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Cardenal Giacomo Biffi, Por el Cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo de Bologna, dada 1 de mayo de 1989.
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Una mirada al mundo desde la fe 1

Cardenal Giacomo Biffi
Arzobispo de Bologna

Este año nuestro encuentro, en la jornada que el mundo dedica a celebrar el trabajo humano y a reflexionar sobre sus problemas, está inspirado y sostenido desde lo alto, de manera aún más intensa y significativa.

A la memoria de San José, el trabajador de Nazaret que fue maestro de vida y de fatiga para el mismo Hijo de Dios, se suma la presencia bendita de la Virgen de San Lucas, que en estos días está obrando, como todos los años, el prodigio de tocar el corazón de los bologneses. Con mayor razón me siento alentado a hablar una vez más con sencillez y con franqueza, como obispo, a la familia de los creyentes que encuentra en esta catedral el punto de referencia para la propia fe y para el propio compromiso cristiano.

Desde hace más de medio milenio desciende la santa efigie desde la colina de la Guardia; desde hace más de medio milenio se repiten en su honor parecidos actos de culto; desde hace más de medio milenio delante de este rostro materno se consuelan las penas más secretas, se reavivan las esperanzas, se deciden los propósitos de una vida mejor.

En este medio milenio todo ha cambiado continuamente en Bologna y en el mundo: se han alternado las dominaciones más diversas, se han alzado y han decaído muchas ideologías, se han sucedido las más deformes modas culturales y políticas. Lo que ha quedado siempre igual es la Virgen de San Lucas, y aquello que ella expresa y nos reclama: la redención del hombre por obra del "fruto bendito del seno" de María; el mensaje evangélico del Amor, la certeza de nuestra dignidad de hijos de Dios y de herederos de la vida eterna. Lo que ha permanecido idéntico en quinientos años, sobrepasando todas las necedades provisorias, es el grande afecto de esta ciudad por su Patrona.

Los verdaderos creyentes, justamente porque pueden fundarse sobre esta estabilidad sobrenatural, frecuentemente logran no dejarse encantar demasiado por los diversos mitos que se subsiguen volublemente, y toman siempre las justas distancias de los sucesivos extremismos, que en los últimos cien años se han podido afirmar tan fácilmente en nuestra región.

Justamente porque poseemos en la fe un seguro criterio de juicio, podemos examinar serenamente y juzgar los hechos sociales que aparecen en su momento emergentes. Este año dos llamativos fenómenos - aunque son del todo diferentes entre sí - me parece que destacan particularmente sobre la escena mundial y parecen merecedores de alguna atención: el fin de la utopía comunista, de la cual nos llegan signos cada vez más elocuentes aún de aquellos países a los cuales ésta era impuesta y mantenida con la violencia; y, en el mundo occidental, el creciente prevalecer de las potencias financieras con respecto a quienes contribuye directamente a producir.

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El marxismo ha terminado y hasta es obligado, aún bajo la vacía permanencia de los nombres y de las banderas, a cambiar radicalmente sus contenidos. La realidad económica, la verdadera naturaleza del hombre, la razón, la verdad histórica comienzan ahora a hacerse escuchar por todas partes, mas allá de los pesados enrejados ideológicos y de todas las prepotencias.

Nosotros los cristianos - al menos aquellos entre nosotros que no han perdido nunca su plena identidad cultural - no nos maravillamos de esto. Mas bien notamos con interés que hoy los mismos altos exponentes del así llamado socialismo real dicen las mismas cosas que Pío XI - un papa inteligente, valiente, libre, que no se dejaba intimidar por ningún abuso ni de derecha ni de izquierda - había ya escrito con mucha claridad desde 1937 en la encíclica Divini Redemptoris.

Después de cien años de funestas ilusiones, después de un inmenso e inútil mar de lágrimas, después de un aluvión de sangre inocente que no tiene parangón en la historia, hoy nos damos cuenta que ha sido todo un error.

Dejando a los hombres de política la evaluación de las consecuencias en el campo que les es propio, de cuanto está ocurriendo en la común consciencia de los pueblos, quisiera proponer a todos los creyentes y en particular a los agentes de pastoral algunas breves reflexiones que se refieren a nuestra situación particular en Bologna.

1. No se ha dicho que después de este derrumbe ideológico universal se darán entre nosotros vistosos cambios en el plano de los resultados electorales; ni, como hombres de Iglesia, la cosa nos interesa demasiado. El nuestro es un pueblo conservador: cambia solo en ocasión de sucesos traumáticos externos. No queda excluido que en el futuro la Emilia-Romagna pueda ser considerada en Europa una especie de zona de tutela para una visión política ya en vía de extinción en cualquier otro lugar.

2. El marxismo ha sido una fe, una ética, una esperanza para muchos de nuestros hermanos, incluso generosos y bien intencionados. Es necesario entonces tener el más grande respeto por este innegable dolor, que toca tan profundamente y tan amargamente a tantas personas. El riesgo que temo más es que esta crisis ideológica haga llegar a muchos hombres - que al menos tenían un ideal, aunque fuese inconsistente - al mal peor del utilitarismo menudo, del pragmatismo sin metas, del hedonismo sin principios. Y ya hay indicios de estas salidas sin valor y sin gloria. Nosotros debemos trabajar por todos los medios - aún con el diálogo y los contactos personales - para que esto no suceda.

3. Este es el momento que debe despertar nuestro compromiso apostólico en el mundo del trabajo: en todos los lugares signados por la fatiga humana, regresen los creyentes a proponer con más vigor y con más convicción no tanto o no primariamente las alternativas políticas, cuanto - y sobre todo - las imperecederas certezas de siempre: el redescubrimiento de Dios que es nuestro Padre, el encuentro con Cristo único Señor y Salvador, el culto cristiano de los muertos y la perspectiva de la vida eterna, sin la cual la vida presente tarde o temprano llega a ser absurda y desesperada.

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El segundo fenómeno, que se hace cada vez más imponente en el mundo capitalista y que me parece muy preocupante, es debido a la incidencia, cada vez más extendida y determinante en la organización social, de un poder financiero cerrado en sus juegos, sin verdaderos vínculos con el compromiso productivo y con el mundo del trabajo.

La propiedad de una empresa, y por ello su suerte, termina cada vez más frecuentemente en manos de administradores lejanos, dominada por otras sociedades y a su vez bajo el control de terceros, con un sistema de pertenencias múltiples y de interdependencias tan complicado e incontrolable, que al final no se sabe realmente donde están las fuentes de las decisiones.

En este contexto una unidad de trabajo puede ser vendida, comprada, trasladada, fundida, reconvertida, anulada por quien no la ha visitado nunca, ni siquiera ocasionalmente, y muchos hombres ven decidido su destino de trabajadores por una dominación anónima, que conoce solamente las cifras del mercado bursátil y la consistencia de los paquetes accionarios.

Todo esto es inquietante y no puede ser aceptado supinamente. Cierto que la Iglesia no tiene y no puede proponer soluciones técnicas a este tipo de problemas; pero menos aún puede eximirse del llamar la atención acerca de los peligros que corre la dignidad del hombre, su seguridad, su naturaleza de protagonista consciente en la moderna organización de la sociedad tal como se va delineando en el mundo occidental.

La cuestión social ha sido presentada por mucho tiempo como un conflicto, a veces áspero e incluso trágico, entre trabajadores y patrones. Hoy quizá la tensión verdaderamente relevante es mas bien aquella que se va perfilando entre el mundo del trabajo en su conjunto (que es cada vez más objeto de decisiones tomadas fuera de éste) y los potentados financieros (que poco a poco llegar a ser árbitros absolutos de una actividad de la cual no tienen ningún conocimiento directo). Quizá ha llegado ya el momento para que todos aquellos que a diverso título y con diversa función concurren personalmente a la producción y al provecho - y esto es operarios, empleados, dirigentes, propietarios, que son todos de varias formas trabajadores - se preocupen de afrontar acordemente el asalto de un capitalismo anónimo sin conexiones y sin relaciones personales con quien efectivamente se dedica con las propias manos, la propia inteligencia, la propia pasión de empresario a transformar la materia para provecho de todos y a ofrecer bienes y servicios a la humanidad.

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He creído, queridísimos hermanos, que reconocéis en Cristo al único maestro que puede orientar rectamente al hombre en todas las dificultades de la existencia, compartiros estos mis pensamientos, no como quien tiene directivas precisas que dar, sino como quien quiere asociar a sus amigos y compañeros de fe a sus preocupaciones. Quería solo sugerir dos temas sobre los cuales en las distintas sedes puede seguirse, con ayuda de personas competentes, una seria y fructífera meditación. Nos mueve solo el amor por el hombre, imagen viva del Señor Jesús; por el hombre que demasiado frecuentemente es la gran víctima de las vicisitudes históricas, de las ideologías abstractas y crueles, de los egoísmos contrapuestos. Este hombre concreto - con su nobleza originaria, con sus aspiraciones, con sus duros impactos con una realidad que algunas veces parece inhumana - nosotros queremos hoy confiar al único Señor del universo y de los corazones, siendo muy conscientes de la única "pertenencia múltiple" legítima y salvífica, aquella que nos es indicada por San Pablo cuando escribe: "todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, como Cristo es de Dios" (1Cor. 3, 22.23)

1

Palabras que el Cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo de Bologna, pronunció en la Catedral de San Pedro el 1°. de mayo de 1989, transcritas de la publicación la Oficina Arquidiocesana de Bologna para lass Comunicaciones Sociales. El -título es de esta edición digital.
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