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S.S. Juan XXIII, Gaudete Mater Ecclesia
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Gaudete Mater Ecclesia

Discurso de S.S. Juan XXIII durante la inauguración del Concilio Vaticano II

EN LA SOLEMNE APERTURA DEL CONCILIO

G√≥zase hoy la Santa Madre Iglesia porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el d√≠a tan deseado en que el Concilio Ecum√©nico Vaticano II se inaugura solemnemente aqu√≠, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protecci√≥n de la Virgen Sant√≠sima cuya Maternidad Divina se celebra lit√ļrgicamente en este mismo d√≠a.

Los Concilios Ecuménicos en la Iglesia

2. La sucesión de los diversos Concilios hasta ahora celebrados -tanto los veinte Concilios Ecuménicos como los innumerables Concilios provinciales y regionales, también importantes- proclaman claramente la vitalidad de la Iglesia católica y se destacan como hitos luminosos a lo largo de su historia.

El gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.

Muy natural es que, al iniciarse el universal Concilio, Nos sea grato mirar a lo pasado, como para recoger sus voces, cuyo eco alentador queremos escuchar de nuevo, unido al recuerdo y méritos de Nuestros Predecesores más antiguos o más recientes, los Romanos Pontífices: voces solemnes y venerables, a través del Oriente y del Occidente, desde el siglo IV al Medievo y de aquí hasta la época moderna, las cuales han transmitido el testimonio de aquellos Concilios; voces que proclaman con perenne fervor el triunfo de la institución, divina y humana: la Iglesia de Cristo, que de El toma nombre, gracia y poder.

Junto a los motivos de gozo espiritual, es cierto, sin embargo, que por encima de esta historia se extiende tambi√©n, durante m√°s de diecinueve siglos, una nube de tristeza y de pruebas. No sin raz√≥n el anciano Sime√≥n dijo a Mar√≠a, la Madre de Jes√ļs, aquella profec√≠a que ha sido y sigue siendo verdadera: "Este [ni√Īo] ser√° puesto para ruina y para resurrecci√≥n de muchos en Israel y como se√Īal de contradicci√≥n" 1 . Y el mismo Jes√ļs, ya adulto, fij√≥ muy claramente las distintas actitudes del mundo frente a su persona, a lo largo de los siglos, en aquellas misteriosas palabras: "Quien a vosotros escucha a m√≠ me escucha" 2 ; y con aquellas otras, citadas por el mismo Evangelista: "Quien no est√° conmigo, est√° contra m√≠; quien no recoge conmigo, desparrama" 3 .

El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil a√Īos, subsiste inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o est√°n con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien est√°n sin El o contra El, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusi√≥n, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas.

Los concilios Ecum√©nicos, siempre que se re√ļnen, son celebraci√≥n solemne de la uni√≥n de Cristo y de su Iglesia y por ende conducen a una universal irradiaci√≥n de la verdad, a la recta direcci√≥n de la vida individual, familiar y social, al robustecimiento de las energ√≠as espirituales, en incesante elevaci√≥n sobre los bienes verdaderos y eternos.

Ante nosotros est√°n, en el sucederse de las diversas √©pocas de los primeros veinte siglos de la historia cristiana, los testimonios de este Magisterio extraordinario de la Iglesia, recogidos en numerosos e imponentes vol√ļmenes, patrimonio sagrado en los archivos eclesi√°sticos aqu√≠ en Roma, pero tambi√©n en las m√°s c√©lebres bibliotecas del mundo entero.

Origen y causa del Concilio Ecuménico Vaticano II

3. Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra pronunciada ante el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio.

Tres a√Īos de laboriosa preparaci√≥n, consagrados al examen m√°s amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de pr√°ctica religiosa, de vitalidad cristiana y cat√≥lica especialmente, Nos han aparecido como una primera se√Īal y un primer don de gracias celestiales.

Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio -tal es Nuestra firme esperanza- crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.

As√≠ es como el Concilio se convierte en motivo de singular obligaci√≥n de gran gratitud al Supremo Dador de todo bien, celebrando con jubiloso c√°ntico la gloria de Cristo Se√Īor, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.

Oportunidad de la celebración del Concilio

4. Hay, adem√°s, otro argumento, Venerables Hermanos, que conviene confiar a vuestra consideraci√≥n. Para aumentar, pues, m√°s a√ļn Nuestro santo gozo, queremos proponer -ante esta gran asamblea- el consolador examen de las felices circunstancias en que comienza el Concilio Ecum√©nico.

En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente.

En el presente momento hist√≥rico, la Providencia nos est√° llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero m√°s a√ļn por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aqu√©lla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.

F√°cil es descubrir esta realidad, cuando se considera atentamente el mundo moderno, tan ocupado en la pol√≠tica y en las disputas de orden econ√≥mico que ya no encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual, de las que se ocupa el magisterio de la Santa Iglesia. Modo semejante de obrar no va bien, y con raz√≥n ha de ser desaprobado; mas no se puede negar que estas nuevas condiciones de la vida moderna tienen siquiera la ventaja de haber hecho desaparecer todos aquellos innumerables obst√°culos, con que en otros tiempos los hijos del mundo imped√≠an la libre acci√≥n de la Iglesia. En efecto; basta recorrer, aun fugazmente, la historia eclesi√°stica, para comprobar claramente c√≥mo aun los mismos Concilios Ecum√©nicos, cuyas gestas est√°n consignadas con √°ureos caracteres en los fastos de la Iglesia Cat√≥lica, frecuentemente se celebraron entre grav√≠simas dificultades y amarguras, por la indebida ingerencia de los poderes civiles. Verdad es que a veces los Pr√≠ncipes seculares se propon√≠an proteger sinceramente a la Iglesia; pero, con mayor frecuencia, ello suced√≠a no sin da√Īo y peligro espiritual, porque se dejaban llevar por c√°lculos de su actuaci√≥n pol√≠tica, interesada y peligrosa.

A este propósito, os confesamos el muy vivo dolor que experimentamos por la ausencia, aquí y en este momento, de tantos Pastores de almas para Nos queridísimos, porque sufren prisión por su fidelidad a Cristo o se hallan impedidos por otros obstáculos, y cuyo recuerdo Nos mueve a elevar por ellos ardientes plegarias a Dios.

Pero no sin una gran esperanza y un gran consuelo vemos hoy cómo la Iglesia, libre finalmente de tantas trabas de orden profano, tan frecuentes en otros tiempos, puede, desde esta Basílica Vaticana, como desde un segundo Cenáculo Apostólico, hacer sentir a través de vosotros su voz, llena de majestad y de grandeza.

Objetivo principal del Concilio: defensa y revalorización de la verdad

5. El supremo inter√©s del Concilio Ecum√©nico es que el sagrado dep√≥sito de la doctrina cristiana sea custodiado y ense√Īado en forma cada vez m√°s eficaz. Doctrina, que comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a nosotros, peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria celestial. Esto demuestra c√≥mo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte que cumplamos nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y as√≠ consigamos el fin establecido por Dios.

Significa esto que todos los hombres, considerados tanto individual como socialmente, tienen el deber de tender sin tregua, durante toda su vida, a la consecución de los bienes celestiales; y el de usar, llevados por ese fin, todos los bienes terrenales, sin que su empleo sirva de perjuicio a la felicidad eterna.

Ha dicho el Se√Īor: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia" 4 . Palabra √©sta "primero" que expresa en qu√© direcci√≥n han de moverse nuestros pensamientos y nuestras fuerzas; mas sin olvidar las otras palabras del precepto del Se√Īor: "... y todo lo dem√°s se os dar√° por a√Īadidura" 5 . En realidad, siempre ha habido en la Iglesia, y hay todav√≠a, quienes, caminando con todas sus energ√≠as hacia la perfecci√≥n evang√©lica, no se olvidan de rendir una gran utilidad a la sociedad. As√≠ es como por sus nobles ejemplos de vida constantemente practicados, y por sus iniciativas de caridad, recibe vigor e incremento cuanto hay de m√°s alto y noble en la humana sociedad.

Mas para que tal doctrina alcance a las m√ļltiples estructuras de la actividad humana, que ata√Īen a los individuos, a las familias y a la vida social, ante todo es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado cat√≥lico.

Por esta raz√≥n la Iglesia no ha asistido indiferente al admirable progreso de los descubrimientos del ingenio humano, y nunca ha dejado de significar su justa estimaci√≥n: mas, aun siguiendo estos desarrollos, no deja de amonestar a los hombres para que, por encima de las cosas sensibles, vuelvan sus ojos a Dios, fuente de toda sabidur√≠a y de toda belleza; y les recuerda que, as√≠ como se les dijo "poblad la tierra y dominadla" 6 , nunca olviden que a ellos mismos les fue dado el grav√≠simo precepto: "Adorar√°s al Se√Īor tu Dios y a El s√≥lo servir√°s" 7 , no sea que suceda que la fascinadora atracci√≥n de las cosas visibles impida el verdadero progreso.

Modalidad actual en la difusión de la doctrina sagrada

6. Despu√©s de esto, ya est√° claro lo que se espera del Concilio, en todo cuanto a la doctrina se refiere. Es decir, el Concilio Ecum√©nico XXI -que se beneficiar√° de la eficaz e importante suma de experiencias jur√≠dicas, lit√ļrgicas, apost√≥licas y administrativas- quiere transmitir pura e √≠ntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio com√ļn de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad.

Deber nuestro no es s√≥lo estudiar ese precioso tesoro, como si √ļnicamente nos preocupara su antig√ľedad, sino dedicarnos tambi√©n, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos recorre la Iglesia.

La tarea principal ["punctum saliens"] de este Concilio no es, por lo tanto, la discusi√≥n de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la ense√Īanza de los Padres y Te√≥logos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que est√°is tan familiarizados.

Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesi√≥n renovada, serena y tranquila, a todas las ense√Īanzas de la Iglesia, en su integridad y precisi√≥n, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el esp√≠ritu cristiano y cat√≥lico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetraci√≥n doctrinal y una formaci√≥n de las conciencias que est√© en correspondencia m√°s perfecta con la fidelidad a la aut√©ntica doctrina, estudiando √©sta y exponi√©ndola a trav√©s de las formas de investigaci√≥n y de las f√≥rmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresi√≥n; y de ello ha de tenerse gran cuenta -con paciencia, si necesario fuese- ateni√©ndose a las normas y exigencias de un magisterio de car√°cter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecum√©nico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Se√Īor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, c√≥mo las opiniones de los hombres se suceden excluy√©ndose mutuamente y c√≥mo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.

Cómo reprimir los errores

7. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los conden√≥ con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia m√°s que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina m√°s bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicci√≥n con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por s√≠ solos, est√°n propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la t√©cnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada d√≠a se convencen m√°s de que la dignidad de la persona humana, as√≠ como su perfecci√≥n y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha ense√Īado c√≥mo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio pol√≠tico de nada sirven para una feliz soluci√≥n de los graves problemas que les afligen.

En tal estado de cosas, la Iglesia Cat√≥lica, al elevar por medio de este Concilio Ecum√©nico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. As√≠ como Pedro un d√≠a, al pobre que le ped√≠a limosna, dice ahora ella al g√©nero humano oprimido por tantas dificultades: "No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jes√ļs de Nazaret, lev√°ntate y anda" 8 . La Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad s√≥lo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderos√≠sima tutela y ayuda para una vida m√°s humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin. Adem√°s de que ella, vali√©ndose de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que m√°s que ninguna otra cosa contribuye a arrancar los g√©rmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la uni√≥n fraternal de todos.

Debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana

8. La solicitud de la Iglesia en promover y defender la verdad se deriva del hecho de que -seg√ļn el designio de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" 9 - no pueden los hombres, sin la ayuda de toda la doctrina revelada, conseguir una completa y firme unidad de √°nimos, a la que van unidas la verdadera paz y la eterna salvaci√≥n.

Desgraciadamente, la familia humana todavía no ha conseguido, en su plenitud, esta visible unidad en la verdad.

La Iglesia cat√≥lica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invoc√≥ Jes√ļs al Padre celestial, estando inminente su sacrificio. Goza ella de suave paz, pues tiene conciencia de su uni√≥n √≠ntima con dicha plegaria; y se alegra luego grandemente cuando ve que tal invocaci√≥n aumenta su eficacia con saludables frutos, hasta entre quienes se hallan fuera de su seno. Y a√ļn m√°s; si se considera esta misma unidad, impetrada por Cristo para su Iglesia, parece como refulgir con un triple rayo de luz ben√©fica y celestial: la unidad de los cat√≥licos entre s√≠, que ha de conservarse ejemplarmente firm√≠sima; la unidad de oraciones y ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apost√≥lica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia cat√≥lica por parte de quienes siguen religiones todav√≠a no cristianas. En este punto, es motivo de dolor el considerar que la mayor parte del g√©nero humano -a pesar de que los hombres todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo- no participan a√ļn de esa fuente de gracias divinas que se hallan en la Iglesia Cat√≥lica. A este prop√≥sito, cuadran bien a la Iglesia, cuya luz todo lo ilumina, cuya fuerza de unidad sobrenatural redunda en beneficio de la humanidad entera, aquellas palabras de San Cipriano: "La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el mundo entero; pero [ella] es la √ļnica luz que se difunde doquier sin que haya separaci√≥n en la unidad del cuerpo. Extiende sus ramas por toda la tierra, para fecundarla, a la vez que multiplica, con mayor largueza, sus arroyos; pero siempre es √ļnica la cabeza, √ļnico el origen, ella es madre √ļnica copiosamente fecunda: de ella hemos nacido todos, nos hemos nutrido de su leche, vivimos de su esp√≠ritu" 10 .

Venerables Hermanos:

Esto se propone el Concilio Ecum√©nico Vaticano II, el cual, mientras re√ļne juntamente las mejores energ√≠as de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez m√°s favorablemente el anuncio de la salvaci√≥n, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del g√©nero humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial "en la que reina la verdad, es ley la caridad y la extensi√≥n es la eternidad" seg√ļn San Agust√≠n 11 .

Conclusión

9. Mas ahora "nuestra voz se dirige a vosotros" 12 , Venerables Hermanos en el Episcopado. Henos ya reunidos aquí, en esta Basílica Vaticana, centro de la historia de la Iglesia; donde Cielo y tierra se unen estrechamente, aquí, junto al sepulcro de Pedro, junto a tantas tumbas de Santos Predecesores Nuestros, cuyas cenizas, en esta solemne hora, parecen estremecerse con arcana alegría.

El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un d√≠a prometedor de luz resplandeciente. Apenas si es la aurora; pero ya el primer anuncio del d√≠a que surge ¬°con cu√°nta suavidad llena nuestro coraz√≥n! Todo aqu√≠ respira santidad, todo suscita j√ļbilo. Pues contemplamos las estrellas, que con su claridad aumentan la majestad de este templo; estrellas que, seg√ļn el testimonio del ap√≥stol San Juan 13 , sois vosotros mismos; y con vosotros vemos resplandecer en torno al sepulcro del Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles 14 los √°ureos candelabros de las Iglesias que os est√°n confiadas.

Al mismo tiempo vemos las dignísimas personalidades, aquí presentes, en actitud de gran respeto y de cordial expectación, llegadas a Roma desde los cinco continentes, representando a las Naciones del mundo.

Cielo y tierra, puede decirse, se unen en la celebraci√≥n del Concilio: los Santos del Cielo, para proteger nuestro trabajo; los fieles de la tierra, continuando en su oraci√≥n al Se√Īor; y vosotros, secundando las inspiraciones del Esp√≠ritu Santo, para lograr que el com√ļn trabajo corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades de los diversos pueblos. Todo esto pide de vosotros serenidad de √°nimo, concordia fraternal, moderaci√≥n en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en las deliberaciones.

Quiera el Cielo que todos vuestros esfuerzos y vuestros trabajos, en los que están centrados no sólo los ojos de todos los pueblos, sino también las esperanzas del mundo entero, satisfagan abundantemente las comunes esperanzas.

¡Oh Dios Omnipotente! En Ti ponemos toda vuestra confianza, desconfiando de nuestras fuerzas. Mira benigno a estos Pastores de tu Iglesia. Que la luz de tu gracia celestial nos ayude, así al tomar las decisiones como al formular las leyes; y escucha clemente las oraciones que te elevamos con unanimidad de fe, de palabra y de espíritu.

¡Oh María, "Auxilium Christianorum", "Auxilium Episcoporum"; de cuyo amor recientemente hemos tenido peculiar prueba en tu templo de Loreto, donde quisimos venerar el misterio de la Encarnación! Dispón todas las cosas hacia un éxito feliz y próspero y, junto con tu esposo San José, con los santos Apóstoles Pedro y Pablo, con los santos Juan, el Bautista y el Evangelista, intercede por todos nosotros ante Dios.

A Jesucristo, nuestro adorable Redentor, Rey inmortal de los pueblos y de los siglos, sea el amor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


1

Lc. 2, 34.

2

Ibid. 10, 16.

3

Ibid. 11, 23.

4

Mt. 6, 33.

5

Ibid.

6

Gen. 1, 28.

7

Mt. 4, 10; Lc. 4, 8.

8

Act. 3, 6.

9

1 Tim. 2, 4.

10

De catholicae Ecclesiae unitate, 5.

11

S. Aug., Ep. 138, 3.

12

2 Cor. 6, 11.

13

Apoc. 1, 20.

14

Ibid.
Consultas

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