S.S. Juan Pablo II, Fides et ratio
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Fides et ratio

Carta Enc铆clica de S.S. Juan Pablo II a los obispos de la Iglesia Cat贸lica sobre las relaciones entre fe y raz贸n, 14 de septiembre de 1998

Venerables Hermanos en el Episcopado,

salud y Bendici贸n Apost贸lica

La fe y la raz贸n (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el esp铆ritu humano se eleva hacia la contemplaci贸n de la verdad. Dios ha puesto en el coraz贸n del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a 脡l para que, conoci茅ndolo y am谩ndolo, pueda alcanzar tambi茅n la plena verdad sobre s铆 mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).

INTRODUCCI脫N
芦CON脫CETE A TI MISMO禄

1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado 鈥攏o pod铆a ser de otro modo鈥 dentro del horizonte de la autoconciencia personal: al hombre cuanto m谩s conoce la realidad y el mundo y m谩s se conoce a s铆 mismo en su unicidad, le resulta m谩s urgente el interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La exhortaci贸n Con贸cete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla m铆nima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creaci贸n, calific谩ndose como 芦hombre禄 precisamente en cuanto 芦conocedor de s铆 mismo禄.

Por lo dem谩s, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad c贸mo en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: 驴qui茅n soy? 驴de d贸nde vengo y a d贸nde voy? 驴por qu茅 existe el mal? 驴qu茅 hay despu茅s de esta vida? Estas mismas preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen tambi茅n en los Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio y Lao-Tze y en la predicaci贸n de los Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eur铆pides y S贸focles, as铆 como en los tratados filos贸ficos de Plat贸n y Arist贸teles. Son preguntas que tienen su origen com煤n en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el coraz贸n del hombre: de la respuesta que se d茅 a tales preguntas, en efecto, depende la orientaci贸n que se d茅 a la existencia.

2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de b煤squeda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad 煤ltima sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es 芦el camino, la verdad y la vida禄 (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diacon铆a de la verdad. 1 Por una parte, esta misi贸n hace a la comunidad creyente part铆cipe del esfuerzo com煤n que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es s贸lo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestar谩 en la revelaci贸n 煤ltima de Dios: 芦Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conocer茅 como soy conocido禄 (1 Co 13, 12).

3. El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez m谩s humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosof铆a, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: 茅sta, en efecto, se configura como una de las tareas m谩s nobles de la humanidad. El t茅rmino filosof铆a seg煤n la etimolog铆a griega significa 芦amor a la sabidur铆a禄. De hecho, la filosof铆a naci贸 y se desarroll贸 desde el momento en que el hombre empez贸 a interrogarse sobre el porqu茅 de las cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el porqu茅 de las cosas es inherente a su raz贸n, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone de manifiesto la complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el hombre.

La gran incidencia que la filosof铆a ha tenido en la formaci贸n y en el desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la existencia tambi茅n en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabidur铆a originaria y aut贸ctona que, como aut茅ntica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente filos贸ficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma b谩sica del saber filos贸fico, presente hasta nuestros d铆as, es verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social.

4. De todos modos, se ha de destacar que detr谩s de cada t茅rmino se esconden significados diversos. Por tanto, es necesaria una explicitaci贸n preliminar. Movido por el deseo de descubrir la verdad 煤ltima sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la realizaci贸n de s铆 mismo. Los conocimientos fundamentales derivan del asombro suscitado en 茅l por la contemplaci贸n de la creaci贸n: el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relaci贸n con sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aqu铆 arranca el camino que lo llevar谩 al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre caer铆a en la repetitividad y, poco a poco, ser铆a incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal.

La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a trav茅s de la actividad filos贸fica, una forma de pensamiento riguroso y a construir as铆, con la coherencia l贸gica de las afirmaciones y el car谩cter org谩nico de los contenidos, un saber sistem谩tico. Gracias a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas 茅pocas, se han alcanzado resultados que han llevado a la elaboraci贸n de verdaderos sistemas de pensamiento. Hist贸ricamente esto ha provocado a menudo la tentaci贸n de identificar una sola corriente con todo el pensamiento filos贸fico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta 芦soberbia filos贸fica禄 que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En realidad, todo sistema filos贸fico, siempre con respeto de su integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar filos贸fico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente.

En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un n煤cleo de conocimientos filos贸ficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Pi茅nsese, por ejemplo, en los principios de no contradicci贸n, de finalidad, de causalidad, como tambi茅n en la concepci贸n de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; pi茅nsese, adem谩s, en algunas normas morales fundamentales que son com煤nmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontr谩semos ante una filosof铆a impl铆cita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma gen茅rica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por todos, deber铆an ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filos贸ficas. Cuando la raz贸n logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden l贸gico y deontol贸gico, entonces puede considerarse una raz贸n recta o, como la llamaban los antiguos, orth貌s logos, recta ratio.

5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la raz贸n por alcanzar los objetivos que hagan cada vez m谩s digna la existencia personal. Ella ve en la filosof铆a el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosof铆a como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos a煤n no la conocen.

Teniendo en cuenta iniciativas an谩logas de mis Predecesores, deseo yo tambi茅n dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la raz贸n. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la b煤squeda de la verdad 煤ltima parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosof铆a moderna tiene el gran m茅rito de haber concentrado su atenci贸n en el hombre. A partir de aqu铆, una raz贸n llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada vez m谩s y m谩s profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los diversos 谩mbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La antropolog铆a, la l贸gica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje... , de alguna manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la raz贸n misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que 茅ste est谩 tambi茅n llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condici贸n de persona acaba por ser valorada con criterios pragm谩ticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento err贸neo de que todo debe ser dominado por la t茅cnica. As铆 ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, la raz贸n, bajo el peso de tanto saber, se ha doblegado sobre s铆 misma haci茅ndose, d铆a tras d铆a, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosof铆a moderna, dejando de orientar su investigaci贸n sobre el ser, ha concentrado la propia b煤squeda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus l铆mites y condicionamientos.

Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigaci贸n filos贸fica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La leg铆tima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente v谩lidas. Este es uno de los s铆ntomas m谩s difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen a esta prevenci贸n ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su car谩cter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre s铆. En esta perspectiva, todo se reduce a opini贸n. Se tiene la impresi贸n de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexi贸n filos贸fica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez m谩s cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales, hermen茅uticas o ling眉铆sticas que prescinden de la cuesti贸n radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia, han surgido en el hombre contempor谩neo, y no s贸lo entre algunos fil贸sofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento 煤ltimo de la vida humana, personal y social. Ha deca铆do, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosof铆a respuestas definitivas a tales preguntas.

6. La Iglesia, convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la Revelaci贸n de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, con los cuales comparto la misi贸n de anunciar 芦abiertamente la verdad禄 (2 Co 4, 2), como tambi茅n a los te贸logos y fil贸sofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para exponer algunas reflexiones sobre la v铆a que conduce a la verdadera sabidur铆a, a fin de que quien sienta el amor por ella pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.

Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicci贸n que expresan las palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son 芦testigos de la verdad divina y cat贸lica禄. 3 Testimoniar la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad de la fe podemos devolver al hombre contempor谩neo la aut茅ntica confianza en sus capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosof铆a un est铆mulo para que pueda recuperar y desarrollar su plena dignidad.

Hay tambi茅n otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la Enc铆clica Veritatis splendor he llamado la atenci贸n sobre 芦algunas verdades fundamentales de la doctrina cat贸lica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas禄. 4 Con la presente Enc铆clica deseo continuar aquella reflexi贸n centrando la atenci贸n sobre el tema de la verdad y de su fundamento en relaci贸n con la fe. No se puede negar, en efecto, que este per铆odo de r谩pidos y complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensaci贸n de que se ven privadas de aut茅nticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se est谩 obligado a constatar el car谩cter parcial de propuestas que elevan lo ef铆mero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta el l铆mite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto depende tambi茅n del hecho de que, a veces, quien por vocaci贸n estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia especulaci贸n, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el 茅xito inmediato en lugar del esfuerzo de la investigaci贸n paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosof铆a, que tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la b煤squeda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocaci贸n originaria. Por eso he sentido no s贸lo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez m谩s clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en llevar a cabo el plan de salvaci贸n en el cual est谩 inmersa su historia.

CAP脥TULO I
LA REVELACI脫N DE LA SABIDUR脥A DE DIOS

Jes煤s revela al Padre

7. En la base de toda la reflexi贸n que la Iglesia lleva a cabo est谩 la conciencia de ser depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2 Co 4, 1-2). El conocimiento que ella propone al hombre no proviene de su propia especulaci贸n, aunque fuese la m谩s alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13). En el origen de nuestro ser como creyentes hay un encuentro, 煤nico en su g茅nero, en el que se manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado. 芦Quiso Dios, con su bondad y sabidur铆a, revelarse a s铆 mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Esp铆ritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina禄. 5 脡sta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento que el hombre tiene de 脡l culmina cualquier otro conocimiento verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es capaz de alcanzar.

8. Tomando casi al pie de la letra las ense帽anzas de la Constituci贸n Dei Filius del Concilio Vaticano I y teniendo en cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la Constituci贸n Dei Verbum del Vaticano II ha continuado el secular camino de la inteligencia de la fe, reflexionando sobre la Revelaci贸n a la luz de las ense帽anzas b铆blicas y de toda la tradici贸n patr铆stica. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres hab铆an puesto de relieve el car谩cter sobrenatural de la revelaci贸n de Dios. La cr铆tica racionalista, que en aquel per铆odo atacaba la fe sobre la base de tesis err贸neas y muy difundidas, consist铆a en negar todo conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de la raz贸n. Este hecho oblig贸 al Concilio a sostener con fuerza que, adem谩s del conocimiento propio de la raz贸n humana, capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe. Este conocimiento expresa una verdad que se basa en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy cierta porque Dios ni enga帽a ni quiere enga帽ar. 6

9. El Concilio Vaticano I ense帽a, pues, que la verdad alcanzada a trav茅s de la reflexi贸n filos贸fica y la verdad que proviene de la Revelaci贸n no se confunden, ni una hace superflua la otra: 芦Hay un doble orden de conocimiento, distinto no s贸lo por su principio, sino tambi茅n por su objeto; por su principio, primeramente, porque en uno conocemos por raz贸n natural, y en otro por fe divina; por su objeto tambi茅n porque, aparte de aquellas cosas que la raz贸n natural puede alcanzar, se nos proponen para creer misterios escondidos en Dios de los que, de no haber sido divinamente revelados, no se pudiera tener noticia禄. 7 La fe, que se funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del conocimiento filos贸fico. 脡ste, en efecto, se apoya sobre la percepci贸n de los sentidos y la experiencia, y se mueve a la luz de la sola inteligencia. La filosof铆a y las ciencias tienen su puesto en el orden de la raz贸n natural, mientras que la fe, iluminada y guiada por el Esp铆ritu, reconoce en el mensaje de la salvaci贸n la 芦plenitud de gracia y de verdad禄 (cf. Jn 1, 14) que Dios ha querido revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 5, 9: Jn 5, 31-32).

10. En el Concilio Vaticano II los Padres, dirigiendo su mirada a Jes煤s revelador, han ilustrado el car谩cter salv铆fico de la revelaci贸n de Dios en la historia y han expresado su naturaleza del modo siguiente: 芦En esta revelaci贸n, Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compa帽铆a. El plan de la revelaci贸n se realiza por obras y palabras intr铆nsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvaci贸n manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvaci贸n del hombre que transmite dicha revelaci贸n resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelaci贸n禄. 8

11. La revelaci贸n de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, m谩s a煤n, la encarnaci贸n de Jesucristo, tiene lugar en la 芦plenitud de los tiempos禄 (Ga 4, 4). A dos mil a帽os de distancia de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con fuerza que 芦en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental禄. 9 En 茅l tiene lugar toda la obra de la creaci贸n y de la salvaci贸n y, sobre todo, destaca el hecho de que con la encarnaci贸n del Hijo de Dios vivimos y anticipamos ya desde ahora lo que ser谩 la plenitud del tiempo (cf. Hb 1, 2).

La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre s铆 mismo y sobre su vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jes煤s de Nazaret. Lo dice con palabras elocuentes la Constituci贸n Dei Verbum: 芦Dios habl贸 a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. 鈥淎hora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo鈥 (Hb 1, 1-2). Pues envi贸 a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, 鈥渉ombre enviado a los hombres鈥, habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y realiza la obra de la salvaci贸n que el Padre le encarg贸 (cf. Jn 5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14, 9); 茅l, con su presencia y manifestaci贸n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci贸n, con el env铆o del Esp铆ritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci贸n禄. 10

La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la acci贸n incesante del Esp铆ritu Santo (cf. Jn 16, 13). Lo ense帽a asimismo la Constituci贸n Dei Verbum cuando afirma que 芦la Iglesia camina a trav茅s de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios禄. 11

12. As铆 pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acci贸n de Dios en favor de la humanidad. 脡l se nos manifiesta en lo que para nosotros es m谩s familiar y f谩cil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegar铆amos a comprendernos.

La encarnaci贸n del Hijo de Dios permite ver realizada la s铆ntesis definitiva que la mente humana, partiendo de s铆 misma, ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la revelaci贸n de Cristo no puede encerrarse en un restringido 谩mbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente v谩lida para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y resurrecci贸n, 脡l ha dado la vida divina que el primer Ad谩n hab铆a rechazado (cf. Rm 5, 12-15). Con esta Revelaci贸n se ofrece al hombre la verdad 煤ltima sobre su propia vida y sobre el destino de la historia: 芦Realmente, el misterio del hombre s贸lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado禄, afirma la Constituci贸n Gaudium et spes. 12 Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. 驴D贸nde podr铆a el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dram谩ticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasi贸n, muerte y resurrecci贸n de Cristo?

La raz贸n ante el misterio

13. De todos modos no hay que olvidar que la Revelaci贸n est谩 llena de misterio. Es verdad que con toda su vida, Jes煤s revela el rostro del Padre, ya que ha venido para explicar los secretos de Dios; 13 sin embargo, el conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza por el aspecto fragmentario y por el l铆mite de nuestro entendimiento. S贸lo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensi贸n coherente.

El Concilio ense帽a que 芦cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe禄. 14 Con esta afirmaci贸n breve pero densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su divinidad, trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre da su asentimiento a ese testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta verdad, ofrecida al hombre y que 茅l no puede exigir, se inserta en el horizonte de la comunicaci贸n interpersonal e impulsa a la raz贸n a abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo. Por esto el acto con el que uno conf铆a en Dios siempre ha sido considerado por la Iglesia como un momento de elecci贸n fundamental, en la cual est谩 implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al m谩ximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en el cual la libertad personal se vive de modo pleno. 15 En la fe, pues, la libertad no s贸lo est谩 presente, sino que es necesaria. M谩s a煤n, la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto, 驴c贸mo podr铆a considerarse un uso aut茅ntico de la libertad la negaci贸n a abrirse hacia lo que permite la realizaci贸n de s铆 mismo? La persona, al creer, lleva a cabo el acto m谩s significativo de la propia existencia; en 茅l, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma.

Para ayudar a la raz贸n, que busca la comprensi贸n del misterio, est谩n tambi茅n los signos contenidos en la Revelaci贸n. Estos sirven para profundizar m谩s la b煤squeda de la verdad y permitir que la mente pueda indagar de forma aut贸noma incluso dentro del misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a la raz贸n, porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios, de los cuales est谩 justamente celosa, por otra la empujan a ir m谩s all谩 de su misma realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual son portadores. En ellos, por lo tanto, est谩 presente una verdad escondida a la que la mente debe dirigirse y de la cual no puede prescindir sin destruir el signo mismo que se le propone.

Podemos fijarnos, en cierto modo, en el horizonte sacramental de la Revelaci贸n y, en particular, en el signo eucar铆stico donde la unidad inseparable entre la realidad y su significado permite captar la profundidad del misterio. Cristo en la Eucarist铆a est谩 verdaderamente presente y vivo, y act煤a con su Esp铆ritu, pero como acertadamente dec铆a Santo Tom谩s, 芦lo que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la naturaleza. Lo que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades sublimes禄. 16 A este respecto escribe el fil贸sofo Pascal: 芦Como Jesucristo permaneci贸 desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad permanece, entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. As铆 queda la Eucarist铆a entre el pan com煤n禄. 17

El conocimiento de fe, en definitiva, no anula el misterio; s贸lo lo hace m谩s evidente y lo manifiesta como hecho esencial para la vida del hombre: Cristo, el Se帽or, 芦en la misma revelaci贸n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocaci贸n禄, 18 que es participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios. 19

14. La ense帽anza de los dos Concilios Vaticanos abre tambi茅n un verdadero horizonte de novedad para el saber filos贸fico. La Revelaci贸n introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino s贸lo recibir y acoger en la fe. En estos dos pasos, la raz贸n posee su propio espacio caracter铆stico que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra cosa que su finitud ante el misterio infinito de Dios.

As铆 pues, la Revelaci贸n introduce en nuestra historia una verdad universal y 煤ltima que induce a la mente del hombre a no pararse nunca; m谩s bien la empuja a ampliar continuamente el campo del propio saber hasta que no se d茅 cuenta de que no ha realizado todo lo que pod铆a, sin descuidar nada. Nos ayuda en esta tarea una de las inteligencias m谩s fecundas y significativas de la historia de la humanidad, a la cual justamente se refieren tanto la filosof铆a como la teolog铆a: San Anselmo. En su Proslogion, el arzobispo de Canterbury se expresa as铆: 芦Dirigiendo frecuentemente y con fuerza mi pensamiento a este problema, a veces me parec铆a poder alcanzar lo que buscaba; otras veces, sin embargo, se escapaba completamente de mi pensamiento; hasta que, al final, desconfiando de poderlo encontrar, quise dejar de buscar algo que era imposible encontrar. Pero cuando quise alejar de m铆 ese pensamiento porque, ocupando mi mente, no me distrajese de otros problemas de los cuales pudiera sacar alg煤n provecho, entonces comenz贸 a presentarse con mayor importunaci贸n [... ]. Pero, pobre de m铆, uno de los pobres hijos de Eva, lejano de Dios, 驴qu茅 he empezado a hacer y qu茅 he logrado? 驴qu茅 buscaba y qu茅 he logrado? 驴a qu茅 aspiraba y por qu茅 suspiro? [... ]. Oh Se帽or, t煤 no eres solamente aquel de quien no se puede pensar nada mayor (non solum es quo maius cogitari nequit), sino que eres m谩s grande de todo lo que se pueda pensar (quiddam maius quam cogitari possit) [... ]. Si tu no fueses as铆, se podr铆a pensar alguna cosa m谩s grande que t煤, pero esto no puede ser禄. 20

15. La verdad de la Revelaci贸n cristiana, que se manifiesta en Jes煤s de Nazaret, permite a todos acoger el 芦misterio禄 de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonom铆a de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aqu铆 la relaci贸n entre libertad y verdad llega al m谩ximo y se comprende en su totalidad la palabra del Se帽or: 芦Conocer茅is la verdad y la verdad os har谩 libres禄 (Jn 8, 32).

La Revelaci贸n cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una l贸gica tecnocr谩tica; es la 煤ltima posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor iniciado con la creaci贸n. El hombre deseoso de conocer lo verdadero, si a煤n es capaz de mirar m谩s all谩 de s铆 mismo y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relaci贸n aut茅ntica con su vida, siguiendo el camino de la verdad. Las palabras del Deuteronomio se pueden aplicar a esta situaci贸n: 芦Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni est谩n fuera de tu alcance. No est谩n en el cielo, para que no hayas de decir: 驴Qui茅n subir谩 por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en pr谩ctica? Ni est谩n al otro lado del mar, para que no hayas de decir: 驴Qui茅n ir谩 por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en pr谩ctica? Sino que la palabra est谩 bien cerca de ti, est谩 en tu boca y en tu coraz贸n para que la pongas en pr谩ctica禄 (30, 11-14). A este texto se refiere la famosa frase del santo fil贸sofo y te贸logo Agust铆n: 芦Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas禄. 21

A la luz de estas consideraciones, se impone una primera conclusi贸n: la verdad que la Revelaci贸n nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la raz贸n. Por el contrario, 茅sta se presenta con la caracter铆stica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresi贸n de amor. Esta verdad revelada es anticipaci贸n, en nuestra historia, de la visi贸n 煤ltima y definitiva de Dios que est谩 reservada a los que creen en 脡l o lo buscan con coraz贸n sincero. El fin 煤ltimo de la existencia personal, por tanto, es objeto de estudio tanto de la filosof铆a como de la teolog铆a. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran hacia este 芦sendero de la vida禄 (Sal 16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta 煤ltima en el gozo pleno y duradero de la contemplaci贸n del Dios Uno y Trino.

CAP脥TULO II
CREDO UT INTELLIGAM

芦La sabidur铆a todo lo sabe y entiende禄 (Sb 9, 11)

16. La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el v铆nculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la raz贸n. Lo atestiguan sobre todo los Libros sapienciales. Lo que llama la atenci贸n en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas p谩ginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contiene no solamente la fe de Israel, sino tambi茅n la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen o铆r de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en estas p谩ginas ricas de intuiciones muy profundas.

No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad: 芦Feliz el hombre que se ejercita en la sabidur铆a, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su coraz贸n, y sus secretos considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga禄 (Si 14, 20-27).

Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una caracter铆stica com煤n a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el 芦agua profunda禄 (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fen贸menos no se alcanzaba por el camino de la abstracci贸n, como para el fil贸sofo j贸nico o el sabio egipcio. Menos a煤n, el buen israelita conceb铆a el conocimiento con los par谩metros propios de la 茅poca moderna, orientada principalmente a la divisi贸n del saber. Sin embargo, el mundo b铆blico ha hecho desembocar en el gran mar de la teor铆a del conocimiento su aportaci贸n original.

驴Cu谩l es 茅sta? La peculiaridad que distingue el texto b铆blico consiste en la convicci贸n de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la raz贸n y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en 茅l, como tambi茅n la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la raz贸n, pero sin que la fe sea extra帽a en este proceso. 脡sta no interviene para menospreciar la autonom铆a de la raz贸n o para limitar su espacio de acci贸n, sino s贸lo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y act煤a en estos acontecimientos. As铆 mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que act煤a en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresi贸n del libro de los Proverbios es significativa a este respecto: 芦El coraz贸n del hombre medita su camino, pero es el Se帽or quien asegura sus pasos禄 (16, 9). Es decir, el hombre con la luz de la raz贸n sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obst谩culos y hasta el final, si con 谩nimo sincero fija su b煤squeda en el horizonte de la fe. La raz贸n y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocerse de modo adecuado a s铆 mismo, al mundo y a Dios.

17. No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la raz贸n y la fe: una est谩 dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realizaci贸n. El libro de los Proverbios nos sigue orientando en esta direcci贸n al exclamar: 芦Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla禄 (25, 2). Dios y el hombre, cada uno en su respectivo mundo, se encuentran as铆 en una relaci贸n 煤nica. En Dios est谩 el origen de cada cosa, en 脡l se encuentra la plenitud del misterio, y 茅sta es su gloria; al hombre le corresponde la misi贸n de investigar con su raz贸n la verdad, y en esto consiste su grandeza. El Salmista pone una ulterior tesela a este mosaico cuando ora diciendo: 芦Mas para m铆, 隆qu茅 arduos son tus pensamientos, oh Dios, qu茅 incontable su suma! 隆Son m谩s, si los recuento, que la arena, y al terminar, todav铆a estoy contigo!禄 (139 [138], 17-18). El deseo de conocer es tan grande y supone tal dinamismo que el coraz贸n del hombre, incluso desde la experiencia de su l铆mite insuperable, suspira hacia la infinita riqueza que est谩 m谩s all谩, porque intuye que en ella est谩 guardada la respuesta satisfactoria para cada pregunta a煤n no resuelta.

18. Podemos decir, pues, que Israel con su reflexi贸n ha sabido abrir a la raz贸n el camino hacia el misterio. En la revelaci贸n de Dios ha podido sondear en profundidad lo que la raz贸n pretend铆a alcanzar sin lograrlo. A partir de esta forma m谩s profunda de conocimiento, el pueblo elegido ha entendido que la raz贸n debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piensa que todo es fruto de una conquista personal; una tercera se funda en el 芦temor de Dios禄, del cual la raz贸n debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo.

Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al riesgo del fracaso y acaba por encontrarse en la situaci贸n del 芦necio禄. Para la Biblia, en esta necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el necio se enga帽a pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar la mirada sobre las esenciales. Ello le impide poner orden en su mente (cf. Pr 1, 7) y asumir una actitud adecuada para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega a afirmar: 芦Dios no existe禄 (cf. Sal 14 [13], 1), muestra con claridad definitiva lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que est谩 de la verdad plena sobre las cosas, sobre su origen y su destino.

19. El libro de la Sabidur铆a tiene algunos textos importantes que aportan m谩s luz a este tema. En ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer tambi茅n por medio de la naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales coincid铆a en gran parte con el saber filos贸fico. Despu茅s de haber afirmado que con su inteligencia el hombre est谩 en condiciones 芦de conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos [... ], los ciclos del a帽o y la posici贸n de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras禄 (Sb 7, 17.19-20), en una palabra, que es capaz de filosofar, el texto sagrado da un paso m谩s de gran importancia. Recuperando el pensamiento de la filosof铆a griega, a la cual parece referirse en este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: 芦de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analog铆a, a contemplar a su Autor禄 (Sb 13, 5). Se reconoce as铆 un primer paso de la Revelaci贸n divina, constituido por el maravilloso 芦libro de la naturaleza禄, con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la raz贸n humana, se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado.

20. En esta perspectiva la raz贸n es valorada, pero no sobrevalorada. En efecto, lo que ella alcanza puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido se sit煤a en un horizonte m谩s amplio, que es el de la fe: 芦Del Se帽or dependen los pasos del hombre: 驴c贸mo puede el hombre conocer su camino?禄 (Pr 20, 24). Para el Antiguo Testamento, pues, la fe libera la raz贸n en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo adquiere sentido. En definitiva, el hombre con la raz贸n alcanza la verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de cada cosa y, en particular, de la propia existencia. Por tanto, con raz贸n, el autor sagrado fundamenta el verdadero conocimiento precisamente en el temor de Dios: 芦El temor del Se帽or es el principio de la sabidur铆a禄 (Pr 1, 7; cf. Si 1, 14).

芦Adquiere la sabidur铆a, adquiere la inteligencia禄 (Pr 4, 5)

21. Para el Antiguo Testamento el conocimiento no se fundamenta solamente en una observaci贸n atenta del hombre, del mundo y de la historia, sino que supone tambi茅n una indispensable relaci贸n con la fe y con los contenidos de la Revelaci贸n. En esto consisten los desaf铆os que el pueblo elegido ha tenido que afrontar y a los cuales ha dado respuesta. Reflexionando sobre esta condici贸n, el hombre b铆blico ha descubierto que no puede comprenderse sino como 芦ser en relaci贸n禄: consigo mismo, con el pueblo, con el mundo y con Dios. Esta apertura al misterio, que le viene de la Revelaci贸n, ha sido al final para 茅l la fuente de un verdadero conocimiento, que ha permitido a su raz贸n entrar en el 谩mbito de lo infinito, recibiendo as铆 posibilidades de compresi贸n hasta entonces insospechadas.

Para el autor sagrado el esfuerzo de la b煤squeda no estaba exento de la dificultad que supone enfrentarse con los l铆mites de la raz贸n. Ello se advierte, por ejemplo, en las palabras con las que el Libro de los Proverbios denota el cansancio debido a los intentos de comprender los misteriosos designios de Dios (cf. 30, 1.6). Sin embargo, a pesar de la dificultad, el creyente no se rinde. La fuerza para continuar su camino hacia la verdad le viene de la certeza de que Dios lo ha creado como un 芦explorador禄 (cf. Qo 1, 13), cuya misi贸n es no dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Apoy谩ndose en Dios, se dirige, siempre y en todas partes, hacia lo que es bello, bueno y verdadero.

22. San Pablo, en el primer cap铆tulo de su Carta a los Romanos nos ayuda a apreciar mejor lo incisiva que es la reflexi贸n de los Libros Sapienciales. Desarrollando una argumentaci贸n filos贸fica con lenguaje popular, el Ap贸stol expresa una profunda verdad: a trav茅s de la creaci贸n los 芦ojos de la mente禄 pueden llegar a conocer a Dios. En efecto, mediante las criaturas 脡l hace que la raz贸n intuya su 芦potencia禄 y su 芦divinidad禄 (cf. Rm 1, 20). As铆 pues, se reconoce a la raz贸n del hombre una capacidad que parece superar casi sus mismos l铆mites naturales: no s贸lo no est谩 limitada al conocimiento sensorial, dado que puede reflexionar cr铆ticamente sobre ello, sino que argumentando sobre los datos de los sentidos puede incluso alcanzar la causa que da lugar a toda realidad sensible. Con terminolog铆a filos贸fica podr铆amos decir que en este importante texto paulino se afirma la capacidad metaf铆sica del hombre.

Seg煤n el Ap贸stol, en el proyecto originario de la creaci贸n, la raz贸n ten铆a la capacidad de superar f谩cilmente el dato sensible para alcanzar el origen mismo de todo: el Creador. Debido a la desobediencia con la cual el hombre eligi贸 situarse en plena y absoluta autonom铆a respecto a Aquel que lo hab铆a creado, qued贸 mermada esta facilidad de acceso a Dios creador.

El Libro del G茅nesis describe de modo pl谩stico esta condici贸n del hombre cuando narra que Dios lo puso en el jard铆n del Ed茅n, en cuyo centro estaba situado el 芦谩rbol de la ciencia del bien y del mal禄 (2, 17). El s铆mbolo es claro: el hombre no era capaz de discernir y decidir por s铆 mismo lo que era bueno y lo que era malo, sino que deb铆a remitirse a un principio superior. La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres que eran soberanos y aut贸nomos, y que pod铆an prescindir del conocimiento que deriva de Dios. En su desobediencia originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada mujer, produciendo en la raz贸n heridas que a partir de entonces obstaculizar铆an el camino hacia la plena verdad. La capacidad humana de conocer la verdad qued贸 ofuscada por la aversi贸n hacia Aquel que es fuente y origen de la verdad. El Ap贸stol sigue mostrando c贸mo los pensamientos de los hombres, a causa del pecado, fueron 芦vanos禄 y los razonamientos distorsionados y orientados hacia lo falso (cf. Rm 1, 21-22). Los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con claridad: progresivamente la raz贸n se ha quedado prisionera de s铆 misma. La venida de Cristo ha sido el acontecimiento de salvaci贸n que ha redimido a la raz贸n de su debilidad, libr谩ndola de los cepos en los que ella misma se hab铆a encadenado.

23. La relaci贸n del cristiano con la filosof铆a, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposici贸n entre 芦la sabidur铆a de este mundo禄 y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabidur铆a revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexi贸n, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.

El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento hist贸rico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificaci贸n suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desaf铆a toda filosof铆a, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura l贸gica humana est谩 destinado al fracaso. 芦驴D贸nde est谩 el sabio? 驴D贸nde el docto? 驴D贸nde el sofista de este mundo? 驴Acaso no entonteci贸 Dios la sabidur铆a del mundo?禄 (1 Co 1, 20), se pregunta con 茅nfasis el Ap贸stol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabidur铆a del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: 芦Ha escogido Dios m谩s bien lo necio del mundo para confundir a los sabios [... ]. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es禄 (1 Co 1, 27-28). La sabidur铆a del hombre reh煤sa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: 芦pues, cuando estoy d茅bil, entonces es cuando soy fuerte禄 (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender c贸mo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvaci贸n precisamente lo que la raz贸n considera 芦locura禄 y 芦esc谩ndalo禄. Usando el lenguaje de los fil贸sofos contempor谩neos suyos, Pablo alcanza el culmen de su ense帽anza y de la paradoja que quiere expresar: 芦Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son禄 (1 Co 1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Ap贸stol no tiene miedo de usar el lenguaje m谩s radical que los fil贸sofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La raz贸n no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que 茅sta puede dar a la raz贸n la respuesta 煤ltima que busca. No es la sabidur铆a de las palabras, sino la Palabra de la Sabidur铆a lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvaci贸n.

La sabidur铆a de la Cruz, pues, supera todo l铆mite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. 隆Qu茅 desaf铆o m谩s grande se le presenta a nuestra raz贸n y qu茅 provecho obtiene si no se rinde! La filosof铆a, que por s铆 misma es capaz de reconocer el incesante trascenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la 芦locura禄 de la Cruz la aut茅ntica cr铆tica de los que creen poseer la verdad, aprision谩ndola entre los recovecos de su sistema. La relaci贸n entre fe y filosof铆a encuentra en la predicaci贸n de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el oc茅ano sin l铆mites de la verdad. Aqu铆 se evidencia la frontera entre la raz贸n y la fe, pero se aclara tambi茅n el espacio en el cual ambas pueden encontrarse.

CAP脥TULO III
INTELLEGO UT CREDAM

Caminando en busca de la verdad

24. Cuenta el evangelista Lucas en los Hechos de los Ap贸stoles que, en sus viajes misioneros, Pablo lleg贸 a Atenas. La ciudad de los fil贸sofos estaba llena de estatuas que representaban diversos 铆dolos. Le llam贸 la atenci贸n un altar y aprovech贸 enseguida la oportunidad para ofrecer una base com煤n sobre la cual iniciar el anuncio del kerigma: 芦Atenienses 鈥攄ijo鈥, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los m谩s respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado tambi茅n un altar en el que estaba grabada esta inscripci贸n: 鈥淎l Dios desconocido鈥. Pues bien, lo que ador谩is sin conocer, eso os vengo yo a anunciar禄 (Hch 17, 22-23). A partir de este momento, san Pablo habla de Dios como creador, como Aqu茅l que trasciende todas las cosas y que ha dado la vida a todo. Contin煤a despu茅s su discurso de este modo: 芦El cre贸, de un s贸lo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los l铆mites del lugar donde hab铆an de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por m谩s que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros禄 (Hch 17, 26-27).

El Ap贸stol pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado siempre: en lo m谩s profundo del coraz贸n del hombre est谩 el deseo y la nostalgia de Dios. Lo recuerda con 茅nfasis tambi茅n la liturgia del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no creen, nos hace decir: 芦Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti禄. 22 Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la raz贸n de elevarse por encima de lo contingente para ir hacia lo infinito.

De diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que sabe expresar este deseo 铆ntimo. La literatura, la m煤sica, la pintura, la escultura, la arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se convierten en cauces a trav茅s de los cuales puede manifestar su af谩n de b煤squeda. La filosof铆a ha asumido de manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios y seg煤n sus propias modalidades cient铆ficas, este deseo universal del hombre.

25. 芦Todos los hombres desean saber禄 23 y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra cu谩n interesado est谩 cada uno en descubrir, m谩s all谩 de lo conocido de o铆das, c贸mo est谩n verdaderamente las cosas. El hombre es el 煤nico ser en toda la creaci贸n visible que no s贸lo es capaz de saber, sino que sabe tambi茅n que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lecci贸n de san Agust铆n cuando escribe: 芦He encontrado muchos que quer铆an enga帽ar, pero ninguno que quisiera dejarse enga帽ar禄. 24 Con raz贸n se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso, form谩ndose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias, que han llevado en los 煤ltimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un aut茅ntico progreso de toda la humanidad.

No menos importante que la investigaci贸n en el 谩mbito te贸rico es la que se lleva a cabo en el 谩mbito pr谩ctico: quiero aludir a la b煤squeda de la verdad en relaci贸n con el bien que hay que realizar. En efecto, con el propio obrar 茅tico la persona actuando seg煤n su libre y recto querer, toma el camino de la felicidad y tiende a la perfecci贸n. Tambi茅n en este caso se trata de la verdad. He reafirmado esta convicci贸n en la Enc铆clica Veritatis splendor: 芦No existe moral sin libertad [... ]. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de b煤squeda de la verdad, existe a煤n antes la obligaci贸n moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y seguirla una vez conocida禄. 25

Es, pues, necesario que los valores elegidos y que se persiguen con la propia vida sean verdaderos, porque solamente los valores verdaderos pueden perfeccionar a la persona realizando su naturaleza. El hombre no encuentra esta verdad de los valores encerr谩ndose en s铆 mismo, sino abri茅ndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo trascienden. 脡sta es una condici贸n necesaria para que cada uno llegue a ser 茅l mismo y crezca como persona adulta y madura.

26. La verdad se presenta inicialmente al hombre como un interrogante: 驴tiene sentido la vida? 驴hacia d贸nde se dirige? A primera vista, la existencia personal podr铆a presentarse como radicalmente carente de sentido. No es necesario recurrir a los fil贸sofos del absurdo ni a las preguntas provocadoras que se encuentran en el libro de Job para dudar del sentido de la vida. La experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la luz de la raz贸n parecen inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dram谩tica como la pregunta sobre el sentido. 26 A esto se debe a帽adir que la primera verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, adem谩s del hecho de que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte. Frente a este dato desconcertante se impone la b煤squeda de una respuesta exhaustiva. Cada uno quiere 鈥攜 debe鈥 conocer la verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte ser谩 el t茅rmino definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte: si le est谩 permitido esperar una vida posterior o no. Es significativo que el pensamiento filos贸fico haya recibido una orientaci贸n decisiva de la muerte de S贸crates que lo ha marcado desde hace m谩s de dos milenios. No es en absoluto casual, pues, que los fil贸sofos ante el hecho de la muerte se hayan planteado de nuevo este problema junto con el del sentido de la vida y de la inmortalidad.

27. Nadie, ni el fil贸sofo ni el hombre corriente, puede substraerse a estas preguntas. De la respuesta que se d茅 a las mismas depende una etapa decisiva de la investigaci贸n: si es posible o no alcanzar una verdad universal y absoluta. De por s铆, toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre. Adem谩s de esta universalidad, sin embargo, el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su b煤squeda. Algo que sea 煤ltimo y fundamento de todo lo dem谩s. En otras palabras, busca una explicaci贸n definitiva, un valor supremo, m谩s all谩 del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hip贸tesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que d茅 una certeza no sometida ya a la duda.

Los fil贸sofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y expresar esta verdad, dando vida a un sistema o una escuela de pensamiento. M谩s all谩 de los sistemas filos贸ficos, sin embargo, hay otras expresiones en las cuales el hombre busca dar forma a una propia 芦filosof铆a禄. Se trata de convicciones o experiencias personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios existenciales en los cuales se conf铆a en la autoridad de un maestro. En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el deseo de alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.

Diversas facetas de la verdad en el hombre

28. Es necesario reconocer que no siempre la b煤squeda de la verdad se presenta con esa transparencia ni de manera consecuente. El l铆mite originario de la raz贸n y la inconstancia del coraz贸n oscurecen a menudo y desv铆an la b煤squeda personal. Otros intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad. M谩s a煤n, el hombre tambi茅n la evita a veces en cuanto comienza a divisarla, porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso cuando la evita, siempre es la verdad la que influencia su existencia; en efecto, 茅l nunca podr铆a fundar la propia vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estar铆a continuamente amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al hombre como aqu茅l que busca la verdad.

29. No se puede pensar que una b煤squeda tan profundamente enraizada en la naturaleza humana es del todo in煤til y vana. La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya una primera respuesta. El hombre no comenzar铆a a buscar lo que desconociese del todo o considerase absolutamente inalcanzable. S贸lo la perspectiva de poder alcanzar una respuesta puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho esto es lo que sucede normalmente en la investigaci贸n cient铆fica. Cuando un cient铆fico, siguiendo una intuici贸n suya, se pone a la b煤squeda de la explicaci贸n l贸gica y verificable de un fen贸meno determinado, conf铆a desde el principio en que encontrar谩 una respuesta, y no se detiene ante los fracasos. No considera in煤til la intuici贸n originaria s贸lo porque no ha alcanzado el objetivo; m谩s bien dir谩 con raz贸n que no ha encontrado a煤n la respuesta adecuada.

Esto mismo es v谩lido tambi茅n para la investigaci贸n de la verdad en el 谩mbito de las cuestiones 煤ltimas. La sed de verdad est谩 tan arrraigada en el coraz贸n del hombre que tener que prescindir de ella comprometer铆a la existencia. Es suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar c贸mo cada uno de nosotros lleva en s铆 mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes respuestas. Son respuestas de cuya verdad se est谩 convencido, incluso porque se experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que han llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la capacidad que el ser humano tiene de llegar, en l铆nea de m谩xima, a la verdad.

30. En este momento puede ser 煤til hacer una r谩pida referencia a estas diversas formas de verdad. Las m谩s numerosas son las que se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas experimentalmente. 脡ste es el orden de verdad propio de la vida diaria y de la investigaci贸n cient铆fica. En otro nivel se encuentran las verdades de car谩cter filos贸fico, a las que el hombre llega mediante la capacidad especulativa de su intelecto. En fin est谩n las verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus ra铆ces tambi茅n en la filosof铆a. 脡stas est谩n contenidas en las respuestas que las diversas religiones ofrecen en sus tradiciones a las cuestiones 煤ltimas. 27

En cuanto a las verdades filos贸ficas, hay que precisar que no se limitan a las meras doctrinas, algunas veces ef铆meras, de los fil贸sofos de profesi贸n. Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, fil贸sofo y posee concepciones filos贸ficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visi贸n global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento. Es aqu铆 donde deber铆a plantearse la pregunta sobre la relaci贸n entre las verdades filos贸fico-religiosas y la verdad revelada en Jesucristo. Antes de contestar a esta cuesti贸n es oportuno valorar otro dato m谩s de la filosof铆a.

31. El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse m谩s tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, est谩 inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no s贸lo el lenguaje y la formaci贸n cultural, sino tambi茅n muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduraci贸n personal implican que estas mismas verdades pueden ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad cr铆tica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean 芦recuperadas禄 sobre la base de la experiencia que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente cre铆das son mucho m谩s numerosas que las adquiridas mediante la constataci贸n personal. En efecto, 驴qui茅n ser铆a capaz de discutir cr铆ticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? 驴qui茅n podr铆a controlar por su cuenta el flujo de informaciones que d铆a a d铆a se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en l铆nea de m谩xima como verdaderas? Finalmente, 驴qui茅n podr铆a reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabidur铆a y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues tambi茅n aqu茅l que vive de creencias.

32. Cada uno, al creer, conf铆a en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensi贸n significativa: por una parte el conocimiento a trav茅s de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta m谩s rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relaci贸n interpersonal y pone en juego no s贸lo las posibilidades cognoscitivas, sino tambi茅n la capacidad m谩s radical de confiar en otras personas, entrando as铆 en una relaci贸n m谩s estable e 铆ntima con ellas.

Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relaci贸n interpersonal no pertenecen primariamente al orden f谩ctico o filos贸fico. Lo que se pretende, m谩s que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfecci贸n del hombre no est谩 en la mera adquisici贸n del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste tambi茅n en una relaci贸n viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, est谩 en relaci贸n con la verdad: el hombre, creyendo, conf铆a en la verdad que el otro le manifiesta.

隆Cu谩ntos ejemplos se podr铆an poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los m谩rtires. El m谩rtir, en efecto, es el testigo m谩s aut茅ntico de la verdad sobre la existencia. 脡l sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podr谩 arrebatarle jam谩s esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo har谩n apartar de la adhesi贸n a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los m谩rtires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros d铆as. 脡sta es la raz贸n por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla a cada uno de lo que 茅l ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el m谩rtir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que tambi茅n quisi茅ramos tener la fuerza de expresar.

33. Se puede ver as铆 que los t茅rminos del problema van complet谩ndose progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta b煤squeda no est谩 destinada s贸lo a la conquista de verdades parciales, factuales o cient铆ficas; no busca s贸lo el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su b煤squeda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una b煤squeda que no puede encontrar soluci贸n si no es en el absoluto. 28 Gracias a la capacidad del pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no s贸lo por v铆a racional, sino tambi茅n mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opci贸n de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropol贸gicamente m谩s significativos y expresivos.

No se ha de olvidar que tambi茅n la raz贸n necesita ser sostenida en su b煤squeda por un di谩logo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y de desconfianza, que a veces rodea la investigaci贸n especulativa, olvida la ense帽anza de los fil贸sofos antiguos, quienes consideraban la amistad como uno de los contextos m谩s adecuados para el buen filosofar.

De todo lo que he dicho hasta aqu铆 resulta que el hombre se encuentra en un camino de b煤squeda, humanamente interminable: b煤squeda de verdad y b煤squeda de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreci茅ndole la posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta b煤squeda. En efecto, superando el estadio de la simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino. As铆, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada 煤ltima dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia.

34. Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no est谩 en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. M谩s bien los dos 贸rdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la raz贸n humana, expresado en el principio de no contradicci贸n. La Revelaci贸n da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es tambi茅n el Dios de la historia de la salvaci贸n. El mismo e id茅ntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los cient铆ficos confiados, 29 es el mismo que se revela como Padre de nuestro Se帽or Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificaci贸n viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Ap贸stol: 芦Hab茅is sido ense帽ados conforme a la verdad de Jes煤s禄 (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). 脡l es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona 30 revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). Lo que la raz贸n humana busca 芦sin conocerlo禄 (Hch 17, 23), puede ser encontrado s贸lo por medio de Cristo: lo que en 脡l se revela, en efecto, es la 芦plena verdad禄 (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que en 脡l y por 脡l ha sido creado y despu茅s encuentra en 脡l su plenitud (cf. Col 1, 17).

35. Sobre la base de estas consideraciones generales, es necesario examinar ahora de modo m谩s directo la relaci贸n entre la verdad revelada y la filosof铆a. Esta relaci贸n impone una doble consideraci贸n, en cuanto que la verdad que nos llega por la Revelaci贸n es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la raz贸n. S贸lo en esta doble acepci贸n, en efecto, es posible precisar la justa relaci贸n de la verdad revelada con el saber filos贸fico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la relaci贸n entre la fe y la filosof铆a en el curso de la historia. Desde aqu铆 ser谩 posible indicar algunos principios, que constituyen los puntos de referencia en los que basarse para establecer la correcta relaci贸n entre los dos 贸rdenes de conocimiento.

CAP脥TULO IV
RELACION ENTRE LA FE Y LA RAZ脫N

Etapas m谩s significativas en el encuentro entre la fe y la raz贸n

36. Seg煤n el testimonio de los Hechos de los Ap贸stoles, el anuncio cristiano tuvo que confrontarse desde el inicio con las corrientes filos贸ficas de la 茅poca. El mismo libro narra la discusi贸n que san Pablo tuvo en Atenas con 芦algunos fil贸sofos epic煤reos y estoicos禄 (17, 18). El an谩lisis exeg茅tico del discurso en el Are贸pago ha puesto de relieve repetidas alusiones a convicciones populares sobre todo de origen estoico. Ciertamente esto no era casual. Los primeros cristianos para hacerse comprender por los paganos no pod铆an referirse s贸lo a 芦Mois茅s y los profetas禄; deb铆an tambi茅n apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la voz de la conciencia moral de cada hombre (cf. Rm 1, 19-21; 2, 14-15; Hch 14, 16-17). Sin embargo, como este conocimiento natural hab铆a degenerado en idolatr铆a en la religi贸n pagana (cf. Rm 1, 21-32), el Ap贸stol considera m谩s oportuno relacionar su argumentaci贸n con el pensamiento de los fil贸sofos, que desde siempre hab铆an opuesto a los mitos y a los cultos mist茅ricos conceptos m谩s respetuosos de la trascendencia divina.

En efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los fil贸sofos del pensamiento cl谩sico fue purificar de formas mitol贸gicas la concepci贸n que los hombres ten铆an de Dios. Como sabemos, tambi茅n la religi贸n griega, al igual que gran parte de las religiones c贸smicas, era polite铆sta, llegando incluso a divinizar objetos y fen贸menos de la naturaleza. Los intentos del hombre por comprender el origen de los dioses y, en ellos, del universo encontraron su primera expresi贸n en la poes铆a. Las teogon铆as permanecen hasta hoy como el primer testimonio de esta b煤squeda del hombre. Fue tarea de los padres de la filosof铆a mostrar el v铆nculo entre la raz贸n y la religi贸n. Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se inici贸 as铆 un camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se abr铆a a un proceso m谩s conforme a las exigencias de la raz贸n universal. El objetivo que dicho proceso buscaba era la conciencia cr铆tica de aquello en lo que se cre铆a. El concepto de la divinidad fue el primero que se benefici贸 de este camino. Las supersticiones fueron reconocidas como tales y la religi贸n se purific贸, al menos en parte, mediante el an谩lisis racional. Sobre esta base los Padres de la Iglesia comenzaron un di谩logo fecundo con los fil贸sofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y a la comprensi贸n del Dios de Jesucristo.

37. Al referirme a este movimiento de acercamiento de los cristianos a la filosof铆a, es obligado recordar tambi茅n la actitud de cautela que suscitaban en ellos otros elementos del mundo cultural pagano, como por ejemplo la gnosis. La filosof铆a, en cuanto sabidur铆a pr谩ctica y escuela de vida, pod铆a ser confundida f谩cilmente con un conocimiento de tipo superior, esot茅rico, reservado a unos pocos perfectos. En este tipo de especulaciones esot茅ricas piensa sin duda san Pablo cuando pone en guardia a los Colosenses: 芦Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosof铆a, fundada en tradiciones humanas, seg煤n los elementos del mundo y no seg煤n Cristo禄 (2, 8). 隆Qu茅 actuales son las palabras del Ap贸stol si las referimos a las diversas formas de esoterismo que se difunden hoy incluso entre algunos creyentes, carentes del debido sentido cr铆tico! Siguiendo las huellas de san Pablo, otros escritores de los primeros siglos, en particular san Ireneo y Tertuliano, manifiestan a su vez ciertas reservas frente a una visi贸n cultural que pretend铆a subordinar la verdad de la Revelaci贸n a las interpretaciones de los fil贸sofos.

38. El encuentro del cristianismo con la filosof铆a no fue pues inmediato ni f谩cil. La pr谩ctica de la filosof铆a y la asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos m谩s un inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y m谩s urgente tarea era el anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro personal capaz de llevar al interlocutor a la conversi贸n del coraz贸n y a la petici贸n del Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir que ignorasen el deber de profundizar la comprensi贸n de la fe y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e infundada la cr铆tica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente 芦iletrada y ruda禄. 31 La explicaci贸n de su desinter茅s inicial hay que buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con el Evangelio ofrec铆a una respuesta tan satisfactoria a la cuesti贸n, hasta entonces no resuelta, sobre el sentido de la vida, que el seguimiento de los fil贸sofos les parec铆a como algo lejano y, en ciertos aspectos, superado.

Esto resulta hoy a煤n m谩s claro si se piensa en la aportaci贸n del cristianismo que afirma el derecho universal de acceso a la verdad. Abatidas las barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo hab铆a anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante Dios. La primera consecuencia de esta concepci贸n se aplicaba al tema de la verdad. Quedaba completamente superado el car谩cter elitista que su b煤squeda ten铆a entre los antiguos, ya que siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios, todos deben poder recorrer este camino. Las v铆as para alcanzar la verdad siguen siendo muchas; sin embargo, como la verdad cristiana tiene un valor salv铆fico, cualquiera de estas v铆as puede seguirse con tal de que conduzca a la meta final, es decir, a la revelaci贸n de Jesucristo.

Un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filos贸fico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento, fue san Justino, quien, conservando despu茅s de la conversi贸n una gran estima por la filosof铆a griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo hab铆a encontrado 芦la 煤nica filosof铆a segura y provechosa禄. 32 De modo parecido, Clemente de Alejandr铆a llamaba al Evangelio 芦la verdadera filosof铆a禄, 33 e interpretaba la filosof铆a en analog铆a con la ley mosaica como una instrucci贸n proped茅utica a la fe cristiana 34 y una preparaci贸n para el Evangelio. 35 Puesto que 芦esta es la sabidur铆a que desea la filosof铆a; la rectitud del alma, la de la raz贸n y la pureza de la vida. La filosof铆a est谩 en una actitud de amor ardoroso a la sabidur铆a y no perdona esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros se llaman fil贸sofos los que aman la sabidur铆a del Creador y Maestro universal, es decir, el conocimiento del Hijo de Dios禄. 36 La filosof铆a griega, para este autor, no tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana; su cometido es, m谩s bien, la defensa de la fe: 芦La ense帽anza del Salvador es perfecta y nada le falta, por que es fuerza y sabidur铆a de Dios; en cambio, la filosof铆a griega con su tributo no hace m谩s s贸lida la verdad; pero haciendo impotente el ataque de la sof铆stica e impidiendo las emboscadas fraudulentas de la verdad, se dice que es con propiedad empalizada y muro de la vi帽a禄. 37

39. En la historia de este proceso es posible verificar la recepci贸n cr铆tica del pensamiento filos贸fico por parte de los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se pueden encontrar, es ciertamente significativa la figura de Or铆genes. Contra los ataques lanzados por el fil贸sofo Celso, Or铆genes asume la filosof铆a plat贸nica para argumentar y responderle. Refiri茅ndose a no pocos elementos del pensamiento plat贸nico, comienza a elaborar una primera forma de teolog铆a cristiana. En efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teolog铆a en cuanto reflexi贸n racional sobre Dios estaban ligados todav铆a hasta ese momento a su origen griego. En la filosof铆a aristot茅lica, por ejemplo, con este nombre se refer铆an a la parte m谩s noble y al verdadero culmen de la reflexi贸n filos贸fica. Sin embargo, a la luz de la Revelaci贸n cristiana lo que anteriormente designaba una doctrina gen茅rica sobre la divinidad adquiri贸 un significado del todo nuevo, en cuanto defin铆a la reflexi贸n que el creyente realizaba para expresar la verdadera doctrina sobre Dios. Este nuevo pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hac铆a uso de la filosof铆a, pero al mismo tiempo tend铆a a distinguirse claramente de ella. La historia muestra c贸mo hasta el mismo pensamiento plat贸nico asumido en la teolog铆a sufri贸 profundas transformaciones, en particular por lo que se refiere a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinizaci贸n del hombre y el origen del mal.

40. En esta obra de cristianizaci贸n del pensamiento plat贸nico y neoplat贸nico, merecen una menci贸n particular los Padres Capadocios, Dionisio el Areopagita y, sobre todo, san Agust铆n. El gran Doctor occidental hab铆a tenido contactos con diversas escuelas filos贸ficas, pero todas le hab铆an decepcionado. Cuando se encontr贸 con la verdad de la fe cristiana, tuvo la fuerza de realizar aquella conversi贸n radical a la que los fil贸sofos frecuentados anteriormente no hab铆an conseguido encaminarlo. El motivo lo cuenta 茅l mismo: 芦Sin embargo, desde esta 茅poca empec茅 ya a dar preferencia a la doctrina cat贸lica, porque me parec铆a que aqu铆 se mandaba con m谩s modestia, y de ning煤n modo falazmente, creer lo que no se demostraba 鈥攆uese porque, aunque existiesen las pruebas, no hab铆a sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen鈥, que no all铆, en donde se despreciaba la fe y se promet铆a con temeraria arrogancia la ciencia y luego se obligaba a creer una infinidad de f谩bulas absurd铆simas que no pod铆an demostrar禄. 38 A los mismos plat贸nicos, a quienes mencionaba de modo privilegiado, Agust铆n reprochaba que, aun habiendo conocido la meta hacia la que tender, hab铆an ignorado sin embargo el camino que conduce a ella: el Verbo encarnado. 39 El Obispo de Hipona consigui贸 hacer la primera gran s铆ntesis del pensamiento filos贸fico y teol贸gico en la que conflu铆an las corrientes del pensamiento griego y latino. En 茅l adem谩s la gran unidad del saber, que encontraba su fundamento en el pensamiento b铆blico, fue confirmada y sostenida por la profundidad del pensamiento especulativo. La s铆ntesis llevada a cabo por san Agust铆n ser铆a durante siglos la forma m谩s elevada de especulaci贸n filos贸fica y teol贸gica que el Occidente haya conocido. Gracias a su historia personal y ayudado por una admirable santidad de vida, fue capaz de introducir en sus obras multitud de datos que, haciendo referencia a la experiencia, anunciaban futuros desarrollos de algunas corrientes filos贸ficas.

41. Varias han sido pues las formas con que los Padres de Oriente y de Occidente han entrado en contacto con las escuelas filos贸ficas. Esto no significa que hayan identificado el contenido de su mensaje con los sistemas a que hac铆an referencia. La pregunta de Tertuliano: 芦驴Qu茅 tienen en com煤n Atenas y Jerusal茅n? 驴La Academia y la Iglesia?禄, 40 es claro indicio de la conciencia cr铆tica con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el problema de la relaci贸n entre la fe y la filosof铆a, consider谩ndolo globalmente en sus aspectos positivos y en sus l铆mites. No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque viv铆an con intensidad el contenido de la fe, sab铆an llegar a las formas m谩s profundas de la especulaci贸n. Por consiguiente, es injusto y reductivo limitar su obra a la sola transposici贸n de las verdades de la fe en categor铆as filos贸ficas. Hicieron mucho m谩s. En efecto, fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que todav铆a permanec铆a impl铆cito y proped茅utico en el pensamiento de los grandes fil贸sofos antiguos. 41 Estos, como ya he dicho, hab铆an mostrado c贸mo la raz贸n, liberada de las ataduras externas, pod铆a salir del callej贸n ciego de los mitos, para abrirse de forma m谩s adecuada a la trascendencia. As铆 pues, una raz贸n purificada y recta era capaz de llegar a los niveles m谩s altos de la reflexi贸n, dando un fundamento s贸lido a la percepci贸n del ser, de lo trascendente y de lo absoluto.

Justamente aqu铆 est谩 la novedad alcanzada por los Padres. Ellos acogieron plenamente la raz贸n abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la riqueza de la Revelaci贸n. El encuentro no fue s贸lo entre culturas, donde tal vez una es seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo lugar en lo profundo de los esp铆ritus, siendo un encuentro entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el fin mismo hacia el que inconscientemente tend铆a por su naturaleza, la raz贸n pudo alcanzar el bien sumo y la verdad suprema en la persona del Verbo encarnado. Ante las filosof铆as, los Padres no tuvieron miedo, sin embargo, de reconocer tanto los elementos comunes como las diferencias que presentaban con la Revelaci贸n. Ser conscientes de las convergencias no ofuscaba en ellos el reconocimiento de las diferencias.

42. En la teolog铆a escol谩stica el papel de la raz贸n educada filos贸ficamente llega a ser a煤n m谩s visible bajo el empuje de la interpretaci贸n anselmiana del intellectus fidei. Para el santo Arzobispo de Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con la b煤squeda propia de la raz贸n. En efecto, 茅sta no est谩 llamada a expresar un juicio sobre los contenidos de la fe, siendo incapaz de hacerlo por no ser id贸nea para ello. Su tarea, m谩s bien, es saber encontrar un sentido y descubrir las razones que permitan a todos entender los contenidos de la fe. San Anselmo acent煤a el hecho de que el intelecto debe ir en b煤squeda de lo que ama: cuanto m谩s ama, m谩s desea conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se inflama cada vez m谩s de amor por lo que conoce, aun debiendo admitir que no ha hecho todav铆a todo lo que desear铆a: 芦Ad te videndum factus sum; et nondum feci propter quod factus sum禄. 42 El deseo de la verdad mueve, pues, a la raz贸n a ir siempre m谩s all谩; queda incluso como abrumada al constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que alcanza. En este punto, sin embargo, la raz贸n es capaz de descubrir d贸nde est谩 el final de su camino: 芦Yo creo que basta a aquel que somete a un examen reflexivo un principio incomprensible alcanzar por el raciocinio su certidumbre inquebrantable, aunque no pueda por el pensamiento concebir el c贸mo de su existencia [... ]. Ahora bien, 驴qu茅 puede haber de m谩s incomprensible, de m谩s inefable que lo que est谩 por encima de todas las cosas? Por lo cual, si todo lo que hemos establecido hasta este momento sobre la esencia suprema est谩 apoyado con razones necesarias, aunque el esp铆ritu no pueda comprenderlo, hasta el punto de explicarlo f谩cilmente con palabras simples, no por eso, sin embargo, sufre quebranto la s贸lida base de esta certidumbre. En efecto, si una reflexi贸n precedente ha comprendido de modo racional que es incomprensible (rationabiliter comprehendit incomprehensibile esse) el modo en que la suprema sabidur铆a sabe lo que ha hecho [...], 驴qui茅n puede explicar c贸mo se conoce y se llama ella misma, de la cual el hombre no puede saber nada o casi nada禄. 43

Se confirma una vez m谩s la armon铆a fundamental del conocimiento filos贸fico y el de la fe: la fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la raz贸n; la raz贸n, en el culmen de su b煤squeda, admite como necesario lo que la fe le presenta.

Novedad perenne del pensamiento de santo Tom谩s de Aquino

43. Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tom谩s, no s贸lo por el contenido de su doctrina, sino tambi茅n por la relaci贸n dialogal que supo establecer con el pensamiento 谩rabe y hebreo de su tiempo. En una 茅poca en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosof铆a antigua, y m谩s concretamente aristot茅lica, tuvo el gran m茅rito de destacar la armon铆a que existe entre la raz贸n y la fe. Argumentaba que la luz de la raz贸n y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre s铆. 44

M谩s radicalmente, Tom谩s reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosof铆a, puede contribuir a la comprensi贸n de la revelaci贸n divina. La fe, por tanto, no teme la raz贸n, sino que la busca y conf铆a en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, 45 as铆 la fe supone y perfecciona la raz贸n. Esta 煤ltima, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los l铆mites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun se帽alando con fuerza el car谩cter sobrenatural de la fe, el Doctor Ang茅lico no ha olvidado el valor de su car谩cter racional, sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de alg煤n modo 芦ejercicio del pensamiento禄; la raz贸n del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opci贸n libre y consciente. 46

Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tom谩s como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teolog铆a. En este contexto, deseo recordar lo que escribi贸 mi predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, con ocasi贸n del s茅ptimo centenario de la muerte del Doctor Ang茅lico: 芦No cabe duda que santo Tom谩s posey贸 en grado eximio audacia para la b煤squeda de la verdad, libertad de esp铆ritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosof铆a pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosof铆a. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosof铆a y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de la soluci贸n casi prof茅tica a la nueva confrontaci贸n entre la raz贸n y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio, sustray茅ndose as铆 a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural禄. 47

44. Una de las grandes intuiciones de santo Tom谩s es la que se refiere al papel que el Esp铆ritu Santo realiza haciendo madurar en sabidur铆a la ciencia humana. Desde las primeras p谩ginas de su Summa Theologiae 48 el Aquinate quiere mostrar la primac铆a de aquella sabidur铆a que es don del Esp铆ritu Santo e introduce en el conocimiento de las realidades divinas. Su teolog铆a permite comprender la peculiaridad de la sabidur铆a en su estrecho v铆nculo con la fe y el conocimiento de lo divino. Ella conoce por connaturalidad, presupone la fe y formula su recto juicio a partir de la verdad de la fe misma: 芦La sabidur铆a, don del Esp铆ritu Santo, difiere de la que es virtud intelectual adquirida. Pues 茅sta se adquiere con esfuerzo humano, y aqu茅lla viene de arriba, como Santiago dice. De la misma manera difiere tambi茅n de la fe, porque la fe asiente a la verdad divina por s铆 misma; mas el juicio conforme con la verdad divina pertenece al don de la sabidur铆a禄. 49

La prioridad reconocida a esta sabidur铆a no hace olvidar, sin embargo, al Doctor Ang茅lico la presencia de otras dos formas de sabidur铆a complementarias: la filos贸fica, basada en la capacidad del intelecto para indagar la realidad dentro de sus l铆mites connaturales, y la teol贸gica, fundamentada en la Revelaci贸n y que examina los contenidos de la fe, llegando al misterio mismo de Dios.

Convencido profundamente de que 芦omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est禄, 50 santo Tom谩s am贸 de manera desinteresada la verdad. La busc贸 all铆 donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al m谩ximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en 茅l la pasi贸n por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanz贸 芦cotas que la inteligencia humana jam谩s podr铆a haber pensado禄. 51 Con raz贸n, pues, se le puede llamar 芦ap贸stol de la verdad禄. 52 Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosof铆a es verdaderamente la filosof铆a del ser y no del simple parecer.

El drama de la separaci贸n entre fe y raz贸n

45. Con la aparici贸n de las primeras universidades, la teolog铆a se confrontaba m谩s directamente con otras formas de investigaci贸n y del saber cient铆fico. San Alberto Magno y santo Tom谩s, aun manteniendo un v铆nculo org谩nico entre la teolog铆a y la filosof铆a, fueron los primeros que reconocieron la necesaria autonom铆a que la filosof铆a y las ciencias necesitan para dedicarse eficazmente a sus respectivos campos de investigaci贸n. Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la leg铆tima distinci贸n entre los dos saberes se transform贸 progresivamente en una nefasta separaci贸n. Debido al excesivo esp铆ritu racionalista de algunos pensadores, se radicalizaron las posturas, lleg谩ndose de hecho a una filosof铆a separada y absolutamente aut贸noma respecto a los contenidos de la fe. Entre las consecuencias de esta separaci贸n est谩 el recelo cada vez mayor hacia la raz贸n misma. Algunos comenzaron a profesar una desconfianza general, esc茅ptica y agn贸stica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien para desacreditar cualquier referencia racional posible a la misma.

En resumen, lo que el pensamiento patr铆stico y medieval hab铆a concebido y realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas m谩s altas de la especulaci贸n, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posici贸n de un conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella.

46. Las radicalizaciones m谩s influyentes son conocidas y bien visibles, sobre todo en la historia de Occidente. No es exagerado afirmar que buena parte del pensamiento filos贸fico moderno se ha desarrollado alej谩ndose progresivamente de la Revelaci贸n cristiana, hasta llegar a contraposiciones expl铆citas. En el siglo pasado, este movimiento alcanz贸 su culmen. Algunos representantes del idealismo intentaron de diversos modos transformar la fe y sus contenidos, incluso el misterio de la muerte y resurrecci贸n de Jesucristo, en estructuras dial茅cticas concebibles racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de humanismo ateo, elaboradas filos贸ficamente, que presentaron la fe como nociva y alienante para el desarrollo de la plena racionalidad. No tuvieron reparo en presentarse como nuevas religiones creando la base de proyectos que, en el plano pol铆tico y social, desembocaron en sistemas totalitarios traum谩ticos para la humanidad.

En el 谩mbito de la investigaci贸n cient铆fica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no s贸lo se ha alejado de cualquier referencia a la visi贸n cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relaci贸n con la visi贸n metaf铆sica y moral. Consecuencia de esto es que algunos cient铆ficos, carentes de toda referencia 茅tica, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su inter茅s la persona y la globalidad de su vida. M谩s a煤n, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso t茅cnico, parece que ceden, no s贸lo a la l贸gica del mercado, sino tambi茅n a la tentaci贸n de un poder demi煤rgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo.

Adem谩s, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como filosof铆a de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contempor谩neos. Sus seguidores teorizan sobre la investigaci贸n como fin en s铆 misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpretaci贸n nihilista la existencia es s贸lo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primac铆a lo ef铆mero. El nihilismo est谩 en el origen de la difundida mentalidad seg煤n la cual no se debe asumir ning煤n compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional.

47. Por otra parte, no debe olvidarse que en la cultura moderna ha cambiado el papel mismo de la filosof铆a. De sabidur铆a y saber universal, se ha ido reduciendo progresivamente a una de tantas parcelas del saber humano; m谩s a煤n, en algunos aspectos se la ha limitado a un papel del todo marginal. Mientras, otras formas de racionalidad se han ido afirmando cada vez con mayor relieve, destacando el car谩cter marginal del saber filos贸fico. Estas formas de racionalidad, en vez de tender a la contemplaci贸n de la verdad y a la b煤squeda del fin 煤ltimo y del sentido de la vida, est谩n orientadas 鈥攐, al menos, pueden orientarse鈥 como 芦raz贸n instrumental禄 al servicio de fines utilitaristas, de placer o de poder.

Desde mi primera Enc铆clica he se帽alado el peligro de absolutizar este camino, al afirmar: 芦El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y m谩s a煤n por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta m煤ltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de 鈥渁lienaci贸n鈥, es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la l铆nea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos est谩n dirigidos o pueden ser dirigidos contra 茅l. En esto parece consistir el cap铆tulo principal del drama de la existencia humana contempor谩nea en su dimensi贸n m谩s amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez m谩s en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra 茅l mismo禄. 53

En la l铆nea de estas transformaciones culturales, algunos fil贸sofos, abandonando la b煤squeda de la verdad por s铆 misma, han adoptado como 煤nico objetivo el lograr la certeza subjetiva o la utilidad pr谩ctica. De aqu铆 se desprende como consecuencia el ofuscamiento de la aut茅ntica dignidad de la raz贸n, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.

48. En este 煤ltimo per铆odo de la historia de la filosof铆a se constata, pues, una progresiva separaci贸n entre la fe y la raz贸n filos贸fica. Es cierto que, si se observa atentamente, incluso en la reflexi贸n filos贸fica de aquellos que han contribuido a aumentar la distancia entre fe y raz贸n aparecen a veces g茅rmenes preciosos de pensamiento que, profundizados y desarrollados con rectitud de mente y coraz贸n, pueden ayudar a descubrir el camino de la verdad. Estos g茅rmenes de pensamiento se encuentran, por ejemplo, en los an谩lisis profundos sobre la percepci贸n y la experiencia, lo imaginario y el inconsciente, la personalidad y la intersubjetividad, la libertad y los valores, el tiempo y la historia; incluso el tema de la muerte puede llegar a ser para todo pensador una seria llamada a buscar dentro de s铆 mismo el sentido aut茅ntico de la propia existencia. Sin embargo, esto no quita que la relaci贸n actual entre la fe y la raz贸n exija un atento esfuerzo de discernimiento, ya que tanto la fe como la raz贸n se han empobrecido y debilitado una ante la otra. La raz贸n, privada de la aportaci贸n de la Revelaci贸n, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la raz贸n, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una raz贸n d茅bil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstici贸n. Del mismo modo, una raz贸n que no tenga ante s铆 una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser.

No es inoportuna, por tanto, mi llamada fuerte e incisiva para que la fe y la filosof铆a recuperen la unidad profunda que les hace capaces de ser coherentes con su naturaleza en el respeto de la rec铆proca autonom铆a. A la parres铆a de la fe debe corresponder la audacia de la raz贸n.

CAP脥TULO V
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO EN CUESTIONES FILOS脫FICAS

El discernimiento del Magisterio como diacon铆a de la verdad

49. La Iglesia no propone una filosof铆a propia ni canoniza una filosof铆a en particular con menoscabo de otras. 54 El motivo profundo de esta cautela est谩 en el hecho de que la filosof铆a, incluso cuando se relaciona con la teolog铆a, debe proceder seg煤n sus m茅todos y sus reglas; de otro modo, no habr铆a garant铆as de que permanezca orientada hacia la verdad, tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente controlable. De poca ayuda ser铆a una filosof铆a que no procediese a la luz de la raz贸n seg煤n sus propios principios y metodolog铆as espec铆ficas. En el fondo, la ra铆z de la autonom铆a de la que goza la filosof铆a radica en el hecho de que la raz贸n est谩 por naturaleza orientada a la verdad y cuenta en s铆 misma con los medios necesarios para alcanzarla. Una filosof铆a consciente de este 芦estatuto constitutivo禄 suyo respeta necesariamente tambi茅n las exigencias y las evidencias propias de la verdad revelada.

La historia ha mostrado, sin embargo, las desviaciones y los errores en los que no pocas veces ha incurrido el pensamiento filos贸fico, sobre todo moderno. No es tarea ni competencia del Magisterio intervenir para colmar las lagunas de un razonamiento filos贸fico incompleto. Por el contrario, es un deber suyo reaccionar de forma clara y firme cuando tesis filos贸ficas discutibles amenazan la comprensi贸n correcta del dato revelado y cuando se difunden teor铆as falsas y parciales que siembran graves errores, confundiendo la simplicidad y la pureza de la fe del pueblo de Dios.

50. El Magisterio eclesi谩stico puede y debe, por tanto, ejercer con autoridad, a la luz de la fe, su propio discernimiento cr铆tico en relaci贸n con las filosof铆as y las afirmaciones que se contraponen a la doctrina cristiana. 55 Corresponde al Magisterio indicar, ante todo, los presupuestos y conclusiones filos贸ficas que fueran incompatibles con la verdad revelada, formulando as铆 las exigencias que desde el punto de vista de la fe se imponen a la filosof铆a. Adem谩s, en el desarrollo del saber filos贸fico han surgido diversas escuelas de pensamiento. Este pluralismo sit煤a tambi茅n al Magisterio ante la responsabilidad de expresar su juicio sobre la compatibilidad o no de las concepciones de fondo sobre las que estas escuelas se basan con las exigencias propias de la palabra de Dios y de la reflexi贸n teol贸gica.

La Iglesia tiene el deber de indicar lo que en un sistema filos贸fico puede ser incompatible con su fe. En efecto, muchos contenidos filos贸ficos, como los temas de Dios, del hombre, de su libertad y su obrar 茅tico, la emplazan directamente porque afectan a la verdad revelada que ella custodia. Cuando nosotros los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la misi贸n de ser 芦testigos de la verdad禄 en el cumplimiento de una diacon铆a humilde pero tenaz, que todos los fil贸sofos deber铆an apreciar, en favor de la recta ratio, o sea, de la raz贸n que reflexiona correctamente sobre la verdad.

51. Este discernimiento no debe entenderse en primer t茅rmino de forma negativa, como si la intenci贸n del Magisterio fuera eliminar o reducir cualquier posible mediaci贸n. Al contrario, sus intervenciones se dirigen en primer lugar a estimular, promover y animar el pensamiento filos贸fico. Por otra parte, los fil贸sofos son los primeros que comprenden la exigencia de la autocr铆tica, de la correcci贸n de posible errores y de la necesidad de superar los l铆mites demasiado estrechos en los que se enmarca su reflexi贸n. Se debe considerar, de modo particular, que la verdad es una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia y, a煤n m谩s, sean obra de una raz贸n humana herida y debilitada por el pecado. De esto resulta que ninguna forma hist贸rica de filosof铆a puede leg铆timamente pretender abarcar toda la verdad, ni ser la explicaci贸n plena del ser humano, del mundo y de la relaci贸n del hombre con Dios.

Hoy adem谩s, ante la pluralidad de sistemas, m茅todos, conceptos y argumentos filos贸ficos, con frecuencia extremadamente particularizados, se impone con mayor urgencia un discernimiento cr铆tico a la luz de la fe. Este discernimiento no es f谩cil, porque si ya es dif铆cil reconocer las capacidades propias e inalienables de la raz贸n con sus l铆mites constitutivos e hist贸ricos, m谩s problem谩tico a煤n puede resultar a veces discernir, en las propuestas filos贸ficas concretas, lo que desde el punto de vista de la fe ofrecen como v谩lido y fecundo en comparaci贸n con lo que, en cambio, presentan como err贸neo y peligroso. De todos modos, la Iglesia sabe que 芦los tesoros de la sabidur铆a y de la ciencia禄 est谩n ocultos en Cristo (Col 2, 3); por esto interviene animando la reflexi贸n filos贸fica, para que no se cierre el camino que conduce al reconocimiento del misterio.

52. Las intervenciones del Magisterio de la Iglesia para expresar su pensamiento en relaci贸n con determinadas doctrinas filos贸ficas no son s贸lo recientes. Como ejemplo baste recordar, a lo largo de los siglos, los pronunciamientos sobre las teor铆as que sosten铆an la preexistencia de las almas, 56 como tambi茅n sobre las diversas formas de idolatr铆a y de esoterismo supersticioso contenidas en tesis astrol贸gicas; 57 sin olvidar los textos m谩s sistem谩ticos contra algunas tesis del averro铆smo latino, incompatibles con la fe cristiana. 58

Si la palabra del Magisterio se ha hecho o铆r m谩s frecuentemente a partir de la mitad del siglo pasado ha sido porque en aquel per铆odo muchos cat贸licos sintieron el deber de contraponer una filosof铆a propia a las diversas corrientes del pensamiento moderno. Por este motivo, el Magisterio de la Iglesia se vio obligado a vigilar que estas filosof铆as no se desviasen, a su vez, hacia formas err贸neas y negativas. Fueron as铆 censurados al mismo tiempo, por una parte, el fide铆smo 59 y el tradicionalismo radical, 60 por su desconfianza en las capacidades naturales de la raz贸n; y por otra, el racionalismo 61 y el ontologismo, 62 porque atribu铆an a la raz贸n natural lo que es cognoscible s贸lo a la luz de la fe. Los contenidos positivos de este debate se formalizaron en la Constituci贸n dogm谩tica Dei Filius, con la que por primera vez un Concilio ecum茅nico, el Vaticano I, interven铆a solemnemente sobre las relaciones entre la raz贸n y la fe. La ense帽anza contenida en este texto influy贸 con fuerza y de forma positiva en la investigaci贸n filos贸fica de muchos creyentes y es todav铆a hoy un punto de referencia normativo para una correcta y coherente reflexi贸n cristiana en este 谩mbito particular.

53. Las intervenciones del Magisterio se han ocupado no tanto de tesis filos贸ficas concretas, como de la necesidad del conocimiento racional y, por tanto, filos贸fico para la inteligencia de la fe. El Concilio Vaticano I, sintetizando y afirmando de forma solemne las ense帽anzas que de forma ordinaria y constante el Magisterio pontificio hab铆a propuesto a los fieles, puso de relieve lo inseparables y al mismo tiempo irreducibles que son el conocimiento natural de Dios y la Revelaci贸n, la raz贸n y la fe. El Concilio part铆a de la exigencia fundamental, presupuesta por la Revelaci贸n misma, de la cognoscibilidad natural de la existencia de Dios, principio y fin de todas las cosas, 63 y conclu铆a con la afirmaci贸n solemne ya citada: 芦Hay un doble orden de conocimiento, distinto no s贸lo por su principio, sino tambi茅n por su objeto禄. 64 Era pues necesario afirmar, contra toda forma de racionalismo, la distinci贸n entre los misterios de la fe y los hallazgos filos贸ficos, as铆 como la trascendencia y precedencia de aqu茅llos respecto a 茅stos; por otra parte, frente a las tentaciones fide铆stas, era preciso recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente tambi茅n, la aportaci贸n positiva que el conocimiento racional puede y debe dar al conocimiento de la fe: 芦Pero, aunque la fe est茅 por encima de la raz贸n; sin embargo, ninguna verdadera disensi贸n puede jam谩s darse entre la fe y la raz贸n, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la raz贸n, y Dios no puede negarse a s铆 mismo ni la verdad contradecir jam谩s a la verdad禄. 65

54. Tambi茅n en nuestro siglo el Magisterio ha vuelto sobre el tema en varias ocasiones llamando la atenci贸n contra la tentaci贸n racionalista. En este marco se deben situar las intervenciones del Papa san P铆o X, que puso de relieve c贸mo en la base del modernismo se hallan aserciones filos贸ficas de orientaci贸n fenom茅nica, agn贸stica e inmanentista. 66 Tampoco se puede olvidar la importancia que tuvo el rechazo cat贸lico de la filosof铆a marxista y del comunismo ateo. 67

Posteriormente el Papa P铆o XII hizo o铆r su voz cuando, en la Enc铆clica Humani generis, llam贸 la atenci贸n sobre las interpretaciones err贸neas relacionadas con las tesis del evolucionismo, del existencialismo y del historicismo. Precisaba que estas tesis hab铆an sido elaboradas y eran propuestas no por te贸logos, sino que ten铆an su origen 芦fuera del redil de Cristo禄; 68 as铆 mismo, a帽ad铆a que estas desviaciones deb铆an ser no s贸lo rechazadas, sino adem谩s examinadas cr铆ticamente: 芦Ahora bien, a los te贸logos y fil贸sofos cat贸licos, a quienes incumbe el grave cargo de defender la verdad divina y humana y sembrarla en las almas de los hombres, no les es l铆cito ni ignorar ni descuidar esas opiniones que se apartan m谩s o menos del recto camino. M谩s a煤n, es menester que las conozcan a fondo, primero porque no se curan bien las enfermedades si no son de antemano debidamente conocidas; luego, porque alguna vez en esos mismos falsos sistemas se esconde algo de verdad; y, finalmente, porque estimulan la mente a investigar y ponderar con m谩s diligencia algunas verdades filos贸ficas y teol贸gicas禄. 69

Por 煤ltimo, tambi茅n la Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, en cumplimiento de su espec铆fica tarea al servicio del magisterio universal del Romano Pont铆fice, 70 ha debido intervenir para se帽alar el peligro que comporta asumir acr铆ticamente, por parte de algunos te贸logos de la liberaci贸n, tesis y metodolog铆as derivadas del marxismo. 71

As铆 pues, en el pasado el Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo diversas modalidades el discernimiento en materia filos贸fica. Todo lo que mis Venerados Predecesores han ense帽ado es una preciosa contribuci贸n que no se puede olvidar.

55. Si consideramos nuestra situaci贸n actual, vemos que vuelven los problemas del pasado, pero con nuevas peculiaridades. No se trata ahora s贸lo de cuestiones que interesan a personas o grupos concretos, sino de convicciones tan difundidas en el ambiente que llegan a ser en cierto modo mentalidad com煤n. Tal es, por ejemplo, la desconfianza radical en la raz贸n que manifiestan las exposiciones m谩s recientes de muchos estudios filos贸ficos. Al respecto, desde varios sectores se ha hablado del 芦final de la metaf铆sica禄: se pretende que la filosof铆a se contente con objetivos m谩s modestos, como la simple interpretaci贸n del hecho o la mera investigaci贸n sobre determinados campos del saber humano o sobre sus estructuras.

En la teolog铆a misma vuelven a aparecer las tentaciones del pasado. Por ejemplo, en algunas teolog铆as contempor谩neas se abre camino nuevamente un cierto racionalismo, sobre todo cuando se toman como norma para la investigaci贸n filos贸fica afirmaciones consideradas filos贸ficamente fundadas. Esto sucede principalmente cuando el te贸logo, por falta de competencia filos贸fica, se deja condicionar de forma acr铆tica por afirmaciones que han entrado ya en el lenguaje y en la cultura corriente, pero que no tienen suficiente base racional. 72

Tampoco faltan rebrotes peligrosos de fide铆smo, que no acepta la importancia del conocimiento racional y de la reflexi贸n filos贸fica para la inteligencia de la fe y, m谩s a煤n, para la posibilidad misma de creer en Dios. Una expresi贸n de esta tendencia fide铆sta difundida hoy es el 芦biblicismo禄, que tiende a hacer de la lectura de la Sagrada Escritura o de su ex茅gesis el 煤nico punto de referencia para la verdad. Sucede as铆 que se identifica la palabra de Dios solamente con la Sagrada Escritura, vaciando as铆 de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por el Concilio Ecum茅nico Vaticano II. La Constituci贸n Dei Verbum, despu茅s de recordar que la palabra de Dios est谩 presente tanto en los textos sagrados como en la Tradici贸n, 73 afirma claramente: 芦La Tradici贸n y la Escritura constituyen el dep贸sito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho dep贸sito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apost贸lica禄. 74 La Sagrada Escritura, por tanto, no es solamente punto de referencia para la Iglesia. En efecto, la 芦suprema norma de su fe禄 75 proviene de la unidad que el Esp铆ritu ha puesto entre la Sagrada Tradici贸n, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente. 76

No hay que infravalorar, adem谩s, el peligro de la aplicaci贸n de una sola metodolog铆a para llegar a la verdad de la Sagrada Escritura, olvidando la necesidad de una ex茅gesis m谩s amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido pleno de los textos. Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodolog铆as hermen茅uticas se apoyan en una determinada concepci贸n filos贸fica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento antes de aplicarla a los textos sagrados.

Otras formas latentes de fide铆smo se pueden reconocer en la escasa consideraci贸n que se da a la teolog铆a especulativa, como tambi茅n en el desprecio de la filosof铆a cl谩sica, de cuyas nociones han extra铆do sus t茅rminos tanto la inteligencia de la fe como las mismas formulaciones dogm谩ticas. El Papa P铆o XII, de venerada memoria, llam贸 la atenci贸n sobre este olvido de la tradici贸n filos贸fica y sobre el abandono de las terminolog铆as tradicionales. 77

56. En definitiva, se nota una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no de la adecuaci贸n del intelecto a la realidad objetiva. Ciertamente es comprensible que, en un mundo dividido en muchos campos de especializaci贸n, resulte dif铆cil reconocer el sentido total y 煤ltimo de la vida que la filosof铆a ha buscado tradicionalmente. No obstante, a la luz de la fe que reconoce en Jesucristo este sentido 煤ltimo, debo animar a los fil贸sofos, cristianos o no, a confiar en la capacidad de la raz贸n humana y a no fijarse metas demasiado modestas en su filosofar. La lecci贸n de la historia del milenio que estamos concluyendo testimonia que 茅ste es el camino a s