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Cardenal Dionigi Tettamanzi, La figura del Obispo hoy y su ministerio
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La figura del Obispo hoy y su ministerio

Card. Dionigi Tettamanzi, Arzobispo de Génova

Nos aproximamos a la “figura” del Obispo al interior del contexto vivo y concreto de la Iglesia. En realidad, si queremos aproximarnos a la identidad, vida y misión del Obispo de un modo integral y adecuado debemos hacerlo en el marco de este horizonte eclesiológico. Es el mysterium Ecclesiae el que delinea el verdadero rostro del Obispo: a este rostro debe volver la mirada el Obispo mismo, como deben hacerlo a su vez los presbíteros y fieles.

Nuestra meditación se referirá entonces al misterio de la Iglesia, cuyo esplendor se refleja en la figura del Obispo. En efecto, todos somos conscientes de que, tratándose de un verdadero y auténtico misterio del amor de Dios y de Cristo como lo es la Iglesia, una meditación como ésta resulta particularmente hermosa y fascinante, y nos abre al mismo tiempo a reflexiones y sentimientos aún más amplios, profundos e inagotables. En esta ocasión nos conformaremos con retomar el “Credo” y la confesión de fe de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. “Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí, indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 811). Todas y cada una de estas “notas” de la Iglesia arrojan luces sobre la figura del Obispo y nos ayudan a definirlo en su fisionomía y en su ministerio.

1. El Obispo y la Iglesia apostólica

Iniciamos con el rasgo de la “apostolicidad”. Nuestra fe profesa que la Iglesia es apostólica porque ha sido construida, y permanece siéndolo, sobre el “fundamento de los Apóstoles” (Ef 2,20), testigos elegidos y enviados a la misión por Cristo mismo. Como canta la liturgia de la Iglesia, los Obispos son por voluntad divina sucesores de éstos apóstoles: “Pastor eterno, Tú no abandonas a tu grey, sino que la custodias y la proteges siempre por medio de tus santos Apóstoles, y la conduces a través de los tiempos, bajo la guía de quienes Tú mismo has elegido como vicarios de tu Hijo y has constituido como pastores” (Prefacio de los Apóstoles, I).

Así, la figura del Obispo en su fisionomía más íntima se define en referencia a los Apóstoles de Jesús. Es cierto que los Doce gozan de una característica que es absolutamente “única” e “irrepetible”, y por lo tanto no participable, ya que son testigos particulares de la vida y misión de Cristo, sobre todo de su muerte y resurrección. Pero es también cierto que, por voluntad de Cristo, desde el momento en que promete permanecer con ellos hasta el fin del mundo (ver Mt 28,20), la misión de los Apóstoles continúa y se renueva en y a través de la misión de los Obispos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 860).

En virtud de ésta misión el Obispo nos remite realmente a la Iglesia de los inicios, a la Iglesia de Jesús y de los Doce. Y esto se da tanto por una sucesión “cronológica” ininterrumpida como por un vínculo interior y espiritual, mas aún propiamente “sacramental”, con los Apóstoles a través de la imposición de las manos y del don del Espíritu Santo.

Esta realidad de gracia, propia del Obispo, se sitúa dentro de la Iglesia y se da al servicio de la Iglesia: ésta es a su vez, por decirlo de alguna manera, invitada —en términos concretos, vivos y personales— a volver a las raíces mismas de su fe y por lo tanto a reencontrarse en Jesucristo y en sus apóstoles. Gracias al Obispo, a su misma “figura” y presencia, la comunidad cristiana toma conciencia de su calidad de Iglesia apostólica y es llamada a crecer no en una eclesialidad cualquiera, sino en la eclesialidad propiamente apostólica. En términos más concretos: la comunidad cristiana es llamada a considerar, valorar, amar y vivir su esencial y significativa unión propia con el Papa y los Obispos a través de un vínculo que es en un cierto sentido sacramental, en la medida en que es imagen viva y fecunda, signo y representación real de la unión de la Iglesia con Cristo.

Desde un punto de vista pastoral queremos señalar dos oportunidades que, entre otras, deben ser valoradas tanto por los sacerdotes como por los fieles. La primera es la celebración eucarística en cuanto momento cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. Cada Eucaristía se celebra siempre en comunión con el Papa y con el Obispo de la Iglesia particular, los cuales son incluso recordados por su nombre. ¡Pequeña gran cosa es la pronunciación de estos nombres! La segunda oportunidad se refiere a la festividad litúrgica de la memoria de los Apóstoles. Esta es una festividad que requeriría, dado su significado, un relieve mayor.

2. El Obispo y la Iglesia santa

Nuestra fe se vuelve a la Iglesia santa. Cabe citar aquí un texto particularmente denso de la Epístola a los Efesios que nos presenta a Jesús amando a su Iglesia y donándose a ella, haciéndola su esposa en la unión del Espíritu Santo. Como sabemos, el autor de esta Carta se inspira en la imagen esponsal y nos remite al gesto originario de Dios que crea a la primera pareja del mundo. Sin embargo, la realidad que describe, aquella del vínculo esponsal entre Cristo y la Iglesia, trasciende largamente el hecho humano del amor conyugal llegándose a constituir como su fuente y paradigma. En el corazón de Cristo Esposo existe un único y gran deseo: el de hacer a la Iglesia santa. Ésta es la razón de ser de su amor y de su donación a la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).

Como se puede notar inmediatamente en el texto citado hay una insistencia particular en la santidad de la Iglesia en cuanto Esposa de Cristo: la santidad constituye, por lo tanto, el fin radical de todo lo que Cristo es y hace por su Iglesia. Pero el amor del Esposo reserva una sorpresa aún más sugerente y espléndida con relación a la Iglesia: el Señor Jesús da testimonio de la sobreabundancia de su amor no sólo santificando a la Iglesia sino también haciendo de Ella, por la unión a Él y gracias a la participación gratuita de su fecundidad, un principio y una fuerza de santificación. La Iglesia es a la vez una comunidad “salvada” por Cristo y “salvadora” en y con Cristo. De esta manera es constituida Esposa por el amor de su Señor, Madre de gracia, “sacramento universal de salvación” (Lumen gentium, 48).

Este aspecto del mysterium Ecclesiae encuentra una aplicación específica en la figura del Obispo. Él, en efecto, es santificado por la plenitud del sacramento del Orden y es constituido por este mismo sacramento fuente de santificación para el Pueblo de Dios. Sin lugar a dudas el hecho de ser a la vez salvados y salvadores, santificados y santificantes, pertenece a todos los presbíteros en razón del Orden recibido, y en términos aún más radicales pertenece a todos los cristianos por motivo del Bautismo. Pero la plenitud característica del Orden en el grado del Episcopado hace que el Obispo reciba y comunique la salvación y la santidad según un título nuevo y en modalidades propias y específicas. Bastará señalar aquí un aspecto que a todos es conocido y resulta de particular elocuencia: el hecho de que el Obispo y sólo el Obispo está habilitado como ministro a ordenar a los presbíteros por medio del sacramento del Orden, asegurando de esta manera la presencia en la Iglesia de personas preparadas y comprometidas con el específico ministerio de santificar a los fieles con la celebración de los distintos sacramentos. En este sentido resulta significativa la Misa Crismal en la que el Obispo consagra los aceites que servirán en las diversas comunidades para la celebración de los sacramentos.

Desde un punto de vista pastoral la consideración de la figura del Obispo en el contexto de la Iglesia santa y santificadora adquiere por múltiples razones una gran importancia. La primera razón concierne al Obispo en cuanto tal y consiste en la gracia y en la responsabilidad de una espiritualidad específicamente episcopal. También el Obispo, o mejor dicho sobre todo el Obispo, es llamado a la santidad, y lo es con una vocación propia y peculiar que encuentra en el sacramento del Orden su raíz, contenidos y urgencias. Aquel que ha sido sellado por el Espíritu Santo por medio del sacramento encuentra en el mismo Espíritu la posibilidad y la fuerza para vivir esta nueva vida de gracia en todo su dinamismo de perfección. La constitución Lumen gentium señala con respecto a los Obispos: “Escogidos para la plenitud del sacerdocio reciben la gracia sacramental, para que orando, ofreciendo el Sacrificio y predicando, con todas las formas de solicitud y servicio episcopal, ejerciten un perfecto oficio de caridad pastoral, no tengan miedo a dar su vida por sus ovejas y haciéndose modelo del rebaño (ver 1Pe 5,3) inciten también con su ejemplo a la Iglesia a una santidad cada día mayor” (n. 41).

De esta manera el Obispo puede y debe plantearse como “forma gregis”, in primis con relación a los presbíteros, precisamente como modelo de una vida espiritual intensa y creciente, de un camino evangélico hacia la santidad. Él tiene el deber de ofrecerse a todos como humilde aunque convincente “modelo” de espiritualidad. Esto resulta algo apasionante e inquietante a la vez, si se piensa en la amplitud y en la complejidad de las tareas del Obispo que hacen a veces fatigosa la necesaria armonía entre la oración y la vida, entre la contemplación y la acción.

Una segunda razón de la relevancia pastoral de la figura del Obispo en el contexto de la santidad de la Iglesia incumbe a la entera comunidad cristiana y de modo particular al ministerio de los presbíteros. La gracia y la responsabilidad que el Obispo ejerce en orden a la santificación clarifican, justamente en el ámbito de la pastoral y por lo tanto de la múltiple y articulada actividad de la Iglesia, el primado de la espiritualidad. Poniéndolo en otros términos, el fin último y determinante de toda la actividad pastoral, tanto de los sacerdotes como de los demás miembros de la Iglesia, es acrecentar la conciencia de la vocación universal a la santidad, y al mismo tiempo hacer que esta conciencia se exprese en decisiones, comportamientos y acciones coherentes. En cierto sentido existe una única gran pastoral de la Iglesia: la pastoral de la espiritualidad, o sea la pastoral de la santidad. Este punto fundamental necesita ser resaltado con fuerza y precisión para hacer frente a interpretaciones difusas y parciales, incluso erradas, sobre la relación que existe entre la espiritualidad y la acción pastoral de la Iglesia. No cabe duda de que nuestra vida espiritual, o vida según el Espíritu, es una condición necesaria para la eficacia de nuestra actividad pastoral de acuerdo a las palabras explícitas de Jesús: “Lo mismo que el sarmiento no puede dar frutos por sí mismo, si no permanece en la vid; así también vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15,4) Aunque tenga parte de verdad resulta insuficiente afirmar que la espiritualidad —y por lo tanto toda la vida litúrgico-sacramental y la oración— constituye un “ámbito” de la pastoral. Es necesario ir más allá para poder descubrir en la espiritualidad una “dimensión” de la pastoral, es decir, una realidad interior que se plasma y define cada gesto concreto de la pastoral de la Iglesia, como lo son por ejemplo el anuncio de la Palabra o el testimonio de la caridad, los cuales sin esta “dimensión” harían que la pastoral careciese de su verdad más profunda, de autenticidad. La relación que existe entre la espiritualidad y la pastoral es en realidad aún más estrecha desde el momento en que la pastoral coincide en su contenido último siendo por lo tanto parte de la espiritualidad. Si con la acción pastoral la Iglesia se construye a sí misma, ésta es por consiguiente de alguna manera un misterio de autogeneración sobrenatural. Como escribe San Beda el Venerable: Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam (Explanatio Apocalypsis, lib. II, 12). Es con la espiritualidad que la Iglesia se construye a sí misma como Iglesia santa. El “permanecer en Dios” aparece de esta manera como el sentido más radical y fundamental de toda la vida y misión de la Iglesia. Nos encontramos aquí con una de las verdades fundamentales de la fe cristiana, es decir, la divinización del hombre, la vida de gracia. Si esta realidad se pierde, antes que en la existencia concreta en el modo mismo de pensar, la pastoral de la Iglesia está destinada a la esterilidad y al sin sentido.

3. El Obispo y la Iglesia una

Un rasgo ulterior del verdadero rostro del Obispo nace de la consideración de esta otra nota de la Iglesia: su unidad. La Iglesia es una, ante todo, por su origen, como lo señala el Concilio: “El supremo modelo y principio de este misterio es la Trinidad de personas: la unidad de un solo Dios Padre, e Hijo en el Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio, 2). Clemente de Alejandría comenta: “¡Qué estupendo misterio! Existe un solo Padre del universo, un solo Logos del Universo y también un solo Espíritu Santo, dondequiera idéntico; existe también una sola virgen que llegó a ser madre, y yo amo llamarla Iglesia” (Pedagogo, 1, 6).

Además, la Iglesia es una en referencia a Jesucristo. Ella es, en efecto, su “cuerpo”, su “esposa”. Estas son imágenes que expresan la profundidad y la originalidad del vínculo de amor que por la fuerza del Espíritu une a Cristo con la Iglesia y hace de la Iglesia una realidad totalmente relativa a Cristo, su dulcísima conquista y propiedad. Por lo tanto es Cristo mismo quien hace de la Iglesia una: Cristo en el misterio de su encarnación, que reúne en la carne recibida de María cada carne humana de la historia y en el misterio de su redención, porque “el mismo Hijo encarnado... ha reconciliado con Dios a todos los hombres por su cruz, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano” (Gaudium et spes, 78). La Iglesia, además, está unida en todos los miembros que la componen. Una vez más las imágenes bíblicas se vuelven una viva y sugestiva ilustración de la unidad de la Iglesia descrita como redil y como grey, edificio de Dios y templo del Espíritu Santo, cuerpo del Señor, familia y pueblo de Dios. Y esto sin decir que la realidad de la Iglesia una es incomparablemente más verdadera y más bella que todas estas imágenes.

Nos centraremos aquí en el hecho de que la unidad de la Iglesia no es en ningún modo sinónimo de uniformidad, ya que ésta se configura como unidad pluriforme en la cual la unidad y la variedad se encuentran y se armonizan. La enseñanza del apóstol Pablo al respecto, tanto aquella de la alegoría del cuerpo y de los miembros como el discurso sobre los carismas, goza de una singular claridad. Así escribe a los Corintios: “Hay diversidad de carismas pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un sólo cuerpo, así también Cristo” (1Cor 12,4-7.12).

El Obispo es en su Iglesia particular “el principio visible y el fundamento de la unidad” como lo escribe el Concilio (Lumen gentium, 23). Y es principio y fundamento de tal unidad no sólo en un sentido objetivo y estático, sino también en sentido subjetivo y dinámico, en cuanto es puesto al servicio de esta misma unidad. De esta manera un aspecto esencial de la misión del Obispo es el de custodiar, garantizar y promover la unidad de la Iglesia, aspecto tanto más necesario en la vida de la Iglesia acosada por tentaciones y cargada de culpas contra el bien de la unidad. Orígenes decía en una homilía: “Donde está el pecado, ahí encontramos la multiplicidad, ahí los cismas, ahí las herejías, ahí las controversias. Donde, en cambio, reina la virtud, ahí hay unidad, ahí comunión, gracias a las cuales todos los creyentes eran un solo corazón y una sola alma” (Homilía sobre Ezequiel, 9, 1). Así, de cara a las heridas que la unidad de la Iglesia recibe continuamente por la fuerza disgregante del pecado de los cristianos, el Obispo es llamado a una obra preciosa de sanación que se expresa en los múltiples gestos típicos de su ministerio como lo son el anuncio de la palabra de la verdad, el don de la gracia reconciliadora, el servicio de la caridad.

Descendiendo a unas cuantas aplicaciones prácticas se pueden señalar algunas direcciones hacia las que el servicio del Obispo a la unidad e la Iglesia se encamina. El servicio que él presta concierne a la unidad entre las diversas categorías de miembros de la Iglesia según sus vocaciones y condiciones de vida. De aquí nace el esfuerzo por favorecer e incentivar la comunión entre los presbíteros, personas consagradas y fieles laicos, ya sea en sus ámbitos propios o en las relaciones de unos con otros. Por otro lado se trata de un servicio que abarca las múltiples y diversas expresiones de la única misión salvífica de la Iglesia, ayudando en particular no sólo a que no se dé la división, sino fortaleciendo también la unidad indivisa e indivisible de la triada Palabra-Sacramento-Caridad, como ha sido recomendado insistentemente por los Obispos italianos en el documento Evangelización y testimonio de la caridad. Estos nos invitan a “favorecer una osmosis cada vez más profunda entre estas tres dimensiones del misterio y de la misión de la Iglesia”, ya que “cada separación práctica o incoherencia entre palabra, sacramento y testimonio empobrece y corre el riesgo de desfigurar el rostro del amor de Cristo” (n. 28). Más aún, el servicio del Obispo es un servicio a la comunión y a la unidad de las distintas comunidades de la Iglesia en sus expresiones concretas, de parroquias, vicariatos, Diócesis, y la Iglesia Universal. Se trata de una unidad eclesial que requiere ser mantenida al interno de cada comunidad (entre personas y agregaciones) tanto como en el trato recíproco.

La responsabilidad que tiene el Obispo de velar por la unidad de la Iglesia involucra a su presbiterio y a sus presbíteros de un modo específico. Éstos no constituyen tan sólo el término de la misión unificante del Obispo, sino que son también partícipes con él de ésta misma misión. Los presbíteros, por lo tanto, al tiempo acogen el servicio a la unidad propio del Obispo y son llamados a compartir con él este mismo servicio. En este sentido los presbíteros, con su misma acción y particularmente con la formación asegurada a sus fieles, pueden y deben trabajar por que la Iglesia sea cada vez más una. Es factible aplicar a ellos las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica: “Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella” (n. 820). No hay duda sobre el hecho de que los presbíteros aseguran el primer y más eficaz servicio a la unidad de las comunidades eclesiales con su testimonio concreto de amistad y de fraternidad, de recíproca y paciente comprensión, de sincera colaboración.

Bajo un aspecto más propiamente pastoral me limito a ofrecer algunas aproximaciones que pueden servir para ilustrar lo que hemos venido diciendo. La primera trata sobre la necesidad de no limitarse a asumir el propio “puesto”, aunque esto se haga con la dedicación más amorosa y plena, así como tampoco limitarse a asumir con fiel y cada vez más dedicada generosidad la propia “tarea”. Se trata de saber ir más allá de aquel puesto y aquella tarea, no para invadir los puestos y las tareas de los otros, sino por el hecho de que el propio puesto y la propia tarea, al ser eclesiales, gozan de una apertura a la Iglesia toda y por consiguiente de un servicio al bien común. Como recordaba Pablo, “a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1Cor 12,7). Se trata, como se suele decir, de amar a la parroquia de otros como la propia. Ésta no es tan sólo una exigencia de la caridad; en efecto, la expresión a la que he hecho mención no es otra cosa que la traducción eclesial del mandamiento bíblico “ama a tu prójimo como a ti mismo”; es una exigencia de la unidad de la Iglesia. Porque una unidad que se concentra y se agota absolutizándose en un único y exclusivo ámbito pastoral no puede decirse que sea verdadera y auténtica, ya que ésta no llega a abrazar integralmente a la Iglesia como tal, precisamente a la Iglesia una.

Un segundo punto se refiere al dinamismo propio de la unidad de la Iglesia. Ésta unidad es dinámica por el hecho mismo de que se expresa y se realiza en el intercambio de dones entre los miembros de la Iglesia, ante todo de dones espirituales y ministeriales. Esto nos pone ante a una de las realidades más bellas y reconfortantes del Mysterium Ecclesiae, es decir, a la Communio Sanctorum, la misma que a su vez nos conduce al “tesoro de la Iglesia”, nombre con el que suele referirse a las obras buenas de los santos (ver Ap 19,8). Cada uno de nosotros puede percibir inmediatamente los horizontes de esperanza y de valiosa participación en la vida y en la misión de la Iglesia que se abren para tantos cristianos privados de una actividad exterior por motivos de longevidad, enfermedad, soledad.

Una última reflexión se centra en el valor misional de la unidad. La comunión de la Iglesia se halla inseparablemente unida a su misión, configurándose como condición de credibilidad y de eficacia de esta misma misión, es más, como su contenido original. Como leemos en la exhortación Christifideles laici, “la vida de comunión eclesial será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo: ‘como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado’ (Jn 17,21). De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión.” (n.31)

4. El Obispo y la Iglesia católica

Hemos reservado la última consideración sobre de la figura del Obispo a su relación con la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia es católica porque en el designio divino existe para todos los hombres y todos los pueblos, porque es enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano, según su específico mandato misionero: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

El Obispo es testigo privilegiado de la catolicidad de la Iglesia, y lo es porque como sucesor de los Apóstoles se halla inserto en el colegio de los Doce, compartiendo por consiguiente con sus hermanos del episcopado la solicitud por todas la Iglesias. Lo es además porque —como bien señala el Concilio— las Iglesias particulares son “formadas a imagen de la Iglesia universal” y en ellas y a partir de ellas “existe una sola y única Iglesia católica” (Lumen gentium, 23).

Consecuentemente el Obispo es el primer misionero ad gentes, como lo afirma repetida y tajantemente el Concilio: “Todos los Obispos, como miembros del cuerpo episcopal, sucesor del Colegio de los Apóstoles, están consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo. A ellos afecta primaria e inmediatamente, con Pedro y subordinados a Pedro, el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura (ver Mc 16,15)” (Ad gentes, 38).

En este punto se imponen toda una serie de estímulos pastorales que interesan tanto al Obispo y a la propia Iglesia particular, como de modo especial a los presbíteros dada su particular posición y misión. Vale la pena citar una vez más un texto conciliar: “Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo misional del Pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera” (Ad gentes, 38).

Otro estímulo se refiere a la prioridad absoluta que tiene la evangelización dentro del vasto y articulado contenido de la misión de la Iglesia. El hecho de tener siempre presentes las famosas palabras de Pablo VI: “Evangelizar es la gracia y la vocación propias de la Iglesia, su identidad más profunda: Ella existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, 14), no debe de quitarles nada de su frescura inmutable y de su extrema seriedad y importancia, sobre todo si las entendemos —como incansablemente viene haciendo Juan Pablo II— según los términos de la nueva evangelización. El cuestionamiento que los Obispos, presbíteros y comunidades cristianas no pueden evadir es el de si la prioridad de la evangelización es tan solo afirmada teóricamente hasta el cansancio, o si ésta incide de modo real y con profundidad en una pastoral de nuestras Iglesias, anquilosada y debilitada por un exceso de sacramentalización, o incluso por un mero devocionismo exterior, sentimental y hasta mágico-supersticioso.

En este contexto debemos preguntarnos: ¿no necesitamos una verdadera “conversión pastoral”, que nos haga pasar de una pastoral de “conservación” a una pastoral de “misión”? Me permito citar un extracto de la homilía dada en el Santuario de la Guardia con motivo de la Peregrinación regional del 5 de setiembre de 1998: “Como Iglesias de frontera somos responsables de la fe de nuestros pueblos y del futuro de la misma. ¿No nos arriesgamos, quizás a concentrar nuestros esfuerzos pastorales en un trabajo de mera conservación cuando la situación social y cultural que ha sufrido profundas transformaciones —marcada por la indiferencia religiosa, el secularismo, la descristianización, de retorno al paganismo, y por la supervivencia de una religiosidad vaga y evanescente de tipo subjetivista y emotivo— nos pide una pastoral de explícita y permanente misión? Entre las palabras dichas por Jesús creo que no hay ninguna más fuerte e inquietante para sacudirnos y estimularnos al compromiso misional: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

Conclusión

No cabe la menor duda sobre el hecho de que la figura del Obispo supera ampliamente en riqueza, tanto en cuanto gracia como en cuanto responsabilidad, a las reflexiones hasta ahora desarrolladas en el contexto vivo y vital de la Iglesia una, santa, católica, y apostólica. En relación a la vida y el ministerio de los presbíteros creo que vale la pena citar unas cuantas páginas sugestivas de la exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis referentes a la conformación ontológica, a la participación pastoral y a la vida espiritual del sacerdote —e in primis el Obispo— con Jesús Sacerdote, Profeta, Cabeza y Pastor, Esposo.

Concluimos trayendo a la memoria como motivo estimulante de aliento la presencia operante del Espíritu Santo: es Él quien imprime sobre los Obispos y los sacerdotes el sello del Padre, la imagen del Hijo, y el fuego de su amor. Por lo tanto es la gracia del Espíritu la que da al Obispo y a los sacerdotes la suerte y la alegría de poder participar de la vida y de la misión de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. ¡Cómo no llenarnos de confianza, aún en las situaciones pastorales más fatigosas y frustrantes, cuando la fe nos da la firme certeza de que el viento del Espíritu no cesa de soplar impetuosamente y que su fuego no cesa de quemar y de arder!

La conciencia de la presencia del Espíritu es de gran importancia; ésta nos ayudará a asumir con mayor fortaleza y serenidad las propias responsabilidades. ¡Él es el Espíritu Consolador que Jesús nos ha donado con su muerte en la cruz!

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