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S.S. Pío XII, Dum maerenti animo
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Dum maerenti animo

Constitución apostólica de S.S. Pío XII sobre la Iglesia perseguida, 29 de Junio de 1956

Mientras con ánimo afligido consideramos las gravísimas condiciones en que sufre la Iglesia, en no pocas regiones del mundo, a causa del materialismo ateo allí imperante, Nos viene a la mente la situación en que hace cinco siglos se encontraban los pueblos de Europa central, y que fue causa de que Nuestro Predecesor, de i. m., Calixto III, publicase una Carta apostólica, del 29 de junio de 1456, Cum his superioribus annis.

Las gentes que habitaban las fértiles regiones regadas por el Danubio, y las otras circunvecinas, si no habían sido ya abatidas por la catástrofe, corrían serio peligro, no sólo en sus personas y sus bienes, sino aun en la misma fe de sus mayores. Esto ocurría principalmente en Hungría y en las tierras que hoy constituyen las naciones de Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumania. Pero la gravedad del momento la sentían también los que habitaban en países menos cercanos, sobre todo los pueblos de Alemania y de Polonia.

El Pont√≠fice Calixto III, comprendiendo bien el peligro, juzg√≥ deber suyo exhortar paternalmente a los Pastores y fieles del orbe cat√≥lico a expiar las propias culpas con obras de penitencia, reformar las costumbres conforme a los principios de la moral cristiana, a implorar con s√ļplicas fervientes el socorro eficaz de Dios. Trabaj√≥, adem√°s, sin tregua y por todos los medios posibles por alejar de los fieles el peligro; y, finalmente, atribuy√≥ al auxilio divino la victoria de aquellos valientes que, animados por las exhortaciones de San Juan de Capistrano y guiados por el valiente jefe Juan Hunyady, defendieron bravamente la ciudadela de Belgrado. Para que de este acontecimiento quedase memoria en la liturgia y para que todos los cristianos diesen a Dios las debidas gracias, instituy√≥ la fiesta de la Transfiguraci√≥n de Nuestro Se√Īor Jesucristo, que hab√≠a de celebrarse en todo el mundo el d√≠a 6 de agosto 1 .

2. Tambi√©n hoy, por desgracia, vosotros, que habit√°is en dichas regiones, os veis tristemente afligidos y atormentados juntamente con muchos cat√≥licos, tanto de rito latino como de rito oriental, que moran en los pa√≠ses que se extienden a Oriente y Septentri√≥n, hasta las costas del mar B√°ltico. Ya han pasado m√°s de diez a√Īos, como lo sab√©is por propia experiencia, desde que la Iglesia de Jesucristo fue privada de sus derechos, aunque no en todas partes en el mismo grado. Como consecuencia de esta situaci√≥n, las piadosas asociaciones y confraternidades religiosas han sido disueltas y dispersadas; se ponen obst√°culos a los Pastores en el ejercicio de su ministerio, cuando no se les deporta, destierra o encarcela; hasta se ha pretendido, directa y temerariamente, suprimir las di√≥cesis cat√≥licas de rito oriental, e incitar con todos los medios al clero y fieles al cisma. Sabemos tambi√©n que no pocos se ven sometidos a toda clase de vej√°menes por haber confesado franca, sincera y animosamente su fe y por haberla defendido valerosamente. Pero lo que verdaderamente Nos llena de dolor es el saber c√≥mo envenenan las mentes de los ni√Īos y de los j√≥venes con falsas y perversas doctrinas, a fin de alejarles de Dios y de sus santos mandamientos, con sumo da√Īo para su vida presente y peligro para la futura.

A Nos, que por divina disposici√≥n ocupamos esta C√°tedra de San Pedro, se Nos presenta ante los ojos esa trist√≠sima visi√≥n de la que, aun habiendo ya hablado otras veces en Cartas apost√≥licas, hoy no podemos guardar silencio, para no faltar a Nuestro deber. Porque tambi√©n Nos debemos cumplir fielmente aquel grave y suave mandato que Cristo Se√Īor Nuestro dio al Pr√≠nipe de los Ap√≥stoles y a sus Sucesores con estas palabras: Confirma a tus hermanos 2 . Por eso deseamos promover siempre y consolidar en vosotros los santos prop√≥sitos, mientras os manifestamos Nuestro afecto; a vosotros, decimos, que por vuestra fidelidad y amor a Jesucristo soport√°is tantos dolores, tantas tribulaciones, tantos trabajos.

3. Ante todo, Nos dirigimos a vosotros, Amados Hijos Nuestros, Cardenales Jos√© Mindszenty, Luis Stepinac y Esteban Wyszynski, a quienes Nos mismo hemos revestido con la dignidad de la P√ļrpura Romana, en atenci√≥n a los m√©ritos insignes contra√≠dos por vosotros en cumplir los deberes pastorales y en defender a la Iglesia. En Nuestro √°nimo afligido est√° siempre presente todo cuanto vosotros -injustamente alejados de vuestras sedes y de vuestro sagrado ministerio- hab√©is sufrido y segu√≠s sufriendo por Jesucristo. Juntamente con vosotros, tenemos ante la vista, y les recordamos con afecto, tambi√©n a los Venerables Hermanos en el Episcopado, que son ejemplo de fidelidad a la Sede Apost√≥lica, as√≠ como tambi√©n a los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, y a las falanges de varones y mujeres consagrados al servicio divino, y a los dem√°s hijos e hijas amad√≠simos, que en medio de tantas dificultades se prodigan por defender y dilatar el pac√≠fico y pacificador reino de Cristo.

Vivamente sol√≠citos por el bien de todos vosotros, que por la causa de Jesucristo soport√°is angustias, vej√°menes y da√Īos, diariamente elevamos Nuestras oraciones al Dios Omnipotente, para que benignamente sostenga y fortalezca vuestra fe, para que mitigue vuestras penas, os consuele con carismas celestiales, cure los miembros doloridos y enfermos del Cuerpo m√≠stico de Jesucristo, y, apaciguada la presente tempestad, haga finalmente brillar sobre vosotros y sobre todos la verdadera y serena paz, alimentada por la verdad, por la justicia y por la caridad.

Nunca, como bien lo sab√©is, el Redentor olvida a su Iglesia, nunca la abandona; m√°s a√ļn, cuanto mayor es la violencia de las olas que combaten a la nave de Pedro, tanto mayor es la vigilancia del Divino Piloto, aunque a veces parezca dormitar 3 . Meditad cada d√≠a esta promesa de Jes√ļs, la cual no dejar√° de infundir esperanza y alivio en el alma cristiana, especialmente en el momento de la prueba: Yo estoy con vosotros todos los d√≠as, hasta el fin del mundo 4 . Y entonces, si Dios est√° con nosotros, ¬Ņqui√©n contra nosotros? 5 . Jes√ļs est√° con vosotros y nunca os negar√° su ayuda a vosotros, que se la ped√≠s. Pero exige de todos que cada vez con mayor diligencia obedezcan las prescripciones de la Iglesia, y que defiendan la propia fe con √°nimo decidido.

4. Sab√©is de qu√© se trata: se trata de vuestra salvaci√≥n eterna, de la de vuestros hijos, de la de vuestro pr√≥jimo, expuesta hoy a grav√≠simo peligro por los asaltos del ate√≠smo y de la impiedad. Pero si en este combate espiritual todos, como firmemente confiamos, se portan con √°nimo y fidelidad, no habr√° vencidos, sino s√≥lo v√≠ctimas gloriosas. De las persecuciones y del martirio surgir√°n para la Iglesia de Cristo nuevos triunfos, que ser√°n escritos en sus anales con caracteres de oro. No queremos ni pensar que los disc√≠pulos de Jesucristo, desanimados, abandonen el campo y, absteni√©ndose de profesar abiertamente la fe, inertes e indolentes, se duerman, mientras los fautores de la impiedad se esfuerzan en devastar el Reino de Dios. Y si, no obstante -no lo quiera Dios-, ocurriese esto en alguna parte, sobrevendr√≠a no s√≥lo sobre los desertores, sino tambi√©n a la comunidad, un da√Īo irreparable, la ruina definitiva.

Nos es de gran consuelo saber que muchos de vosotros estáis prontos a darlo todo con generosidad, hasta la libertad y la vida, con tal de no exponer al peligro la integridad de la religión católica; sabemos que en esto no pocos Pastores han dado ejemplo de invicta fortaleza cristiana; vosotros, ante todos, amados Hijos Nuestros, los Cardenales de la S. I. R., que habéis sido espectáculo insigne para el mundo, para los ángeles y para los hombres 6 .

5. Mas, por desgracia, sabemos tambi√©n que la fragilidad y la debilidad humana vacilan, especialmente cuando las pruebas y los vej√°menes duran tanto. De hecho, entonces, sucede que algunos caen en el desaliento y pierden el fervor, y, lo que es peor, sacan la conclusi√≥n de que es necesario mitigar la doctrina de Nuestro Se√Īor Jesucristo y -as√≠ hablan- adaptarla a los tiempos nuevos y a las nuevas circunstancias, debilitando y cambiando los principios de la Religi√≥n Cat√≥lica hasta llegar a un h√≠brido maridaje de √©sta con los errores de un falso progreso.

A estos desalentados y sembradores del desaliento, los sagrados Pastores tienen el deber de recordarles la solemne afirmación del Divino Redentor: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán 7 ; de exhortarles a que vuelvan a colocar su esperanza y confianza en Aquel cuya providencia no yerra en sus disposiciones y que nunca priva de su asistencia a aquellos que establece en la solidez de su amor 8 . Porque nunca Dios, omnipotente y providentísimo, permitirá que a sus hijos, fieles y animosos, les falte la divina gracia y la divina fortaleza, para que no sucumban desgraciados, en esta lucha por la salvación, apartándose de Jesucristo y teniendo que contemplar, impotentes, la ruina de su propio pueblo.

6. Y vosotros, amados hijos, ya se√°is sacerdotes, ya simples fieles, permaneced siempre unidos con los que el Esp√≠ritu Santo puso como Obispos para gobernar la Iglesia de Dios; y si, de momento, algunos de ellos se encuentran impedidos, de suerte que no os puedan confortar con su palabra, manteneos siempre firmes, conservando fiel y religiosamente en vuestros corazones el recuerdo de las ense√Īanzas que en otros tiempos os daban ellos mismos.

Adem√°s, aunque vuestra actividad se vea entorpecida por grav√≠simas dificultades, esforzaos, sin embargo, con af√°n apost√≥lico en cumplir activa y generosamente vuestras obligaciones religiosas, conservando ante todo √≠ntegra la fe. M√°s a√ļn, seg√ļn la medida de vuestras capacidades, procurad que la luz de Cristo brille para todos, logrando esto principalmente por el constante ejemplo de una vida cristiana, imitando a los cristianos de los primeros tiempos en medio de las persecuciones. Los vacilantes, los indecisos y d√©biles cobren √°nimo al contemplar vuestra actuaci√≥n, profesen valientes la fe, cumplan fielmente sus deberes, entr√©guense sin reserva alguna a Cristo. La entereza de vuestro √°nimo y vuestro profundo esp√≠ritu cristiano, de que Nos llegan no pocas noticias, son para Nos de grat√≠simo consuelo y Nos confirman en la esperanza de que entregar√©is inc√≥lume, como sagrada herencia, a las generaciones futuras, el precios√≠simo tesoro de vuestra fe y de vuestra fidelidad a la Iglesia y a la Sede Apost√≥lica.

Para que se cumpla fielmente este com√ļn deseo, dirigid vuestras oraciones al Divino Redentor por intercesi√≥n de su sant√≠sima Madre, Mar√≠a, nuestra amant√≠sima Madre, cuyo poderoso amparo gozaron vuestros mayores en los momentos de peligro. Pues si en todo tiempo podemos suplicar a la Sant√≠sima Virgen las gracias celestiales, de manera especial lo hemos de hacer ahora, cuando se trata de la salvaci√≥n de las almas, de la defensa de la fe cristiana en la familia y en la sociedad.

Antes de terminar, queremos recordaros a todos que el mismo Predecesor Nuestro, Calixto III, por medio de la Carta apost√≥lica ya mencionada 9 , orden√≥ que se tocaran las campanas todos los d√≠as a determinada hora, en todas las iglesias, para que toda la cristiandad elevara fervientes s√ļplicas a Dios omnipotente y benigno, para que se dignase alejar de su pueblo la tremenda desgracia que entonces le amenazaba. No son ciertamente menores los peligros que ahora amenazan a la Iglesia y a las almas. Por eso, cuando oig√°is el toque de las campanas, que os invitan a la oraci√≥n, acordaos de esta exhortaci√≥n y, animados por la misma confianza en el auxilio divino, elevad vuestras plegarias suplicantes al Se√Īor, siguiendo el ejemplo de vuestros mayores.

Deseamos también que a vuestras oraciones precedan espontáneas y fervorosas no solamente las Nuestras, sino que se sumen también las que en todas partes dirigen al cielo los diversos grupos de fieles, haciéndose partícipes de vuestros dolores.

Tened, pues, la seguridad de que la gran familia cristiana admira con veneración vuestras angustias y tribulaciones, que desde hace tiempo soportáis en silencio, y se dirige a Dios implorando su misericordia para que la acometida de la impiedad y las falaces asechanzas del error no logren que sucumbáis, sino que, emulando la fortaleza de los Mártires, deis testimonio de vuestra fe; y para que vuestros mismos perseguidores -a los que abraza también el precepto de la caridad cristiana- obtengan el perdón de Aquél, que espera con los brazos abiertos a todos los hijos pródigos.

Animados por esta dulce esperanza, a todos y a cada uno de vosotros, amados Hijos Nuestros y Venerables Hermanos; y a toda la grey confiada a vuestro cuidado pastoral, muy gustosamente impartimos la Bendición Apostólica, como prenda de Nuestra Paternal benevolencia y feliz presagio de abundantes gracias celestiales.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, en la fiesta de los Santos Ap√≥stoles Pedro y Pablo en el a√Īo 1956, d√©cimoctavo de Nuestro Pontificado.


1

Cf. Litt. Ap. Inter divinae dispositionis 6 aug. 1457.

2

Luc. 22, 32.

3

Cf. Mat. 8, 24; Luc. 8, 23.

4

Mat. 28, 20.

5

Rom. 8, 31.

6

1 Cor. 4, 9.

7

Mat. 24, 35.

8

Cf. Miss. Rom. or. Dom. 7 et 2 p. P.

9

Cf. Litt. Ap. Cum his superioribus annis.
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