Luis Fernando Figari, Reflexión sobre Medellín. Un largo caminar

Reflexión sobre Medellín. Un largo caminar

PRESENTACIÓN

Han pasado más de veinte años desde que se llevó a cabo la II Conferencia General del Episcopado latinoamericano en Medellín, Colombia. Han sido años importantes para la vida del Pueblo de Dios en América Latina. Casi podemos decir que con Medellín empieza una nueva época para la Iglesia del Continente; la época del Concilio Vaticano II que planteó un vital horizonte de renovación, que aún permanece como tal en el caminar del pueblo latinoamericano. Con el correr de los años se ha ido viendo la importancia y riqueza de lo que allí reflexionamos en espíritu de fe, incluso más allá de las reinterpretaciones de que fue objeto Medellín y que llevaron a Juan Pablo II a señalarlas, años más tarde al inaugurar Puebla, como uno de los serios problemas de la Iglesia.

Por ello nos alegramos de que los versados trabajos de Luis Fernando Figari sobre esa II Conferencia General aparezcan en esta obra que nos permite reiterar la valoración de un acontecimiento que fue decisivo para la Iglesia en América Latina, como se puede ver con toda claridad hoy en día.

Medellín supo recoger, desde una conciencia cristiana y solidaria, una inquietud hondamente sentida en América Latina por los más abandonados. Pero sobre todo trató de plasmar la renovación de la Iglesia, el aggiornamento, que el Espíritu Santo había alentado desde el Concilio Vaticano II. La misión evangelizadora requería una puesta al día. Lo que fue el Concilio para el Mundo, eso procuró ser Medellín para América Latina.

Recuerdo que yo era entonces un Obispo recién nombrado. Fui con un gran entusiasmo y esperanza a la reunión episcopal de Medellín. Había dos temas que tenía particularmente presente y que pensaba que no se podían dejar de tocar de manera integrada: la evangelización y los pobres. Había puesto en el lema de mi escudo: «Justicia, caridad y paz en la fe». La evangelización como anuncio de la salvación de Cristo, y las consecuencias tanto para la vida cristiana como las ineludibles proyecciones sociales del mensaje cristiano, son temas que siempre he juzgado fundamentales para la vida y la acción eclesial.

Ahora bien, la explícita intención en Medellín era ciertamente aplicar el mensaje del Concilio Vaticano II a América Latina. Ese fue el horizonte y la preocupación central de quienes estábamos allí reunidos. Pero también estábamos convencidos de que esta aplicación debía de hacerse desde la realidad concreta del Continente, teniendo en cuenta todas sus contradicciones y rupturas que, como ya se veía entonces, eran muchas. Al plantearse la realidad que había que evangelizar, aparecía también una muy justa preocupación por la situación del subdesarrollo de nuestras naciones, subdesarrollo no sólo económico sino como lo entendía la memorable encíclica de Pablo VI, Populorum progressio, en el sentido integral que afecta al hombre globalmente. Un lugar especial en esa preocupación lo tenía la pobreza, miseria en muchos casos, de tantos hermanos nuestros, lo que llevaba a alentar una acción decidida por la justicia y la promoción humana que nacían del compromiso cristiano.

A mí me tocó ser presidente de la Comisión que trabajó el tema de la pobreza. Esta era, y sigue siéndolo, un aspecto muy importante del compromiso evangelizador y testimonial de la Iglesia. La verdad es que lo ha sido siempre. Jesucristo mismo nos da el ejemplo que luego la Iglesia se ha esforzado en seguir a lo largo de los siglos. Con esas preocupaciones, en Medellín me lancé a trabajar preocupado por el compromiso concreto por el pobre, desde el Evangelio. Para mí ese compromiso era entonces, como lo ha sido siempre, una clara opción por Cristo y por el camino del amor que nos muestra con su propia vida.

En la Conferencia se dialogó mucho, se debatieron numerosos puntos buscando aclararlos y presentarlos lo más pastoralmente que fuera posible. Recuerdo que uno de los más difíciles fue el tema de la violencia y la paz. Había en aquella época algunos cristianos que querían justificar la violencia, apoyando las guerrillas, con sentimiento pero sin reflexión teológica. Con mucho acierto Pablo VI habló del asunto, y fue muy claro y muy orientador. Sus palabras de inauguración en la Catedral de Bogotá fueron decisivas para esclarecer el camino pacificador que debe tener el cristiano en nuestra realidad, al trabajar por la justicia, pero en espíritu de paz, de reconciliación, y por supuesto fueron recogidas más tarde en los documentos. Siempre he recordado sus palabras sobre la «espiral de la violencia», pues «la violencia engendra violencia», de continua aplicación.

Las dieciséis conclusiones de las Comisiones y las introducciones fueron ciertamente un paso trascendental en la vida y maduración de la Iglesia en América Latina. En el interés amplio de la evangelización, el tema principal en torno al que giraron las reflexiones y los diálogos fue el del desarrollo, muy influenciado por la visión integral de la Populorum progressio. Sin embargo creo que un aporte fundamental puede ser encontrado en el concepto de evangelización liberadora. Creo que fue un aporte muy importante, a pesar de las graves reinterpretaciones y desviaciones que aparecieron después. Yo por lo demás debo confesar que para mí no significó un problema el uso de la palabra «liberación», hasta que con el correr de los años noté que a la liberación se le estaba dando un contenido predominantemente sociológico y hasta ideológico, muy distinto al que le dimos en Medellín. Para mí la liberación tenía una carga pascual muy viva, se refería a la salvación, pero incluyendo la preocupación por toda la realidad de la persona. No había exclusión de lo social, pero tampoco un reduccionismo que termina por ser mutilación. La entendía en un sentido integral, como una expresión del misterio de Cristo, muy en armonía con lo que es la dimensión reconciliadora, pues todos esos términos se refieren al acto salvífico de Cristo, soteriológico, como se expresó Juan Pablo II en 1986 al dirigirse a los Obispos del Brasil. Esto está claro en Medellín y aparece muy bien en los análisis del concienzudo trabajo de Luis Fernando Figari. Entonces, como también hoy y siempre, existe una liberación cristiana bien entendida que nada tiene que ver con la aproximación marxista que tanto daño ha hecho; liberación integral que expuse a los sinodales del Sínodo de 1974, en donde algunos Obispos deseaban eliminar la palabra liberación, pues era usada en forma contestataria en sus diócesis.

A lo largo de los años, en mi trabajo pastoral me he esforzado en aplicar una evangelización liberadora, en su recto e integral sentido eclesial. Ya a principios de los años setenta, el Papa Pablo VI estaba preocupado frente a las confusiones que se estaban dando en esos tiempos, sobre todo entre algunos, en relación al sentido del término de «liberación». La Evangelii nuntiandi vino a hacer un importante aporte al clarificar para todos lo que se debía entender por liberación y lo que no. Lamentablemente, ya para ese momento se habían introducido en el lenguaje teológico las categorías marxistas, desvirtuando el recto sentido del término liberación, de tan honda raigambre cristiana. Algunos no le tomaron el peso a estas aclaraciones del magisterio del Papa y se mantuvieron en sus posiciones. Eso ha sido muy penoso para la Iglesia en América Latina.

Otros, más fieles al sentido original, hicieron sus reflexiones teológicas en armonía con el Concilio Vaticano II y con Medellín, aunque estas teologías no han tenido tanta publicidad, ellas existen y se manifestaron en Puebla como expresión de la Iglesia que aspira estar siempre en la comunión de la fe.

Debe quedar claro, sin embargo, que en Medellín no existe confusión; ella vino después, la confusión la hicieron los que lo reinterpretaron reductivamente. Lo que sucedió es que a la evangelización liberadora algunos la reinterpretaron haciendo una «teología» que de hecho resultó incorrecta, como lo ha señalado tan claramente la Instrucción Libertatis nuntius, y tantos pronunciamientos del Papa Juan Pablo II, como el que con toda claridad hace en su Carta Apostólica a los Religiosos y Religiosas de América Latina en el V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo. En su Carta Apostólica del 29 de junio de 1990, dedica unos números al tema de la «auténtica liberación».

A pesar de las dificultades para que se entienda bien el mensaje de Medellín, y de las reinterpretaciones, no se ha ocultado la riqueza de lo que reflexionamos los Obispos. Hoy, poco más de dos décadas después de esa memorable Conferencia del Episcopado del Continente, asombra aún la profundidad de sus planteamientos y lo atinado de muchos de sus diagnósticos. Muchos aspectos de lo entonces dicho conservan su plena vigencia aún hoy. Por lo demás Juan Pablo II al conmemorar un aniversario de la Populorum progressio, en su Sollicitudo rei socialis ha reiterado para este tiempo la importancia de promover el desarrollo integral que fuera asumido como programa por Medellín 1 .

El presente libro es un gran aporte para dar su valor y comprender mejor esta trascendental Conferencia. Presenta de una manera muy completa la génesis de la II Conferencia y sus enseñanzas, ofreciendo apreciables síntesis junto con un marco de comprensión que permiten apreciar mejor el verdadero sentido de Medellín. Ante las reinterpretaciones que se generaron alrededor del documento y oscurecieron un tanto la riqueza de Medellín, L.F. Figari rescata el «Medellín real», el auténtico, y lo presenta con toda su lozanía y profundidad eclesial, ofreciéndole a las nuevas generaciones la ocasión de conocer integralmente este hito trascendental para la marcha de la Iglesia en América Latina.

Callao, Víspera de la Epifanía del Señor, 1991

Mons. Ricardo Durand Flórez, S.J.
Arzobispo-Obispo del Callao
Presidente de la Conferencia
Episcopal Peruana

I. ACONTECIMIENTO ECLESIAL

Para toda una generación, Medellín fue una voz de entusiasmo y de esperanza. Se llamó a la reunión «Pentecostés de América Latina». El Cardenal Alfonso López Trujillo, ensaya, varios años después, una visión del hecho Medellín en su presentación de las Reflexiones en el CELAM en torno a las Conclusiones del gran evento de 1968: «Medellín quiso ser la aplicación del Concilio a América Latina. ¿No es éste el gran objetivo de la Conferencia?: “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. Optimismo —resalta el entonces Secretario General del CELAM, como tónica ante la repercusión de Medellín—, a pesar de los vacíos y lagunas en su recepción y en su difusión; a pesar de las reacciones provocadas, sea por la poca penetración en su real perspectiva, sea por el juego de intereses que se consideran afectados, o por las interpretaciones incompletas o desenfocadas de que fue objeto. Optimismo por todo lo que Medellín sigue y seguirá representando, sin osar desafiar el proverbio chino: “Es preciso no hacer profecías, sobre todo cuando se trata del provenir”. Porque Medellín es a la vez semilla y floración. Aquélla es constantemente arrojada al surco de nuestra Iglesia evangelizadora, y Medellín es un hito evangelizador; ésta —la floración— se percibe en la voluntad de nuestras comunidades» 2 .

Medellín fue un hecho decisivo, y en ese sentido sigue siendo parte activa de nuestra historia eclesial latinoamericana. Siguiendo el aporte del Cardenal López Trujillo en Reflexiones, cabe decir que Medellín permite al CELAM entenderse, ya que las Conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano son «como su “carta fundamental”» 3 , es «ante todo un espíritu» que «refleja el espíritu de renovación de nuestras Iglesias... en la fidelidad al Espíritu», es «interpretación de los signos de los tiempos en América Latina»; es también «fruto temprano de la renovación conciliar», «profundización en la Iglesia como misterio de comunión», y presencia de la Iglesia «en diálogo vital con el mundo, no opuesta a él ni confundida con él», en una perspectiva «solidaria» y de «compromiso pastoral» en el «desarrollo integral» en el que la promoción humana es asumida «en sintonía y plena articulación con la central preocupación por el Reino» 4 .

El Cardenal Pablo Muñoz Vega, Arzobispo de Quito y Primer Vice-Presidente del CELAM en el periodo de la II Conferencia General, considera que el resultado de Medellín es «un derrotero claro y firme para su propia reforma interior y para la adaptación de su acción pastoral a las exigencias del mundo actual», y que ha dotado a la Iglesia con «una vía propia, buscada afanosamente como aplicación específica para sus pueblos de la gran ruta que para los tiempos nuevos trazó el Vaticano II» 5 .

Por su parte, el hoy Cardenal Eduardo Pironio, entonces Secretario General del CELAM, lo califica como «el acontecimiento salvífico de Medellín» 6 . Esta idea parece central en el enfoque de Pironio, quien en una entrevista un año después de la II Conferencia General, sostenía: «Sólo mediante una plena efusión del Espíritu de Pentecostés —que purifica y transforma— puede entenderse un hecho eclesial como el de Medellín» 7 .

Medellín es un hecho eclesial insoslayable, como es insoslayable su perspectiva evangelizadora expresada en sus tres grandes áreas que agrupan los resultados de las Comisiones y Sub-comisiones pastorales en las que se dividieron los participantes en la Conferencia: Promoción humana (Justicia, Paz, Familia y demografía, Educación, Juventud); Evangelización y crecimiento en la fe (Pastoral Popular, Pastoral de Elites, Catequesis, Liturgia); y La Iglesia visible y sus estructuras (Movimiento de Laicos, Sacerdotes, Religiosos, Formación del Clero, La Pobreza de la Iglesia, Pastoral de Conjunto, Medios de Comunicación Social).

La eclesialidad de la reflexión y las Conclusiones de Medellín se muestran con toda claridad ya desde el mismo título dado a la Conclusiones definitivas. Se llamó al Documento Final: Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina. Precisamente, el mismo Alfonso López Trujillo, que tanto ha hecho por la difusión de las líneas teológico-pastorales de la Conferencia de Medellín, afirma que «Medellín ha sido un acontecimiento religioso que interpreta la situación y el destino de América Latina desde la fe» 8 . «Medellín es una lectura de fe, arraigada en la realidad, del momento de América Latina, de su “hora” —sostenía a los cinco años de celebrada la Conferencia de Medellín—, en la que los acontecimientos son interpretados como “signos”. Todo dentro de una visión peculiar de fe del hombre y de la historia» 9 .

II. RECORRIDO HISTÓRICO HACIA MEDELLÍN

Los antecedentes más cercanos del proceso de maduración eclesial de América Latina nos hacen volver la mirada a la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Río de Janeiro, en 1955, en tiempos del pontificado del Papa Pío XII. Dos años antes de su realización, proyectada para coincidir con el XXXVI Congreso Eucarístico Internacional, empezó a ser preparada la gran asamblea que, con la participación de cerca de cien Obispos, se realizó del 25 de julio al 4 de agosto.

Río (1955), Medellín (1968) y Puebla (1979) son los grandes hitos en un largo caminar que tiene como horizonte cercano el aniversario de nuestra evangelización continental de 1992, y algunos años más tarde el advenimiento del Tercer Milenio de nuestra fe.

Río ha sido el gran olvidado, y sin embargo es el primer gran hito del camino de la esperanza que está invitado a recorrer el Pueblo de Dios que en estos tiempos peregrina por las tierras de América Latina. «De ella surge la orientación definitiva del Episcopado de América Latina para los años en que vivimos —decíamos con ocasión del 25 aniversario de Río—. El mismo Consejo Episcopal Latinoamericano nace como sugerencia de esa reunión tan sensible a las inquietudes profundas del pueblo de estas tierras. De Río nace un Documento y una Declaración, vinculados entre sí y complementarios. La revista “Medellín” del Instituto Teológico Pastoral del CELAM señala, con indiscutible acierto, sobre este injustamente olvidado documento: “Uno lo lee hoy primero con cierta curiosidad, después con interés, y termina sacando provecho de su espíritu. Mucho de lo que teníamos como novedades del Concilio Vaticano II o de Medellín, lo encontramos en este Documento de 1955”. Y eso es la pura verdad» 10 .

La reunión de Río de Janeiro se sitúa en una larga tradición de encuentros provinciales, entre los que destacan los Concilios Limenses, desde el primero realizado en 1551 hasta el último en 1772. Cuando el Papa Pablo III, por Bula del 31 de enero de 1545, elevó a la sede de Lima al rango de metropolitana, recibiendo como sufragáneas a casi todas las diócesis de América Austral, desde Nicaragua, Castilla de Oro (Panamá), Popayán (Colombia), Quito y Cuzco, quedó expedito el camino a la realización del Primer Concilio Provincial de estas tierras latinoamericanas, obstaculizado hasta entonces por depender las sedes americanas del muy lejano Arzobispado de Sevilla. El primer Concilio fue algo accidentado, particularmente por haberse hecho representar los Obispos mediante Procuradores. Más allá de las discusiones históricas y jurídicas sobre su validez, es un hecho que sus decretos estuvieron vigentes en la provincia eclesiástica del Perú por más de treinta años. Para el tiempo del Segundo Concilio Limense, el número de sedes sufragáneas había aumentado incluyendo a Asunción y La Plata, en Argentina, y Santiago y La Imperial, en Chile. Aunque en esta ocasión el área geográfica latinoamericana parecería mejor representada, ocurrió que diversas vicisitudes impidieron la asistencia de todos los Obispos, algunos por estar las sedes vacantes, otros por razones diversas 11 . Los otros Concilios, incluso el Tercero 12 , que presidió Santo Toribio de Mogrovejo, estuvieron marcados por diversas vicisitudes que, al lado de las limitaciones jurisdiccionales, hacían más nominal que real su pleno alcance sub-continental.

Ampliando un poco más el área geográfica cubierta por las sedes convocadas, se realizó, esta vez sí con efectivo alcance sub-continental el Concilio Plenario de América Latina, en Roma, en 1899. La reunión fue convocada por el Papa León XIII, en 1898, aludiendo al IV Centenario del Descubrimiento de América y a la preocupación por que los de la raza latina, a quienes pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo, se reúnan para mirar a los intereses comunes. Al publicar los Decretos del Concilio Plenario, el Papa León sostenía: «Así como, en todos tiempos, hemos dictado las medidas más oportunas, para que en todas ellas brillen cada día más y más el esplendor de la cristiana piedad y el vigor de la eclesiástica disciplina, así también recientemente hemos exhortado a todos sus Arzobispos y Obispos, a que tomaran la determinación de congregarse en Concilio Plenario. Bien comprendíamos su grande utilidad y suma eficacia; porque nadie mejor podía conocer las necesidades de cada una de sus Iglesias, que aquellos designados por el Espíritu Santo para gobernarlas; y la mutua comunicación de los pareceres de tantos Pastores, no podía menos que añadir eficacia y valor a sus esfuerzos para apartar a los fieles de los peligros, robustecer la disciplina y proveer al bienestar del clero y del pueblo» 13 . En esa ocasión la convocatoria provenía del Papa, y alcanzaba a todos los Obispos de las repúblicas de América Latina. Poco más de medio centenar de Padres conciliares representando a las sedes episcopales de América Latina se reunía de cara al siglo XX en el Colegio Pío Latinoamericano. Al transcurso de los años, los efectos benéficos de la cohesión lograda no tardarían en ir desapareciendo en la historia cotidiana del Pueblo de Dios disperso por la Patria Grande latinoamericana.

Plenamente consciente de esta realidad disgregada, y no sólo por razones geográficas o de experiencia diversa en el proceso histórico y evangelizador, los cerca de cien Padres, reunidos en el Colegio Sagrado Corazón, en Río, buscaron una solución. Así, la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano dio lugar al establecimiento de un organismo permanente de contacto y coordinación de los diversos Episcopados de América Latina, integrando representantes de las diversas Conferencias Episcopales nacionales: el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, aprobado por el Papa Pío XII, el 2 de noviembre de 1955. Sus acciones de estímulo a las tareas episcopales, y de aliento a la conciencia de comunión episcopal se desarrollan desde el momento de su instalación efectiva.

En 1958, se crearía en Roma otra institución destinada a alentar la visión conjunta de los Obispos latinoamericanos en relación con las Sagradas Congregaciones vaticanas. Este nuevo organismo de cooperación y comunión eclesial se llamó Pontificia Comisión para América Latina (CAL). El CELAM y la CAL son dos mecanismos fundamentales en el proceso de maduración continental de la Iglesia en América Latina.

PUNTO DE LLEGADA Y DE PARTIDA

Al llegar a los tiempos del Concilio Vaticano II, los Obispos latinoamericanos tenían ya un largo recorrido en la maduración del espíritu de cuerpo episcopal. Largo trecho había sido recorrido, desde las iniciales asambleas de los Concilios de Lima, en la maduración existencial de la comunicación de los Obispos entre sí, en comunión y bajo la autoridad del Sumo Pontífice 14 . El trabajo colegial para estudiar y decidir cosas en común, buscando la concordia del parecer de muchos, es una realidad cada vez más presente en la historia del episcopado latinoamericano. Sin duda alguna las sesiones del Concilio Vaticano II tuvieron un lugar importante en este proceso de maduración de la expresión colegial del orden episcopal.

Estando por finalizar las reuniones del Concilio, se desarrolló en Roma la Novena Reunión Anual del CELAM. En ese entonces a iniciativa de Mons. Manuel Larraín, Presidente del organismo episcopal, se pensó en la realización de la II Conferencia Episcopal, pensando como su objetivo principal la aplicación del Concilio a la América Latina. Los Obispos consideraron oportuna la fecha del siguiente Congreso Eucarístico Internacional, a realizarse en Bogotá en 1968. Muy pronto la maquinaria se echó a andar.

La preparación de un evento de la magnitud de una Conferencia Episcopal continental, no es algo que se improvisa. A través de reuniones especializadas, de alcance parcial, se fue abriendo camino el proceso que culminó con la realización de Medellín.

Del 5 al 8 de junio de 1966, se reunió en Baños (Ecuador) un grupo dedicado a profundizar en las perspectivas educativas, apostólicas y de acción social de la Iglesia. El gran animador fue Mons. Larraín. El pensamiento y la acción de Mons. Larraín no se pueden minimizar en la realización y orientación de la Conferencia de Medellín. En el II Congreso Católico de la Vida Rural, reunido en Manizales (Colombia) en 1953, Mons. Larraín planteaba puntos de vista ligados al proceso de creciente maduración social de la Iglesia en América Latina. En aquella ocasión señalaba: «El cristianismo es social o no es... Lo que se nos pide no es un paliativo superficial a un mal tan hondo. Es una visión de la economía, del trabajo, de la empresa, de la sociedad y del Estado, iluminado por un principio supremo: dignidad de la persona humana, sentido sublime de su vida, primacía del espíritu sobre la materia, trascendencia de nuestra doctrina eterna. Es la urgencia de sustituir ese proletariado rural por un orden económico social donde el hombre pueda vivir como hombre y como cristiano» 15 . El Obispo chileno, tan ligado al espíritu de la Populorum progressio, bien puede ser considerado un precursor de Medellín.

Con ocasión de la X Reunión del Consejo del CELAM, el Papa Pablo VI dirige un trascendental mensaje al Episcopado de la América Latina, Iglesia: problemas actuales (setiembre de 1966), la huella de cuyos contenidos se percibe en los trabajos de la reunión de Mar del Plata (octubre), así como en el mismo Medellín. Esta intervención pontificia habría que unirla a una exhortación apostólica dirigida también al Episcopado Latinoamericano (24 de noviembre de 1965), Trabajo Pastoral en la América Latina. Ambos documentos forman como una unidad y, ciertamente, su lectura no deja de llamar la atención sobre planteamientos que luego se han hecho en el Continente de la Esperanza. Por ejemplo, citamos del último de los dos documentos: «Y el aspecto social de la justicia es el que más afecta e interesa al mundo en general y al latinoamericano en particular, donde existen intensas y profundas diferencias. El clamor doliente de tantos como viven en condiciones indignas de seres humanos no puede dejarnos impasibles o inactivos; no puede ni debe quedar, en cuanto nos sea posible, desatendido ni insatisfecho. Debemos comprometernos solemnemente para que la Iglesia, siempre movida e inspirada por la caridad de Cristo, que cierra el paso a las soluciones violentas, sea consciente de su responsabilidad en la consecución de un sano orden de justicia social para todos» 16 .

En febrero de 1967, en Buga (Colombia), a unos trescientos kilómetros de Bogotá, se realizó una reunión sobre la misión de la universidad católica en América Latina convocada por el Departamento de Educación del CELAM. De esa reunión salió un pronunciamiento conocido como el «Documento de Buga», aunque su título oficial es Misión de la Universidad Católica en América Latina. En mayo, la directiva del CELAM convocó a sus Departamentos especializados para una reunión en la propiedad de la central de juventudes, La Capilla. Luego de ese evento, y portando sus conclusiones, Mons. Avelar Brandao Vilela, Obispo de Teresiña (Brasil), expuso ante el Papa Pablo VI el proyecto concreto de la realización de una II Conferencia General, que ya había recibido una aprobación inicial del mismo Papa en diciembre de 1966. En julio de 1967 el Papa Pablo VI manifestó explícitamente su acuerdo con la realización del encuentro, impartiendo las respectivas instrucciones.

Decisiva fue, sin duda alguna, la lectura de la inolvidable encíclica de Pablo VI, Populorum progressio, promulgada en el Vaticano el 26 de marzo de 1967. Su diagnóstico realista sobre la situación social y económica de los pueblos, los principios sobre la concepción integral del desarrollo, las orientaciones para una acción efectiva, y la nota de grave urgencia son características que se pueden leer en Medellín. A pesar de lo desafortunado de ciertas visiones unidimensionales, reductivas, difundidas como modelo conceptual del desarrollo en ciertos organismos internacionales y autores, la sensibilidad de Pablo VI ante la marginación de millones en la participación de bienes fundamentales como la comida, vivienda, educación, crecimiento y plena realización personal, lo llevó a proponer, desde una visión de fe —usando el concepto de desarrollo, pero en un sentido más complejo que el usual, en un sentido multidimensional—, una gesta para el desarrollo de la persona y los pueblos —todo el hombre y todos los hombres— según el Plan de Dios.

No se puede ver sino como un «programa de liberación reconciliadora» lo que magníficamente propone el Papa Pablo como una secuencia de desarrollo integral: «Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, las victorias sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres» 17 .

La plena actualidad de este mensaje de Pablo VI, lo radical e integral del desafío que propone, no fue desoído por los Obispos y los demás fieles en la América Latina, al menos, es justo y necesario decirlo, en el campo de las adhesiones afectivas. Medellín es prueba de ello. La vigencia hoy, años después, de los mismos horizontes, pero con visos de cada vez mayor urgencia, son irrecusable testimonio de que en la línea de las realizaciones efectivas la adhesión no fue tanta como para vencer indiferencias, intereses, oposiciones, perspectivas ideológicas u otras vicisitudes. La vigencia de los planteamientos de Pablo VI, en la Populorum progressio, han sido destacados, desde su aplicación al hoy de nuestra realidad, por S.S. Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis.

Se puede decir que las orientaciones de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, juntamente con las del Pontificado de Pablo VI, son fuente cercana para Medellín, tanto que sin ellas no podría entenderse el Documento Final de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Volviendo al «itinerario» en progreso, en noviembre de 1967, en la XI reunión anual ordinaria del CELAM, realizada en Chaclacayo, en las cercanías de Lima, se empezó a ahondar en la realización de la Conferencia. Se planteó la metodología general en base a «hechos», «reflexión teológica» y «proyecciones pastorales», la que se percibe con toda claridad en el llamado Documento Base (instrumento de trabajo). En esta ocasión se crea una Comisión para concretar los objetivos y la metodología 18 . También en Chaclacayo se crea el departamento de Ecumenismo del CELAM, puesto bajo la responsabilidad de Monseñor Antonio Quarracino, entonces Obispo de 9 de Julio, quien años después sería Secretario General, primero, y luego Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano.

En la Casa de Cristo Rey, en Bogotá, se realiza el primer encuentro definitivo del personal convocado por el CELAM. Entre el 19 y el 26 de enero e 1968, los Obispos Vilela, Muñoz Vega y McGrath (Presidencia del Consejo), Pironio (Secretario y Presidente del Comité de Reflexión), Quarracino, Valencia, Mendoza, Metzinger, Padim, y numerosos peritos de diversos lugares de América Latina, hasta sobrepasar los cuarenta entre Obispos y asesores, se entregan a la preparación del Documento Base en cumplimiento de los acuerdos de Chaclacayo. Resultado de esa fructífera reunión fue una versión preliminar del Documento de Trabajo o Base, así como una aproximación a la metodología que se habría de emplear en la Conferencia. A partir de este momento quedó establecida una Comisión bajo la responsabilidad del padre Plinio Monni (argentino). El 22 de enero se recibió una comunicación de parte del Cardenal Antonio Samoré, de la CAL, anunciando la convocatoria de la II Conferencia General por el Santo Padre. Al parecer fue en esta reunión que una ciudad de la región montañosa de Colombia ubicada a cerca de 1500 metros sobre el nivel del mar, Medellín, fundada con el nombre de Villa de Nuestra Señora de la Candelaria, a mediados del siglo XVII, fue elegida como sede para la realización del encuentro episcopal. Medellín es la capital del Departamento de Antioquia, y está ubicada a menos de una hora de vuelo de Bogotá.

1968 es un año de encuentros convocados por el CELAM. En abril, en Melgar (Colombia) se produce el encuentro de pastoral de misiones. La lectura del documento final del Encuentro de Melgar muestra una reiterada reflexión a la luz de las enseñanzas conciliares en vista a la renovación de la actividad misionera en América Latina 19 .

En Itapoán (Brasil), del 12 al 19 de mayo, se realizó una reunión de los Presidentes de Comisiones Episcopales de Acción Social, para completar algunos puntos relativos al desarrollo e integración de América Latina planteados en la reunión de Mar de Plata (1966). Tras una base teológica, las conclusiones de Itapoán, que también expresan el influjo del Magisterio del Papa del que realizan una lectura, plantea un conjunto de principios para realizar las reformas básicas en orden a la trasformación de las estructuras 20 . Del 2 al 8 de junio se convocó una reunión semejante a la de Bogotá en enero. Esta vez la sede fue Medellín. El fruto de esta reunión fue la culminación redaccional del Documento de Trabajo o Base, asumiendo las observaciones y sugerencias de diversas Conferencias Episcopales al documento preliminar de enero. Así, un articulado esquema de trabajo, según la triple división de ver-hechos, juzgar-reflexión teológica, actuar-proyecciones pastorales, fue enviado a cuantos habrían de participar en el encuentro que habría de tener lugar entre el 26 de agosto y el 6 de setiembre. En la misma reunión se culminaron algunos aspectos organizativos y se dispusieron las pautas de la dinámica de trabajo. Más adelante, ya en vísperas de la II Conferencia General, se realizó en el mismo agosto de 1968, una reunión sobre catequesis, también en Medellín.

Junto a estas reuniones de carácter oficial, se realizaron otras de cara a Medellín, en diversos lugares de América Latina. En algunos casos eran cristianos con las mejores intenciones que buscaban reflexionar sobre los documentos que ya circulaban, participando así en la reflexión eclesial pre-Medellín, y buscando comunicar a sus Obispos sus inquietudes de fieles que peregrinan por las tierras latinoamericanas. En otros casos las reuniones, en apariencia semejantes a las primeras, parecerían responder a una inquietud diversa. Justamente en el pre-Medellín se constata el surgimiento, en diversos lugares, de grupos de presión que buscarán orientar las cosas según sus perspectivas, las más de las veces —si no siempre— ideologizadas.

Todo estaba listo para la realización de la II Conferencia General. En el mes de mayo ya el Papa mismo había anunciado su visita a América Latina, la primera visita de un Sucesor de Pedro, para la clausura del Congreso Eucarístico Internacional y para inaugurar la II Conferencia General. Ciertamente algunos grupos de presión no sólo no mostraron su simpatía, sino que evidenciaron sus reservas por la visita pontificia. No así las multitudes del pueblo sencillo y creyente, representado principalmente por el colombiano, cuyas manifestaciones de adhesión al Vicario de Cristo han quedado históricamente grabadas como una muestra de fidelidad eclesial y como el macizo testimonio revelador de la identidad de quienes se auto-designan intérpretes y mediadores de las «concepciones implícitas en el pueblo», mostrándolos más bien como manipuladores ideologizados que desde una perspectiva egotística se sienten parte de un estrato privilegiado llamado a «conducir» a los pueblos.

El 24 de agosto de 1968, en la antigua Catedral de Bogotá, el Papa Pablo VI inauguraba la II Conferencia. Antes, el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, Arzobispo de Lima (Perú), uno de los tres Co-Presidentes de la Conferencia se dirigía al Papa diciéndole: «América, tierra hermanada por estrechos lazos de sangre, religión, lengua y cultura, dividida por injustas diferencias sociales, económicas y culturales, os da su bienvenida llena de Esperanza». Afirmando al final de su alocución: «Os agradecemos de corazón esta presencia Vuestra en América Latina, al mismo tiempo que os renovamos nuestra firme adhesión y nuestro filial afecto. Dignaos bendecirnos: a nuestros pueblos, a esta II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Vuestra bendición de peregrino de la paz será signo prometedor para toda la Iglesia, para todos los hombres» 21 .

El Discurso-Mensaje del Papa Pablo VI fue un necesario marco referencial para los Obispos, ya que el mismo Vicario de Cristo, en tierras latinoamericanas, cercano no sólo ya cordial sino físicamente a sus pueblos, planteaba una serie de orientaciones espirituales, pastorales, sociales, precisamente los epígrafes centrales de su Mensaje.

«No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismo estamos maravillado de encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy, con esta visita, un nuevo periodo de la vida eclesiástica» 22 , afirmaba Pablo VI interpretando sugerentemente el momento que se vivía.

El hermoso discurso del Papa con su «orientación espiritual, en primer lugar», con su invocación a la pobreza de vida, a la comunión eclesial, su profética denuncia de las insidias contra la fe y de las tentaciones de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de neo-positivismo, sus reflexiones sobre la oración, la reforma litúrgica y el ministerio de la palabra, establecían un ineludible marco espiritual para la realización de la Conferencia. Sus orientaciones pastorales destacando «la dependencia de la caridad para con el prójimo, de la caridad para con Dios», y su denuncia, también profética, de las corrientes que quieren olvidar esta «doctrina de clarísima e inexpugnable derivación evangélica», así como sus reflexiones eclesiológicas y sus orientaciones sociales, recogiendo una especial preocupación por los trabajadores, su recuerdo de la enseñanza social de la Iglesia, particularmente de la Populorum progressio, el esclarecimiento de la acción que le compete a los Pastores, su reflexión sobre la pobreza y su llamado a la solidaridad y al amor, así como su enfática y definitiva exclusión de la violencia, la presentación del horizonte de la paz, la necesaria transformación social y la defensa de la dignidad de la familia 23 , fueron iluminaciones que permanecieron en la memoria y en los corazones de los Pastores en sus reflexiones, y que se ven reflejadas en las Conclusiones finales. Parece que la lectura completa y global de Medellín no puede realizarse si se prescinde de este trascendental Discurso-Mensaje del Papa.

Al día siguiente de la inauguración por el Papa Pablo VI de la II Conferencia, la que se desarrolló en clave de fe y de acción evangelizadora integral, los participantes se dirigieron a la ciudad de Medellín, sede donde habría de desarrollarse la trascendental reunión episcopal.

III. LOS PASTORES EN MEDELLÍN

Con la intensamente vivida experiencia de la visita del Papa Pablo VI, y con la memoria de sus orientaciones, fueron arribando al aeropuerto «Olaya Herrera», de Medellín, los participantes de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

En horas de la tarde, del lunes 26 de agosto, la capilla del Seminario Mayor de Medellín cobijaba a los participantes que iniciaban sus actividades con una concelebración. La presidencia la tuvo el Cardenal Antonio Samoré (Vaticano), Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, quien predicó. Así, desde un primer momento la Conferencia se desarrollaría en un ambiente que buscaba integrar la liturgia y los trabajos de dar respuesta a las necesidades del Pueblo de Dios que peregrina en América Latina 24 .

La dirección de la Conferencia estaba integrada por tres Co-Presidentes nombrados por la Santa Sede, que se turnaban en el ejercicio de la Presidencia. Ellos eran: el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, el Cardenal Antonio Samoré, y Dom Avelar Brandao Vilela, Arzobispo de Teresiña (Brasil), y Presidente del CELAM.

Quienes intervenían en la Conferencia se dividían en dos categorías: los miembros efectivos; con voz y voto, y los simples participantes, con derecho a voto sólo en las Comisiones. En la primera categoría están los Presidentes de las 20 Conferencias Episcopales nacionales; los Obispos elegidos como representantes de las Conferencias Episcopales, en proporción de uno por cada veinticinco Obispos; la Presidencia del CELAM, los Obispos responsables de los departamentos, el Secretario General de la Conferencia, el Presidente del Comité Económico y los delegados y sustitutos de las Conferencias Episcopales al CELAM; los sacerdotes de la Junta Directiva del Comité Latinoamericano de Religiosos (CLAR), y un grupo de sacerdotes del clero diocesano; y los nombrados por el Papa. La suma total es de alrededor de 140 miembros efectivos, de los cuales más de cuatro quintos eran miembros del episcopado. Aparte de estos, como simples participantes, sumando más de cien, están: los Secretarios Ejecutivos del CELAM; los miembros no sacerdotes de la Junta Directiva de CLAR; los expertos o peritos; los invitados especiales; los representantes de organizaciones eclesiales; y los observadores no católicos.

LA INSTALACIÓN

Como introducción a los trabajos de la Conferencia, hicieron uso de la palabra los tres Co-Presidentes. El primero en hacerlo fue el Cardenal Landázuri quien, aludiendo al pensamiento del Papa Pablo VI, ofreció una reflexión de contenidos históricos y pastorales en donde resaltaba el primado del amor en el proceso de América Latina. «Pero, ¿acaso no es esta la hora de la caridad?» se interrogaba, para responder poco más adelante: «Es la hora del amor». «Testigos del amor», «la fraternidad», «la comunión de todos los creyentes», «tarea común», «unidad de todos los hombres de América Latina», son conceptos que se extienden por el mensaje expresando con toda claridad un espíritu 25 .

Poco más de un mes atrás, en declaraciones al semanario español «Ecclesia», el Cardenal peruano había señalado, sobre el tema y finalidades de la Conferencia de Medellín, un pensamiento coincidente con el que expresó el día primero de Medellín:

«Presencia de la Iglesia, pues tenemos que asegurar que ella comparta eficazmente la vida misma de nuestros pueblos y ser en medio de ellos sacramento de salvación y signo de esperanza.

«Transformación de América latina, ya que esta realidad nuestra es fundamental y debe concretar y definir toda la acción pastoral. Es imprescindible tener presente la justa, urgente e insoslayable aspiración de nuestro Continente, por una forma de vida más humana, por estructuras sociales más adecuadas, que hagan posible que el fruto de los esfuerzos comunes, aseguren a todos, sin excepción, el nivel de vida a que toda persona humana tiene derecho, situación que los latinoamericanos están resueltos a lograr.

«El Vaticano II, cuya doctrina y lineamientos han de ser orientación segura y vigoroso acicate para esta extraordinaria hora de reflexión y de determinaciones que tiene como meta el auténtico e integral desarrollo de América Latina» 26 .

Seguidamente hizo uso de la palabra el Cardenal Samoré, antiguo Nuncio Apostólico en Colombia, quien siendo Secretario del Consejo de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios auspició la Conferencia de Río de Janeiro (1955), así como, más adelante, la creación del CELAM 27 . En su exposición trató sobre la Pontificia Comisión para América Latina, extendiéndose sobre los alcances de la colaboración de la CAL con la Iglesia en Latinoamérica.

El último en dirigirse a los participantes fue Dom Avelar Brandao Vilela: «Llegamos finalmente a Medellín, después de una larga jornada, llena de trabajos y oraciones, de sufrimientos y de equívocos, de expectativas y esperanzas». Recogiendo el pensamiento y las prudentes orientaciones del Papa Pablo, Dom Avelar se refirió a la necesidad del cambio de estructuras, resaltando que éste debía ser no violento. También rechazó la indiferencia que impide la modificación de estructuras que deben cambiar. Igualmente trató sobre el sentido de la renovación eclesial en América Latina, pero cuidando de «no destruir las verdades permanentes en favor de aquellas novedades que, a veces impresionan, pero no conducen a conclusiones satisfactorias», e invita a la purificación del modo de ser y de pensar. Entrando a la parte final de su ponencia el Presidente del CELAM, con un repaso de rigor, trató sobre el proceso que desde la Conferencia de Río de Janeiro (1955) conduce hasta Medellín. Finalizó con un in crescendo que arrancó una cerrada ovación de los presentes:

«Finalmente, sursum corda: ¡Veni, Creator Spiritus! ¡Ven, Oh Espíritu Creador! ¡Espíritu de Luz y de Verdad! ¡Espíritu de justicia, de amor y de paz!

«Que entre nosotros, durante estos días no haya ninguna especie de conciencia cristiana dividida, ni posiciones radicales. Somos hermanos y somos Pastores.

«La Iglesia no puede tener líneas paralelas o subterráneas. Aquí estamos, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, representantes del laicado. Aquí se encuentran peritos de varios países y de diversas especialidades. Somos todos el Pueblo de Dios. Somos una Iglesia en diálogo fecundo de amor, de verdad, de justicia, de auténtica libertad y de disciplina comprensiva y eficaz.

«Vivamos el misterio de la multiplicidad, que es hija de la gracia, en unidad del mismo Espíritu que anima, robustece e ilumina a nuestra Iglesia» 28 .

IV. LAS PONENCIAS: UN MARCO CONCEPTUAL

Al día siguiente, se inicia la jornada con la oración de la mañana bajo la presidencia del Cardenal Agnelo Rossi, quien siendo Obispo de Barra do Piraí (Brasil), dio origen, ya en 1956, a las famosas comunidades de base, tema que sería ampliamente tratado en esta II Conferencia 29 .

Las ponencias, los diálogos que suscitaron y los seminarios de reflexión fueron un momento decisivo del Medellín real. En torno a las ponencias se articulaba el aspecto central de la dinámica de trabajo planificada para llegar en las mejores condiciones a las reuniones de Comisión y a las Plenarias. Su importancia mostró ser decisiva en el resultado final.

En esta jornada se tratará la primera de las ponencias, de las siete que habrán de escuchar los participantes 30 . Antes, el entonces Monseñor Eduardo Pironio, Secretario General del CELAM y de la Conferencia, presenta al sacerdote Alfonso Gregory (Brasil), Director del Centro de Investigaciones sociorreligiosas y socioeconómicas, y al sacerdote marianista español, radicado en Colombia, adjunto al Secretario General del CELAM, Cecilio de Lora, ambos participantes en Medellín. El primero efectuó una presentación de corte sociológico sobre la concepción del desarrollo y la marginalidad en la realidad latinoamericana, citando profusamente estadísticas para respaldar su «visión sociográfica». El segundo expuso la mecánica de trabajo que se tendría en la Conferencia en relación a las siete ponencias y a los seminarios de reflexión que las seguirían.

ENTENDER EL CAMBIO INTEGRAL

La ponencia inicial fue de Mons. Marcos McGrath, Obispo de Santiago de Veraguas (Panamá) y Segundo Vice-Presidente del CELAM, Los signos de los tiempos en América Latina, hoy 31 . Recurriendo constantemente al Concilio, particularmente a la Gaudium et spes, y al Magisterio de Pablo VI, la ponencia pone de relieve desde una «Iglesia servidora del hombre» las características de la realidad latinoamericana. Al escrutar los signos de los tiempos, señala que entre los grandes signos destacan las transformaciones rápidas y profundas que invitan a una pedagogía del cambio. «Este es, pues, un gran signo de nuestros tiempos, quizá el principal: el cambio. ¿Qué exige de nosotros los hombres de hoy? Primeramente, tomarlo en cuenta. Estudiarlo, calcular sus efectos presentes y futuros, exteriores e interiores en los hombres. Apreciarlo en sus grandes logros: entenderlo para ayudar a encauzarlo. Apreciar lo tremendamente interesante de nuestros tiempos; y, paradójicamente, como lo señala Gaudium et spes, los terribles desajustes y fallas materiales y espirituales en lo que el cambio moderno parecería más prometedor: bienestar, libertad, justicia, desarrollo integral y paz exterior e interior para todos los hombres (GS 4)». Resaltó la aportación orientadora de la Iglesia al proceso de cambios, «con su sentido de la historia de los hombres y la Revelación», «con la conciencia clara de su propia misión religiosa y sobrenatural», con su «fe en el hombre como “imagen de Dios”, (que) rechaza los fatalismos e insiste en la misión de los hombres de controlar al mundo y su historia en lugar de sucumbir a la historia».

Sostuvo McGrath que otro gran signo es la valoración de las realidades temporales y de lo personal. Se trata de descubrir «el valor real e intrínseco de las cosas, al servicio del hombre; y de la progresiva dominación de ellas al servicio del hombre individual y en sociedad. Esta insistencia es de grandes consecuencias para la pastoral y para la ascética cristiana». Unas consideraciones que hizo en esta parte de su ponencia resultan particularmente significativas en relación a ciertos acontecimientos post-Medellín —en el sentido de sucesión temporal, no «a consecuencia de»—. Así, en relación a la valoración de lo temporal indicó: «también Gaudium et spes, señala que hay una conexión intrínseca entre la construcción de un mundo mejor y el crecimiento del reino de Dios en la tierra, que prepara al mundo que ha de venir. Lo hace con mucho cuidado señalando la diferencia entre progreso temporal y el reino de Dios, y el misterio que envuelve cualquier conexión entre el progreso temporal y el mundo que ha de venir (GS 39)». Y añade: «Esto plantea la relación entre teología de la creación y la teología del desarrollo, y la relación de ambas a la teología de la redención. ¿Cómo se ensamblan? Es un campo importante de elaboración teológica para nuestros tiempos, especialmente en América Latina. Ciertamente, hay relaciones muy importantes que se deben acentuar. Al mismo tiempo toda simplificación de ellas puede convertir la teología en una especie de sociología, con algunos rasgos bíblicos; y hacer de la Iglesia un órgano más del desarrollo temporal, con horizontes y compromisos que desbordan los límites de los “problemas sociales” de cada lugar y cada tiempo». Finalmente sentencia: «Es evidente que la combinación de una oración puramente “horizontal” y un compromiso cristiano puramente temporal, pueden desvirtuar completamente el testimonio y la vida de cristianos».

El tercer y último gran signo es el «enfoque mundial», particularmente a través de la difusión de nuevos valores mediante los medios de comunicación social. Culmina en tono exhortativo en un alegato en favor de una actitud positiva ante el cambio y a la fidelidad eclesial: «lo más importante, en cuanto signo, es que seamos Iglesia, unidos, en el amor, que es el signo que el Señor mismo señaló para que se reconociera a su Iglesia. Toda justicia, paz y unidad que predicamos al mundo depende de cuanto nosotros seamos signo de unidad». En los días siguientes, enmarcadas en actos litúrgicos, matutinos y vespertinos, se desarrollarán las otras seis ponencias.

LA RESPUESTA ES JESUCRISTO

El miércoles 28 habló Mons. Pironio sobre la Interpretación cristiana de los signos de los tiempos hoy en América Latina 32 . El texto muestra algunas de las grandes líneas de la corriente eclesial de la teología de la liberación que, sin concesión alguna a las ideologías 33 , se expresa con fuerza en Medellín, y se manifiesta con mayor madurez en Puebla. Un aspecto fundamental de la exposición es el proceso o momento de toma de conciencia: «Cuando el hombre toma conciencia de la profundidad de su miseria —individual y colectiva, física y espiritual— se va despertando en él un “hambre y sed de justicia” verdadera que lo prepara a la bienaventuranza de los que han de ser saciados y se va creando en su interior una capacidad muy honda de ser salvado por el Señor». Más adelante sostiene que la esperanza de América Latina «se apoya fundamentalmente en la acción de Dios, que es el único que salva. Hay una presencia nueva del Señor en nuestro Continente que, desde la profundidad de su miseria, adquiere conciencia de su misión y de sus valores y busca ser totalmente liberado».

El entonces Secretario del CELAM, va desarrollando con maestría teológica su ponencia en tres grandes partes: «Vocación del hombre», «La Iglesia, sacramento universal de salvación» y «La Iglesia, sacramento de unidad». Aludiendo a la reconciliación traída por Cristo se extiende desarrollando tres niveles de comunión en la Iglesia, acentuando el compromiso especial de los laicos y el amor a Dios del que fluye la solidaridad humana. Al concluir sostiene: «La Iglesia en América Latina se pregunta, en la sinceridad del Espíritu, qué es ella para el hombre, qué significa su presencia para los pueblos latinoamericanos, cómo responde a sus inquietudes y esperanzas, cómo realiza sus aspiraciones más hondas, qué aporta de “originalmente nuevo” a todo el proceso de transformación y desarrollo. El Continente latinoamericano mira a la Iglesia y espera». Y añade: «La respuesta de la Iglesia es una sola: Cristo».

LA VOZ PRECURSORA Y TESTIMONIAL DE DOM EUGENIO

El mismo día le tocó exponer al entonces Administrador Apostólico de San Salvador de Bahía (Brasil) y Presidente del Departamento de Acción Social del CELAM, Dom Eugenio de Araújo Sales, sobre La Iglesia en América Latina y la Promoción Humana 34 . Dom Eugenio, siendo aún sacerdote, gestó hacia 1948 el famoso Movimiento de Natal 35 , en la Arquidiócesis de Natal en el empobrecido noreste brasileño, tan significativo en la evangelización y promoción humana del medio rural, y en la maduración de la Iglesia en el Brasil. Ya Obispo Auxiliar de Natal se convierte en un promotor de encuentros episcopales de reflexión sobre los problemas pastorales del noreste. Es un convencido de que la evangelización, particularmente en las zonas pobres, debe ir acompañada por la promoción humana. La trayectoria del Obispo brasileño lo califica como auténtico precursor de la reflexión sobre liberación y la evangélica opción por el pobre que se dio en Medellín. Al leer su ponencia no puede dejarse de evocar la larga lista de prohombres que desde Las Casas y Tata Vasco de Quiroga, en los albores de la evangelización de nuestras tierras americanas, concibieron la relación entre evangelización y desarrollo social pacífico y justo. Su mensaje en esa ocasión fue eco claro de su actitud pastoral en favor de los pobres, desde el Evangelio, extendida a la situación del Continente que reclama una urgente transformación. Toda ella estuvo enmarcada en un llamado a la praxis efectiva, abordando diversos aspectos necesarios para implementar una auténtica promoción humana.

Al empezar Dom Eugenio, decía: «El preocupante ritmo de crecimiento demográfico de América Latina, el estado de marginalidad de gran parte de la población, frente a un pequeño número de privilegiados, la situación de nuestras poblaciones rurales, la insatisfacción de nuestra juventud, el elevado índice de analfabetismo y la carencia endémica de una educación de adultos, el cambio de una sociedad monolítica para un estado de pluralismo socio-cultural, los gritos de los oprimidos que no soportan el peso que los exaspera y aniquila, la inadecuación de nuestros sistemas políticos, todo eso provoca en nosotros —miembros del Pueblo de Dios y más directamente responsables de llevar a los hombres el Mensaje del Evangelio— un estado de perplejidad y de angustia. Sin embargo, poco resultaría del estudio de esta problemática, sin tratar concretamente de resolverla. Menos aún, elaborar bellas y oportunas conclusiones sin una firme decisión de llevarlas a una inteligente y rápida concreción». La honda emotividad que expresa su mensaje no es óbice para que el mismo sea profundamente teológico y con una orientación pastoral de grandes alcances. Sin duda se trata de uno de los textos fundamentales de esos tiempos, cuya vigencia se extiende hasta hoy.

En su diagnóstico reconoce la identidad católica de América Latina, «un “Continente Católico”, un atributo natural más que un predicado», pero aunque señala que sentimos «las huellas o los efectos de la evangelización primitiva» se trata de una «evangelización incompleta que necesita ser complementada». Destaca en lo que designa como «batalla del desarrollo» su llamado a la formación de líderes, resaltando la decisiva importancia del «factor cultural». Su aliento a las comunidades de base, así como su apoyo a los organismos intermedios como sindicatos y cooperativas, manifiesta una orientación personalizante. Subrayó el inconformismo ante las injusticias establecidas y la urgencia de reformas audaces y profundas en las estructuras. «La estrategia de una Iglesia, como servicio, para empeñarse en la promoción humana de Latinoamérica, debe abrir caminos, con su testimonio y enseñanza ayudar así a los hombres, y especialmente a los gobiernos a percibir las señales de los tiempos. Ella debe ser co-educadora de los grupos humanos, para que ellos, apoyados en su conciencia cristiana y en la fuerza moral de la Iglesia, realicen con rapidez, con valor, en profundidad y en la justicia, las indispensables transformaciones estructurales del Continente». En la intervención del prelado brasileño se percibe, como maciza evidencia de su adhesión a la Iglesia, la conciencia de fidelidad a las enseñanzas del Evangelio, y la prudencia y equilibrio que de ellas fluye, al plantear su presencia y acción en un Continente lleno de rupturas, de pobreza e injusticias.

PROMOVIENDO LA EVANGELIZACIÓN

Al día siguiente, Mons. Samuel Ruiz, Obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas (México), trató el tema de La Evangelización en América Latina, resaltando la conveniencia de incentivar el proceso de conversión a través del anuncio evangelizador, «primordial tarea de la Iglesia en América Latina». Considera que «la Evangelización fue incompleta», y que aún hoy «un gran número de bautizados no logra tener una fe consciente y madura». Tras un análisis socio-cultural sostuvo que el desarrollo debería humanizar y liberar. Culminó la primera parte de su ponencia estableciendo una división del campo misionero en América Latina, en tres áreas: donde «la Iglesia no está presente»; «iglesias débilmente implantadas»; y comunidades eclesiales «con minoría cristiana y precariedad de estructuras pastorales»; y de la especial situación de los indígenas. En la segunda parte se extendió sobre las «Tareas que se plantean a la Evangelización en América Latina», sosteniendo que nuestras tierras se encuentran «en estado de misión» 36 .

APROXIMACIÓN AL POBRE

Luego presentó su ponencia, con sugerente aparato crítico, el Obispo Auxiliar de Caracas (Venezuela) y Presidente del Departamento de Seminarios del CELAM, Mons. Luis Eduardo Henríquez, desarrollando el tema: Pastoral de masas y pastoral de elites 37 . Resaltó la idea de que la Iglesia en América Latina es una Iglesia de los pobres, extendiendo el concepto de «pobre» en sentido «holístico», más allá de la obvia realidad socio-económica. Tras aludir al pobre de la Escritura, como quien «además de la falta de bienes materiales, connota un sentido de completa disponibilidad y entrega confiada en manos de Dios. Es la actitud de Nuestra Señora en la Anunciación», sostuvo: «En nuestra pastoral creo que debemos interpretar “pobre” en un sentido más amplio —que el meramente económico o social—; sin circunscribirnos exclusivamente en la falta de bienes materiales; incluyendo los que viven en un estado de pobreza religiosa y miseria espiritual, aun cuando no estén totalmente desprovistos de bienes de fortuna. La gran masa del pueblo cristiano» 38 . Con todo cuidado Mons. Henríquez parece querer evitar y advertir el peligro de reduccionismo ideológico del pobre y la pobreza. Su defensa del enraizamiento de la fe en las masas latinoamericanas y su ponderada ofensiva contra un «purismo», de las que se hicieron eco las Conclusiones de Medellín, preludian la defensa y clarificación de la religiosidad popular, en los años posteriores a Medellín, ante las arremetidas de teólogos y pastoralistas ligados a corrientes erradas de la teología de la liberación.

Luego de un pormenorizado recorrido por diversos métodos y medios pastorales, como testimonio de vida, diálogo, catequesis, etc. y ámbitos como las comunidades de base y las instituciones, pasó a tratar sobre la pastoral de las élites religiosas, culturales, desarrollado más extensamente, y sociales. Culminó aludiendo al ateísmo y al agnosticismo y tratando de algunos medios para comunicar el mensaje de fe en los ambientes latinoamericanos no creyentes.

ESPÍRITU DE RENOVACIÓN Y RECONCILIACIÓN

Ese mismo día 29 habló también el Primer Vice-Presidente del CELAM, Mons. Pablo Muñoz Vega, S.J., Arzobispo de Quito (Ecuador). Su ponencia se titulaba: Unidad visible de la Iglesia y Coordinación Pastoral 39 . La intervención del prelado ecuatoriano ingresó de lleno a plantear la necesidad de una renovación de las estructuras eclesiales en un espíritu de conciliación por el que se integren los valores de las diversas perspectivas en oposición aparente o real buscando la fidelidad a la Iglesia. «El peligro es claro. Cuando el interés por los valores sociales terrenos ocupa el horizonte religioso del espíritu hasta el punto de dejarlo a ciegas para captar otras dimensiones vitales e imprescindibles, ya estamos ante un resultado que no puede hallar justificación. Mas, así mismo cuando la insatisfacción por un mundo cuya visión se juzga ser demasiado secularizada llega a convertirse en insensibilidad e irresponsabilidad frente a la miseria inmerecida de nuestros hermanos, estamos igualmente ante un resultado inadmisible».

«Siempre que en los intentos de renovación se va a los extremos, se experimenta el impacto dañino de las reacciones excitadas por el mismo exceso de las posiciones —afirmó el hoy Cardenal Muñoz Vega—. Hoy en nuestra América Latina corremos el peligro de estas reacciones por el desenfoque producido en ciertos cuadros de renovación difundidos profusamente en nuestros ambientes. Por ello debemos comenzar por la eliminación decidida de las posiciones que por su extremismo son causas de división». Para caminar por el sendero de las reformas aludía a la Lumen gentium, a cuyo número octavo llamaba «faro».

Tras ahondar en reflexiones eclesiológicas planteó una dinámica reconciliativa orientada a evitar los escollos que podrían afectar la recta puesta al día de las estructuras pastorales, la llamó: «Armonización de los diversos postulados de renovación pastoral». Con espíritu de prudencia y realismo fue recorriendo las relaciones entre sacerdocio y laicado; entre Obispos, presbíteros y diáconos; la apertura a los carismas apostólicos en el espíritu de San Pablo, Spiritum nolite extinguere; la atención especial al principio de subsidiariedad; el desarrollo de la colegialidad en diversas estructuras eclesiales.

El Arzobispo quiteño resaltó la necesaria manifestación de sencillez y el testimonio de pobreza evangélica: «La sencillez evangélica debe ser santo y seña de nuestros programas de renovación de estructuras: sencillez en la vivienda, en las construcciones de edificios educacionales y de los mismos templos, cuyos costos conviene guarden la debida proporción con el medio económico-social, realizando nosotros mismos y enseñando a realizar el máximo ahorro para las obras de promoción social de los necesitados y marginados». Concluyó sosteniendo que el «principio y fundamento de cualquier buen programa de cambio de estructuras» está en la búsqueda de la perfección y la santificación, y que «la Iglesia no puede medir su misión con la medida del tiempo o de su moda, sino por el contrario, ha de poner los tiempos bajo la medida de su misión que siempre los trasciende» 40 . Visto retrospectivamente el mensaje de Mons. Muñoz Vega, no es posible pasar por alto sus visos proféticos.

LA COORDINACIÓN PASTORAL

El último ponente fue Mons. Leonidas Proaño, Obispo de Riobamba (Ecuador), Presidente del Departamento de Pastoral del CELAM, quien trató sobre la Coordinación Pastoral 41 . En una primera parte, mediante el cuadro de una parroquia «hecha con tintas y colores de mi propia paleta», según dijo, describió una visión imaginaria en la que acomodaba un conjunto de rasgos que resaltaban las incoherencias en la vida cristiana de no pocos, como «una muestra mínima de lo que es o puede que sea el Continente latinoamericano». Ante lo intrincado del mundo latinoamericano y la dureza de no pocas de sus características planteaba el recurso a las disciplinas que puedan ayudar a conocer bien la realidad. Luego pasó a desarrollar el tema de una pastoral orgánica, señalando algunos puntos esenciales, como un mismo espíritu en diversidad de ministerios, en sintonía con la acción pascual de Dios: «Descubrir la irrupción de Dios en la Historia que se está tejiendo hoy, lo pascual de cada acontecimiento pequeño o grande, particular o colectivo, de cada día, para acompasar, mejor para identificar la acción de la Iglesia a la acción pascual de Dios, e ir construyendo allí, hablando, corrigiendo, alentando, clamando contra las injusticias, perdonando y reconciliando a los pecadores, padeciendo con los pobres, sufriendo persecuciones, purificándose y purificando de manchas, luchando por la libertad y por el respeto a la dignidad de la persona humana, reflexionando y revisándose, volviendo al Evangelio y a las fuentes para renovarse y ser respuesta luminosa a los grandes interrogantes del mundo... como Iglesia». Luego hizo un recorrido de diversas actitudes como fidelidad, solidaridad, audacia y equipo, para culminar con algunos apuntes metodológicos, ya teóricos, ya prácticos, para la acción planificada.

V. LAS COMISIONES EN MARCHA

Para el trabajo concreto los participantes de la II Conferencia General del Episcopado se dividieron en Comisiones y Sub-comisiones pastorales, cuya división y títulos, corresponden fundamentalmente a las Conclusiones del Documento Final, responden a las indicaciones del Documento Base y cubren las tres grandes áreas de la Conferencia: Promoción Humana, Evangelización y crecimiento de la Fe, y La Iglesia visible y sus estructuras 42 . Monseñor Jorge Mejía, en una crónica escrita el miércoles 28 de agosto de 1968, decía: «Luego —de las ponencias— se crean Comisiones de estudio, las cuales deben presentar sus resultados para el sábado. Con ellas se hace la primera redacción del documento final» 43 .

Promoción Humana, estaba integrada por la Comisión Justicia y Paz, que presidía Dom Eugenio de Araújo Sales, dividida en dos Sub-comisiones: Justicia, presidida por el mismo prelado brasileño, y Paz, presidida por Mons. Carlos Partelli, Arzobispo Coadjutor de Montevideo (Uruguay). Igualmente formaban parte de esta área: Familia y Demografía, presidida por Mons. Juan Francisco Fresno Larraín, Arzobispo de La Serena (Chile); Educación, presidida por el Cardenal Agnelo Rossi; y Juventud, presidida por Mons. Ramón Bogarín Argaña, Obispo de San Juan Bautista de las Misiones (Paraguay) y Presidente del Departamento de Pastoral Universitaria del CELAM.

Evangelización y crecimiento de la Fe, estaba integrada por la Comisión Educación de la Fe, presidida por Mons. McGrath, que integraba a las Sub-comisiones: Pastoral de las Masas, presidida por Mons. Luis Eduardo Henríquez, Presidente del Departamento de Seminarios del CELAM; Pastoral de Elites, presidida por McGrath; Catequesis, presidida por Mons. Hugo Polanco, Administrador Apostólico de Santo Domingo (República Dominicana); y Liturgia, presidida por Mons. Tulio Botero Salazar, Arzobispo de Medellín, el prelado anfitrión. Mons. Botero señalaba, prácticamente en vísperas de la Conferencia, que «uno de los objetivos de la II Conferencia es despertar las conciencias dormidas. Porque en América Latina la conciencia está dormida, sobre todo las de los que tienen más, las de los más favorecidos por la fortuna. Aún tienen la conciencia muy anestesiada. No se han dado cuenta del deber y la obligación que ellos tienen de velar por sus hermanos» 44 .

El área de La Iglesia visible y sus estructuras integraba la Comisión Movimientos de Seglares, presidida por Mons. José Dammert, Obispo de Cajamarca (Perú); la de Sacerdotes y religiosos, bajo la presidencia de Mons. Juan Carlos Aramburu, Arzobispo Coadjutor de Buenos Aires (Argentina), que a su vez presidía la Sub-comisión Sacerdotes, e integrada también por las Sub-comisiones de Religiosos, bajo la presidencia del Cardenal Clemente Maurer, Arzobispo de Sucre (Bolivia); y Formación del Clero, presidida por Mons. Miguel Darío Miranda, Arzobispo de México y Presidente del Departamento de Vocaciones del CELAM. También formaba parte de esta área la Comisión Pobreza de la Iglesia, bajo la presidencia del Arzobispo del Cuzco (Perú), Mons. Ricardo Durand Flórez, S.J. La Comisión Pastoral de Conjunto y la Sub-comisión La colegialidad en sus diversos niveles eran presididas por Mons. Pablo Muñoz Vega, y finalmente la Sub-comisión Medios de Comunicación estuvo bajo la presidencia de Mons. Fernando Gómez dos Santos, Arzobispo de Goiania (Brasil).

UN MÉTODO

Desde un tiempo atrás se venía difundiendo un método de base inductiva-situacional para tratar los temas desde la fe. Los orígenes parecen remontarse a la trilogía ver —hechos—,juzgar —reflexión teológica—, y actuar —proyecciones pastorales— 45 . Precisamente las tres partes del Documento Base concuerdan con tal perspectiva existencial. Así, el documento de trabajo se dividía en: Realidad Latinoamericana (un ver, aunque no exento de algún «juicio» resumen); Reflexión teológica (un juzgar, iluminando desde la fe y el Magisterio; la realidad vista, que conduce por el modo de las ideas-fuerza que asume al tercer momento); y Proyecciones pastorales (actuar, que en el documento se orienta hacia las tres áreas de la Conferencia: Promoción humana; Evangelización y crecimiento de la fe; Iglesia visible y sus estructuras).

En las Conclusiones de Medellín se verá la «canonización» de esta aproximación metodológica. Bajo uno u otro nombre, los diversos documentos se rigen fundamentalmente por la metodología tripartita, aunque en algunos casos se concrete en más de tres acápites y en otros no se mantenga un «rigor» en el desarrollo de cada una de las etapas. Aún así salta a la vista la intención general del Episcopado Latinoamericano de asumir esa dinámica por la que se parte de una aproximación inductiva que sitúa la reflexión en la realidad concreta —que se busca describir—. Desde esa base se recurre a la reflexión teológica buscando las iluminaciones de la Palabra Revelada y del Magisterio orientadas a esclarecer cristianamente la realidad situada. Así se completa la visión desde la fe. Precisamente ésta última sigue siendo la instancia decisiva. Así tenemos que bajo esta dinámica la reflexión teológica es un esfuerzo, desde una perspectiva situada históricamente (ver), por comprender la Revelación, y para aplicar la luz de la fe a la realidad, en un contexto eclesial (juzgar), que deriva en una conducta o acción. La primacía de la Revelación se mantiene, como es obvio que tiene que ser, pero se parte de una perspectiva que se podría llamar más existencial que otras aproximaciones. Todo esto nada tiene que ver con la alteración ideológica del método que se produce luego en algunas corrientes de la liberación bajo el prisma de la ideología marxista, y que conducen por una lógica, de la que parece les es difícil escapar, a un reduccionismo tal que pone en cuestión a la misma Revelación.

JORNADAS DE TRABAJO

En intensas jornadas de labores los integrantes de las Comisiones y Sub-comisiones dieron un paso más en el estudio y la reflexión bajo la protección de Santa Rosa de Lima, el 30 de agosto. Dieciséis Comisiones y Sub-comisiones fueron implementadas para la mecánica de la Conferencia. A ellas se añadió una Comisión más, bajo la Presidencia de Dom Avelar, encargada de elaborar un mensaje síntesis de lo tratado en la Conferencia con el título: Mensaje a los pueblos de América Latina. Para la buena marcha de la Conferencia se tomaron otras decisiones funcionales, como la elección de cuatro moderadores, así como una Comisión Estatutaria, y la designación de Mons. Antonio Quarracino, en ese momento Obispo de Avellaneda (Argentina) y Presidente del Departamento de Ecumenismo del CELAM, como efectivo Sub-Secretario de la Conferencia.

En un artículo, Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano, Mons. Juan Hervas Benete, entonces Obispo de Ciudad Real y Presidente de la Comisión Episcopal de Cooperación Apostólica con el Exterior (España), da un testimonio de su participación en Medellín. De él tomamos esta larga cita que nos permite conocer algo del clima que se vivió durante las jornadas de trabajo, y que desmienten algunas versiones hechas bajo el prisma conflictual: «”Desde antes de la iniciación de la Conferencia —decía “El Colombiano” en un artículo editorial— se habían hecho pronósticos pesimistas sobre sus posibles resultados. Los periodistas, ávidos de sensacionalismo, trataron inútilmente de deformar el verdadero sentido de las ponencias y de ahondar divisiones entre los prelados. Se hizo la afirmación audaz de que existían en el CELAM grupos extremistas, que no aceptaban las recomendaciones del Romano Pontífice. Toda esta estrategia amarilla cayó por el suelo cuando se conocieron las Conclusiones de las Comisiones. Como dijo en declaraciones para este diario el cardenal Samoré, los delegados en la magna reunión `estaban ávidos de unidad'. Y la Iglesia americana ha salido con nuevo brillo y esplendor de estas jornadas gloriosas”.

«Es cierto que algún periódico se hizo eco de “pequeñas discrepancias, que parecieron surgir en un principio, y que aparentemente justificaron la alarma de los pesimistas”, pero, como reconoce el mismo periódico, estas discrepancias “sirvieron para acentuar la absoluta independencia con que actuaron los participantes”. “Supimos de fuente segura —sigue diciendo— que la Presidencia en ningún momento prohibió el estudio de determinado problema y que todos fueron discutidos dentro de un clima de altura y con miras a la unidad de intereses que animó a todas las voluntades”.

«Esto es la pura verdad. Yo mismo fui testigo de los primeros roces en el seno de las Comisiones, pues formaba parte de la Sub-comisión dedicada especialmente al estudio y redacción de las conclusiones referentes a los sacerdotes, y puedo hacer mía la contestación que dio a los periodistas monseñor McGrath, Obispo de Santiago de Veraguas (Panamá): “Estoy impresionado por la armonía reinante. Puede decirse que se ha presentado el espectáculo de un Episcopado unido para servir a la Iglesia y, en la mejor forma posible, a los intereses de la América Latina”. Y al exponer su impresión sobre las votaciones añadía: “¡La casi total unanimidad en sus resultados! Es admirable que no se hayan presentado brotes disidentes o abiertamente contrarios y que dentro de ese clima de absoluta democracia se haya podido llegar a un acuerdo de criterios y voluntades”» 46 .

Conforme se avanzaban las labores, y se desarrollaban los Plenarios, se fue imponiendo la idea de que en vez de un Documento Final propiamente redactado como tal se sumaran las Conclusiones independientes de las diversas Comisiones y Sub-comisiones y se asumiera esa recopilación como el Documento Final. En todo caso se contaría con el Mensaje a los pueblos de América Latina elaborado como una especie de mensaje síntesis de Medellín.

Tomada la decisión, las sesiones de las diversas Comisiones y de las Asambleas Plenarias se orientaron a perfeccionar los documentos. «Las comisiones trabajaron en dos etapas —apunta acertadamente Jorge Mejía, entonces Secretario Ejecutivo del Departamento de Ecumenismo del CELAM—. Primero redactaron un texto que fue discutido por la asamblea plenaria. Luego, volvieron a redactar este texto a la luz de las discusión habida, y de observaciones escritas recibidas» 47 , estas últimas se llamaban «modos». En las sesiones plenarias se asumió el sistema de votos usado en el Concilio Vaticano II: Placet (a favor), Non Placet (en contra), y Placet Juxta Modum (a favor con modificaciones). Mediante este último tipo de voto se aprobaba el texto pero según un «modo» o matiz que se debía precisar por escrito para ser considerado por la Comisión respectiva. Los «modos» asumidos por la Plenaria resultan significativos para evidenciar ciertas actitudes o posturas que Medellín deseaba expresamente evitar. Una simple revisión de los cambios introducidos por la Asamblea muestra una clara tendencia a evitar conceptos portadores de una visión conflictiva. En ese sentido no resultó extraño que uno de los dos documentos que más modos correctivos obtuvieran fuera el de Paz. Interesante de señalar, también, es que la Conclusión de laicos fue la única rechazada. Ello llevó a una modificación de la Comisión por la que se integraron diversos laicos que habían estado en otras Comisiones. La nueva versión del Documento fue aprobada, y es la que conocemos.

Los resultados de las votaciones sobre los diversos documentos son los que se indican a continuación 48 . Se puede ver cómo en sólo un caso los votos en contra pasan de cinco, cifra de oposición que se mantendría hasta la votación final, a pesar de su absoluta minoría.

La Introducción a las Conclusiones recibió una aprobación de 82 votos a favor y 22 a favor pero con modificaciones, ante sólo dos votos en contra.

COMISION A Favor En Contra A Favor con Modificaciones
Justicia 84 2 35
Paz 64 5 61
Familia y Demografía 90 0 33
Educación 102 0 26
Juventud 83 5 39
Pastoral de las Masas 61 5 62
Pastoral de Elites 85 3 37
Catequesis 103 1 18
Liturgia 74 0 51
Movimientos de Seglares 41 30 57
Sacerdotes 82 5 35
Religiosos 84 1 31
Formación del Clero 67 4 46
Pobreza de la Iglesia 75 5 45
Pastoral de Conjunto 93 2 22
Medios de Comunicación 110 0 10

Al proporcionar estas cifras no se han incluido las abstenciones, ni la contabilidad de los ausentes en el momento de la votación.

El día 6 de setiembre, en el Plenario Final, Mons. Antonio Quarracino, dio lectura al texto del Mensaje a los pueblos de América Latina, que fue aprobado por la Asamblea. Luego se pasó a la última revisión de las 16 Conclusiones, ya procesadas según la metodología descrita, y cuidadosamente estudiadas por una especie de Comisión central compuesta por Mons. Pironio, Mons. Quarracino y los Presidentes de las Comisiones pastorales 49 . Los textos fueron aprobados abrumadoramente, pues los votos negativos no sobrepasaron en ningún caso los cinco.

Tras una última conferencia de prensa, la concelebración final, presidida por el Cardenal Antonio Caggiano, Arzobispo de Buenos Aires, y la sesión final de clausura, en la que hablaron los integrantes de la Presidencia y Mons. Octaviano Márquez, Arzobispo de Puebla (México), culminó la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, conocida simplemente como Medellín.

Mons. Hervas, en el artículo testimonial que hemos citado, sostenía también: «En resumen, puede afirmarse lo que “El Colombiano”, decano de la prensa antioqueña, decía en un artículo de fondo: “La Conferencia Episcopal de América Latina clausuró ayer sus sesiones, después de varios días de intensa y fructuosa labor. Las conclusiones adoptadas, de acuerdo con el espíritu del Concilio Vaticano II, y con las instrucciones del Romano Pontífice, contienen orientaciones muy valiosas para la acción pastoral de la Iglesia en el Continente y recomiendan la acción de sacerdotes y laicos para lograr cambios que garanticen justicia, igualdad, libertad para todos los hombres... La Conferencia Episcopal tiene tal trascendencia para la vida de los pueblos americanos que bien puede decirse que es el punto de partida de un gran movimiento de renovación y avance social en el Continente...” (7 de setiembre de 1968)» 50 .

La impostación latinoamericana del Concilio Vaticano II y del Magisterio de Pablo VI en Medellín son un hecho incuestionable. La armonía eclesial de las Conclusiones no parece que pueda ser puesta en duda. Las ponencias, especie de corazón que da vida a las Conclusiones, muestran, en su conjunto, los ecos del madurar de la Iglesia en América Latina desde la Conferencia de Río, en 1955, así como la aplicación del espíritu del Concilio a nuestro medio. El Mensaje a los Pueblos de América Latina y las Conclusiones finales Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, constituyen un todo vital en el que se descubre el hondo discernimiento realizado por los Padres en Medellín en esas jornadas de 1968, entre el 26 de agosto y el 6 de setiembre, de cara a la situación del Pueblo de Dios que peregrina en América Latina, y en la aspiración a ser fieles al Plan de Dios en esa hora latinoamericana. Ese fue el Medellín real.

VI. PERSPECTIVAS GLOBALES Y PERSPECTIVAS REDUCTIVAS

Finalizadas las intensas jornadas del encuentro, difundido el Mensaje a los Pueblos de América Latina, y con sorpresa de todos, incluso y quizá primeramente de los participantes, también las Conclusiones, publicadas de inmediato, quedaba ante todos, primeramente los Pastores de América Latina, la magna tarea de aplicar Medellín, «el primer fruto maduro del reciente Vaticano II» 51 .

A nadie escapa que el logro de los diversos documentos que conforman las Conclusiones es desigual. Sin embargo, había un cierto sentimiento de que lo hecho era un gran adelanto. Mons. Jorge Mejía, en unas impresiones escritas desde Roma, escribía: «Medellín tiene... a favor suyo, la presunción de seriedad. Dicho de otro modo: cualesquiera sean sus defectos, es un documento que brota de la comunión. La comunión interna de las Iglesias del Continente, y la comunión con la sede romana. Y en este momento, creo que el Papa nada aprecia tan vigorosamente como la realidad de esta comunión. Por eso, sin duda, dijo a alguien en estos mismos días, que Medellín es la declaración de mayoría del episcopado latinoamericano» 52 .

No hace mucho, Mons. Rodríguez Maradiaga, Secretario General del CELAM, decía que los documentos de Medellín «mirados a la respetable y serena diferencia de estos cuatro lustros, se crecen con el tiempo y conservan su validez y su dimensión profética» 53 .

A PESAR DE LOS OBSTÁCULOS

Ya se ha afirmado que Medellín fue un momento intenso de la vida eclesial latinoamericana, un momento de reflexión y de convocatoria a la renovación. El telón de fondo de los documentos conciliares, así como el Magisterio del Papa Pablo VI, apuntaba a una comunidad eclesial ansiosa de purificarse y de dar respuesta a su razón de ser: anunciar el Evangelio del Señor, e iluminar todas las realidades para que se orienten según el divino Plan.

Pero una cosa son las intenciones y el buen pensamiento, y otra la implementación concreta. Medellín fue, en términos generales, bien recibido. Pero su llamado a una rápida evolución no obtuvo la respuesta pronta de todos. Mons. Pironio decía, sobre esto, un año después de finalizado Medellín: «Es normal que avance con cierta lentitud. Si la renovación es honda, implica una “mentalidad nueva”. Y eso no puede conseguirse de un día para otro. Incluso, si quiere ser auténtica, la renovación exige meditar mucho y buscar con sinceridad los caminos nuevos. Sería peligroso cambiar por cambiar, sin comprender a fondo el significado y las exigencias del cambio». Y añadía un certero juicio sobre la realidad que sellará el destino de Medellín:

«Pero ciertamente, el proceso de renovación ha ido, en determinados casos, demasiado lento. Los obstáculos yo los resumiría en dos:

«a) hay gente que todavía “no comprende” Medellín. O sea porque no ha hecho un esfuerzo por descubrir sus líneas teológicas, o porque lo ha sacado de su contexto evangélico. Medellín es, ante todo, un hecho religioso y salvífico;

«b) hay gente a quien “le duele” Medellín. Porque exige cambios radicales y abandonar, a veces, ciertas posturas privilegiadas. El compromiso de Medellín exige mucho heroísmo» 54 .

Ya en el análisis del entonces Secretario General del CELAM se perciben nítidamente dos graves obstáculos que opondrán resistencia a Medellín: la incomprensión del Medellín real por prescindir de su naturaleza y sus líneas teológicas, ya por omisión, o por las tristemente célebres extrapolaciones que se desplazarán a reduccionismos y relecturas ideologizadas de los textos. Es la problemática de la descontextualización. Junto a ella, pero desde una óptica diversa, está la resistencia de visiones del mundo, más o menos «conservadoras», que se sienten incómodas por los cambios, más aún si son rápidos, y también la resistencia de aquellos cuyos intereses amenazan ser afectados.

Ambos polos de obstáculos se han dado en América Latina. El segundo, importante al principio, ha ido decayendo lenta pero progresivamente. Pero, no así el primero. El Cardenal Muñoz Vega, quien fuera Vicepresidente del CELAM, para 1971 escribía: «Se pueden leer los documentos de la Conferencia de Medellín sólo parcialmente y más para buscar la confirmación de ciertas opciones particulares, que para asimilar con plena fidelidad su pensamiento. Una lectura realizada en esta forma puede ser desorientadora. La ruta que la Iglesia Latinoamericana logró señalar en su segunda Conferencia General es una ruta que, entre tendencias contrapuestas por su extremismo, se distingue por su rectitud prudente y equilibrada. Mas no se la puede divisar con precisión y claridad si en el estudio de los documentos se fija la atención solamente en ciertos aspectos y sectores y no en el conjunto» 55 .

El hoy Cardenal Alfonso López Trujillo, uno de los Pastores que más ha hecho por que se respete el sentido del Medellín real, sostenía desde uno de los puestos de servicio que ejerció en el CELAM: «La integralidad de Medellín se ve, evidentemente, amenazada cuando sólo se aprecia una conclusión o varias, haciendo caso omiso del resto, o cuando se va a la caza de un párrafo, abstrayéndolo del contexto, del sentido del documento y del espíritu de Medellín» 56 .

LAS TEOLOGÍAS DE LA LIBERACIÓN

Este fenómeno de la descontextualización, las lecturas parciales y aún ideologizadas de Medellín, ha sido el más grave obstáculo con el que se han tenido que enfrentar las comunidades eclesiales a lo largo y ancho de América Latina, aunque es bueno decirlo, en unos lugares más que en otros. El tema de las teologías de la liberación, que en el mundo católico latinoamericano encuentra su expresión en Medellín, dará lugar a un largo proceso de confusión y purificación de lo que sin duda es un fenómeno polimórfico, que aún no termina, en la práctica, a pesar de las dos Instrucciones de la Sagrada Congregación para Doctrina de la Fe, que han puesto un definitivo final al problema teórico 57 .

Las amañadas versiones que buscan escamotear la verdad evidente de que existen algunas erróneas teologías de la liberación, debieron caer por tierra al leerse, con recta intención y apertura de mente y corazón, las precisiones sobre la naturaleza y alcances de la auténtica liberación cristiana en la Evangelii nuntiandi, Puebla, las Instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y en las inequívocas enseñanzas de los últimos Pontífices, especialmente de Juan Pablo II. En esa misma línea esclarecedora hay un corto, claro y significativo texto, de hace unos quince años, del Cardenal Primado de España, Marcelo González Martín, que vale la pena recoger aquí pues evidencia cómo se veía la situación entonces, y ayuda a comprender mucho de lo que ha ocurrido después. «La Teología de la Liberación, a más del gran poder atractivo de su nombre, puede aportar mucho a la doctrina y a la pastoral, y sin duda lo está aportando; pero también puede dar, y parece que ha dado, origen a algunas grandes y graves confusiones. Creo que ha llegado la hora de que todos hagamos esfuerzos, a poder ser conjuntos, para percibir con claridad la situación y la gravedad de los planteamientos de esta Teología en el orden doctrinal tanto como en el orden práctico y pastoral, a fin de que con reflexión y competencias teológicas, con serenidad y madurez, con espíritu y objetividad, contribuyamos a rehacer lo que tuviera de confusión o desviación y a afianzar e impulsar lo que tiene de positivo y constructivo del Reino y del “hombre nuevo”. La Teología Católica tiene luz suficiente para esclarecer de una manera seria y profunda esta cuestión en la cual nos encontramos inmersos, tanto por parte de los que actúan escribiendo libros o en revistas, como, sobre todo, por parte de los que actuamos trabajando pastoralmente en la difusión del Reino de Dios en un mundo, en este mundo al que estamos llamados a salvar en Cristo. Esclarecer el tema tiene, pues, una importancia trascendental» 58 .

En 1973, el Cardenal López Trujillo, señalaba: «En Medellín se encuentran los elementos fundamentales y el conjunto de rasgos comunes a las diversas corrientes —de teologías de la liberación 59 — que después aparecerían. Allí están sus más profundas raíces. Allí el terreno propicio de valiosas orientaciones» 60 . Con anterioridad había escrito: «En la vida de la Iglesia, la liberación fue el eje de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano, lugar y pilar a la vez de su reflexión teológica» 61 .

La liberación como tema teológico va ocupando crecientemente un lugar en América Latina durante Medellín y más aún en el tiempo de recepción de Medellín, y después también. Tanto en la teoría como en la “praxis”, la liberación va convocando la atención 62 . No se trata de una aproximación unívoca, ni de una lectura sólo de una línea-fuerza de Medellín, desde el mismo Medellín y su óptica, ni sólo de inspiraciones fundadas en el Concilio Vaticano II 63 o de la Populorum progre¬ssio 64 o ciertos documentos del Magisterio Pontificio o latinoamericanos. Se trata de eso, pero también de ahondar, desde diversas perspectivas e interpretaciones en un tema que se presenta como acuciantemente actual: el ansia de libertad del ser humano y lo que le impide conseguirla.

MADURACION ECLESIAL A PARTIR DE MEDELLIN

Con acentos casi proféticos, Mons. Jorge Mejía, analizaba con todo realismo la problemática en la que se encontraban los Pastores de la Iglesia en Medellín, y que se ha prolongado hasta la realización de Puebla, y en algunos países y casos ha continuado aún después. El texto pertenece a los tiempos de Medellín, y no está demás resaltar, que precisamente por eso es anterior a la larga evolución y maduración de la perspectiva eclesial de los asuntos que en él se tratan y que, sin embargo, se evidenciarán en la marcha de la Iglesia.

Al reflexionar sobre la orientación social de Medellín afirma: «Se advierte la tremenda dificultad de nuestra posición, dificultad a mi juicio aún no resuelta. No podemos desentendernos ni poco ni mucho de la situación de nuestro Continente, que no es precisamente el paraíso del desarrollo. Pero a la vez no podemos convertirnos en agencias religiosas de transformación económica, social y política. Por eso, no podemos tomar la iniciativa en materia de revolución, lo cual es muy distinto que condenar todas las posibilidades de que tal solución sea necesaria. Es perfectamente claro que debemos condenar las injusticias, y no encontrarnos amordazados por convivencia con los poderosos, pero esto implica que seamos independientes de cualquier forma de poder, no sólo el del dinero. Y la denuncia de la injusticia nos urge porque es una importante obligación evangélica. Hay otras. La primera naturalmente es predicar el único nombre que bajo el cielo nos hace libres: Jesucristo muerto y resucitado. Jesucristo que vive en los hermanos necesitados —o muere en ellos—.

«La Conferencia intentó hacer la síntesis de estos dos casi antinómicos aspectos de la tarea de la Iglesia en América Latina a partir de la noción de liberación. La liberación no excluye solamente las tinieblas de la ignorancia religiosa y del pecado, sino también las ataduras que impiden a los hombres serlo plenamente. Es una noción fecunda. Pero que es enteramente indispensable mantener, como en la Biblia, en su valor religioso, so pena de ver la Iglesia degradarse en movimiento temporal, uncida al yugo de cualquier ideología, otra forma, al fin, de sujeción a los poderosos de este mundo. O a sus “elementos”, como San Pablo diría, de los cuales también hemos sido liberados» 65 .

Así pues, a través de incertidumbres, de tensiones, de fuerzas inmovilistas que resistían el cambio, o de aquellos que quisieron subordinar los contenidos de Medellín a ideologías o esquemas praxeológicos, el Pueblo de Dios, con sus angustias y esperanzas ha ido avanzando en el camino de maduración eclesial. No puede caber la menor duda de que una de las causas de mayor tribulación han sido las ofertas de caminos errados ante cuya nefasta confusión han sucumbido no pocos. Sólo un triunfalismo inmaduro o la ingenuidad, no tan escasa como parecemos creer, puede hoy dudar de la grave cuota en unidad de la Iglesia y en efectivo servicio al pobre concreto que las ideologías y visiones conflictuales han cobrado.

Puebla fue hito clave en el camino de maduración de la Iglesia en América Latina. Sin embargo el espíritu de discordia y conflictualidad —precisamente ante el cual se alzaba su enseñanza de participación y comunión—, aún no totalmente desaparecido, sigue obstaculizando el pleno desenvolvimiento de su mensaje. Resulta paradójico que precisamente quienes se autoconciben a sí mismos como «adalides del progreso», constituyan una de las fuerzas más retardatarias que ha sufrido la Iglesia en el Continente de la Esperanza. Sorprende que algunos que estuvieron tan rápidamente dispuestos a abandonar las opciones de desarrollo ante los primeros síntomas de fracaso de las visiones unidimensionales de la «Alianza para el Progreso» o algunos populismos, sigan tercamente en favor de opciones que, como muestra, desplegaron trágicamente su ineficacia en la realidad de la opresión de la Iglesia y el pueblo nicaragüense. Y que por lo demás ya, allá por 1937, llamaba la atención al Papa Pío XI que alguien se pudiera adherir a principios cuyo fracaso científico e histórico estaba a la vista de todos.

La tensión de las antinomias o falsas antinomias, ante las cuales han sucumbido las ofertas de las corrientes erradas de liberación, a pesar de que muchos de sus entusiastas aún se niegan a reconocerlo, reclama una dinámica reconciliadora, como la que se ve que diversos episcopados latinoamericanos van asumiendo con lucidez, audacia y valentía ejemplares.

VII. LA RECEPCIÓN ECLESIAL DE MEDELLÍN

Volviendo al hilo de nuestra historia, terminado el evento, restaba su asimilación. La aplicación de Medellín, su profundización y su adaptación, según las necesidades de los diversos países, correspondía a los Obispos locales. Las Conferencias Episcopales nacionales, por ser ámbito práctico para ello, buscarían un consenso entre los Obispos, quienes a su vez, como Pastores y auténticos maestros de la fe, aplicarían, según su leal entender, las orientaciones de Medellín en la porción del Pueblo de Dios puesta bajo su solicitud. Una evaluación de la verdadera recepción de Medellín tendría que ir en búsqueda de la evidencia a los episcopados locales, verdaderos centros de la vida pastoral, lo que por el momento no es posible. Así pues, habrá que resignarse al análisis de la recepción de las orientaciones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano a través de los documentos de las Conferencias Episcopales nacionales.

Pronto las Conferencias Episcopales fueron entregándose a la tarea ineludible de trabajar con Medellín. Sin embargo, no todas las Conferencias se dan a un trabajo sistemático. Más aún, en bastantes casos no conocemos los documentos explícitos dedicados a la tarea de implementación. Lo más general suelen ser referencias aisladas a Conclusiones de Medellín, y la presencia de temas y orientaciones generales de la II Conferencia recogidos, muchas veces, ante situaciones coyunturales concretas. Observemos algunos de estos pronunciamientos episcopales hasta un año largo después de finalizado el encuentro de Medellín.

Como primer ejemplo, veamos las manifestaciones de los Obispos de Chile, caso que es sumamente ilustrativo, pues en reiterados pronunciamientos van tocando temas diversos de construcción de la Iglesia y de la convivencia humana. Resulta significativo descubrir lo que preocupa a los Obispos chilenos, pues es revelador de una conciencia sensible a los problemas eclesiales, ante todo, sin que ello signifique ignorar los sociales. La visión de fe es una guía constante, así como escasas son las referencias explícitas a Medellín.

Ya en octubre de 1968, expresan su inquietud por aires eclesiológicos conflictuales que quiebran la unidad de la Iglesia 66 : «No nos dispersemos. Hoy menos que nunca. La Iglesia es sacramento de caridad, es signo de unidad. Una Iglesia dividida, una Iglesia separada de sus legítimos Pastores, una Iglesia que no se une en torno al sucesor de Pedro, una Iglesia “agitada por todo viento de doctrinas”, “que sigue profetas según sus caprichos”, no sería la Iglesia de Cristo». Más adelante dicen los Obispos chilenos: «En un punto sin embargo seremos intransigentes, porque si no lo fuéramos, nuestra vida y nuestro compromiso con Cristo no tendrían razón de ser: mantendremos íntegras la fe y la moral del Evangelio, que son la fe y la moral de la Iglesia y los valores absolutos y esenciales por los que todos los cristianos debemos jugarnos la vida. Preferiríamos quedarnos solos en nuestras iglesias desiertas antes de claudicar en este punto. Porque el más grande servicio que podemos prestar a los hombres es éste: entregarles íntegra la fe revelada por Cristo, Nuestro Señor».

Y siguen puntualizando: «Buscar a Dios en el prójimo solamente, o en la sociedad humana, en una comunión de anhelos con los hombres de nuestro tiempo, sin buscarlo a la vez, en El mismo, en el estudio de su Palabra, en la contemplación de su misterio, es engañarse. Es ir a la luz sin llegar al sol, es ir al agua sin buscar la vertiente».

«Para cambiar el mundo debemos primero, o al mismo tiempo, cambiarnos nosotros mismos. No hay fidelidad a Cristo y a su Evangelio sin un esfuerzo personal de conversión interior, sin un compromiso personal con Cristo, sin un enderezamiento moral de nuestra vida entera». Al tiempo de optar resueltamente por la «nueva era histórica que se avecina», recusan al marxismo, del que exponen sus realizaciones históricas, y eligen la mayor «fuerza, más luz y más verdad en el Evangelio de Jesucristo y en la enseñanza y la práctica de la Iglesia a través de 20 siglos». Rechazan también la violencia y postulan: «Construyamos antes de destruir, reformemos lo que se puede reformar, reemplacemos lo que no admite reforma, conservemos lo que se ha de conservar, todo animado por un gran soplo de audacia creadora, pero sin odios, con claridad de objetivos y con responsabilidad en los líderes». Entre los Obispos firmantes de este ilustrativo documento estaban todos aquellos prelados chilenos que estuvieron en Medellín.

Para la Pascua de 1969, el Comité Permanente del Episcopado de Chile exhortará nuevamente en contra de la ideología conflictual: «Cuando se desata el dinamismo de la fuerza —señalan los Obispos—, nadie puede asegurar su control final. La imposición de una política por el terror, por la dictadura o por las armas, trae consigo la brutal represión de los que se oponen y la supresión de todas las libertades consideradas peligrosas por los que detentan el poder. El país entraría en la vida de los juicios políticos, las relegaciones, de las injusticias flagrantes, de la supresión de toda prensa libre, de toda posibilidad de defenderse, de las sospechas, de las calumnias, y por último, del paredón» 67 .

Las orientaciones del Episcopado chileno manifiestan su asimilación del Concilio Vaticano II. Como en los dos ejemplos anteriores, así también con ocasión del Sínodo de Obispos, el mensaje episcopal tiene acentos eclesiológicos y sociales 68 . El tema de la unidad y la recusación de la violencia es recurrente. Aguda es la descripción de la problemática eclesial: «debilitamiento del sentido de Dios, deterioro de la vida espiritual y abandono de los sacramentos, arbitrariedades introducidas en el ejercicio de la liturgia, desinterés por los movimientos apostólicos, descrédito de las normas morales cristianas, confusión ideológica y en particular una “secularización” mal entendida y erigida en doctrina que sustituye la misión evangelizadora por una mera estrategia de promoción social y toma incluso el vocabulario y los métodos de ideologías abiertamente ateas. Más aún, algunos llegan a desconfiar y distanciarse de la Iglesia que llaman “institucional”, denunciándola como comprometida con un sistema global de estructuras que impide el desarrollo social y esperan de una “revolución” la reforma de la Iglesia misma».

A pesar de los hechos críticos que los Obispos descubren en Chile y en la Iglesia, ven «bajo el prisma del Evangelio» una promesa: «La aspiración a lograr una comunidad donde haya justicia y amor, donde el hombre sea más persona y las personas más solidarias». Ven también un riesgo: por el pecado el anhelo de justicia puede ser causa del atropello del otro; el celo por el orden y la paz puede ser excusa para «el egoísmo, la insensibilidad social, la defensa apasionada de privilegios, odio y maquinaciones para perpetuar ventajas discriminatorias»; el anhelo de personalización, felicidad y amor «puede convertirse en desfiguración de la complementariedad de los sexos, degradación de la mujer y exacerbado erotismo».

Al diagnóstico suman «el aporte cristiano». Es una Iglesia muy consciente de la identidad cristiana y de la fe. Desde ellas se compromete el cristiano en la promoción de los cambios sociales, en la lucha por la justicia, en la denuncia de «los ídolos que pretenden absolutizar otra cosa que el amor». Ante las críticas de la lentitud de la renovación o de lo radical de los cambios, sentencian los Obispos de Chile: «La Iglesia no vive de una fácil adaptación de los gustos e ideales de la época por nobles que sean, sino de su fidelidad a Cristo».

En clara línea de promoción humana apareció un mensaje del episcopado de Bolivia, el 24 de abril de 1969, en el que sostenían los Obispos del país andino, entre otros puntos: «Nos corresponde educar las conciencias cristianas, inspirar, estimular y orientar todas las iniciativas que contribuyan a la formación integral del hombre. Nos corresponde también denunciar todo aquello que va contra la justicia y destruye la paz» 69 . El documento alienta la organización del pueblo, la defensa de los derechos humanos, y expresa la opción por los pobres y los humildes sin excluir a los demás hombres.

El Episcopado de Paraguay manifiesta su asimilación de Medellín a través de una Carta Pastoral conjunta: La misión de nuestra Iglesia hoy. Tras una aproximación-diagnóstico de la realidad en transformación del Paraguay y de los problemas que ello genera en el país y en la Iglesia, recuerdan que la misión de la Iglesia es trascendente, «desborda todo proyecto humano y todo esquema político temporal. La Iglesia existe en este mundo como signo de la liberación total del hombre, en dependencia del acontecimiento pascual de la Resurrección de Cristo». Sin embargo «la Iglesia no puede constituirse en signo visible de esa liberación trascendente, sino mediante su leal compromiso con el hombre concreto que, en su esfuerzo penoso a través de las vicisitudes de la historia, lucha por su liberación en el orden temporal» 70 . Junto con la denuncia de estructuras injustas expresan los Obispos su compromiso con el pueblo paraguayo en términos tomados del Mensaje a los Pueblos de Medellín.

El Episcopado de Cuba en su reflexión para aplicar Medellín a su realidad resaltaba una renovada visión de la moral social, que pasa por un cambio de la conducta del ser humano y su vocación al desarrollo integral. Ahondando en la constitución pastoral Gaudium et spes, del Concilio, y en la encíclica Populorum progressio, van describiendo las líneas maestras de esa moral social que llaman «moral del desarrollo», entendida en perspectiva de fidelidad al servicio de los más pobres 71 .

Los Obispos colombianos eligen el camino de la reflexión sobre el cambio en un documento en el que se descubren con claridad las referencias a los mensajes del Papa Pablo VI y de la Conferencia de Medellín, como camino para la aplicación de las Conclusiones a la realidad de Colombia. Ante el cambio la Iglesia ha respondido al deber de su presencia con Medellín: «valiosa proyección del Concilio, un hecho de solidaridad de toda la Iglesia latinoamericana ante los problemas comunes del Continente; un encuentro con el hombre concreto, lleno de fe en sus posibilidades y de esperanza en su renovación, un testimonio de diálogo y de compromiso con la inquietud de nuestros pueblos; y fundamentalmente, un acto de amor a Dios, de comunión eclesial y de amor pastoral a los hombres» 72 . Excluyendo la violencia como antievangélica, los temas de diálogo, inspiración cristiana de las realidades temporales, de servicio al hombre, de presencia eclesial en la historia, pobreza interior y exterior de la Iglesia, justicia, forman parte de su programa para el cambio. La liberación del pecado y la conversión a la santidad y la justicia son el camino. «La renovación constructiva y verdaderamente humanizante —dicen los Pastores colombianos— no es obra de un día. Pero es urgente que no dilatemos la acción. Que las exigencias del Evangelio estimulen y dirijan las actividades de todos los miembros de la Iglesia para que ella sea, también en la inquietud de nuestros días, luz y fuerza al servicio de nuestros hermanos» 73 .

Las referencias a Medellín aparecen con cierta regularidad en los documentos de los diversos episcopados, pero con mayor insistencia se perciben ciertos rasgos de preocupación por el hombre concreto, por la promoción humana, por sus derechos, por la justicia en la vida social. La reflexión sobre la Iglesia y sus estructuras también está presente. Sería interesante la realización de un estudio sistemático de los documentos episcopales de América Latina después de Medellín confrontado con los temas y las ideas-fuerza de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Más allá de los ejemplos citados, que han sido sólo eso, pues no es el caso hacer aquí un pormenorizado recorrido por los documentos de todos los episcopados durante todos los años que llevan hasta Puebla, cabe detenernos, brevemente, en dos más. Las Conclusiones de la XXXVI Asamblea General del Episcopado Peruano, y el Documento de San Miguel, que es —tal como lo indica su título completo— la «declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, las Conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín)». Ambos constituyen intentos de reflexionar sobre Medellín de manera sistemática.

MEDELLÍN Y EL PERÚ

Del 10 al 25 de enero de 1969 se reunieron los Obispos del Perú en Asamblea General con la intención de aplicar Medellín a la realidad peruana. El documento 74 elaborado en la XXXVI Asamblea, reconoce una seria preocupación por la problemática social, por la pobreza evangélica «a fin de ser verdaderamente sacramento de unión con Dios y de los hombres entre sí», por el papel del laico y de los movimientos apostólicos, y por la educación, «elemento indispensable para la construcción de un mundo más fraterno». Precisamente el documento se articula en cuatro partes correspondiente cada una a uno de los temas señalados, aun cuando el primero sirve de trasfondo y su temática se reitera en los otros.

Con fuertes acentos sobre la liberación y un diagnóstico socio-económico de la realidad en términos de injusticia, marginación de los sectores populares del futuro y de la participación política, mala distribución de ingresos, desnutrición, analfabetismo difundido, desemboca la primera parte del documento en una Motivación Doctrinal con recurso al Magisterio de Pablo VI y varias referencias a Paz y una a Juventud, de Medellín, definiendo la liberación del “hombre peruano” en términos de la Populorum progressio: «El paso para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas», en el que los hombres sean agentes de su historia. Para ello delinean un proceso de concientización en tres pasos: toma de conciencia de las injusticias estructurales, capacitación para reaccionar, promoción de nuevas estructuras. Bajo Líneas Pastorales se concretan las conclusiones puestas por las premisas señaladas en un dinamismo de diversas denuncias cuya formulación recoge referencias a seis sentencias tomadas de Paz y una de Pobreza de la Iglesia, de Medellín. Todo el sentido del acápite expresa una opción por los pobres y oprimidos y el deseo de expresar una solidaridad concreta, así la invocación «a nuestros gobiernos y clases dirigentes para que eliminen todo cuanto destruya la paz social: injusticias, inercias, venalidad, insensibilidad».

El desarrollo del tema Pobreza de la Iglesia sigue pautas semejantes al anterior, esta vez citando en varias ocasiones al documento análogo de Medellín. Se trata de una invitación a revisar la situación eclesial a la luz de la categoría pobreza, buscando modificar las situaciones que desdigan de ella, aspirando incluso a que: «las construcciones de templos, casas y obras de la Iglesia» sean «funcionales» y estén «inspiradas por el espíritu de pobreza que reclama el momento presente». En el mismo sentido el resultado de la Comisión Apostolado de los laicos puede resumirse en «que los grupos de apostolado tienen hoy que comprometerse a fondo en el cambio de estructuras injustas en las que vivimos». Finalmente, en el tema de educación se vuelven a reiterar los enfoques que se vienen dando a través de todo el documento respecto de la opción por los pobres y de la imagen de una Iglesia pobre. Se hace un diagnóstico sobre la educación en el Perú denunciando que la «instrucción en todos sus niveles tiende a poner a los hombres al servicio de las estruc