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S.S. Benedicto XV, Principi apostolorum Petro
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Principi apostolorum Petro

Carta encíclica de S.S. Benedicto XV sobre San Efrén de Siria.

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios de Lugares en Paz y Comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Saludos y Bendición Apostólica.

1. A Pedro el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, el Fundador divino de la Iglesia otorg√≥ los dones de inerrancia en materia de fe y de uni√≥n con Dios. Esta relaci√≥n es similar a la de un "Director de Coro en el Coro de los Ap√≥stoles". √Čl es el com√ļn maestro y rector de todos, de modo que el podr√≠a alimentar el reba√Īo de Aquel que estableci√≥ Su Iglesia sobre la autoridad de Pedro mismo y sus sucesores. Y sobre esta roca m√≠stica el fundamento de la estructura eclesi√°stica toda permanece firme. Desde all√≠ se eleva la unidad de la caridad cristiana as√≠ como nuestra fe cristiana.

2. En efecto, el don singular del primado de Pedro es que el pueda difundir por todo lugar y preservar las riquezas de la caridad y de la fe, como hermosamente declaró Ignacio Teóforo, un hombre de los tiempos apostólicos. Pues en esas nobles cartas que escribió a la Iglesia en Roma durante su viaje, anunciando su llegada a Roma para su martirio por Cristo, dio testimonio del primado de esa Iglesia por encima de las demás llamándola "oficial que preside sobre la comunidad universal de la caridad". Esto quería decir no sólo que la Iglesia Universal es la imagen visible de la caridad divina sino también que San Pedro, junto con su primado y su amor por Cristo (afirmado por su triple confesión), permanece como heredero de la Sede Romana. Así pues, las almas de todos los fieles deben ser encendidas por el mismo fuego.

3. Los antiguos Padres, especialmente aquellos que ocuparon las m√°s ilustres sedes del Oriente, puesto que entendieron estos privilegios como propios de la autoridad pontificia, se refugiaban en la Sede Apost√≥lica cada vez que herej√≠as o conflictos internos los aquejaban. Porque s√≥lo ella hab√≠a prometido seguridad en las crisis extremas. As√≠ lo hizo San Basilio el Grande, como tambi√©n el renombrado defensor del Credo Niceno, Atanasio, lo mismo que Juan Cris√≥stomo. As√≠ pues, estos inspirados Padres de la fe ortodoxa apelaban desde los concilios episcopales al supremo juicio de los Romanos Pont√≠fices, de acuerdo a las prescripciones de los c√°nones eclesi√°sticos. ¬ŅQui√©n puede decir que lo quer√≠an as√≠ de conformidad con el mandato que hab√≠an recibido de Cristo? En efecto, para no ser encontrados infieles en su misi√≥n, algunos fueron sin miedo al exilio, como por ejemplo Librio, Silverio y Martino. Otros suplicaron vigorosamente por la causa de la fe ortodoxa y por sus defensores que hab√≠an apelado al Papa, o por vindicar la memoria de los que hab√≠an muerto. Inocencio III es un ejemplo. El mand√≥ a los obispos de Oriente que insertasen el nombre de San Juan Cris√≥stomo en la lista lit√ļrgica de los Padres ortodoxos que deben ser mencionados durante la misa.

4. Sin embargo, Nos, que acogemos a la Iglesia Oriental con no menor solicitud y caridad que nuestros predecesores, nos regocijamos sinceramente, ahora que la horrorosa guerra ha terminado. Nos alegramos de que muchos en la comunidad oriental hayan conseguido la libertad y hayan arrancado sus posesiones del control de los legos. Ellos est√°n ahora luchando por poner en orden a la naci√≥n, de acuerdo con el car√°cter de su pueblo y las costumbres establecidas de sus antepasados. A ellos proponemos, apropiadamente, un espl√©ndido ejemplo de santidad, erudici√≥n, y amor paternal que imitar y cultivar diligentemente. Hablamos de San Efr√©n de Siria, a quien Gregorio de Nisa compar√≥ con el r√≠o Eufrates porque "irrig√≥ con sus aguas la comunidad cristiana para cosechar frutos de fe por cientos". Hablamos de Efr√©n, a quien alaban todos los inspirados Padres y Doctores ortodoxos, incluyendo a Basilio, Cris√≥stomo, Jer√≥nimo, Francisco de Sales y Alfonso de Ligorio. Estamos complacidos de unirnos a estos heraldos de la verdad, quienes pese a estar separados uno de otro en cuanto al talento, al tiempo y al espacio, a√ļn as√≠ forman una perfecta armon√≠a modulada por "un √ļnico y mismo esp√≠ritu".

5. Esta carta sale a la luz tan poco tiempo despu√©s de Nuestra Enc√≠clica que recuerda el decimoquinto centenario del nacimiento de San Jer√≥nimo pues estos dos ilustres hombres tienen mucho en com√ļn. Son casi contempor√°neos, ambos fueron monjes, ambos vivieron en Siria, y ambos fueron sobresalientes por su estudio y conocimiento de las Escrituras. Con justicia pueden ser comparados con "dos luces brillantes", una iluminando hacia Occidente, la otra hacia Oriente. Sus escritos, siendo del mismo esp√≠ritu, son igualmente valiosos. Tanto los Padres latinos como los orientales han estado de acuerdo con ambos y los alabado similarmente.

6. El lugar de nacimiento de San Efr√©n puede haber sido Nisibi o Edesa. Lo que es cierto es que estaba unido por la sangre a los m√°rtires de la √ļltima persecuci√≥n. Sus padres lo criaron como cristiano. Si no tuvieron las comodidades de una vida acaudalada, s√≠ tuvieron la mucho mayor y m√°s espl√©ndida distinci√≥n de que "hab√≠an profesado a Cristo en el juicio". En su juventud Efr√©n, seg√ļn narra en su peque√Īo libro de confesiones, era l√°nguido y negligente al resistir las tentaciones por las que esa edad es usualmente afectada. Era de √°nimo impulsivo, f√°cil a la ira, agresivo, e inmoderado de mente y lenguaje. Pero mientras estuvo en prisi√≥n por un cargo falso, empez√≥ a despreciar las cosas humanas y los vac√≠os goces de este mundo. Por eso, en cuanto fue liberado, Efr√©n tom√≥ el h√°bito de monje y por el resto de su vida se dedic√≥ completamente a los ejercicios de piedad y al estudio de las Sagradas Escrituras. Santiago, obispo de Nisibi, uno de los trescientos dieciocho Padres del Concilio de Nicea, quien hab√≠a establecido una renombrada escuela de ex√©gesis en la ciudad episcopal, se convirti√≥ en su patrono. √Čl no s√≥lo llen√≥ las expectativas de Santiago con sus diligentes y agudos comentarios a la Biblia, sino que incluso las sobrepas√≥. Como consecuencia, se convirti√≥ pronto en el m√°s grande comentador de esa escuela, gan√°ndose el t√≠tulo de Doctor de los Sirios. Al poco tiempo tuvo que interrumpir su estudio de la Literatura Sagrada debido a que tropas persas amenazaban la ciudad. √Čl exhort√≥ a los ciudadanos a una vigorosa resistencia ante los persas. Con el auxilio de las oraciones del obispo Santiago, √©stos fueron vencidos; sin embargo, a su muerte, los persas sitiaron nuevamente la ciudad. Esta vez, en el a√Īo 363, la ciudad cay√≥. Puesto que Efr√©n prefiri√≥ el exilio a servir a los infieles, migr√≥ a Edesa. All√≠ ejerci√≥ diligentemente las responsabilidades de un doctor eclesi√°stico.

7. La casa en una colina de las afueras de la ciudad en la que viv√≠a parec√≠a una ilustre academia por el gran concurso de hombres ansiosos de estudiar los libros divinos. A ella acudieron eruditos int√©rpretes y estudiantes de Escritura, incluyendo a Zenobio, Maraba y San Isaac de Amidea, quien adquiri√≥ el t√≠tulo de el Grande debido a la profusi√≥n e importancia de sus escritos. A causa de su erudici√≥n y santidad, la fama de Efr√©n se difundi√≥ desde su retiro. Por ello, cuando viaj√≥ a Cesarea a ver a Basilio el Grande, Basilio, sabiendo de su dedicaci√≥n a la divina revelaci√≥n, lo recibi√≥ reverentemente y habl√≥ con √©l sobre cuestiones divinas. Seg√ļn lo que se sabe, fue entonces que Basilio consagr√≥ a Efr√©n como di√°cono.

8. Efr√©n no dejaba nunca la soledad en Edesa salvo en los d√≠as en que tocaba predicar. Durante su pr√©dica, defend√≠a los dogmas de la fe de las crecientes herej√≠as. Si, consciente de su bajeza, no se atrev√≠a a aspirar al presbiterado, se mostr√≥ a s√≠ mismo como el m√°s perfecto imitador de San Esteban en el rango menor del diaconado. Dedic√≥ todo su tiempo a ense√Īar la Escritura, a predicar y a instruir a las monjas en la sagrada salmodia. Diariamente escrib√≠a comentarios a la Biblia para ilustrar la fe ortodoxa; iba en ayuda de sus conciudadanos, especialmente de los pobres y afligidos. Lo que quer√≠a ense√Īar a otros, √©l primero lo viv√≠a absoluta y perfectamente. As√≠, el pod√≠a servir como el ejemplo que Ignacio Te√≥foro propone a los di√°conos cuando los llama "cargas de Cristo" y afirma que ellos expresan "el misterio de la fe en una conciencia pura".

9. ¬°Cu√°n grande y cu√°n activa fue la caridad que mostr√≥ a sus hermanos en un tiempo de hambruna, incluso estando desgastado ya por la edad y la fatiga! Dej√≥ la casa donde hab√≠a vivido por muchos a√Īos una vida celestial m√°s bien que humana, y se dirigi√≥ a Edesa. Por medio de esa elocuencia que Gregorio de Nisa describi√≥ como "una llave labrada por la divinidad", para abrir las mentes y los cofres de los ricos, castig√≥ a aquellos que estaban atesorando el grano y demand√≥ vehementemente que alimentasen a los pobres con sus excedentes. Y fueron tocados no tanto por el hambre de los ciudadanos como por la sinceridad de Efr√©n. Con el dinero que mendigaba, √©l mismo provey√≥ de camas a aquellos torturados por el hambre, reparti√©ndolas en los p√≥rticos de la ciudad de Edesa. All√≠ cuidaba de los enfermos y recib√≠a a los peregrinos que ven√≠an a la ciudad desde los alrededores en busca de pan. ¬°Verdaderamente este hombre fue puesto ah√≠ por la providencia divina para ayudar a su pa√≠s! Y no regres√≥ a la soledad hasta que el siguiente tiempo de cosecha los provey√≥ en abundancia.

10. El testamento que dej√≥ a sus conciudadanos --memorable por su fe, humildad, y singular patriotismo-- es el siguiente: "Yo, Efr√©n, estoy muriendo. Con miedo, pero tambi√©n con reverencia, les suplico, ciudadanos de Edesa, que no me entierren bajo el altar o cualquier otro lugar en la casa de Dios. No corresponde que un gusano hormigueando con la corrupci√≥n sea enterrado en el templo y santuario de Dios. Enti√©rrenme vistiendo la t√ļnica y el manto que us√© diariamente. Acomp√°√Īenme con salmos y oraciones. No tuve ni bolsa ni bast√≥n, ni cartera ni plata ni oro; tampoco compr√© o pose√≠ nada m√°s en esta tierra. Trabajen diligentemente seg√ļn mis preceptos y doctrinas; como disc√≠pulos m√≠os, no se aparten de la fe Cat√≥lica. En lo que se refiere a la fe, sean especialmente constantes. Est√©n en guardia ante los adversarios, es decir, los que obran el mal, los jactanciosos y los que tientan al pecado. Y que sea bendita su ciudad; pues Edesa es la ciudad y madre del sabio". Y as√≠ muri√≥ Efr√©n, pero su memoria pervive, para bendici√≥n de la Iglesia Universal. Por eso cuando su nombre empez√≥ a ser mencionado en la sagrada liturgia, Gregorio de Nisa pudo decir: "El esplendor de su doctrina y vida ilumin√≥ toda la tierra, pues es conocido en casi todo lugar en el que brilla el sol".

11. No hace falta enumerar sus muchos escritos. "Se dice que escribi√≥ tres mil poemas si se los cuenta todos juntos". Sus escritos abarcan casi todas las doctrinas eclesi√°sticas. Existen comentarios a la Sagrada Escritura y a los misterios de la fe; sermones sobre las obligaciones de la vida interior; estudios sobre la sagrada liturgia, himnos para las fiestas de nuestro Se√Īor y de la Sant√≠sima Virgen y de los santos, para las procesiones de los d√≠as penitenciales y de oraci√≥n, para los funerales de quienes han partido. En todos estos, la pureza de su esp√≠ritu brilla como la l√°mpara evang√©lica que "arde y alumbra". Al explicar la verdad nos hace amarla y abrazarla. En efecto, cuando Jer√≥nimo dio en sus d√≠as su testimonio acerca de los escritos de Efr√©n, nos cuenta que eran le√≠dos en las asambleas lit√ļrgicas p√ļblicas junto con los trabajos de los Padres y Doctores ortodoxos. Tambi√©n afirma que reconoc√≠a "la sublimidad del genio de Efr√©n incluso en las traducciones" de estos mismos trabajos del siriaco al griego.

12. Efectivamente, es justo honrar al santo di√°cono de Edesa por su deseo de que la predicaci√≥n de la palabra divina y la preparaci√≥n de sus disc√≠pulos se apoyasen en la pureza de la Sagrada Escritura. Tambi√©n adquiri√≥ honor como un m√ļsico y poeta cristiano. Era tan diestro en ambas artes que fue llamado la "lira del Esp√≠ritu Santo". A partir de eso, Venerables Hermanos, pueden aprender qu√© artes promueven lo sagrado. Efr√©n vivi√≥ entre gente cuya naturaleza era atra√≠da por la dulzura de la poes√≠a y de la m√ļsica. Los herejes del segundo siglo despu√©s de Cristo usaban estos mismos atractivos para h√°bilmente diseminar sus errores. Por ello Efr√©n, a semejanza del joven David matando al gigante Goliat con su propia espada, opuso arte con arte y revisti√≥ la doctrina cat√≥lica de melod√≠a y ritmo. Estas las ense√Ī√≥ a ni√Īos y ni√Īas, de modo que de pronto todo el pueblo las aprendi√≥. De esta forma no s√≥lo renov√≥ la educaci√≥n de los fieles en la doctrina cristiana y apoy√≥ su piedad con el esp√≠ritu de la sagrada liturgia, sino que tambi√©n alegremente mantuvo a raya a la herej√≠a.

13. El desarrollo art√≠stico introducido por San Efr√©n a√Īadi√≥ dignidad a los asuntos sagrados, como resalta Teodoreto. El ritmo m√©trico, que nuestro santo populariz√≥, fue ampliamente propagado tanto entre los griegos como entre los latinos. En efecto, ¬Ņparece probable que el antifonario lit√ļrgico con sus canciones y procesiones, introducido en Constantinopla por obra del Cris√≥stomo y en Mil√°n por Ambrosio (desde donde se difundi√≥ a lo largo de toda Italia) fuese obra de otro autor? Puesto que la "costumbre del ritmo oriental" movi√≥ profundamente al catec√ļmeno Agust√≠n en el norte de Italia, Gregorio el Grande lo mejor√≥ y ahora lo usamos en una forma m√°s avanzada. Los cr√≠ticos reconocen que ese "mismo ritmo oriental" tuvo sus or√≠genes en el antifonario sirio de Efr√©n.

14. No es pues sorpresa que muchos de los Padres de la Iglesia acent√ļen la autoridad de San Efr√©n. El Niseno dice de sus escritos: "Estudiando el las Escrituras Antiguas y Nuevas con la mayor minuciosidad, las interpret√≥ con precisi√≥n, palabra por palabra; y lo que estaba escondido y encubierto, desde la misma creaci√≥n del mundo hasta el √ļltimo libro de gracia, lo ilumin√≥ con comentarios, vali√©ndose de la luz del Esp√≠ritu". Y Cris√≥stomo: "El gran Efr√©n (es) azote del perezoso, consuelo del afligido, educador, instructor y exhortador de la juventud, espejo de monjes, gu√≠a de penitentes, aguij√≥n para los herejes, reservorio de virtudes, y hogar y alojamiento del Esp√≠ritu Santo". Ciertamente nada m√°s grande puede ser dicho en alabanza de un hombre que, sin embargo, se ve√≠a tan peque√Īo a sus propios ojos que dec√≠a ser el menor de todos y el pecador m√°s vil.

15. Por eso, Dios, quien ha "exaltado al humilde", otorga gran gloria a San Efr√©n y lo propone a su √©poca como un doctor de sabidur√≠a celestial y ejemplo de las m√°s selectas virtudes. Y este ejemplo es apropiado hoy de una manera verdaderamente singular. La horrorosa guerra ha terminado y hay un cierto nuevo orden para muchas naciones, especialmente en Oriente. Nos, junto con ustedes y con todos los hombres de buena voluntad, hemos de esforzarnos por restaurar en Cristo lo que queda de la cultura humana y civil, y atraer a la equivocada sociedad de los hombres a Dios y a su Santa Iglesia. Pese a que las instituciones de nuestros antepasados fracasaron, los asuntos p√ļblicos est√°n en tumulto, y todo lo humano se halla confundido, s√≥lo la Iglesia Cat√≥lica no vacila nunca, sino que por el contrario mira confiadamente al futuro. S√≥lo Ella ha nacido para la inmortalidad, confiando en las palabras dirigidas a San Pedro: "sobre esta piedra edificar√© mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecer√°n contra ella".

16. ¬°Aprendan de √©l los maestros eclesi√°sticos cu√°n diestramente, cu√°n diligentemente deben trabajar para predicar la doctrina de Cristo! Y en efecto la piedad de los fieles no tiene nada estable y provechoso excepto adherirse enteramente a los misterios y preceptos de la fe. Aquellos que leg√≠timamente ense√Īan las Sagradas Escrituras son advertidos por el ejemplo del edesino a no distorsionar las Sagradas Escrituras seg√ļn el capricho de sus propias inclinaciones, ni separarse ni por un dedo de la interpretaci√≥n constante de la Iglesia al investigarlas. "Ninguna profec√≠a de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profec√≠a alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Esp√≠ritu Santo, han hablado de parte de Dios". Y el Esp√≠ritu que ha hablado a los hombres por medio de los profetas es el mismo que a los Ap√≥stoles "abri√≥ sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras" y el mismo que constituy√≥ su Iglesia para que anuncie, interprete y preserve la revelaci√≥n, para que sea "columna y fundamento de la verdad".

17. Honorables hombres, en la tradici√≥n de Efr√©n --hijo ilustre de las √≥rdenes mon√°sticas-- preservemos la dignidad que surgi√≥ en Oriente con Antonio y Basilio. Esta fue propagada luego por sus hijos en Occidente, y de muchas maneras ha sido notable para la comunidad cristiana. Por eso, que estos buscadores de la perfecci√≥n evang√©lica no cesen nunca de mirar e imitar al anacoreta de Edesa. Pues un monje aprovechar√° m√°s a la Iglesia cuando ejemplifique lo que su h√°bito significa para Dios y para los hombres, esto es, de acuerdo a un dicho de los antiguos Padres de Oriente, debe ser "un hijo de la alianza", y tambi√©n "un √Āngel cuya misi√≥n es misericordia, paz, y el sacrificio de alabanza", como San Nilo el Joven hermosamente lo define.

18. Finalmente, Venerables Hermanos, de toda condici√≥n, tanto los cl√©rigos como los dem√°s fieles, aprendan esto de San Efr√©n: el amor a la patria, cuyas necesidades en efecto son parte de la profesi√≥n de la sabidur√≠a cristiana misma, no debe estar separado del amor a la patria celestial, ni ser preferido a √©ste. Hablamos de la patria que no es otra cosa que la m√°s √≠ntima ley de Dios en los esp√≠ritus de los justos, iniciada aqu√≠, perfeccionada en el cielo. En efecto, la Iglesia Cat√≥lica exhibe una imagen m√≠stica de ella, pues, trascendiendo toda diferencia de nacionalidad y de lenguaje, acoge a todos los hijos del Se√Īor en una √ļnica familia con un padre y pastor com√ļn. Efr√©n ense√Īa tambi√©n que las fuentes de la vida espiritual est√°n en los sacramentos, en la observancia de los preceptos evang√©licos, y en los m√ļltiples ejercicios de piedad que la liturgia provee y la autoridad de la Iglesia propone. Sobre este asunto, noten lo que nuestro santo tiene que decir acerca del sacrificio del Altar: "Con sus manos el sacerdote pone a Cristo en el altar para que se haga comida. Se dirige al Padre como un miembro de la familia diciendo: 'Dame tu Esp√≠ritu, para que con su venida descienda sobre el altar y bendiga el pan puesto all√≠ para convertirse en el cuerpo de tu unig√©nito Hijo'. Le habla de la pasi√≥n y muerte de Cristo y le expone sus bofetadas; pero su divinidad no se averg√ľenza de esas bofetadas. Le dice al Padre invisible: 'mira, tu Hijo est√° clavado en la cruz, sus vestidos est√°n rociados de sangre, su costado ha sido atravesado por una lanza'. Le recuerda la pasi√≥n y muerte de su Amado, como si lo hubiese olvidado, y el Padre, escuch√°ndolo, escucha su pedido". Tambi√©n habla del estado del justo despu√©s de la muerte. De un modo singular, estas observaciones enriquecen la doctrina constante de la Iglesia, luego definida en el concilio de Florencia. "El fallecido ha sido tomado por el Se√Īor y ya ha sido introducido al reino celestial. El alma del fallecido es recibida en el cielo e insertada como una perla en la corona de Cristo. El fallecido incluso ahora habita con Dios y con sus santos".

19. Con respecto a su devoci√≥n a la Virgen Madre de Dios, ¬Ņqui√©n podr√° decir lo suficiente? "T√ļ, oh Se√Īor y tu Madre", dice en un poema de Nisibi, "son los √ļnicos perfectamente bellos desde todo punto de vista; en ti, mi Se√Īor, no hay mancha, como tampoco hay en tu Madre deshonra alguna". "La lira del Esp√≠ritu Santo" nunca son√≥ m√°s dulcemente que cuando se le pidi√≥ que cante las alabanzas de Mar√≠a o que celebrase su perfecta virginidad, su divina maternidad, o toda su obra de misericordia hace el hombre.

20. Y tampoco es menos entusiasta cuando, desde la lejana Edesa, mira hacia Roma para ensalzar el Primado de Pedro: "Salve, santos reyes, Ap√≥stoles de Cristo", y al coro de los Ap√≥stoles: "Salve, luz del mundo‚Ķ Cristo es la luz y Pedro la l√°mpara; el aceite, sin embargo, es la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo. Salve, oh Pedro, puerta de pecadores, lengua de los disc√≠pulos, voz de los predicadores, ojo de los Ap√≥stoles, guardi√°n del cielo, el primog√©nito de los custodios de las llaves". Y en otro lugar: "Bendito eres, oh Pedro, la cabeza y la lengua del cuerpo de tus hermanos, el cuerpo que est√° unido junto con los disc√≠pulos, en el cual ambos hijos de Zebedeo son el ojo. En efecto, benditos son ellos que, contemplando el trono del Maestro, buscan un trono para ellos mismos. La verdadera revelaci√≥n del Padre distingue a Pedro, quien se convierte en la roca firme". En otro himno presenta al Se√Īor Jes√ļs hablando a su primer vicario en la tierra: "Sim√≥n, mi disc√≠pulo, te he hecho el fundamento de la santa Iglesia. Te he llamado "roca" para que sostengas todo mi edificio. T√ļ eres el supervisor de aquellos que construyen una iglesia para m√≠ en la tierra. Si deseasen construir algo prohibido, prev√©nlos, porque t√ļ eres el fundamento. T√ļ eres la cabeza de la fuente de la que brota mi doctrina. T√ļ eres la cabeza de mis disc√≠pulos. A trav√©s tuyo han de beber todas las naciones. Tuya es esa vivificante dulzura que concedo. Te he escogido para ser el primog√©nito en mi instituci√≥n y heredero de todos mis tesoros. Las llaves del reino te las he dado, y he aqu√≠ que te hago pr√≠ncipe sobre todos mis tesoros".

21. Al haber recordado estas cosas, Nos hemos suplicado humildemente a Dios que la Iglesia oriental finalmente regrese al seno y abrazo de Roma. Su larga separaci√≥n, contraria a las ense√Īanzas de sus antiguos Padres, los mantiene lamentablemente lejos de esta Sede de Pedro. Ireneo da testimonio (y √©l recibi√≥ esta doctrina de San Juan Ap√≥stol por su maestro Policarpo) que "es necesario que todos se adhieran a la Iglesia a causa de su gran autoridad, esta es, la de todos los fieles". Mientras tanto, hemos recibido cartas de los Venerables Hermanos Ignacio Efr√©n II Rahmani, Patriarca de Siria en Antioqu√≠a; El√≠as Pedro Huayek, Patriarca Maronita en Antioqu√≠a; y Jos√© Emanuel Tom√°s, Patriarca Caldeo en Babilonia. Ellos han presentado argumentos de peso suplic√°ndonos encarecidamente que otorguemos a Efr√©n, el Di√°cono sirio de Edesa, el t√≠tulo y los honores de Doctor de la Iglesia Universal. Sum√°ndose a esos pedidos, un n√ļmero de Cardenales, Obispos, Abades y Generales de √≥rdenes religiosas de los ritos griego y latino enviaron sus peticiones con su apoyo. R√°pidamente decidimos considerar un asunto tan conforme con nuestros propios deseos. Recordamos que esos Padres Orientales han considerado siempre a San Efr√©n como un maestro de la verdad y un inspirado doctor de la Iglesia Cat√≥lica. Y no pasamos por alto que su autoridad tuvo un gran peso desde los primeros inicios, no s√≥lo entre los sirios, sino tambi√©n entre los vecinos caldeos, armenios, maronitas y griegos. De hecho, todos ellos hicieron traducir los escritos del Di√°cono de Edesa a sus propias lenguas, y los le√≠an ansiosamente tanto en las celebraciones lit√ļrgicas como en sus hogares. Incluso hoy sus cantos pueden encontrarse entre los eslavos, los coptos, los et√≠opes, e incluso los jacobitas y nestorianos. Tambi√©n recordamos que la Iglesia romana lo ha honrado ya antes. Desde tiempos antiguos conmemor√≥ a San Efr√©n en el Martirologio de febrero en primer lugar y no sin especial alabanza por su santidad y erudici√≥n. Durante el siglo XVI, se construy√≥ una iglesia en la colina Viminal en Roma misma para honrar a la Sant√≠sima Virgen y a San Efr√©n. Nuestros predecesores Gregorio XIII y Benedicto XIV instruyeron primero a Vosio y luego a Asemano a que recolectasen, editasen y publicasen los trabajos de San Efr√©n en orden a ilustrar la fe Cat√≥lica y a cultivar la piedad de los fieles. M√°s recientemente, en 1909, San P√≠o X aprob√≥ para los monjes benedictinos del priorato de San Benito y San Efr√©n en Jerusal√©n, una misa y oficios propios en honor de este mismo santo y di√°cono de Edesa, con fragmentos en su mayor√≠a tomados de la liturgia siria. Por ello, para dar mayor gloria al gran anacoreta, y a la vez para gratificar a los pueblos cristianos del Oriente, Nos hemos enviado a la Sagrada Congregaci√≥n para los Ritos una recomendaci√≥n para proceder en este asunto, en concordancia con las prescripciones de los sagrados c√°nones y la actual disciplina. El resultado ha sido de lo m√°s gratificante, puesto que los cardenales a cargo de esta misma congregaci√≥n respondieron a trav√©s de su prefecto, Nuestro Venerable Hermano S.E.R. Antonio Cardenal Vico, Obispo de Portuensis y Santa Rufina, que ellos tambi√©n quer√≠an y humildemente nos ped√≠an lo mismo que los otros hab√≠an pedido en sus cartas de apoyo.

22. Por ello, habiendo invocado al Espíritu Santo, por Nuestra Suprema Autoridad, Nos conferimos a San Efrén de Siria, Diácono de Edesa, el título y los honores de Doctor de la Iglesia Universal. Nos decretamos que esta día de fiesta, que es el 18 de junio, sea celebrado en todo lugar en que son celebrados los aniversarios de nacimiento de los otros doctores de la Iglesia Universal.

23. Por ello, Venerables Hermanos, dado que nos alegramos por este incremento de honor y gloria para nuestro santo Doctor, a la vez confiamos que ser√° un cada vez m√°s presente e incansable intercesor para toda la familia cristiana en estos dif√≠ciles tiempos. Que este sea tambi√©n un nuevo testimonio para los cat√≥licos de Oriente del especial cuidado que los Romanos Pont√≠fices dan a esas iglesias separadas. Nos deseamos, tal como lo hicieron nuestros predecesores, que sus leg√≠timas costumbres lit√ļrgicas y prescripciones can√≥nicas permanezcan siempre en completa seguridad. Que por la gracia de Dios y el auxilio de San Efr√©n desaparezcan esos obst√°culos que separan una parte tan grande de la grey cristiana de la roca m√≠stica sobre la cual Cristo fund√≥ su Iglesia. Que ese feliz d√≠a venga tan pronto sea posible, en el cual las palabras de la verdad evang√©lica ser√°n como "aguijones y clavos hincados profundamente" en todas las mentes, palabras que "por consejo de maestros son dadas por el pastor √ļnico".

24. Mientras tanto, como signo de los dones celestiales y testimonio de nuestra paternal caridad, Nos les impartimos afectuosamente, Venerables Hermanos, a todo el clero y al pueblo confiado a cada uno de ustedes, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma en San Pedro, el 5 de octubre de 1920, s√©ptimo a√Īo de nuestro pontificado.

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