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Pontificia Comisión Iustitia Et Pax, La Iglesia ante el racismo para una sociedad más fraterna
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La Iglesia ante el racismo para una sociedad m√°s fraterna

INTRODUCCI√ďN

Los prejuicios o las conductas racistas siguen empa√Īando las relaciones entre las personas, los grupos humanos y las naciones. La opini√≥n p√ļblica se conmueve siempre m√°s. Y la conciencia moral no puede de ninguna manera aceptar tales prejuicios o conductas.

La Iglesia es particularmente sensible a las actitudes discriminatorias: el mensaje que ella recibe de la Revelación bíblica afirma vigorosamente la dignidad de cada persona creada a imagen de Dios, la unidad del género humano en el designio del Creador y la dinámica de la reconciliación realizada por el Cristo Redentor, quien ha derribado el muro de odio que separaba los mundos contrapuestos 1 para recapitular en sí la humanidad entera.

En virtud de esto, el Santo Padre ha confiado la Pontificia Comisi√≥n "Iustitia et Pax" la misi√≥n de ayudar a esclarecer y estimular las conciencias acerca de esta cuesti√≥n capital: el rec√≠proco respeto entre los grupos √©tnicos y raciales y su convivencia fraterna. Esto supone a su vez un l√ļcido an√°lisis de ciertos hechos complejos del pasado y del presente y una apreciaci√≥n imparcial de las deficiencias morales o las iniciativas positivas, a la luz de los principios √©ticos fundamentales del mensaje cristiano.

Cristo ha denunciado el mal, incluso con riesgo de su vida; lo ha hecho no para condenar, sino para salvar.

A ejemplo suyo, la Santa Sede siente el deber de estigmatizar proféticamente las situaciones condenables, pero se cuida bien de condenar o excluir las personas; querría en cambio ayudarlas a verse libre de esas situaciones mediante un esfuerzo determinado y progresivo. Desea, con realismo, animar la esperanza de una renovación que siempre es posible, y proponer orientaciones pastorales adecuadas, a los cristianos como a los hombres de buena voluntad, preocupadas por conseguir los mismos fines.

El presente documento se propone examinar ante todo el fenómeno del racismo en sentido estricto. No obstante, trata también ocasionalmente de algunas otras manifestaciones (actitudes conflictivas, intolerancia, prejuicios) en la medida en que tales manifestaciones están vinculadas al racismo o conllevan elementos racistas. A la luz de su tema central, el documento subraya así las conexiones existentes entre ciertos conflictos y los prejuicios raciales.

PRIMERA PARTE
LAS CONDUCTAS RACISTAS EN EL CURSO DE LA HISTORIA 2

2. Las conductas y las ideologías racistas no han comenzado ayer; hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal como la Biblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel.

Históricamente, el prejuicio racista en sentido estricto, en cuanto conciencia de la superioridad biológicamente determinada de la propia raza o grupo étnico respecto de los otros, se ha desarrollado sobre todo a partir de la práctica de la colonización y la esclavitud, al principio de la época moderna. Si se mira, a ojo de águila, la historia de las civilizaciones precedentes, al Occidente como al Oriente, al Norte como al Sur, se encuentran ya comportamientos sociales injustos o discriminatorios, si bien no siempre racistas, en propiedad de términos.

La antig√ľedad greco-romana, por ejemplo, no parece haber conocido el mito de la raza. Los griegos estaban ciertamente convencidos de la superioridad cultural de su civilizaci√≥n, pero no por eso consideraban los pueblos que llamaban "b√°rbaros" como inferiores por razones biol√≥gicas cong√©nitas. No cabe duda que la esclavitud manten√≠a un n√ļmero considerable de individuos en una situaci√≥n deplorable, tenidos por "objetos" a disposici√≥n de sus due√Īos. Pero, originariamente, se trataba sobre todo de miembros de los pueblos sometidos por la guerra, no de grupos humanos despreciados por la raza.

El pueblo hebreo, seg√ļn atestiguan los libros del Antiguo Testamento, era consciente, a un grado √ļnico, del amor de Dios por √©l, manifestado bajo la forma de una alianza gratuita entre Dios y el pueblo. En ese sentido, objeto de la elecci√≥n y de la promesa, era un pueblo aparte de los otros pueblos. Pero el criterio de la distinci√≥n era el plan de salvaci√≥n que Dios despliega en el curso de la historia. Israel era considerado como la propiedad personal del Se√Īor entre todos los pueblos 3 . El lugar de esos otros pueblos en la historia de la salvaci√≥n no fue siempre bien percibido desde el principio, y a veces esos pueblos eran estigmatizados en la predicaci√≥n prof√©tica, en la medida en que permanec√≠an id√≥latras. Pero no fueron objeto ni de menosprecio ni de una maldici√≥n divina a causa de su diferencia √©tnica. El criterio de la distinci√≥n era religioso. Y un cierto universalismo comenzaba a ser entrevisto.

Seg√ļn el mensaje de Cristo, en orden al cual el pueblo de la Antigua Alianza deb√≠a preparar la humanidad, la salvaci√≥n es ofrecida a la totalidad del g√©nero humano, a toda creatura y a todas las naciones 4 . Los primeros cristianos aceptaban de buen grado que se los considerara como el pueblo de la "tercera raza", conforme a una expresi√≥n de Tertuliano 5 ; no ciertamente en sentido racial, sino en el sentido espiritual de nuevo pueblo, en el cual confluyen, reconciliadas por Cristo, las dos primeras razas humanas desde una √≥ptica religiosa: los jud√≠os y los paganos. Igualmente, la Edad Media cristiana distingu√≠a los pueblos seg√ļn criterios religiosos, en cristianos, jud√≠os e "infieles". Y, a causa de ello, dentro de los l√≠mites de la Cristiandad, los jud√≠os, testigos de un rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo graves humillaciones, acusaciones y proscripciones.

3. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, las actitudes cambian. La primera gran corriente de colonizaci√≥n europea es acompa√Īada de hecho por la destrucci√≥n masiva de las civilizaciones pre-colombinas y por la sujeci√≥n brutal de sus habitantes. Si los grandes navegantes de los siglos XV y XVI eran libres de prejuicios raciales, los soldados y los comerciantes no practicaban el mismo respeto: mataban para instalarse, reduc√≠an a esclavitud los "indios" para aprovecharse de su mano de obra, como despu√©s de la de los negros, y se empez√≥ a elaborar una teor√≠a racista para justificarse.

Los Papas no tardaron en reaccionar. El 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus de Pablo III denunciaba a los que sostenían que "los habitantes de las Indias occidentales y de los continentes australes... debían ser tratados como animales irracionales y utilizados exclusivamente en provecho y servicio nuestro"; y el Papa afirmaba solemnemente: "Resueltos a reparar el mal cometido, decidimos y declaramos que estos indios, así como todos los pueblos que la cristiandad podrá encontrar en el futuro, no deben ser privados de su libertad y de sus bienes -sin que valgan objeciones en contra-, aunque no sean cristianos, y que, al contrario, deben ser dejados en pleno gozo de su libertad y de sus bienes" 6 . Las directivas de la Santa Sede eran así de claras, incluso si, por desgracia, su aplicación conoció en seguida varias vicisitudes. Más tarde, Urbano VIII llegaría a excomulgar los que retuvieran a indios como esclavos.

Por su parte, los te√≥logos y los misioneros hab√≠an asumido ya la defensa de los aut√≥ctonos. El compromiso decidido en favor de los indios de un Bartolom√© de Las Casas, soldado ordenado sacerdote, luego profeso dominico y obispo, seguido pronto por otros misioneros, conduc√≠a los gobiernos de Espa√Īa y Portugal al rechazo de la teor√≠a de la inferioridad humana de los indios y a la imposici√≥n de una legislaci√≥n protectora, de la cual se beneficiar√°n tambi√©n, de alg√ļn modo, un siglo m√°s tarde, los esclavos negros tra√≠dos de √Āfrica.

La obra de de Las Casas es uno de los primeros aportes a la doctrina de los derechos universales del hombre, fundados sobre la dignidad de la persona, independientemente de toda afiliaci√≥n √©tnica o religiosa. A su zaga, los grandes te√≥logos y juristas espa√Īoles, Francisco de Vitoria y Francisco Su√°rez, iniciadores del derecho de gentes, desarrollaron esta doctrina de la igualdad fundamental de todos los hombres y de todos los pueblos. Sin embargo, la estrecha dependencia en que el r√©gimen del Patronato manten√≠a al clero del Nuevo Mundo no siempre permiti√≥ a la Iglesia tomar las decisiones pastorales necesarias.

4. En el contexto del menosprecio racista, aunque la motivaci√≥n dominante fuera la de procurarse mano de obra barata, no se puede dejar de mencionar aqu√≠ la trata de negros, tra√≠dos de √Āfrica, por dinero, hacia las tres Am√©ricas, en centenares de miles. El modo de captura y las condiciones de transporte eran tales que un gran n√ļmero desaparec√≠a antes de la partida o antes de llegar al Nuevo Mundo, donde eran destinados a los trabajos m√°s penosos pr√°cticamente como esclavos. Ese comercio comenz√≥ ya en 1562 y la esclavitud consiguiente perdur√≥ por casi tres siglos. Los Papas y los te√≥logos, como asimismo numerosos humanistas, protestaron contra esta pr√°ctica. Le√≥n XIII la ha condenado con vigor en su enc√≠clica In plurimis del 5 de mayo 1888, felicitando al Brasil por haberla abolido. El presente documento coincide con el centenario de este texto memorable. El Papa Juan Pablo II no vacil√≥, en su discurso a los intelectuales africanos, en Yaound√© (13 de agosto 1985), en deplorar que personas pertenecientes a naciones cristianas hayan contribuido a la trata de negros.

5. Preocupada siempre de mejorar el respeto a las poblaciones indígenas, la Santa Sede no ha dejado de insistir en que se mantuviera una cuidadosa distinción entre la obra de evangelización y el imperialismo colonial, con el cual se corría el peligro de verla confundida. La Sagrada Congregación de Propaganda Fide fue creada, en 1622, con esta inspiración. En 1659, la Congregación dirigía a los "vicarios apostólicos a punto de partir hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina" una esclarecedora Instrucción acerca de la actitud de la Iglesia ante los pueblos a los que se abría ahora la posibilidad de anunciar el Evangelio 7 .

Allí donde los misioneros permanecieron en una más estrecha dependencia de los poderes políticos, les fue más difícil poner freno a la voluntad de dominio de los colonizadores. A veces, los han incluso apoyado, recurriendo a interpretaciones falaces de la Biblia 8 .

6. En el siglo XVIII, una verdadera ideolog√≠a racista ha sido forjada, opuesta a las ense√Īanzas de la Iglesia, en contraste tambi√©n con el empe√Īo de algunos fil√≥sofos humanistas en pro de la dignidad y libertad de los esclavos negros, que eran entonces objeto de un desvergonzado comercio de considerables proporciones. Esta ideolog√≠a crey√≥ poder encontrar en la ciencia la justificaci√≥n de sus prejuicios. Apoy√°ndose en la diferencia de los rasgos f√≠sicos y en el color de la piel, entend√≠a concluir a una diversidad esencial, de car√°cter biol√≥gico hereditario, a fin de afirmar que los pueblos sometidos pertenec√≠an a "razas" intr√≠nsecamente inferiores, en cuanto a sus cualidades mentales, morales o sociales. La palabra "raza" es utilizada por primera vez, a fines del siglo XVIII, para clasificar biol√≥gicamente los seres humanos. El siglo siguiente, esto condujo a interpretar la historia de las civilizaciones en t√©rminos biol√≥gicos, como una competencia entre razas fuertes y d√©biles, √©stas gen√©ticamente inferiores a las otras. La decadencia de las grandes civilizaciones se explicar√≠a por su "degeneraci√≥n", es decir, por la mezcla de razas que compromet√≠a la pureza de la sangre 9 .

7. Semejantes afirmaciones encontraron un eco considerable en Alemania. Es sabido que el partido totalitario nacional socialista erigió la ideología racista en fundamento de su programa demencial, encaminado a la eliminación física de aquéllos que juzgaba pertenecer a "razas inferiores". El partido en cuestión se hizo responsable de uno de los más grandes genocidios de la historia. Su locura homicida hirió en primer término al pueblo judío, en proporciones inauditas; luego a otros pueblos, como los Gitanos y Tziganos, todavía a otras categorías de personas, como los lisiados o los enfermos mentales. Del racismo al eugenismo no había más que un paso, rápidamente franqueado.

La Iglesia no ha dejado de alzar su voz 10 . El Papa P√≠o XI conden√≥ sin ambages las doctrinas nazis en su enc√≠clica Mit brennender Sorge, declarando que: "Quien toma la raza, o el pueblo o el Estado... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana... para separarlo de la escala de valores... y los diviniza por un culto idol√°trico, pervierte y falsifica el orden de las cosas creado y establecido por Dios" 11 . El 13 de abril de 1938, el Papa hac√≠a que la Sagrada Congregaci√≥n de Seminarios y Universidades dirigiera a todos los rectores y decanos de Facultades una carta, imponiendo a todos los profesores de teolog√≠a la obligaci√≥n de refutar, seg√ļn el m√©todo propio de cada disciplina, las seudo-verdades cient√≠ficas con las cuales el nazismo intentaba justificar su ideolog√≠a racista 12 . El mismo P√≠o XI preparaba, ya desde 1937, una gran enc√≠clica sobre la unidad del g√©nero humano, que deb√≠a condenar el racismo y el antisemitismo. Fue sorprendido por la muerte antes de que pudiera publicarla. Su sucesor, P√≠o XII, incorpor√≥ algunos elementos en su primera enc√≠clica Summi Pontificatus 13 , y sobre todo en el Mensaje de Navidad de 1942, donde afirmaba que entre los falsos postulados del positivismo jur√≠dico "hay que incluir una teor√≠a que reivindica para tal naci√≥n, tal raza, tal clase, el "instinto jur√≠dico", imperativo supremo y norma inapelable". Y el Papa lanzaba a la vez un llamado vibrante en favor de un orden social nuevo y mejor: "Este empe√Īo, la humanidad lo debe a centenares de miles de personas, que sin la menor culpa de su parte, sino a veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva consunci√≥n" 14 . En la misma Alemania, hubo entonces una valiente resistencia del catolicismo, de la cual el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco el 30 de abril de 1987 15 , con ocasi√≥n de su segundo viaje a ese pa√≠s.

La insistencia en el drama del racismo nazi no debe hacer caer en el olvido otras exterminaciones en masa de poblaciones, como los armenios al acabar la primera guerra mundial y, más recientemente, una parte importante del pueblo cambogiano, por razones ideológicas.

La memoria de los crímenes así cometidos no debe ser jamás cancelada: las jóvenes generaciones y las todavía por venir deben saber a qué extremos el hombre y la sociedad son capaces de llegar, cuando ceden al poder del desprecio y el odio.

En Asia y √Āfrica, hay todav√≠a sociedades donde reina una muy neta divisi√≥n entre castas diferentes, as√≠ como otras estratificaciones sociales, de dif√≠cil superaci√≥n. El mismo fen√≥meno de la esclavitud, otrora universal en el tiempo y en el espacio, no se puede considerar, por desgracia, del todo liquidado. Estas manifestaciones negativas, y muchas otras que se podr√≠a enumerar, si no dependen siempre de concepciones filos√≥ficas racistas, en el sentido propio de la palabra, revelan no obstante la existencia de una tendencia bastante extendida e inquietante a servirse de otras creaturas humanas para los fines propios, y de ese modo, a considerarlas como de menor valor, y, por as√≠ decir, de inferior categor√≠a.

SEGUNDA PARTE
FORMAS ACTUALES DEL RACISMO

8. El racismo no ha desaparecido todav√≠a; incluso se es testigo aqu√≠ y all√° de inquietantes resurgimientos, que se presentan bajo formas diferentes, espont√°neas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. En efecto, si las situaciones de segregaci√≥n, fundadas sobre teor√≠as raciales son, al presente, en el mundo, una excepci√≥n, no se puede decir lo mismo de ciertos fen√≥menos de exclusi√≥n o de agresividad, de los cuales son v√≠ctimas ciertos grupos de personas, cuya apariencia f√≠sica, caracter√≠sticas √©tnicas, culturales o religiosas, difieren de las propias del grupo dominante, y son por √©l interpretadas como indicios de una inferioridad innata y definitiva, apta a justificar cualquier pr√°ctica discriminatoria respecto de ellos. Pues, si la raza define un grupo humano en funci√≥n de ciertos rasgos f√≠sicos inmutables y hereditarios, el prejuicio racial, que dicta los comportamientos racistas, puede extenderse, con los mismos efectos negativos, a todas las personas cuyo origen √©tnico, lengua, religi√≥n y costumbres se√Īalan como diversas.

9. La forma m√°s patente de racismo, en sentido propio, que se presenta hoy d√≠a, es el racismo institucionalizado, sancionado todav√≠a por la constituci√≥n y las leyes de un pa√≠s y justificado por una ideolog√≠a de superioridad de las personas de origen europeo sobre las de origen africano, indio o "de color", a veces sustentada por una interpretaci√≥n aberrante de la Biblia. Es el r√©gimen de apartheid o del "separate development". Este r√©gimen se caracteriza, desde tiempo atr√°s, por una segregaci√≥n radical, en varias manifestaciones de la vida p√ļblica, entre las poblaciones negra, mestiza, india y blanca. Esta √ļltima, aunque minoritaria num√©ricamente, es la √ļnica detentora del poder pol√≠tico y se considera due√Īa de la inmensa mayor√≠a del territorio. Todo sudafricano es definido por una raza que le es atribuida reglamentariamente. Si bien en los √ļltimos a√Īos, se han dado algunos pasos en direcci√≥n de una reforma, la mayor√≠a de la poblaci√≥n negra permanece excluida de la real representaci√≥n en el gobierno nacional y no disfruta de la ciudadan√≠a sino de nombre. Muchos son asignados a "homelands" poco viables, que son adem√°s econ√≥mica y pol√≠ticamente dependientes del poder central. La mayor√≠a de las Iglesias cristianas del pa√≠s han denunciado la pol√≠tica de segregaci√≥n. La comunidad internacional 16 y la Santa Sede 17 se han pronunciado tambi√©n en√©rgicamente en el mismo sentido.

√Āfrica del Sud es un caso extremo de una concepci√≥n de la desigualdad de las razas. La prolongaci√≥n del estado de represi√≥n del cual es v√≠ctima la poblaci√≥n mayoritaria es cada vez menos tolerada. Esto conlleva, entre los que son as√≠ oprimidos, un germen de reflejos racistas tan inaceptables como aqu√©llos que hoy padecen. Por esta raz√≥n es urgente superar el abismo de los prejuicios, a fin de construir el futuro sobre los principios de la igual dignidad de todos los hombres. La experiencia ha podido mostrar, en otros casos, que evoluciones pac√≠ficas son posibles en este terreno. La comunidad sudafricana y la comunidad internacional deben poner por obra todos los medios para favorecer un di√°logo correcto entre los protagonistas. Es importante desterrar el miedo que provoca tanta rigidez. Es importante igualmente evitar que los conflictos internos sean explotados por otros, en detrimento de la justicia y la paz 18 .

10. En un cierto n√ļmero de pa√≠ses, subsisten todav√≠a formas de discriminaci√≥n racial respecto de las poblaciones abor√≠genes, las cuales no son, en muchos casos, m√°s que los restos de la poblaci√≥n original de esas regiones, sobrevivientes de verdaderos genocidios, realizados en otro tiempo por los invasores o tolerados por los poderes coloniales. Y no es raro que esas poblaciones abor√≠genes resulten marginadas respecto al desarrollo del pa√≠s.

En varios casos, la suerte que les cabe se acerca, de hecho sino de derecho, a los reg√≠menes segregacionistas, en la medida en que quedan acantonadas en territorios estrechos y sometidos a estatutos que los nuevos ocupantes les han otorgado, casi siempre por un acto unilateral. El derecho de los primeros ocupantes a una tierra, a una organizaci√≥n social y pol√≠tica que preserve su identidad cultural, a√ļn en la apertura a los dem√°s, les debe ser garantizado. A este respecto, la justicia requiere que, acerca de las minor√≠as abor√≠genes a menudo exiguas como n√ļmero, dos escollos opuestos sean evitados: por una parte, que se las acantone en reservas como si debieran habitar en ellas para siempre, replegadas hacia su pasado; y por la otra, que se las someta a una asimilaci√≥n forzada, sin consideraci√≥n de su derecho a mantener una identidad propia. Ciertamente, las soluciones son dif√≠ciles: la historia no puede ser rescrita. Pero se puede encontrar formas de convivencia que tomen en cuenta la vulnerabilidad de los grupos aut√≥ctonos y les brinde la posibilidad de ser ellos mismos en el contexto de conjuntos m√°s amplios, a los que pertenecen con pleno derecho. La integraci√≥n m√°s o menos intensa en la sociedad circunstante debe poder realizarse conforme a su elecci√≥n libre 19 .

11. Otros Estados conservan, en diverso grado, restos de una legislaci√≥n discriminatoria, que limita apreciablemente los derechos civiles y religiosos de aqu√©llos que pertenecen a minor√≠as de religi√≥n diferente, miembros en general de grupos √©tnicos diversos de aqu√©l al cual pertenece la mayor√≠a de los ciudadanos. En raz√≥n de tales criterios religiosos y √©tnicos, los miembros de esas minor√≠as, a√ļn si se les otorga hospitalidad, no pueden obtener, en el caso de que la solicitaran, la ciudadan√≠a del pa√≠s donde residen y trabajan. Sucede tambi√©n que la conversi√≥n a la fe cristiana comporta la p√©rdida de la ciudadan√≠a. Estas personas son siempre, en todo caso, ciudadanos de segunda categor√≠a, en cuanto concierne, por ejemplo, la educaci√≥n superior, el alojamiento, el empleo, especialmente en los servicios p√ļblicos y la administraci√≥n de las comunidades locales. En este contexto se debe mencionar tambi√©n aquellas situaciones en que, en un mismo pa√≠s, se impone a otras comunidades la propia ley religiosa con sus consecuencias en la vida diaria, como por ejemplo la "sharia" en algunos estados de mayor√≠a musulmana.

12. De manera general, hay que mencionar aqu√≠ el "etnocentrismo", actitud bastante difundida, seg√ļn la cual un pueblo tiende naturalmente a defender su identidad, denigrando la de otros, hasta el extremo de negarles, simb√≥licamente al menos, la cualidad humana. Semejante conducta responde sin duda a una instintiva necesidad de proteger los propios valores, creencias y costumbres, percibidos como puestos en peligro por los dem√°s. Se ve a qu√© consecuencias extremas puede llevar ese sentimiento, si no es purificado y relativizado por la apertura rec√≠proca, por la informaci√≥n objetiva y el mutuo intercambio. El rechazo de la diversidad puede conducir hasta aqu√©lla forma de aniquilaci√≥n cultural, que los etn√≥logos llaman "etnocidio", la cual no tolera la presencia del otro si no en cuanto se deja asimilar a la cultura dominante.

Rara vez las fronteras pol√≠ticas de un pa√≠s coinciden exactamente con las de los pueblos, y casi todos los Estados, sean ellos de constituci√≥n antigua o reciente, conocen el problema de minor√≠as al√≥genas instaladas dentro de las propias fronteras. Cuando los derechos de las minor√≠as no son respetados, los antagonismos pueden tomar el aspecto de conflictos √©tnicos y generar reflejos racistas y tribales. De este modo, el fin de reg√≠menes coloniales y de situaciones de discriminaci√≥n racial no ha tra√≠do siempre consigo el ocaso del racismo en los nuevos Estados independientes de √Āfrica y de Asia. Dentro de las fronteras artificiales, heredadas de las potencias coloniales, la cohabitaci√≥n entre grupos √©tnicos de tradiciones, lenguas, culturas, incluso religiones diferentes, choca a menudo con el obst√°culo de una hostilidad rec√≠proca de tipo racista. Las oposiciones tribales ponen a veces en peligro, si no la paz, al menos la b√ļsqueda del bien com√ļn al conjunto de la sociedad, creando as√≠ dificultades a la vida de las Iglesias y a la acogida de pastores de otro origen √©tnico. Incluso cuando las Constituciones de esos pa√≠ses afirman formalmente la igualdad de todos los ciudadanos entre s√≠ y ante la ley, no es extra√Īo que unos grupos √©tnicos dominen a otros y les rehusen el pleno disfrute de sus derechos 20 . A veces, estas situaciones de hecho han desembocado en conflictos sangrientos, siempre presentes a la memoria. Otras veces todav√≠a, los poderes p√ļblicos no dudan en aprovechar las rivalidades √©tnicas como diversivo de sus dificultades internas, con gran detrimento del bien com√ļn y de la justicia que est√°n llamados a servir.

Es importante subrayar aquí que se dan situaciones análogas, cuando, por rabones complejas, poblaciones enteras son mantenidas en estado de desarraigo, refugiadas fuera del país donde estaban legítimamente instaladas, a menudo carentes de techo, y en todo caso, sin patria; o bien, cuando, residentes en la propia tierra, se encuentran en condiciones humillantes 21 .

13. No es exagerado afirmar que, dentro de un mismo país y de un mismo grupo étnico, pueden darse formas de racismo social, cuando, por ejemplo, inmensas masas de campesinos pobres son tratados sin ninguna consideración por su dignidad y sus derechos, expulsados de sus tierras, explotados y mantenidos en un estado de inferioridad económica y social por propietarios omnipotentes, que gozan además de la inercia o la activa complicidad de las autoridades. Son nuevas formas de esclavitud, frecuentes en el Tercer Mundo. No hay mucha diferencia entre aquéllos que consideran inferiores a otros hombres por razón de su raza, y aquéllos que tratan como inferiores a sus propios conciudadanos cuya mano de obra explotan. Es necesario que, en este caso, los principios de justicia social sean eficazmente aplicados. Se evitará así entre otras cosas, que las clases demasiado privilegiadas lleguen a abrigar sentimientos propiamente "racistas" hacia los propios conciudadanos y encuentren en ello un pretexto más para mantener estructuras injustas.

14. M√°s universal y m√°s extendido, sobre todo en pa√≠ses de fuerte inmigraci√≥n, es el fen√≥meno del racismo espont√°neo, que es dable observar entre los habitantes de esos pa√≠ses respecto de los extranjeros, especialmente cuando √©stos se distinguen por su origen √©tnico y su religi√≥n. Los prejuicios con los cuales estos inmigrantes son con frecuencia recibidos, corren el riesgo de desencadenar reacciones que se pueden manifestar al principio por un nacionalismo exacerbado, m√°s all√° del leg√≠timo orgullo por la propia patria e incluso de un superficial chauvinismo, degenerando despu√©s f√°cilmente en xenofobia o incluso en odio racial. Tales actitudes reprensibles nacen de un temor irracional, provocado a menudo por la presencia del otro y la necesidad de confrontarse con lo diverso. El objetivo expreso o impl√≠cito que las inspira es la negaci√≥n al otro del derecho a ser lo que es, y en todo caso del serlo "entre nosotros". Puede haber, sin duda, problemas de equilibrio de poblaciones, de identidad cultural y de seguridad. Pero deben ser resueltos en el respeto del otro, con la confianza tambi√©n en la riqueza que aporta la diversidad humana. Ciertos grandes pa√≠ses del Nuevo Mundo han recibido un aumento de vitalidad de ese crisol de culturas. Por el contrario, el ostracismo y los m√ļltiples vej√°menes de los cuales son a menudo v√≠ctima refugiados o inmigrantes, exigen reprobaci√≥n, mientras tienen como resultado el empujarles a estrechar sus filas, a vivir por as√≠ decir en un ghetto; y esto a su vez retrasa su integraci√≥n en la sociedad que los ha recibido, desde el punto de vista administrativo, pero no de manera plenamente humana.

15. Entre las manifestaciones de desconfianza racial sistem√°tica, es preciso volver aqu√≠ expl√≠citamente sobre el antisemitismo. Ha sido ciertamente la forma m√°s tr√°gica que la ideolog√≠a racista ha asumido en nuestro siglo, con los horrores del "holocausto" jud√≠o 22 , pero por desgracia no ha desaparecido todav√≠a del todo. Parece, en efecto, que algunos no hubieran aprendido nada de los cr√≠menes del pasado: hay organizaciones que alimentan, mediante ramificaciones en numerosos pa√≠ses, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones. En estos √ļltimos a√Īos, se han multiplicado los actos de terrorismo que tienen por mira personas y s√≠mbolos jud√≠os y muestran la radicalizaci√≥n de esos grupos. El antisionismo -de otro orden, ya que consiste en una contestaci√≥n del Estado de Israel y su pol√≠tica- sirve a veces de cobertura al antisemitismo, se nutre de √©l y lo promueve. Adem√°s, ciertos pa√≠ses aducen pretextos seudo-jur√≠dicos y ponen restricciones a una libre emigraci√≥n de los jud√≠os.

16. Un temor difuso ante la posible aparici√≥n de nuevas formas, todav√≠a desconocidas, de racismo, se expresa ocasionalmente a prop√≥sito del uso que se podr√≠a hacer de las "t√©cnicas de procreaci√≥n artificial", con la fecundaci√≥n in vitro y las posibilidades de manipulaci√≥n gen√©tica. Si bien tales temores se inspiran en parte todav√≠a de hip√≥tesis, no dejan de llamar la atenci√≥n de la humanidad sobre una nueva inquietante dimensi√≥n del poder del hombre sobre el hombre, y en consecuencia, sobre la urgencia de la √©tica correspondiente. Es necesario que el derecho determine, cuanto antes, barreras infranqueables, a fin de que esas "t√©cnicas" no caigan en manos de poderes abusivos e irresponsables, dedicados a "producir" seres humanos seleccionados seg√ļn criterios de raza, u otras peculiaridades, cualesquiera sean. Se podr√≠a ser testigo as√≠ del resurgimiento del funesto mito del racismo eug√©nico, cuyos efectos desastrosos el mundo ha ya padecido 23 . Un abuso parecido consistir√≠a en evitar que vinieran al mundo seres humanos de tal o cual categor√≠a social o √©tnica, mediante el recurso al aborto y a campa√Īas de esterilizaci√≥n. Cuando se esfuma el respeto absoluto que se debe a la vida y a su transmisi√≥n, conforme a la voluntad del Creador, es de temer que desaparezca a la par todo freno moral al poder de los hombres, incluido el de elaborar una humanidad a la triste imagen de esos aprendices de brujo.

A fin de rechazar con firmeza tales modos de proceder, y extirpar de nuestras sociedades las conductas racistas, cualesquiera fuesen, y las mentalidades que a ellas conducen, es necesario poseer profundas convicciones acerca de la dignidad de toda persona y de la unidad de la familia humana. La moral brota de estas convicciones. Las leyes pueden contribuir a la salvaguardia de las aplicaciones esenciales de la moral. Pero no bastan para cambiar el corazón del hombre. El momento llega, pues, de escuchar el mensaje de la Iglesia que estructura aquellas convicciones y les brinda su fundamento.

TERCERA PARTE
LA DIGNIDAD DE TODA RAZA Y LA UNIDAD DEL G√ČNERO HUMANO. VISI√ďN CRISTIANA

17. La doctrina cristiana sobre el hombre se ha desarrollado a partir de la Revelaci√≥n b√≠blica y a su luz, as√≠ como tambi√©n en una incesante confrontaci√≥n con las aspiraciones y experiencias de los pueblos. Es esta doctrina que ha inspirado las actitudes de la Iglesia, que hemos se√Īalado ya, en el curso de la historia. Ha sido reiterada de manera clara y sint√©tica, para nuestro tiempo, por el Concilio Vaticano II, en varios textos decisivos. El siguiente texto puede servir de ilustraci√≥n: "La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocaci√≥n y de id√©ntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad f√≠sica y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminaci√≥n en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condici√≥n social, lengua o religi√≥n, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino" 24 .

Esta ense√Īanza es reiterada a menudo por los Papas y los obispos. As√≠, Pablo VI precisaba ante el cuerpo diplom√°tico: "Para quien cree en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos, son hijos del Padre universal que los ha creado a su imagen y gu√≠a sus destinos con amor sol√≠cito. La paternidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: √©ste es uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto en com√ļn tambi√©n on otras grandes religiones, y un axioma de la m√°s profunda sabidur√≠a humana de todos los tiempos, la que rinde culto a la dignidad del hombre" 25 .

Y Juan Pablo II insiste: ¬ęLa creaci√≥n del hombre por Dios "a su imagen" confiere a toda persona humana una dignidad eminente; supone adem√°s la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo ser del hombre, adquiere la dimensi√≥n de una fraternidad especial√≠sima mediante la encarnaci√≥n del Hijo de Dios... En la redenci√≥n realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para los derechos y deberes de la persona humana. Por ello, cualquier forma de discriminaci√≥n por causa de la raza... es absolutamente inaceptable" 26 .

18. Este principio de la igual dignidad de todos los hombres, cualquiera sea la raza a que pertenecen, encuentra ya un serio apoyo en el plano científico, y un sólido fundamento en el plano de la filosofía, de la moral y de las religiones en general. La fe cristiana respeta esta intuición y la afirmación consiguiente y se regocija por ella. Revela una convergencia muy digna de nota entre las diversas disciplinas que refuerza las convicciones de la mayoría de los hombres de buena voluntad y permite la elaboración de declaraciones, convenciones y pactos internacionales para la salvaguardia de los derechos del hombre y la eliminación de toda forma de discriminación racial. En este sentido Pablo VI podía hablar de "un axioma de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos".

Sin embargo, todos estos abordajes no son del mismo orden y es importante respetar sus niveles respectivos.

Las ciencias, por su parte, contribuyen a disipar no pocas falsas certidumbres con las cuales se intenta cubrirse cuando se quiere justificar conductas racistas o retrasar las transformaciones necesarias. Seg√ļn el texto de una declaraci√≥n, redactada en la UNESCO el 8 de junio de 1951 por un cierto n√ļmero de personalidades cient√≠ficas: "Los sabios reconocen generalmente que todos los hombres actualmente vivientes pertenecen a una misma especie, el homo sapiens, y que proceden de un mismo tronco" 27 . Pero las ciencias no son suficientes para asegurar las convicciones anti-racistas: por sus m√©todos mismos, ellas se prohiben a s√≠ mismas decir una palabra final sobre el hombre y su destino y definir reglas morales universales obligatorias para las conciencias.

La filosofía, la moral y las grandes religiones se interesan, ellas también, del origen, la naturaleza y el destino del hombre, y ello en un plano che supera la investigación científica abandonada a sus fuerzas. Procuran fundamentar el respeto incondicional de toda vida humana sobre una base más firme que la observación de las costumbres y el consenso, siempre frágil y ambiguo, de una época. Logran así, en el mejor de los casos, adoptar un universalismo que la doctrina cristiana apoya sólidamente en la Revelación divina.

19. Seg√ļn esta Revelaci√≥n b√≠blica, Dios ha creado el ser humano -hombre y mujer- a su imagen y semejanza 28 . Este v√≠nculo del hombre con su Creador funda su dignidad y sus derechos humanos inalienables, con Dios mismo como garante. A esos derechos personales corresponden evidentemente deberes hacia los dem√°s hombres. Ni el individuo, ni la sociedad, ni el Estado, ni ninguna otra instituci√≥n humana, pueden reducir al hombre -o un grupo de hombres- al estado de objeto.

La fe es un Dios que está al origen del género humano, trasciende, unifica y da sentido a todas las observaciones parciales que la ciencia puede acumular sobre el proceso de la evolución y el desenvolvimiento de las sociedades. Es la afirmación más radical de la idéntica dignidad de todos los hombres en Dios. Conforme a esta concepción, la persona escapa a todas las manipulaciones de los poderes humanos y de la propaganda ideológica destinada a justificar la sujeción de los más débiles. La fe en un solo Dios, Creador y Redentor de todo el género humano, hecho a su imagen y semejanza, constituye la negación absoluta e insoslayable de toda ideología racista. Pero es preciso extraer de ella todas sus consecuencias: "No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios" 29 .

20. La Revelaci√≥n insiste, en efecto, igualmente, en la unidad de la familia humana: todos los hombres creados tienen en Dios un mismo origen. Cualquiera sea, en el curso de la historia, su dispersi√≥n geogr√°fica o la acentuaci√≥n de sus diferencias, est√°n siempre destinados a formar una sola familia, seg√ļn el plan de Dios establecido "al principio". En el primer hombre, la unidad de todo el g√©nero humano, presente y futuro, es tipol√≥gicamente afirmada. Ad√°n -de adama, la tierra- es un singular colectivo. Es la especie humana que es "imagen de Dios". Eva, la primera mujer, es llamada "la madre de todos los vivientes" 30 . De la primera pareja "proviene la raza de los hombres" 31 . Todos son de la "familia de Ad√°n" 32 . San Pablo declarar√° a los atenienses: "Dios cre√≥, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra"; de manera que todos pueden decir con el poeta que son del "linaje" mismo de Dios 33 .

La elecci√≥n del pueblo jud√≠o no contradice este univesalismo, se trata de una pedagog√≠a divina que se propone asegurar la preservaci√≥n y el desarrollo de la fe en el Eterno, que es √ļnico, y fundamentar as√≠ las responsabilidades consiguientes. Si el pueblo de Israel ha tomado conciencia de una relaci√≥n especial con Dios, ha afirmado tambi√©n que hay una alianza con El de todo el g√©nero humano 34 , y que, a√ļn en la Alianza concluida con √©l, todos los pueblos son llamados a la salvaci√≥n: "Y ser√°n bendecidas en ti todas las familias de la tierra" declara Dios a Abraham 35 .

21. El Nuevo Testamento refuerza esta revelación de la dignidad de todos los hombres, de su unidad fundamental y de su deber de fraternidad, porque todos han sido igualmente salvados y reunidos por Cristo.

El misterio de la Encarnaci√≥n manifiesta en qu√© honor Dios ha tenido la naturaleza humana, ya que, en su Hijo, ha querido, sin confusi√≥n ni separaci√≥n, unirla a la suya. Cristo se ha unido, en cierto modo con todo hombre 36 . Cristo es, por t√≠tulo exclusivo, la imagen de Dios invisible" 37 . S√≥lo El revela de manera perfecta el ser de Dios en la humilde condici√≥n humana que ha asumido libremente 38 . Por ello, es el "nuevo Ad√°n", prototipo de una humanidad nueva, "primog√©nito entre muchos hermanos" 39 , en quien ha sido restaurada la semejanza divina empa√Īada por el pecado. Al hacerse carne entre nosotros, el Verbo eterno de Dios "ha compartido nuestra humanidad" 40 para conformarnos a su divinidad. La obra de salvaci√≥n realizada por Cristo es universal. No tiene como destinatario solamente el pueblo elegido. Toda la "raza de Ad√°n" es afectada, "recapitulada" en Cristo, seg√ļn la expresi√≥n de San Irineo 41 . En Cristo, todos los hombres son llamados a entrar, por la fe, en la Alianza definitiva con Dios 42 , al margen de la circuncisi√≥n, de la Ley de Mois√©s y de la raza.

Esta Alianza ha sido realizada y sellada por el sacrificio de Cristo, que obr√≥ la Redenci√≥n de una humanidad pecadora. Por su cruz fue abolida la divisi√≥n religiosa -que se hab√≠a hecho m√°s r√≠gida como divisi√≥n √©tnica- entre el pueblo de la promesa, ahora cumplida, y el resto de la humanidad. Los gentiles, hasta ahora "excluidos de la ciudadan√≠a de Israel y extra√Īos a las alianzas de la promesa", "han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo" 43 . √Čl, "de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad" 44 . A partir del jud√≠o y del gentil, Cristo ha querido "crear en s√≠ mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo". Este "Hombre Nuevo" es el nombre colectivo de la humanidad redimida por El, en toda la variedad de sus componentes, reconciliada con Dios para formar un solo Cuerpo que es la Iglesia, gracias a la cruz que ha suprimido la enemistad 45 . De esta manera, no hay ya m√°s "griego ni jud√≠o, circuncisi√≥n e incircuncisi√≥n; b√°rbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos" 46 . El creyente, cualquiera fuera su condici√≥n anterior, ha revestido as√≠ ese Hombre Nuevo, que no cesa de ser renovado a imagen de su Creador. Y Cristo re√ļne los hijos de Dios que estaban dispersos 47 .

El mensaje de Cristo no mira solamente a una fraternidad espiritual. Presupone y pone en marcha comportamientos concretos, muy importantes en la vida cotidiana: Cristo mismo ha dado el ejemplo. El marco estrecho de Palestina, donde se ha desarrollado casi toda su vida terrestre, no le brindaba demasiadas ocasiones de encontrar gente de otras razas. No obstante, se ha mostrado acogedor con todas las categorías de personas con las cuales entró en contacto. No temió dedicarse a los samaritanos 48 y ponerlos como ejemplo 49 , cuando eran menospreciados por los judíos y tratados como herejes. Ha hecho beneficiarios de su salvación a todos los que estaban marginados por una u otra razón: los enfermos, los pecadores hombres y mujeres, las prostitutas, los publicanos, los paganos como la mujer sirofenicia 50 .

Han quedado excluidos solamente los que se auto-excluyen, por su suficiencia, como algunos fariseos. Y √©l nos amonesta solemnemente: habremos de ser juzgados seg√ļn la actitud que tuvimos hacia el extranjero, o hacia el m√°s peque√Īo de sus hermanos. Incluso sin saberlo, encontramos en ellos a El mismo 51 .

La resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo en Pentecostés han inaugurado esta humanidad nueva. La incorporación a ella se realiza por la fe y el bautismo, a la zaga de la predicación y la libre adhesión al Evangelio. Y esta buena nueva está destinada a todas las razas. "Haced discípulos a todas las gentes" 52 .

22. La Iglesia tiene en consecuencia la vocaci√≥n de ser, en medio del mundo, "el pueblo de los redimidos", reconciliados con Dios y entre s√≠, siendo "un solo cuerpo y un solo esp√≠ritu" en Cristo 53 y manifestando a todos los hombres respeto y amor. "Todas las naciones que hay bajo el cielo" estaban representadas simb√≥licamente en Jerusal√©n, el d√≠a de Pentecost√©s 54 , superaci√≥n y antitipo de la dispersi√≥n de Babel 55 . Como afirma Pedro, cuando fue llamado a casa del pagano Cornelio: "a m√≠ me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ning√ļn hombre... Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepci√≥n de personas" 56 .

La Iglesia ha recibido la vocaci√≥n sublime de realizar, primero en s√≠ misma, la unidad del g√©nero humano, m√°s all√° de toda divisi√≥n √©tnica, cultural, nacional, social y otras todav√≠a, a fin de significar precisamente el t√©rmino de esas divisiones, abolidas por la cruz de Cristo. Al hacerlo, contribuye a promover la convivencia fraterna entre los pueblos. El Concilio Vaticano II ha definido muy justamente la Iglesia "como un sacramento, o sea signo e instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios y de la unidad de todo el g√©nero humano" 57 , porque "Cristo y la Iglesia... trascienden todo particularismo de raza o de naci√≥n" 58 . En la Iglesia no hay "ninguna desigualdad por raz√≥n de la raza o de la nacionalidad, de la condici√≥n social o del sexo" 59 . Es precisamente el sentido del t√©rmino "cat√≥lico", es decir, universal; √©l caracteriza la Iglesia. Y a medida que √©sta realiza su expansi√≥n, la catolicidad se vuelve m√°s manifiesta: la Iglesia re√ļne efectivamente los fieles de Cristo de todas las naciones del mundo, con las culturas m√°s variadas, guiadas por los pastores de sus pueblos, comulgando todos en la misma fe y en la misma caridad.

Aquello que la Iglesia tiene vocación y misión de realizar, por mandato divino, sus fracasos repetidos, obra de la dureza de los hombres y de los pecados de sus miembros, no pueden de ninguna manera anularlo. Esto confirma que no se trata de una empresa de hombres, sino de un proyecto que supera las fuerzas humanas. Es importante, en todo caso, que los cristianos se den cuenta mejor que son llamados, todos ellos, a ejercer el papel de signos en el mundo. A través de su conducta, que excluye toda forma de discriminación racial, étnica, nacional o cultural, el mundo debe poder reconocer la novedad del Evangelio de la reconciliación. Les toca anticipar, en la Iglesia, la comunidad escatológica y definitiva del Reino de Dios.

23. La doctrina cristiana, que acabamos de exponer, tiene, en efecto, serias consecuencias morales, que se puede resumir en tres palabras claves: respeto de las diferencias, fraternidad, solidaridad. Si los hombres y las comunidades humanas, son todos iguales en dignidad, ello no quiere decir que todos disfrutan, simult√°neamente, de las mismas capacidades f√≠sicas, los mismos dones culturales, las mismas fuerzas intelectuales y morales, el mismo estadio de desarrollo. La igualdad no es uniformidad. Importa reconocer la diversidad y la complementariedad de las riquezas culturales y las cualidades morales de unos y de otros. La igualdad de trato presupone as√≠ un cierto reconocimiento de la diferencia, que las minor√≠as reclaman a fin de desenvolverse seg√ļn su genio propio, en el respeto de los dem√°s y del bien com√ļn de la sociedad y de la comunidad mundial. Pero ning√ļn grupo humano se puede engre√≠r de poseer sobre otros una superioridad de naturaleza 60 , ni de ejercer ninguna discriminaci√≥n que afecte los derechos fundamentales de la persona.

Sin embargo, el mutuo respeto no basta. Es preciso instaurar una fraternidad. El dinamismo necesario para tal fraternidad no es otro que la caridad, que está, también ella, en el corazón del mensaje cristiano: "Todo hombre es mi hermano" 61 . La caridad no es un simple sentimiento de benevolencia o de piedad; se orienta más bien a hacer que cada uno se beneficie efectivamente de aquéllas condiciones de vida dignas que le corresponden por justicia, en orden a su subsistencia, su libertad y su desarrollo bajo todos los aspectos. Ella hace ver en todo hombre y en toda mujer otro ser como uno, en Cristo, conforme al precepto divino: "amarás a tu prójimo como a ti mismo".

El reconocimiento de la fraternidad no basta. Se trata de ir hasta la solidaridad activa con todos, y en especial entre ricos y pobres. La reciente enc√≠clica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre 1987) insiste en el hecho de la interdependencia, ¬ępercibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual... y asumida como categor√≠a moral. Cuando la interdependencia es reconocida as√≠, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como "virtud", es la solidaridad¬Ľ 62 . En esto se juega la paz entre hombres y naciones: "Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad" 63 .

CUARTA PARTE
CONTRIBUCI√ďN DE LOS CRISTIANOS A LA PROMOCI√ďN, CON LOS DEM√ĀS, DE LA FRATERNIDAD Y LA SOLIDARIDAD ENTRE LAS RAZAS

24. El prejuicio racista, que niega la igual dignidad de todos los miembros de la familia humana y blasfema de su Creador, s√≥lo puede ser combatido donde nace, es decir, en el coraz√≥n del hombre. Del coraz√≥n brotan los comportamientos justos e injustos 64 , seg√ļn que el hombre se abra a la voluntad de Dios, en el orden natural y en su Palabra viva, o se encierre en s√≠ mismo y en su ego√≠smo, dictado por el miedo o por el instinto de dominio. Es la visi√≥n del otro que es preciso purificar. Alimentar concepciones y fomentar actitudes racistas es un pecado contra la ense√Īanza espec√≠fica de Cristo, para quien el "pr√≥jimo" no es solamente el hombre de mi tribu, de mi ambiente, de mi religi√≥n o de mi naci√≥n, es todo ser humano que encuentro en mi camino.

Los medios externos, legislación o demostración científica, no bastan para extirpar al prejuicio racista. No es suficiente, en efecto, que las leyes eviten o sancionen toda clase de discriminación racial. Pueden ser fácilmente soslayadas, si la comunidad a la cual son destinadas no adhiere a ellas plenamente. Y para esto, una comunidad debe apropiarse los valores que inspiran las leyes justas y además traducir en la vida cotidiana la convicción de la igual dignidad de todo ser humano.

25. La conversi√≥n del coraz√≥n no puede ser alcanzada, sin afirmar las convicciones del esp√≠ritu acerca del respeto debido a las otras razas y grupos √©tnicos. La Iglesia, por su lado, coopera a la formaci√≥n de las conciencias presentando claramente la √≠ntegra doctrina cristiana sobre este punto. Pide en especial a los pastores, a los predicadores, a los maestros y a los catequistas, esclarecer la ense√Īanza aut√©ntica de la Escritura y la tradici√≥n acerca del origen de todos los hombres en Dios, de su destino final com√ļn en el Reino de Dios, del valor del precepto del amor fraterno y de la total incompatibilidad entre el exclusivismo racista y la vocaci√≥n universal de todos los hombres a la misma salvaci√≥n en Jesucristo. El recurso a la Biblia para justificar a posteriori prejuicios racistas debe ser en√©rgicamente condenado. La Iglesia no ha autorizado nunca semejante distorsi√≥n de la interpretaci√≥n b√≠blica.

La obra de persuasi√≥n de la Iglesia se realizara igualmente mediante el testimonio de vida de los cristianos: respeto de los extranjeros, aceptaci√≥n del di√°logo, la participaci√≥n, la ayuda fraterna y la colaboraci√≥n con los otros grupos √©tnicos. El mundo necesita la verificaci√≥n entre los cristianos, de esta par√°bola en acci√≥n, a fin de dejarse convencer por el mensaje de Cristo. Sin duda, los cristianos ellos mismos deben confesar humildemente que miembros de la Iglesia, en todos los niveles, no han tenido siempre una conducta coherente, en este punto, en el curso de la historia. No obstante, deben continuar proclamando lo que es justo, mientras se empe√Īan a la vez por "realizar" la verdad 65 .

26. No basta tampoco exponer la doctrina y proponer un ejemplo. Es necesario además asumir la defensa de las víctimas del racismo dondequiera se encuentren. Los actos de discriminación entre los hombres y pueblos, por motivos racistas, o por otros motivos, sean religiosos o ideológicos, pero que desembocan en una actitud de menosprecio o de exclusión, deben ser dados a conocer con severidad y enérgicamente reprobados, para suscitar comportamientos, disposiciones legales y estructuras sociales equitativas.

Son muchos aquellos que se han vuelto m√°s sensibles a esta injusticia y se empe√Īan en la lucha contra toda forma de racismo. Lo hagan por convicci√≥n religiosa o por razones humanitarias, son llevados a veces a desafiar las represiones de ciertos poderes, o por lo menos la presi√≥n de una opini√≥n p√ļblica sectaria, y a hacer frente a persecuciones y a la c√°rcel. Los cristianos no dudan en asumir su propio lugar en esta lucha por la dignidad de sus hermanos, con el necesario discernimiento y prefiriendo siempre los medios no violentos 66 .

27. La Iglesia, en su denuncia del racismo, procura mantener una actitud evang√©lica respecto de todos. En esto consiste su originalidad. Si ella no teme analizar l√ļcidamente las causas del racismo y manifestar su desaprobaci√≥n, incluso delante de los responsables, procura tambi√©n comprender c√≥mo se ha podido llegar a estos extremos, y querr√≠a ayudar a encontrar una salida razonable del callej√≥n en el cual aqu√©llos responsables se han encerrado. Como Dios, que no se regocija con la muerte del pecador 67 , la Iglesia mira m√°s bien a su reconciliaci√≥n, si consiente en reparar las injusticias cometidas. Ella se preocupa tambi√©n de evitar que las v√≠ctimas recurran a la lucha violenta y acaben por caer en un racismo an√°logo al que rechazan. Quiere ofrecer un espacio de reconciliaci√≥n y no acentuar las oposiciones. Exhorta a obrar de tal modo que se excluya el odio. Predica el amor y prepara pacientemente un cambio de mentalidad, sin el cual un cambio de estructuras ser√≠a in√ļtil.

28. Para la instauraci√≥n de una conciencia no racista, el papel de la escuela es primario. El Magisterio de la Iglesia ha subrayado siempre la importancia de una educaci√≥n que insiste en lo que es com√ļn a todos los seres humanos. Importa tambi√©n ayudar a ver que el otro, porque es diferente, puede precisamente enriquecer nuestra experiencia. Es normal ciertamente que la historia, por ejemplo, cultive el aprecio por la propia naci√≥n, pero ser√≠a lamentable que condujera a un miope chauvinismo y asignara a las realizaciones de las otras naciones s√≥lo un lugar accesorio que resulte inferior. Como se ha hecho ya en algunos pa√≠ses, puede llegar a ser necesario revisar los manuales escolares que falsifican la historia, al callar los cr√≠menes hist√≥ricos del racismo o justifican sus principios. Igualmente, la instrucci√≥n c√≠vica debe ser concebida de tal manera que sean arrancados de ra√≠z los reflejos discriminatorios respecto de personas que pertenecen a otros grupos √©tnicos. La escuela brinda siempre m√°s, a los hijos de inmigrantes, la ocasi√≥n de mezclarse con los aut√≥ctonos: ¬°ojal√° se aprovechara esta circunstancia para ayudar unos y otros a conocerse mejor y preparar una convivencia armoniosa!

Muchos jóvenes parecen, hoy día, estar menos ligados a prejuicios raciales. Se nos brinda así un recurso para el futuro, que es preciso saber cultivar. Mueve tanto más a amargura comprobar que otros jóvenes se organizan en bandas para cometer violencias contra ciertos grupos raciales o transformar encuentros deportivos en manifestaciones de chauvinismo que culminan en actos vandálicos o en masacres. Los prejuicios raciales, si no se nutren de ideologías, nacen, más a menudo, de una ignorancia del otro, que abre la puerta a la imaginación legendaria y engendra el temor. Ahora bien, no faltan, hoy, ocasiones para acostumbrar los jóvenes al respecto y la estima de la diversidad: intercambios internacionales, viajes, cursos de lenguas, creación de vínculos entre ciudades gemelas, campamentos de vacaciones, escuelas internacionales, actividades deportivas y culturales.

29. La persuasi√≥n y la educaci√≥n deben ir acompa√Īadas paralelamente por la voluntad de traducir en textos legales el respeto de otros grupos √©tnicos, as√≠ como tambi√©n en las estructuras y el funcionamiento de las instituciones regionales o nacionales.

Cuando el racismo muere en los corazones, acaba por desaparecer en las leyes. Pero es preciso actuar directamente tambi√©n en el terreno jur√≠dico. Donde existen todav√≠a leyes discriminatorias, los ciudadanos, conscientes de la perversidad de tal ideolog√≠a, deben asumir sus responsabilidades a fin de que, por medio de los procesos democr√°ticos, el derecho sea puesto de acuerdo con la ley moral. Dentro de un mismo Estado, la ley debe ser igual para todos los ciudadanos indistintamente. Un grupo dominante, num√©ricamente mayoritario o minoritario, no puede, en ning√ļn caso, disponer a su arbitrio de los derechos fundamentales de los dem√°s grupos. Es necesario que las minor√≠as √©tnicas, ling√ľ√≠sticas o religiosas que viven dentro de las fronteras de un mismo Estado, se vean reconocer los mismos derechos inalienables de los otros ciudadanos, incluido el de vivir como grupo seg√ļn sus finalidades culturales y religiosas. Deben gozar de la facultad de integrarse libremente a la cultura circundante 68 .

El estatuto de otras categorías de personas, como los inmigrantes, los refugiados, o también los trabajadores extranjeros estacionales, es a menudo más precario todavía. Es así más urgente que sus derechos humanos fundamentales sean reconocidos y garantizados. Ahora bien, son estas personas quienes, más frecuentemente, resultan víctimas de prejuicios racistas. Las leyes deberán atender a que sean reprimidos los actos de agresión respecto de ellos, como también los comportamientos de quienquiera (empleador, funcionario o persona privada) pretendiera someter las personas más desprotegidas a diversas formas de explotación, económicas u otras.

Pertenece, sin duda, a los poderes p√ļblicos, responsables del bien com√ļn, determinar la proporci√≥n de refugiados o inmigrantes que el pa√≠s acoge, atendidas las posibilidades de empleo y las perspectivas de desarrollo, pero tambi√©n la urgencia de las necesidades de otros pueblos. El Estado cuidar√° igualmente que no se creen situaciones de grave desequilibrio social, acompa√Īadas por fen√≥menos sociol√≥gicos de rechazo como puede ocurrir cuando una excesiva concentraci√≥n de personas de diferente cultura es percibida como una amenaza directa a la identidad y las costumbres de la comunidad de acogida. En el aprendizaje de la diversidad, todo no se puede exigir de entrada. Pero es preciso considerar las posibilidades que se abren de una nueva convivencia y a√ļn de un mutuo enriquecimiento. Y una vez que un extranjero ha sido admitido y se ha sometido a los reglamentos de orden p√ļblico, tiene derecho a la protecci√≥n de la ley, mientras dure el periodo de su inserci√≥n social.

Igualmente, la legislación laboral no debe permitir que, por una prestación igual de trabajo, los extranjeros que hubieran encontrado empleo en un país del cual no son ciudadanos, padezcan discriminación en cuanto al salario, los beneficios sociales y seguro de ancianidad, respecto de los trabajadores autóctonos. Es justamente en las relaciones de trabajo que debería surgir un mejor conocimiento y aceptación mutuos entre personas de origen étnico y cultural diferente, y crearse una solidaridad humana capaz de superar los prejuicios de la primera hora.

30. En el plano internacional, importa continuar a elaborar instrumentos jurídicos de lucha contra el racismo, y sobre todo conferirles plena eficacia.

Luego de los excesos del nazismo, las Naciones Unidas se empe√Īaron intensamente en favor del respeto de hombres y pueblos 69 . Una importante Convenci√≥n internacional sobre la eliminaci√≥n de todas las formas de discriminaci√≥n racial fue adoptada por la XX Asamblea General de las Naciones Unidas el 21 de diciembre de 1965. Estipula, entre otras cosas, que "nada podr√≠a justificar, en ninguna parte, la discriminaci√≥n racial, ni en teor√≠a, ni en la pr√°ctica" (Pre√°mbulo, 6a. parte); y prev√© medidas legislativas y judiciales para poner por obra estas disposiciones. Entr√≥ en vigor el 4 de enero de 1969 y fue formalmente ratificada por la Santa Sede el 1o. de mayo de ese mismo a√Īo.

La ONU decidía todavía, el 2 de noviembre de 1973, proclamar un "Decenio de lucha contra el racismo y la discriminación racial". El Papa Pablo VI manifestó enseguida su "gran interés" y su "viva satisfacción" por esta nueva iniciativa: "Esta iniciativa eminentemente humana encontrará una vez más lado a lado la Santa Sede y las Naciones Unidas, si bien en planos diversos y con medios diferentes" 70 .

El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) comprende desde 1946 una Comisión de Derechos Humanos, la cual ha instituido a su vez una Subcomisión de prevención de discriminaciones y protección a las minorías.

La contribución de la Santa Sede ha proseguido mediante la participación de sus delegaciones en numerosas manifestaciones importantes del primer decenio y en otras reuniones intergubernamentales 71 . Un segundo Decenio ha sido proclamado después (1983-1993).

31. Estos esfuerzos de la Santa Sede en cuanto miembro cualificado de la comunidad internacional, no deben ser disociados de los m√ļltiples esfuerzos de las comunidades cristianas en el mundo ni del empe√Īo personal de los cristianos en el marco de las comunes instituciones sociales.

En este contexto, es necesario mencionar especialmente la contribución de algunos episcopados. Se puede citar, por ejemplo, los esfuerzos realizados por los obispos de dos países signados por una experiencia aguda, si bien distinta en cada caso, de los problemas del racismo.

El primer caso es el de Estados Unidos de América, donde la discriminación racial ha sido mantenida en la legislación de varios Estados, mucho después de la Guerra civil (1861-1865). Recién en 1964 la Ley sobre los derechos civiles puso punto final a toda forma de discriminación racial legalmente practicada. Fue un gran paso adelante, largamente madurado y jalonado por numerosas iniciativas de carácter no-violento. La Iglesia católica, particularmente por medio de las declaraciones del Episcopado 72 , y su extensa red educacional, contribuyó a este proceso.

A pesar de los esfuerzos continuados y m√ļltiples, mucho queda todav√≠a por hacer para eliminar del todo el prejuicio y la conducta racista, incluso en este pa√≠s que puede ser tenido por uno de los m√°s interraciales del mundo. Prueba de ello es la declaraci√≥n adoptada por el "Administrative Board" de la Conferencia cat√≥lica de los Estados Unidos, el 26 de marzo de 1987, que llama la atenci√≥n sobre la persistencia de indicios de racismo en la sociedad americana y condena la actividad de organizaciones de tipo racista como el "Ku Klux Klan".

El segundo ejemplo es el de la Iglesia de √Āfrica del Sud, que hace frente a una situaci√≥n muy diferente. El empe√Īo de los obispos sudafricanos, a menudo en estrecha colaboraci√≥n con otras Iglesias cristianas, en favor de la igualdad racial y contra el apartheid, es bien conocido. A este respecto, se pueden mencionar algunos recientes documentos de la Conferencia episcopal: la Carta Pastoral del 1o. de mayo de 1986, con el t√≠tulo significativo: "La esperanza cristiana en la crisis actual" 73 , y el mensaje dirigido al Jefe del Estado en agosto del mismo a√Īo 74 .

La situaci√≥n en √Āfrica del Sud ha suscitado en todas partes numerosas manifestaciones de solidaridad con los que sufren a causa del apartheid y de apoyo a las iniciativas eclesiales 75 , tomadas por los dem√°s frecuentemente en un acuerdo ecum√©nico. El Papa Juan Pablo II, de parte suya, no ha dejado de demostrar a menudo su solicitud a los obispos cat√≥licos de este pa√≠s 76 . Durante su viaje al √Āfrica Austral, el 10 de setiembre de 1988, el Papa se dirigi√≥ a todos los obispos de la regi√≥n, reunidos en Harare, dici√©ndoles entre otras cosas: "El problema del apartheid, entendido como sistema de discriminaci√≥n social, econ√≥mica y pol√≠tica, ocupa vuestra misi√≥n como maestros y gu√≠as espirituales de vuestra grey en un esfuerzo serio y resuelto para contrarrestar injusticias y propugnar la sustituci√≥n de esa pol√≠tica por una que est√© de acuerdo con la justicia y el amor. Yo os aliento a que continu√©is manteniendo firme y valientemente los principios en los que se basa la respuesta pac√≠fica y justa a las leg√≠timas aspiraciones de vuestros conciudadanos. Tengo presentes las actitudes expresadas a lo largo de estos a√Īos por la Conferencia Episcopal Sudafricana, desde su primera declaraci√≥n conjunta de 1952. La Santa Sede y yo mismo hemos llamado la atenci√≥n sobre las injusticias del apartheid en numerosas ocasiones y muy recientemente ante un grupo ecum√©nico de l√≠deres cristianos de Sud√°frica en visita a Roma. Les record√© que "puesto que la reconciliaci√≥n est√° en el coraz√≥n del Evangelio, los cristianos no pueden aceptar estructuras de discriminaci√≥n racial que violen los derechos humanos. Pero deben advertir tambi√©n que un cambio de estructuras est√° ligado a un cambio de corazones. Los cambios que buscan est√°n enraizados en la fuerza del amor, el amor divino del que brota toda acci√≥n y transformaci√≥n cristiana" (Discurso a una Delegaci√≥n Ecum√©nica Conjunta de Sud√°frica, 27 de mayo de 1988)" 77 .

32. Finalmente, el racismo, si perturba la paz de las sociedades, contamina asimismo la paz internacional. Cuando falta la justicia en este punto capital, la violencia y las guerras se desencadenan f√°cilmente, y las relaciones con las naciones vecinas se alteran.

En el campo de las relaciones entre los Estados, la aplicación leal de los principios sobre la igual dignidad de todos los pueblos debería impedir que unas naciones sean tratadas por otras a partir de prejuicios racistas. En situaciones de tensión entre Estados, es posible incriminar tal decisión política de un adversario, su comportamiento injusto en tal o cual punto, eventualmente el faltar a la palabra dada, pero no se puede condenar globalmente un pueblo por lo que no es a menudo más que una falta de sus dirigentes. Es en estas reacciones primarias e irracionales que los prejuicios racistas pueden reanimarse y comprometer de manera perdurable las relaciones entre las naciones.

La comunidad internacional no dispone de medios de coacci√≥n respecto de los Estados que practican todav√≠a, conforme a su sistema jur√≠dico, la discriminaci√≥n racial con sus propias poblaciones. No obstante, el derecho internacional permite que adecuadas presiones exteriores puedan serles aplicadas a fin de conducirlos, seg√ļn un plan org√°nico y negociado, a abolir la legislaci√≥n racista y a establecer, en su lugar, una legislaci√≥n conforme a los derechos humanos. La comunidad internacional deber√°, en este caso, atender, con sumo cuidado, a que su acci√≥n no arroje al pa√≠s en cuesti√≥n a conflictos interiores todav√≠a m√°s dram√°ticos.

En cuanto a los mismos pa√≠ses donde reinan graves tensiones raciales, es preciso que se den cuenta de lo precario de una paz que no se funda sobre el consenso de todos los componentes de la sociedad. La historia ense√Īa que el desconocimiento prolongado de los derechos del hombre concluye casi siempre por provocar explosiones de violencia incontrolable. A fin de generar un orden fundado en el derecho, es necesario que los grupos antagonistas se dejen vencer por los valores supremos y trascendentes que est√°n en la base de toda comunidad humana y de toda relaci√≥n pac√≠fica entre las naciones.

33. Conclusión.

La lucha contra el racismo parece ser ahora un imperativo ampliamente radicado en las conciencias humanas. La Convenci√≥n de la ONU (1965) ha formulado con fuerza esta convicci√≥n: "Toda doctrina de superioridad fundada sobre la diferenciaci√≥n entre las razas, es cient√≠ficamente falsa, moralmente condenable y socialmente injusta y peligrosa" 78 . La doctrina de la Iglesia afirma lo mismo, con no menos vigor: toda doctrina racista es contraria a la fe y al amor cristianos. No obstante, en contradicci√≥n con esta conciencia m√°s madura de la dignidad humana, el racismo todav√≠a existe, y resurge incluso bajo nuevas formas. Es como una llaga que sigue misteriosamente abierta en el flanco de la humanidad. Es necesario entonces que nos empe√Īemos todos en curarla con gran firmeza y paciencia.

Pero no hay que exponerse a confusiones. Hay grados y tipos de racismo. El racismo propiamente tal consiste en el desprecio de una raza, caracterizada por su origen √©tnico, su color o su lengua. El apartheid es hoy d√≠a la forma m√°s t√≠pica y sistem√°tica: un cambio es aqu√≠ absolutamente necesario y urgente. Pero hay muchas otras formas de exclusi√≥n y de rechazo, cuya motivaci√≥n expl√≠cita no es la raza; los efectos son, sin embargo, an√°logos. As√≠, se trata de oponerse firmemente a todas las formas de discriminaci√≥n. Ser√≠a hip√≥crita se√Īalar con el dedo un solo pa√≠s. El rechazo de tipo racista existe en todos los continentes. Muchos practican en los hechos la discriminaci√≥n que aborrecen en las leyes.

El respeto por todo hombre, por toda raza, es el respeto por los derechos fundamentales, la dignidad, la igualdad b√°sica. No se trata ciertamente de ignorar las diferencias culturales. Importa m√°s bien educar a apreciar de manera positiva la diversidad complementaria entre los pueblos. Un pluralismo bien entendido resuelve el problema del racismo cerril.

La condenación del racismo y de los hechos racistas es necesaria. La aplicación de medidas legislativas, disciplinarias y administrativas contra lo uno y lo otro, sin excluir las adecuadas presiones exteriores, puede ser oportuna. Los países y las organizaciones internacionales disponen, en orden a ello, de todo un ámbito de iniciativas por tomar o suscitar. Y es igualmente responsabilidad de los ciudadanos afectados, sin que por eso se deba llegar a reemplazar, mediante la violencia, una situación injusta por otra. Hay que procurar siempre soluciones constructivas.

Todo esto, la Iglesia cat√≥lica lo anima. La Santa Sede tiene tambi√©n su parte en ello, en el marco de su misi√≥n espec√≠fica. Todos los cat√≥licos son llamados a obrar sobre el terreno, lado a lado con los otros cristianos y con cuantos se inspiran del mismo respeto por el ser humano. La Iglesia se empe√Īa sobre todo en cambiar la mentalidad racista, tambi√©n en sus propias comunidades. Por su parte, apela ante todo el sentido moral y religioso del hombre. Presenta sus exigencias utilizando la persuasi√≥n fraterna, que es su √ļnica arma. Pide a Dios que cambie los corazones. Brinda un espacio de reconciliaci√≥n. Promueve iniciativas de acogida, de intercambio, y de ayuda respecto de los hombres y mujeres de otros grupos √©tnicos.

En esta empresa gigantesca en favor de la fraternidad humana, su misión es aportar un suplemento de alma. A pesar de los límites de sus miembros pecadores, ella, hoy como ayer, es consciente de haber sido constituida testigo de la caridad de Cristo sobre la tierra, signo e instrumento de la unidad del género humano. La consigna que propone a todos y que ella procura vivir es: "Todo hombre es mi hermano".

3 de noviembre de 1988
Memoria lit√ļrgica de San Mart√≠n de Porres
(nacido en Lima de un espa√Īol y una esclava negra)

Roger Cardenal Etchegaray
Presidente de la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax"

Jorge Mejía
Vice-Presidente de la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax"


1

Cf. Ef. 2, 14.

2

La intenci√≥n de estas p√°ginas no es hacer una historia completa del racismo, ni de la actitud de la Iglesia a su respecto, sino tan s√≥lo enumerar algunos puntos salientes de esa historia y subrayar la coherencia de la ense√Īanza del Magisterio frente al fen√≥meno racista. Al hacerlo no se pretende disimular las debilidades y, a veces, tambi√©n las connivencias tanto de los hombres de Iglesia como de los simples cristianos.

3

Cf. Ex. 19, 5.

4

Cf. Mc. 16, 15; Mt. 28, 19.

5

Ad. Nat. I, 8; PL 1, 601.

6

Colecci√≥n de documentos in√©ditos relativos al descubrimiento, conquista y organizaci√≥n de las antiguas posesiones espa√Īolas de Am√©rica y Ocean√≠a, vol. 7, Madrid 1867, 414. Ver tambi√©n el Breve Pastorale officium del 29-5-1537 al Arzobispo de Toledo, ib. 414; y H. Denzinger - A. Schoenmetzer, Enchiridion Symbolorum, Barcelona 1973.

7

"No dediqu√©is vuestro celo, no propong√°is ning√ļn argumento para convencer esos pueblos a cambiar sus ritos, sus h√°bitos y sus costumbres, a menos que sean claramente contrarias a la religi√≥n y a la moral. Nada m√°s absurdo que transferir a los chinos, Francia, Espa√Īa, Italia o cualquier otro pa√≠s de Europa. No llev√©is a esos pueblos vuestros pa√≠ses, sino la fe... No procur√©is suplantar los usos de esos pueblos con los europeos y tratad de adaptaros vosotros a ellos".
Collectanea S. Congregationis de Propaganda Fide, seu Decreta Instructiones, Prescripta pro apostolicis missionibus (1622-1866), vol. I, Roma 1907, n. 135; Codicis Iuris Canonici Fontes (ed. Card. J. Serédi), Vaticano 1935, vol. VII, n. 4463, p. 20.

8

Es conocida, entre otras, la interpretaci√≥n que los fundamentalistas dan de la maldici√≥n pronunciada por No√© sobre su hijo Cam, en su nieto Cana√°n, condenado a ser servidor de sus hermanos (cf. Gen. 9, 24-27). Se enga√Īaban acerca del sentido y el contenido verdadero del texto sagrado, que se refiere a una concreta situaci√≥n hist√≥rica: las relaciones dif√≠ciles entre los Cananeos y el pueblo de Israel. Ve√≠an en Cam o Cana√°n el antepasado de los pueblos africanos a ellos sometidos, y en consecuencia, los consideraban como signados por Dios con una imborrable inferioridad que los destinaba a ser para siempre esclavos de los blancos.

9

Cf. entre otras la obra de J. A. Gobineau, Essai sur l'inegalité des races humaines, 4 vol. París 1853-55. Gobineau se inspiraba de Darwin y extendía a las sociedades y a las civilizaciones las tesis sobre la selección natural de las especies.

10

El 25-3-1928, un decreto del Santo Oficio condenaba el antisemitismo: AAS XX (1928), 103-104.

11

AAS XXIX (1937), 149.

12

Cf. texto franc√©s en Documentation Catholique 1938, 579-580. El Papa P√≠o XI dec√≠a todav√≠a, en un discurso a los miembros del Colegio de Propaganda Fide, el 28-7-1938: "Cat√≥lico quiere decir universal, no racista, no nacionalista, en el sentido de separaci√≥n que pueden tener estos dos atributos... No queremos separar nada en la familia humana... La expresi√≥n "g√©nero humano" revela precisamente la familia humana. Es preciso decir que los hombres son ante todo un √ļnico, grande, g√©nero, una grande y √ļnica familia de seres vivientes... Existe una sola raza humana universal, "cat√≥lica"... y con ella y en ella, variaciones diversas... Esta es la respuesta de la Iglesia", en L' Osservatore Romano, 30-7-1938.

13

Cf. Encíclica Summi Pontificatus del 28-10-1939: AAS XXXI (1939), 481-509.

14

Radiomensaje de Navidad 1942, AAS XXXV (1943), 14; 23.

15

Ante los obispos de la Conferencia episcopal alemana, reunidos en la Maternushaus de la arquidi√≥cesis de Colonia, el Papa Juan Pablo II ha propuesto el testimonio del Cardenal Conde Clemens August von Galen, de la carmelita Edith Stein, del jesuita Rupert Mayer;... "otros muchos testigos valerosos de la fe que, frente a aquella tiran√≠a inhumana, se opusieron a la arbitrariedad y la injusticia imp√≠as movidos por sus convicciones de fe o en nombre de la humanidad... Todos ellos representan a la otra Alemania que no se dobleg√≥ ante la brutal arrogancia y la violencia y que, tras el hundimiento definitivo, pudo constituir el n√ļcleo y la fuente de energ√≠a para la posterior y grandiosa reconstrucci√≥n moral y material" (L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 17 de mayo de 1987, p. 9).

16

El 30-11-1973, las Naciones Unidas adoptaron una Convención internacional para la supresión y el castigo del crimen del apartheid. Cf. también, a propósito de las incidencias del apartheid sobre el empleo, la séptima Conferencia Regional de la OIT en Harare (Zimbabwe) del 29-11 al 7-12-1988.

17

Pablo VI, Alocuci√≥n al Comit√© especial de las Naciones Unidas sobre el apartheid, 22-5-1974, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 9 de junio de 1974, pp. 9-10; Juan Pablo II, Alocuci√≥n al mismo Comit√©, 7-7-1984, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 9 de diciembre de 1984, p. 18; Discurso a los Cuerpos constituidos y al Cuerpo Diplom√°tico en Yaound√©, 12-8-1985 n. 13, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 1 de setiembre de 1985, p. 8.

18

Cf. discurso de Juan Pablo II al Cuerpo Diplom√°tico, 11-1-1986 n. 4, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 19 de enero de 1986, p. 2.

19

Cf. los siguientes discursos de Juan Pablo II:
- a los indios de Ecuador, en Latacunga, 31-1-1985, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 10 de febrero de 1985, pp. 16-17;
- a los indios de Per√ļ, en Cuzco, 3-2-1985, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 17 de febrero de 1985, pp. 9-10.
- a los abor√≠genes de Australia, en Alice Springs, 29-11-1986, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 14 de diciembre de 1986, p. 18;
- a los indios de Am√©rica del Norte, en Phoenix, 14-9-1987, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 11 de octubre de 1987, p. 20;
- a los indios del Canad√°, en Fort Simpson, 20-9-1987, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 15 de noviembre de 1987, p. 22.
- Cf. también el Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: "Para construir la paz, respeta las minorías".

20

Por lo que toca al √Āfrica, ver Pablo VI, Mensaje Africae Terrarum 20-10-1967, en AAS LIX (1967), 1073-1097; Discurso al Parlamento de Uganda, Kampala, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 584-585; Discurso al Cuerpo Diplom√°tico, 14-1-1978, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 22 de enero de 1978, pp. 2 y 11; Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplom√°tico en Yaound√©, 12 de agosto de 1985, nn. 11-12, L' Osservatore Romano en espa√Īol, 1 de setiembre de 1985, pp. 7-8.

21

El Papa Juan Pablo II ha recordado a menudo el derecho del pueblo palestino como el del pueblo judío, a tener una patria.

22

Cf. el discurso de Juan Pablo II cuando su visita a la Sinagoga de Roma, 13-4-1986, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 20 de abril de 1986, pp. 1 y 12.

23

Cf. Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum Vitae, del 22-2-1987, III: "El eugenismo y la discriminación entre los seres humanos podrían verse legitimados, lo cual constituiría un grave atentado contra la igualdad, contra la dignidad y contra los derechos fundamentales de la persona humana".

24

Constitución Gaudium et spes, n. 29; cf. también ibid. n. 60 (para el derecho a la cultura); cf. Declaración Nostra aetate, n. 5; Decreto Ad Gentes, n. 15; Declaración Gravissimum educationis, n. 1 (para el derecho a la educación).

25

Discurso al Cuerpo Diplomático, 14-1-1978, AAS LXX (1978), 172. Numerosos textos anteriores se pronunciaban en el mismo sentido, especialmente: enc. Populorum Progressio, nn. 47, 63; Mensaje de Pablo VI Africae Terrarum, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 580-586; Carta apostólica Octogesima adveniens, de Pablo VI, n. 16, AAS LXIII (1971), 413; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1971: "Todo hombre es mi hermano".

26

Alocuci√≥n de Juan Pablo II al Comit√© especial de las Naciones Unidas contra el apartheid, 7-7-1984, L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 9 de diciembre de 1984, p. 18.

27

El racismo ante la ciencia, UNESCO, París 1973, n. 1, p. 369.

28

Cf. Gen. 1, 26-27; 5, 1-2; 9, 6; est√° prohibido derramar la sangre del hombre creado a imagen de Dios.

29

Declaraci√≥n Nostra aetate, n. 5, citada en el discurso de Juan Pablo II a los j√≥venes musulmanes, en Casablanca, 19-8-1985, quien a√Īade: "Por otra parte, la obediencia a Dios y el amor hacia el hombre ha de conducirnos a respetar los derechos del hombre, esos derechos que son expresi√≥n de la voluntad de Dios y exigencia de la naturaleza humana como Dios la ha creado" (L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 15 de setiembre de 1985, p. 14).

30

Gen. 3, 20.

31

Tob. 8, 6.

32

Cf. Gén. 5, 1.

33

Cf. Hech. 17, 26, 28, 29.

34

Cf. Gén. 9, 11 ss.

35

Gen. 12, 3; Hech. 3, 25.

36

Cf. Constitución Gaudium et spes, n. 22.

37

Col. 1, 15; cf. 2 Co. 4, 4.

38

Cf. Fil. 2, 6-7.

39

Rm. 8, 29.

40

Missale romanum, offertorium.

41

Cf. Adversus Haereses, III, 22, 3: "El Se√Īor es quien ha recapitulado en s√≠ mismo todas las naciones dispersas desde Ad√°n, todas las lenguas y todas las generaciones, incluido el mismo Ad√°n". Ireneo se inspiraba en San Pablo: Ef. 1, 10; Col. 1, 20.

42

Cf. Rm. 1, 16-17.

43

Cf. Ef. 2, 11-13.

44

Ibid. 2, 14.

45

Cf. ibid. 2, 15-16.

46

Col. 3, 11; cf. Ga. 3, 28.

47

Cf. Jn. 11, 52.

48

Cf. Jn. 4, 4-42.

49

Cf. Lc. 10, 33.

50

Cf. Mc. 7, 24.

51

Mt. 25, 38; 40.

52

Mt. 28, 19.

53

Oración eucarística, n. 3.

54

Cf. Hech. 2, 5.

55

Cf. Gén. 11, 1-9.

56

Hech. 10, 28; 34.

57

Constitución Lumen gentium, n. 1.

58

Decreto Ad gentes, n. 8.

59

Constitución Lumen gentium, n. 32.

60

Cf. Enc√≠clica Pacem in terris de Juan XXIII, 11-4-1963, que denuncia, despu√©s de P√≠o IX, el esc√°ndalo de la persistencia de las ideolog√≠as, seg√ļn las cuales "ciertos seres humanos o ciertas naciones son superiores a otras por naturaleza".

61

Tema de la Jornada Mundial de la Paz 1971.

62

Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 38.

63

Ibid., n. 39.

64

Cf. Mc. 7, 21-23.

65

Cf. Jn. 3, 21.

66

Instrucción de la Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22-3-1986, 78-79: "Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresión de unos privilegios injustificables. Pero quienes desacreditan la vía de las reformas en provecho del mito de la revolución, no solamente alimentan la ilusión de que la abolición de una situación inicua es suficiente por sí misma para crear una sociedad más humana, sino que incluso favorecen la llegada al poder de regímenes totalitarios. La lucha contra las injusticias solamente tiene sentido si está encaminada a la instauración de un nuevo orden social y político conforme a las exigencias de la justicia. Esta debe ya marcar las etapas de su instauración. Existe una moralidad de los medios... En efecto, a causa del desarrollo continuo de las técnicas empleadas y de la creciente gravedad de los peligros implicados en el recurso a la violencia, lo que se llama hoy "resistencia pasiva" abre un camino más conforme con los principios morales y no menos prometedor de éxito".

67

Cf. Ez. 18, 32.

68

Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: "Para construir la paz, respeta las minorías".

69

En especial: Carta de las Naciones Unidas, 26-6-1945, art. 1, *** 3; Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1948, art. 1; 2; 16; 26, II; Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, 20-11-1963.

70

Mensaje a las Naciones Unidas por el 25o. aniversario de la Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1973, AAS LXV (1973), 673-677. Con ocasión de ese decenio, la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax" publicó en 1979, con la firma del R.P. Roger Heckel s.j., un libro intitulado La lucha contra el racismo: aportes de la Iglesia que presentaba el estado preciso de la cuestión.

71

Se puede citar especialmente: la Conferencia internacional sobre la Namibia y los derechos del hombre (Dakar, 5-8 de enero de 1976); -la Conferencia mundial para la acción contra el apartheid (Lagos, 22-26 de agosto de 1977);- la reunión de representantes de los Gobiernos encargados de elaborar un proyecto de Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales (UNESCO, París 13-21 de marzo de 1978); -la Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 14-25 de agosto de 1978); -la 2a. Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 1-12 de agosto de 1983).

72

Cf. el documento m√°s importante del √ļltimo decenio: "Brothers and Sisters to Us: a Pastoral Letter on Racism in Our Day", publicado en 1979.

73

Cf. Origins vol. 16, n. 1, p. 11.

74

Cf. L' Osservatore Romano, 3-4 de noviembre de 1986, p. 6.

75

Se puede mencionar la carta que el Cardenal Roger Etchegaray dirigió el 8-3-1986 a Mons. Denis Hurley, entonces Presidente de la Conferencia episcopal, a fin de animar los esfuerzos de los obispos y examinar las vías posibles para superar el conflicto; cf. L' Osservatore Romano 19-4-1986, p. 5.

76

En particular con ocasi√≥n de las visitas ad limina; la √ļltima tuvo lugar en noviembre 1987; cf. discurso de Juan Pablo II, en L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 14 de febrero de 1988, pp. 9-10.

77

L' Osservatore Romano, en espa√Īol, 9 de octubre de 1988, p. 14.

78

Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial (adoptada el 21 de diciembre de 1965 y con fuerza de ley desde el 4 de enero de 1969), consideración preliminar n. 6.
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