El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa 2 es la templanza 3 ; quien domina el propio est贸mago hace disminuir las pasiones, al contrario, quien es subyugado por la comida incrementa los placeres.
Como Amalec es el origen de los pueblos, as铆 la gula lo es de las pasiones. Como la le帽a es alimento del fuego as铆 la comida es alimento del est贸mago. La mucha le帽a alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia. La llama se extingue cuando hay menos le帽a y la penuria en la comida apaga la concupiscencia.
Aquel que tiene dominio sobre la mand铆bula desbarata a los extranjeros y disuelve f谩cilmente las ataduras de sus manos. De la mand铆bula arrojada fuera brota una fuente de agua y la liberaci贸n de la gula genera la pr谩ctica de la contemplaci贸n.
El palo de la tienda, irrumpiendo, mat贸 la mand铆bula enemiga y la sabidur铆a de la templanza mata la pasi贸n 4 .
El deseo de comida engendra desobediencia y una deleitosa degustaci贸n arroja del para铆so. Sacian la garganta las comidas fastuosas y nutren el gusano de la intemperancia que nunca duerme.
Un vientre indigente prepara para una oraci贸n vigilante, al contrario un vientre bien lleno invita a un sue帽o largo.
Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo.
La oraci贸n del ayunante es como el pollito que vuela m谩s alto que un 谩guila mientras que la del glot贸n est谩 envuelta en las tinieblas. La nube esconde los rayos del sol y la digesti贸n pesada de los alimentos ofusca la mente.
Un espejo sucio no refleja claramente la forma que se le pone al frente y el intelecto, obtuso por la saciedad, no acoge el conocimiento de Dios.
Una tierra sin cultivar genera espinas y de una mente corrompida por la gula germinan pensamientos malignos.
Como el fango no puede emanar fragancia tampoco en el goloso sentimos el suave perfume de la contemplaci贸n.
El ojo del goloso escruta con curiosidad los banquetes, mientras que la mirada del temperante observa las ense帽anzas de los sabios.
El alma del goloso enumera los recuerdos de los m谩rtires, mientras que la del temperante imita su ejemplo.
El soldado bellaco retiembla al son de la trompeta que preanuncia la batalla, igualmente tiembla el goloso a los llamados de la templanza.
El monje goloso, sometido a las exigencias de su vientre, exige su tributo cotidiano. El caminante que camina con ah铆nco alcanzar谩 pronto la ciudad y el monje glot贸n no llegar谩 a la casa de la paz interior 5 .
El h煤medo vapor del sahumerio perfuma el aire, como la oraci贸n del temperante deleita el olfato divino.
Si te abandonas al deseo de la comida ya nada te bastar谩 para satisfacer tu placer: el deseo de la comida, en efecto, es como el fuego que siempre envuelve y siempre se inflama. Una medida suficiente llena el vaso, mientras un vientre desfondado jam谩s dir谩 鈥溌asta!鈥. La extensi贸n de las manos puso en fuga a Amalec y una vida activa elevada somete las pasiones carnales.
Extermina todo lo que sea inspirado por los vicios y mortifica fuertemente tu carne. Que de cualquier manera, en efecto, sea matado el enemigo, 茅ste no te producir谩 m谩s miedo, as铆 un cuerpo mortificado no perturbar谩 al alma. Un cad谩ver no nota el dolor del fuego y menos a煤n el temperante siente el placer del deseo extinguido.
Si matas a un egipcio 6 , esc贸ndelo bajo la arena, y no engordes el cuerpo por una pasi贸n vencida: as铆 como en la tierra engordada germina lo que est谩 escondido, as铆 en el cuerpo gordo revive la pasi贸n.
La llama que languidece se reenciende si se le agrega le帽a seca y el placer que se va atenuando revive con la saciedad de la comida; no compadezcas el cuerpo que se lamenta por la carest铆a y no lo halagues con comidas suntuosas: si en efecto lo refuerzas se te volver谩 en contra llev谩ndote a una guerra sin tregua, hasta que esclavice tu alma y te haga siervo de la lujuria.
El cuerpo indigente es como una caballo d贸cil que jam谩s desensillar谩 al caballero: 茅ste, en efecto, dominado por el freno, se somete y obedece a la mano de quien sujeta las riendas, mientras el cuerpo, domado por el hambre y las vigilias, no reacciona por un pensamiento malo que lo cabalga, ni relincha excitado por el 铆mpetu de las pasiones.
La temperancia genera la mesura, mientras la gula es la madre del desenfreno; el aceite alimenta la luz de la l谩mpara y el frecuentar mujeres atiza la llamarada del placer.
La violencia del oleaje se desencadena contra el mercader mal anclado como el pensamiento de la lujuria sobre la mente intemperante. La lujuria acoger谩 como aliada a la saciedad, le dar谩 licencia, se juntar谩 a los adversarios y combatir谩 finalmente del lado de los enemigos.
Permanece invulnerable a las flechas enemigas aquel que ama la tranquilidad 7 , quien en cambio se mezcla con la multitud recibe golpes continuamente.
Mirar a una mujer es como un dardo venenoso, hiere el alma, nos inocula el veneno y cuanto m谩s perdura, tanto m谩s arraiga la infecci贸n. El que busca defenderse de estas flechas se mantiene lejos de las multitudinarias reuniones p煤blicas y no divaga con la boca abierta en los d铆as de fiesta; es mucho mejor quedarse en casa pasando el tiempo orando en vez de hacer la obra del enemigo creyendo que se honra las fiestas.
Evita la intimidad con las mujeres si deseas ser sabio y no les des la libertad de hablarte ni confianza. En efecto, al inicio tienen o simulan una cierta cautela, pero seguidamente osan hacerlo todo descaradamente: en el primer acercamiento tienen la mirada baja, p铆an dulcemente, lloran conmovidas, el trato es serio, suspiran con amargura, plantean preguntas sobre la castidad y escuchan atentamente; las ves una segunda vez y levanta un poco m谩s la cabeza; la tercera vez se acercan sin mucho pudor; t煤 has sonre铆do y ellas se han puesto a re铆r desaforadamente; seguidamente se embellecen y se te muestran con ostentaci贸n, su mirada cambia anunciando el ardor, levantan las cejas y rotan los ojos, desnudan el cuello y abandonan todo el cuerpo a la languidez, pronuncian frases ablandadas por la pasi贸n y te dirigen una voz fascinante al o铆do hasta que se apoderan completamente el alma.
Sucede que estas trampas te encaminan a la muerte y estas redes entretejidas te arrastran a la perdici贸n; por tanto no te dejes ni siquiera enga帽ar de aquellas que se sirven de discursos discretos: en 茅stas, en efecto, se oculta el maligno veneno de las serpientes.
Ac茅rcate al fuego ardiente antes que a una mujer joven, sobre todo si t煤 tambi茅n eres joven: en efecto, cuando te acercas a la llama y sientes una buena quemaz贸n, te alejas r谩pidamente, mientras que cuando eres seducido por las charlas femeninas, dif铆cilmente logras darte a la fuga.
La hierba crece cuando est谩 cerca al agua, como germina la intemperancia frecuentando a las mujeres.
Aquel que repleta el vientre y hace profesi贸n de sabidur铆a se parece a quien afirma que frena la fuerza del fuego con paja. Como efectivamente es imposible apagar el mutable agitarse del fuego con la paja, as铆 es imposible colmar en la saciedad el 铆mpetu inflamado de la intemperancia.
Una columna se apoya en una base y la pasi贸n de la lujuria tiene sus cimientos en la saciedad.
La nave presa de las tempestades se apresura en llegar al puerto y el alma del sabio busca la soledad: una huye de las amenazadoras olas del mar, la otra de las formas femeninas que traen dolor y ruina.
Un semblante embellecido de mujer hunde m谩s que un oleaje marino: a煤n as铆, 茅ste te da la posibilidad de nadar si quieres salvar la vida, mientras que la belleza femenina, tras el enga帽o, te persuade de despreciar incluso la vida misma.
La zarza solitaria se sustrae intacta a la llama y el sabio que sabe mantenerse alejado de las mujeres no se enciende en la intemperancia: como el recuerdo del fuego no quema la mente, as铆 ni siquiera la pasi贸n tiene vigor si falta la materia.
Si tienes piedad para con el enemigo 茅ste ser谩 siempre tu enemigo, y si concedes a la pasi贸n 茅sta se te revelar谩.
La vista de las mujeres excita al intemperante, mientras empuja al sabio a glorificar a Dios; pero si en medio de las mujeres la pasi贸n est谩 tranquila no le des cr茅dito a quien te anuncia que has alcanzado la paz interior 8 .
El perro justamente menea la cola cuando se lo deja en medio de la multitud, pero cuando se aleja, muestra su maldad. S贸lo cuando el recuerdo de la mujer surja en ti privado de pasi贸n, entonces consid茅rate cerca de los confines de la sabidur铆a. Cuando en cambio su imagen te empuja a verla y sus dardos cercan tu alma, entonces consid茅rate fuera de la virtud.
Pero no debes mantenerte as铆 en esos pensamientos ni tu mente debe familiarizarse mucho con las formas femeninas, la pasi贸n es en efecto reincidente y tiene al peligro junto a s铆.
Como sucede efectivamente que una apropiada fundici贸n purifica la plata pero si se prolonga la destruye f谩cilmente, as铆 una insistente fantas铆a de mujeres destruye la sabidur铆a adquirida: no tengas, por tanto, familiaridad prolongada con un rostro imaginado para que no se te adhieran las llamas del placer y no queme la aureola que circunda tu alma: as铆 como la chispa, si permanece en medio de la paja, desencadena las llamas, as铆 el recuerdo de la mujer, persistiendo, enciende el deseo.
La avaricia es la ra铆z de todos los males y nutre como malignos arbustos a las dem谩s pasiones y no permite que se sequen aquellas que florecen de 茅sta.
Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la ra铆z; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servir谩 de nada, porque 茅stas, a pesar de que se hayan reducido, r谩pidamente florecen.
El monje rico es como una nave demasiado cargada que es hundida por el 铆mpetu de una tempestad: tal como una nave que deja entrar el agua es puesta a prueba por cada ola, as铆 el rico se ve sumergido por las preocupaciones.
El monje que no posee nada es en cambio un viajero 谩gil que encuentra refugio en todos lados. Es como el 谩guila que vuela por lo alto y que baja a buscar su alimento cuando lo necesita. Est谩 por encima de cualquier prueba, se r铆e del presente y se eleva a las alturas alej谩ndose de las cosas terrenas y junt谩ndose a las celestes: tiene efectivamente alas ligeras, jam谩s apesadumbradas por las preocupaciones. Sobrepasa la opresi贸n y deja el lugar sin dolor; la muerte llega y se va con 谩nimo sereno: el alma, en efecto, no ha estado amarrada por ning煤n tipo de atadura.
Quien en cambio mucho posee se somete a las preocupaciones y, como el perro, est谩 amarrado a la cadena, y, si es obligado a irse, se lleva consigo, como un grave peso y una in煤til aflicci贸n, los recuerdos de sus riquezas, es vencido por la tristeza y, cuando lo piensa, sufre mucho, ha perdido las riquezas y se atormenta en el desaliento.
Y si llega la muerte abandona miserablemente sus tenencias, entrega el alma, mientras el ojo no abandona los negocios; de mala gana es arrastrado como un esclavo fugitivo, se separa del cuerpo y no se separa de sus intereses: porque la pasi贸n lo aferra m谩s que lo que lo arrastra.
El mar jam谩s se llena del todo a pesar de recibir la gran masa de agua de los r铆os, de la misma manera el deseo de riquezas del avaro jam谩s se sacia, 茅l las duplica e inmediatamente desea cuadruplicarlas y no cesa jam谩s esta multiplicaci贸n, hasta que la muerte no pone fin a tal interminable premura.
El monje juicioso tendr谩 cuidado de las necesidades del cuerpo y proveer谩 con pan y agua el est贸mago indigente, no adular谩 a los ricos por el placer del vientre, ni someter谩 su mente libre a muchos amos: en efecto, las manos son siempre suficientes para satisfacer las necesidades naturales.
El monje que no posee nada es un p煤gil que no puede ser golpeado de lleno y un atleta veloz que alcanza r谩pidamente el premio de la invitaci贸n celeste.
El monje rico se regocija en las muchas rentas, mientras que el que no tiene nada se goza con los premios que le vienen de las cosas bien obtenidas.
El monje avaro trabaja duramente mientras que el que no posee nada usa el tiempo para la oraci贸n y la lectura.
El monje avaro llena de oro los agujeros, mientras que el que nada posee atesora en el cielo.
Sea maldito aquel que forja el 铆dolo y lo esconde, al igual que aquel que es afecto a la avaricia: el primero en efecto se postra frente a lo falso e in煤til, el otro lleva en s铆 la imagen 10 de la riqueza, como un simulacro.
La ira es una pasi贸n furiosa que con frecuencia hacer perder el juicio a quienes tienen el conocimiento, embrutece el alma y degrada todo el conjunto humano.
Un viento impetuoso no quebrar谩 una torre y la animosidad no arrastra al alma mansa.
El agua se mueve por la violencia de los vientos y el iracundo se agita por los pensamientos alocados. El monje iracundo ve a uno y rechina los dientes.
La difusi贸n de la neblina condensa el aire y el movimiento de la ira nubla la mente del iracundo.
La nube que avanza ofusca el sol y as铆 el pensamiento rencoroso embota la mente.
El le贸n en la jaula sacude continuamente la puerta como el violento en su celda cuando es asaltado por el pensamiento de la ira.
Es deliciosa la vista de un mar tranquilo, pero ciertamente no es m谩s agradable que un estado de paz: en efecto, los delfines nadan en el mar en estado de bonanza, y los pensamientos vueltos a Dios emergen en un estado de serenidad.
El monje magn谩nimo es una fuente tranquila, una bebida agradable ofrecida a todos, mientras la mente del iracundo se ve continuamente agitada y no dar谩 agua al sediento y, si se la da, ser谩 turbia y nociva; los ojos del animoso est谩n descompuestos e inyectados de sangre y anuncian un coraz贸n en conflicto. El rostro del magn谩nimo muestra cordura y los ojos benignos est谩n vueltos hacia abajo.
La mansedumbre del hombre es recordada por Dios y el alma apacible se convierte en templo del Esp铆ritu Santo.
Cristo recuesta su cabeza en los esp铆ritus mansos y s贸lo la mente pac铆fica se convierte en morada de la Santa Trinidad.
Los zorros hacen guarida en el alma rencorosa y las fieras se agazapan en el coraz贸n rebelde.
El hombre honesto huye de las casas de mal vivir y Dios de un coraz贸n rencoroso.
Una piedra que cae en el agua la agita, como un discurso malvado el coraz贸n del hombre.
Aleja de tu alma los pensamientos de la ira y no alientes la animosidad en el recinto de tu coraz贸n y no lo turbes en el momento de la oraci贸n: efectivamente, como el humo de la paja ofusca la vista as铆 la mente se ve turbada por el rencor durante la oraci贸n.
Los pensamientos del iracundo son descendencia de v铆boras y devoran el coraz贸n que los ha engendrado. Su oraci贸n es un incienso abominable y su salmodia emite un sonido desagradable.
El regalo del rencoroso es como una ofrenda que bulle de hormigas y ciertamente no tendr谩 lugar en los altares asperjados de agua bendita.
El animoso tendr谩 sue帽os turbados y el iracundo se imaginar谩 asaltos de fieras. El hombre magn谩nimo que no guarda rencor se ejercita con discursos espirituales y en la noche recibe la soluci贸n de los misterios.
El monje afectado por la tristeza no conoce el placer espiritual: la tristeza es un abatimiento del alma y se forma de los pensamientos de la ira.
El deseo de venganza, en efecto, es propio de la ira, el fracaso de la venganza genera la tristeza; la tristeza es la boca del le贸n y f谩cilmente devora a aquel que se entristece.
La tristeza es un gusano del coraz贸n y se come a la madre que lo ha generado.
Sufre la madre cuando da a luz al hijo, pero, una vez alumbrado se ve libre del dolor; la tristeza, en cambio, mientras es generada, provoca largos dolores y sobreviviendo, despu茅s del esfuerzo, no trae sufrimientos menores.
El monje triste no conoce la alegr铆a espiritual, como aquel que tiene una fuerte fiebre no reconoce el sabor de la miel.
El monje triste no sabr谩 c贸mo mover la mente hacia la contemplaci贸n ni brota de 茅l una oraci贸n pura: la tristeza es un impedimento para todo bien.
Tener los pies amarrados es un impedimento para la carrera, as铆 la tristeza es un obst谩culo para la contemplaci贸n.
El prisionero de los b谩rbaros est谩 atado con cadenas y la tristeza ata a aquel que es prisionero 11 de las pasiones.
En ausencia de otras pasiones la tristeza no tiene fuerza como no la tiene una atadura si falta quien ate.
Aquel que est谩 atado por la tristeza es vencido por las pasiones y como prueba de su derrota viene a帽adida la atadura.
Efectivamente la tristeza deriva de la falta de 茅xito del deseo carnal porque el deseo es connatural a todas las pasiones. Quien vence el deseo vencer谩 las pasiones y el vencedor de las pasiones no ser谩 sometido por la tristeza.
El temperante no se entristece por la falta de alimentos, ni el sabio cuando lo ataca una disoluci贸n desquiciada, ni el manso que renuncia a la venganza, ni el humilde si se ve privado del honor de los hombres, ni el generoso cuando incurre en un p茅rdida financiera: ellos evitaron con fuerza, en efecto, el deseo de estas cosas: como efectivamente aquel que est谩 bien acorazado rechaza los golpes, as铆 el hombre carente de pasiones no es herido por la tristeza.
El escudo es la seguridad del soldado y los muros lo son de la ciudad: m谩s segura que ambos es para el monje la paz interior 12 .
De hecho, frecuentemente un flecha lanzada por un brazo fuerte traspasa el escudo y la multitud de enemigos abate los muros, mientras que la tristeza no puede prevalecer sobre la paz interior.
Aquel que domina las pasiones se ense帽orear谩 sobre la tristeza, mientras que quien es vencido por el placer no fugar谩 de sus ataduras.
Aquel que se entristece f谩cilmente y simula una ausencia de pasiones es como el enfermo que finge estar sano; como la enfermedad se revela por la rojez, la presencia de una pasi贸n se demuestra por la tristeza.
Aquel que ama el mundo se ver谩 muy afligido mientras que aquellos que desprecian lo que hay en 茅l ser谩n alegrados por siempre.
El avaro, al recibir un da帽o, se ver谩 atrozmente entristecido, mientras que aquel que desprecia las riquezas estar谩 siempre libre de la tristeza.
Quien busca la gloria, al llegar el deshonor, se ver谩 adolorido, mientras el humilde lo acoger谩 como a un compa帽ero.
El horno purifica la plata de baja ley y la tristeza frente a Dios libra el coraz贸n del error; la continua fusi贸n empobrece el plomo y la tristeza por las cosas del mundo disminuye el intelecto.
La niebla diminuye la fuerza de los ojos y la tristeza embrutece la mente dedicada a la contemplaci贸n; la luz del sol no llega a los abismos marinos y la visi贸n de la luz no alumbra el coraz贸n entristecido; dulce es para todos los hombres la salida del sol, pero incluso de esto se desagrada el alma triste; la picaz贸n elimina el sentido del gusto como la tristeza sustrae al alma la capacidad de percibir. Pero aquel que desprecia los placeres del mundo no se ver谩 turbado por los malos pensamientos de la tristeza.
La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive seg煤n la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentaci贸n. En efecto, la tentaci贸n es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso.
El viento del norte nutre los brotes y las tentaciones consolidan la firmeza del alma.
La nube pobre de agua es alejada por el viento como la mente que no tiene perseverancia del esp铆ritu de la acedia.
El roc铆o primaveral incrementa el fruto del campo y la palabra espiritual exalta la firmeza del alma.
El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante est谩 siempre tranquilo.
El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos 13 , cosa que garantiza su propio objetivo.
El monje acedioso es r谩pido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacci贸n; la planta d茅bil es doblada por una leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso.
Un 谩rbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada.
El monje gir贸vago, como seca brizna de la soledad, est谩 poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido ac谩 y all谩 cada cierto tiempo.
Un 谩rbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo es de una sola ocupaci贸n.
No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el acedioso.
El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y 茅ste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de all铆 hasta que, sentado, se entumece.
Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se deja llevar f谩cilmente por el sue帽o, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga in煤tilmente, cuenta las p谩ginas, calcula los p谩rrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sue帽o no muy profundo, y luego, poco despu茅s, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.
El monje acedioso es flojo para la oraci贸n y ciertamente jam谩s pronunciar谩 las palabras de la oraci贸n; como efectivamente el enfermo jam谩s llega a cargar un peso excesivo as铆 tambi茅n el acedioso seguramente no se ocupar谩 con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza f铆sica, el otro extra帽a el vigor del alma.
La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia.
Disp贸n para ti mismo una justa medida en cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el esp铆ritu de la acedia huir谩 de ti.
La vanagloria es una pasi贸n irracional que f谩cilmente se enreda con todas las obras virtuosas.
Un dibujo trazado en el agua se desvanece, como la fatiga de la virtud en el alma vanagloriosa.
La mano escondida en el seno se vuelve inocente y la acci贸n que permanece oculta resplandece con una luz m谩s resplandeciente.
La hiedra se adhiere al 谩rbol y, cuando llega a lo m谩s alto, seca la ra铆z, as铆 la vanagloria se origina en las virtudes y no se aleja hasta que no les haya consumido su fuerza.
El racimo de uva arrojado por tierra se marchita f谩cilmente y la virtud , si se apoya en la vanagloria, perece.
El monje vanaglorioso es un trabajador sin salario: se esfuerza en el trabajo pero no recibe ninguna paga; el bolso agujereado no custodia lo que se guarda en 茅l y la vanagloria destruye la recompensa de las virtudes.
La continencia del vanaglorioso es como el humo del camino, ambos se difuminar谩n en el aire.
El viento borra la huella del hombre como la limosna del vanaglorioso. La piedra lanzada arriba no llega al cielo y la oraci贸n de quien desea complacer a los hombres no llegar谩 hasta Dios.
La vanagloria es un escollo sumergido: si chocas con ella corres el riesgo de perder la carga.
El hombre prudente esconde su tesoro tanto como el monje sabio las fatigas de su virtud.
La vanagloria aconseja rezar en las plazas, mientras que el que la combate reza en su peque帽a habitaci贸n.
El hombre poco prudente hace evidente su riqueza y empuja a muchos a tenderle insidias. Tu en cambio esconde tus cosas: durante el camino te cruzar谩s con asaltantes mientras no llegues a la ciudad de la paz y puedas usar tus bienes tranquilamente.
La virtud del vanaglorioso es un sacrificio agotado que no se ofrece en el altar de Dios.
La acedia consume el vigor del alma, mientras la vanagloria fortalece la mente del que se olvida de Dios, hace robusto al ast茅nico y hace al viejo m谩s fuerte que el joven, solamente mientras sean muchos los testigos que asisten a esto: entonces ser谩n in煤tiles el ayuno, la vigilia o la oraci贸n, porque es la aprobaci贸n p煤blica la que excita el celo.
No pongas en venta tus fatigas a cambio de la fama, ni renuncies a la gloria futura por ser aclamado. En efecto, la gloria humana habita en la tierra y en la tierra se extingue su fama, mientras que la gloria de las virtudes permanecen para siempre.
La soberbia es un tumor del alma lleno de pus. Si madura, explotar谩, emanando un horrible hedor
. El resplandor del rel谩mpago anuncia el fragor del trueno y la presencia de la vanagloria anuncia la soberbia.
El alma del soberbio alcanza grandes alturas y desde all铆 cae al abismo.
Se enferma de soberbia el ap贸stata de Dios cuando adjudica a sus propias capacidades las cosas bien logradas.
Como aquel que trepa en una telara帽a se precipita, as铆 cae aquel que se apoya en sus propias capacidades.
Una abundancia de frutos doblega las ramas del 谩rbol y una abundancia de virtudes humilla la mente del hombre.
El fruto marchito es in煤til para el labrador y la virtud del soberbia no es acepta a Dios.
El palo sostiene el ramo cargado de frutos y el temor de Dios el alma virtuosa. Como el peso de los frutos parte el ramo, as铆 la soberbia abate al alma virtuosa.
No entregues tu alma a la soberbia y no tendr谩s fantas铆as terribles. El alma del soberbio es abandonada por Dios y se convierte en objeto de maligna alegr铆a de los demonios. De noche se imagina manadas de bestias que lo asaltan y de d铆a se ve alterado por pensamientos de vileza. Cuando duerme, f谩cilmente se sobresalta y cuando vela los asusta la sombra de un p谩jaro. El susurrar de las copas de los 谩rboles aterroriza al soberbio y el sonido del agua destroza su alma. Aquel que efectivamente se ha opuesto a Dios rechazando su ayuda, se ve despu茅s asustado por vulgares fantasmas.
La soberbia precipit贸 al arc谩ngel del cielo y como un rayo los hizo estrellarse sobre la tierra.
La humildad en cambio conduce al hombre hacia el cielo y lo prepara para formar parte del coro de los 谩ngeles.
驴De qu茅 te enorgulleces oh hombre, cuando por naturaleza eres barro y podredumbre y por qu茅 te elevas sobre las nubes?
Contempla tu naturaleza porque eres tierra y ceniza y dentro de poco volver谩s al polvo, ahora soberbio y dentro de poco gusano.
驴Para qu茅 elevas la cabeza que dentro de poco se marchitar谩?
Grande es el hombre socorrido por Dios; una vez abandonado reconoci贸 la debilidad de la naturaleza. No posees nada que no hayas recibido de Dios, no desprecies, por tanto, al Creador.
Dios te socorre, no rechaces al benefactor. Haz llegado a la cumbre de tu condici贸n, pero 茅l te ha guiado; haz actuado rectamente seg煤n la virtud y 茅l te ha conducido. Glorifica a quien te ha elevado para permanecer seguro en las alturas; reconoce a aquel que tiene tus mismos or铆genes porque la sustancia es la misma y no rechaces por jactancia esta parentela.
Humilde y moderado es aquel que reconoce esta parentela; pero el creador 16 lo cre贸 tanto a 茅l como al soberbio.
No desprecies al humilde: efectivamente 茅l est谩 m谩s al seguro que t煤: camina sobre la tierra y no se precipita; pero aquel que se eleva m谩s alto, si cae, se destrozar谩.
El monje soberbio es como un 谩rbol sin ra铆ces y no soporta el 铆mpetu del viento.
Una mente sin jactancia es como una ciudadela bien fortificada y quien la habita ser谩 incapturable.
Un soplo revuelve la pelusa y el insulto lleva al soberbio a la locura.
Una burbuja reventada desaparece y la memoria del soberbio perece.
La palabra del humilde endulza el alma, mientras que la del soberbio est谩 llena de jactancia.
Dios se dobla ante la oraci贸n del humilde, en cambio se exaspera con la s煤plica del soberbio.
La humildad es la corona de la casa y mantiene seguro al que entra.
Cuando te eleves a la cumbre de la virtud tendr谩s necesidad de mucha seguridad. Aquel que efectivamente cae al pavimento r谩pidamente se reincorpora, pero quien se precipita de grandes alturas, corre riesgo de muerte.
La piedra preciosa se luce en el brazalete de oro y la humildad humana resplandece de muchas virtudes.
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