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S.S. Pío XII, Humani generis
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Humani generis

Carta encíclica del Papa Pío XII sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica, 12 de agosto de 1950

Las disensiones y errores del género humano en cuestiones religiosas y morales han sido siempre fuente y causa de intenso dolor para todas las personas de buena voluntad, y principalmente para los hijos fieles y sinceros de la iglesia; pero en especial lo son hoy, cuando vemos combatidos aun los principios mismos de la civilización cristiana.

INTRODUCCI√ďN

Ni es de admirar que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aun cuando la raz√≥n humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios √ļnico y personal que con su providencia sostiene y gobierna el mundo, y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obst√°culos que impiden a nuestra raz√≥n cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la pr√°ctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegaci√≥n propia.

2. Ahora bien; para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginaci√≥n, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y as√≠ sucede que, en estas cosas, los hombres f√°cilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Por todo ello, ha de defenderse que la revelaci√≥n divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del g√©nero humano, con facilidad, con firme certeza y sin ning√ļn error, todos puedan conocer las verdades religiosas y morales que de por s√≠ no se hallan fuera del alcance de la raz√≥n 1 .

M√°s a√ļn; a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe cat√≥lica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables se√Īales exteriores, por medio de las cuales aun con la sola luz de la raz√≥n se puede probar con certeza el origen divino de religi√≥n cristiana. De hecho, o guiado por prejuicios o motivo por las pasiones y la mala voluntad, puede no s√≥lo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino tambi√©n resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestra almas.

3. Dando una mirada al mundo moderno, que se halla fuera del redil de Cristo, fácilmente se descubren las principales direcciones que siguen los doctos. Algunos admiten de hecho, sin discreción y sin prudencia, el sistema evolucionista, aunque ni en el mismo campo de las ciencias naturales ha sido probado como indiscutible, y pretenden que hay que extenderlo al origen de todas las cosas, y con temeridad sostienen la hipótesis monista y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución. Hipótesis, de que se valen bien los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda idea de Dios.

La falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo cuanto es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a las aberraciones de una moderna filosofía , que, para oponerse al idealismo, al inmanetismo y al Pragmatismo se ha llamado a sí mismaExistencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares.

Existe, además, un falso historicismo que, al admitir tan sólo los acontecimientos de la vida humana, tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta.

4. En medio de tal confusi√≥n de opiniones, Nos es de alg√ļn consuelo ver a los que hoy no rara vez, abandonando las doctrinas de Racionalismo en que antes se hab√≠an formado, desean volver a las fuentes de la verdad revelada, y reconocer y profesar la palabra de Dios, conservada en la Sagrada Escritura como fundamentos de la Teolog√≠a. Pero al mismo tiempo lamentamos que no pocos de √©sos, cuanto con m√°s firmeza se adhieren a la palabra de Dios, tanto m√°s rebajan el valor de la raz√≥n humana; y cuanto con m√°s entusiasmo realzan la autoridad de Dios revelador, con tanta mayor aspereza desprecian el magisterio de la Iglesia, instituido por nuestro Se√Īor Jesucristo para guardar e interpretar las verdades revelada por Dios. Semejente desprecio no s√≥lo se halla en abierta contradicci√≥n con la Sagrada Escritura, sino que se manifiesta en su propia falsedad por la misma experiencia. Porque con frecuencia hasta los mismos disidentes de la Iglesia se lamentan p√ļblicamente de la discordia entre ellos reinante en las cuestiones dogm√°ticas, de tal suerte que, aun no queri√©ndolo, se ven obligados a reconocer la necesidad de un Magisterio vivo.

5. Los te√≥logos y fil√≥sofos cat√≥licos, que tienen la dif√≠cil misi√≥n de defender e imprimir en las almas de los hombres las verdades divinas y humanas, no deben ignorar ni desatender estas opiniones que, m√°s o menos, se apartan del recto camino. Aun m√°s, es necesario que las conozcan bien, ya porque no se pueden curar las enfermedades si antes no son suficientemente conocidas; ya que en las mismas falsas afirmaciones se oculta a veces un poco de verdad; ya, por √ļltimo, porque los mismos errores estimulan la mente a investigar y ponderar con mayor diligencia algunas verdades filos√≥ficas o teol√≥gicas.

6. Si nuestros filósofos y teólogos procurasen tan sólo sacar este fruto de aquellas doctrinas estudiadas con cautela, no tenía por qué intervenir el Magisterio de la Iglesia. Pero, aunque sabemos que los maestros y estudiosos católicos en general se guardan de tales errores, Nos consta, sin embargo, que aun no faltan quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo debido y temiendo ser tenidos por ignorantes de los progresos de la ciencia, procuran sustraerse a la dirección del Sagrado Magisterio, y así se hallan en peligro de apartarse poco a poco e insensiblemente de la verdad revelada y arrastrar también a los demás hacía el error.

7. Se√Ī√°lase tambi√©n otro peligro, tanto m√°s grave cuanto m√°s se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del g√©nero humano y la confusi√≥n reinante en las inteligencias humanas, son motivos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre s√≠ a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de irenismo que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no s√≥lo combatir en uni√≥n de fuerzas al arrollador ate√≠smo, sino tambi√©n reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogm√°tico. Y como en otro tiempo hubo quienes se preguntaban si la apolog√©tica tradicional de la Iglesia no era m√°s bien un impedimento que una ayuda en el ganar las almas para Cristo, as√≠ tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no s√≥lo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teolog√≠a y su m√©todo tales como actualmente, con aprobaci√≥n eclesi√°stica, se emplean en la ense√Īanza teol√≥gica, a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilizaci√≥n o su opini√≥n religiosa.

Si los tales no pretendiesen sino acomodar mejor, con alguna renovaci√≥n, la ciencia eclesi√°stica y su m√©todo a las condiciones y necesidades actuales, nada habr√≠a casi de temerse; mas, al contrario, algunos de ellos, abrasados por un imprudente irenismo, parecen considerar como un √≥bice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, ca√≠do todo lo cual, seguramente la unificaci√≥n ser√≠a universal, en la com√ļn ruina.

8. Los que, o por reprensible af√°n de novedad, o por alg√ļn motivo laudable, propugnan estas nuevas opiniones, no siempre las proponen con el mismo orden, con la misma claridad o con los mismos t√©rminos, ni siempre con plena unanimidad de pareceres entre s√≠ mismos; y de hecho, lo que hoy ense√Īan algunos m√°s encubiertamente, con ciertas cautelas y distinciones, otros m√°s audaces lo propalan ma√Īana a las claras y sin limitaciones, con esc√°ndalo de muchos, sobre todo del clero joven, y con detrimento de la autoridad eclesi√°stica. Y aunque ordinariamente se suelen tratar, con mayor cautela, esas materias en los libros que se publican, con mayor libertad se habla ya en folletos distribuidos privadamente, ya en lecciones dactilografiadas, conferencias y reuniones. Estas doctrinas se divulgan no s√≥lo entre los miembros de uno y otro clero, en los seminarios e institutos religiosos, sino tambi√©n entre los seglares, sobre todo entre quienes se dedican a la educaci√≥n e instrucci√≥n de la juventud.

I. DOCTRINAS ERR√ďNEAS

9. En las materias de la teolog√≠a, algunos pretenden disminuir lo m√°s posible el significado de los dogmas y librar el dogma mismo de la manera de hablar tradicional ya en la Iglesia y de los conceptos filos√≥ficos usados por los doctores cat√≥licos, a fin de volver, en la exposici√≥n de la doctrina cat√≥lica, a las expresiones empleadas por las Sagradas Escrituras y por los Santos Padres. As√≠ esperan que el dogma, despojado de los elementos que llaman extr√≠nsecos a la revelaci√≥n divina, se pueda coordinar fructuosamente con las opiniones dogm√°ticas de los que se hallan separados de la Iglesia, para que as√≠ se llegue poco a poco a la mutua asimilaci√≥n entre el dogma cat√≥lico y las opiniones de los disidentes.- Reducida ya la doctrina cat√≥lica a tales condiciones, creen que ya queda as√≠ allanado el camino por donde se pueda llegar, seg√ļn exigen las necesidades modernas, a que el dogma pueda ser formulado con las categor√≠as de la filosof√≠a moderna, ya se trate del Inmanentismo, o del Idealismo, o del Existencialismo, ya de cualquier otro sistema. Algunos m√°s audaces afirman que esto se puede, y a√ļn debe hacerse, porque los misterios de la fe -seg√ļn ellos- nunca se pueden significar con conceptos completamente verdaderos, mas s√≥lo con conceptos aproximativos -as√≠ los llaman ellos- y siempre mutables, por medio de los cuales de alg√ļn modo se manifiesta la verdad, s√≠, pero necesariamente tambi√©n se desfigurar. Por eso no creen absurdo, antes lo creen necesario del todo, el que la teolog√≠a, seg√ļn los diversos sistemas filos√≥ficos que en el decurso del tiempo le sirven de instrumento, vaya sustituyendo los antiguos conceptos por otros nuevos, de tal suerte que con f√≥rmulas diversas y hasta cierto punto aun opuestas-equivalente, dicen ellos-expongan a la manera humana aquellas verdades divinas. A√Īaden que la historia de los dogmas consiste en exponer las varias formas que sucesivamente ha dio tomando la verdad revelada, seg√ļn las diversas doctrinas y opiniones que a trav√©s de los siglos han ido apareciendo.

10. Por lo dicho es evidente que estas tendencias no s√≥lo conducen al llamado relativismo dogm√°tico, sino que ya de hecho lo contienen, pues el desprecio de la doctrina tradicional y de su terminolog√≠a favorecen demasiado a ese relativismo y lo fomentan. Nadie ignora que los t√©rminos empleados, as√≠ en la ense√Īanza de la teolog√≠a como por el mismo Magisterio de la Iglesia, para expresar tales conceptos, pueden ser perfeccionados y precisados, y sabido es, adem√°s, que la Iglesia no siempre ha sido constante en el uso de aquello mismos t√©rminos. Tambi√©n es cierto que la Iglesia no puede ligarse a un ef√≠mero sistema filos√≥fico, pero las nociones y los t√©rminos que los doctores cat√≥licos, con general aprobaci√≥n, han ido reuniendo durante varios siglos para llegar a obtener alg√ļn conocimiento del dogma, no se fundan, sin duda, en cimientos tan deleznables. Se fundan, realmente, en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento de las cosas creadas; deducci√≥n realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Por eso no es de admirar que algunas de estas nociones hayan sido no s√≥lo empleadas, sino tambi√©n aprobadas por los Concilios ecum√©nicos, de tal suerte que no es l√≠cito apartarse de ellas.

11. Por todas estas razones, pues, es de suma imprudencia el abandonar o rechazar o privar de su valor tantas y tan importantes nociones y expresiones que hombres de ingenio y santidad no comunes, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y gu√≠a del Esp√≠ritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado -con un trabajo de siglos- para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud, y (suma imprudencia es) sustituirlas con nociones hipot√©ticas o expresiones fluctuantes y vagas de la nueva filosof√≠a, que, como las hierbas del campo, hoy existen, y ma√Īana caer√≠an secas; a√ļn m√°s, ello convertir√≠a el mismo dogma en una ca√Īa agitada por el viento. dem√°s de que el desprecio de los t√©rminos y nociones que suelen emplear los te√≥ricos escol√°sticos conducen forzosamente a debilitar la teolog√≠a llamada especulativa, la cual, seg√ļn ellos, carece de verdadera certeza, en cuanto que se fundan en razones teol√≥gicas.

12. Por desgracia, estos amigos de novedades f√°cilmente pasan del desprecio de la teolog√≠a escol√°tica a tener en menos y aun a despreciar tambi√©n el mismo Magisterio de la Iglesia, que con su autoridad tanto peso ha dado a aquella teolog√≠a. Presentan este Magisterio como un impedimento del progreso y como un obst√°culo d el ciencia; y hasta hay cat√≥licos que lo consideran como un freno injusto, que impide que algunos te√≥logos m√°s cultos renueven la teolog√≠a. Y aunque este sagrado Magisterio, en las cuestiones de fe y costumbres, debe ser para todo te√≥logo la norma pr√≥xima y universal de la verdad (ya que a √©l ha confiado nuestro Se√Īor Jesucristo la custodia, la defensa y la interpretaci√≥n del todo el dep√≥sito d el fe -o sea, las Sagradas Escrituras y la tradici√≥n divina), sin embargo a veces se ignora, como si no existiese, la obligaci√≥n que tienen todos los fieles de huir de aquellos errores que m√°s o menos se acercan a la herej√≠a, y, por lo tanto, de observar tambi√©n las constituciones y decretos en que la Santa Sede ha proscrito y prohibido las tales opiniones falsas 2 .

Hay algunos que, de propósito y habitualmente, desconocen todo cuanto los Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre el carácter y la constitución de la Iglesia; y ello, para hacer prevalecer un concepto vago que ellos profesan y dicen haber sacado de los antiguos Padres, especialmente de los griegos. Y, pues los Sumos Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en la opiniones disputadas entre los teólogos, se ha de volver a las fuentes primitivas, y con los escritos de los antiguos se han de explicar las constituciones y decretos del Magisterio.

13. Afirmaciones √©stas, revestidas tal vez d un estilo elegante, pero que no carecen de falacia. Pues es verdad que los Romanos Pont√≠fices, en general, conceden libertad a los te√≥logos en las cuestione disputadas -en distintos sentidos- entre los m√°s acreditados doctores; pero la historia ense√Īa que muchas cuestiones que alg√ļn tiempo fueron objeto de libre discusi√≥n no pueden ya ser discutidas.

14. Ni puede afirmarse que las ense√Īanzas de las enc√≠clicas no exijan de por s√≠ nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pont√≠fices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio.

Pues son ense√Īanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen tambi√©n aquellas palabras: El que a vosotros oye, a M√≠ me oye 3 ; y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Enc√≠clicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina cat√≥lica. Y si los Sumos Pont√≠fices, en sus constituciones, de prop√≥sito pronuncian una sentencia en materia hasta aqu√≠ disputada, es evidente que, seg√ļn la intenci√≥n y voluntad de los mismos Pont√≠fices, esa cuesti√≥n ya no se puede tener como de libre discusi√≥n entre los te√≥logos.

15. Tambi√©n es verdad que los te√≥logos deben siempre volver a las fuentes de la Revelaci√≥n divina, pues a ellos toca indicar de qu√© manera se encuentre expl√≠cita o impl√≠citamente 4 en la Sagrada Escritura y en la divina tradici√≥n lo que ense√Īa el Magisterio vivo. Adem√°s, las dos fuentes de la doctrina revelada contienen tantos y tan sublimes tesoros de verdad, que nunca realmente se agotan. Por eso, con el estudio de las fuentes sagradas se rejuvenecen continuamente las sagradas ciencias, mientras que, por lo contrario, una especulaci√≥n que deje ya de investigar el dep√≥sito de la fe se hace est√©ril, como vemos por experiencia. Pero esto no autoriza a hacer de la teolog√≠a, aun de la positiva, una ciencia meramente hist√≥rica. Porque junto con esas sagradas fuentes, Dios ha dado a su Iglesia el Magisterio Vivo, para ilustrar tambi√©n y declarar lo que en el dep√≥sito de la fe no se contiene sino oscura y como impl√≠citamente. Y el divino Redentor no ha confiado la interpretaci√≥n aut√©ntica de este dep√≥sito a cada uno de sus fieles, ni un a los te√≥logos, sino s√≥lo al Magisterio de la Iglesia. Y si la Iglesia ejerce este su oficio (como con frecuencia lo h hecho en el curso de los siglos, con el ejercicio, ya extraordinario, del mismo oficio), es evidentemente falso el m√©todo que trata de explicar lo claro con lo oscuro; antes bien, es menester que todos sigan el orden inverso. Por los cual Nuestro Predecesor de i. m., P√≠o IX, al ense√Īar que es deber nobil√≠simo de la teolog√≠a el mostrar c√≥mo una doctrina definida por la Iglesia se contiene en las fuentes, no sin grave motivo a√Īadi√≥ aquellas palabras: con el mismo sentido, con que ha sido definida por la Iglesia.

16. Volviendo a las nuevas doctrinas de que tratamos antes, algunos proponen o insin√ļan en los √°nimos muchas opiniones que disminuyen la autoridad divina de la Sagrada Escritura, pues se atreven a adulterar el sentido de las palabras con que el Concilio Vaticano define que Dios es el autor de la Sagrada Escritura y renuevan una teor√≠a, ya muchas veces condenada, seg√ļn la cual la inerrancia de la Sagrada Escritura se extiende s√≥lo a los textos que tratan de Dios mismo, de la religi√≥n o de la moral. M√°s a√ļn: sin raz√≥n hablan de un sentido humano de la Biblia, bajo el cual se oculta el sentido divino, que es, seg√ļn ellos, el s√≥lo infalible. En la interpretaci√≥n de la Sagrada Escritura no quieren tener en cuenta la analog√≠a de la fe ni la tradici√≥n de la Iglesia, de manera que la doctrina de los Santos Padres y del sagrado Magisterio, debe ser medida por la de las Sagradas Escrituras, explicadas - √©stas- por los ex√©getas de un modo meramente humano, m√°s bien que exponer las Sagradas Escrituras seg√ļn la mente de la Iglesia, que ha sido constituida por Nuestro Se√Īor Jesucristo como guarda e int√©rprete de todo el dep√≥sito de las verdades reveladas.

17. Adem√°s, el sentido literal de la Sagrada Escritura y su exposici√≥n, que tantos y tan eximios ex√©getas, bajo la vigilancia de la Iglesia, han elaborado, deben ceder el puesto, seg√ļn las falsas opiniones de √©stos [los nuevos], a una nueva ex√©gesis que llaman simb√≥lica o espiritual, con la cual los libros del Antiguo Testamento, que actualmente en la Iglesia son como una fuente cerrada y oculta, llegar√≠an por fin a abrirse para todos. De esta manera, afirman, desaparecen todas las dificultades, que solamente encuentran los que se atienen al sentido literal de las Sagradas Escrituras.

18. Todos ven cuánto se apartan estas opiniones de los principios y normas hermenéuticas justamente establecidas por Nuestros Predecesores, de f. m., León XIII, en la encíclica Providentissimus, y Benedicto XV, en la encíclica Spiritus Paraclitus, y también por Nos mismo en la encíclica Divino aflante Spiritu.

19. No hay, pues, que admirarse que estas novedades hayan producido frutos venenosos ya en casi todos los tratados de teología. Se pone en duda si la razón humana, sin la ayuda de la divina revelación y de la divina gracia, puede demostrar la existencia de un Dios personal con argumentos deducidos de las cosas creadas; se niega que el mundo haya tenido principio, y se afirma que la creación del mundo es necesaria, pues procede de la necesaria liberalidad del amor divino; se niega asimismo a Dios la presencia eterna e infalible de las acciones libres de los hombres: opiniones todas contrarias del Concilio Vaticano 5 .

20. Tambi√©n hay algunos que plantean el problema de si los √°ngeles son personas; y si hay diferencia esencial entre la materia y el esp√≠ritu. Otros desvirt√ļan el concepto del car√°cter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visi√≥n beat√≠fica. Y, no contentos con esto, contra las definiciones del Concilio de Trento, destruyen el concepto del pecado original, junto con el del pecado en general en ofensa de Dios, as√≠ como tambi√©n el de la satisfacci√≥n que Cristo ha dado por nosotros. Ni faltan quienes sostienen que la doctrina de la transubstanciaci√≥n, al estar fundada sobre un concepto ya anticuado de la substancia, debe ser corregida de manera que la presencia real de Cristo en la Eucarist√≠a quede reducida a un simbolismo, seg√ļn el cual las especies consagradas no son sino se√Īales eficaces de la presencia espiritual de Cristo y de su √≠ntima uni√≥n con en el Cuerpo M√≠stico con los miembros fieles.

21. Algunos no se consideran obligados por la doctrina -que, fundada en las fuentes de la revelaci√≥n, expusimos Nos hace pocos a√Īos en una Enc√≠clica-, seg√ļn la cual el Cuerpo M√≠stico de Cristo y la Iglesia Cat√≥lica Romana son una sola y misma cosa 6 . Otros reducen a una pura f√≥rmula la necesidad de pertenecer a la verdadera Iglesia para conseguir la salud eterna. Otros, finalmente, no admiten el car√°cter racional de los signos de la credibilidad de la fe cristiana.

22. Es notorio que estos y otros errores semejantes se propagan entre algunos hijos Nuestros, equivocados por un imprudente celo o por una ciencia falsa; y con tristeza nos vemos obligados a repetirles -a estos hijos- verdades conocid√≠simas y errores manifiestos, se√Īal√°ndoles con preocupaci√≥n los peligros del error.

Todos conocen bien cu√°nto estima la Iglesia el valor de la humana raz√≥n, cuyo oficio es demostrar con certeza la existencia de un solo Dios personal, comprobar invenciblemente los fundamentos de la misma fe cristiana por medio de sus notas divinas, establecer claramente la ley impresa por el Creador en las almas de los hombres y, por fin, alcanzar alg√ļn conocimiento, siquiera limitado, aunque muy fructuoso, de los misterios 7 .

II.DOCTRINA DE LA IGLESIA

23. Pero este oficio s√≥lo ser√° cumplido bien y seguramente, cuando la raz√≥n est√© convenientemente cultivada, es decir, si hubiere sido nutrida con aquella sana filosof√≠a, que es como un patrimonio heredado de las precedentes generaciones cristianas, y que, por consiguiente, goza de una mayor autoridad, por que el mismo Magisterio de la Iglesia ha utilizado sus principios y sus principales asertos, manifestados y precisados lentamente, a trav√©s de los tiempos, por hombres de gran talento, para comprobar la misma divina revelaci√≥n. Y esta filosof√≠a, confirmada y com√ļnmente aceptada por la Iglesia, defiende el verdadero y genuino valor del conocimiento humano, los inconcusos principios metaf√≠sicos -a saber: los de raz√≥n suficiente, causalidad y finalidad- y, finalmente sostiene que se puede llegar a la verdad cierta e inmutable.

24. En tal filosof√≠a se exponen, es cierto, muchas cosas que ni directa ni indirectamente se refieren a la fe o las costumbres, y que, por lo mismo, la Iglesia deja a la libre disputa de los especialistas; pero no existe la misma libertad en muchas otras materias, principalmente en lo que toca a los principios y a los principales asertos que poco ha hemos recordado. A√ļn en estas cuestiones esenciales se puede vestir a la filosof√≠a con m√°s aptas y ricas vestiduras, reforzarla con m√°s eficaces expresiones, despojarla de cierta terminolog√≠a escolar menos conveniente, y hasta enriquecerla -pero con cautela- con ciertos elementos dejados a la elaboraci√≥n progresiva del pensamiento humano; pero nunca es l√≠cito derribarla o contaminarla con falsos principios, ni estimarla como un gran monumento, pero ya anticuado. Pues la verdad y sus expresiones filos√≥ficas no pueden estar sujetas a cambios continuos, principalmente cuando se trate de los principios que la mente humana conoce por s√≠ misma o de aquellos juicios que se apoyan tanto en la sabidur√≠a de los siglos como en el consentimiento y fundamento aun de la misma revelaci√≥n divina. Ninguna verdad, que la mente humana hubiese descubierto mediante una sincera investigaci√≥n, puede estar en contradicci√≥n con otra verdad ya alcanzada, porque Dios la suma Verdad, cre√≥ y rige la humana inteligencia no para que cada d√≠a oponga nuevas verdades a las ya realmente adquiridas, sino para que, apartados los errores que tal vez se hayan introducido, vaya a√Īadiendo verdades a verdades de un modo tan ordenado y org√°nico como el que aparece en la constituci√≥n misma de la naturaleza de las cosas, de donde se extrae la verdad. Por ello, el cristiano, tanto fil√≥sofo como te√≥logo, no abraza apresurada y ligeramente las novedades que se ofrecen todos los d√≠as, sino que ha de examinarlas con la m√°xima diligencia y ha de someterlas a justo examen, no sea que pierda la verdad ya adquirida o la corrompa, ciertamente con grave peligro y da√Īo aun para la fe misma.

25. Considerando bien todo lo ya expuesto m√°s arriba, f√°cilmente se comprender√° porqu√© la Iglesia exige que los futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filos√≥ficas seg√ļn el m√©todo, la doctrina y los principios del Doctor Ang√©lico 8 , pues por la experiencia de muchos siglos sabemos ya bien que el m√©todo del Aquinatense se distingue por una singular excelencia, tanto para formar a los alumnos como para investigar la verdad, y que, adem√°s, su doctrina est√° en armon√≠a con la divina revelaci√≥n y es muy eficaz as√≠ para salvaguardar los fundamentos de la fe como para recoger √ļtil y seguramente los frutos de un sano progreso 9 .

26. Por ello es muy deplorable que hoy en d√≠a algunos desprecien una filosof√≠a que la Iglesia ha aceptado y aprobado, y que imprudentemente la apelliden anticuada por su forma y racional√≠stica (as√≠ dicen) por el progreso psicol√≥gico. Pregonan que esta nuestra filosof√≠a defiende err√≥neamente la posibilidad de una metaf√≠sica absolutamente verdadera; mientras ellos sostienen, por lo contrario, que las verdades, principalmente las trascendentales, s√≥lo pueden convenientemente expresarse mediante doctrinas dispares que se completen mutuamente, aunque en cierto modo sean opuestas entre s√≠. Por ello conceden que la filosof√≠a ense√Īada en nuestras escuelas, con su l√ļcida exposici√≥n y soluci√≥n de los problemas, con su exacta precisi√≥n de conceptos y con sus claras distinciones, puede ser √ļtil como preparaci√≥n al estudio de la teolog√≠a escol√°stica, como se adapt√≥ perfectamente a la mentalidad del medievo; pero -afirman- no es un m√©todo filos√≥fico que responda ya a la cultura y a las necesidades modernas. Agregan, adem√°s, que la filosof√≠a perenne no es sino la filosof√≠a de las esencias inmutables, mientras que la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua evoluci√≥n. Y mientras desprecian esta filosof√≠a ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que, cualquier filosof√≠a o doctrina opinable, a√Īadi√©ndole -si fuere menester- algunas correcciones o complementos, puede conciliarse con el dogma cat√≥lico. Pero ning√ļn cat√≥lico puede dudar de cu√°n falso sea todo eso, principalmente cuando se trata de sistemas como el Inmanentismo, el Idealismo, el Materialismo, ya sea hist√≥rico, ya dial√©ctico, o tambi√©n el Existencialismo, tanto si defiende el ate√≠smo como si impugna el valor del raciocinio en el campo de la metaf√≠sica.

Por fin, achacan a la filosof√≠a ense√Īada en nuestras escuelas el defecto de que, en el proceso del conocimiento, atiende s√≥lo a la inteligencia, menospreciando el oficio de la voluntad y de los sentimientos. Lo cual no es verdad. La filosof√≠a cristiana, en efecto, nunca ha negado la utilidad y la eficiencia de las buenas disposiciones que todo esp√≠ritu tiene para conocer y abrazar los principios religiosos y morales; m√°s a√ļn: siempre ha ense√Īado que la falta de tales disposiciones puede ser la causa de que el entendimiento, bajo el influjo de las pasiones y de la mala voluntad, de tal manera se obscurezca que no pueda ya llegar a ver con rectitud. Y el Doctor com√ļn cree que el entendimiento puede en cierto modo percibir los m√°s altos bienes correspondientes al orden moral, tanto natural como sobrenatural, en cuanto experimenta en lo √≠ntimo una cierta efectiva connaturalidad con esos mismos bienes, ya sea natural, ya por medio de la gracia divina 10 ; y se comprende bien c√≥mo ese conocimiento, por poco claro que sea, puede ayudar a la raz√≥n en sus investigaciones. Pero una cosa es reconocer la fuerza de la voluntad y de los sentimientos para ayudar a la raz√≥n a alcanzar un conocimiento m√°s cierto y m√°s seguro de las cosas morales, y otra lo que intentan estos innovadores, esto es, atribuir a la voluntad y a los sentimientos un cierto poder de intuici√≥n y afirmar que el hombre, cuando con la raz√≥n no puede ver con claridad lo que deber√≠a abrazar como verdadero, acude a la voluntad, gracias a la cual elige libremente para resolverse entre las opiniones opuestas, con lo cual de mala manera mezclan el conocimiento y el acto de la voluntad.

27. No es de maravillar que, con estas nuevas opiniones, est√©n en peligro las dos disciplinas filos√≥ficas que por su misma naturaleza est√°n estrechamente relacionadas con la doctrina cat√≥lica, a saber: la teodicea y la √©tica. Sostienen ellos que el oficio de √©stas no es demostrar con certeza alguna verdad tocante a Dios o a cualquier otro ser trascendente, sino m√°s bien el mostrar que cuanto la fe ense√Īa acerca de Dios personal y de sus preceptos, es enteramente conforme a las necesidades de la vida, y que por lo mismo todos deben abrazarlo para evitar la desesperaci√≥n y alcanzar la salvaci√≥n eterna. Afirmaciones √©stas, claramente opuestas a las ense√Īanzas de nuestros Antecesores Le√≥n XIII y P√≠o X, e inconciliables con los decretos del Concilio Vaticano. In√ļtil ser√≠a el deplorar tales desviaciones de la verdad si, a√ļn en el campo filos√≥fico, todos mirasen con la debida reverencia al Magisterio de la Iglesia, la cual por divina instituci√≥n tiene la misi√≥n no s√≥lo de custodiar e interpretar el dep√≥sito de la verdad revelada, sino tambi√©n vigilar sobre las mismas disciplinas filos√≥ficas para que los dogmas no puedan recibir da√Īo alguno de las opiniones no rectas.

III. LAS CIENCIAS

28. Resta ahora el decir algo sobre determinadas cuestiones que, a√ļn perteneciendo a las ciencias llamadas positivas, se entrelazan, sin embargo, m√°s o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan con insistencia que la fe cat√≥lica tenga muy en cuenta tales ciencias; y ello ciertamente es digno de alabanza, siempre que se trata de hechos realmente demostrados; pero es necesario andar con mucha cautela cuando m√°s bien se trate s√≥lo de hip√≥tesis, que, aun apoyadas en la ciencia humana, rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradici√≥n. Si tales hip√≥tesis se oponen directa o indirectamente a la doctrina revelada por Dios, entonces sus postulados no pueden admitirse en modo alguno.

29. Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no proh√≠be el que -seg√ļn el estado actual de las ciencias y la teolog√≠a- en las investigaciones y disputas, entre los hombres m√°s competentes de entrambos campos sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente -pero la fe cat√≥lica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios-. Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opini√≥n -es decir la defensora y la contraria al evolucionismo- sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confiri√≥ el encargo de interpretar aut√©nticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe 11 . Pero algunos traspasan esta libertad de discusi√≥n, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiere en las fuentes de la revelaci√≥n, que exija la m√°xima moderaci√≥n y cautela en esta materia.

30. Mas, cuando ya se trata de la otra hip√≥tesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teor√≠a de que despu√©s de Ad√°n hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generaci√≥n, o bien de que Ad√°n significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro c√≥mo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia ense√Īan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Ad√°n individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generaci√≥n, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio 12 .

31. Y como en las ciencias biológicas y antropológicas, también en las históricas algunos traspasan audazmente los límites y las cautelas que la Iglesia ha establecido. De un modo particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros del Antiguo Testamento. Los autores de esa tendencia, para defender su causa, sin razón invocan la carta que la Comisión Pontificia para los Estudios Bíblicos envió no hace mucho tiempo al Arzobispo de París 13 . La verdad es que tal carta advierte claramente cómo los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerdan con el método histórico usado por los eximios historiadores greco-latinos y modernos, no obstante pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exégetas han de investigar y precisar; los mismos capítulos -lo hace notar la misma carta- con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente de un pueblo poco culto, contienen ya las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, ya también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido.

32. Mas si los antiguo hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares -lo cual puede ciertamente concederse-, nunca ha de olvidarse que ellos obraron así ayudados por la divina inspiración , la cual los hacía inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos. Por lo tanto, las narraciones populares incluidas en la Sagrada Escritura, en modo alguno pueden compararse con las mitologías u otras narraciones semejantes, las cuales más bien proceden de una encendida imaginación que de aquel amor a la verdad y a la sencillez que tanto resplandece en los libros Sagrados, aun en los del Antiguo Testamento, hasta el punto de que nuestros hagiógrafos deben ser tenidos en este punto como claramente superiores a los escritores profanos.

33. En verdad sabemos Nos c√≥mo la mayor√≠a de los doctores cat√≥licos, consagrados a trabajar con sumo fruto en las Universidades, en los Seminarios y en los Colegios religiosos, est√°n muy lejos de esos errores, que hoy abierta u ocultamente se divulgan o por cierto af√°n de novedad o por un inmoderado celo de apostolado. Pero sabemos tambi√©n que tales nuevas opiniones hacen su presa entre los incautos, y por lo mismo preferimos poner remedio en los comienzos, m√°s bien que suministrar una medicina, cuando la enfermedad est√© ya demasiado inveterada. Por lo cual, despu√©s de meditarlo y considerarlo largamente delante del Se√Īor, para no faltar a Nuestro sagrado deber, mandamos a los Obispos y a los Superiores generales de las Ordenes y Congregaciones religiosas, onerando grav√≠simamente sus consecuencias, que con la mayor diligencia procuren el que ni en las clases, ni en reuniones o conferencias, ni con escritos de ning√ļn g√©nero se expongan tales opiniones, en modo alguno, ni a los cl√©rigos ni a los fieles cristianos.

34. Sepan cuantos ense√Īan en Institutos eclesi√°sticos que no pueden en conciencia ejercer el oficio de ense√Īar que les ha sido concedido, si no acatan con devoci√≥n las normas que hemos dado y si no las cumplen con toda exactitud en la formaci√≥n de sus disc√≠pulos. Esta reverencia y obediencia que en su asidua labor deben ellos profesar al Magisterio de la Iglesia, es la que tambi√©n han de infundir en las mentes y en los corazones de sus disc√≠pulos.

Esfu√©rcense por todos medios y con entusiasmo para contribuir al progreso de las ciencias que ense√Īan; pero eviten tambi√©n el traspasar los l√≠mites por Nos establecidos para la defensa de la fe y de la doctrina cat√≥lica. A las nuevas cuestiones que la moderna cultura y el progreso del tiempo han hecho de gran actualidad, dediquen los resultados de sus m√°s cuidadosas investigaciones, pero con la conveniente prudencia y cautela; finalmente, no crean, cediendo a un falso irenismo, que pueda lograrse una feliz vuelta-a la Iglesia- de los disidentes y los que est√°n en el error, si la verdad √≠ntegra que rige en la Iglesia no es ense√Īada a todos sinceramente, sin ninguna corrupci√≥n y sin disminuci√≥n alguna.

Fundados en esta esperanza que vuestra pastoral solicitud aumentar√° todav√≠a, como prenda de los dones celestiales y en se√Īal de Nuestra paternal benevolencia, a todos vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo, impartimos con todo amor la Bendici√≥n Apost√≥lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 12 de agosto de 1950, a√Īo duod√©cimo de Nuestro Pontificado.


1

Conc. Vat. DB 1876, Const. De Fide cath. cap. 2 De revelatione.

2

C.I.C. c. 1324; cf. Conc. Vat. DB 1820, Const. De Fide cath. cap. 4 De Fide et ratione.

3

Luc. 10, 16.

4

Pius IX Inter gravíssimas 28 oct. 1870 Acta 1, 260.

5

Cf. Conc. Vat. Const. De Fide cath. cap. 1 De Deo rerum omnium creatore.

6

Cf. enc. Mystici Corporis Christi, A.A.S. 34, 193 ss.

7

Cf. Conc. Vat. DB 1796.

8

C.I.C. can. 1366, 2.

9

A.A.S. 38 (1946) 387.

10

Cf. S. Th. 2. 2ae., 1, 4 ad 3 et 45, 2 in c.

11

Cf. Alloc. Pont. ad membra Academiae Scientiarum 30 nov. 1941: A.A.S. 33, 506.

12

Cf. Rom. 5, 12-19; Conc. Trid. sess. 5, can. 1-4.

13

16 ian. 1948: A.A.S. 40, 45-48.
Consultas

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