Alonso de la Isla, Lengua de vida

Capítulo primero
QUE TRATA DE LA NOBLEZA DE LA LENGUA, POR LO CUÃL MERECE SER MUY GUARDADA

Primeramente debemos considerar la gran nobleza de la lengua y cuán desconveniente cosa es tratar con ella alguna inmundicia. Ninguna inmundicia hay tan grande como la inmundicia del pecado. Es tan grande ésta, que la inmundicia corporal en comparación de ésta se puede tener por limpieza, por lo cual San Mateo dice: Comer el pan sin lavar las manos, no ensucia al hombre, mas ensúcialo lo que sale de la boca. 1 Por tanto gran diligencia se debe poner en guardar la lengua por que no se ensucie con el pecado. El que no estima más ensuciar su lengua con el pecado que cualquiera de los otros miembros, éste tal más se debe tener por puerco que por hombre. El puerco así pone el hocico en el lodo como el pie y no perdona más a la boca que a los pies. El hombre que no teme ensuciar su boca con el pecado es así como perro de carnicería, el cual trae de contino la boca ensangrentada. Muy abominable y asquerosa cosa es, así delante de Dios como delante de los hombres, el hombre que deja entrar en su boca cosas que son más sucias y abominables que las moscas y las arañas. Al demonio permite que le escupa en la boca el que habla torpemente, porque la inmundicia del pecado no es otra cosa sino una saliva del demonio. Muy más tolerable cosa es sufrir en la boca la saliva de un leproso que sufrir la saliva del demonio, y por tanto debe guardar la lengua cualquiera que presume de muy limpio por que el demonio no se la ensucie.


1

Cf. Mt., 15, 18-20.

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