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S.S. León XIII, Carta encíclica Adiutricem Populi
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Carta encíclica Adiutricem Populi

Del Sumo Pontífice León XIII sobre la devoción del Rosario Mariano a favor de los disidentes

Venerables Hermanos: Salud y Bendición apostólica

I. Pruebas del florecimiento de la devoción a María

Justo es celebrar con magnificencia cada d√≠a mayor y rogar con una confianza m√°s decidida a la Sant√≠sima Virgen, Madre de Dios, auxilio constante y clement√≠simo del pueblo cristiano. Pues, la variedad y abundancia de mercedes que ella, con generosidad siempre m√°s amplia para el bien com√ļn, prodiga por todo el mundo aumenta los motivos que tenemos de confiar en ella y ensalzarla; y los cat√≥licos responden, naturalmente, a tanta generosidad con la expresi√≥n de su m√°s rendido afecto, pues, si jam√°s en otro tiempo, ciertamente en estos tiempos tan arduos para la Religi√≥n, es dable contemplar en todas las capas sociales manifestaciones vivas y encendidas de amor y culto a la sant√≠sima Virgen.

Un testimonio claro de ello lo constituyen las asociaciones que bajo su patrocinio se restablecieron y se multiplicaron por doquiera; los hermosos templos que se dedicaron a su augusto nombre; las peregrinaciones que con concurrencia piadosísima se realizaron a sus más venerados santuarios; los congresos que se convocaron para dedicarse al estudio del incremento de su gloria, y tantas otras manifestaciones parecidas que eran en sí excelentes y prometían un porvenir aun más feliz.

Florecimiento especial de la devoción del Rosario

Es un hecho singular y para nosotros un recuerdo grat√≠simo c√≥mo, entre las m√ļltiples formas de la devoci√≥n mariana, se vigorizaba siempre m√°s, en el aprecio y en la pr√°ctica este modo tan eximio de orar, lo cual, dijimos, era grat√≠simo para Nos, porque si consagramos una no peque√Īa parte de Nuestras preocupaciones a promover el establecimiento del rezo del Rosario vimos claramente que la Reina celestial invocada con estas fervorosas plegarias nos ayud√≥ con benignidad en Nuestras labores; y confiamos en que Nos asistir√° para consolar Nuestras tristezas y para aliviar Nuestras preocupaciones que el d√≠a de ma√Īana ha de traer.

II. Poder del Rosario para la reconciliación de los disidentes con la Iglesia

Abrigamos sobre todo la esperanza de que la virtud del Rosario nos ayude con abundantes auxilios a extender lo reino de Jesucristo.

Hemos dicho ya m√°s de una vez que la obra que en las actuales circunstancias deseamos impulsar con mayor empe√Īo es la reconciliaci√≥n de las naciones disidentes con la Iglesia; al mismo tiempo, hemos declarado que el √©xito de la empresa debe buscarse ante todo en las oraciones y s√ļplicas dirigidas a Dios. No hace mucho manifestamos lo mismo tambi√©n, cuando con motivo de las solemnidades de la fiesta de Pentecost√©s recomendamos para id√©ntico efecto especiales preces en honor del Esp√≠ritu Santo; recomendaci√≥n que en todas partes fue obedecida con gran fervor.

III. Perseverancia en esa oración por la reconciliación de los disidentes

Pero atendiendo a que el problema es muy arduo y la constancia engendra toda virtud, conviene recordar la exhortaci√≥n del Ap√≥stol que dice: "Perseverad en la oraci√≥n"1; y esto tanto m√°s, cuanto que los felices comienzos de la empresa parecen invitarnos con suavidad a continuar incansables en esta oraci√≥n. En el pr√≥ximo mes de Octubre, pues, no habr√° nada tan √ļtil a este prop√≥sito ni nada tan grato a Nuestro coraz√≥n como la instancia con que por todo el mes implor√©is vosotros, Venerables Hermanos, y vuestro pueblo, en uni√≥n con Nos, a la Virgen y piados√≠sima Madre, mediante el rezo del Rosario y las oraciones prescritas de costumbre. Eximias son, pues, las causas que nos impulsan a encomendar a su protecci√≥n Nuestras empresas y deseos, movidos por una confianza firm√≠sima.

IV. María nuestra madre

El misterio de la excelsa caridad que Cristo tuvo para con nosotros se revela luminosamente por el hecho de haber querido, al morir, entregar su Madre a Juan para que fuese su madre, por virtud de aquel memorable testamento: He ah√≠ tu hijo2. Seg√ļn la interpretaci√≥n constante de la Iglesia, Jesucristo quiso designar en la persona de Juan a todo el g√©nero humano; y m√°s especialmente a los que se adhiriesen a √Čl por la fe. Y en este sentido pudo decir San Anselmo de Canterbury: ¬ŅQu√© puede concebirse m√°s digno sino que Vos, oh Virgen Sant√≠sima, sois Madre de aquellos que tienen a Jesucristo por padre por hermano?3.

Ella acept√≥, pues, el ministerio de este singular y laborioso oficio y lo desempe√Ī√≥ con magnanimidad, auspici√°ndose su iniciaci√≥n en el Cen√°culo. Ella ayud√≥ admirablemente a los cristianos primitivos por la santidad de su ejemplo, la autoridad de su consejo, la dulzura de su consuelo y la eficacia de sus santas plegarias. Y en efecto, mostr√≥se, pues, madre de la Iglesia y maestra y Reina de los ap√≥stoles a quienes comunic√≥ parte de las divinas sentencias que conservaba en su coraz√≥n4.

V. María, medianera universal

Al ser elevada a la cumbre de su gloria, al lado de su divino Hijo, es casi imposible decir cu√°nto a√Īadiera a la amplitud y eficacia de intercesi√≥n, lo cual conven√≠a a la dignidad y claridad de sus m√©ritos. Pues, desde all√≠, por disposici√≥n divina, Ella comenz√≥ a velar por la Iglesia y a asistirnos a nosotros y a protegernos como madre; de tal modo que despu√©s. de haber sido cooperadora en la administraci√≥n del misterio de la redenci√≥n humana, ha venido a ser igualmente la dispensadora de la gracia que por todos los tiempos fluye de aquel misterio, concedi√©ndosele para ello un poder casi ilimitado. Por este motivo las almas cristianas, llevadas por cierto impulso natural, se sienten con raz√≥n arrastradas hacia Mar√≠a, para depositar en Ella confiadamente sus pensamientos y obras, sus angustias y alegr√≠as y para encomendarle, como hijos, a su cuidado y bondad a s√≠ mismos y todo lo suyo.

Por este motivo tambi√©n se elevan con toda raz√≥n magn√≠ficas alabanzas en todas las naciones y en todos los ritos las que se acrecientan con el aplauso de los siglos: entre otras alabanzas, las de: Nuestra Se√Īora misma, medianera nuestra5, la misma reparadora del mundo6, la misma medianera de los dones de Dios7.

VI. A Dios por María

Y por cuanto la fe es el fundamento y el principio de los dones divinos que elevan al hombre sobre el orden natural al celestial, para obtener esta fe y desenvolverla saludablemente, se celebra con razón cierta acción secreta de aquella que nos dio al Autor de la fe8 y que por su fe fue saludada bienaventurada9. Nadie hay, oh Virgen santísima, que se imbuya del conocimiento de Dios sino por Vos; nadie hay que se salve sino por Vos; nadie, que consiga misericordia sino por Vos10. Ni parece tener menos razón aquel que afirma que, principalmente por su dirección y su auxilio, la sabiduría y la doctrina del Evangelio han llegado, haciendo tan rápidos progresos, a todas las naciones, pese a las inmensas dificultades e impedimentos que se oponían, estableciendo por doquiera un nuevo orden de justicia y paz. Este mismo pensamiento inspiraba también el ánimo y la oración de San Cirilo de Alejandría cuando se dirigía de este modo a la Virgen: Por Vos predicaron los Apóstoles la salvación a las naciones,; por Vos se celebra y se adora la Cruz bendita en todo el orbe; por Vos se ahuyentan los demonios; por Vos el hombre mismo es llamado al cielo; por Vos toda creatura, envuelta en el error de la idolatría, llegó al conocimiento de la verdad; por Vos alcanzaron los fieles el santo bautismo, y se fundaron iglesias entre todos los pueblos11.

VII. María baluarte de la verdadera fe

Y, como lo proclamara el mismo santo doctor12 fue María quien estableció y fortaleció muy especialmente el cetro de la fe verdadera; y por su ininterrumpido desvelo fue que la fe católica se mantuviera firme y prosperara intacta y fecunda. Muchos documentos de esta clase existen y son asaz conocidos, declarados a veces de un modo maravilloso.

En los tiempos y lugares en que, ante todo, había que deplorar el que la Fe o languideciera por la incuria o fuera atacada por la peste de los errores, se demostró presente y eficaz la benignidad de la poderosa Virgen auxiliadora. Bajo su impulso y en su virtud se levantaron hombres eminentes en santidad y espíritu apostólico aniquilando las audacias de los impíos y devolviendo los Corazones a la piedad de la vida cristiana e inflamándolos en ella.

Uno de ellos, representante de muchos, es Santo Domingo de Guzm√°n quien se empe√Ī√≥ con todo √©xito en este doble apostolado, poniendo su confianza en el auxilio del Rosario mariano. Nadie ignora cu√°nta parte cupo a la misma Madre de Dios en los grandes m√©ritos que se granjearon los Padres y Doctores de la Iglesia que tan egregios esfuerzos hicieron para defender e ilustrar la verdad cat√≥lica.

En efecto, ellos mismos, con ánimo agradecido, confiesan que de Ella que es la Sede de la divina Sabiduría, descendió sobre ellos, al escribir, la abundancia de los más eximios pensamientos y que, por consiguiente, la malicia de los errores fue vencida por Ella y no por ellos.

Por √ļltimo, los pr√≠ncipes y Pont√≠fices romanos, custodios y defensores de la Fe -unos para mover las guerras santas y otros para promulgar solemnes decretos- invocaron el nombre de la Madre de Dios, y siempre experimentaron su gran poder y benignidad.

Por esta raz√≥n, la Iglesia y los Padres glorifican a Mar√≠a con no menor verdad que magnificencia, diciendo: .Salve, lengua siempre elocuente de los Ap√≥stoles, s√≥lido fundamento de la Fe, baluarte inconmovible de la Iglesia13. Salve, que por Vos hemos sido inscritos en el n√ļmero de los ciudadanos de la Iglesia, una, santa, cat√≥lica y apost√≥lica14. Salve, manantial de divina abundancia del que fluyen los r√≠os de la celestial sabidur√≠a, las aguas puras y l√≠mpidas de la ortodoxia que rechazan lejos las turbas de los errores15. Regocijaos, porque Vos sola hab√©is destruido en el mundo todas las herej√≠as16.

VIII. Confianza en nuestra Madre

Esta parte principalísima que cabe a la Madre de Dios en el desarrollo de los combates y en los triunfos de la Fe católica pone gloriosamente de manifiesto los designios divinos respecto a ella y debe inspirar a todos los buenos una firme esperanza de que se verán colmados los deseos comunes.

¬°Hay que confiar en Mar√≠a!!, ¬°hay e implorar a Mar√≠a! ¬ŅQu√© no podr√° hacer con su poder para apresurar el √©xito a fin de que la profesi√≥n de la misma fe una las mentes de todas las naciones cristianas y el lazo de la perfecta caridad, ese nuevo y ansiado ornamento de la Religi√≥n, hermane las voluntades? ¬°No querr√° Ella conseguir que los pueblos todos por cuya estrech√≠sima uni√≥n rogara fervorosamente su Hijo √ļnico y que por el mismo bautismo llamara a la misma herencia de la salud17 por la cual hab√≠a pagado un precio infinito, laboren un√°nimes en su luz admirable!18 ¬ŅNo querr√° Ella emplear los tesoros de bondad y providencia, tanto para consolar a la Iglesia, Esposa de Cristo, en sus largos sufrimientos por causa de ellos como para llevar a la perfecci√≥n, en medio de la familia cristiana, el don de la unidad que es el insigne fruto de su maternidad?

IX. María es el vínculo de unión

Que la feliz realizaci√≥n de esa empresa no ha de demorarse mucho parece confirmarse por la creencia y la confianza que alienta en los corazones de los piadosos de que Mar√≠a ha de ser el lazo bendito por cuya fuerza s√≥lida y suave, todos cuantos amen en el mundo a Cristo, formar√°n un solo pueblo de hermanos que obedezcan a su Vicario en la tierra, el Romano Pont√≠fice, como a su com√ļn Padre.

Llegados a este punto, Nuestro pensamiento remonta los anales de la Iglesia hasta los nobilísimos ejemplos de la edad primitiva y se detiene con un placer indecible en el recuerdo del gran Concilio de Efeso. Una firmísima unidad de fe y una misma comunión de culto que en aquellos tiempos vinculaba el Oriente con el Occidente parecieron reinar allí con singular firmeza y resplandecer con gloria, pues, cuando os Padres establecieron legítimamente el dogma de la Maternidad de la Santísima Virgen, la noticia de este hecho, partiendo de esta piadosísima ciudad que exultaba de gozo, llegó a llenar de la misma celebérrima alegría a todo el orbe cristiano.

X. Rogar por la unidad de la fe

Cuantos motivos, pues, apoyen y aumenten la confianza en la Virgen poderosa y benign√≠sima de ser escuchados, tantas razones estimular√°n el celo, que recomendamos a los cat√≥licos, de implorar a Mar√≠a. Consideren ellos cu√°n excelente y √ļtil y ciertamente, cu√°n acepto y grato para la misma Virgen ser√° esto, pues, poseyendo ya la unidad de la fe, declaran de este modo que aprecian much√≠simo la fuerza de este beneficio y desean conservarlo m√°s fielmente. Ni pueden demostrar de ninguna otra manera m√°s preclara su amor fraterno a los disidentes que rogando fervorosamente por ellos para que recobren aquel bien de la unidad, que es el mayor de todos.

Pues, esta caridad cristiana de la fraternidad que reinaba en toda la historia de la Iglesia solía hallar su fuerza en la Madre de Dios como que es la favorecedora más eximia de la paz y de la unidad. San Germán de Constantinopla la invocaba en estos términos: Acordaos de los cristianos que son vuestros servidores; recomendad las oraciones de todos; ayudad la esperanza de todos; consolidad la fe y unid todas las Iglesias19. Tal es también la invocación de los griegos: Oh Virgen purísima, que podéis acercaros a vuestro Hijo sin temor de ser desechada; rogadle, pues, oh Virgen Santísima, a fin de que conceda la paz al mundo; que infunda un mismo sentir a todas las Iglesias; y todos os glorificaremos20.

XI. El culto mariano en el Oriente y sus imágenes traídas del Oriente son prendas de unión

Otra raz√≥n propia y especial por qu√© la Sant√≠sima Virgen acceda con mayor benignidad a las plegarias en favor de las Iglesias disidentes se a√Īade aqu√≠ a la anterior; son los egregios m√©ritos que respecto de la devoci√≥n mariana tienen, especialmente las Iglesias orientales. Es a ellas que se debe en gran parte la propagaci√≥n y el fomento de su veneraci√≥n; en su seno surgieron varones memorables que afirmaban y defend√≠an la dignidad de Mar√≠a, important√≠simos por el poder de su elocuencia y sus escritos, panegiristas ilustres por su ardor y la suavidad de sus palabras, emperatrices grat√≠simas a los ojos de Dios que siguieron el ejemplo de la pur√≠sima Virgen, imitaron su munificencia y erigieron templos y bas√≠licas para practicar el culto al Rey.

Ser√° licito agregar aqu√≠ un asunto no ajeno al tema y que redunda en gloria de la Sant√≠sima Madre de Dios. No hay quien ignore que gran n√ļmero de las augustas im√°genes de Mar√≠a fueron tra√≠das, en diversas √©pocas, del Oriente al Occidente, especialmente a Italia y a esta Urbe. Nuestros padres no s√≥lo las recibieron con suma piedad y las veneraron magn√≠ficamente sino que, con igual devoci√≥n, sus nietos las procuran honrar como sacrat√≠simas. En este hecho el √°nimo se goza reconociendo cierta se√Īal y gracia de nuestra benign√≠sima Madre; pues, Nos parece que estas im√°genes se conservan entre nosotros como testigos de aquellos tiempos en que la familia de los cristianos viv√≠a estrechamente unida por doquiera, y como prendas bien caras de la com√ļn herencia. El mirarlas (como si la Virgen misma exhortara a ello) invita los corazones a que recuerden piadosamente a aquellos a quienes la Iglesia llama con sumo amor a que tornen a la pr√≠stina concordia y a la alegr√≠a de su abrazo.

XII. El Rosario provechosa oración de unión

De este modo, Dios mismo ofreció en María una protección eficacísima para la unidad cristiana. Aunque no la merecerá un solo modo de oración, sin embargo creemos que el santísimo Rosario fue instituido para conseguirla en forma óptima y ubérrima. En otras ocasiones ya hemos indicado que no era la ventaja menor de este piadoso ejercicio que el cristiano posea en él un medio pronto y fácil para nutrir su fe y defenderse de la ignorancia y del peligro del error, como lo ponen de manifiesto los mismos orígenes del Rosario. Patente está la relación estrecha que guarda con María todo lo que en él se ejercita y se fomenta sea mediante las preces que se repiten, sea, sobre todo, mediante los misterios que se meditan. Pues, cuando ante Ella rezamos con devoción el Rosario volvemos a vivir, conmemorando, la obra admirable de la redención, de tal modo que contemplamos como hechos presentes que se desenvuelven ante nuestros ojos los acontecimientos cuyo desarrollo y efecto la vinieron a constituir al mismo tiempo en Madre de Dios y nuestra.

La grandeza de esta doble dignidad y los frutos de este doble ministerio aparecen con vivos fulgores cuando piadosamente meditamos c√≥mo Mar√≠a se asocia a su Hijo en los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. De all√≠ resulta que el alma se inflame en amor agradecido para con Ella, y, desde√Īando todo lo caduco, se empe√Īe, con firme voluntad, en mostrarse digna de tal Madre y de sus beneficios. Y como esa frecuente y fiel recordaci√≥n no puede menos de agradar muy √≠ntimamente a esa Madre, por mucho la mejor de todas, y de moverla a misericordia para con los hombres, por eso, Nos hemos dicho, que el rezo del Rosario ser√° el ejercicio m√°s oportuno con qu√© encomendarle la causa de los hermanos separados; porque esto incumbe propiamente a su misi√≥n de Madre, por cuanto los que son de Cristo no han sido concebidos por Mar√≠a ni lo han podido ser si no en una misma fe y un mismo amor; pues, por ventura ¬ŅCristo est√° dividido?21, y todos debemos vivir la vida de Cristo a fin de que en el mismo cuerpo fructifiquemos para Dios22.

XIII. María obtendrá la unidad si rezamos el Rosario

Es necesario que la misma Madre que recibi√≥ de Dios el poder de engendrar continuamente nuevos hijos engendre nuevamente para Cristo, por as√≠ decirlo, a todos aquellos que por funestas circunstancias fueron separados de esta unidad. Es tambi√©n lo que Ella, sin duda, desea vivamente conseguir. Si le donamos las coronas de esta oraci√≥n agradabil√≠sima, Ella implorar√° la abundancia de los auxilios del Esp√≠ritu vivificador. ¬°Ojal√° los buenos no reh√ļsen secundar los prop√≥sitos de aquella Madre misericordiosa, y, atendiendo su propia salvaci√≥n, escuchen la dulc√≠sima invitaci√≥n de Mar√≠a: ¬°Hijitos m√≠os, de nuevo sufro por vosotros dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros!23.

XIV. El rezo del Rosario en el Oriente

Ponderado as√≠ la gran virtud del Rosario mariano, algunos de Nuestros predecesores dedicaron especiales esfuerzos a su propagaci√≥n entre las naciones orientales. En especial, Eugenio IV en la Constituci√≥n Advesperascente, dada en el a√Īo 1439, luego Inocencio XII y Clemente XI, cuya autoridad concedi√≥, para este efecto, grandes privilegios a la Orden de Predicadores. Los frutos no se hicieron esperar, gracias al celo de los ministros de esa misma Orden; numerosos y esclarecidos documentos lo atestiguan aunque el largo tiempo transcurrido desde entonces y las circunstancias adversas hayan detenido despu√©s los progresos de esta obra.

En nuestra época, el fervoroso culto de esta misma devoción del Rosario , que Nos, desde el principio, hemos ensalzado, ha encontrado eco en el alma muchas personas de aquellas regiones. En cuanto esto, pues, responda a Nuestros esfuerzos iniciales, esperemos que sea muy provechoso para dar cumplimiento a Nuestros deseos.

XV. El Templo de Nuestra Se√Īora del Rosario en Patras

Con esta esperanza se une un hecho muy gozoso que interesa tanto al Oriente como al Occidente, y es muy conforme a Nuestros designios. Hablamos, Venerables Hermanos, del proyecto cuya iniciativa naci√≥ en el Congreso Eucar√≠stico de Jerusal√©n, o sea el de erigir un Templo en honor de la Reina del Sant√≠simo Rosario, y esto en Patras en Acaya, no lejos del sitio donde en los tiempos antiguos, bajo sus augurios, resplandeci√≥ el nombre cristiano. Seg√ļn nos ha manifestado, para Nuestro gozo, la Comisi√≥n que con Nuestra aprobaci√≥n, fue constituida para impulsar esta obra y preocuparse de ella, ya muchos de vosotros, acatando Nuestros ruegos, hab√©is organizado Colectas especiales al efecto, con toda diligencia, y aun prometisteis continuarlas en forma igual hasta la terminaci√≥n de la empresa. Con ello, ya han afluido bastantes recursos, de modo que la construcci√≥n podr√° iniciarse con aqu√©lla amplitud que a tal obra conviene; y Nos hemos dado poder para que, pr√≥ximamente, se coloque con auspiciosas y solemnes ceremonias la primera piedra del templo. Elevar√°se este santuario, en nombre del pueblo cristiano, como un monumento de perenne gracia a la Virgen Auxiliadora y Madre celestial, la cual se invocar√° all√≠ asiduamente en ambos ritos, el latino y el griego, a fin de que Ella se digne colmar los antiguos beneficios aun con nuevos m√°s eficaces.

XVI. Los beneficios del mes del santo Rosario

Y ahora, Venerables Hermanos, vuelve Nuestra exhortaci√≥n al punto de donde parti√≥. Es, que todos, pastores y reba√Īos, se acojan, sobre todo durante el mes que se avecina, bajo el manto protector de la Sant√≠sima Virgen. Que en p√ļblico y en privado, con alabanzas, plegarias y ofrecimientos, se unan todos para invocarla y suplicarla como a Madre de Dios y Madre nuestra, clamando: Mostrad que sois nuestra Madre24. Que su maternal clemencia conserve a su universal familia al abrigo de todos los peligros; que la haga gozar de prosperidad verdadera fundada en la santa unidad. Mire con benevolencia a los cat√≥licos de todos los pueblos, y, uni√©ndolos m√°s estrechamente cada d√≠a con los lazos de la caridad, los vuelva prontos y constantes para sostener la gloria de la Religi√≥n, en la que van incluidos asimismo los mayores beneficios para el Estado.

XVII. Plegaria a María por los disidentes

Dígnese Ella mirar asimismo con especialísima benevolencia a los pueblos disidentes, naciones grandes e ilustres en que laten tantos corazones generosos, conscientes de sus deberes cristianos; dígnese suscitar en ellos anhelos saludables y nobles propósitos, y después de haberlos suscitado favorezca su realización.

En cuanto a los disidentes orientales quiera Ella recordar la devoción acendrada que le profesan y las gestas sublimes que sus antepasados realizaron por la gloria de su nombre. En cuanto a los occidentales baste rememorar el utilísimo patrocinio con que Ella reconoció y recompensó la eximia devoción que todas las clases sociales le manifestaran en el transcurso de muchos siglos.

Logre ser oída la voz suplicante del Oriente y del Occidente y de todas las naciones católicas dondequiera habiten; logre ser oída la Nuestra que desde lo más profundo del alma clama: Mostrad que sois Nuestra Madre.

Bendición Apostólica

Entre tanto, y como testimonio de Nuestra benevolencia os impartimos con amor la bendici√≥n Apost√≥lica a vosotros, a vuestro clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado. Dado en Roma, junto a San Pedro, el 5 de Septiembre de 1895, a√Īo decimoctavo de Nuestro Pontificado.

León XIII


1

Col. 4, 2.

2

Juan 19, 26.

3

San Anselmo, Or. 47, antes 46.

4

Lc. 2. 19; 2, 51.

5

"Dominam nostram", "mediatricem nostram", San Bernardo serm. 2 in adv. Domini n. 5.

6

Ipsam "reparatricem totius orbis", S. Tharasius or. in praesent. Deip.

7

Ipsam "donorum Dei conciliatricem". in offic. graec. VII dec., Theotokion, post oden IX.

8

Hbr. 12, 2.

9

Lc. 1, 52.

10

S. Germ√°n de Constantinopla or. 2 in dormit. B.M.V.

11

San Cirilo Alej. Hom. contra Nestorium.

12

San Cirilo Alej. Hom. contra Nest.

13

Del Himno griego "Ak√°tistos".

14

San Juan Damasceno. or. in annuntiat. Dei Genitr. n. 9.

15

San Germ√°n de Constantinopla or. iu Deip praesentat. n. 14.

16

En el Oficio B.M.V.

17

Hebr. 1, 14.

18

1 Pelr. 2, 9.

19

San Germ√°n In Hist, a dormit, Deiparae.

20

Men. 5 de Mayo Theodokion post od. IX de S. Irene V. M.

21

1 Cor 1, 13.

22

Rom. 7, 4.

23

Gal. 4. 19.

24

Del himno lit. Ave Maris Stella.
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