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S.S. Pío XII, La Solennitá
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LA SOLENNIT√Ā. CINCUENTENARIO DE LA "RERUM NOVARUM"

S.S. P√ćO XII, Radiomensaje sobre la Cuesti√≥n Social en el 50 aniversario de la Rerum Novarum, 1¬ļ de junio de 1941.

La solemnidad de Pentecostés, gloriosa navidad de la Iglesia de Cristo, es para Nuestro ánimo, amados hijos de todo el mundo, una invitación dulce y propicia, fecunda en profundos avisos, para dirigiros, en medio de las dificultades y luchas de lo presente, un mensaje de amor, de exhortación y de consuelo. Os hablamos en un momento en que todas las energías y fuerzas físicas e intelectuales de una porción cada día mayor de la humanidad se hallan, en medida y con ardor nunca antes conocidos, tensas bajo la férrea e inexorable ley de guerra; y desde otras antenas parlantes vuelan acentos impregnaos de exasperación y de acritud, de escisión y de lucha.

Pero las antenas de la Colina Vaticana, de la tierra consagrada como centro inmaculado de la Buena Nueva y de su difusi√≥n bienhechora en el mundo por el martirio y por el sepulcro del Primer Pedro, no pueden transmitir sino palabras informadas y animadas por el esp√≠ritu consolador de la predicaci√≥n que reson√≥ en Jerusal√©n y que la conmovi√≥ en la primera Pentecost√©s por boca de Pedro: esp√≠ritu de ardiente amor apost√≥lico, esp√≠ritu que no siente ansia m√°s viva ni alegr√≠a m√°s santa que la de conducir a todos, amigos y enemigos, a los pies del Crucificado en el G√≥lgota, al sepulcro del glorioso Hijo de Dios y Redentor del g√©nero humano, para convencer a todos de que s√≥lo en √Čl, en la verdad por √Čl ense√Īada, en el amor que √Čl mostr√≥, haciendo el bien y sanando a todos, hasta sacrificarse por la vida del mundo, puede encontrarse la verdadera salvaci√≥n y la felicidad duradera para los individuos y para los pueblos.

2. En esta hora, plenamente saturada de acontecimientos pendientes del designio divino que rige la historia de las naciones y vela por la Iglesia, Nos es alegr√≠a y satisfacci√≥n √≠ntima el haceros sentir, amados hijos, la voz del Padre com√ļn, el llamaros como a una breve pero universal asamblea cat√≥lica, para que en el v√≠nculo de la paz pod√°is por experiencia probar la dulzura del cor unum y del anima una1 que, bajo el impulso del divino Esp√≠ritu, un√≠a a la comunidad de Jerusal√©n en el d√≠a de Pentecost√©s. Cuanto m√°s dif√≠cil se hace en muchos casos el contacto directo y eficaz entre el Sumo Pastor y su grey, a causa de las condiciones de la guerra, con gratitud tanto mayor saludamos este rapid√≠simo puente de uni√≥n que el genio inventivo de nuestra √©poca lanza por un rayo a trav√©s del √©ter, uniendo entre s√≠ todos los rincones de la tierra, a trav√©s de los montes, mares y continentes. Y esto, que para muchos es arma de lucha, se transforma para Nos en providencial instrumento de un apostolado activo y pac√≠fico que cumple, alz√°ndola a un nuevo significado, la palabra de la Escritura: En todo el universo reson√≥ su voz, y sus palabras llegaron a toda la tierra2. As√≠ parece renovarse el gran milagro de Pentecost√©s, cuando las diversas gentes, de regiones distintas por sus lenguas, reunidas en Jerusal√©n, escucharon, cada una en su idioma, la voz de Pedro y de los Ap√≥stoles. Con sincera complacencia Nos servimos hoy de este maravilloso medio para llamar la atenci√≥n del mundo cat√≥lico sobre una conmemoraci√≥n que merece esculpirse con caracteres de oro en los fastos de la Iglesia; esto es, sobre el quincuag√©simo aniversario de la publicaci√≥n ‚ÄĒ√©sta tuvo lugar el 15 de mayo de 1891‚ÄĒ de la fundamental enc√≠clica social Rerum novarum de Le√≥n XIII.

ESTADO E IGLESIA EN EL ORDEN SOCIAL

3. Le√≥n XIII dirigi√≥ al mundo su mensaje, movido por la profunda convicci√≥n de que a la Iglesia le corresponde no s√≥lo el derecho sino tambi√©n el deber de pronunciar una autorizada palabra sobre las cuestiones sociales. No fue su intenci√≥n el establecer normas tocantes al aspecto puramente pr√°ctico, casi dir√≠amos t√©cnico, de la constituci√≥n social; pues bien sab√≠a y le era evidente ‚ÄĒlo ha declarado Nuestro Predecesor, de s. m., P√≠o XI, hace ahora diez a√Īos, en su enc√≠clica conmemorativa Quadragesimo anno‚ÄĒ que la Iglesia no se atribuye tal misi√≥n. En el √°mbito general del trabajo, en el desarrollo sano y responsable de todas las energ√≠as f√≠sicas y espirituales de los individuos y en sus libres organizaciones, se abre un vast√≠simo campo de acci√≥n multiforme, en que el poder p√ļblico interviene con una actuaci√≥n suya integrante y ordenadora, primero por medio de corporaciones locales y profesionales, y en √ļltimo t√©rmino con la fuerza del mismo Estado, cuya autoridad social, que ha de ser superior y moderadora, tiene el importante deber de prevenir las perturbaciones del equilibrio econ√≥mico que pudieran surgir de la pluralidad y de la oposici√≥n de los encontrados ego√≠smos, individuales y colectivos.

4. Es, por lo contrario, competencia indiscutible de la Iglesia, en aquella parte del orden social en que √©ste se acerca y aun llega a tocar el campo moral, juzgar si las bases de un determinado ordenamiento social est√°n de acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor ha manifestado por medio del derecho natural y de la revelaci√≥n: doble manifestaci√≥n, a que Le√≥n XIII se refiere en su Enc√≠clica. Y con raz√≥n; porque las ense√Īanzas del derecho natural y las verdades de la revelaci√≥n se derivan, por diversos caminos, como dos arroyos de aguas no contrarias sino acordes, de la misma fuente divina, y porque la Iglesia, que custodia el orden sobrenatural cristiano, en el que convergen la naturaleza y la gracia, es la que ha de formar las conciencias, aun las de quienes est√°n llamados a encontrar soluciones para los problemas y los deberes impuestos por la vida social. De la forma que se d√© a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y se insin√ļa a su vez el bien o el mal en las almas; es decir, el que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Cristo, en las terrenas contingencias del curso de la vida, respiren el sano y vivificante h√°lito de la verdad y de la virtud moral, o el bacilo morboso y a veces mort√≠fero del error y de la depravaci√≥n. Ante tal consideraci√≥n y previsi√≥n, ¬Ņc√≥mo podr√≠a la Iglesia, Madre tan amorosa y sol√≠cita del bien de sus hijos, permanecer cual indiferente espectadora de sus peligros, callar o fingir que no ve ni aprecia las condiciones sociales que, queridas o no, hacen dif√≠cil y pr√°cticamente imposible una conducta de vida cristiana, ajustada a los preceptos del Sumo Legislador?

5. Consciente de tan grav√≠sima responsabilidad, Le√≥n XIII, al dirigir su Enc√≠clica al mundo, se√Īalaba a la conciencia cristiana los errores y los peligros de la concepci√≥n de un socialismo materialista, las fatales consecuencias de un liberalismo econ√≥mico, harto empe√Īado en ignorar, olvidar o despreciar los deberes sociales; y expon√≠a, con tan magistral claridad como admirable precisi√≥n, los principios convenientes y adecuados para mejorar ‚ÄĒgradual y pac√≠ficamente‚ÄĒ las condiciones materiales y espirituales del obrero.

Espléndida mies

Si ahora, amados hijos, transcurridos ya cincuenta a√Īos de la publicaci√≥n de la Enc√≠clica, Nos pregunt√°is hasta qu√© punto y medida correspondi√≥ la eficacia de su palabra a las nobles intenciones, a los pensamientos tan ricos en verdades, a las bienhechoras normas queridas y sugeridas por su Sabio Autor, sentimos el deber de responderos: Precisamente para dar a Dios Omnipotente, desde el fondo de Nuestro √°nimo, humildes gracias por el don que hace cincuenta a√Īos otorg√≥ a la Iglesia con aquella Enc√≠clica de su Vicario en la tierra, y para alabarlo por el soplo del Esp√≠ritu renovador que por medio de ella se derram√≥ desde entonces cada vez m√°s creciente sobre la humanidad entera, Nos hemos propuesto, en esta solemnidad de Pentecost√©s, dirigiros Nuestra palabra.

Nuestro predecesor P√≠o XI ya exalt√≥, en la primera parte de su Enc√≠clica conmemorativa, la espl√©ndida mies que debi√≥ su madurez a la Rerum novarum, germen fecundo en desarrollar una doctrina social cat√≥lica que ofreci√≥ a los hijos de la Iglesia, sacerdotes y seglares, ordenaciones y medios para una reconstrucci√≥n social, exuberante en frutos; de suerte que gracias a ella surgieron en el campo cat√≥licos numerosas y variadas instituciones ben√©ficas y centros florecientes de mutuo auxilio en favor propio y ajeno. ¬°Qu√© prosperidad material y natural, qu√© frutos espirituales y sobrenaturales, no se han derivado, para los obreros y para sus familias, de las uniones cat√≥licas! ¬°Cu√°n eficaz y oportuna ha sido, seg√ļn las necesidades, la labor de los Sindicatos y de las Asociaciones en pro de la clase agr√≠cola y media, para aliviarles las angustias, asegurarles la defensa y la justicia, y de esta suerte, al mitigar las pasiones, preservar de perturbaciones la paz social!

No fue √©sta la √ļnica ventaja. La enc√≠clica Rerum novarum, al acercarse al pueblo, abraz√°ndole con estimaci√≥n y amor, penetr√≥ en los corazones y en las mentes de la clase obrera e infundi√≥ en ella el sentimiento cristiano y la dignidad civil, hasta tal punto, que el poder de su influencia se desarroll√≥ y difundi√≥ tan eficazmente, en el correr de los a√Īos, que lleg√≥ a convertir sus normas en patrimonio casi com√ļn de la familia humana. Y mientras el Estado, durante el siglo XIX, por una soberbia exaltaci√≥n de la libertad, consideraba como √ļnico fin suyo el tutelar la libertad con el derecho, Le√≥n XIII le avis√≥ que tambi√©n era deber suyo el aplicarse a la previsi√≥n social, cuidando el bienestar del pueblo entero y de todos sus miembros, particularmente de los d√©biles y de todos los desheredados, con una amplia pol√≠tica social y con la creaci√≥n de un derecho del trabajo. Un eco potente respondi√≥ a su voz, y es sincera obligaci√≥n de justicia el reconocer los progresos que la solicitud de las Autoridades civiles de muchas Naciones ha procurado a la condici√≥n de los trabajadores. Con mucha raz√≥n se ha dicho, pues, que la Rerum novarum fue la Carta magna de la actividad social cristiana.

"Quadragesino anno"

6. Mientras tanto iba pasando medio siglo, que ha dejado surcos profundos y tristes fermentos en el terreno de las naciones y de las sociedades. Las cuestiones que los cambios y las revoluciones sociales, y sobre todo las econ√≥micas, ofrec√≠an a un examen moral despu√©s de la Rerum novarum, han sido tratadas con penetrante agudeza por Nuestro inmediato Predecesor en la enc√≠clica Quadragesimo anno. El decenio que la ha seguido no ha sido menos rico que los a√Īos anteriores por sus sorpresas en la vida social y econ√≥mica, lanzando sus inquietas y oscuras aguas al pi√©lago de una guerra que puede levantar olas imprevistas que choquen violentas con la econom√≠a y con la sociedad.

ANTE EL TENEBROSO PORVENIR

7. El momento presente hace muy dif√≠cil el se√Īalar y el prever los problemas y asuntos especiales, tal vez completamente nuevos, que a la solicitud de la Iglesia presentar√° la vida social despu√©s del conflicto que trae enfrentados a tantos pueblos. No obstante, si lo futuro tiene sus ra√≠ces en lo pasado y si la experiencia de los √ļltimos a√Īos Nos es la maestra para lo por venir, Nos pensamos servirnos de la conmemoraci√≥n de hoy para dar ulteriores normas morales sobre tres valores fundamentales de la vida social y econ√≥mica; y lo haremos animados por el mismo esp√≠ritu de Le√≥n XIII y desarrollando su visi√≥n, m√°s que prof√©tica, anunciadora ya del surgiente progreso social de los tiempos. Estos tres valores fundamentales, que se entrecruzan, se unen y se completan mutuamente son: el uso de los bienes materiales, el trabajo y la familia.

Los bienes materiales

La enc√≠clica Rerum novarum expresa sobre la propiedad y sobre el sustento del hombre principios que con el tiempo nada han perdido de su primitivo vigor y que hoy, pasados ya cincuenta a√Īos, conservan todav√≠a y difunden vivificadora su √≠ntima fecundidad. Nos mismo ya reclamamos la atenci√≥n de todos sobre su punto fundamental en Nuestra enc√≠clica Sertum laetitiae, dirigida a los Obispos de los Estados Unidos de Am√©rica del Norte; punto fundamental que consiste, como all√≠ dec√≠amos, en la afirmaci√≥n de la ineludible exigencia de que los bienes, creados por Dios para todos los hombres, afluyan equitativamente a todos, seg√ļn los principios de la justicia y de la caridad.

Derecho fundamental

8. Todo hombre, como viviente dotado de raz√≥n, tiene de hecho, por naturaleza, el derecho fundamental de usar los bienes materiales de la tierra aunque se haya dejado a la voluntad humana y a las formas jur√≠dicas de los pueblos el regular m√°s particularmente su realizaci√≥n pr√°ctica. Semejante derecho individual no puede en modo alguno ser suprimido, ni siquiera por otros derechos ciertos y pac√≠ficos sobre los bienes materiales. Sin duda que el orden natural, que se deriva de Dios, requiere tambi√©n la propiedad privada y el libre comercio rec√≠proco de los bienes por medio de cambios y donaciones, as√≠ como la funci√≥n reguladora del poder p√ļblico sobre estas dos instituciones. Sin embargo, todo esto permanece subordinado al fin natural de los bienes materiales, y no se podr√≠a hacer independiente del derecho primero y fundamental de su uso que corresponde a todos, sino que m√°s bien ha de servir para hacer posible su realizaci√≥n conforme a su fin. S√≥lo as√≠ se podr√° y se deber√° lograr que la propiedad y el uso de los bienes materiales lleven a la sociedad una paz fecunda y una consistencia vital, y que no sean tan s√≥lo condiciones precarias, generadoras de luchas y de odios, y abandonadas al arbitrio del despiadado juego de la fuerza y de la debilidad.

El derecho originario sobre el uso de los bienes materiales, por estar en √≠ntima conexi√≥n con la dignidad y con los dem√°s derechos de la persona humana, le ofrece con las formas antes indicadas una base material segura, de suma importancia para elevarse al cumplimiento de sus deberes morales. La tutela de este derecho asegurar√° la dignidad personal del hombre y le facilitar√° el atender y el satisfacer con justa libertad aquella suma de obligaciones y decisiones estables de que es directamente responsable ante el Creador. Pertenece, en efecto, al hombre el deber personal√≠simo de conservar y conducir a la perfecci√≥n su vida material y espiritual, para conseguir el fin religioso y moral que Dios ha se√Īalado a todos los hombres y les ha dado cual norma suprema, obligatoria siempre y en cada caso, antes que todos los dem√°s deberes.

"Bien com√ļn"

9. Tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y facilitarle el cumplimiento de sus deberes ha de ser oficio esencial de todo poder p√ļblico. ¬ŅNo es acaso esto lo exigido por el significado genuino del bien com√ļn, que el Estado tiene obligaci√≥n de promover? De aqu√≠ nace que el cuidado del bien com√ļn no lleva consigo un poder tan amplio sobre los miembros de la comunidad, que en su virtud est√© concedido a la autoridad p√ļblica disminuir el desarrollo de la acci√≥n individual antes descrita, decidir directamente en torno al comienzo o, excluido el caso de una leg√≠tima pena, sobre el final de la vida humana, determinar por su propia voluntad el modo de ser de su movimiento f√≠sico, espiritual, religioso y moral en oposici√≥n a los derechos y deberes personales del hombre, y para ello abolir el derecho natural a los bienes materiales, o dejarlos sin eficacia. Deducir del cuidado del bien com√ļn una extensi√≥n tan grande del poder, ser√≠a tanto como trastornar el significado mismo del bien com√ļn y caer en el error de afirmar que el propio fin del hombre sobre la tierra es la sociedad, que la sociedad es el fin de s√≠ misma, y que el hombre no tiene otra vida que esperar sino la que se termina en la tierra.

La verdadera riqueza

10. La misma economía nacional, como fruto que es de la actividad de los hombres que trabajan unidos dentro de la comunidad del Estado, no tiene otro fin que asegurar sin interrupción las condiciones materiales en que pueda desarrollarse plenamente la vida individual de los ciudadanos. Donde esto se lograre en forma duradera, el pueblo será económicamente rico, porque el bienestar general y, por consiguiente, el derecho personal de todos al uso de los bienes terrenos, se realizará entonces conforme a la finalidad establecida por el Creador.

De todo lo cual f√°cil os ser√°, amados hijos, el deducir que la riqueza econ√≥mica de un pueblo no consiste propiamente en la abundancia de bienes medida seg√ļn el c√≥mputo mera y estrictamente material de su valor, sino m√°s bien en que tal abundancia represente y ofrezca real y eficazmente la base material suficiente para el debido bienestar personal de sus miembros. Si no se realizare esta distribuci√≥n de los bienes o lo fuere s√≥lo imperfectamente, no se lograr√° el verdadero fin de la econom√≠a nacional, pues, por muy grande que fuera la afortunada abundancia de los bienes disponibles, el pueblo, al no ser llamado a participar de ellos, no ser√≠a econ√≥micamente rico, sino pobre. Haced, por lo contrario, que esa justa distribuci√≥n se realice plenamente y en forma duradera, y ver√©is c√≥mo un pueblo se hace y es econ√≥micamente sano, aunque disponga de menor cantidad de bienes.

Particularmente oportuno Nos parece poner hoy ante vuestra consideraci√≥n estos conceptos fundamentales, que se refieren a la riqueza y a la pobreza de los pueblos, cuando es com√ļn la inclinaci√≥n a pesar y juzgar tal riqueza y pobreza con balanzas y con criterios simplemente cuantitativos, ya del espacio, ya de la abundancia de los bienes. Mas si se pondera rectamente el fin de la econom√≠a nacional, entonces √©ste se tornar√° luz para los esfuerzos de los hombres de Estado y de los pueblos, y los iluminar√° para dirigirse espont√°neamente por un camino que no les exigir√° continuos grav√°menes en bienes y en sangre, sino que les dar√° frutos de paz y de bienestar general.

El trabajo

11. Vosotros mismos, amados hijos, comprender√©is c√≥mo el trabajo se halla unido con el uso de los bienes materiales. La Rerum novarum ense√Īa que son dos las propiedades del trabajo humano: es personal y es necesario. Es personal, porque se realiza con el ejercicio de las fuerzas particulares del hombre; es necesario, porque sin √©l no se puede procurar lo indispensable para la vida, mantener la cual es un deber natural, grave e individual. Al deber personal del trabajo impuesto por la naturaleza corresponde y sigue el derecho natural de cada individuo para convertir el trabajo en el medio de proveer a su propia vida y a la de sus hijos. ¬°Tan altamente est√° ordenado a la conservaci√≥n del hombre el imperio sobre la naturaleza!

Deber y derecho natural

Pero notad que tal deber y su correlativo derecho al trabajo se ha impuesto y se ha concedido al individuo primordialmente por la naturaleza, y no ya por la sociedad, como si el hombre no fuera sino un simple siervo o funcionario de la comunidad. De donde se deriva que el deber y el derecho de organizar el trabajo del pueblo pertenecen ante todo a los inmediatamente interesados: patronos y obreros. Si √©stos no cumplen con su deber o no lo pueden cumplir por especiales circunstancias extraordinarias, corresponde entonces al Estado, como deber suyo, el intervenir en el campo, en la divisi√≥n y en la distribuci√≥n del trabajo, seg√ļn la forma y medida que requiera el bien com√ļn rectamente entendido.

Derechos y deberes supereminentes

En todo caso, cualquier intervenci√≥n leg√≠tima y bienhechora del Estado en el campo del trabajo, ha de ser tal que salve y respete su car√°cter personal, as√≠ en la teor√≠a como en la pr√°ctica, dentro de los l√≠mites de lo posible. Y esto se cumplir√° cuando las normas estatales no abolieren ni hicieren irrealizable el ejercicio de otros derechos y deberes igualmente personales. Tales son el derecho al verdadero culto de Dios; el derecho al matrimonio; el derecho de los c√≥nyuges, del padre y de la madre, a realizar su vida conyugal y dom√©stica; el derecho a una razonable libertad en la elecci√≥n de estado y en seguir una verdadera vocaci√≥n. Derecho este √ļltimo personal, como ning√ļn otro, del esp√≠ritu del hombre; y excelso, cuando se le viene a a√Īadir los derechos superiores e imprescindibles de Dios y de la Iglesia, como sucede en la elecci√≥n y en el cumplimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

La familia

12. Seg√ļn la doctrina de la Rerum novarum, la misma naturaleza ha unido √≠ntimamente la propiedad particular con la existencia de la sociedad humana y con su verdadera civilizaci√≥n, y en grado eminente con la existencia y con el desarrollo de la familia. Tal v√≠nculo aparece con una claridad que ya no puede se mayor. ¬ŅAcaso no debe la propiedad privada asegurar al padre de familia la sana libertad que le es necesaria para poder cumplir los deberes que el Creador le ha se√Īalado, concernientes al bienestar f√≠sico, espiritual y religioso de la familia?

En la familia es donde la Naci√≥n encuentra la ra√≠z natural y fecunda de su grandeza y de su poder√≠o. Si la propiedad privada ha de conducir al bien de la familia, todas las normas p√ļblicas, m√°s a√ļn, todas las del Estado que regulan su posesi√≥n, deben no s√≥lo hacer posible y conservar tal funci√≥n ‚ÄĒfunci√≥n que en ciertos aspectos es superior a toda otra del orden natural‚ÄĒ, sino tambi√©n perfeccionarla cada vez m√°s. Ser√≠a en verdad antinatural un pretendido progreso civil que, o por la superabundancia de cargas o por excesivas ingerencias inmediatas, hiciese vac√≠a de sentido la propiedad privada, quitando pr√°cticamente a la familia y a su cabeza la libertad de conseguir el fin se√Īalado por Dios al perfeccionamiento de la vida familiar.

La propiedad familiar

Entre todos los bienes que pueden ser objeto de la propiedad privada ninguno es m√°s conforme a la naturaleza, seg√ļn ense√Īa la Rerum novarum, que la tierra, esto es, la finca en que habita toda una familia y de cuyos frutos saca √≠ntegramente, o al menos en parte, lo necesario para vivir. Y en el esp√≠ritu de la Rerum novarum est√° el afirmar que, regularmente, s√≥lo aquella estabilidad que arraiga en un patrimonio propio hace de la familia la c√©lula vital m√°s perfecta y fecunda de la sociedad, reuniendo espl√©ndidamente con su progresiva cohesi√≥n a las generaciones presentes con las futuras. Si hoy el concepto y la creaci√≥n de los espacios vitales ocupa el centro de las metas sociales y pol√≠ticas, ¬Ņno se deber√≠a pensar tal vez, antes que en ninguna otra cosa, en el espacio vital de la familia y en librarla de las trabas de condiciones que ni siquiera permiten formarse la idea de una casa propia?

"Espacios vitales"

13. En nuestro planeta, que posee tan extensos oc√©anos, mares y lagos, con montes y llanos cubiertos de nieves y de hielos perpetuos, con dilatados desiertos y tierras inh√≥spitas y est√©riles, no faltan, sin embargo, regiones y lugares vitales abandonados al capricho vegetativo de la naturaleza y que se prestan al cultivo por la mano del hombre, para sus necesidades y sus operaciones civiles; y m√°s de una vez es inevitable que algunas familias, emigrando de ac√° y de all√°, busquen en otra regi√≥n una nueva patria. En este caso, seg√ļn se√Īala la Rerum novarum, se respeta el derecho de la familia a un espacio vital. Donde esto suceda, la emigraci√≥n lograr√° ‚ÄĒseg√ļn a veces confirma la experiencia‚ÄĒ, su fin natural, esto es, la distribuci√≥n m√°s favorable de los hombres en la superficie terrestre que se preste para colonias de agricultores; superficie que Dios cre√≥ y prepar√≥ para el uso de todos. Si las dos partes, la que concede permiso para dejar el lugar de origen y la que admite a los emigrados, se mantienen lealmente sol√≠citas para eliminar cuanto pudiere impedir que nazca y se desarrolle la verdadera confianza entre el pa√≠s de emigraci√≥n y el pa√≠s de inmigraci√≥n, todos los que participen en tal cambio de lugares y de personas reportar√°n sus ventajas: las familias recibir√°n un terreno que para ellas ser√° tierra patria en el verdadero sentido de la palabra; las tierras de densa poblaci√≥n se ver√°n aligeradas y sus pueblos se crear√°n nuevos amigos en territorios extranjeros; y los Estados que acogen a los emigrados se habr√°n ganado unos laboriosos ciudadanos. De esta suerte las Naciones que dan emigrados y los Estados que los reciben contribuir√°n a porf√≠a al incremento del bienestar humano y al progreso de la civilizaci√≥n.

"RERUM NOVARUM": SU RECUERDO

14. Tales son, amados hijos, los principios, los conceptos y las normas con que, ya desde ahora, querr√≠amos Nos cooperar a la futura organizaci√≥n de aquel nuevo orden que todos esperan y se prometen que nacer√° del horrendo fermento de la guerra presente, de suerte tal que tranquilice a los pueblos en la paz y en la justicia. ¬ŅQu√© Nos queda ya sino, con el mismo esp√≠ritu de Le√≥n XIII y con las mismas intenciones de sus ense√Īanzas y fines tan nobles, exhortaros a proseguir y promover la obra que la precedente generaci√≥n de vuestros hermanos y vuestras hermanas ha fundado con tan valeroso √°nimo? Que no se extinga en vosotros ni se haga d√©bil la voz insistente de los dos Pont√≠fices de las Enc√≠clicas sociales, que proclama gravemente, a los que creen en la regeneraci√≥n sobrenatural de la humanidad, el ineludible deber moral de cooperar al ordenamiento de la sociedad y, en modo especial, de la vida econ√≥mica, excitando a la acci√≥n no s√≥lo a quienes participan de dicha vida, sino tambi√©n al mismo Estado. ¬ŅNo es esto un deber sagrado para todo cristiano? No os acobarden, amados hijos, las dificultades externas, ni os desanime el obst√°culo de la creciente paganizaci√≥n de la vida p√ļblica. No os conduzcan a enga√Īo los suscitadores de errores y de teor√≠as malsanas, perversas corrientes, no de crecimiento, sino m√°s bien de destrucci√≥n y de corrupci√≥n de la vida religiosa; corrientes que pretenden que, al pertenecer la redenci√≥n al orden de la gracia sobrenatural y al ser, por lo tanto, obra exclusiva de Dios, no necesita nuestra cooperaci√≥n en este mundo. ¬°Oh miserable ignorancia de la obra de Dios! Pregonando que eran sabios, se mostraron necios3. Como si la primera eficacia de la gracia no fuera el corroborar nuestros sinceros esfuerzos para cumplir diariamente los mandatos de Dios, como individuos y como miembros de la sociedad; como si hace dos milenios no viviera y perseverara en el alma de la Iglesia el sentido de la responsabilidad colectiva de todos por todos, que ha movido y mueve a los esp√≠ritus hasta el hero√≠smo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los curadores de enfermos, de los abanderados de la fe, de la civilizaci√≥n y de la ciencia en todas las √©pocas y en todos los pueblos, para crear las √ļnicas condiciones sociales que a todos pueden hacer posible y placentera una vida digna del hombre y del cristiano. Pero vosotros, conscientes y convencidos de tan sacra responsabilidad, no os conform√©is jam√°s, en el fondo de vuestra alma, con aquella general mediocridad p√ļblica en que el com√ļn de los hombres no puede, si no es con actos heroicos de virtud, observar los divinos preceptos, siempre y en todo caso inviolables.

15. Si entre el prop√≥sito y la realidad apareci√≥ alguna vez evidente la desproporci√≥n; si hubo errores, comunes por los dem√°s a toda humana actividad; si surgieron diversos pareceres sobre el m√©todo seguido o el que habr√≠a de seguirse, todo esto no puede en modo alguno ni hacer decaer el √°nimo, ni detener vuestro paso, ni suscitar lamentos o acusaciones; tampoco se ha de olvidar el hecho consolador de que el inspirado mensaje del Pont√≠fice de la Rerum novarum hizo nacer, pura y vivificadora, una fuente que, si en parte puede estar hoy oculta por una avalancha de acontecimientos diversos y m√°s fuertes, ma√Īana, removidas las ruinas de este hurac√°n mundial, al iniciarse el trabajo de reconstrucci√≥n de un nuevo orden social que todos imploramos, digno de Dios y del hombre, infundir√° un nuevo y fuerte impulso y una nueva oleada de vida y de crecimiento a toda la floraci√≥n de la civilizaci√≥n humana. Conservad la noble llama del fraterno esp√≠ritu social que, hace medio siglo, encendi√≥ en los corazones de vuestros padres la luminosa y esplendente antorcha de la palabra de Le√≥n XIII: no dej√©is ni permit√°is jam√°s que le falte el alimento y que muera con sus √ļltimas luces al terminar vuestras solemnidades conmemorativas, apagada por una cobarde, despectiva y recelosa indiferencia hacia las necesidades de nuestros m√°s pobres hermanos, o envuelta en el polvo y en el fango por el tempestuoso soplo de un esp√≠ritu anticristiano o no cristiano. Nutridla, avivadla, elevadla, ensanchad esta llama; llevadla doquier que oyereis vosotros un gemido de sufrimiento, un lamento de miseria, un grito de dolor; reanimadla sin cesar con el fuego del amor bebido en el Coraz√≥n del Redentor, a quien est√° consagrado el mes que hoy comienza. Acudid a aquel Coraz√≥n divino, manso y humilde, fuente de todo consuelo en el trabajo y en el peso de toda actividad: es el Coraz√≥n de Aquel que a toda obra, genuina y pura, realizada en su nombre y con su esp√≠ritu, en favor de los que sufren, de los angustiados, de los abandonados por el mundo y de los desheredados de todo bien y fortuna, ha prometido la eterna recompensa de la bienaventuranza: ¬°Vosotros, benditos de mi Padre! ¬°Cuanto hicisteis al m√°s peque√Īo de mis hermanos me lo hicisteis a M√≠!


1

1 Cf. Act. 4, 32.

2

2 Ps. 18, 5; Rom. 10, 18.

3

3 Rom. 1, 22.
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