Fray Luis de Léon, Poesía

Libro IV.
Traducciones sagradas.

Al lector
En esta postrera parte van canciones sagradas, en las cuales procuré cuanto pude imitar la sencillez de su fuente y un sabor de antigüedad que en sí tienen, lleno a mi parecer de dulzura y majestad.
Y nadie debe tener por nuevos o por ajenos de la Sagrada Escritura los versos, porque antes le son muy propios y tan antiguos, que desde el principio de la Iglesia hasta hoy los han usado en ella muchos hombres grandes en letras y en santidad, que nombrara aquí si no temiera ser muy prolijo.
Y pluguiese a Dios que reinase esta sola poesía en nuestros oídos, y que sólo este cantar nos fuese dulce, y que en las calles y en las plazas, de noche, no sonasen otros cantares, y que en éstos soltase la lengua el niño, y la doncella recogida se solazase con esto, y el oficial que trabaja aliviase su trabajo aquí. Mas ha llegado la perdición del nombre cristiano a tanta desvergüenza y soltura, que hacemos música de nuestros vicios, y, no contentos con lo secreto de ellos, cantamos con voces alegres nuestra confusión.
Pero esto ni es mío ni de este lugar.

Salmo I. Beatus vir

Es bienaventurado
varón el que en concilio malicioso
no anduvo descuidado,
ni el paso perezoso
detuvo del camino peligroso
Y huye de la silla
de los que mofan la virtud y al bueno;
y juntos, en gavilla,
arrojan el veneno,
que anda recogido en lengua y seno.
Mas en la ley divina
pone su voluntad, su pensamiento,
cuando el día se inclina,
y el claro nacimiento
lo escuro de la noche da su asiento.
Será cual verde planta,
que, a las corrientes aguas asentada,
al cielo se levanta
con fruta sazonada,
de hermosas hojas siempre coronada.
Será en todo dichoso,
seguro de la suerte que se muda.
No ansí el malo y dañoso,
cual si el viento sacuda
la paja de la era muy menuda.
Por esto al dar la cuenta,
la causa de los malos, como vana,
caerá con grande afrenta;
allí la cortesana,
santa nación huirá de la liviana.
Porque Dios el camino
sabe bien de los justos, que es su historia;
del otro desatino
de la maldad memoria
no habrá, como de baja y vil escoria.

Salmo XI. Salvum me fac, Domine

¡Oh! ¡Sálvame, Señor!, que no hay ya bueno,
que faltan las verdades;
y trata aun con quien tiene dentro el seno
cada uno falsedades;
Con labios halagüeños cada uno,
y con dos corazones.
No dejes de estos labios, Dios, ninguno,
ni destos fanfarrones
Que dicen: «Prometamos largamente:
mi boca está en mi mano.
¿Qué cuesta el hablar largo, o qué viviente
me estorbará el ser vano?»
Mas dice Dios: «Ya vengo, conmovido
de los menesterosos,
de sus agravios dellos, del gemido
de los pobres llorosos,
A serles su salud y su bonanza,
y soplo favorable».
Y son, Señor, tus dichos sin mudanza,
y son firmeza estable.
Son en hornaza, plata, en fuego ardiente
mil veces apurada;
y ansí nos librarás eternamente,
Señor, desta malvada,
Desta malvada gente, que contino
nos cerca a la redonda,
y crece, porque tu saber divino
y tu grandeza honda
Les da pasar en gozo, y en convites,
y ansí se lo permites.

Salmo XII. Usquequo, Domine

¡Dios mío! ¿Hasta cuándo
ha de durar aqueste eterno olvido
que vas conmigo usando?
¿Hasta cuándo, ofendido
de mí, tu rostro mostrarás torcido?
Y entre consejos ciento,
¿hasta cuándo andaré desatinado?
¡Ay duro y gran tormento!
¿Hasta cuándo hollado
seré del enemigo crudo, airado?
Convierte ya tu cara,
aplica a mis querellas tus oídos,
¡Dios mío!, y con luz clara
alumbra mis sentidos,
no sean del mortal sueño oprimidos.
No pueda mi adversario
decir: «Prevalecíle en algún día».
Que si el duro contrario
viese la muerte mía,
extremos de placer y gozo haría.
Mas tu misericordia,
en quien, Señor, confío, me asegura;
henchirá la victoria
mi alma de dulzura.
Yo cantaré, y diré que soy tu hechura.

Salmo XVII. Diligam te, Domine

Con todas las entrañas de mi pecho
te abrazaré, mi Dios, mi esfuerzo y vida,
mi cierta libertad y mi pertrecho,
Mi roca, donde tengo mi guarida;
mi escudo fiel, mi estoque victorioso,
mi torre bien murada y bastecida.
De mil loores digno, Dios glorioso,
siempre que te llamé te tuve al lado,
opuesto al enemigo, a mí amoroso.
De lazos de dolor me vi cercado,
y de espantosas olas combatido,
de mil mortales males rodeado.
Al cielo voceé, triste, afligido;
oyérame el Señor desde su asiento;
entrada a mi querella dio en su oído.
Y luego de la tierra el elemento
airado estremeció; turbó el sosiego
eterno de los montes su cimiento.
Lanzó por las narices humo, y fuego
por la boca lanzó; turbóse el día,
la llama entre las nubes corrió luego.
Los cielos doblegando descendía,
calzado de tinieblas, y en ligero
caballo por los aires discurría.
En Querubín sentado, ardiente y fiero,
en las alas del viento que bramaba,
volando por la tierra y mar velero;
Y de tinieblas todo se cercaba,
metido como en tienda en agua escura
de nubes celestiales, que espesaba.
Y como dio señal con su luz pura,
las nubes arrancando acometieron
con rayo abrasador, con piedra dura.
Tronó, rasgando el cielo; estremecieron
los montes, y, llamados del tronido,
más rayos y más piedras descendieron.
Huyó el contrario roto y desparcido
con tiros y con rayos redoblados;
allí queda uno muerto, allí otro herido.
En esto, de las nubes despeñados
con su soplo mil ríos, hasta el centro
dejaron hecha rambla en monte, en prados.
Lanzó desde su altura el brazo adentro
del agua, y me sacó de un mar profundo;
libróme del hostil y crudo encuentro.
Libróme del mayor poder del mundo;
libróme de otros mil perseguidores,
a cuyo brazo el mío es muy segundo.
Dispuestos en mi daño y veladores
vinieron de improviso, y ya vencían;
mas socorrió con fuerzas Dios mayores.
Ya dentro en cerco estrecho me tenían;
mi Dios abrió espacioso y largo paso,
porque mi vida y obras le aplacían.
No se mostró en la paga corto, escaso
el premio; y la virtud y mi inocencia
vinieron, y su gracia al mismo paso.
Porque perpetuamente en mi presencia
sus leyes conservé, sus santos fueros
ni por amor quebré, ni por violencia.
Jamás fueron al mal mis pies ligeros;
huí todo lo que es de Dios ajeno,
no me aparté jamás de sus senderos.
A las llanas anduve, entero y bueno,
delante del Señor continamente,
y siempre a mi apetito puse freno.
Y ansí correspondió perfectamente
el premio a mi justicia, a mi pureza,
que siempre ante sus ojos fue presente.
Que cual cada uno vive, ansí tu Alteza
se hace con el bueno, y bueno, y pío
y llano con el que usa de llaneza.
Con el puro te apuras, Señor mío;
a cautelas, cautela; a mañas, maña;
y al desvarío pagas desvarío.
En cuanto el sol rodea y la mar baña,
te muestras al humilde favorable,
y abates la altivez con ira y saña.
Siempre lució ante mí tu luz amable,
y en mis peligros todos siempre tuve
de tu bondad consejo saludable.
Por Ti traspaso el muro, que más sube;
por Ti, por los opuestos escuadrones
rompiendo victorioso y salvo anduve.
El caso es que la regla y ley que pones
lo bueno es y lo puro, y ansí escuda
aquellos que le dan sus corazones.
¿Quién hay fuera de Ti, Señor, que acuda,
cuando la fuerza y seso desfallece?
¿Qué roca hay que asegure sin tu ayuda?
Dios es el que me anima y fortalece,
el que todos mis pasos encamina,
y hace que ni caiga ni tropiece.
Pusiste ligereza en mí vecina
al gamo; y me defiendes, colocado
en risco que a las nubes se avecina.
Por Ti la espada esgrimo; tu cuidado
hace mi brazo diestro en la pelea,
y fuerte más que acero bien templado.
Tu amparo, como escudo me rodea;
tu diestra me da fuerza, tu blandura
me sube a todo el bien que se desea.
Dotaste de presteza y de soltura
mis pasos, que jamás en la carrera
doblaron por trabajo ni longura.
Seguía, y alcanzaba la bandera
contraria que huía, y no tornaba
sin primero hacer matanza fiera.
De los que destrozados derrocaba,
jamás se levantó ningún caído,
y con pie poderoso los hollaba.
De fortaleza de ánimo ceñido
por Ti fui en la batalla, por Ti vino
el que se rebeló, ante mí rendido.
Por Ti, sin corazón y sin camino,
huyó de mi cuchillo el enemigo;
desorden fue a su escuadra y desatino.
Buscaban voceando algún abrigo,
y no hubo valedor; a Ti llamaron,
y ni rogado Tú les fuiste amigo.
En partes menudísimas quedaron
deshechos por mi mano; como el viento,
volando, lleva el polvo, ansí volaron.
Librásteme, Señor, del movimiento
del pueblo bandolero; a mi corona
sujetos allegaste pueblos ciento.
Quien nunca vi, me sirve y me corona;
apenas le hablé, ya me obedece;
a su natural miente, a mí me abona.
Esto hace el extraño. El que parece
mío, no mío ya, mas extranjero,
cerrado en sus miserias vil perece.
¡Vívame, mi Señor, mi verdadero
peñasco, mi bendito, mi ensalzado,
mi Dios, y mi salud y gozo entero!
Tú de venganzas justas has hartado
mi pecho, y no contento con vengarme,
mil gentes a mi cetro has sujetado.
No te satisficiste con librarme
del opresor injusto; hasta el cielo
te plugo sobre todos levantarme.
Por todo el habitable y ancho suelo
celebraré tu nombre, y tus loores,
mi voz de Ti, cantando alzará el vuelo.
De Ti, que te esmeraste en dar favores
a tu querido Rey, a tu Mesías;
que amparas de David los sucesores,
en cuanto tras las noches van los días.

Salmo XVIII. Caeli enarrant

Los cielos dan pregones de tu gloria,
anuncia el estrellado tus proezas;
los días te componen clara historia,
las noches manifiestan tus grandezas.
No hay habla ni lenguaje tan diverso,
que a las voces del cielo no dé oído:
corre su voz por todo el universo;
su son de polo a polo ha discurrido.
Allí hiciste al sol rica morada,
allí el garrido esposo y bello mora;
lozano y valeroso su jornada
comienza, y corre y pasa en breve hora.
Traspasa de la una a la otra parte
el cielo, y con su rayo a todos mira.
Mas ¡cuánto mayor luz, Señor, reparte
tu ley, que del pecado nos retira!
Tus ordenanzas, Dios, no son antojos;
avisos sabios son, al terco pecho;
Tus leyes alcohol de nuestros ojos,
tu mandado alegría y fiel derecho.
Tenerte es bien jamás perecedero,
tus fuerzas son verdad justificada;
Mayor codicia ponen que el dinero,
más dulces son que miel muy apurada.
Amarte es abrazar tus mandamientos,
guardallos mil riquezas comprehende;
Mas ¿quién los guarda, o quién sus movimientos
todos los nivela o los entiende?
Tú limpia en mí, Señor, lo que no alcanzo,
y libra de altivez el alma mía,
que si victoria deste vicio alcanzo,
derrocaré del mal la tiranía.
Darásme oído entonces; yo contino
diré: Mi Redentor, mi bien divino.

Salmo XXIV. Ad te, Domine, levavi

Aunque con más pesada
mano, mostrando en mí su desvarío
la suerte dura, airada,
me oprima a su albedrío,
levantaré mi alma a Ti, Dios mío
En Ti mi alma repuso
de su bien la defensa y de su vida;
no quedaré confuso,
ni la gente perdida
se alegrará soberbia en mi caída.
Porque jamás burlados
los que esperando en Ti permanecieron
serán, ni avergonzados;
confusos siempre fueron
los que sin causa al bueno persiguieron.
Enséñame por dónde
caminaré, dónde hay deslizaderos,
y el lazo dó se esconde;
con pie y huellos ligeros,
Señor, me enseña a andar por tus senderos.
Guíame de contino,
Señor, por tu camino verdadero,
pues sólo a Ti me inclino,
y a Ti solo yo quiero,
y siempre en Ti esperando persevero.
Que es tuyo el ser piadoso
esté siempre presente en tu memoria,
y el número copioso
de tu misericordia
de que está llena toda antigua historia.
Conforme a mis maldades
no me mires, Señor, con ojos de ira;
conforme a tus piedades
por tu bondad me mira,
por tu bondad, por quien todo respira.
Es bueno, y juntamente
es fiel y justo Dios; al que sin tino
va ciega y locamente
redúcele benino,
mas con debido azote al buen camino.
A los mansos aveza
que sigan de sus huellas las pisadas;
a la humilde llaneza
por sendas acertadas
la guía, y por razón justificadas.
Todo es misericordia
y fe, cuanto Dios obra y tiene obrado
por la antigua memoria,
con los que su sagrado
concierto y lo por Dios testificado
Conservan; y por tanto
que des dulce perdón, Señor, te pido
por el tu nombre santo
a lo que te he ofendido,
¡ay triste!, que es muy grave y muy crecido.
Mas ¡cuál y cuán dichoso
aquel varón será, que de Dios fuere
y su ley temeroso!
Irá Dios donde él fuere,
será su luz en todo lo que hiciere.
Su alma, en descansada
vida, de bienes mil enriquecida,
reposará abastada;
la tierra poseída
de su casa será y esclarecida.
A los que le temieren
hará Dios su secreto manifiesto;
a los que le sirvieren,
el tesoro repuesto
que en su ley y promesa tiene puesto.
Mis ojos enclavados
tengo, Señor, en Ti la noche y día,
porque mis pies sacados,
según mi fe confía,
serán por Ti del lazo y su porfía.
Tus brazos amorosos
abre, Señor, a mí con rostro amado,
con ojos piadosos,
porque, desamparado,
soy pobre yo y de todos desechado.
Los lazos de tormento,
que estrechamente ciñen mi afligida
alma, ya son sin cuento.
¡Ay Dios!, libra mi vida
de suerte tan amarga y abatida
Atiende a mi bajeza;
mira mi abatimiento; de mi pena
contempla la graveza;
con mano de amor llena
rompe de mis pecados la cadena.
Y mira cómo crecen
mis enemigos más cada momento,
y cómo me aborrecen
con aborrecimiento
malo, duro, crüel, fiero, sangriento.
Por Ti sea guardada
mi alma y mi salud; de tan tirano
poder sea librada;
mi fe no salga en vano,
pues me puse, Señor, todo en tu mano.
Al fin, pues que te espero,
valdráme la verdad y la llaneza;
mas sobre todo quiero
que libre tu grandeza
a tu pueblo de angustia y de tristeza.

Salmo XXVI. Dominus illuminatio

Dios es mi luz y vida,
¿quién me podrá dañar? Mi fortaleza
es Dios y mi manida;
¿qué fuerza o qué grandeza
pondrá en mi corazón miedo o flaqueza?
Al mismo punto cuando
llegaba por tragarme el descreído,
el enemigo bando,
yo firme y él caído
quedó, y avergonzado y destruido.
Si cerco me cercare,
no temerá mi pecho; y si sangrienta
guerra se levantare,
si mayor tormenta,
en éste espero yo salir de afrenta.
A Dios esto he pedido
y pediré, que cuanto el vivir dura,
repose yo en su nido,
para ver su dulzura
y remirar su cara y hermosura.
Que allí en el día duro
debajo de su sombra ahinojado,
y en su secreto muro,
me defendió cercado,
como en roca firmísima ensalzado.
Y también veré agora
de aquestos que me cercan el quebranto,
y donde Dios se adora,
le ofreceré don santo
de gozo, de loor, de dulce canto.
Inclina, ¡oh Poderoso!,
a mi voz, que te llama, tus oídos;
cual siempre pïadoso
te muestra a mis gemidos;
sean de Ti mis ruegos siempre oídos.
A Ti, dentro en mi pecho,
dijo mi corazón, y con cuidado
en la mesa, en el lecho,
mis ojos te han buscado,
y buscan hasta ver tu rostro amado.
No te me ascondas, bueno;
no te apartes de mí con faz torcida,
pues ya tu dulce seno
me fue cierta guarida;
no me deseches, no, Dios de mi vida.
Mi padre en mi terneza
faltó, y quitó a mi madre el nombre caro
de madre su crüeza;
mas Dios con amor raro
me recogió debajo de su amparo.
Muéstrame tu camino;
guía, Señor, por senda nunca errada
mis pasos de contino;
que no me dañen nada
los puestos contra mí siempre en celada.
No me des en la mano
de aquestos que me tienen afligido;
con testimonio vano
crecer de mí han querido,
y al fin verán que contra sí han mentido.
Yo espero firmemente,
Señor, que me he de ver en algún día
a tus bienes presente,
en tierra de alegría,
de paz, de vida y dulce compañía.
No concibas despecho;
si se detiene Dios, ¡oh alma!, espera;
dura con fuerte pecho;
con fe acerada, entera,
aguarda, atiende, sufre, persevera.

Salmo XXXVIII. Dixi, custodiam

Dije: Sobre mi boca
el dedo asentaré; tendré cerrada
dentro la lengua loca,
porque, desenfrenada
con el agudo mal, no ofenda en nada
Pondréla un lazo estrecho;
mis ansias pasaré graves conmigo;
ahogaré en mi pecho
la voz, mientras testigo
y de mi mal jüez es mi enemigo.
Callando como mudo
estuve, y de eso mismo el detenido
dolor creció más crudo;
y en fuego convertido,
desenlazó la lengua y el sentido.
Y dije: «Manifiesto
el término de tanta desventura
me muestra, Señor, presto;
será no tanto dura,
si sé cuándo se acaba y cuánto dura».
¡Ay! Corta ya estos lazos,
pues acortaste tanto la medida,
pues das tan cortos plazos
a mi cansada vida;
¡ay!, ¡cómo el hombre es burla conocida!
¡Ay!, ¡cómo es sueño vano,
imagen sin sustancia que, volando,
camina! ¡Ay! ¡Cuán en vano
se cansa, amontonando,
lo que deja y no sabe a quién ni cuándo!
Mas yo, ¿en qué espero agora
en mal tan miserable mejoría?
En Ti, en quien sólo adora,
en quien sólo confía,
en quien sólo descansa la alma mía.
De todos (que sin cuento
mis males son) me libra; y a mi ruego
te muestra blando, atento;
no me pongas por juego
y burla al ignorante vulgo y ciego.
En nadie fundo queja
callando, y, mudo, paso mi fatiga;
y digo, si me aquejo
mi culpa, es mi enemiga,
y que tu justa mano me castiga.
Mas usa de clemencia;
levanta ya de mí tu mano airada,
tu azote, tu sentencia;
que la carne gastada,
y la fuerza del alma está acabada.
No gasta la polilla
así como tu enojo y tu porfía
contra quien se amancilla;
consúmesle en un día,
que al fin el hombre es sueño y burlería.
Presta a mi ruego oído;
atiende a mi clamor; sea escuchado
mi lloro dolorido,
pues pobre y desterrado
como mis padres, vivo a ti allegado.
¡Oh! Da una pausa poca;
suspende tu furor para que pueda
con risa abrir la boca,
en vida libre y leda,
aqueste breve tiempo que me queda.

Salmo XLI. Quemadmodum desiderat

Como la cierva brama
por las corrientes aguas, encendida
en sed, bien ansí clama
por verse reducida
mi alma a Ti, mi Dios, y a tu manida
Sed tiene el alma mía
del Señor, del viviente y poderoso.
¡Ay! ¿Cuándo será el día
que tornaré gozoso
a verme ante tu rostro glorïoso?
La noche estoy llorando
y el día, y sólo aquesto es mi sustento,
en ver que preguntando
me están cada momento:
«¿Tu Dios, di, dónde está, tu fundamento?»
Y en lloro desatado
derramo el corazón con la memoria
de cuando rodeado
iba de pueblo y gloria,
haciendo de tus loas larga historia.
Mas digo: «¿Por qué tanto
te afliges? Fía en Dios, ¡oh alma mía!
que con divino canto
yo cantaré algún día
las sus saludes y la mi alegría».
Y crece más mi pena,
Dios mío, de esto mismo que he cantado,
viéndome en el arena
de Hermón, y despoblado
de Misgaro, de ti tan acordado.
Y ansí viene llamada
una tormenta de otra, y con ruido
descarga una nubada
apenas que se ha ido
la otra, y de mil olas soy batido.
Mas nacerá, yo espero,
el día en que usará de su blandura
mi Dios; en tanto quiero,
mientras la noche dura,
cantalle y suplicalle con fe pura.
Decille he: «¡Oh mi escudo!
¿Por qué me olvidas, di? ¿Por qué has querido
que el enemigo crudo
me traiga ansí afligido,
con negro manto de dolor vestido?»
Como maza pesada
los huesos quebrantó en partes ciento,
la voz desvergonzada,
que cada día siento
decir: «¿Dó está tu Dios, tu fundamento?»
Mas no te acuites tanto;
en el Señor espera, ¡oh alma mía!,
que con debido canto
yo le diré algún día:
«Mi Dios y mi salud y mi alegría».

Salmo XLIV. Eructavit

Un rico y soberano pensamiento
me bulle dentro el pecho:
a Ti, divino Rey, mi entendimiento
dedico, y cuanto he hecho.
A Ti yo lo enderezo, y celebrando
mi lengua tu grandeza,
irá como escribano volteando
la pluma con presteza.
Traspasas en beldad a los nacidos,
en gracia estás bañado;
que Dios en ti a sus bienes escogidos,
eterno asiento ha dado.
¡Sus! Ciñe ya tu espada, poderoso,
tu prez y hermosura;
tu prez, y sobre carro glorïoso
con próspera ventura.
Ceñido de verdad y de clemencia,
y de bien soberano,
con hechos hazañosos su potencia
dirá tu diestra mano.
Los pechos enemigos tus saetas
traspasen herboladas;
y besen tus pisadas las sujetas
naciones derrocadas.
Y durará, Señor, tu trono erguido
por más de mil edades;
y de tu reino el cetro esclarecido
cercado de igualdades.
Prosigues con amor lo justo y bueno;
lo malo es tu enemigo;
y ansí te colmó, ¡oh Dios!, tu Dios el seno
más que a ningún tu amigo.
Las ropas de tu fiesta, producidas
de los ricos marfiles,
despiden en ti puestas, descogidas,
olores mil, gentiles.
Son ámbar y son mirra y son preciosa
algalia sus olores;
rodéate de infantas copia hermosa,
ardiendo en tus amores.
Y la querida Reina está a tu lado
vestida de oro fino;
pues, ¡oh tú, ilustre hija!, pon cuidado,
atiende de contino.
Atiende y mira, y oye lo que digo:
si amas tu grandeza,
olvidarás de hoy más tu pueblo amigo
y tu naturaleza.
Que el Rey por ti se abrasa, y tú le adoras,
que Él solo es Señor tuyo,
y tú también por él serás señora
de todo el gran bien suyo.
El Tiro y los más ricos mercaderes,
delante Ti humillados,
te ofrecen desplegando sus haberes,
los dones más preciados.
Y anidará en ti toda hermosura,
y vestirás tesoro;
y al Rey serás llevada en vestidura
y en recamados de oro.
Y juntamente al Rey serán llevadas
contigo otras doncellas;
irán siguiendo todas tus pisadas,
y tú delante dellas.
Y con divina fiesta y regocijos
te llevarán al lecho,
do en vez de tus abuelos tendrás hijos
de claro y alto hecho.
A quien del mundo todo repartido
darás el cetro y mando.
Mi canto por los siglos extendido
tu nombre irá ensalzando.
Celebrará tu gloria eternamente
toda nación y gente.

Salmo LXXI. Deus, iudicium

Señor, da al Rey tu vara,
y al hijo del Rey tu monarquía,
que con justicia rara
él solo regirá tu señoría.
Alcanzarán derecho
los valles por su mano, y los collados
no turbarán el pecho
del vulgo, ni los cerros encumbrados.
Harán más sinjusticia,
porque él dará el debido a cada uno,
al humilde justicia,
salud al injuriado, al importuno
Injuriador quebranto;
serás temido Tú, mientras luciere
el sol y luna, en cuanto
la rueda de los siglos se volviere.
Influirá amoroso
cual la menuda lluvia y cual rocío
en prado delicioso;
florecerá en su tiempo el poderío
Del bien, y una pujanza
de paz, que durará no un siglo solo;
su reino rico alcanza
de mar a mar y de uno al otro polo.
Y, puesto ante él, postrado
el negro montesino, el enemigo,
el polvo besa hollado.
Los reyes de la mar con pecho amigo,
y Grecia y los Romanos
con los isleños todos, los Sabeos,
los Ãrabes cercanos,
tributo le darán; y los deseos
De todos los vivientes
a sí convertirá; las más lucidas
coronas de las gentes
todas adorarán, ante Él caídas;
Por cuanto por su mano
será librado el pobre, que oprimía
el soberbio tirano,
el triste a quien amparo fallecía.
Sobre el menesteroso
derramará perdón; la empobrecida
alma con don piadoso
será por Él del daño redimida,
Y de la vïolencia,
la sangre del cuitado muy preciosa.
Delante su presencia,
y a vida le reduce muy gloriosa;
Y dale ricos dones,
por donde, agradecido de contino,
con debidos pregones,
ensalzará sus loas; su divino
Amor, sin pausa alguna,
por Él será bendito. ¡Oh siglos de oro!,
cuando tan sólo una
espiga, sobre el cerro tal tesoro,
Producirá sembrada,
de mieses ondeando cual la cumbre
del Líbano ensalzada;
cuando con más largueza y muchedumbre
Que el heno, en las ciudades,
el trigo crecerá. Por do despliega
la fama en mil edades
el nombre de este Rey, y al cielo llega,
El nombre que, primero
que el sol manase luz, resplandecía:
en quien hasta el postrero
mortal será bendito; a quien de día,
De noche celebrando,
las gentes darán loa y bienandanza,
y dirán alabando:
«Señor, Dios de Israel, ¿qué lengua alcanza
A tu debida gloria?
De maravillas solo Autor, bendito
Tú seas; tu memoria
vaya de gente en gente en infinito
Espacio, y hincha el suelo
tu sacra majestad, cual hinche el cielo».

Salmo LXXXVII. Domine, Deus salutis meae

Señor de mi salud, mi solo muro,
jüez de mi defensa, a Ti voceo,
cuando está el aire claro, cuando escuro.
Entrada en tu presencia sin rodeo,
y halle en tus oídos libre entrada
la dolorida voz de mi deseo.
De males crudos, de dolor colmada
el alma, y casi ya en la sepultura
está la vida breve y fatigada.
Con los que moran la región escura
y triste, con aquéllos soy contado
a quien faltó el amparo y la ventura.
Libre y cautivo vivo, y sepultado,
cual el que duerme ya en eterno olvido,
del todo de tu mano desechado.
Pusísteme en el pozo más sumido,
adonde a la redonda me contienen
abismos, y tinieblas, y gemido.
Asiento en mí tus sañas firme tienen,
y sobre mi cabeza sucediendo
de tu furor las olas van y vienen.
Su rostro mis amigos encubriendo,
porque, Señor, lo quieres, me declinan,
por mejor decir, se van huyendo.
Antes me huyen, antes me abominan;
contalles mis razones yo quisiera,
a quien, ¡ay!, tus entrañas no se inclinan.
En cárcel me detienes ansí fiera,
que ni la pluma ni la voz se extiende
a publicar mi pena lastimera.
Cegado he con la lluvia, que desciende
contina de mis ojos, y contino
el grito a Ti y los brazos la alma tiende,
Y dice: ¿Si verán tu bien divino
los polvos? ¿O los huesos enterrados
tus loas si dirán, con canto dino,
Tus hechos en la huesa celebrados?
¿Será de tus grandezas hecha historia
en la callada tumba, en los finados?
¿En las tinieblas lucirá tu gloria?
¿O por ventura habrá de tus loores
en la región de olvido gran memoria?
No ceso de enviarte mil clamores,
y aun antes que despiertes Tú la aurora,
despierto a referirte mis dolores.
¿Por qué, Señor, tu pecho, do el bien mora,
desprecia ansí las voces de un caído,
y huyes de mirarme más cada hora?
Bien sabes de mi vida cuánto ha sido
el curso miserable, y cuán cuitado
los golpes de tu saña he sostenido.
Encima de mis cuestas han pasado
las olas de tus iras; tus espantos
me tienen consumido y acabado.
Un mar me anega de miseria y llantos;
no en partes, sino juntos me rodean
un escuadrón terrible de quebrantos.
A los que mi salud y bien desean,
a todos de mí, triste, los destierras,
y porque en nada a mi dolor provean,
en sus secretos, crudo, los encierras.

Salmo CII. Benedic, anima mea, Domino, et omnia. [ª versión]

Alaba a Dios contino, ¡oh alma mía!,
y todas mis entrañas dad loores
a su glorioso nombre noche y día.
Alaba, y nunca olvides sus favores,
sus dones tan diversos del debido
a tus malvados hechos y traidores.
Él te perdona cuanto has ofendido,
y pone saludable medicina
en todo lo que en ti quedó herido.
Tu vida, que al sepulcro está vecina,
él mismo la repara, y te hermosea
con ricos dones de piedad divina.
Bastécete de cuanto se desea;
cual águila será por él trocada
en bella juventud tu vejez fea.
Hace justicia Dios muy apurada;
da Dios a los opresos su derecho,
a los que oprime nuestra mano osada.
Notificó su ingenio y dulce pecho
al santo Moïsés, a su querido
pueblo manifestó su estilo y hecho.
Y dijo: «Para todo lo nacido
soy de entrañable amor, soy pïadoso,
soy largo en perdonar, la ira olvido».
No tiene en sus entrañas ni reposo
la saña, ni sosiego, ni le dura
entero en ira el pecho corajoso.
No fue el castigo cual la desmesura;
mas, al contrario, incomparablemente
la pena es menos que la culpa dura.
Cuanto se encumbra el cielo reluciente
sobre la baja tierra, tanto crece
su amor sobre la humilde y llana gente.
Lo que hay de do el sol nace a do anochece,
tanto por su clemencia siempre usada
de nos nuestra maldad se desparece.
Con las entrañas que la madre amada
abraza a sus hijuelos, tan amable
te muestras a tu gente regalada.
Conoces nuestro barro miserable,
y tienes dibujado en tu memoria
que nuestro ser es polvo vil, instable.
De nuestros años la más larga historia
es heno, y tierna flor que en un momento
florece, y muere su belleza y gloria.
Pasó sobre ella un flaco soplo, un viento,
y como si jamás nacido hubiera,
aún no conocerás dó tuvo asiento.
La gracia de Dios siempre es duradera
en quien dura en su amor, y sucediendo
por mil generaciones persevera.
En los que su ley santa obedeciendo,
la escriben en su alma, y sin olvido
y velando la cumplen y durmiendo.
No sólo reinas sobre el sol lucido,
más tu corona alcanza y comprehende
cuanto será jamás y cuanto ha sido.
El coro, el cerco que en tu amor se enciende
déte loor; el coro poderoso,
el que a tu voz alerto siempre atiende.
Bendígate el ejército hermoso
de todas las lumbreras celestiales,
a quien hacer tu gusto es deleitoso.
Bendígante tus obras celestiales;
loores déte cuanto el mundo cría:
la mar, la tierra, el aire, los mortales.
Y alábate también el alma mía.

Salmo CII. Benedic, etc. [ª versión]

Alaba, ¡oh alma!, a Dios, y todo cuanto
encierra en sí tu seno
celebre con loor tu nombre santo,
de mil grandezas lleno.
Alaba, ¡oh alma!, a Dios, y nunca olvide
ni borre tu memoria
sus dones en retorno a lo que pide
tu torpe y fea historia.
Que Él solo por sí solo te perdona
tus culpas y maldades,
y cura lo herido y desencona
de tus enfermedades.
Él mismo de la huesa a la luz bella
restituyó tu vida;
cercóla con su amor, y puso en ella
riqueza no creída.
Y en esto que te viste y te rodea
también pone riqueza;
así renovarás lo que te afea,
cual águila en belleza.
Que, al fin, hizo justicia y dio derecho
al pobre saqueado:
tal es su condición, su estilo y hecho,
según lo ha revelado.
Manifestó a Moisés sus condiciones
en el monte subido;
lo blando de su amor y sus perdones
a su pueblo escogido.
Y dijo: «Soy amigo y amoroso
soportador de males;
muy ancho de narices, muy piadoso
con todos los mortales».
No riñe y no se amansa; no se aíra,
y dura siempre airado;
no hace con nosotros ni nos mira
conforme a lo pecado.
Mas cuanto al suelo vence y cuanto excede
el cielo reluciente,
su amor tanto se encumbra y tanto puede
sobre la humilde gente.
Cuan lejos de do nace, el sol fenece
el soberano vuelo,
tan lejos de nosotros desparece
por su perdón el duelo.
Y con aquel amor que el padre cura
su hijos regalados,
la vida tu piedad, y el bien procura
de tus amedrentados.
Conoces, a la fin, que es polvo y, tierra
el hombre, y torpe lodo;
contemplas la miseria que en sí encierra,
y le compone todo.
Es heno su vivir, es flor temprana,
que sale, y se marchita;
un flaco soplo, una ocasión liviana
la vida y ser le quita.
La gracia del Señor es la que dura,
y firme persevera,
y va de siglo en siglo su blandura
en quien en Él espera;
En los que su ley guardan y sus fueros
con viva diligencia,
en ellos, en los nietos y herederos
por larga descendencia.
Que ansí do se rodea el sol lucido
estableció su asiento,
que ni lo que será, ni lo que ha sido
es de su imperio exento.
Pues lóente, Señor, los moradores
de tu rica morada,
que emplean valerosos sus ardores
en lo que más te agrada.
Y alábete el ejército de estrellas,
que en alto resplandecen;
que siempre en tus caminos, claras, bellas,
tus leyes obedecen.
Alábente tus obras, todas cuantas
la redondez contiene;
los hombres y los brutos y las plantas,
y lo que las sostiene.
Y alábete con ellos noche y día
también el alma mía.

Salmo CIII. Benedic, anima mea, Domino: Domine Deus

Alaba, ¡oh alma!, a Dios: Señor, tu alteza,
¿qué lengua hay que la cuente?
Vestido estás de gloria y de belleza
y luz resplandeciente.
Encima de los cielos desplegados
al agua diste asiento;
las nubes son tu carro, tus alados
caballos son el viento.
Son fuego abrasador tus mensajeros,
y trueno y torbellino;
las tierras sobre asientos duraderos
mantienes de contino.
Los mares las cubrían de primero
por cima los collados,
mas visto de tu voz el trueno fiero
huyeron espantados.
Y luego los subidos montes crecen,
humíllanse los valles;
si ya entre sí hinchados se embravecen,
no pasarán las calles:
Las calles que les diste y los linderos,
ni anegarán las tierras:
descubres minas de agua en los oteros,
y corre entre las sierras.
El gamo y las salvajes alimañas
allí la sed quebrantan;
las aves nadadoras allí bañas,
y por las ramas cantan.
Con lluvia el monte riegas de tus cumbres,
y das hartura al llano;
ansí das heno al buey, y mil legumbres
para el servicio humano.
Ansí se espiga el trigo, y la vid crece
para nuestra alegría:
la verde oliva ansí nos resplandece,
y el pan da valentía.
De allí se viste el bosque y la arboleda,
y el cedro soberano,
adonde anida la ave, adonde enreda
su cámara el milano.
Los riscos a los corzos dan guarida,
al conejo la peña;
por Ti nos mira el sol, y su lucida
hermana nos enseña
los tiempos. Tú nos das la noche escura,
en que salen las fieras;
el tigre, que ración con hambre dura
te pide y voces fieras.
Despiertas el aurora, y de consuno
se van a sus moradas.
Da el hombre a su labor sin miedo alguno
las horas situadas.
¡Cuán nobles son tus hechos y cuán llenos
de tu sabiduría!
Pues ¿quién dirá el gran mar, sus anchos senos
y cuantos peces cría;
Las naves que en él corren, la espantable
ballena que le azota?
Sustento esperan todos saludable
de Ti, que el bien no agota.
Tomamos, si Tú das; tu larga mano
nos deja satisfechos;
si huyes, desfallece el ser liviano,
quedamos polvo hechos.
Mas tornará tu soplo, y renovado
repararás el mundo.
Será sin fin tu gloria, y Tú alabado
de todos sin segundo.
Tú que los montes ardes, si los tocas,
y al suelo das temblores;
cien vidas que tuviera y cien mil bocas
dedico a tus loores.
Mi voz te agradará, y a mí este oficio
será mi gran contento:
no se verá en la tierra maleficio,
ni tirano sangriento.
Sepultará el olvido su memoria;
tú, alma, a Dios da gloria.

Salmo CVI. Confitemini Domino

Cantemos juntamente
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten los libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo, conducidos
de reinos apartados,
de Oriente, de Poniente y Cierzo frío,
del Ãbrego templado; que perdidos
por yermos no corridos,
sin encontrar poblado vagueaban,
ansiosos voceaban
remedio de su mal a Dios rogando;
el cual luego inclinando
su oïdo benino
con amor pïadoso
salvos los puso en buen camino,
y colocó en reposo.
Pues lóenle contino,
porque hartó la hambre, y al cuitado
hizo de ricos dones abastado;
y digan: «Inmortales
loores, ¡oh Señor!, te den tus obras,
tu amor con los mortales,
las grandes maravillas que en nos obras».
Aquellos que en cadena
moraron, en horror, en noche escura,
de hierros rodeados y pobreza,
padeciendo la pena
debida a su maldad, a su locura,
porque amargaron malos la nobleza
de la divina alteza,
hollaron su consejo verdadero;
por donde los colmó el pecho malsano,
sin que favor humano
les valga, con miseria y dolor fiero,
y libres del primero
error, vueltos al cielo,
llamaron al Señor, que abrió la estrecha
cárcel y vino al suelo
la cadena deshecha,
celebren el poder por quien quebradas
fueron las cerraduras aceradas,
y digan: «Inmortales
loores, ¡oh Señor!, te den tus obras,
tu amor con los mortales,
las grandes maravillas que en nos obras».
Y los hombres livianos,
que por seguir sin orden ni medida
el deleitoso mal, la arada senda,
los miembros firmes, sanos,
hinchieron de dolor, y de la vida
perdieron la más dulce y rica prenda,
que a la dura contienda
no iguales, de la fiebre derrocados
estando, y ya del todo al mal rendidos,
del vivir despedidos,
contra todo manjar enemistados,
a la muerte llegados,
con miserable lloro
pidieron tu favor; y Tú al momento
les mandaste un tesoro
de fuerzas y contento;
ofrézcante por este beneficio
agradecido y justo sacrificio,
y digan: «Inmortales
loores, ¡oh Señor!, te den tus obras,
tu amor con los mortales,
las grandes maravillas que en nos obras».
También los que corrieron
la mar con flaco leño, volteando
por las profundas aguas, y probaron
en el abismo y vieron
de Dios las maravillas grandes, cuando
mandándolo Él los vientos se enojaron,
y las alas alzaron
al cielo furïosos; ya se apega
con las nubes la nave ya en el suelo
se hunde, y el recelo
atónitos los turba, ahíla y ciega;
el grito al cielo llega;
mas luego Dios llamado
los mares allanó, serenó el día,
y dentro el deseado
puerto con alegría
los puso; pues los tales de eminente
canten de Dios los hechos a la gente
y digan: «Inmortales
loores, ¡oh Señor!, te den tus obras,
tu amor con los mortales,
las grandes maravillas que en nos obras».
Dios secará las fuentes,
agotará los ríos, y la tierra
viciosa yermará por los pecados
de las malvadas gentes,
que moraban en ella; y de la sierra
estéril hará frescos, verdes prados,
y pondrá allí plantados
los pobres, donde hechos moradores,
la tierra labrarán, que no envidiosa
alegrará copiosa
con dulce y rico fruto a sus señores;
y con dones mayores
irán siempre creciendo
ellos y sus ganados; porque el daño,
y el ir disminuyendo
no nace del mal año,
mas de los malos dueños; y por tanto
sobre ellos verterá duelo y quebranto.
Y al pobre dio riqueza,
y sucesión ilustre, y gozo al bueno;
al malo infiel, tristeza.
Y ponga esto el que es sabio dentro el seno.

Salmo CIX. Dixit Dominus

Asiéntate, a mi Rey mi Dios le dice,
a mi mano derecha;
que yo pondré lo que te contradice
peana a tus pies hecha.
Y de Sión tu vara fuerte envía
sobre tus enemigos;
que todos tus vasallos en un día
son nobles, son amigos.
Que Tú tienes en ti del nacimiento
la fuerza y el rocío,
con que los haces llenos de contento,
de luz y santo brío.
Más cierto que da el sol la blanca aurora,
el parto el vientre lleno;
y el sacerdocio en ti por siempre mora
conforme al del Rey bueno.
Que Dios lo juró ansí, que nunca tira
ni muda lo jurado;
y Dios destroza reyes, puesto en ira,
a tu derecho lado.
Y pasará a cuchillo el mundo, llenos
de muertos los fosados;
y los erguidos dél, ni más ni menos
serán despedazados.
Mas tú que bebes turbio en la carrera,
ensalzarás bandera.

Salmo CXXIV. Qui confidunt

Como ni trastornado
el monte de Sión, y de su asiento
jamás será mudado,
ansí del mal exento,
será quien tiene a Dios por fundamento
De montes rodeada
está Jerusalén y defendida;
y Dios tiene cercada
a su gente escogida
con cerca que jamás será rompida.
Ni entregará al injusto
cetro Dios la virtud, porque la rienda
no suelte acaso el justo,
y en la vedada senda
no meta el pie, ni al mal la mano extienda.
Que Dios al bueno ampara,
y ciñe con su gracia y don divino;
y al que con libre cara
sigue por el camino
derecho, favorece de contino.
Mas los que por torcidos
senderos se desvían engañados,
serán de Dios traídos
a fines desastrados.
Libre el Señor de mal a sus amados.

Salmo CXXIX. De profundis

De lo hondo de mi pecho
te he llamado, Señor, con mil gemidos;
estoy en grande estrecho,
no cierres tus oídos
a mis llantos y tristes alaridos
Si mirares pecados,
delante Ti, Señor, la luz no es clara;
presentes y pasados
la justicia más rara
no osará levantar a Ti su cara.
Mas no eres rigoroso;
a un lado está, por do nació indulgencia,
Tú en medio vas sabroso
a pronunciar sentencia,
vestido de justicia y de clemencia.
Y ansí los pecadores
teniendo en Ti, su Dios, tal esperanza,
te temen y dan loores,
que a tu justa balanza
saben que está vecina confianza.
Yo, Señor, en Ti espero,
y esperando le digo al alma mía
que más esperar quiero;
y espero todavía,
que es tu ley responder al que confía.
No espera a la mañana
la guarda de la noche desvelada;
ni ansí con tanta gana
desea luz dorada,
cuanto mi alma ser de Ti amparada.
En tal Señor espera,
Israel, que en sus altas moradas
la piedad es primera;
las lucientes entradas
tienen mil redenciones rodeadas.
De aquéllas vendrá alguna
a Israel libertad, ya yo la veo;
a tu buena fortuna
del mal que estabas feo
sanarás todavía tu deseo.

Salmo CXLV. Lauda, anima mea

Mientras que gobernare
el alma aquestos miembros, y entre tanto
que el aliento durare,
yo con alegre canto
mi Dios celebraré y su nombre santo
No funde su esperanza
en los reyes ninguno, ni en sujeto
ponga su bienandanza,
en poder imperfeto
en sí mismo a miserias mil sujeto.
El alma por su parte
a su esfera con presto movimiento;
y en polvo la otra parte
se torna, y al momento
los sus intentos todos lleva el viento.
Aquel será dichoso
y de buena ventura que en su ayuda
pone a Dios poderoso,
que en sólo Dios se escuda,
y nunca su fiducia de Dios muda.
De Dios, que el mar y tierra
y el cielo fabricó resplandeciente,
con cuanto dentro encierra;
de Dios, que a toda gente
mantiene fe y palabra eternamente.
Y saca de cadena
los pies injustamente aherrojados;
da pan con mano llena
a los necesitados;
es fiel justicia de los agraviados.
Con mano pïadosa
levanta y pone en pie al abatido;
da ver la luz hermosa
al ciego, y con crecido
amor abraza al bueno y su partido.
A su sombra se acoge
el que anda desterrado y peregrino;
al huérfano recoge,
y a la viudez, y el tino
hace que pierda el malo en su camino.
Dios reina sobre cuanto
fue ya, o es agora, o después fuere;
Dios, que es tu Dios en tanto,
Sión, que mundo hubiere,
y un siglo a otro siglo sucediere.

Salmo CXLVII. Lauda, Ierusalem

Jerusalén gloriosa,
ciudad del cielo amiga y amparada,
loa al Señor, gozosa
de verte dél amada;
loa a tu Dios, Sión, de Dios amada
Porque ves con tus ojos
de tus puertas estar sobrecerrados
candados y cerrojos;
y a tus hijos amados
bendijo en ti por siglos prolongados.
De bien y paz ceñida
tanto te guarda Dios, que no hay camino
do seas ofendida;
y con manjar divino
te harta y satisface de contino.
Aqueste Dios envía
a la tierra su voz y mandamiento,
y con presta alegría
le obedece al momento
sin poder resistir todo elemento.
Envía blanca nieve
como copos de lana carmenada;
aquéste es el que llueve,
y esparce niebla helada,
menuda cual ceniza derramada.
Envía también del cielo
cual planchas de cristal endurecido
el riguroso hielo,
cuyo frío crecido
no puede reparar ningún vestido.
Y aunque está más helado,
se derrite al divino mandamiento;
sopla el sonido airado
de algún lluvioso viento,
y al punto suelta el húmido elemento.
Y aqueste Dios declara
su palabra a Jacob, su pueblo amado;
y en Israel, que ampara,
nos ha depositado
la Ley y ceremonias que ha ordenado.
No ha hecho Dios tal cosa
con todas las naciones juntamente,
ni con lengua piadosa
manifestó a otra gente
su corazón tan cierta y tiernamente.

Capítulo último.
De los Proverbios de Salomón

El sabio Salomón aquí pusiera,
lo que para su aviso, de recelo
su madre, de amor llena, le dijera:
«¡Ay, hijo mío! ¡Ay, dulce manojuelo
de mis entrañas! ¡Ay, mi deseado!,
por quien mi voz contino sube al cielo.
»Ni yo al amor de hembra te vea dado,
ni en manos de mujer tu fortaleza,
ni en daños de los reyes conjurado.
»Ni con beodez afees tu grandeza,
que no es para los reyes, no es el vino,
ni para los jüeces la cerveza.
»Porque, en bebiendo, olvidan el camino
del fuero, y ciegos tuercen el derecho
del oprimido pobre y del mezquino.
»Al que con pena y ansia está deshecho,
a aquél dad vino vos; la sidra sea
de aquel a quien dolor le sorbe el pecho.
»Beba, y olvídese, y no siempre vea
presente su dolor adormecido,
húrtese aquel espacio a la pelea.
»Abre tu boca dulce al que afligido
no habla, y tu tratar sea templado
con todos los que corren al olvido.
»Guarda justicia al pobre y al cuitado;
amparo halle en ti el menesteroso,
que ansí florecerá tu grande estado.
»Mas o si fueses hijo tan dichoso,
que hubieses por mujer hembra dotada
de corazón honesto y virtuoso;
»Ni la perla oriental ansí es preciada,
ni la esmeralda que el Ofir envía,
ni la vena riquísima alejada.
»En ella su marido se confía;
como en mercaduría gananciosa,
no cura de otro trato o granjería.
»Ella busca su lino hacendosa;
busca algodón y lana, y diligente
despierta allí la mano artificiosa.
»Con gozo y con placer continamente
alegra, y con descanso a su marido;
enojo no, jamás, ni pena ardiente.
»Es bien como navío bastecido
por rico mercader, que en sí acarrea
lo bueno, que en mil partes ha cogido.
»Levántase, y apenas alborea,
reparte la ración a sus criados,
su parte a cada uno y su tarea.
»Del fruto de sus dedos y hilados
compró un heredamiento, que le plugo;
plantó fértil majuelo en los collados.
»Nunca el trabajo honesto le desplugo;
hizo sus ojos firmes a la vela,
sus brazos rodeó con fuerza y yugo.
»Esle sabroso el torno, el aspa y tela,
el adquirir, la industria, el ser casera;
de noche no se apaga su candela.
»Trae con mano diestra la tortera;
el fuso entre los dedos volteando
le huye y torna luego a la carrera.
»Abre su pecho al pobre que, llorando,
socorro le rogó, y con mano llena
al falto y al mendigo va abrigando.
»Al cierzo abrasador que sopla y suena
y esparce hielo y nieve, bien doblada
de ropa, su familia está sin pena.
»De redes que labró, tiene colgada
su cama, y rica seda es su vestido,
y púrpura finísima preciada.
»Por ella es acatado su marido
en plaza, en consistorio, en eminente
lugar, por todos puesto y bendecido.
»Hace también labores de excelente
obra para vender; vende al joyero
franjas tejidas bella y sutilmente.
»¿Quién cantará su bien? Su verdadero
arreo es el valor, la virtud pura;
alegre llegará al día postrero.
»Cuanto nasce en sus labios es cordura;
de su lengua discreta cuanto mana
es todo pïedad, amor, dulzura.
»Discurre por su casa; no está vana,
ni ociosa, ni sin que ya se le deba,
se desayunará por la mañana.
»El coro de sus hijos crece y lleva
al cielo sus loores, y el querido
padre con voz gozosa los aprueba.
»Y dicen: Muchas otras han querido
mostrarse valerosas, mas con ella
compuestas, como si no hubieran sido.
»Es aire la tez clara como estrella,
las hermosas figuras, burlería;
la hembra que a Dios teme, aquésa es bella».
Dadle que goce el fruto, el alegría
de sus ricos trabajos. Los extraños,
los suyos en las plazas a porfía
celebren su loor eternos años.

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