Fray Luis de Léon, Poesía

Libro III.
Odas De Horacio:

Lib. I, Oda I. Maecenas atavis

De claros reyes claro descendiente,
Mecenas, mi honra toda y grande amparo;
a unos les agrada la carrera
y polvo del Olimpo, y la coluna
con arte y con destreza no tocada
de la hervorosa rueda, y la vitoria
noble, si la consiguen, con los dioses,
señores de la tierra, los iguala.
A otro, si a porfía el variable
vulgo le sube a grandes dignidades;
a otro, si recoge en sus paneras
cuanto en las eras de África se coge.
Con quien gusta del campo y su labranza
no será parte de Atalo el tesoro
a menealle dél, y hacer que corra
la mar, hecho medroso navegante.
Mientras que al mercader le dura el miedo,
de cuando el vendaval conmueve guerra
al golfo Icario, loa a boca llena
los prados de su pueblo y el sosiego;
mas luego, a la pobreza no se haciendo,
se torna a rehacer la rota vela.
Algunos hay también a quien no pesa,
con el sabroso vino, ni del día
sus ciertos ratos darse a buena vida;
a veces so la verde sombra puestos,
a veces a la pura y fresca fuente.
Ama los escuadrones el soldado,
y el son del atambor y la pelea,
las que de madres son tan maldecida.
El que la caza sigue, persevera
al hielo y a la nieve, descuidado
de su moza mujer, si acaso han visto
los perros algún corzo, o si ha rompido
el bravo jabalí las puestas redes.
A mí la hiedra, premio y hermosura
de la gloriosa frente, me parece
una divinidad: el monte, el bosque,
el baile de las Ninfas, sus cantares
me alejan de la gente, y más si sopla
Euterpe su clarín, y Polimnia
no deja de me dar la lesbia lira.
Y ansí, si tú en el número me pones
de los poetas líricos, al cielo
que toco pensaré, con la cabeza.

La misma. Maecenas atavis

¡Ilustre descendiente
de reyes, oh mi dulce y grande amparo,
Mecenas!; verás gente
a quien el polvoroso Olimpo es caro,
y la señal cercada
de la rueda que vuela y no tocada.
Y la noble vitoria
los pone con los dioses soberanos;
otro tiene por gloria
seguir del vulgo los favores vanos;
y otro, si recoge
cuanto en las arenas de África se coge.
Aquel que en la labranza
sosiega de las tierras que ha heredado,
aunque en otra balanza
le pongas del rey Atalo el estado,
del mar Mirtoo dudoso
no será navegante temeroso.
El miedo, mientras dura,
del fiero vendaval al mercadante,
alaba la segura
vivienda de su aldea, y al instante,
como no sabe hacerse
al ser pobre, en la mar torna a meterse.
Habrá también alguno
que ni el banquete pierda ni el buen día;
que hurta al importuno
negocio el cuerpo, y dase a la alegría,
ya so el árbol florido,
junto do el agua nace ya tendido.
Los escuadrones ama,
y el son del atambor el que es guerrero,
y a la trompa que llama
al fiero acometer mueve el primero;
la batalla le place,
que a las que madres son tanto desplace.
El que la caza sigue,
al hielo está de sí mismo olvidado;
si el perro fiel prosigue
tras del medroso ciervo, o si ha dejado
la red despedazada
el jabalí cerdoso en la parada.
La hiedra, premio dino
de la cabeza docta, a mí me lleva
en pos su bien divino;
el bosque fresco, la repuesta cueva,
las Ninfas, sus danzares,
me alejan de la gente y sus cantares.
Euterpe no me niegue
el soplo de su flauta, y Polimna
la cítara me entregue
de Lesbo; que, si a tu juicio, es dina
de entrar en este cuento
mi voz, en las estrellas haré asiento.

Lib. I, Oda V. Quis multa gracilis

¿Quién es, ¡oh Nise hermosa!,
con aguas olorosas rociado,
el que en lecho de rosa
te ciñe el tierno lado,
y a quien con nudos bellos,
con simple aseo, Pirra, los cabellos
ordenas? Cuántas veces
su dicha llorará y tu fe mudada;
y del favor las veces,
¡ay!, y la mar airada,
sus vientos, su rencilla
contemplará con nueva maravilla;
El que te goza agora,
y tiene por de oro, y persuadido
de liviandad te adora,
y ser de ti querido,
y siempre y sólo espera,
no sabio de tu ley mudable y fiera,
Es triste y sin ventura
en cuyos ojos luces no probada.
Yo, como la pintura,
por voto al templo dada,
lo muestra, he ofrecido
mojado al dios del mar ya mi vestido.

Lib. I, Oda XIII. Cum tu Lydia

Cuando tú, Lydia, alabas
la cerviz bella de color de rosa
de Télefo, y no acabas
de llamar a los brazos y a ella hermosa,
mi corazón llagado,
hirviendo con la cólera está hinchado.
Entonces en su asiento
no me queda el color que antes tenía;
mas el dolor que siento,
por mi rostro las lágrimas envía,
de las cuales presumo
cuán con pequeñas llamas me consumo.
En rabia y ira ardiendo,
si las burlas con vino demasiado
tanto fueron creciendo,
que han tus hermosos hombros señalado,
si el mozo atrevido
tus colorados labios ha mordido.
Mas temo que, señora,
no esperaras de ver siempre constante
quien los besos que adora
el verdadero amante,
daño como grosero,
do puso Venus su contento entero.
¡Oh dichosos amantes!,
a quien prendas de amor puro y sincero
entre sí tan constantes
tienen con un amor tan verdadero,
cual no será rompido
en cuanto al cuerpo el alma habrá regido.

Lib. I, Oda XIV. O navis

¿Tornarás por ventura
a ser de nuevas olas, nao, llevada
a probar la ventura
del mar, que tanto tienes ya probada?
¡Oh!, que es gran desconcierto
¡Oh!, toma ya seguro, estable puerto.
¿No ves desnudo el lado
de remos, y cuál crujen las antenas,
y el mástil quebrantado
del ábrego ligero, y cómo apenas
podrás ser poderosa
de contrastar ansí la mar furiosa?
No tienes vela sana,
ni dioses a quien llames en tu amparo,
aunque te precies vana-
mente de tu linaje y nombre claro;
y seas noble pino,
hijo de noble selva en el Euxino.
Del navío pintado
ninguna cosa fía el marinero,
que está experimentado
y teme de la ola el golpe fiero:
pues guárdate con tiento,
si no es que quieres ser juego del viento.
¡Oh tú, mi causadora,
ya antes de congoja y de pesares,
y de deseo agora
y no poco cuidado; huye las mares,
que corren peligrosas
entre las islas Cícladas hermosas.

Lib. I, Oda XIX. Mater saeva Cupididum

La madre de amor cruda,
y el hijo de la Sémeles tebana,
y la lascivia vana,
al alma que ya está suelta y desnuda
de amar, le mandan luego
que torne y que se abrase en vivo fuego.
El resplandor me abrasa
de Glícera, que más que el mármol fino
reluce; y me hace brasa
su brío desenvuelto, y del divino
rostro un no sé qué, que espira,
grande deslizadero a quien le mira.
Con ímpetu viniendo
en mí la Venus toda desampara
su Cipro dulce y cara;
que ni el Scita quiere, ni el que huyendo
valiente se mantiene,
ni que diga lo que ni va ni viene.
Aquí incienso y verbena,
aquí céspedes verdes juntamente,
y aquí poned, mi gente,
de vino de dos hojas una llena
taza; que por ventura
vendrá, sacrificada, menos dura.

Lib. I, Oda XXII. Integer vitae

El hombre justo y bueno,
el que de culpa está y mancilla puro,
las manos en el seno,
sin dardo ni azagaya va seguro,
y sin llevar cargada
la aljaba de saeta enherbolada.
vaya por la arena
ardiente de la Libia ponzoñosa,
vaya por do suena
de Hidaspes la corriente fabulosa,
por la tierra cruda
de nieve llena y de piedad desnuda.
De mí sé que al encuentro,
mientras por las montañas vagueando
más de lo justo entro
sin armas, y de Lálage cantando,
me vido, y más ligero
huyó que rayo un lobo carnicero.
Y creo que alimaña
más fiera y espantosa no mantiene
la más alta Alemaña
en sus espesos bosques, ni la tiene
la tierra donde mora
el moro, de fiereza engendradora.
ya en aquella parte,
que siempre está sujeta al inclemente
cielo, do no se parte
espesa y fría niebla eternamente,
do árbol no se vee,
ni soplo de aire blando que le oree;
ya me ponga alguno
en la región al sol más allegada,
do no vive ninguno,
siempre será de mí Lálage amada,
la del reír gracioso,
la del parlar muy más que miel sabroso.

Lib. I, Oda XXIII. Vitas himnuleo

Rehúyes de mí esquiva,
cual el corcillo, ¡oh Cloe!, que llamando
la madre fugitiva
por montes sin camino va buscando,
y no sin vano miedo
de la selva y del viento nunca quedo.
Porque si o la venida
del céfiro las hojas meneadas
eriza, o si ascondida
la verde lagartezna las trabadas
zarzas movió, medroso,
con pecho y con pie tiembla sin reposo.
Pues yo no te persigo
para despedazarte crüelmente,
cual tigre enemigo,
cual león en Libia. Finalmente
deja, ya casadera,
el seguir a tu madre por doquiera.

Lib. I, Oda XXX. O Venus, regina

¡Oh Venus poderosa,
de Gnido y Pafo reina esclarecida,
desampara la hermosa
Cipro, do fuiste siempre, tan querida,
y pásala volando
a do te está mi Glícera llamando!
Venga en tu compañía
el mozuelo crüel, acelerado;
y las Ninfas querría
con las Gracias trujeses a tu lado,
la mocedad sabrosa,
do, si no bulle amor, es triste cosa.

Lib. I, Oda XXXIII. Albi, ne doleas

¡Ay!, no te duelas tanto,
Tibulo, ni te acuerdes del olvido
de Glícera, ni en canto
publiques tus querellas dolorido,
si, por un bien dispuesto
mozo, la fementida te ha pospuesto.
Porque sabrás que muere
por Ciro Licorisa, la hermosa;
y Ciro no la quiere,
y vase tras de Fóloe desdeñosa;
y yo sé que primero
se amistarán el lobo y el cordero.
A Venus ansí place
de aprisionar diversos corazones
en duro lazo, que hace
compuesto de disformes condiciones,
y de nuestro error ciego
saca su pasatiempo y crudo juego.
Por mí lo sé, que siendo
de un principal amor muy recuestado,
yo mismo consintiendo,
la Mírtale me tiene aherrojado,
la cual es medio esclava,
y más enojadiza que mar brava.

La misma. Albi, ne doleas

Para que en demasía,
Albio, no te dé pena la aspereza,
ni en llorosa elegía,
de Glícera lamentes la dureza,
porque con fe inconstante
estima más que a ti su nuevo amante.
Mira cómo la bella
Lícoris por amor en viva llama
de Ciro arde, y a ella
ves cómo el duro Ciro la desama:
con fe sincera y pura
inclinándose a Fóloe, áspera y dura.
Pero verán primero
que sin temor las cabras han pacido
con el lobo más fiero,
que la arenosa Libia ha producido,
que Fóloe al deseo
corresponda de aqueste amante feo.
Venus ansí lo ordena,
a la cual da contento, que con dura
y áspera cadena
dos diversos en alma y en figura
estén presos, y el fuego
atiza alegre del sangriento juego.
Y aun a mí me rogaba
una que mucho más que yo valía,
y yo la desechaba
porque con dulces grillos me tenía
Mírtale desdeñosa
y fiera más que mar tempestuosa.

Lib. II, Oda VII. Ulla si iuris

Si, Nise, en tiempo alguno
haber quebrado tú la fe jurada
daño tan sólo uno
pusiera en ti, afeada
en la uña siquiera
sólo un diente en ti se ennegreciera,
yo te creyera agora:
mas por la misma causa que perjura
te muestras, se mejora
muy más tu hermosura,
y sales hecha luego
público y general estrago y fuego.
Y engañas, aunque jures
por las cenizas de tu madre heladas,
y luego te perjures,
y aunque por las calladas
lumbreras celestiales
jures y por los dioses inmortales;
Que burlas de estas cosas,
y destas juras, Venus, y el ligero
pecho de las hermosas
Ninfas y el Amor fiero,
que su saeta ardiente
aguza en crueldad continamente.
Y hácense mayores
creciendo para ti los mozos todos,
y en nuevos servidores
creces, y de tus modos
no huyen crudos, fieros,
por más que lo amenazan los primeros.
De ti la cuidadosa
madre teme sus hijos, y el avaro
padre; de ti la esposa
cela el esposo caro,
cuitada, si no viene,
pensando que tu vista le detiene.

Lib. II, Oda X. Rectius vives

Si en alta mar, Licino,
no te engolfares mucho, ni temiendo
la tormenta, el camino
te fueres costa a costa prosiguiendo,
entre la demás gente
sabrosa vivirás y dulcemente.
Que quien con amor puro
la dulce medianía ama y sigue,
está libre y seguro
de las miserias en que el pobre vive,
y carece de grado
del palacio real, rico, envidiado.
Que, al fin, más cruda guerra
el viento hace al pino más crecido;
la torre viene a tierra
cuanto es más alta con mayor ruido:
los montes ensalzados
más veces de los rayos son tocados.
En los casos aviesos
no pierde la esperanza ni confía
en los buenos sucesos
el ánimo, que está de noche y día,
para ser combatido,
de templanza y valor apercibido.
Con lluvia y noche escura,
si el cielo se escurece, él se serena;
no, si falta ventura
agora, ha de durar siempre la pena;
que Apolo ya su musa
despierta, ya del arco y flechas usa.
En las dificultades
te muestra de animoso y fuerte pecho;
y en las prosperidades,
cuando el favor soplare, más derecho,
recoge con buen tiento
la vela, que va hinchada con el viento.

Lib. II, Oda XIV. Eheu! fugaces

Con paso presuroso
se va huyendo, ¡ay Póstumo!, la vida;
y, por más religioso
que seas, no dilatas la venida
a la vejez, ni un hora
detienes a la muerte domadora.
No, ni aunque en sacrificio
degüelles, cada día que amanece,
mil toros por servicio
del dios Plutón, que nunca se enternece;
que estrecha la grandeza
del Ticio con las aguas de tristeza.
Por do pasarán todos
cuantos la liberal tierra mantiene;
ansí el que de los Godos
desciende, y en su mano el cetro tiene,
como los labradores
que viven de tan sólo sus sudores.
Y no servirá nada
no haber en la cruel batalla entrado,
ni de la mar airada
las bravas olas nunca haber probado,
y en el otoño en vano
huido habrás el Ábrego malsano;
Que del Cócito escuro
las aguas perezosas es forzado
que veas, y aquel duro
trabajo a que Sísifo es condenado,
y la casta alevosa
de Dánae y su suerte trabajosa.
Y que dejes muy presto
la casa, tierra y la mujer amada;
y que sólo, funesto,
el ciprés te acompañe en la jornada,
sólo de todas cuantas
plantas, para dejar en breve plantas.
Y tus vinos guardados
debajo de cien llaves, del dichoso
heredero gastados
serán, y del licor que en suntuoso
convite no es gustado,
de tu casa andará el suelo bañado.

Lib. II, Oda XVIII. Non ebur

Aunque de marfil y oro
no está en mi casa el techo jaspeado
con la labor del Moro,
ni a las vigas de Himecia han sustentado
columnas muy labradas
de los confines de África cortadas;
Y aunque no fui heredero
de las riquezas de Atalo y su estado,
ni tengo en mi granero
el trigo que en la Apulia se ha sembrado,
ni envían mis criadas
de Laconia las granas adobadas;
Pero una medianía
con un ingenio y vena razonable
tengo, con que me hacía,
aunque pobre, a los ricos agradable;
y en aquesta pobreza
nunca pedí a los dioses más riqueza.
Ni pido al poderoso
amigo que me dé mayor estado,
pues llamo yo dichoso
al que me da mi granja y campo amado:
y veo cuál se alejan
los días que vuelan y vejez me dejan.
Tú buscas oficiales,
cuasi entregado a la vejez odiosa,
que te corten iguales
para tu entierro mármoles y losa,
casi estando olvidado
de la muerte, que tienes tan al lado.
Y poco le parece
a tu avaricia toda la ribera,
que a edificar se ofrece
dentro del mar, quizá porque acá fuera
no te sufre la tierra,
pues allá hallarás quien te haga guerra.
Tomando vas a todos
tus vasallos la tierra que han comprado,
y por todos los modos
que puedes en sus tierras te has entrado,
y sales avariento;
sólo a robar lo ajeno estás atento.
A la mujer cuitada,
cargada con sus hijas, vas echando
de su pobre morada;
su dura suerte y tu crueldad culpando,
el marido lloroso
venganza pide al cielo poderoso.
Aquesto les consuela,
ver que a aqueste señor de gran estado
el infierno le espera,
do será por menudo castigado
de cuantas sinrazones
hizo, tomando ajenas posesiones.
¿Qué andas imaginando
para adquirir aún más de lo adquirido?
Que la muerte domando
a todos va, cuantos acá han nacido,
ansí a los más señores,
como a los miserables labradores.
Pues a la centinela
que la infernal morada está guardando,
no pienses con cautela
ni con puro dinero ir engañando,
pues nunca por dinero
pudo engañar Prometeo al gran portero.
Éste tiene en cadena
a Tántalo y a todo su linaje;
éste saca de pena
al pobre que la vida le era ultraje;
y al que vive contento
le hace gustar la muerte en un momento.

Lib. III, Oda IV. Descende caelo

Desciende ya del cielo,
Calíope, ¡oh reina de poesía!;
por largo espacio el suelo
hinche de melodía,
la flauta sonando,
ya la dulce cítara tocando.
¿Oís? ¿O mi locura
dulce me engaña a mí? Porque el sagrado
canto se me figura
que oyo, y que el amado
bosque paseo ameno,
de frescas aguas, de aire blando lleno.
En el monte Vulturo
do me crié, en l'Apulia, fatigado
en mi niñez de puro
jugar, todo entregado
al sueño, me cubrieron
unas palomas, que sobrevinieron,
De verdes hojas tanto
que a todos admiró, cuantos la sierra
y risco de Aqueranto,
y la montuosa tierra
de Bata y de Fiñano
moran el abundoso y fértil llano;
En ver cómo dormía,
ni de osos ni de víboras dañado,
y cómo me cubría
de mirto amontonado
y de laurel un velo,
que este ánimo en un niño era del cielo.
Por el alto Sabino
vuestro voy, vuestro, ¡oh Musas!, y doquiera
que vaya, o si camino
al Tíbur en ladera,
si al Preneste frío,
si al Bayano suelo el paso guío.
Porque amo vuestros dones,
en los campos filipos en huida
los vueltos escuadrones,
no cortaron mi vida
ni el tronco malo y duro,
ni en la mar de Sicilia el Palinuro.
Como os tenga primero
conmigo, tentaré de buena gana,
hecho marinero,
del mar la furia insana,
hecho caminante,
los secos arenales de Levante.
Por entre los Britanos,
fieros para los huéspedes, seguro,
y por los Guipuzcoanos,
que brindan sangre puro,
y por la Scitia helada
iré, y por la Gelona de arco armada.
Cuando del trabajoso
oficio el alto César, de la guerra
buscando algún reposo,
en los pueblos encierra
la gente de pelea,
con vosotras se asconde y se recrea.
Vosotras el templado
consejo y la razón dais, y por gloria
tenéis haberlo dado,
que pública es la historia
de la Titana gente,
cómo la destruyó con rayo ardiente.
Quien los mares ventosos,
quien la pesada tierra, quien los muros,
altos y populosos,
y los reinos escuros,
y sólo él los mortales,
y los dioses con leyes rige iguales.
Bien es verdad que puso
aquella fiera gente, confiada
en sus brazos, confuso
temor en la morada
soberana del cielo,
a do subir quisieron desde el suelo.
¿Mas qué parte podían
ser Mimas, ni Tifón, ni el desmedido
Porfirio; o qué valían
el Reto, el atrevido
Encélado, que echaba
los árboles al cielo que arrancaba,
en contra el espantoso
escudo de las Palas? A su parte
Vulcano hervoroso
y Juno estaba, y Marte,
y quien jamás desecha
de sus hombros la aljaba ni la flecha;
Y baña en la agua pura
Castalia sus cabellos, y es servido
de Licia en la espesura,
y el bosque do ha nacido
posee, y el que sólo
en Delo y en Patara reina, Apolo.
De sí misma es vencida
la fuerza sin consejo y derribada;
mas la cuerda y medida
del cielo es prosperada,
a quien la valentía
desplace, dada al mal de noche y día.
Testigo es verdadero
de mis sentencias Gíes, el dotado
de cien manos; y el fiero
Orión, el osado
tentador de Diana,
domado con saeta soberana.
Duélese la cargada
tierra sobre sus partos, y agramente
ver su casta lanzada
en el abismo siente,
ni el fuego a la montaña
de Etna sobrepuesta gasta o daña.
Ni del vicioso Ticio
jamás se aparte el buitre, ni se muda
a su maldad y vicio
dado por guarda cruda;
y está el enamorado
Piritoo en mil cadenas apretado.

Lib. III, Oda VII. Quid fles, Asterie

¿Por qué te das tormento,
Asterie? ¿No será el abril llegado,
que con próspero viento
de riquezas cargado,
y más de fe cumplido,
tu Giges te será restituido?
Que en Orico, do agora,
después de las Cabrillas revoltosas,
del viento guiado mora,
las noches espaciosas
y frías desvelado
pasa, y de largo lloro acompañado.
Bien que con maña y artes
de su huéspeda Cloe el mensajero
le tienta por mil partes,
diciendo el dolor fiero,
en que la triste pasa,
y cómo con su fuego ella se abrasa.
Y cómo la alevosa
Antea movió a Preto, con fingida
querella, presurosa-
mente quitar la vida
al casto en demasía
Belerofonte, él mismo le decía;
Y cuenta cómo puesto
en el último trance fue Peleo,
mientras que huye, honesto,
la Hipólita, y arreo
le trae toda la historia
del mal ejemplo el falso a la memoria.
En balde, porque a cuanto
le dice está más sordo que marina
roca; ni por espanto
ni por ruego se inclina;
tú huye por tu parte
de Enipeo, tu vecino, enamorarte.
Aunque ni en la carrera
ninguno se le iguala, ni con mano
revuelve más ligera
el caballo en el llano,
ni con igual presteza
nadando corta el Tibre y su braveza.
En siendo anochecido,
tu puerta cierra, y no abras la ventana
al canto dolorido
de la flauta alemana;
y aunque mil veces fiera
te llame, tú más dura persevera.

Lib. III, Oda IX. Donec gratus

Horacio.- Mientras que te agradaba,
y mientras que ninguno más dichoso
los brazos añudaba
al blanco cuello hermoso,
más que el persiano rey fui venturoso
Lidya.- Y yo mientras no amaste
a otra más que a mí, ni, desechada,
por Cloe me dejaste,
de todos celebrada,
más que Ilia, la romana, fui nombrada.
Hor.- A mí me manda agora
la Cloe, que canta y tañe dulcemente
la vihuela sonora;
y por que se acreciente
su vida, moriré yo alegremente.
Lyd.- Y yo con inflamado
amor al Calais quiero y soy querida;
y si el benigno hado
le da más larga vida,
la mía daré yo por bien perdida.
Hor.- ¿Mas qué, si torna al juego
Amor, y torna a dar firme lanzada?
¿Si de mi puerta luego
la rubia Cloe apartada,
a Lydia queda abierta y libre entrada?
Lyd.- Aunque Calais hermoso
es más que el sol, y tú más bravo y fiero
que mar tempestuoso,
más que pluma ligero,
vivir quiero contigo y morir quiero.

Lib. III, Oda X. Extremum Tanaim

Aunque de Scitia fueras,
y aunque más bravo fuera tu marido,
condolerte debieras,
Lice, del que ofrecido
al cierzo tienes en tu umbral tendido
¿La puerta, la arboleda,
no oyes, del fiero viento combatida,
cuál brama? ¿Cuál se queda
la nieve ya caída,
del aire agudo en mármol convertida?
Deja, que es desamada
de Venus esa tu soberbia vana;
no te halles burlada,
no te engendró Toscana
a ser como Penélope inhumana.
¡Oh!, aunque a domeñarte
ni tu marido de otro amor tocado,
ni ruego ni oro es parte,
ni del enamorado
la amarillez teñida de violado;
Un poco de blandura
usa conmigo, ¡oh sierpe!, ¡oh, más que yerta
encina y roble dura!
Que no siempre tu puerta
podré sufrir al agua descubierta.

Lib. III, Oda XVI. Inclusam Danaem

Asaz tenían guardada
a Dánae de nocturnos amadores
la torre fabricada
de metal, y de perros veladores
la centinela alerta,
y más fuerte que acero la gran puerta;
Si del padre, medroso
guardador de la virgen, no burlaran
Venus y el poderoso
Júpiter, y ambos juntos acordaran
ser seguro camino
para entrar, convertirse en oro fino.
El oro tiene tanta
fuerza, que va por medio de la guerra,
y las piedras quebranta
con más fuerza que el rayo viene a tierra;
por oro destruida
fue de Amfiarao la casa esclarecida.
El rey Filipo hendía
las puertas y los muros torreados
con dones, y vencía
a los reyes contrarios, obstinados.
Pone el don extranjero
al feroz capitán grillos de acero.
Cuanto más va creciendo
la riqueza, el cuidado de guardalla
tanto más va subiendo,
y la sed insaciable de aumentalla;
por esto huí medroso,
Mecenas, el ser rico y poderoso.
Al que menos codicia,
le da Dios más, y se harta fácilmente.
Desnudo de avaricia,
el bando sigo de la pobre gente,
y huyo muy contento
del real del que es rico y avariento.
Yo soy más verdadero
señor de la hacienda no estimada,
que no si en mi granero
cuanto ara y coge Apulia yo encerrara;
en medio de riqueza
tanta, viviendo en mísera pobreza.
No entiende el poderoso
señor, que manda el África marina,
que estado más dichoso
que el suyo me da el agua cristalina
de mi limpio arroyuelo,
mi fértil campo y monte pequeñuelo.
La calabresa abeja,
aunque no me da miel blanca y sabrosa;
ni mis vinos añeja
la cueva listrigonia tan famosa,
ni traigo mis ganados
en los pastos de Francia apacentados;
Ni vivo con pobreza,
ni la vida traer suelo alterada;
y si quiero riqueza
mayor, no me será por ti negada.
Sin la cobdicia ardiente
los tributos daré más fácilmente,
Que no si poseyere
juntas la Lidia y Tracia poderosas.
A aquel que mucho quiere,
le han de faltar por fuerza muchas cosas.
No es mal afortunado
a quien Dios poco, que le baste, ha dado.

Lib. III, Oda XXVII. Impios parrae

Agüero en la jornada
al malo de la voz del pico oída,
y la perra preñada,
y la zorra parida,
y del monte la loba descendida
Y rompa el comenzado
camino la culebra, que viniendo
ligera por el lado,
al cuártago temiendo
dejó. Que yo no temo nada, habiendo
con santa voz movido
de adonde nace el sol, el cuervo abuelo,
primero que al querido
lago, rayendo el suelo,
volase la sagaz del negro cielo.
Dichosa a do quisieres
podrás ir, Galatea, y acordada
de mí vive do fueres;
tu ida no es vedada
de pico o de corneja desastrada.
Mas mira cómo lleno
el Orión de furia va al Poniente;
yo sé quién es el seno
del Adria luengamente,
y cuánto estrago hace el soplo Oriente.
La tempestad que mueve
el resplandor egeo que amanece,
quien mal quiero la pruebe,
y el mar que brama y crece,
y las costas azota y estremece.
Que ansí del engañoso
toro la blanca Europa confiada,
con rostro temeroso
miró la mar cuajada
de formas espantables, aunque osada.
La que poco antes era
maestra de guirnaldas, robadora
de la verde ribera,
en breve espacio de hora
no vio más de agua y cielo y noche, y llora
Y luego que se vido
en la poblada Creta, enajenada
de todo su sentido.
¡Oh, padre!, ¡oh, voz amada!,
por un ciego furor tan mal trocada,
Y dijo: ¡Ay, enemiga
de mí! ¿Dó y de dó vine? Todo el bando
del mal no me castiga.
¿Por dicha estoy llorando,
culpada, o inocente estoy soñando?
¿O velo, o sueño vano
del umbral de marfil aparecido,
me burla? ¡Ay! ¡Cuán más sano
fuera el prado florido,
que las olas del mar embravecido!
Si me entregase alguno
aquel novillo malo en que venía,
con fierro, uno a uno,
los cuernos quebraría,
que poco tiempo ha tanto quería.
Desvergonzada, el techo
de mi padre dejé; desvergonzada,
¿después de lo que he hecho,
respiro? ¡Ay Dios! ¡Cercada
me viese de leones ya tragada!
Antes que se desjugue
la presa, y que magrez aborrecida
el fresco rostro arrugue,
que ansí bella y florida
deseo antes de tigres ser comida.
«Europa vil, tu ausente
padre te aprieta el nudo; da, mezquina
-¿qué dudas?-, prestamente
el cuello a aquesa encina
con este cordón tuyo, que, adivina,
ceñiste. O si te agrada
el risco agudo y el despeñadero;
¡sus!, muere despeñada;
entrégate al ligero
viento; si no es que, hija de rey, quiero
obedecer esclava
a bárbara mujer en vil estado».
Presente al lloro estaba
riendo, falsa, al lado
la Venus y su hijo desarmado.
Y de burlar contenta,
le dijo: «Si aquel mal toro a deshora
tornare, tened cuenta,
no le hiráis, señora,
ni os le mostréis tan brava como agora.
Aprende a ser dichosa;
del Júpiter -no llores- no vencido,
¿no ves que eres esposa?
Del orbe dividido,
el tercio gozará de tu apellido.

Lib. IV, Oda I. Intermissa diu

Después de tantos días,
¡oh Venus!, ¿otra vez soplas el fuego
de tus duras porfías?
¡No más, por Dios, no más, por Dios, te ruego!,
que no soy cual solía,
cuando a la hermosa Cínara servía.
No trates más en vano,
¡oh, de amor dulce cruda engendradora!,
rendirme, que estoy cano
y duro para amar. ¡Vete en buen hora!,
revuelve allá tu llama
sobre la gente moza que te llama.
Si un corazón procuras,
cual debes, abrasar, y si emplearte
debidamente curas,
con Máximo podrás aposentarte;
haz allí tu manida,
que de nadie serás más bien servida.
Porque es mozo hermoso,
y en todo cuanto hace es agraciado;
es noble y generoso,
de mil habilidades adornado,
y defensa elocuente
del acuitado reo diligente.
Él llevará animoso
de tu capitanía la bandera,
y si, más poderoso
que el rico contendor, le echare fuera,
por este beneficio
te servirá con templo y sacrificio.
De mármol tu figura
pondrá so rico techo colocada,
acerca la agua pura
del lago Albano, a do serás honrada
con incienso abundante,
con cantos y con cítara sonante.
Dos veces allí al día
las vírgenes y mozos escogidos
cantarán a porfía
tu nombre en corro, de la mano asidos,
y a son yendo cantando,
el suelo herirán de cuando en cuando.
A mí ya no me agrada
ni mozo, ni mujer, ni aquel ligero
esperar; que pagada
me es ya la voluntad, ni menos quiero
coronarme de rosa,
ni la embriagada mesa me es gustosa.
Mas, ¡ay de mí!, mezquino,
¿Qué lagrimas son éstas que a deshora
me caen? ¡Ay Ligurino!
¡Ay!, di: ¿Qué novedad es esta que hora
a mi lengua acontece,
que en medio la palabra se enmudece?
De ti en la noche escura
mil veces, que te prendo, estoy soñando;
otras se me figura,
traidor, que en pos de ti, que vas volando,
ya por el verde prado,
ya por las raudas aguas sigo a nado.

Lib. IV Oda XIII. Audivere, Lice

Cumplióse mi deseo,
cumplióse, ¡oh Lice! A la vejez odiosa
entregada te veo,
y todavía parecer hermosa
cuanto puedes procuras,
y burlas y haces mil desenvolturas.
Y con la voz temblando
cantas por despertar al perezoso
Amor, que reposando
se está despacio sobre el rostro hermoso
de Quía, la cantora,
que de su edad está en la flor agora.
Que sobre seca rama
no quiere hacer asiento ni manida
aquel malo, y desáma-
te, ya; porque la boca denegrida
y las canas te afean,
que en la nevada cumbre ya blanquean.
Y no son poderosas
ni las granas de Coo, ni los brocados,
ni las piedras preciosas
a tornarte los años, que encerrados
debajo de su llave,
dejó la edad que vuela más que el ave.
¿Qué se hizo aquel donaire,
aquella tez hermosa? ¿Dó se ha ido
del movimiento el aire?
¿Aquella, aquella, dó ha desaparecido,
aquella en quien bullía
Amor, que enajenado me tenía?
No hubo más amada
beldad después de Cínara, más clara,
de más gracias dotada;
mas, ¡ay!, cómo robó la muerte avara
a Cínara temprano,
y con la Lice usó de larga mano.
Diole que en larga vida
con la antigua corneja compitiese,
de años consumida,
para que con gran risa ver pudiese
la gente moza herviente,
vuelta en pavesa ya la hacha ardiente.

Epodos. Oda II. Beatus ille

Dichoso el que de pleitos alejado,
cual los del tiempo antigo,
Labra sus heredades no obligado
al logrero enemigo.
Ni l'arma en los reales le despierta,
ni tiembla en la mar brava;
Huye la plaza y la soberbia puerta
de la ambición esclava.
Su gusto es o poner la vid crecida
al álamo ayuntada,
contemplar cuál pace, desparcida,
el valle su vacada.
Ya poda el ramo inútil, ya enjiere
en su vez el extraño;
castra sus colmenas o, si quiere,
tresquila su rebaño.
Pues cuando el padre Otoño muestra fuera
su cabeza galana,
¡Con cuánto gozo coge la alta pera,
las uvas como grana!
Y a ti, sacro Silvano, las presenta,
que guardas el ejido;
Debajo un roble antiguo ya se asienta,
ya en el prado florido.
El agua en las acequias corre, y cantan
los pájaros sin dueño;
Las fuentes, al murmullo que levantan,
despiertan dulce sueño.
Y ya que el año cubre campo y cerros
con nieve y con heladas,
lanza el jabalí con muchos perros
en las redes paradas;
los golosos tordos, o con liga
con red engañosa,
la extranjera grulla en lazo obliga,
que es presa deleitosa.
Con esto, ¿quién el pecho no desprende
cuanto en amor se pasa?
¿Pues qué, si la mujer honesta atiende
los hijos y la casa?
Cual hace la sabina o calabresa,
de andar al sol tostada,
Y ya que viene el amo enciende apriesa
la leña no mojada.
Y hataja entre los zarzos los ganados,
y los ordeña luego;
Y pone mil manjares no comprados,
y el vino como fuego.
Ni me serán los rombos más sabrosos,
ni las ostras, ni el mero,
Si algunos con levantes furïosos
nos da el invierno fiero.
Ni el pavo caerá por mi garganta,
ni el francolín greciano,
Más dulce que la oliva que quebranta
la labradora mano.
La malva o la romaza enamorada
del vicïoso prado;
La oveja en el disanto degollada,
el cordero quitado
Al lobo; y mientras como, ver corriendo
cuál las ovejas vienen;
Ver del arar los bueyes, que volviendo
apenas se sostienen;
Ver de esclavillos el hogar cercado,
enjambre de riqueza.
Ansí, dispuesto un cambio, y el arado
loaba la pobreza.
Ayer puso a sus ditas todas cobro;
mas hoy ya torna al logro.

De Tibulo. Lib. II. Elegía III Rura tenent

Al campo va mi amor y va a la aldea.
El hombre que morada un punto solo
hiciere en la ciudad, maldito sea.
La mesma Venus deja el alto polo,
y a los campos se va; y el dios Cupido
se torna labrador por esto solo.
¡Ay! Yo con qué placer, si permitido
me fuera, adonde estás, con el arado
rompiera el fértil campo endurecido.
Y en hábito de aldea, disfrazado,
siguiera el paso de los bueyes lento,
de tus hermosos ojos sustentado.
Si me abrasara el sol, ningún tormento
sintiera ni dolor, aunque la esteva
las manos me llagara en partes ciento.
Que Apolo bien ansí, en forma nueva,
de las vacas de Admeto fue vaquero,
e hizo de su amor ilustre prueba.
Su música y belleza contra el fiero
Amor no le valió, ni saludable
yerba de cuantas él halló primero.
Toda su medicina al incurable
golpe quedó rendida, y traspasada
su alma fue con flecha penetrable.
Llevó y tornó del pasto la vacada,
la leche por su mano fue exprimida,
y con el blanco cuajo fue mezclada.
Y con delgadas mimbres fue tejida
la forma para el queso, de su mano,
dejando libre al suero la salida.
¡Ay! Cuántas veces, cuántas, de su hermano,
que en pos de algún novillo le encontraba,
se avergonzó Dïana; mas en vano.
El cabello que al oro despreciaba,
revuelto le traía y desgreñado;
que el duro Amor ansí se lo mandaba.
¡Oh venturosa edad! ¡Siglo dorado!,
cuando sin deshonor ni inconveniente,
aun a los mismos dioses era dado
servir al dulce amor abiertamente.

De Píndaro. Olímpicas. Oda I

El agua es bien precioso,
y entre el rico tesoro,
como el ardiente fuego en noche escura,
ansí relumbra el oro;
mas, alma, si es sabroso
cantar de las contiendas la ventura,
ansí como en la altura
no hay rayo más luciente
que el sol, que es rey del día,
por todo el yermo cielo se demuestra;
ansí es más excelente
la olímpica porfía,
de todas las que canta la voz nuestra,
materia abundante,
donde todo elegante
ingenio alza la voz, ora cantando
de Rea y de Saturno el engendrado,
y juntamente entrando
el techo de Hierón, alto, preciado.
Hierón, el que mantiene
el cetro merecido
del abundoso suelo siciliano;
y dentro en sí cogido
lo bueno y la flor tiene
de cuanto valor cabe en pecho humano.
Y con maestra mano
discanta señalado
en la más dulce parte
del canto, la que infunde más contento,
y en el banquete amado
mayor dulzor reparte.
Mas toma ya el laúd, si el sentimiento
con dulces fantasías
te colma y alegrías;
la gracia de Fernico, el que en Alfeo
volando sin espuela en la carrera,
y venciendo el deseo
del amo, le cobró la voz primera.
Del amo glorïoso
en la caballería,
que en Siracusa tiene el principado,
y rayos de sí envía
su gloria en el famoso
lugar que fue por Pélope fundado;
por Pélope, que amado
fue ya del gran Neptuno,
luego que a ver el cielo
la Cloto lo produjo, relumbrando
en blanco marfil, uno
de sus hombros, al suelo
con la extrañez jamás vista admirando.
Hay milagrosos hechos,
y en los humanos pechos
más que no la verdad desafeitada,
la fábula, con lengua artificiosa
y dulce fabricada,
para lanzar su engaño es poderosa.
Merced de la poesía,
que es la fabricadora
de todo lo que es dulce a los oídos,
y ansí lo enmiela y dora,
que hace cada día
los casos no creíbles ser creídos;
mas los días nacidos
después ven el engaño.
Lo que conviene al hombre
es fingir de los dioses lo que es dino;
siquiera es menor daño.
Por donde a mí me viene
al ánimo cantar de ti, divino
Tantálides, diverso
de lo que canta el verso
de los antepasados; y es que habiendo
a los dioses tu padre convidado,
y en Sílipo comiendo,
Neptuno te robó de amor forzado.
Domóle amor el pecho,
y en carro reluciente
te puso donde mora el Jove magno:
a do en la edad siguiente
vino al saturnio lecho
en vuelo el Ganimedes soberano.
Mas como al ojo humano
huiste, y mil mortales
que luengo te buscaron,
a tu llorosa madre no trujeron
ni rastro ni señales;
por tanto no faltaron
vecinos envidiosos que dijeron
que por crüel manera
en ferviente caldera,
cortado miembro a miembro y parte a parte,
los dioses te cocieron, y traído
a la mesa de este arte,
entre ellos te comieron repartido.
Mas tengo por locura
hacer del vientre esclavo
a celestial alguno, y carnicero.
Yo, al fin mis manos lavo,
que de la desmesura
el daño y el desastre es compañero,
y más que de primero
el Tántalo fue amado
de los gobernadores
del cielo, si lo fue ya algún terreno;
bien que al amontonado
tesoro de favores
no le bastando el pecho de relleno,
rompió en un daño fiero,
que el Júpiter severo
le sujetó a la peña caediza,
y ansí el huir que siempre fantasea,
y el miedo que le atiza,
ajénale de cuanto se desea.
Y de favor desnudo
padece otros tres males
demás deste mal crudo; porque osada-
mente dio a sus iguales
la ambrosía que no pudo,
y el néctar do los dioses colocada
tienen su bienhadada
y no finible vida.
¡Mas cuánto es loco y ciego
quien fía de encubrir su hecho al cielo!
Después desta caída
también el hijo luego
tornaron al lloroso y mortal suelo;
y como le apuntaba
la barba ya, y estaba
el mozo en su vigor y florecía,
al rico y generoso casamiento,
que entonces se ofrecía,
el ánimo aplicó y el pensamiento.
Ardiendo, pues, desea
a la Hipodamía,
del ilustre Pisata clara planta,
y a do la mar batía
cuando la noche afea
el mundo, sólo busca al que quebranta
las ondas, y levanta
al cual, que encontinente
junto dél aparece,
le dice: «Si contigo aquel pasado
tiempo sabrosamente
algo puede y merece,
y si ya mi dulzor te vino en grado,
enflaquece la mano,
y lanza de Oenomano,
y dame la victoria en Elis puesto,
que a dilatar las bodas y concierto
el padre está dispuesto,
dado que son ya trece los que ha muerto.
Lo grande y peligroso
no es, no, para el cobarde;
el alto y firme pecho lo presume.
Y pues temprano o tarde
es el morir forzoso,
¿quién es el que sin nombre y vil consume,
y en honda noche sume
el tiempo de la vida,
de toda prez ajeno?
Al fin yo estoy resuelto en esta empresa
y tuya es la salida,
y el dar suceso bueno».
Y dicho esto calló; mas no fue aviesa
de aquesta su reqüesta,
la divinal respuesta:
porque dándole nueva valentía,
le puso en carro de oro, en los mejores
caballos que tenía,
con alas no cansadas, voladores.
Y ansí alcanzó victoria
del contendor valiente
y fue suya la virgen, y casados
viviendo luengamente,
de alto hecho y gloria,
seis príncipes, seis hijos engendrados
dejaron; y pasados
los días, yace agora
en tumba suntuosa
a par del agua alfea, a par del ara,
de las que el mundo adora
la más noble y gloriosa;
y hace que su nombre y fama clara
por mil partes se extienda
la olímpica contienda,
que se celebra allí, do el pie ligero,
do hacen las osadas fuerzas prueba,
y quien sale primero,
dulcísimo descanso y gozo lleva
Para toda la vida.
Tanto es precioso y caro
el premio que consigue, y siempre aviene
ser excelente y raro
el bien que, de avenida,
y junto y en un día al hombre viene;
mas a mí me conviene
con alto y noble canto
por más aventajado
en el veloz caballo coronarte,
Hierón ilustre, y cuanto
a todos en estado
vences, y en claros hechos celebrarte
tanto con más hermosas
y más artificiosas
canciones yo presumo. Vive y crece;
que Dios tiene a su cargo tu ventura,
y si no desfallece,
aun yo te cantaré con más dulzura.
Cantarte he victorioso
en voladora rueda,
y el Cronio, que hacia el sol contino mira,
para que tanto pueda
me infundirá copioso
don de palabras vivas, que en mí inspira
fortísima y me tira,
ansí hecha señora,
la Musa poderosa;
que cada uno en uno se señala,
y todo al rey adora.
No busques mayor cosa,
y el cielo que en lo alto de la escala
te puso, te sustente
allí continamente.
Y yo, de tan ilustre compañía,
me vea de contino rodeado,
y, claro en poesía,
por todo el griego suelo andar nombrado.

De Eurípides. Fragmento de la Andrómaca

No trujo esposa a Troya cosa buena,
mas pestilencia mala y desventura,
cuando a su lecho Paris trajo a Elena,
Por quien cayendo, ¡oh Troya!, de tu altura,
el Marte griego de mil naos cercado
con fuego te deshizo y lanza dura.
Y a mi esposo que, triste, al carro atado
le trajo en torno el muro por el suelo,
Y yo de mi alto techo al desconsuelo
de aquesta triste playa fui traída,
cubierta de cautivo, horrible vuelo.
¡Cuánta agua por mi faz cayó vertida,
cuando dejé mi casa y mi marido!
¡Ay triste! ¿Para qué veo el sol lucido,
esclava de Hermione, brava y cruda,
que a aqueste duro estrecho me ha traído?
Que ansiosa y de mortal favor desnuda,
estoy a aquesta imagen abrazada,
en lloro deshaciéndome, cual suda
el agua por la piedra destilada.

Otro fragmento de la misma

O no nacer jamás escojo y quiero,
ser de padres buenos,
y en techos suntuosos heredero,
y de nobleza llenos.
Que si lo que es difícil acontece,
los que son bien nacidos,
no son de lo que ayuda y favorece
en la escasez validos.
De la proeza antigua y celebrada
les viene honra y gloria;
que de los virtuosos no es gastada
con tiempo la memoria.
Que aun muertos, su virtud les resplandece
como clara lumbrera;
y ansí es mejor perder lo que se ofrece
por no justa manera,
Que con ofensa odiosa y violenta
hollar a la justicia.
Bien es aquesto dulce, y bien contenta
a la mortal malicia;
Mas ésta con el tiempo se marchita
su flor, y seca queda;
y afrenta a las familias da infinita
en cuanto el siglo rueda.
Por do el vivir que juzgo por debido,
es lo que digo agora,
en lo de la ciudad, en lo ascondido
a do cada uno mora.
El mando de igualdad desamparado
no debe ser preciado.

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