2. Estos son los elementos más nobles de la verdadera “humanitas”, en el significado cultural y al mismo tiempo espiritual de la palabra, muy por encima de las también respetables “humanae litterae”, que algún humanista post-medieval quiso luego contraponer a las “litterae divinae”. Pero esa contraposición no tiene razón de ser, pues desde los tiempos patrísticos, los doctos escritores que se convertían al cristianismo, habían puesto de manifiesto todo su aprecio por las culturas helénica y latina, las cuales habían intentado conciliar con los libros sagrados en sus estudios, en su predicación, en sus comentarios a la Biblia.
Santo Tomás, heredero de la tradición de los Padres, era, sin duda, un “doctor divinitatis”, tal como se llamaba la teología como ciencia de Dios o, según la denominación tomista, “sacra doctrina” (cf. I, q. 1, a. 1 ss.). Pero, debido a su concepción del hombre y de la naturaleza humana como entidad sustancial de alma y cuerpo, y al amplio espacio dedicado a las cuestiones “de homine” en la Summa y en otras obras, así como a la profundización y esclarecimiento a menudo decisivo de esas cuestiones, perfectamente le podemos atribuir también el calificativo de “doctor humanitatis”, estrechamente vinculado con una relación esencial tanto con las premisas fundamentales como con la misma estructura de la “ciencia de Dios”. En efecto, él coloca su tratado “De homine” en el “De Deo Creatore” (cf. I, q. 75 ss.), en cuanto que el hombre es obra de las manos de Dios, lleva dentro de sí la imagen de Dios y tiende por naturaleza a una semejanza con Dios cada vez más plena (cf. I, q. 93).
De acuerdo con esta dimensión teológica y teocéntrica de la antropología, santo Tomás enmarca también en la II Parte de la Summa toda la ética y la teología moral, en cuanto que considera y regula el motus rationalis creaturae in Deum (cf. I, q. 2, prol.) desde la perspectiva de acción libre y opción consciente. De ahí el carácter sapiencial sea de su metafísica y de su teología (cf. I, q. 1, a. 6); sea de su ética como ciencia que dirige los actos humanos en orden a las “razones externas” (cf. I, q. 1, aa. 4, 6; II-II, q, 9, a. 3; q, 45, a. 3).
Esta es la característica que falta a la ética secularizada, vinculada como está a principios filosóficos voluntariamente arreligiosos o irreligiosos, en el marco de una concepción de la vida, del deber y del mismo destino del hombre, y que hoy se suele llamar laica: apelativo de significado al menos ambiguo, que está en la raíz de tantos malentendidos y equívocos por una parte en las relaciones entre religiones y por otra en las relaciones con el pensamiento, la ética, las modernas ciencias del hombre y del mundo. Una concepción así ya peca desde la perspectiva del concepto de naturaleza, pues ésta, de suyo, en cuanto es creada por Dios, tiende a su Principio. Precisamente sobre este punto crucial —que se traduce a nivel cristiano en la relación entre razón y fe— la antropología tomista ha arrojado una luz decisiva, y aún puede iluminarla más.
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