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S.S. Pío XII, Haurietis aquas
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Haurietis aquas

Carta enc√≠clica de S.S. P√≠o XII sobre el culto y la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs

Beber√©is aguas con gozo en las fuentes del Salvador 1 . Estas palabras con las que el profeta Isa√≠as prefiguraba simb√≥licamente los m√ļltiples y abundantes bienes que la era mesi√°nica hab√≠a de traer consigo, vienen espont√°neas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien a√Īos pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., P√≠o IX, correspondiendo a los deseos del orbe cat√≥lico, mand√≥ celebrar la fiesta del Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs en la Iglesia universal.

Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Coraz√≥n infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del ap√≥stol Santiago: Toda d√°diva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces 2 , raz√≥n tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez m√°s fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y √ļnico Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el g√©nero humano, ha concedido a la Iglesia, su m√≠stica Esposa, en el curso de los √ļltimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar m√°s ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir m√°s fielmente esta exhortaci√≥n que, seg√ļn el evangelista San Juan, profiri√≥ el mismo Jesucristo: En el √ļltimo gran d√≠a de la fiesta, Jes√ļs, habi√©ndose puesto en pie, dijo en alta voz: "El que tiene sed, venga a m√≠ y beba el que cree en m√≠". Pues, como dice la Escritura, "de su seno manar√°n r√≠os de agua viva". Y esto lo dijo El del Esp√≠ritu que hab√≠an de recibir lo que creyeran en El 3 . Los que escuchaban estas palabras de Jes√ļs, con la promesa de que hab√≠an de manar de su seno r√≠os de agua viva, f√°cilmente las relacionaban con los vaticinios de Isa√≠as, Ezequiel y Zacar√≠as, en los que se profetizaba el reino del Mes√≠as, y tambi√©n con la simb√≥lica piedra, de la que, golpeada por Mois√©s, milagrosamente hubo de brotar agua 4 .

2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado 5 .

Este tan estrecho v√≠nculo que, seg√ļn la Sagrada Escritura, existe entre el Esp√≠ritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez m√°s en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, Venerables Hermanos, la √≠ntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religi√≥n por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya se√Īal y s√≠mbolo m√°s viviente es su Coraz√≥n traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido a√ļn m√°s profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues s√≥lo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro coraz√≥n se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como est√° escrito: Quien al Se√Īor se adhiere, un esp√≠ritu es con El 6 .

I. S√ďLIDOS PRINCIPIOS

3. La Iglesia siempre ha tenido en tan grande estima el culto del Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, adem√°s, en√©rgicamente contra las acusaciones del "Naturalismo" y del "Sentimentalismo"; sin embargo, es muy doloroso comprobar c√≥mo, en lo pasado y aun en nuestros d√≠as, este nobil√≠simo culto no es tenido en el debido honor y estimaci√≥n por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religi√≥n cat√≥lica y por su propia santificaci√≥n.

Si t√ļ conocieses el don de Dios 7 . Con estas palabras, Venerables Hermanos, Nos, que por divina disposici√≥n hemos sido constituidos guardi√°n y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de Nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de Nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo M√≠stico, todav√≠a abrigan prejuicios hacia √©l y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las m√°s apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la √≠ndole de este culto con las diversas formas particulares de devoci√≥n, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, seg√ļn le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energ√≠as espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad cat√≥lica, a la difusi√≥n de la doctrina social cat√≥lica, y a la multiplicaci√≥n de aquellas pr√°cticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho m√°s necesarias en nuestros d√≠as. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoci√≥n, m√°s saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; as√≠ la juzgan m√°s propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los esp√≠ritus cultivados.

Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.

4. ¬ŅQui√©n no ve, Venerables Hermanos, la plena oposici√≥n entre estas opiniones y el sentir de Nuestros Predecesores, que desde esta c√°tedra de verdad aprobaron p√ļblicamente el culto del Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs? ¬ŅQui√©n se atrever√° a llamar in√ļtil o menos acomodada a nuestros tiempos esta devoci√≥n que Nuestro Predecesor, de i. m., Le√≥n XIII, llam√≥ pr√°ctica religiosa dign√≠sima de todo encomio, y en la que vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros d√≠as, en forma m√°s aguda y m√°s amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? Esta devoci√≥n -dec√≠a-, que a todos recomendamos, a todos ser√° de provecho. Y a√Īad√≠a este aviso y exhortaci√≥n que se refiere a la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n: Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel √ļnico, que puede alejarlas. Mas ¬Ņqui√©n podr√° ser Este sino Jesucristo, el Unig√©nito de Dios? "Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos" 8 . Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es "camino, verdad y vida" 9 .

No menos recomendable ni menos apto para fomentar la piedad cristiana lo juzg√≥ Nuestro inmediato Predecesor, de f. m., P√≠o XI, en su enc√≠clica Miserentissimus Redemptor: ¬ŅNo est√°n acaso contenidos en esta forma de devoci√≥n el compendio de toda la religi√≥n y aun la norma de vida m√°s perfecta, puesto que constituye el medio m√°s suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Se√Īor nuestro y el medio m√°s eficaz que las mueve a amarle con m√°s ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia? 10 .

Nos, por Nuestra parte, en no menor grado que Nuestros Predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad; y cuando fuimos elevados al sumo pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs entre el pueblo cristiano, sentimos Nuestro √°nimo lleno de gozo y Nos regocijamos por los innumerables frutos de salvaci√≥n que produc√≠a en toda la Iglesia; sentimientos que Nos complacimos en expresar ya en Nuestra primera Enc√≠clica 11 . Estos frutos, a trav√©s de los a√Īos de Nuestro pontificado -llenos de sufrimientos y angustias, pero tambi√©n de inefables consuelos-, no se mermaron en n√ļmero, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada d√≠a mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual y a promover la religi√≥n y la beneficencia; publicaciones de car√°cter hist√≥rico, asc√©tico y m√≠stico para explicar su doctrina; piadosas pr√°cticas de reparaci√≥n y, de manera especial, las manifestaciones de ardent√≠sima piedad promovidas por el Apostolado de la Oraci√≥n, a cuyo celo y actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado Nuestra paternal complacencia 12 .

5. Conmovidos, pues, al ver c√≥mo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Coraz√≥n de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia cat√≥lica por obra e inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, no podemos menos, Venerables Hermanos, de exhortaros con √°nimo paternal a que, juntamente con Nos, tribut√©is alabanzas y rendida acci√≥n de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Ap√≥stol: Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso m√°s de lo que pedimos o pensamos, seg√ļn la potencia que despliega en nosotros su energ√≠a, a El la gloria en la Iglesia y en Cristo Jes√ļs por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Am√©n 13 . Pero, despu√©s de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta Enc√≠clica exhortaros a vosotros y a todos los amad√≠simos hijos de la Iglesia a una m√°s atenta consideraci√≥n de los principios doctrinales -contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los te√≥logos-, sobre los cuales, como sobre s√≥lidos fundamentos, se apoya el culto del Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs. Porque Nos estamos plenamente persuadidos de que s√≥lo cuando a la luz de la divina revelaci√≥n hayamos penetrado m√°s a fondo en la naturaleza y esencia √≠ntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensi√≥n de la fiesta del Sacrat√≠simo Coraz√≥n a la Iglesia universal.

Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que m√°s f√°cilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de √©l los frutos m√°s abundantes, Nos detendremos, ante todo, en las p√°ginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el g√©nero humano, pues jam√°s podremos escudri√Īar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la √≠ntima conexi√≥n existente entre la forma de devoci√≥n que se debe tributar al Coraz√≥n del Divino Redentor y el culto que los hombres est√°n obligados a dar al amor que El y las otras Personas de la Sant√≠sima Trinidad tienen a todo el g√©nero humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradici√≥n los elementos constitutivos de esta devoci√≥n tan noble, ser√° m√°s f√°cil a los cristianos de ver con gozo las aguas en las fuentes del Salvador 14 ; es decir, podr√°n apreciar mejor la singular importancia que el culto al Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y tambi√©n en sus obras: as√≠ podr√° cada uno obtener aquellos frutos espirituales que se√Īalar√°n una saludable renovaci√≥n en sus costumbres, seg√ļn lo desean los Pastores de la grey de Cristo.

6. Para comprender mejor, en orden a esta devoci√≥n, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al Coraz√≥n del Divino Redentor el culto de latr√≠a. Tal motivo, como bien sab√©is, Venerables Hermanos, es doble: el primero, com√ļn tambi√©n a los dem√°s miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Coraz√≥n, por ser la parte m√°s noble de su naturaleza humana, est√° unido hipost√°ticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoraci√≥n con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe cat√≥lica, solemnemente definida en el Concilio Ecum√©nico de Efeso y en el II de Constantinopla 15 . El otro motivo se refiere ya de manera especial al Coraz√≥n del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un t√≠tulo esencialmente propio para recibir el culto de latr√≠a: su Coraz√≥n, m√°s que ning√ļn otro miembro de su Cuerpo, es un signo o s√≠mbolo natural de su inmensa caridad hacia el g√©nero humano. Es innata al Sagrado Coraz√≥n, observaba Nuestro Predecesor Le√≥n XIII, de f. m., la cualidad de ser s√≠mbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor 16 .

Es indudable que los Libros Sagrados nunca hacen una mención clara de un culto de especial veneración y amor, tributado al Corazón físico del Verbo Encarnado como a símbolo de su encendidísima caridad. Este hecho, que se debe reconocer abiertamente, no nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a nosotros -razón principal de este culto- es proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.

7. Por lo que toca a Nuestro prop√≥sito, al escribir esta Enc√≠clica, no juzgamos necesario aducir muchos textos de los libros del Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades reveladas por Dios; creemos baste recordar la Alianza establecida entre Dios y el pueblo elegido, consagrada con v√≠ctimas pac√≠ficas -cuyas leyes fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulg√≥ Mois√©s 17 e interpretaron los profetas-; alianza, ratificada por los v√≠nculos del supremo dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los hombres, pero consolidada y vivificada por los m√°s nobles motivos del amor. Porque aun para el mismo pueblo de Israel, la raz√≥n suprema de obedecer a Dios era no ya el temor de las divinas venganzas, que los truenos y rel√°mpagos fulgurantes en la ardiente cumbre del Sina√≠ suscitaban en los √°nimos, sino m√°s bien el amor debido a Dios: Escucha, Israel: El Se√Īor, nuestro Dios, es el √ļnico Se√Īor. Amar√°s, pues al Se√Īor tu Dios con todo tu coraz√≥n, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estar√°n en tu coraz√≥n 18 .

No nos extra√Īemos, pues, si Mois√©s y los profetas, a quien con toda raz√≥n llama el Ang√©lico Doctor los "mayores" del pueblo elegido 19 , comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley se basaba en este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas existentes entre Dios y su naci√≥n, recurriendo a semejanzas sacadas del amor rec√≠proco entre padre e hijo, o entre los esposos, y no representarlas con severas im√°genes inspiradas en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada servidumbre llena de temor.

As√≠, por ejemplo, Mois√©s mismo, en su celeb√©rrimo c√°ntico, al ver liberado su pueblo de la servidumbre de Egipto, queriendo expresar c√≥mo esa liberaci√≥n era debida a la intervenci√≥n omnipotente de Dios, recurre a estas conmovedoras expresiones e im√°genes: Como el √°guila que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de ellos revolotea, as√≠ (Dios) despleg√≥ sus alas, alz√≥ (a Israel) y le llev√≥ en sus hombros 20 . Pero ninguno, tal vez, entre los Profetas, expresa y descubre tan clara y ardientemente como Oseas el amor constante de Dios hacia su pueblo. En efecto; en los escritos de este profeta que entre los profetas menores sobresale por la profundidad de conceptos y la concisi√≥n del lenguaje, se describe a Dios amando a su pueblo escogido con un amor justo y lleno de santa solicitud, cual es el amor de un padre lleno de misericordia y amor, o el de un esposo herido en su honor. Es un amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas infidelidades y p√©rfidas traiciones, las castiga, s√≠, como lo merecen en los culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a s√≠ mismos, sino s√≥lo con el fin de limpiar y purificar a la esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para hacerles volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y confirmados los v√≠nculos de amor: Cuando Israel era ni√Īo, yo le am√©; y de Egipto llam√© a mi hijo... Yo ense√Ī√© a andar a Efra√≠n, los tom√© en mis brazos, mas ellos no comprendieron que yo los cuidaba. Los conduc√≠a con cuerdas de humanidad, con lazos de amor... Sanar√© su rebeld√≠a, los amar√© generosamente, pues mi ira se ha apartado de ellos. Ser√© como el roc√≠o para Israel, florecer√° √©l como el lirio y echar√° sus ra√≠ces como el L√≠bano 21 .

Expresiones semejantes tiene el profeta Isa√≠as, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo escogido como dialogando y discutiendo entre s√≠ con opuestos sentimientos: Mas Si√≥n dijo: Me ha abandonado el Se√Īor, el Se√Īor se ha olvidado de m√≠. ¬ŅPuede, acaso, una mujer olvidar a su peque√Īuelo hasta no apiadarse del hijo de sus entra√Īas? Aunque esta se olvidare, yo no me olvidar√© de ti 22 .

Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las doncellas... Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre lirios... Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas 23 .

8. Este amor de Dios tan tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo definitivamente; se nos muestra, sí, vehemente y sublime; pero no es así, en sustancia, sino el preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de la Nueva Alianza.

Porque, en verdad s√≥lo Aquel que es el Unig√©nito del Padre y el Verbo hecho carne lleno de gracia y de verdad 24 , al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, pod√≠a hacer que de su naturaleza humana, unida hipost√°ticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regar√≠a copiosamente la tierra √°rida de la humanidad, transform√°ndola en florido jard√≠n lleno de frutos. Obra admirable que hab√≠a de realizar el amor misericordios√≠simo y eterno de Dios, y que ya parece preanunciar en cierto modo el profeta Jerem√≠as con estas palabras: Te he amado con un amor eterno, por eso te he atra√≠do a m√≠ lleno de misericordia... He aqu√≠ que vienen d√≠as, afirma el Se√Īor, en que pactar√© con la casa de Israel y con la casa de Jud√° una alianza nueva; ... Este ser√° el pacto que yo concertar√© con la casa de Israel despu√©s de aquellos d√≠as, declara el Se√Īor: Pondr√© mi ley en su interior y la escribir√© en su coraz√≥n; yo les ser√© su Dios, y ellos ser√°n mi pueblo...; porque les perdonar√© su culpa y no me acordar√© ya de su pecado 25 .

II. NUEVO TESTAMENTO TRADICI√ďN

9. Pero tan s√≥lo por los Evangelios llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza estipulada entre Dios y la humanidad -de la cual la alianza pactada por Mois√©s entre el pueblo y Dios, fue tan solo una prefiguraci√≥n simb√≥lica, y el vaticinio de Jerem√≠as una mera predicci√≥n- es la misma que estableci√≥ y realiz√≥ el Verbo Encarnado, mereci√©ndonos la gracia divina. Esta Alianza es incomparablemente m√°s noble y m√°s s√≥lida, porque a diferencia de la precedente, no fue sancionada con sangre de cabritos y novillos, sino con la Sangre Sacrosanta de Aquel a quienes aquellos animales pac√≠ficos y privados de raz√≥n prefiguraban: el cordero de Dios que quita el pecado del mundo 26 . Porque la Alianza cristiana, m√°s a√ļn que la antigua, se manifiesta claramente como un pacto fundado no en la servidumbre o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las relaciones entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por una m√°s generosa efusi√≥n de la gracia divina y de la verdad, seg√ļn la sentencia del Evangelista San Juan: De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la ley fue dada por Mois√©s, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido 27 .

Introducidos por estas palabras del Disc√≠pulo amado y que, durante la Cena, reclin√≥ su cabeza sobre el pecho de Jes√ļs 28 , en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es cosa digna, justa, recta y saludable, que nos detengamos un poco, Venerables Hermanos, en la contemplaci√≥n de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre √©l proyectan las p√°ginas del Evangelio, podamos tambi√©n nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el Ap√≥stol a los fieles de Efeso: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, de modo que, arraigados y cimentados en la caridad, pod√°is comprender con todos los santos cu√°l es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte que est√©is llenos de toda la plenitud de Dios 29 .

10. En efecto, el Misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de amor; esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano: Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios por el género humano 30 . Además, el misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso de la augusta trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo esta del todo incapaz de ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos 31 , Cristo, mediante la inescrutable riqueza de méritos, que nos ganó con la efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el Paraíso terrenal por culpa de Adan y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo escogido.

Por lo tanto, el Divino Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hacia nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: Conviene observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente tanto a su justicia como a su misericordia. Ante todo, a la justicia; porque con su pasión Cristo satisfizo por la culpa del género humano, y, por consiguiente, por la justicia de Cristo el hombre fue libertado. Y, en segundo lugar, a la misericordia; porque, no siéndole posible al hombre satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo. Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin exigir satisfacción alguna. Por ello está escrito: Dios, que es rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo 32 .

11. Pero a fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, comprender con todos los santos cu√°l es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad 33 del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue √ļnicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que Dios es esp√≠ritu 34 . Es indudable que de √≠ndole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y s√≠mbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al g√©nero humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Ap√≥stoles y de las p√°ginas del Apocalipsis, al describir el amor del Coraz√≥n mismo de Jes√ļs, comprende no s√≥lo la caridad divina, sino tambi√©n los sentimientos de un afecto humano. Para todos los cat√≥licos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenaci√≥n del Ap√≥stol San Juan: Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mes√≠as venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo 35 . En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, √≠ntegra y perfecta, concebida en el seno pur√≠simo de la Virgen Mar√≠a por virtud del Esp√≠ritu Santo 36 . Nada, pues, falt√≥ a la naturaleza humana que se uni√≥ el Verbo de Dios. El la asumi√≥ plena e √≠ntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las dem√°s facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto ense√Īa la Iglesia cat√≥lica, y est√° sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pont√≠fices y los Concilios Ecum√©nicos: Entero en sus propiedades, entero en las nuestras 37 ; perfecto en la divinidad y El mismo perfecto en la humanidad 38 ; todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios 39 .

12. Luego si no hay duda alguna de que Jes√ļs pose√≠a un verdadero Cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, tambi√©n es igualmente verdad que El estuvo provisto de un coraz√≥n f√≠sico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Coraz√≥n de Cristo, unido hipost√°ticamente a la Persona divina del Verbo, palpit√≥ de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armon√≠a con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en com√ļn con el Padre y el Esp√≠ritu Santo, que entre estos tres amores jam√°s hubo falta de acuerdo y armon√≠a 40 .

Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un coraz√≥n de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no s√≥lo bajo la luz que emana de la uni√≥n hipost√°tica y sustancial, sino tambi√©n bajo la que procede de la Redenci√≥n del hombre, que es, por decirlo as√≠, el complemento de aqu√©lla, podr√≠a parecer a algunos esc√°ndalo y necedad, como de hecho pareci√≥ a los jud√≠os y gentiles Cristo crucificado 41 . Ahora bien: los S√≠mbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unig√©nito de Dios tom√≥ una naturaleza humana capaz de padecer y morir, principalmente por raz√≥n del Sacrificio de la cruz, donde El deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvaci√≥n de los hombres. Esta es, adem√°s, la doctrina expuesta por el Ap√≥stol de las Gentes: Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desde√Īa de llamarlos hermanos, diciendo: "Anunciar√© tu nombre a mis hermanos...". Y tambi√©n: "Heme aqu√≠ a m√≠ y a los hijos que Dios me ha dado". Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, El tambi√©n particip√≥ de las mismas cosas... Por lo cual debi√≥, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pont√≠fice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue probado con lo que padeci√≥, por ello puede socorrer a los que son probados 42 .

13. Los Santos Padres, testigos verídicos de la doctrina revelada, entendieron muy bien lo que ya el apóstol San Pablo había claramente significado, a saber, que el misterio del amor divino es como el principio y el coronamiento de la obra de la Encarnación y Redención. Con frecuente claridad se lee en sus escritos que Jesucristo tomó en sí una naturaleza humana perfecta, con un cuerpo frágil y caduco como el nuestro, para procurarnos la salvación eterna, y para manifestarnos y darnos a entender, en la forma más evidente, así su amor infinito como su amor sensible.

San Justino, que parece un eco de la voz del Ap√≥stol de las Gentes, escribe lo siguiente: Amamos y adoramos al Verbo nacido de Dios inefable y que no tiene principio: El, en verdad, se hizo hombre por nosotros para que, al hacerse part√≠cipe de nuestras dolencias, nos procurase su remedio 43 . Y San Basilio, el primero de los tres Padres de Capadocia, afirma que los afectos sensibles de Cristo fueron verdaderos y al mismo tiempo santos: Aunque todos saben que el Se√Īor posey√≥ los afectos naturales en confirmaci√≥n de su verdadera y no fant√°stica encarnaci√≥n, sin embargo, rechaz√≥ de s√≠ como indignos de su pur√≠sima divinidad los afectos viciosos, que manchan la pureza de nuestra vida 44 . Igualmente, San Juan Cris√≥stomo, lumbrera de la Iglesia antioquena, confiesa que las conmociones sensibles de que el Se√Īor dio muestra prueban irrecusablemente que posey√≥ la naturaleza humana en toda su integridad: Si no hubiera pose√≠do nuestra naturaleza, no hubiera experimentado una y m√°s veces la tristeza 45 .

Entre los Padres latinos merecen recuerdo los que hoy venera la Iglesia como máximos Doctores. San Ambrosio afirma que la unión hipostática es el origen natural de los afectos y sentimientos que el Verbo de Dios encarnado experimentó: Por lo tanto, ya que tomó el alma, tomó las pasiones del alma; pues Dios, como Dios que es, no podía turbarse ni morir 46 .

En estas mismas reacciones apoya San Jer√≥nimo el principal argumento para probar que Cristo tom√≥ realmente la naturaleza humana: Nuestro Se√Īor se entristeci√≥ realmente, para poner de manifiesto la verdad de su naturaleza humana 47 .

Particularmente, San Agust√≠n nota la √≠ntima uni√≥n existente entre los sentimientos del Verbo encarnado y la finalidad de la Redenci√≥n humana: El Se√Īor, pues, se revisti√≥ de estos sentimientos de la fr√°gil naturaleza humana, as√≠ como de la carne misma que forma parte de la d√©bil naturaleza del hombre, y aun de la muerte de la humana carne; y ello, no obligado por necesidad de su condici√≥n divina, sino movido por su libre voluntad de usar misericordia con nosotros; esto es, para poder ofrecer en S√≠ mismo modelo que imitar a su cuerpo -la Iglesia-, de la que se dign√≥ hacerse cabeza, esto es, a sus miembros- que son sus santos y sus fieles; de tal suerte que si a alguno de ellos, bajo la opresi√≥n de las tentaciones humanas, le tocara entristecerse y sufrir, no por ello pensase haber quedado sustra√≠do al influjo de su gracia, antes comprendiese que semejantes afecciones de por s√≠, no tanto son pecados, cuanto s√≥lo indicios de la pasibilidad humana. Y as√≠ su Cuerpo M√≠stico, semejante a un coro de voces acorde con la que da el tono, habr√≠a aprendido ya de su propia Cabeza 48 .

Doctrina de la Iglesia, que con mayor concisión y no menor fuerza testifican estos pasajes de San Juan Damasceno: En verdad que todo Dios ha tomado todo lo que en mí es hombre, y todo se ha unido a todo para procurar la salvación de todo el hombre. De otra manera no hubiera podido sanar lo que no asumió 49 . Cristo, pues, asumió los elementos todos que componen la naturaleza humana, a fin de que todos fueran santificados 50 .

14. Es, sin embargo, de razón que ni los Autores sagrados ni los Padres de la Iglesia que hemos citado y otros semejantes, aunque prueban abundantemente que Jesucristo estuvo sujeto a los sentimientos y afectos humanos y que por eso precisamente tomó la naturaleza humana para procurarnos la eterna salvación, no refieran expresamente dichos afectos a su corazón físicamente considerado, hasta hacer de él expresamente un símbolo de su amor infinito.

Por m√°s que los Evangelistas y los dem√°s escritores eclesi√°sticos no nos describan directamente los varios efectos que en el ritmo pulsante del Coraz√≥n de nuestro Redentor, no menos vivo y sensible que el nuestro, se debieron indudablemente a las diversas conmociones y afectos de su alma y a la ardent√≠sima caridad de su doble voluntad -divina y humana-, sin embargo, frecuentemente ponen de relieve su divino amor y todos los dem√°s afectos con √©l relacionados: el deseo, la alegr√≠a, la tristeza, el temor y la ira, seg√ļn se manifiestan en las expresiones de su mirada, palabras y actos. Y principalmente el rostro adorable de nuestro Salvador, sin duda, debi√≥ aparecer como signo y casi como espejo fidel√≠simo de los afectos, que, conmoviendo en varios modos su √°nimo, a semejanza de olas que se entrechocan, llegaban a su Coraz√≥n sant√≠simo y determinaban sus latidos. A la verdad, vale tambi√©n a prop√≥sito de Jesucristo, cuanto el Doctor Ang√©lico, amaestrado por la experiencia, observa en materia de psicolog√≠a humana y de los fen√≥menos de ella derivados: La turbacion de la ira repercute en los miembros externos y principalmente en aquellos en que se refleja m√°s la influencia del coraz√≥n, como son los ojos, el semblante, la lengua 51 .

15. Luego, con toda raz√≥n, es considerado el coraz√≥n del Verbo Encarnado como signo y principal s√≠mbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, s√≠mbolo del divino amor que en El es com√ļn con el Padre y el Esp√≠ritu Santo, y que s√≥lo en El, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y fr√°gil velo del cuerpo humano, ya que en El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente 52 . Adem√°s, el Coraz√≥n de Cristo es s√≠mbolo de la ardent√≠sima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfect√≠sima ciencia, la beat√≠fica y la infusa 53 .

Finalmente, y esto en modo m√°s natural y directo, el Coraz√≥n de Jes√ļs es s√≠mbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno cast√≠simo de la Virgen Mar√≠a por obra del Esp√≠ritu Santo, supera en perfecci√≥n, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los dem√°s cuerpos humanos 54 .

16. Aleccionados, pues, por los Sagrados Textos y por los S√≠mbolos de la fe, sobre la perfecta consonancia y armon√≠a que reina en el alma sant√≠sima de Jesucristo y sobre c√≥mo El dirigi√≥ al fin de la Redenci√≥n las manifestaciones todas de su triple amor, podemos ya con toda seguridad contemplar y venerar en el Coraz√≥n del Divino Redentor la imagen elocuente de su caridad y la prueba de haberse ya cumplido nuestra Redenci√≥n, y como una m√≠stica escala para subir al abrazo de Dios nuestro Salvador 55 . Por eso, en las palabras, en los actos, en la ense√Īanza, en los milagros y especialmente en las obras que m√°s claramente expresan su amor hacia nosotros -como la instituci√≥n de la divina Eucarist√≠a, su dolorosa pasi√≥n y muerte, la benigna donaci√≥n de su Sant√≠sima Madre, la fundaci√≥n de la Iglesia para provecho nuestro y, finalmente, la misi√≥n del Esp√≠ritu Santo sobre los Ap√≥stoles y sobre nosotros-, en todas estas obras, decimos Nos, hemos de admirar otras tantas pruebas de su triple amor, y meditar los latidos de su Coraz√≥n, con los cuales quiso medir los instantes de su terrenal peregrinaci√≥n hasta el momento supremo, en el que, como atestiguan los Evangelistas, Jes√ļs, luego de haber clamado de nuevo con gran voz, dijo: "Todo est√° consumado". E inclinado la cabeza, entreg√≥ su esp√≠ritu 56 . S√≥lo entonces su Coraz√≥n se par√≥ y dej√≥ de latir, y su amor sensible permaneci√≥ como en suspenso, hasta que, triunfando de la muerte, se levant√≥ del sepulcro.

Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor, victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza Mística.

III. EL CORAZ√ďN DE JESUS Y LA MISI√ďN SALVADORA DEL REDENTOR

17. Ahora, Venerables Hermanos, para que de estas Nuestras piadosas consideraciones podamos sacar abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal. En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz, con la cual, iluminados y fortalecidos, podremos penetrar en el templo de este divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes las abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo 57 .

18. El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano, desde que la Virgen María pronunció su Fiat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, al entrar en el mundo dijo: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad..." Por esta "voluntad" hemos sido santificados mediante la "oblación del cuerpo" de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre 58 .

De manera semejante palpitaba de amor su Coraz√≥n, en perfecta armon√≠a con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de Nazaret manten√≠a celestiales coloquios con su dulc√≠sima Madre y con su padre putativo, San Jos√©, al que obedec√≠a y con quien colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo triple amor mov√≠a a su Coraz√≥n en su continuo peregrinar apost√≥lico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando resucitaba a los muertos o devolv√≠a la salud a toda clase de enfermos, cuando sufr√≠a trabajos, soportaba el sudor, hambre y sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oraci√≥n ante su Padre amant√≠simo; en fin, cuando daba ense√Īanzas o propon√≠a y explicaba par√°bolas, especialmente las que m√°s nos hablan de la misericordia, como la par√°bola de la dracma perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pr√≥digo. En estas palabras y en estas obras, como dice San Gregorio Magno, se manifiesta el Coraz√≥n mismo de Dios: Mira el Coraz√≥n de Dios en las palabras de Dios, para que con m√°s ardor suspires por los bienes eternos 59 .

Con amor aun mayor lat√≠a el Coraz√≥n de Jesucristo cuando de su boca sal√≠an palabras inspiradas en amor ardent√≠simo. As√≠, para poner alg√ļn ejemplo, cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: Me da compasi√≥n esta multitud de gentes 60 ; y cuando, a la vista de Jerusal√©n, su predilecta ciudad, destinada a una fatal ruina por su obstinaci√≥n en el pecado, exclam√≥: Jerusal√©n, Jerusal√©n, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados; ¬°cuantas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y t√ļ no lo has querido! 61 . Su Coraz√≥n palpit√≥ tambi√©n de amor hacia su Padre y de santa indignaci√≥n cuando vio el comercio sacr√≠lego que en el templo se hac√≠a, e increp√≥ a los violadores con estas palabras: Escrito est√°: "Mi casa ser√° llamada casa de oraci√≥n"; mas vosotros hac√©is de ella una cueva de ladrones 62 .

19. Pero particularmente se conmovi√≥ de amor y de temor su Coraz√≥n, cuando ante la hora ya tan inminente de los cruel√≠simos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclam√≥: Padre m√≠o, si es posible, pase de m√≠ este c√°liz 63 ; vibr√≥ luego con invicto amor y con amargura suma, cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigi√≥ aquellas palabras que suenan a √ļltima invitaci√≥n de su Coraz√≥n misericordios√≠simo al amigo que, con √°nimo imp√≠o, infiel y obstinado, se dispon√≠a a entregarlo en manos de sus verdugos: Amigo, ¬Ņa qu√© has venido aqu√≠? ¬ŅCon un beso entregas al Hijo del hombre? 64 ; en cambio, se desbord√≥ con regalado amor y profunda compasi√≥n, cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, las dijo as√≠: Hijas de Jerusal√©n, no llor√©is por m√≠; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si as√≠ tratan al √°rbol verde, ¬Ņen el seco qu√© se har√°? 65 .

Finalmente, colgado ya en la cruz el Divino Redentor, es cuando siente c√≥mo su Coraz√≥n se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los m√°s variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardent√≠simo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: Padre, perd√≥nales, porque no saben lo que hacen 66 ; Dios m√≠o, Dios m√≠o, ¬Ņpor qu√© me has desamparado? 67 ; En verdad te digo: Hoy estar√°s conmigo en el para√≠so 68 ; Tengo sed 69 ; Padre, en tus manos encomiendo mi esp√≠ritu 70 .

20. ¬ŅQui√©n podr√° dignamente describir los latidos del Coraz√≥n divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus m√°s preciados dones: a S√≠ mismo en el sacramento de la Eucarist√≠a, a su Madre Sant√≠sima y la participacion en el oficio sacerdotal?

Ya antes de celebrar la √ļltima cena con sus disc√≠pulos, s√≥lo al pensar en la instituci√≥n del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusi√≥n hab√≠a de sellarse la Nueva Alianza, en su Coraz√≥n sinti√≥ intensa conmoci√≥n, que manifest√≥ a sus ap√≥stoles con estas palabras: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer 71 ; conmoci√≥n que, sin duda, fue a√ļn m√°s vehemente cuando tom√≥ el pan, dio gracias, lo parti√≥ y lo dio a ellos, diciendo: "Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria m√≠a". Y as√≠ hizo tambi√©n con el c√°liz, luego de haber cenado, y dijo: "Este c√°liz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramar√° por vosotros" 72 .

Con raz√≥n, pues, debe afirmarse que la divina Eucarist√≠a, como sacramento por el que El se da a los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso 73 , y tambi√©n el Sacerdocio, son clar√≠simos dones del Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs.

Don también muy precioso del sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la Santísima Virgen, Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues, justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la gracia. Con razón escribe de ella San Agustín: Evidentemente Ella es la Madre de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza 74 .

Al don incruento de S√≠ mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la Cruz. As√≠ daba ejemplo de aquella sublime caridad que √©l propuso a sus disc√≠pulos como meta suprema del amor, con estas palabras: Nadie tiene amor m√°s grande que el que da su vida por sus amigos 75 . De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del G√≥lgota, del modo m√°s elocuente, el amor mismo de Dios: En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y as√≠ nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos 76 . Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado m√°s por la interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Coraz√≥n hizo a cada uno de los hombres, seg√ļn la concisa expresi√≥n del Ap√≥stol: Me am√≥ y se entreg√≥ a s√≠ mismo por m√≠ 77 .

21. No hay, pues, duda de que el Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, al ser participante tan √≠ntimo de la vida del Verbo encarnado y, al haber sido, por ello asumido como instrumento de la divinidad, no menos que los dem√°s miembros de su naturaleza humana, para realizar todas las obras de la gracia y de la omnipotencia divina 78 , por lo mismo es tambi√©n s√≠mbolo leg√≠timo de aquella inmensa caridad que movi√≥ a nuestro Salvador a celebrar, por el derramamiento de la sangre, su m√≠stico matrimonio con la Iglesia: Sufri√≥ la pasi√≥n por amor a la Iglesia que hab√≠a de unir a s√≠ como Esposa 79 . Por lo tanto, del Coraz√≥n traspasado del Redentor naci√≥ la Iglesia, verdadera dispensadora de la sangre de la Redenci√≥n; y del mismo fluye abundantemente la gracia de los sacramentos que a los hijos de la Iglesia comunican la vida sobrenatural, como leemos en la sagrada Liturgia: Del Coraz√≥n abierto nace la Iglesia, desposada con Cristo... T√ļ, que del Coraz√≥n haces manar la gracia 80 .

De este simbolismo, no desconocido para los antiguos Padres y escritores eclesi√°sticos, el Doctor com√ļn escribe, haci√©ndose su fiel int√©rprete: Del costado de Cristo brot√≥ agua para lavar y sangre para redimir. Por eso la sangre es propia del sacramento de la Eucarist√≠a; el agua, del sacramento del Bautismo, el cual, sin embargo, tiene su fuerza para lavar en virtud de la sangre de Cristo 81 . Lo afirmado del costado de Cristo, herido y abierto por el soldado, ha de aplicarse a su Coraz√≥n, al cual, sin duda, lleg√≥ el golpe de la lanza, asestado precisamente por el soldado para comprobar de manera cierta la muerte de Jesucristo.

Por ello, durante el curso de los siglos, la herida del Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs, muerto ya a esta vida mortal, ha sido la imagen viva de aquel amor espont√°neo por el que Dios entreg√≥ a su Unig√©nito para la redenci√≥n de los hombres, y por el que Cristo nos am√≥ a todos con tan ardiente amor, que se inmol√≥ a s√≠ mismo como v√≠ctima cruenta en el Calvario: Cristo nos am√≥, y se ofreci√≥ a s√≠ mismo a Dios, en oblaci√≥n y hostia de olor suav√≠simo 82 .

22. Despu√©s que nuestro Salvador subi√≥ al cielo con su cuerpo glorificado y se sent√≥ a la diestra de Dios Padre, no ha cesado de amar a su esposa, la Iglesia, con aquel inflamado amor que palpita en su Coraz√≥n. Aun en la gloria del cielo, lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado los esplendentes trofeos de su triple victoria: sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva, adem√°s, en su Coraz√≥n, como en arca precios√≠sima, aquellos inmensos tesoros de sus m√©ritos, frutos de su triple victoria, que ahora distribuye con larguez al g√©nero humano ya redimido. Esta es una verdad consoladora, ense√Īada por el Ap√≥stol de las Gentes, cuando escribe: Al subirse a lo alto llev√≥ consigo cautiva a una grande multitud de cautivos, y derram√≥ sus dones sobre los hombres... El que descendi√≥, ese mismo es el que ascendi√≥ sobre todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas 83 .

23. La misi√≥n del Esp√≠ritu Santo a los disc√≠pulos es la primera y espl√©ndida se√Īal del mun√≠fico amor del Salvador, despu√©s de su triunfal ascensi√≥n a la diestra del Padre. De hecho, pasados diez d√≠as, el Esp√≠ritu Par√°clito, dado por el Padre celestial, baj√≥ sobre los ap√≥stoles reunidos en el Cen√°culo, como Jes√ļs mismo les hab√≠a prometido en la √ļltima cena: Yo rogar√© al Padre y √©l os dar√° otro consolador para que est√© con vosotros eternamente 84 . El Esp√≠ritu Par√°clito, por ser el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos, bajo forma de lenguas de fuego, para infundir en el alma de los disc√≠pulos la abundancia de la caridad divina y de los dem√°s carismas celestiales. Pero esta infusi√≥n de la caridad divina brota tambi√©n del Coraz√≥n de nuestro Salvador, en el cual est√°n encerrados todos los tesoros de la sabidur√≠a y de la ciencia 85 .

Esta caridad es, por lo tanto, don del Coraz√≥n de Jes√ļs y de su Esp√≠ritu. A este com√ļn Esp√≠ritu del Padre y del Hijo se debe, en primer lugar, el nacimiento de la Iglesia y su propagaci√≥n admirable en medio de todos los pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatr√≠a, el odio fraterno, la corrupci√≥n de costumbres y la violencia. Esta divina caridad, don precios√≠simo del Coraz√≥n de Cristo y de su Esp√≠ritu, es la que dio a los Ap√≥stoles y a los m√°rtires la fortaleza para predicar la verdad evang√©lica y testimoniarla hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel ardiente celo por ilustrar y defender la fe cat√≥lica; a los Confesores, para practicar las m√°s selectas virtudes y realizar las empresas m√°s √ļtiles y admirables, provechosas a la propia santificaci√≥n y a la salud eterna y temporal de los pr√≥jimos; a las V√≠rgenes, finalmente, para renunciar espont√°nea y alegremente a los goces de los sentidos, con tal de consagrarse por completo al amor del celestial Esposo.

A esta divina caridad, que redunda del Coraz√≥n del Verbo encarnado y se infunde por obra del Esp√≠ritu Santo en las almas de todos los creyentes, el Ap√≥stol de las Gentes enton√≥ aquel himno de victoria, que ensalza a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y el de los miembros de su M√≠stico Cuerpo sobre todo cuanto de algun modo se opone al establecimiento del divino Reino del amor entre los hombres: ¬ŅQui√©n podr√° separarnos del amor de Cristo? ¬ŅLa tribulaci√≥n?, ¬Ņla angustia?, ¬Ņel hambre?, ¬Ņla desnudez?, ¬Ņel riesgo, la persecuci√≥n?, ¬Ņla espada? ... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos por obra de Aquel que nos am√≥. Porque seguro estoy de que ni muerte ni vida, ni √°ngeles ni principados, ni lo presente ni lo venidero, ni poder√≠os, ni altura, ni profundidades, ni otra alguna criatura ser√° capaz de separarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo nuestro Se√Īor 86 .

24. Nada, por lo tanto, prohibe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.

As√≠, pues, el Coraz√≥n de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divino Persona del Verbo, y es imagen tambi√©n de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y as√≠ en √©l podemos considerar no s√≥lo el s√≠mbolo, sino tambi√©n, en cierto modo, la s√≠ntesis de todo el misterio de nuestra Redenci√≥n. Luego, cuando adoramos el Coraz√≥n de Jesucristo, en √©l y por √©l adoramos as√≠ el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus dem√°s afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movi√≥ a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, seg√ļn el Ap√≥stol: Cristo am√≥ a su Iglesia y se entreg√≥ a s√≠ mismo por ella, para santificarla, purific√°ndola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante s√≠ llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada 87 .

Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado 88 , y ese es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, siempre vivo para interceder por nosotros 89 . La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como en los días de su vida en la carne 90 , también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a Aquel que amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna 91 . El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor 92 .

Luego no puede haber duda alguna de que ante las s√ļplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdon√≥ a su propio Hijo, sino que lo entreg√≥ por todos nosotros 93 , por medio de El har√° descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.

IV. NACIMIENTO Y DESARROLLO DEL CULTO DEL SAGRADO CORAZ√ďN

25. Hemos querido, Venerables Hermanos, proponer a vuestra consideraci√≥n y a la del pueblo cristiano, en sus l√≠neas generales, la naturaleza √≠ntima del culto al Coraz√≥n de Jes√ļs, y las perennes gracias que de √©l se derivan, tal como resaltan de su fuente primera, la revelaci√≥n divina. Estamos persuadidos de que estas Nuestras reflexiones, dictadas por la ense√Īanza misma del Evangelio, han mostrado claramente c√≥mo este culto se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano del Verbo Encarnado, y tambi√©n con el culto al amor mismo con que el Padre y el Esp√≠ritun Santo aman a los hombres pecadores; porque, como observa el Doctor Ang√©lico, el amor de las tres Personas divinas es el principio y origen del misterio de la Redenci√≥n humana, ya que, desbord√°ndose aquel poderosamente sobre la voluntad humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su Coraz√≥n adorable, le indujo con un id√©ntico amor a derramar generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre del pecado 94 : Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¬°qu√© angustias hasta que se cumpla! 95 .

Por lo dem√°s, es persuasi√≥n Nuestra que el culto tributado al amor de Dios y de Jesucristo hacia el g√©nero humano, a trav√©s del s√≠mbolo augusto del Coraz√≥n traspasado del Redentor crucificado, jam√°s ha estado completamente ausente de la piedad de los fieles, aunque su manifestaci√≥n clara y su admirable difusi√≥n en toda la Iglesia se haya realizado en tiempos no muy remotos de nosotros, sobre todo despu√©s que el Se√Īor mismo revel√≥ este divino misterio a algunos hijos suyos, y los eligi√≥ para mensajeros y heraldos suyos, y los eligi√≥ para mensajeros y heraldos suyos, luego de haberles colmado con abundancia de dones sobrenaturales.

De hecho, siempre hubo almas especialmente consagradas a Dios que, inspiradas en los ejemplos de la excelsa Madre de Dios, de los Apóstoles y de insignes Padres de la Iglesia, han tributado culto de adoración, de gratitud y de amor a la Humanidad santísima de Cristo y en modo especial a las heridas abiertas en su Cuerpo por los tormentos de la Pasión salvadora.

Y ¬Ņc√≥mo no reconocer en aquellas palabras ¬°Se√Īor m√≠o y Dios m√≠o! 96 , pronunciadas por el ap√≥stol Tom√°s y que revelan su improvisa transformaci√≥n de incr√©dulo en fiel, una clara profesi√≥n de fe, de adoraci√≥n y de amor, que de la humanidad llagada del Salvador se elevaba hasta la majestad de la Persona Divina?

Mas si el Coraz√≥n traspasado del Redentor siempre ha llevado a los hombres a venerar su infinito amor por el g√©nero humano, porque para los cristianos de todos los tiempos han tenido siempre valor las palabras del profeta Zacar√≠as, que el evangelista San Juan aplic√≥ a Jes√ļs Crucificado: Ver√°n a Quien traspasaron 97 , obligado es, sin embargo, reconocer que tan s√≥lo poco a poco y progresivamente lleg√≥ ese Coraz√≥n a constituir objeto directo de un culto especial, como imagen del amor humano y divino del Verbo Encarnado.

26. Si queremos indicar siquiera las etapas gloriosas recorridas por este culto en la historia de la piedad cristiana, precisa, ante todo, recordar los nombres de algunos de aquellos que bien se pueden considerar como los precursores de esta devoci√≥n que, en forma privada, pero de modo gradual, cada vez m√°s vasto, se fue difundiendo dentro de los Institutos religiosos. As√≠, por ejemplo, se distinguieron por haber establecido y promovido cada vez m√°s este culto al Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs: San Buenaventura, San Alberto Magno, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Siena, el Beato Enrique Suso, San Pedro Canisio y San Francisco de Sales. San Juan Eudes es el autor del primer oficio lit√ļrgico en honor del Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, cuya fiesta solemne se celebr√≥ por primera vez, con el benepl√°cito de muchos Obispos de Francia, el 20 de octubre de 1672.

Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual -el Beato Claudio de la Colombiere-, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana 98 .

Basta esta r√°pida evocaci√≥n de los or√≠genes y gradual desarrollo del culto del Coraz√≥n de Jes√ļs para convencernos plenamente de que su admirable crecimiento se debe principalmente al hecho de haberse comprobado que era en todo conforme con la √≠ndole de la religi√≥n cristiana, que es la religi√≥n del amor.

No puede decirse, por consiguiente, ni que este culto deba su origen a revelaciones privadas, ni cabe pensar que apareci√≥ de improviso en la Iglesia; brot√≥ espont√°neamente, en almas selectas, de su fe viva y de su piedad ferviente hacia la persona adorable del Redentor y hacia aquellas sus gloriosas heridas, testimonio el m√°s elocuente de su amor inmenso para el esp√≠ritu contemplativo de los fieles. Es evidente, por lo tanto, c√≥mo las revelaciones de que fue favorecida Santa Margarita Mar√≠a ninguna nueva verdad a√Īadieron a la doctrina cat√≥lica. Su importancia consiste en que -al mostrar el Se√Īor su Coraz√≥n Sacrat√≠simo- de modo extraordinario y singular quiso atraer la consideraci√≥n de los hombres a la contemplaci√≥n y a la veneraci√≥n del amor tan misericordioso de Dios al g√©nero humano. De hecho, mediante una manifestaci√≥n tan excepcional, Jesucristo expresamente y en repetidas veces mostr√≥ su Coraz√≥n como el s√≠mbolo m√°s apto para estimular a los hombres al conocimiento y a la estima de su amor; y al mismo tiempo lo constituy√≥ como se√Īal y prenda de su misericordia y de su gracia para las necesidades espirituales de la Iglesia en los tiempos modernos.

27. Adem√°s, una prueba evidente de que este culto nace de las fuentes mismas del dogma cat√≥lico est√° en el hecho de que la aprobaci√≥n de la fiesta lit√ļrgica por la Sede Apost√≥lica precedi√≥ a la de los escritos de Santa Margarita Mar√≠a. En realidad, independientemente de toda revelaci√≥n privada, y s√≥lo accediendo a los deseos de los fieles, la Sagrada Congregaci√≥n de Ritos, por decreto del 25 de enero de 1765, aprobado por Nuestro predecesor Clemente XIII el 6 de febrero del mismo a√Īo, concedi√≥ a los Obispos de Polonia y a la Archicofrad√≠a Romana del Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs la facultad de celebrar la fiesta lit√ļrgica. Con este acto quiso la Santa Sede que tomase nuevo incremento un culto, ya en vigor y floreciente, cuyo fin era reavivar simb√≥licamente el recuerdo del amor divino 99 , que hab√≠a llevado al Salvador a hacerse v√≠ctima para expiar los pecados de los hombres.

A esta primera aprobaci√≥n, dada en forma de privilegio y aun limitado para determinados fines, sigui√≥ otra, a distancia casi de un siglo, de importancia mucho mayor y expresada en t√©rminos m√°s solemnes. Nos referimos al decreto de la Sagrada Congregaci√≥n de Ritos del 23 de agosto de 1856, anteriormente mencionado, por el cual Nuestro predecesor P√≠o IX, de i. m., acogiendo las s√ļplicas de los Obispos de Francia y de casi todo el mundo cat√≥lico, extendi√≥ a toda la Iglesia la fiesta del Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs y prescribi√≥ la forma de su celebraci√≥n lit√ļrgica 100 . Fecha √©sta, digna de ser recomendada al perenne recuerdo de los fieles, pues, como vemos escrito en la liturgia misma de dicha festividad: Desde entonces, el culto del Sacrament√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs, semejante a un r√≠o desbordado, venciendo todos los obst√°culos, se difundi√≥ por todo el mundo cat√≥lico.

De cuanto hemos expuesto hasta ahora aparece evidente, Venerables Hermanos, que en los textos de la Sagrada Escritura, de la Tradici√≥n y de la Sagrada Liturgia es donde los fieles han de encontrar principalmente los manantiales l√≠mpidos y profundos del culto al Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs, si desean penetrar en su √≠ntima naturaleza y sacar de su p√≠a meditaci√≥n sustancia y aumento para su fervor religioso. Iluminada, y penetrando m√°s √≠ntimamente mediante esta meditaci√≥n asidua, el alma fiel no podr√° menos de llegar a aquel dulce conocimiento de la caridad de Cristo, en la cual est√° la plenitud toda de la vida cristiana, como, instruido por la propia experiencia, ense√Īa el Ap√≥stol: Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Se√Īor Jesucristo..., para que, seg√ļn las riquezas de su gloria, os conceda por medio de su Esp√≠ritu ser fortalecidos en virtud en el hombre interior, y que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, estando arraigados y cimentados en caridad; a fin de que pod√°is... conocer tambi√©n aquel amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, para que se√°is plenamente colmados de toda la plenitud de Dios 101 . De esta universal plenitud es precisamente imagen muy espl√©ndida el Coraz√≥n de Jesucristo: plenitud de misericordia, propia del Nuevo Testamento, en el cual Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor para con los hombres 102 ; pues no envi√≥ Dios su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que por su medio el mundo se salve 103 .

28. Constante persuasi√≥n de la Iglesia, maestra de verdad para los hombres, ya desde que promulg√≥ los primeros documentos oficiales relativos al culto del Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs, fue que sus elementos esenciales, es decir, los actos de amor y de reparaci√≥n tributados al amor infinito de Dios hacia los hombres, lejos de estar contaminados de materialismo y de superstici√≥n, constituyen una norma de piedad, en la que se cumple perfectamente aquella religi√≥n espiritual y verdadera que anunci√≥ el Salvador mismo a la Samaritana: Ya llega tiempo, y ya estamos en √©l, cuando los verdaderos adoradores adorar√°n al Padre en esp√≠ritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre desea. Dios es esp√≠ritu, y los que lo adoran deben adorarle en esp√≠ritu y en verdad 104 .

Por lo tanto, no es justo decir que la contemplaci√≥n del Coraz√≥n f√≠sico de Jes√ļs impide el contacto m√°s √≠ntimo con el amor de Dios, porque retarda el progreso del alma en la "v√≠a" que conduce directa a la posesi√≥n de las m√°s excelsas virtudes. La Iglesia rechaza plenamente este falso misticismo al igual que, por la autoridad de Nuestro Predecesor Inocencio XI, de f. m., conden√≥ la doctrina de quienes afirmaban: No deben (las almas de esta "v√≠a" interna) hacer actos de amor a la bienaventurada Virgen, a los Santos o a la humanidad de Cristo; pues como estos objetos son sensibles, tal es tambi√©n el amor hacia ellos. Ninguna criatura, ni aun la bienaventurada Virgen y los Santos, han de tener asiento en nuestro coraz√≥n; porque Dios quiere ocuparlo y poseerlo solo 105 .

Los que as√≠ piensan son, naturalmente, de opini√≥n que el simbolismo del Coraz√≥n de Cristo no se extiende m√°s all√° de su amor sensible y que no puede, por lo tanto, en modo alguno constituir un nuevo fundamento del culto de latr√≠a, que est√° reservado tan s√≥lo a lo que es esencialmente divino. Ahora bien, una interpretaci√≥n semejante del valor simb√≥lico de las sagradas im√°genes es absolutamente falsa, porque coarta injustamente su trascendental significado. Contraria es la opini√≥n y la ense√Īanza de los te√≥logos cat√≥licos, entre los cuales Santo Tom√°s escribe as√≠: A las im√°genes se les tributa culto religioso, no consideradas en s√≠ mismas, es decir, en cuanto realidades, sino en cuanto son im√°genes que nos llevan hasta Dios encarnado. El movimiento del alma hacia la imagen, en cuanto es imagen, no se para en ella, sino que tiende al objeto representado por la imagen. Por consiguiente, del tributar culto religioso a las im√°genes de Cristo no resulta un culto de latr√≠a diverso ni una virtud de religi√≥n distinta 106 . Por lo tanto, es en la persona misma del Verbo Encarnado donde termina el culto relativo tributado a sus im√°genes, sean √©stas las reliquias de su acerba Pasi√≥n, sea la imagen misma que supera a todas en valor expresivo, es decir, el Coraz√≥n herido de Cristo crucificado.

Y as√≠ del elemento corp√≥reo -el Coraz√≥n de Jesucristo- y de su natural simbolismo, es leg√≠timo y justo que, llevados en alas de la fe, nos elevemos no s√≥lo a la contemplaci√≥n de su amor sensible, sino m√°s alto a√ļn, hasta la consideraci√≥n y adoraci√≥n de su excelent√≠simo amor infundido, y, finalmente, en un vuelo sublime y dulce a un mismo tiempo, hasta la meditaci√≥n y adoraci√≥n del Amor divino del Verbo Encarnado. De hecho, a la luz de la fe -por la cual creemos que en la Persona de Cristo est√°n unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina- nuestra mente se torna id√≥nea para concebir los estrech√≠simos v√≠nculos que existen entre el amor sensible del Coraz√≥n f√≠sico de Jes√ļs y su doble amor espiritual, el humano y el divino. En realidad, estos amores no se deben considerar sencillamente como coexistentes en la adorable Persona del Redentor divino, sino tambi√©n como unidos entre s√≠ por v√≠nculo natural, en cuanto que al amor divino est√°n subordinados el humano espiritual y el sensible, los cuales dos son una representaci√≥n anal√≥gica de aqu√©l. No pretendemos con esto que en el Coraz√≥n de Jes√ļs se haya de ver y adorar la que llaman imagen formal, es decir, la representaci√≥n perfecta y absoluta de su amor divino, pues que no es posible representar adecuadamente con ninguna imagen criada la √≠ntima esencia de este amor; pero el alma fiel, al venerar el Coraz√≥n de Jes√ļs, adora juntamente con la Iglesia el s√≠mbolo y como la huella de la Caridad divina, la cual lleg√≥ tambi√©n a amar con el Coraz√≥n del Verbo Encarnado al g√©nero humano, contaminado por tantos cr√≠menes.

29. Por ello, en esta materia tan importante como delicada, es necesario tener siempre muy presente c√≥mo la verdad del simbolismo natural, que relaciona al Coraz√≥n f√≠sico de Jes√ļs con la Persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la uni√≥n hipost√°tica; en torno a la cual no cabe duda alguna, como no se quiera renovar los errores condenados m√°s de una vez por la Iglesia, por contrarios a la unidad de Persona en Cristo -con la distinci√≥n e integridad de sus dos naturalezas.

Esta verdad fundamental nos permite entender c√≥mo el Coraz√≥n de Jes√ļs es el coraz√≥n de una persona divina, es decir, del Verbo Encarnado, y que, por consiguiente, representa y pone ante los ojos todo el amor que El nos ha tenido y nos tiene a√ļn. Y aqu√≠ est√° la raz√≥n de por qu√© el culto al Sagrado Coraz√≥n se considera, en la pr√°ctica, como la m√°s completa profesi√≥n de la religi√≥n cristiana. Verdaderamente, la religi√≥n de Jesucristo se funda toda en el Hombre-Dios Mediador; de manera que no se puede llegar al Coraz√≥n de Dios sino pasando por el Coraz√≥n de Cristo, conforme a lo que El mismo afirm√≥: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por m√≠ 107 .

Siendo esto as√≠, f√°cilmente se deduce que el culto al Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs no es sustancialmente sino el mismo culto al amor con que Dios nos am√≥ por medio de Jesucristo, al mismo tiempo que el ejercicio de nuestro amor a Dios y a los dem√°s hombres. Dicho de otra manera: Este culto se dirige al amor de Dios para con nosotros, proponi√©ndolo como objeto de adoraci√≥n, de acci√≥n de gracias y de imitaci√≥n; adem√°s, considera la perfeccion de nuestro amor a Dios y a los hombres como la meta que ha de alcanzarse por el cumplimiento cada vez m√°s generoso del mandamiento "nuevo" que el Divino Maestro leg√≥ como sacra herencia a sus Ap√≥stoles, cuando les dijo: Un nuevo mandamiento os doy: Que os am√©is los unos a los otros, como yo os he amado... El precepto m√≠o es que os am√©is unos a otros, como yo os he amado 108 . Mandamiento √©ste, en verdad nuevo y propio de Cristo; porque, como dice Santo Tom√°s de Aquino: Poca diferencia hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pues, como dice Jerem√≠as, "Har√© un pacto nuevo con la casa de Israel" 109 . Pero que este mandamiento se practicase en el Antiguo Testamento a impulso de santo temor y amor, se deb√≠a al Nuevo Testamento; en cuanto que, si este mandamiento ya exist√≠a en la Antigua Ley, no era como prerrogativa suya propia, sino m√°s bien como pr√≥logo y preparaci√≥n de la Ley Nueva 110 .

V. PR√ĀCTICA DEL CULTO DEL SAGRADO CORAZ√ďN

30. Antes de terminar estas consideraciones tan hermosas como consoladoras sobre la naturaleza aut√©ntica de este culto y su cristiana excelencia, Nos, plenamente conscientes del oficio apost√≥lico que por primera vez fue confiado a San Pedro, luego de haber profesado por tres veces su amor a Jesucristo nuestro Se√Īor, creemos conveniente exhortaros una vez m√°s, Venerables Hermanos, y por vuestro medio a todos los querid√≠simos hijos en Cristo, para que con creciente entusiasmo cuid√©is de promover esta suav√≠sima devoci√≥n, pues de ella han de brotar grand√≠simos frutos tambi√©n en nuestros tiempos.

Y en verdad que si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Coraz√≥n herido de Jes√ļs, todos ver√°n claramente c√≥mo aqu√≠ no se trata de una forma cualquiera de piedad, que sea l√≠cito posponer a otras o tenerla en menos, sino de una pr√°ctica religiosa muy apta para conseguir la perfecci√≥n cristiana. Si la devoci√≥n -seg√ļn el tradicional concepto teol√≥gico, formulado por el Doctor Ang√©lico- no es sino la pronta voluntad de dedicarse a todo cuanto con el servicio de Dios se relaciona 111 , ¬Ņpuede haber servicio divino m√°s debido y m√°s necesario, al mismo tiempo que m√°s noble y dulce, que el rendido a su amor? Y ¬Ņqu√© servicio cabe pensar m√°s grato y afecto a Dios que el homenaje tributado a la caridad divina y que se hace por amor, desde el momento en que todo servicio voluntario en cierto modo es un don, y cunado el amor constituye el don primero, por el que nos son dados todos los dones gratuitos? 112 . Es digna, pues, de sumo honor aquella forma de culto por la cual el hombre se dispone a honrar y amar en sumo grado a Dios y a consagrarse con mayor facilidad y prontitud al servicio de la divina caridad; y ello tanto m√°s cuanto que nuestro Redentor mismo se dign√≥ proponerla y recomendarla al pueblo cristiano, y los Sumos Pont√≠fices la han confirmado con memorables documentos y la han enaltecido con grandes alabanzas. Y as√≠, quien tuviere en poco este insigne beneficio que Jesucristo ha dado a su Iglesia, proceder√≠a en forma temeraria y perniciosa, y aun ofender√≠a al mismo Dios.

31. Esto supuesto, ya no cabe duda alguna de que los cristianos que honran al sacrat√≠simo Coraz√≥n del Redentor cumplen el deber, ciertamente grav√≠simo, que tienen de servir a Dios, y que juntamente se consagran a s√≠ mismos y a toda su propia actividad, tanto interna como externa, a su Creador y Redentor, poniendo as√≠ en pr√°ctica aquel divino mandamiento: Amar√°s al Se√Īor tu Dios con todo tu coraz√≥n, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas 113 . Adem√°s de que as√≠ tienen la certeza de que a honrar a Dios no les mueve ninguna ventaja personal, corporal o espiritual, temporal o eterna, sino la bondad misma de Dios, a quien cuidan de obsequiar con actos de amor, de adoraci√≥n y de debida acci√≥n de gracias. Si no fuera as√≠, el culto al sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs ya no responder√≠a a la √≠ndole genuina de la religi√≥n cristiana, porque entonces el hombre con tal culto ya no tendr√≠a como mira principal el servicio de honrar principalmente el amor divino; y entonces deber√≠an mantenerse como justas las acusaciones de excesivo amor y de demasiada solicitud por s√≠ mismos, motivadas por quienes entienden mal esta devoci√≥n tan nobil√≠sima, o no la practican con toda rectitud.

Todos, pues, tengan la firme persuasi√≥n de que en el culto al august√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs lo m√°s importante no consiste en las devotas pr√°cticas externas de piedad, y que el motivo principal de abrazarlo tampoco debe ser la esperanza de la propia utilidad, porque aun estos beneficios Cristo nuestro Se√Īor los ha prometido mediante ciertas revelaciones privadas, precisamente para que los hombres se sintieran movidos a cumplir con mayor fervor los principales deberes de la religi√≥n cat√≥lica, a saber, el deber de amor y el de la expiaci√≥n, al mismo tiempo que as√≠ obtengan de mejor manera su propio provecho espiritual.

32. Exhortamos, pues, a todos Nuestros hijos en Cristo a que practiquen con fervor esta devoci√≥n, as√≠ a los que ya est√°n acostumbrados a beber las aguas saludables que brotan del Coraz√≥n del Redentor, como, sobre todo, a los que, a guisa de espectadores, desde lejos miran todav√≠a con esp√≠ritu de curiosidad y hasta de duda. Piensen √©stos con atenci√≥n que se trata de un culto, seg√ļn ya hemos dicho, que desde hace mucho tiempo est√° arraigado en la Iglesia, que se apoya profundamente en los mismos Evangelios; un culto, en cuyo favor est√° claramente la Tradici√≥n y la sagrada Liturgia, y que los mismos Romanos Pont√≠fices han ensalzado con alabanzas tan multiplicadas como grandes: no se contentaron con instituir una fiesta en honor del Coraz√≥n august√≠simo del Redentor, y extenderla luego a toda la Iglesia, sino que por su parte tomaron la iniciativa de dedicar y consagrar solemnemente todo el g√©nero humano al mismo sacrat√≠simo Coraz√≥n 114 . Finalmente, conveniente es asimismo pensar que este culto tiene en su favor una mies de frutos espirituales tan copiosos como consoladores, que de ella se han derivado para la Iglesia: innumerables conversiones a la religi√≥n cat√≥lica, reavivada vigorosamente la fe en muchos esp√≠ritus, m√°s √≠ntima la uni√≥n de los fieles con nuestro amant√≠simo Redentor; frutos todos estos que, sobre todo en los √ļltimos decenios, se han mostrado en una forma tan frecuente como conmovedora.

Al contemplar este admirable espect√°culo de la extensi√≥n y fervor con que la devoci√≥n al sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs se ha propagado en toda clase de fieles, Nos sentimos ciertamente llenos de gozo y de inefable consuelo; y, luego de dar a nuestro Redentor las obligadas gracias por los tesoros infinitos de su bondad, no podemos menos de expresar Nuestra paternal complacencia a todos los que, tanto del clero como del elemento seglar, con tanta eficacia han cooperado a promover este culto.

33. Aunque la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, Venerables Hermanos, ha producido en todas partes abundantes frutos de renovaci√≥n espiritual en la vida cristiana, sin embargo, nadie ignora que la Iglesia militante en la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado a√ļn el grado de perfecci√≥n que corresponde a los deseos de Jesucristo, Esposo M√≠stico de la Iglesia y Redentor del g√©nero humano. En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en s√≠ mismos reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de costumbres, a la que por vocaci√≥n divina est√°n llamados; no todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa paterna, han vuelto a ella, para de nuevo vestirse con el vestido precioso 115 y recibir el anillo, s√≠mbolo de fidelidad para con el Esposo de su alma; no todos los infieles se han incorporado a√ļn al Cuerpo M√≠stico de Cristo. Hay mas. Porque si bien Nos llena de amargo dolor el ver c√≥mo languidece la fe en los buenos, y contemplar c√≥mo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho m√°s Nos atormentan las maquinaciones de los imp√≠os que, ahora m√°s que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia y, sobre todo, contra Aquel que en la tierra representa a la persona del Divino Redentor y su caridad para con los hombres, seg√ļn la conocid√≠sima frase del Doctor de Mil√°n: (Pedro) es interrogado acerca de lo que se duda, pero no duda el Se√Īor; pregunta no para saber, sino para ense√Īar al que, antes de ascender al cielo, nos dejaba como "vicario de su amor" 116 .

34. Ciertamente, el odio contra Dios y contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo; puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia 117 .

Pudiendo, pues, observar que, por desgracia, el n√ļmero de los que se jactan de ser enemigos del Se√Īor eterno crece hoy en algunas partes, y que los falsos principios del materialismo se difunden en las doctrinas y en la pr√°ctica; y oyendo c√≥mo continuamente se exalta la licencia desenfrenada de las pasiones, ¬Ņqu√© tiene de extra√Īo que en muchas almas se enfr√≠e la caridad, que es la suprema ley de la religi√≥n cristiana, el fundamento m√°s firme de la verdadera y perfecta justicia, el manantial m√°s abundante de la paz y de las castas delicias? Ya lo advirti√≥ nuestro Salvador: Por la inundaci√≥n de los vicios, se resfriar√° la caridad de muchos 118 .

35. Ante tantos males que, hoy m√°s que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¬Ņd√≥nde, Venerables Hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¬ŅPodremos encontrar alguna devoci√≥n que aventaje al culto august√≠simo del Coraz√≥n de Jes√ļs, que responda mejor a la √≠ndole propia de la fe cat√≥lica, que satisfaga con m√°s eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del g√©nero humano? ¬ŅQu√© homenaje religioso m√°s noble, m√°s suave y m√°s saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? 119 . Por √ļltimo, ¬Ņqu√© puede haber m√°s eficaz que la caridad de Cristo -que la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n promueve y fomenta cada d√≠a m√°s- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evang√©lica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente ense√Īan aquellas palabras del Esp√≠ritu Santo: Obra de la justicia ser√° la paz 120 .

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de Nuestro inmediato Antecesor, queremos recordar de nuevo a todos Nuestros hijos en Cristo la exhortaci√≥n que Le√≥n XIII, de i. m., al explicar el siglo pasado, dirig√≠a a todos los cristianos y a cuantos se sent√≠an sinceramente preocupados por su propia salvaci√≥n y por la salud de la sociedad civil: Ved hoy ante vuestros ojos un segundo l√°baro consolador y divino: el Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a El hay que suplicar y de El hay que esperar nuestra salvaci√≥n 121 .

Deseamos tambi√©n vivamente que cuantos se glor√≠an del nombre de cristianos e, intr√©pidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoci√≥n al Coraz√≥n de Jes√ļs como bandera y manantial de unidad, de salvaci√≥n y de paz. No piense ninguno que esta devoci√≥n perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la direcci√≥n de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoci√≥n al Coraz√≥n de Jes√ļs fomentar√° y promover√°, sobre todo, el culto a la sant√≠sima ruz, no menos que el amor al august√≠simo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a Santa Gertrudis y a Santa Margarita Mar√≠a- que ninguno comprender√° bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Coraz√≥n. Ni ser√° f√°cil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a s√≠ mismo por alimento espiritual, si no es mediante la pr√°ctica de una especial devoci√≥n al Coraz√≥n Eucar√≠stico de Jes√ļs; la cual -para valernos de las palabras de Nuestro Predecesor, de f. m., Le√≥n XIII- nos recuerda aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Coraz√≥n, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumaci√≥n de los siglos, instituy√≥ el adorable Sacramento de la Eucarist√≠a 122 . Ciertamente, no es peque√Īa la parte que en la Eucarist√≠a tuvo su Coraz√≥n, por ser tan grande el amor de su Coraz√≥n con que nos la dio 123 .

36. Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las imp√≠as maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y tambi√©n hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al pr√≥jimo, no dudamos en proponer la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs como escuela eficac√≠sima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el m√°s s√≥lido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones, como sabiamente advirti√≥ Nuestro mismo Predecesor, de p. m.: El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente. De donde se sigue necesariamente: cumplir √≠ntegramente los propios deberes, no violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas 124 .

Y para que la devoci√≥n al Coraz√≥n august√≠simo de Jes√ļs produzca m√°s copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoci√≥n al Inmaculado Coraz√≥n de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redenci√≥n humana, la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvaci√≥n es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban √≠ntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de Mar√≠a ha recibido de Jesucristo la vida divina, despu√©s de haber dado al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs el debido culto, rinda tambi√©n al amant√≠simo Coraz√≥n de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparaci√≥n. En armon√≠a con este sapient√≠simo y suav√≠simo designio de la divina Providencia, Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Inmaculado Coraz√≥n de la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a 125 .

37. Cumpli√©ndose felizmente este a√Īo como indicamos antes, el primer siglo de la instituci√≥n de la fiesta del Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs en toda la Iglesia por Nuestro Predecesor P√≠o IX, de f. m., es vivo deseo Nuestro, Venerables Hermanos, que el pueblo cristiano celebre en todas partes solemnemente este centenario con actos p√ļblicos de adoraci√≥n, de acci√≥n de gracias y de reparaci√≥n al Coraz√≥n divino de Jes√ļs. Con especial fervor se celebrar√°n, sin duda, estas solemnes manifestaciones de alegr√≠a cristiana y de cristiana piedad -en uni√≥n de caridad y de oraciones con todos los dem√°s fieles- en aquella Naci√≥n en la cual, por designio de Dios, naci√≥ aquella santa Virgen que fue promotora y heraldo infatigable de esta devoci√≥n.

Entre tanto, animados por dulce esperanza, y como gustando ya los frutos espirituales que copiosamente han de redundar -en la Iglesia- de la devoci√≥n al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, con tal de que √©sta, como ya hemos explicado, se entienda rectamente y se practique con fervor, suplicamos a Dios quiera hacer que con el poderoso auxilio de su gracia se cumplan estos Nuestros vivos deseos: a la vez que expresamos, tambi√©n la esperanza de que, con la divina gracia, como fruto de las solemnes conmemoraciones de este a√Īo, aumente cada vez m√°s la devoci√≥n de los fieles al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, y as√≠ se extienda m√°s por todo el mundo su imperio y reino suav√≠simo: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz 126 .

Como prenda de estos dones celestiales, os impartimos de todo coraz√≥n la Bendici√≥n Apost√≥lica, tanto a vosotros personalmente, Venerables Hermanos, como al clero y a todos los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud, y especialmente a todos los que se consagran a fomentar y promover la devoci√≥n al Sacrat√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1956, a√Īo d√©cimoctavo de Nuestro Pontificado.


1

Is. 12, 3.

2

Iac. 1, 17.

3

Io. 7, 37-39.

4

Cf. Is. 12, 3; Ez. 47, 1-12; Zach. 13, 1; Ex. 17, 1-7; Num. 20, 7-13; 1 Cor. 10, 4; Apoc. 7, 17; 22, 1.

5

Rom. 5, 5.

6

1 Cor. 6, 17.

7

Io. 4, 10.

8

Act. 4, 12.

9

Enc. Annum Sacrum, 25 maii 1899; AL 19 (1900) 71, 77-78.

10

Enc. Miserentissimus Redemptor, 8 maii 1928 A.A.S. 20 (1928) 167.

11

Cf. enc. Summi Pontificatus, 20 octob. 1939 A.A.S. 31 (1939) 415.

12

Cf. A.A.S. 32 (1940) 276; 35 (1943) 170; 37 (1945) 263-264; 40 (1948) 501; 41 (1949) 331.

13

Eph. 3, 20-21.

14

Is. 12, 3.

15

Conc. Ephes. can. 8; cf. Mansi, Sacrorum Conciliorum ampliss. Collectio, 4, 1083 C.; Conc. Const. II, can. 9; cf. ibid. 9, 382 E.

16

Cf. enc. Annum sacrum: AL 19 (1900) 76.

17

Cf. Ex. 34, 27-28.

18

Deut. 6, 4-6.

19

2. 2.ae 2, 7: ed. Leon. 8 (1895) 34.

20

Deut. 32, 11.

21

Os. 11, 1, 3-4; 14, 5-6.

22

Is. 49, 14-15.

23

Cant. 2, 2; 6, 2; 8, 6.

24

Io. 1, 14.

25

Ier. 31, 3; 31, 33-34.

26

Cf. Io. 1, 29; Hebr. 9, 18-28; 10, 1-17.

27

Io. 1, 16-17.

28

Ibid., 21.

29

Eph. 3, 17-19.

30

Sum. theol. 3, 48, 2: ed. Leon. 11 (1903) 464.

31

Cf. enc. Miserentissimus Redemptor: A.A.S. 20 (1928) 170.

32

Eph. 2, 4; Sum. theol. 3, 46, 1 ad 3: ed. Leon. 11 (1903) 436.

33

Eph. 3, 18.

34

Io. 4, 24.

35

2 Io. 7.

36

Cf. Luc. 1, 35.

37

S. Leo Magnus, Ep. dogm. "Lectis dilectionis tuae" ad Flavianum Const. Patr. 13 iun. a. 449: cf. PL 54, 763.

38

Conc. Chalced. a. 451: cf. Mansi, op. cit. 7, 115 B.

39

S. Gelasius Papa, tr. 3: "Necessarium", de duabus naturis in Christo: cf. A. Thiel Epist. Rom. Pont. a S. Hilaro usque ad Pelagium II, p. 532.

40

Cf. S. Th. Sum. theol. 3, 15, 4; 18, 6: ed. León. 11 (1903) 189 et 237.

41

Cf. 1 Cor. 1, 23.

42

Hebr. 2, 11-14. 17-18.

43

Apol. 2, 13 PG 6, 465.

44

Ep. 261, 3 PG 32, 972.

45

In Io. homil. 63, 2 PG 59, 350.

46

De fide ad Gratianum 2, 7, 56 PL 16, 594.

47

Cf. Super Mat. 26, 37 PL 26, 205.

48

Enarr. in Ps. 87, 3 PL 37, 1111.

49

De fide orth. 3, 6 PG 94, 1006.

50

Ibid. 3, 20 PG 94, 1081.

51

1. 2.ae 48, 4: ed. Leon. 6 (1891) 306.

52

Col. 2, 9.

53

Cf. Sum. theol. 3, 9, 1-3; ed. Leon. 11 (1903) 142.

54

Cf. ibid. 3, 33, 2 ad 3; 46, 6: ed. Leon. 11 (1903) 342, 433.

55

Tit. 3, 4.

56

Mat. 27, 50; Io. 19, 30.

57

Eph. 2, 7.

58

Hebr. 10, 5-7, 10.

59

Registr. epist. 4, ep. 31 ad Theodorum medicum PL 77, 706.

60

Marc. 8, 2.

61

Mat. 23, 37.

62

Ibid. 21, 13.

63

Ibid. 26, 39.

64

Ibid. 26, 50; Luc. 22, 48.

65

Luc. 23, 28. 31.

66

Ibid. 23, 34.

67

Mat. 27, 46.

68

Luc. 23, 43.

69

Io. 19, 28.

70

Luc. 23, 46.

71

Ibid. 22, 15.

72

Ibid. 22, 19-20.

73

Mal. 1, 11.

74

De sancta virginitate 6 PL 40, 399.

75

Io. 15, 13.

76

1 Io. 3, 16.

77

Gal. 2, 20.

78

Cf. S. Th. Sum. theol. 3, 19, 1: ed. Leon. 11 (1903) 329.

79

Sum. theol. Suppl. 42, 1 ad 3: ed. Leon. 12 (1906) 81.

80

Hymn. ad Vesp. Festi Ssmi. Cordis Iesu.

81

3, 66, 3 ad 3: ed. Leon. 12 (1906) 65.

82

Eph. 5, 2.

83

Ibid. 4, 8. 10.

84

Io. 14, 16.

85

Col. 2, 3.

86

Rom. 8, 35. 37-39.

87

Eph. 5, 25-27.

88

Cf. 1 Io. 2, 1.

89

Hebr. 7, 25.

90

Ibid. 5, 7.

91

Io. 3, 16.

92

S. Bonaventura, Opusc. X Vitis mystica 3, 5: Opera Omnia, Ad Claras Aquas (Quaracchi) 1898, 8, 164. -Cf. S. Th. 3, 54, 4: ed. Leon. 11 (1903) 513.

93

Rom. 8, 32.

94

Cf. 3. 48, 5: ed. Leon 11 (1903) 467.

95

Luc. 12, 50.

96

Io. 20, 28.

97

Ibid. 19, 37; cf. Zach. 12, 10.

98

Cf. litt. enc. Miserentissimus Redemptor: A.A.S. 20 (1928) 167-168.

99

Cf. A. Gardellini Decreta authentica (1857) n. 4579, tomo 3, 174.

100

Cf. Decr. S. C. Rit. apud N. Nilles, De rationibus festorum Sacratissimi Cordis Iesu et purissimi Cordis Mariae, 5a. ed. Innsbruck, 1885, tomo 1, 167.

101

Eph. 3, 14, 16-19.

102

Tit. 3, 4.

103

Io. 3, 17.

104

Ibid. 4, 23-24.

105

Innocentius XI, constit. ap. Coelestis Pastor, 19 nov. 1687: Bullarium Romanum, Romae 1734, tomo 8, 443.

106

2. 2.ae 81, 3 ad 3: ed. Leon. 9 (1897) 180.

107

Io. 14, 6.

108

Ibid. 13, 34; 15, 12.

109

Ier. 31, 31.

110

Comment. in Evang. S. Ioann. 13, lect. 7, 3: ed. Parmae, 1860, tomo 10, p. 541.

111

2. 2.ae 82, 1: ed. Leon. 9 (1897) 187.

112

Ibid. 1, 38, 2: ed. Leon. 4 (1888) 393.

113

Marc. 12, 30; Mat. 22, 37.

114

Cf. Leo XIII, enc. Annum Sacrum: AL 19 (1900) 71 sq. -Decr. S. C. Rituum, 28 iun. 1899, in Decr. Auth. 3, n. 3712. -Pius XI, enc. Miserentissimus Redemtor: A.A.S. 20 (1928) 177 sq. -Decr. S. C. Rit. 29 ian. 1929 A.A.S. 21 (1929) 77.

115

Luc. 15, 22.

116

Exposit. in Evang. sec. Lucam. 10, 175 PL 15, 1942.

117

Cf. S. Th. Sum. theol. 2. 2.ae 34, 2 ed. Leon. 8 (1895) 274.

118

Mat. 24, 12.

119

Cf. enc. Miserentissimus Redemptor: A.A.S. 20 (1928) 166.

120

Is. 32, 17.

121

Enc. Annum Sacrum: AL 19 (1900) 79. -Enc. Miserentissimus Redemptor: A.A.S. 20 (1928) 167.

122

Litt. ap. quibus Archisodalitas a Corde Eucharistico Iesu ad S. Ioachim de Urbe erigitur, 17 febr. 1903; AL 22 (1903) 307 sq.; cf. enc. Mirae caritatis, 22 maii 1902: AL 22 (1903) 116.

123

S. Albertus M. De Eucharistia, dist. 6, tr. 1, c. 1: Opera Omnia ed. Borgnet, vol. 38, Parisiis 1890, p. 358.

124

Enc. Tametsi: AL 20 (1900) 303.

125

Cf. A.A.S. 34 (1942) 345 sq.

126

Ex. Miss. Rom. Praef. Iesu Christi Regis
Consultas

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