Pero donde nuestra atención querría detenerse particularmente es en la figura de reformador o, mejor, de innovador, que es reconocida a San Juan de Ávila. Habiendo vivido en el período de transición, lleno de problemas, de discusiones y de controversias que precede al Concilio de Trento, e incluso durante y después del largo y grande Concilio, el Santo no podía eximirse de tomar una postura frente a este gran acontecimiento. No pudo participar personalmente en él a causa de su precaria salud; pero es suyo un memorial, bien conocido, titulado: "Reformación del estado eclesiástico" (1551) (seguido de un apéndice: "Lo que se debe avisar a los obispos"), que el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, hará suyo en el Concilio de Trento, con aplauso general. Del mismo modo, otros escritos, como: "Causas y remedios de las herejías" (Memorial segundo, 1561), demuestran con qué intensidad y cuáles designios Juan de Ávila participó en el histórico acontecimiento; del mismo claro diagnóstico de la gravedad de los males que afligían a la Iglesia en aquel tiempo se trasluce la lealtad, el amor y la esperanza. Y, cuando se dirige al Papa y a los pastores de la Iglesia, ¡qué sinceridad evangélica y devoción filial, qué fidelidad y confianza a la tradición intrínseca y original de la Iglesia, y qué importancia primordial reservada a la verdadera fe para curar los males y preparar la renovación de la Iglesia misma!
"Juan de Ávila ha sido, en cuestión de reforma, como en otros campos espirituales, un precursor; y el Concilio de Trento ha adoptado decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes" (S. Charprenet, p. 56).
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