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S.S. León XIII, Libertas praestantissimum
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Libertas Praestantissimum

S.S. LE√ďN XIII, Enc√≠clica Libertas Praestantissimun sobre la libertad humana, 20 de junio de 1888.

La libertad, bien el m√°s noble de la naturaleza, propio, √ļnicamente, de los seres inteligentes o razonables, da al hombre la dignidad de estar en manos de su propio consejo y tener la potestad de sus acciones. Pero interesa en gran manera el modo con que se ha de ejercer semejante dignidad, porque del uso de la libertad se originan, as√≠ como bienes sumos, males tambi√©n sumos. En manos del hombre est√°, en efecto, obedecer a la raz√≥n, seguir el bien moral, tender derechamente a su √ļltimo fin; pero igualmente puede seguir el opuesto camino y, al ir tras apariencias enga√Īosas de bien, perturbar el orden debido y precipitarse voluntariamente en inevitable ruina.

Jesucristo, libertador del linaje humano, al restaurar y realzar aumentada la primitiva dignidad de la naturaleza, comunic√≥ grand√≠simo auxilio a la voluntad humana, en parte a√Īadi√©ndole los auxilios de su gracia, y por otra parte, al proponerle la felicidad sempiterna en los cielos, elev√°ndola a la m√°s alta dignidad. De semejante modo la Iglesia, porque oficio suyo es propagar por toda la duraci√≥n de los siglos los beneficios que por Jesucristo adquirimos, ha merecido bien y siempre merecer√° bien de don tan excelente de la naturaleza.

A pesar de esto, son no pocos quienes afirman que la Iglesia es una enemiga de la libertad del hombre; y la causa de que as√≠ piensen est√° en una falsa y extra√Īa idea que se forman de la libertad. Porque, o la adulteran en su noci√≥n misma, o con la opini√≥n que de ella tienen la dilatan m√°s de lo justo, pretendiendo que alcanza a gran n√ļmero de cosas, en las cuales, si se ha de juzgar rectamente, no puede ser libre el hombre.

2. En otras ocasiones, pero singularmente en la enc√≠clica Immortale Dei, hemos hablado Nos de las llamadas libertades modernas, separando lo que en ellas hay de honesto de lo que no lo es, y demostrando al mismo tiempo que cuanto hay de bueno en estas libertades es tan antiguo como la verdad misma, y siempre lo aprob√≥ la Iglesia muy de buen grado, y lo admiti√≥ en su realidad pr√°ctica. Pero, a decir verdad, lo que se le ha a√Īadido de nuevo es su parte inficionada, fruto de la turbulencia de los tiempos y del excesivo af√°n de novedades. Mas como hay muchos pertinaces en defender que estas libertades, aun en lo que tienen de vicioso, son el mayor ornamento de nuestro siglo y las juzgan fundamento necesario para constituir las naciones, hasta el punto de negar que sin ellas pueda concebirse gobierno perfecto de los Estados, Nos ha parecido oportuno, proponi√©ndonos la p√ļblica utilidad, el tratar ahora especialmente de dicha materia.

Libertad moral

3. De lo que aquí tratamos directamente es de la libertad moral, ya se la considere en el individuo, ya en la sociedad civil y política; pero conviene al principio decir brevemente algo de la libertad natural, porque, aun cuando del todo se distingue de la moral, es, sin embargo, fuente y principio de donde nacen por virtud propia y espontáneamente todas las libertades.

En el individuo

4. El juicio de todos y el sentido com√ļn, voz muy cierta de la naturaleza, reconocen esta libertad solamente en los que son capaces de inteligencia o de raz√≥n, y en aqu√©lla est√° la causa de ser tenido el hombre por verdadero autor de cuanto ejecuta. Y con raz√≥n; porque, cuando los dem√°s animales se dejan llevar s√≥lo de sus sentidos, y s√≥lo por el impulso de la naturaleza buscan lo que les aprovecha y huyen de lo que les da√Īa, el hombre tiene por gu√≠a a la raz√≥n en cada una de las acciones de su vida. Pero la raz√≥n juzga que de cuantos bienes hay sobre la tierra, todos y cada uno pueden ser e igualmente no ser, y por lo mismo juzga que ninguno de ellos se ha de tomar necesariamente, con lo cual la voluntad tiene poder y opci√≥n de elegir lo que le agrade. Ahora bien: el hombre puede juzgar de la contingencia, como la llaman, de estos bienes, como dec√≠amos, porque tiene un alma por naturaleza simple, espiritual, capaz de pensar, la cual, pues √©sta es su naturaleza, no trae su origen de las cosas corp√≥reas ni depende de ellas en su conservaci√≥n; creada, m√°s bien, inmediatamente por Dios, y muy superior a toda condici√≥n de la materia, tiene un modo de vivir propio suyo y un modo no menos propio de obrar, con lo cual, abarcando con el juicio las razones inmutables y necesarias de lo bueno y lo verdadero, se halla en condici√≥n de juzgar la esencial contingencia de los bienes particulares. Y as√≠, cuando se establece que el alma del hombre est√° libre de toda composici√≥n perecedera y goza de la facultad de pensar, juntamente se constituye con toda firmeza en su propio fundamento la libertad natural.

5. Ahora bien: as√≠ como nadie ha hablado de la simplicidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana tan altamente como la Iglesia cat√≥lica, ni la ha asentado con mayor constancia, as√≠ tambi√©n ha sucedido con la libertad; siempre ha ense√Īado la Iglesia una y otra cosa, y las defiende como dogma de fe; y, no contenta con esto, tom√≥ el patrocinio de la libertad, enfrent√°ndose con los herejes y fautores de novedades que la contradec√≠an, y libr√≥ de la ruina a este bien tan grande del hombre. Bien atestigua la historia con cu√°nta energ√≠a rechaz√≥ los conatos fren√©ticos de los maniqueos y de otros; y en tiempos m√°s cercanos nadie ignora el grande empe√Īo y fuerza con que ya en el Concilio Tridentino, ya despu√©s contra los sectarios de Jansenio, luch√≥ en defensa del libre albedr√≠o del hombre, sin permitir que el fatalismo se arraigara en tiempo ni en lugar alguno.

Su naturaleza

6. As√≠, pues, la libertad propia, como hemos dicho, de los que participan de inteligencia o raz√≥n, y mirada en s√≠ misma no es otra cosa sino la facultad de elegir lo conveniente a nuestro prop√≥sito, ya que s√≥lo es se√Īor de sus actos el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas. Ahora bien: como todo lo que se toma con el fin de alcanzar alguna cosa tiene raz√≥n de bien √ļtil, y √©ste es, por naturaleza, acomodado para mover propiamente el apetito, por eso el libre albedr√≠o es propio de la voluntad, o mejor, es la voluntad misma en cuanto tiene, al obrar, la facultad de elecci√≥n. Pero de ning√ļn modo se mueve la voluntad si delante no va, ilumin√°ndola, a manera de antorcha, el conocimiento intelectual; es decir, que el bien apetecido por la voluntad es el bien precisamente en cuanto conocido por la raz√≥n. Tanto m√°s, cuanto que en todos los actos de nuestra voluntad siempre antecede a la elecci√≥n el juicio acerca de la verdad de los bienes propuestos y de cu√°l ha de anteponerse a los otros; pero ning√ļn hombre juicioso duda de que el juzgar es propio de la raz√≥n y no de la voluntad. Si la libertad, pues, reside en la voluntad, que es por naturaleza un apetito que obedece a la raz√≥n, s√≠guese que la libertad misma ha de tener como objeto, igual que la voluntad, el bien que sea conforme a la raz√≥n.

7. Pero, como una y otra facultad distan de ser perfectas, puede suceder, y sucede, en efecto, muchas veces, que el entendimiento propone a la voluntad lo que en realidad no es bueno, pero tiene varias apariencias de bien, y a ello se aplica la voluntad. Pero as√≠ como el poder errar y el errar de hecho es vicio que arguye un entendimiento no del todo perfecto, as√≠ el abrazar un bien enga√Īoso y fingido, por m√°s que sea indicio de libre albedr√≠o, como la enfermedad es indicio de vida, es, sin embargo, un defecto de la libertad. As√≠ tambi√©n la voluntad, por lo mismo que depende de la raz√≥n, siempre que apetece algo que se aparta de la recta raz√≥n, vicia profundamente el albedr√≠o, y lo usa perversamente. Y √©sta es la causa por que Dios, infinitamente perfecto, el cual, por ser sumamente inteligente y la bondad por esencia, es sumamente libre, en ninguna manera puede querer el mal de culpa, como ni tampoco pueden los bienaventurados del Cielo, a causa de la contemplaci√≥n del bien sumo. Sabiamente advert√≠an contra los pelagianos San Agust√≠n y otros que, si el poder apartarse del bien fuese seg√ļn la naturaleza y perfecci√≥n de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los √°ngeles, los bienaventurados, en todos los cuales no se da semejante poder, o no ser√≠an libres, o lo ser√≠an con menor perfecci√≥n que el hombre viador e imperfecto. Acerca de esto discurre con frecuencia el Doctor Ang√©lico, para llegar a concluir que el poder pecar no es libertad, sino servidumbre. Sobre las palabras de Cristo, Se√Īor nuestro, el que hace el pecado siervo es del pecado 1 , dice sutil√≠simamente: Cada cosa es aquello que seg√ļn su naturaleza le conviene; por donde, cuando se mueve por cosa extra√Īa, no obra seg√ļn su propia naturaleza, sino por ajeno impulso, y esto es servil. Pero el hombre es racional por naturaleza. Cuando, pues, se mueve seg√ļn raz√≥n, lo hace de propio movimiento y obra, como quien es, cosa propia de la libertad; pero cuando peca, obra fuera de raz√≥n, y entonces se mueve como por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por esto "el que hace el pecado es siervo del pecado". Con bastante claridad vieron esto los fil√≥sofos antiguos, singularmente cuantos ense√Īaban que s√≥lo era libre el sabio, y es cosa averiguada que llamaban "sabio" a aquel cuyo modo de vivir era seg√ļn naturaleza, esto es, honesto y virtuoso.

Sus auxiliares

ley

8. Y puesto que la libertad es en el hombre de tal condici√≥n, exig√≠a ser fortificada con defensas y auxilios a prop√≥sito para dirigir al bien todos sus movimientos y apartarlos del mal; de otro modo hubiera sido gravemente da√Īoso al hombre el libre albedr√≠o. Y en primer lugar fue necesaria la ley, esto es, una norma de lo que hab√≠a de hacerse y omitirse, la cual no puede darse propiamente en los animales, que obran forzados por la necesidad, pues todo lo hacen por instinto, ni de por s√≠ mismos pueden obrar de otra manera. Mientras que los que gozan de libertad, en tanto pueden hacer o no hacer, obrar de un modo o de otro, en cuanto ha precedido, al elegir lo que quieren, aquel juicio que dec√≠amos de la raz√≥n, por medio del cual no s√≥lo se establece qu√© es por naturaleza honesto, qu√© torpe, sino adem√°s, qu√© es bueno y en realidad deba hacerse, qu√© malo y en realidad evitarse; es decir, que la raz√≥n prescribe a la voluntad ad√≥nde debe tender y de qu√© debe apartarse para que el hombre pueda alcanzar su √ļltimo fin, al que todo se ha de enderezar. Esta ordenaci√≥n de la raz√≥n es la ley. Por todo lo cual, la raz√≥n de ser necesaria al hombre la ley ha de buscarse primera y radicalmente en el mismo libre albedr√≠o, esto es, en que nuestras voluntades no discrepen de la recta raz√≥n. Y nada puede decirse ni pensarse m√°s perverso y absurdo que la afirmaci√≥n de que el hombre, porque naturalmente es libre, se halla exento de dicha ley; si as√≠ fuera, se seguir√≠a que para la libertad es necesario el no ajustarse a la raz√≥n, cuando la verdad es todo lo contrario, esto es, que el hombre, precisamente porque es libre, ha de sujetarse a la ley, la cual as√≠ queda constituida como gu√≠a del hombre en el obrar, movi√©ndole a obrar bien con el aliciente del premio y alej√°ndole del pecado con el terror del castigo.

Tal es la ley natural, la primera entre todas, la cual está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana mandando obrar bien y vedando pecar. Pero estos mandatos de la humana razón no pueden tener fuerza de ley sino por ser voz e intérprete de otra razón más alta a que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad. Como que la fuerza de la ley, que está en imponer obligaciones y adjudicar derechos, se apoya del todo en la autoridad, esto es, en la potestad verdadera de establecer deberes y conceder derechos, y dar sanción, además, con premio y castigos, a lo ordenado; y es claro que nada de esto habría en el hombre, si se diera a sí mismo la norma para las propias acciones, como un legislador. Síguese, pues, que la ley natural es la misma ley eterna, ingénita en las criaturas racionales, inclinándolas a las obras y fin debidos, como razón eterna que es de Dios, Creador y Gobernador del mundo universo.

gracia

9. A esta regla de nuestras acciones y freno del pecador se han juntado, por beneficio de Dios, ciertos auxilios singulares y apt√≠simos para regir la voluntad y robustecerla. El principal y m√°s excelente de todos ellos es la virtud de la divina gracia, la cual, ilustrando al entendimiento e impeliendo hacia el bien moral a la voluntad, robustecida con saludable constancia, hace m√°s expedito a la par que m√°s seguro el ejercicio de la libertad nativa. Mas no por ello ‚ÄĒa causa de esa intervenci√≥n de Dios‚ÄĒ son menos libres los movimientos voluntarios; porque la fuerza de la gracia divina es intr√≠nseca en el hombre y congruente con la propensi√≥n natural, porque dimana del mismo autor de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad, el cual mueve todas las cosas seg√ļn conviene a la naturaleza de cada una. Antes bien, como advierte el Doctor Ang√©lico, la gracia divina, por lo mismo que procede del Hacedor de la naturaleza, est√° creada y acomodada admirablemente para proteger cualesquier naturalezas y conservarles sus inclinaciones, su fuerza, su facultad de obrar.

En la sociedad

10. Y lo dicho de la libertad en cada individuo, f√°cilmente se aplica a los hombres unidos en sociedad civil; pues lo que en los primeros hace la raz√≥n y ley natural, eso mismo hace en la sociedad la ley humana, promulgada para el bien com√ļn de los ciudadanos. De estas leyes humanas hay algunas cuyo objeto es lo que por s√≠ es bueno o malo, y ordenan, con la sanci√≥n debida, seguir lo uno y huir de lo otro. Mas este g√©nero de decretos no tienen su principio en la sociedad humana, porque √©sta, as√≠ como no engendr√≥ a la naturaleza humana, tampoco crea el bien que le es conveniente, ni el mal que se le opone: sino m√°s bien son anteriores a la misma sociedad, y proceden enteramente de la ley eterna. As√≠ que los preceptos de derecho natural, comprendidos en las leyes humanas, no tienen fuerza tan s√≥lo de √©stas, sino que principalmente suponen aquel imperio, mucho m√°s alto y augusto, que proviene de la misma ley natural y de la eterna. En semejantes leyes apenas queda al legislador otro oficio que el hacerlas cumplir a los ciudadanos, organizando la administraci√≥n p√ļblica de manera que, refrenados los perversos y viciosos, o abracen lo que es justo, apartados del mal por el temor, o a lo menos no sirvan de obst√°culo y da√Īo a la sociedad. Otras ordenaciones hay de la potestad civil, que no dimanan del derecho natural inmediata y pr√≥ximamente, sino remota e indirectamente, delimitando las cosas variables, a las cuales no provey√≥ la naturaleza sino de un modo general y vago. Por ejemplo, manda la naturaleza que los ciudadanos cooperen a la tranquilidad y prosperidad del Estado; pero hasta qu√© punto, de qu√© modo y en qu√© casos, no es el derecho natural, sino la sabidur√≠a humana quien lo determina; y en estas reglas peculiares de vida, ordenadas prudentemente y propuestas por la leg√≠tima potestad, es en lo que consiste estricta y propiamente la ley humana. La cual manda a todos los ciudadanos el tender un√°nimes al fin que la comunidad se propone, y les proh√≠be apartarse de √©l; y mientras siga sumisa y conforme a las prescripciones de la naturaleza, gu√≠a al bien y aparta del mal.

Ley eterna

11. Por donde se ve que la libertad, no s√≥lo de los particulares, sino de la comunidad y sociedad humana, no tiene absolutamente otra norma y regla que la ley eterna de Dios; y si ha de tener nombre verdadero de libertad en la sociedad misma, no ha de consistir en hacer lo que a cada uno se le antoje, de donde resultar√≠an grand√≠sima confusi√≥n y turbulencias, opresoras, al cabo, de la sociedad, sino en que por medio de las leyes civiles pueda cada uno f√°cilmente vivir seg√ļn los mandamientos de la ley eterna. Y la libertad, en los que gobiernan, no est√° en que puedan mandar sin raz√≥n y a capricho, cosa no menos perversa que da√Īosa en sumo grado a la sociedad, sino en que toda la fuerza de las leyes humanas est√° en que se hallen modeladas seg√ļn la eterna, y en que no sancionen cosa alguna que no se contenga en √©sta como en principio universal de todo derecho.

12. Sapient√≠simamente dijo San Agust√≠n 2 : Creo, al mismo tiempo, que t√ļ conoces no hallarse en aquellas [leyes] temporales nada justo y leg√≠timo que no lo hayan tomado los hombres de esta [ley] eterna. De modo que si por cualquier autoridad se estableciera algo que se aparte de la recta raz√≥n y sea pernicioso a la sociedad, ninguna fuerza de ley tendr√≠a, puesto que no ser√≠a norma de justicia y apartar√≠a a los hombres del bien al que est√° ordenada la sociedad.

13. De todo lo dicho resulta que la naturaleza de la libertad, de cualquier modo que se la mire, ya en los particulares, ya en la comunidad, y no menos en los gobernantes que en los s√ļbditos, incluye la necesidad de someterse a una raz√≥n suma y eterna, que no es otra sino la autoridad de Dios que manda y que veda; y est√° tan lejos este just√≠simo se√Īor√≠o de Dios en los hombres de quitar o mermar siquiera la libertad, que, antes bien, la defiende y perfecciona; por cuanto el dirigirse a su propio fin y alcanzarle es perfecci√≥n verdadera de toda naturaleza, y el fin supremo a que debe aspirar la libertad del hombre no es otro que Dios mismo.

La Iglesia, defensora de la libertad

14. Aleccionada la Iglesia por las palabras y ejemplos de su divino Autor, ha afirmado y propagado siempre estos preceptos de la m√°s alta y verdadera doctrina, tan manifiestos a todos aun por la sola luz de la raz√≥n, sin cesar jam√°s de ajustar a ellos su ministerio y de imprimirlos en el pueblo cristiano. En lo tocante a la moral, la ley evang√©lica no s√≥lo supera con grande exceso a toda la sabidur√≠a de los paganos, sino que abiertamente llama al hombre y le forma para una santidad inaudita en lo antiguo, y acerc√°ndole m√°s a Dios, lo pone en posesi√≥n de una libertad m√°s perfecta. Tambi√©n se ha manifestado siempre la grand√≠sima fuerza de la Iglesia en guardar y defender la libertad civil y pol√≠tica de los pueblos: materia en la que no hay para qu√© enumerar los m√©ritos de la Iglesia. Basta recordar, como trabajo y beneficio principalmente suyo, la abolici√≥n de la esclavitud, verg√ľenza antigua de todos los pueblos del gentilismo.

El primero en afirmar la igualdad ante la ley y la verdadera fraternidad de los hombres fue Jesucristo, de cuya voz fue eco la de los Ap√≥stoles, que predicaban no haber ya jud√≠o, ni griego, ni escita, sino todos hermanos en Cristo. Y es tan grande y tan conocida la virtud regeneradora de la Iglesia en este punto, que dondequiera que estampa su huella est√° comprobado que ya no pueden durar mucho las costumbres salvajes; antes bien se muda en breve la ferocidad en mansedumbre, y la luz de la verdad sucede a las tinieblas de la barbarie. Tampoco ha dejado la Iglesia de lograr los mayores beneficios para los pueblos cultos, ya resistiendo a la arbitrariedad de los perversos, ya alejando de los inocentes y d√©biles las injusticias; ya, por √ļltimo, haciendo prevalecer en las naciones una organizaci√≥n tal que los ciudadanos la amaran por su equidad y los extra√Īos la temieran a causa de su fuerza.

15. Es, adem√°s, obligaci√≥n muy verdadera la de prestar reverencia a la autoridad y obedecer con sumisi√≥n a las leyes justas, quedando as√≠ los ciudadanos libres de la injusticia de los malvados, gracias a la fuerza y vigilancia de la ley. La potestad leg√≠tima viene de Dios, y el que resiste a la potestad, resiste a la ordenaci√≥n de Dios; y con ello queda muy ennoblecida la obediencia, porque √©sta se presta a la m√°s justa y elevada autoridad; pero cuando falta el derecho de mandar, o se manda algo contra la raz√≥n, contra la ley eterna, o los mandamientos divinos, entonces, desobedecer a los hombres por obedecer a Dios se convierte en un deber. Cerrado as√≠ el paso a la tiran√≠a, el Estado no lo absorber√° todo, y quedar√°n a salvo los derechos de los individuos, los de la familia, los de todos los miembros de la sociedad, usando as√≠ todos de la libertad verdadera, que est√°, como hemos demostrado, en que cada uno pueda vivir seg√ļn las leyes y la recta raz√≥n.

Falsa libertad

16. Si quienes a cada paso disputan sobre la libertad la entendieran honesta y legítima, como acabamos de describirla, nadie osaría acusar a la Iglesia de lo que con tanta injusticia propalan, esto es, de ser enemiga de la libertad; pero hay ya muchos imitadores de Lucifer, cuyo es aquel nefando grito: No serviré, que con nombre de libertad defienden cierta licencia tan absoluta como absurda. Son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, que tomando su nombre de la libertad ha dado en llamarse liberalismo.

Liberalismo radical

17. En realidad, lo que en filosof√≠a pretenden los naturalistas o racionalistas, eso mismo pretenden en la moral y en la pol√≠tica los fautores del liberalismo, los cuales no hacen sino aplicar a las acciones y realidad de la vida los principios puestos por aquellos. Ahora bien; el principio capital de todo el racionalismo es la soberan√≠a de la raz√≥n humana, que, por negar a la raz√≥n divina y eterna la obediencia debida y al declararse independiente, se constituye a s√≠ misma en principio primero, fuente y criterio de la verdad. As√≠ tambi√©n los secuaces del liberalismo, de quienes hablamos, pretenden que en la pr√°ctica de la vida no hay ninguna potestad divina a la que se deba obedecer, sino que cada uno es ley para s√≠; de ah√≠ nace esa moral que llaman independiente, que apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los preceptos divinos, suele conceder al hombre una licencia sin l√≠mites. F√°cil es adivinar a d√≥nde conduce todo esto, especialmente en el conjunto de la vida social. Porque, una vez afirmada la convicci√≥n de que nadie tiene autoridad sobre el hombre, s√≠guese que no est√° fuera de √©l y sobre √©l la causa eficiente de la convivencia y sociedad civil, sino en la libre voluntad de los individuos; que la potestad p√ļblica tiene su primer origen en la multitud y que, adem√°s, como en cada uno la propia raz√≥n es √ļnico gu√≠a y norma de las acciones privadas, debe serlo tambi√©n de todos en lo tocante a las cosas p√ļblicas. Por todo esto, el poder es proporcional al n√ļmero, y la mayor√≠a del pueblo es la autora de todo derecho y obligaci√≥n.

18. Mas muy claramente resulta de lo dicho cu√°nto repugne todo esto a la raz√≥n: repugna, en efecto, sobremanera no s√≥lo a la naturaleza del hombre, sino a la de todas las cosas creadas, querer que no intervenga v√≠nculo alguno entre el hombre o la sociedad civil y Dios, Creador y, por lo tanto, Legislador Supremo y Universal, porque todo efecto tiene forzosamente alg√ļn lazo que lo una con la causa que lo hizo; y es cosa conveniente a todas las naturalezas, y aun pertenece a la perfecci√≥n de cada una de ellas, el mantenerse en el lugar y grado que pide el orden natural, esto es, que lo inferior se someta y obedezca a lo que naturalmente le es superior.

19. Es, adem√°s, esta doctrina pernicios√≠sima, no menos a las naciones que a los particulares. Y, en efecto, dejando el juicio de lo bueno y verdadero a la raz√≥n humana sola y √ļnica, desaparece la distinci√≥n propia del bien y del mal; lo torpe y lo honesto no se diferenciar√°n en la realidad, sino seg√ļn la opini√≥n y juicio de cada uno; ser√° l√≠cito cuanto agrade, y, establecida una moral, sin fuerza casi para reprimir y redudir las pasiones quedar√°, naturalmente, abierta la puerta a toda corrupci√≥n. En cuanto a la cosa p√ļblica, la facultad de mandar se separa del verdadero y natural principio, de donde toma toda su virtud para realizar el bien com√ļn, y la ley que establece lo que se ha de hacer y omitir se deja al arbitrio de la multitud m√°s numerosa, lo cual es una pendiente que conduce a la tiran√≠a. Rechazado el se√Īor√≠o de Dios en el hombre y en la sociedad, es consiguiente que no hay p√ļblicamente religi√≥n alguna, y se seguir√° el mayor desprecio a todo cuanto se refiera a la Religi√≥n. Y asimismo, armada la multitud con la creencia de su propia soberan√≠a, se precipitar√° f√°cilmente a promover turbulencias y sediciones; y, quitados los frenos del deber y de la conciencia, s√≥lo quedar√° la fuerza, que nunca es bastante para refrenar por s√≠ sola las pasiones populares. De lo cual es suficiente testimonio la casi diaria lucha contra los socialistas y otras turbas de sediciosos, que tan porfiadamente maquinan por conmover las naciones hasta en sus cimientos. Vean, pues, y decidan los que bien juzgan si tales doctrinas sirven de provecho a la libertad verdadera y digna del hombre, o s√≥lo sirven para pervertirla y corromperla del todo.

20. Cierto es que no todos los fautores del liberalismo asienten a estas opiniones, aterradoras por su misma monstruosidad y que abiertamente repugnan a la verdad, y son causa evidente de gravísimos males; antes bien, muchos de ellos, obligados por la fuerza de la verdad, confiesan sin avergonzarse y aun de buen grado afirman que la libertad degenera en vicio y aun en abierta licencia cuando se usa de ella destempladamente, postergando la verdad y la justicia, y que debe ser, por tanto, regida y gobernada por la recta razón y sujeta consiguientemente al derecho natural y a la eterna ley divina. Mas juzgando que no se ha de pasar más adelante, niegan que esta sujeción del hombre libre a las leyes que Dios quiere imponerle haya de hacerse por otra vía que la de la razón natural.

21. Pero al decir esto, no son en manera alguna consecuentes consigo mismos. Porque si, como ellos admiten y nadie puede negar con derecho, se ha de obedecer a la voluntad de Dios legislador, por estar el hombre todo en la potestad de Dios y tender a Dios, s√≠guese que a esta potestad legislativa suya nadie puede ponerle l√≠mites ni condiciones, sin ir, por ello mismo, contra la obediencia debida. Y aun m√°s, si el hombre llegara a arrogarse tanto que quisiera decretar cu√°les y cu√°ntas son sus propias obligaciones, cu√°les y cu√°ntos son los derechos de Dios, aparentar√° reverencia a las leyes divinas, pero no la tendr√° de hecho, y su propio juicio prevalecer√° sobre la autoridad y providencia de Dios. Es, pues, necesario que la norma constante y religiosa de nuestra vida se derive no s√≥lo de la ley eterna, sino tambi√©n de todas y cada una de las dem√°s leyes que, seg√ļn su benepl√°cito, ha dado Dios, infinitamente sabio y poderoso, y que podemos seguramente conocer por se√Īales claras e indubitables. Tanto m√°s, cuanto que estas leyes, por tener el mismo autor que la eterna, concuerdan del todo con la raz√≥n, perfeccionan el derecho natural e incluyen el magisterio del mismo Dios, que, precisamente para que nuestro entendimiento y nuestra voluntad no caigan en error, rige a entrambos benignamente, gui√°ndolos al mismo tiempo que les ordena. Quede, pues, santa e inviolablemente unido lo que ni puede ni debe separarse, y s√≠rvase a Dios en todo, como la misma raz√≥n natural lo ordena, con absoluta sumisi√≥n y obediencia.

Liberalismo moderado

22. Algo m√°s moderados son, pero no m√°s consecuentes consigo mismos, los que dicen que, en efecto, seg√ļn las leyes divinas se ha de regir la vida y costumbres de los particulares, pero no las del Estado. Porque en las cosas p√ļblicas est√° permitido apartarse de los preceptos de Dios y no tenerlos en cuenta al establecer las leyes. De donde, aquella perniciosa consecuencia: Es necesario separar la Iglesia del Estado.

23. No es dif√≠cil conocer lo absurdo de todo esto: porque como la misma naturaleza exige del Estado que proporcione a los ciudadanos medios y oportunidad con qu√© vivir honestamente, esto es, seg√ļn las leyes de Dios, ya que es Dios el principio de toda honestidad y justicia, es absolutamente contradictorio que sea l√≠cito al Estado no tener en cuenta dichas leyes, o el establecer la menor cosa que las contradiga. Adem√°s, los que gobiernan los pueblos son deudores a la sociedad, no s√≥lo de procurarle con leyes sabias la prosperidad y bienes exteriores, sino de mirar principalmente por los bienes del alma. Ahora bien: para incremento de estos bienes del alma nada puede imaginarse m√°s a prop√≥sito que estas leyes, cuyo autor es Dios mismo; y por esta causa los que en el gobierno del Estado no quieren tenerlas en cuenta hacen que la potestad pol√≠tica se desv√≠e de su propio fin y de las prescripciones de la naturaleza. Pero lo que m√°s importa y Nos hemos m√°s de una vez advertido es que, aunque la potestad civil no mira pr√≥ximamente al mismo fin que la religiosa, ni va por las mismas v√≠as, con todo, al ejercer la autoridad, fuerza es que hayan de encontrarse, a veces, una con otra. Ambas tienen los mismos s√ļbditos, y no es raro que una y otra decreten acerca de lo mismo, pero con motivos diversos. Llegado este caso, y pues el conflicto de las dos potestades es absurdo y enteramente opuesto a la voluntad sapient√≠sima de Dios, preciso es alg√ļn modo y orden con que, apartadas las causas de porf√≠as y rivalidades, haya un criterio racional de concordia en las cosas que han de hacerse. Con raz√≥n se ha comparado esta concordia a la uni√≥n del alma con el cuerpo, igualmente provechosa a entrambos, cuya desuni√≥n, al contrario, es perniciosa, singularmente al cuerpo, pues por ella pierde la vida.

Libertad de cultos

24. Para que todo esto se vea mejor, bueno será considerar una por una esas varias conquistas de la libertad, que se dicen logradas en nuestros tiempos. Sea la primera, considerada en los particulares, la que llaman libertad de cultos, en tan gran manera contraria a la virtud de la religión. Su fundamento es que en arbitrio de cada uno está profesar la religión que más le acomode, o no profesar ninguna.

25. Pero, muy al contrario, entre todas las obligaciones del hombre, la mayor y m√°s santa es, sin sombra de duda, la que nos manda adorar a Dios p√≠a y religiosamente. Se deduce esto necesariamente de estar nosotros de continuo en poder de Dios y ser por su voluntad y providencia gobernados, y tener en √Čl nuestro origen y haber de tornar a √Čl. All√©gase a esto que no puede darse virtud verdadera sin religi√≥n. Porque, si la virtud moral ordena al hombre en las cosas que nos conducen a Dios como a nuestro sumo y √ļltimo bien, por lo tanto, la religi√≥n, que obra las cosas directa e inmediatamente ordenadas al honor divino 3 , es la primera y la reguladora de todas las virtudes. Y a quien pregunte, puesto que hay varias religiones entre s√≠ disidentes, si entre ellas hay una que debamos seguir, responden a una la raz√≥n y la naturaleza: la que Dios haya mandado y puedan f√°cilmente conocer los hombres por ciertas notas exteriores con que quiso distinguirla la Divina Providencia para evitar un error, al cual, en cosa de tama√Īa importancia, hab√≠a de seguirse suma ruina. As√≠ que, al ofrecer al hombre esta libertad de cultos de que vamos hablando, se le da facultad para pervertir o abandonar impunemente una obligaci√≥n sant√≠sima y tornarse, por lo tanto, al mal, volviendo la espada al bien sumo e inmutable, lo cual, como hemos dicho, ya no es libertad sino licencia de ella y servidumbre del alma envilecida en el pecado.

Religión y sociedad

26. Considerada la misma libertad en el Estado, pide que √©ste no tribute a Dios culto alguno p√ļblico, por no haber raz√≥n que lo justifique; que ning√ļn culto sea preferido a los otros, y que todos ellos tengan igual derecho, sin respeto ninguno al pueblo, dado caso que √©ste haga profesi√≥n de cat√≥lico. Para que todo esto fuera justo habr√≠a de ser verdad que la sociedad civil no tiene para con Dios obligaci√≥n alguna, o que puede infringirla impunemente; pero no es menos falso lo uno que lo otro. No puede, en efecto, dudarse que la sociedad establecida entre los hombres, ya se mire a las partes que la componen, ya a la autoridad que es su principio formal, ya a su causa, ya a la abundancia de beneficios que acarrea, existe por voluntad de Dios. Dios es quien cre√≥ al hombre para vivir en sociedad, y quien lo puso entre sus semejantes para que las exigencias naturales, que √©l no pudiera satisfacer solo, las viera cumplidas en la sociedad. As√≠ es que la sociedad, por serlo, ha de reconocer como padre y autor a Dios y reverenciar y adorar su poder y su dominio. Veda, pues, la justicia, y lo veda tambi√©n la raz√≥n, que el Estado sea ateo, o ‚ÄĒlo que es lo mismo‚ÄĒ que se muestre indiferente hacia los diversos cultos, o conceda iguales derechos a cada uno de ellos.

27. Siendo, pues, necesario, al Estado profesar una religi√≥n, ha de profesar la √ļnica verdadera, la cual sin dificultad se conoce, singularmente en los pueblos cat√≥licos, puesto que en ella aparecen como sellados los caracteres de la verdad. Por lo tanto, √©sta es la religi√≥n que han de conservar los que gobiernan; √©sta la que han de proteger, si quieren, como deben, atender con prudencia y √ļtilmente a la comunidad de los ciudadanos. La autoridad p√ļblica est√°, en efecto, constituida para utilidad de sus s√ļbditos, y aunque pr√≥ximamente mira a proporcionarles la prosperidad de esta vida terrenal, con todo, no debe disminuirles, sino aumentarles la facilidad de conseguir aquel sumo y √ļltimo bien, en el que est√° la sempiterna bienaventuranza del hombre, y al que no se puede llegar sin practicar la verdadera religi√≥n.

28. Pero ya otras veces hemos hablado de esto m√°s largamente; ahora s√≥lo queremos advertir que semejante libertad es en extremo da√Īosa a la verdadera libertad, tanto de los que gobiernan como de los pueblos. En cambio, son muy de admirar los beneficios que les comunica la religi√≥n, puesto que, al poner en Dios el origen de la potestad, grav√≠simamente ordena a los pr√≠ncipes que no descuiden sus deberes, ni manden injusta o acerbamente, y gobiernen su pueblo con benignidad y casi con caridad paternal. E impone tambi√©n a los ciudadanos que est√©n sujetos a los gobernantes leg√≠timos como a ministros de Dios, y los une a ellos no solamente por medio de la obediencia, sino por el respeto y el amor, prohibiendo toda sedici√≥n y todo conato que pueda turbar el orden y tranquilidad p√ļblica, √ļltimas razones de que la libertad civil haya de ser cohibida. No precisa decir cu√°nto contribuye la religi√≥n a las buenas costumbres, y √©stas a la libertad; pues la raz√≥n demuestra y la historia confirma que, cuanto m√°s morigeradas son las naciones, tanto m√°s fuertes son en libertad, en riquezas y en poder√≠o.

Palabra y prensa

29. Volvamos ahora alg√ļn tanto la atenci√≥n hacia la libertad de hablar y de imprimir cuanto place. Apenas es necesario negar el derecho a semejante libertad cuando se ejerce, no con alguna templanza, sino traspasando toda moderaci√≥n y todo l√≠mite. El derecho es una facultad moral que, como hemos dicho y conviene repetir mucho, es absurdo suponer haya sido concedido por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la honestidad y a la torpeza. Hay derecho para propagar en la sociedad libre y prudentemente lo verdadero y lo honesto, para que se extienda al mayor n√ļmero posible su beneficio; pero en cuanto a las opiniones falsas, la m√°s mort√≠fera peste del entendimiento, y en cuanto a los vicios, que corrompen el alma y las costumbres, justo es que la p√ļblica autoridad los reprima con diligencia para que no vayan cundiendo insensiblemente en da√Īo de la misma sociedad.

30. Y las maldades de los ingenios licenciosos, que redundan en opresi√≥n de la multitud ignorante, no han de ser menos reprimidas por las leyes que cualquier injusticia cometida por la fuerza contra los d√©biles. Tanto m√°s, cuanto que la inmensa mayor√≠a de los ciudadanos no puede en modo alguno, o pueden con suma dificultad, precaver esos enga√Īos y sofismas, singularmente cuando halagan a las pasiones. Si a todos es permitida esa licencia ilimitada de hablar y escribir, nada ser√° sagrado e inviolable, ni siquiera se reputar√°n tales aquellos grandes principios naturales tan llenos de verdad, y que han de considerarse como patrimonio com√ļn y nobil√≠simo del g√©nero humano. Oculta as√≠ la verdad en las tinieblas, casi sin sentirse, como muchas veces sucede, f√°cilmente se ense√Īorear√° de las opiniones humanas el error pernicioso y m√ļltiple. Y con ello recoge tanta ventaja la licencia como detrimento la libertad, que ser√° tanto mayor y m√°s segura cuanto mayores fueren los frenos de la licencia.

31. En lo que se refiere a las cosas opinables, dejadas por Dios a las disputas de los hombres, es permitido, sin que a ello se oponga la naturaleza, sentir lo que acomoda y libremente hablar de lo que se siente, porque esta libertad nunca induce al hombre a oprimir la verdad, sino muchas veces a investigarla y manifestarla.

Ense√Īanza

32. No de otra manera se ha de juzgar la llamada libertad de ense√Īanza. No puede, en efecto, caber duda de que s√≥lo la verdad debe llenar el entendimiento, porque en ella est√° el bien de las naturalezas inteligentes y su fin y perfecci√≥n; de modo que la ense√Īanza no puede ser sino de verdades, tanto para los que ignoran como para los que ya saben, esto es, para dirigir a unos al conocimiento de la verdad y conservarlo en los otros. Por esta causa, sin duda, es deber propio de los que ense√Īan librar del error a los entendimientos y cerrar con seguros obst√°culos el camino que conduce a opiniones enga√Īosas. Por donde se ve cu√°nto repugna a la raz√≥n esta libertad de que tratamos, y c√≥mo ha nacido para pervertir radicalmente los entendimientos al pretender serle l√≠cito ense√Īarlo todo seg√ļn su capricho; licencia que nunca puede conceder al p√ļblico la autoridad del Estado sin infracci√≥n de sus deberes. Tanto m√°s, cuanto que puede mucho con los oyentes la autoridad del maestro, y rar√≠simo es que pueda el disc√≠pulo juzgar, por s√≠ mismo, si es o no verdad lo que explica el que ense√Īa.

33. Por lo cual es necesario que esta libertad no salga de ciertos t√©rminos, si ha de ser honesta, es decir, si no ha de suceder impunemente que la facultad de ense√Īar se trueque en instrumento de corrupci√≥n. La verdad -que es el objeto de toda ense√Īanza- es de dos g√©neros: natural y sobrenatural. Las verdades naturales, como son los primeros principios y los deducidos inmediatamente de ellos por la raz√≥n, constituyen un como patrimonio com√ļn del g√©nero humano, y, puesto que en √©l se apoyan como en firm√≠simo fundamento las costumbres, la justicia, la religi√≥n, la misma sociedad humana, nada ser√≠a tan imp√≠o, tan neciamente inhumano como el dejar que sea profanado y disipado. Ni con menor cuidado ha de conservarse el tan precioso como santo tesoro de las cosas que conocemos por hab√©rnoslas revelado el mismo Dios. Las principales se demuestran con muchos e ilustres argumentos, de que usaron con frecuencia los apologistas, como son: el haber Dios revelado algunas cosas; el haberse hecho hombre el Unig√©nito de Dios para dar testimonio de la verdad; el haber fundado el mismo Unig√©nito una sociedad perfecta, la Iglesia, cuya cabeza es √Čl mismo, y con la cual prometi√≥ estar hasta la consumaci√≥n de los siglos.

34. Cuantas verdades ense√Ī√≥, quedaron encomendadas a esta sociedad, para que las guardase, las defendiese y con autoridad leg√≠tima las ense√Īase; y a la vez orden√≥ a todos los hombres que obedecieran a su Iglesia no menos que a √Čl mismo, teniendo segura los que as√≠ no lo hicieran su perdici√≥n sempiterna. Consta, pues, claramente que el mejor y m√°s seguro maestro del hombre es Dios, fuente y principio de toda verdad, y tambi√©n el Unig√©nito, que est√° en el seno del Padre, y es camino, verdad, vida, luz verdadera que ilumina a todo hombre, y a cuya ense√Īanza han de prestarse todos d√≥cilmente: Y todos ser√°n amaestrados por Dios 4 . Pero, en punto de fe y de costumbres, hizo Dios a la Iglesia part√≠cipe del magisterio divino, y, por beneficio tambi√©n divino, libre del error; por lo cual es la m√°s alta y segura maestra de los mortales, y en ella reside el derecho inviolable a la libertad de ense√Īar. Y, de hecho, al vivir la Iglesia de la doctrina misma recibida de Dios, nada ha antepuesto al cumplimiento exacto del encargo que Dios le ha confiado; y m√°s fuerte a√ļn que las dificultades, que la rodean por todas partes, jam√°s ces√≥ de combatir por defender la libertad de su magisterio. Y as√≠ es como, desterrada la superstici√≥n miserable, renov√≥ el orbe con la cristiana sabidur√≠a.

35. Pero como la raz√≥n claramente ense√Īa que entre las verdades reveladas y las naturales no puede darse oposici√≥n verdadera, y as√≠, que cuanto a aqu√©llas se oponga ha de ser por fuerza falso, por lo mismo dista tanto el magisterio de la Iglesia de poner obst√°culos al deseo de saber y al adelanto en las ciencias, o de retardar de alg√ļn modo el progreso y la cultura de las letras, que antes les ofrece abundantes luces y segura tutela. Por la misma causa este magisterio es de no escaso provecho a la misma perfecci√≥n de la libertad humana; puesto que es sentencia de Jesucristo, Salvador nuestro, que el hombre es hecho libre por la verdad: Conocer√©is la verdad, y la verdad os har√° libres 5 . No hay, pues, motivo para que la libertad genuina se indigne y la verdadera ciencia lleve a mal las justas y debidas leyes con que la Iglesia y la raz√≥n, de acuerdo, exigen que se ponga l√≠mites a la ense√Īanza de los hombres; antes bien, la Iglesia, como a cada paso atestiguan los hechos, al hacer esto primera y principalmente para proteger la fe cristiana, procura tambi√©n fomentar y adelantar todo g√©nero de ciencias humanas. Por s√≠ mismos, son honestos, laudables y de desear los buenos estudios; y, m√°s a√ļn, cualquier clase de erudici√≥n, siempre que sea fruto de un recto juicio y responda a la verdad de las cosas, sirve no poco para ilustrar lo que por revelaci√≥n divina creemos. Y as√≠ es una gran verdad que a la Iglesia se deben estos tan insignes beneficios: haber conservado gloriosamente los monumentos de la antigua sabidur√≠a; haber abierto por todas partes asilos a las ciencias; haber excitado siempre la actividad del ingenio, fomentando con todo empe√Īo las mismas artes que tanto honran y embellecen a la civilizaci√≥n de nuestra √©poca.

36. Por √ļltimo, no ha de callarse que hay un campo inmenso, patente a los hombres, en que extender su actividad y ejercitar libremente su ingenio, a saber: todo cuanto no tenga relaci√≥n necesaria con la fe y costumbres cristianas, o que la Iglesia, sin hacer uso de su autoridad, deja √≠ntegro y libre al juicio de los doctos. De donde ya se entiende qu√© g√©nero de libertad es la que quieren y propalan con igual empe√Īo los secuaces del liberalismo: de una parte, se conceden a s√≠ mismos y al Estado una licencia tal que no dudan en abrir paso franco a las opiniones m√°s perversas; de otra, ponen mil estorbos a la Iglesia, limitando su libertad a los t√©rminos m√°s estrechos que les es dado poner, a pesar de que de la doctrina de la Iglesia no ha de temerse da√Īo alguno, antes bien, se han de esperar grandes provechos.

Libertad de conciencia

37. Tambi√©n se pregona con gran ardor la llamada libertad de conciencia, que, tomada en sentido de ser l√≠cito a cada uno, seg√ļn le agrade, dar o no dar culto a Dios, queda suficientemente refutada con lo ya dicho. Pero puede tambi√©n tomarse en sentido de ser l√≠cito al hombre, seg√ļn su conciencia, seguir en la sociedad la voluntad de Dios y cumplir sus mandatos sin el menor impedimento. Esta libertad verdadera, digna de los hijos de Dios, y que ampara con el mayor decoro a la dignidad de la persona humana, est√° por encima de toda injusticia y violencia, y fue deseada siempre y singularmente amada por la Iglesia. Este g√©nero de libertad lo reivindicaron constantemente para s√≠ los Ap√≥stoles, lo confirmaron con sus escritos los apologistas, lo consagraron con su sangre los m√°rtires en n√ļmero crecid√≠simo.

38. Y con raz√≥n, porque esta libertad cristiana atestigua al mismo tiempo el supremo y just√≠simo se√Īor√≠o de Dios sobre los hombres, y el supremo y principal deber de los hombres hacia Dios. Nada tiene de com√ļn esta libertad con el √°nimo sedicioso y desobediente, y en nada deroga al respeto que se debe a la autoridad p√ļblica: en tanto tiene √©sta el derecho de mandar y exigir obediencia en cuanto no disienta en cosa alguna de la potestad divina, y se mantenga dentro del orden por √©sta determinado; pero cuando se manda algo que claramente discrepa de la voluntad divina, se sale ya de aquel orden, y se va contra la voluntad divina: y entonces ya no es justo el obedecer.

Estatolatría - tolerancia

39. Al contrario los fautores del liberalismo, que otorgan al Estado un poder despótico y sin límites y pregonan que hemos de vivir sin tener para nada en cuenta a Dios, no conocen esta libertad de que hablamos, tan unida con la dignidad y la religión. Y si para conservarla se hace algo, lo imputan a crimen contra la sociedad. Si hablasen con verdad, no habría tiranía tan cruel a que no hubiese obligación de sujetarse y sufrirla.

40. Much√≠simo desear√≠a la Iglesia que en todos los √≥rdenes de la sociedad penetraran de hecho y se pusieran en pr√°ctica estas ense√Īanzas cristianas, que hemos tocado sumariamente; pues en ellas se encierra suma eficacia para remediar los males actuales, no pocos ciertamente, ni leves, nacidos, en gran parte, de esas mismas libertades, pregonadas con tanto encomio y en las que parec√≠an contenerse las semillas del bienestar y de la gloria. Pero el √©xito burl√≥ la esperanza, y, en vez de frutos deliciosos y sanos, los hubo acerbos y corrompidos. Si se busca remedio, b√ļsquese en el restablecimiento de las sanas doctrinas, de las que s√≥lo puede esperarse confiadamente la conservaci√≥n del orden, y la tutela, por tanto, de la verdadera libertad.

41. A pesar de todo, la Iglesia se hace cargo maternalmente del grave peso de la humana flaqueza, y no ignora el curso de los √°nimos y de los sucesos, por donde va pasando nuestro siglo. Por esta causa, y sin conceder el menor derecho sino s√≥lo a lo verdadero y honesto, no rehuye que la autoridad p√ļblica tolere algunas cosas ajenas a la verdad y a la justicia, a fin de evitar un mal mayor o de adquirir o conservar un mayor bien. Aun el mismo provident√≠simo Dios, con ser de infinita bondad y todopoderoso, permite que haya males en el mundo, en parte para que no se impidan mayores bienes, en parte para que no se sigan mayores males. Justo es imitar en el gobierno de la sociedad al que gobierna el mundo; y aun por lo mismo que la autoridad humana no puede impedir todos los males, debe permitir dejar impunes muchas cosas, que han de ser, sin embargo, castigadas por la divina Providencia, y con justicia 6 .

42. Pero en tales circunstancias, si por causa del bien com√ļn, y s√≥lo por √©l, puede y aun debe la ley humana tolerar el mal, no puede, sin embargo, ni debe aprobarlo ni quererlo en s√≠ mismo; porque, como el mal en s√≠ mismo es privaci√≥n de bien, repugna al bien com√ļn, que debe querer el legislador y defenderlo cuanto mejor pueda. Tambi√©n en esto debe la ley humana proponerse imitar a Dios, que, al permitir que haya males en el mundo, ni quiere que los males se hagan, ni quiere que no se hagan, pero quiere permitir que los haya, lo cual es bueno 7 . Sentencia del Doctor Ang√©lico, que brev√≠simamente encierra toda la doctrina de la tolerancia de los males. Pero ha de confesarse, si queremos juzgar rectamente, que cuanto mayor sea el mal que por fuerza haya de tolerar un Estado, tanto m√°s lejano se halla √©l de la perfecci√≥n; y asimismo que, por ser la tolerancia de los males un postulado de prudencia pol√≠tica, ha de circunscribirse absolutamente dentro de los l√≠mites del criterio que la hizo nacer, esto es, el supremo bienestar p√ļblico. De modo que si da√Īa a √©ste y ocasiona mayores males a la sociedad, es consiguiente que ya no es l√≠cita, por faltar en tales circunstancias la raz√≥n de bien. Pero si por las circunstancias particulares de un Estado acaece no reclamar la Iglesia contra alguna de estas libertades modernas, no porque las prefiera en s√≠ mismas, sino porque juzga conveniente que se permitan, mejorados los tiempos har√≠a uso de su libertad; y persuadiendo, exhortando, suplicando, procurar√≠a, como debe, cumplir el encargo que Dios le ha encomendado, que es mirar por la salvaci√≥n eterna de los hombres. Pero siempre es verdad que semejante libertad concedida indistintamente a todos y para todo, nunca, como hemos repetido varias veces, se ha de buscar por s√≠ misma, pues repugna a la raz√≥n que la verdad y la falsedad tengan los mismos derechos.

43. Y en lo tocante a la tolerancia, causa extra√Īeza cu√°nto distan de la prudencia y equidad de la Iglesia los que profesan el liberalismo. Porque con aquella desenfrenada licencia que conceden en las cosas que hemos enumerado, se pasan de todo l√≠mite, terminando por conceder los mismos derechos al mal y a lo falso que al bien y a lo verdadero. Y porque la Iglesia, columna y firmamento de la verdad, maestra incorrupta de la moral, siempre ‚ÄĒen virtud de su deber‚ÄĒ ha rechazado y niega que sea l√≠cito semejante g√©nero de tolerancia, tan licencioso y tan perverso, el liberalismo la acusa de intolerancia y dureza, sin caer en la cuenta de que censura precisamente lo que en ella es digno de la mayor alabanza. Pero en medio de tanta ostentaci√≥n de tolerancia, es una frecuente realidad que son duros contra todo lo que es cat√≥lico y reh√ļsan a cada paso toda libertad a la Iglesia quienes con tanta profusi√≥n conceden ilimitada libertad a los dem√°s.

Errores del liberalismo

44. Resumimos, pues, con sus corolarios todo Nuestro discurso. El hombre, por necesidad de su naturaleza se encuentra en una verdadera dependencia de Dios, así en su ser como en su obrar; por lo tanto, no puede concebirse la libertad humana, sino entendiéndola dependiente de Dios y de su divina voluntad. Negar a Dios este dominio o no querer sufrirlo no es propio del hombre libre, sino del que abusa de la libertad para rebelarse; precisamente en tal disposición de ánimo consiste el vicio capital del Liberalismo. El cual toma muchas formas, pues la voluntad puede, en grado y modos muy diversos, sustraerse a la dependencia de Dios, y a quien participe de su autoridad.

45. El rechazar, as√≠ en la vida p√ļblica como en la privada, absolutamente, el sumo se√Īor√≠o de Dios, si ciertamente es la perversi√≥n total de la libertad, es tambi√©n la peor forma de un liberalismo reprobable: y a ella precisamente se aplica todo cuanto hasta aqu√≠ dijimos del liberalismo en general.

46. Muy cerca de ella est√°n quienes confiesan que conviene someterse a Dios, Creador y Se√Īor del mundo, y por cuya voluntad se gobierna toda la naturaleza; pero audazmente rechazan las leyes que excedan a la naturaleza, comunicadas por el mismo Dios, en materia de fe y de costumbres, o a lo menos aseguran que no hay por qu√© tomarlas en cuenta, singularmente en el orden p√ļblico y civil. Ya vimos antes cu√°n grande sea su error y c√≥mo se contradicen a s√≠ mismos. De esta doctrina dimana, como de su origen y principio, la perniciosa teor√≠a de la separaci√≥n de la Iglesia y del Estado: la verdad, es, por lo contrario, que aun siendo diversas en su esencia y en su grado, las dos potestades deben estar coordinadas por la armon√≠a de las acciones y por la mutua correspondencia de servicios.

47. Tal opini√≥n puede entenderse de dos maneras. Porque muchos pretenden que la Iglesia se separe del Estado toda ella y en todo, de modo que en todo el derecho p√ļblico, en las instituciones, en la educaci√≥n de la juventud, no se mire a la Iglesia m√°s que si no existiese; tolerando a lo sumo a los ciudadanos el tener religi√≥n, si les place, privadamente. Contra estos tienen toda su fuerza los argumentos con que refutamos, en general, la separaci√≥n de la Iglesia y del Estado, a lo que vendr√≠a a a√Īadirse el absurdo de que el ciudadano respete a la Iglesia y el Estado la desconozca.

48. Otros admiten ‚ÄĒno podr√≠an no admitirlo‚ÄĒ que la Iglesia existe, pero le niegan la naturaleza y los derechos de sociedad perfecta, y por lo tanto, le niegan el poder legislativo, el judicial y el ejecutivo, pues solamente tiene la facultad de exhortar, persuadir y aun gobernar a los que espont√°nea y voluntariamente se sujeten. As√≠ adulteran la naturaleza de esta sociedad divina, debilitan y restringen su autoridad, su magisterio, toda su actividad, al mismo tiempo que exageran la fuerza y poder del Estado hasta tal punto que la Iglesia de Dios debe quedar sometida al imperio y jurisdicci√≥n del Estado, como cualquier otra asociaci√≥n voluntaria de ciudadanos.

Para refutar esta opinión valen los argumentos usados ya por los apologistas y no omitidos por Nos, singularmente en la encíclica Immortale Dei, los cuales ponen de manifiesto que por derecho de institución divina corresponde plenamente a la Iglesia todo cuanto pertenece a la naturaleza y derechos de una sociedad legítima, suprema y absolutamente perfecta.

Indulgencia de la Iglesia

49. Por √ļltimo, muchos no aprueban la separaci√≥n entre las cosas sagradas y las civiles, pero juzgan que la Iglesia, consecuente con los tiempos, debe amoldarse y prestarse a mayores concesiones, seg√ļn las exigencias de la moderna pol√≠tica en el gobierno de los pueblos.

Opini√≥n no desacertada, si se refieren a condescendencias razonables, conciliables con la verdad y la justicia: es decir, que la Iglesia, con la probada esperanza de alg√ļn gran bien, se muestre indulgente y conceda a los tiempos lo que, salva siempre la santidad de su oficio, pueda concederles. Pero muy de otra manera ser√≠a si se trata de cosas y doctrinas introducidas contra la justicia por la corrupci√≥n de las costumbres y por falsas doctrinas. Ning√ļn tiempo hay que pueda estar sin religi√≥n, sin verdad, sin justicia, y como estas cosas supremas y sant√≠simas han sido encomendadas por Dios a la tutela de la Iglesia, nada tan absurdo como el pretender de ella que, disimulando, tolere lo falso o lo injusto, y hasta lo que da√Īe a la religi√≥n misma.

50. De lo dicho se sigue que no es l√≠cito de ninguna manera pedir, defender, conceder la libertad de pensamiento, de prensa, de ense√Īanza, ni tampoco la de cultos, como otros tantos derechos correspondientes al hombre por naturaleza. Porque, si fuesen tales, habr√≠a derecho para no reconocer el imperio de Dios y la libertad del hombre no podr√≠a ser moderada por ley alguna. S√≠guese tambi√©n que, si hay justas causas, podr√°n tolerarse estas libertades, pero con determinada moderaci√≥n, para que no degeneren en insolentes excesos. Donde estas libertades est√©n vigentes, usen de ellas para el bien los ciudadanos; pero sientan de ellas lo mismo que la Iglesia siente. Porque toda libertad puede reputarse leg√≠tima cuando contribuye a facilitar el bien honesto; fuera de este caso, nunca.

51. Cuando tiranice o amenace un Gobierno, que tenga a la naci√≥n injustamente oprimida, o arrebate a la Iglesia la debida libertad, no es reprobable trabajar para que prevalezca una forma de gobierno libre: porque entonces no se pretende una libertad inmoderada y viciosa, sino que se busca alivio para el bien com√ļn de todos: y con esto √ļnicamente se pretende que all√≠ donde se concede licencia para lo malo, no se impida el derecho de hacer lo bueno.

Democracia

52. Ni tampoco est√° prohibido el preferir para la rep√ļblica una forma de gobierno moderadamente popular, salva siempre la doctrina cat√≥lica sobre el origen y ejercicio del poder. La Iglesia no reprueba ninguna forma de gobierno, con tal que sea apto para la utilidad de los ciudadanos; pero quiere, como tambi√©n lo ordena la naturaleza, que se establezca sin ofender a nadie en su derecho, y singularmente dejando a salvo los derechos de la Iglesia.

53. Tomar parte en la administraci√≥n de los negocios p√ļblicos, a no ser donde por la singular condici√≥n de los tiempos se ordene de otro modo, es honesto; y aun m√°s, la Iglesia aprueba que cada uno coopere al bien com√ļn, y que seg√ļn su posibilidad defienda, conserve y haga prosperar al Estado.

54. Ni condena tampoco la Iglesia el deseo de que cualquier naci√≥n quiera su propia independencia, libre de toda dominaci√≥n extra√Īa y desp√≥tica, con tal que esto pueda hacerse quedando la justicia inc√≥lume; ni censura, por √ļltimo, a quienes defienden su autonom√≠a y quieren para su naci√≥n los mejores medios para el p√ļblico bienestar. Siempre fue la Iglesia fidel√≠sima fautora de las justas libertades c√≠vicas templadas; y bien lo atestiguan en especial las Ciudades de Italia que, mediante las libertades municipales, lograron prosperidad, riqueza y nombre glorioso, en aquellos tiempos en que la influencia de la Iglesia hab√≠a penetrado, sin ninguna oposici√≥n, por todas las partes del Estado.

Y estas cosas, Venerables Hermanos, que dictadas juntamente por la fe y la raz√≥n os hemos ense√Īado seg√ļn deber de Nuestro ministerio apost√≥lico, confiamos que han de ser de gran fruto para muchos, principalmente al unirse vuestros esfuerzos con los Nuestros. Por Nuestra parte, con humilde coraz√≥n alzamos Nuestros ojos a Dios suplicantes, y con todo fervor le pedimos se digne benigno conceder a los hombres la luz de su sabio consejo, de suerte que fortalecidos con tal virtud puedan en cosas de tan gran importancia ver bien la verdad, y en consecuencia vivir seg√ļn ella pide, siempre y constantemente, tanto en la vida privada como en la p√ļblica. Y como prenda de estos dones celestiales y como testimonio de Nuestra benevolencia, a vosotros, Venerables Hermanos, y al Clero y pueblos que gobern√°is, con todo amor en el Se√Īor os damos la Bendici√≥n Apost√≥lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de junio de 1888, a√Īo und√©cimo de Nuestro Pontificado.


1

Io. 8, 34.

2

De lib. arb. 1, 6, 15.

3

S. Th. 2. 2ae. 81, 6.

4

Io. 6, 45.

5

Io. 8, 32.

6

S. Aug. De lib. arb. 1, 6, 14.

7

S. Th. 1, 19, 9 ad 3.
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