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Jaime Balmes, El Criterio
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Capítulo XV
EL RACIOCINIO

§ I. Lo que valen los principios y las reglas de la dialéctica

Cuando los autores tratan de esta operación del entendimiento amontonan muchas reglas para dirigirla, apoyándolas en algunos axiomas. No disputaré sobre la verdad de éstos, pero dudo mucho que la utilidad de aquéllas sea tanta como se ha pretendido. En efecto; es innegable que las cosas que se identifican con una tercera se identifican entre sí; que de dos cosas que se identifican entre sí si la una es distinta de una tercera lo será también la otra; que lo que se afirma o niega de todo un género o especie debe afirmarse o negarse del individuo contenido en ellos, y, además, es también mucha verdad que las reglas de argumentación fundadas en dichos principios son infalibles. Pero yo tengo la dificultad en la aplicación y no puedo convencerme de que sean de grande utilidad en la práctica.

En primer lugar, confieso que estas reglas contribuyen a dar al entendimiento cierta precisión, que puede servir, en algunos casos, para concebir con más claridad y atender a los vicios que entrañe un discurso; bien que a veces esta ventaja quedará neutralizada con los inconvenientes acarreados por la presunción de que se sabe raciocinar, porque no se ignoran las reglas del raciocinio. Puede uno saber muy bien las reglas de un arte y no acertar a ponerlas en práctica. Tal recitaría todas las reglas de la oratoria sin equivocar una palabra, que no sabría escribir una página sin chocar no diré con los preceptos del arte, sino con el buen sentido.

§ II. El silogismo. Observaciones sobre este instrumento dialéctico

Formaremos cabal concepto de la utilidad de dichas reglas si consideramos que quien raciocina no las recuerda si no se ve precisado a formular un argumento a la manera escolástica, cosa que, en la actualidad, ha caído en desuso. Los alumnos aprenden a conocer si tal o cual silogismo peca contra esta o aquella regla; y esto lo hacen en ejemplos tan sencillos, que al salir de la escuela nunca encuentran nada que a ellos se parezca. “Toda virtud es loable; la justicia es virtud, luego es loable.” Está muy bien; pero cuando se me ofrece discernir si en tal o cual acto se ha infringido la justicia y la ley tiene algo que castigar; si me propongo investigar en qué consiste la justicia, analizando los altos principios en que estriba y las utilidades que su imperio acarrea al individuo y a la sociedad, ¿de qué me servirá dicho ejemplo u otros semejantes? Los teólogos y juristas quisiera que me dijesen si en sus discursos les han servido mucho las decantadas reglas.

“Todo metal es mineral; el oro es metal, luego es mineral.” “Ningún animal es insensible; los peces son animales, luego nos son insensibles.” “Pedro es culpable.” “Esta onza de oro no tiene el debido peso; esta es la que Juan me ha dado, luego la onza que Juan me ha dado no tiene el debido peso.” Estos ejemplos, y otros por el mismo tenor, son los que suelen encontrarse en las obras de lógica que dan reglas para los silogismos, y yo no alcanzo qué utilidad pueden traer al discurso de los alumnos.

La dificultad en el raciocinio no se quita con estas frivolidades, más propias para perder el tiempo en la escuela que para enseñar. Cuando el discurso se traslada de los ejemplos a la realidad no encuentra nada semejante, y entonces o se olvida completamente de las reglas o, después de haber ensayado el aplicarlas continuamente, se cansa bien pronto de la enojosa e inútil tarea. Cierto sujeto, muy conocido mío, se había tomado el trabajo de examinar todos sus discursos a la luz de las reglas dialécticas; no sé si en la actualidad conservará todavía este peregrino humor; mientras tuve ocasión de tratarle no observé que alcanzase gran resultado.

Analicemos algunos de estos ejemplos y comparémoslos con la práctica.

Trátase de la pertenencia de una posesión. Todos los bienes que fueron de la familia N debieron pasar a la familia M; pero el mucho tiempo transcurrido y otras circunstancias hacen que se suscite un pleito sobre el manso B, de que esta última se halla en posesión, fundándose en que sus derechos a ella le vienen de la familia N. Claro es que el silogismo del posesor ha de ser el siguiente: Todos los bienes que fueron de la familia N me pertenecen; es así que el manso B se halla en este caso, luego el manso B me pertenece. Para no complicar, supondremos que no haya dificultad en la primera proposición, o sea en la mayor, y que toda la disputa recaiga sobre la menor; es decir, que le incumbe probar que efectivamente el manso B perteneció a la familia N.

Todo el pleito gira, no en si el silogismo es concluyente, sino en si se prueba la menor o no. Y pregunto ahora: ¿pensará nadie en el silogismo?, ¿sirve de nada el recordar que lo que se dice de todos se ha de decir de cada uno? Cuando se haya llegado a probar que el manso B perteneció a la familia N, ¿será menester ninguna regla para deducir que la familia M es legítima poseedora? El discurso se hace, es cierto; existe el silogismo, no cabe duda; pero es cosa tan clara, es tan obvia la deducción, que las reglas dadas para sacarla más bien que otra cosa parecerán un puro entretenimiento especulativo. No estará el trabajo en el silogismo, sino en encontrar los títulos para probar que el manso B perteneció realmente a la familia N, en interpretar cual conviene las cláusulas del testamento, donación o venta por donde lo había adquirido; en esto y en otros puntos consistirá la dificultad; para esto sería necesario agudizar el discurso, prescribiéndole atinadas reglas a fin de discernir la verdad entre muchos y complicados y contradictorios documentos. Gracioso sería, por lo demás, el preguntar a los abogados y al juez cuántas veces han pensado en semejantes reglas cuando seguían con ojo atento el hilo que debía, respectivamente, conducirlos al objeto deseado.

“La moneda que no reúne las calidades prescritas por la ley no debe recibirse; esta onza de oro no las tiene, luego no debe recibirse.” El raciocinio es tan concluyente como inútil. Cuando yo esté bien instruido de las circunstancias exigidas por la ley monetaria vigente, y además haya experimentado que esta onza de oro carece de ellas, se la devolveré al dador sin discursos; y si se traba disputa no versará sobre la legitimidad de la consecuencia, sino sobre si a tantos o cuantos gramos de déficit se ha de tomar todavía, si está bien pesada o no, si lleva esta o aquella señal y otras cosas semejantes.

Cuando el hombre discurre no anda en actos reflejos sobre su pensamiento, así como los ojos cuando miran no hacen contorsiones para verse a sí mismos. Se presenta una idea, se la concibe con más o menos claridad; en ella se ve contenida otra u otras; con éstas se suscita el recuerdo de otras, y así se va caminando con suavidad, sin cavilaciones reflejas, sin embarazarse a cada paso con la razón de aquello que se piensa.

§ III. El entimema

La evidencia de estas verdades ha hecho que se contase entre las formas de argumentación el entimema, el cual no es más que un silogismo en que se calla, por sobreentendida, alguna de sus proposiciones. Esta forma se la enseñó a los dialécticos la experiencia de lo que estaban viendo a cada paso, pues pudieron notar que en la práctica se omitía, por superfluo, el presentar por extenso todo el hilo del raciocinio. Así, en el último ejemplo, el silogismo por extenso sería el que se ha puesto al principio, pero en forma de entimema se convertiría en este otro: “Esta onza no tiene las condiciones prescritas por la ley; luego no debo recibirla”; o, en estilo vulgar y más conciso y expresivo: “No la tomo, es corta.”

§ IV. Reflexiones sobre el término medio

Todo el artificio del silogismo consiste en comparar los extremos con un término medio para deducir la relación que tienen entre sí. Cuando se conocen ya y se tienen presentes esos extremos y ese término medio, nada más sencillo que hacer la comparación; pero cabalmente entonces ya no es necesaria la regla, porque el entendimiento ve al instante la consecuencia buscada. ¿Cómo se encuentra ese término medio? ¿Cómo se conocen los dos extremos cuando se hacen investigaciones sobre un objeto del cual se ignora lo que es? Sé muy bien que si este mineral que tengo en las manos fuese oro, tendría tal calidad; pero el embarazo está en que ni se me ocurre que esto pueda ser oro, y, por tanto, no pienso en uno de los dos extremos; ni, aun cuando pensara en ello, me encuentro con medios de comprobarlo. Sabe muy bien el juez que si el hombre que pasa por su lado fuera el asesino a quien persigue desde mucho tiempo, debería enviarle al suplicio; pero la dificultad está en que al ver al culpable no piensa en el asesino; y si pensara en él y sospechase que es el individuo que está presente, no puede condenarle, por falta de pruebas. Tiene los dos extremos, mas no el término medio; término que no se le ofrecerá ciertamente bajo formas dialécticas. ¿Cómo se llama este hombre? Su patria, su residencia ordinaria, los antecedentes de su conducta, su modo de vivir en la actualidad, el lugar donde se hallaba cuando se cometió el asesinato, testigos que le vieron en las inmediaciones del sitio en que se encontró la víctima; su traje, estatura, fisonomía; señales sangrientas que se han notado en su ropa, el puñal escondido, el azoramiento con que llegó a deshora a su casa pocos momentos después del desastre, algunas prendas que se han encontrado en su poder y que se parecen mucho a otras que tenía el difunto, sus contradicciones, su reconocida enemistad con el asesinado; he aquí los términos medios, o más bien un conjunto de circunstancias que han de indicar si el preso es el verdadero asesino. ¿Y para qué aprovecharán las reglas del silogismo? Ahora habrá que atender a una palabra, después a un hecho; aquí se habrá de examinar una señal, más allá se habrán de cotejar dos o más coincidencias. Será preciso atender a las cualidades físicas, morales y sociales del individuo; será necesario apreciar el valor de los testigos; en una palabra, deberá el juez revolver la atención en todas direcciones, fijarla sobre mil y mil objetos diferentes y pesarlo todo en justa y escrupulosa balanza para no dejar sin castigo al culpable o no condenar al inocente.

Lo diré de una vez: los ejemplos que suelen abundar en los libros de dialéctica de nada sirven para la práctica; quien creyese que con aquel mecanismo ha aprendido a pensar, puede estar persuadido de que se equivoca. Si lo que acabo de exponer no le convence, la experiencia le desengañará.

§ V. Utilidad de las formas dialécticas

Sin embargo de lo dicho, no negaré que esas formas dialécticas sean útiles, aun en nuestro tiempo, para presentar con claridad y exactitud el encadenamiento de las ideas en el raciocinio, y que si no valen mucho como medio de invención, sean a veces provechosas como conducto de enseñanza. Así es que, lejos de pretender que se las destierre del todo de las obras elementales, conviene que se las conserve, no en toda su sequedad, pero sí en todo su vigor. Nervos et ossa las llamaba Melchor Cano con mucha oportunidad; no se destruyan, pues, esos nervios y huesos; basta cubrirlos con piel blanda y colorada para que no repugnen ni ofendan. Porque es preciso confesar que ahora, a fuerza de desdeñar las formas, se cae en el extremo opuesto, sumamente dañoso al adelanto de las ciencias y a la causa de la verdad. Antes los discursos eran descarnados en demasía; presentaban, por decirlo así, desnuda la armazón; pero ahora tanto es el cuidado de la exterioridad, tal el olvido de lo interior, que en muchos discursos no se encuentran más que palabras, que serían bellas si serlo pudieran palabras vacías. Con el auxilio de las formas dialécticas traveseaban en demasía los ingenuos sutiles y cavilosos; con las formas oratorias se envuelven a menudo los espíritus huecos. Est modus in rebus 15 .


15

Voy a compendiar en pocas palabras lo más útil que dicen los dialécticos sobre la percepción, juicio y raciocinio; término, proposición y argumentación.

Según los dialécticos, la percepción, es el conocimiento de la cosa, sin afirmación o negación; el juicio es la afirmación o negación; el raciocinio es el acto del entendimiento con el que de una cosa inferimos otra.

Pienso en la virtud sin afirmar o negar nada de ella; tengo una percepción. Interiormente afirmo que la virtud es loable: formo un juicio. De aquí infiero que para merecer la verdadera alabanza es preciso ser virtuoso; esto es un raciocinio.

El objeto interior de la percepción se llama idea.

El término, o vocablo, es la expresión de la cosa percibida. La palabra "América" no expresa la idea del nuevo Continente, sino el mismo Continente. Es cierto que no existiera el término si no existiese la idea y que ésta sirve como de nudo para enlazar el término con la cosa; pero no lo es menos que cuando expresamos "América" entendemos la cosa misma, no la idea. Así decimos: "La América es un país hermoso", y es evidente que esto no lo afirmamos de la idea.

Al pensar en los metales conozco que el ser "metal" es común a muchas cosas que, por otra parte, son diferentes, como la plata, el oro, el plomo, etc.; al pensar en los brutos veo que hay algo en que convienen el camello, el águila, la serpiente, la mariposa y todos los demás, a saber: el "vivir y sentir", o el ser animales. Cuando expreso esto que conviene a muchos, diciendo: "metal", "animal", "cuerpo", "hombre justo", "malo", etc., el término se denomina "común".

El término común tomado en general es aquel cuyo significado conviene a muchos; pero como puede suceder que convenga a muchos, o bien tan sólo en cuanto se consideran reunidos, o bien que se aplique a cualquiera de ellos por separado; suele decirse que en el primer caso el término es colectivo; en el segundo, distributivo. "Academia" es un término común colectivo porque expresa la "colección" de los académicos; pero no de tal suerte que cada uno de éstos pueda llamarse "academia". "Sabio" es término común distributivo porque se aplica a muchos, de manera que cualquier individuo que posea la sabiduría pueda llamarse sabio.

Término singular es el que expresa un solo individuo, como Pirineos, Mar Negro, Madrid, etc.

Me parece que el término colectivo no debería contarse como una especie del común, porque entonces hay el inconveniente de que la división no está bien hecha. Decimos: el término es común o singular. El común se divide en colectivo y distributivo. Para que una división sea bien hecha se requiere que de dos miembros opuestos el uno no pertenezca al otro, lo que se verifica si adoptamos la división expresada. En efecto: la palabra "nación" es común, distributivamente, porque conviene a todas las naciones, y colectivamente, porque se aplica a una reunión. Francia es común colectivo porque se aplica a un conjunto de hombres, y singular porque expresa una sola nación, un verdadero individuo de la especie de las naciones. Luego el término colectivo no debe contarse entre los comunes, como contrapuestos al singular, pues hay nombres colectivos comunes y los hay singulares.

El término común se divide en unívoco, equívoco y análogo. Unívoco es el que tiene para muchos un significado idéntico, como hombre, animal corpóreo. Equívoco es el que le tiene diferente, como león, que expresa un animal y un signo celeste. Análogo, el que lo tiene en parte idéntico y en parte diferente, como sano, que se aplica al alimento que conserva la salud, al medicamento que la restablece, al hombre que la posee; piadoso, que se aplica a la persona, a un libro, a una acción, a una imagen. "Amo", se dice a los monarcas; así esa fórmula "el rey, mi augusto amo", se dice de los que tienen esclavos, se dice de los que tienen dependientes o criados, se dice del dueño de la habitación.

De muchos términos se verifica que envuelven una idea general, susceptible de variar modificaciones; y el emplearlos sin hacer la competente distinción da lugar a confusión de ideas y estériles disputas. Usamos a cada paso las palabras rey, monarca, soberano; hablamos sobre lo que ellas significan, asentando nuestros respectivos sistemas. Y, sin embargo, es imposible no desacertar gravísimamente si en cada cuestión no se fija con exactitud lo que estas palabras expresan. Soberano es el sultán, soberano es el emperador de Rusia, soberano es el rey de Prusia, soberano es el rey de Francia, soberana es la reina de Inglaterra, y, no obstante, en ninguno de estos casos la soberanía expresa lo mismo.

La definición es la explicación de la cosa. Si explica la esencia, se llama esencial; si se contenta con darla a conocer, sin penetrar en su naturaleza, se apellida descriptiva.

Cuando la cosa explicada es la significación de una palabra, se llama definición del nombre: definitio nominis. Conviene no confundir la definición del nombre con su etimología; porque, siendo esta última la explicación del origen de la palabra, acontece muchas veces que el sentido usual es muy diferente del etimológico. La etimología ilustra para conocer el verdadero significado, pero no lo determina. Así por ejemplo, la palabra obispo, episcopus, que, atendida su etimología griega, significa vigilante y en su acepción latina, superintendente, nos indica en cierto modo las atribuciones pastorales, pero dista mucho de determinarlas en su verdadero sentido. Así, esta palabra significaba entre los latinos el magistrado a cuyo cargo corría el cuidado del pan y demás comestibles. Cicerón, escribiendo a Atico, le dice: Vult enim Pompejus me esse quem tota haec Campania, et maritima ora habent episcopum ad quem delectas et negotii summa referatur. (Lib. 7, "Epist.")

Las calidades de una buena definición son claridad y exactitud. Será clara, si no puede menos de entenderla quien no ignore la significación de las palabras; será exacta si explica de tal manera la cosa definida que ni le añada ni le quite.

La mejor regla para asegurarse de la bondad de una definición es aplicarla desde luego a las cosas definidas y observar si las comprende a todas y a ellas solas.

La división es la distribución de un todo en sus partes. Según son éstas toma distintos nombres, llamándose actual cuando existen en realidad y potencial cuando no son más que posibles. La actual se subdivide en metafísica, física e integral. Metafísica es la que distribuye el todo en partes metafísicas, como el hombre en animal racional; física la que le distribuye en partes físicas, como el hombre en cuerpo y alma; integral, la que le distribuye en partes que expresan cantidad, como el hombre en cabeza, pies, manos, etc. La potencial es la que distribuye un todo en aquellas partes que nosotros le podemos concebir. Así, considerando como un todo la idea abstracta "animal", podemos dividirle en racional e irracional. Si lo expresado por la división potencial pertenece a la esencia de la cosa, se llama esencial; si no, accidental. Será esencial si divido el animal en racional e irracional; será accidental si le divido por sus colores u otras calidades semejantes.

La buena división debe: 1o, agotar el todo; 2o, no atribuirle partes que no tenga; 3o, no incluir una parte en las otras; 4o, proceder con orden, ya sea que éste se funde en la naturaleza de las cosas o en la generación o distribución de las ideas.

Si afirmo una cosa de otra formo un juicio; si lo enuncio con palabras tengo una proposición. Afirmo interiormente que la tierra es un esferoide: he aquí un juicio; digo o escribo: "La tierra es un esferoide": he aquí la proposición.

En todo juicio hay relación de dos ideas, o más bien de los objetos que ellas representan; lo mismo ha de suceder en la proposición; el término que expresa aquello de que afirmamos o negamos se llama sujeto; lo que afirmamos o negamos se denomina predicado, y el verbo "ser", que expreso o sobrentendido se halla siempre en la proporción, se apellida unión o cópula porque representa el enlace de las dos ideas. Así, en el ejemplo anterior, la "tierra" es el sujeto, "esferoide" el predicado y "es" la cópula.

Si hay afirmación, la proposición se llama afirmativa; si hay negación, negativa. Pero conviene advertir que para que una proposición sea negativa no basta que la partícula no afecte alguno de sus términos, sino que es preciso que afecte al verbo. "La ley "no" manda pagar". "La ley manda "no" pagar" La primera es negativa; la segunda, afirmativa; el sentido es muy diferente con sólo mudar de lugar el "no".

Las proposiciones se dividen en universales, indefinidas, particulares y singulares, según que el sujeto es singular, indefinido, particular o universal. "Todo cuerpo es grave" es proposición universal a causa de la palabra "Todo". "El hombre es inconstante": la proposición es indefinida, por no expresarse si lo son todos o alguno. "Algunos axiomas son engañosos": la proposición es particular, porque el sujeto está restringido por el adjunto "alguno". "Gonzalo de Córdoba fue insigne capitán": la proposición es singular, por serlo el sujeto. Para ser singular la proposición no es preciso que el nombre sea propio; basta una palabra cualquiera que lo determine, como si digo: "Esta moneda es falsa".

Tocante a las proposiciones indefinidas, puede preguntarse si el sujeto se toma en sentido universal o particular; y a esta cuestión dan origen dos motivos: 1o, el no estar aquél acompañado de término universal ni particular; 2o, el observante que el uso les señala a unas un sentido universal y a otras no.

La proposición indefinida equivale a la universal, en sentido absoluto, si se trata de materias pertenecientes a la esencia de las cosas o alguna de sus propiedades que pueda considerarse necesaria; equivale a universal moral, es decir, para la mayor parte de los casos, si versa sobre calidades que así lo demanden, y, por fin, a particular si así lo indica la cosa de que se habla. "Los cuerpos son pesados" equivale a decir: "Todos los cuerpos son pesados". "Los alemanes son meditabundos" no equivale a decir que todos lo sean, sino que éste es uno de los caracteres de aquella nación.

Las proposiciones son simples o compuestas. Las simples son las que expresan la relación de un solo predicado a un solo sujeto, como todas las de los ejemplos anteriores. Las compuestas son las que contienen más de un sujeto o predicado, y, por lo mismo, explícita o implícitamente, comprenden más de una proposición. Con la clasificación y los ejemplos se comprenderá mejor en qué consiste una proposición compuesta. Los dialécticos suelen distribuirlas en varias clases: indicaré las principales.

Proposición copulativa es la que expresa el enlace de dos afirmaciones o negaciones. "El oro y la plata son metales". Equivale a estas dos reunidas: el oro es metal y la plata es metal. "El oro es amarillo y el oro es dúctil". Para que estas proposiciones sean verdaderas se necesita que lo sean las dos partes, porque la afirmación no se limita a la una, sino que se extiende a las dos. A la misma clase pueden reducirse estas negativas: "Ni la codicia ni la soberbia son virtudes". "La templanza no es dañosa ni al alma ni al cuerpo", etc.

Disyuntiva es la proposición en que entre dos o más extremos se afirma la existencia de uno. Las acciones humanas son o buenas o malas. "A estas horas se habrá ejecutado el designio, o no se ejecutará nunca". Para la verdad de estas proposiciones se necesita que no haya medio entre los extremos señalados. Un papel o es blanco o es negro; la proposición es falsa, porque puede ser de otros colores.

Proposición condicional es en la que se afirma una cosa con condición. "Si el viento sopla, el tiempo será frío". "Si hiela, se echarán a perder los frutos". Para la verdad de estas proposiciones se necesita que, en realidad, la primera parte traiga consigo la segunda, porque esto es lo que se afirma, mas no que la segunda traiga la primera, porque de esto se prescinde. Así, en el último ejemplo se dice que al hielo seguirá la perdición de los frutos, pero no que si se pierden los frutos haya hielo, porque no se afirma que los frutos no puedan perderse por otras causas.

Poco diré sobre las formas de argumentación. Los dialécticos las han distribuido en muchas clases y señalándoles abundantes reglas, todo con mucho ingenio. Ya he indicado lo que pensaba de su utilidad. Para inventar sirven poco o nada; para exponer, mucho, y, en general, el acostumbrarse a ellas por algún tiempo deja en el entendimiento una claridad y precisión que no se pierden fácilmente y se hacen sentir en todos los estudios.

Silogismo es la argumentación en que se comparan dos términos con un tercero para inferir la relación que ellos tienen entre sí. "Lo simple es incorruptible; el alma es simple; luego es incorruptible." Los extremos son "alma" e "incorruptible"; el término medio es "simple".

Entimema es un silogismo abreviado. "El alma es simple, luego es incorruptible".

El dilema es una argumentación fundada en una proposición disyuntiva, que por todos los extremos hiere al adversario. "O el cristianismo se difundió con milagros o sin ellos: si con milagros, el cristianismo es verdadero: si sin milagros, el cristianismo es verdadero también, pues se difundió con un gran milagro, que es el difundirse sin milagros."
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