S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi
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Evangelii nuntiandi

Exhortaci贸n Apost贸lica de S.S. Pablo VI al episcopado, al clero y a los fieles de toda la Iglesia acerca de la evangelizaci贸n del mundo contempor谩neo, 8 de diciembre de 1975

Venerables hermanos y amados hijos: Salud y Bendici贸n Apost贸lica

INTRODUCCI脫N

Compromiso evangelizador

1. El esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, exaltados por la esperanza pero a la vez perturbados con frecuencia por el temor y la angustia, es sin duda alguna un servicio que se presenta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad.

De ah铆 que el deber de confirmar a los hermanos, que hemos recibido del Se帽or al confi谩rsenos la misi贸n del Sucesor de Pedro 1 , y que constituye para Nos un cuidado de cada d铆a 2 , un programa de vida y de acci贸n, a la vez que un empe帽o fundamental de nuestro pontificado, ese deber, decimos, nos parece todav铆a m谩s noble y necesario cuando se trata de alentar a nuestros hermanos en su tarea de evangelizadores, a fin de que en estos tiempos de incertidumbre y malestar la cumplan con creciente amor, celo y alegr铆a.

Conmemorando tres acontecimientos

2. Esto es lo que deseamos hacer ahora, al final del A帽o Santo, durante el cual la Iglesia se ha esforzado en anunciar el Evangelio a todos los hombres 3 , sin embargo otro objetivo que el de cumplir su deber de mensajera de la Buena Nueva de Jesucristo proclamada a partir de dos consignas fundamentales: "vest铆os del hombre nuevo" 4 y "reconciliaos con Dios" 5 .

Tales son nuestros prop贸sitos en este d茅cimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, cuyos objetivos se resumen, en definitiva, en uno solo: hacer a la Iglesia del Siglo XX cada vez m谩s apta para anunciar el Evangelio a la humanidad del siglo XX.

Nos queremos hacer 茅sto un a帽o despu茅s de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos -consagrada, como es bien sabido, a la evangelizaci贸n-; tanto m谩s cuanto que esto nos lo han pedido los mismos padres sinodales. En efecto, al final de aquella memorable Asamblea, decidieron ellos confiar al Pastor de la Iglesia universal, con gran confianza y sencillez, el fruto de sus trabajos, declarando que esperaban del Papa un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelizaci贸n 6 en una Iglesia todav铆a m谩s arraigada en la fuerza y poder perennes de Pentecost茅s.

Tema frecuente de nuestro pontificado

3. En diversas ocasiones, ya antes del S铆nodo, Nos pusimos de relieve la importancia de este tema de la evangelizaci贸n. "Las condiciones de la sociedad -dec铆amos al Sacro Colegio Cardenalicio del 22 de junio de 1973- nos obligan, por tanto, a revisar m茅todos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual 煤nicamente podr谩 hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empe帽o de solidaridad humana" 7 . Y a帽ad铆amos que, para dar una respuesta v谩lida a las exigencias del Concilio que nos est谩n acuciando, necesitamos absolutamente ponernos en contacto con el patrimonio de fe que la Iglesia tiene el deber de preservar en toda su pureza, y a la vez el deber de presentarlo a los hombres de nuestro tiempo, con los medios a nuestro alcance, de una manera comprensible y persuasiva.

En la l铆nea del S铆nodo de 1974

4. Esta fidelidad a un mensaje del que somos servidores, y a las personas a las que hemos de transmitirlo intacto y vivo, es el eje central de la evangelizaci贸n. Esta plantea tres preguntas acuciantes, que el S铆nodo de 1974 ha tenido constantemente presentes:

-驴Qu茅 eficacia tiene en nuestros d铆as la energ铆a escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre?

-驴Hasta d贸nde y c贸mo esta fuerza evang茅lica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy?

-驴Con qu茅 m茅todos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?

Estas preguntas desarrollan, en el fondo, la cuesti贸n fundamental que la Iglesia se propone hoy d铆a y que podr铆a enunciarse as铆: despu茅s del Concilio y gracias al Concilio que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia 驴es m谩s o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el coraz贸n del hombre con convicci贸n libertad de esp铆ritu y eficacia?

Invitaci贸n a la reflexi贸n y exhortaci贸n

5. Todos vemos la necesidad urgente de dar a tal pregunta una respuesta, leal, humilde, valiente, y de obrar en consecuencia.

En nuestra "preocupaci贸n por todas las Iglesias" 8 , Nos quisi茅ramos ayudar a nuestros hermanos e hijos a responder a estas preguntas. Ojal谩 que nuestras palabras, que quisieran ser, partiendo de las riquezas del S铆nodo, una reflexi贸n acerca de la evangelizaci贸n, puedan invitar a la misma reflexi贸n a todo el pueblo de Dios congregado en la Iglesia, y servir de renovado aliento a todos, especialmente a quienes "trabajan en la predicaci贸n y en la ense帽anza" 9 , para que cada uno de ellos sepa distribuir "rectamente la palabra de la verdad" 10 , se dedique a la predicaci贸n del Evangelio y desempe帽e su ministerio con toda perfecci贸n.

Una exhortaci贸n en este sentido nos ha parecido de importancia capital, ya que la presentaci贸n del mensaje evang茅lico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: est谩 de por medio el deber que le incumbre, por mandato del Se帽or, con vista a que los hombres crean y se salven. S铆, este mensaje es necesario. Es 煤nico. De ning煤n modo podr铆a ser reemplazado. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelaci贸n. Lleva consigo una sabidur铆a que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por s铆 mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios 11 . Es la Verdad. Merece que el ap贸stol le dedique todo su tiempo, todas sus energ铆as y que, si es necesario, le consagre su propia vida.

I. DEL CRISTO EVANGELIZADOR A LA IGLESIA EVANGELIZADORA

Testimonio y misi贸n de Jes煤s

6. El testimonio que el Se帽or da de S铆 mismo y que San Lucas ha recogido en su Evangelio "Es preciso que anuncie tambi茅n el reino de Dios en otras ciudades" 12 , tiene sin duda un gran alcance, ya que define en una sola frase toda la misi贸n de Jes煤s: "porque para esto he sido enviado" 13 . Estas palabras alcanzan todo su significado cuando se las considera a la luz de los vers铆culos anteriores en los que Cristo se aplica a S铆 mismo las palabras del Profeta Isa铆as: "El Esp铆ritu del Se帽or est谩 sobre m铆, porque me ungi贸 para evangelizar a los pobres" 14 .

Proclamar de ciudad en ciudad, sobre todo a los m谩s pobres, con frecuencia los m谩s dispuestos, el gozoso anuncio del cumplimiento de las promesas y de la Alianza propuestas por Dios, tal es la misi贸n para la que Jes煤s se declara enviado por el Padre; todos los aspectos de su Misterio -la misma Encarnaci贸n, los milagros, las ense帽anzas, la convocaci贸n de sus disc铆pulos, el env铆o de los Doce, la cruz y la resurrecci贸n, la continuidad de su presencia en medio de los suyos- forman parte de su actividad evangelizadora.

Jes煤s primer evangelizador

7. Durante el S铆nodo, los obispos han recordado con frecuencia esta verdad: Jes煤s mismo, Evangelio de Dios 15 , ha sido el primero y el m谩s grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfecci贸n, hasta el sacrificio de su existencia terrena.

Evangelizar: 驴Qu茅 significado ha tenido esta palabra para Cristo? Ciertamente no es f谩cil expresar en una s铆ntesis completa el sentido, el contenido, las formas de evangelizaci贸n tal como Jes煤s lo concibi贸 y lo puso en pr谩ctica. Por otra parte, esta s铆ntesis nunca podr谩 ser concluida. B谩stenos, aqu铆 recordar algunos aspectos esenciales.

El anuncio del reino de Dios

8. Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el reino de Dios, tan importante que, en relaci贸n a 茅l, todo se convierte en "lo dem谩s", que es dado por a帽adidura 16 . Solamente el reino es pues absoluto y todo el resto es relativo. El Se帽or se complacer谩 en describir de muy diversas maneras la dicha de pertenecer a ese reino, una dicha parad贸jica hecha de cosas que el mundo rechaza 17 , las exigencias del reino y su carta magna 18 , los heraldos del reino 19 , los misterios del mismo 20 , sus hijos 21 , la vigilancia y fidelidad requeridas a quien espera su llegada definitiva 22 .

El anuncio de la salvaci贸n liberadora

9. Como n煤cleo y centro de su Buena Nueva, Jes煤s anuncia la salvaci贸n, ese gran don de Dios que es liberaci贸n de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberaci贸n del pecado y del maligno, dentro de la alegr铆a de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a El. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo, y se logra de manea definitiva por su muerte y resurrecci贸n; pero debe ser continuado pacientemente a trav茅s de la historia hasta ser plenamente realizado el d铆a de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cu谩ndo tendr谩 lugar, a excepci贸n del Padre 23 .

A costa de grandes sacrificios

10. Este reino y esta salvaci贸n -palabras clave en la evangelizaci贸n de Jesucristo- pueden ser recibidos por todo hombre, como gracia y misericordia; pero a la vez cada uno debe conquistarlos con la fuerza, "el reino de los cielos est谩 en tensi贸n y los esforzados lo arrebatan", dice el Se帽or 24 , con la fatiga y el sufrimiento, con una vida conforme al Evangelio, con la renuncia y la cruz, con el esp铆ritu de las bienaventuranzas. Pero, ante todo, cada uno los consigue mediante un total cambio interior, que el Evangelio designa con el nombre de met谩noia, una conversi贸n radical, una transformaci贸n profunda de la mente y del coraz贸n 25 .

Predicaci贸n infatigable

11. Cristo llev贸 a cabo esta proclamaci贸n del reino de Dios, mediante la predicaci贸n infatigable de una palabra, de la que se dir谩 que no admite parang贸n con ninguna otra: "驴Qu茅 es esto? Una doctrina nueva y revestida de autoridad" 26 ; "Todos le aprobaron, maravillados de las palabras llenas de gracia, que sal铆an de su boca..." 27 ; "Jam谩s hombre alguno habl贸 como 茅ste" 28 . Sus palabras desvelan el secreto de Dios, su designio y su promesa, y por eso cambian el coraz贸n del hombre y su destino.

Signos evang茅licos

12. Pero El realiza tambi茅n esta proclamaci贸n de la salvaci贸n por medio de innumerables signos que provocan estupor en las muchedumbres y que al mismo tiempo las arrastran hacia El para verlo, escucharlo y dejarse transformar por El: enfermos curados, agua convertida en vino, pan multiplicado, muertos que vuelven a la vida y, sobre todo, su propia resurrecci贸n. Y al centro de todo, el signo al que El atribuye una gran importancia: los peque帽os, los pobres son evangelizados, se convierten en disc铆pulos suyos, se re煤nen "en su nombre" en la gran comunidad de los que creen en El. Porque el Jes煤s que declara: "Es preciso que anuncie tambi茅n el reino de Dios en otras ciudades, porque para eso he sido enviado" 29 , es el mismo Jes煤s de quien Juan el Evangelista dec铆a que hab铆a venido y deb铆a morir "para reunir en uno todos los hijos de Dios, que est谩n dispersos" 30 . As铆 termina su revelaci贸n, complet谩ndola y confirm谩ndola, con la manifestaci贸n hecha de S铆 mismo, con palabras y obras, con se帽ales y milagros, y de manera particular con su muerte, su resurrecci贸n y el env铆o del Esp铆ritu de Verdad 31 .

Hacia una comunidad evangelizada y evangelizadora

13. Quienes acogen con sinceridad la Buena Nueva, mediante tal acogida y la participaci贸n en la fe, se re煤nen pues en el nombre de Jes煤s para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora. La orden dada a los Doce: "Id y proclamad la Buena Nueva", vale tambi茅n, aunque de manera diversa, para todos los cristianos. Por esto Pedro los define "pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llam贸 de la tinieblas a su luz admirable" 32 . Estas son las maravillas que cada uno ha podido escuchar en su propia lengua 33 . Por lo dem谩s, la Buena Nueva del reino que llega y que ya ha comenzado, es para todos los hombres de todos los tiempos. Aquellos que ya la han recibido y que est谩n reunidos en la comunidad de salvaci贸n, pueden y deben comunicarla y difundirla.

La evangelizaci贸n, vocaci贸n propia de la Iglesia

14. La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: "Es preciso que anuncie tambi茅n el reino de Dios en otras ciudades" 34 , se aplican con toda verdad a ella misma. Y por su parte ella a帽ade de buen grado, siguiendo a San Pablo: "Porque, si evangelizo, no es para m铆 motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. 隆Ay de m铆, si no evangelizara!" 35 . Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos, al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas: "Nosotros queremos confirmar una vez m谩s que la tarea de la evangelizaci贸n de todos los hombres constituye la misi贸n esencial de la Iglesia" 36 ; una tarea y misi贸n que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez m谩s urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocaci贸n propia de la Iglesia, su identidad m谩s profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y ense帽ar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrecci贸n gloriosa.

V铆nculos rec铆procos entre la Iglesia y la evangelizaci贸n

15. Quien lee en el Nuevo Testamento los or铆genes de la Iglesia y sigue paso a paso su historia, quien la ve vivir y actuar, se da cuenta de que ella est谩 vinculada a la evangelizaci贸n de la manera m谩s 铆ntima:

- La Iglesia nace de la acci贸n evangelizadora de Jes煤s y de los Doce. Es un fruto normal, deseado, el m谩s inmediato y el m谩s visible "Id pues, ense帽ad a todas las gentes" 37 . "Ellos recibieron la gracia y se bautizaron, siendo incorporadas (a la Iglesia) aquel d铆a unas tres mil personas... Cada d铆a el Se帽or iba incorporando a los que hab铆an de ser salvos" 38 .

- Nacida por consiguiente de la misi贸n de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por El. La Iglesia permanece en el mundo hasta que el Se帽or de la gloria vuelve al Padre. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo contin煤a. Ahora bien, es ante todo su misi贸n y su condici贸n de evangelizador lo que ella est谩 llamada a continuar 39 . Porque la comunidad de los cristianos no est谩 nunca cerrada en s铆 misma.

En ella, la vida 铆ntima -la vida de oraci贸n, la escucha de la Palabra y de las ense帽anzas de los Ap贸stoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido 40 - no tiene pleno sentido m谩s que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiraci贸n y la conversi贸n, se hace predicaci贸n y anuncio de la Buena Nueva. Es as铆 como la Iglesia recibe la misi贸n de evangelizar y como la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto.

- Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a s铆 misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmenso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los 铆dolos, necesita saber proclamar "las grandezas de Dios" 41 , que la han convertido al Se帽or, y ser nuevamente convocada y reunida por El. En una palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado 42 , y el S铆nodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza a trav茅s de una conversi贸n y una renovaci贸n constante, para evangelizar al mundo de manera cre铆ble.

- La Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada. Las promesas de la Nueva Alianza en Cristo, las ense帽anzas del Se帽or y de los Ap贸stoles, la Palabra de vida, las fuentes de la gracia y de la benignidad divina, el camino de salvaci贸n, todo esto le ha sido confiado. Es ni m谩s ni menos que el contenido del Evangelio y, por consiguiente, de la evangelizaci贸n que ella conserva como un dep贸sito viviente y precioso, no para tenerlo escondido, sino para comunicarlo.

- Enviada y evangelizada, la Iglesia misma env铆a a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y les env铆a a predicar. A predicar no a s铆 mismos o sus ideas personales 43 , sino un Evangelio del que ni ellos ni ella son due帽os y propietarios absolutos para disponer de 茅l a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad.

La Iglesia inseparable de Cristo

16. Existe por tanto un nexo 铆ntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelizaci贸n. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella.

En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad est谩n desorientadas en su esp铆ritu, las cuales van repitiendo que su aspiraci贸n es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotom铆a se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: "el que a vosotros desecha, a m铆 me desecha" 44 . 驴C贸mo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo as铆 que el m谩s hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: "am贸 a la Iglesia y se entreg贸 por ella"? 45

II. 驴QU脡 ES EVANGELIZAR?

Complejidad de la acci贸n evangelizadora

17. En la acci贸n evangelizadora de la Iglesia, entran a formar parte ciertamente algunos elementos y aspectos que hay que tener presentes. Algunos revisten tal importancia que se tiene la tendencia a identificarlos simplemente con la evangelizaci贸n. De ah铆 que se haya podido definir la evangelizaci贸n en t茅rminos de anuncio de Cristo a aquellos que lo ignoran, de predicaci贸n, de catequesis, de bautismo y de administraci贸n de los otros sacramentos.

Ninguna definici贸n parcial y fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y din谩mica que comporta la evangelizaci贸n, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso mutilarla. Resulta imposible comprenderla si no se trata de abarcar de golpe todos sus elementos esenciales.

Estos elementos insistentemente subrayados a lo largo del reciente S铆nodo siguen siendo profundizados con frecuencia, en nuestros d铆as, bajo la influencia del trabajo sinodal. Nos alegramos de que, en el fondo, sean situados en la misma l铆nea de los que nos ha transmitido el Concilio Vaticano II, sobre todo en Lumen gentium, Gaudium et spes, Ad gentes.

Renovaci贸n de la humanidad...

18. Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: "He aqu铆 que hago nuevas todas las cosas" 46 . Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo 47 y de la vida seg煤n el Evangelio 48 . La finalidad de la evangelizaci贸n es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor ser铆a decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama 49 , trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos est谩n comprometidos, su vida y ambiente concretos.

... y de sectores de la humanidad

19. Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geogr谩ficas cada vez m谩s vastas o poblaciones cada vez m谩s numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de inter茅s, las l铆neas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que est谩n en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvaci贸n.

Evangelizaci贸n de las culturas

20. Posiblemente, podr铆amos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas ra铆ces- la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus t茅rminos en la Gaudium et spes 50 , tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre s铆 y con Dios.

El Evangelio, y por consiguiente la evangelizaci贸n, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y a la construcci贸n del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelizaci贸n no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue tambi茅n en otras 茅pocas. De ah铆 que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelizaci贸n de la cultura, o m谩s exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero este encuentro no se llevar谩 a cabo si la Buena Nueva no es proclamada.

Importancia primordial del testimonio

21. La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio.

Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensi贸n y de aceptaci贸n, su comuni贸n de vida y de destino con los dem谩s, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos adem谩s que irradian de manera sencilla y espont谩nea su fe en los valores que van m谩s all谩 de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osar铆an so帽ar. A trav茅s de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: 驴Por qu茅 son as铆? 驴Por qu茅 viven de esa manera? 驴Qu茅 es o qui茅n es el que los inspira? 驴Por qu茅 est谩n con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por s铆 una proclamaci贸n silenciosa, pero tambi茅n muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelizaci贸n. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantear谩n muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no hab铆a sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes, de gentes que viven en cristiano pero seg煤n principios no cristianos, bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o a Alguien que ellos adivinan pero sin poder darle un nombre. Surgir谩n otros interrogantes, m谩s profundos y m谩s comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participaci贸n, solidaridad y que es un elemento esencial, en general al primero absolutamente en la evangelizaci贸n 51 .

Todos los cristianos est谩n llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores. Se nos ocurre pensar especialmente en la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los pa铆ses que los reciben.

Necesidad de un anuncio expl铆cito

22. Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el m谩s hermoso testimonio se revelar谩 a la larga impotente si no es esclarecido, justificado -lo que Pedro llamaba dar "raz贸n de vuestra esperanza" 52 -, explicitado por un anuncio claro e inequ铆voco del Se帽or Jes煤s. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deber谩 ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelizaci贸n verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jes煤s de Nazaret Hijo de Dios.

La historia de la Iglesia, a partir del discurso de Pedro en la ma帽ana de Pentecost茅s, se entremezcla y se confunde con la historia de este anuncio. En cada nueva etapa de la historia humana, la Iglesia, impulsada continuamente por el deseo de evangelizar, no tiene m谩s que una preocupaci贸n: 驴a qui茅n enviar para anunciar este misterio? 驴C贸mo lograr que resuene y llegue a todos aquellos que lo deben escuchar? Este anuncio -kerigma, predicaci贸n o catequesis- adquiere un puesto tan importante en la evangelizaci贸n que con frecuencia es en realidad sin贸nimo. Sin embargo, no pasa de ser un aspecto.

Hacia una adhesi贸n vital y comunitaria

23. Efectivamente, el anuncio no adquiere toda su dimensi贸n m谩s que cuando es escuchado, aceptado, asimilado y cuando hace nacer en quien lo ha recibido una adhesi贸n de coraz贸n. Adhesi贸n a las verdades que en su misericordia el Se帽or ha revelado, es cierto. Pero, m谩s a煤n, adhesi贸n al programa de vida -vida en realidad ya transformada- que 茅l propone. En una palabra, adhesi贸n al reino, es decir, al "mundo nuevo", al nuevo estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio. Tal adhesi贸n, que no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado, se revela concretamente por medio de una entrada visible, en una comunidad de fieles. As铆 pues, aquellos cuya vida se ha transformado entran en una comunidad que es en s铆 misma signo de la transformaci贸n, signo de la novedad de vida: la Iglesia, sacramento visible de la salvaci贸n 53 . Pero a su vez, la entrada en la comunidad eclesial se expresar谩 a trav茅s de muchos otros signos que prolongan y despliegan el signo de la Iglesia. En el dinamismo de la evangelizaci贸n, aquel que acoge el Evangelio como Palabra que salva 54 , lo traduce normalmente en estos gestos sacramentales: adhesi贸n a la Iglesia, acogida de los sacramentos que manifiestan y sostienen esta adhesi贸n, por la gracia que confieren.

Impulso nuevo al apostolado

24. Finalmente, el que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ah铆 la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelizaci贸n: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia.

Al terminar estas consideraciones sobre el sentido de la evangelizaci贸n, se debe formular una 煤ltima observaci贸n que creemos esclarecedora para las reflexiones siguientes.

La evangelizaci贸n, hemos dicho, es un paso complejo, con elementos variados: renovaci贸n de la humanidad, testimonio, anuncio expl铆cito, adhesi贸n del coraz贸n, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos integrado con los otros. El m茅rito del reciente S铆nodo ha sido el habernos invitado constantemente a componer estos elementos, m谩s bien que oponerlos entre s铆, para tener la plena comprensi贸n de la actividad evangelizadora de la Iglesia.

En esta visi贸n global lo que queremos ahora exponer, examinando el contenido de la evangelizaci贸n, los medios de evangelizar, precisando a qui茅n se dirige el anuncio evang茅lico y qui茅n tiene hoy el encargo de hacerlo.

III. CONTENIDO DE LA EVANGELIZACI脫N

Contenido esencial y elementos secundarios

25. En el mensaje que anuncia la Iglesia hay ciertamente muchos elementos secundarios, cuya presentaci贸n depende en gran parte de los cambios de circunstancias. Tales elementos cambian tambi茅n. Pero hay un contenido esencial, una substancia viva, que no se puede modificar ni pasar por alto sin desnaturalizar gravemente la evangelizaci贸n misma.

Un testimonio al amor del Padre

26. No es superfluo recordarlo: evangelizar es, ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Esp铆ritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Verbo Encarnado, ha dado a todas las cosas el ser y ha llamado a los hombres a la vida eterna. Para muchos, es posible que este testimonio de Dios desconocido 55 , a quien adoran sin darle un nombre concreto, o al que buscar por sentir una llamada secreta en el coraz贸n, al experimentar la vacuidad de todos los 铆dolos. Pero este testimonio resulta plenamente evangelizador cuando pone de manifiesto que para el hombre el Creador no es un poder an贸nimo y lejano: es Padre. "Nosotros somos llamados hijos de Dios, y en verdad lo somos" 56 y, por tanto, somos hermanos los unos de los otros, en Dios.

Centro del mensaje: la salvaci贸n en Jesucristo

27. La evangelizaci贸n tambi茅n debe contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo- una clara proclamaci贸n de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvaci贸n a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios 57 . No una salvaci贸n puramente inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el cuadro de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvaci贸n que desborda todos estos l铆mites para realizarse en una comuni贸n con el 煤nico Absoluto Dios, salvaci贸n trascendente, escatol贸gica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad.

Bajo el signo de la esperanza

28. Por consiguiente, la evangelizaci贸n no puede por menos de incluir el anuncio prof茅tico de un m谩s all谩, vocaci贸n profunda y definitiva del hombre, en continuidad y discontinuidad a la vez con la situaci贸n presente: m谩s all谩 del tiempo y de la historia, m谩s all谩 de la realidad de ese mundo, cuya dimensi贸n oculta se manifestar谩 un d铆a; m谩s all谩 del hombre mismo, cuyo verdadero destino no se agota en su dimensi贸n temporal sino que nos ser谩 revelado en la vida futura 58 . La evangelizaci贸n comprende adem谩s la predicaci贸n de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo; la predicaci贸n del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicaci贸n del amor fraterno para con todos los hombres -capacidad de donaci贸n y de perd贸n, de renuncia, de ayuda al hermano- que por descender del amor de Dios, es el n煤cleo del Evangelio; la predicaci贸n del misterio del mal y de la b煤squeda activa del bien. Predicaci贸n, asimismo, y 茅sta se hace cada vez m谩s urgente, de la b煤squeda del mismo Dios a trav茅s de la oraci贸n, sobre todo de adoraci贸n y de acci贸n de gracias, y tambi茅n a trav茅s de la comuni贸n con ese signo visible del encuentro con Dios que es la Iglesia de Jesucristo; comuni贸n que a su vez se expresa mediante la participaci贸n en esos otros signos de Cristo, viviente y operante en la Iglesia, que son los sacramentos. Vivir de tal suerte los sacramentos hasta conseguir en su celebraci贸n una verdadera plenitud, no es, como algunos pretenden, poner un obst谩culo o aceptar una desviaci贸n de la evangelizaci贸n: es darle toda su integridad. Porque la totalidad de la evangelizaci贸n, aparte de la predicaci贸n del mensaje, consiste en implantar la Iglesia, la cual no existe sin este respiro de la vida sacramental culminante en la Eucarist铆a 59 .

Un mensaje que afecta a toda la vida

29. La evangelizaci贸n no ser铆a completa si no tuviera en cuenta la interpelaci贸n rec铆proca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. Precisamente por esto la evangelizaci贸n lleva consigo un mensaje expl铆cito, adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar sin la cual apenas es posible el progreso personal 60 , sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente vigoroso en nuestros d铆as, sobre la liberaci贸n.

Un mensaje de liberaci贸n

30. Es bien sabido en qu茅 t茅rminos hablaron durante el reciente S铆nodo numerosos obispos de todos los continentes y, sobre todo, los obispos del Tercer Mundo, con un acento pastoral en el que vibraban las voces de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos, ya lo sabemos, empe帽ados con todas sus energ铆as en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambres, enfermedades cr贸nicas, analfabetismo, depauperaci贸n, injusticia en las relaciones internacionales y, especialmente, en los intercambios comerciales, situaciones de neocolonialismo econ贸mico y cultural, a veces tan cruel como el pol铆tico, etc. La Iglesia, repiten los obispos, tiene el deber de anunciar la liberaci贸n de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberaci贸n, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extra帽o a la evangelizaci贸n.

En conexi贸n necesaria con la promoci贸n humana

31. Entre evangelizaci贸n y promoci贸n humana -desarrollo, liberaci贸n- existen efectivamente lazos muy fuertes. V铆nculos de orden antropol贸gico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y econ贸micos. Lazos de orden teol贸gico, ya que no se puede disociar el plan de la creaci贸n del plan de la redenci贸n que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. V铆nculos de orden eminentemente evang茅lico como es el de la caridad: en efecto, 驴c贸mo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el aut茅ntico crecimiento del hombre? Nos mismos lo indicamos, al recordar que no es posible aceptar "que la obra de evangelizaci贸n pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy d铆a, que ata帽en a la justicia, a la liberaci贸n, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, ser铆a ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el pr贸jimo que sufre o padece necesidad" 61 .

Pues bien, las mismas voces que con celo, inteligencia y valent铆a abordaron durante el S铆nodo este tema acuciante, adelantaron, con gran complacencia por nuestra parte, los principios iluminadores para comprender mejor la importancia y el sentido profundo de la liberaci贸n tal y como la ha anunciado y realizado Jes煤s de Nazaret y la predica la Iglesia.

Sin reducciones ni ambig眉edades

32. No hay por qu茅 ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos, sensibles a las cuestiones dram谩ticas que lleva consigo el problema de la liberaci贸n, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de liberaci贸n han sentido con frecuencia la tentaci贸n de reducir su misi贸n a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropoc茅ntrica; la salvaci贸n, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad -olvidando toda preocupaci贸n espiritual y religiosa- a iniciativas de orden pol铆tico o social. Si esto fuera as铆, la Iglesia perder铆a su significaci贸n m谩s profunda. Su mensaje de liberaci贸n no tendr铆a ninguna originalidad y se prestar铆a a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideol贸gicos y los partidos pol铆ticos. No tendr铆a autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberaci贸n. Por eso quisimos subrayar en la misma alocuci贸n de la apertura del S铆nodo "la necesidad de reafirmar claramente la finalidad espec铆ficamente religiosa de la evangelizaci贸n. Esta 煤ltima perder铆a su raz贸n de ser si se desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teol贸gico" 62 .

La liberaci贸n evang茅lica...

33. Acerca de la liberaci贸n que la evangelizaci贸n anuncia y se esfuerza por poner en pr谩ctica, m谩s bien hay que decir:

- no puede reducirse a la simple y estrecha dimensi贸n econ贸mica, pol铆tica, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios;

- va por tanto unida a una cierta concepci贸n del hombre, a un antropolog铆a que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un 茅xito a corto plazo.

... Centrada en el reino de Dios...

34. Por eso, al predicar la liberaci贸n y al asociarse a aquellos que act煤an y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misi贸n al solo terreno religioso, desinteres谩ndose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primac铆a de su vocaci贸n espiritual, rechaza la substituci贸n del anuncio del reino por la proclamaci贸n de las liberaciones humanas, y proclama tambi茅n que su contribuci贸n a la liberaci贸n no ser铆a completa si descuidara anunciar la salvaci贸n en Jesucristo.

... en una visi贸n evang茅lica del hombre...

35. La Iglesia asocia, pero no identifica nunca, liberaci贸n humana y salvaci贸n en Jesucristo, porque sabe por revelaci贸n, por experiencia hist贸rica y por reflexi贸n de fe, que no toda noci贸n de liberaci贸n es necesariamente coherente y compatible con una visi贸n evang茅lica del hombre, de las cosas y de los acontecimientos; que no es suficiente instaurar la liberaci贸n, crear el bienestar y el desarrollo para que llegue el reino de Dios.

Es m谩s, la Iglesia est谩 plenamente convencida de que toda liberaci贸n temporal, toda liberaci贸n pol铆tica -por m谩s que 茅sta se esfuerce en encontrar su justificaci贸n en tal o cual p谩gina del Antiguo o del Nuevo Testamento; por m谩s que acuda, para sus postulados ideol贸gicos y sus normas de acci贸n, a la autoridad de los datos y conclusiones teol贸gicas; por m谩s que pretenda ser la teolog铆a de hoy- lleva dentro de s铆 misma el germen de su propia negaci贸n y decae del ideal que ella misma se propone, desde el momento en que sus motivaciones profundas no son las de la justicia en la caridad, la fuerza interior que la mueve no entra帽a una dimensi贸n verdaderamente espiritual y su objetivo final no es la salvaci贸n y la felicidad en Dios.

... que exige una necesaria conversi贸n

36. La Iglesia considera ciertamente importante y urgente la edificaci贸n de estructuras m谩s humanas, m谩s justas, m谩s respetuosas de los derechos de la persona, menos opresivas y menos avasalladoras; pero es consciente de que aun las mejores estructuras, los sistemas m谩s idealizados se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas si no hay una conversi贸n de coraz贸n y de mente por parte de quienes viven en esas estructuras o las rigen.

Exclusi贸n de la violencia

37. La Iglesia no puede aceptar la violencia, sobre todo la fuerza de las armas -incontrolable cuando se desata- ni la muerte de quienquiera que sea, como camino de liberaci贸n, porque sabe que la violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresi贸n y de esclavitud, a veces m谩s graves que aquellas de las que se pretende liberar. "Os exhortamos -dec铆amos ya durante nuestro viaje a Colombia- a no poner vuestra confianza en la violencia ni en la revoluci贸n; esta actitud es contraria al esp铆ritu cristiano e incluso puede retardar, en vez de favorecer, la elevaci贸n social a la que leg铆timamente aspir谩is" 63 . "Debemos decir y reafirmar que la violencia no es ni cristiana ni evang茅lica, y que los cambios bruscos o violentos de las estructuras ser谩n enga帽osos, ineficaces en s铆 mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo" 64 .

Contribuci贸n espec铆fica de la Iglesia

38. Dicho esto, nos alegramos de que la Iglesia tome una conciencia cada vez m谩s viva de la propia forma, esencialmente evang茅lica, de colaborar a la liberaci贸n de los hombres. Y 驴qu茅 hace? Trata de suscitar cada vez m谩s numerosos cristianos que se dediquen a la liberaci贸n de los dem谩s. A estos cristianos "liberadores" les da una inspiraci贸n de fe, una motivaci贸n de amor fraterno, una doctrina social a la que el verdadero cristiano no s贸lo debe prestar atenci贸n, sino que debe ponerla como base de su prudencia y de su experiencia para traducirla concretamente en categor铆as de acci贸n, de participaci贸n y de compromiso. Todo ello, sin que se confunda con actitudes t谩cticas ni con el servicio a un sistema pol铆tico, debe caracterizar la acci贸n del cristiano comprometido. La Iglesia se esfuerza por inserir siempre la lucha cristiana por la liberaci贸n en el designio global de salvaci贸n que ella misma anuncia.

Todo lo que acabamos de recordar aqu铆 se trat贸 m谩s de una vez en los debates del S铆nodo. Tambi茅n Nos quisimos consagrar a este tema algunas palabras de esclarecimiento en la alocuci贸n que dirigimos a los padres al final de la Asamblea 65 .

Esperamos que todas estas consideraciones puedan ayudar a evitar la ambig眉edad que reviste frecuentemente la palabra "liberaci贸n" en las ideolog铆as, los sistemas o los grupos pol铆ticos. La liberaci贸n que proclama y prepara la evangelizaci贸n es la que Cristo mismo ha anunciado y dado al hombre con su sacrificio.

Libertad religiosa

39. De esta justa liberaci贸n, vinculada a la evangelizaci贸n, que trata de lograr estructuras que salvaguarden la libertad humana, no se puede separar la necesidad de asegurar todos los derechos fundamentales del hombre, entre los cuales la libertad religiosa ocupa un puesto de primera importancia. Recientemente hemos hablado acerca de la actualidad de un importante aspecto de esta cuesti贸n, poniendo de relieve como "muchos cristianos, todav铆a hoy, precisamente porque son cristianos o cat贸licos, viven sofocados por una sistem谩tica opresi贸n. El drama de la fidelidad a Cristo y de la libertad de religi贸n, si bien paliado por declaraciones categ贸ricas en favor de los derechos de la persona y de la sociabilidad humana, contin煤a" 66 .

IV. MEDIOS DE EVANGELIZACI脫N

A la b煤squeda de los medios adecuados

40. La evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los m茅todos y medios de la evangelizaci贸n.

Este problema de c贸mo evangelizar es siempre actual, porque las maneras de evangelizar cambian seg煤n las diversas circunstancias de tiempo, lugar, cultura; por eso plantean casi un desaf铆o a nuestra capacidad de descubrir y adaptar.

A nosotros, Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente el deber de descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al contenido, las formas m谩s adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evang茅lico a los hombres de nuestro tiempo.

B谩stenos aqu铆 recordar algunos sistemas de evangelizaci贸n, que por un motivo u otro, tienen una importancia fundamental.

El testimonio de vida

41. Ante todo, y sin necesidad de repetir lo que ya hemos recordado antes, hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelizaci贸n consiste en un testimonio de vida aut茅nticamente cristiana, entregada a Dios en una comuni贸n que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al pr贸jimo con un celo sin l铆mites. "El hombre contempor谩neo escucha m谩s a gusto a los que dan testimonio que a los que ense帽an -dec铆amos recientemente a un grupo de seglares-, o si escuchan a los que ense帽an, es porque dan testimonio" 67 . San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta 68 . Ser谩 sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizar谩 al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad.

Una predicaci贸n viva

42. No es superfluo subrayar a continuaci贸n la importancia y necesidad de la predicaci贸n: "Pero 驴c贸mo invocar谩n a Aquel en quien no han cre铆do? Y, 驴c贸mo creer谩n sin haber o铆do de El? Y 驴c贸mo oir谩n si nadie les predica?... Luego, la fe viene de la audici贸n, y la audici贸n, por la palabra de Cristo" 69 . Esta ley enunciada un d铆a por San Pablo conserva hoy todo su vigor.

S铆, es siempre indispensable la predicaci贸n, la proclamaci贸n verbal de un mensaje. Sabemos bien que el hombre moderno, hastiado de discursos, se muestra con frecuencia cansado de escuchar y, lo que es peor, inmunizado contra las palabras. Conocemos tambi茅n las ideas de numerosos sic贸logos y soci贸logos, que afirman que el hombre moderno ha rebasado la civilizaci贸n de la palabra, ineficaz e in煤til en estos tiempos, para vivir hoy en la civilizaci贸n de la imagen. Estos hechos deber铆an ciertamente impulsarnos a utilizar, en la transmisi贸n del mensaje evang茅lico, los medios modernos puestos a disposici贸n por esta civilizaci贸n. Es verdad que se han realizado esfuerzos muy v谩lidos en este campo. Nos no podemos menos de alabarlos y alentarlos, a fin de que se desarrollen todav铆a m谩s. El tedio que provocan hoy tantos discursos vac铆os, y la actualidad de muchas otras formas de comunicaci贸n, no deben sin embargo disminuir el valor permanente de la palabra, ni hacer prender la confianza en ella. La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando va acompa帽ada del poder de Dios 70 . Por esto conserva tambi茅n su actualidad el axioma de San Pablo: "la fe viene de la audici贸n" 71 , es decir, es la Palabra o铆da la que invita a creer.

Liturgia de la Palabra

43. Esta predicaci贸n evangelizadora toma formas muy diversas, que el celo sugerir铆a c贸mo renovar constantemente. En efecto, son innumerables los acontecimientos de la vida y las situaciones humanas que ofrecen la ocasi贸n de anunciar, de modo discreto pero eficaz, lo que el Se帽or desea decir en una determinada circunstancia. Basta una verdadera sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios. Adem谩s en un momento en que la liturgia renovada por el Concilio ha valorizado mucho la "liturgia de la Palabra", ser铆a un error no ver en la homil铆a un instrumento v谩lido y muy apto para la evangelizaci贸n. Cierto que hay que conocer y poner en pr谩ctica las exigencias y posibilidades de la homil铆a para que 茅sta adquiera toda su eficacia pastoral. Pero sobre todo hay que estar convencido de ello y entregarse a la tarea con amor. Esta predicaci贸n, inserida de manera singular en la celebraci贸n eucar铆stica, de la que recibe una fuerza y vigor particular, tiene ciertamente un puesto especial en la evangelizaci贸n, en la medida en que expresa la fe profunda del ministro sagrado que predica y est谩 impregnada de amor. Los fieles, congregados para formar una Iglesia pascual que celebra la fiesta del Se帽or presente en medio de ellos, esperan mucho de esta predicaci贸n y sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada, profundamente enraizada en la ense帽anza evang茅lica y fiel al Magisterio de la Iglesia, animada por un ardor apost贸lico equilibrado que le viene de su car谩cter propio, llena de esperanza, fortificadora de la fe y fuente de paz y de unidad. Muchas comunidades, parroquiales o de otro tipo, viven y se consolidan gracias a la homil铆a de cada domingo, cuando 茅sta re煤ne dichas cualidades.

A帽adamos que, gracias a la renovaci贸n de la liturgia, la celebraci贸n eucar铆stica no es el 煤nico momento apropiado para la homil铆a. Esta tiene tambi茅n un lugar propio, y no debe ser olvidada, en la celebraci贸n de todos los sacramentos, en las paraliturgias, con ocasi贸n de otras reuniones de fieles. La homil铆a ser谩 siempre una ocasi贸n privilegiada para comunicar la Palabra del Se帽or.

La catequesis

44. A prop贸sito de la evangelizaci贸n, un medio que no se puede descuidar es la ense帽anza catequ茅tica. La inteligencia, sobre todo trat谩ndose de ni帽os y adolescentes, necesita aprender mediante una ense帽anza religiosa sistem谩tica los datos fundamentales, el contenido vivo de la verdad que Dios ha querido transmitirnos y que la Iglesia ha procurado expresar de manera cada vez m谩s perfecta a lo largo de la historia. A nadie se le ocurrir谩 poner en duda que esta ense帽anza se ha de impartir con el objeto de educar las costumbres, no de estacionarse en un plano meramente intelectual. Con toda seguridad, el esfuerzo de evangelizaci贸n ser谩 grandemente provechoso, a nivel de la ense帽anza catequ茅tica dada en la iglesia, en las escuelas donde sea posible o en todo caso en los hogares cristianos, si los catequistas disponen de textos apropiados, puestos al d铆a sabia y competentemente, bajo la autoridad de los obispos. Los m茅todos deber谩n ser adaptados a la edad, a la cultura, a la capacidad de las personas, tratando de fijar siempre en la memoria, la inteligencia y el coraz贸n las verdades esenciales que deber谩n impregnar la vida entera. Ante todo, es menester preparar buenos catequistas -catequistas parroquiales, instructores, padres- deseosos de perfeccionarse en este arte superior, indispensable y exigente que es la ense帽anza religiosa. Por lo dem谩s, sin necesidad de descuidar de ninguna manera la formaci贸n de los ni帽os, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada d铆a m谩s urgente la ense帽anza catequ茅tica bajo la modalidad de un catecumenado para un gran n煤mero de j贸venes y adultos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a 脡l.

Utilizaci贸n de los medios de comunicaci贸n social

45. En nuestro siglo influenciado por los medios de comunicaci贸n social, el primer anuncio, la catequesis o el ulterior ahondamiento de la fe, no pueden prescindir de esos medios, como hemos dicho antes.

Puestos al servicio del Evangelio, ellos ofrecen la posibilidad de extender casi sin l铆mites el campo de audici贸n de la Palabra de Dios, haciendo llegar la Buena Nueva a millones de personas. La Iglesia se sentir铆a culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez m谩s. Con ellos la Iglesia "pregona sobre los terrados" 72 el mensaje del que es depositaria. En ellos encuentra una versi贸n moderna y eficaz del "p煤lpito". Gracias a ellos puede hablar a las masas.

Sin embargo, el empleo de los medios de comunicaci贸n social en la evangelizaci贸n supone casi un desaf铆o: el mensaje evang茅lico deber谩, s铆, llegar, a trav茅s de ellos, a las muchedumbres, pero con capacidad para penetrar en las conciencias, para posarse en el coraz贸n de cada hombre en particular, con todo lo que 茅ste tiene de singular y personal, y con capacidad para suscitar en favor suyo una adhesi贸n y un compromiso verdaderamente personal.

Contacto personal indispensable

46. Por estos motivos, adem谩s de la proclamaci贸n que podr铆amos llamar colectiva del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra transmisi贸n de persona a persona. El Se帽or la ha practicado frecuentemente -como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Sim贸n el fariseo- y lo mismo han hecho los Ap贸stoles. En el fondo, 驴hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no deber铆a hacer olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de otro hombre. Nunca alabaremos suficientemente a los sacerdotes que, a trav茅s del sacramento de la penitencia o a trav茅s del di谩logo pastoral, se muestran dispuestos a guiar a las personas por el camino del Evangelio, a alentarlas en sus esfuerzos, a levantarlas si han ca铆do, a asistirlas siempre con discreci贸n y disponibilidad.

La funci贸n de los sacramentos

47. Sin embargo, nunca se insistir谩 bastante en el hecho de que la evangelizaci贸n no se agota con la predicaci贸n y la ense帽anza de una doctrina. Porque aquella debe conducir a la vida: a la vida natural a la que da un sentido nuevo gracias a las perspectivas evang茅licas que le abre; a la vida sobrenatural, que no es una negaci贸n, sino purificaci贸n y elevaci贸n de la vida natural. Esta vida sobrenatural encuentra su expresi贸n viva en los siete sacramentos y en la admirable fecundidad de gracia y santidad que contienen.

La evangelizaci贸n despliega de este modo toda su riqueza cuando realiza la uni贸n m谩s 铆ntima, o mejor, una intercomunicaci贸n jam谩s interrumpida, entre la Palabra y los sacramentos. En un cierto sentido es un equ铆voco oponer, como se hace a veces, la evangelizaci贸n a la sacramentalizaci贸n. Porque es seguro que si los sacramentos se administran sin darles un s贸lido apoyo de catequesis sacramental y de catequesis global, se acabar铆a por quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la evangelizaci贸n es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada cristiano a vivir -y no a recibir de modo pasivo o ap谩tico- los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe.

Piedad popular

48. Con ello estamos tocando un aspecto de la evangelizaci贸n que no puede dejarnos insensibles. Queremos referirnos ahora a esa realidad que suele ser designada en nuestros d铆as con el t茅rmino de religiosidad popular.

Tanto en las regiones donde la Iglesia est谩 establecida desde hace siglos, como en aquellas donde se est谩 implantando, se descubren en el pueblo expresiones particulares de b煤squeda de Dios y de la fe. Consideradas durante largo tiempo como menos puras, y a veces despreciadas, estas expresiones constituyen hoy el objeto de un nuevo descubrimiento casi generalizado. Durante el S铆nodo, los obispos estudiaron a fondo el significado de las mismas, con un realismo pastoral y un celo admirable.

La religiosidad popular, hay que confesarlo, tiene ciertamente sus l铆mites. Est谩 expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religi贸n, es decir, a las supersticiones. Se queda frecuentemente a un nivel de manifestaciones culturales, sin llegar a una verdadera adhesi贸n de fe. Puede incluso conducir a la formaci贸n de sectas y poner en peligro la verdadera comunidad eclesial.

Pero cuando est谩 bien orientada, sobre todo mediante una pedagog铆a de evangelizaci贸n, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el hero铆smo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptaci贸n de los dem谩s, devoci贸n. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente "piedad popular", es decir, religi贸n del pueblo, m谩s bien que religiosidad.

La caridad pastoral debe dictar, a cuantos el Se帽or ha colocado como jefes de las comunidades eclesiales, las normas de conducta con respecto a esta realidad, a la vez tan rica y tan amenazada. Ante todo, hay que ser sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables, estar dispuesto a ayudarla a superar sus riesgos de desviaci贸n. Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez m谩s, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo.

V. LOS DESTINATARIOS DE LA EVANGELIZACI脫N

Destino universal

49. Las 煤ltimas palabras de Jes煤s en el Evangelio de Marcos confieren a la evangelizaci贸n, que el Se帽or conf铆a a los Ap贸stoles, una universalidad sin fronteras: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" 73 .

Los Doce y la primera generaci贸n de cristianos han comprendido bien la lecci贸n de este texto y de otros parecidos; han hecho de ellos su programa de acci贸n. La misma persecuci贸n, al dispersar a los Ap贸stoles, contribuy贸 a diseminar la Palabra y a implantar la Iglesia hasta en las regiones m谩s remotas. La admisi贸n de Pablo entre los Ap贸stoles y su carisma de predicador de la venida de Jesucristo a los paganos -no jud铆os- subray贸 todav铆a m谩s esta universalidad.

A pesar de los obst谩culos

50. A lo largo de veinte siglos de historia, las generaciones cristianas han afrontado peri贸dicamente diversos obst谩culos a esta misi贸n de universalidad. Por una parte, la tentaci贸n de los mismos evangelizadores de estrechar bajo distintos pretextos su campo de acci贸n misionera. Por otra, las resistencias, muchas veces humanamente insuperables de aquellos a quienes el evangelizador se dirige. Adem谩s, debemos constatar con tristeza que la obra evangelizadora de la Iglesia es gravemente dificultada, si no impedida, por los poderes p煤blicos. Sucede, incluso en nuestros d铆as, que a los anunciadores de la palabra de Dios se les priva de sus derechos, son perseguidos, amenazados, eliminados s贸lo por el hecho de predicar a Jesucristo y su Evangelio. Pero abrigamos la confianza de que finalmente, a pesar de estas pruebas dolorosas, la obra de estos ap贸stoles no faltar谩 en ninguna regi贸n del mundo.

No obstante estas adversidades, la Iglesia reaviva siempre su inspiraci贸n m谩s profunda, la que le viene directamente del Maestro: 隆A todo el mundo! 隆A toda criatura! 隆Hasta los confines de la tierra! Lo ha hecho nuevamente en el S铆nodo, como una llamada a no encadenar el anuncio evang茅lico limit谩ndolo a un sector de la humanidad o a una clase de hombres o a un solo tipo de cultura. Algunos ejemplos podr铆an ser reveladores.

Primer anuncio a los que est谩n lejos

51. Revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no los conocen: he ah铆 el programa fundamental que la Iglesia, desde la ma帽ana de Pentecost茅s, ha asumido, como recibido de su Fundador. Todo el Nuevo Testamento, y de manera especial los Hechos de los Ap贸stoles, testimonian el momento privilegiado, y en cierta manera ejemplar, de este esfuerzo misionero que jalonar谩 despu茅s toda la historia de la Iglesia.

La Iglesia lleva a efecto este primer anuncio de Jesucristo mediante una actividad compleja y diversificada, que a veces se designa con el nombre de "pre-evangelizaci贸n", pero que muy bien podr铆a llamarse evangelizaci贸n, aunque en un estadio de inicio y ciertamente incompleto. Cuenta con una gama casi infinita de medios: la predicaci贸n expl铆cita, por supuesto, pero tambi茅n el arte, los intentos cient铆ficos, la investigaci贸n filos贸fica, el recurso leg铆timo a los sentimientos del coraz贸n del hombre podr铆an colocarse en el 谩mbito de esta finalidad.

Anuncio al mundo descristianizado

52. Aunque este primer anuncio va dirigido de modo espec铆fico a quienes nunca han escuchado la Buena Nueva de Jes煤s o a los ni帽os, se est谩 volviendo cada vez m谩s necesario, a causa de las situaciones de descristianizaci贸n frecuentes en nuestros d铆as, para gran n煤mero de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la ense帽anza que recibieron en su infancia, y para otros muchos.

Religiones no cristianas

53. Asimismo se dirige a inmensos sectores de la humanidad que practican religiones no cristianas. La Iglesia respeta y estima estas religiones no cristianas, por ser la expresi贸n viviente del alma de vastos grupos humanos. Llevan en s铆 mismas el eco de milenios a la b煤squeda de Dios; b煤squeda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad y rectitud de coraz贸n. Poseen un impresionante patrimonio de textos profundamente religiosos. Han ense帽ado a generaciones de personas a orar. Todas est谩n llenas de innumerables "semillas del Verbo" 74 y constituyen una aut茅ntica "preparaci贸n evang茅lica" 75 , por citar una feliz expresi贸n del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea.

Ciertamente, tal situaci贸n suscita cuestiones complejas y delicadas, que conviene estudiar a la luz de la Tradici贸n cristiana y del Magisterio de la Iglesia, con el fin de ofrecer a los misioneros de hoy y de ma帽ana nuevos horizontes en sus contactos con las religiones no cristianas. Ante todo, queremos poner ahora de relieve que ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitaci贸n a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo 76 , dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. De ah铆 que, aun frente a las expresiones religiosas naturales m谩s dignas de estima, la Iglesia se funde en el hecho de que la religi贸n de Jes煤s, la misma que Ella anuncia por medio de la evangelizaci贸n, sit煤a objetivamente al hombre en relaci贸n con el plan de Dios, con su presencia viva, con su acci贸n; hace hallar de nuevo el misterio de la Paternidad divina que sale al encuentro de la humanidad. En otras palabras, nuestra religi贸n instaura efectivamente una relaci贸n aut茅ntica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por m谩s que tienen, por decirlo as铆, extendidos sus brazos hacia el cielo.

Por eso la Iglesia mantiene vivo su empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento hist贸rico como el nuestro. La Iglesia se siente responsable ante todos los pueblos. No descansar谩 hasta que no haya puesto de su parte todo lo necesario para proclamar la Buena Nueva de Jes煤s Salvador. Prepara siempre nuevas generaciones de ap贸stoles. Lo constatamos con gozo en unos momentos en que no faltan quienes piensan, e incluso dicen, que el ardor y el empuje misionero son cosa del pasado. El S铆nodo acaba de responder que el anuncio misionero no se agota y que la Iglesia se esforzar谩 siempre en conseguir su perfeccionamiento.

Ayuda a la fe de los fieles

54. Sin embargo, la Iglesia no se siente dispensada de prestar una atenci贸n igualmente infatigable hacia aquellos que han recibido la fe y que, a veces desde hace muchas generaciones permanecen en contacto con el Evangelio. Trata as铆 de profundizar, consolidar, alimentar, hacer cada vez m谩s madura la fe de aquellos que se llaman ya fieles o creyentes, a fin de que lo sean cada vez m谩s.

Esta fe est谩 casi siempre enfrentada al secularismo, es decir, a un ate铆smo militante; es una fe expuesta a pruebas y amenazas, m谩s a煤n, una fe asediada y combatida. Corre el riesgo de morir por asfixia o por inanici贸n, si no se la alimenta y sostiene cada d铆a. Por tanto evangelizar debe ser, con frecuencia, comunicar a la fe de los fiele -particularmente mediante una catequesis llena de savia evang茅lica y con un lenguaje adaptado a los tiempos y a las personas- este alimento y este apoyo necesarios.

La Iglesia cat贸lica abriga un vivo anhelo de los cristianos que no est谩n en plena comuni贸n con Ella: mientras prepara con ellos la unidad querida por Cristo, y precisamente para preparar la unidad en la verdad, tiene conciencia de que faltar铆a gravemente a su deber si no diese testimonio, ante ellos, de la plenitud de la revelaci贸n de que es depositaria.

Secularismo ateo

55. Igualmente significativa es la preocupaci贸n, presente en el S铆nodo, hacia dos esferas muy diferentes la una de la otra y sin embargo muy pr贸ximas entre s铆 por el desaf铆o que, cada una a su modo, lanzan a la evangelizaci贸n. La primera es aquella que podemos llamar el aumento de la incredulidad en el mundo moderno. El S铆nodo se propuso describir este mundo moderno: bajo este nombre gen茅rico, 隆cu谩ntas corrientes de pensamiento, valores y contravalores, aspiraciones latentes o semillas de destrucci贸n, convicciones antiguas que desaparecen y convicciones nuevas que se imponen!

Desde el punto de vista espiritual, este mundo moderno parece debatirse siempre en lo que un autor contempor谩neo ha llamado "el drama del humanismo ateo" 77 .

Por una parte, hay que constatar en el coraz贸n mismo de este mundo contempor谩neo un fen贸meno, que constituye como su marca m谩s caracter铆stica: el secularismo. No hablamos de la secularizaci贸n en el sentido de un esfuerzo, en s铆 mismo justo y leg铆timo, no incompatible con la fe y la religi贸n, por descubrir en la creaci贸n, en cada cosa o en cada acontecimiento del universo, las leyes que los rigen con una cierta autonom铆a, con la convicci贸n interior de que el Creador ha puesto en ellos sus leyes. El reciente Concilio afirm贸, en este sentido, la leg铆tima autonom铆a de la cultura y, particularmente, de las ciencias 78 . Tratamos aqu铆 del verdadero secularismo: una concepci贸n del mundo seg煤n la cual este 煤ltimo se explica por s铆 mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultar铆a pues superfluo y hasta un obst谩culo. Dicho secularismo, para reconocer el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso por renegar de El.

Nuevas formas de ate铆smo -un ate铆smo antropoc茅ntrico, no ya abstracto y metaf铆sico, sino pragm谩tico y militante- parecen desprenderse de 茅l. En uni贸n con este secularismo ateo, se nos propone todos los d铆as, bajo las formas m谩s distintas, una civilizaci贸n del consumo, el hedonismo erigido en valor supremo, una voluntad de poder y de dominio, de discriminaciones de todo g茅nero: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de este "humanismo".

Por otra parte, y parad贸jicamente, en este mismo mundo moderno, no se puede negar la existencia de valores inicialmente cristianos o evang茅licos, al menos bajo forma de vida o de nostalgia. No ser铆a exagerado hablar de un poderoso y tr谩gico llamamiento a ser evangelizado.

Los que no practican

56. Una segunda esfera es la de los no practicantes; toda una muchedumbre, hoy d铆a muy numerosa, de bautizados que, en gran medida, no han renegado formalmente de su bautismo, pero est谩n totalmente al margen del mismo y no lo viven. El fen贸meno de los no practicantes es muy viejo en la historia del cristianismo y supone una debilidad natural, una gran incongruencia que nos duele en lo m谩s profundo de nuestro coraz贸n. Sin embargo, hoy d铆a presenta aspectos nuevos. Se explica muchas veces por el desarraigo t铆pico de nuestra 茅poca. Nace tambi茅n del hecho de que los cristianos se aproximan hoy a los no creyentes y reciben constantemente el influjo de la incredulidad. Por otra parte, los no practicantes contempor谩neos, m谩s que los de otras 茅pocas tratan de explicar y justificar su posici贸n en nombre de una religi贸n interior, de una autonom铆a o de una autenticidad personal.

Ateos y no creyentes por una parte, no practicantes por otra, oponen a la evangelizaci贸n resistencias no peque帽as. Los primeros, la resistencia de un cierto rechazo, la incapacidad de comprender el nuevo orden de las cosas, el nuevo sentido del mundo, de la vida, de la historia, que resulta una empresa imposible si no se parte del Absoluto que es Dios. Los otros, la resistencia de la inercia, la actitud un poco hostil de alguien que se siente como de casa, que dice saberlo todo, haber probado todo y ya no cree en nada.

Secularismo ateo y ausencia de pr谩ctica religiosa se encuentran en los adultos y en los j贸venes, en la 茅lite y en la masa, en las angustias y en las j贸venes Iglesias. La acci贸n evangelizadora de la Iglesia, que no puede ignorar estos dos mundos ni detenerse ante ellos, debe buscar constantemente los medios y el lenguaje adecuados para proponerles la revelaci贸n de Dios y la fe en Jesucristo.

Anuncio a las muchedumbres

57. Como Cristo durante el tiempo de su predicaci贸n, como los Doce en la ma帽ana de Pentecost茅s, la Iglesia tiene tambi茅n ante s铆 una inmensa muchedumbre humana que necesita del Evangelio y tiene derecho al mismo, pues Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" 79 .

Sensible a su deber de predicar la salvaci贸n a todos sabiendo que el mensaje evang茅lico no est谩 reservado a un peque帽o grupo de iniciados, de privilegiados o elegidos, sino que est谩 destinado a todos, la Iglesia hace suya la angustia de Cristo ante las multitudes errantes y abandonadas "como ovejas sin pastor" y repite con frecuencia su palabra: "Tengo compasi贸n de la muchedumbre" 80 .

Pero tambi茅n es consciente de que, por medio de una eficaz predicaci贸n evang茅lica, debe dirigir su mensaje al coraz贸n de las masas, a las comunidades de fieles, cuya acci贸n puede y debe llegar a los dem谩s.

Comunidades eclesiales de base

58. El S铆nodo se ocup贸 mucho de estas "peque帽as comunidades" o "comunidades de base", ya que en la Iglesia de hoy se las menciona con frecuencia. 驴Qu茅 son y por qu茅 deben ser destinatarias especiales de la evangelizaci贸n y al mismo tiempo evangelizadoras?

Florecen un poco por todas partes en la Iglesia, seg煤n los distintos testimonios escuchados durante el S铆nodo, y se diferencian bastante entre s铆 aun dentro de una misma regi贸n, y mucho m谩s de una regi贸n a otra.

En ciertas regiones surgen y se desarrollan, salvo alguna excepci贸n, en el interior de la Iglesia, permaneciendo solidarias con su vida, alimentadas con sus ense帽anzas, unidas a sus Pastores. En estos casos, nacen de la necesidad de vivir todav铆a con m谩s intensidad la vida de la Iglesia; o del deseo y de la b煤squeda de una dimensi贸n m谩s humana que dif铆cilmente pueden ofrecer las comunidades eclesiales m谩s grandes, sobre todo en las metr贸polis urbanas contempor谩neas que favorecen a la vez la vida de masa y el anonimato. Pero igualmente pueden prolongar a nivel espiritual y religioso -culto, cultivo de una fe m谩s profunda, caridad fraterna, oraci贸n, comuni贸n con los Pastores- la peque帽a comunidad sociol贸gica, el pueblo, etc. O tambi茅n quieren reunir para escuchar y meditar la Palabra, para los sacramentos y el v铆nculo del 脕gape, grupos homog茅neos por la edad, la cultura, el estado civil o la situaci贸n social, como parejas, j贸venes, profesionales, etc., personas 茅stas que la vida misma encuentra ya unidas en la lucha por la justicia, la ayuda fraterna a los pobres, la promoci贸n humana, etc. O, en fin, re煤nen a los cristianos donde la penuria de sacerdotes no favorece la vida normal de una comunidad parroquial. Todo esto, por supuesto, al interior de las comunidades constituidas por la Iglesia, sobre todo de las Iglesias particulares y de las parroquias.

En otras regiones, por el contrario, las comunidades de base se re煤nen con un esp铆ritu de cr铆tica amarga hacia la Iglesia, que estigmatizan como "institucional" y a la que se oponen como comunidades carism谩ticas, libres de estructuras, inspiradas 煤nicamente en el Evangelio. Tienen pues como caracter铆stica una evidente actitud de censura y de rechazo hacia las manifestaciones de la Iglesia: su jerarqu铆a, sus signos. Contestan radicalmente esta Iglesia. En esta l铆nea, su inspiraci贸n principal se convierte r谩pidamente en ideol贸gica y no es raro que sean muy pronto presa de una opci贸n pol铆tica, de una corriente, y m谩s tarde de un sistema, o de un partido, con el riesgo de ser instrumentalizadas.

La diferencia es ya notable: las comunidades que por su esp铆ritu de contestaci贸n se separan de la Iglesia, cuya unidad perjudican, pueden llamarse "comunidades de base", pero 茅sta es una denominaci贸n estrictamente sociol贸gica. No pueden, sin abusar del lenguaje, llamarse comunidades eclesiales de base, aunque tengan la pretensi贸n de perseverar en la unidad de la Iglesia, manteni茅ndose hostiles a la jerarqu铆a. Este nombre pertenece a las otras, a las que se forman en Iglesia para unirse a la Iglesia y para hacer crecer a la Iglesia.

Estas 煤ltimas comunidades ser谩n un lugar de evangelizaci贸n, en beneficio de las comunidades m谩s vastas, especialmente de las Iglesias particulares, y ser谩n una esperanza para la Iglesia universal, como Nos mismo dijimos al final del S铆nodo, en la medida en que:

- buscan su alimento en la palabra de Dios y no se dejan aprisionar por la polarizaci贸n pol铆tica o por las ideolog铆as de moda, prontas a explotar su inmenso potencial humano;

- evitan la tentaci贸n siempre amenazadora de la contestaci贸n sistem谩tica y del esp铆ritu hipercr铆tico, bajo pretexto de autenticidad y de esp铆ritu de colaboraci贸n;

- permanecen firmemente unidas a la Iglesia local en la que ellas se insieren, y a la Iglesia universal, evitando as铆 el peligro -muy real- de aislarse en s铆 mismas, de creerse, despu茅s, la 煤nica aut茅ntica Iglesia de Cristo y, finalmente, de anatemizar a las otras comunidades eclesiales;

- guardan una sincera comuni贸n con los Pastores que el Se帽or ha dado a su Iglesia y al Magisterio que el Esp铆ritu de Cristo les ha confiado;

- no se creen jam谩s el 煤nico destinatario o el 煤nico agente de evangelizaci贸n, esto es, el 煤nico depositario del Evangelio, sino que, conscientes de que la Iglesia es mucho m谩s vasta y diversificada, aceptan que la Iglesia se encarna en formas que no son las de ellas;

- crecen cada d铆a en responsabilidad, celo, compromiso e irradiaci贸n misioneros;

- se muestran universalistas y no sectarias.

Con estas condiciones, ciertamente exigentes pero tambi茅n exaltantes, las comunidades eclesiales de base corresponder谩n a su vocaci贸n m谩s fundamental: escuchando el Evangelio que les es anunciado, y siendo destinatarias privilegiadas de la evangelizaci贸n, ellas mismas se convertir谩n r谩pidamente en anunciadoras del Evangelio.

VI. AGENTES DE LA EVANGELIZACI脫N

La Iglesia entera es misionera

59. Si hay hombres que proclaman en el mundo el Evangelio de salvaci贸n, lo hacen por mandato, en nombre y con la gracia de Cristo Salvador. "驴C贸mo predicar谩n si no son enviados?" 81 , escrib铆a el que fue sin duda uno de los m谩s grandes evangelizadores. Nadie puede hacerlo, sin haber sido enviado.

驴Qui茅n tiene, pues, la misi贸n de evangelizar?

El Concilio Vaticano II ha dado una respuesta clara: "Incumbe a la Iglesia por mandato divino ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura" 82 . Y en otro texto afirma: "La Iglesia entera es misionera, la obra de evangelizaci贸n es un deber fundamental del pueblo de Dios" 83 .

Hemos recordado anteriormente esta vinculaci贸n 铆ntima entre la Iglesia y la evangelizaci贸n. Cuando la Iglesia anuncia el reino de Dios y lo construye, ella se implanta en el coraz贸n del mundo como signo e instrumento de ese reino que est谩 ya presente y que viene. El Concilio ha recogido, porque son muy significativas, estas palabras de San Agust铆n sobre la acci贸n misionera de los Doce: "predicando la palabra de verdad, engendraron las Iglesias" 84 .

Un acto eclesial

60. La constataci贸n de que la Iglesia es enviada y tiene el mandato de evangelizar a todo el mundo, deber铆a despertar en nosotros una doble convicci贸n.

Primera: evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial. Cuando el m谩s humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar m谩s apartado, predica el Evangelio, re煤ne su peque帽a comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia y su gesto se enlaza mediante relaciones institucionales ciertamente, pero tambi茅n mediante v铆nculos invisibles y ra铆ces escondidas del orden de la gracia, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia. Esto supone que lo haga, no por una misi贸n que 茅l se atribuye o por inspiraci贸n personal, sino en uni贸n con la misi贸n de la Iglesia y en su nombre.

De ah铆, la segunda convicci贸n: si cada cual evangeliza en nombre de la Iglesia, que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Se帽or, ning煤n evangelizador es el due帽o absoluto de su acci贸n evangelizadora, con un poder discrecional para cumplirla seg煤n los criterios y perspectivas individualistas, sino en comuni贸n con la Iglesia y sus Pastores.

La Iglesia es toda ella evangelizadora, como hemos subrayado. Esto significa que para el conjunto del mundo y para cada parte del mismo donde ella se encuentra, la Iglesia se siente responsable de la tarea de difundir el Evangelio.

La perspectiva de la Iglesia universal

61. Llegados a este punto de nuestra reflexi贸n nos detenemos con vosotros, hermanos e hijos, sobre una cuesti贸n particularmente importante en nuestros d铆as.

En su celebraci贸n lit煤rgica, en su testimonio ante los jueces y los verdugos, en sus textos apolog茅ticos, los primeros cristianos manifestaban gustosamente su fe profunda en la Iglesia, indic谩ndola como extendida por todo el universo. Ten铆an plena conciencia de pertenecer a una gran comunidad que ni el espacio ni el tiempo pod铆an limitar: "Desde el justo Abel hasta el 煤ltimo elegido" 85 , "hasta los extremos de la tierra" 86 , "hasta la consumaci贸n del mundo" 87 .

As铆 ha querido el Se帽or a su Iglesia: universal, 谩rbol grande cuyas ramas dan cobijo a las aves del cielo 88 , red que recoge toda clase de peces 89 o que Pedro saca cargada de 153 grandes peces 90 , reba帽o que un solo pastor conduce a los pastos 91 . Iglesia universal sin l铆mites ni fronteras, salvo, por desgracia, las del coraz贸n y del esp铆ritu del hombre pecador.

La perspectiva de la Iglesia particular

62. Sin embargo, esta Iglesia universal se encarna de hecho en las Iglesias particulares, constituidas de tal o cual porci贸n de humanidad concreta, que hablan tal lengua, son tributarias de una herencia cultural, de una visi贸n del mundo, de un pasado hist贸rico, de un substrato humano determinado. La apertura a las riquezas de la Iglesia particular responde a una sensibilidad especial del hombre contempor谩neo.

Guard茅monos bien de concebir la Iglesia universal como la suma o, si se puede decir, la federaci贸n m谩s o menos an贸mala de Iglesias particulares esencialmente diversas. En el pensamiento del Se帽or es la Iglesia, universal por vocaci贸n y por misi贸n, la que, echando sus ra铆ces en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, toma en cada parte del mundo aspectos, expresiones externas diversas.

Por lo mismo, una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente de la Iglesia universal perder铆a su referencia al designio de Dios y se empobrecer铆a en su dimensi贸n eclesial. Pero, por otra parte, la Iglesia "difundida por todo el orbe" se convertir铆a en una abstracci贸n, si no tomase cuerpo y vida precisamente a trav茅s de las Iglesias particulares. S贸lo una atenci贸n permanente a los dos polos de la Iglesia nos permitir谩 percibir la riqueza de esta relaci贸n entre la Iglesia universal e Iglesias particulares.

Adaptaci贸n y fidelidad de lenguaje

63. Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas, no s贸lo con las personas, sino tambi茅n con las aspiraciones, las riquezas y l铆mites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la funci贸n de asimilar lo esencial del mensaje evang茅lico, de trasvasarlo, sin la menor traici贸n a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, despu茅s de anunciarlo en ese mismo lenguaje.

Dicho trasvase hay que hacerlo con el discernimiento, la seriedad, el respeto y la competencia que exige la materia, en el campo de las expresiones lit煤rgicas 92 , de las catequesis, de la formulaci贸n teol贸gica, de las estructuras eclesiales secundarias, de los ministerios. El lenguaje debe entenderse aqu铆 no tanto a nivel sem谩ntico o literario cuanto al que podr铆a llamarse antropol贸gico y cultural.

El problema es sin duda delicado. La evangelizaci贸n pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideraci贸n al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su "lengua", sus signos y s铆mbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta. Pero, por otra parte, la evangelizaci贸n corre el riesgo de perder su alma y desvanecerse, si se vac铆a o desvirt煤a su contenido, bajo pretexto de traducirlo; si queriendo adaptar una realidad universal a un espacio local, se sacrifica esta realidad y se destruye la unidad sin la cual no hay universalidad. Ahora bien, solamente una Iglesia que mantenga la conciencia de su universalidad y demuestre que es de hecho universal puede tener un mensaje capaz de ser entendido por encima de los l铆mites regionales, en el mundo entero.

Una leg铆tima atenci贸n a las Iglesias particulares no puede menos de enriquecer a la Iglesia. Es indispensable y urgente. Responde a las aspiraciones m谩s profundas de los pueblos y de las comunidades humanas de hallar cada vez m谩s su propia fisonom铆a.

Apertura de la Iglesia universal

64. Pero este enriquecimiento exige que las Iglesias locales mantengan esa clara apertura a la Iglesia universal. Hay que notar bien, por lo dem谩s, que los cristianos m谩s sencillos, m谩s evang茅licos, m谩s abiertos al verdadero sentido de la Iglesia, tienen una sensibilidad espont谩nea con respecto a esta dimensi贸n universal; sienten instintiva y profundamente su necesidad; se reconocen f谩cilmente en ella, vibran con ella y sufren en lo m谩s hondo de s铆 mismos cuando, en nombre de teor铆as que ellos no comprenden, se les quiere imponer una iglesia desprovista de esta universalidad, iglesia regionalista, sin horizontes.

Por otra parte, como demuestra la historia, cada vez que tal o cual Iglesia particular, a veces con las mejores intenciones, con argumentos teol贸gicos, sociol贸gicos, pol铆ticos o pastorales, o tambi茅n con el deseo de una cierta libertad de movimiento o de acci贸n, se ha desgajado de la Iglesia universal y de su centro viviente y visible, muy dif铆cilmente ha escapado -si es que lo ha logrado- a dos peligros igualmente graves: peligro, por una parte, de aislamiento esterilizador y tambi茅n, a corto plazo, de desmoronamiento, separ谩ndose de ella las c茅lulas, igual que ella se ha separado del n煤cleo central; y, por otra parte, peligro de perder su libertad cuando, desgajada del centro y de las otras Iglesias que le comunicaban fuerza y energ铆a, se encuentra abandonada, quedando sola frente a las fuerzas m谩s diversas de servilismo y explotaci贸n.

Cuanto m谩s ligada est谩 una Iglesia particular por v铆nculos s贸lidos a la Iglesia universal -en la caridad y la lealtad, en la apertura al Magisterio de Pedro, en la unidad de la Lex orandi, que es tambi茅n Lex credendi, en el deseo de unidad con todas las dem谩s Iglesias que componen la universalidad-, tanto m谩s esta Iglesia ser谩 capaz de traducir el tesoro de la fe en la leg铆tima variedad de expresiones de la profesi贸n de fe, de la oraci贸n y del culto, de la vida y del comportamiento cristianos, del esplendor del pueblo en que ella se inserta. Tanto m谩s ser谩 tambi茅n evangelizadora de verdad, es decir, capaz de beber en el patrimonio universal para lograr que el pueblo se aproveche de 茅l, as铆 como de comunicar a la Iglesia universal la experiencia y la vida de su pueblo, en beneficio de todos.

El inalterable dep贸sito de la fe

65. Precisamente en este sentido quisimos pronunciar, en la clausura del S铆nodo, una palabra clara y llena de paterno afecto, insistiendo sobre la funci贸n del Sucesor de Pedro como principio visible, viviente y din谩mico de la unidad entre las Iglesias y, consiguientemente, de la universalidad de la 煤nica Iglesia 93 . Insist铆amos tambi茅n sobre la grave responsabilidad que nos incumbe, que compartimos con nuestros hermanos en el Episcopado, de guardar inalterable el contenido de la fe cat贸lica que el Se帽or confi贸 a los Ap贸stoles: traducido en todos los lenguajes, revestido de s铆mbolos propios en cada pueblo, explicitado por expresiones teol贸gicas que tienen en cuenta medios culturales, sociales y tambi茅n raciales diversos, debe seguir siendo el contenido de la fe cat贸lica tal cual el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite.

Tareas diferenciadas

66. Toda la Iglesia est谩 pues llamada a evangelizar y, sin embargo, en su seno tenemos que realizar diferentes tareas evangelizadoras. Esta diversidad de servicios en la unidad de la misma misi贸n constituye la riqueza y la belleza de la evangelizaci贸n. Recordemos estas tareas en pocas palabras.

En primer lugar, s茅anos permitido se帽alar en las p谩ginas del Evangelio la insistencia con la que el Se帽or conf铆a a los Ap贸stoles la funci贸n de anunciar la Palabra. El los ha escogido 94 , formado durante varios a帽os de intimidad 95 , constituido 96 y mandado 97 como testigos y maestros autorizados del mensaje de salvaci贸n. Y los Doce han enviado a su vez a sus sucesores que, en la l铆nea apost贸lica, contin煤an predicando la Buena Nueva.

El Sucesor de Pedro

67. El Sucesor de Pedro, por voluntad de Cristo, est谩 encargado del ministerio preeminente de ense帽ar la verdad revelada. El Nuevo Testamento presenta frecuentemente a Pedro "lleno del Esp铆ritu Santo", tomando la palabra en nombre de todos 98 . Por eso mismo San Le贸n Magno habla de 茅l como de aquel que ha merecido el primado del apostolado 99 . Por la misma raz贸n la voz de la Iglesia presenta al Papa "en su culmen -in apice, in specula-, del apostolado" 100 . El Concilio Vaticano II ha querido subrayarlo, declarando que "el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc. 16, 15) se refiere ante todo e inmediatamente a los obispos con Pedro y bajo la gu铆a de Pedro" 101 .

La potestad plena, suprema y universal 102 que Cristo ha confiado a su Vicario para el gobierno pastoral de su Iglesia, consiste por tanto especialmente en la actividad, que ejerce el Papa, de predicar y de hacer predicar la Buena Nueva de la salvaci贸n.

Obispos y Sacerdotes

68. Unidos al Sucesor de Pedro, los obispos, sucesores de los Ap贸stoles, reciben en virtud de su ordenaci贸n episcopal, la autoridad para ense帽ar en la Iglesia la verdad revelada. Son los maestros de la fe.

A los obispos est谩n asociados en el ministerio de la evangelizaci贸n, como responsables a t铆tulo especial, los que por la ordenaci贸n sacerdotal obran en nombre de Cristo 103 , en cuanto educadores del pueblo de Dios en la fe, predicadores, siendo adem谩s ministros de la Eucarist铆a y de los otros sacramentos.

Todos nosotros, los Pastores, estamos pues invitados a tomar conciencia de este deber, m谩s que cualquier otro miembro de la Iglesia. Lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da unidad profunda a la infinidad de tareas que nos solicitan a lo largo de la jornada y de la vida, lo que confiere a nuestras actividades una nota espec铆fica, es precisamente esta finalidad presente en toda acci贸n nuestra: "anunciar el Evangelio de Dios" 104 .

He ah铆 un rasgo de nuestra identidad, que ninguna duda debiera atacar, ni ninguna objeci贸n eclipsar: en cuanto Pastores, hemos sido escogidos por la misericordia del Supremo Pastor 105 , a pesar de nuestra insuficiencia, para proclamar con autoridad la Palabra de Dios; para reunir al pueblo de Dios que estaba disperso: para alimentar a este pueblo con los signos de la acci贸n de Cristo que son los sacramentos; para ponerlo en el camino de la salvaci贸n; para mantenerlo en esa unidad de la que nosotros somos, a diferentes niveles, instrumentos activos y vivos; para animar sin cesar a esta comunidad reunida en torno a Cristo siguiendo la l铆nea de su vocaci贸n m谩s 铆ntima. Y cuando, en la medida de nuestros l铆mites humanos y secundando la gracia de Dios, cumplimos todo esto, realizamos una labor de evangelizaci贸n: Nos, como Pastor de la Iglesia universal; nuestros hermanos los obispos, a la cabeza de las Iglesias locales; los sacerdotes y di谩conos, unidos a sus obispos, de los que son colaboradores, por una comuni贸n que tiene su fuente en el sacramento del orden y en la caridad de la Iglesia.

Los religiosos

69. Los religiosos, tambi茅n ellos, tienen en su vida consagrada un medio privilegiado de evangelizaci贸n eficaz. A trav茅s de su ser m谩s 铆ntimo, se sit煤an dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que ellos dan testimonio. Ellos encarnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas. Ellos son por su vida signo de total disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los hermanos.

Por esto, asumen una importancia especial en el marco del testimonio que, como hemos dicho anteriormente, es primordial en la evangelizaci贸n. Este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de pureza y de transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que una interpelaci贸n al mundo y a la Iglesia misma, una predicaci贸n elocuente, capaz de tocar incluso a los no cristianos de buena voluntad, sensibles a ciertos valores.

En esta perspectiva se intuye el papel desempe帽ado en la evangelizaci贸n por los religiosos y religiosas consagrados a la oraci贸n, al silencio, a la penitencia, al sacrificio. Otros religiosos, en gran n煤mero, se dedican directamente al anuncio de Cristo. Su actividad misionera depende evidentemente de la jerarqu铆a y debe coordinarse con la pastoral que 茅sta desea poner en pr谩ctica. Pero, 驴qui茅n no mide el gran alcance de lo que ellos han aportado y siguen aportando a la evangelizaci贸n? Gracias a su consagraci贸n religiosa, ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado est谩 frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginaci贸n que suscitan admiraci贸n. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misi贸n y afrontando los m谩s grandes riesgos para su santidad y su propia vida. S铆, en verdad, la Iglesia les debe much铆simo.

Los seglares

70. Los seglares, cuya vocaci贸n espec铆fica los coloca en el coraz贸n del mundo y a la gu铆a de las m谩s variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelizaci贸n.

Su tarea primera e inmediata no es la instituci贸n y el desarrollo de la comunidad eclesial -esa es la funci贸n espec铆fica de los Pastores-, sino el poner en pr谩ctica todas las posibilidades cristianas y evang茅licas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la pol铆tica, de lo social, de la econom铆a, y tambi茅n de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicaci贸n de masas, as铆 como otras realidades abiertas a la evangelizaci贸n como el amor, la familia, la educaci贸n de los ni帽os y j贸venes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos m谩s seglares hayan impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos en ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristianas, tantas veces oculta y asfixiada, tanto m谩s estas realidades -sin perder o sacrificar nada de su coeficiente humano, al contrario, manifestando una dimensi贸n trascendente frecuentemente desconocida-, estar谩n al servicio de la edificaci贸n del reino de Dios y, por consiguiente, de la salvaci贸n en Cristo Jes煤s.

La familia

71. En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acci贸n evangelizadora de la familia. Ella ha merecido muy bien, en los diferentes momentos de la historia y en el Concilio Vaticano II, el hermoso nombre de "Iglesia dom茅stica" 106 . Esto significa que en cada familia cristiana deber铆an reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera. Por otra parte, la familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde 茅ste se irradia.

Dentro, pues, de una familia consciente de esta misi贸n, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no s贸lo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido. Tambi茅n las familias formadas por un matrimonio mixto tienen el deber de anunciar a Cristo a los hijos en la plenitud de las implicaciones del bautismo com煤n; tienen adem谩s la no f谩cil tarea de hacerse art铆fices de unidad.

Una familia as铆 se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive.

Los j贸venes

72. Las circunstancias nos invitan a prestar una atenci贸n especial铆sima a los j贸venes. Su importancia num茅rica y su presencia creciente en la sociedad, los problemas que se les plantean deben despertar en nosotros el deseo de ofrecerles con celo e inteligencia el ideal que deben conocer y vivir. Pero, adem谩s, es necesario que los j贸venes bien formados en la fe y arraigados en la oraci贸n, se conviertan cada vez m谩s en los ap贸stoles de la juventud. La Iglesia espera mucho de ellos. Por nuestra parte, hemos manifestado con frecuencia la confianza que depositamos en la juventud.

Ministerios diversificados

73. Es as铆 como adquiere toda su importancia la presencia activa de los seglares en medio de las realidades temporales. No hay que pasar pues por alto u olvidar otra dimensi贸n: los seglares tambi茅n pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de 茅sta, ejerciendo ministerios muy diversos seg煤n la gracia y los carismas que el Se帽or quiera concederles.

No sin experimentar 铆ntimamente un gran gozo, vemos c贸mo una legi贸n de Pastores, religiosos y seglares, enamorados de su misi贸n evangelizadora, buscan formas cada vez m谩s adaptadas de anunciar eficazmente el Evangelio, y alentamos la apertura que, en esta l铆nea y con este af谩n, la Iglesia est谩 llevando a cabo hoy d铆a. Apertura a la reflexi贸n en primer lugar, luego a los ministerios eclesiales capaces de rejuvenecer y de reforzar su propio dinamismo evangelizador.

Es cierto que al lado de los ministerios con orden sagrado, en virtud de los cuales algunos son elevados al rango de Pastores y se consagran de modo particular al servicio de la comunidad, la Iglesia reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado, pero que son aptos a asegurar un servicio especial a la Iglesia.

Una mirada sobre los or铆genes de la Iglesia es muy esclarecedora y aporta el beneficio de una experiencia en materia de ministerios, experiencia tanto m谩s valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia consolidarse, crecer y extenderse. No obstante, esta atenci贸n a las fuentes debe ser completada con otra: la atenci贸n a las necesidades actuales de la humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a las exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que permitir谩n buscar con sabidur铆a y poner en claro los ministerios que necesita la Iglesia y que muchos de sus miembros querr谩n abrazar para la mayor vitalidad de la comunidad eclesial. Estos ministerios adquirir谩n un verdadero valor pastoral y ser谩n constructivos en la medida en que se realicen con respecto absoluto de la unidad, benefici谩ndose de la orientaci贸n de los Pastores, que son precisamente los responsables y art铆fices de la unidad de la Iglesia.

Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia -catequistas, animadores de la oraci贸n y del canto, cristianos consagrados al servicio de la palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de peque帽as comunidades, responsables de Movimientos apost贸licos u otros responsables-, son preciosos para la implantaci贸n, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que est谩n lejos. Nos debemos asimismo nuestra estima particular a todos los seglares que aceptan consagrar una parte de su tiempo, de sus energ铆as y, a veces, de su vida entera, al servicio de las misiones.

Para los agentes de la evangelizaci贸n se hace necesaria una seria preparaci贸n. Tanto m谩s para quienes se consagran al ministerio de la Palabra. Animados por la convicci贸n, cada vez mayor, de la grandeza y riqueza de la palabra de Dios, quienes tienen la misi贸n de transmitirla deben prestar gran atenci贸n a la dignidad, a la precisi贸n y a la adaptaci贸n del lenguaje. Todo el mundo sabe que el arte de hablar reviste hoy d铆a una grand铆sima importancia. 驴C贸mo podr铆an descuidarla los predicadores y los catequistas?

Deseamos vivamente, que en cada Iglesia particular, los obispos vigilen por la adecuada formaci贸n de todos los ministros de la Palabra. Esta preparaci贸n llevada a cabo con seriedad aumentar谩 en ellos la seguridad indispensable y tambi茅n el entusiasmo para anunciar hoy d铆a a Cristo.

VII. EL ESP脥RITU DE LA EVANGELIZACI脫N

Exhortaci贸n apremiante

74. No quisi茅ramos poner fin a este coloquio con nuestros hermanos e hijos amad铆simos, sin hacer una llamada referente a las actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelizaci贸n.

En nombre de nuestro Se帽or Jesucristo, de los Ap贸stoles Pedro y Pablo, exhortamos a todos aquellos que, gracias a los carismas del Esp铆ritu y al mandato de la Iglesia, son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de esta vocaci贸n, a ejercerla sin resistencias debidas a la duda o al temor, a no descuidar las condiciones que har谩n esta evangelizaci贸n no s贸lo posible, sino tambi茅n activa y fructuosa. He aqu铆, entre otras las condiciones fundamentales que queremos subrayar.

Bajo el aliento del Esp铆ritu

75. No habr谩 nunca evangelizaci贸n posible sin la acci贸n del Esp铆ritu Santo. Sobre Jes煤s de Nazaret el Esp铆ritu descendi贸 en el momento del bautismo, cuando la voz del Padre -"T煤 eres mi hijo muy amado, en ti pongo mi complacencia"- 107 manifiesta de manera sensible su elecci贸n y misi贸n.

Es "conducido por el Esp铆ritu" para vivir en el desierto el combate decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misi贸n 108 . "Con la fuerza del Esp铆ritu" 109 vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret su predicaci贸n, aplic谩ndose a s铆 mismo el pasaje de Isa铆as: "El Esp铆ritu del Se帽or est谩 sobre m铆". "Hoy, proclama El, se cumple esta Escritura" 110 . A los Disc铆pulos, a quienes est谩 para enviar, les dice alentando sobre ellos: "Recibid el Esp铆ritu Santo" 111 .

En efecto, solamente despu茅s de la venida del Esp铆ritu Santo, el d铆a de Pentecost茅s, los Ap贸stoles salen hacia todas las partes del mundo para comenzar la gran obra de evangelizaci贸n de la Iglesia, y Pedro explica el acontecimiento como la realizaci贸n de la profec铆a de Joel: "Yo derramar茅 mi Esp铆ritu" 112 . Pedro, lleno del Esp铆ritu Santo habla al pueblo acerca de Jes煤s Hijo de Dios 113 . Pablo mismo est谩 lleno del Esp铆ritu Santo 114 ante de entregarse a su ministerio apost贸lico, como lo est谩 tambi茅n Esteban cuando es elegido di谩cono y m谩s adelante, cuando da testimonio con su sangre 115 . El Esp铆ritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce, inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende tambi茅n "sobre los que escuchan la Palabra" 116 .

"Gracias al apoyo del Esp铆ritu Santo, la Iglesia crece" 117 . El es el alma de esta Iglesia. 脡l es quien explica a los fieles el sentido profundo de las ense帽anzas de Jes煤s y su misterio. 脡l es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, act煤a en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por 脡l, y pone en los labios las palabras que por s铆 solo no podr铆a hallar, predisponiendo tambi茅n el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las t茅cnicas de evangelizaci贸n son buenas, pero ni las m谩s perfeccionadas podr铆an reemplazar la acci贸n discreta del Esp铆ritu. La preparaci贸n m谩s refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin 脡l. Sin 脡l, la dial茅ctica m谩s convincente es impotente sobre el esp铆ritu de los hombres. Sin 脡l, los esquemas m谩s elaborados sobre bases sociol贸gicas o sicol贸gicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.

Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Esp铆ritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moci贸n. Se hace asamblea en torno a 脡l. Quiere dejarse conducir por El.

Ahora bien, si el Esp铆ritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, act煤a todav铆a mucho m谩s en su misi贸n evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelizaci贸n tuviera lugar la ma帽ana de Pentecost茅s, bajo el soplo del Esp铆ritu.

Puede decirse que el Esp铆ritu Santo es el agente principal de la evangelizaci贸n: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvaci贸n 118 . Pero se puede decir igualmente que El es el t茅rmino de la evangelizaci贸n: solamente El suscita la nueva creaci贸n, la humanidad nueva a la que la evangelizaci贸n debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelizaci贸n querr铆a provocar en la comunidad cristiana. A trav茅s de El, la evangelizaci贸n penetra en los corazones, ya que El es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelizaci贸n descubre y valoriza en el interior de la historia.

El S铆nodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Esp铆ritu Santo en la evangelizaci贸n, expres贸 asimismo el deseo de que Pastores y te贸logos -y a帽adir铆amos tambi茅n los fieles marcados con el sello del Esp铆ritu en el bautismo- estudien profundamente la naturaleza y la forma de la acci贸n del Esp铆ritu Santo en la evangelizaci贸n de hoy d铆a. Este es tambi茅n nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Esp铆ritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora.

Testigos aut茅nticos

76. Consideramos ahora la persona misma de los evangelizadores. Se ha repetido frecuentemente en nuestros d铆as que este siglo siente sed de autenticidad. Sobre todo con relaci贸n a los j贸venes, se afirma que 茅stos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad, y que adem谩s son decididamente partidarios de la verdad y la transparencia.

A estos "signos de los tiempos" deber铆a corresponder en nosotros una actitud vigilante. T谩citamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: 驴Cre茅is verdaderamente en lo que anunci谩is? 驴Viv铆s lo que cre茅is? 驴Predic谩is verdaderamente lo que viv铆s? Hoy m谩s que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condici贸n esencial con vistas a una eficacia real de la predicaci贸n. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos.

Al comienzo de esta reflexi贸n, nos hemos preguntado: 驴Qu茅 es de la Iglesia, diez a帽os despu茅s del Concilio? 驴Est谩 anclada en el coraz贸n del mundo y es suficientemente libre e independiente para interpelar al mundo? 驴Da testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo tiempo del Dios Absoluto? 驴Ha ganado en ardor contemplativo y de adoraci贸n, y pone m谩s celo en la actividad misionera, caritativa, liberadora? 驴Es suficiente su empe帽o en el esfuerzo de buscar el restablecimiento de la plena unidad entre los cristianos, lo cual hace m谩s eficaz el testimonio com煤n, con el fin de que el mundo crea? 119 . Todos nosotros somos responsables de las respuestas que pueden darse a estos interrogantes.

Exhortamos, pues, a nuestros hermanos en el Episcopado, puestos por el Esp铆ritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios 120 . Exhortamos a los sacerdotes y a los di谩conos, colaboradores de los obispos para congregar el pueblo de Dios y animar espiritualmente las comunidades locales. Exhortamos tambi茅n a los religiosos y religiosas, testigos de una Iglesia llamada a la santidad y, por tanto, invitados de manera especial a una vida que d茅 testimonio de las bienaventuranzas evang茅licas. Exhortamos asimismo a los seglares: familias cristianas, j贸venes y adultos, a todos los que tienen un cargo, a los dirigentes, sin olvidar a los pobres tantas veces ricos de fe y de esperanza, a todos los seglares conscientes de su papel evangelizador al servicio de la Iglesia o en el coraz贸n de la sociedad y del mundo. Nos les decimos a todos: es necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida y que, como nos lo sugiere el Concilio Vaticano II, la predicaci贸n alimentada con la oraci贸n y sobre todo con el amor a la Eucarist铆a, redunde en mayor santidad del predicador 121 .

Parad贸jicamente, el mundo, que a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios lo busca sin embargo por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible 122 . El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, esp铆ritu de oraci贸n, caridad para con todos, especialmente para los peque帽os y los pobres, obediencia y humildad, desapego de s铆 mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra dif铆cilmente abrir谩 brecha en el coraz贸n de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda.

B煤squeda de la unidad

77. La fuerza de la evangelizaci贸n quedar谩 muy debilitada si los que anuncian el Evangelio est谩n divididos entre s铆 por tantas clases de rupturas. 驴No estar谩 quiz谩s ah铆 uno de los grandes males de la evangelizaci贸n? En efecto, si el Evangelio que proclamamos aparece desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideol贸gicas o por condenas rec铆procas entre cristianos, al antojo de sus diferentes teor铆as sobre Cristo y sobre la Iglesia, e incluso a causa de sus distintas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas, 驴c贸mo pretender que aquellos a los que se dirige nuestra predicaci贸n no se muestren perturbados, desorientados, si no escandalizados?

El testamento espiritual del Se帽or nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino tambi茅n la prueba de que El es enviado del Padre, prueba de credulidad de los cristianos y del mismo Cristo. Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse m谩s all谩 de las tensiones reales gracias a la b煤squeda com煤n, sincera y desinteresada de la verdad. S铆, la suerte de la evangelizaci贸n est谩 ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia. He aqu铆 una fuente de responsabilidad, pero tambi茅n de consuelo.

Dicho esto, queremos subrayar el signo de la unidad entre todos los cristianos, como camino e instrumento de evangelizaci贸n. La divisi贸n de los cristianos constituye una situaci贸n de hecho grave, que viene a cercenar la obra misma de Cristo. El Concilio Vaticano II dice clara y firmemente que esta divisi贸n "perjudica la causa sant铆sima de la predicaci贸n del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe" 123 .

Por eso, al anunciar el A帽o Santo cre铆mos necesario recordar a todos los fieles del mundo cat贸lico que "la reconciliaci贸n de todos los hombres con Dios, nuestro Padre, depende del restablecimiento de la comuni贸n de aquello que ya han reconocido y aceptado en la fe a Jesucristo como Se帽or de la misericordia, que libera a los hombres y los une en el esp铆ritu de amor y de verdad" 124 .

Con una gran sensaci贸n de esperanza vemos los esfuerzos que se realizan en el mundo cristiano en orden al restablecimiento de la plena unidad, deseada por Cristo. San Pablo nos lo asegura: "la esperanza no quedar谩 confundida" 125 . Mientras seguimos trabajando para obtener del Se帽or la plena unidad, queremos que se intensifique la oraci贸n; adem谩s, hacemos nuestros los deseos de los padres del III S铆nodo de los Obispos, que se colabore con mayor empe帽o con los hermanos cristianos a quienes todav铆a no estamos unidos por una comuni贸n perfecta, bas谩ndonos en el fundamento del bautismo y de la fe que nos es com煤n, para ofrecer desde ahora mediante la misma obra de evangelizaci贸n un testimonio com煤n m谩s amplio de Cristo ante el mundo. Nos impulsa a ello el mandato de Cristo. Lo exige el deber de predicar y dar testimonio del Evangelio.

Servidores de la verdad

78. El Evangelio que nos ha sido encomendado es tambi茅n palabra de verdad. Una verdad que hace libres 126 y que es la 煤nica que procura la paz del coraz贸n; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad dif铆cil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez m谩s, ni los due帽os, ni los 谩rbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.

De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que 茅l profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, m谩s que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio ser谩 aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los dem谩s. No vende ni disimula jam谩s la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla.

Pastores del pueblo de Dios: nuestro servicio pastoral nos pide que guardemos, defendamos y comuniquemos la verdad sin reparar en sacrificio. Muchos eminentes y santos Pastores nos han legado el ejemplo de este amor, en muchos casos heroicos, a la verdad. El Dios de verdad espera de nosotros que seamos los defensores vigilantes y los predicadores devotos de la misma.

Doctores, ya se谩is te贸logos o ex茅getas, o historiadores: la obra de la evangelizaci贸n tiene necesidad de vuestra infatigable labor de investigaci贸n y tambi茅n de vuestra atenci贸n y delicadeza en la transmisi贸n de la verdad, a la que vuestros estudios os acercan, pero que siempre desborda el coraz贸n del hombre porque es la verdad misma de Dios.

Padres y maestros: vuestra tarea, que los m煤ltiples conflictos actuales hacen dif铆cil, es la de ayudar a vuestros hijos y alumnos a descubrir la verdad, comprendida la verdad religiosa y espiritual.

Animados por el amor

79. La obra de la evangelizaci贸n supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Ap贸stol San Pablo escrib铆a a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros: "As铆, llevados de nuestro amor por vosotros, queremos no s贸lo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos" 127 .

驴De qu茅 amor se trata? Mucho m谩s que el de un pedagogo; es el amor de un padre; m谩s a煤n, el de una madre 128 . Tal es el amor que el Se帽or espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia.

Un signo de amor ser谩 el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Un signo de amor ser谩 igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atr谩s al anuncio de Jesucristo. A帽adamos ahora otros signos de este amor.

El primero es el respeto a la situaci贸n religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza. Respeto a su ritmo que no se puede forzar demasiado. Respecto a su conciencia y a sus convicciones, que no hay que atropellar.

Otra se帽al de este amor es el cuidado de no herir a los dem谩s, sobre todo si son d茅biles en su fe 129 , con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbaci贸n o esc谩ndalo en los fieles, provocando una herida en sus almas.

Ser谩 tambi茅n una se帽al de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas s贸lidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudici贸n mal asimilada. Los fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho a ellas en cuanto hijos de Dios que, poni茅ndose en sus brazos, se abandonan totalmente a las exigencias del amor.

Con el fervor de los Santos

80. Nuestra llamada se inspira ahora en el fervor de los m谩s grandes predicadores y evangelizadores, cuya vida fue consagrada al apostolado. De entre ellos nos complacemos en recordar aquellos que Nos mismos hemos propuesto a la veneraci贸n de los fieles durante el A帽o Santo. Ellos han sabido superar todos los obst谩culos que se opon铆an a la evangelizaci贸n.

De tales obst谩culos, que perduran en nuestro tiempo, nos limitaremos a citar la falta de fervor, tanto m谩s grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusi贸n, en la acomodaci贸n al ambiente y en el desinter茅s, y sobre todo en la falta de alegr铆a y de esperanza. Por ello, a todos aquellos que por cualquier t铆tulo o en cualquier grado tienen la obligaci贸n de evangelizar, Nos los exhortamos a alimentar siempre el fervor del esp铆ritu 130 .

Este fervor exige, ante todo, que evitemos recurrir a pretextos que parecen oponerse a la evangelizaci贸n. Los m谩s insidiosos son ciertamente aquellos para cuya justificaci贸n se quieren emplear ciertas ense帽anzas del Concilio.

Con demasiada frecuencia y bajo formas diversas se oye decir que imponer una verdad, por ejemplo la del Evangelio; que imponer una v铆a, aunque sea la de la salvaci贸n, no es sino una violencia cometida contra la libertad religiosa. Adem谩s, se a帽ade, 驴para qu茅 anunciar el Evangelio, ya que todo hombre se salva por la rectitud del coraz贸n? Por otra parte, es bien sabido que el mundo y la historia est谩n llenos de "semillas del Verbo". 驴No es, pues, una ilusi贸n pretender llevar el Evangelio donde ya est谩 presente a trav茅s de esas semillas que el mismo Se帽or ha esparcido?

Cualquiera que haga un esfuerzo por examinar a fondo, a la luz de los documentos conciliares, las cuestiones de tales y tan superficiales razonamientos plantean, encontrar谩 una bien distinta visi贸n de la realidad.

Ser铆a ciertamente un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evang茅lica y la salvaci贸n ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer -sin coacciones, solicitaciones menos rectas o est铆mulos indebidos- 131 , lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa, es un homenaje a esta libertad, a la cual se ofrece la elecci贸n de un camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante. O, 驴puede ser un crimen contra la libertad ajena proclamar con alegr铆a la Buena Nueva conocida gracias a la misericordia del Se帽or? 132 . O, 驴por qu茅 煤nicamente la mentira y el error, la degradaci贸n y la pornograf铆a han de tener derecho a ser propuestas y, por desgracia, incluso impuestas con frecuencia por una propaganda destructiva difundida mediante los medios de comunicaci贸n social, por la tolerancia legal, por el miedo de los buenos y la audacia de los malos? Este modo respetuoso de proponer la verdad de Cristo y de su reino, m谩s que un derecho es un deber del evangelizador. Y es a la vez un derecho de sus hermanos recibir a trav茅s de 茅l, el anuncio de la Buena Nueva de la salvaci贸n. Esta salvaci贸n viene realizada por Dios en quien El lo desea, y por caminos extraordinarios que s贸lo El conoce 133 . En realidad, si su Hijo ha venido al mundo ha sido precisamente para revelarnos, mediante su palabra y su vida, los caminos ordinarios de la salvaci贸n. Y El nos ha ordenado transmitir a los dem谩s, con su misma autoridad, esta revelaci贸n. No ser铆a in煤til que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a trav茅s de la oraci贸n, este pensamiento: los hombres podr谩n salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero 驴podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por verg眉enza -lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio- 134 , o por ideas falsas omitimos anunciarlo? Porque eso significar铆a ser infieles a la llamada de Dios que, a trav茅s de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en 谩rbol y produzca fruto.

Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegr铆a de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre l谩grimas. Hag谩moslo -como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Ap贸stoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia- con un 铆mpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea 茅sta la mayor alegr铆a de nuestras vidas entregadas. Y ojal谩 que el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda as铆 recibir la Buena Nueva, no a trav茅s de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a trav茅s de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en s铆 mismos, la alegr铆a de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo.

CONCLUSIONES

La consigna del A帽o Santo

81. Este es, hermanos e hijos, el grito que brota de nuestra alma, como un eco de la voz de nuestros hermanos reunidos en la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos. Esta es la consigna que Nos queremos dar al final del A帽o Santo, que nos ha permitido percibir mejor que nunca las necesidades y expectativas de una multitud de hermanos, cristianos o no, que esperan de la Iglesia la Palabra de salvaci贸n.

Que la luz del A帽o Santo, que ha brillado en las Iglesias particulares y en Roma para millones de conciencias reconciliadas con Dios, pueda difundirse igualmente despu茅s del Jubileo mediante un programa de acci贸n pastoral, del que la evangelizaci贸n es el aspecto fundamental, y se prolongue a lo largo de estos a帽os que preanuncian la vigilia de un nuevo siglo, y la vigilia del tercer milenio del cristianismo.

Mar铆a, estrella de evangelizaci贸n

82. Estos son los deseos que nos complacemos en depositar en las manos y en el coraz贸n de la Sant铆sima Virgen, la Inmaculada, en este d铆a especialmente dedicado a Ella y en el X aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. En la ma帽ana de Pentecost茅s, Ella presidi贸 con su oraci贸n el comienzo de la evangelizaci贸n bajo el influjo del Esp铆ritu Santo. Sea Ella la estrella de la evangelizaci贸n siempre renovada que la Iglesia, d贸cil al mandato del Se帽or, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos dif铆ciles y llenos de esperanza.

En el nombre de Cristo os bendecimos a vosotros, a vuestras comunidades, vuestras familias y vuestros seres queridos, haciendo nuestras las palabras de San Pablo a los filipenses: "Siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a mi Dios; siempre, en todas mis oraciones, pidiendo con gozo por vosotros, a causa de vuestra comuni贸n en el Evangelio desde el primer d铆a hasta ahora. (...) os llevo en el coraz贸n; y (...) en mi defensa y en la confirmaci贸n del Evangelio, sois todos vosotros participantes de mi gracia. Testigo me es Dios de cu谩nto os amo a todos en las entra帽as de Cristo Jes煤s" 135 .

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la solemnidad de la Inmaculada Concepci贸n de la Sant铆sima Virgen Mar铆a, el d铆a 8 de diciembre del a帽o 1975, XIII de nuestro pontificado.


1

Cf. Lc. 22, 32.

2

Cf. 2 Cor. 11, 28.

3

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 1: AAS 58 (1966), p. 947.

4

Cf. Ef. 4, 24; 2, 15; Col. 3, 10; G谩l. 3, 27; Rom. 13, 14; 2 Cor. 5, 17.

5

2 Cor. 5, 20.

6

Cf. Pablo VI, Discurso en la clausura de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos (26 octubre, 1974): AAS 66 (1974), pp. 634-635.

7

Pablo VI, Discurso al Sacro Colegio Cardenalicio (22 junio, 1973): AAS 65 (1973), p. 383.

8

Cor. 11, 28.

9

1 Tim. 5, 17.

10

2 Tim. 2, 15.

11

Cf. 1 Cor. 2, 5.

12

Lc. 4, 43.

13

Ibidem.

14

Lc. 4, 18; cf. Is. 61, 1.

15

Cf. Mc. 1, 1; Rom. 1-3.

16

Cf. Mt. 6, 33.

17

Cf. Mt. 5, 3-12.

18

Cf. Mt. 5-7.

19

Cf. Mt. 10.

20

Cf. Mt. 13.

21

Cf. Mt. 18.

22

Cf. Mt. 24-25.

23

Cf. Mt. 24, 36; Act. 1, 7; 1 Tes. 5, 1-2.

24

Cf. Mt. 11, 12; Lc. 16, 16.

25

Cf. Mt. 4, 17.

26

Mc. 1, 27.

27

Lc. 4, 22.

28

Jn. 7, 46.

29

Lc. 4, 43.

30

Jn. 11, 52.

31

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dog. Dei Verbum, 4: AAS 58 (1966), pp. 818-819.

32

Cf. 1 Pe. 2, 9.

33

Cf. Act. 2, 11.

34

Lc. 4, 43.

35

1 Cor. 9, 16.

36

Cf. Declaraci贸n de los padres sinodales, en N.U.: Oservatore Romano, Edici贸n en Lengua Espa帽ola, 3 de noviembre de 1974, p谩g. 8.

37

Mt.28, 19.

38

Act.2, 41-47.

39

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8: AAS 57 (1965), p. 11; Decr. Ad gentes, 5: AAS 28 (1966), pp. 951-952.

40

Cf. Act. 2, 42-46; 4, 32-35; 5, 12-16.

41

Cf. Act. 2, 11; 1 Pe 2, 9.

42

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 5, 11, 12. AAS 58 (1966), pp. 951-952, 959-961.

43

Cf. 2 Cor. 4, 5; S. Agust铆n, Sermo XLVI De Pastoribus: CCL 41, pp. 529-530.

44

Lc. 10, 16. Cf. S. Cipriano, De unitate Eclessiae, 14: PL 4, 527; S. Agust铆n, Enarrat. 88, Sermo, 2, 14. PL 37, 1140; S. Juan Cris贸stomo, Hom. de capto Eutropio, 6 PG 52, 402.

45

Ef. 5, 25.

46

Ap. 21, 5; cf. 2 Cor. 5, 17; G谩l. 6, 15.

47

Cf. Rom. 6, 4.

48

Cf. Ef. 4, 23-24; Col. 3, 9-10.

49

Cf. Rom. 1, 16; 1 Cor. 1, 18; 2, 4.

50

Cf. 53: AAS 58 (1966), p. 1075.

51

Cf. Tertuliano, Apologeticum, 39: CCL, I, pp. 150-153; Minucio F茅lix, Octavius 9 y 31: CSLP, Augustae Taurinorum 1963, pp. 11-13, 47-48.

52

1 Pe. 3, 15.

53

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1, 9, 48: AAS 57 (1965), pp. 5, 12-14, 53-54; Const. past. Gaudium et Spes, 42, 45; AAS 58 (1966), pp. 1060-1061, 1065-1066; Decr. Ad gentes, 1, 5; AAS 58 (1966), pp. 947, 951-952.

54

Cf. Rom. 1, 16; 1 Cor. 1, 18.

55

Cf. Act. 17, 22-23.

56

1 Jn. 3, 1; cf. Rom. 8, 14-17.

57

Cf. Ef. 2, 8; Rom. 1, 16. Cf. Sagrada Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Declaratio ad fidem tuendam in mysteria Incarnationis et SS. Trinitatis a quibusdam recentibus erroribus (21 febrero 1972): AAS 64 (1972), pp. 237-241.

58

Cf. 1 Jn. 3, 2; Rom. 8, 29; Flp. 3, 20-21. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48-51: AAS 57 (1965), pp. 55-58.

59

Cf. Sagrada Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Declaratio circa Catholicam Doctrinam de Ecclesia contra nonnullos errores hodiernos tuendam (24 junio 1973): AAS 65 (1973), pp. 396-408.

60

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 47-52: AAS 58 (1966), pp. 1067-1074; Pablo VI, Encicl. Humanae vitae: AAS 60 (1968), pp. 481-503.

61

Pablo VI, Discurso en la apertura de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos (27 setiembre 1974): AAS 66 (1974), p. 562.

62

Pablo VI, Discurso en la apertura de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos (27 setiembre 1974): AAS 66 (1974), p. 562.

63

Pablo VI, Discurso en los campesinos de Colombia (23 agosto 1968): AAS 60 (1968), p. 623.

64

Pablo VI, Discurso en la "Jornada del Desarrollo" en Bogot谩 (23 agosto 1968): AAS 60 (1968), p. 627; cf. S. Agust铆n, Ep铆stola 229, 2: PL 33, 1020.

65

Pablo VI, Discurso en la clausura de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos (26 octubre 1974): AAS 66 (1974), p. 637.

66

Catequesis del 15 octubre 1975, L'Osservatore Romano, Edici贸n en lengua espa帽ola, 19 octubre, p谩g. 3.

67

Pablo VI, Discurso a los miembros del Consilium de Laicis (2 octubre 1974): AAS 66 (1974), p. 568.

68

Cf. 1 Pe. 3, 1.

69

Rom. 10, 14. 17.

70

Cf. 1 Cor. 2, 1-5.

71

Rom. 10, 17.

72

Cf. Mt. 10, 27; Lc. 12, 3.

73

Mc. 16, 15.

74

Cf. S. Justino, I Apolog铆a, 46, 1-4; II Apolog铆a 7 (8) 1-4; 10, 1-3; 13, 3-4: Florilegium Patristicum II, Bonn 1911, pp. 81, 125, 129, 133; Clemente Alejandrino, Stromata I, 19, 91, 94: S. Ch. 30, pp. 117-118, 119-120; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11: AAS 58 (1966), p. 960; Const. dogm. Lumen gentium, 17: AAS 57 (1965), p. 21.

75

Cf. Eusebio de Cesarea, Praeparatio Evangelica, I, 1: PG 21, 26-28; cf. Const. dogm. Lumen gentium, 16: AAS 57 (1965), p. 20.

76

Cf. Ef. 3, 8.

77

Henri de Lubac, Le drame de l'humanisme ath茅e, Ed. Spes, Par铆s 1945.

78

Cf. Const. past. Gaudium et spes, 59: AAS 58 (1966), p. 1080.

79

1 Tim. 2, 4.

80

Mt. 9, 36; 15, 32.

81

Rom. 10, 15.

82

Decl. Dignitatis humanae, 13: AAS 58 (1966), p. 939; cf. Const. dogm. Lumen gentium, 5: AAS 57 (1965), pp. 7-8; Decr. Ad gentes, I: AAS 58 (1966), p. 947.

83

Cf. Decr. Ad gentes, 35: AAS 58 (1966), p. 983.

84

S. Agust铆n, Enarrat, in Ps 44, 23: CCL XXXVIII, p. 510; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 1: AAS 58 (1966), p. 947.

85

S. Gregorio Magno, Homil. in Evangelia 19, 1: PL 76, 1154.

86

Act 1, 8; cf. Didache, 9, 1: Funk, Patres Apostolici, 1, 22.

87

Mt. 28, 20.

88

Cf. Mt. 13, 32.

89

Cf. Mt. 13, 47.

90

Cf. Jn. 21, 11.

91

Cf. Jn. 10, 1-16.

92

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 37-38: AAS 56 (1964), p. 110. Cf. tambi茅n los libros lit煤rgicos y los dem谩s documentos emanados posteriormente de la Santa Sede para llevar a cabo la reforma lit煤rgica preconizada por el mismo Concilio.

93

Pablo VI, Discurso en la clausura de la III Asamblea General del S铆nodo de los Obispos (23 octubre 1974): AAS 66 (1974), p. 636.

94

Cf. Jn. 15, 16; Mc. 3, 13-19; Lc. 6, 13-16.

95

Cf. Act. 21-22.

96

Cf. Mc. 3, 14.

97

Cf. Mc. 3, 15; Lc. 9, 2.

98

Act. 4, 8: cf. 2, 14; 2, 12.

99

Cf. S. Le贸n Magno, Sermo 69, 3; Sermo 70, 1-3; Sermo 94, 3; Sermo 95, 2: S. Ch. 200, pp. 50-52; 58-66; 258-260; 268.

100

Cf. Conc. Ecum. Lugdunense I. Const. Ad apostolicae dignitatis: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Ed. Instituto per le Scienze Religiose, Bolonia 1973, p. 278; Conc. Ecum. Viennense, Const. Ad providam Christi, ed. cit., p. 343; Conc. Ecum. Lateranente V. Bula In apostolici culminis, ed. cit., p. 606; Bula Post-quam ad universalis, ed. cit., p. 609; Const. Supernae dispositionis, ed. cit., p. 614; Const. Divina disponente clementia, ed. cit., p. 638.

101

Decr. Ad gentes, 38: AAS 58 (1966), p. 985.

102

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium 22: AAS 57 (1965), p. 26.

103

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 10, 37: AAS 57 (1965), pp. 14, 43; Decr. Ad gentes, 39: AAS 58 (1966), p. 986; Decr. Presbyterorum ordinis, 2. 12, 13; AAS 58 (1966), pp. 992, 1010, 1011.

104

Cf. 1 Tes. 2, 9.

105

Cf. 1 Pe. 5, 4.

106

Const. dogm. Lumen gentium, 11: AAS 57 91965), p. 16; Decr. Apostolicam actuositatem, 11: AAS 58 (1966), p. 848; S. Juan Cris贸stomo, in Genesim Serm. VI, 2; VI, 1: PG 54, 607-608.

107

Mt. 3, 17.

108

Mt. 4, 1.

109

Lc. 4, 14.

110

Lc. 4, 18, 21 cf. Is 61, 1.

111

Jn. 20, 22.

112

Act. 2, 17.

113

Cf. Act. 4, 8.

114

Cf. Act. 9, 17.

115

Cf. Act. 6, 5. 10; 7, 55.

116

Cf. Act. 10, 44.

117

Cf. Act. 9, 31.

118

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 4: ASS 58 (1966), pp. 950-951.

119

Cf. Jn. 17, 21.

120

Cf. Act. 20, 28.

121

Cf. Decr. Presbyterorum ordinis, 13: AAS 58 (1966), p. 1011.

122

Cf. Heb. 11, 27.

123

Decr. Ad gentes, 6: AAS 58 (1966), pp. 954-955; cf. Decr. Unitatis redintegratio, 1: AAS 57 (1965), pp. 90-91.

124

Bula Apostolorum limina, VII: AAS 66 (1974), p. 305.

125

Rom. 5, 5.

126

Cf. Jn. 8, 32.

127

1 Tes. 2, 8: cf. Flp. 1, 8.

128

Cf. 1 Tes. 2, 7. 11; 1 Cor. 4, 15; G谩l. 4, 19.

129

Cf. 1 Cor. 8, 9-13; Rom. 14, 15.

130

Cf. Rom. 12, 11.

131

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 4: AAS 58 (1966), p. 933.

132

Cf. ib., 9-14: AAS, pp. 935-940.

133

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7: AAS 58 (1966), p. 955.

134

Cf. Rom. 1, 16.

135

Flp. 1, 3-4. 7-8.

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