado con un caso preciso de esclerosis coronaria, debe hacer llamamiento a toda su intuición para interpretar correctamente los síntomas que tiene bajo sus ojos y los resultados de la electrocardiografía: conviene no solamente tener presentes en el espíritu todas las posibilidades de interpretación previstas por las teorías patogénicas, sino, sobre todo, saber escoger, por una especie de adivinación, apoyada ciertamente en estas teorías, pero más aún en la práctica clínica, la única solución verdaderamente saludable para el enfermo. Las ciencias de la vida, más que otras, dejan lugar a lagunas, a elementos imprevisibles, e imponen al práctico una intervención pronta y prudente, aun sustrayéndose, muchas veces, a las reglas mejor comprobadas.

6. El extendido papel de las causas funcionales en las insuficiencias del miocardio y la impotencia relativa del tratamiento médico invitan a subrayar la importancia de las medidas profilácticas, sobre todo en materia de higiene y de dietética, ya se trate de equilibrar los tiempos de trabajo y de reposo, la actividad intelectual y el descanso físico, o de regular el régimen de alimentación o la actuación de las reacciones emotivas. Y, sin duda, es oportuno no olvidar la parte del equilibrio psicológico profundo, del descanso y de la seguridad, que confiere a la acción humana la paz íntima del alma, cuando ella está de acuerdo con las exigencias morales y espirituales de su ser.

Así, en el campo restringido de vuestra especialidad, es la actuación del hombre entero la que viene a reflejarse. ¡Qué prueba más elocuente de la armonía maravillosa que habría de reinar en el ser humano, si éste con su culpa no hubiera introducido el desorden! La fragilidad irremediable de la naturaleza se acusa en la impotencia de los remedios tanto para contener una decadencia progresiva como para prevenir la aparición de la muerte repentina.

La moderación del género de vida, el dominio de sí, que supone la observancia de las reglas de la higiene, dictadas por la estructura misma del cuerpo y su funcionamiento, sugieren, por lo tanto, la idea de una disciplina superior del espíritu, constituida ante todo por la lealtad y la sumisión humilde a lo real, al mundo tal como Dios lo ha hecho, a la sociedad humana y a las leyes que lo rigen. El respeto fundamental de las leyes de la vida, psíquica, moral y espiritual, el reconocimiento de la soberanía de Dios y de su intervención misericordiosa en la historia de la humanidad para salvarla, deben llegar hasta la aceptación del sufrimiento y de la muerte. Estote parati, quia qua nescitis hora, filius hominis venturus est20 -"Estad preparados, porque en la hora que ignoráis, vendrá el Hijo del Hombre": esta palabra del Señor tiene aquí valor de advertencia y revela al mismo tiempo el epílogo del drama: el encuentro del hombre con el Señor, hacia el cual él ha marchado. Sólo entonces se ilumina todo el itinerario; en esta luz, nacida de la fe, es donde se torna aceptable, para los que sufren, el peso de su dolor, sincera la comprensión y eficaz el auxilio de quienes les asisten.

Nos querríamos, Señores, que en el cumplimiento de vuestra noble tarea científica, al servicio de los hombres que sufren, apoyéis vuestras razones de vivir y de actuar sobre las certezas más altas, que Nos acabamos de evocar, y que con ellas iluminéis a vuestros colaboradores, a vuestros enfermos y vuestro ambiente. Implorando sobre vosotros y sobre los vuestros la abundancia de las gracias divinas, e invocándolas también sobre los promotores de la "Casa-Alivio del Sufrimiento", sobre su personal, sobre sus enfermos y todos sus bienhechores, de todo corazón, Nos os damos, como prenda, Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso sobre las "Córneas"

14 de mayo de 1956

Nos habéis pedido, Señores, una palabra de orientación, de aprobación y de aliento para vuestra Asociación, que mediante los recursos técnicos y científicos de la cirugía moderna quiere ayudar a los ciegos y a los que padecen enfermedad visual. De buen grado Nos proponemos tratar en esta breve alocución del objetivo que os proponéis.

La abundante documentación que Nos habéis procurado sobrepasa con mucho el tema preciso que tenemos intención de desarrollar. Concierne al conjunto del problema, cada día más agudizado, del trasplante de tejidos de una persona a otra, según sus aspectos biológico y médico, técnico y quirúrgico, jurídico, moral y religioso. Nos limitamos a los aspectos religioso y moral del trasplante de la córnea, no entre hombres vivos (de esto no hablaremos hoy), sino del trasplante de córnea de un cuerpo muerto a otro viviente. Nos veremos, sin embargo, obligados a desbordar este tan reducido campo para hablar de algunas opiniones que con esta ocasión hemos conocido.

Hemos examinado las diversas "memorias" que Nos habéis comunicado; por su objetividad, su sobriedad, su precisión científica, por las explicaciones que ofrecen sobre las previas condiciones necesarias para un trasplante de la córnea, sobre su diagnóstico y su pronóstico, Nos han causado una profunda impresión.

2. Antes de abordar el tema propiamente dicho, séanos permitido hacer dos observaciones de carácter más general. La "terminología" que aparece en las "memorias" y en los textos impresos distingue "autoinnesto" o auto-injerto, trasplantes de tejidos de una parte a otra del cuerpo en un solo y mismo individuo; "homoinnesto" u homoinjerto, trasladados de tejidos de un individuo a otro de la misma especie (es decir, en este caso, de hombre a hombre); "heteroinnesto" o heteroinjerto, trasplantes de tejidos entre dos individuos de especies diferentes (es decir, aquí, entre un animal y un organismo humano). Este último caso exige algunas precisiones desde el punto de vista religioso y moral. No se puede decir que todo trasplante de tejidos (biológicamente posible) entre individuos de especies diferentes sea moralmente condenable; pero aún es menos cierto que ningún trasplante heterogéneo, biológicamente posible, esté prohibido o que no pueda ofrecer objeción alguna. Es necesario distinguir los casos concretos, y examinar qué tejidos o qué órgano se trata de trasplantar. El trasplante -al hombre- de glándulas sexuales animales, debe rechazarse como inmoral; por lo contrario, el trasplante de la córnea de un organismo no humano a un organismo humano no entrañaría ninguna dificultad moral, si biológicamente fuera posible e indicada. Si se quisiera fundar en la diversidad de especies la prohibición moral absoluta del trasplante, sería necesario, en buena lógica, declarar inmoral la terapia celular, practicada actualmente con una frecuencia cada día mayor; a menudo se toman células vivas de un organismo no humano para trasplantarlas a un organismo humano, donde aquéllas ejercen su acción.

Hemos hallado también en las explicaciones terminológicas de la obra más recientemente impresa una observación, que toca al tema mismo de Nuestra presente alocución. En aquélla se precisa que la expresión "innesto", utilizada para designar el trasplante de partes de un cuerpo muerto a un hombre viviente, es inexacta y empleada impropiamente. El texto dice: "Impropiamente se viene llamando también "innesto" el empleo de tejidos "fijados" (muertos o conservados); sería, en cambio, más exacto hablar de "implantación" o "inclusión" de un tejido muerto en un tejido viviente. A vosotross os corresponde examinar esta opinión desde el punto de vista médico; desde el punto de vista filosófico y teológico, la crítica está justificada. El trasplante de un tejido o de un órgano de un muerto a un viviente no es trasplante de un hombre a otro hombre; el muerto era un hombre, pero no lo es ya.

Hemos notado también en la documentación impresa otra observación que se presta a confusión y que Nos estimamos tener que rectificar. Para demostrar que la extirpación de órganos necesarios para la trasplantación hecha de un viviente a otro es conforme a la naturaleza y lícita, se la sitúa en el mismo nivel que la de un organismo físico determinado, hecha en beneficio de un organismo físico total. Los miembros del individuo serían considerados aquí como partes y miembros del organismo total que constituye la "humanidad", de la misma manera -o casi- que son parte del organismo individual del hombre. Se argumenta entonces diciendo que si está permitido, en caso de necesidad, sacrificar un miembro particular al organismo "humanidad" (en la persona de uno de sus miembros enfermo y doliente). El fin intentado por esta argumentación, poner remedio al mal de otro, o por lo menos aliviarlo, es comprensible y loable, pero así el método propuesto como la prueba en que se apoya son erróneas. Aquí no se tiene en cuenta la diferencia esencial entre un organismo físico y un organismo moral, así como la esencial diferencia cualitativa entre las relaciones de las partes con el todo en esos dos tipos de organismos. El organismo físico del "hombre" es un "todo" en cuanto al ser; los miembros son partes unidas y conexas entre sí en cuanto al ser físico mismo; de tal manera están absorbidas por el todo, que no poseen independencia alguna, no existen sino para el organismo total ni tienen otro fin que el suyo. Mas de muy diversa manera sucede con relación al organismo moral de la "humanidad". Este no constituye un todo más que en la acción y en la finalidad; los individuos, en cuanto miembros de este organismo, no son sino partes funcionales; el "todo" no puede, por lo tanto, proponer a su consideración sino exigencias tocantes al orden de la acción. En cuanto a su ser físico, los individuos no son en modo alguno dependientes unos de otros ni de la humanidad; la evidencia inmediata y el buen sentido demuestran la falsedad de la aserción contraria. Por esta razón el organismo total, que es la humanidad, no tiene ningún derecho de imponer a los individuos exigencias en el campo del ser físico, en virtud del derecho natural que el "todo" tiene a disponer de las partes. La extirpación de un órgano particular sería un caso de intervencion directa, no solamente en la esfera de la acción del individuo, sino también y principalmente en la de su ser, por parte de un "todo" puramente funcional -"humanidad", "sociedad", "Estado"-, al que el individuo humano está incorporado como miembro funcional, pero tan sólo en cuanto a su actuar.

3. En otra ocasión muy distinta, ya hemos subrayado el sentido y la importancia de esta consideración y recordado la distinción necesaria, que es preciso muy cuidadosamente tener en cuenta, entre el organismo físico y el organismo moral. Era en Nuestra encíclica, del 29 de junio de 1943, sobre el "Cuerpo Místico de Cristo". Compendiábamos entonces lo que acabamos de decir en algunas frases que los no teólogos no podrían tal vez captar inmediatamente, a causa de su forma concisa; pero allí encontrarán, tras atenta lectura, una mejor comprensión de la diferencia que entrañan las relaciones entre el todo y la parte en el organismo físico y moral. Era entonces necesario explicar cómo el simple creyente era parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y la diferencia entre esta relación y la que existe en un organismo físico. Nos decíamos entonces:

"Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de tal suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia, en el Cuerpo místico, por lo contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad. Añádase a esto que, si consideramos las mutuas relaciones entre el todo y los diversos miembros, en todo cuerpo físico vivo todos los miembros tienen como fin supremo solamente el provecho de todo el conjunto, mientras que todo organismo social de hombres, si se atiende a su fin último, está ordenado en definitiva al bien de todos y cada uno de los miembros, dada su cualidad de personas"21.

4. Volvemos a Nuestro tema principal: la apreciación moral del trasplante de la córnea de un muerto a un vivo, con el fin de mejorar el estado de los ciegos o de los que llegan a ser tales; a su servicio se ponen hoy la caridad y la conmiseración de muchos hombres compasivos, así como los progresos de la técnica y de la cirugía científica, con todos sus recursos inventivos, con su audacia y su perseverancia. La psicología del ciego nos permite adivinar su necesidad de una ayuda compasiva y el agradecimiento con que la recibe.

El evangelio de San Lucas contiene una viva descripción de la psicología del ciego, que es una obra maestra. El ciego de Jericó, oyendo pasar a la gente, preguntó qué significaba aquello. Le respondieron que por allí pasaba Jesús Nazareno, y entonces exclamó: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. La gente le gritaba que se callase, pero aquél clamaba cada vez más: Hijo de David, ten compasión de mí. Jesús, entonces, mandó que le hicieran venir a su presencia: ¿Qué quieres que te haga? -Señor, que vea. -Ve, tu fe te ha salvado. E inmediatamente recobró la vista y siguió a Jesús alabando a Dios22. Este grito Señor, haced que vea resonó en los oídos y en el corazón de todos; también vosotros queréis responder a él y dar vuestra ayuda, en cuanto esté en vuestro poder. Vosotros Nos aseguráis que el trasplante de la córnea constituye para muchos enfermos un medio prometedor de curación o, a lo menos, de alivio y mejora. Pues bien, utilizadlo y ayudadles en la medida de lo posible y de lo lícito; naturalmente, escogiendo los casos con gran discernimiento y prudencia.

5. La documentación, que Nos habéis proporcionado, permite representarse de alguna forma la operación que lleváis a cabo. Se puede llevar a cabo el desprendimiento de la córnea en dos formas, según vosotros: ya por medio de las "queratoplastias lamelares", ya por medio de las "queratoplastias perforantes". Observando cuidadosamente la técnica requerida, el ojo "sacado" puede conservarse de cuarenta y ocho a sesenta horas. Si varias clínicas no distan mucho entre sí, pueden entonces constituir una cierta reserva de material pronto para el uso, y ayudarse recíprocamente según las exigencias de los casos particulares.

En vuestra documentación hallamos, además, detalles sobre las indicaciones del trasplante de la córnea en general, y sobre sus posibilidades de éxito. La mayor parte de los ciegos, o de los que han llegado a quedar ciegos, no está en condiciones de aprovecharse de este trasplante. Y así os ponéis en guardia contra las esperanzas utópicas, en lo que toca al pronóstico de los casos operables. Escribís: "Está bien que el público sepa que no son posibles trasplantes de otros tejidos oculares, y tanto menos del ojo entero en el hombre, sino que es únicamente posible sustituir, y sólo parcialmente, la porción más anterior del aparato dióptrico ocular". En cuanto al éxito de la intervención, Nos hacéis saber que de 4.360 casos publicados entre 1948 a 1954, el 45 al 65 por 100 ha logrado un resultado positivo y que un porcentaje similar se halla en los casos no publicados; y añadís: "Se ha conseguido un avance respecto a las precedentes condiciones"; en un 20 por 100 de los casos solamente se pudo obtener "una visión más o menos próxima a la normal". Señaláis, para concluir, que en numerosos países las leyes y las ordenanzas del Estado no permiten una utilización más amplia del trasplante de la córnea, y que, por consiguiente, no se puede ayudar a un mayor número de ciegos o de los que pierden la vista. Esto por lo que concierne al punto de vista médico y técnico de vuestra competencia.

6. Desde el punto de vista moral y religioso, nada se ha de objetar contra la ablación de la córnea en un cadáver, es decir, contra las queratoplastias, tanto lamelares como perforantes, consideradas en sí mismas. Para quien las recibe, o sea el paciente, representan una restauración y corrección de un defecto de nacimiento o accidental. En relación con el difunto, al que se le quita la córnea, no se le daña en ninguno de los bienes a que tiene derecho, ni en su derecho a tales bienes. El cadáver ya no es, en el sentido propio de la palabra, un sujeto de derecho, porque se halla privado de la personalidad, única que puede ser sujeto de derecho. Tampoco la extirpación es ya la privación de un bien; los órganos visuales, en efecto (su presencia, su integridad), no poseen ya en el cadáver el carácter de bienes, porque ya no le sirven y no hacen relación a ningún fin. Esto no significa, sin embargo, que en relación con el cadáver de un hombre no pudiera haber o no haya en realidad obligaciones morales, prescripciones o prohibiciones; tampoco significa que los terceros, que tienen el cuidado del cuerpo, de su integridad y del tratamiento de que será objeto, no puedan ceder y no cedan, en realidad, derechos y deberes propiamente dichos. Muy al contrario. Las queratoplastias, que en sí mismas no levantan ninguna objeción moral, pueden, sin embargo, "por otra razón", no ser irreprochables e incluso ser directamente inmorales.

En primer lugar, es necesario denunciar un juicio moralmente erróneo que se forma en el espíritu del hombre y que influye habitualmente en su comportamiento exterior: consiste en situar al cadáver humano en el mismo plano que el del animal o el de una simple "cosa". El cadáver animal es utilizable casi en todas sus partes; otro tanto se puede decir del cadáver humano considerado desde el punto de vista puramente material, o sea en los elementos que lo integran. Para algunos, este modo de visión constituye el último criterio del pensamiento y el último principio de la acción. Tal actitud supone un error de juicio y un desconocimiento de la psicología y del sentido religioso y moral. El cadáver humano, en efecto, merece que se le considere de otro modo muy distinto. El cuerpo era la morada de un alma espiritual e inmortal, parte constitutiva esencial de una persona humana, cuya dignidad condividía; en él todavía queda algo de aquella dignidad. También puede decirse de él, puesto que es un componente del hombre, que fue formado a imagen y semejanza de Dios; imagen ésta que va mucho más lejos de los rasgos genéricos de aquella semejanza divina que igualmente se encuentra en los animales privados de inteligencia, e incluso en las criaturas inanimadas puramente materiales. También al cadáver se aplican, en cierto modo, las palabras del Apóstol: ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros?23. Por último, el cuerpo muerto se halla destinado a la resurrección y a la vida eterna. Todo esto no es aplicable al cuerpo animal; y prueba que no basta atender a "fines terapéuticos" para juzgar y tratar convenientemente el cadáver humano. De otra parte, es igualmente cierto que la ciencia médica y la formación de los futuros médicos exigen un detallado conocimiento del cuerpo humano, y que es preciso contar con un cadáver como objeto de estudio. Las reflexiones arriba hechas no se oponen a esto. Se puede perseguir este fin legítimo, aun aceptando plenamente todo cuanto Nos acabamos de decir. De donde se sigue también que un individuo quiera disponer de su cadáver y destinarlo a fines útiles, moralmente irreprensibles e incluso elevados (entre otros, para socorrer a hombres enfermos y que sufren). Puede tomarse semejante decisión, en relación al propio cuerpo, con plena conciencia del debido respeto y teniendo en cuenta las palabras dirigidas por el Apóstol a los de Corinto. No puede condenarse semejante disposición, pero tiene que estar justificada positivamente. Pensad, por ejemplo, en la actitud de don Carlos Gnocchi. Si las circunstancias no imponen una obligación, preciso es respetar la libertad y la espontánea decisión de los interesados; habitualmente el problema no se presentará como un "deber" o un acto obligado de caridad. En la propaganda conviene ciertamente observar una inteligente reserva, para evitar serios conflictos exteriores e interiores. ¿Es necesario, además, como sucede a menudo, rechazar en principio toda clase de compensación? Planteada queda la cuestión. Indudable es que puede darse lugar a grandes abusos, si se exige una retribución; pero sería ir demasiado lejos el juzgar inmoral cualquier aceptación o toda exigencia de indemnización. El caso es análogo al de la transfusión de sangre; mérito del donante es el rechazar una compensación, pero necesariamente no es una culpa el aceptarla.

7. La ablación de la córnea, aun siendo en sí perfectamente lícita, puede también convertirse en ilícita, si violase los derechos y los sentimientos de los "terceros" a quienes corresponde el cuidado del cadáver, los parientes próximos en primer lugar; mas podrían ser también otras personas en virtud de derechos públicos o privados. No sería humano, para servir a intereses de la medicina o los "fines terapéuticos", ignorar sentimientos tan profundos. En general, no debería estar permitido a los médicos llevar a cabo ablaciones u otras intervenciones sobre un cadáver sin un acuerdo con los que son depositarios del mismo, y hasta tal vez contra las objeciones previamente formuladas por el interesado. Tampoco sería justo que los cuerpos de pobres pacientes, en las clínicas y en los hospitales, sean destinados de oficio al servicio de la medicina y de la cirugía, y que no lo fueran los de los pacientes más afortunados. El dinero y la posición social no debieran intervenir, cuando se trata de sentimientos humanos tan delicados. Por otra parte, es necesario educar al público y explicarle con inteligencia y respeto que consentir expresa o tácitamente en serias intervenciones contra la integridad del cadáver, en interés de los que sufren, no ofende a la piedad que se debe al difunto si para ello se tienen poderosas razones. Consentimiento éste que puede, a pesar de todo, significar para los parientes próximos un sufrimiento y un sacrificio, pero este sacrificio tiene la aureola de la caridad misericordiosa hacia hermanos que sufren.

Los Poderes públicos y las leyes tocantes a las intervenciones sobre cadáveres deben, en general, respetar las mismas consideraciones morales y humanas, puesto que se apoyan aun en la misma naturaleza humana que es ciertamente anterior a la sociedad en el orden de la causalidad y de la dignidad. En particular, los Poderes públicos tienen el deber de vigilar para que se pongan bien en práctica y, en principio, han de tomar medidas para que un "cadáver" no sea considerado y tratado como tal antes de que haya sido debidamente comprobada la muerte. Los Poderes públicos, por lo contrario, son competentes para mirar por los legítimos intereses de la medicina y de la formación médica; si se sospecha que la muerte es debida a una causa criminal o si hay peligro para la salud pública, es preciso que el cuerpo sea "entregado" a las autoridades. Todo esto puede y debe hacerse sin faltar al respeto debido al cadáver humano y a los derechos de los parientes próximos. Finalmente, los Poderes públicos pueden contribuir eficazmente para hacer que en la opinión pública penetre la convicción de la necesidad y de la licitud moral de ciertas disposiciones relativas a los cadáveres, y así prevenir o evitar la ocasión de conflictos interiores o exteriores en el individuo, en la familia y en la sociedad.

8. Hace casi dos años, el 30 de septiembre de 1954, Nos expresamos ya las mismas ideas en un discurso a la VII Asamblea de la Asociación Médica Mundial, y quisiéramos ahora repetir y confirmar lo que decíamos entonces en un breve párrafo: "Por lo que concierne a la ablación de partes del cuerpo de un difunto con fines terapéuticos, no se puede permitir al médico tratar a su gusto el cadáver. Compete a la autoridad pública establecer las oportunas reglas. Pero tampoco ésta puede proceder arbitrariamente. Existen textos legales contra los que pueden promoverse serias objeciones. Una norma como la que permite al médico, en un sanatorio, amputar partes de cuerpo con fines terapéuticos, aun excluyendo cualquier intento de lucro, no es admisible por la sola razón de la posibilidad de interpretarla demasiado libremente. Se deben también tomar en consideración los derechos y los deberes de aquellos a quienes corresponde el cuidado del cuerpo del difunto. Por último, se deben respetar las exigencias de la moral natural que prohiben considerar y tratar el cadáver del hombvre simplemente como una cosa o como el de un animal".

Con la esperanza de haberos dado una orientación más precisa y de haber facilitado una comprensión más profunda de los aspectos religiosos y morales de este problema, os damos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso sobre la Esterilidad y la Fertilidad

19 de mayo de 1956

Nos habéis expresado, Señores, el deseo de venir a presentarnos vuestro homenaje con ocasión del II Congreso Mundial de la Fertilidad y de la Esterilidad, que ahora celebráis en Nápoles. Nos respondemos con diligencia a vuestro deseo y os manifestamos el placer muy singular que experimentamos al recibir un ingente grupo de investigadores y de profesionales de tan diversos países. Os disponéis a estudiar un tema difícil y delicado, porque se refiere a una de las principales funciones del cuerpo humano y porque los resultados de vuestros trabajos pueden conducir a consecuencias de alto significado para la vida de muchos hombres y para la evolución de las sociedades.

2. La esterilidad conyugal involuntaria, que os proponéis remediar, se opone a la obtención del fin principal del matrimonio y provoca en las parejas un malestar profundo -velado frecuentemente por un instintivo pudor- pero peligroso para la estabilidad del matrimonio mismo.

Por ello, ante la impotencia de la medicina moderna para tratar con éxito muchos casos de este género, formasteis en 1951 esta "Asociación Internacional de la Fertilidad", cuyo I Congreso, celebrado en Nueva York en 1953, propuso en su orden del día tres resoluciones principales: fomentar por todos los medios posibles el estudio y la investigación concernientes a la fertilidad; promover y extender esta especialidad entre los médicos, a fin de que un número suficiente de ellos pueda ayudar eficazmente a las parejas estériles; insistir para que se creen clínicas, servicios y centros de fertilidad en los hospitales, bajo la dirección de un personal competente. El presente Congreso responde, como el precedente a la voluntad de desarrollar al máximo los conocimientos que se poseen, de propagarlos entre los médicos de todas las partes del mundo, establecer también una coordinación de los trabajos sobre ciertos puntos, en los que la convergencia de los esfuerzos permita obtener resultados más significativos. Escucharéis un número importante de ponencias y de comunicaciones que examinan los factores endocrínicos y metabólicos de la fertilidad y de la esterilidad, sus factores profesionales y tóxicos, los métodos nuevos de diagnóstico y de tratamiento de la esterilidad masculina y femenina, el diagnóstico de la ovulación y de la espermatogénesis y el tratamiento de sus desórdenes, la cirugía de la esterilidad. Una serie de memorias considerará también las investigaciones experimentales realizadas en esta materia y los problemas relativos a una de las principales funciones del hombre. Conjunto de estudios, que pone claramente de manifiesto el interés que este Congreso suscita y cómo, de todas partes, especialistas eminentes han querido aportar su contribución al esfuerzo común.

No pertenece a Nos pronunciar un juicio sobre los aspectos propiamente técnicos de vuestros trabajos; Nos querríamos, en cambio, tratar con brevedad ciertos aspectos morales de las cuestiones que abordáis desde el punto de vista científico.

3. Vuestro precedente Congreso señaló en su moción final que la esterilidad conyugal involuntaria plantea un problema económico y social de gran importancia, que ella contribuye al descenso del índice de fertilidad de las poblaciones y con ello puede influir en la vida y en el destino de los pueblos. A menudo se pretende reducir el problema a este punto de vista, más visible, más fácil de comprobar. Se argumenta entonces que es necesario promover la natalidad para asegurar la vitalidad de una nación y su expansión en todos los dominios. Es verdad que una natalidad alta manifiesta las energías creadoras de un pueblo o de una familia; pone de manifiesto el ánimo de los hombres ante la vida; sus riesgos y sus dificultades; revela su voluntad de construir y de progresar. Justo es poner de relieve que la imposibilidad física de ejercer la paternidad y la maternidad llega a ser fácilmente un motivo de descorazonamiento, de repliegue sobre sí. La vida, que deseaba ardientemente prolongarse, superarse, se vuelve, por así decirlo, sobre sí misma y, por desgracia, muchos hogares sucumben a esta prueba.

Gustosamente querríamos recordar aquí una consideración que vosotros mismos habéis puesto de relieve. Es plenamente cierto que si vuestro celo en proseguir las investigaciones sobre la esterilidad matrimonial y los medios de vencerla presentará un aspecto científico digno de atención, tiene que encontrarse también con altos valores espirituales y técnicos que es obligado tener muy en cuenta. Ya Nos hemos referido a ellos. Es profundamente humano que los esposos vean y encuentren en su hijo la expresión verdadera y plena de su recíproco amor y de su don mutuo. Y así no es difícil comprender por qué el deseo insatisfecho de la paternidad o de la maternidad es sentido como un sacrificio penoso y doloroso por los esposos, a quienes animan sentimientos nobles y sanos. Más aún, la esterilidad involuntaria del matrimonio puede convertirse en un serio peligro para la unión y la estabilidad misma de la familia.

4. Pero este aspecto social oculta, ciertamente, una realidad más íntima y grave. El matrimonio, en efecto, une a dos personas en una comunidad de destino, en su marcha hacia la realización de un ideal que implica no la plenitud de una felicidad terrestre, sino la conquista de valores espirituales de un orden trascendente, que especialmente la Revelación cristiana propone en toda su grandeza. Los esposos persiguen en común este ideal, consagrándose a lograr la finalidad primaria del matrimonio, la generación y la educación de los hijos.

Varias veces ya hemos creído necesario recordar cómo las intenciones particulares de los cónyuges, su vida común, su perfección personal, no pueden concebirse sino subordinadas al fin que las supera: la paternidad y la maternidad. "No sólo la actividad común de la vida externa, dijimos en una alocución dirigida a las comadronas el 28 de octubre de 1951, sino también todo el enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto, por voluntad de la naturaleza y del Creador, al servicio de la descendencia"24. Esa es la enseñanza constante de la Iglesia; ésta ha rechazado toda "idea" del matrimonio, que amenazara con replegarlo sobre sí mismo, con transformarlo en un egoísta rebuscamiento de satisfacciones afectivas y físicas en exclusivo interés de los esposos.

5. Pero la Iglesia ha rechazado también la actitud opuesta, que en la generación pretendiera separar la actividad biológica de la relación personal de los cónyuges. El niño es el fruto de la unión conyugal, cuando ésta se manifiesta en su plenitud mediante el ejercicio de las funciones orgánicas, de las emociones sensibles que le van unidas, del amor espiritual y desinteresado que lo anima; en la unidad de este acto humano es donde residen las condiciones biológicas de la generación. Jamás está permitido separar estos diversos aspectos, hasta el punto de excluir positivamente ya la intención procreadora, ya la relación conyugal. La conexión que une al padre y a la madre con su hijo, tiene su raíz en el hecho orgánico, y más aún en el acto deliberado de los esposos, que se entregan el uno al otro, y cuya voluntad de entrega se desarrolla y encuentra su verdadero perfeccionamiento en el ser que ellos ponen en el mundo. De otra parte, sólo esta consagración de sí, generosa en su principio y ardua en su realización, por la consciente aceptación de las responsabilidades que consigo lleva, puede garantizar que la obra de la educación de los hijos será continuada con todo el cuidado, el valor y la paciencia que exige. Se puede, pues, afirmar que la fecundidad humana, por encima del plano físico, reviste aspectos morales esenciales que es necesario considerar hasta cuando se trata el problema desde el punto de vista médico.

Es muy evidente que el sabio y el médico, cuando abordan un problema de su especialidad, tienen derecho a concentrar su atención sobre los elementos propiamente científicos, y resolverlo en función exclusiva de estos datos. Pero cuando se entra en el camino de las aplicaciones prácticas al hombre, es imposible no tener en cuenta las repercusiones que los métodos propuestos tendrán sobre la persona y su destino. La grandeza del acto humano consiste precisamente en rebasar el momento mismo en que se realiza para obligar a la orientación toda de una vida, para conducirla a tomar posición frente a lo absoluto. Esto, que ya es verdad respecto a la actividad cotidiana, lo es con mucha mayor razón respecto a un acto en el que, junto con el amor recíproco de los esposos, entra en juego su porvenir y el de su descendencia.

6. Nos creemos también que es capital para vosotros, Señores, no descuidar esta perspectiva cuando consideráis los métodos de fecundación artificial. El medio por el cual se tiende a la producción de una vida nueva, toma una significación humana esencial, inseparable del fin que se persigue, y susceptible, si no se conformare a la realidad de las cosas y a las leyes inscritas en la naturaleza de los seres, de causar un daño grave a aquel mismo fin.

Sobre este punto se Nos ha pedido también que demos algunas directrices. Respecto a las tentativas de la fecundación artificial humana "in vitro", Nos basta observar que se las debe excluir como inmorales y absolutamente ilícitas. Sobre las diversas cuestiones de moral que se plantean a propósito de la fecundación artificial, en el sentido ordinario de la palabra, o de la "inseminación artificial", ya expresamos Nuestro pensamiento en un discurso dirigido a los médicos el 29 de septiembre de 194925; por ello Nos remitimos, concretamente, a lo que entonces dijimos y aquí Nos limitaremos a repetir el juicio que dimos como conclusión:

"En lo que atañe a la fecundación artificial, no sólo hay motivo para ser extremadamente reservado, sino que es necesario descartarla de un modo absoluto. Al hablar así, no se proscribe necesariamente el empleo de ciertos medios artificiales, destinados únicamente bien a facilitar el acto natural, bien a hacer que llegue a su fin el acto natural normalmente realizado". Mas como de hecho el uso de la fecundación artificial se extiende cada vez más, y para corregir algunas opiniones erróneas que se difunden sobre lo que Nos enseñamos, añadimos ahora lo que sigue:

La fecundación artificial sobrepasa los límites del derecho que los esposos han adquirido por el contrato matrimonial, a saber: el derecho de ejercer plenamente su natural capacidad sexual en la realización natural del acto matrimonial. El contrato en cuestión no les confiere derecho a la fecundación artificial, porque semejante derecho no está de ninguna manera expresado en el derecho al acto conyugal natural, ni podría deducirse de él. Aun menos se le puede derivar del derecho al "niño", "fin" primario del matrimonio. El contrato matrimonial no da este derecho, porque él no tiene por objeto al "niño", sino los "actos naturales" que son capaces de engendrar una nueva vida y destinados a ello. También se debe decir de la fecundación artificial que viola la ley natural y que es contraria al derecho y a la moral.

7. "Alia nunc ocurrit quaestio, ad quam pertractandam magis addecet latinam linguam adhibere.

Quemadmodum rationalis animus noster artificiali inseminationi adversatur, ita eadem ethica ratio, a qua agendi norma sumenda est, pariter vetat, quominus humanum semen, peritorum examini subiciendum, masturbationis ope procuretur.

Hanc agendi rationem attigimus Nostra quoque allocutione coram Urologiae doctoribus coetum participantibus, die VIII mensis Octobris anno MDCCCCLIII prolata, in qua haec habuimus, verba: "Por lo demás, el Santo Oficio ha decidido ya el 2 de agosto de 193926 que una "masturbatio directe procurata ut obtineatur sperma" no es lícita; y ello, cualquiera que sea la finalidad del examen27. Cum vero Nobis allatum sit, pravam huiusmodi consuetudinem pluribus in locis invalescere, opportunum ducimus nunc etiam, quae tunc monuimus, commemorare atque iterum inculcare.

Si actus huiusmodi ad explendam libidinem ponantur, eos vel ipse naturalis hominis sensus sua sponte respuit, ac multo magis mentis iudicium, quotiescumque rem mature recteque considerat. Iidem actus tamen tunc quoque respuendi sunt, cum graves rationes eos a culpa eximere videntur, uti sunt: remedia iis praestanda qui nimia nervorum intentione vel abnormibus animi spasmis laborant; medicis peragenda, ope microscopii, spermatis inspectio, quod venerei vel alius generis morbi bacteriis infectum sit; diversarum partium examen, ex quibus semen ordinarie constat, ut vitalium spermatis elementorum praesentia, numerus, quantitas, forma, vis, habitus aliaque id genus dignoscuntur.

Eiusmodi procuratio humani seminis, per masturbationem effecta, ad nihil aliud directe spectat, nisi ad naturalem in homine generandi facultatem plene exercendam; quod quidem plenum exercitium, extra coniugalem copulam peractum, secun fert directum et indebite usupatum eiusdem facultatis usum. In hoc eiusmodi indebito facultatis usu proprie sita est intrinseca regulae morum violatio. Haudquaquam enim homo ius ullum exercendi facultatem sexualem iam inde habet, quod facultatem eandem a natura recepit. Homini nepme (secus ac in ceteris animantibus rationis experibus contingit) ius et potestas utendi atque exercendi eandem facultatem tantummodo in nuptiis valide initis tribuitur, atque in iure matrimoniali continetur, quod ipsis nuptiis traditur et acceptatur. Inde elucet hominem, ob solam hanc causam quod facultatem sexualem a natura recepit, non habere nisi potentiam et ius ad matrimonium ineundum. Hoc ius tamen, ad oiectum et ambitum quod attinet, naturae lege, non hominum voluntate discribitur; vi huius legis naturae, homini non competit ius et potestas ad plenum facultatis sexualis exercitium, directe intentum nisi cum coiugalem copulam exercet ad normam a natura ipsa imperatam atque definitam. Extra hunc naturalem actum, ne in ipso quidem matrimonio ius datur ad sexuali hac facultate plene fruendum. Hi sunt limites, quibus ius, de quo diximus, eiusque exercitium a natura circumscribuntur. Ex eo quod plenum sexualis facultatis exercitium hoc absoluto copulae coiugalis limite circumscribitur, eadem facultas intrinsece apta efficitur ad plenum matrimonii naturalem finem assequendum (qui non modo est generatio, sed etiam prolis educatio), atque eius exercitium cum dicto fine colligatur. Quae cum ita sint, masturbatio omnino est extra memoratam pleni facultatis sexualis exercitii naturalem habilitatem, ideoque etiam extra eius colligationem cum fine a natura ordinato; quamobrem eadem omni iuris titulo caret atque naturae et ethices legibus contraria est, etiamsi inservire intendat utilitati per se iustae nec improbandae.

Quae hactenus dicta sunt de intrinseca malitia cuiuslibet pleni usus potentiae generandi extra naturalem coniugalen copulam, valent eodem modo cum agitur de matrimonio iunctis vel de matrimonio solutis, sive plenum exercitium apparatus genitalis fit a viro sive a muliere, sive ab utroque parte simul agente; sive fit tactibus manualibus sive coiugalis copulae interruptione; haec enim semper est actus naturae contrarius atque intrinsece malus".

8. Si la fecundidad responde a determinadas exigencias del organismo y satisface poderosos instintos, ella determina inmediatamente, como Nos lo hemos dicho, el plano sociológico y moral. La obra de la educación sobrepasa, aun por su contenido y sus consecuencias, a la obra de la generación. Los profundos intercambios espirituales, que se operan entre los padres y los hijos, con toda la seriedad, la delicadeza, el olvido de sí que ellos exigen, obligan muy pronto a los padres a superar el estadio de la posición efectiva para pensar en el destino personal de aquellos que les son confiados. Lo más corriente es que cuando los hijos llegan a la edad adulta, dejen su familia y se vayan muy lejos para responder a las necesidades de la vida o a las llamadas de una vocación más alta. El pensamiento de este desprendimiento normal, por costoso que les sea, debe ayudar a los padres a elevarse hacia una idea más noble de su misión, hacia una visión más pura del significado de sus esfuerzos. So pena de un fracaso, por lo menos parcial, la familia está llamada a integrarse en la sociedad, a ampliar el círculo de afectos y de intereses, a orientar a sus miembros hacia horizontes más dilatados para pensar no sólo en sí mismos, sino en deberes de servicio social.

Finalmente, la Iglesia católica, depositaria de los designios divinos, enseña la fecundidad superior de las vidas enteramente consagradas a Dios y al prójimo. Entonces, el completo renunciamiento a la familia permite una acción espiritual totalmente desinteresada, que nace no de miedo alguno a la vida y a sus problemas, sino de la percepción de los verdaderos destinos del hombre, creado a imagen de Dios, y que busca un amor universal que ningún afecto carnal podrá limitar. Tal es la más sublime y la más envidiable fecundidad que el hombre puede desear: la que trasciende el plano biológico para entrar plenamente en el del espíritu.

No queríamos, Señores, concluir esta alocución sin descubrir estas perspectivas. Puede que a algunos les parezcan demasiado alejadas de los objetivos que os ocupan ahora. Pero no es así. Pues sólo ellas permiten situar vuestros trabajos en el lugar que les corresponde, y percibir su valor. Lo que vosotros anheláis no es sólo aumentar el número de hombres, sino elevar el nivel moral de la humanidad, sus fuerzas bienhechoras, su voluntad de crecer física y espiritualmente. Queréis dar un nuevo ardor al afecto de muchos esposos a quienes entristece un hogar desierto; lejos de impedir su pleno florecer, ambicionáis poner a su servicio todo vuestro saber para que se despierten en ellos esos admirables recursos, que Dios ha puesto en el corazón de los padres y de las madres para ayudarles a que se eleven hasta El; y no sólo ellos, sino toda la familia.

Penetrados de tal responsabilidad, continuaréis con ardor creciente, Nos así lo esperamos, vuestra labor científica y las realizaciones prácticas que os proponéis. Invocando sobre vosotros mismos, sobre vuestras familias y sobre todos los que os son queridos los más abundantes favores divinos, os damos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.

Radiomensaje al VII Congreso Internacional de Médicos Católicos

11 de setiembre de 1956

En septiembre de 1949 tuvimos el placer de recibir a los participantes en el IV Congreso Internacional de Médicos Católicos y de dirigirles la palabra28. Pusimos de relieve entonces cuán preocupados estaban los médicos católicos por mantenerse al corriente de los importantes progresos teóricos y prácticos de la medicina moderna, y aprovecharlos para prevenir y combatir la enfermedad y el sufrimiento, fieles en ello al gran principio de la ciencia y del arte médicos: ayudar y sanar, no hacer daño ni matar. Nos añadíamos que el médico católico, para obedecer a su conciencia y a su fe, estaba pronto a poner a disposición de los demás no solamente su saber y sus fuerzas, sino también su corazón y su entrega. Ante el cuerpo humano, el médico guarda una reserva respetuosa, porque sabe que este cuerpo está animado por un espíritu, un alma inmortal que forma con él una sola naturaleza que depende enteramente del orden religioso y moral. El médico católico sabe que su paciente y él mismo están sometidos a la ley de su conciencia y a la voluntad de Dios; pero sabe también que todos los recursos de la naturaleza han sido puestos a su disposición por el Creador para que pueda proteger y defender a los hombres de la enfermedad y de los achaques. No diviniza ni a la naturaleza ni a la medicina: no las considera como cosas absolutas, sino que ve en ellas un reflejo de la grandeza y de la bondad de Dios, y las subordina enteramente a su servicio. También, resumiendo la posición del médico católico frente a los inmensos progresos de la medicina en la investigación y en la utilización de la naturaleza y de sus fuerzas, decíamos entonces:

"¿Qué hace... el médico digno de su vocación? Se aprovecha de esas mismas fuerzas, de sus propiedades naturales para procurar por ellas la curación, la salud, el vigor y, a menudo, lo que es más precioso todavía, para preservar de las enfermedades y del contagio o de la epidemia. Con sus manos es domado el terrible poder de la radiactividad, empleado para la cura de males rebeldes a todo otro tratamiento; las propiedades de los venenos más virulentos sirven para preparar remedios eficaces; más aún, los gérmenes más peligrosos de las infecciones son empleados de muchas formas en la sueroterapia, en la vacunación.

La moral natural cristiana, por último, mantiene doquier sus derechos imprescriptibles; de éstos, y no de consideraciones de sensibilidad, de filantropía materialista, naturalista, se derivan los principios esenciales de la deontología médica: dignidad del cuerpo humano; preeminencia del alma sobre el cuerpo, fraternidad de todos los hombres, dominio soberano de Dios sobre la vida y sobre el destino"29.

Y ahora, Nos complacemos en poder dirigirnos desde lejos a vuestro VII Congreso Internacional y manifestaros así el interés que sentimos por vuestros trabajos. Puesto que habéis elegido como tema "El médico y el derecho", quisiéramos hablaros, ante todo, del punto de partida y de la fuente del derecho médico.

I. Punto de partida y fuente del derecho médico

2. Sin entrar en largas consideraciones teóricas, quisiéramos repetir y confirmar lo que frecuentemente hemos afirmado y lo que Nuestros Predecesores no han dejado nunca de inculcar: el derecho a la vida, el derecho a la integridad del cuerpo y de la vida, el derecho a los cuidados que le son necesarios, el derecho a ser protegido contra los peligros que le amenazan, es un derecho que el individuo recibe inmediatamente del Creador, no de otro hombre ni de grupos de hombres, no del Estado ni de grupos de Estados, ni de ninguna autoridad política. El individuo recibe este derecho, ante todo, en sí y para sí mismo; después, en relación con los demás hombres y con la sociedad, y esto no solamente en el orden de la acción presente, sino también en el de la finalidad.

Se apartan del pensamiento de los Papas, claramente expresado, quienes consideran al hombre en su relación con la sociedad como si estuviese inserto en el "pensamiento orgánico del organismo físico"; un miembro físico particular tiene, sin duda, una cierta existencia propia, pero, como tal, no existe en forma alguna por sí mismo; está absorbido finalmente por el conjunto del organismo. El principio civitas propter cives, non cives propter civitatem es una herencia antigua de la tradición católica y fue acogida en la enseñanza de los Papas León XIII, Pío X y Pío XI, no de manera ocasional, sino en términos explícitos, terminantes y precisos. El individuo no sólo es anterior a la sociedad por su origen, sino que le es también superior por su destino. La sociedad, a cuya formación y desarrollo están ordenados los individuos, no es sino el medio universal querido por la naturaleza para poner a las personas en relación con otras personas. Esta relación de la aprte con el todo es aquí enteramente diferente de la que existe en el organismo físico. Cuando el hombre por el nacimiento entra en la sociedad, ya está provisto por el Creador de derechos independientes; despliega su actividad dándolos y recibiéndolos, y por su colaboración con los demás hombres crea valores y obtiene resultados que él solo no sería capaz de obtener y de los que no puede él mismo, como persona individual, ser portador. Estos nuevos valores manifiestan que la sociedad posee una preeminencia y una dignidad propia; pero esto no entraña una transformación de la relación a que más arriba Nos referíamos, porque estos mismos valores superiores (como la sociedad misma) están a su vez ordenados por la naturaleza al individuo y a las personas.

3. No se puede conceder a la especulación el derecho ilimitado de sistematizar y de construir, ni siquiera cuando aquella coincide con las declaraciones de los Papas, y en materias que conciernen a las cuestiones fundamentales del derecho en general. No está probado en modo alguno que el punto de partida y el fundamento de toda extructura jurídica, de toda justificación del derecho sea la realización -requerida por el Creador- de la naturaleza humana perfecta, y que tal fin postula la subordinación del individuo a la sociedad, de la que él depende inmediatamente , y de ésta sociedad superior, y así sucesivamente hasta llegar a la sociedad perfecta, el Estado. Esta forma de considerar las cosas es contraria a lo que los últimos Papas han declarado a este propósito. Ni se admite el querer distinguir en el pensamiento de los Papas entre el orden de la realización actual y el de la finalidad. Los Papas han entendido y han querido que, tanto del uno como del otro, se mantenga el principio fundamental sobre el origen del derecho a la vida. Es innegable que muchos consideran el principio de totalidad como determinante para entender la relación que une al individuo con la sociedad. Pero la aplicación de este principio a las cuestiones concretas que conciernen al origen y a los límites del derecho a la vida, de que Nos hablamos ahora, levanta serias objeciones. En primer lugar se olvida que el principio de totalidad no vale más que para el todo, como tal, en relación con la parte como tal: es la cuestión del derecho. Pero la cuestión se plantéa: ¿los dos términos de que se trata están entre sí en una ralación de todo a parte, y cuál es ella? Ya en la elocuación del 14 de septiembre de 1952, cuando se trataba de deteminar los límites precisos del derecho de la sociedad respecto al cuerpo y a la vida de las personas físicas, Nos explicamos el sentido y la importancia del principio de totalidad, y pusimos expresamente en guadia contra las erróneas aplicaciones de este principio30. 4. Pero el objeto principal del presente mensaje, y sobre el que Nos quisiéramos extendernos más ampliamente, se refiere a la posición del médico ante el derecho y la moral. Casi todas Nuestras alocuciones a los médicos han abordado esta doble cuestión, que, por lo demás, se plantea en cada profesión. Si el tema de vuestro Congreso es "el médico y el derecho", la palabra derecho no excluye aquí la moral, puesto que pretendéis estudiarlos en sus relaciones recíprocas. La moral y el derecho tienen un carácter propio que es preciso salvaguardar; expresan el orden de la conciencia y el de la ley, y las relaciones, a que obedecen, prohiben tanto separarlos como confundirlos enteramente.

II. Posición del médico, el derecho y la moral

5. La moral tiene por fin determinar la actitud consciente interna y externa del hombre en relación de las grandes obligaciones que proceden de las condiciones ecenciales de la naturaleza humana: obligaciones para con Dios y la religión, obligaciones para consigo mismo y para con el prójimo, ya se trate de individuos, de grupos y colectividades, de la comunidad en sentido jurídico, obligaciones en el campo casi ilimitado de las cosas matariales. La moral impone a la conciencia de cada uno, sea médico o militar, sabio u hombre de acción, el deber de regular sus actos según las precitadas obligaciones. Ello supone que se las conoce o que se trata de conocerlas, cuando no se las conoce todavia. Por lo tanto, si la decisión moral procede del sujeto, no es que dependa de su beneplácito o de su capricho, sino que se inspira en criterios objetivos. Es lo que expresa el espontáneo interrogante, el "por qué" del hombre concienzudo respecto de sí mismo. El hombre quiere conocer las normas objetivas de lo que se propone hacer. Y así basta observar al médico cosciente de su actividad profesional cotidiana para ver cómo la moral médica orienta la acción. Este médico procede a un diagnóstico cuidadoso, valora los datos, interroga a sus conocimientos ya adquiridos, estudia también obras o artículos sobre la cuestión, consulta eventualmente a otros médicos, después decide, pasa a la ejecución y vigila la evolución ulterior de los hechos.

Pero la moral médica va más allá. Basta tomar en las manos el decálogo, como la sana razón lo comprende y como la Iglesia lo explica, para encontrar en él buen número de normas morales que atañen a la actividad médica. En Nuestra alocución arriba mencionada, del 14 de septiembre de 1952, sobre los límites de la investigación y de la actividad médicas (en particular sobre la utilización de los descubrimientos modernos), y las alocuaciones de 29 de octubre y 27 de noviembre de 195131, Nos indicamos diferentes puntos en que la moral debe oponer su veto a la medicina.

Es necesario tener también en cuenta las exigencias que se imponen al médico por parte del paciente, de su familia y de otros grupos interesados, exigencias que conducen a convenciones por concluir o provienen de las que ya lo han sido. A veces son también ideas religiosas, morales, filosóficas y sociales, en las que el médico debe basar su acción o a las que, por lo menos, debe adaptarse, pero que son contrarias a sus convicciones cristianas. A veces se le pedirá, por motivos médicamente comprensibles, proceder a la eutanasia o a la interrupción directa del embarazo o a prestar una asistencia efectiva a prácticas anticoncepcionales, siempre en el caso de indicaciones objetivamente serias. El médico se encuentra entonces ante la obligación de respetar la moral médica, exigencia incondicionada para el médico cristiano en todos los casos en que la norma moral es incondicional, realmente clara y cierta. Observar así la ley moral no entraña ningún daño para el interés de la ciencia ni para el del paciente ni para la comunidad o para el bonum commune. En los casos particulares, que el médico no decida de acuerdo con sus gustos subjetivos o su capricho y menos todavía consienta o se adapte a requerimientos o a intenciones inmorales, sino que siga su conciencia ilustrada por normas objetivas y piense en Dios, a quien habrá de rendir cuentas. Y con esta orientación objetiva de la conciencia, el médico cristiano evitará caer en la forma condenada de la ética de situación.

6. El derecho médico comprende el conjunto de normas que, en una comunidad política, conciernen a la persona y a la actividad del médico y cuya observancia puede ser impuesta por los medios coercitivos del derecho público. Estas normas pueden ser formuladas o promulgadas inmediatamente por la autoridad política o bien estar solamente autorizadas o sancionadas por ella. El derecho podría así entenderse como lo iustum, es decir, lo que cada uno puede exigir como suyo según la regla de la justicia (tenga o no el medio de hacer que prevalezca su derecho por la fuerza). Podría también entenderse el derecho subjetivamente como el dominio, reconocido por el orden moral, que el sujeto del derecho ejerce sobre el objeto del derecho, y en virtud del cual el sujeto puede reclamar lo iustum a quienquiera que se lo deba; este dercho subjetivo es susceptible también de gozar del poder coercitivo. El derecho médico no puede sin más renunciar a ninguna de estas dos concepciones del derecho o desintersarse de ellas.

Sin embargo, Nos insistiremos sobre el derecho médico en el primer sentido. La existencia de tal derecho es una necesidad, porque la persona y la actividad del médico tienen tal influencia sobre la paz y sobre la seguridad de la vida en la comunidad política, que la ausencia de estas normas, su imprecisión o el defecto de carácter coercitivo no son compatibles con el bien común. Las obligaciones puramente morales son demasiado vagas en la realidad concreta de la vida y se prestan a interpretaciones demasiado diversas para garantizar por sí mismas el orden de la sociedad. Luego es necesario completarlas y precisarlas por el derecho positivo. La formación del médico, sus conocimientos teóricos y prácticos, las garantías y la vigilancia requeridas en esta materia por interés de la comunidad, todo ello debe ser precisado, pero no lo está suficientemente por el orden moral, que, además, no dispone del poder coercitivo. La necesidad de un derecho médico se presenta, pues, indubitada a causa de los importantes bienes que el individuo y la comunidad han confiado al médico. Queda esto confirmado por el hecho de que todos los países civilizados poseen un derecho semejante, aunque su formulación presente diferencias más o menos notables, según los casos.

7. El contenido material del derecho médico está determinado, en primer lugar, por su fin inmanente. Ante todo ocurre preguntar qué se ha de exigir al médico y qué se le ha de conceder, para que pueda conseguir el objetivo de su profesión: "socorrer y curar, no hacer daño ni matar". El mismo principio permite fijar las exigencias de los individuos y de la comunidad en relación con el médico, en cuanto deben estar expresadas en el derecho médico. Evidentemente, es irrazonable e imposible querer precisar y regular con leyes todo lo que puede servir al médico, así como todos los requerimientos que se le pueden hacer. En general, ha de evitarse una superabundancia de leyes, consideradas desde la antigüedad como síntoma de decadencia de un Estado (de ahí la fórmula expresiva de Tácito: corruptissima re publica plurimae leges32). Además, conviene dejar un margen a las decisiones del médico, e invitar a todos a que provean por sí mismos a un cierto número de necesidades en materia médica, sin esperar que la ley descienda a todos los detalles. Aparte de que la ley ni siquiera podría hacerlo en un determinado número de casos, porque se enfrentaría con la oposición de los médicos, de muchos miembros de la asambles legislativa o de los ciudadanos. Tales leyes representan a menudo soluciones de compromiso entre adversarios irreconciliables, o son impuestas a la fuerza por la mayoría. Y pues que a vces contienen párrafos objetivamente inmorales y anticristianos, que un médico católico no puede aprobar ni cumplir sin entrar en conflicto con su conciencia, surge entonces una candente cuestión: la de la postura que se deberá adoptar frente a este derecho médico, según el cual está obligado a ejercer su profesión.

8. Luego de haber hablado separadamente de la moral médica y del derecho médico, hemos ya llegado al tercer punto que queríamos tratar: el de las relaciones existentes entre la moral y el derecho médico. ¿Se encuentran ambos sobre el mismo plano, o hay una subordinación entre ellos? Se puede decir, en cierto modo, que cada uno de ellos es señor en su propio campo y no admite el intrusismo del otro. Pero esto es verdad sólo en parte, porque el derecho positivo no posee valor ni fuerza ejecutiva sino en la medida en que es reconocido por Dios, fuente última y suprema de todo derecho. De otra parte, Dios no puede nunca apoyar con su autoridad una ley que se halle en contradicción con El mismo, es decir, que contradiga al orden moral que El mismo ha instaurado y hecho obligatorio. De ahí se deriva que el derecho médico está subordinado a la moral médica, expresión del orden moral querido por Dios.

El derecho médico no puede, pues, consentir jamás que el médico o el paciente practiquen la eutanasia directa, y el médico jamás puede practicarla ni en sí mismo ni en los demás. Esto vale también para la supresión directa del fecto y para los actos médicos que contradicen a la ley de Dios claramente manifestada. En todo esto, el derecho médico no tiene ninguna autoridad, ni el médico está obligado a obedecerlo. Por lo contrario, no debe tenerlo en cuenta; le está prohibida toda asistencia formal, mientras que la asistencia material cae bajo las normas generales de la cooperatio materialis. El derecho médico, que no tiene en cuenta la moral o se opone a ésta, entraña en sí mismo una contradicción. En los demás casos, es preciso evitar cualquier oposición entre derecho y moral, y vigilar a fin de que, conservando cada uno su propio carácter, ambos se completen y se apoyen recíprocamente. Cuando se subordina demasiado el uno al otro, cabe el peligro de ver cómo el sentido moral cede ante el "juridicismo", ante el legalismo o ante el minimalismo. Ello sería un serio inconveniente, pues que la intención del médico, con la del paciente, es el elemento preponderante que anima a lo demás. Pudiera suceder también que la obligación jurídica, proveniente del campo moral, ejerza una influencia exagerada en las conciencias y conduzca a un insoportable rigorismo, o que el dominio severo del derecho sustituya a la moral y la reduzca a una observancia concienzuda, universal, de las prescripciones del derecho.

Pero es igualmente peligroso separar demasiado el derecho de la moral. Esta corre el riesgo entonces de caer en una especie de individualismo, ya que una atención demasiado concentrada sobre los elementos morales hace perder de vista los datos objetivos claramente circunscritos en el derecho; se puede llegar así a una ética de situación falsa y demasiado subjetiva. Cuando el derecho se aleja demasiado de la moral, tiende al positivismo jurídico exagerado y extremo, que en muchos casos constituye un peligro para el juicio y la acción del médico. Nos pensamo en más de un código jurídico médico en el que, mediante indicaciones determinadas y algunas garantías, se autoriza o incluso se impone la interrupción del embarazo; en materia de secreto médico, o cuando el médico es llamado como experto o técnico a un tribunal, son consideradas como exclusivamente válidas y obligatorias las normas establecidas por la autoridad política. Ello equivale a disminuir exageradamente la parte que corresponde al elemento moral y a ofender al médico en su dignidad personal, en el campo del derecho médico.

III. Colaboración en el plano internacional

9. El tercer punto de Nuestro mensaje quisiera, sobre todo, justificar y recomendar explícitamente la colaboración en un plano internaciona. El esfuerzo de aproximación y de colaboración se deja sentir en las más diversas materias. Procede, como lo habéis señalado en vuestro programa, de la trnsformación profunda de casi todas las relaciones, y su causa última se ha de buscar en la naturaleza misma del hombre. Es la consecuencia de una ley natural que procede de la unidad de origen de los hombres y conduce a la realización de una tarea común, a la que están invitados todos cuantos viven sobre la tierra. A medida que pasan los años, cada vez resulta menos posible a las naciones recluirse en sí mismas, aunque se manifieste alguna que otra vez una tendencia sistemática y apasionada de volver al aislamiento de otros tiempos. Cuanto actualmente acaece en un país provoca una reacción en los demás, y en cierto modo existe la obligación de entender que la comunidad de los pueblos y de la humanidad es como un organismo cuya circulación sanguínea y linfática pone en comunicación constante a las diversas partes. Así sucede en las corrientes internacionales, que ya no es posible desconocer ni dejar de tener muy en cuenta.

Un particular motivo Nos mueve a alabar vuestra Asociación internacional y desear su incremento. Y es que constituís una asociación de médicos católicos. Cierto que no disponéis, como católicos, de un conocimiento médico particular, pero tenéis una manera propia de considerar los problemas de vuestra profesión. Tiene importancia que en una ocasión, como la que os reúne, os preparéis a conocer y oír hablar de colegas de fama científica e internacional, y que, en sus actividades de investigación y de la práctica, no encuentran en modo alguno obstáculos por sus convicciones y su vida cristiana. Tales experiencias personales son preciosas, singularmente cuando se basan en contactos con médicos de países diferentes. Cuando un médico católico ejerce su profesión en un ambiente no católico y entre colegas que no participan de su fe, tomar parte en un Congreso de tal género representa una influencia libertadora, lo libera del complejo de inferioridad, amplía su visión y refuerza su valor. Ved por qué Nos os deseamos que podáis a menudo organizar Congresos semejantes.

Según lo han demostrado las asambleas precedentes, no son las cuestiones jurídicas las únicas que os ocupan, ni siquiera el objeto principal de vuestras reuniones. Pero estas cuestiones se imponen actualmente con tal insistencia que era necesario tratarlas explícitamente. Vosotros habéis escrito en el programa del presente Congreso: "La función del médico tiene correlaciones con el derecho, tanto en el campo del derecho civil, como en el del derecho público (desde un punto de vista tanto nacional como internacional)". Presentáis estas funciones jurídicas en sus grandes líneas y dais orientaciones precisas sobre las relaciones entre el derecho y la moral.

Verdad es que las cuestiones jurídicas no son el campo propio del médico, pero otras asociaciones internacionales han experimentado igualmente la necesidad de afrontarlas y de buscarles soluciones prácticas; y no han trabajado en vano. Vosotros queréis proseguir esta obra; y en ello tenéis Nuestra plena aprobación. Pero os debéis guardar de un doble peligro: el de sobrecargaros con los trabajos preparatorios o con los objetivos a alcanzar. Al repasar vuestro programa hemos admirado vuestro valor y vuestro entusiasmo en el trabajo, pero Nos hemos preguntado: "¿Es prácticamente realizable?". La mentalidad de los hombres modernos les conduce a buscar la amplitud, la unidad, la simplicidad; desde un punto de partida único pretenden deducir todo lo demás y llegar así a un fin señalado por la naturaleza de las cosas y claramente apercibido. Así resulta más fácil ordenar y dominar la diversidad de los problemas particulares que todavía quedan por resolver. Ojalá podáis vosotros llegar a introducir amplitud, unidad y simplicidad en el estudio de las cuestiones jurídicas, de que tenéis que ocuparos como médicos; realizaréis así algo grande y útil.

Nos resta tan sólo desear a vuestros trabajos un feliz desarrollo y un éxito pleno. Cierto que no alcanzaréis vuestros objetivos en unos días; pero os aproximaréis, sin duda, al fin que pretendéis, y obtendréis indudablemente el socorro de la Verdad, de la Ciencia y de la Sabiduría de Dios. En prenda de los favores celestiales, os otorgamos de todo corazón, a vosotros mismos y a todos cuantos se benefician de vuestra ciencia y de vuestra abnegación, Nuestra Bendición Apostólica.

Discurso al II Congreso Internacional de Dietética

11 de setiembre de 1956

Entre los Congresos científicos cuyos miembros solicitan Nuestra audiencia, Nos acogemos con un interés particular a los que persiguen fines humanitarios; también los trabajos que so han reunido en Roma, Señores, para la celebración del II Congreso Internacional de Dietética han llamado Nuestra atención de manera especial y merecen Nuestra calurosa felicitación.

Habéis abordado un vasto programa que, apoyándose en el creciente desarrollo de la investigación científica relativa a la alimentación humana, se esfuerza en formular los principios y las condiciones de la alimentación racional de las colectividades; en precisar los métodos de educación para una mejor nutrición; finalmente, en examinar los medios de acrecentar la influencia de los especialistas en dietética encargados de poner en práctica las conclusiones y las indicaciones de la técnica.

Esta organización de la dietética, ya en una escala mundial, reclama necesariamente las competencias más diversas y entraña repercusiones sociales considerables en todos los sectores de la alimentación: producción, industria, comercio, consumo, higiene, terapia, enseñanza, propaganda. Vuestro numeroso grupo, que representa a más de cincuenta naciones, no es sino una débil imagen de la gran colaboración, de la que sois promotores, y que finalmente asegurará una mejora sensible en la salud y en el bienestar de los pueblos.

2. El interés de vuestro Congreso se debe a su carácter práctico. No solamente vuestras conferencias y discusiones estudian los mejores medios de organizar la dietética en los grupos sociales, sino que una vasta exposición de la educación alimenticia se propone ilustrar en todos sus aspectos las realizaciones actuales y, sobre todo, mostrar directamente al público cómo los principios teóricos pueden concretamente ser aplicados. Demostraciones didácticas enseñarán a juzgar de la cualidad de los alimentos y a prepararlos bien; médicos y especialistas en dietética suministrarán a quienes lo deseen las indicaciones adaptadas a su caso, y las pondrán en aplicación en comedores especiales. Indudable que esta iniciativa, cuya originalidad apreciamos, contribuirá al éxito de vuestro Congreso y a una divulgación más amplia del cuidado de alimentarse mejor.

Superfluo casi es el señalar la importancia de esta preocupación en todos los estadios del desarrollo del individuo y en cualesquier condiciones de civilización y trabjo.

Muy justo es que la infancia tenga un lugar especial en las preocupaciones de los dietéticos; un crecimiento armónico puede ser peligroso por errores de alimentación, a los que favorece aun la misma multitud de los productos lanzados al mercado por las industrias alimenticias modernas. Sabido es cómo una carencia de vitaminas o de ciertas sales minerales puede provocar perturbaciones en el organismo. Os importa, pues, conocer, del mejor modo posible, las leyes concretas que gobiernan este sector delicado de la biología y deducir las conclusiones necesarias.

3. Pero es necesario decir también de una manera más general que hay hábitos alimenticios de pueblos enteros o de categorías sociales considerables que llevan en sí graves errores, fáciles de corregir con un esfuerzo educativo bien dirigidos. Por ello tratáis de inculcar a los niños el conocimiento útil de esta materia mediante la organización de comidas escolares. En ocasiones, son las condiciones de vida y la insuficiencia de recursos las causas de una nutrición debilitante; poblaciones enteras se depauperan, se encuentran sometidas a la tuberculosis o a otras enfermedades graves y aun se ven amenazadas de desaparecer enteramente.

Estas simples alusiones muestran bien la amplitud de un problema que se deriva en parte de una política mundial. Actualmente la atención de las autoridades responsables ya está alerta en esta materia; actúan asociaciones nacionales que aprovechan la colaboración de sabios y de técnicos. Una vez precisadas las causas del mal y sus consecuencias, se trata de oponerles remedios proporcionados, formar expertos en materias de alimentación, multiplicar sus medios de acción, hacer que penetren más y más en el público las ideas fundamentales de una alimentación más racional.

4. Nos deseamos vivamente que estas iniciativas encuentren ante gobernantes y particulares el merecido apoyo. La dietética es una ciencia joven; viene a añadir su aportación siempre creciente a la de tantas otras ciencias nuevas, interesadas en comprender más perfectamente el funcionamiento del cuerpo humano. Cada una de ellas, en sus intentos por determinar el papel de los agentes físicos y químicos, la influencia recíproca de las diversas funciones y del medio ambiente, tarde o temprano se encuentra con el factor psicológico, individual o social, cuya importancia, muy especialmente en lo que concierne a la nutrición, aparece considerable. Se trata de una actividad donde el aspecto material se une íntimamente a ciertas exigencias espirituales alguna vez refinadas, determinadas por un ideal personal o por tradiciones largamente elaboradas, y que traducen, cada una a su manera, una necesidad de la persona humana. Nos estamos satisfechos al ver que este aspecto del problema no ha sido descuidado y que sirve de orientación de vuestro trabajo. Porque la nutrición es un acto elemental, absolutamente indispensable para la vida, y cuya urgencia pesa sobre el hombre todos los días; porque se trata también de una función que el hombre ha cargado de significaciones subjetivas, es evidente que, para llegar a soluciones plenamente adecuadas y humanas, vosotros habéis de investigar las condiciones psicológicas de la nutrición, y tenéis que apreciar la proyección espiritual de las actuaciones que la integran.

5. ¿Cómo no recordar, a este propósito, que el hombre frecuentemente ha dado a la comida un carácter religioso y que Dios ha hecho de ella un rito sagrado, signo eficaz de la unión íntima que El intenta establecer entre sí mismo y cada uno de los hombres, así como de la caridad fraterna que El quiere que reine entre ellos? He aquí, Señores, la realidad sublime, en la cual, a la postre, vuestro trabajo debe buscar su inspiración y su más alta dignidad. Sin duda que vuestra especialidad os impone perseguir objetivos precisos y limitados; pero, en el campo que os ha sido asignado, vosotros contribuís por vuestra parte al bienestar de un número siempre creciente de ciudadanos y tenéis la esperanza de hacerles alcanzar, alguna vez, un nivel más elevado, no sólo en la vida material, sino sobre todo en la vida del espíritu y del corazón.

Tales son los votos que Nos hacemos para vosotros, señores, que estáis aquí presentes, para vuestras familias y para todos cuantos os son queridos. Encomendamos a Dios el éxito de vuestro Congreso, y como prenda de la benevolencia divina, os damos e buen grado Nuestra paternal Bendición Apostólica.

Discurso al IV Congreso Internacional de Quimioterapia

6 de octubre de 1956

En el curso del mes de agosto, Nos tuvimos el placer de acoger al grupo de cancerólogos, que participaban en las reuniones de las Comisiones de la "Unio Internationalis contra Cancrum", así como en una asamblea sobre el poder cancerígeno de ciertas sustancias unidas a los alimentos. Hoy Nos sentimos dichosos por encontrarnos en medio de un grupo de especialistas ilustres, congregados para el IV Congreso Nacional de Quimioterapia, y de manifestaros el vivo interés que por vuestras investigaciones sentimos.

Desde hace una decena de años, los sabios consagrados a la lucha contra el cáncer han concentrado sus esfuerzos en el estudio de productos químicos capaces de detener la proliferación de las células cancerosas, y para ello han experimentado, en los laboratorios, cientos de nuevas sustancias. La mayor parte de ellas no han pasado de ese estadio, porque acusaban un grado de toxicidad demasiado elevado para el organismo humano. Otras, por lo contrario, han sido ensayadas en las clínicas, y algunas han dado resultados suficientemente esperanzadores para estimular el celo de los investigadores e incitarles a proseguir sus esfuerzos con una intensificada tenacidad.

2. Al comparar la quimioterapia del cáncer con la quimioterapia de las enfermedades infecciosas, resulta inmediatamente un estado de cosas profundamente diferente. Mientras que las bacterias se distinguen netamente de las células del cuerpo humano, y pueden por ello ser combatidas sin peligro directo para el organismo, es muy difícil de precisar la diferencia entre las células dotadas de actividad normal y las que se desarrollan de manera anárquica hasta constituir un tumor maligno. En los últimos tiempos se ha reafirmado la opinión de que ciertas formas del cáncer, aun en el hombre, pueden ser debidas a un virus. Esta hipótesis suministra, sin duda, una base para la investigación, pero sin dejar entrever rápidas conquistas terapéuticas, ya que, en el dominio de la lucha contra los virus, la quimioterapia apenas si está en sus comienzos. También se parte del hecho de que la célula cancerosa, por su propensión a una rápida y desordenada subdivisión, es más sensible que la célula normal a ciertos agentes capaces de entorpecer los procesos de su multiplicación. En virtud de su modo de acción, los productos citostáticos se hallan indicados, sobre todo, en los cánceres generalizados, a los que otros tratamientos resultan inaplicables: tales productos actúan eficazmente en los tejidos que ofrecen una abundante proliferación celular, como los sistemas sanguíneo y linfático, y en ciertas glándulas. Pero resultan mucho menos útiles en el caso de los cánceres epiteliales ordinarios, donde el ritmo de multiplicación de las células es mucho más lento.

La primera de las sustancias antimitóticas, y uno de los primeros productos citostáticos utilizado en la cura de las leucemias crónicas, fue la colquicina, pero sus efectos tóxicos limitaron las aplicaciones clínicas. Felizmente, se poseen derivados mucho menos dañosos: la desacetilmetilcolquicina, empleada en la cura de las leucemias mioloides crónicas, y la N-desacetiltiocolquicina, experimentada recientemente, que presenta la ventaja de ser eficaz en ciertos casos en que los restantes medios de la quimioterapia resultan inoperantes. Entre las sustancias que paralizan la reproducción celular es necesario citar las antivitaminas, como los compuestos antifólicos y las sustancias antagónicas de los aminoácidos, de las purinas y de las pirimidinas.

La utilización de la radiactividad contra el cáncer ha encontrado una ayuda preciosa en los isótopos radioactivos del yodo, del fósforo y del cobalto, que permiten tratar el tumor, en el interior del organismo, con una dosificación exacta. Ciertos antimitóticos actúan a la manera de los rayos X, y se denominan por ello "radiomiméticos". A este grupo pertenecen las mostazas nitrogenadas, forma modificada de un famoso gas de guerra, capaces de depolimerizar in vitro al ácido desoxiribonucléico, que es el factor químico más importante de la división celular. Ya desde de los primeros ensayos, realizados en 1946, han conquistado estas sustancias un lugar importante en el tratamiento de la linfogranulosis; su toxicidad es felizmente combatida por la cortisona, que al mismo tiempo refuerza su acción sobre el sistema linfático. Hoy, para evitar los efectos de otros medicamentos sobre las células sanas y dirigirlos más seguramente hacia las que es necesario destruir, se intenta unir la molécula de "azoyprita" a una molécula-soporte que posea un cierto tropismo frente a las células cancerosas y sea importante para su metabolismo. Para mitigar los fenómenos de resistencia, tan molestos en quimioterapia, se trata de modificar las estructuras moleculares para obtener sustancias diversas de efecto análogo, pero que no provoquen una resistencia cruzada.

La trietilenmelamina (TEM), que era ya conocida en la industria textil, fue aplicada en 1951 a la terapéutica del cáncer, y muestra una eficacia particular en las leucemias linfáticas crónicas y en las mielosis igualmente crónicas. El "myleran" ejerce una acción semejante en la leucemia mieloide crónica y reemplaza útilmente a la radioterapia, cuando ésta resulta imposible o contraindicada.

No se han dejado de explorar tampoco los recursos de los antibióticos, con la esperanza de descubrir entre ellos antagonistas eficaces del cáncer. La azaserina, aislada partiendo de una sustancia llamada Streptomyces fragilis y dotada de una actividad antitumoral cierta, ha dado resultados en las experiencias in vivo, pero su utilización química no permite aún afirmar que se pueda con ella obtener otra cosa, en las hemopatías malignas, sino un alivio temporal. Al final de este Congreso os proponéis tener una reunión sobre las actinomicinas. Derivada de la "Streptomyces chrysomallus", la actinomicina C parece ser el único medicamento citostático que no provoca ninguna lesión importante en la médula ósea y en las glándulas seminales, y da resultados en la cura de la linfogranulosis.

Aún sería necesario mencionar la medicación hormonal y, en particular, el empleo de las hormonas oestrógenas y andrógenas, así como de la hormona adrenocorticotrópica y de la cortisona, de la que más arriba hablamos. Se ha tratado también de preparar una medicación antihormonal, susceptible de frenar de manera efectiva las estructuras diencéfalo-hipofisarias, que estimularían el desarrollo de los tumores, o de dañar ciertas regiones de las suprarrenales, de tal forma que se obtuviese una especie de suprarrenalectomía química, limitada sin embargo a las zonas elegidas. Entre las orientaciones recientes de la investigación, señalamos que se ha sostenido una nueva opinión, según la cual la célula cancerosa utilizaría como fuente de energ