6. A este propósito, es bueno recordar un aspecto del método y la conducta de santo Tomás, que puso de relieve mi predecesor Benedicto XIV, cuando en la constitución apostólica Sollicita ac provida del 10 de julio de 1753, escribía que “el Príncipe Angélico de las escuelas... contradijo por necesidad las opiniones de los filósofos y teólogos, a los que se había visto obligado a confutar en nombre de la verdad, pero lo que completa admirablemente los méritos de un doctor tan grande es que nunca se le vio despreciar, herir o humillar a ningún adversario, sino al contrario los trató a todos con gran bondad y respeto. En efecto, si las palabras de aquellos contenían alguna dureza, ambigüedad, oscuridad, él las endulzaba y explicaba interpretándolas con indulgencia y benevolencia. Y si la causa de la religión y de la fe le imponía rechazar sus ideas, lo realizaba con tal modestia que lo hacía no menos digno de elogio cuando se separaba de ellos que cuando afirmaba la verdad católica. Los que se glorían de seguir a un maestro tan eminente —y nosotros nos alegramos de que sean tan numerosos, debido a nuestro interés y a nuestra especialísima veneración por él— propónganse como modelo la moderación de palabra de un doctor como éste y su modo caritativo de comportar se en las discusiones con los adversarios. Y los que no pertenecen a su Escuela, esfuércense por conformarse también a este método...'' (n. 24).
7. Hago mías las sabias recomendaciones del Papa Benedic to XIV y las amplío a toda la vasta área —que podríamos denominar planetaria— de las relaciones con las culturas y las mismas religiones, en el empeño de la evangelización del mundo, hoy más urgente que nunca.
Ciertamente ésta ha de efectuarse según el mandato del mismo Jesucristo (cf. Mt 28, 19). Primero el Concilio y después mi predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, explicaron qué relación tienen la predicación del Evangelio con las culturas, y yo mismo, desde mi primera encíclica Redemptor hominis, he insistido en la necesidad de la penetración en el ámbito de las culturas y, podríamos decir, en el alma misma de los pueblos. Así nace el problema de lo que se suele llamar la “ inculturación” de la misión evangelizadora, problema cuya complejidad y dificultad, pero también su urgencia ineludible, se experimentan, sin duda, cada día.
Este puede recibir luz propia del método tomista, para acercarse a las filosofías y a las culturas, para la distinción y la asimilación de sus valores, la adaptación de la catequesis y predicación cristiana a sus características, a sus ritmos, a sus modos históricos de acercarse a la realidad, investigando sus causas profundas, las razones supremas.
8. Es cierto que santo Tomás no podía prever un mundo cultural y religioso tan vasto, complejo y orgánico como conocemos hoy, ni tampoco podía dar soluciones concretas al enorme cúmulo de problemas específicos que hoy tenemos que afrontar. Pero, ya que su máxima preocupación fue el situarse en el aspecto de la verdad universal, objetiva y trascendente, el servirla desinteresadamente, el buscarla dondequiera que se encontrase aunque fuera sólo un reflejo, con vencido como estaba de que “omne verum a quocumque dicatur, a Spi ritu Sancto est” (cf. PL 191, 1651; 17, 258; 1-11, q. 109, a. 1, ad 1), trazó así un método de trabajo misionero que hoy es también sus tancialmente válido desde el punto de vista de las relaciones ecuménicas e interreligiosas, además de serlo para la relación con todas las culturas antiguas y nuevas.
La referencia tan explícita y pertinente que hace al Espíritu Santo el Doctor Angélico también en este tema eclesiológico y misionero, es de gran actualidad. Muchas veces lo he citado, en varios de mis documentos. Estoy convencido de que la Iglesia, animada por el Espí ritu Santo, está en camino hacia una fase nueva y más rica de relaciones con todos los grupos humanos, desde todos los puntos de vista, especialmente desde los aspectos espirituales y religiosos, en este escenario de una edad de la que Pablo VI decía que es “tremenda y maravillosa”.
De todos modos, es un hecho que la Iglesia, consciente de las posibilidades y los riesgos que con. lleva un camino así, continúa recomendando a sus hijos con insistencia materna ese humilde y gran “guía de los estudios” que ha sido durante siglos santo Tomás de Aquino.
A todos mi afectuosa bendición.
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