Fray Luis de Léon, Poesía

Libro II.
Traducciones de clásicos. De Virgilio

Égloga I. Tírito y Melibeo

Mel.- Tú, Títiro, a la sombra descansando
desta tendida haya, con la avena
el verso pastoril vas acordando.
Nosotros, desterrados; tú, sin pena,
cantas de tu pastora, alegre, ocioso,
y tu pastora el valle y monte suena.
Tít.- Pastor, este descanso tan dichoso
Dios me lo concedió, que reputado
será de mí por dios aquel piadoso,
Y bañará con sangre su sagrado
altar muy muchas veces el cordero
tierno, de mis ganados degollado.
Que por su beneficio soy vaquero,
y canto, como ves, pastorilmente
lo que me da contento y lo que quiero.
Mel.- No te envidio tu bien; mas grandemente
me maravillo haberte sucedido
en tanta turbación tan felizmente.
Todos de nuestro patrio y dulce nido
andamos alanzados. Vesme agora
aquí cuál voy enfermo y afligido,
Y guío mis cabrillas; y esta que hora
en medio aquellos árboles parida,
¡ay!, con lo que el rebaño se mejora.
Dejó dos cabritillos, dolorida,
encima de una losa, fatigado
de mí sobre los hombros es traída.
¡Ay triste!, que este mal y crudo hado,
a nuestro entendimiento no estar ciego
mil veces nos estaba denunciado.
Los robles lo decían ya, con fuego
tocados celestial, y lo decía
la siniestra corneja desde luego.
Mas tú, si no te ofende mi porfía,
declárame, pastor, abiertamente
quién es aqueste dios de tu alegría.
Tít.- Pensaba, Melibeo, neciamente,
pensaba yo que aquella que es llamada
Roma, no era en nada diferente
De aquesta villa nuestra acostumbrada,
adonde las más veces los pastores
llevamos ya la cría destetada.
Ansí con los perrillos los mayores,
ansí con las ovejas los corderos,
y con las cosas grandes las menores.
Solía comparar; mas los primeros
lugares, con aquélla comparados,
son como dos extremos verdaderos,
Que son de Roma ansí sobrepujados,
cual suelen del ciprés, alto y subido,
los bajos romerales ser sobrados.
Mel.- Pues di: ¿cuál fue la causa que, movido,
a Roma te llevó? Tit.- Fue libertarme;
lo cual, aunque algo tarde, he conseguido.
Que, al fin, la libertad quiso mirarme
después de luengo tiempo, y, ya sembrado
de canas la cabeza, pudo hallarme;
Después que Galatea me ha dejado,
y soy de la Amarilis prisionero,
y vivo a su querer todo entregado.
Que en cuanto duró aquel imperio fiero
en mí de Galatea, yo confieso
que ni curé de mí ni del dinero.
Llevaba yo a la villa mucho queso;
vendía al sacrificio algún cordero,
mas no volvía rico yo por eso.
Mel.- Y esto fue aquel semblante lastimero
que tanto en Galatea me espantaba;
esto por qué llamaba al cielo fiero.
Esto por qué tristísima dejaba
la fruta sin coger en su cercado,
pues Títiro, su bien, ausente estaba.
Tú, Títiro, te habías ausentado,
los pinos y las fuentes te llamaban,
las yerbas y las flores de este prado.
Tít.- ¿Qué pude? Que mil males me cercaban,
y allí para salir de servidumbre
los cielos más dispuestos se mostraban.
Que allí vi, Melibeo, aquella cumbre,
aquel divino mozo por quien uno
mi altar en cada mes enciende lumbre.
Allí primero dél que de otro alguno
oí: «Paced, vaqueros, libremente,
paced como solía cada uno».
Mel.- Por manera que a ti perpetuamente
te queda tu heredad, ¡oh bienhadado!,
aunque pequeña, pero suficiente.
Bastante para ti demasiado,
aunque de pedregal y de pantano
lo más de toda ella está ocupado.
No dañará el vecino grey mal sano
con males pegadizos tu rebaño,
dejando tu esperanza rica en vano.
No causará dolencia el pasto extraño
en lo preñado dél, ni en lo parido
las nunca usadas yerbas harán daño.
Dichoso poseedor, aquí tendido
del fresco gozarás, junto a la fuente
a la margen del río do has nacido.
Las abejas aquí continamente,
deste cercado hartas de mil flores,
te adormirán sonando blandamente.
Debajo la alta peña sus amores
el leñador aquí, cantando al viento,
esparcirá, y la tórtola dolores.
La tórtola en el olmo haciendo asiento
repetirá su queja, y tus queridas
palomas sonarán con ronco acento.
Tít.- Primero los venados las tendidas
lagunas pacerán, y el mar primero
denegará a los peces sus manidas,
Y beberá el Germano y Parto fiero,
troncando sus lugares naturales,
el Albi aquéste, el Tigri aquél, ligero;
Primero, pues, que aquellas celestiales
figuras de aquel mozo, de mi pecho
borradas, desparezcan las señales.
Mel.- Nosotros pero iremos con despecho,
unos, a los sedientos Africanos,
otros, a los de Scitia, campo estrecho,
Y otros a los montes y a los llanos
de la Creta, y del todo divididos
de nuestra redondez a los Britanos.
Después de muchos días ya corridos,
¡ay!, si avendrá que viendo mis majadas,
las pobres chozas, los paternos nidos;
Después de muchas mieses ya pasadas,
si viéndolas diré maravillado:
¡Ay, tierras, ay, dolor, mal empleadas!
¿Tan buenas posesiones un soldado
maldito, y tales mieses tendrá un fiero?
¡Ved para quién hubimos trabajado!
Ved a qué miserable y lastimero
estado a los cuitados ciudadanos
condujo el obstinado pecho entero.
Ve, pues, ¡oh Melibeo!, y con tus manos
en orden pon las vides, y curioso
enjiere los perales y manzanos.
Andad, ganado mío, ya dichoso;
dichosas ya en un tiempo, id, cabras mías,
que ya no cual solía, alegre, ocioso,
No estando ya tendido en las sombrías
cuevas, os veré lejos ir paciendo,
colgadas por las peñas altas, frías.
No cantaré; ni yéndoos yo paciendo,
vosotras ni del cítiso florido,
ni del amargo sauce iréis cogiendo.
Tít.- Podrías esta noche aquí tendido
en blanda y verde hoja dar reposo
al cuerpo flaco, al ánimo afligido.
Y cenaremos bien, que estoy copioso
de maduras manzanas, de castañas
enjertas, y de queso muy sabroso.
Y ya las sombras caen de las montañas
más largas, y convidan al sosiego;
y ya de las aldeas y cabañas
despide por los techos humo el fuego.

Égloga II. Alexis

En fuego Coridón, pastor, ardía
por el hermoso Alexi, que dulzura
era de su señor, y conocía
que toda su esperanza era locura.
Solo, siempre que el sol amanecía,
entrando de unas hayas la espesura,
con los montes a solas razonaba,
y en rudo verso en vano ansí cantaba:
«No curas de mi mal, ni das oído
a mis querellas, crudo, lastimeras,
ni de misericordia algún sentido,
Alexi, en tus entrañas vive fieras.
Yo muero en viva llama consumido;
tú siempre en desamarme perseveras,
ni sientes mi dolor, ni yo te agrado,
por donde me será el morir forzado.
»Busca el ganado agora lo sombrío,
y por las cambroneras espinosas
metidos los lagartos buscan frío,
y Téstilis comidas provechosas
compone, a los que abrasa el seco estío,
con ajos y con yerbas olorosas:
conmigo por seguirte, al sol ardiente
resuena la cigarra solamente.
»¡Ay triste! ¿Y no me hubiera mejor sido
las iras de Amarilis, los enojos
y su desdén soberbio haber sufrido,
y haber dado a Menalca mis despojos?
Bien que es Menalca un poco denegrido,
bien que tú en color, blanco, hermoso en ojos,
mas no fíes en eso, que preciada
sobre la blanca rosa es la violada.
»Despréciasme arrogante, y no te curas
de mí, ni de saber cuánto poseo
en queso y en ganado; las alturas
pazco con mil ovejas del Liceo,
en el estío, en las heladas duras,
de fresca leche falto no me veo;
canto como el Anfión ya cantaba
las veces que sus vacas convocaba.
»Pues menos soy tan feo, que aun agora
estando el mar en calma he contemplado
mi rostro en la ribera, y si no mora
pasión en mí, con Dafni comparado,
no temeré tu voz despreciadora,
ni temeré de ti ser condenado:
ansí no condenases las cabañas,
el apriscar, la caza, las montañas.
»El perseguir los ciervos temerosos
con ponzoñosas flechas, ¡ay!, te agrade;
al pasto los cabritos deseosos
guiar con verde acebo no te enfade;
morar los montes yermos y fragosos,
a ti ni la cabaña desagrade;
que puesto entre las selvas y cantando
conmigo irás al dios Pan imitando.
»El Pan fue el que primero sabiamente
en la flauta diversas voces puso;
de grueso y de tamaño diferente
con cera muchas cañas Pan compuso.
Pan guarda las ovejas, Pan la gente
del campo; y no te pese hacer al uso
de la docta zampoña el labio bello,
que Amintas se perdía por sabello.
»Tengo de siete voces bien formada
una sonora flauta que me diera
Dameta, ya muriendo, en la pasada
siega, diciéndome de esta manera:
-Tú me sucede en ésta, que tocada
por ti, te acordará de mí siquiera.
Dametas me la dio; quedó lloroso
Amintas, el tontillo, de invidioso.
»Tengo dos corzos que una oveja cría,
de pelo blanco a manchas variados;
agótanle las tetas cada día,
y fueron con peligro mío hallados;
llevármelos la Téstilis porfía:
yo para ti los tengo muy guardados,
y al fin los llevará, pues en mis dones,
despreciador, los ojos aun no pones.
»Ofrécente las ninfas oficiosas
sus canastillos de azucenas llenos;
coge para ti Nais, la blanca, rosas,
la viola, los lirios, los amenos
acantos y amapolas olorosas,
flores de anís y los tomillos buenos,
y casia y otras mil yerbas divinas,
junto con el jazmín las clavellinas.
»Pues yo te cogeré manzanas bellas
cubiertas de su flor, y las queridas
castañas de Amarilis, y con ellas
ciruelas que merecen ser cogidas.
Tú, mirto, y tú, laurel, iréis sobre ellas,
que juntos oléis bien. ¡Ay tosco! ¿Olvidas
que Alexi de los dones no hace caso,
y que, si a dones va, no es Yola escaso?
»¿Qué hice? ¡Ay sin sentido!, puesto he fuego
en el rosal amado, en la agua pura
lancé los jabalís, turbé el sosiego
del líquido cristal. ¡Ay!, la espesura
del bosque moró Apolo; ¿qué huyes, ciego?
Y el Paris en el bosque halló ventura;
Palas more sus techos suntuosos,
nosotros por los bosques deleitosos.
»Por las montañas la leona fiera
al ya no osado lobo hambriento sigue;
el lobo carnicero a la ligera
cabra, de día y noche la persigue;
en pos de la retama y cambronera
la cabra golosísima prosigue;
yo en pos de ti, ¡oh Alexi!, y de consuno
en pos de sus deleites cada uno.
»Su obra ya los bueyes fenecida,
y puesto sobre el yugo el curvo arado,
se tornan, y la sombra ya extendida
de Febo, que se pone apresurado
huyendo, alarga el paso, y la crecida
llama, que me arde el pecho, no ha menguado;
mas ¿cómo menguará? ¿Quién puso tasa?
¿Quién limitó con ley de amor la brasa?
»¡Ay Coridón! ¡Ay triste! ¿Y quién te ha hecho
tan loco, que en tu mal embebecido,
la vid aún no has podado? Vuelve al pecho;
recobra el varonil vigor perdido;
haz algo necesario o de provecho,
de blando junco o mimbre algún tejido:
que si te huye aqueste desdeñoso,
no faltará otro Alexi más sabroso».

Égloga III. Dametas, Menalcas, Palemon

Men.- Dime, ¿es de Melibeo este ganado?
Dam.- No es sino de Egón, que el mismo Ego
agora me lo había encomendado.
Men.- ¡Ovejas desdichadas! Hace entrego
de sí mismo a Neera, preferido
porque yo no lo sea, y arde en fuego,
Y fía su ganado de un perdido;
ordéñasle dos veces en un hora,
la madre dejas seca y desvalido
El hijo. -Dam.- Paso, amigo, que aun agora
nos acordamos quién... ya me entendistes,
y adónde, aunque la diosa que allí mora
Con ojos lo miró no nada tristes;
y de través las cabras lo miraron.
¡Mirad que habláis con hombre! ¿Bien me oístes?
Men.- Sí, sí; en el mismo tiempo que me hallaron
cortando de Micones las posturas
con mala podadera, y me prendaron.
Dam.- O cuando junto a aquellas espesuras
el arco y la zampoña quebrantabas
de Dafni con entrañas, malo, duras;
En envidiosa rabia te abrasabas,
porque lo había el zagalejo dado,
y si no le dañaras, reventabas.
Men.- ¿Qué no osará quien puede, si un malvado
ladrón ansí se atreve? Di, atrevido,
¿no fue de ti un cabrón a Damo hurtado,
Y la Licisca al cielo alzó el ladrido?
Grité: «¿Dó sale aquél? Títiro, mira»;
tú en la juncada estabas ascondido.
Dam.- Cantando vencí a Damo. ¿Quién me tira
cobrar lo que mi musa mereciera,
si Damo de lo puesto se retira?
Si no lo sabes, mío el cabrón era,
y el mismo Damo serlo confesaba;
negábamelo no sé en que manera.
Men.- ¿Tú a él?, ¿tú tocas flauta?, ¿no sonaba
tu caramillo vil por los oteros,
y el verso miserable aún no igualaba?
Dam.- ¿Pues quieres que probemos esos fieros?
Yo pongo esta becerra, que dos cría,
y hinche cada tarde dos lecheros.
Yo pongo; no rehúyas la porfía;
tú di lo que pondrás, y experimenta
a dó llega tu musa, a dó la mía.
Men.- Del ganado no pongo, que doy cuenta
por horas a mi padre, y una dura
madrastra aun los cabritos también cuenta.
Mas si adelante llevas tu locura,
pondré lo que dirás que es más precioso:
dos vasos ricos de haya y bella hechura.
Labrólos Alcimedon ingenioso;
formó por la redonda entretejido
como de hiedra y vid un lazo hermoso.
En el medio, de bulto está esculpido
el Conon, y aquel otro que pusiera
el mundo por sus partes repartido;
El que mostró la siega y sementera,
y del arar el tiempo conveniente.
Nuevos los tengo en casa en su vasera.
Dam.- Del mismo tengo dos extrañamente
hechos: las asas ciñe un verde acanto,
y en medio del relieve está eminente
Orfeo, y su montaña atenta al canto.
Nunca los estrené; más comparada
la vaca, los tus vasos no son tanto.
Men.- Saldré a cualquier partido, y si te agrada
será jüez Palemon, que allí viene;
que yo enmudeceré tu voz osada.
Dam.- A ello, que a mí nada me detiene;
mas para escarmentar aqueste osado,
que atiendas bien, Palemon, nos conviene.
Palem.- Sobre esta yerba donde estoy sentado
cantad, que agora el tiempo nos convida,
que viste de verdura y flor el prado.
Agora el bosque cobra la perdida
hoja, y agora el año es más hermoso;
agora inspira el cielo gozo y vida.
Comienza tú, Dameta, y tú, gracioso
Menalca, le responde alternamente,
que el responderse a veces es sabroso.
Dam.- De Júpiter diré primeramente,
que al cielo y a la tierra está vecino,
y escucha mi cantar atentamente.
Men.- Y a mí Febo me ama, y de contino
sus dones le presento, el colorado
jacinto y el laurel verde, divino.
Dam.- Traviesa, Galatea me ha tirado,
perdida por ser vista, una manzana,
que luego entre los sauces se ha lanzado.
Men.- Mi dulce fuego, Amintas, de su gana
se viene a mi cabaña, conocido
más ya de mis mastines que Diana.
Dam.- Ya tengo con qué hacer a mi querido
amor gentil presente, porque veo
adónde dos palomas hacen nido.
Men.- Conforme yo al poder y no al deseo,
diez cidras a mi bien he presentado,
y mañana otras diez dalle deseo.
Dam.- ¡Oh cuántas y qué cosas platicado
conmigo ha Galatea! ¡Oh si el viento
algo dello a los dioses ha llevado!
Men.- ¿Qué me sirve que, Amintas, mi contento
desees, si yo aguardo en la parada,
y sigues tú del gamo el movimiento?
Dam.- Envíame a la Filis, que es llegada
mi fiesta; y ven tú, Yola, cuando fuere
la vaca por mí a Ceres degollada.
Men.- Amo la hermosa Filis que me quiere,
y me dijo llorosa en la partida:
«Adiós, gentil zagal, si no te viere».
Dam.- El lobo es al ganado, y la avenida
a las mieses, al árbol, enemigo,
el viento, a mí Amarili embravecida.
Men.- Ama el sembrado el agua, sigue amigo
la rama el cabritillo destetado,
la madre el sauz, yo a sólo Amintas sigo.
Dam.- Mi musa pastoril ha contentado
a Polio; apacentad con mano llena,
Musas, una ternera a vuestro amado.
Men.- De versos tiene Polio rica vena:
un toro le criad que a cuerno hiera,
y con los pies esparza ya la arena.
Dam.- Quien, Polio, bien te quiere, lo que espera
le venga, y de la encina dulces dones,
y amomo coja de la zarza fiera.
Men.- Quien no aborrece a Bavio, los borrones
ame de Mevio y lea, y juntamente
las zorras junza, ordeñe los cabrones.
Dam.- Los que robáis el prado floreciente
huid presto ligeros, que se asconde
debajo de la yerba la serpiente.
Men.- Mirad por el ganado, que no ahonde
el paso, que la orilla es mal segura;
¿no veis cuál se mojó el carnero, y dónde?
Dam.- No pazcas par del río; a la espesura
guía, Títiro, el hato, que a su hora
yo le bañaré todo en fuente pura.
Men.- Las ovejas, zagal, recoge, que hora
si las coge el calor, después en vano
se cansará la palma ordeñadora.
Dam.- ¡Ay, en cuán buenos pastos, cuán mal sano
y flaco estás, mi toro; y al ganado
y al ganadero mata amor insano!
Men.- El mal de estos corderos no es causado
de amor, y tienen sólo hueso y cuero;
no sé cuál ojo malo os ha mirado.
Dam.- ¿Dime dónde -y tenderte he por certero,
tenderte he por Apolo- deste cielo
apenas se descubre un codo entero?
Men.- Mas dime tú, ¿a dó produce el suelo
en las rosas escritos los reales
nombres, y goza a Filis sin recelo?
Palem.- No es mío el sentenciar contiendas tales;
y tú mereces y éste la becerra,
y quien canta de amor los dulces males,
y quien prueba de amor la amarga guerra.

Égloga IV. Sicelides

Un poco más alcemos nuestro canto,
Musa, que no conviene a todo oído
decir de las humildes ramas tanto.
El campo no es de todos recibido,
y si cantamos campo, el campo sea
que merezca del Cónsul ser oído.
La postrimera edad de la Cumea
y la doncella virgen ya es llegada,
y torna el reino de Saturno y Rea.
Los siglos tornan de la edad dorada;
de nuevo largos años nos envía
el cielo y nueva gente en sí engendrada.
Tú, Luna casta, llena de alegría,
favorece, pues reina ya tu Apolo,
al niño que nació en aqueste día.
El hierro lanzará del mundo él solo,
y de un linaje de oro el más preciado
el uno poblará y el otro polo.
En este vuestro, en este consulado,
Polio, de nuestra edad gran hermosura,
tendrá principio el rico y alto hado.
En él comenzarán con luz más pura
los bienhadados meses su carrera,
y el mal fenecerá, si alguno dura.
Lo que hay de la maldad nuestra primera
deshecho, quedarán ya los humanos
libres de miedo eterno, de ansia fiera.
Mezclados con los dioses soberanos,
de vida gozarán, cual ellos, llena
de bienes deleitosos y no vanos.
Verálos, y verán su suerte buena
y del valor paterno rodeado
cuanto se extiende el mar, cuanto la arena,
Con paz gobernará. Pues, niño amado,
este primero don inculto y puro
el campo te presenta de su grado.
Ya te presenta el campo el bien seguro
bácar, la verde yedra trepadora,
el lirio blanco, el trébol verde, escuro.
Y las ovejas mismas a su hora
de leche vienen llenas, sin recelo
de lobo, de león y de onza mora.
Tus cunas brotan flores, como un velo
derraman sobre ti de blancas rosas,
y no produce ya ponzoña el suelo,
Ni yerbas ni serpientes venenosas;
antes sin diferencia ha producido
en todas partes yerbas provechosas.
Pues cuando comenzare en ti el sentido
de la virtud, y fueres ya leyendo
los hechos de tu padre esclarecido,
De suyo se irá al campo enrojeciendo
con fértiles espigas, y colgadas
las uvas en la zarza irán creciendo.
Los robles en las selvas apartadas
miel dulce manarán; mas todavía
habrá del mal antiguo sus pisadas.
Habrá quien navegando noche y día
corte la honda mar, quien ponga muro
contra el asalto fiero y batería,
Quien rompa arando el campo seco y duro;
habrá otro Tifi y Argo, otros nombrados
que huyan por la gloria el ocio escuro.
Habrá otros desafíos aplazados,
irá otra vez a Troya, conducido
de su virtud, Aquiles y sus hados.
Mas ya cuando la firme edad crecido
te hiciere ser varón, el marinero
la mar pondrá y las naves en olvido.
El pino mercader rico y velero,
no ya de sus confines alejado,
lo propio trocará con lo extranjero.
Que adonde quiera todo será hallado
sin reja y sin esteva o podadera,
sin que ande al yugo el toro, el cuello atado.
No mudará la lana su primera
color con artificios, enseñada
a demostrarse otra de lo que era.
Porque en la oveja nace colorada
con carmesí agradable, y con hermoso
rojo y con amarillo inficionada.
El sandix, de sí mismo, en el vicioso
prado pacido, viste a los corderos
por hado no mudable ni dudoso.
Porque con voz concorde, y sus ligeros
husos las Parcas dicen volteando:
«¡Venid tales, los siglos venideros!»
Emprende, que ya el tiempo viene andando,
pimpollo, ¡oh divinal obra del cielo!,
lo grande que a ti solo está esperando.
Mira el redondo mundo, mira el suelo;
mira la mar tendida, el aire, y todo
ledo esperando el siglo de consuelo.
¡Oh si el benigno hado de tal modo
mis años alargase que pudiese
tus hechos celebrar y bien, del todo!
Que si conmigo Orfeo contendiese,
y si cantando contendiese Lino,
aunque la madre y padre de éstos fuese
Calíope de Orfeo, y del divino
Lino el hermoso Apolo, no sería
mi canto que su canto menos dino.
Ni el dios de Arcadia, Pan, me vencería;
y aunque fuese jüez la Arcadia desto,
la Arcadia en mi favor pronunciaría.
Conoce, pues, con blando y dulce gesto,
¡oh niño!, ya a tu madre, que el preñado
por largos meses diez le fue molesto.
Conócela; que a quien no han halagado
sus padres con amor y abrazo estrecho,
ni a su mesa los dioses le han sentado,
ni le admiten las diosas a su lecho.

Égloga V. Menalcas, Mopso

Men.- Pues nos hallamos juntos, Mopso, agora,
maestros, tú en tañer suavemente,
y yo en cantar con dulce voz sonora,
¿Por qué no nos sentamos juntamente
debajo de estos córilos, mezclados
con estos olmos ordenadamente?
Mop.- Tú eres el mayor; a ti son dados,
Menalca, los derechos de mandarme,
y a mí el obedecer a tus mandados.
Y pues que ansí te place, aquí sentarme,
a la sombra que el Céfiro menea,
quiero, y es mejor, allí llegarme
Al canto de la cueva, que rodea,
cual ves, con sus racimos volteando
silvestre vida en torno, y hermosea.
Men.- Conmigo mismo estoy imaginando,
que Aminta en nuestro campo es quien contigo
tan sólo competir puede cantando.
Mop.- ¿Qué mucho es que compita aquél conmigo?
Presumirá vencer al dios de Delo.
Men.- Mas di si hay algo nuevo, Mopso amigo;
di del amor de Fili y desconsuelo,
di en loor de Alcón, o de los fieros
de Codro; y de tu grey pierde el recelo.
Pierde, que habrá quien guarde los corderos.
Mop.- Antes aquestos versos que he compuesto
quiero probar agora los primeros.
En la corteza escritos los he puesto
de un árbol, y su tono les he dado;
y di compita Amintas después desto.
Men.- Cuando es el blando sauz sobrepujado
de la amarilla oliva, y el espliego,
del rosal es vencido colorado;
Tanta ventaja tú, si no estoy ciego,
haces al mozo Amintas. Mas di agora,
que ya en la cueva estamos, di hora luego.
Mop.- A Dafni, pastor, muerto con traidora
y muerte crudelísima, lloraban
toda la deïdad que el agua mora.
Testigos son los ríos cuál estaban,
cuando del miserable cuerpo asidos
los padres las estrellas acusaban.
No hubo por quien fuesen conducidos
los bueyes a beber aquellos días,
ni fueron los ganados mantenidos.
Aun los leones mismos en sus frías
cuevas tu muerte, Dafni, haber llorado
dicen las selvas bravas y sombrías.
Que por tu mano, Dafni, el yugo atado
al cuello, va el león y tigre fiero.
Tú el enramar las lanzas has mostrado;
Tú diste a Baco el culto placentero;
tú de tu campo todo y compañía
la hermosura füiste y bien entero;
Ansí como del olmo es alegría
la vid, y de la vid son las colgadas
uvas, y de la grey el toro es guía;
Cual hermosea el toro las vacadas,
como las mieses altas y abundosas
adornan y enriquecen las aradas.
Y ansí luego que, crudas y envidiosas,
las Parcas te robaron, se partieron
Apolo y sus hermanas muy llorosas.
Palas y Febo el campo aborrecieron,
y los sulcos que ya llevaban trigo,
de avena y grama estéril se cubrieron.
En vez de la violeta y del amigo
narciso, de sí mismo brota el suelo
espina, y cardo agudo y enemigo.
Pues esparcid ya rosas; poned velo
a las fuentes de sombra, que servido
ansí quiere ser Dafni desde el cielo.
Y con dolor, pastores, y gemido,
un túmulo poned, y en el lloroso
túmulo, aqueste verso esté esculpido:
Yo, Dafni, descansando aquí reposo;
nombrado entre las selvas hasta el cielo;
de hermosa grey pastor muy más hermoso.
Men.- Cuanto al cansado el sueño en verde suelo,
cuando el matar la sed en fresco río,
es causa de deleite y de consuelo;
No menos dulce ha sido al gusto mío
tu canto, y no tan sólo en la poesía,
mas en la voz, si yo no desvarío,
Igualas tu maestro y su armonía.
Dichoso, que por él serás tenido
fuera de toda duda y de porfía.
Mas por corresponder a lo que he oído,
en la forma y manera que pudiere,
quiero poner mis versos en tu oído.
Al cielo encumbraré, cuanto en mí fuere,
a tu Dafni; diré a tu Dafni un canto,
que Dafni a mí también me quiso y quiere.
Mop.- No hay don que a mi jüicio valga tanto,
y mereció en tus versos ser cantado,
y ya me los loaron con espanto.
Men.- De blanca luz en torno rodeado,
con nueva maravilla Dafni mira
el no antes visto cielo ni hollado;
Y puestos so sus plantas, viendo, admira
aquellos eternales resplandores,
y aparta la verdad de la mentira.
Allí, pues, de otras selvas y pastores
alegre y de otros campos goza y prados,
con otras Ninfas trata sus amores.
No temen allí el lobo los ganados,
ni las redes tendidas, ni el cubierto
lazo fabrica engaño a los venados.
Ama el descanso Dafni, y de concierto
los montes y las peñas pregonando
dicen: «Menalca es dios, éste es dios, cierto».
Favorece, pues, bueno prosperando
los tuyos y sus cosas amoroso,
los tuyos que tu nombre están cantando.
Que en este valle agora y bosque umbroso
levanto cuatro aras, y dedico
a Dafni dos, y dos a Febo hermoso.
Y en ellas cada un año sacrifico
de leche dos lecheros apurada,
y de olio vasos dos te santifico.
Y sobre todo en mesa embrïagada,
abundante con vino y alegría,
a la sombra o al fuego colocada.
-A la sombra en verano, mas el día
en que reinare el hielo, junto al fuego-
tu honor festejaremos a porfía.
Dametas y el Egón cantarán luego;
Alfeo imitará también, saltando
los sátiros con risa y dulce juego.
Esto tendrás perpetuo, siempre cuando
el día de las Ninfas, cuando fuere
el día que los campos va purgando.
En cuanto por las cumbres ya paciere
del monte el jabalí; en cuanto amare
el río, y en el agua el pez corriere,
Y en cuanto de tomillo se apastare
la abeja, y ansimismo de rocío
la cigarra su pecho sustentare:
Tanto tu fama y nombre yo confío
irá más de contino floreciendo
al hielo siempre el mesmo y al estío.
Como a Ceres y a Baco a ti ofreciendo
irán sus sacrificios los pastores,
y sus promesas tú también cumpliendo.
Mop.- ¿Qué dones no serán mucho menores
que lo que a versos tales es debido?;
tales que no es posible ser mejores.
Que a mí no me deleita ansí el sonido
del viento, que silbando se avecina,
ni las costas heridas con rüido;
Las costas donde azota la marina;
ni el río sonoroso ansí me agrada,
que en valles pedregosos va y camina.
Men.- Primero, pues, por mí te será dada
esta flauta, con que el Alexi hermoso
de mí, y la Galatea fue cantada.
Mop.- Y tú toma este báculo ñudoso,
que Antino, mereciendo ser amado,
nunca me le sacó, y es muy vistoso
en ñudos, y con plomo bien chapado.

Égloga VI. Prima Siracusio

Primero con el verso siciliano
se quiso recrear la musa mía,
y no se desdeñó del trato humano
y pastoril vivienda mi Talía.
Los reyes ya cantaba y Marte insano,
mas al oído Febo me decía:
«Conviénete, mi Títiro, primero
ser guarda de ganado y ser vaquero».
«Conviénele al pastor pacer ganado,
y que la flauta y verso iguales sean».
Y pues contino, ¡oh Varo!, estás cercado
de tantos que de ti cantar desean,
y que en las tristes guerras su limado
ingenio de contino y verso emplean,
yo quiero con el son de la pastora
zampoña concertar mi musa agora.
Mandado soy, y si por caso alguno
algún aficionado me leyere,
de ti, Varo, mi avena, de ti uno,
en cuanto el cielo en torno se volviere,
el pino cantará, el lauro, el pruno,
y todo lo que el bosque produjere:
que no hay cosa que a Febo caiga en grado,
como la carta a do Varo es nombrado.
Digamos, pues, Pïérides: Un día
de Cromis y de Mnasilo, fue hallado
Sileno en una cueva, que yacía
en sueño y más en vino sepultado;
las venas hinchadísimas tenía
del vino que bebió el día pasado,
y la guirnalda por el suelo estaba,
mas el barril del asa le colgaba.
Dieron sobre él los mozos, que burlados
del viejo muchas veces, se dolieron
acerca de unos versos; y, llegados,
con su guirnalda misma le prendieron.
Egle, llegando ayuda a los turbados;
Egle, bella entre cuantas ninfas fueron;
y ya despierto, y viéndolo, la frente
con moras le pintaron juntamente.
Entonces él, riendo del engaño:
«¿A qué fin proseguís en más atarme?
Baste el haber podido hacerme daño,
baste el haber podido aprisionarme;
los versos que pedís luego os los taño;
podéis seguro, dice, desatarme;
los versos para vos, que a esa hermosa
yo la satisfaré con otra cosa».
Y comenzó; y del canto la dulzura
los sátiros movió, movió las fieras,
del roble y de la encina misma, dura;
las cimas menear a compás vieras;
no se alegró de Pindo más la altura
con Febo y con sus nueve compañeras,
ni el Ródope jamás admiró tanto,
ni el Ismaro de Orfeo el dulce canto.
Cantaba en qué manera en el tendido
vacío descendiendo, derramadas
las menudas simientes, habían sido
por acertado caso en sí ayuntadas;
de dó la tierra, el aire, el encendido
fuego, las aguas dulces y saladas
nacían de principio, y cuán de presto
el tierno mundo fuera ansí compuesto.
Y cómo comenzó a secarse el suelo,
y a su lugar la mar se retiraba,
y se figura todo; y cómo el cielo
con nuevo sol las tierras alumbraba;
ya toman las ligeras nubes vuelo,
ya el agua en largos hilos abajaba,
ya crece la floresta, y van por ella
los raros animales sin sabella.
Después dice las piedras alanzadas
por Pirra, y de Saturno el reino de oro;
las aves en el Cáucaso cebadas
en el sabio ladrón del gran tesoro;
y el Hila por las costas apartadas
buscando por demás con triste lloro
la fuente do quedó, y la voz contina
que hinche de ¡Hila!, ¡Hila! la marina.
Y habla con Pasífae, dichosa
si nunca o vaca o toro hubiera habido;
y dice en su consuelo: ¡Ay! ¿Qué afrentosa
locura, ¡ay desdichada!, te ha venido?
Jamás apeteció tan torpe cosa
la Preta, aunque bramó por el ejido,
y aunque temió a su cuello el duro arado,
y en su frente los cuernos ha buscado.
¡Ay, virgen desdichada! Tú, perdida
andas por la montaña, y él, echado
debajo un negro roble, en la florida
yerba, reposa el bello y blanco lado,
y pace allí la yerba amortecida;
por ventura sigue enamorado,
en medio la copiosa y gran vacada,
alguna vaca hermosa que le agrada.
«Cerrad, Ninfas, del bosque las salidas,
Ninfas de las florestas, cerrad luego;
si acaso encontraré con las queridas,
con las vagas pisadas de mi fuego,
que, o las dehesas verdes y floridas
detienen, o por caso el amor ciego,
siguiendo, algunas vacas le han traído
al gortinio pesebre conocido».
Y canta en pos de aquesto la doncella,
de la rica manzana aficionada;
y viste de corteza amarga aquella
hermosa compañía lastimada,
que del fraterno caso se querella,
y en álamos subidos transformada,
y con raíz hondísima los planta,
y con ramas crecidas los levanta.
Y canta cómo Galo en la ribera
de los ríos de Pérmeso hallado
por una de las nueve hermanas fuera;
y cómo de la misma fue llevado
al monte de Parnaso, y la manera
que el apolíneo coro levantado
le hizo reverencia, y cómo Lino
le dijo con acento y son divino.
De flores coronado, le decía:
«Toma, que te da Euterpe aquesta avena,
que antes dio al viejo Ascreo, que movía
los árboles las veces que la suena;
con ella cantarás el alegría
de la gortinia selva y suerte buena;
porque no haya bosque ni floresta
de quien se precie Apolo más que desta».
¿Qué servirá decir cómo cantada
es la Scila, que a Niso fue traidora,
la de quien se suena que, cercada
las ingles de fiereza ladradora,
de Ulises fatigó la noble armada,
y en el profundo piélago do mora,
¡ay triste!, los medrosos marineros
despedazó crüel con perros fieros?
¿O cómo refería del Tereo
los miembros transformados, los manjares,
los dones, el convite crudo y feo,
que le dio Filomela, los pesares
con que vengó su pena? Y dice arreo
las alas que la llevan por lugares
desiertos, con que vuela desdichada
sobre la que antes fuera su morada.
Y todo lo que a Febo ya cantado
el bienaventurado Eurota oído
había, y el oíllo continuando
lo habían sus laureles deprendido,
Sileno lo cantaba, y resonando
los valles, a los cielos va el sonido;
hasta que ya la estrella apareciendo
del pasto las ovejas fue cogiendo.

Égloga VII. Forte sub arguta. Melibeo, Corydón, Tirsi

Melib.- Debajo un roble que, movido al viento
hacía blando estruendo, el Dafni estaba,
y Tirsi y Corydón al mismo asiento
su hato cada uno amenazaba;
el Tirsi conducía ovejas ciento,
cabras el Corydón apacentaba;
ambos zagales bellos, ambos diestros,
y en responder cantando muy maestros.
Allí fue, en cuanto encubro defendiendo
los mirtos del mal cierzo, desmandado
del hato un cabrón mío, y yo siguiendo
al Dafni vi, y dél visto fui llamado:
«Aquí ven, Melibeo, aquí corriendo,
-dice- que tu cabrón aquí ha parado,
y si te vaga un poco, aquí tendido
descansarás la priesa que has traído».
Aquí las vacas por el prado y eras
se vienen a beber; aquí florecen
del Mincio en verde hoja las riberas,
y los enjambres suenan y adormecen.
¿Mas quién diera recaudo a mis corderas,
que ni Filis ni Alcipe no parecen,
y estaban a cantar desafiados
el Tirsi, el Corydón, y muy trabados?
Al fin aventajé su canto y ruego
a mi negocio proprio, y comenzaron
el uno acometiendo, el otro luego
volviendo la respuesta, y porfiaron
gran pieza ansí en el dulce y docto juego,
que a aquesta ley los mismos se obligaron.
El Corydón decía ansí cantando,
y el Tirsi ansí cantaba replicando.
Coryd.- Amadas Musas, inspiradme agora
de versos la feliz y docta vena,
del Codro, que con el que en Delo mora,
cantando a las parejas casi suena;
si para aquél sólo se atesora
el primor todo de la docta avena,
colgada para siempre desde luego
a aqueste pino mi zampoña entrego.
Tir.- Este poeta que hora se levanta,
pastores los de Arcadia, coronado
de hiedra, levantad a gloria tanta,
que con envidia el Cedro traspasado
reviente, o si excediere en lo que canta,
el uno le ceñid y el otro lado;
con bácar le ceñid la docta frente
no prenda en él la lengua maldiciente.
Coryd.- De un jabalí cerdoso te presenta
esta cabeza el Micón, ¡oh Diana!,
y estos ramosos cuernos, donde cuenta
el ciervo vividor su vida vana:
y si lo que en el alma representa
por medio de tu mano alcanza y gana,
de mármol estarás, y con calzado
de tornasol teñido y de violado.
Tir.- Y tú, de leche un vaso por ofrenda,
de mí tendrás en cada un año cierto;
no es justo que el pequeño don te ofenda,
pues guardas tú, Príapo, un pobre huerto:
de piedra eres agora, mas si enmienda
el año, de riqueza irás cubierto;
con oro lucirás si acrecentare
la nueva cría el año y mejorare.
Coryd.- Nerine Galatea, más sabrosa
que es el tomillo hibleo, y que el nevado
cisne más blanca mucho, y más hermosa
que el álamo de yedra rodeado;
si vive en tu sentido y si reposa
de aqueste tu pastor algún cuidado,
vendrás con pie ligero a mi majada,
en tornando del pasto la vacada.
Tir.- Y yo más que el asensio desabrido,
más áspero que zarza y vil te sea,
más que las ovas viles; más huido
que el lobo es de la oveja yo me vea,
si no se me figura haber crecido
un siglo aquesta luz odiosa y fea.
Id hartos, id, novillos, a la estanza;
que ya es mala vergüenza tal tardanza.
Coryd.- Fuentes, de verde musco rodeadas,
y más que el blando sueño, yerba amena,
y vos, ramas, que en torno levantadas
hacéis sombra a la pura y fresca vena,
debajo de vosotras, allegadas,
sesteen las ovejas; que ya suena
el grillo, y la vid brota, y ya camina
viniendo el seco estío y se avecina.
Tir.- Aquí hay hogar y fuego, aquí la llama
con tea resinosa siempre dura;
aquí el humo que sube y se derrama
matiza con hollín el techo, escura;
aquí si el blanco cierzo sopla y brama,
curamos dél, lo mismo que se cura
de no robar el río su ribera,
de guardar la grey el lobo entera.
Coryd.- Debajo de sus árboles caída
yace la fruta, y sobre la montaña
tuerce de su serbal al ramo asida
la serba, y del castaño la castaña;
la copia por los campos extendida
el valle y monte todo en gozo baña;
mas si Alexis sus ojos relucientes
cubre, se secarán las mismas fuentes.
Tir.- Los campos están secos y agostados
por culpa del sereno aire, y muere
la yerba de sedienta en los collados;
tender su hoja ya la vid no quiere.
Serán aquestos daños remediados
al punto que mi Filis pareciere:
ante ella su verdor cobrará el suelo,
y abajará con lluvia larga el cielo.
Coryd.- El álamo de Alcides es querido,
de Baco la vid sola es estimada,
el mirto la de Venus siempre ha sido,
y en el laurel por Febo es Dafni amada;
el córilo es de Filis escogido,
del córilo la Filis pues se agrada;
al córilo conozcan por rey solo
el mirto y el laurel del rojo Apolo.
Tir.- Bellísimo en el bosque el fresno crece,
el pino es en los huertos hermosura,
el álamo en los ríos bien parece,
la haya de los montes el altura;
mas cuando ante mis ojos aparece,
¡oh Lícida divino!, tu figura,
el pino de los huertos no es hermoso,
el fresno de los bosques no es vistoso.

Égloga VIII. Damón y Alfesibeo

El dulce y docto contender cantando
de Alfeo y de Damón, que embebecida
la novilla admiró, casi olvidando
la yerba y el pacer, por quien perdida
la presa tuvo el lince, y restañando
los ríos sosegaron su corrida;
digamos, pues, el canto y los amores
de Alfeo y de Damón, doctos pastores.
¡Oh tú, que hora con remo victorioso
pasas el Timavo o la vecina
costa! ¿Si jamás día tan dichoso
veré, que me conceda con voz dina
cantar tu pecho y brazo valeroso,
cantar tu verso y musa peregrina,
a la cual sola dice justamente
la majestad del trágico elocuente?
De ti hizo principio, en ti fenece,
y todo mi cantar en ti se emplea;
recibe aquestos versos que te ofrece
la voz que tu querer cumplir desea;
al vencedor laurel, que resplandece
en torno de tu frente y la hermosea,
consiente que, allegada y como asida,
aquesta yedra vaya entretejida.
Apenas de la noche el velo frío
había el claro cielo desechado,
al tiempo que es dulcísimo el rocío
sobre las tiernas yerbas al ganado,
vertiendo de los ojos largo río,
al tronco de un olivo recostado,
Damón tocó la flauta lastimero
y comenzó a cantar ansí el primero:
Dam.- «Procede ya, Lucero, ante el sol bello,
en tanto que de Nise fementida,
por vil amor trocado, me querello
y notifico al cielo mi herida
-bien que nunca hallé provecho en ello-
en esta hora postrera de mi vida;
y tú suena, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
En Ménalo contino el bosque suena,
en Ménalo los pinos son cantores,
con la voz pastoril siempre resuena,
y siempre oye sus quejas, sus amores,
y siempre oye los dioses, de la avena
dulcísima primeros inventores.
Pues suena ya, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Casó Nise con Mopso; ¿qué mixtura
no templará el amor? El tigre fiero
pondrá con la paloma, y por ventura
en uno pacerán lobo y cordero.
Dispónete que tuya es la ventura;
¡sus!, Mopso, que por ti sale el lucero.
Y tú suena, y conmigo el sol levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Mas ¡qué bien empleada la que enfado
de todos, arrogante, burla hacías;
la que mi sobrecejo y mi cayado,
mi barba y mi zampoña aborrecías;
la que de nuestras cosas el cuidado
ajeno de los dioses ser creías!
Pues suena ya, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Pequeña y con tu madre, y yo por guía,
te vi entre mis frutales hacer daño;
ya dende el suelo yo tocar podía
las ramas, y doblaba el sexto año.
Como te vi, perdí, ¡ay!, la alma mía;
llevóme en pos de sí preso el engaño.
Y tú suena, y conmigo el sol levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Ya te conozco, Amor. Entre las breñas,
en fiero punto, en día temeroso,
ni nuestro en sangre, ni con nuestras señas,
de duros Garamantes, del fragoso
Ródope procediste, y de las peñas
del Ismaro, do bate el mar furioso.
Y tú suena, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Por ti, crudo, tiñó la cruda mano
en sus hijos Medea ensangrentada;
mas ¿cuál fue de los dos más inhumano,
tú, malvado Amor, o tú, malvada?
Tú fuiste siempre, Amor, un mal tirano;
tú fuiste una cruel desapiadada.
Y tú suena, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Mas ya siquiera huya perseguido
el lobo de la oveja, y sea arreo
del roble la azucena, y al sonido
del cisne se aventaje el cuervo feo,
y Títiro al Arión preferido,
a Arión sea en mar, en monte a Orfeo.
Y tú suena, y conmigo el son levanta,
zampoña, como en Ménalo se canta.
Y siquiera se anegue todo el mundo,
vivid, selvas, por tiempo prolongado;
que yo del alto risco al mar profundo
venir me determino despeñado.
Si no lo fue el primero, este segundo
servicio de ti, Nise, será amado.
¡Ay!, cesa ya, zampoña, y no levantes
el son, ni como en Ménalo más cantes».
Aquí dio fin Damón a su lamento,
y suspiró profunda y tiernamente;
tocó del grave mal el sentimiento
el monte, que responde en son doliente,
y luego, puesto en pie, con nuevo acento,
sonando la zampoña dulcemente
Alfeo comenzó; lo que ha cantado,
vos, Musas, lo decid, que a mí no es dado.
Alf.- «Corona aqueste altar con venda y flores;
agua me da, y enciende la verbena,
incienso macho enciende; en mis dolores
veré si hay fuerza alguna o arte buena,
veré si torno a Dafni a mis amores;
no falta sino el canto, canta y suena,
y di: ¡Ve, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa!
El canto y el conjuro es poderoso
a retraer la luna reluciente;
el rostro demudó Circe monstruoso
con cantos del Ulises a la gente;
de canto rodeada vigoroso
revienta por los prados la serpiente.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Tres cuerdas te rodeo lo primero,
de su color cada una variada
imagen, y con pie diestro y ligero
acerca de este altar y ara sagrada,
traerte alrededor tres veces quiero,
que el número de tres al cielo agrada.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Añuda, ¡oh Amarilis!, con tres ñudos
cada uno de estos hilos colorados;
añuda ya, y no estén los labios mudos;
di en cada ñudo de estos por ti dados:
«Ñudos de amor, estrechos, ciegos, crudos,
ñudos de amor doy firmes y añudados».
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Ansí como esta cera torna blanda,
ansí como este barro se endurece,
y un mismo fuego en ambas cosas anda
y juntamente seca y enternece,
ansí tú, Amor, conmigo a Dafni ablanda,
y para las demás le empedernece.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Esparce ese batido de harina,
de farro y sal mezclada en esa llama;
al fuego aquel laurel verde avecina,
y encima dél el bálsamo derrama.
Dafni crudo me abrasa a mí mezquina,
yo quemo en su lugar aquesta rama.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Cual la novilla de buscar cansada
su toro por los montes, junto al río
se tiende dolorida, y, olvidada,
no huye de la noche ni del frío;
ansí me busques, Dafni, ansí buscada
en pago del amor te dé desvío.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
En los pasados años aquel ciego
y desleal me diera estos despojos,
entonces caras prendas, dulce fuego,
agora crudos y ásperos abrojos;
aquéstos, tierra, agora yo te entrego,
porque la restituyas a mis ojos.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
También estas ponzoñas producidas
en Ponto, porque el Ponto es fértil dellas,
de su lugar las mieses traducidas,
y vuelto en lobo al Meris vi con ellas;
al Meris, que las vidas fenecidas
reduce a ver la luz de las estrellas.
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa a Dafni a casa.
Esta ceniza coge y saca afuera;
adonde el agua corre ve a lanzalla;
por las espaldas la echa, y ven ligera;
no mires, Amarilis, al echalla.
Con esto tentaré aquel alma fiera.
Mas ¿qué canto o qué dios podrá ablandalla?
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa,
y vuelve de la villa Dafni a casa.
¿No ves que las cenizas alzan llama
en cuanto me detengo? Por bien sea.
¡Ay! Yo no sé quién es, que alguno llama,
que la perrilla en el portal vocea.
¿Si viene por ventura, o si quien ama
soñando finge aquello que desea?
¡Ay! Pon a tu camino, pon ya tasa,
conjuro, que mi Dafni es vuelto a casa».

Égloga IX. Lícidas, Meris

Lícid- ¿A dó, Meri, los pies te llevan ahora?
¿Por caso vas adonde va el camino?
¿Por ventura a la villa vas tú agora?
Mer.- ¡Oh Lícida! Por nuestro mal destino
habemos a ver vivos allegado
lo que en el pensamiento nunca vino.
A que nos diga un malo apoderado
de nuestras heredades, sin mesura:
«Id fuera, que esto todo a mí me es dado».
Y ansí- ¡que se le vuelva en desventura!-
le envío triste agora estos corderos,
pues todo lo trastorna la ventura.
Lícid.- Oyera yo que desde los oteros
de do vienen cayendo los collados,
hasta del agua y haya los linderos,
Que todos estos pastos y sembrados
por medio de sus versos y poesía
fueron a tu Menalca conservados.
Mer.- Oiríaslo, que ansina se decía.
Mas versos entre armas pueden tanto
como contra el león el ciervo haría.
Y si ya la corneja con su canto
a fenecer los pleitos como quiera
no me inclinara de contino tanto;
Si desto ya avisado no estuviera,
por cierto ten que agora ni este amigo
tuyo ni mi Menalca vivo fuera.
Lícid.- ¡Ay! ¿Cabe tal maldad ni en enemigo?
¡Ay! Casi nuestras fiestas acabadas,
Menalca, y nuestros gozos ya contigo,
¿Quién hiciera en las fuentes enramadas?
¿Quién cantara a las Ninfas de contino?
¿Quién sembrara con flores las majadas?
¿O los versos que ayer con arte y tino
a la Amarili hurté calladamente,
cuando conmigo a solazarse vino?
«Títiro, en cuanto vuelvo prestamente
las cabras apacienta, y, en paciendo,
llévalas a la pura y fresca fuente.
Llévalas, y al llevar ten cuenta yendo
no enojes al cabrón, porque, enojado,
hiere mal con el cuerno acometiendo».
Mer.- O lo que para Varo no acabado,
mas lleno de primor y de dulzura,
cantaba deleitando monte y prado:
«Los cisnes tu loor -si Mantua dura,
si Mantua de Cremona, ¡ay!, mal vecina-
cantando, subirán en grande altura.
Lícid.- Ansí huya tu enjambre de malina
árbol, ansí las ubres tu vacada
con pasto bueno ensanche a la contina.
Di, si te acuerdas de algo, que me es dada
la flauta a mí también, y de mi canto
me dicen los pastores les agrada.
Bien que no les doy fe, ni daré en cuanto
no merezco del Varo ser oído,
mas, como entre los cisnes ánsar canto.
Mer.- En eso mismo estoy embebecido
si pudiese tornallo a la memoria,
que no merece ser puesto en olvido.
¿Qué pasatiempos hallas o qué gloria
en las ondas? ¡Oh! Aquí ven, Galatea,
a do de sus esmaltes hace historia;
A do el verano bello hermosea
y pinta la ribera, pinta el prado
y todo en derredor cuanto rodea.
Aquí el álamo blanco, levantado,
hace sombra a la cueva deleitosa,
aquí teje la vid verde sobrado;
Aquí hace la vid estanza umbrosa.
Aquí, pues, ven ya, y deja que en la arena
golpee a su placer la mar furiosa».
Lícid.- ¿Y lo que yo te oyera una serena
noche? Que si los versos hora olvido,
su tono en mis orejas siempre suena:
«Dafni, ¿qué miras, todo convertido
a los antiguos signos? Que más bella,
que otra más bella luz ha aparecido.
Mira cuál sale y sube la alta estrella
de César, con la cual se goza el trigo,
y las uvas colora en la vid ella.
Enjiere con aquesta luz que digo,
enjiere, Dafni, los perales luego;
tus nietos cogerán el fruto amigo».
Mer.- Hace la muerte en todo tiempo entrego,
y del gusto también que yo solía
largos soles pasar en canto y juego,
Y agora, ya gastada la alma mía,
en demás de mil versos que me olvido,
la voz misma me huye y se desvía.
Primero de los lobos visto he sido;
mas cien veces aquesto todo arreo
te será de Menalca referido.
Lícid.- Con achaques dilatas mi deseo,
y el mar se calla agora sosegado,
y ni resuena el viento, según veo.
Sus murmullos los aires han echado,
y es éste el medio espacio; que aparece
adonde el Bianor está enterrado.
Aquí sentados, pues, si te parece,
cantemos; aquí asienta los corderos,
que en la villa estarás cuando anochece.
Y si temes algunos aguaceros
al venir de la noche, ansí cantando
iremos más alegres y ligeros.
El camino el cantar irá aliviando,
y yo te aliviaré de aqueste peso,
por que cantemos yendo caminando.
Mer.- Pon, Lícida, ya fin a este proceso;
hagamos lo que hacemos de presente,
que el tiempo y la sazón de todo eso
es cuando aquél tornare a estar presente.

Égloga X. Extremum

Este favor de ti que es ya el postrero,
me sea, ¡oh Aretusa!, concedido.
De Galo algunos versos decir quiero,
mas versos que convengan al oído
de la Lícoris, lazo estrecho y fiero,
en que padece preso el afligido;
que ¿quién jamás con buena y justa excusa
a Galo negará su verso y musa?
Concédeme, pues, Ninfa, alegremente
esta merced debida y deseada.
Ansí cuando huyendo tu corriente
debajo de la mar va apresurada,
la Doris no inficione osadamente
con su amargor tu agua delicada.
Comienza ya, y digamos el cuidado
de Galo, mientras pace mi ganado.
Los montes dan oído a nuestro canto
-que tienen y los montes sus oídos-
y a cuanto les cantamos otro tanto
al punto dellos somos respondidos.
Mas, Náyadas, ¿qué selva amastes tanto?
¿Qué bosque ansí ocupó vuestros sentidos,
cuando de amores Galo perecía,
pues ningún monte docto os detenía?
Que cierto es que ni el Pindo ni el Parnaso
de algún detenimiento causa os fueron,
ni el Aganipe aonia del Pegaso,
ni la Castalia fuente os detuvieron.
Y fue tan lastimero y duro el caso,
que dél los insensibles se dolieron;
lloró el pino, y lloró el laurel febeo,
y el Ménalo y las peñas del Liceo.
Y las ovejas mismas lastimadas,
juntas con él estaban de contino;
a ellas no les pesa ser guiadas
por ti, el mayor poeta y más divino;
no deben ser de ti menospreciadas,
ni juzgues que el ganado no te es dino,
pues fue del bello Adoni apacentado
por prados y riberas el ganado.
Y vino el ovejero; y vino luego
el porquerizo, y vino el gordo hinchado,
Menalca, de bellota: «¿Y tanto fuego
y tanto amor, de dónde?», han preguntado;
y también vino Apolo, y dice: «Ruego
me digas, ¿qué locura te ha tomado?
Lícori, por quien, Galo, estás muriendo,
a otro por las nieves va siguiendo».
Y vino el dios Silvano, y parecía
que sacudiendo recio meneaba
los lirios y espadañas que traía,
que con la frente en torno coronaba;
y el dios de Arcadia, Pan, también venía
con rostro rubicundo que agradaba;
por nuestros ojos mismos visto ha sido,
de negras moras y carmín teñido.
¿Y cuándo has de dar fin a tu tormento?
Que de estas cosas, dice, Amor no cura;
que nunca amargo lloro y sentimiento
hartaron del Amor la hambre dura,
ni se vio Amor de lágrimas contento,
ni cabra de pacer rama y verdura,
ni de flor las abejas, ni los prados
de en agua de contino andar bañados».
Él, sin embargo desto, doloroso
y triste respondió: «Vos, los pastores
de Arcadia, cantaréis con lastimoso
verso por vuestros montes mis dolores;
vosotros que en el canto artificioso
sois únicos maestros y cantores.
Reposará mi alma -¡oh, en qué alegría!-
si canta vuestra voz la suerte mía.
Y aun o si de vosotros fuera yo uno,
guarda de ganado o viñadero;
si amara a Fili, Aminta u otro alguno
-que si es moreno Aminta, no es tan fiero-
tendido so los sauces de consuno,
gozáramos en paz del bien postrero;
La Fili de guirnaldas me cercara,
y Amintas con su canto me alegrara.
Aquí prados había deleitosos;
aquí, Lícori, hallaras fuentes frías,
y aquí, si te agradare, en amorosos
deseos traspasáramos los días.
Mas ¡ay!, que agora, Amor, por peligrosos
pasos llevas mis locas fantasías,
y entre las armas fieras y el bramido
de Marte tienes preso mi sentido.
Y de la patria tú, y de mí alejada
-mas nunca crea yo tal desventura-
sola y sin mí la nieve alpina helada,
y ves del Rin la sierra helada y dura.
¡Ay! No ofenda a tu carne delicada
el frío, o menoscabe tu hermosura;
no corte de tu planta el cuero tierno
la escarcha rigurosa del invierno.
Lo que en verso calcídico he compuesto,
poner quiero en la flauta siciliana,
y entre las selvas y alimañas puesto
quiero pasar mi duelo y pena insana;
entallaré en los árboles aquesto,
y tu quebrada fe, Lícori, y vana,
ellos creciendo se harán mayores,
y creceréis con ellos mis amores.
Y a veces con las Ninfas paseando
del Ménalo andaré por los oteros,
si me diere gusto iré cazando
los tímidos venados y ligeros,
sin ser conmigo parte, ni lanzando
nieve el cielo o turbios aguaceros,
serán de mí con perros rodeados
los valles del Partenio y los collados.
Y se me representa ya y figura
que voy por los peñascos discurriendo;
ya voy por la montaña espesa, escura,
ya encorvo el arco turco, ya le extiendo;
¡ay!, como si salud a mi locura
diese lo que ora triste voy diciendo,
como si del mal del pecho humano
supiese condolerse aquel tirano.
Mas ya ni quiero Ninfas ni cantares;
los versos no me placen, ni los quiero,
ni gusto por montañas, y lugares
ásperos perseguir al puerco fiero;
las selvas no remedian mis pesares,
ni la crüel herida de que muero,
ni estudio mío, o pena o triste duelo
pueden mudar aquel que abrasa el suelo.
No pueden, ni si en medio del invierno
pusiese dentro el pecho el Hebro helado
ni si cuando del olmo el cuero interno
se seca en los Guineos, su ganado
paciese encomendado a mi gobierno,
y cuando el sol en Cancro está encumbrado.
Y pues, vencido amor, todo lo tiene,
rendírnosle de fuerza nos conviene».
Esto me baste, Musa, haber cantado,
en cuanto un canastillo estoy tejiendo
a Galo, cuyo amor, cual bien plantado
álamo, en mí por horas va creciendo.
¡Alto!, que el ya a la sombra estar sentado
daña, y del enebro y más la sombra siendo;
y aun a las mieses son las sombras frías.
¡Id hartas, que anochece, id, cabras mías!

Geórgica I

Lo que fecunda el campo, el conveniente
romper del duro suelo, el sazonado
juntar la vid al olmo, y juntamente
cómo se cura el buey, cómo el ganado;
y de la escasa abeja diligente
su industria, y saber mucho no enseñado,
aquí, Mecenas claro, comenzando
por orden cada cosa iré cantando.
¡Oh vos, lumbreras claras de la vida,
que el año producís andando el cielo,
alma Ceres y Baco!, si en florida
espiga por don vuestro mudó el suelo
la primera bellota, y la bebida
con las halladas uvas perdió el hielo,
y vos, dioses propicios del aldea,
venid, Faunos, a do mi voz desea.
Venid, Faunos, venid, coro lucido
de Drïadas, pues vuestros dones canto;
y tú, Neptuno, a quien el campo herido
con el grande tridente, con espanto
el caballo produjo, y del florido
bosque el cultivador; y de otro canto
de novillos pastor tres veces ciento,
que pacen de la Cea el grueso asiento.
Y tú, pastor de ovejas, Pan, dejados
tus bosques y tus valles de Liceo,
si son de ti tus Ménalos ya amados,
ven presto favorable aquí, ¡oh Tegeo!;
y tú, Minerva, ven, que a los collados
la gruesa oliva hallando diste arreo;
y el mozo inventador del corvo arado,
y el del ciprés entero por cayado.
Y vos, dioses y diosas, igualmente,
cuantos tenéis por obra y por oficio
la guarda de los campos, juntamente
aquellos que con vuestro beneficio
las mieses levantáis no sin simiente,
y aquellos que enviáis del edificio
del cielo, para el bien de los sembrados,
largos hilos de lluvia derramados.
Y finalmente tú, de quien se duda
a cuál divinidad serás alzado,
si de lo terreno que se muda
querrás y de tu Roma el gran cuidado,
de arte que, colgada de tu ayuda,
la redondez te adore coronado
con el materno mirto frente y sienes,
señor del aire y campo y de sus bienes.
si fueres del mar por dios tenido,
y a ti solo adorare el marinero,
y Tule lo postrer de lo sabido,
y diere por ti Teti el mar entero,
por ti para su yerno, o añadido
a los meses tardíos por lucero
en el lugar que está desocupado,
entre Virgo y las Quelas asentado.
Que, si lo miras, ya para tu asiento
los brazos encogió el Escorpio ardiente,
y más de la mitad con miramiento
te deja de su silla reluciente.
Pues, o te venga desto más contento,
seas el que fueres finalmente
-que no te esperará rey el infierno,
ni tú desearás tan mal gobierno.
Aunque el Elíseo campo Grecia admire,
y Proserpina huya demandada
volverse con su madre -ansí que inspire
en mí tu deidad apiadada
del labrador que ignora por do tire,
y da favor aquesta empresa osada.
Ven, pues, y desde luego acostumbrado
aprende como dios ser invocado.
En el verano nuevo, cuando el frío
humor en la alta sierra desatado
desciende, convertido en largo río,
y el campo con el céfiro alentado
el seno afloja, que cerraba el frío,
al punto gima el buey con el arado
hincándolo, y la reja desgastada
con el arar relumbre como espada.
Aquella mies sin duda corresponde
con lo que siempre el labrador desea,
que en dos tiempos el hielo en sí la esconde,
y en dos tiempos el sol la ve y recrea;
sus frutos las paneras rompen, donde
se encierran. Mas tu estudio y vela sea
antes de abrir con reja el nuevo suelo,
las mañas conocer del viento y cielo:
Los vientos y los modos diferentes
del aire y sus diversas calidades,
lo propio de las tierras, las simientes
qué huyen o a quién hacen amistades;
que aquí se dan los trigos, las ardientes
uvas mejor allí, las variedades
de frutas hallan dicha en otra parte,
y lo que sin cultura nace y arte.
¿No ves, por aventura, cómo envía
Cilicia su azafrán? ¿El indio feo
nos da el rico marfil? ¿Y cómo cría
encienso el viciosísimo Sabeo?
¿Los Cálibes dan hierro y a porfía
el Ponto el venenoso castoreo;
Y Epiro en dar las yeguas tiene gloria,
que en Elis se aventajan con victoria?
Que luego, en el principio, divididas,
la suya a su lugar, naturaleza
aquestas leyes puso, establecidas
con liga y ñudo eterno de firmeza;
luego cuando las piedras esparcidas
lanzó Deucalïón por la grandeza
del yermo suelo y tierra espaciosa,
de do los hombres nacen, dura cosa.
Ansí que, como digo, el mes primero
del año el fuerte buey con el arado,
trastorne el fértil suelo, porque quiero
que cueza con su ardor el quebrantado
terrón el seco estío; y si es ligero
el campo, a la ligera sea tocado;
allí, porque no ahogue yerba el trigo,
aquí, porque no espire el jugo amigo.
También harás que a veces repartido
goce el segado campo de reposo,
y que por luengo espacio entorpecido
con moho se endurezca el perezoso;
sembrarás cebada allí, venido
su tiempo, de do en vaina sonoroso
coges el legumbre, o fue arrancada
de do por ti la arveja delicada;
de donde sacaste del lupino
triste la caña flaca vocinglera.
Mas quema, adonde nace, el campo el lino,
y la bañada en sueño dormidera
le quema y las avenas. El contino
uso trocando, ansí, pues, se aligera,
con tal que sin empacho ni recelo
hartes de estiércol grueso el flaco suelo.
De estiércol y ceniza torpe, inmunda,
esparce largo el campo adelgazado,
que ansí y mudando esquilmo se fecunda
la tierra; y no es ninguna del no arado
suelo la utilidad. A la infecunda
haza provecho a veces ha causado
quemarla, y que al rastrojo seco asido
corra abrasando el fuego y dé estallido.
porque ansí se esfuerza ocultamente
y más se engruesa el campo, o porque luego,
quemado lo vicioso totalmente
perece, y suda el daño con el fuego;
porque aquel ardor eficazmente
descubre más caminos y lo ciego
relaja de los poros, por do venga
el jugo a lo sembrado y lo mantenga;
es porque endurece el fuego al suelo,
y aprieta más las venas desatadas,
a que ni recios soles, ni del cielo
las lluvias menudas enviadas,
ni el Cierzo penetrable, envuelto en hielo,
le abrase. Y mucho sirve a las aradas
quien rompe los terrenos descuidados
con puntas y con zarzos arrastrados.
No mira al que esto hace del dorado
cielo la roja Ceres sin provecho;
ni menos al que el brazo atravesado
los lomos que alzó arando en el barbecho,
los corta de través con el arado,
y al sesgo diligente y al derecho
la tierra sin cesar desasosiega,
y doma y trae sujeta ansí la vega.
Húmidos equinoccios, fríos, serenos,
labradores, pedid, que el polvoroso
hielo da ricos panes, hace amenos
prados; y si presume de abundoso
el suelo de la Frigia, y si sus llenos
campos admira el Gárgaro gozoso,
de esta sazón de tiempo más le viene,
que de cuanta cultura y labor tiene.
¿Qué diré del que luego que ha esparcido
la simiente, prosigue, y del arena
flaca lo amontonado y mal asido
deshace, y que después con larga vena
del agua que le sigue, el esparcido
campo baña; y lo mismo cuando pena,
y hierve el abrasado suelo ardiendo,
y sus yerbas en él se van muriendo;
Al punto de la altura recostada
abre camino el agua, que cayendo
hiere las lisas piedras, y encontrada,
ronco murmullo mueve, y templa yendo
la tierra abierta y seca de abrasada?
¿y del que en yerba el vicio va paciendo
de las mieses, que igualan las aradas,
porque después no se echen de granadas?
¿Del que el humor en lagos recogido
con bebedora arena lo destierra?
El río, mayormente si salido
de madre, y largamente por la tierra
en los inciertos meses extendido,
con cieno que dejó la ocupa y cierra,
por do las anchas fosas llenas sudan
con aguas que estantías no se mudan.
Y no -dado que el hombre y buey a una,
cultivando la tierra y trabajando,
hayan aquesto hecho-, no es ninguna
la ofensa que el mal ánsar hace andando,
y las grullas de Tracia y la importuna
endivia los sembrados enredando
con sus amargas hebras, ni es beleño,
las sombras a los panes muy pequeño.
Que el mismo Eterno Padre quiso en parte
no fuese la labranza del barbecho
fácil, y fue el primero que con arte
los campos meneó, porque de hecho
el cuidado forzoso fuese parte
para aguzar el torpe humano pecho;
no consintiendo que su monarquía
se entorpeciese con pereza fría.
Porque ante de su reino por ninguno
el campo ni fue arado ni mollido,
ni el señalar con lindes cada uno
su parte o el dividir fue permitido;
servían al común sin miedo alguno,
la tierra daba fruto no pedido.
El ansimismo puso mal veneno
a las serpientes negras en el seno.
Él les mandó a los lobos que salteen;
al mar que se levante, y, sacudida,
quiso que miel las hojas no goteen;
y dél la luz del fuego fue ascondida,
los vinos que corrían no se veen,
que fue por él su vena reprimida,
para que imaginando el uso hiciese
las artes poco a poco y las puliese,
Y para que buscase el trigo arando,
y para que del seno el ascondido
fuego, a los pedernales golpeando,
sacase. Allí primero fue sentido
el barco de los ríos, y allí, cuando
redujo a cierta suma, y su apellido
compuso a cada estrella el marinero,
Osas, Virgilias, Híadas, Lucero.
Y entonces se inventó el cazar las fieras
con lazos, y con ligas engañosas
el enredar las aves, y las fieras
selvas cercar con canes; las undosas
mares con redes largas barrederas
el uno escudriñaba; y con ñudosas
mangas el otro hiriendo a su albedrío,
el hondo penetró del ancho río.
Y entonces el rigor del hierro vino,
y fue la cortadora sierra hallada,
que a fuerza de las cuñas cortó el pino,
fácil para el hender, la edad dorada.
Nacieron muchas artes, que el contino
trabajo pertinaz y la apretada
falta, que en lo preciso no reposa,
todo lo sobrepuja poderosa.
Ceres nos enseñó a romper la tierra
con hierro, cuando ya casi faltaba
bellota en el sagrado monte y sierra,
y la comida Epiro nos negaba.
Mas luego al pan le vino nueva guerra,
la niebla dañadora, que gastaba
la espiga, y el baldío y desechado
cardo, que se erizaba en el sembrado.
Ahóganse las mieses; sube y crece
selva desagradable, abrojo, espina,
y en lo que cultivado resplandece
reina la grama inútil, la malina
avena. Y si tu mano desfallece
en perseguir con rastro a la contina
el campo, y si no espantas con ruido
las aves, o con honda y estallido;
Si no estrechares tú con podadera
las sombras del umbroso y negro suelo;
si en el otoño y en la primavera
con votos no pidieres agua al cielo,
en vano, ¡ay!, los montones de la era
ajena mirarás, y tu consuelo,
con que consolarás tu merecida
hambre, será la encina sacudida.
También nos convendrá que dicho quede
qué armas ha de usar el esforzado
rústico, sin las cuales no se puede
sembrar ni mejorar lo ya sembrado.
La reja es lo primero, y le sucede
el roble del muy grave y corvo arado;
la carreta de Ceres Eleusina,
que despacio volviéndose camina.
Los trillos, las rastreras, los pesados
rastros desigualmente; los tejidos
cestos, alhajas viles, los trabados
zarzos de rama y mimbre, los debidos
arneros al dios Baco, que ayuntados
con acuerdos tendrás y apercibidos
de antes todos éstos, si la amada
gloria del fértil campo te es guardada.
Con tiempo, allá en la selva, retorcido
con fuerza valentísima es domado
el olmo para cama, y constreñido
recibe forma en sí de corvo arado;
de allí por ocho pies sale extendido
derecho ansí el timón, y a cada lado
su oreja y su dental, y de antemano
se corte al yugo el tejo bien liviano.
El tejo y la alta haya, y juntamente
la esteva se apareje, que plantada
detrás en el arado prestamente
vuelva las bajas ruedas; y colgada
la leña dura en el hogar caliente,
allí será del humo examinada.
Y puédote decir otras mil cosas,
que los ancianos mandan provechosas.
Mil cosas, si te place estar atento,
y tan menuda cuenta no es penosa.
La era, lo primero, de cimiento
trastórnala, y con greda pegajosa
macízala después; y desde el centro
por toda al derredor con poderosa
y bien rolliza piedra ansí rodando,
lo desigual del suelo irás quitando,
Por que no nazcan yerbas, ni, hendida,
el polvo en ella reine, ocasionada
a ser de mil cojijos ofendida;
que a veces hace en ella su morada
y su troj el ratón, y su manida
el topo ciego pone allí cavada,
y el sapo allí se halla cada día,
y cuanta sabandija el suelo cría.
Y a veces el gorgojo atala y gasta
grande montón de trigo, y la hormiga
ensila mucho más de lo que basta,
temiendo la vejez pobre y mendiga;
que si tu diligencia no contrasta
mil daños amenazan a la espiga;
y atenderás también, si te es gustoso,
adivinar lo estéril, lo abundoso.
Atiende cuando en flor el almendrera
se viste por el campo, y de florida
las ramas encorvare; la panera,
si el fruto viene a colmo, enriquecida
será por un igual, y grande era
verá con gran calor; mas, si caída
la flor, se fuere en hoja, muy menguadas
espigas trillarás y mal granadas.
Y visto he yo que muchos sembradores
los granos medicinan, y primero
con alpechín los bañan, con licores
otros, para que el fruto más entero
hincha la falsa vaina, y los ardores
del fuego, aunque pequeño, más ligero
los cuezan y enmollezcan, y aun he vido
el trigo desdecir muy escogido.
He visto que después de gran cuidado
desdice poco a poco, si el humano
velar en cada un año lo granado
no escoge y lo mejor con propria mano;
que ansí por ley en todo lo criado
decae y vuelve atrás el ser liviano,
y viene, empeorándole contino,
a estado menos bueno y menos dino.
No de otra forma y modo que acontece
al que con remo y fuerza apenas lleva
el barco la agua arriba, si enflaquece,
y si de cuanto puede no hace prueba,
si acaso el brazo afloja y desfallece,
ya la raudal corriente se le lleva
y al punto en pos de sí arrebatado,
y como cuesta abajo despeñado.
Y, allende desto, importa el tener cuenta
-tanto a nosotros como al marinero,
que el Ponto y que el estrecho Abido tienta
llevado por el mar ventoso y fiero
al patrio y dulce nido donde asienta-
con el Arcturo y con el Carretero,
sus Cabras y su día juntamente
con la Culebra austral resplandeciente.
Cuando la Libra iguales horas diere
al sueño y a la vela, y justamente
la redondez por medio dividiere
entre la noche y luz, el buey valiente
traed a la melena, y por do fuere
con mano, ¡oh labradores!, diligente
esparcid las cebadas, hasta cuando
lo crudo del invierno venga helando.
Y por el mismo modo es apropiado
tiempo para entregar el lino al suelo,
y de la dormidera el dedicado
grano a la santa Ceres sin recelo,
cuando está seco el campo, y el nublado
alto y suspenso se anda por el cielo;
mas de las habas es la sementera,
cuando aparece ya la primavera.
Y a ti también, alfalfa, los llovidos
sulcos te acogerán bien en su seno,
y al mijo en cada un año a sus debidos
cuidados sazón viene y tiempo bueno,
cuando ya el blanco Toro con lucidos
cuernos del año nuevo, y del sereno
aire la puerta abriendo, se pusiere
el Can contraria estrella, y le cediere.
Empero, si labrares para el trigo
las tierras, o si para las cebadas,
y fueres de los panes sólo amigo,
primero se te ascondan las llamadas
Virgilias, y primero, como digo,
se asconda la Corona, que entregadas
al sulco las simientes le confíes,
y al suelo sin razón tu año fíes.
Que muchos comenzaron no caída
la Maya, mas al fin la espiga vana
burló sus esperanzas. Si esparcida
la arveja o vil faselo, o la gitana
lenteja fuere en precio de ti habida,
su tiempo te dirá, su sazón sana
sus rayos el Bootes cubijando;
comienza, y llega al hielo ansí sembrando.
Que por aqueste fin del sol dorado
la redondez del cielo dividida
con número medido y limitado,
por doce claros signos es regida,
y en cinco zonas todo está cortado;
la una de las cuales encendida
la tiene de contino el sol presente,
y el fuego que la tuesta eternamente.
De aquésta al derredor las dos postreras,
por la siniestra y por la diestra mano,
se extienden verdinegras, con las fieras
lluvias, con el rigor del hielo insano;
y entre éstas y la media van dos veras,
dadas por don al hombre soberano,
y en ambas al través hecho el camino
por do los signos andan de contino.
Que cuanto se levanta el cielo alzado
encima los alcázares Rifeos,
tanto se va sumiendo recostado
hacia el Ábrego y Libia y los Guineos.
Aqueste quicio vemos ensalzado;
debajo de los pies aquellos feos
y hondos infernales; el Cerbero
le ve y del negro lago el mal barquero.
Aquí va dando vueltas las Serpiente
grandísima, a manera de un gran río,
por entre las dos Osas reluciente;
las Osas que en el mar nunca el pie frío
lanzaron; mas allí continamente
que es calma, dicen, todo y estantío,
en noche profundísima espesando
lo escuro las tinieblas y engrosando.
dicen que la Aurora, despedida
de aquí, les lleva el día, y al momento
que torna a descubrírsenos nacida,
y que de sus caballos el aliento
nos toca, y de la tarde la lucida
estrella allí con presto movimiento
sus luces les enciende. Por manera
que el cielo nos es seña verdadera.
Es seña que nos dice sin engaño
del aire las mudanzas revoltoso,
la mies, la sementera, y cuándo el año
concede dar el remo al mar undoso;
cuándo se puede al agua echar sin daño
la nave, y cuándo el pino poderoso
con su sazón debida viene a tierra,
cortado en la fragosa y alta sierra.
Ansí que no es sin fruto el tener cuenta
en ver si nace el signo o si se pone,
y el año que con una y justa cuenta
de cuatro tiempos varios se compone.
Si fuere que la lluvia no consienta
salir al labrador, no se perdone
de hace mil cosas que, la nube huida,
convienen y se hacen de corrida.
Que el labrador la reja allí embotada
afila de su espacio, y cava el leño
en barco; o si le place, a su manada
almagra, y el montón grande o pequeño
a cuenta le reduce; es aguzada
la horca de dos puntas; alza el dueño
el roto valladar; allí se apresta
lo que la vid caediza tiene enhiesta.
Entonces con los mimbres es tejido
el fácil canastillo; tuesta el fuego
entonces las espigas, y es molido
el grano con la piedra, y al sosiego
santo el hacer también le es permitido
por ley algunas obras, porque el riego
no hay fiesta que lo vede, ni es vedado
cercar con valladares el sembrado.
Ni menos el armar al ave engaño,
ni el encender los cardos, ni el roñoso
ganado zambullir en fresco baño;
y a veces sobrepone al espacioso
asnillo el labrador, conforme al año,
aceite o vil manzana, y va y gozoso
le torna del mercado a su morada
con pez o cualquier piedra aderezada.
Y para el trabajar, también la luna,
a días, es feliz en su carrera:
huye su quinta luz, en quien a una
Tesífone nacieron y Meguera,
y el Orco verdinegro y la Laguna:
y en tal día la tierra lanzó afuera
con parto abominable a Tifoeo,
a Jápeto, Porfirio, Reto y Ceo.
En tal día produjo infelizmente
a todos los hermanos conjurados
de dar asalto al cielo osadamente.
Tres veces procuraron levantados
sobreponer al Pelio el eminente
Osa y Olimpo, y fueron derrocados
tres veces con el rayo soberano
los montes, que el furor alzaba en vano.
Empero es felicísimo el seteno
que al décimo sucede, en poner vides,
en el domar los bueyes, y es muy bueno
para tejer lo urdido; y si partides
de vuestra casa, el proprio es el noveno,
aunque es malo a los hurtos y a sus lides;
y a cosas es mejor la noche fría,
cuando al alba el suelo se rocía
De noche muy mejor la paja leve,
de noche mejor mucho el seco prado
se corta, que a las noches se les debe
un correoso humor; y desvelado
a los candiles largos del sol breve
con hierro aguza alguno delicado
la tea, y su mujer, que también vela
corre la lanzadera por la tela.
Corre por el telar, y engaña el duro
y luengo trabajar ansí cantando
cuece el dulce mosto al fuego puro,
el cobre hirviente a tiempos espumando.
Mas el estío al trigo ya maduro
la hoz aguda aplica, y volteando
en la espaciosa era, son trilladas
las mieses, del calor del sol tostadas.
Ara cuando se puede arar desnudo,
y siembra por el mismo modo y arte;
que el tiempo del invierno es como ñudo
que ata al labrador la mano y arte
que cuando reina el frío y hielo crudo,
los labradores por la mayor parte
gozan de lo allegado, y juntamente
a veces se convidan dulcemente.
Convídalos a ello el tiempo helado,
hecho para el regalo, y que del pecho
desata las congojas y cuidado;
como cuando con viento al fin derecho
entran el puerto dulce y deseado,
cargados los navíos de provecho,
alegres con laurel los marineros
coronan a los árboles veleros.
Bien es verdad que es proprio a la cosecha
del roble y del laurel y verde oliva
y del sangriento mirto, y que aprovecha
para enredar la grulla fugitiva,
para poner al ciervo en red estrecha,
seguir la liebre, herir la corza esquiva
con honda que estallide, en cuanto al suelo
la nieve cubre, al río enfrena el hielo
¿Qué diré del otoño y su mudanza,
ya cuando van los días de corrida,
lo que se ha de velar en la labranza?
¿Y cuando va el verano de vencida,
y cuando por los campos la mies lanza
y eriza sus espigas conmovida,
y en las cañas los granos ya cuajados
de leche, se demuestran muy hinchados?
Que he visto yo en la siega misma, y cuando
llamaba el labrador los segadores,
de mil contrarios vientos batallando
venir las guerras todas y furores,
que de raíz las mieses arrancando
enteras, por los aires voladores
subieron; y llevó la caña, el grano,
envuelta en torbellino el soplo insano,
Y viene muchas veces desde el cielo
de agua innumerable un golpe fiero,
y las nubes derraman sobre el suelo,
que el Cierzo amontonara, un mar entero
húndese el alto cielo, y lo que al hielo
y al sol labrara el buey, el aguacero
lo anega y quedan llenos los fosados;
los ríos resonando van hinchados.
Crecen los hondos ríos; todo el llano
con olas hervorosas bulle, y luego
del nublo tenebroso la alta mano
lanza tronando rayos hechos fuego,
con que la tierra tiembla, con que en vano
las alimañas huyen, con que el ciego
y abatido pavor generalmente
los ánimos humilla de la gente.
Mas él, con tino ardiente, poderoso
las Ceraunias puntas encumbradas,
el Ródope o el Ato montuoso
derrueca; y luego al punto, desplegadas
sus alas, se redobla furioso
el Ábrego y la lluvia, desatadas
las nubes, espesísima; al crecido
viento la playa y bosques dan bramido.
Pues con recelo desto pon cuidado
en advertir los meses, las estrellas,
los sinos do se asconde el viejo helado
y a do el Cilenio esparce sus centellas;
mas sobre todo da lo situado
a las diosas y a Ceres, grande entre ellas,
a quien festejarás con larga mano,
fenecido el invierno y el verano.
En las primeras yerbas santo ofrece,
cuando se viste el campo de hermosura.
Entonces el cordero es gordo y crece;
el sueño baña entonces la dulzura;
entonces ya, cocido, se enmollece
el vino, y de la sombra la espesura
entonce es agradable en la montaña.
Entonces, pues, tu rústica compaña.
Adore, pues, a Ceres lo aldeano,
y tú el panal le mezcla, y leche y vino,
y la dichosa hostia vaya a mano,
tres veces de las mieses el camino;
la gente le acompañe y coro ufano
y llame ansí con voces de contino
a Ceres, y ninguno sea osado
la hoz meter primero en lo sembrado,
La hoz en las espigas, si primero,
de encina coronado, no dijere
a Ceres su cantar, y placentero
con saltos descompuestos la sirviere.
Y porque con indicio verdadero
podamos conocer lo que viniere,
las lluvias, los calores, los estíos,
los vientos que producen hielo y fríos:
El cielo estatuyó lo que la luna
nos dice, que por meses se renueva;
qué signo aplaca el viento, y lo que una
y muchas veces visto es cierta prueba
para que el labrador por ley ninguna
de la cabaña lueñe el hato mueva;
mas junto al derredor de su morada
apaste receloso su manada.
Que en yendo ya los vientos a alterarse,
las costas de los mares conmovidos
comienzan enojadas a hincharse,
y se oyen por las sierras estallidos;
resuenan las riberas, que turbarse
empiezan, o se espesan los rüidos
del bosque y sus murmullos de hora en hora,
indicios de la fuerza movedora.
Y apenas ya las ondas se contienen
de hacer a los navíos guerra fiera,
cuando del mar sus cuervos prestos vienen
trayendo vocería a la ribera;
y cuando las cercetas se detienen
y espacian por lo seco, y la junquera
y los sabidos lagos olvidando,
la garza sobre el ñublo va volando.
Y vemos muchas veces los cometas,
si vientos se aparejan, derrocarse
del cielo, y de sus llamas luengas vetas
en pos de sí luciendo señalarse,
por las escuras noches y secretas,
y muchas revolando levantarse
las pajas y las hojas ya caídas,
y plumas sobre el agua andar movidas
Mas si fulmina de do el Cierzo espira,
si truena donde el Euro vive y mora,
cuanto del prado y campo el cielo mira
anda nadando todo en breve hora;
y todo marinero en la mar tira
las velas hechas agua y las mejora,
mas nunca por faltarles el aviso
la lluvia al hombre ofende de improviso.
Porque, o la grulla luego alzando el vuelo,
como el vapor del valle se levanta,
le huye, o la becerra vuelta al cielo
atrae el aire a sí, o suena y canta
la rana en el charcal su antiguo duelo,
vuela y no se cansa ni quebranta
de andar, cercando el lago a la contina
mil veces la parlera golondrina.
saca del secreto de su techo
los huevos de ordinario la hormiga,
cursando su sendero angosto, estrecho;
y por beber los mares se fatiga
el arco grande de colores hecho,
el escuadrón de cuervos de la amiga
comida en grande número volviendo,
con las espesas alas hace estruendo.
También del mar mil aves diferentes
y las que en torno de los Asios prados
los lagos escudriñan diligentes,
los lagos del Caístro no salados,
-verás cómo a porfía hombros, frentes
se esparcen y rocían, y en los vados
ya corren, ya se sumen, y ansí en vano
se estudian de bañar con juego ufano.
Y la sagaz corneja también llama
la lluvia con voz llena, y se pasea
a solas por la arena; y por la llama
del olio y vil candil, si centellea,
las siervas que, mandadas de su ama,
velan de noche e hilan su tarea,
conocen el llover, porque producen
las mechas unos hongos que relucen.
Y puedes con señales no menores,
llovido, colegir lo raso y puro;
que ni en los celestiales resplandores
se muestra la luz bota, el rayo escuro,
ni menos en la luna, los tenores
que sigue de su hermano rojo y puro,
ni andan por el aire derramadas
como unas lanas blancas y delgadas.
Ni menos en el sol las alas tienden
los alciones, de la Teti amados;
ni los lechones con la boca entienden
en derramar los haces desatados;
mas antes a los valles se descienden,
y en ellos se recuestan, rellanados
los húmidos vapores, y en el techo
apenas abre la lechuza el pecho.
Apenas viendo que es el sol ya ido
canta, y el esmerjón se ve ensalzado
altísimo en el aire; y su debido
paga por el cabello colorado
la ciris, que a doquiera que del nido
cortando por el cielo va delgado
le sigue el enemigo crudo y fiero
con grande estruendo y con volar ligero.
Síguela el esmerjón por dondequiera,
y ella de la parte do él se avía
con ala el aire líquido ligera
huyendo va cortando, y se desvía;
y sus voces los cuervos o tercera
cuarta vez repiten a porfía,
y a veces en los árboles alzados,
no sé con qué dulzura alborozados,
Alegres, más que suelen travesean
consigo y con la hojas; con rüido
y cuando ya las lluvias no gotean,
gustan de reveer su dulce nido
y sus pequeños hijos. No que sean
por esto más divinos en sentido,
ni, cuanto a lo que creo, que por hado
más cierto o más discurso les sea dado;
Sino que cuando el tiempo variable
y el movedizo humor su senda altera,
y el Ábrego con soplo deleznable
lo ralo espesa, afloja lo que fuera
espeso, luego aviene que lo instable
del ánimo se trueca en su manera
y siente agora el pecho un movimiento,
y otro si conduce lluvia el viento.
De aquí vienen aquellos acordados
cantos que dan las aves gorjeando,
el juego y el placer de los ganados,
los cuervos con los cuellos pompeando.
Mas si los soles miras presurados,
las lunas que los siguen rodeando,
ni el día venidero hará engaño,
ni la serena noche burla y daño.
La luna en el principio que su puro
ardor, que le torna, va cogiendo,
si con escuro cuerno el aire escuro
cercare en sí, gran lluvia apercibiendo
se va contra la mar y suelo duro;
mas si se colocare apareciendo,
es viento, porque al viento la dorada
luna se pone siempre colorada.
Mas si en su cuarta luz -que siempre ha sido
pronóstico la cuarta, verdadero-
con afilado cuerno y con lucido
saliere, aquel día todo entero,
y los demás por todo el mes cumplido
sin vientos lucirán, y el marinero
dará sus votos, salvo en la ribera,
a Glauco, a Panopea, a Melicera.
Y el sol, o cuando sale o cuando encierra
sus rayos en las ondas, da señales:
y el sol en sus señales nunca yerra,
salga por las puertas orientales,
láncese debajo de la tierra,
y suban las estrellas celestiales:
que lo que señalare el sol divino,
certísimo sucede de contino.
Que si cuando en Oriente se mostrare,
con manchas esparciere su salida,
y nube en la mitad de sí encerrare,
su media redondez ansí ascondida;
no dudes de la lluvia si tardare,
que ya de golpe viene, y de corrida
el Noto, despeñándose furioso,
a hatos, mieses y árboles dañoso.
Y si por entre el ñublo espeso opuesto,
por partes diferentes descubriere,
nacido el sol, sus rayos, o con gesto
la aurora deslucido apareciere,
del lecho de Titón, de flor compuesto;
la hoja podrá mucho si pudiere
las uvas defender, según saltando
con el granizo el techo irá sonando.
Y aun es más de provecho el tener cuenta
con cuando el sol, pasada su carrera,
se parte ya del cielo, que presenta
entonces cada vez de su manera
su rostro, como vemos; que, si alienta
la lluvia, es verdinegro; si la fiera
pujanza de los Euros, tiñe luego
su rostro de color de sangre y fuego.
Y si del claro rostro el ardor puro
con manchas a mezclarse comenzare,
verás en un momento el aire escuro
hervir en lluvia y viento; y, si cerrare
la noche, no será nadie tan duro;
serálo el que en tal noche me rogare
correr por la mar alta puesta en guerra,
desamarrar la nave de la tierra.
Mas si, y cuando el día el sol conduce,
y cuando nos asconde el que ha traído,
su redondez entera y pura luce,
en vano el ñublo entonce habrás temido,
del Cierzo, que a pureza le reduce,
verás la selva y monte ser movido.
Da el sol ciertas señales, finalmente,
de todo lo que al campo es conveniente.
Él te dirá lo que la luz tardía,
la estrella de la tarde te acarrea;
él te dirá qué piensa el Mediodía,
el húmido Africano qué desea,
las nubes de dó el viento, y dónde guía,
él hace que se entienda y que se vea;
que ¿quién será tan tonto y tan osado
que diga que el sol burla o que es burlado?
También el sol avisa a la contina
los ciegos movimientos que se ordenan,
las guerras que se emprenden, y adivina
los fraudes que en secreto se encadenan;
del César en la muerte el mesmo, indina
por quien ansí los hados nos condenan,
cubrió su luz; temieron los malvados
siglos en noche eterna ser dejados.
Aunque también entonces y las tierras,
y los tendidos mares señas dieron,
las aves importunas y las perras;
al Etna muchas veces todos vieron
hervir y rebosar por campo y sierras,
rompidas las hornazas que tuvieron
los Cíclopes, y en bolas hecho el fuego
lanzar y piedras, hechas polvo luego.
Sonó por todo el aire en Alemaña
de armas temeroso y gran sonido;
tembló más de lo usado la montaña
de los fragosos Alpes, y fue oído
en los callados bosques son de extraña
figura, y ya de noche escurecido,
fantasmas fueron vistas matizadas
con formas y colores nunca usadas.
Hablaron los salvajes animales
lo que no es de decir; el curso el río
detuvo; abrióse el suelo; en los umbrales
sagrados sudó el bronce; lloró el frío
marfil, y el Po, venciendo sus canales,
con avenida enorme y desvarío
las selvas trastornaba, y del ejido
las chozas y el ganado lleva asido.
Y siempre en aquel tiempo se hallaron
señales de amenaza en la asadura
que abría el sacrificio, y no cesaron
los pozos de manar en sangre pura,
ni las ciudades grandes se excusaron
de oír aullar los lobos por la escura
noche, ni en luz serena el cielo y clara
tantos rayos jamás de sí lanzara;
Ni tantas veces nunca se encendieron
los aires con cometas. Y ansí avino
que vieron otra vez, los campos vieron
filipos los Romanos, que sin tino
escuadras contra escuadras concurrieron;
ni tuvo el crudo cielo por indino
que Ematia por dos veces, ¡ay!, bañada
con nuestra sangre fuese ansí engrosada,
Será que en algún tiempo, trastornando
la tierra el labrador con corvo arado,
los hierros de los dardos irá hallando,
el hierro del orín casi gastado;
y en los vacíos yelmos arrastrando
encontrará con el legón pesado,
y rotos los sepulcros, allí espesos
con pasmo mirará los grandes huesos.
Dioses, de nuestra patria propio amparo;
dioses, que os traspasastes della al cielo,
y tú, Remo, y tú, Vesta, a quien es caro
el Tibre turbio y el romano suelo;
que al menos este mozo, alto y raro,
socorra aqueste siglo envuelto en duelo;
no os pese, que ya asaz con muertes duras
penamos las troyanas falsas juras.
Que vea que ya el cielo soberano
de ti nos tiene envidia, y se lamenta
que más te ocupes, César, con lo humano,
do en fuero o desafuero ya no hay cuenta,
do hierve en guerras todo, do el insano
furor en tantas formas se presenta,
la esteva no se precia, los sembrados
se yerman de cultores despojados.
Llevados los obreros, se ensilvecen;
las hoces se transforman en espadas,
los Partos de una parte se embravecen,
de otra las Germanias alteradas;
los pueblos, que vecinos más parecen,
guerrean; ya sus ligas quebrantadas,
esparce por doquiera el Marte crudo
lo fiero, lo sangriento, lo sañudo;
Como cuando del puesto libre extiende
el paso por el campo la cuadrega,
y cuanto se adelanta más se enciende,
y del correr las alas más desplega,
y en balde el cuadreguero tira, y tiende
las riendas, o le plega o no le plega,
llevado de lo potros, de las ruedas,
que sordas a los frenos no están quedas.

Geórgica II

Aquesto cuanto al campo y su cultura,
al tiempo y sus sazones dicho sea:
agora de las vides la postura,
y de Baco mi voz cantar desea;
de Baco y de otras ramas de frescura,
con que se viste el monte y se hermosea:
y de la verde oliva juntamente,
que crece perezosa y lentamente.
Aquí, ¡oh tú, Leneo!, aquí te aplica,
pues aquí de tus dones todo es lleno:
que a ti florece el campo, y fructifica
del pampanoso otoño rico el seno,
y la vendimia en las tinajas rica
a ti hirviendo exprime vino bueno,
y conmigo, y desnudos del calzado
los pies, tiñe en el mosto ansí pisado.
Pues cuanto a lo primero, es diferente
en lo que es el nacer del arboleda,
su ley y condición; que sin simiente
hay árboles que nacen, sin que pueda
preciarse de ello el hombre; y finalmente
se nacen de sí mismos, y no queda
ni monte do no crezcan, ni ladera
ni torcida corriente de ribera.
Cual es el blando mimbre, la hiniesta,
el álamo y el sauce verde-escuro,
escuro desta parte, y blanco desta;
hay otros de más tosco ingenio y duro;
no nacen sino de simiente puesta,
ansí el castaño sube al aire puro,
la carrasca en los bosques señalada,
la encina de los Griegos consultada.
De las raíces de otros pimpollece
un monte de renuevos casi entero:
el olmo y el cerezo ansí parece;
debajo la gran sombra del primero
laurel, ansí el pequeño lauro crece:
esto es lo natural, lo que primero
natura estableció, lo con que cría
las selvas y los montes cada día.
Sin esto hay otros modos diferentes
del uso y del ingenio demostrados:
unos las ramas verdes y recientes
del cuerpo de sus madres desviados
extienden por los sulcos; otras gentes
entierran los pimpollos trasplantados;
plantan las estacas, con cabezas
agudas o hendidas, en sus piezas.
Y árboles a las veces hay que miran
forzados como en arcos en la tierra;
sus ramos vivos prenden, y se admiran
en ver cómo renacen; otro afierra
plantado sin raíces, y ansí tiran
seguros del suceso -que no yerra-
los podadores las más altas ramas,
y danles en el suelo hondas camas.
También -lo cual es grande maravilla-
los troncos degollados, brota afuera
la oliva de cortada y seca astilla;
y vemos muchas veces de lo que era
mudarse uno en otro, y en la silla
de la manzana injerta dulce pera;
y vestirse de sangre y rojo fino
la cereza salvaje en el endrino.
Pues, ea, ¡oh labradores!, parad mientes,
y conoced qué formas de culturas
serán a cada suerte convenientes;
traed a mansedumbre las posturas
salvajes con industria y diligentes;
no duerman perezosas y seguras
las tierras; la vid reine en el esquivo
Ismaro, en el Taburno el verde olivo.
Y tú también aspira, y juntamente
conmigo lleva al fin la comenzada
labor, ¡oh gloria mía!, ¡oh justamente
la parte de mi fama más preciada,
Mecenas!; y volando al mar patente,
corre el abierto mar con vela hinchada;
mas no pretendo yo en mis versos todo
ponerlo, ni es posible en ningún modo.
No, si me fuesen dadas lenguas ciento,
si cien voces, si voz de bronce duro;
pues ven, ya hacia la costa alienta el viento,
la tierra está en la mano; que no curo
con versos de fingido fundamento,
con versos de rodeo luengo, escuro,
con exordios prolijos y pesados
fatigar tus sentidos ocupados.
El árbol que a luz viene y se levanta
de suyo, es el sin fruto; mas lozano,
y fresco y muy valiente se adelanta,
que el suelo le es conforme, proprio y sano:
y el mismo si se injiere o se trasplanta,
lo montesino pierde y lo villano;
y si en beneficiarlo perseveras,
ligero seguirá por donde quieras.
Y por la misma forma se mejora,
traspuesto en campo abierto, lo nacido
estéril de hondo tronco; porque agora
lo espeso de las hojas, lo tejido,
la sombra de la madre dañadora
lo tienen asombrado y revenido;
si quiere llevar fruto, se lo quitan;
si lleva, se lo queman y marchitan.
Mas si por caso el árbol de sembrada
semilla se levanta, es muy tardío;
dará sombra a los nietos, ya pasada
la cuarta descendencia, en el estío;
su fruta viene a menos, olvidada
de su primero gusto y su natío;
la vid dará racimos desmenguados,
mesa de pajarillos desmandados.
Es ello ansí, que al fin a toda suerte
de árboles se debe su cuidado,
a todos su labranza, a todos fuerte
brazo, que los reduzca a ley de arado,
a todos mucha costa; mas se advierte
que acuden más conforme al deseado
de cepa las olivas, de sarmiento
la vid, de firme estaca el mirto lento.
De planta y de postura el avellano,
y el grande fresno nace, y la corona
de Alcides, árbol alto, verde y vano,
y el que del padre Epíreo se pregona;
y el tronco de la palma soberano
a este nacimiento se aficiona,
y a la derecha haya y muy subida,
a ver los casos de la mar crecida.
Y, en cuanto al injerir, el espinoso
madroño sale habido de noguera;
y lleva en sí manzano poderoso
el plátano, que estéril por sí fuera;
la haya a la castaña da reposo;
y el roble con las flores de la pera
blanquísimo encanece, y vemos rota
debajo de los olmos la bellota.
Ni es uno solamente, ni sencillo
el modo del injerto y del escudo;
porque por do la yema en el ramillo
se lanza y rompe el velo haciendo ñudo,
allí se hace un seno al arbolillo
ajeno, en que metido aprenda el rudo,
en la corteza verde allí y jugosa
soldando, incorporarse en una cosa.
con aguda cuña en los cortados
francos y lisos troncos hondamente
por lo macizo hiende, y encastados
los palos fructuosos brevemente,
dellos con ramos verdes y poblados
un árbol grande sale a luz patente;
y admírase mirando el tronco lleno
de nuevas hojas y de fruto ajeno.
Y más allende desto, de los fuertes
olmos, del sauce y loto y del Ideo
ciprés, no hay linaje, ni unas suertes;
ni las olivas grasas sin arreo
de un mismo talle todas; que si adviertes,
hay luenga, hay ocal, hay las que creo
que llaman pausia oliva, a quien ninguna
iguala en amargura de aceituna.
Lo mismo en el manzano, en los frutales
de Alcínoo, en los limones acontece;
ni es una misma rama en los perales
la Sila y la que en Crústume florece,
las grandes y pesadas verdinales;
ni la vendimia misma, que parece
estar de nuestros árboles colgada,
en Medina de Lesbo es vendimiada.
Hay vid de Tasia, hay blanca vid gitana;
aquésta es para el grueso, espeso suelo,
aquélla en el ligero más se ufana:
hay Psitia, que entre todas alza el vuelo,
para el bastardo vino, hay la temprana;
hay la vestida de purpúreo velo;
hay la doncel Lageos, producida
para tener el pie y la lengua asida.
Y a ti, Rhética uva, ¿con qué canto
agora te diré? Mas si te empino,
no quiero que compitas tú por tanto
con las bodegas del falerno vino;
hay vides amineas, firmes cuanto
serán ningunos vinos, que el más fino
licor de Lidio monte, el de Candía,
les hace reverencia y cortesía.
Y la menor Argés, con quien ninguna
competirá en ser larga en vino, en vida;
ni yo te callaré, ni a ti, Vacuna,
en racimos hinchada y muy crecida;
ni a ti, agradable Rodia, más que alguna
a los dioses, y al fin de la comida:
mas sus linajes y sus nombres dellos
no hay número que pueda comprendellos.
No hay número cabal, ni importa nada
en número tenerlo reducido,
que si quisiere alguno, o si le agrada
saberlo, es desear tener sabido
cuántas arenas turba en la espaciada
playa de Libia el Céfiro movido;
cuánta ola viene a la ribera,
cuando el fiero Levante el mar altera.
Y advierte que tampoco es cada tierra
buena para llevar toda arboleda;
que el roble estéril en fragosa sierra,
en la margen del río la sauceda,
el chopo en el cenoso lago afierra;
al mirto la ribera es cosa leda,
y Baco los recuestos descombrados,
y los Cierzos al tejo ama helados.
Mira las tierras que en los fines doma,
del mundo el labrador, y las moradas
del Árabe, do el sol naciente asoma,
las gentes Gelonesas muy pintadas;
tierras que para sí cada una toma
árboles, por do son diferenciadas;
el ébano da sólo el Indio feo;
la rama del incienso es del Sabeo.
¿Pues para qué es decirte del madero,
de donde suda el bálsamo oloroso?
¿Del fruto del acanto siempre entero
en su verde vigor y siempre hermoso?
¿Del bosque cano en lana, que el postrero
Etíope cultiva artificioso?
¿Y cómo el indio Oriente en la arboleda
peina los blandos copos de la seda?
¿O las selvas que la India más vecina
al Océano cría, seno extremo
de todo lo poblado, a do se empina
tan alto la arboleda, que al supremo
cogollo de los árboles no atina
enviada saeta con extremo
de arte ni de fuerza; y es muy hecha
aquella gente al arco y a la flecha?
Lleva la Media el agrio zumo, el duro
sabor del feliz árbol, que ligero
las veces que en el vaso amable y puro
la madrastra crüel con pecho fiero,
mezclando yerbas y no buen conjuro,
inficionó el sencillo bebedero,
viene más que otra cosa presto y bueno,
y lanza de las venas el veneno.
Es de grandeza el árbol señalada,
y al lauro es por extremo parecido;
y si de sí no diera derramada
otra diversa olor, laurel nacido
fuera; su hoja en sí tiene enclavada,
por más que sople el viento embravecido:
firme es su flor; con ella, el torpe aliento
cura el medo y el viejo de años ciento.
Mas ni las selvas medas, rica tierra,
ni el Ganges de hermosura rodeado,
ni el Hermo, turbio en oro, que en sí encierra,
puede ser con Italia comparado:
ni el llano Bactriano ni la sierra,
no el Indio de mil bienes abastado,
ni toda la Pancaya y sus arenas,
de árboles y de incienso todas llenas.
No trastornan en ella los terrones
toros, que por la boca espiran fuego;
ni con sembrados dientes de dragones,
en astas y en almetes vueltos luego,
se eriza la campaña de escuadrones;
mas por doquiera que el mirar despliego,
de mieses está llena, de viñedos,
de olivas verdes, de ganados ledos.
De aquí el guerrero potro cuellierguido
se muestra por el campo y verde prado;
de aquí las blancas greyes, o el crecido
tono mayor ofrenda, en tu sagrado
río Clitumno, todo zambullido,
mil veces a los templos han guiado
de Roma los triunfos; y el verano
siempre dura o viene más temprano.
Al año aquí dos veces los ganados
esquilman, y dos veces los frutales
son útiles con fruta; aquí hallados
ni tigres son, ni fieros animales;
ni son entre las huertas engañados
con yerbas ponzoñosas y mortales
los tristes que las cogen, ni consiente
que se enrosque o extienda la serpiente.
Ajuntemos a esto el muy crecido
número de ciudades señaladas;
sus obras de trabajo no creído,
tantas villetas fuertes, torreadas
en los tajados riscos, donde han sido
a fuerza de los brazos levantadas;
y junto a los antiguos altos muros
los ríos que ya turbios van, ya puros.
¿Qué cantaré dos mares, el que baña
lo alto de la Italia y el Tirreno?
¿Los lagos que embellecen la campaña?
¿Tú, Lari, de espacioso y ancho seno?
¿Tú, Bénaco, que en olas, furia y saña
te ensalzas como un mar? ¿O será bueno
decir los puertos todos del Lucrino,
sus muelles contra el ímpetu marino?
¿Sus muelles, y el enojo y los rumores
de onda rebatida, aunque resuena
de lejos, y con voces no menores
del agua Julia la admitida vena;
lanzándose por medio los licores
del lago Averno la canal Tirrena;
y sobre todo aquesto tanta mina
de oro, de metal, de plata fina?
De plata los arroyos, los metales
de cobre que en sus venas ha mostrado,
larga en mineros de oro, en minerales.
La misma ha producido y levantado
gentes de fama y de obras inmortales;
gentes de firme pecho, denodado:
los Marsos y la juventud Sabela,
y el Lígur, hecho al polvo y a la vela.
El Lígur y los Volscos, siempre armados
de dardo y azagaya; y juntamente
los Decios y los Marios, los preciados
Camilos; y en las armas el ardiente
valor de los Scipiones señalados;
y a ti, César, que agora en el Oriente,
último de los límites romanos,
alejas vencedor los Indios vanos.
¡Oh!, ¡salve!, de Saturno bien amada,
grande madre de mieses, de varones
tierra producidora, aventajada,
por tu respeto emprendo en mis renglones
lo que enseñó y preció la edad pasada;
y del Ascreo cisne las canciones,
la sacra fuente osado descerrando,
por los romanos pueblos voy cantando.
Agora es de decir la diferencia
de tierras, el vigor de cada una;
lo que podrán llevar, la conveniencia
que algunos frutos tienen con alguna.
La tierra, pues, sin jugo, en apariencia
de estéril, pedregosa, de ninguna
de espinosas matas; los collados
escasos, arcillosos y delgados;
Y la selva de Palas vividera,
do gozan, y es señal que en ellos crece
gran copia de acebuche, y por doquiera
la silvestre aceituna se parece
sembrada por el suelo. Mas la entera,
la gruesa, la que el dulce humor bastece,
el de espeso y jugoso y fértil seno,
el campo de copiosa yerba lleno,
Cual vemos muchas veces ser los valles
sujetos a los montes, do caminan
arroyos de los riscos, que llevalles
útil grosura suelen; que se inclinan
al Ábrego; que crían, sin sembralles,
helechos que las rejas abominan:
éste, pues, te dará muy poderosas,
y en vino largas vides y abundosas.
Aquéste es fértil de uva, aquéste en vino,
cual es el que en las anchas tazas de oro
se vierte en el altar, cuando el divino
músico sopla ya el marfil sonoro,
y vuelve al sacrificio lo que es dino
en fuentes vaheando el sacro coro.
Mas si te aplicas más a los ganados
de cabras -bien que abrasan los sembrados-,
De ovejas y de vacas, al baldío
camina de Tarento, el abastado;
cual aquel florido campo mío,
que fue a la triste Mantua mal quitado,
que pace blancos cisnes en el río,
que abunda en fuente pura, en verde prado;
y cuanto corta el diente en luengo día,
repara en breve noche el agua fría.
La tierra negra casi, y que rompida
debajo el corvo arado, su grosura
te muestra, la que está como podrida
-que aquesto mismo arando se procura-,
es tierra para mieses escogida:
de tierra no verás por aventura
venir a tu morada perezosos
de bueyes tantos carros tan copiosos.
donde el labrador con mano airada
el campo desmontando, trujo al suelo
la selva muy antigua, ociosa, holgada;
y de cuajo arrancó sin ningún duelo
las casas poseídas, la morada
antigua de las aves, que hacia el cielo
volaron dando cantos doloridos,
dejando sus amados, dulces nidos.

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