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San Pío X, Haerent animo
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Haerent animo

Constitución apostólica de San Pío X sobre la santidad del clero

Grabadas en el √°nimo profundamente y llenas de espanto se mantienen aquellas palabras que a los Hebreos dirig√≠a el Ap√≥stol de las Gentes cuando, al instruirles sobre la obediencia debida a los superiores, hablaba en estos grav√≠simos t√©rminos: Ellos en verdad velan por vosotros, como quienes han de dar cuenta de vuestras almas 1 . Y si esta advertencia se refiere a cuantos en la Iglesia tienen autoridad, toca sobre todo a Nos que, a pesar de Nuestra insuficiencia, ejercemos en ella -por divina ordenaci√≥n- la suprema autoridad. Por ello, con Nuestra incesante solicitud, d√≠a y noche nunca cesamos de pensar y de procurar todo cuanto ata√Īe a la defensa y al aumento de la grey del Se√Īor.

Y, entre todos, Nos preocupa sobremanera este asunto: el que los ministros sean plenamente cual deben ser por su cargo. Pues bien persuadidos estamos de que as√≠ es, sobre todo, como puede esperarse el buen estado y el progreso de la Religi√≥n. Por ello, desde que fuimos investidos del Pontificado, aunque, considerado el clero en general, bien claros se ve√≠an sus muchos m√©ritos, cre√≠mos, sin embargo, que deb√≠amos exhortar con todo empe√Īo a Nuestros venerables Hermanos, los Obispos de todo el orbe cat√≥lico, para que de nada se ocuparan con mayor constancia y actividad como de formar a Cristo en todos los que por su ministerio est√°n destinados a formar al mismo Cristo en los dem√°s. Y bien hemos comprobado Nos cu√°l ha sido el celo de los Prelados en cumplir Nuestro cargo. Bien hemos comprobado con qu√© vigilancia y con cu√°nta solicitud se han aplicado asiduamente a formar a su clero en la virtud: por ello queremos, m√°s que alabarles, darles las gracias p√ļblicamente.

2. Ahora bien: si, a consecuencia de este cuidado de los Obispos, vemos con regocijo c√≥mo se ha reanimado el fuego divino en un gran n√ļmero de sacerdotes, de suerte que recobrar√°n o aumentar√°n la gracia de Dios que recibieron por la imposici√≥n de las manos de los presb√≠teros; pero aun Nos hemos de lamentar de que otros, en algunos pa√≠ses, no se muestran tales que el pueblo cristiano, al poner con raz√≥n sus ojos en ellos como en un espejo, pueda ver lo que ha de imitar. A √©stos, pues, queremos manifestar Nuestro coraz√≥n en esta Carta: coraz√≥n en verdad paterno, que late con amor lleno de angustia a la vista de su hijo gravemente enfermo. Inspirados en este amor, queremos a√Īadir Nuestras exhortaciones a las del Episcopado; y, aunque, sobre todo, tienen por objeto el reducir a los extraviados y a los tibios, queremos que tambi√©n a los dem√°s sirvan de est√≠mulo. Queremos se√Īalarles el camino seguro que cada cual ha de esforzarse por seguir cada d√≠a con mayor empe√Īo, para ser verdaderamente, seg√ļn la clara expresi√≥n del Ap√≥stol, el hombre de Dios 2 , y para corresponder a todo lo que tan justamente espera la Iglesia.

Nada os diremos que no os sea conocido, ni nuevo para nadie, sino lo que importa bien que todos recuerden: Dios Nos hace sentir que Nuestra palabra producir√° abundante fruto. Ved, pues, lo que os pedimos: Renovaos... en el esp√≠ritu de vuestra vocaci√≥n y revest√≠os del hombre nuevo, que ha sido creado seg√ļn Dios en justicia y en verdad 3 ; para Nos, √©ste ser√° vuestro presente m√°s hermoso y m√°s agradable en el quincuag√©simo aniversario de Nuestro sacerdocio. Cuando examinemos Nos ante Dios con un coraz√≥n contrito y esp√≠ritu de humildad 4 estos a√Īos pasados en el sacerdocio, Nos parecer√° poder expiar en alguna manera todo cuanto de humano haya de llorarse, recomend√°ndoos y exhot√°ndoos a caminar dignamente para en todo agradar a Dios 5 . -Mas con esta exhortaci√≥n no s√≥lo miramos por vuestro bien particular, sino tambi√©n por el bien general de los cat√≥licos todos, pues no puede separarse el uno del otro. Porque no es tal la condici√≥n del sacerdote que pueda ser bueno o malo s√≥lo para s√≠, ya que su vida y costumbres tan poderosamente influyen en el pueblo. All√≠ donde haya un buen sacerdote, ¬°qu√© bien tan grande y precioso tienen!

I. SACERDOTE, SANTO

3. Comenzaremos, por lo tanto, queridos hijos, Nuestra exhortaci√≥n excit√°ndoos a la santidad de vida que la excelencia de vuestra dignidad requiere. -Todo el que ejerce el sacerdocio no lo ejerce s√≥lo para s√≠, sino tambi√©n para los dem√°s: Porque todo Pont√≠fice tomado de entre los hombres est√° constituido para bien de los hombres en las cosas que miran a Dios 6 . El mismo pensamiento expres√≥ Jesucristo cuando, para mostrar la finalidad de la acci√≥n de los sacerdotes, los compar√≥ con la sal y con la luz. El sacerdote es, por lo tanto, luz del mundo y sal de la tierra. Nadie ignora que esto se realiza, sobre todo, cuando se comunica la verdad cristiana; pero ¬Ņpuede ignorarse ya que este ministerio casi nada vale, si el sacerdote no apoya con su ejemplo lo que ense√Īa con su palabra? Quienes le escuchan podr√≠an decir entonces, con injuria, es verdad, perono sin raz√≥n: Hacen profesi√≥n de conocer a Dios, pero le niegan con sus obras 7 ; y as√≠ rechazar√≠an la doctrina del sacerdote y no gozar√≠an de su luz. Por eso el mismo Jesucristo, constituido como modelo de los sacerdotes, ense√Ī√≥ primero con el ejemplo y despu√©s con las palabras: Empez√≥ Jes√ļs a hacer y a ense√Īar 8 . -Adem√°s, si el sacerdote descuida su santificaci√≥n, de ning√ļn modo podr√° ser la sal de la tierra, porque lo corrompido y contaminado en manera alguna puede servir para dar la salud, y all√≠, donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupci√≥n. Por ello Jesucristo, al continuar aquella comparaci√≥n, a tales sacerdotes les llama sal ins√≠pida que para nada sirve ya sino para ser tirada, y por ello ser pisada por los hombres 9 .

4. Verdades √©stas, que con mayor claridad aparecen, si se considera que nosotros, los sacerdotes, no ejercemos la funci√≥n sacerdotal en nombre propio, sino en el de Cristo Jes√ļs. As√≠, dice el Ap√≥stol, nos considere todo hombre como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios 10 ; somos embajadores de Cristo 11 . -Por esta raz√≥n, Jesucristo mismo nos mir√≥ como amigos y no como siervos. Ya no os llamar√© siervos..., os he llamado amigos: porque todo lo que he o√≠do de mi Padre os lo he hecho conocer a vosotros... Os he escogido y destinado para que vay√°is al mundo y hag√°is fruto 12 . -Tenemos, pues, que representar a la persona de Cristo; pero la embajada, por El mismo dada, ha de cumplirse de tal modo que alcancemos lo que √©l se propuso. Y como querer o no querer la misma cosa es la s√≥lida amistad, estamos obligados, como amigos, a sentir en nosotros lo que vemos en Jesucristo, que es santo, inocente, inmaculado 13 : como embajadores suyos, hemos de ganar -para sus doctrinas y leyes- la confianza de los hombres, comenzando antes por observarlas nosotros mismos; como participantes de su poder, tenemos que liberar las almas de los dem√°s de los lazos del pecado, pero hemos de procurar con todo cuidado no enredarnos nosotros mismos en ellos. Pero sobre todo, como ministros suyos, al ofrecer el sacrificio por excelencia, que cada d√≠a se renueva -en virtud de una fuerza perenne- por la salud del mundo, nos hemos de poner en aquella misma disposici√≥n de alma con que El se ofreci√≥ a Dios cual hostia inmaculada en el ara de la Cruz. Si antiguamente, cuando no hab√≠a sino s√≠mbolos y figuras, se requer√≠a santidad tan grande en los sacerdotes, ¬Ņqu√© no habr√° de exigirse a nosotros, cuando Cristo mismo es la v√≠ctima? ¬ŅA qui√©n no debe aventajar en pureza el que goza de semejante sacrificio? ¬ŅA qu√© rayo de sol en esplendor la manos que parte esta carne, la boca que se llena del fuego espiritual, la lengua que se enrojece con la sangre que hace temblar? 14 . Con gran raz√≥n insist√≠a as√≠ San Carlos Borromeo, en sus discursos al clero: "Si nos acord√°ramos, querid√≠simos hermanos, de cu√°n grandes y cu√°n dignas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¬°qu√© fuerza tendr√≠a esta consideraci√≥n para excitarnos a vivir una vida digna de sacerdotes! ¬ŅQu√© no ha puesto el Se√Īor en mi mano, cuando ha puesto a su propio Hijo, unig√©nito, coeterno y consubstancial a s√≠ mismo? En mi mano ha puesto todos sus tesoros, los sacramentos, la gracia; ha puesto las almas, para √©l lo m√°s precioso, que ha amado m√°s que a s√≠ mismo, pues las ha comprado a precio de su misma sangre; en mi mano ha puesto el mismo cielo, que yo pueda abrir y cerrar a los dem√°s... ¬ŅC√≥mo podr√≠a, pues, yo ser tan ingrato a tan gran dignaci√≥n y amor, que llegue a pecar contra El, a ofender su honor, a contaminar este cuerpo que es suyo, a profanar esta dignidad, esta vida consagrada a su servicio?".

5. A esta santidad de vida, de la que a√ļn queremos hablar m√°s todav√≠a, atiende la Iglesia por medio de esfuerzos tan grandes como continuos. Para ello instituy√≥ los Seminarios: en √©stos, los j√≥venes que se educan para el sacerdocio han de ser imbu√≠dos en ciencias y letras, han de ser al mismo tiempo, pero de un modo especial, formados desde sus m√°s tiernos a√Īos en todo cuanto a la piedad concierne. Despu√©s, como sol√≠cita madre, la Iglesia los conduce gradualmente al sacerdocio, con largos intervalos en los que no perdona medio alguno para exhortarles a que adquieran la santidad. Place bien recordar aqu√≠ todo esto.

6. Cuando ya la Iglesia nos alist√≥ en la sagrada milicia, quiso confes√°ramos con verdad que el Se√Īor es parte de mi herencia y de mi suerte: Vos sois, Dios m√≠o, quien me devolver√©is esta herencia 15 . Por estas palabras -dice San Jer√≥nimo- el cl√©rigo queda bien avisado de que √©l, que es parte del Se√Īor o tiene al Se√Īor por parte suya, se muestre tal, que tambi√©n posea al Se√Īor y sea pose√≠do por El 16 . -¬°Qu√© lenguaje tan grave emplea la Iglesia con aquellos que van a ser promovidos al subdiaconado! Una y muchas veces habr√©is de considerar la carga que voluntariamente tom√°is sobre vuestros hombros... Porque, si recib√≠s este orden, no os ser√° permitido volver atr√°s en vuestra decisi√≥n, sino que tendr√©is que servir siempre a Dios y guardar, con su ayuda, la castidad. Y, por fin: Si hasta el presente hab√©is estado retra√≠dos de la Iglesia, desde ahora deb√©is ser asiduos en frecuentarla; si hasta hoy so√Īolientos, desde ahora vigilantes...; si hasta aqu√≠ deshonestos, en lo sucesivo castos... ¬°Ved qu√© ministerio se os confiere! -Por los que van a pasar al diaconado, la Iglesia ruega as√≠ a Dios, por la voz del Obispo: Que en ellos abunde el modelo de toda virtud, una autoridad modesta, un pudor constante, la pureza de la inocencia y la observancia de la disciplina espiritual... Que en sus costumbres brillen tus preceptos, a fin de que, con el ejemplo de su castidad el pueblo fiel tenga como propio un modelo que imitar. -M√°s conmovedora a√ļn es la advertencia dirigida a los que han de ser elevados al sacerdocio: Preciso es subir con gran temor a grado tan alto y procurar que la sabidur√≠a celestial, la probidad de las costumbres y la perpetua observancia de la justicia recomienden a los escogidos para tal cargo... Que el perfume de vuestra vida sea la alegr√≠a de la Iglesia de Dios, de manera que por la predicaci√≥n y el ejemplo construy√°is la casa, es decir, la familia de Dios. Pero, sobre todo, nos ha de mover aquel grav√≠simo mandato que a√Īade: Imitad lo que ten√©is entre manos, el cual ciertamente concuerda con aquel precepto de San Pablo: Hagamos a todo hombre perfecto en Jesucristo 17 .

7. Siendo, por lo tanto, √©ste el pensamiento de la Iglesia, en cuanto a la vida sacerdotal, a nadie podr√° parecer extra√Īo que los Santos Padres y Doctores est√©n todos tan un√°nimes en este asunto que hasta puedan parecer quiz√° demasiado prolijos; y, sin embargo, si los juzgamos con prudencia, concluiremos que nada han ense√Īado que no sea plenamente recto y verdadero. A esto se reducen sus palabras: Entre el sacerdote y cualquier hombre probo debe haber tanta diferencia como entre el cielo y la tierra, por cuya raz√≥n se ha de procurar que la virtud del sacerdote no s√≥lo est√© exenta de las m√°s graves culpas, sino tambi√©n aun de las m√°s leves. El Concilio de Trento sigui√≥ en esto el juicio de hombres tan venerables, cuando advirti√≥ a los cl√©rigos que huyesen hasta de las faltas leves, que en ellos ser√≠an muy grandes 18 ; muy grandes, en efecto, no en s√≠, sino con relaci√≥n al que las comete, y a quien, con mayor raz√≥n que a las paredes de nuestros templos, ha de aplicarse esta frase de la Escritura: La santidad es propia de tu casa 19 .

8. Ahora bien: preciso es determinar en qu√© haya de consistir esta santidad, de la cual no es l√≠cito que carezca el sacerdote; porque el que lo ignore o lo entienda mal, est√° ciertamente expuesto a un peligro muy grave. Piensan algunos, y hasta lo pregonan, que el sacerdote ha de colocar todo su empe√Īo en emplearse sin reserva en el bien de los dem√°s; por ello, dejando casi todo el cuidado de aquellas virtudes -que ellos llaman pasivas- por las cuales el hombre se perfecciona a s√≠ mismo, dicen que toda actividad y todo el esfuerzo han de concentrarse en la adquisici√≥n y en el ejercicio de las virtudes activas. Maravilla cu√°nto enga√Īo y cu√°nto mal contiene esta doctrina. De ella escribi√≥ muy sabiamente Nuestro Predecesor, de f. m. 20 : S√≥lo aquel que no se acuerde de las palabras del Ap√≥stol: "Los que El previ√≥, tambi√©n predestin√≥ a ser conformes a la imagen de su Hijo" 21 , s√≥lo aqu√©l -digo- podr√° pensar que las virtudes cristianas son acomodadas las unas a un tiempo y las otras a otro. Cristo es el Maestro y el ejemplo de toda santidad, a cuya norma se ajusten todos cuantos deseen ocupar un lugar entre los bienaventurados. Ahora bien: a medida que pasan los siglos, Cristo no cambia, sino que es el mismo "ayer y hoy, y ser√° el mismo por todos los siglos" 22 . Por lo tanto, a todos los hombres de todos los tiempos se dirige aquello: "Aprended de m√≠, que soy manso y humilde de coraz√≥n" 23 : y en todo momento se nos muestra Cristo "hecho obediente hasta la muerte" 24 . Tambi√©n aquellas palabras del Ap√≥stol: "Los que son de Cristo han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias" 25 valen igualmente para todos los tiempos. -Verdad es que estas ense√Īanzas se aplican por igual a todos los fieles, pero dicen mejor con los sacerdotes; y, como dicho a ellos antes que a los dem√°s, han de tomar lo que Nuestro Predecesor a√Īad√≠a con su apost√≥lico celo: Quisiera Dios que estas virtudes fuesen practicadas ahora por mayor n√ļmero de gente, como lo fueron por tantos santos personajes de tiempos pasados, que en humildad de coraz√≥n, obediencia y abstinencia fueron "poderosos en obras y palabras", con provecho muy grande para la religi√≥n y la sociedad. Ni est√° fuera de lugar el recordar c√≥mo el sapient√≠simo Pont√≠fice con toda raz√≥n hace una muy singular menci√≥n de aquella abstinencia que, en lenguaje evang√©lico, llamamos "abnegaci√≥n de s√≠ mismo". En efecto, queridos hijos, en ella principalmente est√°n contenidas la fuerza, la eficacia y todo el fruto del ministerio sacerdotal; as√≠ como de su negligencia procede todo cuanto en las costumbres del sacerdote puede ofender los ojos y las conciencias de los fieles. Porque, si alguno obra por un vergonzoso af√°n de lucro, si se enreda en negocios temporales, si ambiciona los primeros puestos y desprecia los dem√°s, si se hace esclavo de la carne y de la sangre, si busca el agradar a los hombres, si conf√≠a en las palabras persuasivas de la sabidur√≠a humana, todo ello proviene de que desde√Īa el mandato de Cristo y desprecia la condici√≥n por El puesta: Si alguno quiere venir en pos de m√≠, ni√©guese a s√≠ mismo 26 .

9. Mientras Nos inculcamos tanto todo esto, no dejamos de advertir al sacerdote que no ha de vivir santamente para s√≠ solo, pues √©l es el obrero que Cristo sali√≥ a contratar para su vi√Īa 27 . Le corresponde, pues, arrancar las perniciosas hierbas, sembrar las √ļtiles, regarlas y velar para que el enemigo no siembre luego la ciza√Īa. Gu√°rdese bien, por lo tanto, el sacerdote, no sea que, al dejarse llevar por un af√°n inconsiderado de su perfecci√≥n interior, descuide alguna de las obligaciones de su ministerio que al bien de los fieles se refieren. Tales son: predicar la palabra divina, o√≠r confesiones cual conviene, asistir a los enfermos, sobre todo a los moribundos, ense√Īar la fe a los que no la conocen, consolar a los afligidos, hacer que vuelvan al camino los que yerran, imitar siempre y en todo a Cristo, que pas√≥ haciendo el bien y curando a todos los tiranizados por el diablo 28 . -Pero, en medio de toda esta actividad, que en su alma est√© siempre profundamente grabada la advertencia insigne de San Pablo: Ni el que planta es algo, ni el que riega; sino el que obra el crecimiento, Dios 29 . Bien est√° que entre l√°grimas vaya echando las semillas, bien que luego las cuide con todo esmero; pero que germinen y den el fruto deseado, s√≥lo pertenece a Dios y a su auxilio todopoderoso. Y es que, sobre todo, siempre se ha de tener muy presente que los hombres no son sino instrumentos que usa Dios para la salvaci√≥n de las almas; por ello, siempre han de estar muy bien preparados para que Dios pueda servirse de ellos. Pero ¬Ņde qu√© modo? ¬ŅCreemos, por ventura, que Dios se mover√° a valerse de nuestra actividad, en el extender su gloria, por alguna excelencia nuestra ing√©nita o lograda por el trabajo? En manera alguna; porque escrito est√°: Dios se escogi√≥ lo necio del mundo para confundir al sabio; y lo d√©bil del mundo, para confundir lo fuerte; y lo vil del mundo, lo tenido en nada y lo que no es se lo escogi√≥ Dios para anular lo que es 30 .

En realidad, tan s√≥lo hay una cosa que une al hombre con Dios, haci√©ndole agradable a sus ojos e instrumento no indigno de su misericordia: la santidad de vida y de costumbres. Si esta santidad, que no es otra que la eminente ciencia de Jesucristo, faltare al sacerdote, le falta todo. Pues, separados de esta santidad, el caudal mismo de la ciencia m√°s escogida -que Nos mismo procuramos promover en el clero-, la actividad y el acierto en el obrar, aunque puedan ser de alguna utilidad, ya a la Iglesia, ya a cada uno de los cristianos, no rara vez les son lamentable causa de perjuicios. Pero cu√°nto pueda, por √≠nfimo que sea, emprender y lograr con gran beneficio para el pueblo de Dios quien est√© adornado de santidad y por la santidad se distinga, lo prueban numerosos testimonios de todos los tiempos, y admirablemente el no lejano de Juan B. Vianney, ejemplar cura de almas, a quien Nos tuvimos gran placer en decretar el honor debido a los Beatos. -Unicamente la santidad nos hace tales como nos quiere nuestra divina vocaci√≥n, esto es, hombres que est√©n crucificados para el mundo y para quienes el mundo mismo est√© crucificado, hombres que caminen en una nueva vida y que, como ense√Īa San Pablo, en medio de trabajos, de vigilias, de ayunos, por la castidad, por la ciencia, por la longanimidad, por la suavidad, por el Esp√≠ritu Santo, por la caridad no fingida, por la palabra de verdad 31 , se muestren ministros de Dios, que se dirijan exclusivamente hacia las cosas celestiales y que pongan todo su esfuerzo en llevar tambi√©n a los dem√°s hacia ellas.

II. MEDIOS DE SANTIFICACI√ďN

10. Mas, como nadie ignora, la santidad de la vida en tanto es fruto de nuestra voluntad, en cuanto es fortificada por Dios mediante el auxilio de la gracia; y Dios mismo nos ha provisto colmadamente para que no careci√©semos jam√°s, si no queremos, del don de la gracia, lo cual logramos principalmente por el esp√≠ritu de oraci√≥n. En efecto, entre la santidad y la oraci√≥n existe dicha relaci√≥n tan necesariamente que de ning√ļn modo puede existir la una sin la otra. Por esto, muy conforme a la verdad es la frase del Cris√≥stomo: Yo creo ser evidente para todos que es sencillamente imposible el vivir en la virtud sin la defensa de la oraci√≥n 32 ; y San Agust√≠n, agudamente, formula esta conclusi√≥n: Verdaderamente sabe vivir bien quien sabe orar bien 33 . Jesucristo mismo nos persuade con m√°s fuerza estas ense√Īanzas por la exhortaci√≥n constante de su palabra, y m√°s todav√≠a con su ejemplo: sabido es c√≥mo para orar, se retiraba a los desiertos, o se acog√≠a a la soledad de las monta√Īas; gastaba noches enteras con gran empe√Īo en esta ocupaci√≥n; iba frecuentemente al templo, y hasta rodeado de las muchedumbres oraba en p√ļblico con los ojos alzados al cielo; en fin, clavado en la cruz, aun entre los mismos dolores de la muerte, llorando y con gran clamor suplic√≥ a su Padre. -Tengamos, por lo tanto, como cierto y probado que el sacerdote, a fin de poder cumplir dignamente con su puesto y su deber, necesita darse de lleno a la oraci√≥n. No es raro tener que deplorar que lo haga m√°s por costumbre que por devoci√≥n interior; que a su tiempo rece el oficio con descuido o que recite a veces algunas oraciones, pero despu√©s ya no se acuerde de consagrar parte alguna del d√≠a para hablar con Dios, elevando su coraz√≥n al cielo. Y sin embargo, el sacerdote, mucho m√°s que cualquier otro, debe obedecer al precepto de Cristo: Preciso es orar siempre 34 ; precepto que segu√≠a San Pablo, cuando insist√≠a con tanto empe√Īo: Perseverad en la oraci√≥n, pasando en ella las vigilias con acci√≥n de gracias 35 ; Orad sin cesar 36 . Y ¬°cu√°ntas ocasiones se presentan durante el d√≠a para elevarse hacia Dios a un alma pose√≠da por el deseo de la propia santificaci√≥n y de la salvaci√≥n de las otras almas! Angustias √≠ntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencia y, finalmente, el temor a los juicios divinos: todas estas cosas nos incitan poderosamente a llorar ante el Se√Īor para enriquecernos f√°cilmente, a sus ojos, de m√©ritos y, adem√°s, conseguir su protecci√≥n. Y hemos de llorar no tan s√≥lo por nosotros. Entre el gran diluvio de pecados que, sin cesar se extiende por todas partes, a nosotros nos corresponde, sobre todo, el implorar y suplicar la divina clemencia, as√≠ como el insistir ante Cristo, dador muy benigno de toda gracia, en el admirable Sacramento: Perdona, Se√Īor, perdona a tu pueblo.

11. Punto capital, en esto, es el designar cada día un tiempo determinado para la meditación de las cosas eternas. No hay sacerdote que, sin nota de grave negligencia y detrimento de su alma, pueda descuidar esto.

Escribiendo el sant√≠simo abad Bernardo a Eugenio III, disc√≠pulo suyo en otro tiempo y a la saz√≥n Romano Pont√≠fice, con no menor libertad que energ√≠a le avisaba que ning√ļn d√≠a dejara de entregarse a la meditaci√≥n de las cosas divinas, sin que le sirvieran de excusa alguna las ocupaciones tan numerosas y graves como lleva consigo el supremo apostolado. Y con toda raz√≥n se empe√Īaba en lograrlo de √©l, enumer√°ndole as√≠ con gran sabidur√≠a las utilidades de tal ejercicio: La meditaci√≥n purifica su propia fuente, esto es, la mente de donde procede. Regula luego las afecciones, dirige los actos, corrige los excesos, arregla las costumbres, cohonesta y ordena la vida; confiere, en fin, tanto la ciencia de las cosas divinas como de las humanas. Es la que aclara lo confuso, corrige los extrav√≠os, concentra lo esparcido, escudri√Īa lo oculto, investiga lo verdadero, examina lo veros√≠mil y explora lo fingido y aparente. Ella prepara lo que debe hacerse y repasa lo hecho, de suerte que nada subsista en el √°nimo que no est√© corregido o que tenga necesidad de correcci√≥n. En lo pr√≥spero, ella presiente lo adverso; y, en lo adverso, hace como que no siente: propio es lo uno de la fortaleza, lo otro de la prudencia 37 . El conjunto de estas grandes ventajas, que la meditaci√≥n lleva consigo, nos ense√Īa y a la vez nos advierte c√≥mo en todos los sentidos no s√≥lo es provechosa, sino muy necesaria.

12. Aunque las diferentes funciones sacerdotales sean augustas y llenas de veneraci√≥n, ocurre, sin embargo, que quienes las cumplen por costumbre, no las consideran con la religiosidad que se merecen. De aqu√≠, disminuyendo el fervor poco a poco, f√°cilmente se pasa a la negligencia y hasta al disgusto de las cosas m√°s santas. A√Ī√°dase a esto que al sacerdote le es necesario el vivir diariamente como en medio de una generaci√≥n depravada, de modo que muchas veces, aun en el ejercicio mismo de la caridas pastoral, habr√° de temer no se encubran all√≠ las asechanzas de la serpiente infernal. ¬ŅQu√© decir de la facilidad con que hasta los corazones piadosos se manchan con el polvo del mundo? Bien, pues, se ve cu√°l y cu√°n grande es la necesidad de volverse todos los d√≠as hacia la contemplaci√≥n de las cosas del cielo, para que, recobradas de tiempo en tiempo las fuerzas, la mente y la voluntad queden robustecidas contra las tentaciones. -Conviene, adem√°s, que el sacerdote adquiera cierta facilidad y h√°bito para elevarse y tender hacia las cosas celestiales, a fin de gustar las cosas de Dios, ense√Īarlas y aconsejarlas con ahinco; y ordenar su vida sobre las coas humanas de tal suerte que todo cuanto haga seg√ļn su ministerio, lo haga seg√ļn Dios, inspirado y guiado por la fe. Ahora bien; que esta disposici√≥n de √°nimo, esta uni√≥n como espont√°nea del alma con Dios, se produce y se conserva principalmente gracias a la meditaci√≥n cotidiana, cosa es tan clara a quien piense un poco siquiera, que ya no es necesario el detenernos m√°s en su explicaci√≥n. -Confirmaci√≥n de todo esto, bien triste por cierto, podemos hallar en la vida de aquellos sacerdotes que o hacen poco caso de la meditaci√≥n de las cosas eternas, o la miran con fastidio. Y as√≠ son de ver aquellos hombres, en quienes ha languidecido bien tan importante como el sentir de Cristo, entregados por completo a las cosas de la tierra, pretendiendo cosas vanas, hablando f√ļtiles palabras y tratando las cosas santas negligente, fr√≠a y aun indignamente quiz√°. En un principio, esos sacerdotes, fortalecidos por la gracia de su reciente unci√≥n sacerdotal, preparaban con diligencia su √°nimo para rezar el oficio divino, para no hacer como los que tientan a Dios: buscaban el tiempo m√°s oportuno y los sitios m√°s retirados del estr√©pito de las gentes; procuraban investigar los sentidos de la palabra de Dios; cantaban alabanzas, gem√≠an, se alegraban y derramaban su esp√≠ritu con el Salmista. Y ahora, con relaci√≥n a entonces, ¬°cu√°n cambiados!... -Apenas si ya nada en ellos queda, de aquella animosa piedad con que anhelaban los divinos misterios. ¬°Cu√°n amados les eran en otros tiempos aquellos tabern√°culos! Ansiaba el alma por sentarse a la mesa del Se√Īor y poder llevar continuamente a otras muchas hacia ella. Antes del sacrificio, ¬°qu√© pureza, qu√© oraciones las de aquella alma fervorosa! En la celebraci√≥n de la misa, ¬°cu√°nta reverencia entonces, exactamente cumplidas las augustas ceremonias en toda su hermosura! ¬°Qu√© gracias dadas de lo √≠ntimo del coraz√≥n! As√≠, felizmente, en el pueblo se esparc√≠a el buen olor de Cristo.... Acordaos, os rogamos hijos amad√≠simos, acordaos... de los pasados d√≠as 38 cuando, en efecto, el alma ard√≠a inflamada por el entusiasmo de la santa meditaci√≥n.

13. Entre aquellos mismos a quienes es gravoso recogerse en su coraz√≥n 39 o que lo descuidan, no faltan ciertamente quienes no disimulan la consiguiente pobreza de su alma, y se excusan poniendo por causa que se entregaron totalmente a la actividad del ministerio sacerdotal, a la m√ļltiple utilidad de los dem√°s. Mas se enga√Īan miserablemente. Porque, no acostumbrados ya a tratar con Dios, cuando de El hablan a los hombres o cuando les dan consejos para la vida cristiana, carecen totalmente del esp√≠ritu de Dios, de suerte que en ellos la palabra evang√©lica parece casi muerta. Su voz, aunque brille con una prudencia o facundia que se alaba, ya no es el eco de la voz del buen Pastor, √ļnica que las ovejas oyen para su bien, sino que resuena y se pierde sin fruto, algunas veces infecunda por el mal ejemplo, no sin deshonra para la religi√≥n y esc√°ndalo para los buenos. Lo mismo sucede en los dem√°s ministerios de su agitada vida; pues, o no se sigue ventaja alguna de s√≥lida utilidad, o es de corta duraci√≥n, porque le falta la lluvia del cielo que se atrae en abundancia tan s√≥lo por la oraci√≥n del que se humilla 40 . -Y no podemos menos de lamentarnos vehementemente de aquellos que, arrastrados por perniciosas novedades, ni se averg√ľenza siquiera de pensar en contra de lo que llevamos dicho, juzgando ellos que es como perdido el trabajo que se emplea en meditar y en orar. ¬°Funesta ceguera! ¬°Ojal√° que los tales, considerando bien consigo mismo, lleguen por fin a conocer en qu√© paran esa negligencia y desprecio tal de la oraci√≥n! De aqu√≠ procedi√≥ la soberbia y la contumacia; y √©stas dieron frutos harto amargos, que el √°nimo de Padre rehuye recordar y desea totalmente arrancar. Dios atienda a este deseo, y mirando con ojos benignos a los extraviados, derrame sobre ellos tan abundantemente el esp√≠ritu de gracia y de oraci√≥n, que llorando su error vuelvan de grado, con alegr√≠a de todos, a los caminos en mal hora abandonados, y contin√ļen en ellos con m√°s cautela. ¬°Y s√©anos Dios testigo, como en otro tiempo lo fue con el Ap√≥stol 41 , de c√≥mo los amamos a todos ellos en las entra√Īas de Jesucristo!

14. Que en ellos, como en todos vosotros, hijos amad√≠simos, se grabe muy bien Nuestra exhortaci√≥n, porque es tambi√©n de Cristo Se√Īor Nuestro: Atended, vigilad y orad 42 . Ante todo, que cada cual aplique su industria al empe√Īo de meditar piadosamente; procure esto mismo con diligencia y √°nimo confiado, suplicando: ¬°Se√Īor, ens√©√Īanos a orar! 43 . Ni tiene poco peso para inducirnos a meditar esta especial raz√≥n: a saber, cu√°n gran influencia en el consejo y virtud procede de aqu√≠, cosa muy √ļtil para la recta cura de almas, obra la m√°s dif√≠cil de todas. -Y muy a prop√≥sito viene, siendo digna de ser recordada, la alocuci√≥n pastoral de San Carlos: Entended, hermanos, que nada es tan necesario a todos los varones eclesi√°sticos como la oraci√≥n mental, que preceda, acompa√Īe y siga a todas nuestras acciones; "Cantar√©, dice el Profeta, y entender√©" 44 . Si administras los sacramentos, oh hermano, medita qu√© haces; si celebras la misa, piensa qu√© ofreces; si cantas, mira con qui√©n y qu√© cosas hablas; si diriges las almas, piensa en la sangre con que est√°n lavadas 45 . Por lo cual, con justa raz√≥n, nos manda la Iglesia repetir frecuentemente aquellas palabras de David: Bienaventurado el var√≥n que medita en la ley del Se√Īor, su voluntad permanece de d√≠a y de noche; todas las cosas que haga le resultar√°n bien. -Adem√°s, sirva a todos de noble est√≠mulo esto √ļltimo: si el sacerdote se llama otro Cristo, y lo es, por la comunicaci√≥n de la potestad, ¬Ņno deber√° hacerse tal y ser considerado como tal tambi√©n por la imitaci√≥n de sus obras?... Sea, pues, nuestro gran empe√Īo meditar la vida de Jesucristo 46 .

15. En gran manera importa que el sacerdote a√Īada de continuo la lectura de libros piadosos y, ante todo, de los libros inspirados de las cosas divinas. Y as√≠ Pablo mandaba a Timoteo: Ded√≠cate a la lectura 47 . Por esto Jer√≥nimo indicaba a Nepociano, cuando le hablaba de la vida sacerdotal: Nunca caiga de tus manos la lectura sagrada, dando para ello la siguiente raz√≥n: Aprende lo que debes ense√Īar: adquiere aquella palabra fiel, que es seg√ļn la doctrina, para que puedas exhortar con doctrina sana y refutar a los que te contradigan. -¬°Qu√© provecho, en efecto, no consiguen los sacerdotes que tal hacen con asiduidad constante! ¬°Cu√°n dulcemente predican a Cristo, c√≥mo inclinan hacia la perfecci√≥n, c√≥mo elevan a deseos celestiales los corazones y las almas de sus oyentes, en vez de debilitarlos y lisonjearlos! -Mas, por otro t√≠tulo- y en tal caso, con gran provecho vuestro-, queridos hijos, tiene fuerza el precepto de San Jer√≥nimo: Que la lectura sagrada est√© siempre en tus manos 48 . ¬ŅQui√©n ignora la gran fuerza que tiene sobre el coraz√≥n de un amigo la voz del amigo que le advierte sinceramente, le ayuda con su consejo, le reprende, le anima y le aparta del error? Dichoso aquel que encuentra un amigo verdadero... 49 . El que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro 50 . En el n√ļmero, pues, de amigos verdaderamente fieles hemos de contar los libros piadosos. Ellos con gravedad nos avisan de nuestros deberes y de las prescripciones de la leg√≠tima disciplina; despiertan en nuestros corazones las voces celestiales adormecidas; reprenden el abandono de nuestros buenos prop√≥sitos; perturban nuestra enga√Īosa tranquilidad; censuran nuestras afecciones menos rectas, disimuladas; nos descubren los peligros a que frecuentemente se exponen los incautos. Y todos estos oficios nos los prestan con benevolencia tan discreta que se nos muestran, no ya s√≥lo como amigos, sino como los mejores amigos. Los tenemos, cuando nos place, como juntos a nuestro lado, a toda hora dispuestos a socorrernos en nuestras m√°s √≠ntimas necesidades; su voz jam√°s es amarga, sus advertencias jam√°s interesadas, su palabra jam√°s t√≠mida ni falaz. -Numerosos e insignes ejemplos demuestran la eficacia tan provechosa de los buenos libros; pero entre todos sobresale indudablemente el ejemplo de San Agust√≠n, cuyos insignes m√©ritos con la Iglesia de all√≠ tomaron su origen: Toma y lee; toma y lee... Yo tom√© r√°pido (las Ep√≠stolas de San Pablo), las abr√≠ y le√≠ en silencio... Como por una luz de paz, infundida en mi coraz√≥n, se disiparon las tinieblas de mis dudas 51 . Desgraciadamente, por lo contrario, en nuestros d√≠as ocurre con frecuencia que los miembros del clero se van poco a poco cubriendo con las tinieblas de la duda y llegan a seguir las tortuosas sendas del mundo, principalmente por preferir a los libros piadosos y divinos todo g√©nero de libros bien diversos y hasta la turba de los peri√≥dicos saturados de sutil y ponzo√Īoso error. Guardaos, queridos hijos; no os fi√©is de vuestra edad adulta y provecta; no os dej√©is enga√Īar por la falaz esperanza de que as√≠ atender√©is mejor al bien com√ļn. No se franqueen los l√≠mites que las leyes de la Iglesia se√Īalan o que la prudencia de cada uno y el amor de s√≠ mismo determinan; porque, luego de empapada el alma de este veneno, muy dif√≠cil ser√° evitar las consecuencias de la ruina causada.

16. El provecho que el sacerdote obtendr√°, as√≠ de las lecturas sanas como de la meditaci√≥n de las cosas celestiales, ser√° m√°s abundante si acudiere a alg√ļn recurso por el que pueda reconocer, si se aplica con cuidado en llevar a la pr√°ctica de la vida cuanto ha le√≠do y meditado. Muy a prop√≥sito viene el excelente medio recomendado singularmente al sacerdote por San Juan Cris√≥stomo: Todas las noches, antes de entregarte al sue√Īo, llama a juicio a tu conciencia y p√≠dele cuenta muy severa de los malos proyectos formados durante el d√≠a..., invest√≠galos y desg√°rralos, cast√≠galos tambi√©n 52 . Y cu√°n conveniente y provechoso sea para la virtud cristiana este ejercicio, pru√©banlo los maestros de la vida espiritual con admirables avisos y exhortaciones. Citemos a prop√≥sito aquellas palabras de San Bernardo: Como investigador diligente de la pureza de tu alma, investiga tu vida con el examen de cada d√≠a, averigua con cuidado qu√© has ganado y qu√© has perdido... Apl√≠cate a conocerte a ti mismo... Pon todas tus faltas delante de tus ojos. Ponte frente a ti mismo, como delante de otro; y luego llora de ti mismo 53 .

17. Verg√ľenza grande ser√≠a que aun en esto se cumpliesen aquellas palabras del Salvador: Los hijos de este siglo son mucho m√°s avisados que los hijos de la luz 54 .

Bien es de ver el sumo cuidado con que ellos administran sus asuntos, y con cu√°nta frecuencia repasan sus ingresos y sus gastos, con qu√© diligencia y con qu√© rigor hacen sus cuentas, c√≥mo se lamentan de sus p√©rdidas y qu√© gran empe√Īo ponen en resarcirlas. Mas nosotros, en quienes existe tal vez un vivo af√°n por adquirir honores, aumentar nuestro patrimonio, conquistar renombre y gloria por medio de la ciencia, con gran descuido y suma negligencia olvidamos el negocio m√°s importante y el m√°s dif√≠cil, esto es, el de nuestra propia santificaci√≥n.

Apenas si de tarde en tarde nos recogemos alguna vez dentro de nosotros mismos para examinar nuestra alma, la cual por ese motivo se halla como una enmara√Īada selva, o como la vi√Īa de aquel perezoso de la que est√° escrito: Pasado he por las tierras del perezoso y por la vi√Īa del necio, y he visto c√≥mo se hallaban invadidas por las ortigas y c√≥mo las espinas hab√≠an recubierto toda la superficie, mientras su cerca de piedra se hallaba destruida 55 . -Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, no poco perjudiciales aun a la virtud del mismo sacerdote, se multiplican en torno suyo, de tal suerte que cada d√≠a es preciso vivir con m√°s cautela y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra c√≥mo el que hace frecuente y severo examen propio de sus pensamientos, palabras y actos, tiene m√°s fuerza para odiar y huir del mal, y tambi√©n m√°s ardor y celo para el bien. Asimismo la experiencia pone de manifiesto a cu√°ntos inconvenientes y peligros se halla expuesto ordinariamente el que rehuye presentarse ante este tribunal en el que la justicia se asienta para juzgar, mientras la conciencia se presenta como reo al mismo tiempo que como acusador. En vano tratar√©is de buscar en √©l aquella circunspecci√≥n, tan conveniente en todo cristiano, de evitar aun los pecados m√°s leves; aquel pudor del alma, propio singularmente de todo sacerdote, que se asusta hasta de la m√°s peque√Īa ofensa de Dios. M√°s a√ļn: semejante incuria y tal negligencia de s√≠ mismo, llegan a veces a tal grado que hasta descuida el mismo sacramento de la Penitencia, medio el mas oportuno suministrado por la infinita misericordia del Se√Īor a la debilidad humana. -No se puede negar, antes bien hay que deplorarlo con amargura, que no rara vez sucede que quien aparta a los otros del pecado con la inflamada elocuencia de la divina palabra, haga caso omiso de ello y se endurezca en los pecados; que quien exhorta y apremia a los dem√°s para que con el debido cuidado se apresuren a lavar las manchas de sus almas, haga eso mismo con el mayor descuido, dejando pasar meses enteros; que quien sabe infundir el aceite y el vino saludable en las heridas del pr√≥jimo, yace m√°s herido a√ļn que los dem√°s cerca del camino, sin reclamar sol√≠cito el auxilio de una fraternal mano que tal vez est√° cercana. ¬°Cu√°ntas cosas -oh dolor- han resultado y resultan hoy todav√≠a de proceder tan indigno en la presencia del Se√Īor y de su Iglesia, tan perjudicial al pueblo cristiano como deshonroso al propio estado sacerdotal!

18. Y cuando Nos, por deber de conciencia, pensamos en estas cosas, Nuestra alma se llena de amargura, Nuestra voz clama entre sollozos. ¬°Ay del sacerdote, que no sabe ocupar bien su puesto y que, desleal, profana el santo nombre de Dios, ante quien debe ser santo! La corrupci√≥n de los mejores es la peor. Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero grande es su ca√≠da, si pecan; alegr√©monos por su elevaci√≥n, mas temamos por su ca√≠da; no es tan alegre el haber estado en alto, como triste el haber ca√≠do desde all√≠ 56 . Muy desgraciado, por lo tanto, el sacerdote que, olvidado de s√≠ mismo, no se preocupa de la oraci√≥n, rehuye el alimento de las lecturas piadosas, y jam√°s vuelve dentro de s√≠ para escuchar la voz de la conciencia que le acusa. Ni las llagas de su alma cada vez m√°s irritadas, ni los gemidos de la Iglesia, su madre, conmover√°n al desdichado, hasta que le hieran estas tremendas amenazas: Ciega el coraz√≥n de este pueblo, t√°pale los o√≠dos, ci√©rrale los ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus o√≠dos y comprenda con su coraz√≥n, y as√≠ se convierta y yo le cure 57 . -Que el Se√Īor, rico en misericordia, aleje de cada uno de vosotros, hijos queridos, tan triste vaticinio; El, que ve el fondo de Nuestro coraz√≥n, sabe que est√° libre de todo rencor hacia quienquiera que sea, y m√°s bien compadecido de todos con el amor de Pastor y de Padre. -¬ŅCu√°l es, por lo tanto, nuestra esperanza, nuestra alegr√≠a y nuestra corona? ¬ŅNo sois acaso vosotros mismos delante de Jesucristo Se√Īor Nuestro? 58 .

19. Mas vosotros mismos, cuantos dondequiera est√©is, bien conoc√©is en qu√© desdichados tiempos se encuentra la Iglesia, por secretos designios de Dios. Considerad tambi√©n y meditad cu√°n sagrado es el deber que os incumbe, de tal suerte que, pues hab√©is sido dotados por ella de dignidad tan alta, os esforc√©is tambi√©n por estar a su lado y por asistirla en sus tribulaciones. Por todo ello nunca como ahora se precisa, en el clero, una virtud nada vulgar, absolutamente ejemplar, vigilante, activa, potent√≠sima finalmente para hacer y padecer por Cristo grandes cosas. Nada hay que con tanto ardor supliquemos para todos y cada uno de vosotros. -Florezca, pues, en vosotros, con su inmaculada lozan√≠a la castidad, el mejor ornato de nuestro orden, pues por su brillo el sacerdote se hace como semejante a los √°ngeles a la vez que aparece m√°s venerable ante el pueblo cristiano y m√°s fecundo en frutos de santidad. Crezca siempre el respeto a la obediencia solemnemente prometida a los que el Esp√≠ritu Santo constituy√≥ como pastores de la Iglesia; y, sobre todo, √ļnanse esp√≠ritus y corazones con lazos cada d√≠a m√°s estrechos de fidelidad, en obsequio tan justamente debido a esta Sede Apost√≥lica. -Triunfe en todos aquella caridad que no busca lo propio, a fin de que, ahogados los est√≠mulos de la envidiosa contienda y la ambici√≥n insaciable que atormentan al coraz√≥n humano, todos vuestros esfuerzos, con una fraternal emulaci√≥n, tiendan al aumento de la gloria divina. Grande es la multitud, harto infeliz, de enfermos, ciegos, cojos, paral√≠ticos que espera los frutos de vuestra caridad; os esperan, m√°s que a nadie, compactas turbas de j√≥venes, risue√Īa esperanza de la sociedad y de la religi√≥n, que por doquier h√°llanse rodeados de halagos y de vicios. Consagraos con entusiasmo, no s√≥lo a ense√Īar el catecismo, seg√ļn de nuevo y con mayor empe√Īo recomendamos; sino tambi√©n a servir a todos por cuantos medios os inspiren vuestro consejo y vuestra prudencia. Y al socorrer, proteger, curar y apaciguar, no pretend√°is ni anhel√°is, como sedientos, sino ganar las almas para Jesucristo o manten√©rselas unidas a el. ¬°Mirad con cu√°nta diligencia, fatiga y denuedo trabajan, incansables, los enemigos en su af√°n de arruinar las almas! -Por este esplendor de la caridad es por lo que principalmente se alegra la Iglesia cat√≥lica y se glor√≠a en su clero, que evangeliza la paz cristiana, que lleva la salud y la civilizaci√≥n hasta los pueblos b√°rbaros, por los cuales, aun a costa de los mayores sacrificios consagrados a veces con la sangre derramada, el reino de Cristo se extiende m√°s cada d√≠a y la santa fe brilla m√°s augusta con nuevos triunfos. -Y si con el odio, la afrenta y la calumnia, queridos hijos, se correspondiera, como sucede con frecuencia, a los oficios de vuestra difusiva caridad, no por ello quer√°is sucumbir a la tristeza, no desmay√©is en hacer el bien 59 . Ante vuestros ojos se hagan presentes los escuadrones, tan insignes en n√ļmero como en m√©rito, de todos cuantos, a imitaci√≥n de los ap√≥stoles, entre los m√°s crueles oprobios por el nombre de Jesucristo, iban contentos, y, maldecidos, bendec√≠an. Somos nosotros, hijos y hermanos de los Santos, cuyos nombres brillan en el libro de la vida, y cuyos m√©ritos celebra la Iglesia. ¬°No hagamos tal agravio a nuestra gloria! 60 .

III. MEDIOS DE PERSEVERANCIA

20. Si en el orden clerical se restaurare y se aumentare la vida de la gracia sacerdotal, nuestros restantes proyectos de reforma en toda su amplitud tendr√°n, Dios mediante, mucha mayor eficacia. -Y por ello Nos parece muy conveniente el a√Īadir a todo cuanto hemos dicho algunos medios propios para conservar y mantener esta gracia. Primero es el tan conocido y recomendado por todos, pero no usado igualmente por todos, el piadoso retiro del alma para hacer los llamados Ejercicios Espirituales cada a√Īo, si es posible, ya en privado cada uno, ya con otros, donde el fruto suele ser m√°s abundante, salvas siempre las prescripciones de los Obispos. Nos ya hemos ponderado bastante las ventajas de esta instituci√≥n, al mandar sobre ello algunas cosas en lo que toca a la disciplina del clero romano 61 . -Ni menos √ļtil ser√° para las almas que dicho retiro se tenga cada mes, siquiera durante algunas horas, ya en privado, ya en com√ļn. Con gran satisfacci√≥n vemos c√≥mo en varios sitios ya se ha establecido esta costumbre, no s√≥lo bajo el auxilio de los Obispos, sino a veces bajo su personal presidencia en reuniones para tal efecto. -Otra cosa hemos de recomendar con sumo empe√Īo, esto es, una cierta uni√≥n m√°s estrecha de los sacerdotes, cual conviene entre hermanos, establecida y gobernada por la autoridad episcopal. Muy recomendable es, en efecto, que se re√ļnan en sociedades, as√≠ para asegurarse ciertos socorros mutuos contra las desgracias como para defender la integridad de su honor y de sus cargos contra los ataques enemigos, o para cualquier otra finalidad de este g√©nero. Pero tambi√©n importa el asociarse para perfeccionar los conocimientos en las ciencias sagradas y, sobre todo, para conservar con el m√°s diligente cuidado la vocaci√≥n eclesi√°stica, o para promover los intereses de las almas, comunicando todos entre s√≠ sus consejos y sus iniciativas. La historia de la Iglesia pone muy de relieve cu√°n felices resultados debe a este g√©nero de asociaci√≥n en los tiempos en que, de ordinario, los sacerdotes viv√≠an en comunidad. ¬ŅPor qu√©, pues, no podr√≠a restablecerse algo as√≠ en nuestros tiempos, claro es que seg√ļn lo consintieran los sitios y los empleos? ¬ŅY no se podr√≠a esperar l√≥gicamente, con gozo de la Iglesia, los mismos frutos de aquellos otros tiempos?

De hecho, no faltan comunidades de este g√©nero, provistas de la autorizaci√≥n de los Obispos, tanto m√°s √ļtiles cuanto antes se ingrese en ellas, ya al principio mismo del sacerdocio. Nos mismo, en Nuestro ministerio episcopal, promovimos una instituci√≥n que por experiencia hallamos muy ventajosa, y aun ahora continuamos dispens√°ndole, como a otras semejantes, Nuestra especial benevolencia.

Auxilios tales de la gracia sacerdotal, y otros que la cuidadosa prudencia de los Obispos inspirase, seg√ļn las circunstancias, estimadlos y empleadlos vosotros, queridos hijos, a fin de que cada d√≠a m√°s y m√°s dignamente and√©is por el camino de la vocaci√≥n a que hab√©is sido llamados 62 , honrando as√≠ vuestro ministerio a la par que cumpl√≠s en vosotros la voluntad de Dios, que es vuestra santificaci√≥n.

CONCLUSI√ďN

21. A eso miran Nuestros principales pensamientos y cuidados: y, por ello, elevados al Cielo los ojos, con frecuencia renovamos sobre todo el clero la s√ļplica misma de Jesucristo: Padre santo, santif√≠cales 63 . Y, en este acto de s√ļplica, Nos alegramos de que un gran n√ļmero de fieles de toda condici√≥n, en extremo preocupados por vuestro bien y el de la Iglesia, ruega juntamente con Nos; m√°s a√ļn, por dicha Nuestra hay no pocas almas muy ilustres en virtud, no s√≥lo en los sagrados claustros, sino tambi√©n, aun en medio de la vida del siglo, que se ofrecen como v√≠ctimas consagradas a Dios con ese mismo objeto y con un incesante entusiasmo. Quiera Dios aceptar en olor de suavidad sus puras y eximias oraciones, y que no desde√Īe tampoco Nuestras muy humildes s√ļplicas. Amp√°renos, seg√ļn le suplicamos, clemente y pr√≥vido, el mismo Se√Īor, que colme a todo el clero con los tesoros de gracia, caridad y con toda virtud de que es fuente el Sacrat√≠simo Coraz√≥n de su amado Hijo. -Queremos, para terminar, queridos hijos, manifestaros toda Nuestra gratitud por los deseos y felicitaciones que Nos hab√©is ofrecido con amor y piedad, en ocasi√≥n del quincuag√©simo aniversario de Nuestro sacerdocio, y para que Nuestras s√ļplicas por vosotros m√°s cumplidamente se vean realizadas, queremos sean confiadas a la augusta Virgen Madre, Reina de los Ap√≥stoles. Ya que ella, con su ejemplo, ense√Ī√≥ a aquellas primicias del orden sacerdotal c√≥mo hab√≠an de perseverar en la oraci√≥n hasta ser revestidos por la virtud de lo alto, y esta misma virtud se la obtuvo mucho m√°s cumplida con sus ruegos, aument√≥ y fortific√≥ con sus consejos, con pr√≥spera fertilidad para sus trabajos. Deseamos, entre tanto, amados hijos, que la paz de Cristo rebose abundante en vuestros corazones con el gozo del Esp√≠ritu Santo, teniendo por prenda la Bendici√≥n Apost√≥lica que a todos vosotros os concedemos con el amor m√°s entra√Īable.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 4 de agosto de 1908, al principio del sexto a√Īo de Nuestro Pontificado.


1

Hebr. 13, 17.

2

1 Tim. 6, 11.

3

Eph. 4, 23-24.

4

Dan. 3, 39.

5

Col. 1, 10.

6

Hebr. 5, 1.

7

Tit. 1, 16.

8

Act. 1, 1.

9

Mat. 5, 13.

10

1 Cor. 14, 1.

11

2 Cor. 5, 20.

12

Io. 15, 15-16.

13

Hebr. 7, 26.

14

S. Io. Chrysost. In Mat. hom. 82, n. 5.

15

Ps. 15, 5.

16

Ep. 52, ad Nepot. n. 5.

17

Col. 1, 28.

18

Sess. 22 de reform. c. 1.

19

Ps. 92, 5.

20

Ep. Testem benevolentiae ad archiep. Baltimor. 21 ian. 1899.

21

Rom. 8, 29.

22

Hebr. 13, 8.

23

Mat. 11, 20.

24

Phil. 2, 8.

25

Gal. 5, 24.

26

Mat. 16, 24.

27

Ibid. 20, 1.

28

Act. 10, 38.

29

1 Cor. 3, 7.

30

Ibid. 1, 27-28.

31

2 Cor. 6, 5 ss.

32

De praecatione orat. 1.

33

Hom. 4 ex 50.

34

Luc. 18, 1.

35

Col. 4, 2.

36

1 Thess. 5, 17.

37

De considerat. 1, 7.

38

Hebr. 10, 32.

39

Ier. 12, 11.

40

Eccli. 35, 21.

41

Phil. 1, 8.

42

Marc. 13, 33.

43

Luc. 11, 1.

44

Ps. 100, 2.

45

Ex orationib, ad clerum.

46

De imit. Christi, 1, 1.

47

1 Tim. 4, 13.

48

Ep. 40 ad Paulinum, 2, 6.

49

Eccli. 25, 12.

50

Ibid. 6, 14.

51

Conf. 8, 12.

52

Exposit. in Ps. 4, 8.

53

Meditationes piisimae c. 5: De quotid. sui ipsius exam.

54

Luc. 16, 8.

55

Prov. 24, 30-31.

56

S. Hier. in Ezech. 13, 44; 5, 30.

57

Is. 6, 10.

58

1 Thess. 2, 19.

59

Ibid. 3, 13.

60

1 Mach. 9, 10.

61

Ep. Experiendo ad Card. in Urbe Vicarium 27 dec. 1904.

62

Eph. 4, 1.

63

Io. 17, 11. 17.
Consultas

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