9 de diciembre de 1998
1. Como culminación de la reflexión sobre el EspÃritu Santo, en este año dedicado a él durante el camino hacia el gran jubileo, elevamos la mirada hacia MarÃa. El consentimiento que dio en la Anunciación, hace dos mil años, constituye el punto de partida de la nueva historia de la humanidad. En efecto, el Hijo de Dios se encarnó y comenzó a habitar entre nosotros cuando MarÃa declaró al ángel: «He aquà la esclava del Señor. Hágase en mà según tu palabra» (Lc 1, 38).
La cooperación de MarÃa con el EspÃritu Santo, manifestada en la Anunciación y en la Visitación, se expresa en una actitud de constante docilidad a las inspiraciones del Paráclito. Consciente del misterio de su Hijo divino, MarÃa se dejaba guiar por el EspÃritu para actuar de modo adecuado a su misión materna. Como verdadera mujer de oración, la Virgen pedÃa al EspÃritu Santo que completara la obra iniciada en la concepción para que el niño creciera «en sabidurÃa, edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). En esta perspectiva, MarÃa se presenta como un modelo para los padres, al mostrar la necesidad de recurrir al EspÃritu Santo para encontrar el camino correcto en la difÃcil tarea de la educación.
2. El episodio de la presentación de Jesús en el templo coincide con una intervención importante del EspÃritu Santo. MarÃa y José habÃan ido al templo para «presentar» (Lc 2, 22), es decir, para ofrecer a Jesús, según la ley de Moisés, que prescribÃa el rescate de los primogénitos y la purificación de la madre. Viviendo profundamente el sentido de este rito, como expresión de sincera oferta, fueron iluminados por las palabras de Simeón, pronunciadas bajo el impulso especial del EspÃritu.
El relato de san Lucas subraya expresamente el influjo del EspÃritu Santo en la vida de este anciano. HabÃa recibido del EspÃritu la garantÃa de que no morirÃa sin haber visto al MesÃas. Y precisamente «movido por el EspÃritu, fue al templo» (Lc 2, 27) en el momento en que MarÃa y José llegaban con el niño. Asà pues, fue el EspÃritu Santo quien suscitó el encuentro. Fue él quien inspiró al anciano Simeón un cántico para celebrar el futuro del niño, que vino como «luz para iluminar a las naciones» y «gloria del pueblo de Israel» (Lc 2, 32). MarÃa y José se admiraron de estas palabras, que ampliaban la misión de Jesús a todos los pueblos.
También es el EspÃritu Santo quien hace que Simeón pronuncie una profecÃa dolorosa: Jesús será «signo de contradicción» y a MarÃa «una espada le traspasará el alma» (Lc 2, 34. 35). Con estas palabras, el EspÃritu Santo preparaba a MarÃa para la gran prueba que la esperaba, y confirió al rito de presentación del niño el valor de un sacrificio ofrecido por amor. Cuando MarÃa recibió a su hijo de los brazos de Simeón, comprendió que lo recibÃa para ofrecerlo. Su maternidad la implicarÃa en el destino de Jesús y toda oposición a él repercutirÃa en su corazón.
3. La presencia de MarÃa al pie de la cruz es el signo de que la madre de Jesús siguió hasta el fondo el itinerario doloroso trazado por el EspÃritu Santo a través de Simeón.
En las palabras que Jesús dirige a su Madre y al discÃpulo predilecto en el Calvario se descubre otra caracterÃstica de la acción del EspÃritu Santo: asegura fecundidad al sacrificio. Las palabras de Jesús manifiestan precisamente un aspecto «mariano» de esta fecundidad: «Mujer, he ahà a tu hijo» (Jn 19, 26). En estas palabras el EspÃritu Santo no aparece expresamente. Pero, dado que el acontecimiento de la cruz, como toda la vida de Cristo, se desarrolla en el EspÃritu Santo (cf. Dominum et vivificantem, 40-41), precisamente en el EspÃritu Santo el Salvador pide a la Madre que se asocie al sacrificio del Hijo, para convertirse en la madre de una multitud de hijos. A este supremo ofrecimiento de su Madre Jesús asegura un fruto inmenso: una nueva maternidad destinada a extenderse a todos los hombres.
Desde la cruz el Salvador querÃa derramar sobre la humanidad rÃos de agua viva (cf. Jn 7, 38), es decir, la abundancia del EspÃritu Santo. Pero deseaba que esta efusión de gracia estuviera vinculada al rostro de una madre, su Madre. MarÃa aparece ya como la nueva Eva, madre de los vivos, o la Hija de Sión madre de los pueblos. El don de la madre universal estaba incluido en la misión redentora del MesÃas: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado...», escribe el evangelista, inmediatamente después de la doble declaración: «Mujer, he ahà a tu hijo», y «He ahà a tu madre» (Jn 19, 26-28).
Esta escena permite intuir la armonÃa del plan divino con respecto al papel de MarÃa en la acción salvÃfica del EspÃritu Santo. En el misterio de la Encarnación su cooperación con el EspÃritu habÃa desempeñado una función esencial; también en el misterio del nacimiento y la formación de los hijos de Dios, el concurso materno de MarÃa acompaña la actividad del EspÃritu Santo.
4. A la luz de la declaración de Cristo en el Calvario, la presencia de MarÃa en la comunidad que espera la venida del EspÃritu en Pentecostés asume todo su valor. San Lucas, que habÃa atraÃdo la atención sobre el papel de MarÃa en el origen de Jesús, quiso subrayar su presencia significativa en el origen de la Iglesia. La comunidad no sólo está compuesta de Apóstoles y discÃpulos sino también de mujeres, entre las que san Lucas nombra únicamente a «MarÃa, la madre de Jesús» (Hch 1, 14).
La Biblia no nos brinda más información sobre MarÃa después del drama del Calvario. Pero es muy importante saber que ella participaba en la vida de la primera comunidad y en su oración asidua y unánime. Sin duda estuvo presente en la efusión del EspÃritu el dÃa de Pentecostés. El EspÃritu que ya habitaba en MarÃa, al haber obrado en ella maravillas de gracia, ahora vuelve a descender a su corazón, comunicándole dones y carismas necesarios para el ejercicio de su maternidad espiritual.
5. MarÃa sigue cumpliendo en la Iglesia la maternidad que le confió Cristo. En esta misión materna la humilde esclava del Señor no se presenta en competición con el papel del EspÃritu Santo; al contrario, ella está llamada por el mismo EspÃritu a cooperar de modo materno con él. El EspÃritu despierta continuamente en la memoria de la Iglesia las palabras de Jesús al discÃpulo predilecto: «He ahà a tu madre», e invita a los creyentes a amar a MarÃa como Cristo la amó. Toda profundización del vÃnculo con MarÃa permite al EspÃritu una acción más fecunda para la vida de la Iglesia.
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