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S.S. Pablo VI, Humanae vitae
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Humanae vitae

Carta Enc铆clica de S. S. Paulo VI sobre la regulaci贸n de la natalidad, 25 de Julio de 1968
A los Venerables Hermanos los Patriarcas,
Arzobispos, Obispos y dem谩s Ordinarios de lugar
en paz y comuni贸n con la Sede Apost贸lica al Clero
y a los fieles del orbe cat贸lico
y a todos los hombres de buena voluntad.

Venerables hermanos y amados hijos

La transmisi贸n de la vida

1. El grav铆simo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegr铆as aunque algunas veces acompa帽adas de no pocas dificultades y angustias.

En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los c贸nyuges, pero con la actual transformaci贸n de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no pod铆a ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres.

I. Nuevos aspectos del problema y competencia del magisterio

Nuevo enfoque del problema

2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa 铆ndole. Se trata, ante todo, del r谩pido desarrollo demogr谩fico. Muchos manifiestan el temor de que la poblaci贸n mundial aumente m谩s r谩pidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en v铆a de desarrollo, siendo grande la tentaci贸n de las Autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Adem谩s, las condiciones de trabajo y de habitaci贸n y las m煤ltiples exigencias que van aumentando en el campo econ贸mico y en el de la educaci贸n, con frecuencia hacen hoy dif铆cil el mantenimiento adecuado de un n煤mero elevado de hijos.

Se asiste tambi茅n a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relaci贸n con este amor.

Finalmente y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organizaci贸n racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida ps铆quica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisi贸n de la vida.

3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armon铆a entre los esposos y a su mutua fidelidad, 驴no ser铆a indicado revisionar las normas 茅ticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos?

M谩s a煤n: extendiendo a este campo la aplicaci贸n del llamado "principio de totalidad" 驴no se podr铆a admitir que la intenci贸n de una fecundidad menos exuberante, pero m谩s racional, transformase la intervenci贸n materialmente esterilizadora en un control l铆cito y prudente de los nacimientos? Es decir, 驴no se podr铆a admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal m谩s bien que a cada uno de los actos? Se pregunta tambi茅n si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de someter a su raz贸n y a su voluntad, m谩s que a los ritmos biol贸gicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad.

Competencia del Magisterio

4. Estas cuestiones exig铆an del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexi贸n acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelaci贸n divina.

Ning煤n fiel querr谩 negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el interpretar tambi茅n la ley moral natural. Es, en efecto incontrovertible -como tantas veces han declarado Nuestros predecesores 1 - que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Ap贸stoles su autoridad divina y al enviarlos a ense帽ar a todas las gentes sus mandamientos 2 , los constitu铆a en custodios y en int茅rpretes aut茅nticos de toda ley moral, es decir, no s贸lo de la ley evang茅lica, sino tambi茅n de la natural, expresi贸n de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse 3 .

En conformidad con esta su misi贸n, la Iglesia dio siempre, y con m谩s amplitud en los tiempos recientes, una doctrina coherente tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos 4 .

Estudios especiales

5. La conciencia de esa misma misi贸n nos indujo a confirmar y a ampliar la Comisi贸n de Estudio que nuestro Predecesor Juan XXIII, de f. m., hab铆a instituido en el mes de marzo del a帽o 1963. Esta Comisi贸n de la que formaban parte bastantes estudiosos de las diversas disciplinas relacionadas con la materia y parejas de esposos, ten铆a la finalidad de recoger opiniones acerca de las nuevas cuestiones referentes a la vida conyugal, en particular la regulaci贸n de la natalidad, y de suministrar elementos de informaci贸n oportunos, para que el Magisterio pudiese dar una respuesta adecuada a la espera de los fieles y de la opini贸n p煤blica mundial 5 .

Los trabajos de estos peritos, as铆 como los sucesivos pareceres y los consejos de buen n煤mero de Nuestros Hermanos en el Episcopado quienes los enviaron espont谩neamente o respondiendo a una petici贸n expresa, nos han permitido ponderar mejor los diversos aspectos del complejo argumento. Por ello les expresamos de coraz贸n a todos Nuestra viva gratitud.

La respuesta del Magisterio

6. No pod铆amos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que hab铆a llegado la Comisi贸n, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuesti贸n; entre otros motivos, porque en seno a la Comisi贸n no se hab铆a alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque hab铆an aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentaci贸n que se Nos present贸 y despu茅s de madura reflexi贸n y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo Nos confi贸, dar Nuestra respuesta a estas graves cuestiones.

II. Principios doctrinales

Una visi贸n global del hombre

7. El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biol贸gico o psicol贸gico, demogr谩fico o sociol贸gico, a la luz de una visi贸n integral del hombre y de su vocaci贸n, no s贸lo natural y terrena sino tambi茅n sobrenatural y eterna. Y puesto que, en el tentativo de justificar los m茅todos artificiales del control de los nacimientos, muchos han apelado a las exigencias del amor conyugal y de una "paternidad responsable", conviene precisar bien el verdadero concepto de estas dos grandes realidades de la vida matrimonial, remiti茅ndonos sobre todo a cuanto ha declarado, a este respecto, en forma altamente autorizada, el Concilio Vaticano II en la Constituci贸n pastoral Gaudium et Spes.

El amor conyugal

8. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando 茅ste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor 6 , "el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra" 7 .

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evoluci贸n de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia instituci贸n del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su rec铆proca donaci贸n personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comuni贸n de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generaci贸n y en la educaci贸n de nuevas vidas.

En los bautizados el matrimonio reviste, adem谩s, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la uni贸n de Cristo y de la Iglesia.

Sus caracter铆sticas

9. Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias caracter铆sticas del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.

Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusi贸n del instinto y del sentimiento sino que es tambi茅n y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegr铆as y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo coraz贸n y en una sola alma y juntos alcancen su perfecci贸n humana.

Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o c谩lculos ego铆stas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama s贸lo por lo que de 茅l recibe sino por s铆 mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de s铆.

Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. As铆 lo conciben el esposo y la esposa el d铆a en que asumen libremente y con plena conciencia el empe帽o del v铆nculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar dif铆cil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a trav茅s de los siglos demuestra que la fidelidad no s贸lo es connatural al matrimonio sino tambi茅n manantial de felicidad profunda y duradera.

Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comuni贸n entre los esposos sino que est谩 destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. "El matrimonio y el amor conyugal est谩n ordenados por su propia naturaleza a la procreaci贸n y educaci贸n de la prole. Los hijos son, sin duda, el don m谩s excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres" 8 .

La paternidad responsable

10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misi贸n de "paternidad responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con raz贸n y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos leg铆timos y relacionados entre s铆.

En relaci贸n con los procesos biol贸gicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biol贸gicas que forman parte de la persona humana 9 .

En relaci贸n con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la raz贸n y la voluntad.

En relaci贸n con las condiciones f铆sicas, econ贸micas, psicol贸gicas y sociales, la paternidad responsable se pone en pr谩ctica ya sea con la deliberaci贸n ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisi贸n, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante alg煤n tiempo o por tiempo indefinido.

La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculaci贸n m谩s profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel int茅rprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los c贸nyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarqu铆a de valores.

En la misi贸n de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente aut贸noma los caminos l铆citos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intenci贸n creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente ense帽ada por la Iglesia 10 .

Respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial

11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a trav茅s de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" 11 , y no cesan de ser leg铆timos si, por causas independientes de la voluntad de los c贸nyuges, se prev茅n infecundos, porque contin煤an ordenados a expresar y consolidar su uni贸n. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabidur铆a leyes y ritmos naturales de fecundidad que por s铆 mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, ense帽a que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisi贸n de la vida 12 .

Inseparables los dos aspectos: Uni贸n y procreaci贸n

12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, est谩 fundada sobre la inseparable conexi贸n que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su 铆ntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generaci贸n de nuevas vidas, seg煤n las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva 铆ntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenaci贸n a la alt铆sima vocaci贸n del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el car谩cter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.

Fidelidad al plan de Dios

13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al c贸nyuge sin considerar su condici贸n actual y sus leg铆timos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. As铆, quien reflexiona rectamente deber谩 tambi茅n reconocer que un acto de amor rec铆proco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, seg煤n particulares leyes, ha puesto en 茅l, est谩 en contradicci贸n con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun s贸lo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus m谩s 铆ntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir tambi茅n el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar en cambio el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no 谩rbitros de las fuentes de la vida humana, sino m谩s bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con m谩s raz贸n, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenaci贸n intr铆nseca a originar la vida, de la que Dios es principio. "La vida humana es sagrada, recordaba Juan XXIII; desde su comienzo, compromete directamente la acci贸n creadora de Dios" 13 .

V铆as il铆citas para la regulaci贸n de los nacimientos

14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visi贸n humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez m谩s declarar que hay que excluir absolutamente, como v铆a l铆cita para la regulaci贸n de los nacimientos, la interrupci贸n directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terap茅uticas 14 .

Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilizaci贸n directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer 15 ; queda adem谩s excluida toda acci贸n que, o en previsi贸n del acto conyugal, o en su realizaci贸n, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreaci贸n 16 .

Tampoco se pueden invocar como razones v谩lidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituir铆an un todo con los actos fecundos anteriores o que seguir谩n despu茅s y que por tanto compartir铆an la 煤nica e id茅ntica bondad moral. En verdad, si es l铆cito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien m谩s grande 17 , no es l铆cito, ni aun por razones grav铆simas, hacer el mal para conseguir el bien 18 , es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intr铆nsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intr铆nsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.

Licitud de los medios terap茅uticos

15. La Iglesia, en cambio, no retiene de ning煤n modo il铆cito el uso de los medios terap茅uticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreaci贸n, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido 19 .

Licitud del recurso a los periodos infecundos

16. A estas ense帽anzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observ谩bamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energ铆as de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre. Algunos se preguntan: actualmente, 驴no es quiz谩s racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armon铆a y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educaci贸n de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervenci贸n de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones f铆sicas o psicol贸gicas de los c贸nyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia ense帽a que entonces es l铆cito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio s贸lo en los periodos infecundos y as铆 regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar 20 .

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga l铆cito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como il铆cito el uso de medios directamente contrarios a la fecundaci贸n, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los c贸nyuges se sirven leg铆timamente de una disposici贸n natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los c贸nyuges est谩n de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguir谩; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreaci贸n no es deseable, y hacen uso despu茅s en los periodos agen茅sicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando as铆 ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.

Graves consecuencias de los m茅todos de regulaci贸n artificial de la natalidad

17. Los hombres rectos podr谩n convencerse todav铆a de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los m茅todos de la regulaci贸n artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino f谩cil y amplio que se abrir铆a a la infidelidad conyugal y a la degradaci贸n general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los j贸venes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio f谩cil para burlar su observancia. Podr铆a tambi茅n temerse que el hombre, habitu谩ndose al uso de las pr谩cticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse m谩s de su equilibrio f铆sico y psicol贸gico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce ego铆stico y no como a compa帽era, respetada y amada.

Reflexi贸nese tambi茅n sobre el arma peligrosa que de este modo se llegar铆a a poner en las manos de Autoridades P煤blicas despreocupadas de las exigencias morales. 驴Qui茅n podr铆a reprochar a un Gobierno el aplicar a la soluci贸n de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido l铆cito a los c贸nyuges para la soluci贸n de un problema familiar? 驴Qui茅n impedir铆a a los Gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el m茅todo anticonceptivo que ellos juzgaren m谩s eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegar铆an a dejar a merced de la intervenci贸n de las Autoridades P煤blicas el sector m谩s personal y m谩s reservado de la intimidad conyugal.

Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misi贸n de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos l铆mites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; l铆mites que a ning煤n hombre, privado o revestido de autoridad, es l铆cito quebrantar. Y tales l铆mites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, seg煤n los principios antes recordados y seg煤n la recta inteligencia del "principio de totalidad" ilustrado por Nuestro predecesor P铆o XII 21 .

La Iglesia, garant铆a de los aut茅nticos valores humanos

18. Se puede prever que estas ense帽anzas no ser谩n quiz谩 f谩cilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces -ampliadas por los modernos medios de propaganda- que est谩n en contraste con la Iglesia. A decir verdad, 茅sta no se maravilla de ser, a semejanza de su divino Fundador, "signo de contradicci贸n" 22 , pero no deja por esto de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, natural y evang茅lica. La Iglesia no ha sido la autora de 茅stas, ni puede por tanto ser su 谩rbitro, sino solamente su depositaria e int茅rprete, sin poder jam谩s declarar l铆cito lo que no lo es por su 铆ntima e inmutable oposici贸n al verdadero bien del hombre.

Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauraci贸n de una civilizaci贸n verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios t茅cnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los c贸nyuges. Fiel a las ense帽anzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, "a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" 23 .

III. Directivas pastorales

La Iglesia Madre y Maestra

19. Nuestra Palabra no ser铆a expresi贸n adecuada del pensamiento y de las solicitudes de la Iglesia, Madre y Maestra de todas las gentes, si, despu茅s de haber invitado a los hombres a observar y a respetar la ley divina referente al matrimonio, no les confortase en el camino de una honesta regulaci贸n de la natalidad, aun en medio de las dif铆ciles condiciones que hoy afligen a las familias y a los pueblos. La Iglesia, efectivamente, no puede tener otra actitud para con los hombres que la del Redentor: conoce su debilidad, tiene compasi贸n de las muchedumbres, acoge a los pecadores, pero no puede renunciar a ense帽ar la ley que en realidad es la propia de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Esp铆ritu de Dios 24 .

Posibilidad de observar la ley divina

La doctrina de la Iglesia en materia de regulaci贸n de la natalidad, promulgadora de la ley divina, aparecer谩 f谩cilmente a los ojos de muchos dif铆cil e incluso imposible en la pr谩ctica. Y en verdad que, como todas las grandes y beneficiosas realidades, exige un serio empe帽o y muchos esfuerzos de orden familiar, individual y social. M谩s aun, no ser铆a posible actuarla sin la ayuda de Dios, que sostiene y fortalece la buena voluntad de los hombres. Pero a todo aquel que reflexione seriamente, no puede menos de aparecer que tales esfuerzos ennoblecen al hombre y benefician la comunidad humana.

Dominio de s铆 mismo

21. Una pr谩ctica honesta de la regulaci贸n de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir y poseer s贸lidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y tambi茅n una tendencia a procurarse un perfecto dominio de s铆 mismos. El dominio del instinto, mediante la raz贸n y la voluntad libre, impone sin ning煤n g茅nero de duda una asc茅tica, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal est茅n en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la continencia peri贸dica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano m谩s sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los c贸nyuges desarrollan 铆ntegramente su personalidad, enriqueci茅ndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la soluci贸n de otros problemas; favoreciendo la atenci贸n hacia el otro c贸nyuge; ayudando a superar el ego铆smo, enemigo del verdadero amor, y enraizando m谩s su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren as铆 la capacidad de un influjo m谩s profundo y eficaz para educar a los hijos; los ni帽os y los j贸venes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y arm贸nico de sus facultades espirituales y sensibles.

Crear un ambiente favorable a la castidad

22. Nos queremos en esta ocasi贸n llamar la atenci贸n de los educadores y de todos aquellos que tienen incumbencia de responsabilidad en orden al bien com煤n de la convivencia humana, sobre la necesidad de crear un clima favorable a la educaci贸n de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral.

Todo lo que en los medios modernos de comunicaci贸n social conduce a la excitaci贸n de los sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier forma de pornograf铆a y de espect谩culos licenciosos, debe suscitar la franca y un谩nime reacci贸n de todas las personas, sol铆citas del progreso de la civilizaci贸n y de la defensa de los supremos bienes del esp铆ritu humano. En vano se tratar铆a de buscar justificaci贸n a estas depravaciones con el pretexto de exigencias art铆sticas o cient铆ficas 25 , o aduciendo como argumento la libertad concedida en este campo por las Autoridades P煤blicas.

Llamamiento a las Autoridades p煤blicas

23. Nos decimos a los Gobernantes, que son los primeros responsables del bien com煤n y que tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no permit谩is que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no acept茅is que se introduzcan legalmente en la c茅lula fundamental, que es la familia, pr谩cticas contrarias a la ley natural y divina. Es otro el camino por el cual los Poderes P煤blicos pueden y deben contribuir a la soluci贸n del problema demogr谩fico: el de una cuidadosa pol铆tica familiar y de una sabia educaci贸n de los pueblos, que respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos.

Somos conscientes de las graves dificultades con que tropiezan los Poderes P煤blicos a este respecto, especialmente en los pueblos en v铆a de desarrollo. A sus leg铆timas preocupaciones hemos dedicado Nuestra Enc铆clica Populorum Progressio. Y con Nuestro Predecesor, Juan XXIII, seguimos diciendo: "Estas dificultades no se superan con el recurso a m茅todos y medios que son indignos del hombre y cuya explicaci贸n est谩 s贸lo en una concepci贸n estrechamente material铆stica del hombre mismo y de su vida. La verdadera soluci贸n solamente se halla en el desarrollo econ贸mico y en el progreso social, que respeten y promuevan los verdaderos valores humanos, individuales y sociales" 26 . Tampoco se podr铆a hacer responsable, sin grave injusticia, a la Divina Providencia de lo que por el contrario depender铆a de una menor sagacidad de gobierno, de un escaso sentido de la justicia social, de un monopolio ego铆sta o tambi茅n de la indolencia reprobable en afrontar los esfuerzos y sacrificios necesarios para asegurar la elevaci贸n del nivel de vida de un pueblo y de todos sus hijos 27 . Que todos los Poderes responsables -como ya algunos lo vienen haciendo laudablemente- reaviven generosamente los propios esfuerzos, y que no cese de extenderse el mutuo apoyo entre todos los miembros de la familia humana: es un campo inmenso el que se abre de este modo a la actividad de las grandes organizaciones internacionales.

A los hombres de ciencia

24. Queremos ahora alentar a los hombres de ciencia, los cuales "pueden contribuir notablemente al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si, uniendo sus estudios, se proponen aclarar m谩s profundamente las diversas condiciones favorables a una honesta regulaci贸n de la procreaci贸n humana" 28 . Es de desear en particular que, seg煤n el augurio expresado ya por P铆o XII, la ciencia m茅dica logre dar una base, suficientemente segura, para una regulaci贸n de nacimientos, fundada en la observancia de los ritmos naturales 29 . De este modo los cient铆ficos, y en especial los cat贸licos, contribuir谩n a demostrar con los hechos que, como ense帽a la Iglesia, "no puede haber verdadera contradicci贸n entre las leyes divinas que regulan la transmisi贸n de la vida y aquellas que favorecen un aut茅ntico amor conyugal" 30 .

A los esposos cristianos

25. Nuestra palabra se dirige ahora m谩s directamente a Nuestros hijos, en particular a los llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. La Iglesia, al mismo tiempo que ense帽a las exigencias imprescriptibles de la ley divina, anuncia la salvaci贸n y abre con los sacramentos los caminos de la gracia, la cual hace del hombre una nueva criatura, capaz de corresponder en el amor y en la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador, y de encontrar suave el yugo de Cristo 31 .

Los esposos cristianos, pues, d贸ciles a su voz, deben recordar que su vocaci贸n cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el Sacramento del Matrimonio. Por lo mismo los c贸nyuges son corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los propios deberes, para realizar su vocaci贸n hasta la perfecci贸n y para dar un testimonio, propio de ellos, delante del mundo 32 . A ellos ha confiado el Se帽or la misi贸n de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperaci贸n al amor de Dios, autor de la vida humana.

No es nuestra intenci贸n ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los c贸nyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la senda que lleva a la vida" 33 . La esperanza de esta vida debe iluminar su camino, mientras se esfuerzan animosamente por vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo 34 , conscientes de que la forma de este mundo es pasajera 35 .

Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que "no enga帽a porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Esp铆ritu Santo que nos ha sido dado" 36 ; invoquen con oraci贸n perseverante la ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucarist铆a. Y si el pecado les sorprendiese todav铆a, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia. Podr谩n realizar as铆 la plenitud de la vida conyugal, descrita por el Ap贸stol: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo am贸 a su Iglesia (...). Los maridos deben amar a sus esposas como a su propio cuerpo. Amar a la esposa 驴no es acaso amarse a s铆 mismo? Nadie ha odiado jam谩s su propia carne, sino que la nutre y la cuida, como Cristo a su Iglesia (...). Este misterio es grande, pero entendido de Cristo y la Iglesia. Por lo que se refiere a vosotros, cada uno en particular ame a su esposa como a s铆 mismo y la mujer respete a su propio marido" 37 .

Apostolado entre los hogares

26. Entre los frutos logrados con un generoso esfuerzo de fidelidad a la ley divina, uno de los m谩s preciosos es que los c贸nyuges no rara vez sienten el deseo de comunicar a los dem谩s su experiencia. Una nueva e important铆sima forma de apostolado entre semejantes se inserta de este modo en el amplio cuadro de la vocaci贸n de los laicos: los mismos esposos se convierten en gu铆a de otros esposos. Esta es sin duda, entre las numerosas formas de apostolado, una de las que hoy aparecen m谩s oportunas 38 .

A los m茅dicos y al personal sanitario

27. Estimamos altamente a los m茅dicos y a los miembros del personal de sanidad, quienes en el ejercicio de su profesi贸n sienten entra帽ablemente las superiores exigencias de su vocaci贸n cristiana, por encima de todo inter茅s humano. Perseveren, pues, en promover constantemente las soluciones inspiradas en la fe y en la recta raz贸n, y se esfuercen en fomentar la convicci贸n y el respeto de las mismas en su ambiente. Consideren tambi茅n como propio deber profesional el procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado, con el fin de poder dar a los esposos que los consultan sabios consejos y directrices sanas que de ellos esperan con todo derecho.

A los sacerdotes

28. Amados hijos sacerdotes, que sois por vocaci贸n los consejeros y los directores espirituales de las personas y de las familias, a vosotros queremos dirigirnos ahora con toda confianza. Vuestra primera incumbencia -en especial la de aquellos que ense帽an la teolog铆a moral- es exponer sin ambig眉edades la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Sed los primeros en dar ejemplo de obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia, en el ejercicio de vuestro ministerio. Tal obsequio, bien lo sab茅is, es obligatorio no s贸lo por las razones aducidas, sino sobre todo por raz贸n de la luz del Esp铆ritu Santo, de la cual est谩n particularmente asistidos los Pastores de la Iglesia para ilustrar la verdad 39 . Conoc茅is tambi茅n la suma importancia que tiene para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la moral y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo. Por esto renovamos con todo Nuestro 谩nimo el angustioso llamamiento del Ap贸stol Pablo: "Os ruego, hermanos, por el nombre de Nuestro Se帽or Jesucristo, que todos habl茅is igualmente, y no haya entre vosotros cismas, antes se谩is concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir" 40 .

29. No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompa帽ado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Se帽or dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar 41 , El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas.

Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los c贸nyuges en las palabras y en el coraz贸n del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor.

Hablad adem谩s con confianza, amados hijos, seguros de que el Esp铆ritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invit谩ndolos a prestar su asentimiento. Ense帽ad a los esposos el camino necesario de la oraci贸n, preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucarist铆a y de la Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad.

A los Obispos

30. Queridos y Venerables Hermanos en el Episcopado, con quienes compartimos m谩s de cerca la solicitud del bien espiritual del Pueblo de Dios, a vosotros va nuestro pensamiento reverente y afectuoso al final de esta Enc铆clica. A todos dirigimos una apremiante invitaci贸n. Trabajad al frente de los sacerdotes, vuestros colaboradores, y de vuestros fieles con ardor y sin descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana. Considerad esta misi贸n como una de vuestras responsabilidades m谩s urgentes en el tiempo actual. Esto supone, como sab茅is, una acci贸n pastoral, coordinada en todos los campos de la actividad humana, econ贸mica, cultural y social; en efecto, solo mejorando simult谩neamente todos estos sectores, se podr谩 hacer no s贸lo tolerable sino m谩s f谩cil y feliz la vida de los padres y de los hijos en el seno de la familia, m谩s fraterna y pac铆fica la convivencia en la sociedad humana, respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.

Llamamiento final

31. Venerables Hermanos, amad铆simos Hijos y todos vosotros, hombres de buena voluntad: Es grande la obra de educaci贸n, de progreso y de amor a la cual os llamamos, fundament谩ndose en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro es, con sus Hermanos en el Episcopado, depositario e int茅rprete. Obra grande de verdad, estamos convencidos de ello, tanto para el mundo como para la Iglesia, ya que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, m谩s que en el respeto de las leyes grabads por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor. Nos invocamos sobre esta tarea, como sobre todos vosotros y en particular sobre los esposos, la abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, en prenda de las cuales os otorgamos Nuestra Bendici贸n Apost贸lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la Fiesta del Ap贸stol Santiago, 25 de Julio de 1968, VI de Nuestro Pontificado.


1

Cfr. P铆o XI, Enc. Qui pluribus, 9 noviembre 1946, Pio IX P. M. Acta, vol. 1. pp. 9-10; S. P铆o X, Enc. Singulari Quadam, 24 septiembre 1912, AAS 4 (1912), p. 658; P铆o XI, cfr. Casti Connubii, 31 diciembre 1930, AAS 22 (1930), pp. 579-581; P铆o XII, Aloc. Magnificate Dominum al Episcopado del mundo cat贸lico, 2 noviembre 1954, AAS 46 (1954), pp. 671-672; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15 mayo 1961, AAS 53 (1961), p. 457.

2

Cfr. Math., 28, 18-19.

3

Cfr. Math., 7, 21.

4

Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; Le贸n XIII, Enc. Arcanum, 10 febrero 1880; Acta L. XIII, 2 (1881), pp. 26-29; P铆o XI, Enc. Divini illius Magistri, 31 diciembre 1929, AAS 22 (1930), pp. 58-61; Enc. Casti Connubii, 31 diciembre 1930, AAS 22 (1930), pp. 545-546; P铆o XII Alocuci贸n a la Uni贸n Italiana m茅dico-biol贸gica de San Lucas, 12 noviembre 1944, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192; al Convenio de la Uni贸n Cat贸lica Italiana de Comadronas, 29 octubre 1951, AAS 43 (1951), pp. 853-854; al Congreso del "Fronte della Famiglia" y de la Asociaci贸n de Familias Numerosas, 28 noviembre 1951, AAS 43 (1951), pp. 857-859; al VII Congreso de la Sociedad Internacional de Ematolog铆a, 12 septiembre 1958, AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), pp. 446-447; Codex Iuris Canonici, can. 1067; 1068, 搂1; 1076, 搂 1-2; Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, nn. 47-52.

5

Cfr. Alocuci贸n de Pablo VI al Sacro Colegio, 23 de junio de 1964, AAS 56 (1964), p. 588; a la Comisi贸n para el estudio de los problemas de la poblaci贸n, de la familia y de la natalidad, 27 marzo 1965, AAS (1965), p. 388; al Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecolog铆a, 29 octubre 1966, AAS 58 (1966), p. 1168.

6

Cfr. I Jn., 4, 8.

7

Ef., 3, 15.

8

Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 50.

9

Cfr. Sto. Tom谩s, Sum. Teol., I-II, q. 94, a. 2.

10

Cfr. Gaudium et Spes, nn. 50 y 51.

11

Ibid., n. 49, 2o.

12

Cfr. P铆o XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), p. 560; P铆o XII, AAS 43 (1951), p. 843.

13

Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.

14

Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, para II, c. VIII; P铆o XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), pp. 562-564; P铆o XII, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192, AAS 43 (1951), pp. 842-843, pp. 857-859; Juan XXIII, Enc. Pacem in Terris, 11 abril 1963, AAS 55 (1963), pp. 259-260; Gaudium et Spes, n. 51.

15

Cfr. P铆o XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), n. 565; Decreto del S. Oficio, 22 febrero 1940, AAS 32 (1940), p. 73; P铆o XII, AAS 43 (1951), pp. 843-844; AAS 50 (1958), pp. 734-735.

16

Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; P铆o XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), pp. 559-561; P铆o XII, AAS 43 (1951), p. 843; AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), n. 447.

17

Cfr. P铆o XII, Aloc. al Congreso Nacional de la Uni贸n de Juristas Cat贸licos Italianos, 6 diciembre 1953, AAS 45 (1953), pp. 798-799.

18

Cfr. Rom., 3, 8.

19

Cfr. P铆o XII, Aloc. a los Participantes al Congreso de la Asociaci贸n Italiana de Urolog铆a, 8 octubre 1953, AAS 45 (1953), pp. 674-675; AAS 50 (1958), pp. 734-735.

20

Cfr. P铆o XII, AAS 43 (1951), p. 846.

21

AAS 45 (1953), pp. 674-675; Aloc. a los Dirigentes y Socios de la Asociaci贸n Italiana de Donadores de C贸rnea, AAS 48 (1956), pp. 461-462.

22

Luc., 2, 34.

23

Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, 26 de marzo 1967, n. 21.

24

Cfr. Rom., cap. 8.

25

Cfr. Conc. Vat. II, Decreto Inter Mirifica sobre los medios de comunicaci贸n social, nn. 6-7.

26

Cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.

27

Cfr. Enc. Populorum Progressio, nn. 48-55.

28

Gaudium et Spes, n. 52.

29

Cfr. AAS 43 (1951), p. 859.

30

Gaudium et Spes, n. 51.

31

Cfr. Mat., 11, 30.

32

Cfr. Gaudium et Spes, n. 48; Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 35.

33

Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11.

34

Cfr. Tit., 2, 12.

35

Cfr. I Cor., 7, 31.

36

Rom., 5, 5.

37

Ef., 5, 25, 28-29, 32-33.

38

Cfr. Lumen Gentium, nn. 35 y 41; Gaudium et Spes, nn. 48 y 49; Conc. Vat. II, Decret. Apostolicam Actuositatem, n. 11.

39

Cfr. Lumen Gentium, n. 25.

40

I Cor., 1, 10.

41

Cfr. Jn., 3, 17.
Consultas

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