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S.S. Juan Pablo II, Mensaje de S.S. Juan Pablo II para la XXXVII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, proclamado en Vaticano, 30 de septiembre de 1999.
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Mensaje de S.S. Juan Pablo II para la XXXVII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

La Eucaristía, fuente de toda vocación y ministerio de la Iglesia

Venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas de todo el mundo:

La Jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebrará en el clima gozoso de las fiestas pascuales, momento particularmente intenso de las fechas jubilares, me brinda la ocasión para reflexionar junto con vosotros sobre el don de la llamada divina, compartiendo vuestra solicitud por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El tema que deseo proponeros este año está en sintonía con el desarrollo del gran jubileo. Quisiera meditar con vosotros sobre: La Eucaristía, fuente de toda vocación y ministerio en la Iglesia. ¿No es la Eucaristía el misterio de Cristo vivo y operante en la historia? En la Eucaristía Jesús continúa llamando a su seguimiento y ofreciendo a cada hombre la «plenitud del tiempo».

1. «Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4, 4).

«La plenitud de los tiempos se identifica con el misterio de la encarnación del Verbo, (...) y con el misterio de la redención del mundo» (Tertio millennio adveniente, 1): en el Hijo consustancial al Padre, que se hizo hombre en el seno de la Virgen, comienza y llega a su plenitud el «tiempo» esperado, tiempo de gracia y misericordia, tiempo de salvación y reconciliación.

Cristo revela el plan de Dios con respecto a toda la creación y en particular con respecto al hombre. «Manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (Gaudium et spes, 22), escondida en el corazón del Eterno. El misterio del Verbo encarnado sólo será plenamente revelado cuando cada hombre y cada mujer se realicen en él, hijos en el Hijo, miembros de su Cuerpo místico, que es la Iglesia.

El jubileo, y éste en particular, al celebrar los dos mil años de la entrada en el tiempo del Hijo de Dios y el misterio de la redención, impulsa a todo creyente a considerar su vocación personal, para completar en su vida lo que falta a la pasión del Hijo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

2. «Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Se dijeron uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?"» (Lc 24, 30-32).

La Eucaristía constituye el momento culminante en cl que Jesús, al darnos su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada por nuestra salvación, revela el misterio de su identidad e indica el sentido de la vocación de cada creyente. En efecto, el significado de la vida humana está en aquel Cuerpo y en aquella Sangre, ya que por ellos nos han venido la vida y la salvación. Con ellos debe identificarse, de alguna manera, la existencia misma de la persona, la cual se realiza a sí misma en la medida en que, a su vez, sabe hacerse don para los demás.

En la Eucaristía todo esto se halla misteriosamente significado en el signo del pan y del vino, memorial de la Pascua del Señor: el creyente que se alimenta de ese Cuerpo inmolado y de esa Sangre derramada recibe la fuerza de transformarse a su vez en don. Como dice san Agustín: «Sed lo que recibís y recibid lo que sois» (Sermón 272, 1: en Pentecostés).

En el encuentro con la Eucaristía algunos descubren la llamada a ser ministros del altar, otros a contemplar la belleza y la profundidad de este misterio, otros a encauzar la fuerza de su amor hacia los pobres y débiles, y otros a captar su poder transformador en las realidades y en los gestos de la vida ordinaria. Cada creyente encuentra en la Eucaristía no sólo la clave para interpretar su propia existencia, sino también el valor para realizarla y construir así, en la diversidad de los carismas y las vocaciones, el único Cuerpo de Cristo en la historia.

En el relato de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) san Lucas nos hace vislumbrar lo que acaece en la vida de quien vive de la Eucaristía. Cuando, «al partir el pan» el «forastero», a los discípulos se les abren los ojos, se dan cuenta que el corazón les ardía en el pecho mientras lo escuchaban explicar las Escrituras. En ese corazón que arde podemos ver la historia y el descubrimiento de toda vocación, que no es una emoción pasajera, sino una percepción cada vez más cierta y fuerte de que la Eucaristía y la Pascua del Hijo serán cada vez más la Eucaristía y la Pascua de sus discípulos.

3. «Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno» (1 Jn 2, 14).

El misterio del amor de Dios, «escondido desde los siglos y las generaciones» (Col 1, 26), se nos revela ahora a nosotros en la «doctrina de la cruz» (1 Co 1, 18), que, morando en vosotros, queridos jóvenes, será vuestra fuerza y vuestra luz, y os descubrirá el misterio de la llamada personal. Conozco vuestras dudas y vuestros esfuerzos; os veo a veces desconcertados; comprendo el temor que os asalta ante el futuro. Pero tengo también en la mente y en el corazón la imagen festiva de tantos encuentros con vosotros en mis viajes apostólicos, durante los cuales he podido constatar la búsqueda sincera de la verdad y el amor que existe en cada uno de vosotros.

El Señor Jesús ha acampado en medio de nosotros y desde su morada eucarística repite a cada hombre y a cada mujer: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).

Queridos jóvenes, salid al encuentro de Jesús Salvador. Amadlo y adoradlo en la Eucaristía. Está presente en la santa misa, que hace sacramentalmente presente el sacrificio de la cruz. Viene a nosotros en la sagrada comunión y permanece en los sagrarios de nuestras iglesias, porque es nuestro amigo, amigo de todos, particularmente de vosotros los jóvenes, tan necesitados de confianza y amor. El os puede dar la valentía para ser sus apóstoles en este momento histórico particular: el año 2000 será como vosotros, jóvenes, lo queráis y lo construyáis. Después de tanta violencia y opresión, el mundo necesita «construir puentes» para unir y reconciliar; después de la cultura del hombre sin vocación, hacen falta hombres y mujeres que crean en la vida y la acojan como llamada que viene de lo Alto, de aquel Dios que, porque ama, llama; después del clima de sospecha y desconfianza, que corrompe las relaciones humanas sólo jóvenes valientes, con mente y corazón abiertos a ideales altos y generosos, podrán restituir belleza y verdad a la vida y a las relaciones humanas. Entonces este tiempo jubilar será para todos, de verdad, «año de gracia del Señor», un jubileo vocacional.

4. «Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio» (1 Jn 2, 13).

Cada vocación es don del Padre y, como todos los dones que vienen de Dios, llega a través de muchas mediaciones humanas: de los padres, de los educadores, de los pastores de la Iglesia, de quien está directamente comprometido en un ministerio de animación vocacional o del simple creyente. Quisiera con este mensaje dirigir la mirada a todas esas clases de personas, de las que depende el descubrimiento y el apoyo de la llamada divina. Soy consciente de que la pastoral vocacional constituye un ministerio no fácil, pero ¡cómo no recordaros que no hay nada más sublime que un testimonio apasionado de la propia vocación! Quien vive con gozo este don y lo alimenta diariamente en el encuentro con la Eucaristía sabrá derramar en el corazón de tantos jóvenes la buena semilla de la fiel adhesión a la llamada divina. En la presencia eucarística es donde Jesús nos sale al encuentro, nos introduce en el dinamismo de la comunión eclesial y nos hace signos proféticos ante el mundo.

Quisiera expresar mi afecto y mi gratitud a todos aquellos animadores vocacionales, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que se prodigan con entusiasmo en este arduo ministerio. No os desaniméis ante las dificultades. Tened confianza. La semilla de la llamada divina, cuando se siembra con generosidad, dará frutos abundantes. Frente a la grave crisis de vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada que afecta a algunas regiones del mundo, es preciso, sobre todo con este jubileo del año 2000, esforzarse por lograr que cada presbítero, cada consagrado y cada consagrada redescubra la belleza de su propia vocación y la testimonie a los demás. Que cada creyente llegue a ser educador de vocaciones, sin miedo a proponer opciones radicales; que cada comunidad comprenda el carácter central de la Eucaristía y la necesidad de ministros del sacrificio eucarístico; que todo el pueblo de Dios eleve cada vez con mayor intensidad y fervor su oración al Dueño de la mies, para que mande obreros a su mies. Y que encomiende esta oración a la intercesión de la Madre del Sacerdote eterno.

5. Oración.

Virgen María, humilde hija del Altísimo,
en ti se ha cumplido de modo admirable
el misterio de la llamada divina.

Tú eres la imagen de lo que Dios realiza
en quien se entrega a él;
en ti la libertad del Creador
ha exaltado la libertad de la criatura.

Aquel que se encarnó en tu seno
ha reunido en un solo querer
la libertad salvífica de Dios
y la adhesión obediente del hombre.

Gracias a ti, la llamada de Dios
se une definitivamente con la respuesta del hombre-Dios.

Tú, primicia de una vida nueva,
conserva en todos nosotros el «sí» generoso del gozo y del amor.

Santa María, Madre de todos los llamados,
haz que los creyentes tengan la fuerza
de responder con generosidad y valentía
al llamamiento divino
y sean testigos gozosos del amor a Dios
y al prójimo.

Joven hija de Sión, Estrella de la mañana,
que guías los pasos de la humanidad
a través del gran jubileo hacia el porvenir,
orienta a la juventud del nuevo milenio
hacia Cristo, «la luz verdadera
que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

Amén.

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