Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles
1. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la primera comunidad cristiana unida por un fuerte vÃnculo de comunión fraterna: «Todos los creyentes vivÃan unidos y tenÃan todo en común vendÃan sus posesiones y sus bienes y repartÃan el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). No cabe duda de que el EspÃritu Santo está en el origen de esta manifestación de amor. Su efusión en Pentecostés pone las bases de la nueva Jerusalén, la ciudad construida sobre el amor, completamente opuesta a la vieja Babel.
Según el texto del capÃtulo 11 del Génesis, los constructores de Babel habÃan decidido edificar una ciudad con una gran torre, cuya cima llegara hasta el cielo. El autor sagrado ve en ese proyecto un orgullo insensato, que lleva a la división, a la discordia y a la incomunicabilidad.
Por el contrario, en Pentecostés los discÃpulos de Jesús no quieren escalar orgullosamente el cielo, sino que se abren humildemente al Don que desciende de lo alto. Si en Babel todos hablan la misma lengua, pero terminan por no entenderse, en Pentecostés se hablan lenguas diversas, y, sin embargo todos se entienden muy bien. Este es un milagro del EspÃritu Santo.
2. La operación propia y especÃfica del EspÃritu Santo ya en el seno de la santÃsima Trinidad es la comunión. «Puede decirse que en el EspÃritu Santo la vida Ãntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor reciproco entre las Personas divinas, y que por el EspÃritu Santo Dios "existe" como don. El EspÃritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor» (Dominum et vivificantem, 10). La tercera Persona —leemos en san AgustÃn— es «la suma caridad que une a ambas Personas» (De Trin. 7, 3, 6). En efecto, el Padre engendra al Hijo, amándolo; el Hijo es engendrado por el Padre, dejándose amar y recibiendo de él la capacidad de amar; el EspÃritu Santo es el amor que el Padre da con total gratuidad, y que el Hijo acoge con plena gratitud y lo da nuevamente al Padre.
El EspÃritu es también el amor y el don personal que encierra todo don creado: la vida, la gracia y la gloria. El misterio de esta comunión resplandece en la Iglesia, el cuerpo mÃstico de Cristo, animado por el EspÃritu Santo. El mismo EspÃritu nos hace «uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), y asà nos inserta en la misma unidad que une al Hijo con el Padre. Quedamos admirados ante esta intensa e Ãntima comunión entre Dios y nosotros.
3. El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta algunas situaciones significativas que nos permiten comprender de que modo el EspÃritu ayuda a la Iglesia a vivir concretamente la comunión, permitiéndole superar los problemas que va encontrando.
Cuando algunas personas que no pertenecÃan al pueblo de Israel entraron por primera vez en la comunidad cristiana, se vivió un momento dramático. La unidad de la Iglesia se puso a prueba. Pero el EspÃritu descendió sobre la casa del primer pagano convertido el centurión Cornelio. Renovó el milagro de Pentecostés y realizó un signo en favor de la unidad entre los judÃos y los gentiles (cf. Hch 10-11). Podemos decir que este es el camino directo para edificar la comunión: el EspÃritu interviene con toda la fuerza de su gracia y crea una situación nueva, completamente imprevisible.
Pero a menudo el EspÃritu Santo actúa sirviéndose de mediaciones humanas. Según la narración de los Hechos de los Apóstoles, asà sucedió cuando surgió una discusión dentro de la comunidad de Jerusalén con respecto a la asistencia diaria a las viudas (cf. Hch 6, l ss). La unidad se restableció gracias a la intervención de los Apóstoles, que pidieron a la comunidad que eligiera a siete hombres «llenos de EspÃritu» (Hch 6, 3; cf. 6, 5), e instituyeron este grupo de siete para servir a las mesas.
También la comunidad de AntioquÃa, constituida por cristianos provenientes del judaÃsmo y del paganismo, atravesó un momento crÃtico. Algunos cristianos judaizantes pretendÃan que los paganos se hicieran circuncidar y observaran la ley de Moisés. Entonces —escribe san Lucas— «se reunieron los Apóstoles y presbÃteros para tratar este asunto» (Hch 15, 6) y, después de «una larga discusión», llegaron a un acuerdo, formulado con la solemne expresión: «Hemos decidido el EspÃritu Santo y nosotros...» (Hch 15, 28). Aquà se ve claramente como el EspÃritu actúa a través de la mediación de los «ministerios» de la Iglesia.
Entre los dos grandes caminos del EspÃritu, el directo, de carácter más imprevisible y carismático, y el mediato, de carácter más permanente e institucional, no puede haber oposición real. Ambos provienen del mismo EspÃritu. En los casos en que la debilidad humana encuentre motivos de tensión y conflicto, es preciso atenerse al discernimiento de la autoridad, a la que el EspÃritu Santo asiste con esta finalidad (cf. 1 Co 14, 37).
4. También es «gracia del EspÃritu Santo» (Unitatis redintegratio, 4) la aspiración a la unidad plena de los cristianos. A este propósito, no hay que olvidar nunca que el EspÃritu Santo es el primer don común a los cristianos divididos. Como «principio de la unidad de la Iglesia» (ib., 2), nos impulsa a reconstruirla mediante la conversión del corazón, la oración común, el conocimiento recÃproco, la formación ecuménica, el dialogo teológico y la cooperación en los diversos ámbitos del servicio social inspirado por la caridad.
Cristo dio su vida para que todos sus discÃpulos sean uno (cf. Jn 17, 11). La celebración del jubileo del tercer milenio deberá representar una nueva etapa de superación de las divisiones del segundo milenio. Y puesto que la unidad es don del Paráclito, nos consuela recordar que, precisamente sobre la doctrina acerca del EspÃritu Santo, se han dado pasos significativos hacia la unidad entre las diferentes Iglesias, sobre todo entre la Iglesia católica y las ortodoxas. En particular, sobre el problema especÃfico del Filioque, que concierne a la relación entre el EspÃritu Santo y el Verbo en su procedencia del Padre, se puede afirmar que la diversidad entre los latinos y los orientales no afecta a la identidad de la fe «en la realidad del mismo misterio confesado», sino a su expresión, constituyendo una «legÃtima complementariedad» que no pone en tela de juicio la comunión en la única fe, sino que mas bien puede enriquecerla (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 248; carta apostólica Orientale lumen, 2 de mayo de 1995, n. 5; nota del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, Las tradiciones griega y latina con respecto a la procesión del EspÃritu Santo: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de enero de 1996, p. 9).
5. Por último, es necesario que en el próximo jubileo crezca la caridad fraterna también dentro de la Iglesia católica. El amor efectivo que debe reinar en toda comunidad, «especialmente hacia nuestros hermanos en la fe» (Ga 6, 10), exige que cada componente eclesial, cada comunidad parroquial y diocesana, y cada grupo, asociación y movimiento, se esfuerce por hacer un serio examen de conciencia que disponga los corazones a acoger la acción unificadora del EspÃritu Santo.
Son siempre actuales estas palabras de san Bernardo: «Todos tenemos necesidad unos de otros: el bien espiritual que yo no tengo y no poseo, lo recibo de los demás (...). Y toda nuestra diversidad, que manifiesta la riqueza de los dones de Dios, subsistirá en la única casa del Padre, que tiene muchas moradas. Ahora hay división de gracias; entonces habrá distinción de glorias. La unidad, tanto aquà como allÃ, consiste en una misma caridad» (Apol. a Guillermo de san Thierry, IV, 8: PL 182, 9033-9034).
© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOSâ„¢. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.