Saludo muy cordialmente a todos y les agradezco su presencia. La Conferencia Episcopal Italiana presta mucha atención a este encuentro, con el cual se constituye concretamente el "Foro" del "proyecto cultural", y está agradecida por la adhesión de cada uno de ustedes y de muchos otros que se han adherido aunque se encuentren imposibilitados de participar hoy.
El Proyecto Cultural ha comenzado a desarrollarse, a través de unas etapas que quisiera recordar brevemente. Después de la primera propuesta, en el Consejo Episcopal Permanente tenido en Montecassino en setiembre del 94, y la Asamblea General de la en mayo del 95, donde los Obispos italianos pudieron reflexionar todos juntos sobre el proyecto, el tema ha sido ampliamente enfrentado, reelaborado y relanzado por los diversos componentes de la Iglesia italiana reunidos, en noviembre del 95, en el Congreso de Palermo. Un año después, en noviembre de 1996, una ulterior Asamblea de la Conferencia Episcopal Italiana daba la autorización oficial para su realización, mientras ya en los meses de setiembre y octubre precedentes, tres seminarios de estudio, en los cuales muchos de ustedes han participado personalmente, profundizaban algunas problemáticas esenciales, como la recepción del Concilio en Italia, la antropología en relación con las actuales expresiones de la cultura y las posibilidades de la Iglesia italiana en el ámbito de las comunicaciones sociales. En enero de este año la Presidencia de la Conferencia Episcopal Italiana formulaba y publicaba "una primera propuesta de trabajo", la cual les ha sido enviada junto con la invitación al presente Encuentro.
Dentro del mismo contexto, se constituía el "Servicio nacional para el Proyecto Cultural", que ya esta completamente operativo y al cual se debe el trabajo de organización de este encuentro. El Servicio, entre otras cosas, ha puesto en marcha un trabajo de enlace entre los numerosos centros culturales de inspiración cristiana presentes en el territorio italiano.
Se trata sin duda del inicio de un camino, que como tal ha tenido poco impacto en la opinión pública —con la excepción de las iniciativas promovidas en el campo radio-televisivo—; sin duda mucho más intensa ha sido la atención y la involucración de las diversas instancias eclesiales. Sin embargo, para un trabajo serio y de largo plazo en un terreno como el de la relación entre fe y cultura no cabe el apuro ni la búsqueda de prematuras apariciones publicitarias.
En este cuadro, la constitución del Foro y el Encuentro de hoy representan, a su modo, un "inicio" concreto, para dar forma específica y, en cuanto sea posible, estable al diálogo y a la colaboración entre creyentes comprometidos en las diversas expresiones y articulaciones de la investigación intelectual y de la producción artística, y entre estos y los Obispos: un diálogo y una colaboración cuya importancia estoy seguro no necesita explicación.
En la "Propuesta de Trabajo" que les ha sido enviada se encuentra una descripción sintética del Proyecto Cultural, como un proceso para hacer surgir el contenido cultural de la evangelización, incluso como aporte cualificado de los católicos a la vida del país. Y esta formulación está acompañada de muchas, aunque condensadas, indicaciones y precisiones, sobre la índole y las motivaciones del proyecto, sobre sus dimensiones y articulaciones, incluidos el sentido amplio y "antropológico" en que es usado el término "cultura" y el significado dinámico y abierto que asume la palabra "proyecto". Me sea permitido por lo tanto no recargar estas palabras introductorias refiriéndolos a esas, por demás indispensables, aclaraciones.
Prefiero proponer algunas consideraciones más personales, sobre todo en relación a la génesis del "Proyecto" y a la primera problemática que debemos discutir en este Encuentro: la de la relevancia cultural de la fe hoy.
La doble finalidad del Proyecto Cultural, esto es la evangelización de la cultura e inculturación de la fe, y, la del aporte de los católicos a la vida del país, son ciertamente dependientes e inseparables; es más, concretamente hacen parte de un mismo proceso. Y, sin embargo, la instancia de la que ha nacido el Proyecto Cultural hace referencia a la primera de estas finalidades en mayor medida que a la segunda: no sólo por una razón de principio, que se refiere al primado de la evangelización en la vida y en la misión de la Iglesia, sino también por razones de hecho, vale decir por nuestra situación histórica, en la cual es cuestionada, siempre más extensa y hondamente, la misma fe, y por este motivo estamos llamados a concentrarnos sobretodo en ella, que además, como nos recuerda la Gaudium et spes (n.42), representa junto a la caridad el aporte primero y decisivo que la Iglesia puede dar a la vida social.
El Proyecto Cultural quisiera por tanto contribuir en primer lugar a aquello que ha sido llamado el "cuidado de la fe", en todo el arco de su desarrollo, hasta su forma completa, cuando da testimonio de sí. Y, a tal fin, sin olvidar en modo alguno el carácter altamente personal de la relación del hombre con Dios. Más aún, teniendo siempre presente, como idea principal, el crecimiento de esa relación, el proyecto pretende hacer referencia a las condiciones culturales y sociales dentro de las cuales hoy se realiza concretamente la opción por la fe. En relación con esto siguen siendo fundamentales las palabras de Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, donde escribe que es necesario evangelizar… de modo vital, en profundidad y hasta las raíces, la cultura y las culturas del hombre, …partiendo siempre de la persona y regresando siempre a las relaciones de las personas entre ellas y con Dios (n.20).
Sobre las relaciones entre la fe cristiana y la cultura de nuestro tiempo, el Concilio Vaticano II ha constituido sin duda un momento de cambio fundamental. Este ha sido preparado desde mucho antes, pero fue afirmado de manera más bien repentina al nivel de la común y "oficial" conciencia eclesial, particularmente en Italia. Efectivamente, el Concilio no sólo ha reconocido la realidad de la gran distancia, o "ruptura", que separan tanto la enseñanza como la praxis de la Iglesia de las formas culturales predominantes en aquellos mismos países en los que el cristianismo está radicado desde hace siglos, sino que también ha asumido como un programa realmente fundamental la superación de tal distancia, a través del diálogo y posiblemente del encuentro con tales formas culturales, a condición ciertamente de no renunciar a lo sustancial de la fe católica. En el arco de tiempo precedente, a partir del siglo pasado, la Iglesia ya había percibido agudamente la ruptura y el conflicto, pero, al menos al nivel del Magisterio, había considerado su deber principal declarar la defensa de la verdad cristiana y hacer una crítica de las raíces de aquellas orientaciones culturales que se le oponían. No viene al caso aquí detenernos en la renovación de las perspectivas eclesiológicas y más ampliamente teológicas, que en el Vaticano II se ligan profundamente con la nueva apertura al mundo.
La propuesta de un Proyecto Cultural orientado en sentido cristiano se coloca indudablemente tras los pasos del Concilio, pero es quizá oportuno examinar más de cerca cómo y dónde se sitúa concretamente. Sabemos bien cual es la importancia de los cambios ocurridos desde el Vaticano II a hoy. Han ocurrido grandes cambios a nivel cultural, social y geopolítico, de organización concreta de la vida, de las infraestructuras y tecnologías que la hacen posible, como también en los maneras de sentir y en la conciencia personal y colectiva. La afirmación del Concilio sobre cómo la profundidad y velocidad de los cambios (cf. GS, 4-7) es una característica fundamental del mundo de hoy, encuentra confirmaciones cada vez más numerosas.
Sin embargo han habido también cambios no pequeños en la vida de la Iglesia, en la teología, en la pastoral, en la autoconciencia y en los comportamientos de los creyentes. Propiamente el ejercicio concreto del diálogo y las tentativas de encuentro con las tendencias que poco a poco han ido preponderado, han mostrado cuan difícil es esta empresa, así cómo puede ella volverse – si es conducida superficialmente – en un riesgo para la fe y para la pertenencia eclesial, y cómo se requiere ahondar en profundidad para enfrentar las múltiples manifestaciones no resueltas. Se ha visto de este modo, siempre con mayor claridad, cómo del diálogo mismo emerge una radical exigencia de evangelización, en particular de evangelización de las culturas y de la inculturación de la fe. A sólo diez años de su conclusión, Pablo VI podía escribir que los objetivos del Concilio se resumen…en unos solo: hacer a la Iglesia del Siglo XX siempre más idónea para anunciar el Evangelio a la humanidad del siglo XX (EN, 2). Y todo el Magisterio de Juan Pablo II tiene una clave fundamental de comprensión en la profundización de la relación entre fe y cultura, hasta la doble afirmación del Congreso de Palermo: que la cultura es un terreno privilegiado en el cual la fe se encuentra con el hombre; y que el núcleo generador de toda auténtica cultura está constituido por su aproximación al misterio de Dios; (Discurso, nn. 3-4).
Como somos todos conscientes, se abren en esto unos espacios vastísimos —provocaría decir "demasiado grandes" respecto a nuestras fuerzas y capacidades— para la reflexión, la investigación, la individuación y propuesta de posibles recorridos y respuestas. Por esto atribuyo una extraordinaria importancia al Encuentro de hoy, y sobre todo a aquello que podrá seguir a partir de él, tanto en el corto como en el largo plazo, en los diversos ámbitos y según las diversas metodologías de búsqueda y de realización, desde aquellas que se interrogan sobre los fundamentos del saber a aquellas que buscan captar e interpretar la realidad cotidiana de los comportamientos de la gente, hasta las estrategias de la comunicación y las creaciones de la literatura y del arte. No es esto porque de este encuentro puedan salir milagrosamente multiplicadas nuestras energías y recursos, o como si sólo desde ahora comenzáramos a trabajar seriamente, cuando en cambio nosotros mismos, y muchísimos otros que no están aquí, estamos comprometidos desde hace buen tiempo en esa fermentación cristiana de la cultura, la que además ha comenzado mucho antes que nosotros. Pienso sin embargo, que todos nos sentiríamos alentados y estimulados a obrar con mayor confianza y quizá también con resultados globales más notables si se lograran producir convencidas y duraderas sinergías entre nosotros, creyentes de competencias y profesiones diversas, Obispos y teólogos, sin dirigismos o limitaciones de la libertad incompatibles con la cultura auténtica,
Sin entrar a tratar el tema de la calidad de las interrogantes indicadas en nuestro "Plan de Trabajo", quisiera ahora esbozar algunas de las condiciones que aparecen como indispensables para la fecundidad, e incluso para la posibilidad misma del compromiso en la inculturación de la fe y la evangelización de la cultura. Recuerdo, al propósito, las palabras pronunciadas hace 35 años por Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio: por la renovada, serena y tranquila adhesión a toda la enseñanza de la Iglesia en su entereza y precisión, …el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero espera un salto adelante hacia una mayor penetración doctrinal y formación de las conciencias; es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, sea profundizada y presentada de modo que responda a las exigencias de nuestro tiempo… El contexto en el cual hablaba entonces Juan XXIII era ciertamente muy diferente del nuestro, incluso en relación a la serena y tranquila adhesión a toda la enseñanza de la Iglesia. Ya hace algunos decenios múltiples impulsos, sean de orden intelectual o provenientes de las vivencias de la gente, parecerían exigir un cambio de un radicalismo sumamente diverso, cambio que pone en disputa la doctrina asumida como "cierta e inmutable", y no se limita sólo a puntos periféricos.
Pero aquí, si queremos construir y no destruir, nuestra actitud debe ser, sustancialmente, la misma del Papa Juan y de toda la gran tradición católica. Necesitamos, en particular, liberarnos de la desconfianza que la adhesión a la verdad de la fe paraliza en alguna manera el impulso de la inteligencia y las posibilidades de la investigación. Más bien es verdadero todo lo contrario, vale decir que fundándonos en esta verdad —siempre más grande que nosotros— podemos interrogarnos, comprender y edificar más y mejor, comenzando por la comprensión de la fe misma.
Concretamente, la interpretación y fermentación cristiana de la cultura, para ser auténtica y no volverse en su contra, tiene necesidad de este vigor y solidez de la inteligencia y de la conciencia creyente. Y por que en la fe está en juego toda la persona, en su libertad y en el misterio de su relación con Dios, estamos todos colocados, radicalmente y sin excepciones, sea el que sea nuestro rol en la Iglesia y en la sociedad, frente a nuestra propia fragilidad, y sin embargo también frente a la grandeza de nuestra vocación de discípulos de Jesucristo. Una cultura orientada en sentido cristiano sólo puede nacer y ser alimentada por personas y comunidades que correspondan a esta vocación, mientras recíprocamente la presencia de un tal contexto cultural favorece la maduración de conciencias creyentes.
Para ser realmente formulable, un "proyecto cultural" orientado en sentido cristiano presupone, por otra parte, aquella fecundidad de la fe hacia la cultura que la historia ha confirmado a lo largo de todo el camino del cristianismo, y que Juan Pablo II ha expresado con palabras particularmente vigorosas en un recordado discurso al MEIC del 16 de enero de 1982: una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida. Si queremos explicitar el fundamento de tal fecundidad, somos —a mi parecer— inevitablemente referidos al significado y a la centralidad del evento de Jesucristo, como son atestiguados ya en el Nuevo Testamento y luego a lo largo del arco de toda la tradición cristiana, para ser retomados en gran forma por el Concilio Vaticano II. En Cristo, sin duda, nos es dada una interpretación de Dios y del hombre, y por tanto implícitamente de toda la realidad; interpretación que está de tal modo cargada de sentido y de dinamismo que es capaz de encarnarse en las más diversas situaciones y contextos históricos, manteniendo al mismo tiempo su específica fisonomía, sus elementos esenciales y sus contenidos de fondo.
Hacer presente en la historia —para nosotros en los acontecimientos concretos de la Italia de hoy— esta interpretación cristiana del hombre y de la realidad es por tanto un proceso jamás culminado, y tan abierto, ramificado y dinámico que es capaz de poder encontrarse con una cultura y una sociedad fuertemente pluralísticas, con su rápido devenir, las múltiples articulaciones del saber y del sentir, del obrar y el producir, desde las más comprometedoras preguntas teóricas a la vivencia actual de la gente y a las interpretaciones que dan de sí mismos. Este es el horizonte dentro del cual el Proyecto Cultural quisiera desenvolverse. Este por tanto no tiene nada que ver con tentativas de protegerse o de retroceder, no representa tampoco un obstáculo a la libertad y pluriformidad que es esencial para el desarrollo de cualquier discurso cultural. Puede en cambio hacer crecer la capacidad de discernimiento cristiano y la conciencia que todo pluralismo, incluso de tipo cultural, no puede ser para los creyentes un dato absoluto e ilimitado, sino que debe siempre ser referido a los contenidos esenciales de la fe, con lo que ellos implican para la interpretación, teórica y práctica, del hombre, de la vida y de la realidad.
Sobre las posibilidades de realización que estos objetivos, indicados más o menos felizmente con la expresión "Proyecto Cultural", tienen concretamente en la situación actual de Italia, me permito una afirmación que quizá pueda sonar sorprendente: Italia, y en ella los católicos, están en condiciones particularmente favorables — al menos respecto a otros países que pertenecen a un contexto sociocultural en alguna medida análogo— para poder sacar adelante con buenas perspectivas un compromiso de este género. Las palabras altamente estimulantes que Juan Pablo II nos ha dirigido en muchas ocasiones —en particular en la carta a los Obispos italianos sobre la responsabilidad de los católicos (n.4) y luego al Congreso de Palermo (n.8): Estoy convencido que Italia como nación tiene mucho que ofrecer a toda Europa… A Italia, en conformidad con su historia, es confiada de modo especial la tarea de defender para toda Europa el patrimonio religioso y cultural sembrado en Roma por los Apóstoles Pedro y Pablo— contienen en sí un juicio acaso más positivo todavía, y aún más comprometedor sobre nuestra realidad.
Nuestro país conoce ciertamente todas las problemáticas, las dificultades y las insidias que debe tener en cuenta la basta área sociocultural del Occidente, sobre los temas fundantes de la verdad, de la eticidad y de los procesos de descristianización, todavía hoy, fuertemente activos. Aun más, entre nosotros algunos problemas, como por ejemplo el de la llamada "ética pública" y el de la crisis demográfica, pueden presentarse particularmente agudos y amenazadores. Pero en Italia existe aun, en buena medida, un cristianismo del pueblo. La Iglesia es vital y cercana a la gente, y en su conjunto ha sido y está bastante menos afligida por crisis internas que en otros países. Además, ahora no son pocas las señales de un nuevo dinamismo misionero, volcado sobre todo a la misma Italia. Entre nosotros por tanto, se pueden poner a prueba las oportunidades de una renovada y no claudicante inculturación del cristianismo.
La misma fase de transición que nuestro país está atravesando, en el contexto de una situación europea y mundial también de fuerte movimiento, no sólo pone grandes problemas frente a nosotros —como los del orden institucional, de la economía, del empleo, de la formación y preparación de los jóvenes, y finalmente el de una perspectiva común por la cual valga la pena estar unidos y comprometerse—, sino que abre amplios y nuevos espacios de presencia, reflexión, propuesta y testimonio, para unos cristianos que sepan mirar adelante y que sientan intensamente la responsabilidad por el país al cual pertenecen.
Al decir esto no queremos ser ingenuos ni ilusos, no perdemos de vista las dificultades que ha atravesado la presencia de los católicos en Italia, especialmente, pero por cierto no exclusivamente, en el ámbito político, y que están todavía muy presentes. Observamos sin embargo que existe una desproporción entre el arraigo social y la vitalidad de iniciativas que el catolicismo tiene en este país y su capacidad de influjo cultural, antes que político. El "Proyecto Cultural" quisiera ser útil para salir de esta condición, por cierto no para cultivar ambiciones de hegemonía, históricamente ajenas e improponibles a una Iglesia en cuyo código genético ya está presente la Declaración del Concilio sobre la libertad religiosa, sino para dar al país más plenamente aquella contribución que nos ha pedido con frecuencia, incluso aquellos que parten de una inspiración distinta, y además para no permanecer prisioneros de ese "síndrome de subalternidad ", o de simple juego de defensa y reacción, que frecuentemente ha caracterizado la presencia cultural de los católicos. Así el Proyecto Cultural podría ser realmente una ayuda para superar, a un nivel no superficial o, quisiera decir, "de cortesía", sino seriamente y en el respeto de las convicciones de cada uno, aquellas vallas de incomunicación que en Italia en parte dividen todavía a católicos y "laicistas".
El diálogo que comenzará a incrementarse así, no podrá no extenderse a aquellas preguntas que cuentan más que todas las otras, tanto en la vida de una persona como de una comunidad y de un pueblo. Y por eso, en cuanto creyentes en Cristo, en el mismo diálogo tendremos el espacio y sentiremos la necesidad de dar nuestro testimonio. En realidad, propiamente la forma "testimonial" que el diálogo puede asumir nos permite la más grande apertura a la escucha y a la comprensión de las razones de cada uno, sin permanecer enredados en el silencio cómodo o en el conformismo.
La vía del testimonio es también esencial para que nuestro compromiso de cristianos no permanezca confinado al margen de la vida real, sino que se enraíce y se desarrolle en lo concreto de la realidad, de la actividad profesional, de la familia y en todos los espacios en los que nosotros mismos nos ponemos en juego; sólo así podemos realmente generar una cultura orientada en sentido cristiano. Frecuentemente es reconocido el mérito de la Iglesia y de los católicos por ser protagonistas en el ámbito de la solidaridad y del ágape, para usar la palabra evangélica original. Pienso que es el momento de apuntar, con humildad pero con coraje, a una presencia proporcionalmente significativa en los terrenos de la libertad y de la inteligencia: ellos son sin la menor duda igualmente cercanos a quien cree de verdad que el hombre y la mujer han sido hechos a imagen de Dios (cf. Gen 1,26-27). Las tres temáticas propuestas a la atención de este "Foro", como posible objeto de un trabajo en común, han sido escogidas teniendo también en la mira un objetivo de este género.
El tipo de contribuciones al Proyecto Cultural —caracterizados por la investigación, la difusión del saber y la producción artística— que con nuestro "Foro" confiamos se pongan en marcha, se introduce, como sabemos, en una trama más amplia, que abraza la pastoral ordinaria de la Iglesia y la vida cotidiana de cada creyente, en cuanto cada una de estas dimensiones tiene una importancia determinante para la evangelización y la inculturación. Es estimulante para todos nosotros sentirnos comprometidos con una empresa común donde, como dice el Concilio, está vigente una "variedad de ministerios, pero unidad de misión" (Apostolicam Actuositatem, 2) y donde, naturalmente, deben ser respetadas la índole específica y la legítima autonomía de los ámbitos singulares de compromiso y las responsabilidades propias de cada uno. El hecho que la Conferencia Episcopal Italiana se haya hecho promotora del "Proyecto" no debe por lo tanto hacer surgir temores de clericalizaciones indebidas.
Hay sin embargo una unidad aun más específica, al interior del Proyecto Cultural, que me parece muy significativa y prometedora: la expresada concretamente por este Foro, donde están reunidas personas que laboran en los más diversos campos del conocimiento y del arte, comprendido en ellos evidentemente el saber teológico. Este Encuentro, y los desarrollos que podrán seguirle, implican que, en la diversidad de los objetos específicos de nuestras investigaciones, la referencia a la fe cristiana proporciona una clave interpretativa en alguna medida común. Pienso que es útil añadir al respecto las palabras pronunciadas por Juan Pablo II en la Universidad de Bologna, el 18 de abril de 1982: "Por que la razón entiende la unidad que liga el mundo y la verdad a su origen sólo dentro de modos parciales de conocimiento, cada ciencia particular —comprendida la filosofía y la teología— permanece como un ensayo limitado que puede captar la unidad compleja de la verdad únicamente en la diversidad, vale decir en al interior de un entrelazamiento de saberes abiertos y complementarios".
Que el Verbo "que estaba con Dios" y que es "la luz verdadera, que ilumina a todo hombre" (Jn 1,1.9), nos haga partícipes de su luz y por lo tanto capaces de verdadera fuerza creativa, para penetrar más profundamente en los secretos de la realidad de la cual Él mismo es el artífice. Gracias por su atención, y buen trabajo.
Roma, Centro Leone Dehon, Viernes 24 de octubre de 1997.
Cardenal Camillo Ruini,
Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana
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